Cinco situaciones naturales en la sexualidad (y la erótica) humana…

Psicología y Mente(L.R.Casas) — En muchas ocasiones, creemos que lo que nos pasa no es normal y qué por ende, tenemos algún tipo de problema a nivel sexual y nada más lejos de la realidad. Hay muchas situaciones que son totalmente naturales y humanas y por tanto, sería sano aceptar para vivir nuestra sexualidad y erótica, de manera plena y satisfactoria.
– Situaciones normales en la sexualidad
A continuación, se van a desarrollar 5 situaciones totalmente normales que puede que experimentemos a lo largo de nuestra vida:
1. “Gatillazos”
Si tenemos pene, en algún momento, vamos a experimentar gatillazos y no pasa nada, la erección fluctúa. Sin embargo, algunas personas que consumen o han consumido pornografía, tienen distorsionada la realidad de las erecciones y sienten la presión de tener una errección perfecta y duradera en el tiempo, pero la realidad no es así y en la pornografía se utilizan métodos ( a veces nada saludables) para mantener el pene lo más erecto y el mayor tiempo posible.
Otra cosa muy diferente, es que cada vez que tengamos relaciones sexuales compartidas tengamos muchos gatillazos, en este caso, seguramente, hay algo detrás (normalmente nervios o ansiedad) que impiden que la erercción se mantenga.
2. El deseo también fluctúa
Para aquellas personas que afirman que siempre tienen ganas( en su gran mayoría, los hombres), nada más lejos de la realidad. El deseo está condicionado por múltiples factores. Desde el estado anímico de la persona, el estrés, factores químicos como medicamentos, contexto personal y vital de la persona, factores hormonales, entre otros.
Por tanto, es totalmente normal que en etapas de la vida, tengamos mucho deseo sexual y en otras tengamos menos o incluso, nada de deseo sexual.
No pasa nada, no estamos rotos, es normal, y además, el sexo no es una necesidad básica, por lo tanto, no nos va a pasar nada si no tenemos relaciones sexuales o masturbación ,aunque si es verdad, que proporciona beneficios para nuestra salud en general, siempre y cuando se realice desde el deseo.
3. El enamoramiento es una etapa, tiene fecha de caducidad
Esta etapa conlleva un proceso químico muy concreto, a través del cual se liberan principalmente oxitocina, dopamina y endorfina. En normal que mientras dura el enamoramiento, estemos eufóricos, todo sea maravilloso,el sexo sea brutal y tengamos muchas ganas de hacerlo todo el rato con nuestra/s pareja/s.
Una vez acaba esta etapa, viene el amor maduro, es más sólido, más realista y las rutinas cambian, es natural.
Es un error muy común creer que cuando el enamoramiento termina, pensemos que estamos mal con nuestra pareja o ya no es lo mismo que al principio, claro que no es lo mismo, porque estamos en otra etapa, diferente, no quiere decir que sea peor, es simplemente la evolución natural del amor en pareja.
4. El sexo espontáneo muy pocas veces es espontáneo, y está bién
Vamos a poner un ejemplo; cuando estamos conociendo a alguien que nos gusta y queremos tener sexo con esa persona, solemos ir aseados/as, nos ponemos un perfume rico e intentamos que la casa esté sola ( cuando vivimos con más personas) por si acaso se dé la ocasión de tener sexo. ¿Qué tiene eso de espontáneo?, está todo planeado por si “surge”.
Creer que el sexo tiene que ser espontáneo no es realista, aunque en alguna ocasión si pueda darse, pero no es lo habitual y además, no tiene nada de malo en planear un encuentro sexual, de hecho, puede llegar a ser muy excitante.

5. “Squirt” no es sinónimo de más placer
Si tenemos vulva, tener un squirting (segregación de un flujo incoloro durante la actividad sexual), no confundirlo con la lubricación vaginal, no siempre es sinónimo de más placer.
Hay personas que mientras mantienen relaciones sexuales, hacen un squirt ( que no siempre tiene que ir de la mano de un orgasmo) y sienten mucho placer y otras, que no lo hacen y sienten un placer voluptuoso durante la relación sexual y/o cuando llegan al orgasmo.
Por tanto, relacionar squirting con más placer u orgasmo es un error. Tener o no un squirt, no te hace más o menos válida para disfrutar plenamente del sexo.
– Conclusiones
Estas son algunas de las muchas situaciones totalmente naturales en el hecho sexual humano, que a veces, creemos que no son normales y nos pueden producir malestar.
Por ello, es gratificante y tranquilizador, hablarlo con una persona profesional de la sexología, antes de preocuparnos en exceso o incluso tomar decisiones precipitadas.
nuestras charlas nocturnas.
Cuando Harry se dio cuenta de que Sally fingía (y otros orgasmos)

JotDown(J.Díaz) — Si hay que hablar de orgasmos fingidos, y hay que hablar de orgasmos fingidos, debemos recordar la escena de Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally: Billy Crystal está convencido de que las mujeres, al menos con él, no han fingido ningún orgasmo. Meg Ryan le dice que, como el resto de hombres, cree que nunca le ha pasado.
Él está convencido de que notaría la diferencia. Entonces llega uno de los momentos más emblemáticos del cine, uno de los orgasmos más recordados de la historia. Ryan deja de comer y, en medio del bar, empieza a simular un orgasmo.
Los gemidos de Meg Ryan son propios de alguien que, para incredulidad de su compañero, no lo ha hecho por primera vez. Y probablemente no será la última. ¿Qué pasa? ¿Por qué la mujer necesita fingir un orgasmo? ¿Por quién lo hace? ¿Prefiere el hombre asumir que la mujer finge o asumir que hay veces que, mire usted, no se puede? ¿Por qué la mujer tiene necesidad de mentir? ¿Por qué el orgasmo fingido es a menudo, en cuanto a calidad sonora y respiratoria, mucho mejor que el verdadero?
Lo que está claro es que, sea como sea, el hombre no se da cuenta, aunque crea, como Billy Crystal, que notaría la diferencia. No, no puede notar la diferencia porque parece menos real el verdadero, porque es más discreto. El doctor Morgentaler asegura que el hombre también finge orgasmos en favor del placer o el ego de sus parejas, aunque para ello necesite utilizar preservativo por motivos evidentes.
En cualquier caso, la mujer es siempre la sospechosa, precisamente porque no hay evidencia: hay que creerse que ha conseguido llegar. Hay diferentes teorías en cuanto al motivo por el que se fingen los orgasmos, y algunas son opuestas. Por una parte, podría tratarse de mujeres que quieren hacer creer al hombre que están sexualmente satisfechas, para obtener a cambio un equilibro y una estabilidad en la pareja.
Por otra parte, el hombre podría fingir el orgasmo, igual que la mujer, por no ofender el ego del otro. Ellas no quieren herir y ellos, que son socialmente considerados máquinas sexuales que no tienen problemas para llegar al clímax, ofenderían profundamente a la mujer: si es tan fácil que el hombre llegue al orgasmo, ¿por qué yo no lo consigo?
En definitiva, se trata de un complejo de inferioridad, pero no propio, sino el complejo que le atribuimos al otro: lo hacemos por nuestras parejas para que no se frustren sexualmente.

Pero Meg Ryan no es la única que hace alarde de lo bien que finge un orgasmo. Verónica Forqué es prostituta en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y su cliente quiere que Carmen Maura esté presente para verlo todo. Pero lo único que ve Carmen Maura es cómo Forqué finge excelentemente un orgasmo.
El hombre les asegura que es un semental y es capaz de darle placer a todas las mujeres, pero Verónica Forqué solo encuentra el momento idóneo para demostrar sus dotes de actriz, de mujer fingidora. Son muchas las escenas que nos ha dado el cine de mujeres que están aburridas mientras mantienen relaciones sexuales, incluso que son capaces de hacer otras cosas mientras se acuestan con alguien.
La mujer está pensada para dar placer al hombre, en muchos aspectos de la vida, y cuando se trata de la cama no es diferente: si él quiere, habrá que hacerlo. El hombre queda ridiculizado creyéndose muy hombre, muy viril, mientras que la mujer queda retratada con gran frivolidad.
El sexo no siempre está relacionado con el placer, sino con el ego, y de ahí vienen los orgasmos fingidos, las mujeres que están pensando en la compra del día siguiente mientras gimen escandalosamente, sin olvidarnos del posterior cigarro en el que él parece el Dios de la sexualidad y ella una mentirosa por piedad: la mujer se abre de piernas y finge como si le diera una palmadita en la espalda.
El caso contrario, o no tanto todavía, es un orgasmo radiofónico. Exactamente. En la película Private Parts. El locutor hace el amor con Robbin, una radioyente que confiesa despertarse todos los días pensando en él. Para solucionarlo, le da instrucciones de que suba los graves del altavoz y se siente encima, mientras su compañera de radio le dice que una mujer no se excita con algo así.
Una mujer no se excita con algo así, pero puede tener un orgasmo comiendo una hamburguesa o limándose las uñas frente a Carmen Maura. El locutor provoca cosquilleos con su voz a través del micro y consigue darle un orgasmo a la mujer, que, por otra parte, no deja de ser otra actriz, a lo Forqué, que se frota con un bafle.
¿Nota usted la diferencia? Probablemente no lo note, Billy Crystal y otros no lo notarían, porque están acostumbrados a que la mayoría de orgasmos sean fingidos: no deberían extrañarse tanto, ellos también lo hacen. El hombre puede eyacular sin orgasmo o tener un orgasmo sin eyacular (por ejemplo, los prepúberes o adultos con medicación), pero la mujer no lo creería. Cómo no va a tener un orgasmo, cómo va a ir separado de la eyaculación.

Jane Fonda, en Barbarella, siente exactamente lo mismo que la mujer del altavoz, pero en una máquina creada para el placer de la mujer.
Ahí dentro, Fonda retoza, abre los ojos y sin gritar ni gemir en exceso, tiene un orgasmo sin necesidad del hombre, como la radioyente.
Por eso sabemos que no está fingiendo: la máquina no se va a ofender con ella.
Los orgasmos cinematográficos mejor fingidos siempre son para demostrar algo: para esquivar al hombre, para no ofender su ego, o para hacerle ver que no son tan despiertos para detectar cuándo una mujer les está engañando.
Normalmente el orgasmo fingido se da porque a la mujer no le apetece mantener relaciones sexuales pero accede, le permite al hombre que cumpla sus deseos, y se ofrece con desgana, como un objeto.
Los hombres, en el mundo de los tópicos, siempre están por encima en la escala del deseo y las mujeres siempre se quejan.
A la máquina de Barbarella no le importa si Jane Fonda tiene o no un orgasmo, si va a acabar quemando el aparato o si se va a quedar fría. La máquina no tiene sentimientos, con la máquina no tiene después que irse a dormir, y la máquina no le va a preguntar si es que ya no la desea o si hay otra persona.
Jane Fonda no le va a tener que responder que está muy cansada y que no hay ningún problema, es que ha tenido un día duro, tampoco va a tener que explicarle que tiene demasiadas cosas en la cabeza y no puede concentrarse, ni va a decirle que tiene miedo de que el niño entre a la habitación y los pille.
Está creada para dar placer, no para dar explicaciones ni motivos: no para reproducirse, no para intimar; para el placer exclusivamente.
Audrey Tautou, siendo Amélie, se pregunta cuántos orgasmos deben de estarse viviendo en aquel mismo momento en la ciudad, y nos ofrece un pequeño catálogo de gemidos y gritos.
Woody Allen, en cambio, quiere dejarse de tonterías y lo que de verdad desea para el futuro es que el tabaco sea bueno para la salud y exista el Orgasmatrón, una máquina diseñada para que las parejas, como si fuera un ascensor, entren y obtengan placer de una manera limpia y tranquila, sin fingimientos, sin engaño.
El equilibrio matrimonial está a menudo relacionado con la sexualidad, y ese es uno de los motivos por el que las mujeres reconocen fingir los orgasmos, y en menor medida también los hombres.
El sexo siempre ha tenido que ver con la lujuria, la depravación y el pecado, así que antes el ciudadano común no se atrevía a experimentar con el sexo porque estaba prohibido; no había que fingir, porque nadie esperaba obtener placer de un pecado (excepto los que habían acabado con su propio tabú).
La mujer no se veía obligada a fingir orgasmos porque se veía obligada a reproducirse. Pero en cuanto llegó la liberación sexual, a la mujer se le ofreció la posibilidad algo más, algo que el hombre ya practicaba: y como existía tanto desconocimiento y tanta torpeza, se adaptó al placer sexual fingiendo.
Por increíble que nos parezca a las generaciones actuales, hay mujeres que no han sentido un orgasmo en su vida: primero porque no tenían información de cómo alcanzarlo, segundo porque al hombre nadie le pedía que proporcionara placer. O bien le parecía ofensivo que la mujer quisiera pasárselo estupendamente como él, o bien no la creía merecedora y acababa antes de tiempo.
El sexo era el momento del hombre y no tenía por qué recrearse en el cuerpo de la mujer: bastante hacía con preñarla y darle lo que quería. La sociedad actual está mucho más preparada para el placer femenino, pero aun así la mujer se responsabiliza del ego del hombre fingiendo.
¿Hasta qué punto, hasta dónde son capaces de llegar para no dañar la imagen sexual de sus compañeros? Hasta que una mujer como Marilyn Monroe confiese a su psiquiatra que no tuvo nunca un orgasmo. La mujer más deseada murió sin correrse.
nuestras charlas nocturnas.
Sexo sin aliento …

Spectarum nuptas hic se Mors atque Voluptas – Unus fama ferat, quem quo, vultus erat.
(Se miraron un día a la vez la Muerte y la Voluptuosidad, y sus dos rostros eran uno solo).
Gabriele D’Annunzio, Le Vergini delle Roccie.
1. El último suspiro
JotDown(J.Lapidario) — La noche del 3 de junio de 2009 se presentaba aburrida para David Carradine en su hotel de Bangkok. Los productores de Stretch, su última película, le habían dejado tirado yéndose a cenar a un restaurante de lujo sin esperarle, una decisión que más tarde les traería una demanda judicial y muchos dolores de cabeza.
Nunca sabremos con exactitud qué ocurrió entonces, pero a la mañana siguiente el cadáver de David fue encontrado desnudo en el armario, con las manos atadas y una larga cuerda apretándole simultáneamente los testículos y el cuello. Marina Anderson, su cuarta exesposa, acabó convencida de que hubo ahí un robo con asesinato; Mark Geragos, abogado de la familia, achacó la muerte a una misteriosa secta de asesinos kung-fu.
Sin embargo, los análisis forenses apuntaron a un estrangulamiento accidental durante la práctica de autoasfixia erótica.
No fue esta la primera muerte asfixiófila de un personaje conocido. En ocasiones existe una duda razonable sobre si el fallecimiento fue en realidad un suicidio, como en el muy debatido caso del cantante Michael Hutchence. En otras ocasiones el contexto de la muerte parece evidente, como cuando el reverendo presbiteriano Gary Aldridge fue hallado muerto con una cuerda atada al cuello mientras vestía máscara de gas y ropa interior de látex negro.
Un estudio estadístico en la estadounidense Journal of Forensic Sciences atribuye a la asfixia erótica entre doscientas cincuenta y mil muertes anuales, lo que es una manera educada de decir «muere gente de vez en cuando pero no sabemos muy bien cuánta».
2. De la hipoxifilia considerada como una de las bellas artes

En el mundillo del BDSM (Bondage, Dominación/sumisión, Sadomasoquismo) en el que me muevo habitualmente, a morir en un desgraciado accidente relacionado con la falta de oxígeno se le suele llamar «hacer un Carradine».
Difícilmente podría considerarse un término técnico.
Pero hipoxifilia es una palabra horrenda, asfixiofilia suena fatal, autoasfixia excluye los juegos en que participa más de una persona…
Los términos ingleses breath play o breath control parecen más precisos, especialmente el segundo: para entender por qué la privación de oxígeno puede resultar enormemente placentera o acrecentar otras sensaciones de placer, el control parece un buen punto de partida.
Uno de los pasos en el aprendizaje del yoga es el pranaiam o pranayama, un conjunto de técnicas enfocadas a controlar la respiración o, por ser más preciso, obtener el control de la fuerza muscular que moviliza la respiración. La fase más importante del pranayama es el khumbaka, la retención cada vez mayor de la entrada del aire, sea a pulmones llenos o vacíos.
Esta disminución del ritmo respiratorio (y, de paso, cardíaco) ayuda en la meditación y crea un estado de calma y concentración en la mente. No es exagerado decir que la disminución controlada y gradual de oxígeno en el cerebro crea estados alterados de conciencia: claridad mental, tranquilidad, nitidez perceptiva.
Y sin riesgos: a no ser que existan patologías previas, es físicamente imposible morir aguantando voluntariamente la respiración.
Pero hay quien utiliza atajos peligrosos para llegar ahí. El dibujante Vaughn Bodé murió mientras meditaba con una correa enroscada fuertemente al cuello. Antes de encerrarse en su habitación para ello, le comentó con aire casual a su hijo: «Mark, he visto a Dios cuatro veces y pronto voy a volver a hacerlo»; la metáfora quedó convertida en algo bastante más literal.
En la misma línea, el náufrago protagonista de la Vida de Pi de Yann Martel cuenta:
«Uno de mis métodos favoritos de huida era una suave asfixia. Usaba un fragmento de tela cortada de los restos de una sábana. Lo llamaba mi trapo de los sueños. Lo humedecía con agua salada para que estuviera mojado pero no goteante (…). Caía en un aturdimiento letárgico al que el trapo de los sueños que restringía mi respiración daba una cualidad especial. Me visitaban los sueños más extraordinarios, visiones, pensamientos, sensaciones, recuerdos».

Pasar de la meditación y los estados alterados de conciencia a la excitación sexual no es en realidad un gran salto. Hace unos años el educador sadomasoquista canadiense Scott Smith visitó Barcelona, y tuve la oportunidad de ayudarle a organizar unos talleres sobre su especialidad, el edge play o juego sexual cercano a los límites del riesgo.
Impartió cuatro clases a la comunidad BDSM local: manejo avanzado del látigo, uso de puntos de presión, construcción de escenarios de interrogatorio erótico y, por último, control de la respiración. Lo que aprendimos en esta última clase daría para un libro, pero lo relevante ahora mismo es el primer ejercicio que planteó.
En un contexto D/s (es decir, de relaciones de Dominación/sumisión consentidas y placenteras), que la parte dominante controle la respiración de la persona que se le somete es una forma muy intensa de ejercer control y dominio.
La forma en que Scott decidió mostrar este escenario fue sencilla: ordenó a su pareja que no respirara en absoluto, y se pasó un buen rato introduciendo el aire en sus pulmones mediante un lento y cariñoso boca a boca. Por un lado, la menor cantidad de oxígeno del aire espirado produjo en la modelo los efectos mentales antes comentados. Y por otro… Es difícil de explicar.
Fue como si alrededor de ambos se creara una burbuja detenida en el tiempo, o más bien ralentizada a un ritmo pausado e hipnótico. A pesar de estar rodeados por los alumnos de su taller hipoxófilo, ambos quedaron aislados en un pequeño núcleo de intimidad. Hundidos en un silencio profundo, punteado solamente por los sonidos de una sola respiración conjunta.
3. She’s lost control

Hay otras formas algo menos sutiles de restringirle a otra persona la cantidad de oxígeno respirado, por ejemplo empleando una máscara de gas regulable…
Pero la imagen más popularizada por algunas películas porno es la de la bolsa de plástico en la cabeza, véanse al respecto algunas de las escenas más impactantes del documental de Anna Lorentzon y Barbara Bell llamado Graphic Sexual Horror.
La reacción habitual que produce la bolsita de marras, en particular si se combina con una atadura o inmovilización, no es precisamente relajante como en los casos anteriores sino un chute de adrenalina que aguza los sentidos, seguido de un cierto pánico primario e incontrolable.
Y ese es exactamente el objetivo buscado en este caso: combinar un chorro adrenalínico con los efectos aturdidores del exceso de dióxido de carbono. Una ducha escocesa de sensaciones. El terror como afrodisíaco.
Por cierto: el impulso desesperado de tomar aire no viene provocado exactamente por la falta de oxígeno sino por el exceso de dióxido de carbono… Así que hiperventilar brevemente, disminuyendo el CO2 en sangre, permite aguantar la respiración con más facilidad.
He aquí un consejo útil para la próxima vez en que algún lector practique buceo a pulmón libre o se vea con una bolsa de plástico cubriéndole la cara.
Otra manera algo menos aparatosa de restringir la entrada de aire es apretando firmemente el cuello con una mano, un gesto que en según qué momentos (por ejemplo, durante el coito o antes de un beso particularmente intenso) puede resultar profundamente erótico y pasional. En cualquier caso, un efecto habitual de este gesto, y no uso adrede la palabra «estrangulamiento», es precipitar/acelerar el orgasmo.

Siguiendo este camino de intensidad ascendente, un juego hipoxófilo especialmente habitual en Estados Unidos y Canadá (confieso no estar seguro de por qué) es aplicar una llave de estrangulamiento de artes marciales o chokehold, que no actúa restringiendo la respiración sino el flujo de sangre al cerebro mediante la presión de las arterias carótidas.
Supongo que no hace falta que subraye lo peligroso que es esto por varios motivos, no el menor la posibilidad de desprender una placa de la arteria creando un trombo.
En mi infancia recuerdo a algún conocido retando a otro a probar el «juego del desmayo», que básicamente es provocar un síncope presionando las carótidas y estimulando el nervio vago, lo que logra el combo de bajar de golpe el ritmo cardíaco, dilatar los vasos sanguíneos y dejar sin sangre el cerebro.
Vamos, caer redondo al suelo y despertarse (o no) con una sensación extraña de agradable desorientación, como el que acaba de empezar adormilado un nuevo día.
Se impone tomar aire y desviar este recorrido hipoxófilo al terreno de la supervivencia.
4. Te necesito más que el aire que respiro
Dentro de la comunidad BSDM, mucho más variada de lo que podría pensarse desde fuera, se libra desde hace años una auténtica guerra civil subterránea sobre la conveniencia o no de practicar juegos de control de la respiración. No se me ocurre otra práctica que despierte más polémica o haya hecho correr más ríos de tinta…
Y curiosamente hay un componente geográfico en las sensibilidades: tradicionalmente los americanos son más prudentes, mientras que europeos y asiáticos tienden (tendemos) a correr más riesgos o, al menos, ser menos conscientes de su alcance.
El principal representante de la corriente, digamos, cautelosa es el sexólogo y paramédico Jay Wiseman, autor entre otros del libro fundacional BDSM 101 (traducido aquí como BDSM: Introducción a las prácticas y su significado). Wiseman no llega a recomendar la abstinencia total de este tipo de juegos para quien los disfrute, pero sí razona que el riesgo inherente a ellos es mayor de lo que se cree y, peor aún, difícilmente mitigable.
En el 90 % de juegos sadomasoquistas, como azotes, pinzas en pezones o genitales, cera caliente o la mayor parte de ataduras, no hay prácticamente riesgo de consecuencias indeseadas aparte de algún moratón, una pequeña quemadura o una herida leve.

Además, se pueden emplear precauciones para limitar el riesgo, tanto técnicas («¡no azotar jamás sobre la rabadilla!») como generales (la palabra de seguridad que permite a la parte sumisa detener inmediatamente la sesión).
Del 10 % restante, un 8 % de actividades (por ejemplo ataduras de shibari que incluyan suspensiones en el aire, juegos con fuego, electricidad o agujas) pueden causar lesiones si no se ejecutan correctamente.
Para realizarlas con garantías es necesario aprender detalles técnicos de algún maestro experimentado, participar en talleres y adquirir ciertos conocimientos especializados. Eso sí: tomando precauciones es posible mantener el riesgo en niveles fácilmente asumibles.
Eso nos deja un 2 % de actividades extremas y muy infrecuentes, pero que potencialmente pueden causar grandes daños o incluso la muerte: jugar con armas de fuego, golpear en el pecho, practicar fuertemente ballbusting (no entraré en muchos detalles, pero incluye dar patadas en los testículos) y, por supuesto, la hipoxifilia.
En estas actividades, ni siquiera tomar precauciones, aprender de maestros y realizar las técnicas correctamente puede eliminar un riesgo significativo de accidente grave o muerte… Y definir el significado exacto de la palabra «significativo» es en este caso elegir un bando en esta guerra civil fetichista.
Veamos alguno de estos riesgos difícilmente evitables. El récord mundial de aguantar la respiración sin moverse (y sobreviviendo) está fijado en once minutos y medio. Bajo circunstancias normales, podemos pasar unos tres minutos sin entrada de oxígeno hasta que empiece a morir alguna célula que otra.
Sin embargo, el riesgo hasta entonces no es inexistente por culpa de la posibilidad, muy baja pero no desdeñable, de ataque al corazón debido entre otras cosas al llamado efecto Valsalva.
Al intentar exhalar con las vías respiratorias cerradas (por ejemplo porque alguien te está apretando el cuello) se incrementa la presión en la cavidad torácica, lo que disminuye el riego sanguíneo del corazón y, de propina, puede causar el desprendimiento de alguna placa. Este efecto es el mismo que puede producir infartos al esforzarse uno desesperadamente en defecar…
Morir cagando, he aquí otra forma un tanto lamentable de entrar en el más allá.

Jay Wiseman alude a la impredecibilidad del efecto Valsalva como argumento para negar el «riesgo cero» en la hipoxifilia.
Dicho esto, se pueden y deben tomar precauciones con los juegos de respiración: que no sea posible eliminar completamente el peligro no significa que no pueda hacerse una cierta estratificación de riesgos.
La más obvia: nunca practicarlos estando solo, sino asegurarse la compañía de al menos un observador que pueda intervenir si ocurre algo inesperado. Sin embargo, a veces no basta con no estar solo.
En el capítulo de CSI llamado «Slaves of Las Vegas» aparecía un crimen relacionado con un accidente asfixiófilo en compañía…
Aunque si ese episodio resulta memorable es por contener la primera aparición de lady Heather, la Dómina que logró poner a Gil Grissom de rodillas.
En la mayoría de locales y clubes sociales BDSM se prohíben los juegos de respiración por un simple tema de prevención legal. Sin embargo, otra línea de razonamiento opina que no hay mejor sitio para practicar este tipo de actividades que en un lugar semipúblico y con alguien responsable a mano que sepa aplicar reanimación cardiopulmonar.
No es este un tema sencillo. Un amigo mío, el sexólogo Ignasi Puig Rodas, lleva un tiempo recogiendo datos para un estudio estadístico sobre lesiones y accidentes en las actividades BDSM. Una de las sorpresas que se ha llevado es que estadísticamente los consoladores resultan más peligrosos que la asfixiofilia.
De los encuestados que juegan habitualmente con plugs anales, un 9 % ha sufrido algún incidente grave con ellos, mientras que solo un 3 % de hipoxófilos ha reportado problemas con la asfixia erótica. Eso sí: desgraciadamente, al menos uno de los incidentes terminó en fallecimiento.
Debería despedir el artículo antes de quedarme yo mismo sin aire, y lo haré mencionando la única técnica que permite seguridad total con los juegos de asfixia: el mindfuck. Es decir, el truco mental, el hacer creer a la «víctima» del juego erótico que está siendo privada de oxígeno sin que eso sea rigurosamente cierto.
¿Una bolsa discretamente agujereada? ¿Una mano en el cuello no tan firme como parece al primer momento? El mecanismo concreto lo dejo a la imaginación de los lectores.
Y si no, siempre queda la opción, que desaconsejo vivamente por motivos obvios, de renunciar completamente a la seguridad y seguir la vía del amor fou apuntada en la mítica película El imperio de los sentidos, de Nagisha Oshima. Por refrescar la memoria: muestra el caso real de una mujer llamada Sada Abe, que estranguló dulcemente a su amante durante un coito hipoxófilo, le cortó el pene y los testículos al cadáver y los guardó en su bolso durante varios días. Y ahora sí, esta última imagen mental me ha dejado sin aliento.
nuestras charlas nocturnas.
Vibradores victorianos: la industrialización del orgasmo…

La masturbación es la actividad sexual primaria de la humanidad. En el siglo XIX era una enfermedad; en el XX, una cura.
Thomas S. Szasz.
JotDown(J.Lapidario) — Hace diez años se emitió en la CBC una breve serie de ciencia ficción steampunk llamada Las aventuras secretas del joven Julio Verne.
Rodada directamente en vídeo, con guiones infames y actuaciones lamentables, la serie imaginaba a Verne como un aventurero que realmente experimentó todo lo que más tarde vertería en sus novelas: viajar en el Nautilus, en una expedición al centro de la Tierra o alrededor del mundo en ochenta días.
En el primer capítulo, una misteriosa mujer secuestra al inexperto Verne y le tortura para obtener sus secretos atándolo a una curiosa invención: una silla vibradora. Una pequeña vibración resulta muy placentera y agradable, pero si Verne se niega a hablar, el dial subirá…
Al ver esa escena no pude evitar sonreír y lamentar que Verne (el auténtico) no hubiera previsto la muy cercana invención del vibrador con el mismo espíritu visionario que le hizo anticipar el submarino.
En el controvertido ensayo La tecnología del orgasmo, la investigadora Rachel P. Maines sostiene que desde la Antigüedad clásica se consideraba que las mujeres insatisfechas sexualmente (lo que usualmente era definido como incapacidad de llegar al orgasmo mediante el coito vaginal) desarrollaban una «enfermedad» nerviosa llamada histeria, tradicionalmente tratada mediante toques manuales a cargo de una partera hasta llegar al, ejem, «paroxismo histérico».
En el siglo XIX la invención del vibradorelectromecánico como utensilio de fisioterapia tendría un efecto secundario no previsto pero rápidamente aprovechado por los médicos: producir estos «paroxismos» de forma más rápida y eficaz, sin poner en peligro su respetabilidad ni la de sus pacientes al estar aplicando un tratamiento médico sin connotaciones abiertamente sexuales… Un bonito caso de tecnología camuflada socialmente.
Esta tesis, reflejada en películas como la reciente comedia romántica Hysteria (fallida aunque aparezca mi musa Maggie Gyllenhaal), es matizable y discutible, como veremos en detalle en este artículo. Y aunque sea divertida la imagen del pacato médico victoriano aplicando vibradores sobre los genitales de sus sorprendidas pacientes, la cosa no fue exactamente así…
En realidad la era victoriana no fue tan sexualmente pacata como se cree en la actualidad. Abundaban la literatura erótica y los grabados subidos de tono, la propia reina Victoria coleccionaba dibujos de desnudos masculinos, y es falso, a juzgar por cartas y documentos de la época, que se creyera que las mujeres no experimentaban placer sexual.
Eso sí: muchas damas de clase media y alta se metían en el lecho matrimonial sin tener la más remota idea de qué se introducía dónde y cómo, lo que daba lugar a situaciones incómodas similares a las que refleja Ian McEwan en On Chesil Beach, ambientada en 1962 pero con una protagonista femenina francamente victoriana.
Pero vayamos paso a paso. Antes de llegar a los vibradores a vapor, empecemos por la tecnología digital. Literalmente digital.
- El hábil dedo de la matrona

Como consecuencia del tacto de los órganos genitales, la paciente tuvo sacudidas acompañadas de dolor y placer similar al experimentado en el coito, tras lo que emitió esperma turbio y abundante y se encontró liberada de sus males». Galeno, Del uso de las partes.
En el Timeo, Platón describe más o menos metafóricamente el útero como un animal (zoon) con tendencia a pasearse por el interior del cuerpo de la mujer en respuesta a ciertos estímulos; «tal como un animal dentro de otro animal», en palabras de Areteo.
Al acumularse un exceso de líquidos («esperma femenino») en este alien errante, principalmente por causa de la abstinencia sexual, el zoon se rebela provocando todo tipo de males…
En particular un trastorno difuso que se ha llamado a lo largo de los siglos histeria (de hystera o útero), furor uterino, suffocatio matricis, «melancolía de doncellas, monjas y viudas» o trastorno histeroneurasténico en la jerga psiquiátrica posterior. Los síntomas de este «desarreglo» eran ansiedad, insomnio, irritabilidad y «ganas de buscar problemas», nerviosismo, risas o llantos, fantasías eróticas, «excesiva» humedad en la vulva, sofocos…
El androcéntrico razonamiento subyacente era que si una mujer no alcanzaba el orgasmo de forma «normal» y «saludable» (únicamente mediante la penetración vaginal), padecía una enfermedad con su propia sintomatología… y tratamiento. Si la abstinencia provocaba acumulación de fluidos en el útero, el coito terapéutico parecía la mejor opción de cura, o a falta de ello, la mano hábil de una partera o incluso la ayuda de un dildo.
En los Consilia de Ferrari de Gradi, en el siglo XV, puede leerse: «habiendo una matrona envuelto un dedo con un pedacito de tela y habiendo mojado ese dedo en aceite de lis en el cual se habrían disuelto mirra y nuez moscada, meterá ese dedo en la vulva y le hará toques con el fin de que su naturaleza de mujer sea excitada y así no retenga la materia que debe evacuar hacia abajo.
Y así se le ayudará hasta el momento en que tenga una relación con el propio marido. Y si él no puede satisfacer totalmente su deseo (maior delectatio), se elaborará un instrumento en madera que se revestirá de tripa de animal; se untará con el aceite y el polvo del que hablamos antes, y enseguida se le introducirá a la paciente, agitándolo hasta la emisión del esperma femenino».
(Abro un paréntesis: el dildo no producirá estimulación clitoral, pero menos da una piedra… Aún faltaban siglos para la vibración mecánica, a menos que nos creamos la leyenda apócrifa según la cual Cleopatra construyó un rudimentario vibrador con un tubo hueco de cobre relleno con abejas vivas).

En el siglo XVII Pieter van Foreest repite la sugerencia masturbatoria en Observationem et Curationem Medicinalium ac Chirurgicarum Opera Omnia, reconociendo haberla extraído de los Consilia pero apuntando más lejos hacia el pasado:
«Galeno y Avicena, entre otros, recomiendan esta estimulación de la mujer hasta el paroxismo, especialmente para las viudas, para las que llevan una vida de castidad y para las mujeres religiosas; se recomienda con menos frecuencia para mujeres muy jóvenes, públicas o casadas, para quienes es mejor remedio la cópula con sus parejas».
Un análisis más detallado de lo que realmente decía Galeno pone en duda que esta recomendación fuera tan clara como parece.
En un documentadísimo artículo llamado Galeno y la viuda: hacia una comprensión de la masturbación terapéutica en ginecología antigua, la profesora Helen King pone en duda el uso de los clásicos llevado a cabo por Maines en su libro, y destaca que Galeno no recomendaba realmente la masturbación ni menos aún la practicaba él mismo, sino que describía de forma neutra el uso de la misma por parte de matronas como «remedio tradicional» para la histeria.

En cualquier caso, sea por un prurito pacato o por simple confusión ante la respuesta femenina, muchos textos médicos llaman a la explosión orgásmica de la masturbación«crisis histérica» o «paroxismo histérico».
En el siglo XVI el cirujano Ambroise Paré lo describía como «un éxtasis, un desmayo y arrobamiento de los espíritus, como si el alma estuviera separada del cuerpo». A principios del XIX, Franz Joseph Gall llamaba crisis histérica al sonrojo de la piel acompañado de «sensaciones voluptuosas, vergüenza y confusión» tras una breve pérdida de control, normalmente inferior al minuto.
No es que el orgasmofemenino fuera desconocido por la medicina, sino que durante siglos se asoció únicamente al coito y a la posibilidad de que aumentara la posibilidad de embarazo. Así pues, se aconsejaba llegar al orgasmo femenino para aumentar la fertilidad, pero también evitar efusiones similares fuera del lecho matrimonial.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX la masturbación femenina se vio como algo inapropiado, inmoral y peligroso; causa o síntoma de enfermedad física o mental. Sigmund Freud, sin ir más lejos, calificaría el orgasmo clitoral como señal de infantilismo… Cualquier excitación sexual femenina que no culminase en un coito con fines reproductivos era considerada insalubre y podía producir todo tipo de trastornos.
En 1866 el presidente de la Sociedad Médica de Londres, un ginecólogo llamado Isaac Baker Brown, culpó a la masturbación femenina de producir epilepsia, locura e histeria, entre otros males. Como tratamiento, Brown abogó por la clitoridectomía, es decir, la extirpación quirúrgica del clítoris.
A muchas de las pacientes a las que se les mutiló el clítoris para ser «sanadas» no se les informó de qué tipo de operación se les iba a practicar, solo de que iban a recibir «un pequeño ajuste en sus partes externas».
Brown no fue ni mucho menos el primer médico victoriano en usar este tipo de «remedios», pero sí quien más los defendió, con una arrogancia que le hizo ganarse enemigos entre sus colegas. Por ello acabó siendo destituido: más por rivalidades internas y cuestiones de ética procedimental que por considerarse incorrecto su tratamiento.
Este horror por la masturbación deja solo un resquicio a las mujeres «histéricas» sexualmente insatisfechas… ¿Y si la masturbación pudiera camuflarse como un «tratamiento terapéutico» para trastornos femeninos? ¿Podría entonces alcanzar el éxtasis orgásmico una mujer de clase media-alta conservando su respetabilidad?
- En la caja de Pandora se escondía un vibrador
Me gusta considerar el sexo oral, el manual y el coito como juegos preliminares al sexo con vibrador.
Betty Dodson.

Los dildos terapéuticos propuestos por Ferrari de Gradi fueron evolucionando con el avance de la tecnología, aunque bajo disfraces menos evidentes que el «instrumento recubierto de tripa de animal».
Durante los primeros años de la era victoriana la tecnología masturbadora estrella fue la ducha a presión de agua fría dirigida hacia la vulva.
En los departamentos femeninos de los balnearios de lujo era frecuente encontrar estas duchas «estimulantes locales de la región pélvica».
El médico Henri Scoutetten describía su funcionamiento con estas palabras involuntariamente cómicas:
«La primera impresión producida por el chorro de agua es dolorosa, pero pronto el efecto de la presión, la reacción del organismo al frío, que causa enrojecimiento de la piel, y el restablecimiento del equilibrio, crean una sensación tan agradable para muchas mujeres que hay que tomar precauciones para que no excedan el tiempo prescrito, normalmente cuatro o cinco minutos. Tras la ducha, la paciente se seca, se abrocha el corsé y regresa a su habitación con paso vivo».
Desgraciadamente estas duchas eran costosas, nada portátiles, dependientes de un suministro constante de agua y difíciles de emplear con la precisión necesaria para producir resultados fiables (léase orgasmos). Algo parecido ocurría con el Manipulator, el enorme «aparato vibratorio de masaje accionado mediante vapor» patentado por el médico estadounidense George Taylor en 1869.
El sueño húmedo de toda aficionada al steampunk, el Manipulator consistía en una gigantesca mesa almohadillada con un agujero a través del que una esfera vibrante masajeaba la pelvis. Sus principales clientes eran los balnearios, a los que Taylor dedica un aviso: su aparato debe usarse con supervisión constante para evitar una «satisfacción excesiva».
Pero el punto G de esta historia llega en 1880, cuando el británico John Mortimer Granville culmina su estudio sobre desórdenes musculares inventando un pequeño chisme percutor accionado mediante baterías… O, por usar la aséptica descripción de Maines, un «aparato electromecánico que aplica presión a un ritmo rápido sobre el contorno de una superficie».
Es el primer vibrador eléctrico portátil de la historia, acompañado de un práctico kit de accesorios (vibrátodos) de diferentes formas y tamaños. Desgraciadamente, Granville era un aguafiestas y jamás quiso que su invento se utilizara para tratar a mujeres histéricas, sino únicamente en fisioterapia: «he evitado y evitaré tratar mujeres mediante vibración, simplemente porque no deseo ser engañado por los caprichos del estado histérico ni colaborar a que confunda a otras personas».
Demasiado tarde: la caja de Pandora estaba abierta y el uso de vibradores para «tratar» la histeria se extendió de forma discreta pero muy lucrativa.
Podemos seguir el rastro de varios modelos de vibrador a través de los anuncios aparecidos en revistas médicas de finales de siglo. Maines describe algunos: «muchos se sostenían en el suelo sobre rodillos, otros eran portátiles, y los había que se colgaban del techo de la clínica como una llave de impacto en un taller de automóviles moderno».
El rango de precios va desde los quince dólares de los más baratos, que funcionaban dándoles cuerda (¡no quiero imaginar el bajón de tener que parar para darle unos minutos a la manivela!) hasta el Chatanooga, un monstruo deluxe al prohibitivo precio de 200 dólares de la época.

Durante esos años se vivió un boom de la «vibroterapia» como presunta cura para todo tipo de males: artritis, estreñimiento, amenorrea, infecciones… Sin embargo, los anuncios no dejaban lugar a dudas de cuál era el objetivo principal del aparato: «resulta una ayuda impagable para el médico al tratar todas las molestias nerviosas femeninas», o «mejora inmediatamente el nerviosismo causado por los ovarios o el útero».
Según la tesis de Maines, el «paroxismo asistido médicamente» mediante vibradores se volvió muy popular, tanto (obviamente) entre las pacientes como entre el estamento médico. Un lento y artesanal masaje vulvar podía durar perfectamente una hora sin provocar la crisis histérica, dependiendo de la habilidad del médico o la partera…
En cambio el vibrador provocaba el paroxismo en pocos minutos, permitiendo así tratar (y cobrar) a un mayor número de pacientes. Además, las damas que acudían a la consulta ni morían de su «enfermedad» ni por supuesto se curaban, con lo que seguían acudiendo gustosas una y otra y otra y otra vez a recibir regularmente un tratamiento tan placentero. Todo eran ventajas.
Sin embargo, muchos historiadores opinan que Maines exagera, llevada por el entusiasmo. Es indudable que los aparatos existieron y que al menos unos cuantos médicos los usaron para «tratar» a mujeres histéricas, pero probablemente de modo mucho más discreto y subterráneo de lo que parece indicar Maines.
El vibrador no aparece en novelas pornográficas de la época, aunque eso no es tan raro si el uso masturbatorio estaba exitosamente camuflado como terapia médica reservada a mujeres de clase alta. Por otro lado, en una época en que la imagen pública lo era todo, resulta difícil creer que los médicos se arriesgaran a ser acusados de comportamientos impropios con sus pacientes.
- De sofisticado equipo médico a sofisticado juguete sexual
Hay formas morales e inmorales de usar un arma de fuego… Pero no hay ninguna forma moral de usar un vibrador». Dan Ireland, predicador baptista.

