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Encubrimientos literarios…


Portada del Quijote apócrifo de Avellaneda

Letralia(J.P.Plata)/El Plural(M.Zorita)/JotDown(X.Ayén)/Xataka(A.Sanchis) — Escribir, a veces, es inventar una(s) vida(s) que bien pudiera ser propia(s). Varios escritores llevan el asunto al extremo y aparentan como espías identidades ficticias para publicar sus libros y ocultarse.

Simulada es la aparente creación desinteresada de trascendencia de muchos artistas.

Aunque muchos escritores alegan crear sus obras por razones altruistas, estéticas, denunciatorias y hasta para divertir y enseñar; casi ninguno puede esconder su aspiración de fama e inmortalidad.

Ese deseo de tener en el futuro un par de centímetros cuadrados en las enciclopedias y en los listados de autores prodigiosos: el anhelo de ser leídos muchos años después de su desaparición.

Con el deseo de durar en la memoria de otros, algunos escritores se contradicen e inventan una biografía imaginaria para echar a andar una carrera literaria fracasada con un nuevo nombre o para seguir una vida literaria pero publicar con una identidad distinta.

En otras circunstancias, la falsificación de la autoría, tomada por muchos como cierta, parte del impulso por tender una trampa al lector y a los medios de comunicación sobre el infortunado culto a la vida de los autores por encima de sus creaciones. También hay encubrimientos con alias desinteresados producto del inteligente juego intelectual planeado por una editorial y/o los autores.

Onomácrito, por ejemplo, fue desenmascarado por Hiparco —hijo del rey griego Pisístrato— en el siglo VI a. C., pues puso a la luz cómo algunas de las predicciones del clarividente Museo no eran sino textos suyos velados con la firma del otro.

Posteriores casos son Los protocolos de Sión La donatio costantini. El primer texto fue inventado por la Orjana —el servicio secreto del Zar de Rusia en el siglo XIX— y traducido por Sergei Nilus y usado para fomentar el antisemitismo ante la supuesta amenaza de un plan de supremacía mundial judío, descrito en los protocolos, que eran supuestas transcripciones secretas del Primer Congreso Sionista de Basilea de 1897, pero en realidad resultaron ser plagio de Diálogos entre Maquiavelo y Montesquieu de Maurice Joly. 

La donatio fue por su parte un documento apócrifo, atribuido a Constantino I, gobernante establecedor del catolicismo como religión del Imperio Romano. En el texto el emperador entregaba a la Iglesia Católica, encabezada entonces por Silvestre I, el domino del territorio de Italia y vastas zonas en Occidente próximo y el Oriente lejano del imperio. Se calcula la falsificación por el año de 775 y su autor aún sigue anónimo.

Un hecho más reciente ocurrió en 1836, cuando el historiador Richard Hildreth publicó las memorias de un esclavo negro en los estados del Sur de la unión americana como Archy Moore, haciendo pasar su prosa por la del cautivo irreal. La superposición de las identidades aquí pasa como un pecado venial, pues el fin de Hildreth era sensibilizar sobre los desmanes con los esclavos y pedir igualdad de derechos para todos los hombres.

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En el siglo pasado muchos relatos y novelas policíacas (Seis problemas para Isidro Parodi, Doce figuras del mundo, Un modelo para la muerte, Nuevos cuentos de Bustos Domecq, entre otros) aparecieron bajo los nombres de Benito Suárez Lynch y Honorio Bustos Domecq.

Tiempo después se supo que no había tales autores sino la invención de ellos por los argentinos Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, quienes escribieron a cuatro manos escondidos bajos esos seudónimos.

La tendencia por usar un nombre secundario para publicar literatura policíaca u otra considerada de segunda clase, ha llevado a Juan Eslava Galán a publicar sus novelas detectivescas y sobre temas medievales como Nicholas Wilcox.

Igual en apariencia han hecho Carlos Fuentes, supuesto autor verdadero de Los misterios de la ópera,publicada bajo Emmanuel Matta y Ana Rosa Quintana, con el apodo de Peter Harris, siendo el pretendido autor de La conspiración del templo El enigma Vivaldi.

La biografía de Peter Harris (San Antonio, California, 1951) es improbable: de pequeño quiso ser cura pero se evangelizó escritor; fanático de la música de violín y del Barroco, por lo tanto de Vivaldi y la ciudad de Venecia. Habita en la Costa del Sol, España, e investiga y traduce documentos en El Vaticano.

