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El tren «alemán» de Lenin…


El tren «alemán» de Lenin
Lenin de camino a Petrogrado en abril de 1917.

JotDown(A.C.Rural)/El Comercio(BBC) — El acercamiento a la historia siempre despierta dos interpretaciones que no necesariamente se oponen, la accidental y la determinista. Es frecuente que el lector busque la explicación a sus dramas actuales rastreando argumentos, retorciéndolos también, en el pasado.

Otras veces produce vértigo pensar en lo distinto que podría haber sido todo por pequeños detalles. Por ejemplo, la madrugada del 18 de julio de 1936, el remolcador España II que llevaba a Franco hacia el Dragon Rapide estuvo a tiro de guardias civiles y guardias de asalto que no se habían sumado al golpe.

Pudieron cargárselo allí mismo, pero no lo hicieron. El resultado fue el que fue, pero ¿no podría haber sido incluso peor? Pues también. Toda conclusión que parte de una premisa falsa es siempre verdadera. 

Todos los dictadores, sátrapas y asesinos en serie tienen un momento así, en el que alguien pudo haber «solucionado el problema». Sin embargo, el pasado puede estar sujeto a las decisiones de los líderes, pero también lo está a las condiciones que determinan esas decisiones.

La interpretación de ambas, una vez acotados los hechos constatados, no es más que el debido estudio de la historia, pero también puede ser, dicho mal y pronto, un auténtico desparrame.

Nada pudo condicionar la vida de más gente durante el siglo XX que la aparición de la URSS, pero su gestación fue una operación del Ministerio de Exteriores alemán, que envió allí a Lenin desde su exilio suizo. ¿Fue accidental entonces? Sí y no, también se dieron unas condiciones que auparon las tesis de Lenin. 

Igual que ocurre ahora, que Moscú ha fomentado en la medida de sus posibilidades tanto el independentismo catalán como la extrema derecha española, desestabilizar a los enemigos apoyando a sus salvapatrias es más viejo que la tos. Eso es lo que ocurrió en 1917. Lenin estaba exiliado en Suiza cuando estalló la revolución en Petrogrado, y el zar, Nicolás II, se vio obligado a abdicar.

Era su sueño, llevaba veinte años esperando ese día, pero el Reino Unido y Francia no estaban dispuestos a que volviera. Estaba en contra de la guerra y la Entente necesitaba a Rusia en el frente oriental. 

Toda la inteligencia de franceses y británicos estaba atenta a las intrigas palaciegas rusas, pues se sospechaba que la emperatriz, Alejandra (Alix de Hesse-Darmstadt de nacimiento), era germanófila, así como el pueblo judío ruso, que, paradójicamente —a la vista de lo que ocurriría quince años después—, tenía esa tendencia. Y sobre todo no le quitaban ojo a los rojos, en general, obsesionados con la paz en el mundo.

El error en este caso es pensar que Lenin era pacifista. Por la paz, en términos genéricos, estaban muchos socialistas europeos y rusos, pero él los despreciaba a todos. Eran posiblemente lo que más odiaba del mundo, le hacían encolerizar. Porque Lenin no quería ni la guerra mundial ni la paz, él quería la guerra civil y la quería en todo el mundo. No es una exageración, son sus propias palabras. 

El zar Nicolás II Romanov (1868-1918), el último emperador de Rusia, leyéndole el acta de abdicación a los mensajeron de la Duma.

Eso era música para los oídos alemanes y centraron sus esfuerzos en convencerle de que ellos lo ayudarían a regresar a su país.

Si lograban que Moscú se retirase de la contienda y se perdiera en una crisis revolucionaria, podrían concentrar todas sus fuerzas en un solo frente.

Fue una negociación dura, porque Lenin no quería ser visto como un traidor que confraternizaba con un enemigo que estaba matando a miles de rusos, pero se impuso el pragmatismo del líder del bolchevismo.

El 9 de abril partió de Zúrich y tardó ocho días en llegar a Petrogrado. 

Un libro excelente cuenta este periplo: El tren de Lenin (Crítica, 2018), de Catherine Merridale.

Y también hay una película italiana homónima de 1988 con Ben Kingsley interpretando al revolucionario. Su especialidad, porque también había hecho de Gandhi en 1982. 

