Historia de la comedia británica televisada…

La sátira es un recuerdo confortante de que somos una nación tolerante, democrática y con tendencia a flagelarnos.
(Stephen Fry, «The Satire Boo» en Paperweight, Londres, Random House, 2004, pp. 131)
– años 60
JotDown(J.Tovar) — Son los años 60 en el Reino Unido: una revista teatral ocupa todos los titulares en los periódicos. Es la primera obra en la comedia británica que se permite traspasar los límites, la llamada deferencia, y atacar al poder sin cortapisas ni líneas rojas. ¿El nombre? Beyond the Fringe (Más allá del borde).
Muchos de sus actores muy pronto serían reconocidos tanto en el ámbito cinematográfico como en el teatral. Entre estos se encontraban los autores Jonathan Miller, Alan Bennett y los futuros actores Dudley Moore y Peter Cook.
Formados en el club Footlights de Cambridge, conforman una troupe que carecía de miedo a las fuerzas vivas en este Reino Unido del consenso. Estamos hablando de una sociedad estratificada donde todavía no ha aparecido Margaret Thatcher y en la cual cada clase social «sabe su papel» según un conocido sketch del Frost Report.
En las piezas así aparecen mineros «que no saben latín», curas gangosos con sermones inentendibles, sátiras sobre el fin del mundo e incluso actores cojos que se presentan a una audición de Tarzán. Nada ni nadie estaba a salvo de este grupo de jóvenes satíricos.

El show fue un éxito multitudinario incluso internacionalmente, llegó a tener consenso crítico a su favor en Broadway (Nueva York), y el Monty Python John Cleese confiesa que estuvo «masticando la bufanda» debido a las risas al ver el show.
Un espectador a la revista fue el presidente conservador Harold Macmillan, cuya senilidad era la diana de muchos sketch: recordaban su incapacidad de pronunciar «partido conservador» en un inglés comprensible. Peter Cook, el gran imitador de Macmillan, se dirigió al ilustre invitado y dijo improvisando una sentencia que se haría célebre en el Reino Unido:
Cuando tengo una noche despejada no hay nada que me guste más que deambular en algún teatro y sentarme a escuchar a un grupillo de cómicos jovenzuelos bobos, pesados y muy vivos. Todo ello con una gran sonrisa idiota en mi tez viejuna.
- Hijos de la tradición
En su excelente historia de inicios de los años 60, Dominic Sandbrook recuerda la larga tradición satírica inglesa, que llega a remontarse al siglo XVIII y las primeras sátiras impresas, según el investigador Gary Dyer.
El político español Emilio Castelar, en su Vida de Lord Byron, recordaba que no había otro país en Europa donde fuera «más respetada la palabra», pero también sentenció en la misma obra que en ninguna otra parte del viejo continente «las costumbres son más tiránicas».
Esa cuestión de las clases sociales, elemento capital en la comedia británica como defensa o subversión, se imbuye en toda la literatura de costumbres del siglo XIX: todos los grandes autores, de Jane Austen a Charles Dickens pasando por Samuel Butler, tienen en el clasismo británico un nutriente que da frondosas plantas literarias.
Sobre todos estos escritores, sin duda, el mayor satírico sería William Makepeace Thackeray. El gran escritor victoriano, de mayor consideración crítica en el tiempo que Dickens, fue el gran fustigador de las clases sociales. Incluso llegó a lanzar un ensayo sobre el esnobismo, El Libro de los esnobs, donde carga contra todas las supercherías de su tiempo y la admiración idiota a los aristócratas:
Inspirados por aquello que se llamó «imitación del aristócrata», alguna gente gana y trinca honores; otros, malvados o debiluchos, se arrastran o admiran ciegamente a aquellos que los han ganado; los más, sin capacidad de obtener esas prebendas, envidian y odian furiosamente a los demás.
De finales del siglo XIX a inicios del XX las obras de Oscar Wilde y P. G. Wodehouse crearán arquetipos que serán utilísimos para los cómicos posteriores. Sandbrook, de hecho, incide en el magisterio de Wilde, sus frases ingeniosas, en gran parte de estos cómicos que hacían sus primeras tablas en los 50 y 60.
- El cine como espejo deformante
Ese tiempo entre décadas quedaría marcado también por varias películas que hacen de la sátira social y política su razón de ser y que serían sumamente influyentes en el Reino Unido. Una de las más importantes sería Estoy bien, Jack, estrenada el año 1959, adaptación de la novela Private Life de Alan Hackney.
Una secuela de las andanzas del soldado Stanley Windrush, nos cuenta sus infructuosos intentos de prosperar como obrero fabril en una fábrica con rendimiento nulo gracias a la presión colectiva y la incapacidad de los gestores. Toda la película es una sátira cruel de las relaciones entre capitalistas y obreros y es recordada por el papel de Peter Sellers como el sindicalista intransigente Fred Kite:
No podemos aceptar el principio de que la incompetencia justifica un despido. Eso es victimizarnos.
La investigadora Anne-Lise Marin-Lamellet une este filme a otros como El amargo silencio (1960) o la serie de televisión y película Love Thy Neighbour (1972), donde se parodia el inmovilismo de los sindicatos ingleses. En cualquier caso, todas las disputas acaban en la película en el caos o con apenas cambios en las mal gestionadas fábricas.

Aunque existieron también comedias surreales de éxito entre los 50 y los 60 (El Quinteto de la Muerte, Un golpe de gracia, su secuela Un ratón en la luna o la franquicia Carry On…), sería ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú el filme clave de testimoniar el cambio de sensibilidad de una década a otra.
Dirigida por Stanley Kubrick en 1964, es una malévola producción británica sobre la guerra nuclear que el director coescribió con el escritor satírico Terry Southern en torno a la novela Red Alert de Peter George.
Un clásico atemporal que hizo célebre a Sellers por sus múltiples papeles y diálogos contra el jingoísmo americano:
—General Jack D. Ripper: ¿Has visto a un rojo beber un vaso de agua?
—Capitán Lionel Mandrake: Bueno, no creo que lo haya visto.
—General Jack D. Ripper: Vodka, eso es lo que beben ¿no es así? Nunca agua.
—Capitán Lionel Mandrake: Creo que sí, Jack, eso es lo que beben.
—General Jack D. Ripper: De ninguna manera: un rojo no bebería agua sin alguna razón.
—Capitán Lionel Mandrake: No entiendo lo que quieres decir…
—General Jack D. Ripper: El agua, a eso queremos llegar, el agua.
Esta película, que el crítico Jonathan Rosenbaum juzgó que tenía interpretaciones brillantes, unió a actores consagrados como Sterling Hayden con otros emergentes como George C. Scott o Peter Bull.

