Las Máquinas de la isla de Nantes …

Guisante Verde Projet/L.B.V. — Uno de los viajes clásicos que suelen aparecer en las guías de viaje es por el Loira, visitando los castillos de la región. Pero desde 2007 la zona tiene un nuevo atractivo en la isla de Nantes. Se trata de Les Machines de L’ile, una mezcla de parque de atracciones, museo, taller y espectáculo en el que se deja notar la procedencia artística de sus creadores: Francois Delaroziere y Pierre Orefice, ambos integrantes de la imaginativa compañía teatral Royal de Luxe.
Nantes era una ciudad de fuerte actividad industrial que se vio obligada a someterse a una dura reconversión en los años ochenta. Fruto de ello muchas de las instalaciones quedaron abandonadas, especialmente los astilleros del Quai de la Fosse, en Prairie au Duc (al este de la isla), cuyos almacenes se reutilizaron para construir la Galería de las Máquinas. Ésta fusiona la imaginación del hijo más ilustre de Nantes, Jules Verne, con el arte inventor de Leonardo da Vinci para originar un mundo fantástico, onírico, divertido y fascinante a partes iguales a través de muñecos-robot gigantes con forma de animales y movimiento.

Las últimas incorporaciones son una Jirafa-tortuga, un Mero y una Cáscara de nuez, estando en preparación un Carrusel de los Mundos Marinos. Pero, sin duda, el más espectacular fue el primero: el Gran Elefante, una construcción de 12 metros de altura y 40 toneladas fabricada con madera y acero que puede desplazarse transportando 45 personas, barritar y regar con su trompa a los visitantes incautos. Al igual que el resto de la fauna, quedan a la vista los engranajes y mecanismos, lo que acrecenta su curioso aspecto.
¿Puede el hombre dotar de vida a las máquinas? Es la pregunta que nos viene a la mente mientras caminamos por la Isla de Nantes, la Îile de Nantes. Sede de una desaparecida industria naval, parece transformarse ante nuestros ojos en una especie de Isla del Doctor Moreau mecánica (aquella donde el personaje de la novela de H.G. Wells experimentaba para transformar a los animales en seres humanos). Unas sorprendentes máquinas “vivientes” la han convertido en su hogar, son las Machines de l’île, las Máquinas de la Isla.

No podemos evitar pensar que tal vez la obra de H.G Wells rondara por las cabezas de François Delarozière y Pierre Orefice, cuando imaginaron este universo propio donde con frecuencia olvidamos que los seres que estamos contemplando están realizados en madera y metal.

La estética del lugar y de las creaciones van a sorprender a todo aquel que acerque hasta la isla, aunque los que se verán más recompensados serán los amantes del steampunk. Este subgénero literario nacido en los años ochenta del siglo XX proponía una visión futurista desde el ambiente de la época victoriana en Inglaterra, aunque ha trascendido las páginas de los libros para convertirse en un movimiento sociocultural impregnando con su estética no solo al resto de las artes, sino también al mundo de la moda.

Nantes es la ciudad en la que debía nacer un mundo como las Machines de l’île, al fin y al cabo el gran referente del steampunk, junto a Wells, es otro escritor con el que todos hemos viajado en innumerables ocasiones por los lugares más fascinantes, recorriendo 20.000 leguas de viaje submarino; circunvalando el globo en 80 dias; visitando el corazón de nuestro planeta y saliendo fuera de sus fronteras en un viaje a la Luna, por recordar algunos… Julio Verne, nacido en Nantes.

Hasta el Renacimiento italiano nos remontaremos para encontrar el que es, sin duda, otro gran inspirador del nacimiento de las Machines de l’île: Leonardo Da Vinci. Si habéis podido visitar alguna de las exposiciones que muestran las máquinas diseñadas por el genio florentino encontraréis claras similitudes en los dibujos y prototipos de las Máquinas de Nantes.
Sin embargo, François Delarozière y Pierre Orefice han ido unos cuantos pasos más allá en su estudio de la naturaleza y el movimiento de los seres que la habitan, hasta el punto de que resulta imposible no maravillarse ante el comportamiento de sus modelos mecánicos que se mueven como animados por un soplo de vida.

Los creadores de las Machines de l’île provienen del teatro de calle, con grandes proyectos, y están acostumbrados al contacto directo con el público, y a las reacciones que provoca la escenografía urbana.
Llevan trabajando juntos más de veinte años. La rehabilitación de la isla de Nantes después del cierre de los astilleros Dubigeon en 1987 les proporcionó el lugar idóneo, frente al Museo de Julio Verne que se levanta en la orilla opuesta del Loira, para dejar volar su imaginación, para soñar a lo grande, y crear un fantástico bestiario de máquinas vivientes.
Solo podemos hacernos una pequeña idea de la satisfacción que debe significar llevar a cabo un proyecto que roza lo imposible, un producto de un sueño emocionante, que nos lleva por los fondos marinos, las copas de los árboles, o la sabana…
Galerie des Machines – Galería de las Máquinas



L’Arbre aux Hérons – El Árbol de las Garzas

Durante nuestra visita, pudimos caminar por la Rama Prototipo que, desde la fachada se expande a la explanada de las naves. Con veinte metros de largo y un peso de 20 toneladas, y trasladada a los bocetos expuestos, ofrece una aproximación a lo que será el Arbre aux Hérons, un mundo colosal: un árbol de 50m de diámetro y 35m de altura, coronado por dos garzas, con jardines colgantes y multitud de criaturas.


Grand Éléphant – El Gran Elefante
El Grand Éléphant, Gran Elefante, mira el mundo a su alrededor desde 12 metros de altura, mientras recorre la Île en tres itinerarios diferentes causando asombro a cuantos lo ven pasar. El paquidermo se desplaza lentamente, con precisión, movimiento sus articulaciones con fluidez, mientras agita sus orejas, brama, riega con su trompa a los osados que se acerquen demasiado, observando con mirada inteligente el entorno que le rodea.
Carrousel des Mondes Marins – El Carrusel de los Mundos Marinos




No en vano, como nos cuenta el escritor Enrique Vila-Matas, en El mal de Montano, André Bretón escribió que Nantes era, tal vez, con París, «la única ciudad de Francia donde tengo la impresión de que algo que vale la pena puede sucederme, (…), donde un espíritu de aventura más allá de todas las aventuras vive aún en ciertas alma.
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