Un encubrimiento único, por encima de los hasta aquí referidos, fue cuando Irwin Corey —pionero del stand-up comedy— recogió el National Book Award de ficción de 1974 por El arco iris de gravedad —premio compartido entre Thomas Pynchon e Isaac Bashevis Singer— haciéndose pasar por el inescrutable Pynchon. Harold Bloom, voz muy autorizada de las letras norteamericanas, reduce la biografía de Thomas Ruggles Pynchon a: “Nacido el 8 de mayo de 1937 en Glen Cove, Nueva York. Criado como católico.

Estudiante de ingeniería física e inglés en Cornell. Alumno temporal de Vladimir Nabokov —escritor ruso, autor de Lolita—; soldado de la marina durante dos años e ingeniero de Boeing Aircraft. Más o menos desde la década del sesenta se pierde conocimiento de su vida después de publicar V. Algunos sugieren que él es J. D. Salinger —autor de El guardián en el centeno— publicando bajo otro firma, otros que es el autor del guión de la serie de televisión Mystery science theater 3000. 

Hay quienes niegan su existencia y atribuyen sus obras a un grupo de escritores que prefieren permanecer en el anonimato. Se dice que ha vivido en México D.F., Boston, Londres, California y Nueva York. De existir, Pynchon decidió al inicio de su carrera que su trabajo debía preceder a su fama. Se rumora sobre su adicción a la comida chatarra y a la televisión”.

– Casas Ros & familia

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Fernando Pessoa fue un escritor portugués que tuvo en vida más de cuarenta nombres clandestinos para escribir literatura y periodismo, entre ellos están: Fernando Caeiro, Alvaro Do Campos, Ricardo Reis, Chevalier de Pas, Alexander Search, Charles Robert Anon, A.A. Cross, Antonio Mora, Bernardo Soares, Vicente Guedes, Coelho Pacheco, Abilio Cuaresma, Inspector Guedes, Rafael Baldaya, Faustino Antunes, Barão de Teive, Jean-Seul de Méluret, Dr. Gomes, Tío Puerco, Pero Bothello.

Cada nombre corresponde a una ideología, gustos y formas de ser definidas, y todos son y no son Pessoa.

Frederick Philip Grove nació en Radomo, antigua PrusiaFue bautizado comoFelix Paul Greve y creció en Hamburgo. Al llegar a Manitoba, Canadá, a comienzos del siglo veinte, adoptó el nombre de Frederick Philip Grove y se hizo pasar por anglosueco.

También usó otros nombres y nacionalidades: F. C. Gerden para publicar traducciones canadienses de Ernest Dowson y Robert Browning y Honrad Thorer para las de Miguel de Cervantes y Alaine-René Lesage.

Jusep Torres Campalans y Luis Álvarez Petreña son entelequias creadas por el novelista Max Aub. Develadas por el mismo Aub, las suplantaciones fueron famosas por inventar las vidas de escritores y pintores con el fin de burlar la presunción de los coleccionistas y los corredores de arte.

Pedro-Juan Valencia, autor de Eclipse de cuerpo, es posiblemente el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo. Si Pedro-Juan existe es un ex criador de perros, ex traductor perseguido por toda Latinoamérica por asuntos sombríos y actualmente reside en el Caribe.

Laura Albert timó por más de seis años a la industria editorial, la prensa mundial y muchas celebridades fotografiadas con el fementido J. T. LeRoy: supuesto joven narrador de sus experiencias personales como prostituto y drogadicto en el estado de Virginia, rubio y portador del VIH.

El director de cine Gus Van Sant estuvo cerca de adaptar su novela Sarah, pero declinó cuando la treta fue desenmascarada en una corte judicial, en donde Albert concedió ser el autor verdadero de los libros y se supo de la personificación de su cuñada como Leroy.

William Oldham, cantante indie y poeta, ha ideado el personaje de Bonnie “Prince” Billy para su nombre artístico. Ha cambiado el nombre de su banda muchas veces.

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Francisco Casavella fue el seudónimo de Francisco García Hortelano, recientemente fallecido. Nunca firmó con su nombre de pila para evitar posibles conflictos de filiación con el autor Juan García Hortelano.

En compañía de los anteriores va ahora campante el mito de Antoni Casas Ros, titular de El teorema de Almodóvar.

El teorema es ficción autobiográfica sobre un matemático catalán con el rostro desfigurado luego de un accidente automovilístico contra un venado, en la noche de celebración de sustentación de tesis.

El personaje, el mismo Antoni, nos habla del renacer de su vida cuando decide dedicarse a la literatura y descubre el cine de Pedro Almodóvar y la sexualidad con transexuales y el gusto de observar los barcos en el puerto de Génova.