Más formalmente libres, menos satíricas, serían los filmes dirigidos por Richard Lester de aquí a final de década, donde destacaremos ¡Qué noche la de aquel día! con los Beatles de 1964 y The Knack un año después. Estas películas estaban inspiradas en un espectáculo radiofónico clave en la Gran Bretaña de los años 50.
- La sátira toma el país
El primer puntal cómico luego de la Segunda Guerra Mundial en el Reino Unido sería el espectáculo radiofónico de Los Goons, que escribía Spike Milligan y actuaban Peter Sellers y Harry Secombe.
Aunque es difícil encontrar en este una sátira directa de los gobiernos, el surrealismo de estos comediantes —hijos no reconocidos de Lewis Carroll— ponía boca abajo la sociedad británica y el programa supuso para los adolescentes un verdadero «golpe de estado mental», según el ex Beatle John Lennon.
Una pieza suelta, así, demuestra la capacidad subversiva de este programa «para niños»:
—Primer ministro: ¿Qué queréis? ¿Quiénes sois?
—Somos el alzamiento de octubre de 1917
—Primer ministro: eso pertenece a los rusos.
—Nos lo han dejado esta tarde.
—¿Me estás diciendo que esta revolución es una función?
—Sí, y están todas las entradas vendidas. Por eso estamos detrás.
Aunque Milligan y sus creaciones jamás cruzaron fronteras, quizá intrínsecamente británicas para ser entendidas, Fringe… y su sentido más riguroso de la estructura teatral sí funcionaría más allá de las islas. Esa comedia que hacía sangre con la realidad británica pudo superar las fronteras de ese Reino Unido «que nunca había estado tan bien», según definición famosa de Macmillan.
En ese sentido, la revista teatral de Peter Cook y compañía se componía de exuniversitarios que habían hecho ya pequeños trabajos en revistas o el West End londinense.
Su inicio, incluso, tuvo mucho de casualidad: el promotor del festival teatral de Edimburgo Roger Ponsonby quiso contratar al músico Louis Armstrong, pero cuando las negociaciones no llegaron a buen puerto reemplazó su ausencia con los mejores cómicos del círculo de Oxbridge.
Del pianista Dudley Moore llegaron al joven escritor Alan Bennett por Oxford, y del circuito de Cambridge se recomendó a Jonathan Miller y Peter Cook. Ninguno de ellos escribió piezas medidas y todas atacaban las instituciones británicas más apolilladas. Se hicieron célebres, de hecho, los sermones de broma del «pastor» Bennett:
…Y él dijo «Esaú mi hermano es hombre velloso, y yo lampiño» (…) Cuando venía al sermón hoy llegué a la estación y estaba en la vía equivocada. Entonces un empleado del ferrocarril me grito «Eh, ¿a dónde te crees que vas?» Eso, de cualquier manera, fue la esencia del asunto.
Pero, sabed, estaba agradecido, porque me puso en la mente el tipo de tribulación que me siento obligado a preguntaos esta noche: «Eh, ¿a dónde os creéis que vais?» (…) Así quiero que cuando salgáis al mundo, en estos tiempos de tribulaciones, lloros y desesperación propios del bullicio de la vida moderna, volváis a la cita inicial que resume todo «Esaú mi hermano es hombre velloso, y yo lampiño».
Gran parte de esta revista teatral son diálogos sarcásticos sobre «el fin del mundo» o las consecuencias de una guerra (sketch que provocó quejas de los veteranos de guerra). Detrás de casi cualquier pieza aparecía el espíritu de la sempiterna lucha de clases en el Reino Unido. Esta tuvo su mejor representación en un monologo célebre de Peter Cook:
Podía haber sido un juez, pero nunca fui bueno en latín. No llegué muy lejos en lo que me concierne a impartir justicia ya que no tuve suficiente latín para los rigurosos exámenes. Pero conseguí llegar a ser minero. Logré pasar los exámenes: no son muy rigurosos. Solo te hacen una pregunta: «¿Quién eres?» Saqué un notable en ese examen.
La pieza más celebrada del espectáculo fue el sketch de un actor cojo, Dudley Moore, que se presenta a la audición de Tarzán sin mucho éxito. El brillante ingenio lingüístico de Peter Cook salva una premisa tonta a través de edulcorados eufemismos:
Sí, en efecto, Vd. es deficiente en el apartado de piernas, Don Spiggott. Es deficiente en cuanto a número. Su pierna derecha, en cambio, me gusta. Una estupenda pierna para el papel. Es lo primero que he visto cuando Vd. ha entrado: «que pierna más adorable para el papel».
Ese boom de la sátira sobrevivió a la revista teatral Beyond the Fringe, de efímera duración, con la publicación en prensa Private Eye (1961) e incluso un club de comedia como The Establishment. Este último, según un inolvidable sarcasmo de Cook, tenía como objeto «imitar los club berlineses que tanto habían hecho por detener la ascensión de Hitler al poder».
Aunque Private… sigue publicándose en la actualidad, y contó con colaboraciones sueltas de Cook hasta su muerte, Establishment… no sobreviviría al año 1964.

La televisión, en todo caso, sería la autopista a la fama para la mayoría de los cómicos de Fringe…, además de adláteres de «Oxbridge» como David Frost que se consagraría en la BBC en este tiempo. Cook, incluso, llegó a llamar a Frost un «plagiador apestoso» quizá envidiando su inicial éxito televisivo.
Frost, que acabaría siendo más recordado como presentador que como cómico, será clave en popularizar esta sátira política en la BBC gracias a That Was the Week That Was de 1962 a 1963.
A pesar de esto, Peter Cook se desquitaría con el éxito de su programa junto a Dudley More Not Only… But Also, el cual duró casi toda la década de los 60. Cook también realizaría cintas de éxito variado como la maliciosa Mi amigo el diablo o la fallida The Rise and Rise of Michael Rimmer de 1967 a 1970.
Para acabar con el grupo de Fringe… Alan Bennett incluso intentaría su propio programa de sketch, On the Margin, que apenas duraría seis episodios en el año 1966. Este autor conocería mejor suerte como escritor de éxito (La Locura del rey Jorge III o La dama de la furgoneta en décadas posteriores).
Ahora bien, quien se convertiría en el principal puntal a finales de los 60 sería el citado David Frost gracias al noticiero satírico The Frost Report de 1967 a 1968. Este reunió por primera vez a los que habrían de conformar los Monty Python como guionistas, además de contar con excelentes actores cómicos de la talla de Ronnie Corbett, Ronnie Barker o Marty Feldman.
Tanto este programa como Not Only… de Peter Cook tendrían la mala suerte de no conservarse completos en la BBC, ya que esta tenía la costumbre de regrabar las cintas de programas antiguos.

