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Del lobo al perro: descubre el origen y la domesticación del mejor amigo de la humanidad…


Vista lateral del cráneo de un perro del Paleolítico encontrado en la cueva de Goyet (Bélgica) de aproximadamente 35 500 años de antigüedad.
Vista lateral del cráneo de un perro del Paleolítico encontrado en la cueva de Goyet (Bélgica) de aproximadamente 35 500 años de antigüedad.

Muy Interesante(M.G.Bartual/P.Morell/M.Bekoff) — El zooarqueólogo especialista en perros Darcey Morey afirma que la mayor prueba de la importancia social y afectiva que tienen nuestros peludos amigos radica en cómo deliberadamente les damos sepultura.

Y aunque actualmente hay numerosos cementerios caninos, se trata de una vieja historia de amor.

Un ejemplo es Ascalón, un yacimiento de Israel fechado entre 2500 y 2200 años antes del presente (considerando «el presente» el año 1950), en el que se enterraron más de mil perros en fosas individuales en una serie de terrazas que anteriormente habían sido ocupadas por un gran almacén con vistas al mar.

En la región de Cis-Baikal, en Siberia Oriental, también se hizo lo mismo, en ocasiones se colocaron dentro de tumbas humanas durante el Neolítico temprano (8000-7000 a.e.c.) y a principios de la Edad del Bronce (5000-3400 a.e.c.).

A la vista de estas fechas, durante mucho tiempo se creyó que su origen y domesticación tuvo lugar al comienzo de las prácticas agrícolas del Neolítico, de forma paralela a la de otros animales como la cabra o el cerdo. La idea provenía de dos trabajos fundamentales, escritos en 1981 y 1983 por Andrew Sherratt, en los que proponía que la principal razón para domesticar animales era proporcionar seguridad alimentaria. En caso de que vinieran malas cosechas, las reses podían comerse (incluidos los perros) y asegurar la supervivencia. 

Según Sherratt, solo de forma ulterior y paulatinamente, se explotaron sistemáticamente los otros productos secundarios como la leche, lana o la tracción de cargas. Los basureros neolíticos habrían atraído lobos a las zonas de asentamiento dando comienzo a las primeras interacciones con personas. Los menos temerosos y agresivos se habituarían y adaptarían a nuestro entorno.

Poco a poco, generación tras generación, los primeros perros primitivos surgieron de este grupo más amigable y dócil. Con los avances en secuenciación de ADN mitocondrial (ADNmt) se comenzó a estudiar los haplotipos (variaciones distintivas en el ADNmt) de perros actuales. Lo que se busca con ello es emparejar aquellos que compartan los mismos haplotipos. Cada uno con sus peculiaridades y diferencias. 

Ya en 2002, un equipo de investigadores liderado por Peter Savolainen agrupó los haplotipos mitocondriales de seiscientos cuarenta y cinco perros domésticos, lo cual era una muestra relativamente pequeña. Los datos sugerían que sus orígenes residían en el este de Asia, probablemente en China.

En 2010, otro equipo encabezado por Bridgett M. vonHoldt publicó el análisis del reparto de haplotipos en 48 000 perros. La muestra, mucho mayor, indicaba que el origen no estaba en China, sino en Oriente Medio o en Europa.

Fragmentos del esqueleto de un perro enterrado junto a dos humanos, encontrado en el yacimiento de Bonn-Oberkassel, Alemania.
Fragmentos del esqueleto de un perro enterrado junto a dos humanos, encontrado en el yacimiento de Bonn-Oberkassel, Alemania.

– Yacimiento de Bonn-Oberkassel

Eurasia empezaba a sonar como un lugar prometedor.

Un ejemplo es el yacimiento alemán de Bonn-Oberkassel donde se recuperaron restos de un perro que acompañaba un doble enterramiento de mujer y hombre.

Además, las nuevas dataciones arrojan una edad de 14 000 años cal. AP (años de calendario, antes del presente) para el enterramiento, lo que demuestra que es de finales del Paleolítico superior y anterior a los primeros asentamientos agrícolas.

Yacimientos prehistóricos como el de Bonn-Oberkassel empezaban a cuestionar la domesticación durante el Neolítico, ¿Podría haber perros aún más antiguos?

