Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta …

Ancient Origins(Mariló T.A.)/Xakata(C.Ortíz) — Aunque su nombre real era Erzsébet Báthory, lo cierto es que ha pasado a la historia como “La Condesa Sangrienta”. Pero, ¿qué mujer se esconde tras la personalidad de quien, según relata el sumario de su juicio, acabó con la vida de al menos 612 mujeres jóvenes de entre 9 y 26 años, para poder bañarse en su sangre y mantenerse, así, joven eternamente?
Erzsébet nació el 7 de Agosto del año 1560 en Byrbathor, ciudad perteneciente a Transilvania, región de la Hungría más profunda. Una época convulsa en un país dividido, con una parte ocupada por los otomanos y otra bajo el mandato de los austriacos Habsburgo.
Nacida fruto del matrimonio consanguíneo entre dos primos hermanos (Anna Báthory y Jorge Báthory), sus padres provenían de sendas ramas de los Báthory, familia que llegó desde Escandinavia a mediados del siglo XI, aunque realmente descendían de un poderoso clan de los hunos, comenzando a ganar relevancia a partir de mediados del siglo XIII.
Tras abandonar sus costumbres tribales, la familia adoptó el nombre de sus estados como apellido (Bátor significa, de hecho, «valiente»). Su poder e influencia iría desvaneciéndose paulatinamente, hasta desaparecer por completo en la segunda mitad del siglo XVII.

Erzsébet perteneció a una de las familias más adineradas y poderosas de la nación, una familia de la más alta aristocracia húngara. Era sobrina de Istvan Bathory, Príncipe de Transilvania y Rey de Polonia entre los años 1575 y 1686 y prima de Segismundo Báthory quien fuera Gran Príncipe de Transilvania mediante su matrimonio con la princesa María Cristina de Habsburgo. Otros príncipes y un cardenal se contaban, además, entre sus familiares cercanos.
Su infancia transcurrió en el castillo de los Ecsed, la rama más extravagante de los Báthory, repleta de tarados y locos a causa de la continua co-sanguinidad. Su infancia se vio marcada, a partir de los cuatro años, por convulsos ataques debidos, probablemente, a una epilepsia infantil. Pero dichos ataques remitieron pronto y no parecen guardar relación alguna con su posterior comportamiento.
A diferencia de lo que solía suceder con las mujeres de su tiempo, Erzsébet recibió una rica y esmerada educación. En una época en que muchos nobles eran analfabetos, la pequeña hablaba cuatro idiomas, dominando a la perfección el húngaro, el latín y el alemán.
Asimismo, muchos de sus familiares gustaban de prácticas esotéricas y eran estudiosos de la alquimia y la magia. La propia Erzsébet fue influida por su nodriza quien la inició en prácticas de brujería y en otros rituales relacionados con artes prohibidas.

A los 11 años la prometieron con un importante caballero: el Conde Ferencz Nadasdy, once años mayor que la niña. Inmediatamente, siguiendo las costumbres de la época, se vio obligada a trasladarse para convivir con la familia de su prometido. A partir de entonces será su futura suegra Orsolva, una austera y puritana dama, la encargada de su educación.
La convivencia resultó durísima, manteniendo continuos enfrentamientos con Orsolva, a la que despreciaba recordándole una y otra vez que el apellido Báthory poseía mucho más abolengo que el suyo.
Según algunas fuentes, a los 13 años ocurrió el primer suceso sangriento que, tal vez, marcase de forma atroz la personalidad de la joven: Erzsébet queda embarazada de un sirviente. Al hacerse pública la noticia, es enviada a un remoto castillo hasta el momento del parto, tras el cual le quitan el bebé y lo hacen desaparecer. Mientras, el sirviente es castrado y, posteriormente, despedazado y devorado por los perros del castillo.
– El matrimonio
A los 15 años, convertida ya en una mujer de extraordinaria belleza, se celebró su esperada boda con el Conde Ferenc Nadasdy, que tenía por entonces 26 años y se pasaba la vida batallando contra los otomanos. El Conde Nádasdy era un valiente caballero que solía participar en todos los conflictos bélicos, sobre todo contra los turcos.
Una de sus prácticas habituales era la de empalar a sus enemigos y se distinguía por su crueldad ante los vencidos. De ahí que fuese apodado como el “Caballero Negro de Hungría”. “Curiosa” es la correspondencia que mantuvieron los esposos durante las ausencias del Conde intercambiando ideas sobre las técnicas más adecuadas de castigo sobre los criados. Algo que, por otro lado, era de lo más normal entre los nobles de la época.

