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Mentiras gozosas: la domesticación de la infancia…


De ilusión también se vive (1947). Imagen 20th Century Fox. Mentiras
De ilusión también se vive (1947).

JotDown(C.Frabetti) — Después de tantos años debería haberme acostumbrado, pero nunca deja de sorprenderme, al llegar las navidades, el aplomo con que en todos los medios, y muy especialmente en los informativos de la televisión, se habla de Papá Noel y de los Reyes Magos como si fueran reales.

A lo sumo una media sonrisa en el rostro impávido del presentador, un guiño cómplice al hablar con afectado rigor informativo de las peripecias de «sus majestades». Un guiño de complicidad con los adultos, claro, no con los niños, sino más bien contra ellos (como cuando nos reímos de una persona pretendiendo que lo hacemos con ella).

Y con la renovada sorpresa navideña me vuelve el recuerdo de un par de niños, uno desengañado y otro solo a medias. El primero, sobrino de un amigo muy querido, dijo con amargo desencanto infantil: «Si Papá Noel no existe, Dios tampoco», y el segundo protagonizó la anécdota que referiré más adelante y que me inspiró una inesperada reflexión política.

  • La abducción de Papá Noel

El razonamiento del primer niño podría parecer precipitado: de la inexistencia de Papá Noel no se infiere necesariamente la inexistencia de Dios, por lo que la deducción no es correcta. Pero la abducción sí, como diría Peirce, pues ambos arquetipos son elementos básicos de un mismo relato, que se tambalea al quedar invalidado uno de ellos (es difícil creer en Júpiter Tonante sabiendo que los rayos no son venablos).

Los niños —al igual que los científicos— continuamente tienen que elaborar hipótesis a partir de informaciones insuficientes o engañosas, lo que los convierte en abductores ingenuos, pero a menudo certeros. 

Tal vez convenga aclarar que la abducción de la que hablo no tiene nada que ver con supuestos secuestros de humanos por parte de alienígenas. Pues, aunque es más conocida la acepción ufológica del término, en la jerga de la lógica una abducción es un silogismo cuya premisa no es segura, sino solo probable.

Y puesto que, tanto en la vida cotidiana como en la investigación científica, casi nunca podemos estar seguros de nada, en realidad la mayoría de nuestros razonamientos son abductivos, incluso cuando creemos partir de certezas: los silogismos perfectos solo tienen cabida en los cursos de lógica y en la matemática pura.

Y esto llevó al científico y filósofo Charles S. Peirce, a finales del siglo XIX, a proponer el concepto de abducción —redefinido por él— como clave del pensamiento creativo. Para Peirce, la abducción no es una anomalía o variante imperfecta de la deducción, sino que, en pie de igualdad con esta y con la inducción, constituye el trinomio básico del pensamiento, y muy especialmente de la generación de nuevas ideas.

La abducción propone hipótesis, la deducción saca conclusiones de estas hipótesis y la inducción contrasta dichas conclusiones con la experiencia para reforzar o refutar las hipótesis propuestas. Abducción, deducción e inducción son, pues, las tres patas de la inferencia. Y los pilares del método científico. Y del desengaño infantil en un mundo en el que los adultos no suelen decir la verdad.  

  • En España no hay unicornios

Los unicornios existen... y en España tienen género

Porque la verdad solo es digna de ese nombre cuando es «toda la verdad y nada más que la verdad», como reza la conocida fórmula jurídica con la que se toma juramento en los tribunales de algunos países. Las omisiones, los añadidos o las connotaciones de una versión sesgada pueden distorsionar la verdad hasta hacerla irreconocible.

Hace unos años, yendo por una deslumbrante calle navideña que invitaba a dejar volar la imaginación, oí este breve diálogo entre un niño de unos siete años y su padre:

—Papá, quiero ver un unicornio.

—En España no hay unicornios, hijo.

Es cierto, en España no hay unicornios. Pero decir que en España no hay unicornios en vez de decir que los unicornios no existen, es dar a entender que en otros lugares sí los hay o podría haberlos.

En España no hay presos políticos en la misma medida y por la misma razón que no hay unicornios: porque no existen. Ni han existido nunca. Cuando un objetor de conciencia iba a la cárcel, no lo encarcelaban por sus ideas, sino porque infringía una ley que dictaminaba que el servicio militar era obligatorio.

