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La inteligencia artificial, y no la sequía, nos matará de sed …


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Hipercentro Google The Dalles, Oregon. Nubes de vapor emergen de sus torres de refrigeración, y son visibles en otoño e invierno, cuando la temperatura y humedad son bajas. Por ahí vemos evaporarse el río Columbia en una sequía. Cuando esté construido el hipercentro de Talavera, veremos algo similar, pero será el río Tajo el que se evapore.

JotDown(M.Sacristán) — El reportaje que vas a leer en varias entregas ha consumido más agua de la que tú y yo usaremos a lo largo de una semana. Es una cantidad estimada que suma el trabajo de investigación, lo que supuso generar y digitalizar la documentación consultada, y su búsqueda; el contacto con las fuentes; la edición, publicación, difusión en redes sociales y servidores que albergan los datos.

Y es una cantidad de agua irrisoria. Al menos si se compara con el océano de consumo que supone la digitalización. Es decir, con los millones y millones de litros que las máquinas tienen que beberse a diario para que leamos online, publiquemos en redes sociales, hagamos búsquedas, juguemos a videojuegos en grupo, o veamos series y películas por streaming. Por no hablar de la actividad laboral.

Para usar lo que llamamos, genéricamente, internet, necesitamos tanta agua o más que la agricultura de regadío. Es un fenómeno reciente, muy nuevo, cuyo inicio podemos fijar en 2017, año en que su crecimiento exponencial empezó a ser motivo de preocupación.

El motivo lo señala indirectamente el irlandés Gerry McGovern, uno de los mayores expertos en gestión de contenidos en internet, en su libro World Wide Waste. Allí explica que el 90 % de los datos creados en toda la historia de la humanidad se originaron entre 2017 y 2019.

Hablamos de datos digitales, y no es casual que a esa producción masiva le siguiera un gran desarrollo de la inteligencia artificial, porque pudo entrenarse con ellos. Su acceso vía internet lo posibilitaron los servicios en la nube, que funcionan gracias a centros de datos físicos: grandes infraestructuras de servidores que se calientan, necesitan ser enfriados, y que han incrementado exponencialmente su consumo hídrico.

En 2022 Microsoft empleó un 34 % más de agua, y Google, un 20 %. Estas empresas atribuyen el incremento a la implantación del uso de la inteligencia artificial, tanto por el entrenamiento de modelos como por el uso público. Es apenas un pequeño aperitivo de lo que viene. Cuando la IA se haya implantado masivamente en el mundo, hacia 2027, se beberá anualmente tanta agua como todo nuestro país en los próximos diecisiete años. La inteligencia artificial, y no la sequía, nos matará de sed.

Tu Nube Seca Mi Río – Impacto medioambiental de los Centros De Datos

Y es una estimación conservadora, porque el dato sale del estudio hecho en la universidad de California sobre consultas a chatGPT 3 cuando aún no se había lanzado el modelo 4. Diez consultas, medio vaso de agua. No parece preocupante. Cada ciudadano de la Unión Europea consume actualmente 187.3 gigas (GB) de tráfico de datos al año, y eso también es medio vaso de agua al día.

Recordando que fabricar un solo par de vaqueros consume casi 11 000 litros, parece mucho más peligroso que la gente compre vaqueros a que esté pegada al móvil todo el día. Pero el peligro, en ambos casos, es el mismo. Las fábricas de pantalones no se distribuyen por todo el planeta para consumir agua equitativamente. Se concentran en terceros países a los que esquilman y contaminan.

De igual forma, los centros de datos que proveen de internet, IA y servicios en la nube a continentes enteros se beben un único río, de una única región de la Tierra. Allí donde se instalan. El problema generado es de tal magnitud que países como Holanda o Singapur han tenido que establecer moratorias después de haber recibido múltiples centros de datos en sus territorios y ser un referente mundial.

Nosotros vamos a tener ese problema muy cerca, porque uno de los mayores centros de datos de hiperescala de Europa va a instalarse en Gamonal, Talavera de la Reina.