En cualquier caso, unas décadas más tarde el cortocircuito social que camuflaba el aspecto sexual del «paroxismo histérico» empezó a resquebrajarse.
En películas eróticas a partir de 1920 empezaron a aparecer vibradores; terapeutas sexuales de los años treinta defendieron abiertamente el uso de estos aparatos para casos de «frigidez femenina»; los anuncios de vibradores saltaron poco a poco de las revistas médicas a las publicaciones femeninas de moda o costura, más o menos explícitamente vendidas como auxiliares sexuales («todos los placeres de la juventud vibrarán en ti»)…
En 1952 la Asociación Estadounidense de Psiquiatría retiró la histeria o «trastorno histoneurasténico» de su lista de enfermedades, quedando al fin clasificados los «síntomas» bajo el epígrafe de simple deseo sexual de una libido sana.
En el episodio «Indian summer» de Mad Men, la redactora publicitaria Peggy descubre por accidente los efectos erógenos de un cinturón vibrador supuestamente pensado para adelgazar, y decide lanzar una campaña bautizándolo como «El Rejuvenecedor» y asignándole un eslogan insinuante: «amarás el modo en que te hará sentir».
Es significativa la frase que emplea para describir a sus colegas el efecto del aparato: «proporciona el placer de un hombre, pero sin el hombre», una descripción que conecta con el atávico miedo masculino a ser desplazado y volverse irrelevante.
La industrialización del sexo que representa el vibrador merece una atención particular. De los orgasmos artesanos, lentamente trabajados y dependientes de la habilidad individual se pasó, gracias a la tecnología, a la producción mucho más fiable de orgasmos en serie…
La totalidad del género masculino se arriesgaba a ser sustituido por las máquinas, como los artesanos y los obreros de los telares durante la Revolución Industrial.
Muchos hombres empezaron a incluir vibradores como una herramienta más de su arsenal sexual, pero otros se tomaron la misma existencia de estos juguetes como una crítica implícita a su habilidad para hacer correrse a una mujer con la penetración vaginal (del cunnilingus y la masturbación mutua manual ya hablaremos otro día).

Este molesto miedo, sumado a la pérdida del camuflaje social de respetabilidad médica, marcó el pistoletazo de salida de la guerra contra el vibrador. En países como India o Pakistán es ilegal comprarlos, y tres estados de los EE. UU. tienen leyes (¡aún vigentes!) contra la distribución de juguetes sexuales.
Es especialmente gracioso el caso de Alabama, cubierto en varios reportajes por el periodista Jacob Appel. A finales de los noventa, un senador se embarcó en una cruzada para prohibir los espectáculos de striptease.
No lo consiguió, pero durante el debate subsiguiente un predicador baptista llamado Dan Ireland convenció al fiscal general de Alabama, Troy King, para pasar una ley contra la distribución y venta de artefactos eróticos. Desde entonces cualquier distribuidor de juguetes sexuales en Alabama se enfrenta a una multa potencial de diez mil dólares, que aunque no suela aplicarse prácticamente nunca, sí actúa como elemento disuasorio.
Poco después de lanzar una agresiva campaña homofóbica, se descubrió que King había tenido alguna aventurilla homosexual… Así que no descarto que esa aversión por los dildos se complemente con la posesión de una colección de vibradores prostáticos a pilas.
En cualquier caso, se lanzó una campaña para comprarle entradas a King para una obra de teatro de Sara Ruhl llamada In the next room, muy apropiada para cerrar el artículo. Su argumento: en la era victoriana, un médico descubre que los aparatos vibrátiles con que esperaba tratar lesiones musculares tienen un efecto insospechado en una de sus pacientes…
nuestras charlas nocturnas.
No, los hombres no piensan en sexo cada siete segundos (ni siquiera es en lo que más piensan) …

Xataka(S.?arra) — Uno de los datos estadísticos más repetidos es que el hombre piensa en sexo cada siete segundos. En realidad, esto no es así. Ni siquiera el sexo es el tema en el que más piensan los hombres.
De hecho, calcular cuántas veces se piensa en sexo, naturalmente, no es fácil.
Hombres y mujeres
Sin embargo, la mayor aproximación científica a la hora de calcular la frecuencia en el deseo de sexo indica que los hombres en edad universitaria piensan en sexo una vez cada hora de vigilia (es decir, unas 19 veces al día). Más o menos la misma frecuencia con la que piensan en comida, incluso muchas veces es menos.
Son datos de David John Spiegelhalter, un estadístico británico, para su libro Sex by Numbers, según un estudio del Instituto Kinsey. También señala que solo un 54 % de los hombres piensan en sexo como mínimo una vez al día, y alrededor de un 4 % piensan en sexo solo una vez al mes.
Las mujeres en edad universitaria parece que claramente piensan más en comida que en sexo, tal vez porque se somenten más a menudo a dietas hipocalóricas muy estrictas para entrar en los cánones de belleza vigentes (al igual que los hombres deben plegarse a los cánones vigentes de disponibilidad de sexo, que no es tanto como desearían).
De todas formas, el tiempo medio que dura cada acto sexual es de apenas nueve minutos (aunque el arco completo, incuyendo los juegos preliminares y el tiempo de desvestirse, se acerca más a los veinticinco minutos.
nuestras charlas nocturnas.
Los asuntos del follar y otras vergüenzas pretéritas…
JotDown(M.de Lorenzo) — He recordado algo que me parece oportuno contarles. Pero vamos por orden.
Como ya se habrán ustedes fijado, siempre que una sociedad, directa o indirectamente y a pesar de la imposible unanimidad y la huidiza mayoría, conviene en admitir la ruindad de algún célebre antepasado, sus autoridades proceden de forma similar: afeando su gloria. Y no existe mecanismo institucional más inmediato, eficaz y perdurable a tal efecto que su oprobiosa desaparición del callejero.
El general Franco se ha convertido así en el conde Aranda, en Carrera o en Progreso; Emilio Mola en el Príncipe de Vergara; hasta el presunto pasado nazi de Ferdinand Porsche le ha impedido, desde la tumba, sustituir en Atlanta a Henry Ford. Qué cosas.
Además de calles, plazas y avenidas, sus nombres suelen desaparecer de placas e inscripciones honoríficas tan rápido como de la vista lo hacen sus eternas siluetas, subidas normalmente a lomos de caballos de aleación que decorarán para siempre y junto a sus jinetes el fondo de algún triste almacén municipal.
Esta práctica, que a algunos parecerá un tanto ridícula porque al fin y al cabo qué más da, qué importa un nombre, a quién molesta, siempre se ha llamado así, solo es una estatua, no ofende a nadie, no estorba, siempre ha estado ahí, no es en realidad una costumbre tan disparatada.
Si el mérito de una vida dedicada al pueblo, a la ciencia, al gobierno o al deporte es recompensado con una placa conmemorativa, una estatua en una plaza o el nombre de una avenida, no es descabellado que tales homenajes sean retirados si el tiempo prueba que aquella dedicación no fue tal.
Más aún si donde creíamos ver honor ahora hallamos bajeza.
Y sobre todo si tras el reconocimiento popular se escondía una obligación tirana —que bien podría, en circunstancias opuestas, imponer la dirección contraria—.
La sociedad, en cualquier caso, tiene derecho a cambiar de opinión y a dejar constancia de ello, y mantener por desidia un homenaje público, sea cual sea su forma, no es muy distinto en la práctica a hacerlo por convicción.
De lo que se trata, en definitiva, es de consolidar el descrédito. De remarcar el desprestigio al que definitivamente se quiere conducir a quien ahora parece merecedor del mismo. Y pocos métodos hay más efectivos que desdeñar su recuerdo. Lograr que su nombre y su figura pierdan relevancia histórica y honor. Omitirlos. Privarlos de pulcritud y arrinconarlos hasta que, eventualmente, caigan en el olvido.
Esa es la intención de quienes deciden retirar una estatua ecuestre, por ejemplo. Era asimismo el objetivo del Comité de Control de los Aliados cuando, en plena desnazificación, se adoptaba un nuevo nombre para alguna “Calle Adolf Hitler”. Ese era, igualmente, el deseo de los responsables de la autodenominada Revolución Libertadora argentina cuando prohibieron que el nombre de Juan Perón fuese mencionado en público tras el golpe de estado de 1955. La condena de la memoria.
Su existencia como pena se remonta siglos atrás. La conocieron las ciudades-estado italianas de la Baja Edad Media; fue aplicada por la cabeza de la Iglesia en el Sínodo del terror; frecuentada por griegos, persas, egipcios. Los romanos la llamaban damnatio memoriae y consistía precisamente en eso.
En su maldición. Mediante decreto, el Senado ordenaba la supresión de cuantos monumentos, efigies, imágenes e inscripciones recordasen a quien no era digno de Roma, llegando incluso a prohibir la pronunciación del nombre de los que eran una vergüenza para su pueblo. Pocos símbolos más exactos de ignominia puede haber que la propia pérdida del nombre, ya que en realidad, más que un símbolo, ese es precisamente su origen. In-nomen.
Excepción hecha de los actos objetivamente más deshonrosos, sería muy difícil determinar con exactitud qué conductas eran merecedoras en cada época y lugar de la ignominĭa, de la abolitio nominis, de la maldición de la memoria, ya que no es en absoluto sencillo precisar los criterios que llevan a una sociedad concreta a considerar en un momento dado un hecho como vergonzoso.
Qué les parecía denigrante y por qué. Qué se lo parecía a otros. Que nos lo parece a nosotros. Y no lo es porque esos criterios son más o menos estrictos en función de cómo sople el viento a lo largo de los años. Lo que en un tiempo pudo ser considerado una vergüenza, tal vez ahora no lo sea. Y viceversa.
Y es así porque la vergüenza es un sentimiento de humillación.
Es el conocimiento consciente de la transgresión de los límites de la dignidad, fijados por las caprichosas pautas socioculturales de una comunidad en una etapa histórica determinada.
Charles Darwin recogía en La expresión de las emociones en el hombre y los animales sus manifestaciones físicas —rubor, calor, cabeza baja—. Estas son siempre las mismas independientemente de la época y el lugar porque no son las sensaciones provocadas por la vergüenza las que varían, sino el sentimiento de humillación que las produce.
Qué nos parece humillante y qué no. La similitud con lo que les parecía humillante a los galileos, al hombre renacentista, a los bañistas de los años 20, o lo que les parece humillante a los vietnamitas y japoneses de hoy en día, o lo que se lo parecerá a nuestros descendientes dentro de doscientos años, es —disculpen la hipérbole— pura coincidencia.
El caso, como decía al inicio del artículo, es que me encontraba leyendo acerca de estos asuntos cuando recordé una serie de anécdotas relacionadas con el tema y que, en mi opinión, no tienen desperdicio. Todas ellas están recogidas en la primera serie de Historias de la Historia, la singular obra del recientemente fallecido historiador Carlos Fisas.
Reflexiona el autor, precisamente, sobre el especial pudor que hoy en día impide hablar de los problemas de la vida conyugal “con la misma libertad con que se habla de las afecciones del estómago, pongo por ejemplo”. Agradeciendo que nuestros antepasados tuviesen otro concepto de la vergüenza —de lo humillante, quiere decir—, acomete el repaso de varios y bien documentados episodios históricos relacionados con la “flaqueza de engrandar” y la “poquedad de coito”.
Respecto a la primera, conocida actualmente como impotencia erigendi o disfunción eréctil —aunque “flaqueza de engrandar” me parece un término sublime que, bien lo sabe Dios, usaré de ahora en adelante—, relata Fisas cómo en el siglo XVI los tribunales entendían de esta clase de problemas, aunque hoy nos parezca inverosímil, ya que podían constituir causa de nulidad matrimonial.
Es así que, en una ocasión, una mujer acudió a los jueces acusando a su marido de haberla “desflorado con los dedos y no de otra manera porque él no era para más”. Lo cierto es que esta clase de demandas no eran infrecuentes pero esta vez el buen señor salió airoso.
Se halló que estaba dotado de la necesaria potencia, puesto que no existía “falta en la compostura y formación de los miembros genitales del sujeto”, y además “su miembro, el cual era bien peloso, crecía puesto en agua caliente y fregándole manos de mujer, en tanto que se acortaba con el agua fría”. Inapelable, oigan. Sencillamente inapelable.
Otra de las curiosas acusaciones registradas en el libro es la de una muchacha que decía estar embarazada de su marido a pesar de seguir siendo virgen puesto que él era impotente.
Los expertos, valiéndose de los procedimientos que ya hemos mencionado, determinaron que los órganos del esposo “estaban bien dispuestos para la cópula”.
En cuanto a la virginidad de su señora, sin embargo, hubo ciertas discrepancias.
Las comadronas confirmaron la versión de la mujer, pero al parecer existían hierbas y sustancias que permitían a las damas aparentar que conservaban la virtud intacta.
Los peritos, por su parte, también le dieron su plácet.
Al fin y al cabo, el médico Juan de Aviñón ya había explicado siglos antes que “la mujer se puede empreñar quedando virgen porque la simiente del hombre puede pasar a través de la tela vaginal cuando esta es rala y floja y muy porosa”.
La esterilidad, o “poquedad de coito”, es un asunto bastante más serio. Tanto que, por aquel entonces, los remedios existentes podían llevar a uno directamente al otro barrio. Así le sucedió, en efecto, a Fernando II de Aragón, “el Católico”. Que no padecía de impotencia generandi lo demuestra vagamente un hecho acaso insignificante: tuvo ocho hijos —quizá más—.
Sin embargo se ve que Germana de Foix no era lo suficientemente excitante per se y decidió dar a probar a su marido un potingue a base de mosca española desecada y triturada capaz de izar la vela mayor de cualquier barco durase lo que durase la tormenta. Pero por algo los romanos repetían aquello de in medio virtus…
La buena mujer se excedió en la dosis y semejante erección lo llevó a la tumba. Muerte por priapismo. Supongo que hay peores formas de morir.
Lo misma suerte que Fernando sufrió Martín I, “el Humano”, aproximadamente un siglo antes. Las fuentes oficiales responsabilizaron a la devastadora peste negra, pero se cree que falleció debido a las numerosas sustancias con las que las doncellas, contraviniendo las órdenes de los médicos, le untaban continuamente el glande para que lograse engendrar.
Pero no era la esterilidad un problema reservado al sexo masculino. En el hombre se producía “por yacer con mujer de pocos años, o vieja, o porque está en la menstruación, es tiñosa, sarnosa, hediendo o de aborrecible catamiento”. Pero la culpa no iba a ser solo de ellas, evidentemente.
“También puede sobrevenir por ser el varón niño, decrépito, borracho o tragón, o estar doliente, débil, cansado o poseído de ira o temor grandes”. El que era de “tan fría naturaleza que no se puede esforzar por yacer con las mujeres” lo tenía también bastante jodido. Pobrecito.
La principal causa femenina, sin embargo, era casi poética, pues consistía en tener la mujer “su natura cerrada”. Para el doctor Andrés Ferrer de Brocaldino se debía, en todo caso, a “la destemplanza de la matriz”, y si se trataba de señoritas de vida licenciosa, el motivo era que “la materia de uno —el semen de un hombre— destruye la de otro”.
Cómo decidir quién era el culpable, si ellos o ellas, tenía a pesar de los rudimentarios instrumentos médicos de la época muy fácil solución. Verán:
“Echen en agua la mujer su simiente y el hombre la suya, y la simiente que no bajare, sino que anduviere en lo alto del agua nadando, aquella es en la que está el defecto de no engendrar. Y este experimento lleva razón, porque es señal de que no está bien digerida aquella simiente y que tiene ventosidad que la hace ir nadando”. Científicamente impecable.
“Que orinen ambos, cada uno en una lechuga, y orinen encima. El que primero secase su lechuga es el que tiene la falta en no engendrar. Y este experimento en parte es conforme a la razón, porque significa gran calor y abundancia de humores adustos en aquella lechuga que primero se secase”. Convendrán conmigo en que un análisis más riguroso es imposible.
No entiendo por qué su inventor, el doctor Lobera de Ávila, afirmaba que era conforme a la razón solo “en parte”. Debía de estar loco.
Más, “Que tome siete granos de trigo y siete de cebada y siete de habas y los ponga en un vaso en un barreño con tierra y otro tanto en otro y orinen el varón en un vaso y ella en otro, y dejarlos estar allí siete días y en el vaso donde se hallasen vacías las simientes o granos, es señal de aquel cuya orina no tiene defecto, sino que es hábil para engendrar”.
Y mi favorita: “Se hace poniendo por debajo de la madre un ajo, y si la mujer siente el sabor en la boca, es señal que el defecto no está en ella, sino en el varón”.
Por debajo de la madre —es decir, de la matriz— es justo ahí, sí… Donde se imaginan. Confío en que no les repita si lo intentan.
También bajo el epígrafe “La vida conyugal”, Carlos Fisas recopila asimismo algunos de los necesarios e importantísimos remedios para la temible “poquedad de coito” utilizados desde el siglo XV en adelante.
Así, “un emplasto hecho con testículos de raposo, meollos de los pájaros y flores de palma” era lo ideal para “facer desfallecerse a la mujer debajo del varón”. Las mismas propiedades se predicaban, cómo no, de la apreciadísima verga del toro.
Desde luego, semejantes porquerías hacen bueno al dicho “es peor el remedio que la enfermedad”. Con tal cataplasma untada en el pene no se le levanta ni a un adolescente escondido en el vestuario de las chicas.
Estaban prohibidas, para evitar “la poquedad de la virtud”, todas aquellas circunstancias “que traen accidentes de la ánima tristosos” así como las “sustancias que enfrían la complixión” y también las que la calientan.
Si el problema era de cortedad fálica, se recomendaba levantar las nalgas de la mujer para que la semilla cayese en el fondo. Si, por el contrario, era de longitud excesiva, el consejo era que el macho o la hembra tuviesen “la raíz de la verga apretada con toda la mano, porque no metan toda la verga y porque la simiente en el camino no se enfríe”. Genial.
Por último, nos regala el autor una antigua y célebre fórmula diseñada para fecundar a la mujer correctamente, recogida en uno de los más importantes manuales de medicina del momento:
“Después de medianoche y antes del día, el varón debe despertar a la hembra hablando, besando, abrazando y tocando las tetas y el coño y el perineo, y todo esto se hace para que la mujer codicie que las dos semillas concurran juntamente, porque las mujeres lanzan su esperma más tarde —en otras palabras, los preliminares de toda la vida—.
Y cuando la mujer empieza a hablar tartamudeando, entonces se deben juntar en uno y poco a poco deben hacer el coito, y se debe juntar (el pene) de todo en todo con el coño de la mujer de tal manera que el aire no pueda entrar entre ellos.
Y después que haya echado la simiente debe estar el varón sobre la mujer sin hacer movimiento alguno, que no se levante luego. Y después de levantarse, la mujer debe extender sus piernas y estar para arriba y dormir si pudiese, que es muy provechoso, y que no hable ni tosa”.
Otro sistema, usado ni más ni menos que por Juan V de Portugal siglo y medio más tarde, era el descrito en el XVI por Juan Fragoso en su Tratado de las declaraciones que han de hacer los cirujanos acerca de muchas enfermedades y muchas maneras de muertes que suceden, y consistía sencillamente en que la mujer se colocase en situación y “condujese las cosas al lugar oportuno como suele hacerse en algunos establecimientos para el fomento de la cría caballar”. No se puede ser más descriptivo, ¿no les parece?
No se preocupen. No es mi intención elaborar en este punto una reflexión a partir de lo expuesto ni entroncar de nuevo con el tema que abría el artículo. En esta ocasión no hay mensajes, ni moralejas, ni sermones. Que cada sociedad decida qué le parece vergonzoso y considere tabú todo aquello que le venga en gana. Faltaría más. Pero permítanme un simple comentario a propósito de la evidente naturalidad perdida: qué mojigatos nos hemos vuelto, coño. Qué mojigatos…
Que follen ustedes bien.
nuestras charlas nocturnas.
Abre la boca y cierra los ojos: apología del sexo oral …

JotDown(J.Lapidario) — Leyendo la novela Pasos, de Jerzy Kosinski, me topé con esta descripción sencilla, poética y precisa de una felación:
«Tenerlo en la boca es una sensación extraña.
Es como si de pronto todo el cuerpo del hombre, todo, se hubiera encogido y reducido a esa única cosa.
Y entonces crece y te llena la boca. Se convierte en algo rebosante de fuerza, pero a la vez sigue siendo frágil y vulnerable. Podría asfixiarme.
O yo podría arrancarlo de un bocado. Y cuando crece, soy yo quien le da vida; mi aliento lo mantiene, y se desenrosca como una lengua enorme.
Me ha gustado lo que ha salido de ti: como cera caliente, se fundía de pronto sobre mí, en mi cuello y mis pechos y mi abdomen. Me sentía como si me bautizaran: era tan blanco y puro».
Ahí tenemos resumida la filosofía de la fellatio: la mezcla de fuerza y vulnerabilidad extremas, la concentración sensorial en un solo punto, el cumshot bautismal. Dándole vueltas a ese párrafo y a otros similares me fueron viniendo a la cabeza muchas preguntas sobre el sexo oral: ¿Por qué hay mayor prevalencia de felaciones respecto a cunnilingus? ¿Es cierto que el esperma es nutritivo? ¿Qué diferencia hay entre fellatio e irrumatio?
Este artículo dará respuesta a estas preguntas sin pretender ser una guía práctica, aunque si eso es lo que buscáis, la educadora sexual Violet Blue ha escrito todo lo que hay que saber sobre cómo hacer cunnilingus y felaciones. Pretendo más bien un somero repaso cultural y sociológico a la afición humana por acercar la boca a los genitales; un hobby que, como tantos otros, empieza por uno mismo.
1. El consuelo del forever alone
«Si tuviera un clon de mí mismo, consideraría establecer una relación seria con él. Salir con tu propio clon no puede considerarse gay». Jarod Kintz
Sentado sobre un montículo en las aguas primordiales de Nu, el dios egipcio Atum, “el completo”, el Sol del Atardecer, único ser existente en el universo, se aburre. La solución que encuentra es curiosamente parecida a la mía en estos casos: masturbarse. No le basta con utilizar la mano en su sagrado miembro, así que se da placer con la boca, formando un círculo sobre sí mismo (pensad en esa perturbadora imagen la próxima vez que veáis un ourobouros, la imagen de la serpiente que se muerde la cola).
Al sentir el semen en su boca, Atum no lo engulle, a pesar de sus divinas proteínas, sino que lo escupe, y de esa mezcla de esperma y saliva surgen Shu (dios del aire) y Tefnut (diosa de la humedad y el rocío).

Este ejemplo mitológico de autarquía sexual lleva inevitablemente a pensar en las posibilidades del sexo oral autónomo. Aparentemente, menos de un 1% de hombres puede alcanzarse el propio pene, y solo un 0,2% tiene la flexibilidad suficiente para realizar una autofelación completa y tratar de engendrar dioses al escupir después su propio esperma.
Me pregunto qué divinidades habrán surgido de Ron Jeremy, uno de los pocos actores porno de cuya capacidad autofeladora ha quedado constancia. Las mujeres lo tienen a priori más difícil para autosatisfacerse oralmente: tienen que avanzar unos centímetros extra.
Y para cualquier género es una actividad proclive a contracturas y peligros: me viene a la cabeza el famoso diálogo de Clerks sobre el tipo que se rompió la espalda intentando llegar hasta su propio pene y logró la victoria después de muerto, como el Cid campeador.
Otra forma de acceder al sexo oral sin partenaire ni peligro de muerte es mediante soluciones mecánicas. En el caso masculino, más allá de las muñecas hinchables a lo Wilt con lo que en catalán se llama boqueta petonera, existen aparatos parecidos a latas aterciopeladas que con muy poca fortuna (o eso dicen, ejem) tratan de imitar la sensación de una fellatio.
El utensilio femenino equivalente sería el Sqweel, nombre comercial de un invento delirante formado por pequeñas lenguas giratorias. En la entrada del Sex Machine Museum de Praga hay expuesto uno bastante antiguo y de aspecto más amenazador que otra cosa.
Y en webs especializadas en bricosexo puede encontrarse una sierra mecánica simuladora de cunnilingus llamada Lick-a-chick.
2. Breve historia del congreso bucal
“Clinton mintió. Un hombre puede olvidar dónde aparcó el coche o dónde vive, pero nunca olvida el sexo oral, por malo que sea”. Barbara Bush
Pero volvamos al Antiguo Egipto, tierra de pirámides y sexo oral. Tras una pequeña diferencia de opinión, el dios Seth primero entierra vivo y más tarde descuartiza en catorce pedazos a su hermano Osiris. La viuda Isis se lanza a la búsqueda de los fragmentos y los encuentra todos menos uno, el pene, que ha sido devorado por los peces.
Frustrada, Isis fabrica un falo de barro cocido (quién sabe si del mismo tamaño que el original), lo une al cadáver y lo besa, “soplando” la vida en su interior y resucitando a su marido. Thierry Leguay, autor de Histoire raisonnée de la fellation, fija en este mito la mención más antigua al sexo oral.

No es la única. Una leyenda atribuye a Cleopatra la invención del vibrador empleando un tubo de cobre relleno de abejas.
Y otra historia apócrifa la sitúa como experta feladora, probablemente por su nombre griego Merichane, que significa “la boquiabierta”, “la de boca grande” o “Julia Roberts”, pero que en un alarde de imaginación se ha traducido a veces como “la boca de los diez mil hombres”.
Una improbable leyenda similar atribuye a la emperatriz china Wu Zetian un decreto por el que los embajadores de otras tierras debían rendirle pleitesía mediante un cunnilingus. Y en una lectura atenta del Cantar de los Cantares de la Biblia resulta sospechoso el versículo “Tu ombligo es un cántaro en el que no falta el vino aromático”, que tiene más sentido, como defienden ciertos lingüistas, traduciendo “vulva” en lugar de “ombligo”.
En el Kama Sutra, escrito alrededor del s. III a. C., existen referencias ilustradas al “congreso bucal” o auparishtaka. Y más explícitas y hasta cómicas resultan las piezas pornográficas de cerámica de la cultura moche, que floreció en Perú entre el 200 y el 700 d. C.
Podemos seguir el rastro histórico del cunnilingus a través de expresiones populares camufladas. Por ejemplo, tipping the velvet, expresión extraída del porno victoriano y usada por Sarah Waters como título de una lésbica novela traducida aquí como El lustre de la perla. O la frase moustache ride (“cabalgada de bigote”), orgulloso eufemismo cowboy originado en Texas en el siglo XIX para describir a la mujer sentada sobre la cara del hombre.
En cuanto a su representación gráfica, ya comenté que es complicado encontrar en el arte imágenes explícitas de vulvas. En los frescos eróticos conservados en Pompeya podemos ver varias escenas de cunnilingus, pero a los romanos les dedicaré una sección entera más adelante.
Alguna de las representaciones pictóricas más precisas y ponedoras de cunnilingus las realizó Édouard Henri-Avril, que bajo el pseudónimo de Paul Avril pintó a finales del siglo XIX escenas eróticas de todo tipo con habilidad y elegancia.
Pero la gran explosión del sexo oral, y en particular de la fellatio, en el imaginario popular llegó en 1972 con la película Deep Throat (Garganta profunda) y su lisérgico argumento: una chica descubre que su clítoris está alojado en la garganta, por lo que las felaciones profundas (y, supongo, los ataques de tos) le producen arrebatadores orgasmos.
Existe constancia histórica del clítoris movedizo de Marie Bonaparte, pero todo tiene un límite.
Reconozco la importancia de Deep Throat como icono liberador de masas, pero nunca me ha gustado la película en sí. Su actriz protagonista, Linda Lovelace, aparentemente rodaba porno bajo la amenaza constante de un marido alcohólico y maltratador.
Años más tarde Linda se convertiría en ferviente activista antiporno, aunque afirmó amargamente en una ocasión que se sentía explotada por las abolicionistas. Desde mi punto de vista, erradicar la pornografía porque existan abusos en su seno es como querer eliminar las zapatillas deportivas por los talleres ilegales de Camboya.
Sin embargo, cierto es que el porno necesita una renovación a fondo, y dejar de santificar Deep Throat sería un buen comienzo.
En películas recientes se muestran felaciones y cunnilingus no simulados en un contexto no pornográfico: The Brown Bunny, con Chloë Sevigny, Baise-moi, Intimacy, Shortbus, Nine songs… O el tórrido cunnilingus de James Bullard en Ken Park, que llegó al cartel de la película.
Pero la apoteosis sociológica de la fellatio llegó con la no ficción: Monica Lewinsky y su “relación impropia” con el presidente Clinton. Semanas de discusiones sobre si podían o no considerarse adulterio una mamada y la inserción de un habano. Y, como colofón, una mancha en un vestido que bien podría haber exhibido Andy Warhol como pop art.
3. La sutil diferencia entre fellatio e irrumatio
“Pedicabo ego vos et irrumabo”. Gayo Valerio Catulo, Carmen 16
En el fantástico ensayo El sexo y el espanto, de Pascal Quignard, se analiza la sexualidad grecorromana desde todos los ángulos posibles. Su moral sexual no distinguía especialmente entre homosexualidad y heterosexualidad (conceptos que no utilizaban), sino entre actividad y pasividad.
La sodomía activa no representaba ningún problema, pero un homosexual pasivo no podía participar en política ni tenía derechos ciudadanos. Un dominus que sodomizara a uno de sus esclavos no tendría problema, pero uno que se hiciera sodomizar por un esclavo cometería una infamia.
Con el sexo oral ocurría algo parecido. En una fellatio la parte activa se introduce el miembro en la boca mientras que el dueño del pene “se deja hacer”. Para un ciudadano romano ese chupar espontáneamente (fellare significa “chupar”) sería incomprensible.
La irrumatio la realizaban penetrando activa y repetidamente la boca del receptor pasivo: lo que en argot actual se llama face fucking. Para un romano la sodomía activa (pedicare) y la irrumación eran virtuosas; la felación y la pasividad anal, infames.
La boca es el órgano de la oratoria y la política: silenciar a un ciudadano irrumándole, es decir, metiéndole el miembro en la boca, era un insulto, una demostración de poder.
De ahí la amenaza de Catulo en Carmen 16: ante un par de amigos que le consideran impúdico o sensiblero, el poeta responde “pedicabo ego vos et irrumabo”, es decir, “os follaré el culo y la boca”, reafirmaré mi hombría (virtus).

El cunnilingus tenía tan mala fama como la fellatio. Se le atribuía a las mujeres griegas de Lesbos (el verbo lesbiázein significaba “lamer”), y según Quignard, “esta práctica, tolerable en los gineceos, en el caso del hombre libre era considerada una infamia a partir del momento en que le crecía la barba”.
Y no precisamente porque los pelos fueran a resultarle rasposos en la vulva a la mujer. Sin embargo, el cunnilingus tuvo un insospechado defensor: al emperador Tiberio le apasionaba lamer la vulva de las matronas. Y es que los Princeps (emperadores) tenían poder y autoridad para realizar lo prohibido, aunque eso no les librase de una cierta chirigota popular.
Cuando una dama noble llamada Malonia prefirió suicidarse antes que dejarse lamer por Tiberio, una sátira inmortalizó la frase Hircum vetulum capreis naturam ligurire (“el chivo viejo lame las partes naturales de las cabras”).
Aunque hoy en día la centralidad de la irrumatio haya sido sustituida por la fellatio, su carga de dominio y sumisión se mantiene. Vemos un buen ejemplo en este fragmento de El animal moribundo, de Phillip Roth, donde una irrumatio provoca una cruenta batalla de sexos, sin prisioneros y a cara de perro:
Cierta noche, cuando ella estaba tendida en la cama, pasivamente boca arriba, a la espera de que le separase las piernas y me deslizara adentro, en lugar de hacer eso le apoyé la cabeza en ángulo contra la cabecera de la cama, y con mis rodillas a uno y otro lado de su cuerpo, me incliné hacia su cara y rítmicamente, sin interrupción, la follé por la boca. (…)
Con la intención de conmocionarla la mantuve allí inmóvil tomando un mechón de su cabello y rodeándome el puño con él, como una tralla, como una correa, como las riendas que se fijan al bocado de la brida. (…) Ese acto de dominio le permite pensar: ‘Esto es precisamente lo que yo imaginaba que era el sexo.
Es bestial… este tío no es un bestia pero se encamina hacia la bestialidad’. Después de correrme, cuando me retiré, Consuelo no solo parecía horrorizada, sino también enfurecida. (…) Todavía me encontraba encima de ella (arrodillando y goteando sobre ella), y nos mirábamos fríamente a los ojos cuando, después de tragar con dificultad, dentelló. De improviso. Cruelmente. A mí. No lo fingía. Era instintivo.
Dentelló empleando toda la fuerza de los músculos masticatorios para alzar con violencia la mandíbula inferior. Era como si me estuviera diciendo: ‘esto es lo que podría haber hecho, esto es lo que quería hacer y esto es lo que no he hecho’. Por fin la respuesta directa, incisiva y elemental de la reservada belleza clásica. (…) Ese fue el verdadero comienzo de su dominio, el dominio en el que mi dominio la había iniciado. Soy el autor de su dominio sobre mí.
No se bromea con la vagina dentata. Aunque ya que hablamos de mordiscos: hace poco me hablaron de una escena clave de La muerte de Mikel, película de Imanol Uribe de 1984, en la que un criptohomosexual Imanol Arias pone a prueba su matrimonio mordiéndole por sorpresa la vulva a su esposa en pleno cunnilingus.
Pero busquemos un reposo momentáneo a tanta lucha de poder con un interludio gastronómico.

4. Cocinar con ingredientes naturales
“Una cucharadita de semen contiene la misma cantidad de proteínas que la clara de un huevo. Sin embargo, su obtención puede ser mucho más divertida”. Miriam Stoppard
Hace tiempo, mientras buscaba argumentos para convencer a posibles partenaires de la riqueza de proteínas, vitaminas y minerales de mi esperma, topé con un libro que recomiendo calurosamente: Cosecha natural.
No solo elogia las propiedades organolépticas del semen (sabor dinámico dependiente de la dieta del proveedor, olor agradable, textura suave), sino que proporciona trucos y recetas para cocinarlo. Platos de nouvelle cuisine como «Caviar ligeramente más salado», «Ostras artesanas», «Batido de fresa rico en proteínas» o cócteles como el lebowskiano «Ruso casi Blanco».
En algún caso el libro recomienda añadir el ingrediente clave ante los comensales, justo antes de servir el plato, para que tenga la mayor frescura posible.

Entiendo que pueda parecer una dieta chocante, pero tampoco es tan extraña. En varias tribus de PapÚa Nueva Guinea existen rituales de paso a la edad adulta que incluyen la ingestión de semen de personajes notables de la aldea, como forma de alcanzar la masculinidad y la madurez sexual.
Pero no muy lejos de allí, en Malasia, tanto la sodomía como la felación son consideradas antinaturales y (al menos teóricamente) castigadas con penas de hasta veinte años de cárcel y un número similar de latigazos. Vivimos en un mundo extraño.
En cualquier caso, la ingesta de semen tiene un beneficio reconocido para la salud. La preclampsia (una peligrosa complicación del embarazo) está causada por el rechazo biológico de la madre a las proteínas “externas” de feto y placenta, que contienen la carga genética ajena del padre.
Así pues, la ingestión regular del esperma del padre podría aumentar la tolerancia inmunológica de la madre a esas proteínas, reduciendo a la mitad el riesgo de preclampsia… suponiendo que el esperma ingerido sea el del auténtico padre, ejem.
5. You never go ass to mouth!
“Hoy en día puedes hacer lo que quieras —anal, oral, fisting— pero tienes que llevar guantes, condones, protección”. Slavoj Žižek
Hay quien cree erróneamente que el sexo oral está completamente exento de riesgos de ETS. Pero ay, el único comportamiento con riesgo cero es, tristemente, la abstinencia. El sexo oral es comparativamente muchísimo menos peligroso que el vaginal o anal, pero no está exento de posibilidad de contagio de VIH, HPV o algún otro simpático virus, sobre todo si hay heriditas en las encías o la lengua.
Lo mejor es asegurarse de la salud del partenaire, pero en caso de dudas, se recomienda usar preservativo para las felaciones y una barrera de látex para el cunnilingus. ¿Incómodo? Pues sí, qué se le va a hacer.

Otro factor higiénico a tener en cuenta durante una felación es qué estaba haciendo justo antes el miembro irrumador o felado. Y aquí podemos recurrir de nuevo a la sabiduría de Kevin Smith, esta vez en Clerks 2: “You never go ass to mouth!”, es decir: “¡Nunca del culo a la boca!”. Supongo que no es necesario que entre en detalles.
Hay quien se preocupa por el riesgo de embarazo mediante sexo oral de forma indirecta. Boris Becker hizo nacer en 2001 una leyenda urbana al respecto que siempre he encontrado particularmente graciosa.
Cuando una modelo rusa llamada Angela Ermakova la acusó de ser el padre de su hija recién nacida, Becker sostuvo que eso era imposible, porque solo había mantenido sexo oral con ella (je, como Clinton). Pero al resultar positiva la prueba de paternidad, los abogados de Becker sostuvieron que la concepción había sido un plan de la mafia rusa.
La modelo habría retenido el esperma en la boca, congelándolo antes de diez minutos, para inseminarse y poder chantajear al tenista. Ignoro cuánto tiempo mantuvo Boris esa estupidez, pero la historia terminó cambiando a un más plausible polvo de cinco minutos en un armario de artículos de limpieza.
Y ya que entramos en el mundo de los deportistas, me permito una advertencia. El barcelonés Dani Plaza, medalla de oro en 20 km marcha en Barcelona 92, practicó un larguísimo cunnilingus a su mujer embarazada la noche antes del control antidopaje y dio positivo en nandrolona.
La relación causa-efecto entre ambos fenómenos parece tenue al primer vistazo, pero no más que el chuletón de Contador o las explicaciones de Dennis Mitchell (“di positivo en testosterona porque la noche anterior tomé cinco cervezas, follé cuatro veces y no dormí”).

