El programa espacial de Zambia …


Ceremonias por la independencia de Zambia (noviembre, 1964)
La Vanguardia(T.Sesé)/AgenteProvocador/L.B.V.(G.Carvajal) — «… La cuenta atrás ha comenzado. 10, 9, 8, 7… Todo el país tiembla solo de pensarlo: el primer hombre ¡africano! que llega al espacio exterior. 6, 5, 4, 3, 2, 1. La odisea es colosal, pero el fervor alcanza cotas nunca vistas cuando por vez primera el ser humano llega a la superficie del misterioso Marte. El astronauta (mejor aún, el afronauta) se detiene y, tras unos segundos, desenrolla la bandera de… Zambia…»
La historia parece increíble, pero es muy real. Y fue mucho más lejos de lo que muchos pudieron imaginar. En 1964, cuando Zambia proclamó su independencia del Reino Unido, el pequeño país africano soñó a lo grande con un programa espacial que aventajaría a rusos y americanos en su carrera por llevar un hombre a la Luna y Marte.

Muchos países desarrollaron programas espaciales en las últimas décadas, con diferentes resultados. Pero quizá uno de los más curiosos y extraños sea el Programa Espacial de Zambia, instaurado en 1962 por Edward Makuka Nikoloso, un profesor de ciencias y activista político que fundó la Zambia National Academy of Science, Space Research and Philosophy.
Había luchado contra los nazis y por la liberación de su país, en los primeros sesenta, con medio mundo hirviendo por revoluciones en marcha y África en plena hecatombe nacionalista y proafricanista, este antiguo sargento del ejército, quiso demostrar a su manera que los hombres de Zambia no eran inferiores a americanos y rusos.
En absoluto. Así que, en 1964, con motivo de la celebración de su independencia del Imperio británico, iniciaron un programa espacial que dejó boquiabierto al mundo, posiblemente también al propio Nkoloso, autoproclamado director de la Agencia Espacial de Zambia (por supuesto casi inexistente, salvo un campo de entrenamiento y unos aguerridos protoastronautas que se jugaban la vida en cada prueba), que no dudó en posar ataviado con un precario casco del ejército británico y una capa majestuosa, al estilo de un héroe de ciencia ficción tomado de las páginas de un cómic, y asegurar que Zambia conquistaría el espacio.
Diseñó un cohete, el D-Kalu, y un sistema de lanzamiento, y reclutó como astronautas a diez hombres y una adolescente de 17 años, mujer y de color, destinada a ser la primera en pisar Marte.

Afronautas de Zambia durante las pruebas de entrenamiento
Con la tripulación viajarían diez gatos previamente entrenados dentro de bidones que lanzaban cuesta abajo para simular el movimiento del cohete.
Los hacían trepar por unas cuerdas y luego los dejaban caer para que sintieran la ingravidez. Y les acompañaría un misionero al que habían aleccionado para que fuera respetuoso con los marcianos y no los forzara a convertirse al cristianismo si presentaban resistencia.


Entrenamiento de los astronautas de la Agencia Espacial de Zambia
El programa ideado por Nikoloso incluía el lanzamiento de un cohete con destino Marte, tripulado por doce astronautas y dos gatos! Para ello solicitó a la UNESCO siete millones de libras (que no consiguió), construyó un centro de entrenamiento cerca de Lusaka, y dio órdenes a sus astronautas de no forzar la conversión al cristianismo de los habitantes marcianos.
El profesor Nikoloso había escrito un editorial donde exponía su alocada idea, con algunas dosis de conspiranoia como que los rusos y americanos espiaban sus esfuerzos para robarle a la chica astronauta.

afronauta, serie fotográfica de Cristina de Middel
Con la perspectiva de los años todo parece una broma de mal gusto, en un país luchando por su desarrollo económico y tecnológico. Pero en aquel momento algunos se lo debieron tomar bastante en serio.
Nkosolo mostró el duro entrenamiento a que sus sacrificados astronautas eran sometidos, aún a riesgo de poner sus vidas en peligro. Por medio de unas poleas eran subidos a los árboles, para que experimentasen las alturas, para luego ser lanzados hacia abajo.

Afronautas, serie fotográfica de Cristina de Middel
Otra prueba, que recuerda a las crueles novatadas juveniles, consistía en encerrar a los astronautas en barriles llenos de aceite y lanzarlos pendiente abajo.
De este modo, debían intentar andar a gatas en el interior del tonel, porque según él solamente a gatas podía avanzarse por la extraña superficie del desconocido planeta que el mismo Nkosolo había contemplado con su telescopio.
El periodista que graba la noticia, un corresponsal de The Times, no podía ni tan siquiera gesticular palabra alguna. Había ido a cubrir una anodina celebración patriótica y se encontró con… aquello. Nkosolo, que habla ante las cámaras con gesto serio, le ofrece todo tipo de detalles: una docena de astronautas entrarían en órbita, junto a una chica menor de edad y varios gatos, y conquistarían Marte.
Los lanzarían por medio de una gran catapulta que los mandaría directos al espacio exterior, pero claro, hacía falta dinero. Mucho dinero, millones de dólares.
Nkosolo, desde una gran plantación dedicada a la instrucción, aprovecha para solicitar a la UNESCO una ayuda financiera, todo con tal de conquistar lo ignoto.

Además, según el supremo jefe de la aún precaria industria aeroespacial de Zambia, rusos y americanos habían infestado el país, todo ellos dispuestos a robarle los secretos de su odisea.
Advierte, además, que no desea imponer el cristianismo a los habitantes del lejano planeta, no sea que les pase lo mismo a ellos y acabe la aventura en motines de proporciones cósmicas. Los marcianos serían cristianizados solamente si ellos lo deseaban.
La idea era superar a Estados Unidos y la Unión Soviética en la carrera espacial. «Nuestro pensamiento está cinco o seis años por delante del de ellos», aseguraba Nkoloso en declaraciones a la prensa.

Y también: “Algunas personas piensan que estoy loco, pero me reiré el día que coloque la bandera de Zambia en la Luna».
La partida estaba prevista para el 24 de octubre de 1965, la celebración del día de la independencia, y se haría desde el estadio nacional, el Independence Stadium. Pero la nave espacial nunca llegó a despegar.
El embarazo de la joven Matha Mwamba, que había iniciado relaciones con uno de los astronautas, y la decisión de sus padres de acabar con su formación y llevarla de vuelta a la aldea, puso fin al sueño espacial.

Hace unos años, la fotógrafa Cristina de Middel (Alicante, 1975) retrató aquella increíble historia con una serie fotográfica que tituló Afronautas y en la que reconstruyó los trajes y la ambiciosa empresa panafricana.
Era el año 1969. Nkosolo, que aseguró que su nave había sido saboteada por agentes extranjeros, fundamentalmente la KGB soviética, perdió la fe en su sueño, pero poco después quiso presentarse a la alcaldía de Lusaka, algo que tampoco consiguió. Falleció en marzo de 1989, pero aún hoy hay quienes lo recuerdan como un hombre inspirador y valiente.
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