Lo más importante es lo menos melodramático políticamente de toda la historia. El invierno de 1916-1917 fue terrible para los rusos, hubo una carestía de alimentos y una inflación insoportables. Los trabajadores, famélicos, tenían que hacer largas horas de cola para conseguir alimentos y luego se partían el lomo a temperaturas árticas, más frías de lo normal. Ese fue el gran condicionante.

Estaba todo el mundo tan harto que, en una huelga en la Renault, los soldados que tenían que dispersar a los obreros volvieron las armas contra sus oficiales. La situación estaba muy viciada y, lo nunca visto, los militares pedían el traslado al frente, donde al menos sabían quién era el enemigo. 

Es curioso que todo comenzara el Día Internacional de la Mujer, el 23 de febrero, fiesta que había importado Clara Zetkin. Las mujeres de las fábricas de algodón de Víborg organizaron asambleas que prendieron y se transformaron en una manifestación masiva. Los cosacos fueron a hacerles frente, pero se negaron a blandir los sables.

La gente empezó a saquear panaderías y, en pocas horas, había doscientas mil personas en la calle protestando. Los cosacos, de nuevo, cargaron contra la policía en lugar de contra los manifestantes.

Los líderes de la izquierda dieron la orden de retirarse a los trabajadores, pero estos hicieron caso omiso, y se les unieron guarniciones militares. Se ocupó la Duma y se trató de establecer un Gobierno provisional. Entre los nuevos nombres destacaba el de Kérenski, un líder que, como Lenin, tampoco era muy espectacular físicamente.

Le acababan de extirpar un riñón y tenía cierta querencia por alternar cocaína y morfina. Este nuevo liderazgo lo cambiaba todo, pero mantuvo los compromisos de guerra. «¡Es sencillamente una mierda! Repito: ¡una mierda!», exclamó Lenin al enterarse de que llevarían esta línea. 

El jefe del M16 en Petrogrado, Samuel Hoare, escribió a Londres: «Probablemente sea correcto decir que una gran mayoría de la población civil de Rusia está a favor de la paz.

Las condiciones de vida se han hecho tan insoportables, las bajas rusas han sido tan elevadas, las edades y las clases de los individuos obligados a prestar servicio militar se han extendido tanto, la desorganización y la falta de confianza en el Gobierno se han hecho tan evidentes que no sería una sorpresa que la mayoría de la gente corriente se aferrara a cualquier acuerdo de paz». 

En 1916 hubo doscientas cuarenta y tres huelgas. Solo en enero y febrero del 17, más de mil. Nada de eso se le escapó a los alemanes, que empezaron a destinar fondos a la propaganda subversiva y revolucionaria en Rusia. Se calcula que en 1917 el Ministerio de Exteriores alemán gastaba trescientos ochenta y dos millones de marcos en esta partida.

Era una idea peligrosa, en Alemania también había una izquierda fuerte, pero era demasiado tentadora a la vista de los acontecimientos. Los británicos tuvieron que crear una oficina para emitir también su propaganda y compensar los estragos que les estaba causando el pacifismo. 

El épico viaje en el tren con que Lenin regresó a Rusia para liderar la  Revolución - BBC News Mundo

El enlace con Lenin y el Gobierno del káiser iba a ser Aleksandr Parvus, por cuyo piso franco en Múnich pasaban todos los que salían de Rusia.

Bien considerado por Trotski y los bolcheviques por la contundencia de sus ideas, Parvus estaba metido en tantos manejos del exilio, movimientos ocultos de fondos estatales y conspiraciones, por no mencionar el robo de derechos de autor de escritores rusos, que «irremediablemente» se enriqueció.

Y allá donde iba para urdir sus planes siempre se le veía acompañado de rubias y desayunando champán. 

En Suiza no todos eran como Lenin, que estaba deseoso de pasar a la acción. El resto de exiliados pensaba que Rusia no estaba lista para la revolución, o que no se podía hacer nada con Alemania porque el káiser no era distinto al zar, y entre tanto, se pasaban la vida en los cafés.

Por ahí circulaban también Stefan ZweigJames JoyceAlbert Einstein y Erich Maria Remarque.

El propio Lenin le dijo por escrito a su madre que en Zúrich se dedicaba a «caminar, nadar y holgazanear», pero también estuvo encerrado en la biblioteca trabajando sin descanso en sus ideas y tesis —por sus notas se sabe que leyó ciento cuarenta y ocho libros y doscientos treinta y dos artículos—, y buscando formas para volver como un gato encerrado. 