  • España, territorio a ocupar por los centros de datos

En comparación a países de nuestro entorno, no contamos con demasiados centros de datos. Un total de 94 frente a los 190 de Francia, 308 de Alemania o 159 de Países Bajos. Resulta anómalo porque somos un territorio ideal para instalarlos: además de nuestra infraestructura de telecomunicaciones, aquí confluyen los grandes cables de fibra óptica submarina y terrestre.

Hace años que somos un nodo ideal de distribución de datos con África, Europa y América. Lo que nos mantenía en reserva era el alto precio de la electricidad. Pero ese panorama ha cambiado radicalmente con la instalación masiva de renovables, solar y eólica principalmente, que ha transformado el pool eléctrico y sus precios. Apoyado en los fondos europeos Next Generation, y en su aplicación vía PERTE de energías renovables.

Lo hemos notado directamente en la factura del hogar. Y al mismo tiempo la tarifa eléctrica industrial para empresas nos ha convertido en un territorio ideal para los centros de datos de hiperescala. No cualquier centro de datos, sino el hipercentro. El más grande, y más necesitado de refrigeración, como el que instalará Meta en Talavera.

Si un centro de datos es como un edificio, un hiperescala es como una manzana entera. La inversión que requiere construirlos es millonaria, por eso solo los tienen un puñado de empresas, las big tech: Amazon, Apple, Google, IBM, Microsoft y Meta. Hasta ahora habían ido construyéndolos para proporcionar servicios de computación en la nube. Ahora necesitan ampliarlos para librar además la carrera de la inteligencia artificial.

Meta es un buen ejemplo, ha lanzado modelos como Llama, inteligencias artificiales de generación de texto y de código de programación, y ahora quiere incorporar también utilidades de IA a WhatsApp, Instagram y Facebook. Cuando todos los millones de usuarios actuales de esas aplicaciones encontremos la inteligencia artificial de serie en ellas haremos, sin darnos cuenta, una adopción masiva y mundial de la IA.

Para que eso funcione se necesitarán muchos hipercentros dando servicio a continentes enteros. Y para que sea rentable necesita agua, mucha agua: porque es la forma más barata de refrigerar los servidores de los centros de datos.

Tu Nube Seca Mi Río – Impacto medioambiental de los Centros De Datos

Para comprender en toda su dimensión la necesidad de agua de un centro hiperescala debemos tener en cuenta de dónde proviene su consumo eléctrico. Hace más de una década, y según una investigación del New York Times, la climatización consumía el 88 % de la electricidad total gastada por el centro de datos.

La computación apenas empleaba un 12 %. Más de una década después y con la optimización y modernización de sistemas, estos porcentajes se han equilibrado. Hoy solo el 43 % del consumo eléctrico va dedicado al enfriamiento de las salas que albergan los servidores, los cuales tienen que funcionar en un rango de temperaturas de entre 18ºC y 27ºC. El problema es que esa reducción se ha conseguido usando agua, y no cualquier agua. La que bebemos. Con la que cocinamos y nos duchamos.

El antropólogo Steven Gonzalez Montserrate es uno de los grandes especialistas mundiales en impacto medioambiental y social de la computación en la nube y sus infraestructuras, los centros de datos. También ha participado como etnógrafo observador en esas instalaciones para entender su funcionamiento interno. Algunos puntos clave de sus estudios ayudan a entender por qué España y su agua son tan atractivos para los hipercentros.

Primer punto, la refrigeración de los servidores calienta el agua, haciendo proliferar algas y microorganismos, que son un peligro para los componentes electrónicos. Cuanto mejor sea el tratamiento sanitario, más tarda en ocurrir ese proceso, después del cual hay que meter de nuevo agua limpia en el sistema. Por nuestros estándares de calidad, ajustados a los europeos, tenemos una de las aguas mejor tratadas, óptima para los hipercentros.

