De naufragios o perdidos en una isla: Historias reales de supervivencia y esperanza…

Esquire(A.Thompson)/Gradesaver/Coope/bbc(N.Yousif) — La idea de estar perdido en una isla desierta, rodeado de naturaleza salvaje y sin ningún contacto con la civilización, es un escenario que ha cautivado la imaginación de la humanidad durante siglos. Desde novelas como robinson crusoe hasta películas como náufrago, la lucha por la supervivencia en un entorno hostil ha sido un tema recurrente en la cultura popular.
Pero más allá de la ficción, existen historias reales de personas que se han enfrentado a este desafío, historias que nos muestran la resiliencia humana, la capacidad de adaptación y la importancia de la esperanza en momentos de adversidad.
– Los seis de Tonga: Una historia de supervivencia y esperanza
En 1965, seis adolescentes del Reino de Tonga, en un acto de rebeldía juvenil, robaron un barco con la intención de llegar a Australia. Su aventura terminó en un naufragio, dejándolos varados en la isla desierta de Ata. A pesar de la falta de recursos, los jóvenes demostraron una asombrosa capacidad de supervivencia. Aprendieron a pescar, a construir refugios, a extraer agua de los árboles y a cultivar alimentos. Su experiencia en la isla duró 18 meses, un tiempo durante el cual se enfrentaron a la soledad, al hambre, a la enfermedad y a la constante amenaza de la naturaleza.
Lo que diferencia a la historia de los seis de Tonga de la novela de Golding es la ausencia de violencia y la prevalencia de la cooperación. Los jóvenes se apoyaron mutuamente, resolvieron sus conflictos de manera pacífica y se mantuvieron unidos frente a la adversidad. Su experiencia es un testimonio de la capacidad humana para la bondad y la resiliencia, incluso en las circunstancias más extremas.

En junio de 1965, seis adolescentes tonganos tomaron una traviesa decisión: escaparse de su internado en Nuku’alofa, la capital del país, para pasar un divertido día de pesca todos juntos. El grupo estaba liderado por Sione Fataua de 17 años. Lo acompañaba el fortachón Luke Veikoso, de 16; Stephen Tevita, el manitas del grupo; Kolo Fekitoa, el artista; y Mano Totau de 16, y el benjamín, David Tevita, de 15, que como más tarde confesó, fue elegido por ser el único de los seis que sabía navegar.
El plan de los seis chicos no era muy elaborado. Escaparse del colegio aprovechando un descuido y robar un pequeño bote de apenas 7 metros de eslora con el que salir a pescar. Navegaron unas 5 millas hacia el norte de la isla de Tongatapu y disfrutaron de una agradable tarde de pesca. Al anochecer, decidieron prolongar un poco más su insensata aventura y echar el ancla para pasar la noche durmiendo bajo las estrellas del Pacífico.
Mientras los chicos dormían, el tiempo comenzó a cambiar. El cielo estrellado se fue cubriendo de nubes y el viento comenzó a mover la frágil embarcación en la que estaban los chicos. Cuando se despertaron en mitad de una tormenta ya era muy tarde para reaccionar. El viento había roto la amarra del ancla y navegaban a la deriva por el océano más extenso del planeta.
Durante ocho días, los jóvenes navegaron a la deriva en un bote muy deteriorado por la tormenta, y sobreviveron con agua de lluvia y los peces que lograban capturar. Los vientos les transportaron más de 320 kilómetros, hasta que divisaron a lo lejos la isla de ‘Ata. Era el momento de la verdad, su única salvación pasaba por llegar a tierra firme.
Después de pensárselo, los chicos decidieron actuar: se tiraron al agua y nadaron durante 36 horas, con ayuda de los restos de su bote naufragado, hasta que lograron por fin pisar tierra en esta isla deshabitada.
La isla de ‘Ata es una de las 169 islas que forman el archipiélago de Tonga. Situada a unos 160 kilómetros de Tongatapu, la islaprincipal del archipiélago, durante años estuvo habitada, aunque una catástrofe cambió su historia para siempre.