Antes de responder, conviene hacer unas consideraciones anatómicas básicas. Los perros actuales se distinguen de los lobos porque las hileras de sus dientes suelen ser cortas, como apiñadas.

Por el contrario, el hocico del lobo es más alargado y sus muelas carniceras (último premolar superior y el primer molar inferior) son más grandes. Teniendo en cuenta estas y otras peculiaridades morfológicas, la paleontóloga belga Mietje Germonpré y su equipo se propusieron obtener las proporciones óseas del cráneo que pudieran distinguir perros de lobos.

Efectuaron mediciones anatómicas básicas en cráneos de lobos actuales, perros modernos de once razas y cinco perros prehistóricos (de yacimientos epigravetienses y mesolíticos europeos). A partir de ellas, determinaron las relaciones que expresaban las proporciones y la forma general de los cráneos. 

Ayudados por complejos métodos estadísticos usaron la muestra de referencia para identificar conjuntos de medidas que distinguieran un grupo de otro. Ello les permitió crear nubes de puntos bien delimitadas mediante análisis de componentes principales. Los perros quedaron en su propia categoría de forma y había muy poco solapamiento de puntos con el grupo de los lobos cuando se representaban en una gráfica.

Incluso aquellos con cráneos arcaicos (chow chows y huskies) o con hileras de dientes cortas o con hocicos más largos y parecidos al del lobo (pastor alemán) podían separarse estadísticamente con las medidas adecuadas. Tampoco acabó ningún lobo en la delimitación de los perros.

Curiosamente, el área de distribución de los perros prehistóricos quedaba completamente fuera de lobos y perros, en una distante tierra de nadie. La forma de los cráneos prehistóricos procedentes de yacimientos como Eliseevich I (del epigravetiense ruso, hace unos 13 990 años) o Senckenberg (mesolítico alemán) no se parecen en nada al de nuestros chuchos. Son una variedad totalmente diferente, podríamos incluso hablar de una variedad biológica de perro que se perdió en el tiempo.

Fósil de perro en Siberia. En el lago Cis-Baikal se encontraron esqueletos de perros de entre 8000 y 5000 años enterrados junto a restos humanos
Fósil de perro en Siberia. En el lago Cis-Baikal se encontraron esqueletos de perros de entre 8000 y 5000 años enterrados junto a restos humanos

– Diversas hipótesis

Al ser la separación estadística tan buena, el equipo también la utilizó para once cráneos de grandes cánidos fósiles procedentes de antiguos yacimientos paleolíticos de Bélgica (Goyet, Trou des Nutons y tres localidades más), Ucrania (Mezhirich, Mezin) y Rusia (Yakutia y Avdeevo).

Algunos problemáticos, con caracteres ambiguos.

Los paleontólogos no se ponían de acuerdo de si se trataba de lobos peculiares o de perros incipientes. ¿En qué grupo encajarían?

El análisis discriminante lineal los colocó en el lugar más apropiado, dando un porcentaje de probabilidad de que la clasificación fuera correcta. 

Dos ejemplares, uno procedente de un megayacimiento de mamuts en Mezin y otro de Mezhirich, resultaron buenos candidatos a ser perros primitivos, con un 73 % y un 57 % de probabilidades, respectivamente.

Otro, de gran tamaño, procedente de la cueva de Goyet, logró un 99 %. Los valores de Mezin, Mezhirich y Goyet, representados por tres puntos en la gráfica, se posicionaron entre lobos y perros prehistóricos, justo en el medio de ambos. No eran ni una cosa ni otra, sino mitad y mitad. Tal vez eso tenía sentido. Estaban en el espacio morfológico en el que cabría esperar que cayera un animal en proceso de evolución de lobo a perro

Aparentemente, todo parecía encajar, hasta que nos fijamos en la enorme antigüedad del ejemplar de Goyet que vivió hace la friolera de unos 36 000 años AP, a finales del Auriñaciense. Antes de este estudio, se consideraba que una edad antigua, bien aceptada, para un perro prehistórico sería como máximo de 18 000 años y, más probablemente, de unos 14 000 años. 

¿Sería posible que los humanos modernos tuvieran perroslobos menos de 10 000 años después de su llegada a Eurasia? 

Otros trabajos científicos publicados a partir de 2010 también apoyan la hipótesis, incluyendo otro ejemplar de la cueva de Razboinichya, en las montañas de Altai, al sur de Siberia (Rusia) de 33 000 años cal. junto con especímenes de Předmostí, en la República Checa, que datan de 26 000 a 27 000 años AP.

