El antinatalismo filosófico como oportunidad para revalorizar la procreación…
Venus y Marte, de Sandro Botticelli.
Tesis controvertidas en épocas extrañas
Haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre.
(Emil Cioran)
JotDown(P.M.Buitrago) — En nuestros días, la humanidad parece haberse puesto de acuerdo para una empresa insólita: dejar de tener hijos. Resulta curioso que, mientras tanto, estemos asistiendo a los primeros aleteos de una rara ave filosófica: el antinatalismo de corte utilitarista.
Sería osado conectar ambos fenómenos, pero el brusco descenso de la natalidad a nivel mundial sin duda constituye una «buena nueva» para aquellos que defienden la extinción pasiva de nuestra especie.
Sé que es tentador sugerir el suicidio a estos tristes pensadores que parecen decididos a amargarnos la existencia con su pesimismo; al fin y al cabo, es un comentario habitual de los lectores en los artículos dedicados a su doctrina (destripe: los antinatalistas tienen respuesta para tales sugerencias).
Sin embargo, merece la pena tomarse en serio esta peculiar teoría: sin pretenderlo, nos fuerza a reparar en aspectos relevantes sobre el valor inconmensurable de la vida.
Cuando Manuel Toscano, profesor de filosofía moral, me preguntó las razones de este interés por semejante temática, no dudé: pocas doctrinas hay más subversivas y que generen un rechazo tan visceral (para entendernos: más divertidas); pero, sobre todo, el fondo de la cuestión es un tema filosófico universal: la vida y su valor.
A Manuel no solo le pareció razón suficiente, sino que tuvo a bien ponerme en la senda para el correcto análisis del asunto, debiéndole por tanto haber tenido la oportunidad de realizar una serie de hallazgos que quisiera compartir en adelante.
Ecos de un lamento milenario
Si los niños fueran traídos al mundo por un acto de pura y sola razón, ¿continuaría existiendo la raza humana? ¿No habría un hombre con la suficiente compasión por la generación venidera como para ahorrarle el peso de la existencia? O al menos para no tomar sobre sí la imposición a sangre fría de esa carga sobre ella.
(Arthur Schopenhauer)
¿Merece la pena vivir la vida? Esta, antes que ninguna otra, es la pregunta radical y en carne propia a la que debe responder un filósofo, en opinión de Albert Camus, para quien no había «más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio».
Sin embargo, bien podría pensarse que quizás el problema serio que se deriva de la pregunta fundamental no es el suicidio, sino la procreación. Si la respuesta a la gran pregunta es negativa, acabar con el hecho de estar vivo supone una huida preñada de dolor, mientras que no crear vida parece una más prudente y altruista solución.
La aniquilación por omisión procreadora que defiende el antinatalismo filosófico no pretende salvar al planeta y su diversidad frente a la amenaza que suponemos los humanos. De hecho, nuestro planeta aquí es visto como una desgracia cósmica, allí donde la desdicha de la vida arraigó.
El lamento antinatalista es antiguo: «Perezca el día en que yo fui nacido, y la noche que dijo: varón es concebido». A las palabras atribuidas a Job se suman las del coro en Sófocles: «El no haber nacido triunfa sobre cualquier razón». En los albores del segundo milenio, el poeta árabe Al-Ma’arri recomendaba no tener hijos para librar a las generaciones futuras de sufrimientos.
Y ya en el siglo XIX nacería el antinatalismo contemporáneo de la mano de Arthur Schopenhauer, autor de cuyo humor ya tenemos noticia. La visión pesimista del alemán tuvo un discípulo principal en Philipp Mainländer, para quien la humanidad, como toda inteligencia que se desarrolle, sigue una trayectoria determinista hacia una autodisolución que vendrá dada por la comprensión de la desgracia universal que la vida implica.
En buena medida, este ideal cósmico supondría una solución a la paradoja de Fermi:
Su espíritu juzga ahora correctamente la vida, y su voluntad se enardece con este juicio. Ahora lo único que aún llena el corazón es un único anhelo: ser tachado para siempre del gran libro de la vida. Y la voluntad alcanza su meta: la muerte absoluta.
