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Del descubrimiento de la tumba de Tutankamón…


Vista aérea del Valle de los Reyes, la necrópolis real tebana del Reino Nuevo donde Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamón.

National Geographic(G.H.Panet/C.Mayans)/ECD/Ancient Origins/La Nación(A.Folgarait)  —  Me temo que el Valle de las Tumbas esté en la actualidad agotado». Con estas palabras, pronunciadas en 1912, el multimillonario norteamericano Theodore Davis, que desde 1902 era el poseedor de la licencia en exclusiva para excavar en el Valle de los Reyes, en la orilla occidental del Nilo, en Tebas, y que había obtenido excelentes resultados en sus búsquedas arqueológicas, daba por zanjada la cuestión.

Y es que, durante los últimos cien años, el Valle había sido peinado por más de 50 equipos arqueológicos, incluidos los financiados por Davis, que habían puesto al descubierto la mayoría de las tumbas reales de los grandes faraones del Reino Nuevo (1539-1077 a.C.) que allí fueron enterrados.

Pero había alguien que no estaba en absoluto de acuerdo con aquella afirmación. Se trataba de Howard Carter, un hombre que a lo largo de su carrera había seguido siempre su instinto y jamás prestó demasiada atención a las opiniones de los demás excavadores.

Carter trabajó desde 1902 como primer director de excavaciones de Davis, bajo cuyo patrocinio hizo importantes descubrimientos, como la tumba de Turtmosis IV o la de Hatshepsut. Pero en 1912, Davis renunció a su concesión en el Valle, convencido de que era imposible descubrir allí nada más. 

Entonces, un lord inglés que desde 1906 estaba excavando en Egipto para matar el aburrimiento, lord Carnarvon, se hizo con la concesión de los trabajos en el Valle a instancias de quien en aquellos momentos trabajaba para él: el insistente Howard Carter.

En realidad fue Gaston Maspero, que entonces era director del Servicio de Antigüedades, quien presentó en 1906 a Carter al aristócrata inglés, que se encontraba en Egipto por recomendación médica. Contra todo pronóstico, los dos hombres se hicieron muy pronto buenos amigos y excavaron entre 1907 y 1914 en el Valle de los Nobles, en Tebas, y en otros yacimientos situados en el Delta.

Recipiente hallado en el «escondrijo de embalsamamiento» en el Valle de los Reyes por Theodore Davis. Museo Metropolitano, Nueva York.

Aunque donde realmente quería excavar Carter era en el Valle de los Reyes. Pero ¿por qué insistió tanto el arqueólogo en excavar en un lugar donde, según todos los indicios, ya no quedaba nada interesante por descubrir?

Carter creía que la tumba de un faraón poco conocido llamado Tutankamón se hallaba en el Valle, y no solo eso, sino que estaba intacta. La momia del rey no se había descubierto en ninguno de los escondrijos reales que se habían localizado en el Valle y el arqueólogo pensaba que ciertos indicios sugerían que, en efecto, aquella sepultura aún esperaba a ser encontrada.

Carter estaba seguro de ello sobre todo a raíz del descubrimiento del llamado «escondite de embalsamamiento» (KV 54), un pequeño pozo que se había localizado en 1907 en el Valle bajo el patrocinio de Davis y que contenía elementos que parecían estar relacionados con el proceso de embalsamamiento y con el banquete funerario de Tutankamón: bolsas llenas de natrón (sal que se usaba para secar el cadáver), coronas de flores, restos de comida, jarras de vino que llevaban el sello real de Tutankamón y un fragmento de lino con el nombre de Trono del faraón: Nebkheperure. Davis anunció a bombo y platillo que se trataba de la tumba del rey, algo que Carter siempre rechazó.

Por todo ello, el arqueólogo británico estaba seguro de que la tumba del esquivo monarca debía de encontrarse en las inmediaciones, concretamente en un triángulo de tierra de una hectárea que abarcaba las sepulturas de tres faraones: Ramsés II, Merneptah y Ramsés VI.

Carter cavó de un modo compulsivo en este espacio de tierra con una convicción cercana a la testarudez. Pero todo resultó infructuoso.

Collar floral descubierto en el «escondrijo de embalsamamiento» de Tutankamón.

Tras años de búsqueda, a los que habría que añadir el paréntesis de la Primera Guerra Mundial, en el verano de 1922 lord Carnarvon empezó a pensar que estaba tirando su dinero absurdamente en una quimera y, decepcionado, decidió dejar de financiar las excavaciones y regresar a Inglaterra.

De hecho, el conde había invertido 25.000 libras (aprox. medio millón de euros actuales) durante varias temporadas para conseguir tan solo tres jarrones de alabastro.

Carter intentó convencerlo por todos los medios de que estaba a punto de localizar la tumba de Tutankamón, incluso acudió al castillo de Carnarvon en Highclere (Inglaterra) para intentar persuadir al conde de que le concediera tan solo otra temporada.

Es más, tan desesperado estaba Carter que le dijo a su amigo que estaba dispuesto a financiarla él mismo de su bolsillo si fuera necesario (lo que no le dijo es de donde pensaba sacar el dinero).