Segundo punto, el precio. Ya hemos señalado que un hipercentro tiene un consumo eléctrico mucho mayor por su dimensión, que hace inviable climatizarlo usando electricidad. Al cambiar a agua esta tiene que ser más barata, y la nuestra lo es, incluso en su tarifa industrial, más elevada que la doméstica, incluso antes de que se abaratase la tarifa eléctrica.

La 'nube' que seca los ecosistemas

Tercer punto, el clima mediterráneo continental, presente en la mayoría de la península, y concretamente las áreas con menos precipitaciones y menor altitud.

Los equipos electrónicos se estropean menos y funcionan mejor con baja humedad, por eso en EE. UU. suelen instalarlos en áreas más áridas, donde su clima subtropical húmedo está influenciado por desiertos.

Aquí esas condiciones se dan en las cuencas del Tajo y del Ebro.

Si observamos los puntos de hipercentros de Amazon en Aragón, recientemente construidos, en Villanueva de Gállego, El Burgo de Ebro, y en la Plataforma Logística Huesca Sur, a siete kilómetros de la ciudad, comprobamos que reúnen precisamente estas condiciones.

El futuro hipercentro de Meta en Gamonal, municipio de Talavera de la Reina, también.

Cuarto, la paz social que requiere una industria extractiva. Los hipercentros no generan más de cien puestos de trabajo, con cualificación muy específica que habitualmente no se encuentra entre la población local. Limitan cualquier actividad agrícola, industrial o comercial, presente o futura, por el secuestro de agua del hipercentro.

Por eso la mayoría se ubican en pequeñas poblaciones rurales, de entre 15 000 y 50 000 habitantes, y este es un patrón que se repite en todo el mundo. Allí apenas hay protestas, la huella ambiental y social de los hipercentros es poco conocida aún, y su actividad demasiado técnica para entenderla bien. No hay mayor paz social que en la España vaciada, con pobladores envejecidos, alta tasa de paro y jóvenes que emigran hacia otras regiones.

Somos un país idóneo para instalar centros de datos hiperescala. El problema es que estas infraestructuras, además de traer beneficios para el país, crean zonas de sacrificio locales. Pueblos y medioambientes que se secuestran o destruyen, ríos que se secan, territorios con el mismo problema que donde se instala una macrogranja o una mina.

Así será Gamonal en Talavera, y lo sabemos porque ha sucedido en varias comunidades agrícolas de Estados Unidos, en Singapur, y sobre todo en los Países Bajos. Cuyos ciudadanos se han levantado en su contra.

Fallout. Imagen Prime Video. futuro imperfecto inteligencia artificial sequía

  • Nuestras zonas de sacrificio para la IA

En 2012 el MIT publicó Sacrifice Zones, zonas de sacrificio, del periodista Steve Lerner, donde analizaba doce áreas de los Estados Unidos con unas características comunes: ciudades medianas y poblaciones rurales remotas, con elevado índice de pobreza, paro alto, y con gestores políticos dispuestos a cualquier sacrificio con tal de atraer industria, empleo e impuestos.

Y por cualquier sacrificio hay que entender, demostraba el texto con reportajes, entrevistas y visitas a los lugares, daños al medioambiente, a la salud de las personas, y el secuestro de territorios para dedicarlos a la actividad de una única empresa. La que dejaban instalarse allí con todas las facilidades por su gran inversión, puestos de trabajo y recaudación de impuestos, y que acaba desplazando a todas las demás.

El concepto tuvo su origen en la Guerra Fría, referido a las zonas que quedarían inhabitables tras una guerra nuclear, las fallout zones, la misma idea que inspiró Fallout. Del desierto postnuclear al postindustrial, y real, el término en su concepción moderna ha sido ampliamente estudiado, y hoy Google Scholar arroja medio millón de resultados en estudios sobre el impacto de las sacrifice zones, alrededor de la mitad si buscas el término en español.

