Lecciones de un presidente filósofo…

The New York Times(J.Nikas/Cuando era guerrillero se enamoró de una experta en falsificación. Cuando estuvo preso se hizo amigo de una rana. Cuando se convirtió en presidente rechazó un palacio para vivir en una casa con techo de zinc.
Ahora, a sus 89 años, José Mujica, expresidente de Uruguay, libra una batalla contra el cáncer desde la granja donde cultiva crisantemos y observa hormigas.
Hace unos días, Pepe Muijca, como se le conoce, recibió allí a Jack Nicas, jefe de la corresponsalía de The New York Times en Brasil.
Durante la entrevista, el expresidente le dijo al reportero que consideraba que la humanidad, por el camino que va, está condenada. ¿Por qué entonces sus mensajes son tan positivos? “Porque la vida es hermosa”, respondió Mujica. “Con toda sus peripecias, amo la vida. Y la estoy perdiendo porque estoy en el tiempo de irme”.
– ‘Eres libre cuando escapas a la ley de la necesidad’: lecciones de Pepe Mujica
Hace una década, el mundo sintió una fugaz fascinación por José Mujica. Era el informal presidente de Uruguay que había rehuido del palacio presidencial de su país para vivir en una pequeña casa de techo de zinc con su esposa y su perro de tres patas.
En discursos ante líderes mundiales, entrevistas con periodistas extranjeros y documentales en Netflix, Pepe Mujica, como se le conoce universalmente, compartió innumerables anécdotas de una vida digna de película.
Ha asaltado bancos como guerrillero urbano de izquierda; sobrevivió 15 años como preso político, incluso haciéndose amigo de una rana mientras permanecía en un agujero en el suelo; y ayudó a liderar la transformación de su pequeña nación sudamericana en una de las democracias más sanas y socialmente liberales del mundo.
Pero el legado de Mujica será algo más que su pintoresca historia y su compromiso con la austeridad. Se convirtió en una de las figuras más influyentes e importantes de América Latina en gran parte por su filosofía franca sobre el camino hacia una sociedad mejor y una vida más feliz.
Ahora, como él mismo dice, está luchando contra la muerte. En abril anunció que se sometería a radioterapia para tratar un tumor en el esófago. A sus 89 años, y ya diagnosticado con una enfermedad autoinmune, admitió que el camino hacia la recuperación sería arduo.

La semana pasada viajé a las afueras de Montevideo, la capital de Uruguay, para visitar a Mujica en su casa de tres habitaciones, llena de libros y tarros de verduras encurtidas, en la pequeña granja donde ha cultivado crisantemos desde hace décadas.
Mientras se ponía el sol en un día de invierno, Mujica se abrigaba con una chaqueta de invierno y un gorro de lana frente a una estufa de leña.
El tratamiento lo había dejado débil y apenas comía.
“Ten en cuenta que estás hablando con un viejo raro”, me dijo, inclinándose para mirarme de cerca, con un brillo en los ojos. “Yo no pego en el mundo de hoy”.
¿Cómo está su salud?
Me hicieron un tratamiento con radiología. Este, y según los médicos, anduvo bien, pero yo estoy deshecho.
(Sin que se le preguntase al respecto, añadió que cree que la humanidad, tal como va, está condenada)
¿Por qué lo dice?
Porque gasta mucho tiempo inútil. Se puede vivir más tranquilo. Mirá, Uruguay tiene 3 millones y medio de habitantes. Importa 27 millones de pares de zapatos. Hacemos basura. Trabajamos en pena. ¿Para qué?
Eres libre cuando escapas a la ley de la necesidad, cuando gastas tiempo de tu vida en lo que a ti se te ocurre. Si las necesidades se te van multiplicando, gastas el tiempo de tu vida en cubrir las necesidades.
Ahora, los humanos podemos crear necesidades infinitas. Resulta que el mercado nos domina y se queda con todo el tiempo de nuestra vida.
La humanidad necesita trabajar menos y tener más tiempo libre y ser más sobria. ¿Para qué tanta basura? ¿Por qué hay que cambiar el auto? ¿Cambiar de heladera?
Porque la vida es una y se va. Hay que darle sentido a la vida. Hay que luchar por la felicidad humana. No solo por la riqueza.
¿Cree que la humanidad puede cambiar?
Podría cambiar. Pero el mercado es muy fuerte. Ha generado una cultura subliminal que domina nuestro instinto. Es subjetivo. No es consciente. Ha hecho de nosotros voraces compradores. Vivimos para comprar. Y vivimos para pagar. Y el crédito es una religión. Entonces estamos como enroscados.
Pareciera que no tiene muchas esperanzas.