Se casaron, rodeados de gran lujo y boato, en el castillo de Varannó. A la ceremonia incluso acudió el Emperador Maximiliano II. Como la familia Báthory disfrutaba de mayor rango que la Nádasdy, el Conde adoptó el apellido Báthory tras su matrimonio.
Las posesiones del nuevo matrimonio eran inmensas y la pareja se trasladó a vivir al castillo de Čachtice, en los Montes Cárpatos que, por entonces eran territorio húngaro aunque en la actualidad pertenezcan a Eslovaquia. Además del propio castillo, la propiedad incluía diecisiete pueblos habitados por numerosos campesinos húngaros, rumanos y eslovacos.
Tuvieron cinco hijos de los que dos murieron a edades muy tempranas y, durante las ausencias de Ferencz, la ya Condesa tuvo tres amantes: un campesino y dos de sus doncellas. Algunas fuentes indican que fue su tía lesbiana Karla quien la inició en las prácticas homosexuales.

La soledad y el aburrimiento la llevaron a rodearse de alquimistas, magos, astrólogos, brujas, sabios y charlatanes que la fueron introduciendo de nuevo en el mundo esotérico mientras administraba el castillo con mano de hierro.
Es en estos años cuando empieza a pinchar a sus doncellas, clavándoles alfileres bajo las uñas. También comienza a hacerse traer jóvenes y robustas campesinas para morderles los hombros y masticar las carnes arrancadas.
– La necesidad de sangre
La muerte de Ferencz en el año 1604, asesinado en Bucarest supuestamente por una prostituta a la que no pagó sus servicios, fue el punto de inflexión definitivo que permitió a Erzsébet dar rienda suelta a sus actitudes violentas. Actitudes a las que la empujaba su más que probable psicopatía.
Lo primero que hizo al enviudar fue echar del castillo a su suegra –con la que convivía el matrimonio- y a toda su parentela política.

Su aburrimiento se incrementaba. La Condesa tenía ya 44 años y crecía su obsesión por mantenerse bella y joven, renaciendo en su mente todo lo que había estudiado sobre hechicería y brujería. Recordando que algún sabio le había comentado que la sangre de las doncellas aseguraba la eterna juventud y aconsejada por una supuesta bruja de la región, de nombre Darvulia, montó una cámara de suplicios en los sótanos del castillo.
Un día, mientras una de sus doncellas la estaba peinando, un nudo hizo que diese un fuerte tirón, sin querer, al cabello de Erzsébet provocándole un fuerte dolor. La Condesa se giró en un acto reflejo y asestándole un bofetón rompió la nariz de la criada. La sangre manchó a Erzsébet quien tuvo la impresión de que la piel rejuvenecía y se volvía más tersa y suave en las zonas manchadas.
Entonces ordenó llevar a la joven a la celda de torturas donde la desangró. La sangre fue vertida en una bañera y por vez primera se bañó en ella. Desde ese momento su mayor obsesión sería la de encontrar mujeres, cuanto más jóvenes mejor y a ser posible vírgenes, para poder bañarse en su sangre y, por supuesto, también beberla.
Para ello ordenó que le trajeran campesinas muy jóvenes, a ser posible casi niñas, utilizando la persuasión y, si ésta no resultaba, ordenó que las secuestrasen. Además, utilizó diversos métodos de tortura para que las muchachas pudieran ser desangradas sin ocasionarles la muerte y, tras cuidarlas un tiempo, volver a desangrarlas. Así, una y otra vez, día tras día.