Cuando un antifranquista iba a la cárcel por repartir octavillas o ejemplares de Mundo Obrero, no lo encarcelaban por sus ideas, sino por infringir una ley que prohibía difundir esas ideas mediante publicaciones ilegales.

Por definición, alguien que va a la cárcel después de ser juzgado, es porque un juez lo ha declarado culpable de haber cometido un delito y lo ha condenado a prisión. Por lo tanto, solo se podría considerar preso político a alguien que fuera encarcelado sin que ningún juez lo ordenara; pero en ese caso no cabría hablar de encarcelamiento, sino de secuestro.

Por lo tanto, los presos políticos, al igual que los unicornios, no existen. Menos aún que los unicornios, que podrían llegar a existir gracias a la ingeniería genética, mientras que un preso político, si aceptamos la ley que lo encarcela, es un oxímoron, una contradictio in terminis, y por lo tanto no existe ni puede existir.

Así pues, los embaucadores que repiten como una jaculatoria que en España no hay presos políticos, intentan hacernos creer que en otros lugares u otras épocas sí los hay o los ha habido, y que aquí no los hay porque vivimos en una «democracia consolidada», amparados por una ley que todos deben cumplir.

Y si aceptamos sus premisas, esos embaucadores tienen razón: tanta como el dictador del que son herederos y su «democracia orgánica». Porque si aceptamos la ley que los encarcela —entendiendo por ley no solo la legislación vigente, sino también a los jueces que la interpretan y al Gobierno que los manipula— todos los presos son presos comunes.

Y viceversa: si no aceptamos a un Gobierno corrupto, ni a unos jueces indignos, ni unas leyes cuyo principal objetivo es defender los privilegios de una minoría, ni un sistema carcelario inhumano, todos los presos son presos políticos.

  • Mentiras gozosas
Nicolás de Bari - Wikipedia, la enciclopedia libre
San Nicolas

Y en el mismo sentido en que todos los presos son presos políticos, en este mundo de verdades edulcoradas, medias verdades y mentiras repetidas mil veces, todos los niños son presos mentales (y las niñas más; pero ese es otro artículo).

A la consabida clasificación de las mentiras en perniciosas, oficiosas, jocosas y piadosas, habría que añadir las mentiras gozosas, que van un paso más allá de las piadosas y no se limitan a ocultar o embellecer una verdad cruel, sino que inventan una seudorrealidad encantadora (en ambos sentidos del término).

Y entre las mentiras gozosas con las que se manipula y entontece a la infancia, destaca por derecho propio la de Papá Noel (y sus equivalentes: Reyes Magos, Olentzero, Befana…), el premiador de bondades y repartidor de regalos.

Un juego de ilusiones aparentemente festivo y amoroso que, en realidad, es una solapada técnica de domesticación y sometimiento.

Porque Papá Noel, más que un avatar de san Nicolás, lo es del propio Dios: premia a los buenos (con juguetes, pequeños heraldos del sublime ocio paradisíaco) y castiga a los malos (con carbón, potencial alimento del fuego del infierno) al terminar el año, del mismo modo que Dios premia a los buenos y castiga a los malos al terminar la vida.

  • Mentiras espantosas

Las mentiras gozosas tienen su reverso oscuro —y su complemento necesario— en las mentiras espantosas, pues la domesticación de la infancia, como todas las domesticaciones, se basa en el binomio premio-castigo.

Si te portas bien, los Reyes Magos te traerán juguetes, festivos heraldos del sublime ludus paradisíaco; si te portas mal, te traerán carbón, negra metonimia del fuego infernal.

El mero hecho de que la letra de una de las nanas más populares dijera (con voz suave y melodiosa, para más inri) «Duérmete, niño, duérmete ya, que viene el coco y te llevará», habría sido motivo suficiente para quitarles la custodia a varias generaciones de progenitores.

Y los menos jóvenes hemos tenido ocasión de escucharla en vivo y en directo, pues hasta hace poco era frecuente aterrorizar y pegar a los más pequeños, a una edad en la que los golpes y los sustos dejan marcas indelebles.

No es casual que algunas películas de terror especialmente desasosegantes se basen en la difundida práctica de castigar a los niños encerrándolos en el infame «cuarto oscuro».