Yo —biológicamente— tengo porque creo en el hombre. Pero cuando pienso, soy pesimista.
Sin embargo, sus discursos suelen tener un mensaje positivo.
Sí, porque la vida es hermosa. Con toda sus peripecias, amo la vida. Y la estoy perdiendo porque estoy en el tiempo de irme. ¿Cuál es el sentido de la vida que le podamos dar nosotros? El hombre frente a los otros animales tiene la capacidad de encontrar una causa para su vida.
O no. Si no la encuentra, el mercado lo va a tener toda la vida pagando a costo.
Si la encuentra va a tener algo para qué vivir. El que investiga, el que le gusta la música, el que tiene una pasión deportiva, algo. Algo que le llene la vida.
¿Por qué decidió vivir en su propia casa durante su presidencia?
Porque quedan resabios culturales del feudalismo. Dentro de la República. La alfombra roja. Los que tocan la corneta. Y al presidente le gusta que lo adulen.
Una vez fui a Alemania. Me meten en un Mercedes-Benz. La puerta pesaba como 3000 kilos. Me ponen 40 motos atrás y otras 40. Una vergüenza tenía.
Tienen una casa para el presidente. De cuatro pisos. Para tomar un té tenes que caminar tres cuadras. Inútiles. Sería bueno para hacer un liceo.
¿Cómo le gustaría que le recordaran?
Ah, como lo que soy: un viejo loco.
¿Eso es todo? Hizo muchas cosas.
Tengo una cosa. La magia de la palabra.
El libro es el invento más grande del hombre. Lástima que la gente lee poco. No tiene tiempo.
Hoy en día la gente lee mucho en el teléfono.
Hace cuatro años lo tiré. Me tenía loco. Todo el día hablando pavada.
Porque quiero hablar conmigo. Aprender a hablar con el que llevamos dentro. Que fue el que me salvó la vida. Y como estuve muchos años solo, me quedó.
A veces ando con el tractor. Me paro, a ver un pajarito cómo hace su nido. Porque él nació con el programa. Ya es arquitecto, nadie le enseñó. ¿Conocés los horneros? Son albañiles perfectos los tipos.
Admiro la naturaleza. Casi tengo una especie de panteísmo. Hay que tener ojos para ver.
Las hormigas, son la cosa más comunista que puede haber. Son mucho más viejas y nos van a sobrevivir. Todos los seres colmenares son muy fuertes.

Volviendo a los teléfonos: ¿Está diciendo que son demasiado para nosotros?
La culpa no la tiene el teléfono. Somos nosotros los que no estamos a la altura de la tecnología. Hacemos un uso desastroso.
Porque un muchacho anda con una universidad en el bolsillo. Es maravilloso. Pero no, avanzamos más tecnológicamente que en valores.
Sin embargo, es en el mundo digital donde se vive gran parte de la vida actualmente.
Nada sustituye esto. (Nos señala a los dos hablando). Esto es intransferible. No se habla solo con palabras. Nos comunicamos con los gestos, con la piel. La comunicación directa es insustituible.
No somos tan robóticos. Los humanos son animales muy emotivos, que aprendieron a pensar, pero primero son emotivos. Y creen que deciden con la cabeza. Muchas veces la cabeza encuentra los argumentos para justificar las decisiones que tomaron las tripas. No somos tan conscientes como parecemos.
Y está bien. Porque ese mecanismo sirve para vivir. Es como la vaca que va al verde. Si hay verde, hay comida. Y va a ser difícil renunciar a lo que son.
Usted ha dicho en el pasado que no cree en Dios. ¿Cuál es su visión de Dios en este momento de su vida?
El 60 por ciento de la humanidad cree en algo y hay que respetarlo. Es que hay preguntas sin respuestas. ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿De dónde venimos, a dónde vamos?
No nos resignamos a que somos una hormiga en la infinitud del universo. Necesitamos la esperanza de Dios porque quisiéramos vivir.
¿Tiene algún tipo de Dios?
No. Yo respeto mucho a la gente que cree. Es como un consuelo ante la idea de la muerte.
Porque la contradicción de la vida es que es un programa biológico que está hecho para que luches por vivir. Pero desde el momento que arranca el programa estás condenado a morir.
Parece que la biología es una parte importante de su visión del mundo.
Interdependemos. No podríamos vivir sin los procariotas esos que tenemos en el intestino. Dependemos de una cantidad de bichos que ni vemos. La vida es una cadena y todavía está llena de misterios.
Espero que la vida humana se prolongue, pero tengo miedo. Hay muchos locos con armas atómicas. Mucho fanatismo. Tenemos que hacer molinos de viento, cambio energético. Y no, gastamos en armas.
Qué animal, ¿eh? Qué animal complicado el hombre: es inteligente y burro.