Sus discípulos, al conocerle, se quedaban alucinados. No esperaban que el mayor revolucionario del momento tuviese aspecto de «tendero de provincias», como escribió el rumano Valeriu Marcu. Era un hombre menudo y calvo, pero, ante todo, apostaba por una idea: la violencia.

No concebía que las clases oprimidas pudieran liberarse sin ejercerla, tenían que luchar por aprender el uso de las armas. Como se ha dicho, no quería ni la paz ni la guerra, sino la guerra civil en todo el mundo: «la transformación de la guerra imperialista actual en una guerra civil es la única consigna política correcta […] consideramos la guerra civil, plenamente legítima, progresista y necesaria […] la vida avanza hacia una guerra civil en Europa». Estaba obcecado. 

Quería destruir la maquinaria que causaba las guerras, le daba igual la izquierda y sus avances, todos eran unos traidores. Llegado el momento, los socialdemócratas, el SPD alemán y los laboristas británicos se habían puesto del lado de sus Estados-nación, del «nacionalismo chovinista-burgués», y se habían lanzado a la guerra entre sí. Por eso no se podía colaborar con ellos.

Lenin enviaba artículos con estas consignas a Rusia, pensando que ejercía el control sobre los bolcheviques que, mientras, esperaban su llegada.

Lenin intentó que los británicos le permitieran ir, pero es lo último en lo que estaban pensando. Con Kérenski parecía que Rusia podría encaminarse a una democracia parlamentaria y su política exterior podía sobrevivir al lance. Hubo una amnistía, se disolvió la policía secreta del zar. La gente le aclamaba, pero para Lenin era «un fanfarrón» y no cesó de enviar órdenes de no colaborar con el Gobierno provisional. 

Lenin también pensó en entrar con peluca, como Santiago Carrillo en España sesenta años después, o con el pasaporte de algún sueco sordomudo, para no tener que hablar y ser reconocido como ruso.

Todo, ideas de bombero, solo quedaba aceptar la realidad: plantarse allí con la colaboración alemana. Para Berlín también era urgente, Estados Unidos amenazaba con entrar en la guerra y la situación se complicaba, además, el bloqueo de la Marina británica también había llevado el hambre a su país, el mismo problema que había iniciado la revolución rusa. 

El tren «alemán» de Lenin (1)
Lenin en Moscú, 1919.

Finalmente, Lenin se entrevistó con un enviado de la embajada alemana en presencia de testigos para ponerles una serie de condiciones. Los vagones que ocupase su séquito debían ser entidades extraterritoriales, nadie podría acceder a ellos sin autorización, el convoy haría el recorrido sin detenerse, ningún pasajero podría ser obligado a abandonar el tren, no habría control de pasaportes ni selección de pasajeros por sus ideas. 

Paralelamente, trató de negociar por última vez con los Aliados, pero Allen Dulles, el embajador estadounidense en Berna, había salido para jugar al tenis cuando le telefoneó y ahí quedó zanjado el asunto. Dulles, posteriormente, alto cargo de la CIA, contaba esta anécdota a las nuevas promociones de agentes, aunque no se sabe de qué estaba orgulloso exactamente. 

El tren salió de Zúrich según lo establecido con los alemanes. Las dos primeras horas fueron muy agradables, el paisaje era de hermosos valles y viñedos.

A las afueras de Neuhausen am Rheinfall pudieron contemplar la cascada más grande de Europa, pero la placidez se acabó en la frontera, una ley impedía la exportación de alimentos de Suiza a Alemania, y el pasaje iba cargado de salchichas y queso. Se lo quitaron todo y se quedaron sin provisiones para el resto del viaje. 

Habían exigido asientos baratos. Y habían pintado una línea con tiza que separaba sus vagones de los demás, para que quedase claro que no habían tenido contacto con el enemigo. Otra maravilla que contemplaron fue, en Singen, el Hohentwiel, un volcán inactivo de setecientos metros de altura con una fortaleza del siglo X en la cima.

Allí pasaron la noche, enfrente de una enorme industria que daba cuenta del poderío del capitalismo alemán, era la fábrica de sopas en polvo Maggi. 

En el vagón, todos menos Lenin iban cantando «La marsellesa» y bebiendo la cerveza que les pasaban desde el otro lado de la línea de tiza. Como nadie podía bajarse, el ambiente empezaba a estar cargado y Lenin estableció unas normas rigurosas: no se podía fumar y tendrían unos pases para poder fumar en el baño. 