Según el pensamiento de Mainländer, la única felicidad auténtica se alinea con el comportamiento moral, y este, a su vez, con el irreversible devenir descrito: la comprensión que potencia la voluntad de castidad: «no ser es mejor que ser». De hecho, para este autor el universo no sería más que los pedazos rotos de una divinidad anhelante de no ser, en una suerte de descomunal proceso hacia la nada.
Está claro que esto puede verse como un particular adelanto de sentido a lo que luego conoceríamos como teoría del Big Bang. Desde la perspectiva humana, esta metafísica explica el sufrimiento y la infelicidad que caracterizarían la vida.
Avanzado el siglo XX se encuentra la más pesimista figura, sutil e irónica, de Cioran, quien es capaz de síntesis constantes y brillantes del asunto. Años antes, Peter Wessel Zapffe, de modo más poético, nos exhortaba a un autoconocimiento que nos motivase a la infertilidad, y ello con el objetivo de legar a la posteridad el silencio total del mundo.
Aquí, el sentimiento de hermandad en el sufrimiento sería, una vez más, el motor del antinatalista. Sin embargo, Zapffe hallaba algunos obstáculos a esta empresa, tales como el apego, el arte, la distracción o el carácter obtuso de nuestra atención, los cuales redundan en un estrechamiento de la conciencia que, de momento, mantendrían a salvo el infortunio que define la vida.
Antinatalismo reloaded
A mis padres, a pesar de que me trajeron a la existencia.
(David Benatar)
Recién estrenado el tercer milenio, como si se quisiese dar razón del progreso hacia la nada que intuía Mainländer, y a despecho de toda la repulsa que provoca mayoritariamente el pesimismo antinatalista, nos encontramos con la obra de David Benatar, que constituye una nueva pretensión de demostrar que la procreación es un acto inmoral.
Sus planteamientos están cosechando fama mundial, y, si bien logra más detractores que adeptos, o quizá por ello mismo, ha conseguido mantener un anonimato que solo nos revela su trabajo como filósofo en la Universidad de Ciudad del Cabo. Sus ideas conforman el más elaborado intento de justificación de la tesis antinatalista.
Benatar comienza su obra capital, como no podía ser de otra forma, con una dedicatoria a sus padres.
En el prefacio admite que su libro no cambiará las inercias reproductivas y sus argumentos serán menospreciados por la mayoría.
No le importa: son ideas que deben ser publicadas, más aún si perturban la comodidad de la ortodoxia.
La idea básica que defiende Benatar, que existir comporta graves daños que no se hubieran dado si no se hubiera sido, es bastante clara y sencilla.
Su trabajo consistirá en rebatir las objeciones que durante años ha encontrado a esta idea, demostrando que la existencia, lejos de ser un beneficio neto, supone un daño neto al existente.
Aquí puede observarse la raigambre utilitarista de su doctrina, que habrá de enfrentarse a las poderosas inclinaciones biológicas que desembocan en una doble indignación ante sus propuestas: indignación por la desvalorización de la vida e indignación por las consecuencias morales que esta desvalorización provoca.
Autodestrucción utilitarista
Es indiscutible afirmar que la presencia de sufrimiento es mala y que la presencia de placer es buena. Sin embargo, esta evaluación simétrica no es tal cuando se aplica a la ausencia de sufrimiento y placer, pues me parece verdadero que la ausencia de dolor es buena, incluso si ese bien no es disfrutado por nadie, mientras que la ausencia de placer no es mala a menos que haya alguien para quien esta ausencia sea una privación.
(David Benatar)
El consecuencialismo es una teoría ética según la cual una acción es buena o mala en función de los resultados que produce. Dentro de esta corriente, el utilitarismo se centra a grandes rasgos en los resultados de felicidad, bienestar y satisfacción para la mayor cantidad de individuos, buscando eludir sus reversos de infelicidad, sufrimiento y dolor.
Como bien se ha señalado aquí, el antinatalismo utilitarista de Benatar tiene como clave de bóveda la idea de la asimetría del placer y el dolor, que puede resumirse de la siguiente manera: hay un deber de no traer sufrimiento a la existencia, pero no hay deber de traer placer a la misma.