Todos los estudios coinciden en sus conclusiones: son territorios que pretendieron estimularse con la industria y acabaron aún más empobrecidos al destruir el modo de vida de la población local. Pero lejos de esa preocupación, la actividad política estimula su implantación con un discurso optimista: la llegada de industrias contribuye a combatir la despoblación, los altos índices de paro, atrae inversiones, y proporciona futuro a la región.

Esta narrativa impera hoy en dos regiones de nuestro país para transformarlas, o convertirlas en zonas de sacrificio para la inteligencia artificial: Talavera de la Reina en Toledo y la totalidad de Aragón.

Data center de Google en Puerto de Ems, Países Bajos 

  • Talavera de la Reina, el reino de Meta

Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp…) construirá en Talavera su cuarto centro de datos en el continente europeo. Tendrá la categoría de hipercentro por su consumo de agua, al superar los 600 millones de litros anuales. Inicialmente pedían más, pero la Confederación Hidrográfica del Tajo les avisó de que no hay tanto caudal disponible en el río. 

Emiliano García Page, presidente de la Junta, hizo estas declaraciones al respecto: «No voy a permitir nunca, no podemos permitir, que una sola empresa deje de establecerse en esta tierra porque le falte agua. Solo faltaba».

Pero si el proyecto ha venido a Talavera ha sido precisamente por la falta de agua. Su ubicación estaba prevista para Hollands Kroon, en Países Bajos, municipio holandés paradigma de las zonas de sacrificio para centros de datos, donde ya se han instalado sesenta y cuatro. Su disponibilidad a admitir más terminó durante la prolongada sequía de 2022, mientras los agricultores locales veían reducido su caudal disponible para riego.

En ese momento una investigación del periódico Noordhollands Dagblad reveló que el hipercentro de datos de Middenmeer, de Microsoft, no consumiría 20 millones al año, como se había anunciado en el proyecto oficial, sino 84 millones. Y esta revelación disparó las protestas, no solo contra ese centro en concreto, sino contra todos.

Los pobladores de Hollands Kroon vieron concretarse una amenaza largamente temida: ante la escasez la agricultura saldría perdiendo, mientras los centros de datos seguían abasteciéndose de agua por ser una industria estratégica para el país.

Las protestas escalaron lo suficiente como para que el gobierno central tomara medidas concretas. Como ya había ocurrido antes en Irlanda, y en Singapur, por razones similares, Países Bajos estableció una moratoria para la construcción de nuevos centros. T

ambién les retiró la categoría de «proyectos de importancia nacional», lo que significa que ya no tenían suelo público reservado en exclusiva para ellos. Ni agua asegurada en caso de escasez. Ante el nuevo panorama Meta decidió retirar su proyecto —aunque no le afectaba la moratoria por estar ya en proceso— y buscar otra ubicación: el lugar elegido resultó Talavera de la Reina.

La inteligencia artificial en la gestión del ciclo integral del agua -  IDRICA

Lo primero que consiguió la empresa fue que la Junta de Castilla-La Mancha declarara el centro Proyecto de Singular Interés, PSI, lo que significaba recuperar la «categoría de importancia nacional» que había tenido en Holanda. Alfonso Escudero-Gómez, de la Universidad de CLM, publicaba hace un año en la Revista de Estudios Regionales EURE cómo esta figura legal ha servido en la autonomía para que las empresas puedan construir cualquier cosa, en cualquier lugar, y secuestrando cualquier recurso, en aras de la utilidad pública. Es decir, para convertir algunas de sus regiones en zonas de sacrificio.

Dejando aparte los beneficios, lo que va a sacrificar Talavera es su agua. Tras la reducción de consumo exigida por la Confederación Hidrográfica, y la obtención del estudio de impacto ambiental favorable en marzo de este año, el consumo del hipercentro será finalmente de 511 millones de litros de agua potable y 7 millones de aguas subterráneas, es decir, el 8 % del total de consumo del municipio.