La firme determinación de Carter acabó convenciendo al aristócrata de financiar una última temporada más de trabajos en el Valle. No habría otra.

Castillo de Highclere, residencia de lord Carnarvon en Inglaterra.

Carter volvió al Valle de los Reyes con la presión añadida del poco tiempo de que disponía. Sabía que era su última oportunidad de encontrar la tumba que tanto le obsesionaba, y estaba decidido a remover todas y cada una de las piedras del Valle si fuera preciso para dar con ella.

Finalmente, el arqueólogo se fijó en el único lugar donde aún no había limpiado, delante de la tumba de Ramsés VI, un espacio en el que se había levantado un grupo de cabañas para los antiguos trabajadores. Movido por una intuición, ordenó excavar justo debajo de donde se habían alzado.

La mañana del 4 de noviembre de 1922 apareció un escalón tallado en la roca. Los trabajadores fueron a buscar a Carter, el cual, impaciente, ordenó «con mal reprimida excitación» excavar de inmediato, y seguidamente fueron apareciendo, uno a uno, dieciséis escalones que descendían hasta una puerta tapiada cubierta por los sellos de la necrópolis, el dios cánido Anubis sobre nueve cautivos, y el nombre de Tutankamón.

Tras la puerta se pudo atisbar un pasadizo subterráneo repleto de escombros y cascotes que medía ocho metros de largo y que se tardaría varios días de duro trabajo en despejar (al final del túnel se descubriría también una entrada bloqueada y sellada).

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Este mérito le corresponde a Husein Abdel Rasul, quien a sus diez años, mientras laboraba llevando agua a los arqueólogos comandados por Howard Carter en el Valle de los Reyes, fue quien encontró de manera fortuita, el 4 de noviembre de 1922, el primer escalón que conducía a la cámara mortuoria.

Al descargar las vasijas de agua del burro en el que las transportaba, escarbó en la arena para colocarlas, hallando un escalón del que no se tenía conocimiento hasta entonces.

Esa misma jornada, el equipo de Carter continuó limpiando la zona hasta dejar al descubierto cerca de 16 escalones más a partir del hallado por Husein Abdel Rasu, mismos que los llevarían en los siguientes meses a descubrir la tumba de Tutankamón. Sin embargo, el hallazgo del niño y su nombre no fueron mencionados en las memorias de Carter, quien estaba a punto de abandonar la zona al creerla desierta y por la presión de su mecenas Lord Carnarvon, quien le acusaba de estar gastando dinero sin obtener ningún resultado.

¿Se trataba de la entrada de una tumba desconocida? ¿Era la de Tutankamón?

Las respuestas a todas esas preguntas iban a tener que esperar un par de semanas, hasta que lord Carnarvon, que estaba en Inglaterra, pudiera regresar a supervisar la excavación. Mientras tanto, Carter ordenó cubrirlo todo de nuevo con grandes piedras y puso vigilancia delante de la entrada para proteger el misterioso hallazgo hasta que llegase su amigo y mecenas.

El arqueólogo le envió un telegrama: «Por fin hemos hecho un maravilloso descubrimiento en el Valle: una tumba espléndida con sellos intactos. Hemos vuelto a cubrir la excavación hasta su regreso. Enhorabuena». La fascinante aventura del descubrimiento de la tumba de Tutankamón no había hecho más que empezar.

Trabajadores egipcios proceden a cerrar la tumba de Tutankamón.

Es más que probable que las “cosas maravillosas” que Carter descubrió un par de meses después no hubieran sido posibles sin la presencia de Husein Abdel Rasu, un sencillo chico que se ganaba la vida llevando agua a los arqueólogos que estudiaban el pasado de Egipto.

En el presente, su nieto Mohamed Abdel Rasul, dueño de una pequeña taberna a las puertas del Ramesseum, el templo mortuorio del gran Ramsés II, desea reivindicar la memoria de su abuelo y nos recuerda que tras su importante hallazgo que dio pie al descubrimiento de una de las tumbas más famosas de la historia “tuvo una vida normal.

Era propietario de algunas tierras y siguió trabajando en misiones arqueológicas. Cualquier egiptólogo forastero que llegaba a Luxor venía a visitarle.

Se ganó la vida como rais (capataz) de excavaciones. Era bueno dirigiendo a los obreros”. Husein Abdel Rasu murió tranquilamente en 1996, olvidado en los libros de historia que tienen a Carter como el ‘único’ descubridor de la tumba.

La historia de Husein Abdel Rasu es una de tantas que permanecen ocultas al ser omitidas por quienes quieren cubrirse de gloria. El trabajo de excavación de Carter sin duda es digno de reconocerse, pues le dio al mundo uno de los obsequios históricos más importantes de todos los tiempos que permitió a la egiptología ampliar sus conocimientos.

Pero ¿qué hubiera ocurrido si el pequeño Husein Abdel Rasu no hubiera estado presente trabajando en el Valle de los Reyes ese día? ¿Tutankamón hubiera sido despertado de su sueño milenario?