A pesar de todo un sketch brillante, la citada pieza sobre la clase social, sobrevivió y ha sido citado como una de las señales del fin de la deferencia allí:
—Cleese: Yo le miro por encima porque soy de clase alta.
—Barker: Yo le miro por abajo porque es de clase alta, pero le miro por encima a él porque es de clase baja. Soy clase media.
—Corbett: Sé mi lugar. Los miro por debajo a los dos, pero no veo al de la clase media tan arriba como veo al de la clase alta porque tiene un linaje.
—Cleese: Tengo un linaje, pero no tengo ningún dinero. Así que a veces tengo que mirar al de la clase media.
—Barker: Todavía lo veo por encima, porque, aunque yo tengo dinero, soy alguien vulgar. Pero no soy tan vulgar como el de clase baja, así que le miro por encima.
—Corbett: Sé mi lugar. Los miro por encima a ambos, pero, aunque sea pobre, soy honesto, trabajador y alguien de fiar. Si tuviera esa forma de ser, podría mirarlos por encima… pero no lo hago.
—Barker: Todos sabemos nuestro lugar, pero ¿cómo podemos salir de él?
—Cleese: Me siento superior a ellos.
—Barker: Me siento inferior a él, pero superior al otro.
—Corbett: Yo siento un dolor en mi espalda.
En este final de década dos programas serían un anticipo de la revolución cómica que habría de suceder: At Last the 1948 Show y Do Not Adjust Your Set en BBC e ITV respectivamente. El primero reunía a parte del equipo de Frost Report… en una revista cómica que presentaba «la encantadora» Aimi MacDonald.
Este espectáculo anticipa muchos elementos absurdos y la sátira venenosa que daría fama al cómico John Cleese. Ahí está la pieza Four Yorkshiremen, donde un grupo de ricachones presume de infancias difíciles viviendo en «cajas de zapatos», «fosas sépticas» o bebiendo «ácido sulfúrico».

Adjust Your Set… es más suave; un programa para niños con los guionistas más blancos del Frost Report… y el grupo pop Bonzo Dog Doo-Dah Band. Esto quizá no pueda verse como satírico, pero incluía animaciones a mano de Terry Gilliam de gran influencia ulterior.
En este año 1969, también, aparecería la serie de televisión Q… del ex Goon Spike Milligan, la cual jugaba con el formato televisivo como nunca se había visto en la pequeña pantalla.
Todos estos formatos, todos estos cómicos, pronto abandonarían la sátira y abrazarían el absurdo como tema siguiendo el ritmo de las pomposas marchas de John Philip Sousa. Estas comenzaban, claro, el circo volador de los Monty Python.
– Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores catódicos en los 70

Interrumpimos este programa para molestarles y hacer las cosas un poco más irritantes.
(«Blood, Devastation, Death, War and Horror» en Monty Python Flying Circus, Londres, BBC, 9 de noviembre de 1972).
La BBC recibió en octubre de 1969 una carta de alguien un tanto especial. ¿Su propósito? Afirmar sin ningún rubor que «el show volador de los Monty Python» era «lo mejor en la televisión británica». El instigador de esas letras acababa de tener un LP en el número uno del Reino Unido y su nombre no era otro que George Harrison, guitarrista principal de los Beatles.
Según el especialista en televisión de culto Leon Hunt, la mejora en la educación de los 60 a los 70 —el acceso a las universidades—, consolidó un «público nicho» para ese tipo de comedia más sofisticada. Estos cambios culturales, unidos al progresivo aperturismo social, hicieron de los años 70 una década de experimentación en la comedia británica.
De este modo el éxito del programa de televisión de los Monty Python, recogido con profusión por Michael Palin en sus diarios y que se asemeja a una bola de nieve cogiendo tamaño, va a permitir muchos formatos más cercanos al surrealismo que a la sátira.

Este surrealismo del 67 al 70 fue prefigurado en el cine con epígonos de la comedia de faldas sesentera como Hay una chica en mi sopa y también sátiras sociales muy británicas tal como If, The Rise and Rise of Michael Rimmer y Si quieres ser millonario no malgastes el tiempo trabajando.
A la vez, la mayoría de los espectadores siguieron prefiriendo sitcom convencionales como Dad’s Army o la fábula con mendigos Steptoe and Son (cuyo éxito masivo se data de este tiempo). Los diálogos de Dad’s Army, así, tienen mucho más que ver con la vieja comedia de costumbres británica, wodehousiana, que con cualquier interés en subvertir la realidad.
El intercambio entre el pelotón británico y un marino alemán en plena II Segunda Mundial dice todo de su continuidad con las piezas anteriores:
—Capitán Mainwaring: Ya te digo, Wilson, son una nación de autómatas dirigidos por un lunático que se parece a Charlie Chaplin.
—Capitán de submarino: Cómo se atreve a comprar a nuestro glorioso líder con un payaso que no es ario…
—Capitán Mainwaring: No, mire…
—Capitán de submarino: Voy a tomar notas, capitán. Y su nombre estará en la lista. Cuando ganemos la guerra, su nombre será tenido en cuenta.
—Capitán Mainwaring: Escriba lo que quiera. No vais a ganar a esta guerra
—Capitán de submarino: Oh sí, eso haremos.
—Capitán Mainwaring: No, claro que no.
—Pike: (Silba mientras curra) Hitler es un turra. Está medio loco; como su ejército del moco…
—Capitán de submarino: Su nombre también estará en la lista ¿Cuál es?
—Capitán Mainwaring: No se lo digas, Pike.
—Capitán de submarino: Bien, es Pike.

Comedia sin riesgo, aún con un seguimiento masivo, esta serie de un pelotón un tanto chiflado logró audiencias de dieciocho millones y medio en este Reino Unido entre los 60 y los 70. El propio Michael Palin, de los Python, reconoció el talento del guionista de la serie, Jimmy Perry, en un libro conmemorativo a finales de los años 90.
Aún con su gran cantidad de televidentes, estas sitcoms continuistas van a quedar poco a poco eclipsadas por los nuevos cómicos y formatos que se apelotonan en esta verdadera década de oro de la televisión británica. Es el tiempo, también, de los alocados espectáculos de comedia y canciones del escocés Billy Connolly, monologuista célebre por sus botas de plátano y uso abuso del insulto.
Volviendo a los Python, John Cleese recuerda en sus memorias como «no tenían ni idea» de si la gente consideraría el programa de televisión original, Monty Python’s Flying Circus, «divertido». El show, además, se emitía en la BBC2, la cual estaba pensada según el investigador Julian Newby como pantalla de «programas más exigentes».
Recordemos, también, que la ITV había elevado la competencia de programas surreales en Inglaterra gracias a su seminal El Prisionero; prácticamente abstracta tal como desarrolla bien el profesor Santi Pagés en un libro reciente.