Ante la masiva desaparición de jóvenes en las zonas limítrofes al castillo comenzaron a desatarse los rumores, pero durante un tiempo se mantuvo impune porque elegía a sus víctimas entre las siervas y campesinas a quienes, en aquellos tiempos, cualquier noble podía usar como simples objetos. Sin embargo, tras la muerte de la bruja Darvulia, la Condesa fue menos precavida y empezó a raptar a jóvenes de buenas familias.
Los rumores se fueron extendiendo por todo el reino de Hungría hasta llegar a la corte donde, además, no gozaba de grandes simpatías. Entonces, el Emperador Matías II, enemigo político de Erzsébet, ávido de adueñarse de las propiedades de la Condesa, decidió intervenir y envió al primo de Erzsébet y Palatino de Hungría, el Conde Jorge Thurzó, a investigar lo ocurrido.

Cuando el 29 de Diciembre del año 1610, el Conde Jorge Thurzó se personó junto con sus hombres en el castillo de su prima, la condesa Erzsébet Báthory, la sorprendieron torturando a varias jóvenes. Nada más traspasar la puerta encontraron el cadáver desangrado de una mujer. A continuación, hallaron a otra aún con vida.
Seguidamente se toparon con otra joven muerta por culpa de las torturas a las que había sido sometida. Observaron que por todas las habitaciones había gran cantidad de objetos de tortura y recuperaron un diario en el que la Condesa había anotado el nombre de, al menos, 610 víctimas.
Además, en los calabozos hallaron a otro grupo de chicas que aún permanecía con vida, aunque en un grave estado de debilidad debido al permanente sangrado a que se las sometía. Estas jóvenes les dijeron que después de muchos días de ayuno les habían servido una cierta carne asada que había pertenecido a los hermosos cuerpos de sus compañeras muertas.
Por todas partes había toneles de ceniza y serrín, empleados para recoger la sangre que se vertía en el lugar. Debido a esto, todo el castillo estaba cubierto de manchas oscuras y despedía un nauseabundo olor a podredumbre.

En otra ala del castillo la Condesa y su séquito de brujos y acólitos fueron sorprendidos realizando un sangriento ritual. Inmediatamente fueron todos detenidos y llevados a juicio. Poco a poco fueron recuperando todos los cadáveres que habían ocultado, durante 6 años, por los alrededores del castillo.
– El juicio
En el año 1612 se celebró el juicio en Bitcse contra Erzsébet y sus colaboradores. La Condesa ni siquiera compareció a la vista judicial, acogiéndose a sus derechos nobiliarios por los cuales podía negarse a declararse inocente o culpable.
Además, la acusación se centró, exclusivamente, en el asesinato de las doncellas nobles, pues los crímenes sobre siervas y campesinas carecían de importancia en aquella época. Pese a ello, algunas de las declaraciones de los testigos y víctimas, así como la descripción de las torturas y vejaciones infligidas, estremecerían, incluso, al más frío de los hombres.
Como muestra de sus terribles pasiones, esta es parte de la declaración tomada a una de las pocas chicas que lograron escapar:
…una joven de doce años llamada Pola logró escapar del castillo de algún modo y buscó ayuda en una villa cercana. Pero Dorka y Helena Jo se enteraron de dónde estaba por los alguaciles, y tomándola por sorpresa en el ayuntamiento, se la llevaron de vuelta al Castillo de Čachtice por la fuerza, oculta en un carro de harina.
Vestida sólo con una larga túnica blanca, la Condesa Erzsébet le dio la bienvenida de vuelta al hogar con amabilidad, pero llamaradas de furia salían de sus ojos la pobre ni se imaginaba lo que le esperaba. Con la ayuda de Piroska, Ficzko y Helena Jo, arrancó las ropas de la doceañera y la metieron en una especie de jaula.