Dice el escritor Tryno Maldonado haber visto a Casas Ros en la XVIII Feria del Libro de Oaxaca, México de 2008. Algunos dicen que es un invento de Seix Barral para vender libros como churros calientes, otros hablan de las posibles firmas detrás del nombre ¿falso?: Rodrigo Fresán, Sergie Pàimes, Eduardo Mendoza y Vila-Matas.

Si sobresale el asunto de Casas Ros es porque la escritura de la novela es de altura y ya ha recibido en Italia la distinción de Mejor Libro Novel de 2008. El misterio sobre la identidad de Casas Ros parece la copia local del mito de Pynchon para la comunidad hispana. A lo mejor Thomas Pynchon sea Casas Ros con un seudónimo prestado a Pessoa.

Estos fingimientos parecen obligar a una lectura sin preocupaciones por la vida del autor, para seguir la sugerencia de más de dos mil años del Oráculo de Delfos con una adición: “Conócete a ti mismo”,así sea leyendo a un desconocido.

– Escritores que nunca existieron

Quevedo, Moratín o Adolfo de Castro crearon autores imaginarios para ocultar sus verdaderas intenciones.

La historia está llena de personajes que nunca existieron. Mitos e incluso puras invenciones creadas con las más diversas intenciones. Lo vemos en las religiones donde santos completamente fabulosos, como el Santo Niño de la Guardia, se crearon para avivar el odio a los judíos o en el mundo de la política donde reyes míticos como Túbal, se usaron para conectar la monarquía hispánica con el mismísimo Noé.

Por ello cabe imaginar que el gremio para inventarse gente haya sido el de los escritores pues su talento no se limitó a usar pseudónimos (que literalmente significa nombre falso) sino que crearon vidas enteras para esos personajes con los que encubrir secretas intenciones.

Escritores rematadamente falsos fueron tenidos como los más diversos libros, para descubrirlos empezaremos en México allá por 1690 cuando sor Juana Inés de la Cruz criticó las prédicas de  Antonio Vieira con una obra que se llamó la Carta atenagórica.

En aquel documento encumbró el papel de la mujer en la historia y como es de imaginar sentó a cuernos quemados a algunos miembros de la Iglesia, en concreto en el obispo de Puebla, Manuel Fernández, que ni corto ni perezoso se inventó una monja, sor Filotea de la Cruz, con la que rebatir las teorías de sor Juana Inés. 

Para ello argumentó que ambas monjas se conocían y que sor Filotea había respondido a sor Juana Inés porque era una gran admiradora suya y aunque ella no lo recordase se llegaron a conocer en persona cuando sor Filotea le besó la mano.

El obispo Manuel Fernández de Santa Cruz se hizo pasar por monja para criticar a sor Juana Inés de la Cruz.

Patrañas como esta, camuflaban una enemistades de las que nacieron muchos escritores falsos.

Precisamente por ello el belicoso Quevedo fue víctima y verdugo de los escritores falsos.

Por un lado creó personajes irreales con los que firmar sus obras, como  el licenciado

Todo se sabe para el El Chitón de las tarabillas o el impronunciable Nifroscancod Diveque Vagello Duacense (en realidad es un acróstico del nombre Quevedo) y que al ser extranjero necesitó además un traductor igualmente falso, Esteban Pluvianes del Padrón.

Al mismo tiempo Quevedo probó de su propia medicina cuando en 1635 se publicó El tribunal de la Santa Justicia en el que se ponía de vuelta y media al poeta llamándole proto-diablo, catedrático de vicios, bachiller de suciedades…  y que se suponía, había sido escrito por Arnaldo Franco Frut.

Un licenciado de origen alemán que residía en Salamanca.

Pues bien, todo falso, el tal Arnaldo no existía y todo parece ser una creación del espadachín Luis Pacheco de Narváez, enemiguísimo de Quevedo por aquel entonces.

Aun así no todos los cometidos de escritores falsos han sido difamar o armar bronca, también se usaron para todo lo contrario. 

Lope de Vega por ejemplo creó al padre Gavriel de Padecopeo (nuevamente un anagrama de Lope de Vega) que andaba desengañado de la corte donde había sido desterrado a pesar de los méritos militares de su mocedad.

En resumen, un pseudónimo con el que Lope se estaba echando todas las flores del mundo a sí mismo.

De igual manera, Cervantes dijo que El Quijote no lo había escrito él, sino un autor arábigo llamado Cide Hamete Berengueli, que igualmente un pseudónimo con el que Cervantes trastocó las letras de su nombre para crear un personaje con el que adularse a sí mismo, con continuos adjetivos como “sabio”, “ejemplo de historiadores graves” o “puntualísimo escudriñador”.