Durante un tiempo se creyó que la domesticación del perro tuvo lugar al comienzo de las prácticas agrícolas del Neolítico, de forma paralela a la de otros animales como la cabra o el cerdo
Durante un tiempo se creyó que la domesticación del perro tuvo lugar al comienzo de las prácticas agrícolas del Neolítico, de forma paralela a la de otros animales como la cabra o el cerdoBosinski

Antes del Neolítico

Encontrar cánidos domesticados de más de 30 000 años no tenía precedentes en paleontología.

Era como algo loco y maravilloso imaginar los primeros humanos en Europa acompañados por incipientes perros con aspecto lobuno.

Ambos harían una formidable pareja mientras se adentraban en los fríos territorios de los neandertales.

Los perros, rudos y fuertes, ayudando en la caza y protegiendo las presas abatidas frente a otros depredadores. 

Pero no todo el mundo lo cree.

Por ejemplo, la prehistoriadora francesa Myriam Boudadi-Maligne piensa que los hallazgos de Mietje Germonpré son problemáticos porque han tratado estadísticamente el tamaño de un cráneo como algo independiente de las características morfológicas de una población de cánidos fósiles, y eso puede generar errores de identificación.

Asimismo, opina que los ejemplares de Předmostí y Razboinichya también presentan muchas dudas.

Dos recientes estudios paleogenéticos disipan, en parte, algunas incógnitas.

En 2015, el equipo de Pontus Skoglund analizó el genoma de un lobo de 35 000 años de la península de Taimyr, en el norte de Siberia; y, en 2020, el equipo de Anders Bergström hizo lo mismo con el de veintisiete perros prehistóricos que llegan hasta los 11 000 años de antigüedad.

Ambos coinciden en algo muy importante: los perros fueron domesticados mucho antes del Neolítico. Probablemente, hace unos 20 000 años, a finales del Último Máximo Glacial (una época de intenso frío global hace entre 20 000 y 26 500 años).

Además, los perros y los lobos grises euroasiáticos actuales aparecen como grupos monofiléticos; es decir, cualquier perro está genéticamente más cerca de otro perro que de un lobo, y viceversa. Esto es muy relevante, porque indica que tuvieron un único origen, en Eurasia, a partir de un linaje de lobos que ya no existe.

Perro

En resumen, es posible que hubiese perros-lobos domesticados hace más de 30 000 años, pero solo fue un primer intento que no prosperó.

Nuestros queridos compañeros provienen de una población de lobos extinguida, cuyos cachorros comenzaron a domesticarse hace unos 20 000 años, a diferencia del resto de las domesticaciones posteriores (ovejas, cabras, cerdos, etc.) que probablemente ocurrió durante el Neolítico y se produjo de forma independiente a partir de múltiples poblaciones locales salvajes.

Por ejemplo, hay pruebas de que los cerdos fueron domesticados tanto en Anatolia como en China.

Cada vez que vemos un perro, contemplamos el primer animal que convivió y caminó a nuestro lado.

Un carnívoro inteligente, leal y tan valioso que aparece en muchas tumbas como compañero en la otra vida.

– ¿Una domesticación recíproca? Así ha influido el perro en la evolución humana

Tenemos claro que nosotros, los seres humanos, hemos influido mucho en la evolución reciente del perro, pero ¿y al contrario? ¿Han influido los perros en nuestra evolución reciente?

Hace más de 20 000 años, en algún lugar de Asia central, un grupo de lobos empezó a seguir a los humanos que vivían en su territorio, atraídos por las actividades de estos. Lo que pasó después, como suele decirse, es historia.

Todos hemos visto el resultado de ese grupo inicial de lobos curiosos o desesperados. Los tenemos en nuestros campos, pastoreando y cuidando al ganado, cazando o simplemente viviendo en nuestras casas y compartiendo sus vidas con nosotros. Es indudable que hemos influido de formas muy diversas en la evolución de nuestros perros.

Desde las diminutas razas «toy» hasta los enormes mastines, hemos moldeado a nuestros compañeros dependiendo de nuestras necesidades y aspiraciones estéticas. 