Monty Python’s Flying Circus sobrevivió gracias a las excelentes críticas y un público fanático, ya que en inicio apenas hacía una fracción de la audiencia de la masiva Dad’s Army.
Aunque es difícil llamar satírico al programa de los Monty Python, una serie con hipopótamos saltarines y policías vestidos de cabareteras —collage hechos a mano por el caricaturista Terry Gilliam, cuya estética sería sumamente influyente en series como South Park—, en los sketches del dúo John Cleese y Graham Chapman siempre se filtra la sátira social:
—Padre: Sí, Hampstead no era suficiente bueno para ti, ¿no? Tenías que ir a holgazanear a Barnsley con tus amigos mineros.
—Hijo: ¡La minería de carbón es algo estupendo padre! Pero nunca lo entenderás ¡Mírate!
—Madre: ¡Oh, Ken! ¡Ten cuidado! Ya sabes cómo se pone luego de escribir varias novelas.
—Papa: ¡Venga chaval! ¡Atácame! ¿Qué tienes en mi contra? ¡Tonto!
—Hijo: Te diré que tengo en contra: tu cabeza está podrida con novelas y poemas, vuelves a casa cada noche tambaleándote por vino Château Latour…
—Madre: ¡No, no lo hagas!
—Hijo: ¡Y mira lo que has hecho con mamá! Está agotada de conocer a estrellas de cine, ir a estrenos y dar almuerzos de gala.
La pieza, escrita por Graham Chapman, es una sagaz inversión del drama obrero, «realismo de fregadero» (todas esas historias proletarias tenían una escena de confesiones mientras lavaban platos), que monopolizó la rama de ficción en la BBC de los años 60. En estos se formó Ken Loach como realizador y la virtud de los Python fue dar la vuelta a los argumentos de una parte y otra.

Una de las claves de este programa, avanzadísimo a su tiempo, es cómo subvertía las reglas de programación y jugaba permanentemente con el formato. Si se puede hablar del «teatro brechtiano» con relación a aquel que rompe la distancia entre el público y la pieza, la llamada cuarta pared, los Python fueron claves a la hora de destruir lo que se esperaba de un show cómico.
Los sketches acababan por la mitad, las introducciones finalizaban antes de tiempo y en ocasiones los créditos aparecían deliberadamente al poco de empezar el programa. Recordaba Eric Idle, miembro de este grupo cómico, cómo el objeto inicial del programa era «sorprender» a las audiencias, las cuales eran en el plató:
… casi todas señoras mayores que habían sido enviadas a en autobús al centro televisivo de la BBC pensando que iban a ver algún tipo de circo. Ninguna de ellas tenía una pista de dónde les habían metido…
Una muestra del brillante juego con el formato de los Python es un sketch menor donde comienzan el programa con la cortinilla de la Thames Television, una filial de la ITV y competencia de BBC. Luego de esa introducción, la pieza se coronaba con la aparición del locutor de ITV David Hamilton y una cita memorable:
Buenas noches. Tenemos una programación de noche llena de acción aquí en Thames, pero antes un asqueroso programa de la BBC.

Entre tanta tomadura de pelo, la excusa dadaísta conduce en ocasiones a temas sociales como la furibunda crítica de la burocracia del gobierno británico. Así se hace en el célebre sketch del «Ministerio de Andares Tontos»; una de sus piezas más conocidas:
—Ministro: ¿Puedo ver su andar tonto?
—Sr. Pudey: Sí, claro.
(Se levanta, hace un andar muy poco tonto, apenas un cambio de piernas, y para).
—Ministro: ¿Es solo esto?
—Sr. Pudey: En efecto, sí.
—Ministro: No es demasiado tonto, ¿verdad? Es decir, la pierna derecha no es nada tonta y la izquierda solo se levanta en el aire cada paso alternativo.
—Sr. Pudey: Sí, pero creo que con una subvención gubernamental puedo hacerlo más tonto.
—Ministro: Sr. Pudey…
(Se levanta y empieza a hacer andares tontos endiablados).
—Ministro: … el verdadero problema es el dinero. Me da pena decirle que el ministro de andares tontos no está obteniendo el apoyo gubernamental que necesita. Verá está defensa, seguridad social, salud, urbanismo, educación y andares tontos… todos deberían tener lo mismo. Pero ¡el último año el gobierno gastó menos en el ministerio de andares tontos de lo que lo hizo en defensa! Ahora solo tenemos 348 000 000 libras al año las cuales solo pueden usarse en nuestros productos actuales.
Ese tono absurdo con el que se abordan los problemas sociales también tiene su pantalla en otras series de menor influencia como The Goodies o Two Ronnies; las dos de inicios de los 70 y vistas como infantiles en comparación a los Python.
En un episodio de la primera los Goodies viajan a Sudáfrica y crean una especie de ruta migratoria que desintegra el apartheid, ya que todos los habitantes negros del país africano huyen fuera. El sustituto para evitar el desastre económico en ese país es el cambio del apartheid por el «apart-height» en el cual se separa a los altos de los bajos.
Otro formato dadá del tiempo sería The Marty Feldman Comedy Machine, donde el humorista de mirada distraída compartía programa con Spike Milligan, además de tener créditos realizados por Terry Gilliam.
No tan intelectual como el programa de los Python, el formato era más bien una celebración de Feldman, con gran importancia de la comedia física (slapstick), y cameos de famosos como Orson Welles o Roger Moore. Coproducción entre Estados Unidos y el Reino Unido, ganaría el premio Rose d’Or del año 1972.
Mucho más prosaica, comedia erótica con toques de slapstick, fue The Benny Hill Show, que llegó a alcanzar audiencias de millones en la televisión británica. Obra casi única del cómico Benny Hill, tipo peculiar a decir su biógrafo y vindicador Mark Lewisohn, la serie pasó a ITV – Thames definitivamente en el año 1969 para durar hasta finales de los años 80.

Nunca cambió su formato de comedia de persecuciones con erótico resultado y la audiencia lo celebró superando en audiencia a otros formatos más sofisticados. Quizá como colofón a su carrera de humor chocarrero, Hill llegaría a aparecer con Jesús Gil en La noche de tal y tal en los inicios de Telecinco (1991).
En oposición a este surrealismo pedestre, la cuarta temporada del show de los Monty Python vería la salida temporal de John Cleese, año 1974, y una sustitución de su estructura de «línea de pensamiento» por pequeñas narrativas creadas por Michael Palin y Terry Jones.
Estos últimos serían los autores de una serie entre la aventura y la comedia, muy maleable en tono, de nombre Ripping Yarns del año 76 al 79 y que en cierto sentido es una evolución dramática de su estilo en los Python.
El grupo, en contrapartida a la televisión, sobreviviría en cines y actuaciones teatrales, siendo de esta década las célebres Los caballeros de la mesa cuadrada (1977) y La vida de Brian (1979). Con sus altibajos, las muertes de Graham Chapman en 1989 y Terry Jones en 2020, esta troupe de humoristas sigue en la picota gracias a la reedición de sus piezas cómicas y efímeras reuniones en el escenario. Son, sin discusión, los cómicos más influyentes de la última mitad del siglo XX en el Reino Unido.

