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Así fue el decisivo Desembarco de Normandía que supuso un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial…


Recreación de un desembarco durante una ofensiva militar en la playa.

Día D y Batalla de Normandía

Junio-agosto de 1944

Muy Interesante(J.Hernández/A. de Frutos) — El 6 de junio de 1944 fue, seguramente, el día más decisivo de la Segunda Guerra Mundial.

Esa mañana, en las playas de Normandía, se jugó el desenlace del conflicto. Desde la distancia temporal, tenemos el convencimiento de que aquella operación estaba destinada a verse coronada por el éxito y de que el único camino que podía tomar la historia era el de los aliados desembarcando felizmente en aquella costa y avanzando hacia París.

Sin embargo, esa seguridad era entonces un espejismo. Las probabilidades de un desastre que hubiera retrasado la invasión, por lo menos, un año, fueron mayores de lo que puede parecer.

En la operación de desembarco, que supuso dos años de preparativos, estaba previsto que participasen 100.000 soldados estadounidenses, 58.000 británicos y 17.000 canadienses, una fuerza dirigida por el general norteamericano Dwight D. EisenhowerEnfrente tendría al general alemán Erwin Rommel, quien había organizado las defensas de la costa que formaban parte del Muro Atlántico.

Para facilitar la conquista de las playas, la noche anterior se lanzarían paracaidistas detrás de las líneas alemanas con la misión de obstaculizar la llegada de tropas de refresco una vez comenzada la invasión. Además, la Resistencia francesa recibiría instrucciones de Londres para iniciar actos de sabotaje en las líneas férreas de todo el país, impidiendo así el envío de refuerzos.

Con toda la maquinaria dispuesta para el desembarco, señalado para el 5 de junio, las previsiones meteorológicas no podían ser peores: tres depresiones procedentes del Atlántico llegarían sucesivamente al Canal de la Mancha. Se esperaba un tiempo muy inestable, con nubosidad del 100% y vientos intensos que no amainarían hasta cuatro días después. En esas condiciones, era imposible lanzar la invasión.

– Comienza el desembarco

Se barajaron nuevas fechas para el desembarco, pero ninguna era ya factible. En los días siguientes, la marea comenzaría a crecer y ya no bajaría hasta después de dos semanas, pero para entonces ya no habría luna llena, lo que impediría el lanzamiento de paracaidistas. Si se aplazaba hasta julio, ya sería imposible ocultar la acumulación de efectivos frente a las costas normandas, por lo que se perdería el efecto sorpresa y se permitiría a los alemanes reforzar las defensas en ese sector. 

La invasión no podía aplazarse, pero era una locura intentarlo con este tiempo. Afortunadamente, un parte meteorológico reveló una ventana de buen tiempo entre la tarde del 5 y la noche del 6. Eisenhower dio entonces la orden más trascendental, aunque aparentemente intrascendente, de la guerra: “Bien, ¡allá vamos!”.

Eisenhower, el entonces general (y futuro presidente de Estados Unidos), que estuvo al frente de la operación, charla con soldados de la 1ª División en Normandía, después del desembarco del Día D.

En la desapacible madrugada del 5 de junio, una flota compuesta por 5.000 barcos se puso en camino hacia el punto de reunión desde el que se dirigirían a las costas francesas. A última hora de ese día, los paracaidistas que debían caer tras las líneas germanas tomaron su cena y cargaron con el equipo: 45 kilos a la espalda y otros 25 atados a las piernas. Eisenhower acudió a despedirlos. Era el momento de la verdad: había llegado el Día D.

A las 00:18 horas del 6 de junio, los primeros paracaidistas aliados saltaron a la oscuridad a través de las portezuelas de sus aviones. Nada hacía pensar a los alemanes que la invasión se estaba produciendo en ese mismo momento, y tampoco reaccionaron cuando esa madrugada más de mil bombarderos de la RAF comenzaron a aplastar las defensas costeras.