La historia de amor de dos rebeldes que llegaron a liderar Uruguay
Él dirigía un grupo armado de rebeldes. Ella era experta en falsificación de documentos. Robaban bancos, se fugaban de las cárceles y estaban enamorados.
Eran los primeros años de la década de 1970, y José Mujica y Lucía Topolansky eran integrantes de una violenta guerrilla de izquierda, los Tupamaros. Para ellos, sus crímenes estaban justificados: Luchaban contra un gobierno represivo que se había apoderado de su pequeña nación sudamericana, Uruguay.
Él tenía 37 años y ella 27 cuando, durante una operación clandestina, se encontraron por primera vez. Muchos años después Mujica, que ahora tiene 89 años, compararía su primera noche juntos, escondidos en la ladera de una montaña, como un destello de luz en la noche.
En medio de la guerra, hallaron el amor. Pero apenas unas semanas después, fueron encarcelados y sometidos a torturas y maltratos. Durante 13 años, solo lograron intercambiarse una carta. Los guardias confiscaron el resto.
En 1985 terminó la dictadura uruguaya. Fueron liberados de inmediato y no tardaron en encontrarse.
Fue un momento crítico en su extraordinaria historia de amor. Tras más de una década separados, su amor seguía vivo, al igual que la causa común que los había unido en un principio.
“Al otro día empezamos a buscar un local para juntar a los compañeros y reunirnos. Había que empezar a militar”, dijo Topolansky, de 79 años, en una entrevista en su casa la semana pasada. “No perdimos un minuto. Y no paramos, porque en realidad esa es nuestra vocación. Ese es el sentido de nuestra vida”.
En las décadas siguientes, Mujica y Topolansky se convirtieron en dos de las figuras políticas más importantes de su país, contribuyendo a transformar Uruguay en una de las democracias más sanas del mundo, elogiada regularmente por la solidez de sus instituciones y el civismo de su política.

Ambos fueron elegidos para el Parlamento de Uruguay, y se desplazaban juntos al trabajo en la misma motocicleta.
Mujica, conocido popularmente como Pepe, fue elegido presidente en 2009, en la culminación de una trayectoria política extraordinaria. En su toma de mando, como es tradición, recibió la banda presidencial de manos de la senadora más votada: Topolansky. También recibió de ella un beso.
En 2017, Topolansky fue nombrada vicepresidenta de Uruguay en otro gobierno de izquierda. En varios momentos, fungió como presidenta en funciones del país.
Al mismo tiempo, lejos de los reflectores, construyeron una vida tranquila en una pequeña granja de crisantemos a las afueras de Montevideo, la capital de Uruguay. Juntos cuidaban sus flores y las vendían en los mercados. A menudo se les ha visto juntos en su Volkswagen Escarabajo azul celeste de 1987 o escuchando tango en uno de sus bares favoritos de Montevideo.

Dicen que la cárcel les privó de la oportunidad de tener hijos. En su lugar, han cuidado de innumerables perros, incluido una mestiza de tres patas llamada Manuela que se hizo famosa por acompañar a menudo a Mujica cuando era presidente.
No siempre son románticos. En 2005 llevaban 20 años viviendo juntos, pero aún no se habían casado. Una noche, Mujica hizo una entrevista en un programa de televisión nacional. “Y ahí le dijo al periodista que nos íbamos a casar. Yo estaba mirando el programa y me enteré”, recordó Topolansky la semana pasada, riendo. “En realidad de vieja vine a claudicar”.
Se casaron en una sencilla ceremonia en su casa. Esa noche fueron a un mitin político.
“Unimos dos utopías”, le dijo Topolansky a un documentalista hace varios años. “La utopía del amor y la utopía de la militancia”.
Los detalles de su primer encuentro siguen siendo poco claros. Topolansky dijo que había proporcionado a Mujica documentos falsificados. Mujica ha dicho que Topolansky formaba parte de un equipo que le ayudó a él y a otros tupamaros a escapar de la cárcel, y que la vio por primera vez cuando asomó la cabeza por un túnel.

Topolansky dijo que los detalles son difíciles de recordar por una razón. “Esto se parece bastante a esos relatos de las guerras y eso donde las relaciones humanas tienen un marco de distorsión porque tú estás corriendo, podés caer preso, te pueden matar. Entonces no tiene los parámetros de una vida normal”, explicó.
Pero también fueron esas difíciles condiciones las que encendieron su fuego. “Cuando vives una vida clandestina, el afecto es realmente importante. Renuncias a muchas cosas. Por eso, cuando aparece una relación y el amor, ganas mucho”, dijo hace unos años al documentalista.
Ahora dicen haber entrado en uno de sus momentos más difíciles. En abril le diagnosticaron un tumor en el esófago a Mujica. La radioterapia le ha dejado débil.
La semana pasada estaba sentado frente a una estufa de leña en la casa que comparten desde hace casi cuatro décadas, mientras Topolansky le ayudaba a abrigarse un poco más al ponerse el sol. “El amor tiene edades. Cuando eres joven, es una hoguera. Cuando eres viejo, es una dulce costumbre”, dijo.
“Si estoy vivo es porque está ella”.
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