Los sacrificios humanos de los Aztecas…

Historia Hoy(M.A.Hernandez)/Ancient Origins(C.Bogaard)/Elsevier( — En 1521, mientras se retiraban de Tenochtitlán (actual ciudad de México) derrotados en una batalla por los aztecas, los españoles contemplaron a la distancia cómo morían sus compañeros capturados.
“Sonó un lúgubre tambor, luego unos cuernos y cosas parecidas a trompetas, su sonido era aterrador. Todos miramos hacia la elevada pirámide y vimos que nuestros camaradas eran conducidos hacia arriba…
Vimos que les ponían penachos en la cabeza y con objetos que parecían abanicos en sus manos los obligaban a bailar ante Huitzilopochtli (el dios sol de los aztecas); después de haber bailado los colocaban acostados de espaldas sobre unas piedras, les abrían el pecho con cuchillos y luego les extraían el corazón para ofrecerlo a sus ídolos.
Arrojaban los cuerpos por los escalones hacia abajo de una patada y los indios carniceros que aguardaban abajo les cortaban los brazos y los pies, desollaban sus rostros y la carne se la comían en chilmole” (guiso azteca y centroamericano con chile y carne).
En el mito azteca, el sol, Hutzilopochtli, nació cuando uno de los dioses se arrojó al fuego y los demás dioses dieron su sangre para curar y alimentar a ese dios ardiente. El sacrificio azteca escenifica ese sacrificio original de los dioses, ya que sin sangre nueva el sol moriría.
De hecho, casi todos los dioses aztecas se alimentaban de sangre humana; solamente Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, se oponía al sacrificio humano, y los demás dioses la habían forzado al exilio. En honor a sus dioses, los aztecas ofrecían la sangre de los prisioneros capturados en batalla.

Para los aztecas, la captura de víctimas para el sacrificio era tan importante que sus batallas pronto decantaron hacia ese propósito en particular; luchaban cara a cara y con armas mayormente no letales para no deteriorar en exceso los cuerpos de quienes serían sacrificados. Los guerreros aztecas ascendían en la escala social capturando prisioneros vivos para ser sacrificados, lo que era un estímulo extra.
El mayor número de sacrificios se llevó a cabo en Tenochtitlán, en el gran templo de Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra. El sacerdote que ejecutaba el sacrificio abría el pecho de la víctima con un cuchillo de obsidiana (una roca volcánica), extraía el corazón del prisionero todavía palpitante y lo quemaba en el altar.
Después, el sacerdote empujaba el cuerpo hacia abajo, donde era descuartizado, troceado, asado y trinchado. El “propietario” del prisionero sacrificado recibía los mejores cortes de carne para servirlos en el banquete familiar, y las masas se alimentaban con el guiso que se hacía con las sobras. Los pumas, lobos y jaguares roían los huesos.
En el ritual en honor a Xipe Totec (el dios de la vegetación y la agricultura), luego de extraerles el corazón se desollaba a los prisioneros. La piel de la víctima representaba “la nueva piel” que cubría la tierra en la llegada de la primavera. Al prisionero, amarrado, se le daban armas romas para defenderse de cuatro guerreros con armas afiladas.
El resultado no es difícil imaginarlo. La víctima era desollada, luego abierto en canal y lo oficiantes se lo comían. La sangre se juntaba en cuencos que eran llevados a los templos y el oficiante principal llevaría puesta la piel del muerto hasta que se pudriera; la piel era entonces desechada ritualmente en una cueva y el oficiante quedaba purificado.
En honor a Tlaloc (dios de la lluvia y el rayo), los sacrificados eran niños, a los que primero se les hacía llorar para recoger sus lágrimas y luego eran degollados. Estos sacrificios no eran festivos como los otros; las matanzas de niños se acompañaban de lamentos y el ambiente era lúgubre. De hecho, los aztecas trataban de evitar los lugares en los que se hacían estos sacrificios.