Sus orígenes se remontan a los primeros habitantes del país, ya que, según la leyenda de Tonga, ‘Ata y ‘Eua fueron las primeras islas habitadas por tonganos. Durante muchos años, los escasos 200 habitantes de la isla vivían prácticamente aislados del mundo, hasta que en 1863, el barco esclavista Grecian, con el capitán McGrath al mando, llegó a la costa de la isla.
Según cuenta la leyenda, fue el alcalde de la isla el que convenció a la mayoría de sus habitantes de que subieran a bordo del barco para realizar «un intercambio comercial». Lo cierto es que, una vez 144 de ellos montaron en la nave, el capitán los encerró y partió con ellos a bordo, con el propósito de venderlos como esclavos en Perú.
Cuando el rey de Tonga escuchó la historia, mandó a buscar a los pocos habitantes que quedaban para evacuarlos a ‘Eua, por lo que el antiguo pueblo de Kolomaile, escenario de esta tragedia, quedó con los pollos de los que vivían los antiguos indígenas como únicos habitantes.
Al llegar a la isla, los seis adolescentes se refugiaron en una pequeña cueva en un acantilado, donde vivieron durante tres meses. Fueron 90 días de mucha hambre y sed, y sus únicos alimentos los obtenían de las gaviotas, a las que cazaban para comerse su carne y sus huevos y beberse su sangre.

Fueron días muy duros para los chicos, como explicaba Mano en una entrevista a la ABC australiana: «Rezábamos día y noche por ser rescatados. Tenía miedo, hambre y frío. La mayoría de los días llovía sin parar y había mucho viento».
Esta soledad sirvió a los pobres chicos para unirse aún más: «Un grupo de gente que no sabe dónde está y no tiene suficiente comida y bebida…No estábamos de acuerdo en todo, pero no hay más remedio que trabajar juntos para sobrevivir».
Con el paso del tiempo, comenzaron a organizar paseos para explorar la isla, y, una mañana, tras una marcha de dos días, encontraron por casualidad las ruinas abandonadas de Kolomaile.
A partir de entonces, la situación de los jóvenes mejoró. Encontraron los descendientes de los pollos que habían abandonado los pobladores originales, las antiguas plantaciones de plátano y taro, y reutilizaron los mecanismos que los antiguos habitantes utilizaban para almacenar el agua de lluvia.
Stephen logró hacer fuego utilizando dos palos y los chicos se fueron turnando durante un año para asegurarse de que la preciada hoguera nunca se apagara.
Un día, los chicos distinguieron a lo lejos una embarcación que navegaba no muy lejos de la isla. Inmediatamente, avivaron las llamas e hicieron señales para llamar la atención de los tripulantes del barco que podía salvarles la vida. El navío empezó a virar, llenando a los jóvenes de esperanza, pero todo se desmoronó cuando se dieron cuenta de que se alejaba de la isla
A partir de madera y coco, Kolo logró fabricar una guitarra con la que entretenerse tocando música y cantando por las noches. Juntos, los seis adolescentes compusieron hasta cinco canciones con las que disfrutar durante su particular confinamiento.
Hartos de esperar a que alguien los encontrara, los chicos pasaron a la acción: utilizando troncos de árbol construyeron una pequeña lancha con la que navegar de vuelta a casa. Apenas un kilómetro después de partir, la embarcación se rompió, obligando a los chicos a retornar una vez más a la isla.
Afortunadamente, pocos días después, el 11 de septiembre de 1966, un barco pesquero australiano se acercó a la isla de ‘Ata y su capitán, Peter Warner, se mostró sorprendido al ver trozos de vegetación quemados. Warner, picado por la curiosidad, ordenó acercarse a la isla, y pudo observar a los seis adolescentes desnudos. Desde la distancia, por miedo a que fueran peligrosos, intentó comunicarse con ellos, y se sorprendió al darse cuenta de que le respondían en perfecto inglés: «Somos seis y creemos que llevamos aquí unos quince meses».