6. ¿Hoy por ti, mañana por mí?
“Se la he chupado a algún tío simplemente porque en ese momento me quedé sin conversación”. Anne Lamott, Crooked Little Heart
Según ciertas encuestas, solo un 32% de mujeres y un porcentaje inferior de hombres obtienen placer proporcionando sexo oral; a ellos dedicaré las últimas frases del artículo. Pero antes, pongámonos en la situación de la desafortunada persona que no disfruta engullendo obeliscos ni hocicando vulvas pero sí obtiene placer de que otro se afane entre sus genitales.
El impulso que le lleva a practicar activamente sexo oral está bien estudiado por la sociología: el altruismo recíproco. El hoy por ti, mañana por mí, el “quid pro quo, señorita Starling” de Hannibal Lecter. Y conste que, aunque lo diga el caníbal, quid pro quo no significa “una cosa a cambio de otra”, sino “confundir una cosa con otra”; más correcto sería do ut des, this for that, da y recibirás, los generosos heredarán la Tierra.
Un comportamiento en el que no se pide algo explícitamente, pero cuando se otorga se espera recibir un pago similar a cambio, aunque no sea en ese mismo momento o incluso procedente de la misma persona.
Los regalos de valor cuidadosamente calculado entre japoneses, los banquetes recíprocos de los indios Yanomami, los hobbits y sus mathoms (regalos inútiles pero siempre correspondidos).
Para mucha gente las felaciones y cunnilingus siguen un patrón similar: algo cansado y costoso, pero que puede verse recompensado con una sesión oral equivalente u otro tipo de estimulación sexual percibida como unidireccional. Lame y serás lamido.
Es un deber hacia la humanidad castigar el egoísmo: si se aísla sexualmente a los individuos “tramposos” que se niegan a corresponder, ese comportamiento irá desapareciendo evolutivamente y viviremos en un mundo mejor.
Hay quien intenta no equiparar felación y cunnilingus empleando la leyenda negra de la vulva maloliente, que convertiría el sexo oral femenino en una tortura intrínseca y algo que practicar solo muy de vez en cuando. Tonterías. Ya dije y mantengo que un coño limpio y libre de vaginosis huele y sabe de maravilla. Ni siquiera hace falta recurrir a la Honey de El perfume del invisible de Milo Manara.
Los motivos por los que practicar sexo oral son muchos y variados, sea como juego previo al coito o práctica sexual en sí misma. Siempre me han intrigado las metáforas de béisbol de las películas americanas de institutos, en las que el sexo oral debe ser más que “llegar a la segunda base” pero menos que un home run; en cualquier caso una actividad que permite intimidad sexual entre adolescentes sin perder la virginidad ni arriesgarse a un embarazo (excepto si eres Boris Becker).
Pero el principal motivo por el que hacerlo es, evidentemente, porque se disfruta. Así quiero terminar este pequeño repaso a la oralidad sexual: homenajeando a ese poco más del 30% de personas que disfrutan enormemente del hecho de estar proporcionando placer; héroes y heroínas que pasan horas concentrados en un acto zen, un paréntesis plácido en el espacio-tiempo que reduce todo el universo, todo, a una boca, unos genitales y una cara.
Porque el rostro de la persona que recibe la felación o el cunnilingus es en realidad el auténtico protagonista. Zor Neurobashing, de Omnia-X, tiene claro que hay que llevar la contraria al título de este artículo y mantener los ojos bien abiertos: “lo que excita son las caras, los gemiditos y los retorcimientos de la chica. Y cuanto más les gusta, mejores caras ponen y claro, el condicionamiento es muy bueno”.
Como en toda artesanía, la práctica constante permite la excelencia. Así sea.

nuestras charlas nocturnas.
Sexo estrambótico aquí y en Japón…

JotDown(R.J.G.) — Podríamos suponer que una cultura apartada durante siglos de la moral judeocristiana viviría las perversiones sexuales de manera menos enfermiza que la nuestra. He de señalar que cuando hablo de esto estoy despojando los conceptos de cualquier connotación peyorativa: no hay forma más sana de vivir la sexualidad que arrojándose a la perversión enfermiza y desquiciada, si eso es lo que te pide el cuerpo.
Los caminos del amor son inescrutables y confiamos en que el niño Jesús no nos esté mirando. Ese niño Jesús que tal y como nos lo muestran pudiera uno pensar que padece de cierto voyeurismo, por otro lado. La idea de que determinados entes invisibles y omniscientes nos observen apesadumbrados mientras ponemos en práctica complejos rituales de apareamiento utilizando órganos que supuestamente ellos nos otorgaron despierta cierta inquietud morbosa.
Esa moral judeocristiana que mencionaba juega un papel importante en la sexualidad, digamos alternativa, añadiendo un plus de placer gracias a la liberación que supone actuar sobre el pecado, traspasar los límites de la decencia y convertirnos en verdaderos guarros. Pero, dejando a un lado los infinitos ejemplos de comunión entre sexo y muerte o sexo y violencia que en todas partes compartimos, ¿por qué en Japón el sexo puede derivar hacia ciertas prácticas tan extremas? ¿A qué responde que en una misma cultura conviva la inocencia mojigata con la perversidad más demencial?
Quizá porque, en una sociedad con una larga tradición erótica socialmente aceptada, los estremecimientos que su identidad nacional sufrió desde el final de la Segunda Guerra Mundial propiciaron que la ficción y la fantasía se convirtieran, más que nunca, en una vía de escape. No lo sé, sería objeto de un profundo estudio del que solo imaginar el volumen y trabajo ganas me dan de tenderme en una fría losa a esperar la muerte.
Así que vamos a centrarnos brevemente en tres ejemplos de perversiones japonesas que por extrañas que pudieran parecernos en cierto modo compartimos:
- El sexo tentacular:

todos tenemos, seguro, un amigo que ha visto hentai.
En el porno animado japonés existe todo un subgénero que consiste de manera básica en inocentes colegialas presas de las violentamente cariñosas atenciones de monstruos tentaculados.
Una joven deambula por los pasillos del instituto hasta que de la nada surge un horrendo bicho y la somete a una violación múltiple por todos sus orificios con el ímpetu de un marinero turco que llevara seis meses sin ver puerto.
El guion no resulta tan complejo como la coreografía, desde luego. Esta obsesión por los tentáculos responde, por un lado, a las leyes de censura japonesa.
En Japón podría decirse que cualquier representación erótica está permitida, salvo mostrar de manera explícita los genitales.
Los creadores esquivan esa barrera de distintas formas: la más evidente, pixelándolos.
Esto supone un ahorro, puesto que por el tamaño medio del pene japonés sólo es necesario gastar un volumen de píxels equivalente al del bigote de Mario. Pero muchas veces optan por el método creativo: sustituir los penes por tentáculos. Nada en sus leyes impide representarlos gráficamente.
Así, la natural y cabal a los ojos de Dios cópula con la polla de toda la vida resulta ilegal a la hora de mostrarse, pero imágenes de señoritas estrujadas y penetradas por innumerables tentáculos que descargarán sobre ellas litros de sustancias pringosas pueblan toda una filmografía. Aunque el pulpo como símbolo sexual no es nada nuevo.
Alrededor de 1820 el artista japonés Hokusai realizó un grabado titulado El sueño de la mujer del pescador, que mostraba a un pulpo que succionaba el sexo de una mujer mientras utiliza los tentáculos para introducírselos en la boca, sujetar sus pezones y enroscarlos por sus piernas. En este dibujo conviven algunas de las más oscuras fantasías femeninas. Y los miedos masculinos: miedo a la incapacidad de cubrir totalmente a la mujer.
Miedo a que si amanece y ves que estoy despierta cúbreme otra vez, que diría la Jurado. Pero cubrirte cómo, si no tengo tantas pollas. El pulpo en occidente también ha sido un símbolo sexual recurrente, ya sea visto con horror como representación del malvado sexo femenino (los traumas de Lovecraft y su espanto hacia los seres húmedos, viscosos y marinos) o con violenta lubricidad por poetas como Lautréamont, o sus “hijos” surrealistas.
Desde esta perspectiva, da que pensar aquella canción de verano que popularizó un anuncio de la ONCE hace unos años. Me pica la medusa, la medusa del amor. Todo encaja. Inquietante.
- El burusera:

así se llama el negocio de compra-venta de bragas usadas por adolescentes en Japón.
El comprador suele ser un hombre maduro que contacta mediante Internet con las vendedoras, y el precio varía según estén poco o muy usadas, los restos de flujo que las adornen y el olor que desprendan.
Cuanto más, mayor precio, por supuesto.
En torno a esta práctica existe todo un submundo con múltiples variantes: el namasera, que consiste en quitarse las bragas frente al vendedor en un piso clandestino al efecto, con lo que se consigue un bonito nivel de romántica intimidad entre los actores de la transacción; el kagaseya, citas concertadas en locales donde la chica permite al cliente meter la cabeza entre sus piernas para embriagarse con el olor; y hasta se llegó al extremo de las buruseras shop, máquinas expendedoras que expelían cajitas con bragas usadas y una foto de la propietaria.
Evidentemente, estas máquinas fueron prohibidas hace años. La economía no suele tener en cuenta la moral -sólo hay que fijarse en la curiosa relación entre sueldos de empleados y beneficios de las empresas-, pero todo tiene un límite y por lo visto está en la edad de la empresaria, en este caso. En cualquier caso, nuestro posible escándalo ante este tipo de fetichismo sería hipócrita: si dejamos de lado la transacción monetaria ¿quien de nosotros no siente una querencia por la ropa interior?
En esto puedo empatizar perfectamente. Por la ropa interior en sí misma, de hecho. Cuando la lencería está enfundada en el cuerpo de una mujer pierde parte de su interés y nos limitamos a quitarla cuanto antes y a ser posible con los dientes, para dejarla olvidada criando pelusas en el suelo. Despierta interés cuando está en el expositor de la tienda, y no son pocos quienes acechan disimuladamente en los Women’s Secret olisqueando bragas con la esperanza de que alguien se las haya probado.
Y muy raro es —por no expresarlo de manera que ponga en duda su virilidad— quien no guarde como tesoro más preciado las braguitas de una antigua o actual amante y duerma junto a ellas alguna vez como prueba de amor constante. Con la precaución, obviamente, de que esas braguitas estén usadas y te hayan sido ofrecidas voluntariamente, pues apropiarse con subterfugios y sin que la propietaria esté avisada entraña riesgos como que arrebates unas quizá demasiado usadas y con la firma de una sustancia que no es la que deseabas.
Cuidado con eso, puede resultar una descubrimiento traumático que rompa el amor, ay, de tanto usarlo. Espero no haber escrito todo esto en voz alta.
- Narices porcinas:
ignoro el término nipón para esto pero aseguro que existe. Toda una nouvelle vague de porno duro en el que se utiliza esa determinada parafernalia del bondage y la inmovilización más extrema que recuerda a instrumental médico para dilatar y estirar las fosas nasales hasta que parecen las de la cerdita Peggy.
A partir de ahí, podemos imaginar el resto, porque yo todavía no lo he visto. Ni tampoco mi amigo el del hentai. No descartaría que la penetración nasal forme parte del asunto, debido a que la escasa magnitud del pene japonés lo posibilita. Pero la imagen se me hace difícil.
Y en esto confieso que no encuentro equivalentes en el fetichismo occidental más allá de que una eyaculación facial se te vaya de las manos y termine el chorro por mal sitio, un accidente por lo demás sin consecuencias pues, al contrario que los ojos, nunca he visto un conducto nasal irritarse por el semen.
Por desquiciado que parezca, este último fetiche sin reflejo en nuestra sociedad abre una puerta a la esperanza: si tu vida sexual te parece aburrida y piensas que ya lo sabes todo, siempre puedes echarle un ojo a la moda que más fuerte esté pegando en el país del Sol naciente.
nuestras charlas nocturnas.
Asfixia erótica: los peligros de una práctica de moda entre los jóvenes que pone en riesgo especialmente a las mujeres…

BBC News Mundo(C.Barria) — “Te amamos, sigue bailando con los ángeles”.
Esas fueron las palabras de la madre de Georgia Brooke a la salida de un tribunal británico, luego de que hace unos días la justicia determinara que la joven de 26 años murió asfixiada accidentalmente por su novio durante una relación sexual.
«Con demasiada frecuencia termina en consecuencias fatales», dijo un funcionario judicial forense al describir el peligro de practicar la asfixia erótica.
Esta consiste en obstruir en cierta medida la respiración de la pareja o la propia (autoasfixia erótica) para obtener placer sexual.
Aunque habitualmente no tiene un desenlace fatal, esta práctica durante las relaciones sexuales puede dejar secuelas físicas, cognitivas y psicológicas, dicen los expertos.
Hay muy pocas investigaciones científicas dedicadas al análisis de este fenómeno en el mundo, pero algunos estudios arrojan luces sobre cómo se manifiesta en distintos países.

– Una práctica común entre los jóvenes
Investigadores de la Universidad de Hamburgo y la Universidad Técnica de Ilmenau publicaron este 2024 un estudio sobre prácticas de sexo violento consensuado en Alemania (incluyendo acciones como azotar, tirar el cabello,o asfixiar). Descubrieron que cerca de un 40% de los adultos menores de 40 años han incorporado alguna de estas prácticas en sus relaciones sexuales y que los hombres suelen asumir un rol activo.
Otro estudio de 2023 de la Universidad de Reykjavik, en Islandia, arrojó que el 44% de los encuestados informó haber practicado asfixia erótica (mayoritariamente en el segmento entre los 18 y los 34 años). Estos hallazgos indican que los adultos más jóvenes son los que más practican la estrangulación erótica.
Un estudio de 2024realizado por investigadores de la Universidad de Melbourne y la Universidad de Queensland, señaló que cerca del 50% de los jóvenes universitarios en Australia ha practicado alguna vez la asfixia sexual.
– “Con el porno online, el sexo se ha vuelto más violento entre jóvenes y adolescentes”
Una de las principales investigadoras sobre el comportamiento sexual en Estados Unidos, Debby Herbenick, detectó un rápido aumento de esta práctica entre los jóvenes de su país. “Esto es muy preocupante”, dijo en diálogo con BBC Mundo la académica de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana y autora de cinco libros y más de 200 investigaciones.
En un estudio a nivel nacional, Herbenick y su equipo constataron que un 40% de las mujeres estadounidenses entre 18 y 24 años han sido asfixiadas durante una relación sexual. Y en un estudio centrado específicamente en jóvenes universitarios (que cursan sus primeros años de estudios), un 42% informó haber sido asfixiado en un encuentro sexual.
Uno de los hallazgos más reveladores de ese estudio es que, en el caso de las mujeres universitarias, casi un 60% reconoció haber sido asfixiada. Esta práctica solía ser poco común, relata Herbenick, pero esto ya no es así. “Con el porno online, el sexo se ha vuelto más violento entre jóvenes y adolescentes”, dice la experta.

La asfixia erótica forma parte de la pornografía, explica Herbenick, pero también está en redes sociales como TikTok, Instagram y Snapchat, y hasta en las letras de las canciones. Sin embargo, por la manera en que funcionan los algoritmos en internet, es muy probable que los adultos mayores no vean estos contenidos en sus redes sociales. Eso hace que se vuelvan invisibles, explica, pero ciertamente están ahí para los jóvenes.
“No es que antes no existiera la pornografía, pero ahora es muy fácil acceder a esos contenidos”, comenta la investigadora. El año pasado se difundió un informe que mostraba que la edad promedio de acceso de los niños a la pornografía es de 12 años.
“Es cierto que algunos llegan a eso de manera accidental, pero otros lo buscan”, agrega la autora del libro “Yes, your kid: What Parents Need to Know About Today’s Teens and Sex” (“Sí, tus hijos: lo que los padres necesitan saber sobre los adolescentes y el sexo de hoy”).
Herbenick asegura que el sexo con violencia no era una práctica habitual hace 20 años. “La generación anterior no creció con teléfonos inteligentes, ni redes sociales, ni compartiendo fotos de desnudos”. La experta señala que en el pasado la asfixia erótica solía practicarla un grupo reducido de personas para aumentar el placer sexual.
Pero ahora, muchos jóvenes la practican porque asumen que es lo más común, y que si todos los demás lo hacen, ellos también tienen que hacerlo. “Les guste o no, creen que así es el sexo”, señala Herbenick.
– El impacto en la salud
Si bien es excepcional que la asfixia erótica provoque la muerte y se pueden tomar precauciones para que sea lo más segura posible, sí podría dejar secuelas graves como daño cerebral, problemas cognitivos y trastornos de salud mental.
Quienes la practican, experimentan falta de oxígeno en el cerebro (hipoxia) que puede generar daños neuronales.

Cuanto mayor es el tiempo sin oxígeno, mayor puede ser el daño causado a nivel cerebral. Si la falta de oxígeno es muy prolongada, aparece una coloración azul en la piel que suele ser más evidente en los labios y la yema de los dedos. Muchos creen que el verdadero peligro se da cuando la persona pierde la conciencia durante la asfixia erótica.
Sin embargo, aquellos que han sido asfixiados pueden sufrir una lesión cerebral traumática aunque hayan permanecido conscientes todo el tiempo. En el largo plazo, es posible que aparezcan problemas cognitivos relacionados con la memoria o la capacidad de discernimiento y, a nivel psicológico, quienes han experimentado falta de oxígeno en el cerebro pueden manifestar cuadros depresivos, ansiedad y otro tipo de trastornos mentales.
Los problemas más típicos derivados de la asfixia erótica suelen ser dolor de cabeza, dolor de cuello, aturdimiento o zumbido en los oídos.

También pueden presentarse dificultades en la visión, falta de control en los movimientos, agitación, confusión, somnolencia, contracciones musculares y hasta convulsiones. Es importante tener en cuenta, advierten los neurólogos, que las células cerebrales comienzan a morir a los pocos minutos desde que se ha interrumpido el oxígeno, razón suficiente para establecer que la asfixia sexual no es un juego.
– “Me asfixiaron durante el sexo”
Cuando tenía 23 años, denunció haber sido víctima de actos de violencia no deseados durante relaciones sexuales consensuadas en tres ocasiones separadas y con hombres diferentes.
Según le dijo a la BBC en 2019, en una ocasión, un hombre le dio bofetadas y puso las manos alrededor de su cuello con la intención de asfixiarla.
«Estaba sorprendida», contó. «Me sentí extremadamente incómoda e intimidada. Si alguien te abofeteara o quisiera asfixiarte en la calle, eso sería un ataque».

Una de sus parejas, recuerda, la agarró con sus manos con tanta fuerza que le dejó marcas y dolor durante días. «Sé que algunas mujeres dirán que les gusta eso. Lo problemático es cuando los hombres suponen que a todas las mujeres les gusta».
No fue hasta que Anna habló con sus amigas sobre el tema, que se dio cuenta de lo común que eran esas situaciones. Por encargo de la BBC, la compañía de investigación Savanta ComRes realizó un estudio entre 2.000 mujeres de Reino Unido de 18 a 39 años.
Los resultados, publicados a fines de 2019, arrojaron que más de un tercio (38%) de las encuestadas, dijeron haber sido amordazadas, escupidas, asfixiadas o abofeteadas durante un encuentro sexual consentido. De las mujeres que experimentaron alguno de estos actos, consentidos o no, el 20% dijeron sentirse incómodas o atemorizadas.
Tras la publicación de la encuesta, el Centro para la Justicia de la Mujer le dijo a la BBC que las cifras mostraban la «creciente presión sobre las mujeres jóvenes para que den su consentimiento a actos violentos, peligrosos y degradantes». «Es probable que esto se deba a la amplia disponibilidad, normalización y uso de pornografía extrema», agregó la organización.
El estudio también sugirió que, de aquellas mujeres que habían experimentado sexo con violencia, el 42% se sintió presionada, obligada o forzada a hacerlo.

A raíz de estos hallazgos, Steven Pope, psicoterapeuta especializado en sexo y relaciones amorosas, dijo que en su consulta debe lidiar constantemente con el impacto negativo del aumento de actos de este tipo. «Es una epidemia silenciosa. La gente lo hace porque piensa que es la norma, pero puede ser muy dañino».
En muchos casos, agregó, degrada la relación y, en el peor de los casos, la violencia se vuelve aceptable. «La gente viene a mí cuando el estrangulamiento o la asfixia sobrepasaron el límite y estuvieron inconscientes durante mucho tiempo», sostiene Pope.
Ese tipo de situaciones puede tener consecuencias muy graves. Por eso, recomiendan los especialistas, es mejor evitar la asfixia al tener relaciones sexuales.
nuestras charlas nocturnas.
El porno de los otros – XConfessions…

JotDown(V.Láser) — Uno se pasa la mitad de la vida delante de una pantalla y la otra mitad delante de otra pantalla. El tamaño aquí sí que no importa. Probablemente es el artefacto cotidiano más dado por hecho en estos tiempos y sociedades en las que vivimos. En el trabajo y en el ocio. En cualquier soporte. De ordenador, de móvil, de televisión, de lector de libros. Y si esto es así, por su pronta accesibilidad, entonces el porno podría ser el nuevo sexo. ¿Se ve más porno que se folla? Soy incapaz de decirlo. Pero sí que es cierto que la pornografía parece haber alcanzado las cotas de aceptación en la cultura de masas más altas de su propia historia.
Hablamos de porno con los amigos con mucho menos rubor que antaño y seguimos en redes sociales a nuestra actriz o actor favorito de una forma ya no totalmente natural —equiparable a hacer lo propio con tu cantante o futbolista favorito— sino quizás incluso trendy. Así, el porno, un recurso de la autosexualidad habitualmente referenciado a la soledad y a lo raruno, va dando pasos hacia un fenómeno compartido, incluso de comunidad, fuera de oscuros foros de internet. Pierda o no algo de su potencial para el morbo en el proceso.
Consecuentemente, el feedback del público respecto de la producción pornográfica es cada vez mayor. ¿Tenemos el porno que queremos? ¿Basta solo con lo que nos ofrecen los pornógrafos habituales? ¿Queremos un acercamiento a la realidad? ¿Queremos una fantasía exacerbada que jamás seríamos capaces de llevar a nuestras camas? ¿Queremos quince minutos de plano fijo ginecológico? ¿Necesitamos realmente que un actor porno, además de follar, cante?
Un proyecto que se ha planteado tener en cuenta este nuevo paradigma de interconectividad y de cercanía entre espectador y pornógrafo es el que propuso Erika Lust con la serie de escenas cortas arropadas bajo el título XConfessions. Adalid del porno para mujeres, la directora sueca afincada en Barcelona se dirigió a su comunidad de seguidores —labrada durante años a base de compartir con el público su visión particular de la pornografía, dirigida especialmente a mujeres— y les pidió una confesión de su intimidad o de sus fantasías, en el formato de un breve texto publicado en una web con registro creada para el caso.
Erika se comprometía a rodar cortometrajes a partir de esas escuetas ideas —a razón de uno o dos al mes— y dar salida así a las lúbricas ficciones —o realidades— ajenas. De esta forma, el espectador se convertía en la chispa inicial de la inspiración erótica y sexual, dejando luego en las manos y la mirada de la directora la materialización de la misma.

– Lo que la pornografía de Lust es y lo que no es
Antes de profundizar un poco más en lo que se ha producido a partir de este proyecto, me parece imprescindible hacer una limpieza de preconceptos establecidos que he podido observar navegando entre comentarios y reacciones a la filmografía de la directora. Porque uno de los aspectos que más me llama la atención de la obra de Erika Lust son las reacciones que a veces provoca entre los espectadores de pornografía convencional.
Mi suposición es que buena parte de ellas provienen de espectadores que han visto sus películas de forma parcial o en un día peculiarmente malo. Porque uno no entiende, por ejemplo, la especie de histeria que lleva a pensar que de la aparición de un porno idealmente dirigido a mujeres todo el porno rodado hasta ahora vaya a ser rodado así, como si de una moda totalizadora se tratara y fuera a dejar al público masculino sin sus pajas.
Más absurda me parece esta reacción si además tenemos en cuenta que este tipo de producciones siguen siendo un pequeño islote comparado con el océano de porno pensado específicamente para un público masculino, que es lo que ha abundado en la historia del género.
No, Erika Lust hace su pornografía desde su punto de vista particular y difícilmente Brazzers, Reality Kings, Cumlouder o Torbe van a dejar de hacer lo suyo o irse a la ruina por ello. Lo que tenemos aquí es una forma diferente de hacer las cosas que atraerá —o que más correctamente se podría decir que ya ha atraído— a una parte concreta del público consumidor de pornografía.
Cierto es que ha habido un surgimiento —quizás sería más correcto decir una visibilización del público femenino espectador de este género— que ha aumentado la demanda, pero difícilmente esto irá en detrimento de la pornografía mainstream que ya se venía haciendo.
Dicho lo cual, vale la pena señalar, a raíz de varios comentarios leídos en lo ancho y largo de internet, lo que la pornografía de Erika Lust —y en concreto la de este reciente XConfessions— es y lo que no es:
—No es X-Art o Hegré-Art o cualquier otra forma de porno o erotismo esteta rodado en camas, sofás o camillas de masaje, con luz matutina y música de intro estilo chill-out ibicenco. Y digo todo esto, aunque no lo parezca, con todo mi respeto para ese tipo de producciones. Lust busca crear piezas bellas y estéticas, sí, pero hay dos razones que lo diferencian de lo anterior. La primera es que nunca rueda dos veces en el mismo sitio. Evita, de esta forma, la repetición y el abuso de los mismos espacios que desvirtualizarían cualquier fantasía rodada, haciéndola largamente aburrida.
Es más, quitando el hecho de que casi todo lo rueda en el formato de escenas cortas —no ha trabajado el largometraje todavía— ninguna de sus producciones se parecen entre ellas e incluso apenas repite actores (siendo la excepción, ahora sí, en estas últimas producciones). La segunda diferencia esencial con estas producciones «blancas» es que las escenas de Lust siempre llevan algún componente argumental, por mínimo que este sea.
Y en XConfessions esto es más que evidente en tanto que parten de las historias de los espectadores. Es por ello que los comentarios o críticas que asemejan unas y otras producciones se me antojan provenientes de espectadores que confunden el ver toneladas de porno con no ya saber de porno, sino entender lo que tienen delante de sus narices, para poder sentenciar una similitud de estilos y sus técnicas cinematográficas.
Es más elaborado y menos industrial hacer lo que hace Lust. Pero algunos, para saber verlo, deberían devolver las neuronas al cerebro un rato.
—No tardan horas en ponerse a follar. Porque precisamente, una de las grandes virtudes de Lust es dibujar la historia con unos cuantos planos. Con unas pocas acciones, en apenas un minuto o dos, nos marca quién son los personajes, donde están y lo que va a suceder. A veces incluso lo hace con la pareja de actores ya en faena. Por lo cual, ni la historia será completamente anónima y aséptica, ni tendremos que esperar mucho a que el sexo empiece.

—Es porno para mujeres, sí, pero también lo es para hombres. De hecho, aunque la perspectiva de Lust es feminista y su constante manifiesto lo es, yo señalaría que su punto de vista es un punto de anclaje que le sirve para arrastrar la pornografía convencional rodada para un público masculino hacia un punto más intermedio, más ecuánime, que dignifica un poco más tanto la figura actoral femenina, como la masculina.
La actriz ya no es solo un objeto sobre un sofá que va a ser follada por uno o más agujeros y el actor ya no es un pene ambulante de cabeza cortada. De esta forma, vuelve Lust a los inicios «ingenuos» de la pornografía donde la voluntad, más que filmar solo a la fémina, era rodar «el sexo», el encuentro de la pareja en el momento de cama. En sus escenas tanto hombres como mujeres espectadores, podrán disfrutar de cuotas de cámara mejor repartidas para ambos sexos.
—Y, por favor, no es softcore. Toda la filmografía de Lust contiene escenas de sexo explícito. En XConfessions, además hay varios polvazos de los de quitar el sentido. Porque la oferta es variada: tanto a los que gustan del juego erótico suave como a los que buscan ver un buen empotramiento furtivo verán su necesidad satisfecha.
– Con lo que fantaseamos
Los microrrelatos del público fueron la materia prima para estas escenas, pues. Una materia prima muy variada que acabó reflejándose en la selección hecha por la directora para los rodajes; también lo ha sido la selección de cortos que se usaron para editar los dos volúmenes en DVD hasta la fecha. Erika no parece haber tirado hacia lo fácil, si bien no ha descartado los fetiches más comunes que pueden funcionar de cara a un amplio público.
Muchas de las escenas podrían etiquetarse, como se hace habitualmente con el porno al por mayor: couple, bondage, amateur, voyeur, footfetish, oral sex, milf, threesome, sex at work… Todas esas denominaciones ya frecuentes en el mercado común del porno podrían aplicarse a una u otras escenas que integran en estos volúmenes.
Sin embargo, la traslación de estas fantasías del público al corto pornográfico están aquí tan limpias de los vicios y lugares comunes habituales del género —y de eso hay que atribuir una parte del mérito a su origen en los relatos ajenos— que realmente parece algo nuevo, casi ingenuo, como si la pornografía pudiera esquivar los años que estuvo discriminada y se rodaba en feos camastros, se compraba en oscuras tiendas y se visionaba en salas marcadas con una letra escarlata.
Como si solo se tratara de rodar y mostrar un aspecto más de la vida, narrar una historia de corte sexual, sí con morbosidad y picardía, pero sin cortapisas y prejuicios. Lo que tendría que haber sido.
Los temas a los que se ha dado ventaja casan perfectamente con las mejores especialidades de Lust como el costumbrismo aplicado al sexo o la fantasía de tinte onírico. Por un lado, destaca la cotidianía erotizada: un polvo en el almacén del curro, una pareja montando muebles en casa a los que les entra una urgencia inesperada de follarse el uno al otro, unos vecinos que se espían mientras se lo montan… son historias con tal plausibilidad que permiten emplazarlas en tonos casi costumbristas: algo que nos podría haber pasado alguna vez o que nos han contado y que nos gustaría que pasara.
El otro tema recurrente —algo menos usado que el anterior— es un cierto onirismo, donde los propios protagonistas, en algunas situaciones parecen imaginar o soñar con lo que desean, interviniendo aquí fantasías de rol donde se juega a la persecución, a la dominación, a la sumisión o al voyeurismo. Y el tercer tema que me parece propio a destacar es el de la inversión de roles. Lust juega la carta feminista dándole la vuelta a ciertas cuestiones habituales en la fantasía masculina heterosexual. Por ejemplo, si a un chico le puede resultar erótico una chica en ropa masculina —una camisa o incluso ropa interior—, ¿por qué no un chico al que su pareja lo viste con su ropa, mientras se enrollan?

Finalmente, cabe mencionar el casting de actores y actrices seleccionados. Puede decirse claramente, que Lust parece contar ya —como ha sucedido con anterioridad con otros pornógrafos célebres— con su propio casting de referencia. Así como hasta la fecha había rodado muy puntualmente con diversas actrices y actores, apenas sin repetir, aquí cuenta ya con un plantel que le ha funcionado tremendamente bien.
Por la parte masculina, se diría que ha encontrado ese modelo de chico alternativo y bello que andaba buscando y que se distancia de los cánones más comunes del género, buena parte de ellos definidos por el exceso de musculación y tatuajes. Bien es cierto que seguramente los actores de esta serie de cortos se pasen alguna que otra hora en el gimnasio, pero Joel Tomas, Kristopher Kodjoe y Maximiliano Gamberro —por decir tres nombres— pasarían perfectamente por modelos de ropa interior masculina o por ese guapo camarero de discoteca.
Igualmente, remarcar que no estamos hablando de «niños bonitos» cuando cumplen —y con creces— su función de actores porno. Para las actrices ha habido un tono variado, pero también alternativo. Y esto va a parecer un comentario altamente superficial, pero Erika ha evitado casi totalmente a las rubias, de bote o de cualquier otro tipo. Sí que ha recurrido a actrices ya estrellas del porno mainstream, como la española Carol Vega o la polaca Misha Cross, que han dejado grandes escenas, han entendido bien el tipo de pornografía de Lust y han demostrado tener tanto tablas sexuales como interpretativas, por escasa que sea la interpretación solicitada.
Mención especial debo hacer a la pelirroja Amarna Miller que sorprenderá gratamente al público tanto por la forma en que la cámara la adora como por su entrega al sexo de una forma espontánea y bastante salvaje, con una naturalidad desmedida. Y nota también buena para la excelente química entre Joel Tomás y Alexa Tomás y su versatilidad como pareja porno artística. Lust los ha usado hasta en tres escenas con roles y entornos completamente diferentes, por lo que sus escenas difícilmente resultarán repetitivas al espectador.
– Cortos recomendados
Para finalizar este artículo selecciono cuatro cortos que, en mi opinión, son excelentes; eso sí, sin querer quitarle mérito al resto.
I fucking love Ikea – Escena que abre el primer volumen, muy bien seleccionada para prender la mecha de la serie de forma divertida, desenfadada y un poco gamberra. El cóctel lo compone un amago de parodia de la pornografía mainstream, un saque de ingenio en la «pornificación» de los catálogos de la célebre marca de mobiliario doméstico —nótese el guiño a la popular relación de amor/odio del público hacia la misma en el título— y mucho mucho sexo sin freno.
Carol Vega está en su salsa en esta pieza, precisamente al recordar a estas escenas de corte más convencional. Sin embargo hay que destacar también la versatilidad de la actriz para muy sutilmente interpretar distintos personajes, sin mediar apenas palabra, en otros cortos de XConfessions como We know you are watching o The art of spanking.
Before the guests arrive – En toda serie de cortos o de películas porno de escenas cortas, todo buen amante del porno acaba por señalar su escena favorita. Una a la que vuelve con frecuencia. Muchas de las escenas de XConfessions me han gustado bastante. Pero creo que mi favorita —por la de veces que he vuelto a ella— de toda la serie es esta brevísima pieza de apenas cinco minutos.
La situación que ilustra es la de una pareja que empieza a follar en la cocina de su piso, con los fogones en marcha y los invitados llamando a la puerta. La escena empieza ya tórrida desde el primer segundo y el ritmo con el que se desarrolla es perfecto para la idea que busca.
Los elementos de la cocina en marcha, la presión del reloj que va marcando los segundos, los súbitos cambios de postura de Kristopher Kodjoe y Amarna Miller, montándoselo por toda la encimera, la premura del timbre de la puerta que suena con los invitados esperando fuera… Es el proverbial «quiqui rápido» materializado en escena porno. La pieza parece sencilla pero entraña una calidad técnica y de montaje excelente.
Servidor la ha visto varias veces en bucle. Desnudo de cintura para abajo; ¿o acaso los críticos de música escuchan los discos con tapones en los oídos? De nuevo, quiero distinguir a Amarna Miller : es fascinante cómo clava la mirada en su pareja de baile, todo el morbo que destila y su forma de dejarse llevar hacia auténticos orgasmos ante la cámara. Su talento, además, le ha valido un Premio Ninfa a la mejor actriz en la edición de este mismo año. Sin duda alguna seguiremos su carrera con gran interés.

Lets make a porno – Escena que es una deliciosa contradicción. ¿Cómo le damos la vuelta a una escena amateur? ¿Cómo dotamos de calidad a algo amateur sin que se pierda su esencia? La directora se propuso grabar una escena con una pareja que no habían rodado jamás porno en su vida y cuya fantasía —confesión— era precisamente eso. Pero esta pieza no se queda solo en rodar una escena amateur, sino que Lust la aprovecha para jugar al metacine o más bien dicho en este caso, al metaporno.
Porque crea dos universos simbólicos. Uno es el de la escena rodada donde invita a dos personas «reales» a follar en un entorno donde la única realidad existente es la pareja retozando en la cama. El otro universo es el de la misma escena, vista desde fuera donde —como en las escenas amateurs— se revela el acto de la filmación del coito casi a modo de documental behind the scenes, con todos sus integrantes, cámaras, ayudantes y la propia Erika alrededor —que parecen casi como silenciosos duendes escondidos en el set—.
En el proceso se van recogiendo infinidad de detalles, de pequeñas bellas imperfecciones, casi como las que aparecen en los vídeos amateur, pero cuyos directores no destacan o no saben destacar. Lust lo hace y va alternando uno y otro universo en el montaje final de la escena dando como resultado una reverencia tanto al sexo en sí mismo —con todos sus besos, sudor y orgasmos— como a la pornografía bien hecha.
A blowjob is always a great last-minute gift idea! – Esta escena parece haber quedado fuera de la selección dirigida a las películas, pero puede contemplarse en la página web de XConfessions. La destaco aquí primero por su tremenda capacidad cómica —pude verla en una de las presentaciones de la serie en un cine en Barcelona y el público disfrutó ampliamente con ella— y por lo irreverente que resulta; también por ser una de las pocas piezas homoeróticas.
Demuestra un conocimiento total de todos los vídeos de mamadas habidos y por haber y de sus respectivos clichés filmados en primer plano: el juego con la saliva, el lametón de arriba abajo, el agolpamiento del miembro en la cara interna de la mejilla, el deepthroat. La escena empieza casi de forma inocente y poco a poco va aumentando su tono para convertirse tanto en parodia de las escenas habituales de mamadas como en un gran vídeo de temática toy.
Y todo ello en un espacio público. Independientemente de la orientación sexual de cada uno, esta escena hay que verla. A quien no le ponga cachondo, una sonrisa al menos le sacará.
nuestras charlas nocturnas.
Opinión: Mapear lo manoseado …

Novia soy despreciada,
créeme, estoy indignado,
Cielos, ¿qué he hecho alguna vez?
Y sin embargo él es mi corazón
mi marido, mi amor,
mi esperanza.
Irene, en Bajazet de Vivaldi
Por eso yo levanto un altar sagrado a la Virgen del Puño, la nuestra propia, que nada tiene que ver con las tacañerías humanas sino más bien con la glotonería de nuestros orificios insaciables, inconformistas y sinvergüenzas.
Diana Torres, Pornoterrorismo
Cultura UNAM(G.Jauregui) — Una vivalavirgen, conocida actualmente en jerga chilanga como valevergas o valemadrista, es una persona despreocupada e informal. En cambio una persona virgen, en su definición contemporánea al menos, se refiere a quien no ha tenido relaciones sexuales, es decir, sobre todo si de una persona adulta se trata, es alguien que seguramente se ha preocupado mucho y ha sido muy formal.
Tanto así que en ciertas épocas virgen era aquella persona que no sólo había conservado sino hasta consagrado su castidad: virgen viva. Según la RAE virgen, además de ser alguien, es algo “que está en su primera entereza y no ha servido aún para aquello a que se destina”. Así tenemos las playas vírgenes, la tierra virgen, la miel virgen, la selva virgen, el corcho virgen (que no el segundero). En general todas cosas que apreciamos.
¿Y qué decir del aceite de oliva extra virgen (pero prensado en frío)? Estas cosas son más valiosas por su virginidad, menos el cassette o CD virgen que vale menos porque no trae nada. La virginidad se pierde, pero nunca se encuentra, se posee, se es, es un misterio de la fe, es un hecho comprobable por ley. A veces la virginidad es una mercancía con valor material, a veces es algo metafísico con valor espiritual, a veces es ambas cosas.
Si la palabra virgen entra y sale de nuestro vocabulario, y su significado varía y se trastoca según la época y contexto, entonces ¿por dónde entrarle a la virginidad como concepto, como idea, ideal, como castigo, como la marca de lo no-marcado, a sus ritos, a sus (in)definiciones?
Según Sigmund Freud en el “Tabú de la virginidad” (1917-1918), después del dolor ocasionado por la “herida” psicológica y fisiológica ocasionada por la destrucción de un órgano (no dice cuál), las mujeres pueden ser poseídas por la rabia de un animal herido y atacar física o verbalmente al hombre. Desvirgadas y deslenguadas. Y no sólo la primera vez, sino de allí en adelante.
En ese texto también se fragua la idea, por momentos incluso vigente, de que la “primera vez” te marca y definirá tu comportamiento sexual en adelante. Y entonces, claro, en las mujeres se asocian las malas experiencias con la frigidez, por ejemplo, o con lesbianismo.
O si la experiencia de la “primera vez” es “buena” al final tampoco es bueno porque de allí que las mujeres que disfrutan puedan volverse ninfómanas. En ambos casos lo que el texto de Freud indica es que la Virginidad (y su pérdida) es un momento inquietante donde el orden peligra y hay riesgo extremo para la “normalidad” deseada.
Al fin y al cabo, el tabú de la virginidad hace de la mujer “Diferente del hombre…Enigma… enemiga…” Así, definir qué es la virginidad no es meramente un ejercicio filosófico o teórico sino que ha sido (¡es!) un ejercicio en el control de cómo se comporta, cómo piensa y cómo se siente la gente, y en algunas ocasiones es cuestión hasta de vida o muerte.
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Deshojemos, pues, la margarita: cuando empecé este texto, la idea era escribir sobre rituales de virginidad y entonces en automático quise encontrar aquellas sociedades en las que la virginidad no importa, es decir no existe. Porque al fin y al cabo la virginidad se define por lo que no es: es relevante porque se termina.
Buscando entonces a quienes no les importa, flotan por allí los escritos de Lévi-Strauss sobre los murias de Bastar en India donde los hombres se casan con una mujer que se sabe ya ha sido amante de vecinos. O los escritos sobre sociedades poliándricas en los que se habla de paternidad partible (en la que los niños pueden tener más de un padre y por ende la virginidad que asegura la paternidad es menos importante) y que ocurren en el Himalaya o con los inuit en el extremo norte de nuestro continente.
Pero ésta es la triste realidad: es mucho más difícil hablar de grupos en los que la virginidad no importa o no es un rito de paso relevante que de las sociedades, como en la que vivo, en la que sí lo es.
Por otro lado, no me interesaba echar una mirada erotizante de foránea con su supuesto conocimiento contemporáneo para hablar de los raptos de las novias que a veces todavía se practican en algunos barrios de Juchitán, u otras costumbres y ritos en torno a la virginidad que perduran en distintas partes del mundo, cuando esa mirada antropológica y crítica todavía tiene mucho por auscultar en el mundo occidental o contemporáneo que sigue lleno de ideas, mitos y ritos relacionados con la virginidad, la de las mujeres en específico.
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En los animales no humanos no existe tal cosa como valorar una hembra (ni un macho) virgen por sobre otros miembros de la especie, y por consiguiente no existe noción tampoco de que una hembra no virgen sea de menor atractivo, utilidad o menos deseable para copular
. Sin embargo, al igual que las hembras humanas, las de diversas especies poseen hímenes, algunos que se deshacen y se rehacen, otros que son duros e impermeables, otros como los humanos, que son membranas con una o varias perforaciones.
La antropóloga bióloga y feminista Elaine Morgan, en obras como The Aquatic Ape y The Aquatic Ape Hypothesis, y la zoóloga Bettyann Kevles en Female of the Species argumentan que el himen humano no tiene una función demostrable pero quizás en nuestros ancestros, mamíferos acuáticos, sellaba la vagina (en las ballenas sigue funcionando así), y como muchas cosas en nuestros cuerpos son recuerdos de momentos pasados en la evolución y concretamente de ese momento en el desarrollo cuando los órganos genitales femeninos internos están separados de la parte externa (se desarrollan de forma individual y ya después se juntan).
El himen es entonces ese retazo en nuestro desarrollo y evolución, ese pedazo de carne del que sigue dependiendo el futuro de tantas.
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En un sitio web llamado RedBubble encuentro una playera con un supuesto proverbio árabe que se refiere a la virginidad y reza: “Él me prometió aretes pero sólo me perforó las orejas.”
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“La imperforación del himen es la anomalía obstructiva más frecuente del tracto genital femenino,” como lo indica un artículo sobre el himen imperforado neonatal. Entonces, un himen sin perforación es una malformación que hoy en día se corrige por medio de cirugía.
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La metáfora de la virginidad ordena el mundo de los animales humanos exclusivamente. En un libro que recuerdo que todavía era popular cuando yo era niña y adolescente, El mono desnudo, Desmond Morris argumenta, de forma completamente ficticia e improvisada pero con toda autoridad, que la función biológica y evolutiva del himen es producir dolor cuando la vagina es penetrada para que las vírgenes pospongan el sexo penetrativo, y que este dolor es lo que hizo que los humanos se dieran cuenta de la existencia de la virginidad.
En muchos casos se dice que ese dolor proviene específicamente del desgarramiento del himen. Pero en realidad ni yo ni nadie se da cuenta de que posee un himen a menos de que este pedazo de piel genere un problema (como con el himen imperforado o cuando alguien lo busca y no lo encuentra en algún ritual) y sabemos que el dolor no es siempre asociado con la penetración y no sucede en todos los casos. No hay síntomas uniformes de la pérdida de virginidad en todas las mujeres.
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Como diría Kant, el conocimiento presupone al objeto (del conocimiento). De hecho los humanos nos dimos cuenta de la existencia del himen porque le hemos dado tanta importancia a la virginidad y no al revés.
Así, aunque por ejemplo, la palabra himen aparezca varias veces en relación con el cuerpo en Aristóteles, ésta se refiere a una membrana alrededor del corazón, del estómago, etcétera y no a nada sexual. En la Antigüedad no se sabía que hubiera un himen en el aparato reproductor femenino ni que esa membrana tuviera una relación específica con la virginidad.
De hecho es curioso que el dios del matrimonio se llamara Himeneo; será porque ni siquiera sobrevive su boda, y es tan efímero como una membrana, específicamente una que en teoría tampoco sobrevive a la noche de bodas.
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Hoy en día hay una moda en la que niñxs y adolescentes e incluso personas adultas están obsesionadas con los unicornios: cuadernos de unicornios, plumas y lapiceros de unicornios, hasta avatares en TikTok con cara de unicornio. En el medioevo era bien sabido que el unicornio era muy salvaje y que solamente lo podía domar una virgen. De hecho, en el folclor medieval europeo se cuenta que las vírgenes se utilizaban como cebo para cazar unicornios.
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Así como el unicornio, el himen medieval es más simbólico que material: el límite entre lo virgen y lo no virgen más que algo observable en un cuerpo. En Performing Virginity and Testing Chastity in the Middle Ages la profesora Kathleen Coyne Kelly nota que Michele Savonarola, médico que vivió a finales del siglo XIV y principios del XV, fue el primero en usar esa palabra para referirse a algo que forma parte del aparato reproductor femenino aunque no lo ubica precisamente.
Nadie localiza el himen hasta mediados del siglo XVI, en 1544 para ser precisa, cuando Andreas Vesalius “encuentra” el himen en una disección anatómica aunque, curiosamente, jamás lo dibuja en sus famosas ilustraciones.
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Además de domar unicornios, los superpoderes de las vírgenes incluyen la habilidad de batallar contra demonios. Según Erzsébet Báthory, una condesa húngara que vivió en el siglo XVII en lo que hoy se conoce como Rumania y Hungría, la sangre de las vírgenes podía rejuvenecer y restaurar la belleza.
Por eso, cuentan que bañaba su piel en la sangre de campesinas vírgenes y se le acusa de haber asesinado a 600 mujeres hasta que le impusieron un arresto domiciliario en 1611.
Los poderes curativos y restaurativos de las vírgenes siguen siendo objeto de codicia, por ejemplo, de narcotraficantes, y en el juicio que se llevó a cabo recientemente contra Joaquín Guzmán Loera, mejor conocido como El Chapo, se mencionó que le gustaba que le trajeran niñas a quienes llama “sus vitaminas” y a quienes violaba con el fin de sentirse más viril.
En la Escocia del siglo XIX y la Pretoria del XX era muy común que hombres con enfermedades de transmisión sexual o venéreas violaran a niñas vírgenes por la creencia de que su virginidad los curaría.
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Mientras, a principios del siglo XVI, el barbero y cirujano de la corte francesa Ambroise Paré cree que el himen es un defecto anatómico, ya que sería algo que sella la vagina, y que quien no lo vea así es un estúpido.
Hay otros como Thomas Bentley para quienes el himen se vuelve “La única nota segura de la virginidad sin mancha” a la vez que él mismo hace referencia a una “prueba” de virginidad que consiste en medir con un hilo de la punta de la nariz hasta la base del cráneo y después ese mismo hilo debe hacer la vuelta precisa del cuello (si es demasiado corto o largo, la mujer no es virgen).
Finalmente, hasta 1668 Thomas Bhartolin, un doctor y matemático danés que describió por primera vez el sistema linfático, es quien también hace el primer dibujo anatómicamente correcto del himen y del orificio himeneal, como lo cuenta Marie Loughlin en Hymeneutics: Interpreting Virginity on the Early Modern Stage.
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En la noche de San Juan la tradición dicta que si una joven pone un poco de hierba de San Juan (Hypericum perforatum) encima de su puerta o debajo de su almohada, en sueños le será revelado quién será su marido y quedará protegida de cualquier demonio que quisiera atacar su virginidad.
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En el archivo de sus sesiones en la Universidad de Chicago, Douglas Brewer y Emily Teeter explican que en el Egipto antiguo
la virginidad no era un requerimiento para el matrimonio y que de hecho el sexo premarital o cualquier tipo de sexo entre personas no casadas era aceptable socialmente. Sin embargo, una vez casadas, se esperaba que las parejas fueran sexualmente fieles. Los egipcios (salvo el faraón) eran, en teoría, monógamos y muchos documentos indican que las parejas expresaban afecto.
También explican que en su lengua la palabra para esposa era la misma que hermana. Es decir que se valoraba la monogamia pero no necesariamente la virginidad:
Los términos en egipcio antiguo para matrimonio (meni, atracar [un barco], y grg pr, fundar una casa) transmiten la idea de que el arreglo tiene que ver con la propiedad. Los textos indican que el novio a menudo le daba un regalo a la familia de la novia. Los textos legales señalan que en la pareja cada cónyuge mantenía control de la propiedad que traía al matrimonio mientras que cualquier propiedad comprada durante la unión se detentaba en conjunto.
Quizás entonces no debe sorprendernos que haya papiros donde se documenta la masturbación de las mujeres (una mujer sentada sobre la extremidad de una vasija, o que hablen del vibrador de Cleopatra hecho con abejas) o que, emulando a Ra, los faraones se masturbaran en el Nilo como rito de fertilidad. Más que rituales de virginidad, que no existen como tal, hay rituales de fertilidad y más adelante Herodoto documenta esto diciendo que los egipcios hacen todo al revés que los griegos.
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En griego antiguo la virginidad se describe como un objeto que se puede tomar, lambanein, un valor que se debe respetar, terein, o una cosa cubierta y velada que debe desvelarse: lyein.
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Antropólogas e historiadores apuntan que la importancia de la virginidad crece junto con la de la paternidad/propiedad y las formas de organización patriarcales en las que el embarazo, la crianza, el acceso a bienes y la creación de jerarquías y grupos se hacen en relación con un macho alfa o líder (patriarca). De allí viene la noción del patrimonio: la herencia de un padre a sus hijos.
Y la virginidad hace que esa paternidad sea asegurada y ese patrimonio se garantice: para esto lo que “mejor” funciona es limitar las opciones de las mujeres a un solo hombre. La virginidad premarital asegura la paternidad del primogénito y su monogamia posmarital la asegura para el resto del linaje.
Hay varios libros que explican que el Patriarcado (el orden social que acabo de describir) y la propiedad privada surgen más o menos al mismo tiempo, aproximadamente durante lo que se conoce como el Neolítico. Así, en una sociedad donde los bienes los controla el hombre, la virginidad es una inversión para garantizarlos a los hijos a través de la paternidad.
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Recuerdo que el papá de una amiga nos decía que no nos convenía “ser la tortilla de hasta arriba: la que todos manosean y nadie quiere”. Recuerdo también la expresión que se refiere a la mujer que es “como la bicicleta de pueblo” en la que se monta todo mundo. Es decir, la que no hay que ser.
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Existen muchos mitos occidentales que hablan de la virginidad, pero en general en la Antigüedad griega y hebrea las hembras humanas se dividen en dos categorías: las vírgenes (parthenes, básicamente las niñas, que en hebreo antiguo se llaman también betulah) y las mujeres (gyne, o en hebreo almah) una vez casadas: es decir que una mujer es quien procrea, una esposa.
Esto implica que se es virgen hasta que se pasa de ser propiedad en la casa del padre a ser propiedad en la casa del marido. Para los romanos igual las virgo son cualquier niña, en contraste con la Virgen María que pasa de ser cualquier mujer a ser la madre por encima de todas las mujeres.
Pero la virginidad relacionada con la religión existe desde la Antigüedad y los romanos tenían a las famosas vírgenes vestales cuya castidad estaba consagrada y quienes eran las guardianas del vínculo entre los romanos y los dioses. Si sobrevivían sus 30 años de servicio (de los 6 años a los 36) obtenían dinero y libertad sin par para ninguna mujer de la época.
Estas vírgenes provenían de la élite romana (evidentemente) y Plutarco cuenta que si se dejaban seducir antes de que terminara su servicio, las enterraban vivas.
Cuenta Solón que en la Grecia antigua el único caso en el que una persona libre y ciudadana de Atenas se podía convertir en esclava era en el caso de las mujeres que eran “deshonradas” o perdían la virginidad antes del matrimonio.
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Entre las muchas vírgenes de la mitología griega conviven las ninfas, como Dafne (quien se convierte en árbol de laurel para mantener su virginidad y que Apolo no la desflore), o las diosas como Astrea (quien sube al cielo y forma la constelación justamente conocida como Virgo), Atena, y Hécate, deidad a partir de la cual se formaron círculos de mujeres que practicaban “brujería” y resguardaban su sexualidad, al menos en relación con los hombres, como parte de sus poderes. Desde entonces el poder de la virginidad es ambivalente.
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En 2004 hubo un caso muy sonado de una estudiante de la universidad de Bristol que subastó su virginidad al mejor postor para pagar sus gastos. Curiosamente esta mujer hizo de conocimiento público que era lesbiana en una relación sexual y amorosa con otra mujer y, al mismo tiempo, que permanecía virgen.
Si tuvo sexo que penetrara su vagina con dedos o juguetes “no contaba”, no para el público, ni para los medios, ni para ella, ni para el postor. Lo que se vendió es la ideología de que una mujer, para hacerse mujer, necesita un pene que la penetre. Le pagaron 12 mil libras. (Entre más búsquedas hago sobre este caso en Google, me aparece la opción: “¿Cuánto vale mi virginidad?”)
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En el siglo IV Agustín cambia radicalmente el valor de la sexualidad, abstinencia, castidad y virginidad cuando dice que en el orden de la virtud van primero los mártires y luego las vírgenes, y cuando en De civitate Dei precisa que la virtud gobierna una buena vida y todo el cuerpo.
Agustín hace del cuerpo algo sagrado por un acto de la voluntad. La virginidad no es tanto del cuerpo sino de la mente (quizás buscaba reivindicar su pasado promiscuo) y precisa que si se viola a una virgen no se pierde la virginidad si ella se resiste con todas sus fuerzas, porque si no la virginidad sería solamente un atributo del cuerpo y no del alma.
Así la virginidad se vuelve algo moral, un triunfo de la voluntad. Más adelante Tomás de Aquino explica que la castidad tiene dos significados: uno específico, relacionado con los placeres del sexo, y el otro mucho más amplio, spiritualis castitas, que tiene que ver con rehusarse a disfrutar cosas que van “en contra del diseño del Señor.”
Es decir, un mundo en el que el sí o el no de la virginidad como algo del cuerpo no son suficientes.
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Algunos de los nombres de la Virgen según sus letanías: Madre del Salvador, Madre de misericordia, Virgen prudentísima, Virgen digna de veneración, Virgen digna de alabanza, Virgen poderosa, Espejo de justicia, Trono de la sabiduría, Causa de nuestra alegría, Vaso espiritual, Vaso digno de honor, Vaso de insigne devoción, Rosa mística, Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de los Ángeles, Reina de los Patriarcas…
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Si para sor Juana vivir una vida de castidad virginal fue sinónimo de educación y de una libertad relativa, hoy la virginidad es algo mucho menos importante pero mucho más ambivalente. La píldora anticonceptiva cambió la sexualidad de las mujeres y la noción de la virginidad se desestabilizó. Por primera vez quizás la virginidad de las mujeres se volvió más parecida a la de los hombres: más un evento que un atributo.
Al mismo tiempo yo todavía crecí rodeada de narrativas cursis y moralizantes obsesionadas con la virginidad y su relación con la aceptación social gracias a Madonna, a teleseries como Beverly Hills 90120, telenovelas como La pícara soñadora o películas como Breakfast Club de John Hughes, School Daze de Spike Lee y Clueless de Amy Heckerling, y apenas descubrí que casarse de blanco no tiene nada que ver con la virginidad sino que es una tradición inspirada en la boda de la reina Victoria, la primera mujer en casarse de blanco como algo exclusivo; que el velo no tiene nada que ver con el himen sino con proteger a la novia contra el mal de ojo y que por lo mismo las damas se visten iguales a la novia en teoría para confundir a los malos espíritus.
Y aunque en muchas bodas se sigue practicando que los novios se vayan solos por un momento fuera de la fiesta, ya no es tan común que se paseen las sábanas manchadas de sangre como pruebas de nada. Así, a pesar de que cada vez más la virginidad se cuenta como algo individual y privado, muchos de sus ritos siguen siendo comunales y públicos: contar, preguntar, chismear cómo la virginidad se “pierde” varias veces por cada orificio y tipo de penetración.
Diario se ensayan mil respuestas posibles a la pregunta de si ya lo hiciste o no. Si en Occidente la virginidad ya no es algo absoluto, siguen conviviendo sistemas de valores (sobre todo religiosos) en los que sí lo es.
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Hasta hace no tanto era una deshonra que una mujer se dejara examinar por un médico con un espéculo, que dejara entrar a un desconocido a su hortus conclusus, ese jardín o territorio intocado, ese trofeo ajeno (esa loma del orto). Entre muchas razones, escribe el Chevalier de Jaucourt en un artículo para la primera Enciclopedia:
Los hombres, dice M. de Buffon, son celosos de lo privado en todas las esferas y siempre han valorado mucho aquello que poseen exclusivamente y antes que ningún otro. Es este tipo de locura que hace una entidad real de la virginidad de las señoritas.
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La pérdida de una supuesta virginidad es un ritual de transformación que antes como ahora (de formas distintas) representa la intersección de la reproducción, la madurez física y el deseo. La virginidad y sus rituales son metáforas que cuentan el orden social que las escribe y como son ideología pura definir esas metáforas afecta directamente las vidas, sobre todo, de las mujeres.
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En su boda del 2005 Rosario Alcántara, la recién esposa de Farruquito, se hizo “la prueba del pañuelo” en la que una mujer inserta un dedo con un pañuelo para buscar “las flores”: aquí no importa ninguna mancha de sangre, cualquiera podría falsear la virginidad con sangre, dicen los gitanos, esa tradición es una estupidez. Lo que importa son las manchas de “la honra” derramada: un líquido amarillento en el pañuelo. Cualquiera sabe que un poco de nuez moscada en la vagina puede hacer las veces de sangre en el pañuelo. Hay de manchas a manchas.
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Cuando yo era adolescente había un anuncio de Tampax en el que una chica con playera blanca miraba hacia la nada y se preguntaba “¿Seguro seguiré siendo virgen?”
nuestras charlas nocturnas.
Opinión: Shibari, el arte japonés de la atadura erótica…