El descubrimiento del lugar de descanso eterno del joven faraón de la XVIII Dinastía alcanzó fama mundial debido a que se encontraba intacta tras más de tres milenios, a salvo de los saqueos, siendo la tumba mejor conservada del Valle de los Reyes.

Lord Cavagnon y su hija, con Carter  y el ayudante Callander a la entrada de la tumba

El 24 de noviembre de 1922 se excavó la escalera en su totalidad y el cartucho egipcio en el acceso que indicaba el nombre de Tutankamón. Dos días más tarde, Carter realizó una “pequeña abertura en la esquina superior izquierda” de la entrada.

Desde ahí pudo vislumbrar el interior gracias a la luz de una vela y ver tesoros dorados y en marfil. Carnarvon le preguntó si podía ver algo y Carter le respondió con su famosa frase: “¡Sí, puedo ver cosas maravillosas!”

Carter había descubierto la tumba de Tutankamón, que más adelante sería conocida como KV62. La sepultura fue protegida hasta la llegada de un oficial del Departamento de Antigüedades Egipcias al día siguiente, aunque esa noche, Carter, Carnarvon, su hija y el ayudante Callender aparentemente entraron sin permiso, convirtiéndose en las primeras personas en tres milenios en acceder al enterramiento.

La mañana siguiente, 27 de noviembre, vio la inspección de la tumba a manos de un oficial egipcio. Callender accedió con luz eléctrica, iluminando una vasta colección de objetos, incluyendo divanes, cofres, tronos y altares. Asimismo, hallaron evidencias de estancias anexas, incluyendo una puerta sellada hacia la cámara del sarcófago, flanqueada por dos estatuas de Tutankamón.

A pesar de la existencia de signos de expolios en tiempos antiguos, la tumba se encontraba intacta y se calculó que albergaba más de 5000 objetos. El 29 de noviembre la tumba se abrió oficialmente en presencia de varios dignatarios invitados y oficiales egipcios.

Tras percatarse de la magnitud de la tarea, Carter pidió ayuda a Albert Lythgoe del equipo de excavación del Metropolitan Museum de Nueva York, que trabajaba en las cercanías, mientras que el Gobierno egipcio mandó al químico analítico Alfred Lucas. El 16 de febrero de 1923, Carter abrió la puerta sellada y confirmó que dirigía al sarcófago de Tutankamón.

La tumba fue considerada la mejor preservada e intacta del Valle de los Reyes y su descubrimiento alcanzó a la prensa mundial. Lord Carnarvon vendió la exclusiva a The Times, lo que enfureció al resto de la prensa.

A finales de febrero de 1923, una discusión entre Carnarvon y Carter, probablemente causada por cómo lidiar con las autoridades egipcias, interrumpió la excavación temporalmente. Los trabajos se reanudaron en marzo tras una disculpa de Carnarvon a Carter.

A finales de ese mes Carnarvon contrajo bacteriemia por la picadura de un insecto mientras se hospedaba en Luxor, cerca de la tumba, y falleció el 5 de abril de ese año, alimentando la leyenda de la maldición de Tutankamon. Los meticulosos métodos de catalogación de los miles de objetos de la tumba ocupó a Carter durante casi diez años, siendo trasladados al Museo Egipcio de El Cairo.

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– La antecámara 3.000 años después

Lechos reales, un trono dorado, restos de carros y un revoltijo depositado en un ‘desorden organizado’ es lo que encontraron Carter y su equipo al acceder a la primera estancia de la tumba de Tutankamón. Se hallaba tras un corredor y dos puertas de acceso, y el arqueólogo, que accedió a ella el 26 de noviembre, la bautizó como la Antecámara.

En su diario describió el revoltijo de tesoros como «una extraña y prodigiosa mezcla de objetos preciosos y extraordinarios amontonados unos sobre otros». En esta misma estancia descubrió una entrada que conducía a otra pequeña sala también repleta de piezas y objetos que fue bautizada como Anexo.

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– Extracción de piezas

Aunque todavía no se había llegado hasta el final de la tumba ni se habían abierto todas las cámaras, a finales de noviembre de 1922 la cantidad de piezas y objetos recuperada era sencillamente espectacular, de modo que al mismo tiempo que progresaba la excavación se procedía a la extracción de piezas desde el interior.

Al final de la excavación completa de la tumba se habían desenterrado un total de 5.400 objetos y piezas.

En la imagen se puede ver a un miembro del equipo de Carter cargando un busto que se cree pudo ser un maniquí, encontrado en la Antecámara, con el arqueólogo en el extremo derecho de la fotografía. La repercusión del descubrimiento hizo que muchos medios y periodistas se desplazaran hasta el lugar para cubrir la noticia.

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– Una tumba sellada, imperturbada

Este fascinante descubrimiento inauguró una nueva era de la arqueología, en gran parte gracias a Howard Carter y sus meticulosos métodos.

Cada paso de la excavación se llevaba a cabo con mucho detenimiento de modo que los trabajos se iban alargando y no llegaron a la puerta de la cámara funeraria hasta febrero de 1923.

