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Monte Testaccio: el poder de Hispania en Roma…


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Ciencia e Historia  —  En un barrio residencial de trabajadores al sureste de la Ciudad Eterna, se encuentra el Monte Testaccio. El lugar es, en mi opinión, uno de los más interesantes de Roma. Sin embargo, pasa desapercibido para los que caminan o conducen a su alrededor. Rara vez se ve a un turista observándolo.

Monte Testaccio es una colina artificial que ocupa unos 20,000 metros cuadrados, y con una altura de 35 metros. Es muy posible que en la antigüedad haya sido más alto, y que los coleccionistas se hayan llevado buena parte de su riqueza antes de que fuese finalmente cerrado al público.

¿Y qué es lo que se llevaban los turistas? Pues trozos de cerámica de alguna de las más de 50 millones de ánforas rotas para construirlo. Eran ánforas utilizadas para transportar aceite de oliva, la mayoría de la zona de Andalucía, en España. Pocos monumentos son tan demostrativos del poder de Hispania en Roma.

Como siempre, todo a lo grande

Roma fue un pueblo que nació con ínfulas de grandeza, y con la ambición necesaria para probarlo. En Roma, como en otros grandes imperios, las cosas se hacían a lo grande, tanto por necesidad como por el gusto de acojonar al enemigo.

Toda ciudad que se precie de ser la capital del mundo conocido, es una gran consumidora de recursos. Grano, carne, metales, madera y muchos otros productos llegaban a diario a los muelles del Tíber, listos para ser vendidos en los mercados.

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Como buena nación mediterránea, a los romanos les gustaba el aceite de oliva (y a quién no), y pronto encontraron el lugar ideal para su producción a gran escala. A finales del siglo II a. de  C, Roma venció a Cartago y se hizo con sus colonias en Hispania. Los romanos no tardaron en darse cuenta de las posibilidades.

Ya conocían el aceite de oliva hispano, y lo consideraban como uno de los de más calidad. Pero lo que más les alegró, fue encontrar grandes extensiones de terreno aptas para el cultivo de la oliva, principalmente en Bética.

En pocos años, buena parte de la provincia estaba plantada de olivares (igual que ahora), y su producto se exportaba a la capital.

Las ánforas

A falta de cristal, metal barato o plástico, el material más adecuado para la manufactura de ánforas era la cerámica. Por todo el Imperio, y al igual que en otras civilizaciones del pasado, seanfora_dressel_20 fabricaron cientos millones de estos recipientes.

Las que se utilizaban para transportar el aceite hispano, tenían una capacidad de 70 litros. Eran del tipo conocido por los arqueólogos como Dressel 20 (imagen), en honor al alemán Heinrich Dressel, quien las catalogó. Una ánfora bulbosa y chata en el inferior, y delgada y con dos agarraderas por arriba.

De la Dressel 20 como de otros modelos, todos los años se encuentran aún decenas de ejemplos en el fondo del Mediterráneo, y en el subsuelo. También hay millones de ellas bajo el el montículo del que hablamos hoy.

El basurero del Monte Testaccio

Para no hacer el cuento largo, el Monte Testaccio está formado por millones de trozos de ánforas. Al llegar estas con su carga de aceite a los muelles de Roma, los estibadores traspasaban el preciado líquido a contenedores más grandes.

Las ánforas vacías eran entonces llevadas a un espacio creado ad hoc para su destrucción. En otros casos, cuando las ánforas transportaban grano o vino, las ánforas podían reutilizarse, o reciclarse. Pero cuando iban llenas de aceite, este era absorbido por la cerámica y las hacía inutilizables.

En un principio, las ánforas eran simplemente tiradas al río, pero con los años, y la cantidad, la cerámica se convirtió en un problema para la navegación. Se eligió un lugar cercano a los muelles, y nació el Monte Testaccio.

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Precisamente, el nombre Testaccio proviene del latín testa, o trozo de cerámica.

Pero el Monte Testaccio no era un montón de escombros sin orden. Según indican los cimientos, se trazó un perímetro, y se construyeron muros hechos de ánforas enteras llenas de piedras, para sostener el peso de los trozos.

Los arqueólogos que primero estudiaron el Monte Testaccio, en el siglo XIX, descubrieron que estaba construido en niveles superpuestos, cada uno con sus límites bien definidos, a manera de pirámide. La erosión y los movimientos propios del tiempo, reacomodaron los trozos hasta convertirlos en una montaña artificial indistinguible de una natural.

El tesoro de Monte Testaccio

No se ha encontrado oro, ni joyas preciosas debajo de las ánforas rotas. Tampoco hay documentos, ni tumbas, ni ejemplos de arquitectura. Pero Monte Testaccio es un tesoro de información, una montaña de datos sobre el comercio romano.

La mayoría de la ánforas en el Monte Testaccio llevaban un titulus pictus, una marca o inscripción comercial indicando el tipo de producto, el  productor y su lugar de origen. Así sabemos de dónde venía el aceite.

Monte Testaccio es como una gigantesca base de datos del comercio en el Imperio Romano. Los arqueólogos no sólo han podido dirimir las cantidades de recursos importados. También se conoce su origen, y en muchos casos su precio. De pocas civilizaciones antiguas contamos con tan buen retrato.

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Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo…

Monte Testaccio sigue ahí, y sospecho que seguirá por mucho tiempo. El polvo y otros materiales se han mezclado con la cerámica para levantar un sólido monte. Desde hace unas décadas este tesoro de la antigüedad está vallado y su entrada prohibida al público. Más que nada, para que no se lleven los trozos de cerámica.

Hasta hace un par de siglos, el Monte Testaccio era utilizado en las celebraciones de Semana Santa. Era un perfecto sustituto para el Gálata, la montaña donde Jesucristo fue crucificado.

Pero ahora parece abandonado. Una docena de negocios y viviendas lo rodean, lo esconden.

No hay una sola señal que lo distinga, ni hay visitas guiadas. Sin embargo, el Monte Testaccio es uno de los grandes tesoros arqueológicos de Roma. Ahí está, como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo, algo olvidado e ignorado por los turistas.

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