El capitán dudó debido del aspecto de los jóvenes, como explicó Mano en una entrevista: «Estaban muy asustados, porque estábamos desnudos, con el pelo largo. Nos tiramos al agua y nadamos hasta el barco. El señor Warner no puso la escalera porque estaban asustados. Por suerte, pudimos hablar con ellos en inglés, nos hicieron algunas preguntas. Nos enseñaron la foto de la reina y dijimos: ‘sí, esa es nuestra reina Salote».
Una vez admitió a los jóvenes en el barco, el capitán contactó por radio con la capital tongana, Nukuʻalofa, donde le explicaron que los seis adolescentes habían sido dados por muertos, e incluso se habían celebrado funerales por ellos.
Los jóvenes fueron recibidos con honores por todos al llegar a casa. Por todos, menos por una persona: el dueño del barco en el que habían huido los denunció por robo y tuvieron que responder a unas preguntas de los agentes. Una vez se aclaró todo, se celebró un gran banquete al que fue invitado, cómo no, el capitán del barco que los había rescatado.
Más tarde, los chicos volvieron a la isla, donde grabaron un documental sobre su aventura.
– Los 3 náufragos rescatados en una isla desierta tras escribir HELP en la arena de una playa

En 2020, tres marineros de Micronesia fueron salvados por las Fuerzas de Defensa de Australia después de deletrear «SOS» en la playa.
Tres hombres fueron rescatados por la Guardia Costera de Estados Unidos frente a una isla en Micronesia después de que escribieran la palabra “HELP” (ayuda, en inglés) utilizando hojas de palmera.
Fueron encontrados nueve días después de que partieran en un viaje en barco a la isla Pikelot, un espacio coralino deshabitado a unos 667 kilómetros de Guam.
Es la segunda vez en cuatro años que se rescata a personas en ese lugar.
La Guardia Costera dijo en un comunicado que los tres marineros eran experimentados. Se habían embarcado en su viaje en barco desde el atolón Polowat, una isla que forma parte de los Estados Federados de Micronesia.
Partieron el domingo de Pascua en un esquife tradicional de seis metros con motor fuera de borda. Después de que no regresaran durante varios días, un familiar alertó a la Guardia Costera de Guam, que lanzó una misión de búsqueda.
– El rescate
Los socorristas buscaban inicialmente en un área de más de 78.000 millas náuticas cuadradas en un periodo de malas condiciones climáticas. Pero acabaron localizando a los hombres desde el aire gracias al improvisado mensaje que decía “HELP».
«En un notable testimonio de su voluntad de ser encontrados, los marineros deletrearon ‘HELP’ en la playa usando hojas de palma, un factor crucial para que fueran descubiertos», dijo la teniente Chelsea García, quien dirigió la misión el día que fueron encontrados.
Más adelante, el personal de la Guardia Costera lanzó desde el aire paquetes de supervivencia y una radio mientras uno de sus barcos se dirigía a la isla. Los marineros respondieron por radio y dijeron que gozaban de buena salud y tenían acceso a alimentos y agua.
Fueron rescatados el día 9 de abril. Micronesia, en el Pacífico occidental, está formada por unas 600 pequeñas islas esparcidas en una vasta extensión oceánica. Aunque está deshabitado, el atolón Pikelot suele ser visitado temporalmente por cazadores y pescadores.
– Increíbles historias reales de personas que sobrevivieron a perderse en el mar

El océano es como un desierto húmedo: no hay comida, ni agua, ni refugio, y en todas las direcciones, la vista es simplemente una brillante reflejo de la nada. Por no hablar de que abundan los depredadores peligrosos, que acechan justo debajo de las profundidades. Sí, hablamos de los temidos tiburones, que en mar abierto son implacables en muchas ocasiones.
Un naufragio en mar abierto puede ser una sentencia de muerte. Si un equipo de rescate no llega en las primeras 48 horas, probablemente nunca lo hará. Aprender a sobrevivir requiere habilidad, coraje y un montón de suerte. Miles de kilómetros en algunos casos, sobreviviendo sin prácticamente comida y sobreviviendo con el agua de la lluvia y las pocas capturas en forma de pájaros o pescados que pasaban por ahí y fueron cazados.