Nuestra larga relación ha dado lugar no solo a cambios físicos, que son muy evidentes en la mayoría de los linajes y que aparecieron recientemente gracias a las modernas técnicas de cría y selección, sino también en cambios a nivel de comportamiento. 

Un requerimiento básico para que un animal pueda convivir estrechamente con otra especie es una reducción de su miedo hacia los humanos y de los conflictos con individuos que perciben como superiores (ya sea otros perros o humanos), así como un incremento en lo que se conoce como «comportamientos prosociales», como la facilidad para sociabilizar con miembros de otras familias (algo que para un lobo sería rarísimo) o extender los juegos hasta la edad adulta.

Una hipótesis que cada vez despierta más interés entre los investigadores que trabajan con la domesticación de esta y otras especies es la de que buena parte de estas diferencias podrían haber aparecido por «autodomesticación»

Este proceso, en el que los animales adquieren las características típicas de un animal doméstico simplemente como adaptación a un entorno lleno de humanos en lugar de debido a una selección por nuestra parte, se cree que ha ocurrido por lo menos en dos especies domésticas: el perro y el gato. Sin embargo, también se ha sugerido que esto podría haber pasado en otras especies. 

Y es que hay otro animal que vive constantemente en un entorno altamente social rodeado de humanos: nosotros

Sí, somos una especie domesticada

Compartimos con nuestras mascotas características neoténicas, o infantiles, que se retienen en estado adulto, como las cabezas grandes, los rostros cortos y con ojos grandes, la cara aplanada y los brazos relativamente cortos. Además, presentamos las ya mentadas características prosociales, la falta de miedo a grupos ajenos a nuestro «clan» o familia y una aversión natural a buscar conflictos con quien percibimos como «superior».

Todas estas características, distribuidas de forma generalizada en nuestra especie, fueron clave en nuestra evolución, tanto a nivel biológico como social. La influencia que hemos tenido en nuestra propia evolución y la de otras especies es innegable… pero ¿qué hay del efecto que han tenido el resto de los animales sociales que hemos domesticado en nosotros?

Los lobos siempre han sido excelentes cazadores y disponer de sus habilidades supondría una enorme ventaja para las tribus.
Los lobos siempre han sido excelentes cazadores y disponer de sus habilidades supondría una enorme ventaja para las tribus.

– Viajando juntos

La respuesta corta a esta pregunta, como a muchas otras relacionadas con los procesos de domesticación o la evolución reciente de nuestra especie, es que no lo tenemos muy claro

La respuesta larga, sin embargo, es bastante más interesante. 

La principal dificultad con la que nos encontramos a la hora de estudiar cómo nos afectó la presencia de perros es que la mayoría de estos cambios se produjeron en una época donde no había registros y, probablemente, la mayoría de cambios se manifestaron a nivel social, lo que los hace muy complicado de rastrear, aunque no imposible. 

Durante décadas se ha asumido que, dado que los lobos son excelentes cazadores, disponer de estas habilidades supondría una enorme ventaja para una tribu del Paleolítico. Sin embargo, un análisis publicado en el Journal of Ethnobiology en 2020, basado en poblaciones modernas de más de ciento cuarenta culturas diferentes y cómo interaccionan con sus perros encontró que, aunque la relación de estos con la caza y los hombres en general es positiva, la relación entre los perros y las mujeres es mucho mayor.

Esto se puede interpretar de muchas formas, pero desde luego nos sugiere que fueron mucho más que simples herramientas de caza. 

Tener a nuestros mejores amigos con nosotros seguramente nos forzó a cambiar nuestra sociedad de muchas formas, y parece que en general fue bastante beneficioso para los humanos tenerlos como compañeros.

Esto lo sabemos porque para hace 15 000 años ya los podíamos encontrar en toda Eurasia y Beringia (el continente que conectaba Eurasia y América del Norte), y hace 11 000 años ya los encontrábamos distribuidos por todos los continentes donde los humanos anatómicamente modernos fueron migrando.

En algunos casos, como en el de los perros árticos, es muy posible que estos fuesen una parte activa de dicha migración, pues hemos encontrado restos de trineos tirados por perros en Siberia que datan de más de 9 500 años de antigüedad, y los autores creen que su uso ya era común hace 15 000 años.