Para agravar la confusión, el lanzamiento de centenares de muñecos en paracaídas restó credibilidad a los informes que alertaban del aterrizaje de los paracaidistas auténticos en la retaguardia germana. Al amanecer, la mayoría de objetivos señalados a las tropas aerotransportadas habían sido alcanzados.

A las 4:45, tras detectar la flota de desembarco, los alemanes confirmaron que la invasión estaba en marcha. Entonces se transmitió al cuartel general de Hitler la petición urgente de traslado a la costa de dos Divisiones Panzer que estaban en reserva, pero el mensaje no le fue entregado, ya que nadie se atrevió a despertarlo para darle esa mala noticia por temor a provocar uno de sus cada vez más frecuentes ataques de ira.

A lo largo de casi cien kilómetros de costa, los cañones de los barcos aliados abrieron fuego una y otra vez contra las defensas germanas.

A su vez, los bombarderos machacaban las playas que estaban a punto de ser asaltadas. Mientras tanto, los soldados norteamericanos, mareados y nerviosos, se dirigían en sus lanchas de desembarco hacia las playas bautizadas como Utah y Omaha. Ellos serían los primeros en pisar suelo francés, a las 6:30 de la mañana. Una hora más tarde estaba previsto que británicos y canadienses llegasen a Gold, Sword y Juno.

Omaha fue una de las cinco playas de la costa normanda usadas por los americanos para iniciar la invasión de la Europa tomada por los nazis. En la icónica imagen, los soldados salen de las lanchas y avanzan por el agua hacia tierra firme. 

La playa en la que los aliados tropezarían con más dificultades sería Omaha. Los norteamericanos se encontraron con un recibimiento inesperado. Los alemanes, bien atrincherados en los acantilados, tenían una posición inmejorable para disparar. En cuanto se abrieron los portones de las lanchas de desembarco, las ráfagas de ametralladora segaron en pocos segundos la vida de los soldados que estaban a punto de salir de ellas. 

Los que llegaron a la orilla tuvieron que soportar una granizada de balas, agazapados tras los obstáculos colocados por los alemanes. La razón por la que las defensas se encontraban prácticamente intactas hay que buscarla en el defectuoso bombardeo aéreo de la zona. Omaha se convirtió en una auténtica carnicería.

– Menos bajas de las esperadas

Las noticias del desastre llegaron al mando aliado, pero aún había esperanzas de que cambiase el signo del combate. A las nueve en punto, las pérdidas eran ya tan grandes que se decidió evacuar la playa, pero antes de que se ejecutase la orden comenzaron a llegar informes de que algunos grupos habían logrado atravesar un extremo de la playa y alcanzar la meseta. La artillería naval, que acudió en auxilio de aquellos hombres, les permitió seguir avanzando hasta acabar con la resistencia germana esa misma tarde.

Los aliados habían sufrido unas 3.000 bajas, pero Omaha había sido conquistada, al igual que las otras cuatro playas. Aunque los expertos aliados habían calculado un balance de 10.000 muertos en las primeras horas del asalto, en realidad la operación se había saldado con la pérdida de 2.500 vidas, con una suma total de bajas de 12.000.

– De las playas al interior

Existe también el convencimiento de que el éxito de la invasión se decidió aquella mañana. En realidad, la Batalla de Normandía no había hecho más que comenzarEl reto era abrirse paso a través de las defensas germanas y resistir el contraataque. Afortunadamente para los aliados, cuando Hitler se despertó no se dejó impresionar por el despliegue aliado y ordenó que sus dos Divisiones Panzer permaneciesen listas para trasladarse a Calais, en donde esperaba al grueso de las tropas de desembarco.

Cuando decidió por fin dar permiso para el envío de sus unidades acorazadas, estas no recibirían la orden de marcha hasta las cuatro de la tarde, cuando los aliados estaban ya firmemente asentados en las playas.

Esta fuerza es la que conseguiría contener a los británicos a las puertas de Caen; teniendo en cuenta las dificultades que afrontaron los hombres del general británico Bernard Montgomery para tomar la ciudad, cabe imaginar lo que hubiera sucedido si esas divisiones hubieran llegado a tiempo de rechazar la invasión en las playas. De nuevo, la suerte estuvo de parte del bando aliado.