Pero incluso a Cervantes el tiro le salió mal, porque tantas dobles lecturas hicieron que varios escritores se sintieran ofendidos y fruto de aquella ofensa nació otro autor falso, Alonso Fernández de Avellaneda, autor de un Quijote apócrifo  cuyo creador sigue siendo un misterio aún por desentrañar.

Luis Pacheco de Narváez fue encarcelado por crear un autor falso con el que escribió  “una sátira atroz y continuo sarcasmo contra don Francisco Quevedo”.

¿Puede un escritor ser todo él una fake news? Sí, puede. Y sucede más a menudo de lo que imaginamos. Repasamos algunos casos de escritores falsos.

– Marcelo Chiriboga, esperando la última ola

 

https://www.jotdown.es/2013/12/los-reyes-magos-no-son-los-padres/

En México, dos de los miembros fundadores del boomCarlos Fuentes y José Donoso, entre francachelas, se dieron cuenta de que al mayor movimiento de la literatura latinoamericana le faltaba un componente ecuatoriano (dado que ya había representantes de Colombia, Perú, Argentina, México y Chile) y decidieron —«aguántame la margarita»— inventarse a Marcelo Chiriboga, un fruto de sus fantasías al que, sin embargo, iban citando en crónicas, críticas y entrevistas como si de un escritor real se tratara. Al poco, lo hicieron aparecer en algunos de sus libros.

José Donoso lo retrata en El jardín de al lado (1981) como la estrella máxima del boom, tomando algunos rasgos de Gabriel García Márquez, y, en Donde van a morir los elefantes (1995), le hace adquirir cuerpo y nos presenta detalles íntimos acerca de su perro o de su esposa.

Para el chileno, cargado de complejos por su falta de éxito comercial frente a otros autores del boom, Chiriboga es un espejo invertido de sí mismo, un triunfador repentino, leído hasta en el último confín de África, y, además, hermoso, «tan bien hecho como una de esas figuras renacentistas», seductor, locuaz, aristocrático, de cabellera plateada, piel morena y rostro adusto.

Goza del favor de la agente literaria Núria Monclús (trasunto de Carmen Balcells) y no se limita a meros cameos, sino que es un personaje clave para la tensión narrativa de las obras en las que aparece.

Fuentes, en cambio, lo inmortaliza como personaje secundario, más etéreo, en Cristóbal Nonato (1986) y Diana o la cazadora solitaria (1994).

Quien más avanzó en la definición del personaje fue un escritor ecuatoriano (este sí, real), Diego Cornejo Menacho (Quito, 1949), pues lo convirtió en protagonista absoluto de su novela Las segundas criaturas (2010), aportando las precisiones más concretas que se conocen acerca de su origen. Chiriboga, nacido en los Andes, es un arquetipo llevado al extremo, con todos los tics del boom, alguien que ganó el Premio Cervantes pero pasó a la historia por rechazarlo.

Dejó el Ecuador, pasó por París y por México, fue guerrillero y comunista y luego defensor de la economía de mercado; murió, según algunos, en su casa de Ecuador, y, según otros, en la capital francesa, de un cáncer de hígado.

Su última aparición es en La última vez (Destino), la nueva novela del argentino Guillermo Martínez, ambientada en la Barcelona literaria de los noventa con constantes flashbacks a las décadas de los sesenta y setenta. Aún hoy aparecen biografías, fotos y hasta fragmentos de obras de Chiriboga en internet, sin advertir a veces de su naturaleza fraudulenta.

Existen, en esa amalgama, diversas versiones sobre su bibliografía, pero podríamos citar los relatos del Jardín de piedra (1963), Premio Casa de las Américas, su novela La línea imaginaria (1969), que lo consagró, y luego Diario de un infiltrado (1973), sobre la primera guerrilla de Ecuador, y La caja sin secreto (1978).

Algunos aseguran que dejó inédita en algún cajón su cuarta novela, La caja secreta. ¿Qué tipo de autor era? «Era, qué duda cabe, un gran escritor. Quizá era el más completo de nosotros y, junto con Julito Cortázar, el más lúdico, el más audaz técnicamente.

Parecía escribir con absoluta sencillez, pero tenía una disciplina que hacía palidecer de envidia a Mario Vargas Llosa», dice de él Jorge Edwards en la novela El asesinato de Laura Olivo (2018), del peruano Jorge Eduardo Benavides, donde, por cierto, Chiriboga muere en un accidente de tráfico en Girona.