Tras encontrarse con las dos famosas estatuas a tamaño real de los guardianes que custodiaban la entrada a la tumba, esta imagen apareció ante un entusiasmado equipo. Parecía que la puerta conservaba el sello que certificaba que el descanso de Tutankamón no había sido perturbado durante los últimos 3.000 años.

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– Febrero de 1923: cara a cara con el faraón

Tras la puerta sellada se abrió la cámara funeraria del faraón.

En su interior, lo que pudieron ver Arthur Pecky, Callender y Howard Carter -en la imagen, agachado delante de la puerta abierta– fue una estancia casi completamente ocupada por cuatro grandes capillas que protegían un gran sarcófago en cuyo interior descubrieron los tres ataúdes que, finalmente, sacaron a la luz la ansiada momia de Tutankamón.

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– Un hallazgo mediático

Gran parte del trabajo de análisis y catalogación de las piezas se realizaba en el interior de las cámaras donde se iba encontrando. En este caso, se puede ver a las dos estatuas a tamaño real de los guardianes de la tumba del faraón.

Una de ellas todavía en su ubicación original, a un lado de la puerta de la cámara funeraria, y la otra siendo cuidadosamente preparada para su extracción y traslado.

De pie, junto a Howard Carter, se cree que estaba Lord Carnarvon. El aristócrata inglés había vendido la exclusiva del descubrimiento al periódico londinense The Times.

Además de los lucrativos beneficios que el diario le pagaba por la venta de los textos y fotos a terceros, así el equipo evitaba la tediosa tarea de atender a los medios para explicar todos y cada uno de los detalles de la excavación.

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– La ingeniería para alcanzar la momia

Uno de los momentos más delicados del examen de los ataúdes fue la extracción de estos del enorme sarcófago de piedra en el que estaban albergados.

Arthur Callender, un amigo de Carter e ingeniero, inventó un sistema de poleas como el que se puede ver en la imagen y que permitieron extraer las pesadas cajas de manera delicada y sin dañarlas.

En la fotografía había quedado a la vista el segundo ataúd, tras el tercero se hallaba la momia de Tutankamón coronada por su célebre máscara funeraria. Muchas de las piezas estaban bañadas o recubiertas de oro, pero el último ataúd era de oro macizo y pesaba 110 kilos.

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– Apertura del sarcófago

Carnarvon acudió para la apertura de la cámara funeraria, pero no pudo ver la del sarcófago, pues murió a causa de una sepsis dando alas a las teorías de la maldición del faraón.

Carter siguió adelante, pero las autoridades egipcias cada vez se inmiscuían más en los trabajos de excavación y Carter detuvo la investigación como medida de protesta.

La excavación estuvo parada hasta 1925, cuando se reanudaron los trabajos y por fin se procedió a la apertura del sarcófago, de los ataúdes y al desvendaje de la momia, un proceso que se alargó hasta siete días y que fue supervisado por dos expertos anatomistas que aparecen en la imagen justo a la izquierda de Carter: el Prof. Douglas Derry y el Dr. Saleh Bey Nandi.

Merece la pena destacar la importancia de las fotografías de Harry Burton, quien en 1922 era considerado el fotógrafo arqueológico más importante del mundo. Gracias en parte a sus evocadoras imágenes, el descubrimiento y la excavación se convirtieron en un acontecimiento mediático mundial.

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– Repercusión internacional

El magnífico hallazgo y toda la épica que lo rodeó atrajo el interés mundial.

Por un lado supuso el renacimiento de un sentimiento de orgullo nacional egipcio por su glorioso pasado, y por el otro despertó un renovado interés internacional por el mundo del antiguo Egipto.

Esto tuvo un efecto inmediato en el sector turístico del país, que vivió un auge sin precedentes. Con la perspectiva del tiempo, el fenómeno se ha llegado a describir como la ‘Tutmanía’.

Imágenes originales

El corredor descendente que conduce a la antecámara de la tumba de Tutankamón.

Esta fotografía fue tomada en el lugar donde se descubrió la puerta de entrada sellada el 5 de noviembre de 1922. La lente de la cámara de Harry Burton mira hacia la escalera de dieciséis escalones, hacia el último escalón encontrado el 4 de noviembre. 

Una sección del bloqueo que sella la entrada exterior de la tumba, su superficie enyesada con barro tiene impresiones estampadas de los sellos oficiales de la necrópolis y el cartucho de Tutankamón.

Una de las dos únicas imágenes que muestran a Howard Carter (a la izquierda) y Lord Carnarvon juntos en la tumba. Están comenzando el proceso de desmantelamiento del muro entre la Antecámara y la Cámara Funeraria.

Howard Carter y Lord Carnarvon se paran en la entrada parcialmente desmantelada entre la antecámara y la cámara funeraria. Lord Carnarvon murió menos de dos meses después de que se tomara esta fotografía.

El santuario de Anubis en el umbral del Tesoro visto desde la Cámara Funeraria. La figura de Anubis estaba cubierta con una camisa de lino inscrita con el cartucho de Akhenaton.

Howard Carter trabajando en la tapa del segundo ataúd (el del medio), aún ubicado dentro de la caja del primer ataúd (el más externo) en la Cámara Funeraria de Tutankamón. 