Las mujeres eran sacrificadas a la diosa Xilonen (diosa de la subsistencia, del maíz y la fertilidad). La mujer sacrificada “se convertía en esa diosa” y era decapitada mientras bailaba; luego era desollada, se le extraía el corazón, que era quemado, y un guerrero llevaba la piel de la mujer durante meses.
Las víctimas ofrendadas al dios del fuego, Xuihtecuhutli, eran sedadas y arrojadas al fuego. Luego los sacerdotes los pescaban con un gancho, chamuscados pero vivos, y los arrastraban fuera de la hoguera para extirparles el corazón aún palpitante.
Los sacrificios humanos de los aztecas han sido estudiados más extensamente que otros. La mayoría de los estudiosos ya no trata de explicarlo de manera demasiado técnica, eran sacrificios religiosos y punto.
Se ha tratado de relacionar los sacrificios aztecas con la falta de alimentos que proporcionaban los animales domesticados en la América precolombina, argumentando que la carne humana proporcionaba proteínas necesarias.
Esta posición sostiene que la cultura azteca es la única cultura urbana de la historia sin animales grandes como alimentación habitual y a la vez la única que comía carne humana con regularidad. Esta relación es discutida y no del todo aceptada.
Se argumenta también que la magnitud de los sacrificios aztecas supera tan ampliamente en cantidad a la mayoría de las matanzas religiosas que requiere otro tipo de explicación.

La Inquisición y la caza de brujas no pueden compararse en cantidad, por ejemplo.
Aún las víctimas en el circo romano llegan a la mitad del índice anual de los sacrificios aztecas, a pesar de llevarse a cabo en un territorio y una población mucho mayores.
Los aztecas exhibían las cabezas de sus víctimas en espacios públicos, donde colocaban las calaveras en fila y ordenadas.
Las estanterías de Tenochtitlán contenía 136.000 calaveras, según relatos del soldado y cronista español Andrés de Tapia, aunque la cifra parece discutible.
La de Xocotlán exponía más de 100.000 calaveras según otro conquistador español, Bernal Díaz del Castillo.
La variación en la estimación de cifras de muertos es enorme, pero parece haber algún consenso en que los aztecas sacrificaron aproximadamente a 20.000 personas por año a lo largo de dos siglos.
En la península de Yucatán, México, se encuentra un sitio que alguna vez fue fundamental para los rituales de sacrificio mayas: el cenote sagrado de Chichén Itzá.
Este sumidero natural esconde secretos de sacrificios humanos y fervor religioso que siguen intrigando a los estudiosos hasta el día de hoy.
También proporcionó la clave para comprender el uso de lo que se ha descrito como uno de los grandes logros tecnológicos y artísticos de Mesoamérica: el azul maya.
– Las víctimas del sacrificio maya fueron pintadas de azul y arrojadas a un sumidero
El azul maya es un color turquesa vibrante, que recuerda a las aguas del Caribe. Se ha encontrado en una variedad de artefactos mayas, incluyendo cerámica, murales y esculturas, que datan de entre el 300 y el 1500 d.C. Un pigmento artificial creado fusionando índigo y paligorskita (un tipo de arcilla) a fuego lento, lo que lo hace notablemente resistente al paso del tiempo.
Elaborado por primera vez por la civilización maya, el azul maya ha desconcertado a los científicos desde su descubrimiento inicial en la década de 1930. Su síntesis ha sido aclamada como una maravilla alquímica, y los investigadores descifraron sus componentes en la década de 1960.
El azul era el tono sagrado del sacrificio entre los antiguos mayas y simbolizaba al dios de la lluvia Chaac. Se hacían ofrendas humanas, adornadas de azul, para apaciguar a Chaac durante las sequías, con el objetivo de provocar lluvias. Los textos del siglo XVI incluso describen escenas de sacrificios en Chichén Itzá donde las víctimas eran pintadas de azul antes de su muerte ritual.
– Ecos del sacrificio: revelando los secretos del azul maya en Chichén Itzá
El Cenote Sagrado de Chichén Itzá es un sumidero de 60 metros de diámetro (197 pies) que fue visto como una puerta de entrada al inframundo y utilizado para realizar sacrificios durante épocas de sequía en la era maya.
Conectada a la icónica pirámide escalonada de la ciudad a través de una pasarela elevada de 300 metros, su macabro propósito quedó confirmado cuando Edward Herbert Thomson dragó el sumidero en 1904.