JotDown(J.Lapidario) — A principios de 2009 la compañía de mosaicos de lujo Bisazza contrató para una campaña publicitaria al famoso fotógrafo Nobuyoshi Araki.
La promoción fue un éxito, pero una de las imágenes fue rápidamente prohibida en el Reino Unido por la ASA (Advertising Standards Authority), con el argumento de que tenía una fuerte carga de violencia sexual.
La fotografía mostraba a la modelo atada y con una expresión extraña en el rostro…
Ya estoy acostumbrado a cualquier tontería en cuestión de censuras, pero me sorprende que la obra de Araki todavía levante controversias. Considerar misógino a uno de los mayores adoradores de la belleza femenina es una muestra de miopía tan increíble que me parece necesario, como fan de Araki y aficionado al BDSM, aclarar algunos puntos sobre el arte del shibari que hubieran evitado el malentendido de la ASA.
Una precisión inicial: la palabra shibari (縛り) significa literalmente “atadura”, mientras que kinbaku (緊縛) se podría traducir como “atar fuertemente”. En la práctica, ambas palabras se emplean casi indistintamente (con ciertos matices) para referirse al arte japonés de la atadura erótica, a cuya historia, significado y belleza está dedicado este artículo.
1. Una atadura es un abrazo fuerte

¿Por qué resulta erótico inmovilizar o restringir el movimiento?
Para la persona atada, el efecto es en parte físico: la presión de las cuerdas sobre puntos sensibles y zonas erógenas, el roce que puede ser suave o áspero según el tipo de cuerda…
En una suspensión entra en juego la ingrávida sensación de volar y perder los referentes; en una atadura sobre tatami o una cama, el sentirse manejada, empujada, acariciada por las cuerdas.
Los efectos psicológicos son potentísimos y a veces contradictorios: el chorro de adrenalina al sentirse indefenso y a la merced del atador, frente a la relajación y confianza de saberse en buenas manos y poder librarse de toda responsabilidad y vergüenza (“no puedo resistirme al placer que se me proporciona”).
Como sostiene el propio Araki, atar fuertemente es abrazar…
Las cuerdas se convierten en una extensión de los dedos del atador.
El establecimiento de una comunicación fluida entre atador y atado convierte una sesión de shibari (sea performance con público, sea juego privado) en un cruce entre baile intenso y pelea de artes marciales…
Entra también en juego el aspecto estético: la disposición de las cuerdas realzando y subrayando las formas de la persona atada, la contorsión erótica de los cuerpos, las posturas tanto expuestas como recogidas, tensas o relajadas. La expresión de la cara de la persona atada suele ser clave en las fotografías de shibari: en una cultura como la nipona, famosa por su impenetrabilidad facial, dejar traslucir una emoción profunda crea un instante potente y significativo.
¿Y qué hace el atador cuando tiene a la “víctima” a su merced? ¿La azota? ¿La acaricia? ¿La fotografía? ¿Folla con ella? ¿Deja que vuele? ¿Le venda los ojos para que se aísle del mundo exterior y se cueza en su propia salsa? Pues todo, parte o nada de lo anterior, dependiendo de la relación existente entre ambos (tan ligera como atador/modelo fotográfico o tan profunda como pareja habitual). Cada tipo de interacción tendrá su propia energía artística y vital.
2. La atadura sagrada

No es casual que el arte de la atadura (erótica o no) se haya desarrollado sobre todo en Japón, ya que el uso creativo de cuerdas y envoltorios ha formado parte de su tradición social y cultural ya desde el periodo Jōmon (literalmente “diseño de cuerda”), que va desde el 14.000 hasta el 400 antes de Cristo y recibe su nombre de los hermosos patrones realizados mediante sogas de yute en piezas de alfarería.
Envolver cuidadosamente los obsequios es también un arte con sus propias reglas: es conocida la historia del maestro zen Ejo Takata, que le regaló a Jodorowsky un paquete intrincadamente envuelto.
Cuando tras mucho esfuerzo logró desenvolverlo, el escritor chileno vio que estaba vacío: el auténtico regalo era la experiencia estética efímera e irrepetible de deshacer la hermosa y complicada atadura.
Hasta en la religión sintoísta tienen un papel importante las ataduras: las cuerdas llamadas shimenawa marcan los lugares considerados puros o sagrados, como los templos o los árboles donde habitan los espíritus…
3. La atadura como arte marcial
Pero la mayor fuente histórica del shibari se puede rastrear en el hojōjutsu (捕縄術), un arte marcial japonés que enseña a utilizar cuerdas para capturar y atar prisioneros para su arresto, transporte o castigo. Sus orígenes pueden rastrearse hasta el siglo XVI como arma de guerra (era una de las 18 técnicas de lucha en que se instruía a los samurai), y posteriormente como herramienta policial.
La habilidad japonesa para ritualizar y embellecer actividades cotidianas (desde la ceremonia del té hasta la caligrafía o los arreglos florales) entró también en juego con el hojōjutsu: las ataduras del prisionero podían seguir complicados patrones según su clase social, el delito cometido o el castigo que le estaba reservado.
Diferentes escuelas enseñaban sus propias técnicas secretas de atadura y empleaban cuerdas de diferente color (dependiendo de la estación del año), grosor o material.

Un punto en común de todas estas técnicas es que no se preocupaban en exceso del bienestar del criminal, presionando con las cuerdas puntos de dolor o dificultando la respiración.
De hecho algunas ataduras se utilizaron abundantemente como método de tortura durante el periodo Edo (siglos XVII-XIX). Según documentos de la época, dos de las peores torturas que se podían aplicar legalmente sobre un criminal eran las ataduras llamadas ebizeme (con el criminal contorsionado dolorosamente sobre sí mismo, ver ilustración adjunta) y tsurizeme, consistente en suspender todo el peso del prisionero de sus brazos atados a la espalda.
Hay documentados poquísimos casos en que estos métodos de tortura no obtuvieran apresuradas confesiones… Con excepciones, la más llamativa la de una mujer llamada Fukai Kane, detenida en 1871 como sospechosa de asesinato y más tarde puesta en libertad sin cargos…
Ante la sospecha de los sorprendidos carceleros de que el suplicio estaba teniendo un efecto diametralmente opuesto al previsto.
4. De la brutalidad al arte erótico

Independientemente de la curiosa actitud de la señora Kane, es evidente que en esa época tanto el hojōjutsu como la tortura de la cuerda eran actividades brutales, que podían dejar secuelas permanentes en sus víctimas y que no buscaban ningún tipo de connotación sensual.
El paso de la brutalidad medieval al refinamiento del arte erótico se dio de forma gradual durante el siglo XIX y llegó a su cumbre gracias a la influencia del pintor Itoh Seiyu, llamado el “padre del kinbaku”.
Nacido en 1882, Itoh recibió profundas influencias del arte del ukiyo-e (los bien conocidos grabados xilográficos sobre madera) y especialmente de los shunga o “dibujos de primavera”, grabados explícitamente sexuales inmensamente populares en la época.
Ya tuve oportunidad de hablar en Jot Down del terremoto erótico tentacular que Katsushika Hokusai ocasionó con El sueño de la mujer del pescador …
Otros autores de shunga jugaron un papel similar en la erotización de las ataduras y las escenas de violencia (seme-e): desde los asaltos de Kunisada Utagawa o las cortesanas castigadas de Koryusai Isoda hasta la terrible y extrañamente erótica imagen de una embarazada suspendida cabeza abajo en la cabaña de una bruja: La casa solitaria del pantano de Adachi del gran Tsukioka Yoshitoshi.
También en el teatro kabuki más popular en la época empezaron a prestársele una especial atención a las escenas de torturas o ataduras (relativamente abundantes en los dramáticos argumentos de las obras), interpretadas con convicción por actores que adoptaban papeles masculinos y femeninos.
Al joven Itoh le causaron gran impacto escenas como la representada en la imagen adjunta, de una obra kabuki en que una princesa llamada Chujo es atada bajo una fría tormenta de nieve…
Itoh Seiyu absorbió estas influencias y las combinó con su propia querencia por los juegos eróticos de dominación y sumisión (lo que hoy llamaríamos BDSM), haciendo nacer el arte del shibari.
La primera mujer de Seiyu no compartía en absoluto sus preferencias eróticas, y el suyo fue un matrimonio frío. Pero su segunda esposa y modelo, una delicada mujer llamada Kiseko, era sexualmente masoquista y sentía un enorme placer al ser atada (y retratada) por Itoh.
Seiyu transformó gradualmente las ataduras del hojōjutsu buscando convertir la brutalidad en placer: las cuerdas que antes presionaban estratégicamente nervios causando un gran dolor pasaron a buscar las zonas erógenas y seguras; empleó nudos y pases de cuerda que no se apretaran con el forcejeo, evitando así el riesgo de cortar la circulación…

Esta preocupación de Itoh (y, como veremos, sus discípulos) por la seguridad de las ataduras será muy importante en escenas fotográficas realmente intensas, como la controvertida imagen de la suspensión cabeza abajo de Kiseko embarazada (en homenaje al ukiyo-e de Yoshitoshi antes comentado) o una sesión de fotografía en la nieve realizada en pleno febrero…
Inevitablemente Itoh acabó teniendo problemas con la censura y al menos en dos ocasiones pasó por comisaría: la primera vez por publicar «material obsceno» y la segunda por unos dibujos ofensivos hacia el Confucianismo.
Sin embargo, más adelante su popularidad como artista y enfant terrible le permitió suavizar sus relaciones con las autoridades, hasta el punto de terminar dando clases de hojōjutsu a policías o colaborando en un libro gubernamental sobre la justicia en la época Edo.
Para entender esta libertad sorprendente a ojos occidentales tengamos en cuenta que parte del Japón cultural de los años 20-30 estaba influido por los excesos artísticos de la república de Weimar y tendencias experimentales de vanguardia…
Mientras en los EEUU resultaba problemático usar la palabra «embarazada» en la radio, en Japón nacían movimientos artísticos como el Ero Guro Nansensu, dedicado a la corrupción sexual, lo deforme y lo grotesco. Itoh Seiyu no pertenecía a este movimiento (buscaba más el refinamiento clásico que la transgresión rompedora), pero se benefició del ambiente de la época.
5. El club de las historias extrañas

Cuando por fin logre viajar a Japón (llevo años intentándolo infructuosamente), visitaré sin falta un distrito tokiota llamado Iidabashi…
A tres minutos de la estación de tren, un edificio aparentemente anodino alberga sin embargo un museo-librería realmente único: el Fuzoku Shiryoukan o «Museo de lo Anormal».
Fundado en 1984, alberga la mayor muestra mundial de publicaciones relacionadas con el sadomasoquismo: una colección privada de más de 17.000 volúmenes, 2.000 vídeos, centenares de documentos históricos y un increíble portafolio con casi todas las obras originales de Itoh Seiyu.
Una de las joyas de este museo es la colección completa de una legendaria revista llamada Kitan Club (abreviatura de «El club de las historias extrañas»), que nació en Osaka tras la Segunda Guerra Mundial como publicación underground de relatos escandalosos o divertidos.
Sin embargo, a partir de mediados de los cincuenta su editor cambió la orientación de la revista especializándola en sadomasoquismo y shibari…
La decisión fue tomada sobre todo gracias al éxito de ventas del número de julio de 1952, que contenía una ilustración llamada Diez mujeres atadas de un dibujante aún desconocido llamado Kita Reiko.
Esa ilustración se puede considerar fundacional, al abrir un nuevo camino al arte del shibari hacia los medios de comunicación.
Kitan Club alcanzó una enorme fama, y acogió a alguno de los mayores talentos artístico-eróticos de la época… Kita Reiko resultó ser un alias de Minomura Kou, discípulo de Itoh Seiyu y continuador de sus estudios sobre la violencia erótica en el teatro kabuki.
El prolífico y recientemente fallecido escritor Dan Oniroku empezó aquí su carrera literaria con la historia Hana to Hebi (“Flor y serpiente”), que sería adaptada al cine en varias ocasiones por la poderosa productora Nikkatsu. También empezó a escribir en Kitan Club en esa época el legendario Nureki Chimuo, reconocido hoy en día como el mayor nawashi (“maestro de cuerda”) vivo…
Mientras tanto, en Occidente, varios ejemplares de Kitan Club caían en manos de un dibujante y fotógrafo llamado John Alexander Scott Coutts, alias John Willie. Fue un auténtico pionero del arte fetichista en occidente (se le llegó a conocer como “el Rembrandt del pulp”), jugando en EEUU un papel similar al de Itoh Seiyu en Japón.
Se puede rastrear la influencia del shibari en muchos de sus dibujos para la revista Bizarre (¡qué delicioso su personaje de Sweet Gwendoline!) y en gran parte de las fotos eróticas en que ató a modelos como la conocida pin-up Betty Page.
Por supuesto, la influencia fue bidireccional, y en varios ejemplares de Kitan Club pueden encontrarse obras de Willie, Eric Stanton y otros dibujantes y fotógrafos estadounidenses de la época.
Kitan Club abrió camino a muchas otras revistas, libros de fotografía, novelas y películas relacionadas con el sadomasoquismo y el shibari. Algunas de estas publicaciones resultaron copias cutres sin alma ni sentimiento o sufrieron altibajos por culpa de los vaivenes de la censura, pero otras alcanzaron pronto grandes niveles de calidad artística.
Fue por ejemplo en la revista SM Sniper donde Nobuyoshi Araki, con el que abríamos este artículo, publicó en 1979 uno de sus mejores portafolios de shibari…
6. Nawashi: artistas de la cuerda

En la época pre-Internet, estas publicaciones permitieron poner en contacto a modelos, atadores y aficionados, facilitando el intercambio de ideas, información y técnicas.
De ese caldo de cultivo han ido surgiendo con el tiempo grandes nawashi (“maestros de la cuerda”), es decir, personas con reconocido talento para la atadura erótica.
Para ser considerado un nawashi no hace falta sólo habilidad técnica, sino sobre todo sentido estético y capacidad para establecer una comunicación profunda con la modelo.
Cada nawashi tiene su propio estilo: hay quien prefiere las suspensiones y quien favorece el bondage de suelo; hay quien gusta de los patrones ordenados y quien potencia la asimetría y la originalidad…
Uno de los nawashi más influyentes fue Akechi Denki, un genio natural de la cuerda.
De carácter suave, amable y dialogante, contribuyó enormemente no sólo al avance de la técnica de la atadura sino también a acercar al público su arte, más allá de los círculos elitistas en que se movió el shibari en sus inicios.
Akechi falleció prematuramente en 2005, dejando tras de sí alguno de los mejores libros de fotografías de shibari de la historia (por ejemplo el magnífico Pleasure and a Little pain, con la modelo Kate Asabuki).
La autora francesa Agnès Giard le dedica su imprescindible ensayo L’imaginaire erotique au Japon usando estas palabras: “A la memoria de Akechi Denki, que ataba a las mujeres tan dulcemente que ya no querían ser desatadas”.
Y hablando de mujeres: probablemente algún lector se haya preguntado si también hay mujeres maestras de la cuerda… Y evidentemente la respuesta es sí, cada vez más, aunque algunos de los primeros nawashi se mostraran reluctantes a la idea.
En la época feudal japonesa, donde hemos visto que tiene uno de sus orígenes históricos el shibari, la cuerda era dominio exclusivo de los hombres (con la única excepción de las kunoichi o “mujeres ninja”). Fue precisamente Akechi Denki uno de los primeros nawashi en enseñar su arte a mujeres como la habilísima Benio Takara, actualmente una reconocida Dómina y maestra de la cuerda.
Y empezaré la última sección de este artículo con otro gran ejemplo de mujer nawashi…
7. Volar sobre un escenario

Barcelona, 9 de Abril de 2011.
Se celebra el acto benéfico Cuerdas por Japón, creado por el artista Alberto No Shibari en favor de las víctimas del reciente tsunami.
Mientras suena de fondo la música de los Yoshida Brothers, una mujer llamada Despertant se acerca a un chico joven que le espera en actitud tranquila.
La mujer coge un manojo de cuerda de yute.
Con un tirón rápido de la mano (similar al gesto de arrancar la anilla a una granada) la despliega elegantemente y comienza a usarla para atar al joven, partiendo de las muñecas cruzadas en la espalda y tensando la cuerda alrededor de brazos y hombros.
Un diseño empieza a ser visible: un arnés que inmoviliza progresivamente al joven y le sirve como punto de apoyo hacia una anilla que cuelga del techo.
Un par de tirones de las cuerdas hacen volar al hombre, que queda completamente suspendido de la anilla y girando lentamente sobre sí mismo.
De repente la mujer saca unas tijeras y el público contiene el aliento: ¿hay alguna emergencia que haga necesario cortar las cuerdas? Sin embargo, la mujer agarra la coleta del joven, y en un gesto tierno cuyos significados se adivinan profundos, la corta.
El shibari es ante todo una comunicación íntima entre dos personas… Pero al ser un arte tan visual y estéticamente potente, es lógico que encuentre uno de sus principales medios de expresión encima de los escenarios, no sólo de clubes especializados sino también de teatros, locales privados o incluso platós de televisión.
Recientemente el canal Arte retransmitió una preciosa performance aérea de la bailarina berlinesa Dasniya Sommer (en la foto), que combina de forma hipnótica y preciosista shibari, yoga y danza contemporánea…
Gran parte de los artistas del shibari que deciden subir a un escenario le deben mucho al maestro Osada Eikichi, primer nawashi en llenar locales con sus coreográficas e intensas actuaciones tras su primera y legendaria performance en el estudio de ballet Ars Nova de Tokio, en 1964.
Su testigo lo recogió el gran Osada Steve, de origen alemán y único nawashi occidental residente en Japón. Las apariciones públicas de Osada Steve resultan siempre espectaculares, ya que posee un magnetismo particular y un sentido escénico muy desarrollado. Tuve en 2010 la inolvidable oportunidad de asistir a uno de sus talleres, organizado en Barcelona por el Club Social Rosas 5, y de verle en acción…
8. La belleza del kinbaku

Todo este artículo no ha hecho más que rascar la superficie de un mundo sensual y sorprendente que conjuga niponofilia, erotismo, estética y espectáculo, un arte del que podría estar hablando durante horas…
Pero me debo despedir ya y lo haré con una recomendación literaria: quien quiera saber más de la historia y orígenes del shibari debería conseguir el libroThe Beauty of kinbaku, de “Master K”: un ensayo precioso y profusamente ilustrado con hermosas fotografías, publicado en una única edición de mil ejemplares que se convertirán pronto en objeto de coleccionista…
nuestras charlas nocturnas.
La vulva es bella: de la vagina dentada a la adoración del yoni …

JotDown(J.Lapidario) — ¿Podría el lector o lectora coger un bolígrafo y garabatear un pene y unos testículos en algún post-it cercano? Y ahora, ¿podría dibujar una vulva, con sus labios mayores y menores y su capucha clitoral? La escritora Mithu M. Sanyal, autora de Vulva, la revelación del sexo invisible, llevó a cabo un experimento similar con un buen número de mujeres, hallando que muy pocas sabían dibujar una vulva reconocible y anatómicamente correcta. Su conclusión: «con la salvedad de las ilustraciones médicas, solo vemos imágenes de la vulva como productos de las industrias del porno y de la higiene».
La vulva es representada en el imaginario colectivo occidental como una ausencia, un hueco, un agujero, un espacio en blanco: «para la simbolización del sexo de la mujer, el imaginario solo provee una ausencia allí donde en otros casos hay un símbolo muy destacado», en palabras de Lacan. El clítoris y los labios se tornan invisibles, solo se tiene en cuenta la apertura vaginal considerada como una ausencia.
Cuando sí se admite la existencia de la vulva, es tratada por los imbéciles con asco, prevención o rechazo; es ocultada y sumergida por mitos como su supuesta fealdad o mal olor… Grabad estas palabras en piedra: un coño limpio huele de maravilla. Cuando una compañía alemana sacó al mercado un perfume vaginal llamado Vulva, pudieron leerse en la red miles de comentarios infantiles y llenos de aspavientos ridículos…
Y ya solo la sugerencia o metáfora de la vulva causa polémica al aparecer en el espacio público, como en este objetivamente nada obsceno cartel del 12º Festival de Cine Erótico de Barcelona.
El laberinto de referencias artísticas, mitológicas y religiosas al coño resulta apasionante y divertido de desentrañar, así que he convencido (no sé cómo) a los responsables de Jot Down para que acojan un artículo vulvar en su seno. Un viaje que empezará con una pregunta a la que durante siglos los filósofos han estado dando vueltas… ¿Qué es un coño?
- 1. Un coño no es un pene ausente
“Lo que yo tenía y era bueno al tacto no tenía nombre. Solo los niños tenían algo afuera, así que yo no podía tener mi clítoris y al mismo tiempo ser una niña”. Paciente de la psicoanalista Harriet Lerner.

En las sociedades occidentales el varón ha sido tradicionalmente la medida de todas las cosas, y por tanto los genitales femeninos han sido patéticamente descritos como variantes subdesarrolladas de los genitales “completos”, los masculinos.
El mismísimo Galeno escribió: “Al estar mutilada, la mujer es menos perfecta y completa que el hombre en relación con las partes que asisten a la reproducción”.
Alberto Magno asocia la femineidad a problemas durante el embarazo que impiden el desarrollo del pene, de lo que deduce que “la mujer no es en su naturaleza un ser humano, sino un nacimiento fallido”.
Aparentemente incapaz de imaginar una mujer sin algún tipo de falo, el anatomista del siglo XVI Andreas Vesalius representó en De humani corporis fabrica los genitales femeninos como un enorme pene invertido del que la vulva sería el glande.
No tiene desperdicio la explicación de Prospero Bergarucci, discípulo de Vesalius, para esta extraña configuración anatómica:
“A sabiendas de la inconstancia y soberbia de la mujer, y para contrarrestar así su permanente anhelo de dominio, la naturaleza le dejó las partes sexuales en su interior para que, cada vez que esta piense en su presunta carencia, deba volverse más pacífica, más obediente y finalmente más pudorosa que cualquier otra criatura en el mundo”.
Si Dios hubiera querido enseñar humildad al varón le hubiera invertido el escroto, podría deducirse siguiendo ese tren de pensamiento.
Cuando se admite que las mujeres carecen de falo, surge la idea de que les gustaría tenerlo. Según Sigmund Freud, las niñas entre tres y cinco años descubren que no tienen pene y que han sufrido una castración (de nuevo la vulva permanece aparentemente invisible) y adquieren “envidia del pene”, especialmente el del padre; un ansia inconsciente que solo puede verse satisfecha dando a luz un niño como sustituto del falo.
Si los labios de la vulva han permanecido ausentes del imaginario colectivo occidental durante siglos, el pobre clítoris ha llegado a ser tratado directamente como una deformidad. Barbara Walker cuenta una anécdota tristemente significativa en The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets:
«Durante un proceso por brujería en 1593, el esbirro a cargo del examen (un hombre casado), descubrió por primera vez un clítoris y lo identificó como una marca del diablo. Era ‘un pequeño trozo de carne, sobresaliente como una tetilla, de media pulgada de largo, escondido en un lugar muy secreto que era indecoroso mirar’. (…) Mostró la cosa a varios espectadores, que no habían visto jamás algo así».
Aunque casi sería mejor esta ignorancia que un reconocimiento que desemboque en prácticas como la ablación del clítoris y/o de parte de los labios de la vulva, animalada que persigue eliminar “las partes masculinas” de los genitales femeninos (es decir, dejar solo el agujero penetrable y eliminar lo que no se comprende) y limitar el acceso de la mujer al placer sexual para aumentar su docilidad.
Y a quien le parezca algo exclusivo de culturas exóticas, que se fije en esta frase algo repulsiva de Freud: “cuando una mujer llega a la edad adulta y entra en la femineidad, el clítoris debería ceder su sensibilidad e importancia, parcial o completamente, a la vagina”. Lo que no sea un túnel, una vaina, un receptáculo para el pene del varón, sencillamente no debe existir o debe ser secundario.
Muchos ven en este rechazo hacia la vulva el origen de bastantes labia-plastias, intervenciones de cirugía estética en que mujeres avergonzadas de sus labios vaginales los remodelan o mutilan para reducirlos.
Ya paro, que me indigno. En cualquier caso, lo primero que debe hacerse para revertir el proceso de invisibilización de algo es nombrarlo con precisión. Pero, ¿cómo podemos llamar a la rosa?
- 2. El nombre de la rosa

“Los maridos debieran seguir un curso
por correspondencia
si no se atreven a hacerlo personalmente
sobre los órganos genitales de la mujer
hay una gran ignorancia al respecto
quién podría decirme por ejemplo
qué diferencia hay entre vulva y vagina
sin embargo se consideran con derecho
a casarse
como si fueran expertos en la materia”
Nicanor Parra, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui
En textos médicos antiguos se usa la palabra vulva para referirse indistintamente a los labios, la vagina, el útero o todo junto: lo triste es que duren imprecisiones similares siglos más tarde.
Resulta sorprendente la extendida confusión entre vagina (el tubo interno de membrana mucosa) y vulva (los genitales externos).
En la famosa obra teatral Monólogos de la vagina se usan indistintamente ambos términos, lo que llevó a la psicoanalista Harriet Lerner a lamentarse:
«¿Existe una repentina amnesia feminista en relación con la diferencia entre la vulva y la vagina? (…) Dudo que los hombres toleraran una supuesta celebración de su sexualidad en que se confundiesen los testículos con el pene».
En 1980 Lerner fundó el Club Vulva con el objetivo de prevenir las consecuencias de este tipo de confusiones. Lerner pone el ejemplo de un texto de educación sexual de los setenta en que, si bien los genitales masculinos se describen detalladamente, se omite cualquier referencia a los labios o al clítoris, mencionándose solamente «apertura vaginal, vello púbico, ovarios y útero». Los genitales quedan reducidos a las partes involucradas en la reproducción y el agujero en que el hombre envaina su espada.
La palabra vulva (“envoltura”), del latín volvere, no está teniendo demasiado éxito a pesar de ser mi favorita particular, junto a la más imprecisa “coño”. Muchos consideran “vulva” un término médico o técnico, cuando no lo es más que pene o testículo; otros se limitan a hacer chistes diciendo que vulva suena a marca de coches sueca. Sin embargo vulva es una palabra preciosa: su V repetida remite al triángulo genital, al vello púbico y a V de Vendetta. Bueno, esto último quizás no. Pero en cualquier caso es mejor que las alternativas…
Y es que muchos nombres para el genital femenino van asociados a la vergüenza o la ocultación, ya desde el sinus pudoris (cueva de la vergüenza) o el inhonesta usados por Isidoro de Sevilla. En alemán los labios mayores y menores son Schamlippen, literalmente “labios de la vergüenza”, y el triángulo público es el Schamdreieck, “triángulo de la vergüenza”.
Eso cuando se utiliza un nombre cualquiera y no se ocultan los genitales femeninos como “las partes” o el “allí abajo” que recuerda Gloria Steinem: «‘Allí abajo’, esas eran las palabras —pronunciadas raras veces y en voz baja— con que las mujeres de mi familia llamaban a los órganos sexuales femeninos, tanto internos como externos».
Ante estas alternativas, en este artículo reivindicaré tres palabras: “vulva”, “coño” y “yoni”, nombre sánscrito que, como veremos más adelante, tiene implicaciones tántricas y religiosas.
En la Yoniversity puede encontrarse un recopilatorio de nombres de la rosa en varios idiomas. Es un mito que los esquimales utilicen cien palabras para designar a la nieve (son más bien diez o doce), pero sí existen 27 nombres árabes llenos de matices para los genitales femeninos.
En el manual erótico del siglo XVI The Perfumed Garden se recogen desde el genérico el feurdj (“abertura, valle”) hasta los muy específicos el deukakk (“aplastador”) para referirse al yoni capaz de apretar y comprimir el pene durante el coito, el harr (“cálido”) para el que emite un intenso calor propio, o el hacene (“hermosa”) para la vulva de una simetría y belleza tales que hace imposible dejar de mirarla fijamente.
Lo que nos lleva a una pregunta desasosegante: si mirar fijamente el Sol puede dejarte ciego… ¿puede resultar peligroso mirar directamente un coño?
- 3. En las fauces de la vagina dentata
“¿Tan misterioso es esto? ¡Es mi vagina, no la esfinge!” Miranda, en Sexo en Nueva York

Freud hablaba del miedo a la castración que experimentan los niños al darse cuenta por primera vez que las niñas no tienen pene: confieso que no he visto una mejor demostración de ese pánico primordial que en esta escena de Dragon Ball en que Son Goku descubre la vulva de Bulma.
En cualquier caso, no hace falta mucho psicoanálisis para deducir que muchos hombres sienten miedo por lo intrínsecamente femenino. En lo simbólico los atributos masculinos se asocian traidicionalmente a obeliscos apolíneos y a la razón, mientras que los femeninos han sido vistos como propios de la oscuridad irracional, el miedo o el asco. En palabras de la investigadora feminista Toril Moi: «El falo es entendido a menudo como una forma completa, homogénea y sencilla, en contraste con el caos aterrador del genital femenino».
La materialización más evidente del miedo a la castración es la imagen de la vagina como grieta peligrosa y sangrienta armada de dientes afilados: la vagina dentata. Este símbolo aparece en cuentos y leyendas de todo el mundo como una clara advertencia: el sexo de la mujer es peligroso y puede castrar al varón o inutilizarlo. Un mito antiquísimo vigente hoy en día en películas como la reciente Teeth, con un giro irónico-terrorífico que convierte la dentata en arma de autodefensa.
A veces no es necesario ni siquiera penetrar esa vagina letal, basta con mirarla. En una leyenda árabe recordada por Catherine Blackledge en Story of V, el sultán de Damasco pierde la vista al observar una vagina dentata que le arranca los ojos (!) de un mordisco. Al personaje popular de Peeping Tom se le caen literalmente los ojos al suelo tras espiar a la desnuda Lady Godiva. Todos los espectadores que vieron la desnudez de la santa Epistene durante su martirio perdieron la vista…
En varios cuentos africanos el final feliz llega cuando el héroe usa palos o lanzas (instrumentos fálicos, en definitiva) para arrancar los dientes de la vulva mordedora, en una metáfora evidente de la ruptura de la voluntad de la mujer y su transformación en criatura inofensiva y apta para el matrimonio.
De forma menos literal pero con el mismo trasfondo, en La fierecilla domada de Shakespeare Petruchio le arranca a Catalina los dientes de su intelecto y su sarcasmo, domesticándola hasta convertirla en una cuasilobotomizada criatura que acaba recomendando a las mujeres que “pongan sus manos, como señal de obediencia, a los pies de sus maridos”.
Otras visiones de la dentata sitúan su origen en el hecho de que tras eyacular el hombre queda exhausto, exprimido, “devorado” por la mujer vista como una vampira de energía vital. Dice Camille Paglia en Sexual Personae (polémico libro que merecería un artículo para él solo): “la vagina dentada no es una alucinación sexista: cada pene es disminuido por cada vagina, del mismo modo en que la humanidad, varón y hembra, es devorada por la Madre Naturaleza”.
Paglia ejemplifica esta identificación natural con un fragmento de A contrapelo, de Huysmans, en que «un hombre es atraído magnéticamente hacia los muslos abiertos de la madre naturaleza, hacia las ensangrentadas profundidades de una flor carnívora de hojas afiladas como sables».
Es curioso este pánico primordial masculino hacia los dientes simbólicos de la vagina… y que sin embargo esté tan extendido (afortunadamente) el gusto por la felación realizada por una boca repleta de dientes auténticos. Pero la simbología de la fellatio (que la hay, y mucha) queda para otro artículo futuro, si no me devora antes alguna dentata o me echan de Jot Down por pervertido.
- 4. La adoración del yoni

“Su parte inferior es el altar sacrificial,
su vello la hierba sagrada,
su piel el origen del soma.
Los labios de su yoni son el fuego central.
Muchos mortales atraviesan el mundo sin virtudes,
especialmente los que practican la unión sexual sin saber esto.“
Brihad Aranyika Upanishad, VI
En contraste con el pánico de la dentata, los genitales femeninos han sido vistos también como lugares sagrados y curativos.
Existen mitos y leyendas en varias tradiciones en los que la exhibición de la vulva en un momento crítico ha ahuyentado a los demonios, resucitado a los muertos o incluso salvado al mundo.
En el artículo Strip/Tease del especial aniversario de Jot Down hablé del mito de Baubo, la diosa que salvó a Deméter de la desesperación contándole chistes obscenos, riendo y mostrándole su vulva sanadora.
Inanna, la diosa sumeria del amor y la guerra, estaba muy orgullosa de sus genitales.
En los Himnos a Inanna podemos leer: “la diosa lanzó gritos de júbilo por su vulva, tan hermosa de contemplar, y se felicitó a sí misma por su belleza”.
Inanna también aportó su granito de arena al debate sobre el nombre de la rosa al declamar: “Mi vulva, el cuerno, la Barca Celestial llena de deseo como la joven luna”.
El poder apotropaico (es decir, protector) del coño se manifiesta en las Sheela-na-gigs, esculturas de mujeres con una sonrisa maníaca en la cara y las manos abriendo de par en par los labios de la vulva. Se encuentran en iglesias románicas y castillos, especialmente en Irlanda, y su situación estratégica frente a puertas y ventanas sugiere que protegen contra el mal y la muerte.
El culto religioso a la vulva (o, hablando con propiedad, al yoni) se encuentra extendido en muchas sectas hindús, en general en relación con el masculino lingam. El yoni de la Gran Diosa Kali manifiesta el poder generador de la naturaleza.
En palabras de Ajit Mookerjee, director del Museo de Arte de Nueva Delhi, en Kali, the feminine force: “El yoni es alabado como un lugar sagrado, un punto de transferencia de fuerzas sutiles, la puerta de entrada a los misterios cósmicos.
En las esculturas, la diosa es representada yaciendo sobre su espalda, las piernas abiertas para el culto, o con los pies muy separados mientras su adorador bebe bajo el arco de sus piernas el yoni-tattva, la esencia sagrada. (…) En el yoni-puja o ritual de la vulva, la vulva de una mujer viviente o su representación en piedra, madera, pintura o metal son adorados como símbolo de la diosa».
Merece la pena detenerse en este ritual del yoni-puja y comprender que es un rito religioso, desprovisto de contenido directamente sexual, a pesar de que una de las formas de celebrarlo es bebiendo cinco líquidos derramados en la vulva de una sacerdotisa. Sobre el yoni de la mujer se vierten consecutivamente agua, yogur, miel, leche y aceite, que son recogidos con un cuenco situado entre sus muslos.
El contacto íntimo con la vulva purifica estas sustancias, que representan los cinco elementos de la cosmología hindú, antes de ser consumidas por los asistentes al ritual.
El Ambubachi Mela es un festival realizado en Assam en honor de la menstruación anual de la diosa tántrica Kamakhya, un aspecto de Kali. Durante las celebraciones se depositan ofrendas a la diosa frente a una abertura vulvar abierta en la roca de la que mana un riachuelo subterráneo.
Los peregrinos tocan esta agua sagrada de yoni y beben de ella… En esta misma familia de rituales se engloba el segundo nacimiento, un ritual similar al bautismo en que los creyentes pasan a través de un gigantesco yoni de madera o piedra, tras lo que se consideran renacidos a un nuevo mundo espiritual.
Parece que al fin estamos en el buen camino: la vulva como señal sagrada, pliegue cálido y acogedor del cosmos, puerta entre estados de conciencia… Ya podemos declamar que la vulva es bella.
- 5. La vulva es bella
“Eduquemos a una generación sin chistes de babosas y pescados, con respeto por los ciclos mensuales femeninos en lugar de asco, vergüenza y dogmas religiosos. Regalémonos más imaginería genital femenina en mitos, arte, joyería, libros…” Kirsten Aderberg

Todo el arte de la humanidad empezó con el dibujo de un coño. Durante unas excavaciones recientes en la cueva francesa de Abri Castanet se encontraron diseños vulvares grabados en la pared de roca hace 37.000 años: el arte rupestre más antiguo del mundo. Estos grabados, junto a otros similares hallados en las cuevas de Fontainebleau o la aparición de estatuillas de Venus como la de Willendorf o la de Hohle Fels, con la vulva muy acentuada, han sido interpretados como elementos de rituales de fertilidad y adoración de Diosas Madre primitivas.
Para encontrar hoy en día vulvas grabadas en las paredes no tenemos que irnos muy lejos: el escultor británico Jamie McCartney ha sacado recientemente 400 moldes de yeso de otras tantas vulvas, pertenecientes a mujeres de entre 18 a 76 años, y las ha expuesto en diez enormes paneles que forman un muro de nueve metros de largo, bautizado con cierta rechifla como Great Wall of Vagina (en realidad son vulvas y no vaginas, pero la precisión le fastidiaba el chiste).
Esta exposición itinerante se presenta como un muestrario de vulvas, una celebración de su enorme variedad y de su belleza intrínseca. Un proyecto a priori cautivador pero no carente de críticas: la frialdad blanca del yeso no parece combinar con la carnosa suavidad rosada de las vulvas originales.