Howard Carter y un obrero egipcio examinan el tercer ataúd (el más interior) de Tutankamón hecho de oro macizo, dentro de la caja del segundo ataúd.

La máscara de oro de Tutankamón in situ sobre la momia del Rey, todavía dentro del tercer ataúd de oro macizo (el más interior).

la tumba de Tutankamón. Vista del muro norte de la Antecámara que muestra las estatuas centinelas que custodian la entrada sellada que conduce a la Cámara Funeraria del Rey.

Las estatuas centinelas que custodian la entrada que conduce a la cámara funeraria del rey, que ahora se ha abierto.

Tumba de Tutankamón. Carros desmontados y sofás con cabeza de vaca en el extremo sur de la antecámara. 

Sofá con cabeza de vaca en la antecámara de la tumba de Tutankamón con muchos objetos apilados encima. Los paquetes debajo contenían trozos de carne.

a tumba de Tutankamón. Caja blanca frente al sofá del león en la antecámara, que contenía, entre otros artículos, prendas de lino (camisas, chales y taparrabos), 18 palos, 69 flechas y una trompeta

El contenido de uno de los baúles de almacenamiento en las tumbas de Tutankamón, que contiene prendas de lino y taparrabos. 

Un baúl adornado y otros objetos encontrados en la tumba de Tutankamón. Los artículos fueron numerados como parte del proceso de catalogación. Tomó 10 años completar la catalogación de los más de 5,000 artefactos encontrados en la tumba.

Sofá de león en la antecámara de la tumba de Tutankamón.

Tesoros varios que incluyen estatuas de Ankh

Jarrones de alabastro sellados con «ungüento» entre los lechos de cabeza de vaca y león contra la pared oeste de la antecámara. 

Una silla/trono profusamente decorado fotografiado por Burton en la tumba de Tutankamón.

Una de las sandalias de Tutankamón fotografiada dentro de la tumba.

Arthur Mace y Alfred Lucas, conservan un carro de la tumba de Tutankamón fuera del ‘laboratorio’ en la tumba vecina de Seti II, diciembre de 1923. Publicado en 1928 como parte del obituario de Mace.

Los tesoros de la tumba se empaquetaron en cajas de madera y se transportaron desde la tumba a las orillas del Nilo para transportarlos a El Cairo en barco.

El transporte de los tesoros de las tumbas por parte de los trabajadores egipcios.

Despacio, desesperadamente despacio para los que lo contemplábamos, se sacaron los restos de cascotes que cubrían la parte inferior de la puerta en el pasadizo y finalmente quedó completamente despejada frente a nosotros. El momento decisivo había llegado. Con manos temblorosas abrí una brecha minúscula en la esquina superior izquierda.

Oscuridad y vacío era todo lo que podía alcanzar una sonda, demostraba que lo que había detrás estaba despejado y no lleno como el pasadizo que acabábamos de despejar.

Utilizamos la prueba de la vela para asegurarnos de que no había aire viciado y luego, ensanchando un poco el agujero, coloqué la vela dentro y miré, teniendo detrás de mí a Lord Carnarvon, Lady Evelyn y Callender, que aguardaban el veredicto ansiosamente.

Al principio no pude ver nada, ya que el aire caliente que salía de la cámara hacía titilar la llama de la vela, pero luego, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, los detalles del interior de la habitación emergieron lentamente de las tinieblas: animales extraños, estatuas y oro, por todas partes el brillo del oro.

Por un momento, que debió parecer eterno a los otros que estaban esperando, quedé aturdido por la sorpresa y, cuando Lord Carnarvon, incapaz de soportar la incertidumbre por más tiempo, preguntó ansiosamente: “¿Puede ver algo?”, todo lo que pude hacer fue decir: “Sí, cosas maravillosas”.

El racconto de Howard Carter sobre el 26 de noviembre de 1922, cuando se enfrentó a la segunda puerta que sellaba la entrada a la tumba del faraón Tutankamón, es quizás una de las historias más renombradas entre arqueólogos y fans de la egiptología.

La celebración de los 100 años del descubrimiento de la tumba de Tutankamón es la excusa perfecta para revisitar los manuscritos de Howard Carter y volver a reflexionar sobre el impacto de su hallazgo en la cultura. ¿Fue el descubrimiento de Carter el comienzo de la egiptomanía y al furor por Indiana Jones y otros aventureros?

¿Fue el maravilloso tesoro de oro que describe Carter en su recuerdo –y que puede verse hoy parcialmente en el Museo Egipcio de El Cairo– lo que generó la devoción actual por la civilización de los faraones? ¿O hay algo más morboso en la historia del joven rey y de su infatigable excavador?

Carter, frente a la sepultura casi intacta del joven faraón

El hilo del que tiró Carter hasta concretar su sueño infantil –descubrir la tumba de un antiguo rey oriental bajo la arena del desierto– resultó largo, pero lo premió finalmente con el mayor hallazgo arqueológico del siglo XX.

Claro que no todo fue gloria y heroísmo para Carter. Como le ocurriera antes al joven faraón que rescató del olvido, Carter sufrió disputas y un prolongado ostracismo.