Atravesando la zona montañosa alrededor de Rottweil y su castillo de Horb, pudieron ver por las ventanas que los alemanes estaban muy delgados y exhaustos. Encima los miraban con odio, porque iban comiendo pan blanco, algo que los alemanes llevaban sin ver desde 1914.

Hubo que llamar la atención al pasaje para que dejara de cantar «La marsellesa», porque no era precisamente del gusto de los locales, que ya sabían que los pasajeros de ese tren eran socialistas rusos, todos mucho mejor alimentados que ellos.

También viajaban en unas condiciones infinitamente mejores que otros revolucionarios que cobrarían una fama inmensa años después. Stalin y Kámenev llegaron a San Petersburgo desde Siberia en marzo en vagones atestados de exiliados, campesinos y desertores. Viajando de pie durante horas y días.

La locomotora que haló los vagones en los que Vladimir Ilitch Oulianov viajó fue un regalo de Finlandia.

En Frankfurt tuvieron que situar el vagón de Lenin en una vía muerta para evitar que lo descubrieran las masas. Sin embargo, fue descubierto por un grupo de soldados alemanes que se colaron para preguntarles, cerveza en mano, si traerían la paz. A la mañana siguiente, en Halle, el tren privado del príncipe heredero tuvo que detenerse para dejar paso a Lenin.

En Stralsund, uno de los antiguos puertos hanseáticos del Báltico, el vagón fue cargado en un transbordador. Siguieron hasta Sassnitz y la terminal portuaria, donde dejaron el tren para subirse al vapor Queen Victoria que los llevó a Suecia en cinco horas. 

Allí recibieron una noticia importante, Estados Unidos había declarado la guerra a Alemania. El III Ejército Británico iba a liderar una gran ofensiva para poner fin a la contienda.

La inteligencia británica en Berna informó de que los revolucionarios que habían partido hacia Petrogrado se caracterizaban por «su fanatismo y su intolerancia», una gente que resultaría «totalmente inocua» si otros rusos en Suiza, de los ocho mil que había, también hubiesen sido autorizados a regresar, pero no era el caso.

En el frente, un millón y medio de soldados rusos ya habían abandonado sus posiciones.

En Malmö, Lenin cogió un tren nocturno hasta Estocolmo. Al amanecer, en la capital sueca se le tomaron varias fotografías, aparecía caminando animado, llevaba un abrigo y un paraguas. En el hotel Regina, al ver cómo iban vestidos, no les dejaron entrar. Tuvieron que demostrar que sus habitaciones habían sido pagadas por adelantado para poder alojarse.

Cuando el líder socialista sueco Fredrik Ström le preguntó cómo impediría que Kérenski se convirtiera en el Napoleón de la revolución, Lenin mencionó una de sus teorías: por la dictadura del proletariado. A continuación, le pidió dinero a Ström, porque viajar por Suecia, también entonces, era prohibitivo. 

En unos almacenes PUB, en los que trabajaría Greta Lovisa Gustafsson, luego Greta Garbo, Lenin se compró calzado decente (llevaba unas botas con tachuelas hechas a mano), pero se negó a comprar una muda y un abrigo nuevos.

Dijo a sus acompañantes que iba a hacer la revolución, no a abrir una tienda de ropa para caballeros. Acto seguido, compró toda la prensa que pudo y dedicó treinta y seis horas a leerla entera. 

Quedaba la parte más difícil, de Haparanda a Tornio, cruzar el río Torne, que estaba congelado, la frontera con Finlandia. Ese tramo lo hicieron subidos a trineos tirados por ponis.

Lenin vivía en Zúrich con su esposa, Nadya Krupskaya.

Ya quedaba poco y la ofensiva de la Entente estaba a punto de comenzar, Estados Unidos ordenaría la retención de los préstamos a Rusia si abandonaba la guerra, y la única oportunidad que tenían de parar a Lenin estaba allí, en ese lugar remoto y gélido llamado Tornio. 

Al llegar, fueron separados por sexos y sometidos a un duro interrogatorio largo y minucioso. Durante horas, se inspeccionó todo su equipaje. Un agente británico de los que estaban destinados a vigilar la frontera, Harold Gruner, desnudó de Lenin. Dilató el proceso todo lo que pudo, pero ya no se podía prolongar más.

Podían pasar. Gruner nunca olvidó que fue quien permitió la entrada de Lenin en Rusia, dice Merridale que Lenin tampoco, porque, nada más llegar, le condenó a muerte. 