También aparece en Fricciones (2008), de Eloy Urroz, y en Sudor (2016), de Alberto Fuguet. Existe una transcripción de la entrevista que le realizó Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo, de Televisión Española, la única de la serie que no puede encontrarse en YouTube. Su nacimiento fue lo que Fuentes llamó «el favor que Pepe y yo le hicimos a la literatura ecuatoriana: darle un miembro del boom».

Hoy resultaría temerario atreverse a decir que Marcelo Chiriboga no existe. Pero si hasta tiene un documental, Un secreto en la caja (2016), mockumentary dirigido por el ecuatoriano Javier Izquierdo, quien, tras «una profunda investigación», desvela anécdotas desconocidas del escritor junto con otros grandes escritores o cineastas como Luis Buñuel.

Cuando murió José Donoso, el 7 de diciembre de 1996, llegaron sendas notas de condolencias de Núria Monclús y Marcelo Chiriboga. ¿Cómo no va a existir? ¿Qué entendemos por existir?

– JT Leroy, el chapero que engañó a Hollywood

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La conocida como «estafa literaria del siglo» es la del estadounidense JT Leroy, el autor de moda de la década de 1990 y principios de la del 2000, apóstol del nihilismo grunge y de una cierta estética de la autodestrucción.

Jeremiah Terminator Leroy contó, en conmovedores libros autobiográficos, su tormentosa vida de adolescente seropositivo, chapero, drogadicto, abandonado por su familia y víctima de abusos sexuales. Contaba asimismo su cambio de sexo y cómo le había descubierto nada menos que el escritor Dennis Cooper, «quien, junto con mi psiquiatra, era mi único lector».

No le gustaba la promoción ni mostrarse en demasiadas fotografías ni conceder entrevistas. Sus obras fueron Sarah (1999), los cuentos de El corazón es mentiroso (1999) y El final de Harold (2005).

Aparecía en varias fiestas, pero con una peluca rubia y gafas de sol, un toque Andy Warhol que le evitaba ser reconocido. De su brazo colgaban amigas como Courtney LoveWinona Ryder o Asia Argento. Entre sus fans declarados, Lou ReedBonoTom WaitsMadonna

La mentira se destapó tras sendas investigaciones periodísticas, primero de New York Magazine en 2005 y luego de The New York Times en 2006. El supuesto Leroy de las fiestas era en realidad una estudiante de moda, Savannah Knoop, quien se vendaba los pechos e interpretaba el papel del desnortado autor revelación al que traducían en todo el mundo.

Ella misma relató más tarde su experiencia en Chica, chico, chica. Cómo me convertí en JT Leroy (2007). Quien escribía los libros, y cobraba los royalties, era su cuñada, Laura Albert, que sí había sufrido abusos en su infancia y que se vino arriba creándose en la literatura un poderoso alter ego masculino que pretendió pasar por cierto.

Albert, la autora real, de hecho, acompañaba al supuesto autor a todas las fiestas, haciéndose pasar por su mejor amiga, Speedie. La historia es tan llamativa que existe un documental, La mentira de JT Leroy (2016), dirigido por Jeff Feuerzeig, y una película de ficción, JT Leroy: engañando a Hollywood (2018), de Justin Kelly, con Kristen Stewart (como Knoop), Laura Dern (como Albert) y Diane Kruger, como Eva, una actriz y directora que quiere llevar la historia al cine.

– Jusep Torres Campalans, que inventó el cubismo

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Exiliados ambos, se habían conocido presuntamente en una librería de Chiapas. Max Aub (1903-1972) escribió en 1958 la biografía Jusep Torres Campalans sobre este pintor que habría inventado el cubismo, aunque luego su nombre quedó orillado frente al de su amigo Picasso o el de Braque.

El libro de Aub contaba con todo lujo de detalles, como documentos, testimonios directos, reproducción de obras (pinturas y dibujos), fotografías (de sus padres, junto a Picasso…), un catálogo anotado e incluso agradecimientos a las fuentes (entre ellas, Alfonso Reyes, André Malraux y hasta Camilo José Cela).

Varios diarios mordieron el anzuelo y se refirieron al personaje como alguien realmente existente. Era un fake como una catedral.

Torres Campalans, pintor vanguardista, contemporáneo de Juan Gris (con quien se llevó fatal) y de Picasso (quien, en cambio, se lo habría llevado de juerga al famoso burdel de la calle Avinyó en Barcelona), vivió en un entorno en el que se fundían arte y literatura, y, por tanto, no se limitó a pintar, sino que también escribió, en un primer momento, poesía y, más tarde, tanto un diario como sus reflexiones sobre arte, publicados como Cuaderno verde, escrito originalmente en catalán y que el mismo Aub traduce.