- Hippies contra conservadores
El tránsito de los 60 a los 70 es también el tiempo en el que series polémicas e imposibles diez años antes como Till Death Us Do Part van a consolidarse. Esta presenta el choque generacional entre el conservador Alf Garnett y su cuñado progre Mike Rawlins; representantes cada uno de la Inglaterra que fue Imperio y la cultura obrera. Los divertidos diálogos de Garnett son un síntoma de dos sociedades confrontadas:
¡Mary Whitehouse se preocupa por las esencias morales de su querido país! A ti no te importa que sea corrompido por tus películas podridas y tu maldita televisión BBC, la cual es la peor de todas, gracias a ese programa Top of the Pops que tiene chicos perversos pintados como chicas…
Este formato tuvo una muy efímera secuela a inicios de los 80, Till Death…, y también una de mayor duración llegando a los 90, In Sickness and in Health.
Incluso un personaje como Alf Garnett llegó a crear en el imaginario político la figura del inglés «tory», según el historiador Gavin Schaffer. Garnett tuvo, incluso, una adaptación al mercado americano en Archie Bunker, ya que su teleserie All in the Family provenía de Till Death Us Do Part.
Más de treinta años después, el propio personaje de Mauricio Colmenero en la española Aída (2005) es un primo lejano del original Alf Garnett.
Ahora, fuera de la figura bufonesca del padre ultraconservador, quizá el actor que represente mejor el choque entre mentalidades sea Leonard Rossiter.
Este tanto en Rising Damp como especialmente The Fall and Rise of Reginald Perrin es la cara «oficiosa» de esa Good ol’ England: en la primera serie como casero y, en la segunda, como oficinista en una crisis de la mediana edad. Reginald Perrin, así, ejerce de metáfora divertida sobre las dificultades en un mundo social desconocido para los burócratas de bombín y paraguas oscuro.

A lo largo de varias temporadas, adaptadas de las novelitas pergeñadas por David Nobbs, lo veremos intentar mil y una soluciones a sus entuertos vitales: en la primera finge su muerte para escapar de un trabajo infecto, en la segunda monta su propia empresa que triunfa vendiendo productos «inútiles» y en la tercera, la última, crea una comuna hippie.
Hubo incluso un especial navideño y una temporada posterior, ya sin Rossiter. En el período más recordado, aquel de la empresa Grot y sus productos inútiles, hay un intercambio divertido que radiografía la sociedad consumista que dominaba el Reino Unido de los años 70:
—Comprador: Todo en esta tienda es basura inservible, ¿no es así?
—Reginald Perrin: En efecto.
—Comprador. Entonces, ¿Por qué venderla?
—Reginald Perrin: Bien, nos han dicho que hay mucha basura inservible servida con un lacito ahora. Así que hemos decidido ser honestos sobre ello.
—Comprador: Ah, ahí tienes razón, ahí tienes razón.
A pesar de la celebrada serie de Reginald Perrin, la sitcom de costumbres más célebre del tiempo fue sin lugar a duda Fawlty Towers. Creada por John Cleese y Connie Booth, muestra a un propietario de hostalito costeño como radiografía de los prejuicios británicos en las zonas residenciales (el propio Cleese llegó a juzgar a Inglaterra como una «nación de dueños de pensiones»).

Los diálogos del propietario con el camarero español, moda extendida en el Londres del tiempo según Cleese y que confirma las memorias del escritor Terenci Moix, son un espejo de ese inglés rancio enfrentado a sus prejuicios:
—Basil: Manuel!
—Manuel: ¿Sí?
—Basil: There – is – too – much – butter – on – those – trays.
—Manuel: ¿Qué?
—Basil: There is too much butter «on those trays».
—Manuel: No, no, no, ¡Señor!
—Basil: What?
—Manuel: Not not ‘on- those- trays’. No sir – ‘uno dos tres.’ Uno… dos… tres…
—Basil: No, no, no. ¡Hay mucho burro allí!
—Manuel: ¿Qué?
—Basil: ¡Hay… mucho… burro… allí!
—Manuel: ¡Ah, mantequilla!
—Basil: What? ¿Qué?
—Manuel: Mantequilla. Burro is…is… ioooh, ioooh.
Este diálogo, que se ha mantenido en inglés por respeto a los equívocos, acababa con una sentencia del dueño del hotel, Basil Fawlty, en la cual afirmaba que había contratado a Manuel como camarero por ser «barato». Esto dice casi todo de cómo era la emigración española en los últimos años de la dictadura de Franco.
A pesar de la creciente sátira social, el resto de las producciones de los años 70 prefieren la comedia de situación, incluso en la parodia carcelaria Porridge, y evitan entrar en el ataque directo a las instituciones. Muy locales, ahí está Rutland Weekend Television del Python Eric Idle como falsa televisión del condado más pequeño de Inglaterra, la única excepción sería la parodia del activista de izquierdas Citizen Smith.

Con el actor Robert Lindsay como «Che Guevara» londinense, se hace sangre del decaído activismo político: casi todas las iniciativas políticas de Lindsay (Wolfie en la serie) acaban en entredicho o en total descrédito por la torpeza del protagonista.
Su frase «Power to the people» solo produce hilaridad en la boca de Wolfie, ya que el tiempo de utopías se acabó hace una década. Un ejemplo es este acalorado intercambio entre Wolfie y su novia:
—Shirley: Estoy harta de ti y tus revoluciones. Pero, mírate, ¿No puede ser normal? Prefiero pasar la noche en casa que hacer vigilia sentada en una tumba con una estatua de un señor viejuno observándome.
—Wolfie: ¿Señor viejuno? ¡Ese señor viejuno resulta que es Karl Marx!
—Shirley: ¡No me importa nada si era el cómico Alfred Marks! No quiero pasar mi cumpleaños con él.
Este giro conservador del país se confirmaría con el primer gobierno «tory» de Margaret Thatcher el 4 de mayo de 1979. Pocos políticos harían más por la sátira allí.
– Un gorila que habla a Margaret Thatcher en los años 80