El 7 de junio se unieron todas las cabezas de playa, excepto la de Utah, en la península de Cotentin, y cinco días después se pudo establecer ya un frente continuo. Aquí, el despliegue en la playa de Omaha.

El 7 de junio se unieron todas las cabezas de playa, excepto la de Utah, en la península de Cotentin, y cinco días después se pudo establecer ya un frente continuo. Tras el éxito del desembarco, los aliados creían que la conquista de la región normanda no les demoraría más que unos días, pero sus hombres se encontraron con la enconada resistencia de unas tropas germanas muy motivadas, conscientes de que, si no lograban devolver a los invasores al mar, tarde o temprano acabarían irrumpiendo en su patria.

Por ejemplo, el vital puerto de Cherburgo no fue capturado hasta el 27 de junio y Caen, que debía haber sido tomada el primer día por Montgomery, no caería hasta el 18 de julio, después de ordenar arrasar la ciudad desde el aire. Después de tomar Caen, las tropas británicas y canadienses se mostraron demasiado cautelosas en su avance, lo que permitió a los alemanes organizar sucesivas líneas de defensa.

Un bombardero estadounidense B-17 en pleno vuelo. En Caen, atacaron por error a sus aliados.

El 25 de julio, los norteamericanos desencadenaron una gran ofensiva en el sector occidental, la Operación Cobra, para desencallar de una vez la situación. El éxito de esta operación llevó a Hitler a ordenar lanzar un contraataque en dirección a Avranches para aislar a los veloces blindados del inefable general norteamericano George S. Patton, pero el apabullante dominio del aire por parte de los aliados asfixió este intento alemán, ya que los tanques estaban condenados a avanzar de noche y permanecer ocultos de día.

Esta extensión de las líneas germanas fue aprovechada para ejecutar un movimiento de tenaza, que culminaría en la población de Falaise. Aunque el 20 de agosto se logró cerrar la bolsa resultante, una detención de última hora ordenada por Eisenhower posibilitó que una parte de las tropas alemanas consiguiese escapar de la trampa, aunque dejando atrás todo el equipo pesado.

Gracias a la Operación Cobra (recreada en el dibujo, en el que los cazas Typhoon sobrevuelan los destrozados tanques alemanes), se logró rescatar a las tropas aliadas encalladas en la llamada Bolsa de Falaise, en julio del 44.

– Cifras apabullantes

De todas formas, ya nada podría impedir que las fuerzas aliadas se extendieran por toda la región liberando una ciudad tras otra, donde eran recibidas con vítores por una población que ofrecía flores y vino a los soldados que llegaban a lomos de los tanques. El gran objetivo era la liberación de París, adonde las tropas aliadas llegarían el 24 de agosto.

Cuando se analiza la victoria aliada en Normandía, el foco se suele centrar únicamente en los aspectos militares. Aun siendo muy importantes, no se puede pasar por alto un elemento no menos decisivo: la intendencia. Para mantener el apoyo material a las tropas desembarcadas, fue necesario realizar un esfuerzo titánico sin precedentes en la historia.

Las cifras hablan por sí solas. Así, a los puertos británicos llegaron, procedentes del otro lado del Atlántico, 301.000 vehículos, 1.800 locomotoras, 20.000 vagones de tren, 2,6 millones de armas pequeñas, 2.700 piezas de artillería, 300.000 postes telefónicos y 7 millones de toneladas de combustible, aceite y lubricantes.

Los expertos del Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas (SHAEF) habían calculado, tras el desembarco, un consumo diario en combate de 18.584 kilos por soldado, una cantidad en la que estaba incluido desde el combustible a la munición, pasando por la goma de mascar. Para alimentar a los soldados durante el primer mes llegaron 60 millones de raciones K, embaladas de 500 en 500 toneladas.

En la preparación del Día D no se olvidó ningún detalle, como las condecoraciones que se iban a utilizar para recompensar los actos heroicos que estaban por llegar. Así, se enviaron un centenar de Estrellas de Plata y trescientos Corazones Púrpura. Para atender las previsibles bajas, se reunió a 8.000 médicos, 600.000 dosis de penicilina, 50 toneladas de sulfamidas y casi medio millón de litros de plasma para transfusiones.