Aunque suene duro, cuando leas lo que viene a continuación te darás cuenta de que es todavía peor, porque la exposición al sol y la falta de agua es una mezcla mortal.
– Filo Filo, Etueni Nasau y Samu Pelesa

En muchas cadenas de islas del Pacífico, la gente utiliza pequeñas embarcaciones para navegar de una isla a otra. Las islas están lo suficientemente cerca entre sí como para que navegar de una a otra sea un modo de viajar relativamente sencillo, barato y directo.
Para tres adolescentes de la pequeña isla de Tokelau, navegar era una rutina. Sin embargo, cuando Filo Filo, Etueni Nasau y Samu Pelesa zarparon el 5 de octubre de 2010, el viaje sería más largo de lo que ninguno de ellos esperaba.
Poco después de adentrarse en el océano, los tres adolescentes perdieron de vista la orilla y se desorientaron. Sin saber cuál era el camino a casa, el grupo se perdió, alejándose cada vez más de tierra.
Habían llevado agua suficiente para dos días, pero ésta se agotó rápidamente y tuvieron que recurrir al agua de lluvia. Al cabo de unas semanas -sin comida y sin señales de rescate- se desesperaron lo suficiente como para atrapar un pájaro y comérselo.
Mientras tanto, tras un mes sin noticias, su comunidad creyó que los chicos habían muerto. Alrededor de 500 personas asistieron a un servicio funerario conmemorativo por los chicos, lo que representa un tercio de la población total de la cadena de islas.
Tras pasar más de un mes a la deriva en el mar, los tres chicos no tenían comida ni agua, y sufrían una exposición al sol extrema. Su situación era tan grave que empezaron a beber agua de mar, señal inequívoca de que la muerte está cerca. Cuando sólo les quedaban días o incluso horas de vida, un barco pesquero a medio camino entre Samoa y Fiyi los avistó. Habían quedado a la deriva más de 800 kilómetros.
El marinero rescató a los tres chicos y los llevó a un hospital en Fiyi, y luego de vuelta a sus hogares en Tokelau. Habían estado perdidos en el mar durante 50 días en total.
– Brad Cavanagh y Deborah Kiley

Deborah Kiley no era ajena a los mares. Había pasado la mayor parte de su vida trabajando como tripulante en yates de todo el mundo. Así que pensó que enrolarse como tripulante del velero Trashman, de casi 18 metros, en octubre de 1982, era un trabajo más. Pero resultó ser todo lo contrario.
John Lippoth, el capitán del barco, llevó a su novia Meg Mooney para que la acompañara. Los otros dos miembros de la tripulación eran Mark Adams y Brad Cavanagh. El plan era llevar el yate desde Annapolis (Maryland) hasta Florida para reunirse con su propietario.
La primera mitad del viaje fue bastante tranquila, aunque Kiley empezó a notar cosas que la inquietaban. Por ejemplo, Lippoth no paraba de poner excusas para bajar a cubierta, y Kiley no tardó en darse cuenta de que el capitán tenía miedo al mar. Además, Lippoth y Adams se pasaron todo el viaje completamente borrachos. De las cinco personas que iban en ese yate, sólo Kiley y Cavanagh eran marineros experimentados y capaces.
Después de que el barco pasara por Carolina del Norte, el viaje dio un giro hacia peor. Apareció una enorme tormenta de la nada, y el Trashman se dirigió directamente al corazón de la misma. Kiley recuerda vientos de más de 70 nudos y olas de 12 metros tan potentes que agujerearon el barco. Dos días después de zarpar, el yate, destrozado por el mar, empezó a hundirse.
La tripulación consiguió llegar a un bote salvavidas, pero no antes de que la jarcia del barco hiriera gravemente a Mooney, dejándole graves laceraciones en brazos y piernas. Su hemorragia atrajo a los tiburones, que siguieron al bote salvavidas durante el resto del viaje. La tripulación se encontró a la deriva, sin provisiones ni agua, a kilómetros de tierra.