Entre los grabados paleolíticos y las esculturas de McCartney tenemos unos cuantos siglos de expresiones artísticas de los genitales femeninos que me gustaría al menos mencionar.
Rastrear falos resulta sencillo en el arte occidental, pero no ocurre lo mismo con las representaciones explícitas de vulvas más allá de algún fresco pompeyano o algún estudio anatómico-forense de Leonardo Da Vinci. Un motivo recurrente a partir de la época clásica es la venere pudica (de pudere, “avergonzarse”): la diosa tapándose pechos y vulva con las manos, avergonzada de su desnudez, como en la Afrodita de Praxíteles o El nacimiento de Venus de Botticelli.
Dado que el genital femenino se oculta y escamotea, se redescubren constantemente otros símbolos: copas, triángulos, rosas u otras plantas como las flores genitales de Araki o Georgia O’Keefe, espirales, entradas de cuevas, laberintos (imagino a Borges sobresaltándose), valles… y corazones.
Dice Gloria Steinem: “La forma que llamamos ‘corazón’ —que en su simetría se parece mucho más a la vulva que al órgano asimétrico cuyo nombre lleva— es probablemente un símbolo remanente del genital femenino. Siglos de dominación masculina lo han despojado de su poder y reducido al romanticismo”.
La Goulue, bailarina de cancan que aparece en varios cuadros de Toulouse-Lautrec, llevaba un corazón rojo bordado en su ropa interior, y lo descubría obscena y juguetonamente al levantar las piernas durante el baile. Esta identificación entre corazón y vulva está presente en todo tipo de iconografía moderna.
Para pasar de los símbolos a la representación explícita del coño en la pintura occidental tenemos que desplazarnos a 1866, año en que Gustave Courbet pintó por encargo El Origen del Mundo.
Esta vulva en primer plano y encuadre forzado a la que no se puede asociar un rostro (lo que crea a la vez intriga y sensación de universalidad) lleva más de un siglo dejando un rastro de censuras, escándalos y polémicas, la última tan reciente como octubre de 2011, en Facebook.
Tanto pudor europeo contrasta con el despreocupado arte tradicional japonés, en particular con los shunga o “dibujos de primavera”, grabados abiertamente pornográficos producidos en su mayoría entre los siglos XVII y XIX.
Muchos artistas dibujaron shunga sin que fuera visto como una deshonra o una vergüenza, entre ellos el mismísimo Hokusai con imágenes tan potentes como esta. Tanto el pene como la vulva eran representados de forma explícita, exagerada y anatómicamente clara.

En occidente hubo que esperar a los siglos XIX y XX y a Klimt, Picasso o Schiele (o a fotógrafos como Helmut Newton o Robert Mapplethorpe) para encontrar representaciones más o menos explícitas de genitales femeninos.
Por supuesto, podemos encontrar ejemplos de representaciones vulvares en el arte moderno: del amor lésbico de Suzanne Bellivet a la claridad de Álvaro Pemper o el hiperrealismo de John Currin.
Taschen editó el libro de fotografía definitivo para fanáticos del coño como yo: The big book of pussy, con más de 400 imágenes de vulvas de todas las formas, colores y tamaños. Una de las fotógrafas incluidas en el recopilatorio, Frannie Adams, es autora de obras tan vulvófilas como Pussy Portraits, una serie de fotos de coños retratados junto a las caras de sus dueñas.
En el terreno de la performance y las artes plásticas alternativas una generación de artistas rompió el tabú de la vulva sobre el escenario. Una de estas pioneras fue Shigeo Kubota, que pintó cuadros en 1965 usando sangre menstrual y su vagina como soporte para el pincel.
Diez años más tarde, Carolee Schneemann en Interior Scroll se desnudó sobre el escenario y extrajo de su vagina un larguísimo rollo de papel del que leería uno de sus incendiarios poemas… Una estrategia de poesía genital que seguirían años más tarde, fisting mediante, artistas como Diana Torres, pornoterrorista.
Por su parte, Judy Chicago revolucionaría en los setenta el arte abstracto con sus formas vulvares y su instalación The Dinner Party, homenaje a 39 mujeres importantes de la historia.
Llega un punto en que arte plástico, feminismo, performance y divulgación vulvar se unen de la mano: Annie Sprinkle y su ginecología casera de espéculo y autodescubrimiento, Marina Abramovic y su descacharrante repaso a la sexualidad balcánica, el documental Viva la vulva en que Betty Dodson discute con un grupo de mujeres la apariencia de sus vulvas y cómo estimularlas… Y estaría tentado de añadir a Maude Lebowski y su pintura vaginal aérea si no fuera un personaje de ficción.
Termino el recorrido con un par de recomendaciones para quien quiera leer más: el imprescindible ensayo Vulva, la revelación del sexo invisible de Mithu. M. Sanyal, y el libro Vulva Empowerment: vulvas in History, Art, Mithology and Society, de Kirsten Anderberg.
También es interesante y poético este artículo de Rodrigo Martínez Andrade La vulva como metáfora, afortunado título que me sugiere la palabra vulváfora. Y, en otro estilo, tengo que recomendar Coños, de Juan Manuel de Prada, como mirada masculina y coñona (nunca mejor dicho) al mundo de la vulva. Un libro salvaje y divertidísimo que nunca entenderé cómo ha podido surgir de la misma persona que ahora sostiene que la pornografía va matando el alma.
Y ya que sale el tema de la mirada masculina: soy un hombre que acaba de escribir sobre coños, pero no pretendo ser uno de esos irritantes perdonavidas que, en palabras de Gloria Steinem, «pretenden saber más del cuerpo de las mujeres que las mujeres mismas». Lanzo pues al aire dos peticiones a las mujeres lectoras de este artículo: complementad la información parcial que aquí aparece y, sobre todo, animaos a escribir, en justa reciprocidad, un artículo sobre penes, varitas mágicas, bastos, pollas, obeliscos, herramientas, falos…
nuestras charlas nocturnas.
Los secretos de la mujer que enseña a fingir orgasmos y «tener sexo» a los actores en Hollywood
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Infobae/Vogue(P.Abad) — ¿Dónde estarán colocados los actores? ¿Qué áreas de sus cuerpos estarán tocando? ¿Cuánto durará el beso? ¿Cuántos besos habrá? ¿Cuánto durará el orgasmo y cómo será? . El ritmo de cada gemido de una escena sexual en el cine es coreografiado con precisión. Ese es el trabajo de Ita O’Brien. Y es que no es sencillo para un actor fingir un clímax frente a todo un equipo de filmación y con una compañera/o que, tal vez, conoció pocas horas antes. Por eso es tan necesario el trabajo de la coreógrafa de escenas de sexo.
La británica es una pionera en el poco conocido oficio de coordinadora de intimidad, que se centra en planificar la coreografía con exactitud de una escena sexual, incluyendo la desnudez de cualquier, una masturbación, o una relación de pareja en una cama. Enseña a los actores a sentirse cómodos y a ejecutar -de forma realista- estos momentos tan íntimos.
No existe un código de práctica formal en la industria para trabajar sexo simulado.«Esto puede hacer que los actores se sientan incómodos, abusados e incluso un poco violados», explicó O’Brien en una reciente entrevista con el sitio Bustle.
“Las pautas de intimidad para el espacio de trabajo que yo misma había desarrollado pasaron de no ser valoradas (por parecer innecesarias) a permitirme viajar por todo el mundo, en producciones reales, dando respuesta a cómo se debería trabajar con actores al crear contenido íntimo”.
A Ita O’Brien, acaso la coordinadora de intimidad y directora de movimiento más demandada de la ficción internacional, le cambió la vida la reivindicación hollywoodiense del #metoo, surgida tras la detención del productor cinematográfico Harvey Weinstein en 2017. “La industria entendió que la herida resultante de este tipo de comportamientos depredadores debía ser reconocida”, reflexiona la británica.
Supieron que un escándalo así no se podía volver a repetir y, para ello, encontraron especialmente útil su proyecto Intimacy On Set Guidelines, una suerte de hoja de ruta a la hora de abordar desnudos, escenas de sexo o intimidad en los rodajes que O’Brien llevaba elaborando desde 2014 gracias a su trabajo/investigación con escuelas de teatro británicas.
“Hasta aquel momento, en las producciones existía un coreógrafo para los bailes y las peleas, porque es cierto que muchos no sabemos cómo sujetar una espada o pegar un puñetazo de manera segura si no nos enseñan la técnica. Pero con el contenido íntimo siempre había sido diferente: todo el mundo practica sexo, por lo que nunca se había creído que hiciera falta un especialista que explicase cómo hacerlo en la ficción.
Es un baile corporal, como un tango o un vals, y (esto se ha verbalizado ya en muchas ocasiones) al llevarlo a cabo existe riesgo de lesiones”, cuenta la experta. “La herida que resulta de un puñetazo es muy evidente, pero la que surge tras recibir maltrato psicológico, o ser tocados de manera inadecuada, o coaccionados a hacer algo que no queremos hacer es emocional y, por tanto, invisible.
A pesar de que mucha gente había hablado de lo incómodo y difícil que es sentirse acosado o ser víctima de un abuso durante la filmación de una escena íntima, antes de Harvey Weinstein los productores nunca se habían enfrentado a las consecuencias de ese dolor”.
La labor de O’Brien ─que trabajó en la nueva serie de HBO, Gentleman Jack─ se ha vuelto crucial, especialmente ahora, que el movimiento #MeToo y el feminismo han cobrado tanta relevancia. Sacudidos por las denuncias de acoso y violación de hombres de poder, los estudios de cine y cadenas TV reclutan cada vez más consejeros para filmar escenas íntimas y al mismo tiempo prevenir cualquier tipo de abusos en los set.
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Las enseñanzas de la directora de movimientos e intimidad ayudan a que los participantes de la escena erótica se sientan cómodos, seguros de sus movimientos, y que exista el consentimiento de ambas partes en todo lo que sucede ante cámaras.
Cuando O’Brien fue contratada para ser parte del equipo de Sex Education, una serie que explora la sexualidad adolescente de una forma muy diferente y sin tabúes, dirigió un taller para todo el equipo. Parte de ese trabajo involucró a los actores observando e imitando los rituales de apareamiento de diferentes animales.
«Estás invitando al actor a probar diferentes ritmos, para que puedan tener diferentes expresiones físicas fuera de sus propios hábitos», explicó O’Brien. De esa manera, O’Brien dice que el actor puede aprender a distinguir su propia presencia física de la de su personaje, que es crucial cuando se trata de realizar escenas íntimas. Sencillamente quiere brindar a los actores herramientas que permitan que las escenas ficticias que realizan sigan siendo eso: ficción. Incluso cuando se trate del placer sexual. «Significa que puedan mantener su expresión real (al momento del sexo) de forma privada e íntima».
Cuando ella está en el set, ayuda a los actores a establecer cada punto de la escena, y cómo se desarrollará. Busca mejores prácticas que rodean las escenas íntimas en busca de mayor realismo y respeto de los límites del otro. Además se recurre a una amplia gama de accesorios para restarle intimidad a las escenas de sexo sin que sea perceptible para el espectador, por ejemplo pantalones rellenos de lana que no captan las cámaras pero que crean una barrera física entre los protagonistas de una escena de sexo simulada.
Esos recursos no evitan que algún actor pueda tener una erección durante la filmación. En ese caso, O’Brien tiene en claro cómo se debe accionar: «Es una reacción natural pero no adecuada si estás trabajando» ¿Qué recomienda? Si ocurre, el actor debe tener la libertad para poder parar la acción, tomarse un descanso y volver más tarde.
O’Brien trabajó a la par con el director Ben Taylor de Sex Education y le sugirió combinar ciertos artilugios con ángulos de cámara específicos para que los jóvenes actores de la serie pudieran sentirse cómodos. Cuando una de las actrices tuvo su periodo justo antes de un desnudo frontal, por ejemplo, O’Brien estaba allí para ayudarla.
Emma Mackey reveló que el director tenía un temporizador y les decía qué hacer durante cuánto tiempo, mientras que Aimee-Lou Wood detalló que solían ensayar las escenas mientras usaban ropa, antes de grabar la escena completamente desnudos. De esa manera, sabían exactamente qué hacer antes de que el director dijera «acción».
O’Brien, que tiene experiencia en musicales para teatro y en enseñanza de danza, trabajó recientemente con la actriz británica Suranne Jones, protagonista de Gentleman Jack.
La serie de HBO y BBC One trata sobre una terrateniente, Anne Lister, que sin duda adelantada a su tiempo, que se encargó de los negocios familiares, se enfrentó sin miedo a sus rivales empresariales, viajó sola por Europa y vivió una vida que en aquella época solo estaba destinada a los varones. Su historia es también una de amor. Como lesbiana a mediados del siglo XIX, Lister tuvo que vivir esa parte de su vida a puertas cerradas.
En una entrevista con Oprah Winfrey, Jones destacó la importancia de los consejos de O’Brien para afrontar las escenas más íntimas que tuvo que interpretar. «A mi personaje no le gusta que la penetren, siente que la están feminizando si la tocan el pecho…, Ita me ayudó a hacer mucha investigación sobre cómo afrontarlo«, explicó la actriz.
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A la luz de las denuncias surgidas con el movimiento #MeToo, se han conocido muchos casos de acoso y abusos en rodajes, pero el más escalofriante sigue siendo el de Maria Schneider. La historia de cómo el director Bernardo Bertolucci y el actor Marlon Brando conspiraron para filmar la escena de la violación El último Tango en París (1972) sin el conocimiento previo de la actriz es un ejemplo claro de un proceso creativo abusivo.
Tenía 19 años cuando grabó la tristemente célebre «escena de la mantequilla» en la que tanto el cineasta como su compañero abusaron de ella ante las cámaras. No le dijeron cómo iba a ser la escena para ver «su reacción como chica, no como actriz».
«Me sentí humillada y, para ser honesta, me sentí un poco violada, tanto por Marlon como por Bertolucci«, dijo Schneider años más tarde. Como consecuencia, sufrió una profunda depresión que la llevó a retirarse del cine hasta su muerte en 2011, mientras que Bertolucci afirmó, años más tarde, que no se arrepentía de nada.
Esto fue hace más de 30 años. Hoy, ya no sería aceptable. Es por eso que los estudios de cine y cadenas de televisión reclutan cada vez más consejeros para filmar escenas íntimas.
El año pasado, Nicole Kidman reveló que las escenas de sexo gráficas y violentas con Alexander Skarsgard, quien interpretó a su esposo abusivo en el drama televisiva Big Little Lies, no fueron ensayadas con el director Jean-Marc Vallée.»Me sentí muy expuesta y profundamente humillada a veces. Simplemente no me levantaba entre tomas (…)».
A O’Brien estos comentarios la sorprendieron y llamó a establecer parámetros y, si es necesario, una planificación de horas para unos pocos segundos en pantalla. «Aunque respeto el método de elección de todos, reconozco que este [incidente con Kidman] no tiene un lugar en la estructura donde el actor esté personalmente seguro».
En ocasiones, señala la experta, los directores sienten vergüenza de hablar con los actores sobre este tipo de escenas tan íntimas. «Por eso, en lugar de trabajarlas con ellos antes, les dicen que las resuelvas solos. Es una actitud completamente equivocada«. Al realizar escenas sexuales, «cuando no hay transparencia, cuando todos no están de acuerdo con lo que está pasando, es cuando los actores quedan vulnerables».
Pionera y referente en esta novísima profesión, O’Brien vaticina un próspero futuro para el rol de los coordinadores de intimidad y bienestar en las producciones audiovisuales, y reclama la diversidad (“Hasta el momento, lo hemos puesto en práctica mujeres, pero es necesario que haya gente de todos los géneros y etnias”.) como valor fundamental.
Ahora bien, no es fácil estar preparado para tomar las riendas de una escena de sexo: “Mucha gente se pone en contacto conmigo diciendo que trabajan en vestuario, por ejemplo, que lidian con actores, con sexo, y que por ello serían buenos coordinadores de intimidad.
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Pero, ¿saben como deconstruir un guion para así entender la visión del director y orientar a los actores en las escenas? ¿Saben cómo considerar cuáles son las intenciones y los obstáculos de cada personaje? ¿Cuál va a ser el aspecto de su cuerpo, las transformaciones físicas que sufra? ¿Cómo el actor se convierte en el personaje, y cómo este va a contar su historia? ¿Conocen el movimiento del cuerpo, la coreografía y la psicología de los gestos?
¿Son capaces de defender su opinión sin herir a productores, directores y actores? ¿Entienden qué hechos pueden ser traumáticos o despertar malas emociones? ¿Se dan cuenta de si a alguien le resulta molesta una forma de tocar? No somos psicólogos, pero es nuestra labor reconocer cuando algo desencadena una respuesta negativa y prevenirlo”.
nuestras charlas nocturnas.
Un instante …

JotDown(G.Cervera) — Todo pasa en un instante, en ese momento en el que la vida se va y, como en una película a cámara rápida, pasan nuestras experiencias, nuestros mejores y peores momentos, todo… o eso cuenta gente que ha estado cerca de ese instante.
Ese mismo segundo, ese peculiar pedazo de tiempo es el mismo que mi amiga Silvia relata cuando habla de su primer orgasmo, “un latigazo entre el culo y el coño”, a los 42, después de follarse a un guapo rumano albañil en un local de intercambio de parejas de Madrid.
Me encontraba dando vueltas de la mano de mi compañera —que fue la que tuvo la brillante idea de visitar ese lugar—, como un loco, en ese círculo “vicioso”, observando todo lo que pasaba, de una escena a otra, y otra, cada cual más dispar y a veces sin sentido, y me preguntaba si lo que estaba viendo era real o una alucinación.
Era mi primera vez en este tipo de locales, estaba trastornado, como si estuviese borracho de excitación; sexo y más sexo, lujuria, deseo, fantasía, placer, cabreos, rechazos, celos, impaciencia, olores, gritos, frustraciones… y más deseo y más de todo.
Mujeres chupando sin parar miembros, hombres haciendo lo mismo al sexo opuesto, penetraciones llenas de lujuria, penetraciones sin deseo, penetraciones múltiples, hombres viendo cómo se follaban locamente a su AMADA, amadas que buscaban caricias en otros hombres o simplemente sentirse deseadas o cuidadas, hombres que buscan allí lo que no se atreven a pedirle a su pareja o lo que, simplemente, se niegan el uno al otro —la intimidad a veces es cruel y sentenciosa—, parejas disfrutando plenamente y otras queriéndose o simplemente queriéndose ir corriendo.
Poco a poco empecé a fantasear realmente con esa idea, con la idea de buscar ese instante o con el hecho de descubrir que hay otros lugares en los que todos somos iguales y no solo ese momento en el que todo se va y nos pone en el mismo estadio, allí, en este lugar que tanto miedo da a unos y otros evitan, juzgan y destruyen.
Ahí no existe clase social, no existe edad ni nada que nos distinga, sino todo lo contrario, nos une y nos junta en el fin, en el deseo, en la atracción inexplicable de la química y, por supuesto, del placer.

Con esto comenzó y siguió mi singladura entre uno y otro de estos lugares, desde un pequeño antro en Pontevedra en el que una puta colombiana, entrada en carnes y ataviada con ropas de tigresa, cantaba una canción, micro en mano, detrás de la barra, para luego intentar amenizar el local con sus curvas, ofreciéndose a las parejas a modo de peluche.
Al otro lado del mundo occidental, un gran antro en Brooklyn, Nueva York, en el que, con paredes rojas y almohadillado alrededor, no sé para qué, casi vacío, pantallas gigantes con porno repetitivo e insulso, un judío ortodoxo radical de los de tirabuzones con sombrero calado se escondía en una esquina, mirándonos a mí y a mi acompañante, acercándose sigiloso, para preguntarnos con mucha simpatía si era nuestra primera vez allí, mientras miraba como poseído a la que iba conmigo.
Las escenas surrealistas que uno encuentra en estos lugares superan la fantasía, cosas que nunca me hubiese imaginado ni en el mas calenturiento de mis sueños.
Recuerdo escenas que se me escapaban a la cámara. Una vez, mientras observaba para hacer una foto en una de las salas oscuras, donde la gente entra a tocarse intuyendo solo las siluetas, guiándose de una manera muy animal, por el olor y el tacto, donde la gente se toca, se besa e incluso se folla de pie, entró una pareja de unos 40 y muchos, guapos y altos los dos, se colocaron justo a mi lado y se empezaron a besar con pasión.
Al cabo de un rato, él sacó unas esposas, giró a su lo que fuese y la esposó a unos barrotes que había en la pared. Una vez esposada, le colocó un antifaz para que no viese ni lo poco que se podía, y así la brindó a los machos que por allí estaban para que, uno tras otro, fueran haciendo con ella lo que se les antojase.
Recuerdo también a un hombre de unos 50 y muchos, con un antifaz de leopardo, al que paseaban a lo largo del lugar, cadena en mano y collar negro, dos travestis mulatos de figura esbelta y genitales al aire. Al cabo de un rato, se plantaron en uno de los asientos y con un látigo uno de ellos le sacudía, mientras el hombre hacía una felación a uno de los travestis.
Pero de la misma manera, el deseo se encuentra en una esquina con una pareja de unos 25 y cara de nunca haber roto un plato, tocándose, besándose y haciendo el amor como si estuviesen en su casa.
Dónde empieza la fantasía en estos lugares es algo muy personal y dispar, desde el simple hecho de observar o que te observen al de intercambiar, prestar o intervenir en una gran orgía. Todas las posibilidades se dan y se entremezclan, desde el respeto a la falta total de pudor, casi todo vale; allí somos los que allí estamos, desde el que está juzgando en silencio hasta el que está disfrutando plenamente y, una vez más, desaparecen las barreras que, puerta afuera, nos vuelven a recordar en qué lado de la sociedad o del mundo consideramos que estamos.

–Yo vengo porque me siento bien, es el único lugar del mundo en el que he encontrado lo que buscaba —decía una rubia de unos 40 años, con cara de azafata morbosa, mientras su novio estaba en el cuarto oscuro con otra y ella acababa de follar con su pareja.
–Vengo porque me siento sola —comentaba una ecuatoriana guapa y sexy, de 28, en la barra, tomándose un Martini y flirteando conmigo.
–No me siento deseada por mi pareja —decía una rumana teñida, de unos treinta y tantos, a una amiga en la barra de un local de Madrid.
–Siempre fue mi fantasía, y la realidad la superó —me comentó, una tarde, un catalán medio pijo con una novia rusa cuando le dije que había ido a un lugar de intercambio y confesó que él también.
–Aquí he tenido mi primer orgasmo —me decía, hace poco, mi amiga de 43, madrileña y guapa, a la que siempre le gustó divertirse, cuando me la encontré allí sola.
–Vengo para acompañar a mi novio, a él le gusta —decía una barcelonesa morena, madre de dos niños, que olía a tabaco y con la que tuve una historia muy corta.
–Me gusta que otros hombres se follen a mi mujer y mirarla cómo disfruta —reconocía un niño bien madrileño con pintilla de aventurero, después de preguntarme si me gustaba su novia.
–Para salir de la monotonía del matrimonio —comentaba una pareja guapa madura a otra después de haber hecho de todo en un reservado del local.
–Me gusta mirar —yo—. A mí siempre me gustó mirar, por eso creo que soy fotógrafo.
Unos los consideran antros, otros templos y yo creo que son, ni más ni menos, lo que cada uno quiere que sean.

Como la vida misma. Sería fácil entrar a juzgar e incluso desvalorar y satirizar, pero ¿por qué no somos los humanos un poco más coherentes con nuestra esencia de personaje venido a menos? Hieronymus Bosch (El Bosco), en El jardín de las delicias, ya hace 500 años, representaba lo que él veía de su sociedad, a modo de observador, autorretratándose debajo de una bandeja en la que paseaban personajes satíricos desnudos mientras observaba, con una expresión de entre sorpresa y sarcasmo, la locura de la lujuria entre el cielo y el infierno.
Al final de toda esa película, de esa sucesión de imágenes en cámara rápida, desde que nos caímos del árbol a la que nos subimos a la cama de la vida, en ese momento, ese instante del que, más de una vez he visto el reflejo en ojos ajenos, me ha venido una sensación de vértigo, de excitación, de algo que no controlas, y justo ahí, como en una décima de segundo, en ese lugar, no queda nada, silencio y nada más; quizá miedo, quizá paz, quizá nada.
Un latigazo… quizá.
nuestras charlas nocturnas.
Cómo son las relaciones sexuales a los 50, 60 y 70 años …

AARP(E.Uzelac) — El sexo, y las respuestas sexuales, cambian con la edad de las personas que pasan por sus 50, 60, 70 años o más. Lo cual no significa que las relaciones íntimas empeoren. Para algunos, se pone aún mejor.
“El sexo no tiene fecha de caducidad”, dice Joan Price, educadora sexual del norte de California, que ha escrito cinco libros sobre sexo para adultos mayores. “La idea es ampliar la idea de lo que es el buen sexo. Conozco a muchos adultos mayores que dicen que mantienen las mejores relaciones sexuales en su vida porque no tienen una definición estricta de lo que es el sexo. Hay muchas opciones para escoger.»
Las relaciones sexuales en la vejez pueden convertirse en algo complicado debido a problemas relacionados con la edad como la sequedad vaginal, los problemas de erección y la libido baja. También hay que tomar en cuenta las condiciones médicas como artritis, dolor de espalda y dolor en las articulaciones.
Pero los profesionales especializados en relaciones sexuales dicen que para casi todos los problemas hay una solución, y que una vida sexual satisfactoria puede durar toda la vida.
– El sexo después de los 50 años: una década crítica
Los problemas sexuales, como el coito doloroso y las dificultades con la erección, empiezan a aparecer a los 50 años, y si no se abordan y no se tratan pueden alterar el curso de tu vida sexual. «El sexo no se acaba cuando surgen las complicaciones», dice Joan Price, educadora sexual del norte de California.
«Este es el momento de empezar a hablar franca y abiertamente con tu pareja sobre tus necesidades sexuales y los cambios que estás experimentando», añade. «Si no, las cosas pueden complicarse, y los problemas de la relación pueden enturbiarse en silencio».
A los 50 años, la mayoría de los hombres siguen sintiéndose vigorosos, aunque pueden notar que su erección no es tan firme como antes y que la testosterona, una hormona fundamental, está disminuyendo.
Pero esta edad puede ser muy difícil para las mujeres que, en promedio, entran a la menopausia a los 51 años. La sequedad vaginal y la baja libido generalmente se convierten en problemas, lo que Price denomina «discrepancia en el deseo» de la pareja, que puede poner en peligro la intimidad sexual.
Casi el 90% de las mujeres posmenopáusicas experimentarán algún dolor al mantener relaciones sexuales con penetración, afirma la Dra. Marilyn Jerome, ginecóloga de Foxhall OB/GYN Associates de Washington D.C. ¿El motivo? La atrofia o sequedad vaginal, que es una dolencia tratable. Un estudio publicado en Menopause en el 2019 mostró que casi el 71% de las mujeres de 40 a 55 años que aún no habían entrado en la menopausia experimentaban atrofia vaginal y un marcado descenso de la actividad sexual.
Jerome les recomienda a las mujeres mayores de 50 años que empiecen a utilizar lubricantes de venta libre cuando tengan relaciones sexuales; la crema de estrógeno vaginal que ella receta puede rellenar las paredes vaginales. Jerome dice que las mujeres que se preocupan por el cáncer de mama no deberían rechazar el estrógeno vaginal. Las únicas pacientes a las que no se lo receta son las mujeres que reciben tratamiento por cáncer de mama y que toman inhibidores de la aromatasa.
Si entra en juego la falta de deseo, como ocurre frecuentemente a partir de los 50 años, Price sugiere practicar la excitación «receptiva», impulsada por el contacto físico en lugar de depender del deseo hormonal espontáneo.
«Si te permites disfrutar del placer de excitarte físicamente poco a poco cuando te tocan o mediante otro tipo de estimulación, el deseo seguirá. Y esto es algo que puedes tener toda la vida», agrega.

– El sexo después de los 60 años: acepta el reto
Si no se habla sobre ellos y no se atienden, los problemas sexuales que surgen de forma natural con la edad pueden arruinar la vida amorosa. Tal como lo expresa la ginecóloga de California, Lisa Webb: «Si has dejado de hablar de sexo después de los 60, es probable que ya no lo tengas».
Webb invita a las parejas a que sean «deliberadas» con respecto al sexo: «¿Qué necesitas? ¿Qué necesita tu pareja? La mecánica no importa realmente mientras te sientas satisfecho. El sexo y la intimidad pueden seguir siendo intensos y gratificantes». Este es el panorama sexual en esta década transformadora.
Después de los 60 años, muchos hombres se enfrentan a problemas de erección, lo que puede hacer que no muestren afecto. «No quieren empezar lo que no pueden terminar», dice el Dr. Abraham Morgentaler, urólogo y autor de The Truth About Men and Sex: Intimate Secrets from the Doctor’s Office.
Una solución frecuente: Viagra y sus competidoras, que Morgentaler califica de «las pastillas más estudiadas del planeta». Los medicamentos también pueden inyectarse directamente en el pene antes de las relaciones sexuales. «Suena horrible, pero es realmente fácil», añade Morgentaler.
Las erecciones normalmente duran entre veinte minutos y dos horas. Otras opciones son los dispositivos de vacío, los procedimientos quirúrgicos y los nuevos tratamientos con energía de ondas sónicas y un inyectable de plasma rico en plaquetas.
La deficiencia de testosterona puede reducir la libido de los hombres a partir de los 60 años. La buena noticia es que en el 2019, la FDA aprobó la primera de las tres formas orales de testosterona. Hasta entonces, el tratamiento consistía normalmente en inyecciones o cremas tópicas.
Según la Dra. Marilyn Jerome, ginecóloga de Foxhall OB/GYN Associates de Washington D.C., casi el 90% de las mujeres posmenopáusicas experimentarán algún dolor al tener relaciones sexuales. ¿El motivo? La atrofia o sequedad vaginal, que es un trastorno tratable. Jerome anima a las mujeres a utilizar lubricantes de venta libre; la crema vaginal de estrógenos, que puede rellenar las paredes vaginales, es la que ella receta. También puedes hablar con tu médico sobre los suplementos de estrógeno vaginal.
Si te falta el deseo, como puede ocurrir después de los 60 años, la educadora sexual californiana Joan Price sugiere practicar la excitación «receptiva» en lugar de confiar en el deseo «espontáneo» provocado por las hormonas.
«Si te permites disfrutar del placer de excitarte poco a poco haciéndote tocar como te gusta o utilizando otro tipo de estimulación, el deseo seguirá. Y esto es algo que puedes tener toda la vida», dice Price.

– El sexo después de los 70 años: un panorama cambiante
Muchas parejas mayores de 70 años encontrarán formas satisfactorias de tener relaciones sexuales que difieren de las que disfrutaban cuando eran más jóvenes.
«Si le preguntas a alguien de 70 años qué entiende por tener relaciones sexuales, a menudo dará ejemplos de sexo que no implican el coito», dice la educadora sexual del norte de California, Joan Price, de 79 años, que ha escrito cinco libros sobre el sexo entre los adultos mayores. «Elimina del sexo la meta del coito y verás que hay muchísimas formas de dar y recibir placer».
Más de dos tercios de los hombres de 70 años tienen dificultades con la erección, pero eso no significa que no puedan sentir orgasmos, afirma el Dr. Abraham Morgentaler, urólogo y autor de The Truth About Men and Sex. «Quizá las erecciones no sean tan firmes, pero se pueden tener orgasmos sin una erección», afirma. «La mayoría de los hombres no lo saben».
Los problemas de erección pueden hacer que los hombres mayores no muestren afecto. «No quieren empezar lo que no pueden terminar», dice Morgentaler. Algunas de las soluciones para esto son las pastillas, las inyecciones y los suplementos de testosterona con receta médica. «He tenido muchos pacientes mayores de 80 y de 90 años que siguen teniendo relaciones sexuales», dice. «La sexualidad de los hombres y las mujeres debe celebrarse, sin importar la edad».
Según la Marilyn Jerome, ginecóloga de Foxhall-OB/GYN Associates de Washington D.C., casi el 90% de las mujeres posmenopáusicas experimentarán algún dolor al mantener relaciones sexuales con penetración como consecuencia de la atrofia vaginal. Para tratarla, Jerome anima a las mujeres a utilizar lubricantes de venta libre cuando tengan relaciones sexuales. La crema vaginal de estrógenos que rellena las paredes vaginales es su receta de cabecera.
Jerome también les recomienda vibradores habitualmente a sus pacientes. «Está bien tener placer. Está bien que lo hagas tú solo. Puedes ser sexual hasta los 80 o los 90 años. Hay muchas maneras de tener intimidad».
A algunas parejas mayores les cuesta hablar de sexo porque crecieron en un ambiente en el que el tema se consideraba tabú. Pero Price dice que nunca es demasiado tarde para hablar con tu pareja sobre tus necesidades sexuales.
«Procura mantener la conversación para que te sientas cómodo diciendo. ‘Cambiemos de posición, me duelen las rodillas. Probemos algo diferente'», dice. «Las parejas que tienen la mejor vida sexual son las que tienen las mejores conversaciones».
nuestras charlas nocturnas.
Sexo estrambótico aquí y en Pekín …

JotDown(R.J.G./J.Lapidario) — Podríamos suponer que una cultura apartada durante siglos de la moral judeocristiana viviría las perversiones sexuales de manera menos enfermiza que la nuestra. He de señalar que cuando hablo de esto estoy despojando los conceptos de cualquier connotación peyorativa: no hay forma más sana de vivir la sexualidad que arrojándose a la perversión enfermiza y desquiciada, si eso es lo que te pide el cuerpo.
Los caminos del amor son inescrutables y confiamos en que el niño Jesús no nos esté mirando. Ese niño Jesús que tal y como nos lo muestran pudiera uno pensar que padece de cierto voyeurismo, por otro lado. La idea de que determinados entes invisibles y omniscientes nos observen apesadumbrados mientras ponemos en práctica complejos rituales de apareamiento utilizando órganos que supuestamente ellos nos otorgaron despierta cierta inquietud morbosa.
Esa moral judeocristiana que mencionaba juega un papel importante en la sexualidad, digamos alternativa, añadiendo un plus de placer gracias a la liberación que supone actuar sobre el pecado, traspasar los límites de la decencia y convertirnos en verdaderos guarros.
Pero, dejando a un lado los infinitos ejemplos de comunión entre sexo y muerte o sexo y violencia que en todas partes compartimos, ¿por qué en Japón el sexo puede derivar hacia ciertas prácticas tan extremas? ¿A qué responde que en una misma cultura conviva la inocencia mojigata con la perversidad más demencial?
Quizá porque, en una sociedad con una larga tradición erótica socialmente aceptada, los estremecimientos que su identidad nacional sufrió desde el final de la Segunda Guerra Mundial propiciaron que la ficción y la fantasía se convirtieran, más que nunca, en una vía de escape. No lo sé, sería objeto de un profundo estudio del que solo imaginar el volumen y trabajo ganas me dan de tenderme en una fría losa a esperar la muerte.
Así que vamos a centrarnos brevemente en tres ejemplos de perversiones japonesas que por extrañas que pudieran parecernos en cierto modo compartimos:
– El sexo tentacular
Todos tenemos, seguro, un amigo que ha visto hentai. En el porno animado japonés existe todo un subgénero que consiste de manera básica en inocentes colegialas presas de las violentamente cariñosas atenciones de monstruos tentaculados. Una joven deambula por los pasillos del instituto hasta que de la nada surge un horrendo bicho y la somete a una violación múltiple por todos sus orificios con el ímpetu de un marinero turco que llevara seis meses sin ver puerto.
El guión no resulta tan complejo como la coreografía, desde luego. Esta obsesión por los tentáculos responde, por un lado, a las leyes de censura japonesa. En Japón podría decirse que cualquier representación erótica está permitida, salvo mostrar de manera explícita los genitales.
Los creadores esquivan esa barrera de distintas formas: la más evidente, pixelándolos. Esto supone un ahorro, puesto que por el tamaño medio del pene japonés sólo es necesario gastar un volumen de píxels equivalente al del bigote de Mario. Pero muchas veces optan por el método creativo: sustituir los penes por tentáculos.
Nada en sus leyes impide representarlos gráficamente. Así, la natural y cabal a los ojos de Dios cópula con la polla de toda la vida resulta ilegal a la hora de mostrarse, pero imágenes de señoritas estrujadas y penetradas por innumerables tentáculos que descargarán sobre ellas litros de sustancias pringosas pueblan toda una filmografía.
Aunque el pulpo como símbolo sexual no es nada nuevo. Alrededor de 1820 el artista japonés Hokusai realizó un grabado titulado El sueño de la mujer del pescador, que mostraba a un pulpo que succionaba el sexo de una mujer mientras utiliza los tentáculos para introducírselos en la boca, sujetar sus pezones y enroscarlos por sus piernas.
En este dibujo conviven algunas de las más oscuras fantasías femeninas. Y los miedos masculinos: miedo a la incapacidad de cubrir totalmente a la mujer. Miedo a que si amanece y ves que estoy despierta cúbreme otra vez, que diría la Jurado. Pero cubrirte cómo, si no tengo tantas pollas.
El pulpo en occidente también ha sido un símbolo sexual recurrente, ya sea visto con horror como representación del malvado sexo femenino (los traumas de Lovecraft y su espanto hacia los seres húmedos, viscosos y marinos) o con violenta lubricidad por poetas como Lautréamont, o sus “hijos” surrealistas.
Desde esta perspectiva, da que pensar aquella canción de verano que popularizó un anuncio de la ONCE hace unos años. Me pica la medusa, la medusa del amor. Todo encaja. Inquietante.