Benatar reconoce que la asimetría no es compartida por el utilitarismo positivo, que busca maximizar el placer y por tanto sí lamenta su ausencia incluso cuando nadie ha sido privado de él por no haber sido traído a la vida: «Según su opinión, existe un deber de traer personas a la existencia si esto incrementara la felicidad».
Sin embargo, el propio Benatar puntualiza la división que existe en el seno de este utilitarismo positivo entre quienes abogan por incrementar la felicidad de los existentes, que no tienen problema en aceptar la asimetría, y los que defienden un incremento de la felicidad a través de un incremento en la procreación.
En otras palabras, los primeros ponen la maximización del placer al servicio de las personas y los segundos ponen a las personas al servicio de la maximización del placer. Esta última visión recuerda a las versiones más controvertidas de la doctrina transhumanista, dispuesta a los mayores sacrificios para la realización de todo el potencial humano a largo plazo.
¿Podría justificarse la procreación porque ciertos sufrimientos inevitables serán compensados por grandes placeres? Benatar emplea el argumento de Seana Shiffrin para negarlo: no supone un problema moral infligir un daño para evitar otra mayor, como amputar un brazo para evitar la muerte.
Sin embargo, sí supone un problema moral amputar un brazo para potenciar una cualidad que nos hará más felices. Y como subraya Benatar, si bien podemos obtener consentimiento para el segundo caso, no podemos obtenerlo del no existente.
El argumento antifrustracionista de Christoph Fehige también concuerda con la postura antiprocreación: no tener preferencias es tan bueno como verlas satisfechas, y lo único malo es verlas frustradas. Si, como dejó escrito lord Tennyson, «es mejor ser amado y abandonado que no haber sido amado en absoluto», podría deducirse que es mejor nacer, disfrutar y sufrir hasta la muerte final que no haber existido.
Para Benatar esta comparación es errónea al no tratarse de situaciones equivalentes: el que vive sin amor vive, de hecho, una mala vida, precisamente por estar vivo. El que no ha nacido no experimenta nada. Muchas personas disfrutan la vida y se sienten agradecidas de estar vivas, pero esto no implica que existir sea mejor que no haber existido:
… porque si uno no hubiera existido, nadie habría perdido la alegría de disfrutar esa vida y por lo tanto la ausencia de esa alegría no sería algo malo. Ha de notarse, por contraste, que sí tiene sentido lamentar venir a la existencia si uno no disfruta su vida.
Más razones para el pesimismo
Cuanto peor es una vida, mayor es el daño de ser traído a la existencia. Argumentaré, sin embargo, que incluso las mejores vidas son muy malas, y por lo tanto ser traído a la existencia es siempre un daño considerable.
(David Benatar)
La asimetría del placer y el dolor no nos informa de las dimensiones del perjuicio, y Benatar se entretiene en describir la fatal distribución del sufrimiento a lo largo de la vida. Ocurre, sin embargo, que una importante proporción de seres humanos evalúa su vida como buena.
En respuesta, el autor se basa en recientes estudios psicológicos que apuntan a una serie de tendencias que disparan nuestro optimismo y que ponen en duda el carácter fidedigno de tales evaluaciones subjetivas:
a) El principio de Pollyana: describe una tendencia hacia el optimismo que nos lleva a recordar lo bueno por encima de lo malo, lo cual influye además en nuestras proyecciones de felicidad futuras. Como efecto derivado, este principio provoca que la mayoría de las personas crean ser mejores que las demás, lo cual es objetivamente imposible. Ni siquiera el grado real de salud o riqueza parecen ajustarse bien al optimismo exhibido.
b) El fenómeno de la habituación: nos lleva a adaptar las expectativas cuando los niveles de bienestar descienden de manera considerable. Así, tras un período de insatisfacción, tendemos a experimentar el mismo optimismo que antes de la caída.
c) El fenómeno de la comparación: provoca que juzguemos nuestra vida como mejor que la de los otros en su mayoría.
¿A qué se deben estas tendencias psicológicas hacia el optimismo? Se deben a lo que somos, un producto de la evolución:
Los fenómenos psicológicos expuestos no sorprenden desde una perspectiva evolucionista. Militan contra el suicidio y a favor de la reproducción. Si nuestras vidas son tan malas como venimos apuntando, y si las personas tendiesen a evaluar la calidad de sus vidas tal cual es, muchos más se inclinarían a matarse a sí mismos, o al menos a no producir más tales vidas.