Profesor Fielding: El gorila manda de vez en cuando una carta a su antigua familia, pero lo veo absurdo. Es decir, o se la comen o se limpian sus posaderas.
Gerald el Gorila: ¡Para! ¡Para! Ya sé que nunca te llevaste bien con mi madre…
Profesor Fielding: Yo no le caía bien, ¿Verdad?
Gerald el Gorila: Le caía muy bien David Attenborough.
(«Gerald el Gorila» en Not the Nine O’Clock News, Episodio 5, temporada II Londres, BBC, 28 de abril de 1980.)
En 1982 Lindsay Anderson estrenó el filme Britannia Hospital el cual ofrecía una radiografía nada halagüeña del país a través de una clínica en ruinas, paralizada por las huelgas y con una elite privada que se resistía a ceder ni un palmo de sus privilegios.
Es la película perfecta para entender el marco de las victorias continuas de Margaret Thatcher, que sucedieron a las dos décadas anteriores dominadas en su mayoría por gobiernos laboristas. El auge conservador se acompañó con el dominio de la prensa británica por parte del magnate populista austral Rupert Murdoch, algo que cambió en gran parte la cultura elitista del país.
Fue el tiempo perfecto para la aparición de Sí, Ministro en 1980; excelente serie satírica escrita por Antony Jay y Jonathan Lynn —otro miembro de «Footlights»— que resultó en la última gran comedia de clase en el Reino Unido.
Aunque esta celebrada «sitcom» no dice bien a qué partido pertenece cada personaje, se enfrentan más bien políticos y funcionarios, la adscripción de Jay al partido conservador desde los años 60 deja intuir cierta inclinación derechista.
Al fin y al cabo fue la serie cómica favorita de Margaret Thatcher, una «agradable sorpresa» según Jay. La «premier», de hecho, llegó a escribir un «sketch» que interpretaron los actores sin mucho éxito en 1984.
El triunfo de «Ministro…» llevaría a una secuela, Sí, Primer Ministro (1986), de la misma calidad y con temas más graves al ascender el protagonista en el escalafón gubernamental.

El nervio de la serie, en cualquier caso, son los enfrentamientos entre el ministro Jim Hacker, formado en la liberal London School of Economics, y el funcionario sir Humphrey Appleby, partidario del gran estado keynesiano inglés, y que solía acabar con un monólogo certero del último:
Secretario Bernard: ¿No es nuestro trabajo llevar la carga de las políticas gubernamentales? ¿No debemos creer en ellas?
Sir Humphrey: ¡Oh que idea tan absurda! He sido parte de once gobiernos en los últimos treinta años. Si hubiera creído en todas sus políticas habría sido partidario de permanecer fuera del mercado común europeo y de entrar en él. Habría tenido, también, la convicción absoluta del derecho de nacionalizar el acero, privatizarlo y volverlo a hacer público.
¿La pena capital? Habría sido un ferviente partidario y un ardiente abolicionista. En conclusión, habría sido keynesiano y friedmanita, un partidario y adversario de la escuela pública, una alimaña defendiendo la nacionalización e incluso un trastornado publicista de la privatización. Pero, en conclusión, ¡habría sido un esquizofrénico delirante.
La respuesta laborista de los humoristas de «Oxbridge» fue el noticiero satírico Not the Nine O’Clock News. Con un sesgo más izquierdista, reunió a la nueva generación de cómicos universitarios formada por Mel Smith, Griff Rhys Jones y Rowan Atkinson —el célebre Mr. Bean— con actores fuera del circuito universitario como Pamela Stephenson o Chris Langham.
Este programa puede ser considerado, incluso, el «último hurra» de la comedia oxoniense en la televisión británica ya que pronto perdería su monopolio.
El formato, creado por John Lloyd, editaba varios «sketches» con montajes rompedores y efectos televisivos nunca vistos. Es, de hecho, uno de los primeros programas cómicos donde se utiliza con profusión el croma, el corte en vídeo y los juegos de imagen (estos todavía eran artesanales en programas de los 70 y Terry Gilliam animaba a mano sus creaciones).

Un ejemplo era mostrar en un fotograma a Margaret Thatcher donde decía «por favor, entre» y a continuación decenas de hombres musculados de algún vídeo perdido de la BBC. Ese sesgo crítico contra el conservadurismo del país se haría vídeo musical, incluso, en una sátira punk contra la tibieza de los obituarios al líder fascista Oswald Mosley.
Todo lo resumió en el programa un monólogo de Rowan Atkinson como el candidato «Dennis»:
Amigos y trabajadores del partido: soy jugador de golf…pero también un conservador. Y estos han vuelto al poder —qué fantástica palabra esta— con nuevas iniciativas y estilo. Estamos ahora concentrados en dos problemas: primero la inmigración.
Mucha gente se equivoca sobre nosotros: no creemos que los inmigrantes sean animales por Dios y además tengo muchos amigos de fuera y son encantadores. Algunos son negros, lo cual es una pena claro, pero son capaces de hacer trabajos tan bien como nosotros. En cuanto a los indios o pakistaníes…me gusta el curry. Teniendo la receta ¿es necesario que sigan ellos aquí?
A pesar de estas piezas políticas, el programa es más bien recordado por estos vídeos musicales elaborados y sus «sketches» absurdos. El más célebre, el de Atkinson como gorila parlante, quedó en el imaginario británico gracias a la cita «no era salvaje, solo estaba muy furioso». El noticiero duró, así, de 1979 a 1982 e hizo a la mayoría de sus cómicos caras conocidas allí.

Aunque estas iniciativas podían ser vistas como un intento de la BBC y su departamento de entretenimiento ligero de «mantener» el sello de calidad en la comedia, ITV tendría el gran éxito de audiencia en la década gracias a los muñecos de Spitting Image. Conocidos en España en su adaptación como Los Muñegotes, fueron muy populares en los 80 y prácticamente duraron casi todo el tiempo que Thatcher estuvo en el poder.
Obra de los marionetistas y escultores Peter Fluck y Roger Law, los guiones estaban escritos en inicio por el humorista de la revista americana National Lampoon Tony Hendra y en el elenco de voces contaba con todavía principiantes como Chris Barrie, Steve Coogan, Harry Enfield o Ade Edmondson. Al mando de la producción estuvo John Lloyd, personaje ubicuo en la comedia británica hasta la actualidad, y pronto contratarían a Rob Grant y Doug Naylor como guionistas.
Estos últimos abandonarían la serie para realizar su clásica «sitcom» espacial Enano Rojo en 1988 y que, como veremos, sería un hito de entre décadas. Volviendo a la serie de los polichinelas, ¿Quiénes era los parodiados en Spitting Image? Principalmente Margaret Thatcher, llegaron a grabar una escena con el muñeco miccionando en un baño de hombres, y la familia real (que odiaba el programa, según Lady Di).