Todos estos suministros médicos habían sido embalados en 1.600 paletas de media tonelada cada una, diseñadas para poder ser arrastradas por las playas. Incluso se encargó la fabricación de 10.000 cruces de metal para los caídos. Nada se dejó a la improvisación y los aliados recogieron el fruto de una operación perfectamente planificada.

– Verdades y mentiras del Desembarco de Normandía: 10 claves para descifrar la batalla

1. ¿Significó el final de Hitler?

La invasión de la Unión Soviética, con el “General Invierno” de Stalingrado, fue la que precipitó el fin de Hitler. Se podría decir que el desfile de la victoria por las calles de París, el 25 de agosto de 1944, cerró el paréntesis abierto por la operación Barbarroja tres años antes.

A la sazón, la Wehr-macht era un cuerpo exánime e incluso hasta cierto punto previsible, todavía bien dotado de blindados (en Stalingrado había perdido “solo” veinte divisiones), pero con graves problemas de suministro, y, desde luego, con una Marina y una Fuerza Aérea que habían conocido tiempos mejores. El atentado contra Hitler en la Guarida del Lobo, su cuartel de mando al este de Rastenburg (Polonia), el 20 de julio de 1944, evidenció el cisma existente entre el Führer y parte del estamento militar.

Fue el verano en el que Rommel, el sensato comandante de las fuerzas alemanas en Normandía, y el mariscal de campo Günther von Kluge cayeron en desgracia tras advertir a su jefe, por activa y por pasiva, del sacrificio de una guerra sin futuro. “Las tropas combaten heroicamente, pero esta lucha desigual se acerca a su fin”, escribió Rommel a Hitler el 15 de julio.

La operación Overlord dio la puntilla a un régimen que había perdido la iniciativa y que, hasta su capitulación el 8 de mayo de 1945, se limitó a resistir –con una voluntad y una energía inopinadas, desde luego–, mientras ciudades como Dresde ardían en inmensas piras. Sordo a los consejos y ciego a la evidencia, Hitler fiaba la salvación del Reich a unas “armas milagrosas” que cambiarían el curso de la guerra, con los cohetes V2 a la cabeza. Pero, a esas alturas, nada podía truncar la reconquista de Europa.

2. ¿Fue el último desembarco en Europa?

El principio de incertidumbre rige todas las batallas y ninguna estrategia puede predecir su resultado. Todos los recursos humanos y técnicos pudieron haber sido insuficientes en el trance de cruzar el canal de la Mancha o de poner el pie en las costas de Francia.

A menor escala, los desembarcos de Sicilia y la operación Avalanche de Salerno, entre julio y septiembre de 1943, sentaron las bases de aquel éxito, pero, en el recuerdo de sus promotores, aún seguía fresco el desastre de Dieppe, donde el 19 de agosto de 1942 canadienses y británicos fueron barridos del mapa por los nazis.

Normandía constituyó el desembarco más colosal de la Historia, pero no fue el último de la contienda en el Viejo Continente. La operación Dragón, llamada primero Yunque, aflojó la presión de Normandía en el sureste de Francia, entre las costas de Niza y Marsella, el 5 de agosto de 1944, sancionando de paso la pericia de los aliados en el ámbito de las operaciones anfibias.

Y aún hubo otros desembarcos, como los que se produjeron en el curso de la batalla del estuario del Escalda, entre Bélgica y los Países Bajos, o en el mismo Rin, que los aliados cruzaron en marzo de 1945.

3. Aliados… y rivales

Tanto la operación Overlord como la Neptuno, su complemento naval, fueron trazadas, respectivamente, por el general británico Bernard Law Montgomery y la Royal Navy, si bien su jefe supremo fue el general americano Dwight D. Eisenhower. Hay que reconocer que la coordinación de las fuerzas angloamericanas dejó mucho que desear.