Allí se leen cosas como «convertir la pintura en escritura» y llega a decirle a Aub: «El cubismo fue una escritura».

En cuanto a lo biográfico, Jusep Torres Campalans afirma haber atentado contra el rey de España en París (lo que Aub sospecha que es falso porque no le cuadran las fechas) y entre los personajes que frecuenta se encuentran RilkeApollinaireMondrianChagall

En su diario, Torres Campalans deja dicho: «Puestos a mentir, hagámoslo de cara: que nadie sepa a qué carta quedarse». Se llegaron a vender cuadros y dibujos suyos —en realidad, obra de Aub— en una galería mexicana y en otra neoyorquina, y el Reina Sofía los expuso a principios del siglo XXI.

A pesar de que es uno de los casos más comentados de falso artista, de vez en cuando aún aparece citado como personaje real.

Aub ya se había inventado en su primera novela, Vida y obra de Luis Álvarez Petreña (1934), a un poeta de este nombre, de quien reprodujo varios versos, cuyo retrato publicó y que es luego quien, años después, le pide que publique el cuaderno de Torres Campalans. Petreña es un escritor mediocre y decadente («no tengo músculos, soy todo yo flácido y predispuesto a dejarme llevar, como las medusas»), un artista marginal, y lo mejor de su biografía fake es que refleja fielmente la realidad literaria española de finales de los años veinte y principios de los treinta, con el romanticismo-novecentismo, el vanguardismo surrealista y el nuevo romanticismo realista como fuerzas en pugna.

Unas farsas, las de Aub, parecidas a aquel Nat Tate que inventó no hace tanto William Boyd, con la complicidad de Gore Vidal y David Bowie, consiguiendo vender sus supuestos cuadros en subastas y engañando a ilustres connaisseurs como Siri Hustvedt y Paul Auster.

– Antoni Casas Ros, el hombre elefante

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Otro misterioso fantasma en nuestra biblioteca es Antoni Casas Ros, supuestamente nacido en 1972 en «la Cataluña francesa», de madre italiana y padre catalán. Estudiante de Matemáticas, habría sufrido un grave accidente de coche cerca de Perpiñán, mientras conducía en estado de ebriedad, al esquivar un ciervo y estrellarse contra un árbol.

Según la biografía que facilitan sus editoriales, su esposa, que viajaba con él, habría resultado muerta en la colisión, y la cara de Casas Ros habría quedado totalmente desfigurada, lo que lo condenó a una vida en soledad, de la que emergería su primera novela, escrita en francés, El teorema de Almodóvar (2008), publicada por Gallimard (quedó finalista del Goncourt a la primera obra) y por Seix Barral en España.

Se trataría de una autoficción, en la que el protagonista sufre un accidente de tráfico a los veinte años, a resultas del cual pierde el rostro y la posibilidad de llevar una vida normal, por lo que se refugia en el álgebra, la literatura y el cine. La mirada y el amor de una transexual prostituida, Lisa, así como el cine de Almodóvar, le devuelven la ilusión por salir al exterior.

A este título lo seguirían Enigma (2010) —sobre una pandilla de letraheridos que introducen en el mercado libros ya publicados pero alterando sus finales—, Crónicas de la última revolución (2011), en la que diversos grupos luchan contra el sistema, desde los hackers de Infinity a los promotores del suicidio colectivo de Flying Freedom, pasando por una asociación de periodistas que practica el amor libre, y Medusa (2015), una prosa poética en la que uno de estos celentéreos inyecta su veneno a una persona en Salvador de Bahía, y que fue traducida solo al catalán en El Llop Ferotge.

El fulgor de Casas Ros declinó: posteriormente publicó, en Francia, Lento (2014) y L’arpenteur des ténèbres (2018), que no fueron traducidos al español. El autor del libro pasó de ser la comidilla del mundo literario a caer en el olvido.

Según su biografía fake, facilitada —no lo olvidemos— por sus editores, Casas Ros había vivido un tiempo, tras el accidente, en apartamentos de alquiler en Perpiñán, Niza, Génova, luego en Roma, desde donde concedió entrevistas por correo electrónico —una al diario El País—, y, finalmente, en Barcelona.

Los únicos que aseguraban hablar directamente con él eran sus editores en francés, Richard Millet, y en español, Elena Ramírez, aunque al primero se le escapó: «Incluso si todo es una broma, el libro es memorable y eso es lo importante».

Pero ¿quién es, entonces, Antoni Casas Ros? La prensa española especuló con cuatro nombres: Enrique Vila-MatasEduardo MendozaSergi Pàmies y José Carlos Llop.