Tras haber conocido la fama mundial y los aplausos de todos, murió en soledad y lejos de su amado Valle de los Reyes, en Londres.

A su entierro fueron solo nueve personas.

 Su modestísima tumba, en el cementerio de Putney Vale, todavía es lugar de peregrinación de estudiantes que dejan una flor encima de la lápida, inscripta con las palabras de Tutankamón: Oh, Nut, despliega tus alas sobre mí como las Estrellas Imperecederas.

El joven que sabía dibujar

Nacido en Londres en 1874 y criado en Norfolk, Inglaterra, Howard Carter era el más pequeño de los 11 hijos de un dibujante y una maestra ingleses. Imitando a su padre, muy pronto su talento artístico para dibujar pájaros salió a la luz, tanto que empezó a ganar dinero trazando acuarelas.

Así lo descubrió lady Amherst, miembro del Fondo de Exploración Egipcia, y lo recomendó a sus amigos arqueólogos como asistente de excavación.

El joven y meticuloso Howard avistó el Nilo por primera vez en 1893, después de unos meses de pasantía en el Museo Británico. Al llegar a Egipto, empezó a colaborar con el arqueólogo Percy Newberry en el dibujo de las tumbas de Beni Hassan, pero muy pronto lo reclutó el gran Flinders Petrie para excavar en Amarna.

A los 17 años, Carter había encontrado el sentido de su vida. A razón de una libra esterlina por semana de trabajo, aprendió los gajes del oficio de arqueólogo, mientras dibujaba bajo la mirada exigente de Petrie. Allí escuchó hablar por primera vez de Tutankamón, un faraón entonces casi desconocido, heredero posible del faraón hereje Akhenatón.

A los 48 años, tras salir de la tumba del faraón que acabó descubriendo, Carter conquistaría la libertad, según proclamó con su puño y letra.

Supongo que muchos excavadores confesarían haber sentido asombro, casi desconcierto, al penetrar en una cámara cerrada y sellada por manos piadosas tantos siglos antes.

En aquel momento, el tiempo como factor de la vida humana perdía todo significado. Han pasado tres o cuatro mil años quizá desde que un pie humano pisó por última vez el suelo en que uno está y, sin embargo, al notar las señales recientes de vida a su alrededor –el recipiente medio lleno de argamasa para tapiar la puerta, la lámpara ennegrecida, la huella de un dedo sobre la superficie recién pintada, la guirnalda de despedida arrojada sobre el umbral–uno siente que podría haber sido ayer.

El mismo aire que se respira, que no ha cambiado a través de los siglos, se comparte con aquellos que colocaron la momia allí para su descanso eterno. Pequeños detalles de este tipo destruyen el tiempo y uno se siente como un intruso.

Desde su llegada a Egipto, Carter tuvo muchas oportunidades de experimentar una sensación de intimidad con los habitantes del remoto pasado.

Es que, mucho antes de convertirse en la sombra viviente de Tutankamón, Howard ya tenía una muy buena reputación como eximio artista, comprometido con la naturaleza y la materia del pasado.

De hecho, mucho antes del descubrimiento que lo haría famoso, Carter había sido nombrado como Supervisor de Antigüedades del Alto Egipto, un cargo muy prestigioso que concitaba admiración y, también, envidias.

Un grupo de guardias protege la máscara mortuoria de oro, exhibida en el Museo Británico de Londres en 1972

Un grupo de guardias protege la máscara mortuoria de oro, exhibida en el Museo Británico de Londres en 1972

Hay que decir que su temperamento no le ayudó a conservarlo. Lejos de las piruetas diplomáticas de muchos de sus colegas, que hacían equilibrio entre los intereses coloniales conflictivos de Gran Bretaña y Francia en Egipto, Carter sabía lo suficiente del terreno como para recibir encargos personales de los grandes aristócratas que, por entonces, se dedicaban a coleccionar antigüedades y llenar los estantes del Museo Británico y el Louvre. Pero tenía pocas pulgas.

En 1905, turistas franceses borrachos entraron en uno de los sitios arqueológicos de Saqqara, maltrataron a los guardias y destruyeron algunos objetos. Como funcionario del Servicio de Antigüedades, el británico Carter hizo una denuncia formal. Cuando el embajador francés le pidió una retractación, Carter prefirió dejar su cargo y se fue a Luxor a sobrevivir vendiendo acuarelas a los visitantes.

Allí estaba, dibujando y ayudando en cuanta excavación se le ponía a tiro, cuando Lord Carnarvon –a quienes muchos hoy conocen por su hermoso palacio, Highclaire, el lugar donde transcurre la serie Downton Abbey– empezó a pedir referencias para excavar en Egipto.

El noble inglés, su esposa Lady Amina Herbert y su hija Evelyn tenían el hobby de la egiptología y viajaban periódicamente al país africano para sumar objetos a su enorme colección de antigüedades. Gaston Maspero, quien entonces era el director francés del Servicio de Antigüedades de Egipto, les recomendó a Carter, que estaba desempleado.