Dos días después del hundimiento del Trashman, Lippoth y Adams, ya deshidratados por el alcohol y muertos de sed, empezaron a beber agua de mar. Empezaron a alucinar y a divagar de forma incoherente. Al tercer día, Lippoth -en un estado de delirio- se lanzó al agua e intentó nadar hasta la orilla. Inmediatamente fue atacado y muerto por los tiburones. Al poco tiempo, Adams también saltó por la borda, murmurando algo sobre ir a buscar cigarrillos. Los tiburones también le atacaron, con tanta violencia que el barco giró y el agua se volvió roja.
Esa noche, Mooney sucumbió a sus heridas, muriendo por envenenamiento de la sangre. Kiley y Cavanagh, los dos únicos que quedaban, tuvieron que arrojar su cuerpo por la borda, donde también fue devorada por los tiburones. Poco después, Kiley y Cavanagh, al borde de la muerte, fueron avistados por un carguero ruso frente a la costa de Cabo Hatteras. La tripulación los rescató cuatro días después de que abandonaran el barco, y cinco días después de zarpar.
– Steven Callahan

Steven Callahan es un experto en navegación. Concretamente, un ingeniero naval que lleva navegando en barcos desde que era joven. Incluso construyó su propio barco, llamado Napolon Solo, y zarpó de Rhode Island en 1981. Sus viajes le llevaron por todo el Atlántico: primero a las Bermudas y luego a la costa de Europa. A la vuelta, con destino a Antigua, se encontró con problemas.
Una semana después de zarpar hacia su casa, empezó a gestarse una tormenta. La tormenta era relativamente suave, y Callahan dijo que no estaba preocupado. Pero su barco chocó con algo que abrió un enorme agujero en el fondo. Callahan sospechó que se trataba de una ballena o de un gran tiburón.
El barco empezó a llenarse de agua y Callahan consiguió llegar a su balsa hinchable. Pero necesitaba los suministros de emergencia en la cabina, que ya estaba bajo el agua. Sumergiéndose una y otra vez, consiguió recuperar comida, agua, bengalas, un fusil submarino, alambiques solares y un puñado de otros artículos. En definitiva, estaba especialmente bien equipado para estar a la deriva.
Y es una buena cosa, porque Callahan estuvo a la deriva en su balsa durante 76 días. Durante ese tiempo, se enfrentó a amenazas de inanición, deshidratación, tiburones y pinchazos en la balsa. Finalmente, unos marineros de la costa de Marie-Galante, cerca de Guadalupe, lo vieron. Había perdido un tercio de su peso y apenas podía mantenerse en pie, por lo que lo llevaron a un hospital para que recibiera tratamiento. Sin embargo, Callahan ni siquiera pasó la noche, sino que optó por recuperarse en la isla, mientras hacía autostop por las Antillas.
Mucho más tarde, Steven Callahan trabajaría como asesor en la película La vida de Pi, aportando sus conocimientos de supervivencia en el mar para que la película fuera más realista.
– Poon Lim

Poon Lim tiene el récord mundial de mayor supervivencia en una balsa salvavidas. Y no es un récord que parezca que se puede batir facilmente.
Poon era un marinero chino del buque mercante británico SS Benlomond durante la Segunda Guerra Mundial. El barco había salido de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) camino de Nueva York cuando un submarino alemán lo atacó a unos cientos de kilómetros de la costa de Brasil. Ese encuentro destruyó el barco, pero Poon logró escapar con un chaleco salvavidas. Fue el único superviviente del barco.
Después de unas dos horas, Poon encontró una pequeña balsa de madera y subió a ella. Sorprendentemente, la balsa contenía algunos suministros de supervivencia, como comida, agua y bengalas. Pero cuando los días se convirtieron en semanas y la comida empezó a escasear, Poon tuvo que improvisar.
Empezó a fabricar un anzuelo improvisado y a pescar. Con su nuevo suministro de alimentos y el agua de su balsa, pensó que podría sobrevivir. Todavía tenía sus bengalas, y todo lo que tenía que hacer era esperar a que un barco se acercara.