La brutal amenaza del coco que se lleva —o se come, según las versiones— a los niños que duermen poco es un claro ejemplo del tipo de mentiras que pretenden convertir las funciones básicas —comer, dormir, lavarse…— en deberes sacrosantos cuyo incumplimiento merece un castigo severísimo.

Otras mentiras espantosas buscan preservar la hipócrita moral sexual burguesa («Si te tocas la colita se te caerá») y pueden prolongarse, convenientemente actualizadas, hasta la adolescencia («Si te masturbas te quedarás ciego o raquítico»).

  • Mentiras disonantes

Junto a —o en medio de— las mentiras gozosas y las espantosas, cabe situar a modo de tertium genus las que podríamos denominar mentiras disonantes (en referencia a la disonancia cognitiva), capaces de provocar alternativamente —o incluso simultáneamente— gozo y espanto, en la medida en que son intrínsecamente contradictorias o remiten a contradicciones flagrantes.

La conducta de los animales, incluidos los humanos, responde a tres pulsiones básicas: el hambre, la libido y el miedo, y una sociedad se define, en gran medida, por la forma en que regula estos impulsos primordiales y por los relatos con los que expone y justifica dicha regulación (uno de estos relatos —a menudo el más importante— es, obviamente, la religión; pero este artículo se centra en las mentiras, y mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar, por lo que quienes trasmiten de buena fe sus convicciones religiosas engañan pero no mienten; habrá que dejar el espinoso asunto de la religión para otro momento).

Y dado que nuestra sociedad está lejos de gestionar de forma satisfactoria —o tan siquiera coherente— las pulsiones y necesidades básicas, los relatos justificatorios suelen estar plagados de falacias y contradicciones, especialmente los destinados a la infancia.

Que el consumo de carne y productos lácteos es una aberración dietética y sanitaria, así como una de las principales causa de la deforestación y el cambio climático, hace tiempo que es un hecho comprobado y repetidamente denunciado por científicos, médicos y ecologistas.

Pero la criminal industria ganadera, como en su día la tabacalera, utiliza sus poderosísimos recursos, influencias e intereses creados para sobornar, silenciar, amenazar y difundir por los grandes medios unas mentiras que, repetidas mil veces, se convierten en supuestas verdades admitidas sin rechistar por legiones de necios, como los publicistas aprendieron de Goebbels.

Que viene el Coco, de Francisco de Goya.

Y a los niños se les sigue diciendo que tienen que tomar mucha leche para crecer fuertes y sanos, lo que no es menos grave que incitarlos a fumar o a beber vino (Si alguien cree que exagero, puede encontrar abundantes informes y testimonios aún más contundentes en la red, e incluso en plataformas tan poco sospechosas de radicalismo como Netflix o Prime; por ejemplo, el documental What the Earth (2017) o la serie Eres lo que comes, en Netflix, y los documentales One Earth: Everything is Connected (2022), La dieta que nos conduce a la extinción (2022) o El fin de la carne (2019), en Prime)

Y por si fuera poco, les contamos cuentos como el de los tres cerditos o el de los siete cabritillos, y luego los homologamos con el lobo feroz —injustamente criminalizado— dándoles un bocata de jamón o unas costillas a la brasa.

Las niñas y niños más inteligentes y sensibles, al descubrir falacias y contradicciones flagrantes en las narrativas de sus mayores, pueden reaccionan de distintas maneras, que van desde la rebeldía abierta hasta la depresión; pero la mayoría, con el cerebro sistemáticamente —sistémicamente— embotado desde la cuna, asumen de forma pasiva y acrítica el irracionalismo reinante.

El mayor perjuicio de las mentiras disonantes —así como su fundamental contribución al mantenimiento del orden establecido— es que abocan a millones de niñas y niños a la disonancia cognitiva.

Por lo que respecta a la libido, si algo dejó claro Freud en sus escritos metapsicológicos (seguramente lo más interesante de su producción), es que la civilización conlleva la represión severa de los impulsos sexuales, especialmente en la infancia (no es casual que el aspecto de sus teorías que en su momento suscitó más rechazo fuera su descripción de una sexualidad infantil «perversa y polimorfa»).

En este caso, la mentira disonante rebota en su objeto —la infancia— y (en)vuelve al emisor —el mundo supuestamente adulto— provocando el consabido efecto del traje nuevo del emperador: se consensúa como políticamente correcta una visión idílica y asexuada de la infancia en la que, en el fondo, nadie cree.