El perro
El perro lleva miles de años viviendo junto al ser humano

– Viviendo juntos

Hace 14 000 años, en una cueva de Bonn-Oberkassel, en lo que hoy en día es Alemania, alguien enterraba a un cachorro de apenas siete meses. 

Lo enterraron junto a dos humanos, y los daños en la dentadura sugieren que murió de un caso grave de moquillo (morbillivirus canino) que estuvo acarreando por lo menos desde que tenía diecinueve semanas.

Que llegase a vivir durante casi diez semanas más con esa infección por sí solo es prácticamente imposible, y desde luego este ejemplar nunca pudo ser de ninguna utilidad a los humanos que lo criaron.

Por lo que los investigadores lo han considerado el primer caso documentado de un vínculo emocional con un animal de otra especie, así como prueba de que en esta época tan temprana los humanos ya considerábamos a nuestros perros mascotas.

Este cambio en la forma de relacionarnos con los animales, que por sí solo puede parecer pequeño, fue el que unos cuantos miles de años después nos abrió las puertas a la que probablemente sea la revolución tecnológica más importante de nuestra historia: la domesticación de animales de granja.

En esta revolución, basada en una transición de formas de vida nómadas a tener asentamientos sedentarios facilitados por un clima más moderado y a las nuevas formas de explotación de los recursos, el perro probablemente jugó un papel importante.

En uno de los asentamientos más antiguos de Anatolia, Aşıklı Höyük, un equipo de arqueólogos encontró evidencias de que los primeros ocupantes del asentamiento capturaban ejemplares jóvenes de muflones (los ancestros salvajes de las ovejas) y los mantenían en rediles hasta que necesitaban la carne.

Más tarde, empezaron a criarlos ellos mismos, aunque siguieron capturando algún que otro ejemplar salvaje. Atrapar animales vivos es muy complicado, y es de suponer que los perros tuvieron un papel importante en estas cacerías.

Además, estudios de ADN antiguo han demostrado que, una vez que la Revolución Neolítica ya estaba en su apogeo y los granjeros de oriente medio se empezaron a expandir, lo hicieron con sus perros, supuestamente pastoreando a los rebaños de los granjeros migrantes.

Según algunos investigadores actuales, nuestra relación con otros animales es lo que nos ha hecho evolucionar y ser lo que somos.
Según algunos investigadores actuales, nuestra relación con otros animales es lo que nos ha hecho evolucionar y ser lo que somos.

– Cambiando Juntos

Si buscamos cambios más grandes en nuestra evolución cultural y biológica, debemos adentrarnos en el territorio de la «especulación informada», o, como lo llamamos los científicos, las hipótesis

Establecer una relación causal es complicado incluso cuando el evento está pasando conforme hablamos, mucho más si estamos hablando de algo que ocurrió hace veinte o treinta mil años.

Probablemente, la hipótesis más interesante sea la de que la presencia de perros en nuestro entorno favoreció nuestra «autodomesticación», hasta el punto de que algunos investigadores la llaman «codomesticación».

Esta afirmación cuenta con el respaldo de estudios que encontraron que las mutaciones localizadas en regiones asociadas con la domesticación en otras especies están positivamente seleccionadas en humanos modernos en comparación con neandertales y denisovanos, y que estudios observacionales han demostrado que introducir un perro en un grupo de personas, incluso en un entorno formal como es una oficina, propicia el comportamiento prosocial.

Una derivación de esta hipótesis es que gracias a esta influencia positiva y a la necesidad no solo de comunicarnos entre nosotros, sino con otra especie, desarrollamos unos lenguajes tan complejos como los que podemos observar hoy en día. Los autores de esta hipótesis sugieren que la comunicación con los perros fue una importante ayuda a la hora de establecer las extensas redes de grupos no relacionados que vemos durante el Mesolítico (aprox. hace 12 000 años).

Por último, y centrándonos en la genética, tanto los perros como los humanos compartimos presiones selectivas comunes, sobre todo en lo relativo a la comida. Los perros poseen varias copias del gen de la amilasa, lo que hace que sean capaces de digerir mejor comidas ricas en carbohidratos en comparación con un carnívoro estricto como el lobo.

Este cambio, a nosotros no nos hizo falta, pues lo traíamos de casa, pero sí compartimos con los perros dos genes que están bajo selección positiva: ABCG5 y ABCG8. Esta pareja de genes interviene en el transporte selectivo del colesterol, y que estén positivamente seleccionados en ambas especies se ha interpretado como una adaptación a una dieta más rica en plantas desde el Paleolítico.