Thomson descubrió una variedad de artefactos, incluidos muchos hechos de oro, jade, madera, textiles y cerámica, así como docenas de esqueletos humanos. El papel del azul maya en estos rituales de sacrificio comenzó a surgir cuando Thompson notó una capa de sedimento azul de cinco metros (16 pies) que recubría las profundidades del cenote, aunque no entendió el significado en ese momento.
Varias décadas después, un sencillo cuenco de cerámica almacenado en una colección de museo y originalmente encontrado en el fondo del cenote fue clave para revelar dónde, cómo y cuándo se produjo el azul maya. Al descubrir que el cuenco contenía incienso de copal, se despertó el interés del antropólogo Dean Arnold, y sus resultados se publicaron en Antiquity en 2008.
La corazonada de Arnold demostró que el incienso contenía tanto paligroskita como índigo, que se habrían calentado al quemar incienso para hacer que Maya fuera azul. Esto significaba que el azul maya se producía en cuencos de cerámica durante la realización de rituales que tenían lugar al lado del sumidero.
Las víctimas de los sacrificios humanos y los objetos preciosos estaban pintados con azul maya, un gesto simbólico de su sumisión a lo divino. Estos sacrificios, adornados con matices sagrados, eran luego arrojados a las profundidades del cenote para apaciguar la voluntad divina de Chaac.
– Los sacrificios humanos entre los aztecas. Un contexto de poder, mito y religión

En el México prehispánico, y en particular entre los aztecas, se practicaban 3 clases de rituales sangrientos relacionados con la persona: el autosacrificio o rituales de efusiones de sangre, los rituales asociados a las guerras y los sacrificios agrarios. No consideraron al sacrificio humano como una categoría específica, sino que formaban parte importante del algún determinado ritual.
Los sacrificios humanos se llevaban a cabo en especial en las épocas de fiestas en un calendario de 18 meses, cada mes con 20 días, y correspondían a una determinada divinidad. El ritual tenía como función la introducción del hombre en lo sagrado y servía para darle a conocer su introducción en un mundo diferente como lo sería el correspondiente al cielo o al inframundo, y para ello era necesario tener un recinto y tener un ritual.
Los recintos utilizados presentaban diversas características, desde un escenario natural en un monte o cerro, un bosque, un río, una laguna o un cenote (caso de las mayas), o eran recintos creados para ello como templos y pirámides.
En el caso de los mexicas o aztecas ya ubicados en la ciudad de Tenochtitlan, tenían un Templo Mayor, el Macuilcalli o Macuilquiahuitl (lugar de las 5 casas o lugar de las 5 lluvias) en donde se sacrificaban los espías de ciudades enemigas, el Tzompantli (fila o hilera de cabezas) en donde se ensartaba la cabeza de la víctima sacrificada en una estaca de madera, el Teutlalpan o Teotlalpan (lugar del juego de pelota), el Coacalco, considerado como un lugar donde se podía tener a dioses hechos prisioneros, o el Cuauhxicalco otro recinto cercano al Templo del Sol y que se utilizaba para quemar o preparar a cautivos antes de ser sacrificados.
En el caso del autosacrificio el ritual se iniciaba con una penitencia que asociaba varias clases de mortificaciones: ayuno, abstinencia sexual, reclusión, vigilia y efusiones de sangre. Se comía solamente determinados platillos hechos para esa ocasión. La toma de tabaco, fumado o tragado crudo mezclado con cal, era un acompañante de esta parte del ritual de la penitencia. Un fuego alumbrado debía arder durante la totalidad de este período.
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En el caso del rey este período de penitencia era previo a su instalación en el poder, y se repetía en compañía de guerreros y sacerdotes en las fiestas anuales y antes de las guerras, para ser favorecido por sus dioses. La gente común también practicaba abstinencia y mortificación sobre todo antes de las fiestas del dios Huitzilopochtli.
En el caso de los rituales con sacrificio humano, no se realizaban sin que el sacrificante o sacerdote hubiera sufrido previamente una mortificación. Es probable, como mencionan algunos autores, que el corazón del sacrificado representara el corazón del pueblo o del rey en ofrecimiento a sus dioses.
En los rituales de guerra participaban no solo los propios guerreros, sino también sus mujeres y los sacerdotes, los primeros prisioneros eran sacrificados en campo y los restantes eran llevados a la ciudad de Tenochtitlan, y para recibirlos el rey y los guerreros se sangraban.
En el caso de los sacrificios agrarios, existía un sacrificante (el campesino), una víctima (hombre, mujer, niño) y una deidad. La víctima era vestida como el dios y era sacrificada en el ritual y después enterrada, consumida o incinerada.
Las ceremonias eran relacionadas con la agricultura y representaban a deidades del sol, la tierra, la fertilidad, el agua, el maíz y seguían un determinado orden de calendario anual y así mediante una clase de «tratado», por un acto mágico de reciprocidad el hombre entregaba su dolor y su cuerpo a las deidades para conseguir agua, lluvia, maíz y crecimiento de las plantas.