– El burusera
Así se llama el negocio de compra-venta de bragas usadas por adolescentes en Japón. El comprador suele ser un hombre maduro que contacta mediante Internet con las vendedoras, y el precio varía según estén poco o muy usadas, los restos de flujo que las adornen y el olor que desprendan.
Cuanto más, mayor precio, por supuesto. En torno a esta práctica existe todo un submundo con múltiples variantes: el namasera, que consiste en quitarse las bragas frente al vendedor en un piso clandestino al efecto, con lo que se consigue un bonito nivel de romántica intimidad entre los actores de la transacción; el kagaseya, citas concertadas en locales donde la chica permite al cliente meter la cabeza entre sus piernas para embriagarse con el olor; y hasta se llegó al extremo de las buruseras shop, máquinas expendedoras que expelían cajitas con bragas usadas y una foto de la propietaria.
Evidentemente, estas máquinas fueron prohibidas hace años. La economía no suele tener en cuenta la moral -sólo hay que fijarse en la curiosa relación entre sueldos de empleados y beneficios de las empresas-, pero todo tiene un límite y por lo visto está en la edad de la empresaria, en este caso.
En cualquier caso, nuestro posible escándalo ante este tipo de fetichismo sería hipócrita: si dejamos de lado la transacción monetaria ¿quien de nosotros no siente una querencia por la ropa interior? En esto puedo empatizar perfectamente. Por la ropa interior en sí misma, de hecho.
Cuando la lencería está enfundada en el cuerpo de una mujer pierde parte de su interés y nos limitamos a quitarla cuanto antes y a ser posible con los dientes, para dejarla olvidada criando pelusas en el suelo. Despierta interés cuando está en el expositor de la tienda, y no son pocos quienes acechan disimuladamente en los Women’s Secret olisqueando bragas con la esperanza de que alguien se las haya probado.
Y muy raro es —por no expresarlo de manera que ponga en duda su virilidad— quien no guarde como tesoro más preciado las braguitas de una antigua o actual amante y duerma junto a ellas alguna vez como prueba de amor constante.
Con la precaución, obviamente, de que esas braguitas estén usadas y te hayan sido ofrecidas voluntariamente, pues apropiarse con subterfugios y sin que la propietaria esté avisada entraña riesgos como que arrebates unas quizá demasiado usadas y con la firma de una sustancia que no es la que deseabas.
Cuidado con eso, puede resultar una descubrimiento traumático que rompa el amor, ay, de tanto usarlo. Espero no haber escrito todo esto en voz alta.
– Narices Porcinas
Ignoro el término nipón para esto pero aseguro que existe. Toda una nouvelle vague de porno duro en el que se utiliza esa determinada parafernalia del bondage y la inmovilización más extrema que recuerda a instrumental médico para dilatar y estirar las fosas nasales hasta que parecen las de la cerdita Peggy.
A partir de ahí, podemos imaginar el resto, porque yo todavía no lo he visto. Ni tampoco mi amigo el del hentai. No descartaría que la penetración nasal forme parte del asunto, debido a que la escasa magnitud del pene japonés lo posibilita. Pero la imagen se me hace difícil.
Y en esto confieso que no encuentro equivalentes en el fetichismo occidental más allá de que una eyaculación facial se te vaya de las manos y termine el chorro por mal sitio, un accidente por lo demás sin consecuencias pues, al contrario que los ojos, nunca he visto un conducto nasal irritarse por el semen.
Por desquiciado que parezca, este último fetiche sin reflejo en nuestra sociedad abre una puerta a la esperanza: si tu vida sexual te parece aburrida y piensas que ya lo sabes todo, siempre puedes echarle un ojo a la moda que más fuerte esté pegando en el país del Sol naciente.
– Erotismo tentacular: de Hokusai a Picasso
Llegan la noche y tu éxtasis
Y mi cuerpo profundo
Ese pulpo sin pensamientos
Engulle tu sexo agitado
Durante su nacimiento.
Joyce Mansour. «Déchirures»,1955
1. No se juega con las cosas de comer
El pulpo agita sus tentáculos en el plato, pero el ligeramente desquiciado Oh Dae-Su no duda ni un momento: agarra al resbaladizo animal entre sus dedos y lo engulle a grandes mordiscos corriendo un riesgo cierto de morir asfixiado… Y aún con tentáculos entre los dientes, cae desmayado frente a la joven camarera.
Esta muy comentada escena de la película coreana Old Boy tiene bastantes lecturas ocultas. La práctica de comer pulpos vivos (aunque troceados) es relativamente habitual en Corea del Sur, pero el ansia con que Dae-Su se arroja sobre el pobre animal y lo devora, tras verse enfrentado a una atractiva camarera después de quince años de soledad, puede leerse de forma diferente si tenemos en cuenta la fuerte simbología sexual de los tentáculos en general y de los pulpos en particular.
A los lectores con repelús hacia la viscosidad les podrá sorprender este simbolismo erótico… Para explicar el porqué del atractivo de la sexualidad cefalópoda, tendré que empezar remontándome al Japón de finales del período Edo, allá por los siglos XVIII-XIX.
2. El húmedo sueño de la mujer del pescador
Una hermosa mujer desnuda, con el pelo húmedo y suelto, está acostada entre unas rocas frente al mar. Un enorme y expresivo pulpo estimula su vagina y rodea su cuerpo con varios tentáculos, mientras un pulpito de menor tamaño le acaricia un pezón y roza sus labios.
La mujer tiene los ojos cerrados y una actitud relajada, pero la tensión de los brazos que aferran dos tentáculos prueba que no está inconsciente sino más bien… receptiva.

Esta famosísima estampa erótica, bautizada en principio como Buceadora y pulpo y conocida poéticamente como El sueño de la mujer del pescador, es una de las obras maestras del artista japonés Katsuhisha Hokusai, y forma parte del álbum de estampas eróticas (shunga) llamado Kinoe no komatsu y publicado en 1814.
En realidad Hokusai no fue el primero en imaginar ese tipo de escenas, aunque sí el que mejor las plasmó… Muchas de las abundantes imágenes de la época que incluyen buceadoras y pulpos se pueden interpretar como parodia erótica de una antigua historia popular en Japón durante el período Edo: la leyenda de Taishokan y en particular el episodio de la toma de la joya o Tamatori Monogatari.
En la historia original, una buceadora se sumerge en las profundidades del océano para recuperar una gema de valor incalculable que había sido robada a su hijo por el rey Dragón del Mar. Una vez con la joya en su poder, y mientras volvía a la superficie gracias a una cuerda atada a su cintura, fue perseguida por un ejército de monstruos subacuáticos y atacada por un feroz dragón marino.
En lugar de defenderse y correr el riesgo de perder la joya, la buceadora se abrió el pecho con una daga y escondió la gema en su interior… El dragón la asesinó, pero al encontrarse el cadáver de la valiente pescadora, su hijo pudo recuperar la piedra preciosa.
En su origen el Taishokan era una historia solemne y de tintes religiosos, y el episodio del Tamatori se subrayaba como ejemplo de la abnegación y sacrificio femeninos.
A más de un sacerdote sintoísta le hubiera dado un infarto de saber que no sólo Hokusai sino muchos otros artistas de su época parodiaron la leyenda convirtiendo el dragón marino que perseguía a la pescadora en un pulpo con intenciones bastante más libidinosas… siempre ha sido excitante profanar imágenes religiosas.
Y supongo que la imaginación de los artistas de la época fue estimulada por factores como que tanto la palabra tako (pulpo) como awabi (delicia marina recogida por las pescadoras) fueran sinónimos de “vagina” en el argot de la época.
Por no hablar de que las ama (buceadoras y esposas de pescadores) trabajaban tradicionalmente semidesnudas, hasta el punto de que ciertos nobles, y en cierta memorable ocasión, un emperador, pagaban para verlas en acción, como en el grabado inferior de Yanagawa Shigenobu.

El texto que acompaña a El sueño de la mujer del pescador no deja dudas ni sobre el origen del grabado ni sobre el placer que siente la pescadora. El pulpo grande dice: “Me preguntaba cuándo, cuándo llegaría la hora del rapto, pero ese día ha llegado. Al menos ella ya ha caído en mis redes. Y digan lo que digan, es un coño de lo más rellenito y apetecible. Aún más que una patata. Chupar y chupar hasta saciarse, y luego llevármela al palacio del rey Dragón, y hacerla prisionera”.
La buceadora susurra (elimino las abundantes onomatopeyas de gemidos y resoplidos): “Ah, este pulpo odioso, chupando la piel de la boca interior de mi útero hasta dejarme sin aliento, ¡que me corro! Con su boca prominente provoca mi vagina abierta. (…) ¡A ver! ¿Qué diríais, qué diríais si ocho piernas os abrazaran? Oh, está hinchándose adentro, las secreciones rezuman como agua hirviendo. Siento cosquillas, una tras otra hasta perder la cuenta, límites y barreras desaparecen… Ya estoy… ¡Me corro! ¡Me corro!”.
El pulpo pequeño, mientras tanto, parece más concentrado en su labor: “Cuando mi pariente haya acabado, también yo usaré mi boca prominente para restregársela desde su clítoris hasta su culo hasta hacer que se desmaye, y cuando vuelva en sí, volveré a hacérselo, jeje”.
(Algún biólogo demasiado puntilloso para su propio bien podría precisar que los pulpos no están provistos de carnosos y suaves labios en la boca, sino de una especie de afiladísimo pico poco apropiado para el cunnilingus. También podría hacer notar, eso sí, que el pulpo es el único invertebrado que dispone de tejido eréctil: un pequeñísimo órgano llamado lígula en la punta de uno de sus tentáculos. Sólo nos queda agradecer que Hokusai no estudiase zoología).
No es solamente en los ukiyo-e donde podemos encontrar pulpos y mujeres en actitud más que cariñosa. Ya en el siglo XVII se fabricaban netsuke (pequeñas estatuillas de marfil) que empleaban este motivo: a veces de forma sugerida y en otras ocasiones de manera explícitamente sexual.
Estos netsuke se empleaban a modo de broches de los que colgar monederos o bolsitas de los kimonos tradicionales, carentes por completo de bolsillos, y permitían añadir un toque de libertad y picardía en las decoraciones estrictamente reglamentadas de la vestimenta.
En la actualidad se siguen produciendo muy buenos netsuke, empleando marfil de mamut (ya que los elefantes son especie protegida), plástico o madera. Y en muchos de ellos siguen apareciendo variaciones del pasatiempo erótico preferido de la pescadora de Hokusai: piezas ideales para la colección de cualquier erotómano.
Hasta aquí la historia parece sencilla: una parodia erótica de una leyenda popular que ha quedado grabada en la psique oriental. Pero a partir del momento en que el motivo se extiende velozmente por el resto del mundo, siendo adoptado (como veremos) por artistas de muy diferentes orígenes y estilos, es válido preguntarse: ¿por qué parece tan adecuada esta compenetración sexual entre pulpo y mujer? ¿Qué extrañas teclas pulsa esta imagen en el inconsciente colectivo?
No hace falta ser discípulo de Freud para establecer una analogía entre un tentáculo y un pene, pero el atractivo de la sexualidad cefalópoda va mucho más allá.
Se puede aventurar que responde a una necesidad masculina (entiéndase este párrafo como metáfora de comportamiento sexual, no como estereotipo de género) de acariciar, multi-penetrar, poseer y, sobre todo, abrumar a la pareja sexual sublimando las propias limitaciones fisiológicas, permitiendo celebrar una orgía completa con sólo dos participantes.
Complementariamente, responde a una necesidad femenina de ver estimuladas todas sus zonas erógenas por un amante omnipresente y simultáneo, en un larguísimo orgasmo con un fuerte componente de abandono, sea activo (la pescadora del netsuke que guía al pulpito hacia su vagina) o pasivo (como en el mismo grabado de Hokusai, en que las manos que se aferran a los tentáculos no buscan resistirse sino hallar puntos de apoyo). Sexo húmedo y lascivo, resbaladizo y apasionado, animal y primario.
3. Del sashimi de pulpo al pulpo a feira
El arte japonés fue empezando a introducirse en Occidente a partir de mediados del siglo XIX, influyendo poderosamente a muchos artistas de la época. El artículo fundacional Japonismo, de Phillippe Burty, bautizó a este fenómeno artístico y cultural, que extendió sus (ejem) tentáculos desde París a la mayoría de capitales europeas.
Las influencias niponas se notaron con fuerza en autores como Van Gogh, Gauguin, Tolouse-Lautrec, Manet, Whistler… y Picasso. El 4 de noviembre de 2009 se inauguró en el Museo Picasso de Barcelona la exposición Imágenes secretas: Picasso y la estampa erótica japonesa, una muy cuidada y publicitada muestra, dirigida por Pepe Serra y comisariada por Malén Gual y Ricard Bru (investigador niponófilo cuyo excelente artículo Tentáculos de amor y muerte recomiendo encarecidamente).
Tuve oportunidad de ver la exposición y asistir a alguno de los eventos complementarios organizados, y así seguir la pista a las influencias del grabado erótico oriental en Occidente.

Picasso llegó a Barcelona por primera vez en 1895, poco antes de su decimocuarto cumpleaños, en pleno auge del japonismo en la Ciudad Condal.
Poco antes habían abierto las primeras tiendas especializadas en arte oriental, se había organizado una muy comentada exposición de objetos japoneses en el Paseo de Gracia, y en el café-restaurante Els Quatre Gats artistas como Santiago Rusiñol mostraban su querencia por las xilografías japonesas y fusionaban las influencias niponas con su propio arte.
La cercanía de Picasso a los motivos japoneses continuó antes de cumplir los veinte años, cuando recibió el encargo (finalmente inconcluso) de dibujar un cartel para las actuaciones en París de la actriz Sadayakko, cuyo paso por Barcelona fascinó al mundo artístico de la época.
No sorprende entonces que en Dibujo erótico: Mujer y pulpo, de 1903 (incluido en la exposición), Picasso represente a una mujer recibiendo un explícito cunnilingus de un calamar…
Situación similar a la de la mujer estimulada por un improbable pescado de larga lengua en Le Maquereau.
Es fácil deducir que las influencias japonesas recibidas incluyeron una buena ración del erotismo cefalópodo de Hokusai.
Picasso fue un coleccionista de estampas eróticas japonesas: llegó a poseer 61 grabados de grandes artistas de ukiyo-e, como Kitagawa Utamaro o Nishikawa Sukenobu. Una hermosa colección mostrada en parte (19 estampas) por la exposición del Museo Picasso.
No fue Picasso el único artista de la época que se dejó impresionar por el poder de los tentáculos. Ya en 1880 el decadentista belga Félicien Rops había dibujado la pesadillesca obra El pulpo, en la que una especie de cefalópodo extraterrestre se introduce por la boca y vagina de una pobre mujer que se resiste a ello con todas sus fuerzas, recibiendo sangrientos picotazos.
Una obra oscura, malvada y fascinante de la que pueden hacerse múltiples lecturas… Mi favorita: el pulpo como encarnación letal de las profundidades del inconsciente, que se apoderan de la mente racional y la superan, derribando y destruyendo lo que se cruce en su camino.
El erotismo cruel de Rops nos permite asomarnos al lado más peligroso, salvaje y mortal de los pulpos, considerados al fin y al cabo como monstruos marinos en múltiples historias. Probablemente fue el mismísimo Víctor Hugo quien creó en su novela Les travailleurs de la mer el mito del poderoso pulpo asesino gigante que acecha en las profundidades…
Hace falta una cierta cantidad de imaginación para distinguir dos letras en el dibujo adjunto de Víctor Hugo, pero así fue bautizado: Pulpo con las iniciales V.H.
Una forma de firmar su obra y, en cierto modo, identificarse con ese cefalópodo que es a la vez amenazante y subyugador, un peligro y una fuente de placer, una sublimación de fantasías de poder y un reflejo del miedo tanto a la muerte real como a la petite mort del sexo.
Llegados a este punto, aprovecharé este espíritu demoníaco para saltar de Picasso y Víctor Hugo a la pornografía satánica hentai de mediados de los ochenta. Puede parecer un salto brusco, pero tiene todo el sentido del mundo si queremos continuar con cierta lógica esta exploración del erotismo tentacular…
4. Day of the tentacle
En un instituto japonés, una profesora se dispone a castigar a una colegiala sexy mientras un chico torpe espía por un agujero en la pared… Pero lo que parece una versión nipona de Porky’s se convierte de repente en algo muy diferente cuando la mandíbula de la profesora se disloca y de ella emerge un larguísimo tentáculo carmesí con un ojo abierto en la punta.
Con gran profusión de efectos de cámara y viscosos ruidos de fondo, ese tentáculo se introduce de repente en la vagina de la colegiala, seguido por otros muchos apéndices de menor tamaño que la desnudan, inmovilizan, acarician y penetran entre estallidos de líquido demoníaco de sospechosa textura espermática pero color lila brillante.
Estamos en 1987, y miles de espectadores recogen sus propias mandíbulas del suelo al ver esta surrealista escena del anime Urotsukidoji (La leyenda del señor del mal).
Toshio Maeda, el genial creador de Urotsukidoji, ha afirmado en varias entrevistas que si empezó a salpicar sus obras de tentáculos demoníacos no fue por un repentino impulso satánico ni como homenaje a El sueño de la mujer del pescador, sino por un motivo mucho más prosaico: la censura.
La interpretación más habitual del artículo 175 del Código Penal japonés prohíbe dibujar penes, pero no contempla la censura de apéndices tentaculares de pulpos, aliens, demonios mitológicos, máquinas enloquecidas o mutantes radiactivos. Es un hecho conocido que la censura japonesa impuesta sobre el porno ha estimulado la imaginación de los dibujantes nipones hasta límites insospechados, pero este quizá sea uno de los casos más dementes y curiosos.
Y es que Maeda dio a luz, medio por casualidad, a un subgénero entero del hentai llamado shokushu zeme (literalmente, «tortura del tentáculo»), aunque se suela traducir en occidente como tentacle rape («violación tentacular»).
El éxito de la viscosa escena del anime de Urotsukidoji (no presente tal cual, por cierto, en el manga original) hizo que Maeda se diera cuenta de que había encontrado un filón a explotar con mangas eróticos como Demon Beast Invasion o el ya autoparódico La Blue Girl. Bautizado como “Tentacle Master” por sus fans, Maeda es un dibujante incansable, aún activo y famoso hoy en día a pesar del accidente que le inutilizó el brazo derecho en 2001.

Más allá de su espectacularidad gráfica, el shokushu zeme no deja de tener cierta lógica práctica.
Un manojo de tentáculos prensiles pueden emplearse para lo mismo que unas manos (inmovilizar, desnudar arrancando la ropa a tirones, apretar los pechos, acariciar, abofetear…) y para lo mismo que un pene (arrojar líquidos de variado color y consistencia sobre la piel, penetrar por cualquier orificio corporal disponible…).
Tal cantidad de usos prácticos reunidos en un solo juego de apéndices no se veía desde Eduardo Manostijeras o, para ser más precisos, su hermano en el mundo del porno Eduardo Manospenes (absurda película que algún día habrá que reivindicar, por cierto).
Existe una diferencia probablemente significativa entre el shokushu zeme nacido en los ochenta y el erotismo tentacular de Hokusai.
En El sueño de la esposa del pescador no apreciamos nada en la expresión de la mujer ni en su lánguido abandono corporal que sugiera tortura ni violación, más bien al contrario: placer y sensualidad relajada, aunque sea en el transcurso parodiado de un “rapto”.
¿Reflejo de una sexualidad más abierta y sencilla en el periodo Edo que en nuestra época actual rebosante de tabúes y vergüenza? Según algunos autores (como la imprescindible escritora francesa Agnès Girard), la expresión torturada en los rostros de muchas mujeres asediadas por los tentáculos en el shokushu zeme moderno no viene tanto de que se estén sintiendo violadas o asaltadas, sino de la vergüenza máxima que les supone que se haga visible su excitación sexual.
En una sociedad en la que es tabú (especialmente para las mujeres) mostrar públicamente las emociones, la liberación absoluta hacia el placer viene a través de una sumisión a una fuerza externa irresistible e inhumana, lo que permite abandonarse y gozar sin límites, aunque sea avergonzadamente. No es casual el rubor en las mejillas de la Blue Girl …
Un paréntesis tal vez necesario. En este contexto de shokushu zeme hablamos de fantasías de violación, no de violaciones reales: a quien tenga problemas para distinguir ambas se le podría preguntar si también confunde a Gregory House con Hugh Laurie. Por otro lado, estas fantasías son tanto masculinas como femeninas.
En EEUU causó una enorme polémica una portada del cómic Heroes for Hire, que mostraba a tres heroínas atadas y asediadas por tentáculos al más puro estilo tentacle rape. Muchos desconocedores de la peculiar sexualidad nipona escribieron artículos indignados contra el machismo del dibujante, la degradación de las mujeres… y se sorprendieron al enterarse de que la portada era obra de una mujer, la prolífica artista japonesa Sana Takeda, que recibió tan sólo la indicación de dibujar “una portada lo más sexy que pudiera”.
5. La mujer del pescador tiene un pulpo en cada puerto
El erotismo húmedo y tentacular que popularizó Hokusai permanece aún vigente hoy en día no sólo en su vertiente más gamberra del shokushu zeme, sino como motivo artístico estimulantemente rico y variado, tanto dentro como fuera de Japón. Un repaso a algunos autores contemporáneos con querencia por el erotismo de los cefalópodos nos va a llevar desde Melbourne hasta Seattle, pasando por Tokio.

El artista australiano Daivid Laity creó en 2002 su propia versión del Sueño de la mujer del pescador, una deliciosa (y enorme) pintura que respeta la atmósfera desenfadada y lánguidamente erótica del original.
El cuadro causó un enorme escándalo al ser elegido por la galería Metro 5 de Melbourne como parte del escaparate de una exposición de Leity: la policía recogió denuncias de vecinos escandalizados (que llegaron a arrojar piedras contra la galería) y consultó a expertos legales sobre la posibilidad de censurar el cuadro.
Pero afortunadamente el cefalópodo continuó complaciendo a la pescadora hasta el final de la exposición. Algo diferente es la versión del artista japonés Masami Teraoka, un inclasificable pintor cuyas primeras acuarelas, formalmente inspiradas en el ukiyo-e, mezclaban irónicamente modernidad y tradición, Oriente y Occidente, realidad y fantasía: hamburguesas de McDonalds invadiendo los cielos de Japón, samurais asediados por teléfonos móviles, geishas enfermas de SIDA…
Su acercamiento al pulpo de Hokusai, una obra llamada Sarah and the Octopus/Seventh Heaven, muestra formas más estilizadas, una postura más extrema de la pescadora a la que ya no podemos ver el rostro pero que tiene un aire inequívocamente occidental, y algo que parece un condón femenino sostenido en la mano derecha.
Una parodia de un grabado que ya era paródico en su origen: una metaparodia que no resulta ridícula sino fascinante. Como fondo, otro guiño: unas olas que recuerdan poderosamente al famoso tsunami de Hokusai… Lo moderno y lo tradicional se dan la mano. O el tentáculo.
Esas mismas olas hokusianas aparecen en alguna imagen del también tokiota Yuji Moriguchi, que interpreta a su manera el motivo cefalópodo convirtiendo a la pescadora en una atractiva nadadora embarazada rodeada de tentáculos. O, en otro significativo dibujo, descubre un indudablemente fetichista uso del pulpo vivo como masajeador podal.
Aconsejo vivamente seguir el rastro a este pintor y mangaka (bajo el seudónimo “Namida Zubon”), cuyos trabajos no sólo pueden verse habitualmente en exposiciones y galerías de Tokio y París, sino también en el imprescindible libro ilustrado L’imaginaire erotique au Japon, de la ya mencionada escritora Agnés Girard.

La fotografía artística permite llevar a la realidad (o al menos al fotorrealismo) este resbaladizo fetichismo tentacular. Por ejemplo, en alguna de las fotografías del estadounidense Kevin Hurdsnurscher podemos encontrar sensuales e inquietantes imágenes que mezclan elementos propios del mundo del fetichismo sadomasoquista (tacones altos, cuerdas, posturas forzadas) con un cierto erotismo lovecraftiano de lésbicos besos tentaculares.
Los Antiguos están entre nosotros, y no buscan devorarnos sino ofrecernos su amor viscoso. Y por supuesto, este repaso a los artistas contemporáneos que han empleado cefalópodos como imaginería erótica no estaría completo sin mencionar al perturbador tokiota Daikichi Amano: fotógrafo, editor, columnista, productor y pornógrafo.
Basándose tanto en la iconografía mitológica japonesa como en sus propias fantasías, Amano produce fotografías y vídeos eróticos en los que abundan pulpos, ranas, anguilas, escorpiones o gusanos, entre otras delicatessen culinarias.
Sí, culinarias: Amano sólo emplea para sus fotos animales destinados al consumo humano (que se hubieran podido comprar hasta hace bien poco en cierta parada de la Boqueria barcelonesa), y tras cada sesión fotográfica ofrece un banquete a su equipo con los bichos del día.
Por si alguien siente curiosidad, la modelo Spring Bliss, habitual en muchas fotos de Amano, comentó en cierta ocasión que los escorpiones tienen un sabor muy similar al de las gambas, y que los escarabajos resultan “deliciosamente sanos” aunque sus entrañas desprendan un fuerte olor parecido al del semen. Sin duda Spring haría buenas migas con el protagonista de Old Boy.

Resulta muy instructivo (además de divertidísimo) leer entrevistas con Amano, ya que alterna tanto reflexiones acerca de su arte como curiosas anécdotas sobre sus sesiones.
En cierta ocasión se declaró un incendio en el edificio contiguo a su estudio, y tanto Amano como sus modelos y el resto del equipo salieron corriendo a la calle… pero cubiertos de abundante sangre, restos de entrañas y fragmentos de tentáculos.
La reacción tanto de los transeúntes como de los bomberos debió ser digna de verse. Amano considera que la división entre pornografía y arte no tiene sentido: lo que importa es la potencia de la imagen y las sensaciones que provocan sus escenas tanto en el espectador como en sus modelos (generalmente mujeres, aunque también tiene fotos con modelos masculinos).
Destaca la potente sensación física que produce un tentáculo en contacto con la piel desnuda: un roce resbaladizo que despierta una mezcla de sorpresa, miedo y excitación.
Y es que a pesar de lo decididamente macabro de alguna de sus imágenes, Amano ve sus obras como algo “divertido, lascivo y hermoso”; un erotismo transgresor y fascinante que haría enrojecer al mismísimo Cthulhu.
Un recorrido exhaustivo por el erotismo tentacular debería llevarnos a hablar de las exquisitas perversiones sadomasoquistas de Toshio Saeki, las provocadoras ninfas de la neoyorquina Lisa Alisa, la sencilla elegancia de Jessica McCourt, los cuadros submarinos de Svetlana Valueva, las turbadoras fotografías de Gilles Berquet, la pornografía arty de Hajime Sawatari…
Incluso las eróticas pamelas en forma de pulpo del matrimonio de Los Ángeles Kozyndan. Pero el espacio de que disponemos es limitado y la profundidad de los mares infinita…
6. En el fondo del mar
Dudo que Hokusai imaginara que con su parodia erótica de una leyenda popular iba a despertar este kraken de erotismo que se ha ido extendiendo por todo el planeta. Y sin embargo, es innegable que su obra alcanzó algún lugar oculto del inconsciente colectivo erótico que ha ido resonando a lo largo de los siglos.
Sólo queda despedir el artículo antes de salir a cenar un delicioso pulpo a la gallega con cachelos. Y lo haré recomendando precaución: del mismo modo que comerse un pulpo vivo estuvo a punto de asfixiar al actor Min-sik Choi, follar con otro cefalópodo por poco causó graves daños (sin especificar) a la pareja de performers holandeses Zoot & Genant.
¡Que el espíritu de Hokusai os acompañe y tengáis sueños húmedos con Cthulhu esta noche!
nuestras charlas nocturnas.
La vida sexual en la Unión Soviética …
JotDown(A.C.Rural) — En la época de Stalin la frigidez femenina era un fenómeno masivo. Conviene recordar a tal fin que la mejor manifestación de feminidad quedaba inmediatamente catalogada como decadente y burguesa. Si una mujer usaba lápiz de labios o se atrevía a lucir prendas abigarradas, ya podía estar segura de sufrir las agresiones verbales de los transeúntes y de tener que presentarse en una reunión de las juventudes comunistas o del sindicato, donde la censuraban.
Si a este factor ideológico le añadimos la tradicional docilidad y el aplastamiento de la mujer, comprenderemos cómo ha podido ocurrir que una actitud indiferente con respecto al sexo haya llegado a ser un modelo de comportamiento femenino.
En enero de 1977, Simone de Beauvoir inició una campaña para exigir la liberad del médico endocrinólogo Mijail Stern, miembro del Partido Comunista, condenado a trabajos forzados en un campo de concentración soviético. Estaba acusado de recibir sobornos y envenenar niños (sic), además de no disuadir a su hijo de que emigrara a Israel, como le había pedido el KGB que hiciera. En marzo de ese año fue puesto en libertad y obtuvo permiso para salir de la URSS con su familia. En París, en 1979, publicó este libro.
La vida sexual en la Unión Soviética no es un análisis como La tragedia sexual americana de Albert Ellis, un trabajo que era el resultado de un estudio metódico de la cultura popular, estadísticas fiables y encuestas a grupos de pacientes. La obra de Stern es un compendio de recuerdos y deducciones sin más rigor científico que el de la propia experiencia de este médico en la URSS.
Está, además, escrito desde las tripas. Su autor, que ya soportó la represión estalinista, estaba recién salido de un campo de concentración en los 70, por lo que no le tenía mucha simpatía precisamente al comunismo en ese momento.
Muchos de los casos que reunió no pueden considerarse como exclusivos de la URSS, pero hay cuestiones de fondo que sí que pueden servir para formarse una idea de lo que era aquello desde el punto de vista sexual. Solo hay que separar el grano de la paja, con perdón de la expresión en este contexto.
Eso sí, antes, hay que tener en cuenta lo que supuso la Revolución rusa. Con los bolcheviques, el país pasó en gran parte de su territorio del feudalismo al desarrollo industrial en un plazo muy breve de tiempo. La mentalidad campesina seguía presente en una población que tenía que demostrar al mundo que estaba formada por hombres de una nueva sociedad. Este proceso, el cambio que se llevó a cabo, se hizo a base de propaganda, adoctrinamiento y represión.
Además, a las penurias que arrastraba el país cuando estaba subdesarrollado, hubo que añadir una guerra civil, la peor parte de una guerra mundial, el estalinismo en toda su crudeza y, en muchas regiones, las consecuencias de las políticas de colectivización del campo.
Se sacrificaron varias generaciones para llegar a la sociedad soviética de los 60 y 70, que gozaba de estándares de vida que, por duros que fueran, nunca se habían dado en el país, y que tenía cierta estabilidad económica y servicios básicos de Educación y Sanidad aceptables.
Para todo eso, coinciden los historiadores, murieron millones, fueron encarcelados miles y los supervivientes, viene a explicar Stern, pues no eran prodigios de equilibrio mental y estabilidad emocional.
Todo esto tuvo su reflejo en el sexo.
No obstante, sin que hubiera mediado una revolución sexual, las diferencias culturales en torno al sexo que presentaban los adolescentes de los 60 y 70 con respecto a sus padres y abuelos eran abismales.
De algún modo, hubo una evolución silenciosa. Comenta Stern que era la propia de los países industrializados, aunque le añade un fenómeno característico: al joven ciudadano soviético no le quedaba más espacio para la rebeldía que su parcela sexual. No podemos comprobarlo.
En realidad, el destape propiamente dicho, no se produjo hasta la llegada de Glasnost de Gorbachov, cuando empezó a circular pornografía libremente, aparecían desnudos en televisión y se intentó difundir cierta educación sexual. Pero esto ocurrió a finales de los 80. Antes, telita. Veámoslo.
- Los rusos ancestrales
Había una mujer tan borracha que se cayó al salir de la tienda, y destapada quedó dormida en plena calle a la luz del día, cosa que aprovechó un moscovita tan borracho como ella para acostarse a su lado y, tras haberla utilizado, durmióse igualmente a la vista de todos. Los transeúntes no dieron más que en reír hasta que un anciano, afligido por el espectáculo, los cubrió con su chaqueta. (Adam Olearius, Viajes de un bibliotecario alemán por la Rusia del siglo XVII)
El sexo no era considerado como una actividad culpable entre los campesinos rusos. Existían múltiples canciones populares de carácter sexual e incluso fiestas aldeanas donde se llegaba a relaciones libres entre ambos sexos. Tampoco estaban mal vistas en algunos casos las relaciones preconyugales. Pero todo en el contexto de una sociedad patriarcal y machista hasta el extremo.
El domostroi, una especie de regla de vida doméstica del siglo XVI, recomienda que el marido azote a la mujer evitando que los golpes dañen la cabeza o las partes sensibles (…) Pegar a una mujer era algo más que una realidad corriente, era un acto arquetípico, una especie de modelo ideal, digno incluso de ser cantado por el folklore.
- La revolución roja… y rosa
Cuando llegó la ruptura, durante los primeros meses de la revolución leninista, en los años 20, hubo un periodo de locura colectiva. La subversión política y económica, con el hundimiento de las instituciones tradicionales, llegaba también de la mano de un deseo de liberación sexual. Hubo manifestaciones de nudistas. Se crearon ligas del amor libre. La juventud estaba exaltada.
Moscú. 1922. Un tropel de hombres y mujeres desnudos se manifiesta por las calles. Hay mujeres que sostienen una pancarta confeccionada a toda prisa, mientras que algunos hombres llevan flores. Varias mujeres andan cogidas de la mano y cantan, con el rostro cubierto de júbilo:
—¡Amor, amor!
—¡Abajo la vergüenza, abajo la vergüenza!
Los transeúntes observan petrificados, presa de una indignación virtuosa o de un éxtasis gozoso. A ratos, hay alguna mujer que se despoja de sus ropas y que se une a la manifestación. Un chequista, con torva expresión, duda si no convendrá disparar al bulto.
En las juventudes comunistas comienza a gestarse la opinión de que el sexo es una necesidad más que hay que satisfacer como el hambre o el sueño, sin santificarlo, sin mitos. El sexo tiene que ser como compartir un pedazo de pan, sostuvo un miembro del Komsomol citado por el autor. Hasta llegó a haber bodas a tres. El poeta Vladímir Mayakovski, cita, protagonizó una de ellas y se casó con una pareja, los Brik.
Los celos pertenecen al pasado. Desterramos de nuestra vida sentimental el sentimiento de propiedad. Quien aspire a la libertad por sí misma, debe admitirla también en un compañero. (Alejandra Kollontai, dirigente del Partido Comunista)
Aunque la liberación no estuvo exenta de pinceladas dramáticas.
En algunas regiones se pretendió que las mujeres solteras se inscribieran en oficinas del «amor libre» donde tenían derecho a elegir esposo entre todos los hombres de 19 a 50 años.
O viceversa, ser elegida.
“A partir de los 18 años de edad, toda muchacha queda declarada de propiedad estatal”, decía un decreto del soviet de las ciudades de Vladimir y Saratov.
A los campesinos, con estos cambios, les daba taquicardia.
Pero su lucha tampoco pretendía combatir las conductas liberales, sino algo mucho más simple: el pérfido divorcio.
Eso de que una mujer se pudiera separar del marido era, ante todo, un golpe a la explotación común de las granjas.
Aunque se dieron casos de campesinos que se adaptaron.
Se casaban cuando se iniciaba la temporada de recolección, la primavera, ganaban dos manos para las faenas, y se divorciaban antes de que llegase el invierno, cuando tocaba repartir lo cosechado. Living like the CEOE en plena Rusia soviética.
El malestar entre los dueños del cotarro tampoco tardó en notarse. Había un problema que superaba incluso el disgusto de los campesinos y sus formas de vida tradicionales: el dominio de la población y el mencionado cambio al «hombre nuevo». Desde el poder, empezaron a llegar señales conservadoras con, por ejemplo, la definición de la sexualidad desde una óptica ideológica:
Sentir atracción sexual por un ser que pertenezca a una clase diferente, hostil y moralmente ajena, es una perversión de índole similar a la atracción sexual que se pudiera sentir por un cocodrilo o un orangután. (Zalkind, Revolución y juventud, 1925)
No obstante, el proceso de creación del «nuevo hombre» siguió adelante. Y para ello, los comunistas se propusieron cepillarse la institución familiar, que hacía de paraguas ideológico. Esto lo cuentan varios historiadores, como el británico Robert Service. El objetivo era que el individuo recibiera la doctrina del Estado sin que su padre, su tío o su madre pudieran ponérsela en duda.
La familia era un nexo con el «viejo mundo». El problema es que cargársela tuvo consecuencias nefastas: se cuadriplicó el número de abortos y aparecieron nueve millones de niños huérfanos, vagabundos y jóvenes delincuentes. Un problemón en el caos de la Rusia revolucionaria. Entonces sí, empezaron a recular:
La misma enfermedad aqueja por igual a la juventud comunista y a los miembros mayores del partido. Entablan relaciones amorosas a la ligera, sin ganas de que duren. La constancia es algo aburrido a su juicio, y los términos de marido y mujer son invenciones burguesas. (Pravda, 7 de mayo de 1925)
“La ausencia de control en la vida sexual es un fenómeno burgués. La revolución necesita una concentración de fuerzas. Los excesos salvajes en la vida sexual son síntomas reaccionarios. Necesitamos mentalidades sanas. (Klara Zetkin)
Así se llegó a la llamada «virtud estalinista». La familia vuelve, pero no en su formato burgués, sino en una modalidad soviética como para ponerle un marco. Según el ideólogo del régimen, Makarenko, la sociedad delegaba en la familia sus poderes. Era su responsabilidad formar nuevos comunistas. Aparecía el concepto de familia como «unidad de producción humana» para adoctrinar y, entre otras cosas, poner a las madres a parir valiosos hijos para la castigada demografía de la URSS.
La medicina oficial soviética lleva diez años repitiendo con obstinación que el despertar sexual se manifiesta casi siempre en la mujer después de nacer el primer hijo (…) esta incongruente afirmación no pretende remediar la frigidez, sino más bien estimular la natalidad decreciente.
Los hijos tenían que ser pioneros, prestarle juramento al régimen, y el padre un dechado de virtudes “hiperproletarias” que “no hace apenas el amor y suele relegar incluso el amor platónico a un mañana mejor”. Amar a tu media naranja era egoísmo propio del pasado reaccionario. La pareja, la familia, se asentaba en el amor al radiante porvenir.
Los roles, por ridículos que pudieran parecer, se mantenían con la intervención del Estado en todos los órdenes de la vida mediante la delación. Había cónyuges que se denunciaban entre sí. A un niño que denunció a su padre durante la colectivización, Pavlik Morozov, se le levantaron estatuas por todo el país. Los vínculos familiares y el occidental amor romántico pasaron a ser un engendro de relaciones ideológicas y «amor de clase» bastante poco realista con las pulsiones humanas.
Una conocida locutora de la televisión de Moscú, Anna Chilova, engañaba a su marido, que decidió divorciarse. Se desataron las pasiones. Chilova recordó entonces que durante la guerra Chilov había sido evacuado al este del país con el teatro en donde trabajaba, y le espetó: ¡ni siquiera fuiste al frente! ¡no defendiste ni a tu patria!
Para dignificar estas bodas rojas pasaron a celebrarse en palacios del pueblo, que eran preferidos por la población antes que organizar su matrimonio en la frialdad de una oficina del juzgado, después de hacer cola. Las imágenes que hay de estos casamientos parecen llegadas del planeta Krypton.
Los ritos en cuestión copian con gran fidelidad las ceremonias que puedan celebrarse en un país como Francia, pero al mismo tiempo denotan un carácter ficticio, montado, e impregnado de ideología comunista.
- Llegan los locos 60
En 1966, una película de Marlen Khutsiyev dejó boquiabiertos a los espectadores soviéticos. Por primera vez desde hacía muchas décadas, una obra de arte mostraba el amor como algo desvinculado de la ideología:
Una de las películas más populares que se hayan proyectado en la Unión Soviética durante los años sesenta fue La lluvia de julio. Vemos que un hombre traba amistad con una chica mientras ambos esperan que pare un chaparrón. Largas conversaciones siguen a este encuentro durante los cuales los dos jóvenes se van enamorando mutuamente sin más unión que el cable de teléfono.
La película alcanzó gran popularidad por su carácter insólito y por demostrar que un hombre y una mujer, aun separados, pueden establecer contactos simples y sinceros en los que el amor adquiere tintes de ternura, de delicadeza y de humor.
- A lo Gran Hermano, el programa de TV
Pese a todo, lo más insoportable para la vida sexual de los soviéticos fue el problema de la vivienda. Durante muchos años la mayoría de la población de las ciudades compartía apartamentos donde, en cada habitación, residía una familia entera. Los problemas de intimidad no hace falta explicarlos.
Las parejas tenían que buscar el momento en el que los abuelos se iban de paseo con los nietos para poder acostarse. Si no, esperar a medianoche y hacerlo en el suelo, para que no crujiera el colchón, mientras los demás dormían. Pero por lo general era complicado librarse de lo ojos y oídos de los vecinos, con los que compartían también el baño.
Los cementerios, los parques y los taxis, a cambio de una botella de vodka para el conductor, se convirtieron en los picaderos habituales de las parejas menos doblegadas por la propaganda y el adoctrinamiento sexual.
Al mismo tiempo, muchos ciudadanos tenían miedo de las apariciones nocturnas de la policía en los domicilios. Un pánico que, si les había tocado alguna vez, no olvidaban jamás. Stern detectó que este estado de ansiedad había llevado a la impotencia a muchos hombres. Y en las mujeres, frigidez. Incluso un síntoma curioso, que los músculos vaginales experimentaran una contracción súbita al más mínimo sobresalto durante el acto y la pareja se quedaba “pegada”.
Además, con este panorama, los manuales médicos soviéticos más acreditados recomendaban sexo no más de una vez al día y con una duración tampoco superior a un minuto. Gustarse haciendo el amor podía causar problemas mentales, advertía la medicina de aquel tiempo. Por no haber, no existía ni traducción para la palabra “orgasmo”, se decía un triste y proletario “terminar”.
Besarse en la calle equivale a cometer una porquería. Permitirse fantasías eróticas en las técnicas sexuales supone convertirse en adepto del marques de Sade. Prolongar la duración del acto sexual es jugar con fuego y arriesgarse a los más graves trastornos neuróticos.
De este modo, varias generaciones de soviéticos viviendo sin intimidad, con la tensión propia de un estado policial y martilleados por la propaganda, desconocían prácticamente todo sobre su cuerpo y la salud sexual.
En general la técnica sexual es muy pobre. La mujer apenas posee experiencia y es muy pasiva. El hombre carece de tacto. Suele ser brutal y expeditivo. Casi siempre se figura que basta con que la verga penetre en la vagina para que la mujer sienta instantáneamente arrebatos de felicidad.
Si tal no es el caso, o si al menos no se transparenta esa felicidad, el hombre se enfurece o se deprime. Como ignora que la mujer posee otra zonas erógenas aparte de la vagina, practica muy pocas caricias sexuales. Después de eyacular, se apresura a descabalgar, le da la espalda a la mujer y se duerme.
El mensaje penetró en la sociedad.
El «nuevo hombre» de la «nueva sociedad» iba a estar asexuado.
Tenía el pudor como una de las grandes virtudes socialistas.
Lo cierto es que, efectivamente, existían motivos demográficos para que el poder quisiera convertir a la mujer en una máquina de parir, pero con su modelo familiar negó la naturaleza biológica del sexo.
Y de ahí, coger la senda de lo que se han llamado «desviaciones», por un lado, y del recalcitrante puritanismo, por otro, fue dicho y hecho.
—No se fijen en mí —les dice el fotógrafo— hagan como si yo no estuviera, pueden besarse, no se preocupen.
La joven saltó de indignación.
—¡Cómo se atreve! ¡que tampoco somos amantes! ¿Besarnos? ¿Olvida usted acaso que tenemos hijos?
A la población, analfabeta sexualmente, le podían ocurrir «anécdotas» como Esta:
Descubro que desde hace diez años la mujer recurre a una masturbación involuntaria, perfectamente inconsciente, cuando trabajaba con el taladro. Puede llegar a tener hasta diez orgasmos en un solo día, apoyando su bajo vientre contra la herramienta. A partir del día en que le encomendaron otra tarea, que consistía en descargar ladrillos, cayó en un estado depresivo.
- Cruisin, voyeurs y exhibicionistas
Por otro lado, se inició un fenómeno que Stern consideró lo bastante extendido por todas las urbes de la URSS como para entenderlo genuino de este país y su sexualidad: el exhibicionismo. Los típicos hombres desnudos bajo una gabardina eran muy frecuentes. Las jóvenes llevaban la cuenta de cuántos veían cada día.
Pero la cosa no quedaba ahí. Stern también cita el caso de, por ejemplo, una adolescente que se masturbaba delante de la ventana mientras se suponía que estudiaba. En el edificio de enfrente, varios vecinos la miraban cada día. Algo así como el No amarás de Krzysztof Kieślowski, pero en plan línea dura. Y no era algo exclusivo de una chica con picores. Podía ser el caso de ancianas, profesores de universidad, hasta la propia milicia. De hecho, la situación más chocante que trae Stern a colación la protagoniza un policía:
Hace unos años, regresaba con mi familia tras pasar las vacaciones del verano en el Cáucaso. De pronto, el coche que nos precedía empezó a hacer eses. Extrañado, aminoré la velocidad y toque del claxon, pero el conductor del coche no me hizo el menor caso. Observé entonces que tanto él como los que le acompañaban parecían fascinados por algo que aún estaba fuera de mi alcance.
Divisé al fin a un miliciano que dirigía la circulación en el cruce ya cercano. No se puede negar que tenía un aspecto singular. Se había sacado el miembro de la bragueta y lo asía por la base con su mano derecha. A la izquierda, a la derecha, stop. El agente dirigía la circulación con la verga, roja como un pimiento.
En algunos casos, hasta se cerraba el círculo de excitación entre mirones y exhibicionistas:
La joven observaba a los exhibicionistas dedicados a masturbarse. Provista de su bloc de dibujo, permanecía sola mucho rato en el parque de la ciudad hasta poder presenciar la escena que esperaba. Tras una vivísima excitación, mucho antes que el exhibicionista hubiese acabado de manosearse el miembro, la mirona llegaba al orgasmo.
Pero el verdadero problema se encontraba en el transporte público. De mirar furtivamente, la gente pasaba ya a manosearse en autobuses y trenes infestados de gente. Si una joven a la que varios hombres intentaban meter mano se quejaba, se ponían a insultarla por fantasiosa y paranoica y nadie decía nada.
A otras, sin embargo, les iba el mambo y disfrutaban masturbando el miembro de sus acosadores. Mujeres que ya habían perdido el interés sexual, por la impotencia del marido, por su alcoholismo, por no haber tenido nunca un orgasmo, disfrutaban en estas situaciones con curiosidad morbosa irresistible.
Había un militar en Vinnitsa que iba en tranvía con su mujer: un bache particularmente violento le descubrió que su mujer empuñaba la verga de un sujeto pegadizo.
La gracia estaba en el anonimato. Ahí encontraban la excitación sexual miles de soviéticos, sostuvo Stern.
Uno de mis pacientes de Vinnitsa intentó trabar amistad con una chica que un minuto antes le tenía cogido el pene en el autobús. No obtuvo más respuesta que una sarta de insultos groseros y, para colmo, una acusación de… inmoralidad. En efecto, lo que más importa es el anonimato, el desconocimiento deliberado de la pareja.
Para Stern, existía cierta relación entre el régimen y el hombre bloqueado, con complejo de inferioridad, impotente, que no puede afirmarse sexualmente si no era de esta manera. Las escenas y casos de exhibicionismo y tocamientos furtivos son numerosas en todo el libro. A veces, hasta dan ternura, penita:
Una de mis pacientes efectuaba el trayecto nocturno Vinnitsa-Moscú. Estaba a punto de amanecer, cerca de Moscú ya, cuando mi paciente despertó sobresaltada a causa de unos extraños empellones en la pierna. Entreabrió los ojos y distinguió a su vecino de compartimento completamente desnudo, erguido, en plena erección y zarandeándose el miembro con mirada vivaz. Horrorizada, la buena señora cerró de nuevo los ojos.
—Por favor, no cierre los ojos —gimió el hombre en tono quejumbroso.
—¡Pare enseguida! ¿No le da vergüenza?
La mujer se dirigió a la puerta de un salto.
—Por favor, no se vaya —dijo el exhibicionista casi llorando.
Otro problema, sensiblemente más grave, fue el de las violaciones. Durante la guerra el ejército soviético se caracterizó por violar a diestro y siniestro. Era una actividad consentida por las autoridades militares y una prueba de ello fue la protesta que el dirigente yugoslavo Milovan Djilas le trasladó a Stalin con escaso éxito.
Casi se rieron en la cara del montenegrino. Pero luego, todos estos veteranos, de vuelta en la sociedad en su país, siguieron en muchos casos con sus aficiones. En tiempo de paz, exmilitares llenaban las cárceles y los campos de concentración por delitos de violación.
Para muchos de estos hombres, si no era por la violencia, la única forma de excitarse sexualmente era desinhibiéndose con el vodka. En caso contrario eran absolutamente impotentes.
Estos dos pacientes formaban parte de mi labor cotidiana como médico. Eran tan típicos que podría citar a varios cientos como ellos. Erecciones débiles, insuficientes, muy breves o inexistentes.
Stern dice que se encontró con demasiados casos de maridos que violaban y daban palizas a sus propias mujeres como única forma de vida sexual. En otros casos, había cónyuges que solo podían tener relaciones si estaban ambos borrachos. Ese es el retrato que describe de la sociedad que vivió los años duros.
- La nueva juventud
Mas todo pasa en la vida y estas generaciones con una vida sexual trastornada por las guerras, las penurias y la violencia psíquica y física del Estado, dio paso a una juventud que había perdido los tabúes y empezaba a comportarse con, digamos, más armonía con la naturaleza humana.
Valga este caso como muestra del nivel de ridiculez y machismo que habían alcanzado los tabúes sexuales en la URSS:
Uno de mis pacientes solicitó el divorcio cuando se enteró de que su mujer se había masturbado… durante su infancia.
No parece que lo patológico sea lo que él acusaba, sino más bien su reacción.
Cuando le pregunté si él no se había masturbado nunca, terminó confesando: Bueno, sí, pero yo puedo. Yo soy hombre.
Casi coincidiendo con mayo del 68, la llegada de Yuri Andropov a la dirección de Seguridad del Estado, el KGB, hizo mucho por los hippies.
Sus sistemas represivos pasaron a ser mucho más selectos y sutiles.
La policía dejó de actuar con métodos de la edad de piedra, a basarse más en la información, y eso lo notaron las nuevas generaciones, que sin estar atenazados por un miedo atroz como sus padres, pudieron pensar con un poco más de claridad.
No en vano, lo primero que empezó a extenderse fue un sentimiento generalizado de tomarse a chufla las consignas del Partido. Algo así como la religión en España, que uno involuntariamente sigue todos sus ritos pero ni los entiende, ni los conoce ni le importan y ni mucho menos se los cree.
El modelo soviético, según Stalin, el del hombre y la mujer asexuados, totalmente faltos de vida privada y entregados de lleno a la causa del comunismo, es hoy un modelo vacío que solo suscita ironías.
En contraposición, empezaron las manifestaciones carcas de los guardianes de la ortodoxia.
Llevar minifaldas es algo muy lícito, pero no por eso hay que condenarse a minisentimientos reducidos, que en seguida delatan necesidades primitivas. (Komsomolskaia Pravda, 1969)
Sin el intrusismo del Estado en la vida privada de los ciudadanos, estas soflamas caían en saco roto. Lo cual no quiere decir que la liberación fuese un jardín californiano. Tuvo sus matices propiamente soviéticos:
La precocidad en la vida sexual de las chicas va unida en parte al consumo del alcohol, compañero indispensable de Eros. Muchas de ellas tienen sus primeras experiencias cuando se hallan sumidas en la embriaguez. Durante los últimos veinte años ha aumentado considerablemente en colegios y universidades el consumo de bebidas alcohólicas y también el de drogas.
Si antaño las muchachas tenían tendencia a beber solamente acompañadas de hombres, hoy en día, igual que los hombres, han aprendido a beber entre mujeres, y hasta entre chicas (…) Hay en todo ello un igualamiento de sexos al más tosco de los niveles.
Las pacientes de Stern empezaron a tener una vida sexual relativamente normal, la mayoría de las veces al margen de la educación que les habían dado sus padres. Dice que muchos adolescentes a edades muy tempranas ya se mostraban más maduros que sus progenitores. Los problemas que llenaban su consulta pasaron a ser por palizas a hijos que se masturbaban, por ejemplo, o que ya tenían relaciones. Pero, claramente, la sociedad ya iba por otro camino:
Existe asimismo un juego entre los adolescentes al que llaman «dar por dar». Se desarrolla de la siguiente manera: dos o tres niñas de doce o trece años, que se pasean por la calle Lenin de Vinnitsa o la calle Gorki de Moscú, se cruzan con un grupo de niños de parecida edad, se para y les dicen de «dar por dar». No hace falta más explicación, encuentran un lugar apartado y se masturban colectivamente.
Claro que otra revolución pendiente, como la de la aceptación de la homosexualidad, todavía quedaba muy lejos.
De hecho, aún no ha llegado a los países eslavos un clima de respeto y tolerancia con la población LGBT.
En pleno siglo XXI, tanto en Moscú, como Kiev o Minsk, hasta en la siempre festiva Belgrado, te pueden dar una paliza un grupo de hooligans por llevar una camiseta de flores o algún detalle que cuestione su se conoce que frágil virilidad.
Entonces, en la URSS, era mucho peor. Primero, porque la homosexualidad estaba considerada un delito. Después, por la culpabilidad:
Los homosexuales viven en un perpetuo estado de terror, de quebranto y acoso. A veces, llegan a sufrir incluso graves trastornos psíquicos.
Muchos, cuando veían que se sentían atraídos por otros hombres, acudían a la consulta de Stern considerándose ellos mismos enfermos.
Su vida, su día a día, por otra parte, no difiere sin embargo de lo que podía haber en Madrid o en otras capitales.
Encuentros fugaces en urinarios, etcétera.
Hay un libro, por cierto, del polaco Michal Witkowski, que se llama Lovetown y cuenta cómo eran estos submundos en la RDA, Polonia y la Checoslovaquia comunista. Es una maravilla.
Pero lo que sí que marcaba la diferencia con respecto al resto del mundo era la percepción que tenían los propios soviéticos de la homosexualidad. No ya que si uno recibía señales de su cuerpo cuando viese a alguien de su mismo sexo se sintiera enfermo, sino un esquema de valores mucho más distorsionado.
El autor de La vida sexual en la Unión Soviética pasó varios años en la cárcel y un campo de concentración, como hemos dicho. El capítulo dedicado a esta experiencia no ofrece realmente nada nuevo o diferente. Burdeles homosexuales dentro de las cárceles han existido también en España. Igual hasta siguen existiendo.
Así como la homosexualidad como única opción posible en el mundo carcelario. Lo singular, decimos, es la forma de entenderlo. En el campo de concentración, relata, una serie de presos bien situados elegían con cuáles de los otros presos se iban a acostar. Prendían a la víctima y la violaban.
Si les gustaba, hasta se la quedaban para ellos, para su uso exclusivo. Bastaba un rostro bonito o unos glúteos redondeados para ser elegido. El asunto es que cuando se violaba a alguien, se convertía inmediatamente en «intocable» y el resto de los presos los repudiaba. Tenían que vivir apartados y donde tocaban nadie más volvía a poner las manos. Les llamaban «los pederastas».
Stern en una ocasión habló con unos violadores y les explicó que no tenía sentido que los violados se llamasen «pederastas», que en todo caso lo serían los sodomitas, no los sodomizados. Casi le dan una paliza. El que recibía era el indigno. Y todos lo asumían, incluso ellos.
El resto de cuadros que pinta de la sociedad soviética son menos exclusivos. Por ejemplo, habla de que existía prostitución a todos los niveles. Sobre todo en los recintos vacacionales del Cáucaso. Pero también en el trabajo, en la designación de secretarias y otro tipo de puestos muchas veces había intercambios sexuales de por medio.
Sobre todo en las ciudades pequeñas, que ya tú sabe cómo suelen funcionar las cosas en los pueblos de todo el globo terráqueo. Pero nada que podamos citar como genuino de aquellas latitudes.
Mención aparte merecen, eso sí, los cuerpos represivos. Stern también ofrece una muestra importante de policías y militares tocados del ala en cuestiones sexuales. Querer entrar en estos cuerpos solía responder al perfil de acomplejados, sádicos o impotentes, pero no hay datos globales que puedan sostener aseveraciones de este calado.
Es la pena, como en otros tantos aspectos de la URSS, la sociología exenta de propaganda dura brillaba por su ausencia. De hecho, esa misma falta de conocimiento estadístico fiable del propio país fue una de las causas que, entre otras, estancaron su economía. Lo que es un hecho es que, a la vista de este y otros testimonios, la URSS no logró liberar al ser humano de la esclavitud de los prejuicios y tabúes sexuales.
Uno de mis pacientes, un policía, me habló excitado de un nacionalista ucraniano al que había matado en Ucrania occidental una vez terminada la guerra:
—¿Entiende? Lo coloco al borde del hoyo que yo mismo le hice cavar, me dispongo a dispararle y entonces veo que se le empalma la verga, una verga enorme. ¡Cómo me gustaría tener un aparato como el suyo!
nuestras charlas nocturnas.
Sexo, porno y realidad virtual: cómo, cuándo y por dónde …