En Finlandia, el líder bolchevique dio un discurso muy suavecito, no quería desvelar sus intenciones. Ya no mencionó la guerra civil mundial. Envió un telegrama a sus hermanas indicando la hora de llegada a Petrogrado y, por fin, pudo comprar el Pravda y alucinar: no se habían seguido sus directrices, solo le habían publicado un par de artículos de todos los que había mandado y lo que leía olía bastante a colaboración con Kéresnki. 

Sin embargo, el recibimiento en la estación Finlandia de Petrogrado fue espectacular, tanto que le asqueó. Las calles estaban adornadas con pancartas que pedían la paz y la fraternidad, una mujer le dio un ramo de flores, detalle que detestaba, y los niños en formación que le esperaban le recordaron al Imperio, pero se dejó de historias y en su primer discurso ya pidió la guerra civil europea. Le sacaron de la estación subido en la torreta de un carro blindado y, parándose en cada intersección, repetía su discurso. 

En lugar de encender a las masas, ocurrió lo contrario. Sus antiguos camaradas pensaban que se había vuelto loco. La mayoría estaba de acuerdo en que la revolución se dirigía hacia la democracia liberal, la fase que entraba ahora era la de establecer un Parlamento con partidos políticos y prensa libre, lo que había pasado en el Reino Unido o Francia, y luego llegaría el socialismo.

Lenin estaba radicalmente en contra, predicaba que había que preparar a los obreros y campesinos para que ellos ostentaran el poder, además de suprimir la policía, el ejército y la burocracia. Los que le oían pensaban que eso era un suicidio político. 

En alguna ocasión tuvo que abandonar las salas donde exponía sus ideas entre abucheos. Un asistente en una ocasión calificó su discurso como «los desvaríos de un demente». Pero eso ocurría por arriba, por abajo la situación era completamente distinta. Los bolcheviques habían pasado de veinte mil militantes a ochenta mil en tres meses desde el inicio de la revolución. 

Los que se habían unido al movimiento en este periodo eran muy radicales, estaban hartos de palabrería y estaban dispuestos a combatir. Por lo menos, a pegarse en la calle con los socialistas que apoyaban al Gobierno provisional. En el congreso de primavera del partido, Lenin logró imponer sus tesis.

Lenin disfrazado en la foto de un pasaporte falsificado que le permitió escapar meses después del viaje en el tren sellado de vuelta al exilio en Finlandia.

Crearon una publicación hermana de Pravda para distribuir entre los militares, en su mayoría campesinos, y en sus páginas les prometían tierras. La subida de precios del pan hizo el resto…

El barón Von Grunau, enlace del Ministerio de Asuntos Exteriores con la Corte Imperial de Alemania, envió una nota: «Entrada Lenin en Rusia todo un éxito. Está trabajando exactamente como desearíamos».

– El épico viaje de Lenin para liderar la revolución rusa

«Tenemos que ir a Rusia, aunque sea cruzando el infierno», había señalado cuando pensó en fugarse de Suiza disfrazado con una peluca, o haciéndose pasar por sordomudo. Al partir de Zúrich el 9 de abril, arrojó a las vías a un socialista alemán, que tomó por espía . Aunque la aduana suiza les requisó el queso y salchichas que llevaban, en Suecia les recibieron con banquetes.

El tren constaba de tres vagones de segunda clase y cinco de tercera, con dos lavabos y una zona de equipaje. Lenin impuso límites y horario. Nadie podía apearse y, como prohibió fumar, los afectados por este hábito iban al retrete por riguroso turno. «Se merece algo más que un tiro» , proclamó Lenin al saber de la traición del agente doble Malinovsky.

Ocho meses después de su llegada, Rusia entraba en la larga era soviética y, un año después, Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial. Los soldados leales al gobierno se enfrentaban en las calles de Berlín a las milicias comunistas, que citaban de memoria las frases incendiarias de Lenin.

La tarde del 9 de abril de 1917, un tren esperaba su salida de la estación de Zúrich en dirección a la frontera alemana. A bordo viajaban Vladimir Ilyich Ulyanov, más conocido como Lenin, y otros 31 revolucionarios. Su destino final: Rusia.

Después de más de una década en el exilio, solo ocho días separaban a Lenin de su entrada triunfal en la escena de la revolución rusa con un papel -el del líder revolucionario- para el que llevaba casi toda la vida preparándose.