El ritual era muy importante, porque de no hacerlo se profanaban estos recintos sagrados y no le era posible al ser humano penetrar en el mundo de los dioses.
El ritual también era practicado por todos los participantes porque era necesario encontrarse «puro», es decir haber dejado toda falta, y para ello se requería hacer ofrendas a los dioses, abstinencia sexual y practicar en algunos casos un autosacrificio consistente en infligirse dolor a sí mismo y en dar sangre para el sustento de los dioses.
Por lo general la sangre era derramada en los cúes (adoratorios) de día o de noche, y delante de estatuas de dioses y demonios, en ocasiones se hacían sangrar la lengua a través de navajas y se introducían pajas gruesas de heno, también se obtenía sangre de brazos, piernas y si no existían cúes se podía derramar la sangre en una cueva o en un monte.
Había celebraciones en las que los hombres derramaban sangre 5 días previos a la fiesta principal y con la sangre se untaban el rostro o se pintaban rayas.
En fiestas muy especiales como la de Etzalqualiztli (la tercera fiesta del dios Tlaloc en el sexto mes del calendario azteca), antes del amanecer hombres y mujeres desnudos se dirigían a donde estaban puntas de maguey que un día antes habían cortado y se cortaban orejas y brazos para ensangrentar las puntas y también sus rostros e iniciaban la ceremonia.

En la fiesta de Quecholli (nombre de origen maya que indica familiaridad, hogar), el ritual era la obtención de la sangre solo de las orejas. En la fiesta de Panquetzaliztli (levantamiento de banderas) se honraba al dios principal que era Huitzilopochtli, se cortaban las orejas, ensangrentaban 4 puntas de maguey, 2 eran ofrecidas al dios, una se tiraba al agua y la otra se clavaba en la orilla del agua.
El historiador León-Portilla menciona que se llegaban a atravesar con las agujas y varas cualquier parte del cuerpo y si había varas muy ensangrentadas se barrían al día siguiente en la casa del dios o en el camino hacia la casa del dios.
Es importante mencionar que los rituales acompañados de sacrificio no fueron exclusivos de Mesoamérica, existen testimonios de su práctica en China, en Grecia, en el continente africano; aun en el siglo xix los ingleses reportaron que un grupo étnico del norte de la India, los thugs tenían la costumbre de estrangular en forma ritual a los viajeros que transitaban por sus tierras, y de esa forma los transformaban en víctimas para su diosa.
El acto de sacrificar deriva de un verbo en latín que indica «hacer sagrado» y en Mesoamérica estuvo muy relacionado con las guerras, que tenían como objetivo además de la dominación del pueblo, la obtención de víctimas para «sacrificarlos» a sus dioses.
Los cautivos en el caso de los aztecas eran conducidos a su ciudad México-Tenochtitlan, donde desfilaban frente al tlatoani o rey y frente a la estatuas de las deidades principales y eran prisioneros en las casas de los guerreros, en donde ayunaban y a veces bailaban con sus captores, y al día siguiente el cautivo era conducido por su propia voluntad o por la fuerza hasta la cima de una pirámide o un monte, en donde se realizaba el sacrificio.
Los sacrificados eran muy variados: hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, nobles, hombres comunes, extranjeros, etc.
En general las víctimas, pertenecían a 2 grandes categorías: los que servían para alimentar a los dioses y los que cumplían el papel de «representantes» de los dioses, como en el caso del mito de la Guerra Sagrada para alimentar al Sol y la Tierra, niños representaban a los tlaloques o pequeños dioses de la lluvia, jóvenes representaban a Huitzilopochtli o a Tezcatlipoca, mujeres representaban a diosas del maíz, ancianas o mujeres maduras representaban a la Tierra y ancianos representaban al inframundo y de esa manera se rendía culto a la estatua del dios o a su representante vivo en la tierra con lo que el dios era «vivificado».