Era una sátira cruel, que probablemente ahora sería reprendida, y que también tenía en Reagan una diana fácil. Una muestra de su humor: al recibir el presidente norteamericano un doctorado honorario de la universidad de Galway (Irlanda) en 1984, inventaron este discurso:
`Doctorado honorario de la Universidad de Galway´ Nunca entendí estos versos chinos. ¿Dónde está el sombrerito pequeño y el bigote de plástico azul? ¡No puedo hacer el discurso sin ellos!
Hicieron al igual que «Not the Nine…» muchas parodias de canciones que lograron un éxito de público. Una de ellas, la sátira veraniega The Chicken Song, alcanzó el número uno en 1986. Su letra decía todo sobre la crueldad de sus escritores:
Es ese tiempo del año en el cual la primavera está en el aire.
Cuando dos idiotas pasados por agua con un peinado hirsuto hacen otra canción para vacaciones imbéciles
Que resulta nauseabunda de miles de maneras.
De las costas de España a las del sur de Francia
No importa donde te escondas, no podrás escapar de este baile.
El formato fue la gran estrella de ITV hasta el año 1996, aunque tendría resurrecciones inconclusas a lo largo de los años. El programa tuvo, también, una versión oficiosa francesa, Les Guignols, que duró hasta hace poco y que fue el origen de los célebres guiñoles de Lo + Plus.
Esta última adaptación hispana no pasó del 2008, aunque hubo una versión previa del show británico en RTVE de 1990 a 1991.
Aunque este tiempo contó con un buen número de programas satíricos, el clima sociopolítico se prestaba, el espectador convencional de teleseries siguió siendo el nervio de la audiencia. Este tuvo su baza en producciones menos arriesgadas como Only Fools and Horses, creada por John Sullivan.
De nuevo, una familia disfuncional se presenta a través de Derek Trotter «Del Boy» y su hermano vago Rodney, expertos en vivir al día como mercaderes de una Londres pordiosera.
«Sitcom» de clase obrera, lejos de los estirados tipos de Sí, Ministro, fue la favorita del público por su carácter populachero. Este podía identificarse bien con un protagonista incapaz de pagar «IVA, renta, seguridad social», lo que le evitaba la molestia de obtener «dinero de ayuda, seguridad social o alguna prestación».
En definitiva, a estos hermanos «el gobierno no les daba nada» ya que ellos no le «pagaban nada». Alcanzó, ya en los 90, las mayores audiencias posibles.

No sería justo terminar el repaso de la comedia satírica británica de los años 80 sin citar a los humoristas alternativos, alejados del circuito universitario, y que van a traer el humor y los modos del punk a la pequeña pantalla británica.
Agrupados en torno a la escena monologuista del club «Comedy Store», en el Soho londinense, este colectivo daría nombres célebres como Alexei Sayle, Jennifer Saunders y, sobre todos, Rik Mayall. Los más famosos pronto lograrían independencia con la revista teatral Comic Strip, que sería llevada a la televisión en el año 1982.
Pero si existe una «sitcom» que una a todos estos cómicos alternativos sería la rompedora Los Jóvenes (Young Ones, 1982) que contaba la vida de unos jóvenes universitarios aburridos en el Londres thatcherista.
Escrita por Ben Elton, por aquel tiempo un cómico de talante izquierdista y alejado de los círculos «Oxbridge», hacía de la violencia, el sarcasmo y el patetismo de sus personajes su divisa. En medio de la mayoría de los episodios, además, aparecían actuaciones de los grupos de mayor éxito del tiempo (Madness, Motörhead o The Damned).
Esta vocación juvenil permitía a cualquier adolescente reconocerse con los estereotipos de los personajes de la «sitcom»: el punk sociópata, el poeta radical, el hippie acabado o el guaperas con gafas de sol. En el ínterin, como si no quiere la cosa, los cameos estrambóticos de Alexei Sayle.
Quizá el episodio más divertido del formato sería «Bambi» donde los jóvenes de esta casa comunal ruinosa, pobres como ratas, se enfrentan a los pijos supremos de Oxford y Cambridge en un concurso de preguntas entre universidades (tradición curiosa de las islas que todavía permanece en televisión a fecha de 2024).

¿Quiénes eran estos? No otros que los miembros reales de «Footlights» Stephen Fry, Hugh Laurie, Emma Thompson junto a una buena imitación de Ben Elton. Las universidades en pugna, de nombre «campus de la escoria» y «campus Footlights», tienen así intercambios hilarantes:
Presentador: ¿Cuál es la persona más rica del mundo?
Stephen Fry: Soy yo ¿No?
Presentador: Lo siento, la multinacional de tu padre ha quebrado esta mañana.
Este aserto finaliza con un botellazo de agua a Fry y poco después el punk de la universidad de la escoria, como venganza final, lanzaba una mina a los acaudalados estudiantes.
Este grupo de Fry, Laurie y Thompson habían hecho antes una serie menor, Alfresco (1983), pero algunos de ellos alcanzarían el éxito junto a Rowan Atkinson y Rik Mayall en la imprescindible sátira televisiva La Víbora Negra.
La serie sigue las andanzas del advenedizo príncipe Edmund Blackadder y sus descendientes ávidos de poder.
Esta comenzó, así, como una parodia de los dramas históricos de la BBC (Yo, Claudio había sido un éxito en los 70) y fue creada tanto por Rowan Atkinson como por un casi debutante Richard Curtis todavía lejos de su consagración.
Este último, que había sido un guionista menor en «No the Nine…», obtendría un prestigio gracias a su ingenio en unos diálogos donde el linaje Blackadder pretende alcanzar el poder.

Ya sea como príncipe renacentista de escaso valor o como noble de poca monta en época isabelina e incluso como mayordomo de un aristócrata idiota (excelente Hugh Laurie en la tercera temporada), Blackadder nunca conseguía sus objetivos. A medida que pasen los episodios, entonces, este particular «Iznogud» baja de estrato social hasta ser solo un capitán raso en la Primera Guerra Mundial.
El humor de la primera temporada, de hecho, es más blanco y tonto, algo que se solucionó incorporando a Ben Elton en los guiones a partir de la segunda. Esta mezcla de sensibilidades, de generaciones de cómicos (es una de las pocas series donde humoristas alternativos y sus homónimos universitarios se unieron), permitió sobrevivir a la teleserie hasta las cuatro temporadas e incluso producir una película en el año 2000.
Todo gracias a unos intercambios excepcionales, repletos de ingenio, y que en ocasiones resultan dignos del mejor Oscar Wilde. Una muestra es esta pieza de relojería satírica :
Edmund Blackadder: Al fin, Mrs. Miggins, podemos regresar a la normalidad. Con la bandera bajada, la locura llega a su fin: el caos de las elecciones generales.
Mrs. Miggins: ¿Oh? ¿Ha habido unas elecciones generales?
Edmund Blackadder: En efecto, Mrs. Miggins.
Mrs. Miggins: Pues no escuché nada
Edmund Blackadder: Claro que no escuchaste nada, no puedes votar.
Mrs. Miggins: ¿Por qué no?
Edmund Blackadder: ¡Porque nadie puede! Ni mujeres, ni aldeanos, ni chimpancés (mira a su criado Baldrick, que piensa que está mirando a otros), ni lunáticos o aristócratas…
Baldrick: ¡Eso no es cierto! Lord Nelson tiene voto.
Edmund Blackadder: Tiene un bote, Baldrick. Qué maravillosa es la democracia: mira la población de Manchester, ahí son 60.000 almas y el censo electoral tres personas.
Mrs. Miggins: Bueno, yo tendré el cerebro de un caracol…
Edmund Blackadder: Eso es correcto.
Mrs. Miggins: …pero no me parece justo.
Edmund Blackadder: ¡Claro que no es justo! Y está muy bien así. Dale a gente como Baldrick el voto y volveremos a bailotear con druidas, morir por apedreamiento o cenar estiércol.
Baldrick: Oh, yo ceno estiércol hoy.