Entonces las cosas se pusieron peor. Una tormenta arreció, y Poon perdió toda su comida y agua. Sin provisiones y al borde de la muerte, Poon tuvo que llegar al límite para sobrevivir. Con sus últimas fuerzas, atrapó un pájaro que pasaba por allí y lo mató, bebiendo su sangre para saciar su sed.
Poon se dio cuenta de que si quería sobrevivir, necesitaría una fuente de agua más permanente. La única disponible estaba protegida por muchos dientes afilados. Aun así, Poon reforzó su sedal y empezó a intentar pescar tiburones. Consiguió enganchar uno y lo subió a bordo. Bebió la sangre del hígado del tiburón para mantenerse.
Después de 133 días, Poon quedó a la deriva cerca de la costa de Brasil, donde unos pescadores lo rescataron y lo llevaron a un hospital para que se recuperara. A pesar de llevar casi medio año perdido en el mar, sólo había perdido unos 6 kilos y podía caminar por sí mismo.
– Maurice y Marilyn Bailey

En 1973, Maurice y Marilyn Bailey planeaban cumplir su sueño de mudarse de su casa en Inglaterra a Nueva Zelanda. Vendieron su casa, compraron un yate y zarparon con sus posesiones. Creían que el viaje sería placentero. Se equivocaron.
La primera mitad de su viaje fue bien, y pasaron por el Canal de Panamá en febrero de ese año. Poco después, se encontraron con problemas, o mejor dicho, los problemas se encontraron con ellos.
Mientras los dos estaban bajo cubierta, sintieron un gran impacto. La pareja se precipitó a la cubierta y vio una ballena sumergida en el agua y un gran agujero en el casco. El barco empezó a hundirse rápidamente, y los Baileys cogieron lo poco que pudieron y se dirigieron a su balsa salvavidas.
La pareja quedó varada en el Pacífico con unos pocos días de comida, una brújula, algunas bengalas y poco más. Recogieron agua de lluvia para beber y, cuando se les acabó la comida, comieron pájaros, peces e incluso tortugas.
Durante su estancia en el mar, avistaron siete barcos, a los que intentaron hacer señales, pero nadie se fijó en ellos. Cuando las semanas se convirtieron en meses, sufrieron quemaduras de sol y desnutrición. Su balsa salvavidas empezó a desinflarse, se vieron acosados por tiburones y sufrieron múltiples tormentas.
Tras 117 días varados en el mar, sin provisiones y al borde de la muerte, fueron finalmente rescatados. Un barco coreano que pasaba por allí los vio en el agua y cambió el rumbo para subirlos a bordo. Apenas podían moverse y estaban tan débiles que no podían comer alimentos sólidos.
El barco coreano les dejó en Hawái, donde inmediatamente juraron construir otro yate y volver al mar, porque está claro que no entendieron el mensaje la primera vez. Con las ganancias del libro que escribieron sobre sus experiencias, construyeron un segundo yate y pasaron años navegando alrededor del mundo sin mayor problema.
– Tripulación del Rose Noelle

John Glennie, Rick Hellriegel, Jim Nalepka y Phil Hofman eran cuatro amigos que decidieron tomarse unas vacaciones de invierno en la isla de Tonga. Partieron en su barco, el Rose Noelle, y esperaban una navegación tranquila.
El 4 de junio de 1989, tres días después de zarpar, una enorme ola surgió de la nada y golpeó el barco, volcándolo completamente y dañándolo gravemente. La tripulación se encontró atrapada en la cabina del barco, que empezó a llenarse rápidamente de agua.
Activaron una baliza de señalización en un intento de obtener ayuda, pero la baliza no obtuvo respuesta. Solos y atrapados en un camarote oscuro, los tripulantes tuvieron que abrir un agujero en el casco del barco para escapar. Afortunadamente, el Rose Noelle, aunque ahora estaba boca abajo, no se hundió del todo, y sus restos sirvieron de embarcación en la que los hombres pudieron seguir flotando.
Una semana más tarde, con los suministros agotados, la baliza de señalización dejó de funcionar, sin que todavía hubiera respuesta ni rescate. La tripulación estaba sola.