Se pensaba que el sacrificio purificaba al que lo ofrecía, y podía alargar su vida para que alcanzara después de muerto un más allá feliz en la Morada del Sol.
El sacrificado también debía de pasar por un ritual de preparación que le permitiera entrar en contacto con lo sagrado.
En primer lugar, el esclavo o la persona que iba a ser sacrificada pasaba de un Tlacotli (esclavo) a Tlaltilli (esclavo bañado) y el dueño del esclavo se denominaba para la fiesta como Tealtiani (el que se ha bañado), el baño era con agua caliente y con algunas esencias.
Después venía la danza en donde se distinguían 2 tipos de baile: el macehualiztli (baile del merecimiento) para diferenciarla del baile popular que se llamaba netotiliztli.
El otro ritual de danza era el mitotiliztli (danza solar o danza cósmica) en el que el baile estaba enfocado al dios sol.
Una vez que el sacrificado pasaba los actos de purificación, tenía que llegar alegre al momento del sacrificio, para ello se le proporcionaban mujeres para su desgaste físico o se le daban bebidas embriagantes o alucinógenos en forma de bebidas o de comida.
El otro elemento del ritual era la música, ya que durante toda la fiesta había ritmos continuos, persistentes, armónicos con trompetas y tambores como soporte melódico para crear un ambiente especial en la población y en la víctima para que el ritual se llevara cabo en toda su solemnidad.
El sacrificio era la esencia del rito de expiación, que consistía en la muerte del sujeto con la finalidad de liberar la energía necesaria y conservar el equilibrio y armonía en el cosmos. Se colocaba el cuerpo extendido de la víctima sobre una piedra cuya punta había sido redondeada; 4 sacerdotes lo mantenían sujeto de brazos y piernas, y a veces un quinto sacerdote le tomaba de la garganta.
A los sacerdotes se les denominaba Chachalmelca que indica ministro o sacerdote de cosa divina; el tener este privilegio se heredaba de padres a hijos.
El quinto o sexto sacerdote era el más importante y era el pontífice o supremo sacerdote, el cual portaba un gran cuchillo de pedernal muy agudo y ancho, mientras el mismo u otro llevaba una collera de palo labrada con la figura de una culebra.
Se ponían frente al ídolo, hacían una inclinación y se situaban junto a la piedra puntiaguda que era tan alta que llegaba a la cintura, tan puntiaguda que doblaba al sujeto que iba a ser sacrificado para favorecer el que al dejar caer el cuchillo se abriera el tórax del sacrificado como en el caso de una granada.
El sumo sacerdote le abría el pecho, le sacaba el corazón arrancándolo con las manos y lo mostraba al sol y luego se volvía al ídolo y se lo arrojaba al rostro.