Su llegada a Petrogrado, como se conocía en aquella época a San Petersburgo, supondría un punto de inflexión en la historia del siglo XX. Pero antes de apearse en la Estación Finlandia de la ciudad rusa, el dirigente bolchevique tenía por delante un largo viaje a través de una Europa en plena I Guerra Mundial.

Un trayecto que, según los historiadores, cambió la estrategia de la revolución: el socialismo pasó de ser un objetivo a medio plazo a una acción inminente. El nuevo plan quedó plasmado en las famosas Tesis de Abril, que Lenin hizo públicas apenas unos días después de su llegada a Rusia.

El recorrido fue minuciosamente preparado, pero en el momento de partir, su desarrollo, e incluso el recibimiento que esperaba a los exiliados en San Petersburgo, era incierto.

En el andén de Zúrich, las voces que cantaban la Internacional y los gritos de ánimo se mezclaban con acusaciones de traición contra el líder bolchevique y los suyos por haber aceptado cruzar Alemania, enfrentada a Rusia en el conflicto mundial. A las 03:10, la locomotora se puso en marcha y el griterío fue quedando atrás. Los preparativos del viaje no habían sido fáciles.

Fritz Platten, secretario del Partido Socialdemócrata suizo, había logrado un acuerdo con el káiser Guillermo II para que Lenin y sus compañeros pudieran atravesar Alemania. Pero la bendición del káiser era un movimiento interesado. Y un arma de doble filo para los revolucionarios, que temían ser acusados de espionaje y traición al llegar a su país.

«Alemania estaba empeñada en que Rusia saliera de la guerra y Lenin era uno de los portavoces principales de quienes querían cerrar la participación rusa en la guerra. Fue por orden del propio káiser que llegaron los permisos para su salida», le dice a BBC Mundo Ricardo Martín, catedrático de historia de la Universidad de Valladolid.

Para contrarrestar el riesgo de ser vistos como colaboracionistas con los alemanes, Lenin estableció una serie de condiciones antes de aceptar la ayuda de Berlín. Y así nació la idea del «tren sellado»: un vagón con un estatus de extraterritorialidad similar al de una embajada extranjera en el que los exiliados podrían viajar a través de territorio enemigo sin contacto con los alemanes.

«Desde el momento en que se embarcaran en el tren, no lo abandonarían hasta el final del trayecto. Las puertas estarían selladas», cuenta el historiador Robert Service en su libro «El tren sellado». De acuerdo con ese plan, el propio Fritz Platten viajaría en el tren y ejercería de intermediario para evitar el contacto directo entre los exiliados rusos y sus interlocutores alemanes.

«Lenin insistió en que no se dieran nombres, solo una lista de números de pasajeros», apunta el profesor emérito de historia de Rusia en la Universidad de Oxford. En la estación de Gottmadingen, ya en Alemania, se produjo el cambio de trenes.

Dos oficiales del ejército alemán embarcaron en el mismo vagón que los exiliados y se instalaron en un compartimento de tercera clase en uno de los extremos. De acuerdo con Service, se trazó con tiza una línea blanca en el suelo para delimitar el «territorio alemán» del «territorio ruso».

«En cuanto el tren se movió de la estación de Gottmadingen, los temores se disiparon y se levantaron los ánimos», cuenta el historiador británico. El «tren sellado» avanzaba ya por Alemania. Los hombres que viajaban solos se instalaron en compartimentos de tercera clase, las mujeres y las parejas -incluidos Lenin y su esposa- en segunda.

«Una de la primeras dificultades tuvo que ver con el tabaco, que Lenin detestaba. Desde el principio decidió que quienes quisieran fumar debían retirarse al servicio», apunta Service.

Cruzó una Europa en guerra con permiso del enemigo de Rusia, al que le convenía convencerlo de que los rusos dejaran de luchar contra Alemania.

Desde la frontera sur, el vagón -que cambió varias veces de vía y de locomotora- se adentró en Alemania en dirección a Berlín. Los exiliados cruzaron Ulm, Stuttgart, Karlsruhe, Frankfurt… Hasta llegar a la capital alemana, donde el tren se detuvo durante horas.

Esa misteriosa escala, señala Service, tuvo consecuencias profundas en la forma de pensar de Lenin. La teoría marxista más extendida entendía que países atrasados económicamente como Rusia debían pasar por un periodo de capitalismo al estilo occidental antes de adentrarse en el socialismo.