La mayoría de estos cómicos de Black Adder aparecieron también en la efímera imitación del Saturday Night Live estadounidense que hicieron en las islas. De nombre Saturday Live, permitió a los espectadores conocer de manera directa a los nuevos cómicos como monologuistas o creadores de personajes sin la tiranía habitual en la comedia británica de los escritores.
Uno de los que alcanzaría mayor fama en este programa sería Harry Enfield, que junto a Paul Whitehouse crearía personajes reconocibles como «Stavros» —el dueño de un Kebab— y especialmente «Loadsamoney»; humorada a costa del obrero que da un pelotazo económico en esta Inglaterra de economía pujante.
Una canción con el personaje llegaría al número cuatro de las listas de éxito británicas, lo que quizá forzó la retirada apresurada de esta parodia (muchos imitaban al personaje en lugar de condenar su mezquindad).
Casi a final de década, también, aparecería la viciosa The New Statesman (Un diputado fantástico en España), que convirtió a Rik Mayall en un político neoconservador de moral corta y ambición infinita.
Este politicucho sin escrúpulos tenía además una pareja cómica excelente, el diputado conservador Piers Fletcher-Dervish (Michael Troughton, de gran parecido a Francisco Marhuenda), que intentaba poner freno sin éxito a los abusos de Alan B’ Stard (el personaje de Mayall).
La serie tuvo cuatro temporadas de calidad decreciente e incluso tendría una revista teatral. Escrita por la pareja Laurence Marks y Maurice Gran, quizá el momento más recordado de la serie es el monólogo antieuropeo que declama Rik Mayall en Bruselas como eurodiputado y que casi predice la propaganda del «Brexit»:
¿Por qué nosotros, el país de donde viene Shakespeare o Christopher Wren —Por Dios bendito ¡mirad nuestros billetes del banco!—, hemos de acobardarnos ante las patrias que han creado a Hitler, Napoleón, la Mafia y…y…los Pitufos?
El último gran producto emanado de «Footlights» en esta década sería A Bit of Fry & Laurie, un programa de «sketches» y humor fino —casi propio de los años 20— que tuvo su emisión de 1987 a 1995. Serie dominada y escrita por Stephen Fry y Hugh Laurie, suelen ser piezas donde el contraste entre los dos personajes (uno clarividente y otro tonto) dan pie a divertidos equívocos:
Stephen Fry: ¿Es nuestro lenguaje un síntoma del humor británico cínico, tolerante, adverso a las emociones impostadas, etc. o estas cualidades son externas al idioma en sí? Es el dilema del huevo y la gallina.
Hugh Laurie: (Mirando al espectador) Ahora estamos hablando de pollos y huevos.
Comedia fuera de tiempo, política aún sin ser violenta (guardan gran odio a los conservadores y Rupert Murdoch), la pareja acabaría como protagonistas en una inevitable adaptación de P.G. Wodehouse de 1990 a 1993 en ITV: Jeeves and Wooster. Los roles estarían claros: Hugh Laurie sería el aristócrata despistado y tontorrón Bertie Wooster, mientras que Stephen Fry no podría ser otro que el criado arregla entuertos Jeeves.

Mucho más arriesgada e innovadora sería Enano Rojo, sin duda el mejor producto de ciencia ficción con comedia producido allí y brillante epitafio a la sátira televisada en los 80. Desde 1988 a nada menos 2020, ha llegado a las nueve temporadas y varias películas gracias a sus personajes divertidos.
La mayoría son los supervivientes de la hecatombe de la nave «Enano Rojo»: entre ellos el técnico de tercera David Lister (Craig Charles), un gato evolucionado en una especie de artista rock y el holograma Arnold Rimmer (Chris Barrie).
Este último es una proyección holográfica que mantiene la computadora central, la cual toma varios nombres y personalidades a lo largo de varias temporadas. «Enano…» estaba creada por Rob Grant y Doug Taylor, como hemos visto, y según el experto en televisión David Lavery mantiene «muchos elementos de ciencia ficción» algo que «contribuye a estatus de culto».
Los autores, también, cambiaron mucho el tono de una temporada a otra —especialmente luego de la cuarta— y la serie viró progresivamente de la comedia a la ciencia ficción pura. Con el tiempo se incorporaron más personajes, el androide sin maldad (David Ross), aunque el núcleo sería el trato entre Lister y Rimmer.

Sus intercambios biliosos están marcados por una sátira de clase puntuada por acentos (Craig Charles, mestizo de madre irlandesa y padre guyanés, tenía un habla «scouse» de Liverpool bastante marcada) y personalidades contrapuestas:
Lister: Rimmer, has estado practicando esperanto durante ocho años. ¿Por qué eres tan completamente inútil?
Rimmer: ¡Habló! ¿Y cuántos libros has leído en toda tu vida? Los mismos que Champion The Wonder Horse ¡Cero!
Lister: He leído libros.
Rimmer: Uh, Lister, no estamos hablando de libros donde el protagonista es un perro llamado «Ben».
Lister: ¡Fui a la Facultad de Bellas Artes!
Rimmer: ¿Tú?
Lister: ¡Sí!
Rimmer: ¿Cómo llegaste allí?
Lister: De manera normal: el viejo método común y aburrido de entrar. Suspendí los exámenes y me postulé. Me pillaron.
Rimmer: Ah, pero no conseguiste un título, ¿no?
Lister: No, me fui. No duré mucho.
Rimmer: ¿Cuánto?
Lister: 97 minutos.
Los 90 esperaban: una década todavía más original, atravesada por la telerrealidad, y cuyos hitos siguen siendo relevantes en la actualidad.
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