El pesimismo, por tanto, no tiende a ser seleccionado naturalmente.
Para los optimistas, el pesimismo que expone Benatar parece el resultado del «lamento autocompasivo de un debilucho existencial»; para los pesimistas, como apuntó Schopenhauer, el optimismo se asemeja a «una burla perversa de los indecibles sufrimientos de la humanidad».
Quien trae vida al mundo «juega a la ruleta rusa con una pistola completamente cargada, aunque, por supuesto, no sobre su propia cabeza, sino sobre la cabeza de su descendencia».
Población cero
Para la cuestión de la población, Benatar tiene una respuesta que no es difícil adivinar: el horizonte ideal es cero. ¿Cómo no lamentar la extinción? Aunque para la mayoría de las personas resulta una conclusión insoportable, lo mejor sería la extinción humana (y animal) cuanto antes.
La extinción total ocurrirá tarde o temprano. En este sentido, el antinatalista puede ser optimista. Sostener la extinción activa, a favor de la muerte, conduce a una serie de problemas morales obvios, problemas que no afronta la extinción pasiva, alcanzada mediante la ausencia de procreación.
El gran problema de la extinción pasiva es el sufrimiento que comporta para la última generación, desprovista de toda proyección de futuro, y habitante en una sociedad sin duda más disfuncional de lo acostumbrado. Benatar exhibe su utilitarismo más descarnado al afirmar que ese sufrimiento de la última generación será compensado por el ahorro del daño a las innumerables venideras.
Un razonamiento contra-intuitivo
Cuando uno tiene un argumento poderoso, basado en premisas altamente plausibles, para una conclusión que implica reducir el sufrimiento sin privárselo, de hecho, a nadie, pero que es rechazado simplemente por características psicológicas primarias que comprometen nuestro juicio, entonces el carácter contra-intuitivo de la conclusión no cuenta contra ella.
(David Benatar)
Benatar considera altamente improbable que su posición antinatalista acabe imperando en las conciencias. El pesimismo no es bien recibido, en virtud de los mecanismos psicológicos descritos, que demandan mensajes positivos: «Ellos quieren escuchar que las cosas son mejores de lo que piensan, no peores».
Los argumentos pesimistas son recibidos con impaciencia y condena, considerados autoindulgentes, débiles, cuando no achacados a patologías depresivas. Estamos vivos y no sirve de ayuda revolcarnos en una lúgubre autocompasión. Debemos centrarnos en el lado maravilloso de las cosas, disfrutar, hacer lo máximo que podamos, bendecir este don.
Pero lo cierto es que no podemos dejarnos intimidar por el optimismo, solo porque sea una visión alegre, del mismo modo que el pesimismo no lleva razón por ser triste. Lo que importa es la evidencia. El problema se resume en que es mejor vivir con optimismo, pero ello nos aleja de hacer lo correcto: no tener hijos. En cambio, es importante resaltar que el antinatalismo no justifica el suicidio:
Sin embargo, la opinión de que venir a la existencia es siempre un daño no implica que la muerte sea mejor que continuar existiendo, y por tanto que el suicidio sea (siempre) deseable. La vida puede ser suficientemente mala como para ser mejor no venir a la existencia, pero no tan mala como para que sea mejor cesar de existir.
El no existente no tiene ningún interés en venir a la existencia, y evitar un solo daño es suficiente para explicar este desinterés, pero el existente puede tener interés en continuar existiendo, por encima de la cantidad de sufrimiento que caracterice su vida. La propia muerte ya es percibida como un gran daño, quizá el mayor.
El antinatalismo de Benatar es una suerte de filantropía. Entiende la misantropía que se puede derivar del inconcebible sufrimiento que ha infligido la especie humana, pero su visión toma mayor perspectiva: es la compasión por el sufrimiento humano, y por el de toda vida sintiente, lo que le ha llevado a enarbolar esta contra-intuitiva doctrina.
La primavera, de Botticelli.