Su superioridad por tierra, mar y aire resultó patente desde el principio, pero, sobre el terreno, algunos de sus generales pecaron de individualismo. Speidel, jefe del Estado Mayor de Rommel entre abril y junio de 1944, subrayó que la guerra podía haber concluido ese mismo año si el enemigo no hubiera desperdiciado tantas oportunidades.

Entre ellas, citaba su incapacidad para romper el frente del Sena tras el episodio de la bolsa de Falaise, cuando miles de soldados alemanes del VII Ejército y el V Ejército Panzer quedaron cercados en las proximidades de esa localidad de la Baja Normandía. Alrededor de veinte mil lograron escapar por la torpeza de Montgomery, que instó a detenerse a las tropas americanas, dejando, así, la puerta de la trampa abierta.

El mariscal de Aire Arthur Coningham lo expuso con toda crudeza: “Monty ayudó a los alemanes a escapar. Quiso en todo momento encargarse de todo, e impidió que los americanos avanzaran hacia el norte”. Tampoco la operación Goodwood, entre el 18 y el 20 de julio, rindió frutos a los aliados.

Cuando Eisenhower fue informado de que el héroe de El Alamein había detenido a sus blindados, montó en cólera y clamó porque el lanzamiento de siete mil toneladas de bombas hubiera supuesto solo un avance de siete millas. “Su comportamiento constituyó un desastre diplomático de primera magnitud”, zanjaría el historiador Antony Beevor en El Día D (Crítica, 2009).

Más allá de Normandía, las relaciones entre Roosevelt, Churchill y De Gaulle (“un dictador en potencia”, en opinión del presidente americano) fueron casi siempre tensas y desconfiadas.

El mapa interactivo del Día D - Cómo se planeó el ataque que cambió el  rumbo de la II Guerra Mundial | Euronews

4. ¿Os recibimos con alegría?

El jefe de Estado Mayor imperial, Alan Francis Brooke, anotó en sus Diarios de guerra las impresiones de su paso por Francia en los primeros compases de la batalla de Normandía, el 12 de junio de 1944. Junto a él viajaba nada menos que el primer ministro Winston Churchill, que charló con Montgomery y recibió información de primera mano acerca de sus planes.

Frente al júbilo popular recreado por el cine, Brooke se encontró con que “la población francesa no parecía demasiado feliz por vernos llegar como un país vencedor y libertador. Estaban bastante felices tal y como estaban; nosotros llevamos la guerra y la desolación a su país”.

La zona por la que se movió el grupo, no lejos de Bayeux, en el departamento de Calvados, apenas había sufrido los efectos de la ocupación alemana: las cosechas se veían óptimas y el ganado estaba bien alimentado.

La mujer del alcalde de Montebourg, en la Baja Normandía, lo expresó en estos términos: “Hay quienes celebran los desembarcos, pero para mí fueron el comienzo de nuestra desgracia. Sufríamos una ocupación, pero al menos teníamos lo que necesitábamos”.

El 7 de julio, la Royal Air Force arrojó sobre Caen dos mil quinientas toneladas de bombas que se llevaron por delante la vida de unas trescientas cincuenta personas, una barbaridad si tenemos en cuenta que tres cuartas partes de la población había abandonado ya la ciudad.

Durante la campaña de Normandía perecieron cerca de veinte mil civiles y otros quince mil en los meses anteriores, esto es, más que los británicos que sucumbieron a los bombardeos alemanes.

Y, naturalmente, la política de Guerra Total de los nazis se cebó con numerosas poblaciones, como Oradour-sur-Glane, donde más de seiscientas personas, entre ellas dieciocho españoles, fueron masacrados bajo las órdenes del oficial de las SS, Heinz Barth.

5. La legión india y otros ‘voluntarios’

No todos los soldados que desafiaron el avance aliado en suelo francés eran “arios”. La Legión India Libre, un cuerpo creado por el político nacionalista Subhas Chandra Bose, que aspiraba a sacudirse el yugo británico de su país apoyando a los nazis, se hallaba, en el momento del desembarco, al oeste de Burdeos.