No es mucho, pero deja menos de un tercio de reserva de agua para otras actividades industriales o agrícolas, las que ya están en marcha allí. Cumpliendo uno de los criterios de las zonas de sacrificio, cerrar el paso a cualquier otra actividad económica.

Tenemos que suponer que la legislación española y los trámites establecidos por las administraciones públicas para este tipo de proyectos nos aseguran la veracidad de este consumo. Pero los centros de datos arrastran un largo historial de falta de transparencia respecto al agua. Además del citado caso holandés con Microsoft, tenemos el caso de Google en Uruguay.

Allí intentaron esconder su consumo bajo la calificación de «secreto comercial», y solo lo hicieron pública cuando les obligó una sentencia judicial. Después de eso rediseñaron el proyecto para enfriar los servidores con aire, ya que el uso de agua hubiera supuesto restricciones a la población. En Chile también la justicia les ha paralizado otro proyecto de hipercentro que requeriría 2744 millones de litros anuales.

Inteligencia Artificial para un uso eficiente del agua

Según los documentos oficiales publicados del proyecto de Meta en Talavera, y los datos remitidos a la Junta, el consumo punta del centro será de 120 litros por segundo para los servidores del centro de datos, y otros 33 para el resto del complejo. Eso significa que para respetar el consumo aprobado, solo podrá funcionar a toda potencia 34 días al año. Si lo hiciera los 365 días, necesitaría 4800 millones de litros de agua, más de la mitad del consumo total de Talavera.

Pero el problema de consumo de agua del centro de Meta no es local. Un centro de datos funciona como un embalse, retiene agua, la consume, y la resta al caudal que hay por debajo de ella. En 2017, tras una sequía prolongada, el conjunto de embalses de Entrepeñas y Buendía (Guadalajara) quedó al 10 % de su capacidad. Hubo que interrumpir el trasvase Tajo-Segura que alimenta Alicante, Murcia y Almería, y que se hace desde ahí.

La agricultura de regadío en esas regiones se vio perjudicada. También más abajo en el curso del río, en Talavera, se vieron en mínimos, porque a la falta de lluvias se sumaba que estos dos embalses ya no aportaban agua al caudal. La pregunta es cómo operará un hipercentro de datos tan importante como el de Meta, para cuya refrigeración el agua es imprescindible, en una situación de sequía grave, con el Tajo en mínimos.

Desde la empresa, Meta asegura que su proceso de gestión en Talavera devolverá tanta agua como consuma el centro. Son declaraciones en su línea oficial, sin detalles técnicos concretos, casi copiadas de este documento descargable en internet donde explican sus políticas. Documento que a su vez traslada los principios de la Alliance for Water Stewardship (AWS) una organización que emite certificaciones del uso responsable del agua por las empresas, en la que participa activamente la ONG ecologista WWF.

En el colectivo ecologista y social Tu Nube Seca Mi Río, que estudia y difunde el impacto de los centros de datos, y que se organizó hace apenas un año movido por el anuncio de la ubicación del hiper-centro Meta en Talavera, son escépticos. Su portavoz, Aurora Gómez, usa la palabra sobrecogidos para definir cómo fue su comprensión del alcance internacional de los centros de datos en todo el mundo.

Actualmente viajan por toda la península invitados por otros colectivos, han hecho llegar propuestas a la Unión Europea y estarán este verano en el seminario anual de la Universidad de Cambridge sobre resistencia a centros de datos. Su dedicación topa con la cruda realidad: se necesita tiempo para que el problema sea conocido por la ciudadanía, y más aún para encontrar una respuesta institucional.

Nuestro país lleva retraso en Europa, porque aún no ha vivido una situación como la holandesa o la de Irlanda. En cuanto a la respuesta de Meta, la consideran puro greenwashing para justificar la destrucción de la flora y fauna del humedal en que se asentará el centro. En eso coinciden con muchas otras voces críticas, que apuntan a que las certificaciones de la AWS son solo un lavado de cara para que las corporaciones puedan declararse medioambientalmente sostenibles.

inteligencia artificial

Estas corrientes críticas con los centros de datos ponen el foco, de momento, en la computación en la nube, que supone de momento el 72 % de uso de sus instalaciones. Pero la inteligencia artificial ocupa el resto de su capacidad, en un crecimiento constante y con la consiguiente demanda de agua. 