Más allá del placer y el dolor
Las ideas de David Benatar han recibido respuesta desde múltiples ángulos. Sin ánimo de ser exhaustivo, estas van desde las que juzgan una frivolidad que un hijo afortunado en la vida eleve una queja a sus padres por haber nacido, hasta las que niegan que se pueda atribuir dolor, placer, bienes y perjuicios a las personas que no han existido; pasando por las que, considerando posible esta atribución, consideran que Benatar no evalúa correctamente el placer y el dolor de los no existentes.
Estas y otras objeciones al pensamiento de Benatar, si bien valiosas, pertinentes y honestas intelectualmente, en cuanto que acceden a confrontar sus ideas en el terreno que el filósofo sudafricano dispone, me resultan profundamente insatisfactorias, y ello por su falta de perspectiva.
En mi opinión, si se adopta y toma por bueno este cálculo utilitarista del placer y el dolor, la dudosa victoria en estas pequeñas batallas no otorga el triunfo en el debate, y las ideas de Benatar continúan conservando buena parte de su fuerza.
En la asimetría del placer y el dolor, Benatar establece que no existe un deber moral de traer placer al mundo, pero sí existe un deber moral de no traer sufrimiento.
Desde la visión consecuencialista de la moral que caracteriza buena parte del mundo filosófico anglosajón, esta suerte de órdago argumental que lanza Benatar es difícilmente superable, y tengo la certeza de que su atractivo y valor radica en haber llevado al utilitarismo hasta sus —valga la ironía— últimas consecuencias: en terminología nietzscheana, Benatar habría puesto de relieve la semilla de autodestrucción de la doctrina utilitarista, el nihilismo que anidaba en el corazón de la misma.
Insisto en ello: si valoramos la vida en función de los placeres y sufrimientos que nos depara o nos puede deparar, lo mejor es no haber nacido: no compensa.
No importa que en la balanza de una vida pesen más los placeres que los sufrimientos, la clave la encontramos en que no haber experimentado esos placeres, por no haber llegado a la existencia, no supone nada malo, y no hay perjuicio alguno; pero ahorrar los sufrimientos es algo que no tiene precio, y termina traduciéndose en un bien difícilmente desdeñable.
La asimetría del placer y el dolor, en la determinación de la conveniencia y moralidad de la procreación, es un argumento potente.
Personalmente, el sentido común me dice que, puestos a interpretar la vida bajo este prisma, y dado que ningún progenitor tiene en su mano proporcionar una vida en la que no quepa la posibilidad de intensos y constantes sufrimientos, el riesgo es demasiado grande, y la procreación es una lotería perversa que juega con el destino de la descendencia.
Es por esto que debo volver a la famosa pregunta de Camus: ¿merece la pena vivir la vida? La respuesta afirmativa es frecuente para el existente, aunque solo sea porque la alternativa es demasiado mala. Pero aquí trato con la hipotética respuesta del no existente a la pregunta: ¿te merece la pena ser traído a la vida?
En este análisis no he incidido en las condiciones históricas que permiten realizar esta pregunta en toda su plenitud, por obvias: es ahora cuando tenemos la capacidad para la abstinencia reproductiva sin que el impulso sexual condicione el hecho.
Sin embargo, el no existente no tiene conocimiento ni voz, y estamos abocados a decidir por él.
Si el utilitarismo y su raigambre hedonista caracterizan nuestra valoración de la vida, la decisión parece decantada, como he señalado.
Es de agradecer que Benatar ponga sobre la mesa toda una serie de cuestiones que ayudan a examinar el carácter moral que conlleva la procreación.
Además, este autor no cede a la arrogancia de postular destinos manifiestos de auto-extinción, limitándose a exponer una doctrina moral de carácter terrenal y abierta al diálogo.
No obstante, para responder a la gran pregunta, resulta imprescindible escapar de esta visión centrada en el placer y el dolor: solo así podremos observar el fenómeno vital humano en atención a su inextricable complejidad y ambigüedad.
La importancia del sentido
El placer y el dolor son dos caras de un aspecto fundamental en la experiencia de nuestras vidas. Pero la clave aquí es comprender que un aspecto de la experiencia humana no puede ofrecernos la última palabra sobre la vida. Nuestra forma de experimentar el placer y el dolor está preñada, inevitablemente, de significado.