A mediados de agosto, transferida ya a las Waffen-SS, la Legión emprendió su marcha hacia Alemania y, por el camino, se enfrentó en diversas escaramuzas a fuerzas regulares francesas, miembros de la resistencia y tropas aliadas. Henri Gendreau, un excombatiente de la resistencia, señaló que en su ciudad natal, Ruffec, los legionarios indios violaron a una mujer y a sus dos hijas y mataron a tiros a una niña de dos años.

Por su parte, los Ostbataillonen, las legiones orientales, lucharon en Normandía bajo una misma bandera pero con un sinfín de lenguas. En cierta ocasión, el teniente Robert Brewer, de la 101ª División Aerotransportada, capturó a cuatro coreanos que habían sido obligados a luchar en las filas de la Wehrmacht.

Los prisioneros de guerra soviéticos, poco fiables y mal equipados, nutrían las filas de esas unidades, en las que combatían también armenios, georgianos o ucranianos, entre otros extranjeros.

6. La épica de Omaha Beach

Dos meses antes del desembarco, los aliados llevaron a cabo un ensayo general, a gran escala, en la playa de Slapton Sands, en Devon, Reino Unido. Todo lo que podía salir mal, salió peor: setecientos cuarenta y nueve soldados estadounidenses fueron aniquilados por una flotilla de Schnellboots alemanes que detectó el simulacro y torpedeó sus barcos.

De igual modo, el desembarco de las fuerzas estadounidenses en la playa de Omaha fue una carnicería. Para empezar, los servicios de espionaje aliados no detectaron que la 352ª División de Infantería había sido asignada a su defensa –los americanos creían que les daría la “bienvenida” la 716ª, integrada, sobre todo, por soldados veteranos y ucranianos–.

Para continuar, y a causa del mal tiempo, los bombardeos aéreos fueron incapaces de debilitar las defensas germanas, por lo que los tiradores alemanes dispararon a placer sobre sus enemigos. El gran periodista Ernie Pyle, muerto un año después en Okinawa, escribió: “Los hombres flotaban en el agua, pero no sabían que estaban en el agua, porque estaban muertos”.

Las bajas, contando muertos, heridos y desaparecidos, rondaron los 2.400 hombres, un 9 %, y, aun así, Eisenhower y el general Bradley se dieron con un canto en los dientes, pues los cálculos apuntaban a que caerían hasta un 12,5 %. “En la playa –abundó el coronel George A. Taylor–, quedan dos tipos de individuos, los muertos y los que van a morir”.

7. ¿Cumplieron con su cometido los paracaidistas?

El desembarco de Normandía | Fotos | Internacional | EL PAÍS

La historia de John Steele, el paracaidista que quedó suspendido de la torre de la iglesia de Sainte-Mère-Église, el primer pueblo liberado de Francia, sirve como pretexto para reconstruir la labor de los más de trece mil hombres que, en la noche del 6 de junio, saltaron sobre la península de Cotentin para facilitar el desembarco aliado en la playa de Utah.

Pertenecientes a la 82ª y la 101ª División Aerotransportada, y con una experiencia previa harto irregular, su misión, tan audaz como compleja, devino finalmente un éxito.

Y eso a pesar de que solo un 25 % de ellos logró aterrizar en la zona prevista, tras ser dispersados por el viento.

Paradójicamente, todo ese caos contribuyó a confundir al enemigo, que no pudo frenar su avance hacia Cherburgo.

La ciudad cayó en poder de los aliados a finales de junio, tras durísimos combates por la toma de varios puentes y esclusas.

El plan de los aliados incluyó, por cierto, el lanzamiento de cientos de maniquíes equipados con aparatos que replicaban el sonido de armas automáticas, en áreas alejadas del lugar del desembarco.

Si visitan los museos de la región, podrán fotografiar algunos de estos paracaidistas falsos, apodados Rupert.

8. La resistencia, héroes… y algún villano

La personalidad de Jean Moulin, uno de los grandes líderes de la resistencia, asesinado por la Gestapo en 1943, o de Georges Bidault, uno de los miembros del Consejo Nacional de la Resistencia, no implica que el movimiento estuviera muy cohesionado.