JotDown(J.Vañenzuela) — Una de las metáforas más antiguas sobre el principio de funcionamiento de la realidad virtual y la telepresencia la podemos encontrar en la situación que Platón imaginó hace más de dos mil años a través del mito o alegoría de la caverna. El filósofo griego nos presentaba en su República a un grupo de prisioneros encadenados desde su nacimiento en el interior de una cueva.
Obligados a mirar hacia la misma pared durante toda su vida, daban la espalda a un fuego frente al que paseaban personas con distintos objetos con el fin de proyectar sus sombras sobre dicha pared. Según Platón, los prisioneros en esa situación considerarían que la realidad no eran ni las personas ni los objetos que llevaban, sino las sombras que producían. Su verdad estaría así adulterada por el prisma del fuego, que la reduciría a dos dimensiones y evitaría la percepción directa de los objetos y personas que realmente son.
Más de dos mil años después y frente a la pegajosa barra de una discoteca, uno de mis amigos bravuconeaba diciendo que iba a hablar con una chica a la que había echado el ojo y que se dirigía en esos momentos a la sala contigua. Creía que nosotros, como los prisioneros del relato de Platón, solo sabríamos la verdad a través de las sombras de su narración, pero no se dio cuenta de la existencia de una puerta traicionera que comunicaba directamente a aquella otra sala que debía quedar oculta y nos ofrecía una visión sin obstáculos de la afortunada joven, y con ella, del fuego de aquella cueva de ritmos electrónicos.
Mi amigo desapareció a través de otra puerta y no vimos en ningún momento que alcanzara a la chica, pero a su vuelta nos afirmó con vehemencia que ya sabía su nombre y que incluso le había presentado a una amiga. El pobre gañán desconocía que nosotros, a diferencia de nuestros antecesores, habíamos podido girarnos y ver el fuego y con él la mentira de la que nos íbamos a reír durante el resto de la noche.
Tanto la alegoría de la caverna como la banalización que he realizado de la misma a través de un recuerdo personal sirven para comprender que el conocimiento directo de la realidad que nos rodea se reduce a una porción muy pequeña del conjunto de nuestros saberes. Dicho de otra manera, la mayoría de nuestras convicciones no son fruto de nuestra propia experiencia, sino de la transmisión de conceptos e ideas a través de un tercero (una persona, un libro, un vídeo, un dispositivo).
A su vez, esa experiencia personal no es más que el resultado de un análisis subjetivo realizado por nuestro cerebro de todos los estímulos externos, por lo que decir que «esto es lo que pasó y no hay otra explicación» tal vez se nos quede grande en determinadas circunstancias.
Solo tenemos que observar fenómenos como la pareidolia (esa nube que parece un perro) o anomalías genéticas como el daltonismo para comprender cómo una persona puede percibir una misma realidad de forma muy distinta a otra sin que por ello esa realidad cambie. Vivimos tras las gruesas barreras de nuestra propia interpretación del mundo.
Internet y las redes sociales son, a día de hoy, el paradigma de esta nueva forma de interaccionar con nuestro entorno. Basta pensar en la posibilidad de conocer a gente a través del ordenador para comprender que añadimos velos a una percepción de por sí difusa.
La aparición de las tecnologías de realidad virtual y su posible desembarco a corto plazo en una importante proporción de los hogares del llamado primer mundo podría ser un punto de inflexión en esa tendencia: sentirse transportado a un lugar virtual y encontrarse de frente con la otra persona tal vez nos ayude a sentirnos más cerca de los otros, a experimentar una relación más directa, que no más real.
Irónicamente, como si del mito de la caverna se tratara, las imágenes, sonidos y tal vez el contacto que sentiríamos no serían más que sombras de esas personas que se mueven frente a un fuego situado a quién sabe si miles de kilómetros de aquí. Ese es (muy probablemente) uno de los motivos que llevaron a la empresa de Mark Zuckerberg a comprar Oculus VR y a los directivos de dicha empresa a aceptar su oferta frente a las de otros gigantes como Microsoft o Google.
Tanto unos como otros saben que la tecnología de realidad virtual tiene mucho potencial dentro del mundo de las redes sociales gracias a que nuestra mente se siente trasladada al entorno virtual y con ello, en compañía física —sí, física— de otras personas. Nuestro cerebro sabe perfectamente que se encuentra en un entorno creado por ordenador, pero a su vez nuestros sentidos nos indican que estamos ahí, en ese otro lugar.
El potencial de estos dispositivos es abrumador: desde crear un Second Life en el que andar por nuestra propia cuenta sin necesidad de teclado ni ratón —vamos, caminando sobre una superficie destinada a ese fin—, a un Skype con el que sentirnos transportados al lado de ese familiar o esa pareja que vive en otro continente.
Incluso algunas empresas trabajan actualmente en proyectos destinados a que podamos mantener relaciones sexuales a distancia sin perder parte de las sensaciones que tendríamos en vivo. La realidad virtual puede provocar un enorme salto cualitativo en ámbitos como el cibersexo o la pornografía. O puede quedarse en un fiasco estrepitoso comparable al del Laser Disc.

- Sexo a distancia: siento que mi pene entra en su vagina
Imaginemos a una mujer que sale de la ducha y se mete desnuda en la cama. Enciende un sistema de captación de movimientos, se pone sus guantes hápticos para la ocasión, coge de la mesita de noche un casco de realidad virtual y se lo pone en la cabeza. Acto seguido coge de uno de los cajones un dispositivo fálico y se lo pone en la entrepierna.
Conecta todo el sistema y tras unos segundos de adaptación se ve transportada a la habitación de una casita en un entorno tropical con el sonido del mar de fondo. Mira su cuerpo virtual (lo llamaremos avatar) y observa que obedece sus movimientos reales, por lo que en poco tiempo su sensación de embodiment es total: siente como si ese cuerpo fuera su cuerpo.
Entonces se produce un pequeño fogonazo y un chico aparece frente a la cama, también desnudo. Roza su piel —solo eso, sabe que no puede apretarlo contra ella igual que sabe que él no notará esas caricias— y disfruta del tacto de su cuerpo en la yema de los dedos. Se tumban y tras un intercambio de susurros y ciertos preliminares masturbatorios empiezan a hacer el amor, notando perfectamente cada centímetro de penetración.
Esta escena tan aparentemente alejada del presente podría llegar a formar parte de la rutina de muchas parejas dentro de pocos años. Toda la tecnología que he descrito existe o está en desarrollo y nuestra mente actuaría de forma similar a como he mencionado en el párrafo anterior.
De hecho, se han realizado muchos experimentos en el ámbito de la psicología y la neurociencia en relación con la realidad virtual y los resultados nos empujan a pensar que nuestra forma de percibir el entorno e incluso nuestro propio cuerpo no es tan rígida e inamovible como quisiéramos pensar.
En concreto, para lograr esa ilusión de inmersión será necesario engañar a nuestra mente mediante distintos tipos de trucos que tendrán que ver tanto con nuestro propio cuerpo como con el entorno (físico y social) al que nos veremos transportados.
Al final, lograr construir una realidad alternativa en la que sentirnos sumergidos como si estuviéramos allí será posible gracias a, por un lado, la ilusión de encontrarnos en un escenario plausible y coherente, y por otro lado, a la ilusión de estar de cuerpo presente en el entorno virtual —lo que tendrá mucho que ver con la sensación de poseer el cuerpo de un avatar como propio (lo que se conoce como body ownership).
Un sistema de realidad virtual ideal deberá por tanto constar de un conjunto de dispositivos que envíe información sensorial al usuario de un entorno creado por ordenador (cuanta más información, mejor: visual, auditiva, táctil, incluso olfativa) y de otro grupo de dispositivos que recoja sus movimientos y acciones y los incorporen al escenario virtual. Volvamos con nuestra protagonista e intentemos comprender qué sucede en su cerebro a medida que pasan los minutos en el encuentro virtual con su pareja.

Tal como hemos dicho, para lograr una sensación verosímil del entorno virtual serán necesarias dos condiciones: que la persona sienta que se encuentra en ese lugar como si se tratara de un escenario real y que le parezca una situación plausible. El investigador Mel Slater describe esa primera triquiñuela como una fuerte ilusión de estar en un lugar a pesar de estar seguro de que no estás allí.
Puede sonar paradójico, pero nuestra protagonista será perfectamente consciente de la virtualidad del entorno y pese a ello, si está bien generado y todo funciona correctamente, se sentirá allí dentro y actuará como si todo fuera real. Podrá pasear y curiosear dentro de un entorno en tres dimensiones. Mirará hacia atrás y no se encontrará con un vacío o una pantalla negra, sino con el resto de la cabaña tropical.
La realidad virtual la rodeará por completo. No olvidará que está en una habitación de hotel (no entraremos en psicopatologías que puedan ir en la dirección contraria), pero a la vez percibirá que está en esa casita frente a la playa con el rumor del oleaje de fondo. Podrá ver los muebles, las paredes, los cuadros y unas palmeras a través de la ventana. Incluso si se fija con atención apreciará el movimiento de sus hojas mecidas por el viento.
Todos estos elementos ayudarán a crear una ilusión de lugar que estará relacionada con cómo nuestra protagonista percibe el mundo virtual, pero a su vez estarán logrando que la situación en la que se encuentra sea plausible. Palmeras, playa o casa de madera encajarán con ese tipo de entorno igual que encajaría la presencia de una pareja practicando sexo en la cama de al lado o de un voyeur oculto tras las cortinas, por qué no.
Pero la cosa cambiaría si ese voyeur apareciera masturbándonse en mitad de una lección virtual de historia para cincuenta alumnos de secundaria. Por mucho que el entorno sea de un realismo asombroso, si existen cosas fuera de lugar o si cuando hablamos con las personas que lo habitan no tenemos respuesta por su parte, actúan como si no existiéramos o lo hacen de forma extraña, estaremos dentro de un entorno poco plausible y con ello se romperá la ilusión de inmersión.
En el caso del encuentro que estamos relatando no debería haber problemas del segundo tipo, ya que los dos avatares de la escena seguirían los movimientos (y el comportamiento) de dos personas reales que están actuando a través de ellos.
Pero si el avatar del chico funcionara mediante un programa de inteligencia artificial muy rudimentario o incluso si sus movimientos estuvieran preprogramados como los de los malos de Super Mario Bros —adelante, atrás, adelante, atrás—, nuestra chica tal vez perdería la libido y gran parte de su paciencia cuando tras decirle frases picanticas su acompañante se la quedara mirando callado, indiferente y con la bandera en alto —aunque es muy probable que esta situación no sea exclusiva de la realidad virtual.
Habiendo cumplido con el entorno, sería el momento de centrarnos en la persona. Para que nuestra protagonista se sienta «allí» será necesario que posea un cuerpo que le dote de presencia en el escenario y le permita navegar por él. Si la chica conecta el sistema de realidad virtual y ve aparecer el escenario pero al mirar hacia abajo no encuentra unas piernas, unos pechos o unos brazos sino un vacío, no estaremos creando la sensación de estar allí sino simplemente la de estar observando el entorno inmersivo como un mero espectador de televisión.
A la chica le hará falta ver un cuerpo y que ese cuerpo ocupe el mismo lugar que su propio cuerpo en la vida real, ya sea mirándose directamente o a través de espejos virtuales —una herramienta muy útil para aumentar el embodiment, ya que «verte» reflejado y observar que todos tus movimientos se corresponden con lo que estás viendo es una ayuda enorme para sentirnos sumergidos en ese entorno—.
Aun así no hay que relacionar un alto grado de realismo con un alto grado de inmersión: para que la protagonista sienta como propio un cuerpo virtual, un avatar del aspecto de cualquier personaje de videojuegos del estilo del Grand Thief Auto o el Assassin’s Creed será suficiente. No servirá un bloque de madera ni una pelota de playa —también se ha investigado—, aunque distintos estudios han demostrado que se puede jugar con nuestro tamaño (poniéndonos en el cuerpo de un niño), nuestro color (poniendo a blancos en el cuerpo de negros) e incluso la proporción de alguno de nuestros miembros (alargando nuestro brazo hasta el doble de su longitud).
Juguemos o no con esas características, el aspecto realmente relevante para no romper la sensación de pertenencia de un cuerpo se encontrará en que la información que nuestra protagonista reciba de sus sentidos sea coherente en todo momento. Este último proceso es conocido como integración multisensorial y lo llevamos a cabo a diario de forma inconsciente en el mundo real.
Movemos una mano y recibimos información sensorial que nos confirma que hemos realizado esa acción: hemos visto el movimiento de nuestra mano (vista), hemos notado cómo se movía (propiocepción o percepción de nuestro propio cuerpo) e incluso si hemos tocado algo habremos sentido el contacto en los dedos (tacto).
Si la chica quiere hacerle una mamada a su pareja y sentir la ilusión de que lo está haciendo, tendrá que ver sus manos acercándose a la polla y notar cómo la coge y cómo entra en su boca. Para lograr estas sensaciones tendremos que combinar la información visual de los dos cuerpos con la información táctil del pene del chico y de las manos y boca de la chica.

La primera parte será fácilmente asequible, ya que solo tendremos que capturar en tiempo real los movimientos de las dos personas y enviarlos como órdenes dirigidas a las articulaciones de sus avatares (gira ese codo, levanta esa rodilla). La segunda parte será algo más compleja por la naturaleza del sentido del tacto, difícilmente replicable en realidad virtual.
Pero imaginemos que la chica cuenta con ese artilugio fálico que se había colocado en la entrepierna, un dispositivo con la textura de un pene real y forrado en su interior por decenas de sensores de presión que notarán cada movimiento de la boca y la lengua y lo procesarán en forma de unos y ceros.
Esos unos y ceros viajarán por la red y llegarán hasta otro artilugio del tipo de una vagina enlatada donde pequeños actuadores realizarán el paso inverso: convertirán los unos y ceros en movimientos articulados que harán sentir a su compañero cada caricia y cada mordisquito de la chica. Y lo mismo sucederá en sentido contrario.
Si la chica llega al punto en que se encuentra tumbada bajo su pareja y le pide que se la meta, verá cómo la polla empieza a desaparecer en el interior de su coño y sentirá a la perfección cada centímetro de penetración. En este caso la pareja de sistemas hápticos habrá realizado el camino inverso al de transmitir la mamada de la chica.
El chico la meterá en el bote con textura de coño y los sensores de presión procesarán toda la información morfológica de su polla, transmitiendo en tiempo real su forma, tamaño y movimiento al dispositivo de la chica, que con la forma de un consolador tradicional adquirirá mayor tamaño y consistencia a medida que su pareja la meta hasta el fondo.
Todo esto puede sonar a fantasía sexual de un ingeniero pero empresas como Kiiroo ya comercializan dispositivos de este tipo. Conocidos como «teledildonics», se trata de juguetes que no hacen más que mejorar la calidad y verosimilitud de las sensaciones que transmiten a medida que avanza la tecnología.
Por último, si queremos hacer de nuestra experiencia virtual un acto lo más personalizado posible no tenemos por qué limitarnos a personajes creados por ordenador. Existe la posibilidad de escanear nuestro cuerpo real e introducirlo en el escenario. A día de hoy podemos encontrar multitud de dispositivos que permiten crear nuestro propio avatar y animarlo con movimientos propios o ajenos, lo que no deja de ser inquietante.
Con esa información pululando por la red, cualquier brecha de seguridad como el reciente Celebgate podría llevar a que miles de depravados practicaran sexo virtual con nuestro avatar y tuvieran la ilusión de estar haciéndonos la caidita de Roma. Podrían vestirnos de lencería o disfrazarnos de Pantera Rosa y programarnos para realizar todas las posturas ridículas y obscenas que desearan que hiciéramos.
O quién sabe, un error en la dirección de envío de la información morfológica de nuestro pene podría llevar a su uso como modelo en la impresión en 3D de decenas de velas aromáticas para una residencia de ancianos. Y es que pese a que me he centrado casi exclusivamente en las relaciones de pareja, las posibilidades de interacción sexual que permiten son enormes.
Videojuegos en los que fornicar con los enemigos que vayan apareciendo en el camino, cibercuartos oscuros en los que disfrutar del placer de no saber dónde la vamos a meter (o quién nos la va a meter) u orgías virtuales al más puro estilo de un Call of Duty multijugador son ejemplos del potencial que tiene el sexo virtual en red gracias a juguetes que pueden estar a día de hoy en nuestro propio hogar. Y no olvidemos el porno.
La industria de la pornografía está dando sus primeros pasos en este terreno aún inestable tratando de aprovechar las virtudes de la realidad virtual. De eso tratará la segunda parte del artículo. Me interesa conocer la forma en que hombres y mujeres disfrutamos de la pornografía y de la adaptabilidad de este tipo de cine a las nuevas tecnologías.
También en conocer la opinión de quienes trabajan en esta industria y comprender si el uso de realidad virtual será minoritario o si por el contrario será una auténtica revolución del porno. Supongo que todo dependerá de si en unos pocos años la mayoría de hogares del primer mundo cuente con un dispositivo de Oculus VR en casa —y no menciono esta empresa por casualidad—.
Quién sabe, tal vez en el futuro vivamos encerrados en nuestras habitaciones y lo único que necesitemos sean las sombras de un mundo proyectado a través de un casco de realidad virtual. ¿Se preguntó Platón si los prisioneros de su caverna eran felices?

Decía el filósofo Kendall Walton que al participar como espectadores de una narración —literaria, cinematográfica— disminuimos la distancia entre nosotros y la obra, no por ascender las ficciones a nuestro nivel sino por descender nosotros a ellas. Que de algún modo, en lugar de pensar en las ficciones como reales, somos nosotros los que nos convertimos en ficcionales. Años después, con los pantalones bajados y frente a alguna obra menor cuyo esfuerzo creativo más considerable venía de un título como Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo o Tetanic, una versión adolescente y onanista de quien escribe estas palabras se planteaba una pregunta muy relacionada con su propia experiencia: ¿Disfrutamos del porno por nuestro papel de observadores o porque nos ponemos en la piel de alguno de los protagonistas?
Desde la inmersión del espectador en los mundos de ficción hasta la función que tienen nuestras emociones —y placeres— en ese efecto de traslado a la escena, son muchas las cuestiones asociadas a nuestra participación en las narraciones que nos rodean a diario. Distintos formatos audiovisuales pelean por su nicho de mercado entre toda la oferta de ocio actual y uno que viene haciendo mucho ruido es el de la realidad virtual (RV).
Esta tecnología está permitiendo que algunas productoras investiguen los límites de introducir al espectador en la escena y jueguen con la ilusión de que, de alguna forma, está allí. Si al ver una película para adultos podemos elegir entre ser el actor o verlo todo a una distancia prudencial libre de salpicaduras, probablemente la pregunta con la que se cierra el párrafo anterior encuentre por fin su respuesta y comprendamos mejor nuestro interés por participar en la narración.
Como es lógico, la barrera tecnológica (y con esta la económica) tendrá un papel fundamental en el desembarco de estas tecnologías en cualquier hogar. A las pantallas de televisión, ordenadores, tabletas y teléfonos móviles que ya son comunes en nuestras casas, habrá que sumar distintos dispositivos que, si no por precio, aún tardarán en llegar por las aún potenciales necesidades que cubren.
El principal dispositivo de esta nueva experiencia multimedia es el casco o visor de realidad virtual, la «pantalla» que nos permitirá tomar un punto de vista inmersivo dentro de la película o videojuego con (o en) el que estemos. Desde hace unos meses las noticias tecnológicas no dejan de traer información sobre una guerra de precios en los HMD (del inglés Head Mounted Display) donde distintas compañías tratan de lograr la mejor calidad de imagen y sensación de inmersión a costes competitivos que les permitan ser la punta de lanza en esa invasión de los salones del consumidor medio.
En otra liga, otros desarrolladores tratan de aprovechar el potencial de los teléfonos móviles para utilizarlos como el propio visor gracias a soportes que pueden hacerse en casa con cuatro cartones y algo de paciencia y pulso.
Independientemente del dispositivo que se utilice, al casco habrá que añadir complementos que potencien la ilusión de estar dentro del mundo virtual. Los principales serán aquellos dispositivos que monitoricen nuestros movimientos y los conviertan en los de nuestro avatar; sistemas hápticos que permitan añadir el tacto a la experiencia; y por qué no, plataformas que nos permitan andar sin movernos del sitio en el mundo real para movernos a nuestras anchas por esos ciberandurriales.
El Cyberith Virtualizer o el Virtuix Omni son dos alternativas con mucho potencial que muy probablemente llevarán la experiencia de inmersión en el entorno virtual a otro nivel. Obstáculos en un camino a recorrer por la tecnología de realidad virtual, independientemente del uso que se haga de ella.
Con mucha probabilidad serán los jóvenes nativos digitales y los geeks de cualquier pelaje los primeros en aprovecharse de esta nueva forma de interactuar en videojuegos, películas o redes sociales. Ellos son el objetivo de la mayoría de campañas de promoción de esta tecnología.
Por si fuera poco, el mundo del porno virtual tendrá que sumar a esos escollos otros asociados a la producción y el consumo de material audiovisual. ¿Qué dificultades entrañará una sesión de rodaje? ¿Será un negocio rentable o quedará como una simple curiosidad que no llegó a desarrollarse? ¿Tendrá el mismo público que el porno no virtual?
Interesados en conocer la opinión de profesionales de este ámbito, decidimos realizar un conjunto de entrevistas que nos permitieran profundizar en la visión que se tiene del porno virtual desde la dirección, la actuación y la producción. Es así como en primer lugar nos pusimos en contacto con Erika Lust.
Erika es escritora, directora y productora de cine erótico y tal como describe en su propia web, «se dio cuenta de que las voces femeninas eran inexistentes en la industria pornográfica, un género y un negocio hecho por hombres para hombres, y se dispuso a cambiar las cosas».
Nos interesa conocer la opinión de una profesional que ha sido capaz de romper con los esquemas preestablecidos y tener éxito en su cometido, lo que garantiza una mente orientada al cambio (no hace falta más que buscar en Twitter el hashtag #ChangePorn para comprender su repercusión en las redes sociales):

- ¿Conoces el porno virtual? ¿Se habla de él dentro del mundillo?
El porno virtual es una tecnología que apenas está surgiendo, por lo cual es un nicho al cual no mucha gente tiene acceso. Sin embargo, suena interesante y me gustaría ver en qué resulta. Aún no he tenido la oportunidad de participar en un rodaje de una película virtual. Y creo que falta mucho para eso.
- ¿Ves sitio (en un futuro hipotético) para la realidad virtual en tus creaciones?
A pesar de que se me suele etiquetar con porno, yo soy en esencia una directora de cine independiente. Para un director es indispensable tener control creativo sobre la obra, así que tendríamos que tener en cuenta hasta qué punto puede interactuar el usuario sin llegar a cambiar la visión del autor del film. De alguna manera, mi proyecto XConfessions involucra al usuario en la experiencia en la medida en que le da una voz en el guion. Son mis usuarios quienes me dicen lo que quieren ver. De esta manera forman parte de una fantasía que ellos mismos crearon.
- Incluir realidad virtual en el porno implicaría, por un lado, un gasto extra en los rodajes (adecuar las cámaras, el procesado de las imágenes, etcétera), y por otro lado, un gasto extra en los espectadores (cascos de realidad virtual). ¿A qué lado de la cámara crees que se encuentra el mayor impedimento?
Probablemente el gasto más fuerte sería el de producción. Para obtener alta calidad cinematográfica en mis películas utilizamos equipos de primera categoría [tales como la cámara Alexa] los cuales son ya muy costosos. En estos momentos sería complicado invertir en tecnologías que no dominamos y que aún no tienen un mercado desarrollado. Supongo que habría que esperar hasta que tales tecnologías fueran más accesibles para que el porno virtual pudiera hacerse viable comercialmente.
- ¿Crees que verse metido en la escena podría eliminar sensaciones que ahora sí disfrutamos los que vemos porno? ¿Es mejor ver de forma pasiva que «participar» como si fuéramos la actriz o el actor?
Parte del estímulo de las películas eróticas está en la fantasía y la inaccesibilidad. La experiencia audiovisual consiste en despertar los otros sentidos a través de la imagen y el sonido. Esto hace que las sensaciones se optimicen y conlleven un incremento del deseo y el apetito sexual. Si la realidad virtual permite hacer tangibles las fantasías generadas por la imagen y el sonido, esto resultaría en una experiencia fantástica para el usuario, pero que tendría el peligro de que podría quitarle la magia. Algo similar pasó con las películas 3D. Cuando salió la tecnología, parecía que todas las pelis que se estrenaban en el cine eran en 3D. Finalmente, la gente se cansó de tener que ponerse las lentes cada vez que iba al cine, sobre todo cuando el efecto no estaba justificado. Me parecería una opción muy interesante para el género adulto, pero no mataría la forma tradicional.
- ¿Ves un futuro donde se extiende el uso de la realidad virtual en el porno o crees que quedará como una rareza para una minoría de productores y directores (y espectadores, claro)?
Donde haya un mercado aparecerá la oferta. Si la gente se interesa por la realidad virtual, este mercado crecerá y sus costes serán cada vez más bajos.
- Consideras el cine tradicional como fálico y visual, mientras que el tuyo es más mental, de sentimientos. ¿Piensas que podría ser una revolución que los espectadores se vean como protagonistas de las distintas escenas?
El cine mainstream está dominado por los gustos de ciertos hombres, mientras que en las películas que yo hago, impongo mi visión artística, valores y una representación más justa de la mujer moderna. Dicho esto, sería interesante ver la reacción del público ante escenarios que no son posibles con la tecnología actual. Sin duda es una propuesta que muchos querrían probar.
- La realidad virtual se caracteriza por una inmersión en la escena que puede llevar a reacciones emocionales muy parecidas a las del mundo real. Tú defiendes un cine sobre sentimientos, relaciones, intimidad y sexo y en alguna entrevista has dicho que quieres «una sensación de realidad y de piel». Pasar de espectador «pasivo» a verte participar en la escena sería ideal para esa idea de intimidad, ¿no crees?
Como ya te he dicho previamente, es acerca de los estímulos y de la realidad que tu propia imaginación te hace crear y vivir. La mente humana es tan poderosa que puede intensificar una fantasía de tal manera que te haga sentirla como real, como de piel…

- Estás en contra del porno de pose, ¿crees que será lo primero que se busque a la hora de usar realidad virtual?
Eso depende del público que esta oferta genere.
Los clichés son lo que son, porque se han popularizado y se han sobregenerado productos que retratan estas historias.
Así que búsquedas existirán, pero poco a poco la gente irá viendo que tiene el poder de hacer su propia fantasía realidad. Se parece algo a XConfessions.
- Por último, existen investigaciones que demuestran que al ponerse en la piel de otra persona en realidad virtual se han modificado prejuicios por parte de los usuarios (hacia otras razas, hacia otros sexos). ¿Crees que verse en el cuerpo de una actriz o un actor en una película porno sería una gran herramienta de educación? ¿Y de juego (ponerse una mujer en la piel del hombre o viceversa, o cambiar de raza)?
Hablé del porno como medio de educación en mi charla TED el año pasado.
La realidad virtual permitiría a la gente probar ciertas cosas con las que nunca se atreverían o que simplemente serían difíciles de lograr en la vida real: orgías, sexo con famosos o incluso con personajes ficticios. Las puertas están abiertas y este nuevo medio podría ayudar a derrumbar estereotipos.
La fortuna hizo que durante la labor de documentación sobre el trabajo de Erika Lust apareciera el nombre de una actriz que había colaborado con Erika y a su vez lo había hecho en alguna película producida por VirtualRealPorn, empresa que ya utiliza la tecnología de realidad virtual en sus rodajes. Amarna Miller ha demostrado en nuestras distintas conversaciones estar muy interesada en la llegada de estos dispositivos al porno y una muestra de ello es su reciente nombramiento como manager de producción de VirtualRealPorn. Estas fue la entrevista que realizamos:
- ¿Cuál (y qué tal) ha sido tu experiencia en el porno virtual? Has participado como actriz y de hecho apareces bien destacada en la web de VirtualRealPorn. ¿Qué opinión te merece el desembarco de este tipo de tecnología en el porno?
Encontré la web de VirtualRealPorn prácticamente cuando empezaron, les mandé un mensaje pensando que era una compañía extranjera y para mi sorpresa, ¡me dijeron que estaban grabando en Zaragoza!. Rodé mi primera escena con ellos unos meses después, junto a la preciosa Onix Babe. Un solo y dos escenas lésbicas, con técnica muy cuidada y un ambiente cómodo. Los chicos de VirtualRealPorn son gente joven y vienen del mundo de la producción audiovisual. Aunque parezca mentira, eso se nota en lo rodajes y en el contenido final.
En el porno, lamentablemente casi nadie se preocupa de hacer las cosas bien. Lo mínimo aceptable ya es más que suficiente y no hay afán de mejora ni ambición, por eso me encanta trabajar con ellos: han puesto su esfuerzo, su dinero y su tiempo en un proyecto novedoso, intentando llenar un hueco de mercado en el que la competencia es voraz. Tienen mi ayuda en todo lo que necesiten.
Personalmente, creo que el porno enfocado a la realidad virtual puede ser el siguiente paso en el mercado del cine X. Pero para poder saberlo con seguridad habrá que esperar a ver cómo se desarrolla la tecnología que lo rodea y si el Oculus Rift tiene cabida (y acogida) en el mercado.
- Hablemos de tus propias creaciones como directora. ¿Se te pasaría por la cabeza el uso de realidad virtual en algún tipo de vídeo/película? Si es que sí, ¿cuáles y por qué?
No, al menos en estos momentos. Decidí dejar a un lado mi faceta como directora hace algunos meses: quien mucho abarca poco aprieta. Por ahora quiero centrarme en mi carrera como actriz, produciendo vídeos a pequeña escala para mi web personal y dedicándome a viajar y trabajar con productoras extranjeras. En un futuro no descarto volver a dirigir, pero a menor escala que como hace unos años.
- Incluir realidad virtual en el porno implicaría, por un lado, un gasto extra en los rodajes (adecuar las cámaras, el procesado de las imágenes, etcétera), y por otro lado, un gasto extra en los espectadores (cascos de realidad virtual), ¿a qué lado de la cámara crees que se encuentra el mayor impedimento?
Personalmente, el gran impedimento que veo para que la pornografía aplicada a la realidad virtual se generalice es la acogida del mercado. El precio del Oculus Rift debería bajar para poder tener cabida en todos los hogares, y habría que hacer entender al público que esto no es algo que solo pueden usar unos pocos escogidos. Supongo que en el fondo, todo es marketing, pero sí que veo posible que este supuesto se pueda llevar a cabo.
Si el usuario finalmente quiere consumir realidad virtual, habrá cientos de compañías que se lanzarán a producir material de este estilo, es la ley de la oferta y la demanda. Eso sí, espero que para entonces los chicos de VirtualRealPorn hayan establecido su hueco en el mercado, porque en cuanto las grandes empresas decidan apostar por este nicho, las pequeñas productoras tendrán un gran problema luchando contra los monopolios de la industria. ¡Así que vamos a apoyar desde el inicio a las empresas que merecen la pena!