Pero a su llegada a San Petersburgo, el líder bolchevique defendió una estrategia revolucionaria que omitió ese paso intermedio. «Las razones de esa parada son al mismo tiempo oscuras y tentadoras (…). ¿Hubo una reunión secreta en la que Lenin recibió información que le hizo cambiar la estrategia de la revolución?», pregunta Service.

«Aunque los eventos de aquella noche en Berlín solo pueden ser objeto de especulación, no hay duda alguna de que durante el viaje de Berlín a San Petersburgo, Lenin alteró por completo su plan táctico (…)». «Ningún historiador -soviético u occidental- ha sido capaz de dar una explicación adecuada sobre esto hasta la fecha», subraya el experto en historia rusa.

Sin embargo, Service apunta una hipótesis:

«Después del viaje a través de Alemania en el tren sellado hubo un factor que no existía cuando Lenin estaba en Suiza: una gran cantidad de financiación alemana, suficiente para publicar periódicos en toda Rusia y difundir propaganda a una escala que Lenin nunca antes pudo concebir».

Las autoridades soviéticas e historiadores comunistas siempre negaron la existencia de esos fondos alemanes. Sea como fuere, tras su escala en Berlín, Lenin y sus compañeros prosiguieron su viaje y el 12 de abril llegaron a Sassnitz, en la costa báltica, donde embarcaron en el ferry sueco «Reina Victoria», con destino a Trelleborg.

Desde allí prosiguieron, de nuevo en tren, hasta Malmo y después, en un ferrocarril nocturno, hasta Estocolmo. En la capital sueca, Lenin fue recibido casi como una estrella y se reunió con socialistas locales y con otros exiliados. Al día siguiente, una multitud de periodistas y curiosos lo despidieron en la estación, desde donde salió rumbo a Haparanda, 600km al norte.

Tornio, la primera ciudad de la entonces provincia rusa de Finlandia, se encuentra al otro lado del río Torniojoki, que está congelado a mediados de abril, y que deben atravesar en trineo. En la frontera, el interrogatorio y los registros fueron intensos, pero finalmente consiguieron pasar.

Era domingo 15 de abril. Lenin le envió un telegrama escueto a su hermana, que se encontraba en San Petersburgo, pidiéndole que le informara al periódico oficial bolchevique de su llegada inminente. El día siguiente, el tren atravesó Finlandia.

Un viaje que cambió la historia.

«Por la tarde se acercaron a la frontera de Rusia. Beloostrov, la pequeña ciudad de la frontera ruso-finlandesa era el primer punto de peligro, un lugar obvio para que una unidad de cosacos o de junkers, los cuerpos de élite, los esperara para arrestarlos», indica Service.

La detención no sucedió y los revolucionarios se adentraron en Rusia: su destino final, la estación de Finlandia, estaba a apenas unas horas. La noticia de la llegada de Lenin corrió como la pólvora y las autoridades locales prepararon un recibimiento masivo.

Miles de personas con pancartas y símbolos revolucionarios esperaban a los exiliados. Era de noche y muchos llevaban linternas y antorchas. La imagen de la llegada se convertiría en uno de los íconos de la Revolución Rusa y del arte soviético. Ya en San Petersburgo, sobre el andén, Lenin pronunció un discurso clave para entender el devenir de Rusia.

«El pueblo necesita paz, el pueblo necesita pan, el pueblo necesita tierra. Y ellos le dan guerra, hambre, no pan y dejan a los terratenientes con la tierra. Debemos luchar por la revolución social, luchar hasta el final, hasta la victoria completa del proletariado. Larga vida a la revolución social internacional».

Apenas unos días después, Lenin desarrolló estas ideas en sus Tesis de Abril que, según los historiadores, servirán de hoja de ruta para la Revolución de Octubre.

«Con ellas rompe de alguna forma con otros líderes bolcheviques que no estaban de acuerdo con esa estrategia: firma inmediata de la paz, proceso de colectivizaciones, no colaboración, incluso lucha, con el gobierno provisional y el famoso ‘todo el poder para los soviets'», señala el profesor Martín.

La Revolución Rusa -con sus consecuencias profundas y duraderas no solo para Rusia– llegaría ocho meses después de este viaje de Zúrich a San Petersburgo. En apenas 34 semanas cambió el mundo. Como el mismo Lenin dijo: «Hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas».

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