La prensa francesa especializada, tras una investigación que incluía la comparación de estilos literarios, apostó por Hugues Jallon (Burdeos, 1970), cuyo aspecto físico coincide, además, con la descripción del protagonista de El teorema de Almodóvar antes del accidente. Jallon es conocido sobre todo por su labor de editor en La Découverte y en Seuil, y por su compromiso político con la izquierda melenchonista, pero como autor no ha sido traducido al castellano.

Un dato: desde que, en abril de 2018, lo nombraron presidente de Seuil, Casas Ros no ha publicado nada.

Tomé de Burguillos fue otro de los autores falsos que Lope creó para piropearse a sí mismo
Tomé de Burguillos fue otro de los autores falsos que Lope creó para piropearse a sí mismo.

Un falso autor, como los que aquí comentamos, no es lo más común entre los fraudes de la literatura.

Resulta más frecuente inventarse sencillamente un libro. 

H. P. Lovecraft (1890-1937) lo hizo de modo convincente con el Necronomicón o Libro de las leyes de los muertos, de Abdul Alhazred (también conocido como el Árabe Loco), primero en su cuento El sabueso y luego en otros textos hasta el punto de que hubo quien lo buscó en vano en los lugares en los que Lovecraft ubicó algunos ejemplares (encuadernados con piel humana): Harvard, París, Londres y Buenos Aires, donde Jorge Luis Borges contribuyó al despiste creando una ficha del libro en la Biblioteca Nacional que dirigía.

Borges, justamente, inventó bastantes autores y obras, como El libro de arena, un libro infinito en el que, una vez se pasa una página, es imposible volver a encontrarla.

Junto con su amigo Adolfo Bioy Casares, se convirtieron en Honorio Bustos Domecq, un autor ficticio que escribió Seis problemas para don Isidro Parodi y otros relatos.

Por su parte, Umberto Eco (1932-2016), en El nombre de la rosa, habla del segundo (y perdido) volumen de la Poética de Aristóteles, en el que el Estagirita trató la poesía yámbica y la comedia como modo de catarsis. 

François Rabelais (1494-1553) en Gargantúa y Pantagruel alude a varias obras inexistentes, entre ellas, El dulce hedor de los españoles, de Ignacio de Loyola.

El polaco Stanisław Lem (1921-2006) publicó Vacío perfecto, una recopilación de reseñas de libros imaginarios escritos por autores inexistentes, como Gigamesh, de Patrick Hannahan.

La lista podría continuar con episodios recientes. En octubre de 2021 se reveló —al ganar el Premio Planeta— que Carmen Mola, la supuesta escritora de thrillers, eran en realidad tres hombres, guionistas de televisión, Jorge DíazAgustín Martínez y Antonio Mercero.

Unos años antes, en el 2016, se había revelado que la escritora Elena Ferrante, toda una superventas mundial, era la traductora Anita Raja.

El debate ético que estos casos plantean no es sobre la legitimidad de usar seudónimo, o dar vida a un heterónimo, sino sobre que tanto Carmen Mola como Elena Ferrante, del mismo modo que había hecho JT Leroy en su día, concedieron varias entrevistas falseando datos biográficos, haciendo creer a la gente que eran otros. Mintiendo. Esa no es «la verdad de las mentiras» que esperábamos de la literatura.

– Una revista llevaba meses publicando artículos escritos por IA usando redactores falsos. Han sido descubiertos, claro

redactor ia

En Sports Illustrated, una revista deportiva estadounidense que también tiene versión online, todo parecía ir de maravilla.

Su portada digital estaba repleta de artículos nuevos: desde la actualidad de la NFL o los últimos fichajes de béisbol al partidazo de Reggie Jackson en la NBA o recomendaciones de tiendas de campaña para acampar.

Todos los artículos estaban escritos por profesionales, redactores especializados que cubren cada día las últimas noticias del mundo del deporte.

Uno de ellos es Drew Ortiz. Su biografía en la web dice lo siguiente: «Drew ha pasado gran parte de su vida al aire libre y está emocionado de guiarte a través de su lista interminable de los mejores productos deportivos para evitar que caigas en los peligros de la naturaleza.

Hoy en día, rara vez pasa un fin de semana en el que Drew no esté acampando, haciendo senderismo o simplemente regresando a la granja de sus padres».

Hasta aquí todo bien. Pero la historia se tuerce un poco cuando fuera de Sports Illustrated, la persona Drew Ortiz parece no existir en realidad. Ni rastro de él en redes sociales o en Internet. Y lo que es aún más extraño, su foto de perfil en Sports Illustrated está a la venta en un sitio web que comercializa fotografías de rostros generados por IA.