En su último informe de impacto ambiental, Microsoft declaró que había necesitado consumir un 34 % más de agua debido a las investigaciones con inteligencia artificial, es decir, al entrenamiento del modelo. Eso ocurrió en el mismo período de tiempo en que se asoció con OpenAI. Y este incremento en el consumo de agua solo puede seguir escalando, como acaba de demostrar el lanzamiento del nuevo ChatGPT-4o.

España es el quinto país por número de centros de datos en Europa, solo desde 2020 se han incorporado treinta y seis nuevos, y en Aragón, que ya cuenta con tres hipercentros de Amazon, se proyectan otros diez. A este paso seremos uno de los países con más demanda de agua para estas instalaciones. Y eso, siendo también uno de los que más sufrirá las megasequías que los climatólogos anuncian para Europa.

Y mientras el centro de Talavera está en desarrollo, toda la comunidad autónoma de Aragón es ya una enorme zona de sacrificio condicionada por el otro gran recurso que la inteligencia artificial demanda en cantidades desproporcionadas: la electricidad.

Dune. Imagen Warner Bros. sequía

  • Aragón, retrato de nuestro futuro colectivo

Un año más estamos viendo cumplida la profecía que Rachel Carson hizo en su libro Primavera silenciosa (1962), donde imaginaba un mundo sin apenas pájaros ni insectos —sin ruido—. Y donde el agua estaría contaminada por químicos. En 2024 el número de aves e insectos ha descendido drásticamente, e ingerimos a diario microplásticos, nitritos y metales con el agua potable.

Ello pese a la adopción de políticas de protección del medio ambiente y de la salud y seguridad humanas, que en parte deben su existencia a la repercusión que tuvo el texto de Carson.

La bióloga dejó además una honda huella en los escritores, especialmente en Frank Herbert, que imaginó en Dune una fantasía sobre los retos de una sociedad tecnológicamente muy avanzada ante un medio ambiente hostil. El planeta protagonista de esa novela cuenta con la mayor fuente de riqueza del universo, la especia, pero sus beneficios van a parar a aristócratas extranjeros, en lugar de aprovecharse para reverdecer la tierra desértica de sus habitantes.

En muchos sentidos nuestro país comienza a parecerse a esa fantasía de ciencia ficción, porque el agua y la energía son nuestra especia, y la carrera de las grandes tecnológicas por acapararlas para sus centros de datos ya ha comenzado. Y en ningún lugar se ve tan claramente este retrato de la realidad como en Aragón.

Mientras realizaba este reportaje, Amazon anunció su inversión de 15 700 millones de euros para desarrollar los tres centros que ya tiene en funcionamiento en esa comunidad, y para construir otros cuatro adicionales. No es casual que haya elegido la región con el tercer río más largo y caudaloso de España tras el Tajo y el Duero. Pero en este caso el agua se suma a otros factores igual de relevantes.

Durante las dos últimas décadas Aragón ha cumplido su objetivo de convertirse en uno de los centros logísticos más importantes en el sur de Europa. Actualmente empresas fabricantes y de distribución libran una carrera por instalarse en sus polígonos industriales. Especialmente las de alimentación, moda rápida, y las que distribuyen a gigantes como Shein o Temu. Todas dependen de una compleja logística, que a su vez necesita la computación en la nube operada en los centros de datos.

Aragón genera además, gracias a las renovables, el 150 % de la energía eléctrica que necesita. En ello ha tenido un papel protagonista la empresa aragonesa Forestalia, que apostó por las energías verdes cuando casi nadie creía en ellas. Llegó bien posicionada para aprovechar el Pacto Verde Europeo, y hoy es dueña del 72 % de los parques eólicos y solares aragoneses.