Cuando se agotaron las reservas de agua del barco, la tripulación montó un sistema para recoger agua de lluvia y empezó a pescar para alimentarse. Seguían a la deriva, tenían comida, agua y refugio, así que no corrían peligro inmediato mientras el tiempo no cambiara.
Estuvieron a la deriva durante semanas sin ser rescatados. Glennie empezó a bucear entre los restos para recuperar piezas del barco que pudieran utilizar. Consiguió recuperar una cocina de gas para que los cuatro hombres pudieran hacer barbacoas de vez en cuando.
El 30 de septiembre, 118 días después de quedar a la deriva, los cuatro náufragos y los restos del Rose Noelle aparecieron en una playa de Nueva Zelanda. Tuvieron mucha suerte. Unos meses después, el viento y las corrientes de agua los habrían llevado en dirección a Sudamérica.
Incluso el lugar de la playa donde llegaron a la orilla fue afortunado. A unas decenas de metros a la izquierda o a la derecha había acantilados rocosos, y si el barco hubiera llegado allí, se habría roto contra las rocas.
– Salvador Alvarenga

José Salvador Alvarenga ostenta el récord de mayor supervivencia en solitario en el mar. Estuvo 438 días a la deriva y recorrió más de 10.780 kilómetros.
Alvarenga es pescador, y el 17 de noviembre de 2012 zarpó del pueblo pesquero de Costa Azul, en México. Con él estaba Ezequiel Córdoba, otro pescador, con el que Alvarenga nunca había trabajado antes.
Poco después de zarpar, una tormenta azotó el barco. Desvió el rumbo del barco y dañó el motor y la mayor parte de los aparatos electrónicos de a bordo. Alvarenga consiguió ponerse en contacto con su jefe por radio antes de que se apagara, pero no pudo ayudarle.
La tormenta duró cinco días. Cuando terminó, Alvarenga y Córdoba no sabían dónde estaban ni cómo volver a casa. La tormenta había destruido la mayor parte de sus aparejos de pesca, dejándolos sólo con las provisiones básicas. Y sin motor, sin velas y sin remos, su barco estaba a la deriva.
Los dos navegaron a la deriva durante meses, sobreviviendo con el agua de la lluvia y capturando animales marinos como peces, tortugas y aves. Tras cuatro meses, Córdoba perdió la esperanza. Dejó de comer y murió de hambre. Alvarenga dice que también pensó en rendirse, pero perseveró.
Incluso después de cuatro meses en el mar, Alvarenga no había superado ni la mitad de su calvario. Intentó hacer señas a todos los barcos que veía, pero ninguno lo vio. Siguió sobreviviendo a base de agua de lluvia y animales marinos, y se mantuvo al tanto del tiempo por las fases de la luna.
Más de un año después de la tormenta que lo dejó a la deriva, Alvarenga divisó tierra. Abandonó su barco y nadó hacia la costa, y se encontró en una de las islas Marshall, al otro lado del Pacífico de donde había partido. Fue trasladado a un hospital, donde se recuperó completamente.
– Louis Zamperini

Louis Zamperini saltó a los titulares de prensa por primera vez en 1938, cuando viajó a Berlín para competir en los Juegos Olímpicos. Corrió en los 500 metros lisos y quedó en octavo lugar, lo que es más que suficiente para ganarse un lugar en los libros de historia. Pero Zamperini aún no había terminado.
En 1941, sólo unos meses antes de Pearl Harbor, Zamperini se alistó en el ejército de Estados Unidos. Se convirtió en subteniente de las Fuerzas Aéreas y, cuando comenzó la guerra, fue destinado como bombardero al Pacífico.
En 1943, durante una misión de búsqueda y rescate, su bombardero sufrió un fallo mecánico que lo hizo caer. Se estrelló en el océano, y ocho de los 11 miembros de la tripulación murieron. Los tres que sobrevivieron fueron Zamperini y sus compañeros de tripulación Russell Allen Phillips y Francis McNamara.