Esta particular jaula estaba construida como una esfera, demasiado estrecha para sentarse y demasiado baja para estar de pie. Por su [cara] interior, estaba forrada de cuchillas del tamaño de un dedo pulgar. Una vez la muchacha estuvo en el interior, levantaron bruscamente la jaula con la ayuda de una polea.
Pola intentó evitar cortarse con las cuchillas, pero Ficzko manipulaba las cuerdas de tal modo que la jaula se balancease de lado a lado, mientras que desde abajo Piroska la punzaba con un largo pincho para que se retorciera de dolor.
Un testigo afirmó que Piroska y Ficzko se dieron al trato carnal durante la noche acostados sobre las cuerdas, para obtener un malsano placer del tormento que con cada movimiento padecía la desdichada. La agonía terminó al día siguiente, cuando las carnes de Pola acabaron despedazadas y ensangrentadas en el suelo.
Las torturas practicadas por la Condesa y por su grupo de colaboradores, brujas y acólitos se pueden dividir en dos claras etapas. La primera etapa corresponde a los años en que aún vivía su marido.
En esos tiempos, siempre asesorada y aconsejada por su esposo, se dedicaba a introducir finas agujas bajo las uñas de sus doncellas o a clavárselas directamente, les entregaba monedas y llaves al rojo vivo, las tumbaba en la nieve y las empapaba con agua helada hasta que morían congeladas o las desnudaba, las untaba en miel y las sacaba al campo de esa guisa para que mosquitos, moscas, abejas y avispas las picasen sin cesar.
La segunda etapa corresponde a sus años de viudez cuando Erzsébet sólo vestirá de blanco como símbolo de extrema pureza. Es la etapa de torturas más sádicas y atroces. Algunas de las más destacadas eran las siguientes:

- Encerraba a las muchachas en la jaula que, posteriormente, era alzada. Los barrotes de la jaula, internamente, están formados por afiladas hojas cortantes. Erzsébet se colocaba debajo del artefacto mientras sus secuaces pinchaban desde el exterior a la víctima para que no dejara de moverse y, así, se clavase las cuchillas de la jaula, su sangre no dejase de manar y empapase a la Condesa.
- La doncella de hierro era su método de tortura preferido. Consistía en un autómata que Erzsébet compró en Nuremberg a un relojero. Con el tamaño, la forma y hasta el color de una persona, estaba dotado con un mecanismo que le permitía mover los ojos y los labios esbozando una sonrisa. La Condesa le ponía pelucas rubias y lo maquillaba y se sentaba a contemplar la escena. Cuando la víctima, curiosa, tocaba las piedras preciosas del collar que lucía el autómata, éste se accionaba y, muy lentamente, elevaba sus brazos abrazando lo que tuviese justo delante. Una vez abrazada, a la víctima ya le resultaba imposible soltarse. Entonces, los senos del autómata se abrían surgiendo, de pronto, una serie de puñales que atravesaban a la joven inocente provocándole grandes hemorragias. Consumado el sacrificio, se tocaba otra piedra del collar para que la “Doncella de hierro” dejase caer los brazos y cerrase los labios y los ojos, liberando al ya, casi seguro, cadáver.
- Azotaba y flagelaba hasta que la piel se desgarrara para aplicar hierros al rojo sobre las tumefactas llagas.
- Les cortaba los dedos con tijeras, les realizaba incisiones con navajas y si chillaban les cosía la boca. Si se desmayaban, les hacía arder papel empapado en aceite entre las piernas.
- Otras prácticas consistían en arrancar la carne mediante pequeñas pinzas de plata, cortar la piel entre los dedos y quemar las plantas de los pies con planchas y cucharas también al rojo.

– La sentencia final
La sentencia declaró a todos culpables. Unos fueron condenados por brujería, otros por asesinato y el resto por cooperación. El mayordomo del castillo y más íntimo colaborador de la Condesa, Ficzkó, fue decapitados y quemados sus cadáver.
A las brujas Dorotea y Piroska les arrancaron los dedos con tenazas al rojo y luego las quemaron vivas lanzándolas a una gran hoguera. Herís Majorova, una burguesa acusada de colaboración, fue ejecutada.
La más joven colaboradora llamada Katryna, que sólo tenía catorce años, fue la única acusada a la que se le perdonó la vida gracias a que salió en su defensa una de las víctimas. Fue condenada a recibir 100 latigazos.