- Una de las opciones que más interés suscita en el porno virtual es que puedes verte en el cuerpo del actor/actriz y verte como si fueras tú quien practica sexo con la otra persona, ¿crees que puede ser un salto cualitativo respecto al porno «de espectador»? ¿O crees que habrá gente que prefiera verse dentro de la escena pero sin participar en ella? En resumen, ¿consideras el porno como algo que no debe saltar la barrera de la « pasividad» del espectador?
Sí, en cuanto a experiencia es un cambio tremendo. El consumidor de porno pasa de ser un mero espectador a introducirse de lleno dentro de la acción, siendo él mismo el que protagoniza la película, pero sin los riesgos que conllevaría una relación sexual verdadera. ¿No suena increíble, y tremendamente futurista? Me recuerda a Desafío total. Elimina de raíz la visión voyeurista y la fantasía de «ver sin ser visto», así que supongo que habrá personas a las cuales no les estimule la idea. Pero desde luego a mí, como consumidora, es una novedad que me encantaría.
En cuanto a la última pregunta, considero que la barrera de la pasividad del espectador puede traspasarse sin ningún problema. Cualquier innovación que se salga de las reglas de consumo que todos tenemos en mente y hemos aprendido, está bien. Las creación de nuevas miradas y acercamientos a un mismo tema siempre me parece algo positivo.
- ¿Crees que gustará por igual el porno virtual a hombres que a mujeres?
No soy partidaria de una división por géneros, y me parece una visión un tanto simplista de la sexualidad humana. Creo que dependiendo de cómo esté enfocada la película o la escena, puede gustar más a un tipo de personas que a otras. Eso sí, desde luego de lo que estoy segura es de que la realidad virtual tendrá una mejor acogida entre los amantes de la tecnología.
- Volviendo a tu experiencia como actriz en este tipo de porno, ¿hay una gran diferencia respecto a los rodajes de cine con cámara tradicional, o solo se nota a la hora de la posproducción?
¡Es totalmente diferente! De hecho, me hace gracia cuando mis compañeros de rodaje llegan por primera vez a un set de grabación de este estilo. La primera reacción es «¿Pero y todo esto para qué sirve?». Las cámaras son diferentes, hay cables por todas partes, micrófonos especiales y un largo etcétera.
Además, como las grabaciones son siempre POV (Point of view, es decir grabado «desde los ojos» de uno de los participantes), tienes que mirar constantemente a la cámara, en vez de a tu compañero para que parezca que estás mirando al espectador a los ojos. Si está rodado desde tu punto de vista, no puedes mover los brazos ni apenas el cuerpo, ya que el usuario quiere sentirse identificado contigo. Tampoco puedes gemir, ni emitir ningún sonido que distraiga de la acción.
Pero si estás en el otro papel, ¡es muchísimo más divertido! Tienes que hablar un montón y seducir a la cámara para que el usuario se sienta cercano a la escena, puedes susurrar a los lados de la cámara para que piense que estás muy cerca de él… Al final eres tú quien lleva la voz cantante. ¿Pegas? En las posturas, ¡sólo puedes moverte tú! Así que al final acabas con agujetas. Pero en el fondo es muy sencillo.
- ¿Has visto/probado alguna de las películas que has rodado en porno virtual? ¿Te has probado a ti misma? Si es así, ¿qué sensaciones has tenido?
He podido ver alguna película, pero solo cuando los chicos de VirtualRealPorn han traído el Oculus Rift a los rodajes. Yo no tengo uno. La sensación al principio es curiosa, como si te metieses en otro mundo de cabeza. Yo hasta me sentí un poco mareada al principio, pero es tremendamente excitante.
Y no, «a mí misma» nunca me he probado, pero tampoco he grabado ningún vídeo en el que sea la parte pasiva… ¡así que sería imposible!
- ¿Qué sensaciones te causa pensar que un espectador o espectadora se pueda poner «en tu piel»?
Me resulta curioso y un tanto extraño, pero abre un nuevo abanico de posibilidades. Se pueden llegar a realizar fantasías que en la vida real sería imposible llevar a cabo. Por ejemplo, me encantaría meterme en la piel de un chico y «sentir» como penetro a una chica. Es algo que jamás podré hacer en el mundo real pero que gracias al Oculus Rift puedo, en cierto grado, realizar. ¡Me parece increíble!.
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- La realidad virtual se caracteriza por una sensación de inmersión que nos hace vernos físicamente en el lugar de la película, acompañados por los actores. Eso, a su vez, causa que nuestras emociones frente a los acontecimientos sean casi reales. Desde el punto de vista de una licenciada en Bellas Artes, ¿crees que habrá espacio para emociones de tipo estético (desde un punto de vista cinematográfico) o solo habrá lugar para lo explícito?
Estás abriendo un debate muy pero que muy amplio, y en el que tocamos cuestiones prácticamente filosóficas. Puestos a fantasear, me encantaría que pudiese aplicarse la tecnología de la realidad virtual a campos que vayan más allá de lo pornográfico. Por ejemplo, imagínate una grabación de alguien haciendo escalada, o practicando un deporte de riesgo. Estoy seguro que los niveles de adrenalina y la tensión del usuario que lo consume a través del Oculus Rift serían iguales o muy parecidos a los de la persona que lo está haciendo realmente. Esto abre una discusión sobre los límites de nuestra percepción, ¿y qué hace que algo sea real o no?
Podríamos ver de primera mano los lugares más remotos del mundo, vivir situaciones de riesgo y hacer todo aquello que nos gustaría pero desde la seguridad de nuestra propia casa. ¿No es maravilloso? Podríamos visitar museos sin esperar colas, analizar arqueología sin miedo a dañar la pieza… ¿Te imaginas poder entrar a las pirámides de Egipto sin erosionar las piedras con nuestras emisiones? Me estoy emocionando.
Dicho esto, si alguien quiere grabar viajes por el mundo para visionarlos en el Oculus Rift, me ofrezco voluntaria como conejillo de indias. Veo aquí un nicho de mercado muy pero que muy interesante.
- En tu web ofreces la posibilidad de realizar vídeos bajo demanda. Por otro lado, existen dispositivos que permiten sentir que estás penetrando (o que te están penetrando) y cada vez transmiten sensaciones más reales. En el futuro, y si fuera viable, ¿qué te parecería la posibilidad de realizar vídeos en realidad virtual bajo demanda donde además se pudieran preprogramar los movimientos y así el usuario sintiera que realmente te está penetrando?
Si fuera viable, ¡estaría encantada! Pero creo que es una tecnología que todavía tiene que evolucionar mucho para poder ser producida de forma medianamente sencilla. Ahora mismo no tengo los conocimientos técnicos ni el equipo necesario para grabar —¡ni editar!— contenido enfocado a la realidad virtual. Pero para un futuro, me parece una idea maravillosa. Y esto puede ser el futuro del mercado de las webcams, por otra parte.
- Y ya por último, ¿serías usuaria de porno virtual? ¿Te gustaría, en general, tener un HMD en casa (para cine, videojuegos…)?
¡Me encantaría! Aunque si te soy sincera ahora mismo no tengo demasiado tiempo para nada, ni siquiera juego a videojuegos ni tengo apenas tiempo de ocio. Pero por pedir que no quede: ¡Arriba el porno virtual!
*****
El entusiasmo que transmite Amarna no quedó limitado a sus respuestas y, para alegría nuestra, nos ofreció la posibilidad de ponernos en contacto con el equipo de VirtualRealPorn. Tras conocer las impresiones de Erika y Amarna, poder hablar con Linda Wells, responsable de comunicación de VirtualRealPorn, nos permitió cerrar el ciclo de entrevistas con el punto de vista de una empresa productora de porno virtual:

- Hablemos del origen: ¿Cómo nace VirtualRealPorn? ¿Desde la VR hacia el porno, desde el porno hacia la VR, o en el cruce de caminos? ¿Tenéis expertos en el equipo que vienen de otros ámbitos donde ya se utiliza la realidad virtual o ha sido una formación «autodidacta»?
Todo empezó cuando nuestro técnico jefe se compró el casco Oculus DK1 y quedó impresionado por la experiencia; empezó a buscar contenido para adultos pero no encontró nada más que unas pocas demos con modelos creados por ordenador. Justo había conocido hacía unos meses a una actriz porno por unos amigos comunes (Onix Babe, que nos ha ayudado muchísimo desde el principio) y se le ocurrió la idea de ser los primeros en el mundo en crear vídeos con actores y actrices reales para VR.
Lo habló con su mujer y decidieron invertir el dinero que tenían para el viaje de novios (acababan de casarse) en este proyecto. Nuestro técnico jefe ha aprendido de manera totalmente autodidacta, ya tenía algo de experiencia en el campo del vídeo 3D estereoscópico y ese fue el comienzo para seguir experimentando con la VR.
- ¿Qué diferencias existen entre un rodaje porno con tecnología tradicional y uno con tecnología de realidad virtual?
La diferencia fundamental es el tiempo que es necesario invertir para crear los vídeos: la preparación de la escena es más compleja, en cuanto a la posición de todo el equipo de filmación, la iluminación, y en la posproducción, para conseguir una buena calidad de imagen adaptada para la realidad virtual, es necesario un workflow muy costoso y artesanal.
- ¿Los directores tienen que pensar que están rodando para porno virtual o simplemente es una cuestión de «cambiar la cámara» y seguir con las mismas metodologías?
Hay que cambiar radicalmente el esquema mental, hay que tener en cuenta un sinfín de limitaciones técnicas y artísticas para conseguir una buena experiencia VR para el usuario. En nuestro primer año hemos ido perfeccionando la técnica gracias al apoyo de nuestros betatesters y usuarios.
- Incluir realidad virtual en el porno implica, por un lado, un gasto extra en los rodajes (adecuar las cámaras, la posproducción, etcétera), y por otro lado, un gasto extra en los espectadores (cascos de realidad virtual), ¿a qué lado de la cámara pensáis que se encuentra el mayor impedimento?
El mayor impedimento está en la producción, los costes son muy altos en comparación con el gasto que deben hacer los usuarios para disfrutar la VR.
Ahora además se están poniendo muy de moda los visores para móviles con precios que empiezan desde unos quince euros como el DODOcase Cardboard, Durovis Dive y otros visores basados en las Google Cardboard, con los que consigues una correcta experiencia de VR, aunque si de verdad quieres experimentar una mayor inmersión, debes ir al Oculus DK2 de unos trescientos cincuenta euros o el Samsung Gear VR de cien dólares (más el precio del Samsung Galaxy Note 4).
Actualmente nuestros vídeos son compatibles con todos los visores VR para móviles iPhone y Android, Oculus DK1/DK2 para PC y Mac y Samsung Gear VR con el Samsung Galaxy Note 4.
- ¿Veis un futuro donde se extiende el uso de la realidad virtual en el porno o creéis que quedará como un nicho de mercado bien definido pero minoritario?
Estamos completamente seguros de que su uso se extenderá con el tiempo, es posible que vaya poco a poco, pero se convertirá en un medio masivo.
- He podido ver que ofrecéis tanto porno en primera persona (POV) como en tercera persona, ¿creéis que con el tiempo todo será POV o seguirá habiendo interés por la «participación como voyeur»?
Hemos experimentado con las dos técnicas pero nos hemos dado cuenta de que nuestros usuarios prefieren los POV en una inmensa mayoría, así que estamos intentando especializarnos en ese tipo.

- No he tenido la oportunidad de ver vuestras películas, ¿en las que pueden verse en tercera persona dais un cuerpo al espectador o se encuentra en modo «suspendido en el aire»?
El efecto es como dices, como suspendido en el aire, lo que quita realismo e inmersión a la escena. Todavía existen pocos usuarios de VR en el mundo, y conforme se vayan extendiendo, deberemos adaptarnos a todas las peticiones que nos hagan llegar.
- ¿Os atreveríais con porno basado en avatares creados por ordenador o preferís quedaros en el cine con actores reales?
Actualmente preferimos centrarnos en crear la mejor calidad posible de filmaciones de sexo real con actores reales, pero es difícil saber hacia dónde irá el mercado a medio plazo y cómo se distribuirán las preferencias de los usuarios. En cualquier caso, intentaremos estar ahí para satisfacer todas sus fantasías.
- ¿Qué tal está siendo la aceptación por parte de los usuarios? ¿Tenéis mucho público?
El público está reaccionando muy bien con cada nuevo vídeo que publicamos, nos envían muchos comentarios por email con sus fantasías y otras peticiones técnicas, pero por el momento es un nicho de mercado muy pequeño. De entre nuestros usuarios también existen mujeres y para ellas estamos creando vídeos POV desde el punto de vista de la mujer basándonos en todas las peticiones que nos envían.
- Relacionado con lo anterior, ¿habéis recibido comentarios sobre el uso de vuestras películas? Hombres que disfrutan desde el punto de vista de una mujer, alguna anécdota graciosa…
Recibimos comentarios muy a menudo, y cada vez hay más hombres que disfrutan con los POV de mujer. Una vez nos escribió un hombre entusiasmado contándonos que había disfrutado «como nunca lo había hecho antes» (palabras textuales) viendo el vídeo My Squirt, un POV desde el punto de vista de la mujer, en el que Gigi Love acaba haciendo un squirt impresionante.
- ¿Creéis que gusta (o gustará) por igual el porno virtual a hombres que a mujeres?
Absolutamente convencidos, el tema es saber crear el contenido adecuado para mujeres, que dista mucho del estándar que existe actualmente para mujeres. Actualmente somos dos mujeres en el equipo y eso nos ayuda a poder llegar de manera más directa a lo que nuestras usuarias necesitan.
- Sobre las diferencias entre sexos, ¿más o menos qué porcentaje hacéis de POV entre mujeres/hombres? ¿Creéis que con el tiempo irá cambiando?
Aproximadamente un 15% de nuestros vídeos son POV para mujeres. Poco a poco estamos aumentando ese porcentaje porque cada vez hay más mujeres suscritas a nuestra web y además hay algunos hombres que disfrutan también con estos vídeos.
- Contáis con una comunidad de usuarios en la web, ¿recibís feedback de sus experiencias? ¿Sienten que realmente es «dar un paso más» en el cine gracias a esa sensación de inmersión?
Sí, estamos haciéndonos un buen hueco porque les escuchamos activamente y les seguimos en todo lo que nos piden. Hay muchos que están encantados y nos felicitan por la alta calidad que estamos consiguiendo, la mayoría son programadores de videojuegos y son gente que piensa realmente en el futuro con la VR.

- ¿Qué creéis que produce un mayor impacto en el espectador (o lo que la gente valora más), la ilusión de sentirse en otro lugar como si fuera real, o la ilusión de sentirse en la piel del actor/actriz?
Creemos que la ilusión de sentirse en la piel de otra persona, vivir sexo, emociones, experiencias a las que no tenemos acceso en nuestra vida diaria.
- Leí en una entrevista que añadir interactividad y el uso de los teledildonics es uno de los planes de futuro de la compañía. ¿En qué punto estáis? ¿Cuál es el objetivo a medio plazo?
Ahora mismo estamos focalizados en mejorar la calidad de imagen para los nuevos dispositivos VR que están apareciendo y poder llegar a más gente con visores para móvil. Esperamos tener las primeras demos con teledildonics en unos meses.
- Una vez alguien vea una película porno en realidad virtual y con teledildonics, ¿creéis que nunca volverá a ver de la misma forma el cine en formato tradicional o simplemente serán maneras distintas que combinar?
Durante bastante tiempo serán maneras complementarias, sobre todo por lo relativamente complicado que es ver actualmente en VR en comparación con entrar en cualquier web porno y darle al play, pero conforme los dispositivos se vayan haciendo más pequeños y sencillos, es muy posible que acabe siendo masivo.
- ¿Dónde creéis que no os meteríais nunca dentro de los distintos géneros de porno que hay?
Cualquier género en el que se denigre a la mujer/hombre o no tenga en cuenta su dignidad, escenas con excesiva violencia, fetichismos extremos, etcétera.
nuestras charlas nocturnas.
Sexualidad y autoestima: cómo influye la imagen corporal en la intimidad …

Rouge — Es importante sentirnos bien con nuestro propio cuerpo y aprender a cuidarnos, la autoestima tiene que ver con quererse a uno mismo/a y la autoimagen es lo que cada persona piensa de sí.
Tener una autoestima y autoimagen positiva ayuda a vivir mejor nuestra sexualidad.
El Fondo de Población de las Naciones Unidas o UNFPA para la educación integral de la sexualidad, dijo en (2014) que: Las personas desarrollamos nuestra autoestima desde que nacemos y está en revisión toda la vida, incluye nuestras experiencias y lo que nos sale bien y también lo que hacemos para mejorar nuestra forma de vivir.
Una persona con buena autoestima se vincula con sus parejas amorosas o parejas sexuales en una relación donde hay respeto, buena comunicación y sin mediar violencias, pudiendo manifestar por ejemplo, que no se tendrán relaciones sexuales sin preservativo o sin anticonceptivos.
Por su parte la imagen corporal que ha sido definida como “la visión que una persona tiene en su mente del tamaño, forma o figura de su cuerpo”, puede influir negativa y positivamente en los encuentros sexuales. Si se tiene una buena imagen de mí mismo/a se puede saber con precisión lo que le resulta más fácil o difícil de hacer, también relacionarse mejor con las demás personas, tener amistades, trabajar y tener encuentros sexuales y parejas.
Las mujeres de la sociedad occidental estamos inmersas en una cultura dominante masculina en la que se trata de forma diferente los cuerpos de los hombres y de las mujeres.
Esto tiene como consecuencia que sea mucho más probable que el cuerpo de las mujeres se mire, evalúe y sea potencialmente más objetivado que el de los hombres. La información que se recibe de los medios de comunicación afecta nuestra autoimagen.

– El sex appeal o atractivo físico
La imagen corporal también involucra el conjunto del atractivo físico, el “sex appeal” y la evaluación y percepción de los genitales. Según varias investigaciones, el atractivo físico y la imagen corporal son más importantes en la mujer que en el hombre como determinante de citas y de experiencia sexual.
Las mujeres recibimos mensajes sociales de cuerpos delgados, siguiendo modelos irreales de belleza, mientras que en los hombres los niveles de autoestima y autoconcepto en relación a la imagen corporal, serán modulados a partir del desarrollo muscular que presenten y al tamaño de sus genitales.
La imagen corporal (apreciación positiva o negativa) influye significativamente en la frecuencia sexual de las mujeres jóvenes, muchas de ellas no están en sobrepeso, pero se preocupan por su apariencia corporal, lo cual influye en sus relaciones sexuales.
– Las disfunciones sexuales
Las disfunciones sexuales relacionadas a una imagen corporal negativa están relacionadas con:
– Dispareunia: coito doloroso (hombre y mujer)
– Vaginismo: contracciones espasmódicas de los músculos de entrada de la vagina, que impiden la penetración (mujer)
– Anorgasmia: incapacidad de alcanzar el orgasmo por distracción o falta de atención debida (mujer)
– Disfunción eréctil: imposibilidad de lograr la erección en el encuentro sexual (varones)
El temor de merecer la desaprobación o el repudio de la persona del sexo opuesto afecta la posibilidad del encuentro sexual placentero.
Por ello es muy importante y necesaria la construcción de una autoimagen positiva, la cual está relacionada con el haber recibido cariño y buenos cuidados en la niñez y la adolescencia y también, poder reconocer en la adultez desde que lugar se vive la sexualidad, analizar los condicionantes y buscar ayuda profesional para potenciar aspectos influyentes negativamente.
nuestras charlas nocturnas.
El erotismo contra la pornografía …

Huffington Post(J.Errasti) — Es un acierto por parte del Gobierno atender al problema que supone el protagonismo de la pornografía en la educación sexual de los niños y adolescentes.
En medio de una sociedad cambiante a velocidades de vértigo, nos pasan desapercibidas situaciones muy inquietantes que tenemos delante de las narices.
El Gobierno demuestra valentía encarando esta cuestión.
(Nota previa antes de meterme al lío: la pornografía es un fenómeno abordable desde muchos planos diferentes. Urge debatir su dimensión ética y el maltrato que supone contra las mujeres. Como psicólogo, no obstante, y dado el interés del gobierno, centraré la columna en su impacto sobre la adolescencia, sin que esto niegue la relevancia de los otros problemas)
Es difícil hincar el diente a este tema. Propongo las siguientes ideas como punto de partida:
– no hay forma tecnológica ni disciplinaria de impedir que chicos de 12 años, solos o en grupo, se asomen a los móviles para ver porno, eligiendo aquél que sea más bestia y extremo por la curiosidad que despierta este tema a esa edad,
– en la adolescencia se aprenden los estilos básicos de lo que será la vida sexual futura; se aprenden por imitación, por ensayo y error, por influencia grupal,
– aunque nunca se deja de aprender, no ejerce la misma impronta la visión de pornografía en un adulto cuyo deseo está formado que en un joven cuyo deseo se está formando a través de esa pornografía,
– la mayor parte de lo que se considera pornografía es vejatoria para las mujeres; a los 12 años nadie puede tener una visión crítica, distinguir entre tipos de pornografía o distanciarse de su propia excitación o repulsión,
– cuando las personas se encuentran excitadas —sean por alegría, dolor, miedo, sexo, hambre…— aprenden muy rápidamente y sus elecciones futuras tienden a ratificar y fortalecer los estilos conductuales y emocionales aprendidos,
– en la adolescencia no hay todavía madurez para distinguir la realidad de la ficción, y el deseo de encajar socialmente y en pareja es tan fuerte que no es extraño confundir lo que gusta con lo que se cree que debe gustar. Esto es especialmente cierto en el sexo, y provoca problemas diferentes a chicos y a chicas, y
– el porno tiene tanto que ver con el sexo como el Capitán América con el ejército.
¿Qué hacemos entonces? No lo sé, pero la mejor forma de eliminar una conducta es sustituirla por otra. ¿Por cuál? Tampoco lo sé, pero cabría explorar el erotismo como el mejor antídoto contra los problemas de la pornografía. Erotismo y pornografía se distinguen no sólo por su crudeza.
Se distinguen por su inteligencia, sus pactos implícitos, su seducción. Se distinguen en su lenguaje, en que las experiencias sexuales forman un recorrido y no un montón, en que el deseo no es una caricatura. El porno está matando al erotismo, cuando es su única alternativa viable en el aprendizaje sexual de los jóvenes.
¿Cómo promover este cambio desde las agencias públicas? No cabe ser optimista. La responsabilidad está en manos privadas, así que continuaremos con este turbio experimento durante mucho tiempo más.
nuestras charlas nocturnas.
8 mitos sexuales que se deben derribar, según los expertos …

Infobae(C.Pearson) — Que los hombres tienen más deseo sexual que las mujeres o que el sexo planificado es aburrido son creencias falsas que limitan el placer.
Atribúyelo a la variabilidad de la educación sexual, en el colegio o en las facultades de medicina, o al hecho de que a muchos adultos les cuesta hablar de sexo incluso con quienes los ven desnudos regularmente.
Sea cual sea la razón, la desinformación sobre la sexualidad y el deseo es muy común.
“Existen muchos mitos”, dijo Laurie Mintz, profesora emérita de psicología de la Universidad de Florida, quien se centra en la sexualidad humana. Y, añadió, pueden “causar mucho daño”.
Por eso, la sección Well se puso en contacto con un grupo de terapeutas e investigadores sexuales y les pidió que compartieran un mito que desearían desaparecer. Esto es lo que dijeron.
- Mito 1:
Los demás tienen más sexo que tú. ”Curiosamente, este mito se mantiene a lo largo de toda la vida”, dijo Debby Herbenick, directora del Centro de Promoción de la Salud Sexual de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana y autora de “Sí, tu hijo: lo que los padres necesitan saber sobre los adolescentes y el sexo de hoy” (“Yes, Your Kid: What Parents Need to Know About Today’s Teens and Sex”).
Muchos adolescentes creen que “todo el mundo lo está haciendo”, dijo, lo que los lleva a lanzarse a mantener relaciones sexuales para las que no están preparados. Este mito también puede hacer que las personas mayores en relaciones largas se sientan fatal, como si fueran las únicas que atraviesan un periodo de “sequía”, cuando en realidad solo experimentan el sube y baja natural del deseo.
“Es bastante habitual que una de cada tres personas no haya mantenido relaciones sexuales en pareja durante el año anterior”, afirmó Herbenick, refiriéndose a varias encuestas representativas a nivel nacional. También señaló que los estudios en los que ha trabajado muestran que la actividad sexual ha disminuido en los últimos años por razones que no se comprenden del todo. (Los investigadores han planteado la hipótesis de que el descenso tiene que ver con factores como el aumento del sexting o sexteo y la pornografía en línea, así como la disminución del consumo de alcohol entre los jóvenes).
“Normalizar que hay períodos de poco o ningún sexo en pareja puede ser de ayuda”, dijo Herbenick. “Dicho esto, para aquellos que buscan algo de longevidad en su vida sexual en pareja, es importante pensar en el sexo de una manera holística”. Eso significa cuidar la salud física y mental, explicó, y hablar de los sentimientos con la pareja para mantener la sensación de intimidad y conexión.
- Mito 2:
Sexo significa penetración. Los terapeutas sexuales suelen lamentar que la gente se quede atrapada en ciertos “guiones sexuales”, o en la idea de que el sexo debe desarrollarse de una manera determinada: normalmente, un poco de juegos preliminares que conducen al coito.
Pero “tenemos que ir más allá de definir el sexo por un único comportamiento”, dijo Ian Kerner, terapeuta sexual y autor de “Ellas llegan primero”, señaló que este tipo de pensamiento estrecho ha contribuido a la prolongada brecha de placer entre hombres y mujeres en los encuentros heterosexuales. Por ejemplo, un estudio reveló que el 75 por ciento de los hombres heterosexuales afirmaban haber tenido un orgasmo cada vez que habían mantenido relaciones sexuales íntimas en el último mes, frente al 33 por ciento de las mujeres heterosexuales.
Una encuesta reveló que el 18 por ciento de las mujeres alcanzaban el orgasmo solo con la penetración, mientras que el 37 por ciento afirmó necesitar también la estimulación del clítoris para llegar al orgasmo durante el coito. En lugar de precipitarse hacia el coito, hay que centrarse en el “coito sin penetración”, un término que engloba cualquier actividad sexual que no implique penetración, explicó Kerner.
“Si nos fijamos en la mayoría de las películas convencionales, la imagen es la de mujeres que tienen estos orgasmos rápidos y fabulosos durante la penetración, y los juegos previos son apenas la antesala de ese evento principal”, dijo Mintz. “En realidad, científicamente, eso es realmente perjudicial y falso”.
En una encuesta realizada a miles de mujeres para su libro “Becoming Cliterate”, Mintz descubrió que el porcentaje de mujeres que afirmaba haber tenido un orgasmo solo con la penetración era del 4 por ciento o menos.

Equiparar sexo con penetración también deja fuera a las personas que tienen sexo de otras formas.
Por ejemplo, Joe Kort, terapeuta sexual, ha acuñado el término sides, (costados en inglés), para describir a los hombres homosexuales que no practican sexo anal.
Lexx Brown-James, terapeuta sexual, afirma que ese punto de vista también pasa por alto a las personas con ciertas discapacidades, así como a quienes simplemente no disfrutan con la penetración. Muchas personas encuentran mayor satisfacción sexual en cosas como el sexo oral o “incluso apenas el contacto corporal”, dijo.
- Mito 3:
Las vaginas no necesitan lubricante adicional. Las mujeres posmenopáusicas a veces describen el dolor que experimentan durante las relaciones sexuales con penetración como una sensación de “lija” o “cuchillos”. Pero aunque la sequedad vaginal afecta en mayor medida a las mujeres de más edad, puede producirse en cualquier momento de la vida, afirmó Herbenick, lo que tiene implicaciones para la vida sexual de las mujeres.
Se calcula que el 17 por ciento de las mujeres de entre 18 y 50 años sufren sequedad vaginal durante las relaciones sexuales, mientras que más del 50 por ciento la experimentan después de la menopausia. Señaló que también es más frecuente durante la lactancia o la perimenopausia, y que ciertos medicamentos, incluidos algunos anticonceptivos, pueden reducir la lubricación.
“Como suelo decir a mis estudiantes: las vaginas no son selvas tropicales”, dijo Herbenick, señalando que su investigación ha encontrado que la mayoría de las mujeres estadounidenses han utilizado un lubricante en algún momento. “Podemos sentirnos excitadas o enamoradas y aun así no lubricar como quisiéramos”.
- Mito 4:
Es normal que el sexo duela. Aunque el lubricante puede ayudar a algunas mujeres a experimentar más placer durante las relaciones sexuales, es importante recordar que el sexo no debe doler. Se calcula que el 75 por ciento de las mujeres experimentan dolor durante las relaciones sexuales en algún momento de su vida, lo que puede tener muchas causas: problemas ginecológicos, cambios hormonales, tratamiento del cáncer, traumatismos, y la lista continúa.
Shemeka Thorpe, investigadora y educadora en sexualidad especializada en el bienestar sexual de la mujer negra, afirmó que muchas mujeres creen que el dolor durante o después del acto sexual es señal de buen sexo.
“Sabemos que muchas veces las personas que acaban teniendo algún tipo de trastorno de dolor sexual más adelante en la vida en realidad tuvieron dolor sexual durante su primera vez, y continuaron teniendo dolor sexual o dolor vulvar”, dijo Thorpe. “No se dieron cuenta de que era un problema”.
También los hombres pueden experimentar dolor durante el coito. Los expertos insisten en la importancia de que toda persona que experimenta dolor durante las relaciones sexuales acuda a un médico.
- Mito 5:
Los hombres siempre quieren más que las mujeres. ”La discrepancia en el deseo es el problema número uno que trato en mi consulta, y de ningún modo la pareja más deseosa es siempre masculina”, afirmó Kerner. “Pero debido a este mito, los hombres suelen sentir vergüenza en torno a su falta de deseo, y una presión para iniciar siempre”.
Herbenick señaló el mito relacionado de que las mujeres no se masturban, que según ella les impide explorar plenamente su sexualidad. Pero aunque hay datos que sugieren que los hombres se masturban con más frecuencia que las mujeres, es falso que las mujeres no deseen sexo o que los hombres siempre lo deseen, dijo Brown-James. Por ejemplo, un estudio reciente descubrió que el deseo de las mujeres tendía a fluctuar más a lo largo de su vida, pero que hombres y mujeres experimentaban fluctuaciones del deseo muy similares a lo largo de la semana.
- Mito 6:

El deseo debe producirse al instante.
En general, los terapeutas e investigadores sexuales creen que hay dos tipos de deseo: el espontáneo, o sensación de querer sexo de la nada, y el receptivo, que surge en respuesta a estímulos, como el tacto.
La gente tiende a pensar que el deseo espontáneo -que es lo que muchos amantes experimentan al principio de la relación- es de algún modo mejor.
Sin embargo, Lori Brotto, psicóloga y autora de “Mejor sexo con Mindfulness” (”Better Sex Through Mindfulness”), afirmó que gran parte de su trabajo consiste en normalizar el deseo receptivo, sobre todo entre las mujeres y las personas que mantienen relaciones duraderas.
Les ayuda a entender que es posible practicar sexo sin deseo espontáneo, siempre que haya voluntad y consentimiento. Brotto lo compara con ir al gimnasio cuando no te apetece. “Las endorfinas empiezan a fluir, te sientes muy bien y después agradeces haber ido”, dijo.
- Mito 7:
El sexo planificado es aburrido. Brotto tampoco está de acuerdo con la idea de que “el sexo planificado es mal sexo”, porque lo convierte en “clínico, seco y aburrido”. Este punto de vista es “muy perjudicial”, dijo. Y hace que muchas personas traten el sexo como algo secundario, que solo lo practiquen a altas horas de la noche, cuando están agotados o distraídos, si es que sacan tiempo para ello.
Cuando a sus clientes les molesta la práctica de programar las relaciones sexuales, ella les pregunta: ¿hay muchas otras actividades en tu vida que te gustan o son importantes para ti y que nunca planificas ni anotas en el calendario? La respuesta suele ser no. El sexo programado también puede prestarse a responder al deseo, dijo Brotto, dando “tiempo a que escale la excitación”.
- Mito 8:
Tu pene no está a la altura. Los hombres están sometidos a cierta presión en lo que se refiere al aspecto o el funcionamiento de su pene, dijo Kerner. Los más jóvenes creen que no deberían tener disfunción eréctil, mientras que los mayores reciben el mensaje de que la eyaculación precoz es algo que se supera con la edad y la experiencia.
Los datos hablan de otra cosa. Aunque la disfunción eréctil -que se define como una incapacidad constante para lograr o mantener una erección, no solo problemas ocasionales de erección- tiende a aumentar con la edad, también afecta a un porcentaje estimado del 8 por ciento de los hombres de 20 años y al 11 por ciento de los de 30 años. Y el 20 por ciento de los hombres de entre 18 y 59 años afirman sufrir eyaculación precoz.
“No tenemos una pastillita azul que haga desaparecer la eyaculación precoz, así que no estamos teniendo la misma conversación cultural que con la disfunción eréctil”, dijo Kerner. “Solo nos quedamos con los mitos de que los chicos con eyaculación precoz son malos en la cama, o sexualmente egoístas”.
Asimismo, los estudios demuestran que a muchos hombres -homosexuales y heterosexuales- les preocupa que su pene no esté a la altura, aunque muchas parejas digan que no prefieren un pene especialmente grande. “El sexo en pareja es complejo”, afirmó Kerner. “Implica tocarse, sintonizar, conectar, comunicarse”.
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Pussypedia: ¿las mujeres eyaculan? y otras preguntas que llevaron a crear la enciclopedia en línea sobre la vagina …

Stefania Gozzer/BBC News Mundo –¿Las mujeres eyaculan?
Tras discutir este tema a finales de 2016 con su entonces novio, la periodista estadounidense Zoe Mendelson decidió hacer lo que hacemos todos cuando no hay acuerdo y necesitamos que un tercero aclare la duda: recurrir a Google.
«Encontré un montón de información tonta y de poca calidad, así que consulté publicaciones médicas e intenté leer lo que decían. Pero no entendía nada porque no sabía de qué partes del cuerpo estaban hablando ni dónde estaban ubicadas o para qué servían», recuerda en una conversación telefónica con BBC Mundo.
La joven sacó dos conclusiones: «Pensé que era un verdadero problema que toda la información a la que podía acceder o bien eran sandeces o no era aceptable para mí». Y la segunda: «Que no sabía nada sobre mi propio cuerpo».
Más de dos años después, ella y una amiga, la ilustradora mexicana María Conejo, acaban de estrenar el proyecto que surgió de aquella discusión entre Mendelson y su expareja: la Pussypedia, una enciclopedia digital gratuita con la que se proponen ofrecer información amplia y confiable sobre el cuerpo femenino.
Está dedicada a la «pussy», un término que en inglés coloquial se usa para la vulva pero al que ellas han dado su propia definición: «una combinación de vagina, vulva, clítoris, útero, vejiga, recto, ano y quién sabe, quizá algunos testículos», según explican en su página web, pussypedia.net.
Pero, en pleno siglo XXI, con el movimiento #MeToo en boga, la educación sexual integrada en muchos currículos escolares e internet al alcance de la mayoría de la población, ¿por qué consideran las fundadoras de Pussypedia que un proyecto así era necesario?
Conejo lo responde en dos frases: «La vergüenza es peligrosa» y «el conocimiento es poder».
«Creo que sobreestimamos la cantidad de progreso que ha habido (en la igualdad entre hombres y mujeres). Seguimos viviendo con muchísima desigualdad y muchísima vergüenza de nuestros cuerpos y nuestra sexualidad y aunque esté más aceptado en la sociedad, lo seguimos teniendo internalizado», afirma Mendelson desde Estados Unidos.
Conejo, en conversación con BBC Mundo desde México, coincide: «Todos tenemos una actitud de que asumimos que ya sabemos cosas de nuestro cuerpo y también por eso mismo no hacemos preguntas sobre ciertas cosas: porque se supone que ya las deberíamos saber. Pero en realidad, esa misma actitud nos limita un montón».
Con la ayuda de colaboradores, Conejo y Mendelson armaron un portal que cuenta con una versión en inglés y otra en castellano. Hasta ahora, han recibido unas 130.000 visitas desde que empezaron a funcionar en julio.
Allí, resuelven dudas que pueden ir desde los temas más simples, como la forma en que se ha de lavar la vulva, hasta otros más complejos, como la relación entre los pesticidas y la fertilidad. Cada uno de los artículos incluye la lista de las fuentes usadas para su elaboración.
- ¿Y una «penepedia»?

Pese a sus esfuerzos por encontrar información de calidad y ser transparentes, a veces, hay preguntas que simplemente no tienen respuesta.
Según las fundadoras de Pussypedia, esto se debe a que los genitales femeninos (dejando de lado su función reproductiva) han sido menos estudiados que los masculinos.
«No pude ni contestar mi pregunta original», comenta Mendelson. «Falta muchísima información que aún no se sabe o sobre la que, simplemente, todavía no se ha puesto de acuerdo la comunidad científica. Por ejemplo, de qué tipo de tejido está hecho la mayoría del cuerpo del clítoris».
Por eso, descarta la necesidad de una «penepedia».
«Si buscas pene en cualquier libro médico o de salud, vas a ver muchísimas entradas. De vagina, menos», dice la periodista.
Aunque, el hecho de que los hombres tengan más información disponible sobre sus genitales no significa que haya más interés de su parte en este tema, como admite Conejo.
«Yo creo que ellos saben menos», afirma la artista mexicana. «A pesar de que existe mucha información sobre los penes creo que hay una actitud sobre la masculinidad que tampoco les permite querer enterarse de qué pasa en su cuerpo y menos en el de nosotras».
En el caso de las mujeres, el interés es tal que, cuando comenzaron una campaña en Kickstarter para recaudar fondos para crear Pussypedia, lograron su objetivo en apenas tres días. Al final, consiguieron tres veces más: cerca de US$22.000.
El dinero les sirvió para arrancar, pero tras «dos años trabajando gratis», ahora necesitan que Pussypedia genere ingresos si quieren cumplir con su ambición de actualizarla continuamente y poder pagar a los colaboradores en un futuro.
Para conseguirlo, ofrecen en la web la opción de patrocinar un artículo y venden mercadería con las ilustraciones de Conejo.
«Llevo como cinco años tratando de hacer justamente representaciones del cuerpo femenino que exploren la sexualidad o que la reflejen de una manera distinta, como cambiar la manera en que percibimos el cuerpo desnudo», asegura la ilustradora. «Entonces, creo que Pussypedia fue un proyecto en el que todo lo que he estado aprendiendo en todo este tiempo por fin logró cuajar en algo«.
Mientras tanto, Mendelson espera poder añadir al portal más artículos sobre salud sexual transgénero, un tema que hasta ahora les ha sido esquivo.
Y, con suerte, algún día contará con suficiente información científica para responder a la pregunta de la que nació Pussypedia: ¿Las mujeres eyaculan?.
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Opinión: Las mejores formas de poneros calientes para disfrutar del sexo …

ACV.ElConfidencial/A.Nuño – Quizá suene un poco a estereotipo, pero los hombres, por lo general, no tienen muchos reparos para decir «sí» al sexo. Para las mujeres suele ser un poco más complicado, aunque sabemos que no es bueno generalizar. El problema es cuando la pareja no se encuentra en sintonía y a uno le apetece mientras que al otro no y viceversa. Si la situación se repite durante mucho tiempo, puede conllevar verdaderos altibajos.
Las complejidades de la química del cerebro son difíciles de comprender, pero hay maneras posibles de calentaros mutuamente para acabar gozando, que de eso se trata, al fin y al cabo. Si tu pareja o tú no estáis atravesando el mejor momento tenemos algunos trucos para vosotros que podréis poner en práctica y que seguro que os ayudan a reavivar de nuevo la llama.
– Un masaje
A nadie le amarga un dulce. Las manos sirven para mucho, y los masajes eróticos pueden ser una manera fantástica de relajaros o dar pie a algo más. No solo sirven para liberar la tensión, sino que también excitan, aunque es fundamental saber hacerlos con propiedad y no frenar a la primera de cambio. Si tienes a mano un buen aceite o loción, tu pareja disfrutará mucho más. Puedes comenzar lentamente, tocando cada músculo, y luego acercarte poco a poco hacia otras partes más sexys.
El agua es otro lugar en el que podéis despertar vuestros instintos. Tanto en una ducha como en un spa, tiene un efecto relajante que disparará vuestra libido. ¿Pensabas que era una casualidad que los anuncios sobre medicamentos para la disfunción eréctil siempre muestren parejas caminando por la playa y mirando al mar? No, amigo.
– Mensajes picantes
Son otra manera de avivar la llama. Conoces a tu pareja mejor que nadie, así que sabes qué tipos de mensajes pueden ponerla a tono, pero lo que nosotros aconsejamos es comenzar con mensajes más dulces y cariñosos y, poco a poco, durante el día, ir virando hacia los picantes. Cuando lleguéis a casa te garantizamos que ambos os moriréis por cumplir todas esas fantasías de las que habéis estado hablando.

– Las fantasías
Según un informe publicado en el ‘Journal of Sex Research‘, ellas piensan en el sexo un promedio de 19 veces al día. Según una encuesta de ‘Men’s Health’, una de cada tres mujeres tiene en mente algo que se mueren por probar en la cama pero, a la hora de la verdad, no se atreven a confesarlo. Hay muchas maneras de hacerle saber a tu pareja que estás dispuesto a cumplir sus fantasías. Podéis ver porno juntos, regalaros libros eróticos o (¡aunque suene increíble!), atreverte a preguntarle si hay algo que quiera probar o contarle eso que quieres hacer tú. La comunicación es importante.
– Deporte y un buen descanso
A veces el cansancio tiene mucho que ver con el apetito sexual (o la falta de). Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Michigan descubrió que una buena noche de sueño puede aumentar la libido de una mujer. Dormid una siesta y aprovechad cuando estéis descansados para comenzar, de manera relajada, a tocaros. Algunas investigaciones han demostrado que dormir las horas adecuadas aumenta las hormonas sexuales, lo que puede influir en los sentimientos de deseo.
De la misma manera, el ejercicio también es vuestro aliado. Investigadores de la Universidad de Texas en Austin descubrieron que la actividad física puede preparar el cuerpo de una persona para la actividad sexual al hacer que el cuerpo sea más sensible al tacto. Esto se debe a que acelera la red de neuronas que forman el sistema nervioso simpático, que a su vez controla la excitación. Más ejercicio fuera de casa implica más ejercicio en el dormitorio.

Las luces
Quizá también tengáis que pensar en el ambiente. Las luces de la habitación a veces tienen mucho que ver, todos preferimos hacerlo en un lugar relajado, con buena ambientación, aunque no sepamos muy bien por qué. Quizá es porque al apagar las luces nos sentimos menos cohibidos y, por tanto, más relajados. Si tienes un interruptor con el que las luces se puedan atenuar, un minipunto.
– Y recuerda…
El sexo no se basa solo en la penetración. Si ves que escasea por culpa de la rutina y las obligaciones, lo que debéis hacer es programarlo. Podéis probar a masturbaros o a intimar de cualquier otra manera que os haga sentir cómodos. Además, los expertos dicen que tomar un descanso a corto plazo de todas las formas de sexo puede ayudaros a redescubriros.

