Cuando se concreten todos los proyectos en tramitación del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2022-2030 (fondos europeos), la empresa habrá instalado el 41 % de los 8000 MW previstos. Y cuadruplicado la actual potencia eléctrica renovable de Aragón.

Un escenario ideal para la implantación de industrias con gran necesidad de energía, como los hipercentros, pero con importantes sombras. Forestalia se ha ganado fama de presionar a los vecinos de zonas despobladas para que cedan el uso de sus tierras agrícolas, y lucha por instalar cada vez más líneas de alta tensión que permitan trasladar el excedente eléctrico a comunidades limítrofes. Incluso atravesando espacios naturales protegidos.

Además la concentración de parques en determinados lugares supone que muchos municipios tengan su territorio copado por placas y molinos. En sus paisajes no se ve otra cosa.

Tan importante es Forestalia, que Amazon acaba de comprarle 147.8 hectáreas para sus centros de datos, y la multinacional de Jeff Bezzos ha tenido muy en cuenta la capacidad actual y futura de las renovables en Aragón. La primera amenaza que suponen los centros de datos para cualquier país, incluso por encima del agua, es su consumo eléctrico.

Un hipercentro necesita tanta electricidad como una ciudad pequeña como Toledo, Santiago de Compostela, o Sant Cugat del Vallés. Y todos los expertos en computación coinciden en que el uso de la inteligencia artificial multiplicará por cien esta demanda, y también la de agua.

Pero a diferencia de centros como el de Meta en Talavera de la Reina, los AWS (Amazon Web Services) aragoneses no emplean agua potable, sino lo que la empresa ha denominado, en sus comunicados públicos, aguas grises. Es un término impreciso, porque técnicamente se refiere solo al agua residencial procedente de duchas, bañeras y lavabos (no fecales, ni de cocinas o lavadoras).

Como esa separación no se hace en el residencial español, lo que emplean en realidad los AWS son aguas regeneradas, procedentes de las depuradoras aragonesas, cuyo uso no está permitido para el consumo humano ni para la industria alimentaria. Agua extraída del caudal de los ríos Gállego y Ebro, o de los afluentes y manantiales que los alimentan. Sometidas a procesos más simples y baratos que los de potabilización, para riego de jardines y cultivos, entre otros usos.

Los centros de datos son uno de los grandes responsables del consumo de energía. Créditos: interempresas.
Los centros de datos son uno de los grandes responsables del consumo de energía. 

La pregunta, como en el resto de centros de datos mundiales, es cuánta agua usarán. Y una vez más nos topamos con la opacidad que empresas y gobiernos emplean en todo el mundo para ocultar el consumo hídrico de estas instalaciones. Preguntado al respecto, Amazon responde que ese dato no lo hace público para proteger sus estrategias empresariales de la competencia.

En cuanto a los datos publicados, el estudio de impacto ambiental aprobado por el Instituto Aragonés de Gestión Ambiental (Inaga) y autorizado por la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) en 2020, aprobó 36 millones de litros de consumo anual para cada uno de los centros.

Pero esa cifra está muy lejos de los 666 millones de litros que necesitaría cualquiera de los tres para funcionar un año a toda potencia. Al menos si calculamos la cifra en función de la potencia eléctrica instalada en los AWS, que también figura en los informes del INAGA, 739,9 GWh. Amazon publica este dato en su web corporativa, especificando que precisa 0.19 litros de agua por kilovatio hora de electricidad consumida.

Como los kilovatios totales miden la potencia máxima de la instalación, y los kilovatios hora el consumo puntual, para gastar solo 36 millones de litros los centros de datos aragoneses de Amazon tendrían que estar operando a solo un 5 % de su capacidad.

No parece creíble que se lance semejante inversión para un aprovechamiento tan bajo. Pero si se está haciendo un uso mayor, la cantidad de agua consumida también tiene que serlo. ¿Cuántos millones de litros por año? Consultadas las administraciones públicas (aragonesas y ministerio) todas remiten a los datos publicados.