Los tres tripulantes estaban a la deriva en el Océano Pacífico, en territorio enemigo, sin comida, agua ni provisiones. Consiguieron salvar dos balsas de los restos de su avión y recogieron suficiente agua de lluvia para sobrevivir. Comieron pequeños peces y pájaros.
Estuvieron a la deriva durante semanas. Después de 33 días, McNamara murió, dejando sólo a Phillips y Zamperini. Dos semanas después, sus balsas llegaron a la costa de las Islas Marshall y los dos hombres fueron capturados inmediatamente por los japoneses.
Zamperini y Phillips fueron enviados a varios campos de prisioneros de guerra, y Zamperini acabó en el campo de Naoetsu, en el norte de Japón. Allí fue torturado durante dos años por el infame guardia de la prisión Mutsuhiro Watanabe, uno de los criminales de guerra más brutales de Japón. Cuando la guerra terminó en 1945, Zamperini fue liberado y se reunió con su familia.
– Oguri Jukichi

Jukichi era un marinero durante el periodo Edo de Japón, hace unos 200 años. Era el capitán del carguero Tokujomaru y su tripulación de 14 hombres. Estaba transportando soja a la ciudad de Edo, que se convertiría en la actual Tokio, cuando su barco se vio envuelto en una gran tormenta. La tormenta dañó el mástil del barco y los dejó a la deriva.
Rápidamente, la tripulación agotó sus provisiones de comida y agua. Comenzaron a sobrevivir exclusivamente con el agua de lluvia capturada y las grandes reservas de soja de la bodega del barco. Al cabo de varios meses, los miembros de la tripulación empezaron a sufrir escorbuto por falta de nutrientes.
Uno a uno, a lo largo de los meses, la tripulación empezó a morir, mientras el Tokujomaru se alejaba cada vez más de casa. Tras más de un año a la deriva, sólo quedaban tres personas: el capitán Jukichi, y dos miembros de la tripulación, Otokichi y Hanbe. Los tres sufrían los efectos del escorbuto y probablemente estaban a punto de morir cuando su barco fue descubierto frente a la costa de California en 1815.
Los tres marineros japoneses se convirtieron en las primeras personas de ese país en pisar las costas estadounidenses. Habían navegado más de 5.000 millas a la deriva y estuvieron perdidos en el mar durante 484 días.
Los tres marineros regresaron a Japón tras recuperarse, pero Hanbe murió durante el viaje. A su regreso, Jukichi recibió numerosos honores y se le concedió un apellido, Oguri. Incluso 200 años después, Jukichi sigue ostentando el récord Guinness de mayor tiempo a la deriva en el mar.
– Adrián Vásquez, 26 días a la deriva
Lo que empezó como una noche tranquila de pesca, acabó en tragedia para dos de los tres jóvenes panameños que quedaron a la deriva durante 26 días en el Pacífico, en febrero de 2012.
Todo parecía ir según lo planeado: el grupo de amigos consiguió atrapar varios peces, por lo que la experiencia estaba siendo satisfactoria, hasta que de forma repentina el motor de la embarcación se detuvo.
Los dos jóvenes que acompañaban a Adrián Vásquez fallecieron, aunque se desconoce la causa de su muerte porque los cuerpos fueron arrojados al mar, y el rescatado, que fue localizado a 965 kilómetros de la costa de San Carlos (Panamá), sobrevivió a base de pescado crudo.
– Louis Jordan, 66 días a la deriva
En este caso, el que luego se convertiría en náufrago por 66 días, emprendió su viaje en solitario. Desde Carolina del Sur y rumbo a la Corriente del Golfo, su velero de 10 metros se volcó a causa de la marea, y el mástil de la embarcación se rompió. Pero, sorprendentemente, el hábil marinero logró improvisar una vela y sobrevivir a base de pescado crudo, que conseguía capturar con la tela de su propia ropa, y de agua fresca de la lluvia.
Dos meses más tarde -tiempo suficiente para que su barco volcase hasta tres veces-, un buque alemán localizó al náufrago a 321 kilómetros de la costa de Carolina del Norte y lo trasladó hasta el lugar desde donde había partido.
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