El Palatino, considerando la alcurnia de la Condesa, le perdonó la vida pero fue condenada a ser emparedada en una habitación de su castillo, sin comunicación ni diálogo alguno con el exterior y con sólo una rendija por la que se le pasaría algo de alimento y agua. Allí vivió durante casi cuatro años, medio muerta de hambre y frío.
Nunca mostró arrepentimiento ni comprendió los motivos por los que la condenaron a semejante sufrimiento. Finalmente, el 21 de Agosto del año 1614, al anochecer y “abandonada de todos” según escribieron los cronistas de la época, apareció muerta la Condesa Erzsébet Báthory a la edad de 54 años.
La crónica oficial de su muerte decía: «Erzsébet Báthory, esposa del influyente barón Ferencz Nádasdy, magistrado del rey y gran maestre de los caballos, viuda infame y homicida, ha muerto en prisión en Csetje. Murió repentinamente, sola y sin luz, el 21 de agosto de 1614».
Quisieron enterrarla en la iglesia de Čachtice, pero los vecinos del pueblo se negaron, considerándolo una ofensa. Al final pudo ser enterrada al noreste de Hungría, en Ecsed, su localidad natal. Durante muchos años se prohibió hablar de ella y toda la documentación referente a su caso fue sellada y oculta.

Aunque ha quedado constancia tanto del juicio como de su diario personal, donde aparecen detallados todos sus crímenes, muchos investigadores actuales se decantan por creer que sus asesinatos –o al menos una gran parte de ellos- fueron fruto de una complicada trama montada por sus enemigos en una clara lucha de poder interna.
¿Acaso fue una víctima más de la ambición y envidia que causaron en su tiempo sus influencias, su poder y sus propiedades?
– La leyenda de los Báthory, la familia más sanguinaria de la historia de Europa

A mediados del siglo XI, cuando media Europa lanzaba ofensivas sobre Tierra Santa y en España el Califato de Córdoba se iba descomponiendo en diversos reinos de taifas, el clan de los Gutkeled llegaba a la gran llanura húngara desde Alemania. Su origen era tan antiguo que se pierde en la noche de los tiempos, aunque se especula que podrían provenir de los restos del Imperio romano.
De todas las familias nobles descendiente de este clan, la mayoría eran todo lo sanguinarias que se puede esperar de la nobleza centroeuropea de la Baja Edad Media, es decir, mucho.
Pero hay una en concreto que traspasa todos los límites de lo que podríamos considerar una crueldad «habitual» o «pragmática» al configurar, generación tras generación, una historia familiar que entra dentro del campo de la leyenda, del horror inconmensurable. Se trata de la familia Báthory.
Ya lo decía Alejandra Pizarnik en la fabulosa La condesa sangrienta: hay mucha fuerza en un nombre, si uno cree en él. La leyenda de la familia se remonta a su fundador, Vitus Báthory, que habría sido premiado con el ilustre apellido y las tierras que lo acompañaban tras derrotar y ejecutar al dragón que habitaba las marismas del condado de Heves, al norte del país.
El escudo de armas de la familia, tan alucinante como la propia historia de la misma, evoca tal hazaña, constando de un dragón y tres dientes, correspondientes a las tres heridas de lanza que consiguieron tumbar a la mole.
Aún a día de hoy, el escudo es visible en algunos edificios, como en la portada de la iglesia de la Sagrada Trinidad en Košice (Eslovaquia) cuya construcción fue sufragada por Sofía Báthory.