En cuanto a la tercera pulsión básica, el miedo, es sin duda una ventaja evolutiva que en los primeros años de vida sea tan frecuente e intenso. Al igual que nuestros remotos antepasados, las niñas y niños de hoy suelen tener miedo de la oscuridad, del fuego, del agua profunda, de las alturas, de algunos animales, de los desconocidos…

Y, en principio, es bueno que así sea, e incluso hay que fomentar estos temores en los casos en los que, por alguna razón, no surgen espontáneamente. Pero una cosa es fomentarlos en su justa medida (para evitar, por ejemplo, que se queme un niño fascinado por la llama de una vela) y otra muy distinta exacerbarlos sin freno.

En lo relativo al miedo, las mentiras disonantes se unen con frecuencia a las espantosas y a las sobreprotectoras, para dar lugar a relatos disuasorios que entenebrecen la realidad y convierten a sus destinatarios en pusilánimes precoces. Pero ese es otro artículo.

La doncella y el unicornio, de Domenichino.

¿Dijiste media verdad?

Dirán que mientes dos veces

si dices la otra mitad.

(Antonio Machado)

En un congreso sobre el control de la infancia celebrado en Sevilla en 2012, tuve ocasión de conversar largo y tendido con Judith Miller, la hija de Jaques Lacan. Me temía lo peor —un indigerible rollo lacaniano— y me encontré con lo mejor: una crítica radical de la manipulación sistemática —sistémica— de la infancia por parte de las instituciones, empezando por la familia.

Este artículo es, en alguna medida, un resumen de aquellas conversaciones y un pequeño homenaje a Judith, que falleció en 2017, antes de que pudiéramos llevar a cabo nuestro proyecto de organizar un encuentro internacional sobre el estatuto epistemológico del marxismo y el psicoanálisis, como mencioné en un artículo anterior («Grandeza y miseria de los metarrelatos», 15/10/2022).

  • Sobreprotección e infra-atención

Terminaba la segunda entrega de esta breve serie señalando que las mentiras disonantes y las espantosas se unen con frecuencia a las sobreprotectoras para dar lugar a relatos disuasorios desproporcionados (cuando no delirantes).

Relatos que, más que proteger a sus destinatarios, tienen por objeto tranquilizar a sus emisores, que suelen ser los consabidos padres y madres «sobreprotectores»; entre comillas, porque la denominación es equívoca: sería más adecuado llamarlos seudo-protectores.

Pues la sobreprotección suele ser un intento neurótico de compensar la falta de atención real, algo que los niños de hoy echan de menos a menudo. Porque la atención real consiste, en primer lugar, en escuchar, y en segundo lugar, en responder; en una palabra: en dialogar.

Como nos advierte Rabelais: «Un niño no es una vaso que hay que llenar, sino una llama que hay que alimentar». Pero llenar vasos es más fácil, y además no corres el riesgo de quemarte los dedos.

Durante el último tramo de lo que los psicólogos denominan «fase de impregnación», es decir, entre los cuatro y los seis años, les niñes hacen muchas preguntas, puesto que han alcanzado la consciencia suficiente como para empezar a darse cuenta de las numerosas lagunas de su incipiente visión del mundo y, en consecuencia, sienten la acuciante necesidad de llenarlas.

Y muchos padres y madres carecen de la paciencia, la formación o la sinceridad necesarias para satisfacer las expectativas infantiles.

Y en esta etapa decisiva de la infancia, la falta de atención —que se traduce en falta de diálogo— es casi tan nociva como la falta de cariño (de hecho, la falta de atención es falta de cariño verdadero —ese que ni se compra ni se vende—, que es, ante todo, reconocimiento y respeto de la individualidad ajena).

Y algunos progenitores, vagamente conscientes de que la falta de atención dificulta la maduración intelectual y emocional de sus hijes, intentan compensarla con un exceso de protección.

  • Mentiras cualitativas
La política de la mentira - Global Politics and Law

La verdad solo es digna de ese nombre cuando es toda la verdad y nada más que la verdad, puesto que las omisiones y los añadidos maliciosos pueden distorsionarla hasta convertirla en una falacia.

A propósito de la infancia y la adolescencia, las mentiras por omisión son tan frecuentes como inicuas, ya que abusan de la precaria información de las víctimas, que no les permite llenar los huecos tendenciosos de la narrativa adulta.