El valor de este significado no depende de que nuestras vidas gocen de un sentido cósmico, ausencia de la cual Benatar se lamenta por la degradación que supondría en la calidad de nuestras vidas. Carecer de algo no implica que lo ausente sea bueno, pues nada indica que poseer un sentido universal, plenamente abarcador, mejoraría las cosas, y tengo serias dudas de que conocer nuestra irrelevancia respecto a la totalidad del cosmos haya rebajado nuestra felicidad o bienestar.
¿De qué depende, pues, el valor del significado? Depende de nuestra interpretación, más allá de que esta interpretación podamos moldearla o no.
Pondré un ejemplo: el dolor de una pierna quebrada puede ser asimilado por nuestra psicología de muy diversas maneras: puede asimilarse bien como consecuencia razonable de jugar al fútbol, o puede asimilarse con horror si es fruto de la tortura, como también puede asimilarse con orgullo si con ese dolor injustamente padecido estamos salvando vidas valiosas o luchando por una causa justa.
La intensidad del dolor es la misma, pero lo que significa para nosotros cambia por completo nuestra experiencia de ese dolor. Lo mismo ocurre con la enfermedad: el sufrimiento y la perspectiva de la muerte constituye una oportunidad para expresar nuestra personalidad y valores, circunstancia de la que, sin ir más lejos, el cine se ha nutrido en abundancia.
Benatar acepta la importancia del sentido terrenal que aplicamos a las cosas, y no niega su existencia, pero pasa por alto la forma en que condiciona nuestra experiencia del placer y el dolor. Por otro lado, puesto que cuantificar el placer y el dolor depende de un cálculo cuando menos problemático, resulta atrevido postular que una vida ha sido mala porque ha tenido más dolor que placer.
Más aún, no solo el placer y el dolor se insertan en una red de significado, sino que, además, se encuentran mezclados el uno con el otro, y la mutua referencia impide su respectivo aislamiento.
En definitiva, no por sernos más familiar la experiencia humana nos es menos inextricable, pues se instala en una complejidad que supera ampliamente la limitación de nuestras categorizaciones. Más importante: el nudo gordiano que supone la asimetría del placer y el dolor solo puede ser cortado por la espada del sentido, como de hecho así ocurre.
Mucho se ha escrito en el ámbito filosófico sobre el concepto «sentido de la vida».
Sobre este tema, mi texto predilecto pertenece a Richard Taylor, quien defiende que el sentido de la vida no procede de fuera, sino que está dentro de cada uno de nosotros: si bien la vida puede ser vista como la condena de Sísifo, dura y absurda, lo cierto es que disfrutamos de un «impulso extraño e irracional» para seguir adelante y encontrar motivaciones a nuestra acción.
Considero que este impulso para dotarnos de sentido, junto a marcados sesgos optimistas aquí ya analizados, lejos de suponer un argumento a favor de la dureza de la vida, muestran sobradamente lo bien equipados que estamos para afrontarla, como es lógico.
Otro texto particularmente valioso sobre este asunto ha sido escrito por Susan Wolf, destacando la posibilidad de disfrutar una vida significativa en un universo sin sentido, siempre y cuando seamos capaces de comprometernos activamente con las personas y en proyectos de valor positivo, compromiso que razonablemente deberíamos desear.
Las nuevas generaciones importan
En el cálculo que realiza Benatar, un gran sufrimiento ahora estaría justificado para evitar un hipotético mayor sufrimiento futuro.
Samuel Scheffler ha explicado con brillantez la relevancia fundamental que tiene para nosotros la supervivencia de la humanidad más allá de nuestra muerte, y esto no solo por la supervivencia de la especie en sí misma, sino, especialmente, como condición para el desarrollo de nuestros proyectos y actividades: la desaparición inminente de la humanidad, más que la perspectiva de la propia muerte, tendría un efecto perturbador en nuestra capacidad de cargar de valor nuestras vidas.
Esto nos advierte de un límite a nuestro individualismo y egoísmo, ya que, aunque nos suele pasar desapercibida, la continuación de la vida humana en general nos importa más aún que la propia y su desaparición supondría un panorama de pesadilla: significaría nuestra derrota definitiva contra el tiempo y contra la futilidad de nuestras acciones.