A partir de ahí, la historia de la familia es una escalada de violencia y locura que ríete de los Borgia. István Báthory V, sin ir más lejos, era voivoda de Transilvania (magnífico título) y ya disponía de fama de ser un magnífico y sanguinario guerrero cuando el rey Matías Corvino de Hungría lo puso a mediados del siglo XV a la cabeza de un ejército destinado a ayudar a Vlad III a reclamar el trono del principado de Valaquia, en Rumania. Vlad III.
Sí, ese Vlad. Vlad el Empalador. Vlad III DRÁCULA. Cuando István y Vlad se conocieron, descubrieron que tenían muchísimos intereses en común (por lo que fuera) y se juraron amistad y alianza eternas.
Vlad moriría en batalla poco después. István, por su parte, continuó batallando contra los turcos de forma feroz, hasta el punto de que fue desposeído de su título de voivoda debido a la extrema crueldad que mostraba con los sículi, una etnia que habitaba el norte de Transilvania.
– Incesto, rituales satánicos y Drácula
Y es que la historia y la leyenda de los Báthory se entrelazan de tal modo que es difícil desenmarañar una de otra. Se habla de rituales satánicos, accesos de locura e incesto entre hermanos.
Incluso los hechos que sabemos ciertos están cubiertos por una cierta película de barbarie y violencia desenfrenada que solemos asociar a la ficción (como por ejemplo sucede con András Báthory, cardenal de la iglesia católica que fue asesinado el 31 de octubre de 1599 en la cima de un glaciar de un hachazo en la testa tras ser incansablemente perseguido por un sículi).
La propia Alejandra Piznarik habla de un Báthory que se volvió tan loco que no distinguía el verano del invierno y mandaba arrastrar trineos por la tierra seca.
También cuenta que Klara Báthory, muy aficionada a practicar el sexo tanto con hombres como con mujeres (lo cual la convertía, evidentemente, en el mismo demonio), asesinó presuntamente a cuatro maridos antes de que el último le cortase el cuello tras cazarla con un amante, no sin antes hacer que la violara toda una guarnición turca.

Klara habría sido, en teoría, la responsable de iniciar en el camino de la depravación a la Báthory más ilustre de todas: Erzsébet Báthory.
Erzsébet nació de dos Báthory de ramas diferentes y, según lo que se cuenta de ella, habría heredado todos los demonios que habían acompañado a sus ancestros. Se sabe que de pequeña sufría terribles dolores de cabeza y que tenía un temperamento espantoso, propicio a los cambios de humor, aunque por lo demás era bastante inteligente.
A los catorce años la casaron con Ferenc Nadasdy, cinco años mayor y perteneciente a una de las familias nobles más distinguidas de Hungría. No tan distinguida, no obstante, como la de su señora, por lo que Ferenc tomó el apellido Báthory tras las nupcias.
Ferenc era el típico noble centroeuropeo de gustos sencillos: le gustaba guerrear, masacrar y los largos paseos a caballo por la estepa.
Parte de la rumorología que rodea a Erzsébet asegura que esta tuvo un affair con un sirviente antes de casarse con Ferenc y que este romance resultó en un hijo.
Según recoge Kimberly Craft en Infamous Lady, el bebé habría desaparecido poco después de su nacimiento sin dejar rastro y Ferenc, ni corto ni perezoso, castró al padre de la criatura para acto seguido echárselo a sus perros. Nada que envidiar a Ramsay Bolton.
El caso es que Erzsébet se casó y se mudó al castillo de Čachtice, situado los Pequeños Cárpatos (Eslovaquia), junto a su suegra, Orsolya Nádasdy, que por supuesto también era de traca. Ferenc estaba todo el día de picos pardos guerreando contra los turcos (tardaron una década en tener hijos porque Ferenc no paraba por casa ni a cambiar de muda) y Erzsébet se aburría como una mona.
Al menos, eso sí, podía entretenerse con pasatiempos inocuos como pinchar con alfileres a sus sirvientas y mordiéndolas salvajemente para aliviar sus jaquecas (según ella, mano de santo).
Por lo visto también gustaba de castigarlas sacándolas al jardín y untándolas de miel en verano para dejarlas a merced de los insectos y bañándolas en agua helada en invierno.
– Las atroces torturas a las criadas de Erzsébet
Ferenc conocía las particularidades de su señora, si bien le parecía bien hacer la vista gorda mientras ella cuidara de su castillo y sus tierras en su ausencia, aunque no parece muy extraño considerar que una persona que arroja a los perros a un rival amoroso considere tales actos como simples «pequeñas extravagancias«.
Ya en vida de Ferenc, una vez fallecida la suegra de Erzsébet y libre esta de cualquier cortapisa, empezaron a desaparecer las chicas del castillo a las que la condesa sometía a mil perrerías con la ayuda de sus fieles sirvientes Jó Ilona, Dorkó y Ficzkó.
Para colmo de males, al morir su marido, murió el último ser al que Erzsébet tenía que rendirle cuentas, así que invitó a vivir en el castillo a Darvulia, una bruja que habitaba los bosque y que llevó consigo a Čachtice sus conocimientos de magia negra y rituales satánicos además de docenas de gatos negros.
Para entonces, Erzsébet estaba completamente descontrolada, yendo las torturas y los asesinatos en escalada imparable tanto en cantidad como en depravación. Así las describe Craft en su libro (si eres propenso a marearte, te recomiendo fervientemente que te saltes el siguiente párrafo):
…lo que era, quizá, más impactante eran la acusaciones de cómo habían sido torturadas y asesinadas estas chicas: frotadas con ortigas y obligadas a rodar en ellas, alfileres introducidos en sus labios y bajo sus uñas; agujas insertadas en sus hombros y sus brazos; inmovilizadas con cadenas y golpeadas en el pecho; marcadas con hierros al rojo en las manos, los brazos y el abdomen; pedazos de carne arrancados de la espalda con pinzas; narices, labios, lenguas y dedos atravesados con agujas; bocas cosidas; trozos de carne cortados de las nalgas y los hombros, cocinados y luego servidos a ellas mismas; partes íntimas quemadas con velas, cuchillos clavados en los brazos, las manos y las piernas; manos aplastadas y mutiladas; dedos cortados con tijeras; atizadores al rojo introducidos por la vagina; cuerpos golpeados hasta la muerte con garrotes; latigazos hasta que la carne se desprendía del hueso; chicas obligadas a sumergirse en los ríos helados en pleno invierno.