Y la empresa a su política de confidencialidad. Lo que lleva a preguntarse si no estamos ante otro caso como los que se han repetido en todo el mundo. En Uruguay un proyecto de hipercentro de Google fue modificado, y en Países Bajos otro de Microsoft anulado al descubrirse que consumían mucha más agua de la publicada en los expedientes que aprobaron su instalación.

Para poner las cifras en contexto, la depuradora de Villanueva de Gállego, Zaragoza, uno de los pueblos sede de un centro Amazon, produjo el pasado año 2310 millones de litros de agua regenerada. Si el centro AWS operase a plena potencia, necesitaría acaparar un tercio de esa cantidad. Que además se extrae directamente de los manantiales y afluentes que alimentan el caudal del río Ebro, o directamente del río, que este año se encuentra al 59.1 % de su capacidad.

Muy por debajo de los registro de la última década. Tanto es así, que la campaña de los agricultores de Riesgos del Alto Aragón se han iniciado con restricciones. Y a principios de mayo se calculó que el cultivo de secano aragonés puede perder este año el 50 % de su producción. Aragón tiene un grave problema de escasez de agua, pero celebra la instalación de siete hipercentros de datos.

Desde RAPA Aragón, la agrupación de asociaciones aragonesas en defensa del agua, José Sampériz nos explica, sin usar ese término, que su comunidad lleva mucho tiempo convertida en una gran zona de sacrificio. Debido a la implantación de energía eólica y solar, a la concentración de la actividad de Forestalia, y a los reiterados intentos de privatizar la gestión del agua en Aragón.

Los centros de datos no están, de momento, entre las mayores preocupaciones de RAPA. Lo que se explica en parte por el gran número de frentes abiertos en diferentes regiones aragonesas, y porque allí la planta de Stellantis y la industria papelera consumen muchísima más agua que todos los centros actuales y futuros de AWS. Tampoco hay que olvidar que los centros de datos procuran implantarse lejos del debate público, especialmente en España, donde, a diferencia de otros países de Europa, aún no ha surgido un movimiento de oposición a los mismos.

La IA se ríe | Opinión | EL PAÍS

Un aspecto muy relevante de estos centros, y en el que insisten los colectivos de RAPA, es la depuración.

El hecho de que el agua empleada para refrigerar se devuelva a los caudales de los ríos contaminadas por partículas metálicas y otros desechos químicos ni siquiera está en el debate.

Tampoco lo está reparar la red de abastecimiento.

Somos uno de los países europeos que menos invierte en renovarla, según refleja en sus informes la Agencia Europea de Medioambiente.

Lo que nos hace perder grandes cantidades de agua debidas a las fugas en la red.

Amazon anuncia que está contribuyendo a evitar esto en Aragón, en los municipios donde tiene sus AWS, reparando fugas, y acercándose así a su objetivo de devolver tanta agua como consume en 2030.

Así que a la locura de no saber cuánta agua precisan los centros de datos, tenemos que añadir la cesión de un mantenimiento que debería competir a los gestores públicos. Por nuestro propio interés.

  • Nuestro futuro es árido

No es solo Talavera de la Reina, Aragón, ni el resto de territorios con muchos centros de datos, como Madrid. España es, hoy, uno de los países europeos con menos agua disponible por persona. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente dentro de seis años, en 2030, el 40 % de los españoles vivirá en zonas con escasez hídrica.

Veinte años después, en 2050, sufriremos las megasequías recurrentes que se anuncian para toda Europa. Y si el crecimiento de uso de la inteligencia artificial, y la implantación de centros de datos en nuestro país sigue a este ritmo, tendremos que alimentar además a una industria con una inmensa demanda de agua.

Quizá sea hora de democratizar una sed que nos afectará a todos. Porque, no lo olvidemos, las máquinas inteligentes también beben.

nuestras charlas nocturnas.

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