No es humano. Y como él, la mayoría de la plantilla de Sports Illustrated está compuesta por redactores falsos que son en realidad bots de IA publicando a diestro y siniestro artículos cada día. Algunos artículos, evidentemente, no tienen mucho sentido. En uno se advierte de que el voleibol «puede ser un poco complicado, especialmente sin una pelota real con la que practicar».

El descubrimiento llega por una investigación realizada por el medio de tecnología Futurism, cuyos periodistas se alertaron de que nunca lograban localizar a los redactores de Sports Illustrated. Investigando un poco, pronto se dieron cuenta de que todos los artículos iban acompañados también de fotografías de perfil generadas por IA puestas a la venta en mercados online de imágenes falsas.

Conforme Futurism hizo públicos algunos de sus hallazgos, algunos de los supuestos escritores de Sports Illustrated desaparecieron misteriosamente de la noche a la mañana del sitio web y sus artículos comenzaron a aparecer bajo los nombres de diferentes autores que tampoco parecían existir en Internet.

Drew Ortiz, por ejemplo, se esfumó y su página de perfil se convirtió en la de «Sora Tanaka». De esta tampoco existen registros, pero la foto que aparece también está a la venta en el mismo mercado de fotografía de IA que Ortiz: «Sora siempre ha sido un gurú del fitness y le encanta probar diferentes alimentos y bebidas», se lee en su biografía.

Cuando se publicó el informe completo, todos los autores generados por IA, incluida Sora Tanaka, desaparecieron de Sports Illustrated de repente y sin explicación.

Antes de seguir con esta historia, hay que saber que Sports Illustrated, que empezó siendo una revista física, fue publicada por primera vez en 1954 y fundada por Stuart Scheftel. Ganó dos veces el Premio Nacional de Revista a la Excelencia General y fue propiedad de Time Inc. hasta que en 2018 se vendió a Authentic Brands Group (ABG), quienes a su vez vendieron la publicación a Arena Group, que recibió una licencia de 10 años para operar las operaciones editoriales de la marca Sports Illustrated.

Ahora tras la polémica de los bots, un portavoz de The Arena Group ha afirmado en un artículo de CNN que los artículos de reviews de productos habían sido creados por una empresa externa, AdVon Commerce:

«Nos hemos enterado de que AdVon hizo que los escritores usaran un seudónimo en ciertos artículos para proteger la privacidad del autor y estamos eliminando el contenido mientras nuestra investigación interna continúa. AdVon nos ha asegurado que todos los artículos en cuestión fueron escritos y editados por humanos”.

Sport Illustrated es acusada de publicar contenido creado por inteligencia  artificial | WIRED

– No es la única publicación haciendo lo mismo

Sin embargo, la cosa no queda ahí, porque precisamente otro medio que compró y ahora opera Arena Group, TheStreet (sobre información financiera), también está llevando a cabo una práctica similar. Al igual que en Sports Illustrated, los redactores que aparentemente son personas de carne y hueso especializados, también tienen fotos de perfil generados de IA que se venden en Internet. Y estos son borrados periódicamente y sus artículos reatribuidos a nuevos nombres sin decir alto y claro que han sido escritos por inteligencia artificial.

En un artículo se comienza diciendo que «tu estatus financiero se traduce en tu valor en la sociedad». Después de lanzar esa afirmación, el artículo explica que «las personas con una situación financiera sólida son veneradas y reciben ventajas especiales en todo el mundo».

A pesar del comunicado de Arena Group, algunas voces anónimas que trabajan en la publicación le han dicho a Futurism que no eran sólo los seudónimos ni las fotos de perfil, sino que todo el contenido está siendo creado por IA: «No importa cuánto intenten ocultarlo». De hecho, la Sports Illustrated Union, que representa a los redactores de la revista, dice que sus miembros están «horrorizados» por las acusaciones: «De ser ciertas, estas prácticas violan todo lo que creemos sobre el periodismo. Lamentamos que se nos asocie con algo tan irrespetuoso hacia nuestros lectores», dijo el sindicato en un comunicado.

Lo cierto es que Sports Illustrated no es la única publicación que ha emprendido una estrategia similar. A medida que en los últimos años han aparecido herramientas de IA generativa, muchas publicaciones han intentado sacar rédito económico publicando contenido monetizable. En una investigación paralela, se descubrió que CNET y Bankrate, ambos propiedad de Red Ventures, estaban publicando contenido escrito por IA apenas contrastado y lleno de errores e incluso plagio.

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