En La condesa sangrienta se habla también de todos los artilugios que Erzsébet mandó construir para torturar a sus víctimas, incluida una jaula esférica con las paredes llenas de pinchos que se elevaba gracias a un sistema de poleas, balanceándose en el aire con la víctima dentro.
Un prodigio de la ingeniería. Además del placer sádico que sacaría de estos actos, en teoría la condesa utilizaba la sangre de estas pobres muchachas para sus rituales de belleza particulares, estando Erzsébet dominada por un miedo terrorífico a envejecer y dejar de ser bella.
Estaba convencida, por tanto, de que un baño en sangre de doncella era el mejor de los peelings y un tratamiento antiarrugas imbatible. De lo suyo estaba más bien tirando a regular, la condesita.
Tras años de realizar estas prácticas, lo que finalmente llamó la atención de otros nobles respecto a la situación que se vivía en el castillo de Čachtice no fue la desaparición de las campesinas, que no le importaban a nadie, sino que al ir agotándose las existencias de chicas de baja cuna, la condesa comenzó a invitar al castillo a jovencitas nobles con la excusa de hacer compañía a una pobre viuda.
Como estas aspirantes a grandes señoras también morían de las más extrañas y repentinas afecciones, se mandó desde Viena una comisión para que se presentase por sorpresa en el castillo e investigase lo que ocurría ahí.
Lo que se encontraron fue, básicamente, un escenario de pesadilla: decenas de adolescentes encerradas en los sótanos a medio mutilar, pucheros llenos de sangre seca, instrumentos de tortura, suelos cubiertos de ceniza para absorber la sangre y todo rodeado de un fuerte olor a cadáver.

Erzsébet fue juzgada por la desaparición y muerte de la de las hijas de los gentileshombres húngaros y si bien sus colaboradores fueron ejecutados, ella era mujer noble, por lo que su destino debía ser otro.
Y así fue como Erzsébet Báthory fue emparedada en sus aposentos, sin más contacto con el mundo exterior que una minúscula abertura por la que le pasaban todos los días los alimentos y por la que un sacerdote le leía en latín. Duró cuatro años hasta que, finalmente, el 21 de agosto de 1614 la condesa murió rodeada de oscuridad, frío y sus propias heces.
Existen, por supuesto, teorías que desmienten la leyenda de Erzsébet Báthory y que afirman que todo fue un complot urdido para hacerse con las valiosas tierras de una viuda que no contaba con protección alguna.
Pero en cualquier caso Erzsébet Báthory ha quedado para siempre retratada en el imaginario colectivo como uno de los grandes exponentes de la encarnación del mal absoluto. Si bien le han acabado saliendo competidoras.
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