Sus simpatizantes comunistas proyectaron por su cuenta un brazo armado, los Francs-tireurs et partisans (FTP), que, a la hora de la verdad, pusieron el foco sobre los colaboracionistas antes que sobre los invasores.

Hasta agosto de 1944, dos mil soldados alemanes habían muerto a manos de la Resistencia, pero solo en la “épuration”, la purga que siguió a la liberación de París, se contabilizaron unas catorce mil muertes.

La labor de la resistencia fue decisiva por la calidad de sus soplos, hasta el punto de que el general William J. Donovan, padre de la inteligencia estadounidense, cifró en un 80 % la información útil obtenida gracias a estos grupos.

Sus ojos y oídos allanaron el camino a los estadounidenses, que, a finales de julio de 1944, golpearon a las agrupaciones blindadas al sur del canal de la Mancha, en los prolegómenos de la operación Cobra; y, aunque sus sabotajes no causaran daños irreparables al enemigo, solo entre el 5 y el 6 de junio perpetraron cerca de mil acciones.

La respuesta de los nazis fue contundente: el mismo Día D, la Gestapo ejecutó a más de ochenta resistentes franceses en el patio de la prisión de Caen.

9. ‘Muertos en combate’

El cementerio estadounidense de Colleville-sur-Mer alberga los restos de 9.387 militares de ese país, en su mayor parte caídos durante el desembarco.

La historiografía jamás podrá cuestionar su entrega, pero, como advierte Olivier Wieviorka en Historia del desembarco de Normandía(Tempus, 2008), “al presentar a los soldados aliados mirando la muerte sin pestañear, como imágenes de Épinal, disfrazan la guerra, edulcorando la repugnancia que puede inspirar a los que la llevan a cabo, difuminando los sufrimientos infligidos, voluntariamente o no, a los civiles”.

Como en cualquier otra batalla, no faltaron en ninguno de los bandos los desertores (durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes ejecutaron a treinta mil, por solo cuarenta y ocho durante la Primera Guerra Mundial), así como las automutilaciones para zafarse del horror venidero.

El Primer Ejército de Omar Bradley admitió más de cinco mil casos psiquiátricos hasta el mes de agosto de 1944, un 36 % de las bajas no mortales.

En los Archivos Nacionales y Administración de Documentos de Estados Unidos, el genérico “muertos en combate” (“killed in action”) camufla la identidad de numerosos soldados suicidas.

Killed by friendly fire: Lesley J. McNair and Bede Irvin – World War II on  Deadline
teniente general Lesley J. McNair

10. Un solo nombre

Una cruz en el citado cementerio de Colleville-sur-Mer cuenta que el teniente general Lesley J. McNair, ascendido a general póstumamente, vio la luz en Minnesota y que expiró el 25 de julio de 1944.

Las circunstancias de su muerte resumen a la perfección las intenciones de este artículo: verdades y mentiras de la batalla de Normandía. McNair, comandante de las fuerzas de Tierra, es el militar de mayor rango enterrado en ese camposanto y uno de los cuatro tenientes generales estadounidenses que cayeron en la guerra.

A su funeral asistieron Bradley y Patton, entre otros. Pues bien: el US Army Press Corps, el servicio de prensa del Ejército de EE. UU., publicó que McNair había sido víctima del fuego enemigo, y hasta el mes de agosto la opinión pública no supo la verdad.

Y la verdad era que, en los preparativos de la operación Cobra, un ataque por equivocación de los bombarderos B-17 Flying Fortresses y B-24 Liberators acabó con su vida –y con la vida de más de cien compatriotas suyos–, apenas unos días antes de que su único hijo falleciera en el frente del Pacífico.

Cuando el cuerpo de McNair fue trasladado al hospital de campaña, los sanitarios juraron guardar silencio sobre su desafortunado final.

A veces es más cómodo vivir en la mentira, pero, al final, la verdad asoma siempre, y prevalece.

nuestras charlas nocturnas.

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