Todo esto nos revela que la forma humana de valorar se caracteriza, según Scheffler, por «sus dimensiones conservadoras, no empíricas ni consecuencialistas». El mismo Benatar reconoce que la vida cercana a la deseada extinción pasiva sería bastante dura, pero esta calificación se descubre excesivamente suave si, entre otras cuestiones, atendemos al planteamiento de Scheffler.
Sin embargo, Benatar prefiere un sufrimiento seguro e inmediato frente a otro supuestamente mayor en un futuro cuyos rasgos, no obstante, nadie conoce, y lo que es peor: adelanta el apocalipsis, voluntariamente, en un anticipo que garantiza terrores de los que, en teoría, quiere escapar. Si esta no es una conclusión repugnante, desde luego lo parece.
Si han seguido el hilo argumental de este texto, un tanto denso, cabe la posibilidad de que a estas alturas hayan atisbado una brecha fundamental en el planteamiento de Benatar: por un lado, descarta que el suicidio sea siempre deseable, puesto que la vida puede que no sea tan mala como el mal que supone adelantar la muerte; pero, por otro lado, no tiene problema en proponer el suicidio de nuestra especie, a pesar de que para la última generación supondría un horror que ha de ser tenido en cuenta.
Es cierto que la propuesta de Benatar pretende evitar los ingentes sufrimientos futuros, pero no es menos relevante que igualmente el suicidio individual (¡también el suyo!) sería deseable si se atiene a los sufrimientos abundantes que una larga vida garantiza (siempre según su teoría).
Nietzsche baja los humos
En el fondo de todo este asunto encontramos un problema radical: la gran respuesta a la cuestión del valor de ser traído a la existencia descansa en una interpretación global del fenómeno vital.
Una persona puede considerar que su vida no ha merecido la pena, como puede dar gracias por haber recibido el don de haber vivido.
Pero ninguna persona está en condiciones de postular, con la más mínima certeza, que la vida, en su conjunto, es mala (o buena).
En palabras de Nietzsche:
La condenación de la vida por parte del que vive es, por último, un síntoma de una determinada cualidad de vida; y con esto no tocamos la cuestión de si la condenación es justa o injusta. Deberíamos estar situados fuera de la vida y, por otra parte, conocerla tan bien como la conoce un hombre o muchos hombres, o todos aquellos que la han atravesado para poder tocar el problema del valor de la vida en general, motivo suficiente para comprender que éste es un problema inaccesible para nosotros.
No se puede juzgar el proceso inconmensurable que constituye la vida. Como afirma Sartre, todos somos criaturas arrojadas a la existencia, lo cual nos obliga a tomar posición, constantemente, por acción u omisión. Sin embargo, los hechos absurdos de vivir y haber nacido, como el de la muerte, no admiten valoración razonable.
Nacimiento, vida y muerte no son condenas, como no pueden ser dones. No tienen sentido último, pero, al delimitar nuestra existencia, estos hechos nos permiten dotarla de significación.
Al final, pluralismo de valores
David Benatar, el gran antinatalista de esta época y, probablemente, de siempre, basa buena parte del atractivo de su propuesta en la combinación del método analítico anglosajón con la radicalidad de las cuestiones que suele tratar la filosofía continental: procura ser riguroso en el estudio de una cuestión absolutamente desbordante.
Es difícil no recordar a Hume, quien antepuso la destrucción del mundo a un simple rasguño en su dedo, como un pensamiento propio de razón: quizá sea mejor no llegar nunca a la existencia, que padecer el más mínimo sufrimiento.
No obstante, aquí Benatar propone un pesimismo respetable, pero que debe ser entendido como personal: no cabe atribuir inmoralidad a quien decide tener hijos, sobre todo si nos atenemos al pluralismo de valores que desarrolló Isaiah Berlin, idea que se opone en este caso al absolutismo moral de una valoración exclusivamente hedonista de la vida.
Sin caer en el relativismo moral, Berlin incide en la imposibilidad de comparar sistemas de valores, o de establecer jerarquías entre ellos, pues si bien no podemos combinarlos, esto no supone su menoscabo. Lo que es mejor para Benatar no tiene por qué serlo para los demás.
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