El cadáver era tomado por los quaquacuiltin (ancianos sacerdotes), ya que no podía ser tomado por otras manos, era descuartizado y en ocasiones repartido entre los comensales para comer, lo que formaba parte de determinados rituales o fiestas; en otras ocasiones la cabeza se ensartaba en el Tzompantli y el resto, incluyendo el corazón, era arrojado a las aguas o bien enterrado, o bien colocado en un recipiente especial denominado cuauhxicalli (vasija de las águilas).
En algunas ocasiones después del sacrificio existía un combate simulado llamado por los españoles «sacrificio gladiatorio», en el que los cautivos eran amarrados a una gran piedra redonda llamada temalacatl, situada al pie de la pirámide y se le armaba con macanas o cuchillos falsos y combatía contra guerreros bien armados; al morir el cautivo, el sacerdote extraía su corazón, o moría a causa de flechas disparadas por guerreros.
Si se llegaban a guardar los huesos de cráneo y miembros, se forraban y se les llamaba maltéotl (dios cautivo), a la muerte del guerrero se le incineraba junto con los huesos de sus cautivos. Dos palabras en náhuatl calificaban la relación entre el hombre y las deidades de la naturaleza: macehua (conseguir) e ixtlahua (pagar).
La primera designaba todas las prácticas de penitencia e incluía la vigilia, la abstinencia sexual y las efusiones de sangre, y la segunda nextlahualli (pago) era propiamente el sacrificio; se puede así dilucidar que el hombre pagaba su subsistencia a los dioses no con su propio cuerpo sino con el cuerpo de otro hombre, por eso la guerra era la que proveía el mayor número de víctimas y el guerrero vencedor se vestía de yeso y plumas como su prisionero y su familia lo lloraba como si fuese la víctima y si el cuerpo era destinado a ser comido, el guerrero no comía, porque era imposible que comiera su propia carne.
En resumen, las víctimas del sacrificio solían tener uno de 2 significados principales.
Por un lado, las nextlahualtin (restituciones) en que los individuos eran un medio de pago y daban el alimento más preciado en retribución a la divinidad.

Por otro lado, estaban las teteo imixiptlahuan (imágenes de los dioses) que eran sujetos poseídos por la divinidad para recibir la muerte en el sacrificio, y representaban la muerte que sufrió el dios al inicio de los tiempos; así la divinidad desgastada, sucumbía al filo del cuchillo pedernal, viajaba a la región de los muertos y recuperaba allí sus fuerzas para volver a nacer.
En general, los rituales tenían una amplia gama de víctimas, ya estaba estipulado con rigor el origen, el sexo, la edad y la condición de quienes habrían de morir. Por ejemplo una vez al año una mujer de familia noble era sacrificada en la festividad agrícola más importante.
Los niños con 2 remolinos en la cabeza eran ofrecidos por sus propios padres a los dioses de la lluvia, los albinos eran ofrecidos por sus padres al dios sol en los eclipses y los enanos y jorobados eran sacrificados cuando moría un rey para que le sirvieran en el más allá. También existían voluntarios como era el caso de sacerdotes, de músicos y de prostitutas.
Y otro grupo numeroso eran los esclavos que eran tratados como sirvientes domésticos y podían obtener su libertad mediante pagos o podían ser vendidos si se comportaban mal a los comerciantes, o eran sacrificados en alguno de los rituales. Según la ceremonia, la liturgia determinaba la forma de morir y el destino del cadáver.
También existían además rituales destinados a restablecer la seguridad y el orden perdidos durante enfermedades, sequías, inundaciones y hambrunas.
En todas las ceremonias, las víctimas destinadas al sacrificio debían portar los atributos de la divinidad a la que se rendía culto. La manipulación adecuada del ritual era indispensable para continuar la vida y existía una analogía muy especial en los objetos que se presentaban como ofrendas así como en el sujeto que era sacrificado.
Visto así, los sacrificios humanos tienen una lógica interna en la que los habitantes de Mesoamérica, ante la imposibilidad de establecer una comunicación «normal» con las fuerzas de la naturaleza, trataban de ejercer influencia sobre ellas con un esquema de interpretación.
En el ritual se encuentra la explicación de los ciclos de la naturaleza que son amenazados por el momento que se presenta: ¿Cómo asegurar una buena cosecha? ¿Cómo tratar en el resultado de una guerra? ¿Cómo favorecer la llegada de la lluvia? ¿Cómo recuperar la salud?
Las respuestas a estas preguntas hacen que el ser humano se vea en la necesidad permanente de solicitar que su vida siga siendo la que ha llevado o de esperar que pueda retornar a ella después de que se presentó algo importante o trascendental en su vida. No es de extrañar entonces que el médico o médica de la época representara un papel importante en estos rituales.
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