Un pasillo de acceso a la tumba, en el Valle de los Reyes, en 1925

Un pasillo de acceso a la tumba, en el Valle de los Reyes, en 1925

El nombre de Howard Carter llegó justo para completar la ambición de Carnarvon. Después de todo, Carter conocía el Valle de los Reyes al dedillo, y no solo había copiado las magníficas estatuas e inscripciones de la reina Hatshepsut en Deir-el-Bahari, sino que también había localizado un par de tumbas él mismo.

El rico lord y el orgulloso dibujante se hicieron socios y amigos hasta el día en que la muerte de Carnarvon los separó. Una muerte temprana que algunos atribuyeron a una maldición, por haber despertado a Tutankamón de su milenario sueño.

Estoy seguro de que nunca en toda la historia de las excavaciones se había visto un espectáculo tan sorprendente como el que nos revelaba la luz de la linterna. Las fotografías que se han publicado desde entonces se tomaron más tarde, cuando ya se había abierto la tumba e instalado en ella luz eléctrica. Dejaré que el lector se imagine la apariencia de los objetos mientras los contemplábamos desde nuestra mirilla de la puerta tapiada, proyectando desde ella el haz de luz de nuestra linterna, la primera luz que cortaba la oscuridad de la cámara en tres mil años.

Soldados observan cómo son retirados los tesoros de la tumba, circa 1923

Soldados observan cómo son retirados los tesoros de la tumba, circa 1923

No cabía duda alguna de que el lugar en que estábamos era la cámara funeraria (…). Descorrimos ansiosamente los pestillos y abrimos las puertas de par en par: allí adentro había otra capilla, con puertas igualmente cerradas con pestillo y, sobre él, había un sello intacto (…).

Creo que en aquel momento ni siquiera queríamos romper el sello, ya que un sentimiento de intrusión había caído pesadamente sobre nosotros al abrir las puertas, aumentado posiblemente por la situación casi hiriente de un paño mortuorio de lino, decorado con rosetas doradas, que colgaba en el interior de la capilla. Sentimos que estábamos en presencia de un rey muerto y le debíamos reverencia…

Miembros del equipo que descubrió la tumba de Tutankamón: Arthur Mace, Richard Bethell, Arthur Callender, Lady Evelyn Herbert, Howard Carter, George Herbert, Lord Carnarvon, Alfred Lucas y Harry Burton

Miembros del equipo que descubrió la tumba de Tutankamón: Arthur Mace, Richard Bethell, Arthur Callender, Lady Evelyn Herbert, Howard Carter, George Herbert, Lord Carnarvon, Alfred Lucas y Harry Burton

El cine del siglo XX consagró la leyenda de la maldición de Tutankamón en blanco y negro, primero, y en pantallas a todo color plagadas de momias enfurecidas, después. Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes y amante del espiritismo, contribuyó a dramatizar la leyenda de la maldición faraónica y a difundirla. Pero poco de real tiene aquella historia, aseguran los arqueólogos profesionales.

Lord Carnarvon ya tenía una salud débil cuando pisó Egipto por primera vez. De hecho, un accidente de auto lo había dejado en reposo obligado y ni todo el dinero de su esposa Lady Almina, hija ilegítima de Rothschild, conseguía mejorar su estado. Por eso los médicos le recomendaron pasar los inviernos en Egipto, a donde se trasladó por primera vez en 1903 y donde moriría, el 5 de abril de 1923, a los 57 años.

Aunque el noble estaba presente cuando Howard Carter hizo un agujero en la puerta sellada de la tumba KV62 y fue uno de los primeros que respiró el aire caliente que salió de sus cámaras interiores, los documentos revelan que Carnarvon murió después de ser picado por un mosquito y tras sufrir una neumonía, por la que fue internado con una septicemia generalizada en El Cairo, donde murió, un par de meses después de haber ingresado en la cámara funeraria de Tutankamón.

De las 58 personas que asistieron a la apertura de las sucesivas cámaras de la tumba, solo ocho murieron en los siguientes 12 años, y por múltiples causas. Un estudio publicado en el British Medical Journal terminó de descartar, en 2002, toda asociación entre la exposición al interior de la tumba y la muerte de quienes estuvieron presentes en las primeras excavaciones.

Carter desechó hasta el final de sus días la leyenda de la maldición de Tutankamón como un derivado de las historias sobre fantasmas que corrían como pólvora en Londres por ese entonces. El arqueólogo británico continuó excavando la tumba durante muchos años después de la muerte de su amigo y socio.

Harto de las discusiones con el gobierno egipcio y la ingratitud del gobierno británico, el arqueólogo más famoso del siglo XX finalmente se recluyó en su casa de Kensington y solo salió para dictar algunas conferencias. Allí murió el 3 de marzo de 1939, debido a un linfoma de Hodgkin. A los 64 años, no se había casado ni había tenido hijos. Encontraron una docena de pequeños objetos de Tutankamón en su hogar. Después de haber descubierto casi intacta la tumba más fabulosa jamás encontrada, Carter fue sepultado en una modesta parcela del cementerio de Putney Vale, ubicado en las afueras de la capital británica.