Y en este sentido son especialmente arteras las que podríamos denominar «mentiras cualitativas», en tanto que omiten consideraciones cuantitativas relevantes.

Decirles a les jóvenes que el uso del preservativo no evita el riesgo de embarazo ni el de transmisión del VIH es un claro ejemplo de este tipo de falacia, pues hablar de riesgo sin cuantificarlo no tiene ningún sentido (salvo el de engañar, obviamente).

No es un ejemplo escogido al azar. Una controvertida campaña de finales de los ochenta para la promoción del uso del preservativo entre los jóvenes, cuyo eslogan era «Póntelo, pónselo», no solo suscitó las consabidas diatribas morales de los sectores más retrógrados de la Iglesia, sino también sus ataques seudocientíficos.

Recuerdo con consternación un debate televisivo en el que una dama del Opus Dei afirmó sin despeinarse que el preservativo no eliminaba por completo el riesgo de transmisión del VIH; pero lo más indignante no fue la desfachatez de la dama en cuestión, sino la falta de respuesta de sus oponentes, que demostraron una vez más que el anaritmetismo —la ignorancia matemática profunda, con su consiguiente atrofia del pensamiento cuantitativo— se traduce en pura necedad e insolvencia política.

Existe la posibilidad de que al ir por la calle te caiga algo —o alguien— en la cabeza: una maceta, un trozo de cornisa, un meteorito, un suicida… Pero si una madre no dejara salir a su hijo por miedo a tales impactos, lejos de considerarla prudente dudaríamos de su salud mental.

Pues bien, el riesgo de embarazo o de transmisión de enfermedades venéreas con un uso correcto del preservativo no es mayor que el de sufrir el impacto callejero de algo más masivo que un excremento de paloma.

De hecho, no sé de ninguna mujer que se haya quedado embarazada usando un preservativo y sí de un hombre al que se le cayó encima un suicida (que además es el argumento del relato Vidas perpendiculares, del antaño popular humorista Álvaro de Laiglesia).

  • Buda y el unicornio

Un caso extremo de sobreprotección y mentiras por omisión lo encontramos en la biografía semi-legendaria de Buda, según la cual el padre del príncipe Siddharta lo mantuvo recluido en su palacio hasta los veintinueve años, rodeado de lujos y comodidades, para evitarle cualquier tipo de peligro o experiencia desagradable.

Lámina rígida for Sale con la obra «Buda Montar Unicornio Flotador» de  Nikolay Lachezarov Todorov | Redbubble

Al salir furtivamente de su jaula de oro, el futuro iluminado se enfrentó con la vejez, la enfermedad y la muerte, es decir, con el sufrimiento inherente a la condición humana, y decidió dedicar su vida a la búsqueda de una vía de liberación (y encontró ocho: el óctuple sendero).

El caso de Buda es un tanto atípico, pues no son los jóvenes príncipes quienes suelen ser recluidos para protegerlos de los males del mundo, sino las jóvenes princesas.

Y lo que se protege, en el caso de las jóvenes princesas y otras doncellas cautivas de las leyendas y los cuentos tradicionales, es su virtud, que la narrativa patriarcal, en su fóbica negación de la sexualidad femenina, confunde con la virginidad.

Desde el mito partenogenético de la Virgen María hasta la leyenda del unicornio, pasando por un sinfín de narraciones ejemplares, tanto del folklore como de la cultura de masas, la pureza, en las jóvenes, se identifica con la castidad, (Hay que exigirle a la RAE que en su diccionario deje de figurar «castidad» como sinónimo de «honestidad», como si la honradez tuviera algo que ver con la abstinencia sexual) lo que equivale —la mentira por omisión se convierte en exclusión— a considerar impura a la mujer sexualmente activa.

En este sentido, la leyenda del unicornio es especialmente significativa: una doncella puede acogerlo en su regazo y acariciarlo sin temor (como en el casi obsceno lienzo del Domenichino); pero si una no virgen se atreve a acercarse al inmaculado monoceros, corre el riesgo de ser ensartada sin piedad por su poderoso cuerno. Todo un festín iconográfico para un psicoanalista.

De hecho, «el sueño del unicornio» de un paciente de Lacan dio lugar a abundante y muy jugosa literatura psicoanalítica; pero ese es otro artículo.

nuestras charlas nocturnas.

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