“Para Carter, el descubrimiento de la tumba de Tutankamón representó tanto una bendición como una maldición”, reflexionó la egiptóloga británica Joyce Tyldesley, profesora de la Universidad de Manchester. “Una bendición porque el descubrimiento le supuso el reconocimiento mundial: su nombre quedaría ligado por siempre al del rey niño. Una maldición porque el descubrimiento interrumpió sus esfuerzos por vaciar y documentar la tumba y su contenido”.

Tyldesley reconoce que el trabajo de Carter, que al principio se consideró una de las excavaciones arqueológicas más concienzudas jamás llevadas a cabo, hoy se antoja torpe y hasta rudimentario. Pero ¿qué hubiera pasado si algún contemporáneo menos escrupuloso hubiera descubierto la tumba? ¿Qué hubiera quedado de Tutankamón y sus tesoros?

El show y la gratitud

Las exhibiciones que se llevan a cabo este año en todo el mundo para celebrar el centenario del descubrimiento de la tumba KV62 aspiran a sacar el foco de atención de los objetos áureos y ponerlo en los sujetos anónimos que trajeron a la luz la figura olvidada del faraón niño.

Todavía muchos se preguntan cómo un joven que llegó al trono en una época tumultuosa (alrededor del 1333 a.C.), y que no dejó hijos cuando murió, alrededor de los 19 años, recibió un enterramiento tan rico. Hay que ubicar a Tutankamón en el contexto de la restauración de la vieja religión egipcia –anulada por el faraón monoteísta Akenatón– para comprender la magnitud del tesoro que depositaron los agradecidos sacerdotes tebanos en su tumba. Y también hay que considerar que otros faraones pudieron haber partido al más allá con muchos más tesoros que los de Tutankamón, pero los saqueadores de tumbas y ocupantes temporarios arrasaron con todo a lo largo de los siglos.

Algunos piensan que la tumba no fue construida originalmente para Tutankamón, sino para su padrino Ay, quien lo sucedió. El egiptólogo Nicholas Reeves incluso llegó a postular que la tumba tebana era en realidad para Nefertiti, la bella esposa de Akenatón, famosa por su busto exhibido en Berlín. Pero lo cierto es que Tutankamón fue enterrado allí con todas sus pertenencias y su oscuro pasado. Y nadie se acordó de él hasta que Carter lo recuperó para la historia.

La tumba que le construyeron los egipcios a Tutankamón, aunque pequeña y con decoración inacabada, reunía todo lo que el joven faraón podría necesitar en su vida eterna, desde carruajes, camastros y armas para cazar hasta tres pares de sandalias, juegos de mesa, toda clase de vasijas y copas, además de alimentos, instrumentos musicales, un abanico de plumas de avestruz y un trono de oro decorado con una representación del faraón y su joven esposa. También contenía dos pequeños féretros con sus dos hijas, ambas muertas al nacer.

La máscara funeraria de oro, los múltiples sarcófagos de piedra calcita y oro, y los cuatro cenotafios dorados habrían de convertir a Tutankamón en el faraón más conocido del Antiguo Egipto. Pero el oro no era más que una representación de la carne divina del faraón y un reflejo de la iluminación solar. Procedente del sur –Nubia–, el oro fluía a raudales en Egipto durante el Imperio Nuevo. ¿Qué menos podían hacer los sacerdotes tebanos, que recuperaron su poder y riquezas gracias a Tutankamón, que ofrecérselo al divino faraón en el momento de convertirse en una de las estrellas que jamás se ocultarían en el cielo de Egipto?

Como sea, puestos a celebrar el centenario del descubrimiento de Tutankamón y los 200 años del desciframiento de los jeroglíficos de la Piedra Rosetta, los arqueólogos hoy quieren descolonizar su pasado y disimular la egiptomanía que alientan los grandes museos con su marketing.

Mientras los egipcios dan los últimos retoques a su nuevo mega museo a los pies de las pirámides de Giza –que exhibirá por primera vez todos los objetos que Carter sacó de las entrañas del Valle de los Reyes–, los grandes y pequeños museos del mundo engalanan sus artefactos egipcios con gesto humilde y gratitud eterna. Después de todo, los tesoros descubiertos por Carter y sus archivos les llenan las arcas hace décadas y les han otorgado aquello que los faraones deseaban: gloria imperecedera.

Los objetos que no se han visto en décadas

Carter, un excavador inusualmente meticuloso para su época, organizó durante 10 años la conservación, documentación y conservación de los más de 6.000 elementos de la tumba de cuatro cámaras de Tutankamón. Algunos, como la máscara funeraria de oro de Tutankamón son absolutamente icónicos, pero muchos otros han estado almacenados y fuera de la vista durante décadas.

Pero eso está a punto de cambiar. Cerca de 5.400 de los muebles bien conservados de la tumba de Tutankamón están programados para exhibirse pronto cuando se inaugure el nuevo Gran Museo Egipcio, cerca de las Pirámides de Giza. Un monumental proyecto concebido hace ya 20 años y que tendrá su ansiada apertura este mismo año.

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