Otro gen que está bajo selección positiva es el SLC6A4, que codifica una proteína de membrana que transporta la serotonina, y que por tanto tiene un rol importantísimo en el funcionamiento del sistema nervioso. Esta proteína es uno de los objetivos de drogas como las anfetaminas y la cocaína, y mutaciones en ella se ha asociado a comportamientos violentos, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión mayor y algunos casos de trastorno del espectro autista.

En un principio, estos resultados corroborarían la idea de que la autodomesticación o codomesticación está seleccionando positivamente los comportamientos menos agresivos. 

Miniatura del manuscrito medieval Tacuinum Sanitatis, un manual sobre salud y bienestar basado en el tratado Taqwim al‑sihha del médico Ibn Butlan. Esta página está dedicada al altramuz.
Miniatura del manuscrito medieval Tacuinum Sanitatis, un manual sobre salud y bienestar basado en el tratado Taqwim al‑sihha del médico Ibn Butlan. Esta página está dedicada al altramuz.

– Una larga historia con mucho futuro

Hasta ahora nos hemos centrado en lo que sabemos que pasó hace muchísimo tiempo, pero ahora quiero irme a tiempos más cercanos.

Sabemos, por ejemplo, que tanto la Grecia como la Roma clásicas tenían variedades específicas de perro para cazar y para guardar la casa y/o el ganado.

En Egipto, aunque algunos autores han sugerido que los perros no estaban muy bien considerados, encontramos decenas de pinturas y estatuas, además de la tumba del animal más antiguo del que tenemos un nombre: Abuwtiyuw.

Este perro, que murió antes del 2280 a.e.c., se cree que pertenecía a un guardia real, y al morir este, el emperador le concedió un espléndido entierro en la necrópolis de Guiza, similar al de un humano de clase alta.

Durante la Edad Media europea vemos que los perros pasan a ser una señal de estatus, en la que los nobles tenían perreras donde criaban perros de caza. Gente más humilde también los usaba para muchas otras cosas más prosaicas, como el pastoreo y la guarda de ganado y casa, como en tiempos romanos, pero también para extraer agua de los pozos o enviar mensajes entre diferentes lugares cercanos.

Durante esta época es cuando empezamos a ver intentos activos de seleccionar a los mejores ejemplares y, por lo tanto, un incremento en la presión selectiva, especialmente en los perros de caza. Sin embargo, en la mayoría de casos no sería hasta los siglos XVIII y XIX en los que empezamos a ver a las razas modernas formarse y estandarizarse de acuerdo a los usos que nos interesaban y a las características estéticas que más nos gustaban.

Hoy en día se estima que tenemos más de 900 millones de perros distribuidos entre más de trescientas sesenta razas reconocidas por la FCI (Federation Cynologique Internationale), con un montón de mezclas y linajes sin describir por todo el mundo, y su popularidad no tiene pinta de disminuir en el futuro próximo. En una sociedad que cambia tan rápido como la nuestra, me pregunto cómo cambiaremos al perro en el futuro y cómo nos cambiará él a nosotros.

¿Qué sería de los perros sin nosotros?
¿Qué sería de los perros sin nosotros?

– ¿Qué sería del perro si se extinguiera la humanidad?

¿Podría esta especie con la que hemos coevolucionado arreglárselas sin provisiones de comida, cuidados y mimos regulares?

ncluso para sus mayores fans, los perros pueden parecer ridículamente carentes de habilidades de supervivencia. Rufus sale a toda velocidad detrás de una ardilla con una expresión de gran determinación, solo para llegar a un árbol cercano mucho después de que la ardilla se haya puesto a salvo.

Bella ladra ferozmente a una estatua de metal de un alce. Poppy acecha a una bolsa de papel arrastrada por el viento por la acera.

Dickens se niega a salir a orinar porque está lloviendo. Jethro corre a casa con el rabo entre las piernas cuando se encuentra con un animal salvaje cerca.

Estas anécdotas son una fuente común de diversión en los parques para mascotas, en las redes sociales y en las conversaciones relacionadas con los perros. Pero detrás de las risas se esconde una seria cuestión científica: si los humanos desaparecieran repentinamente de la escena, ¿podrían sobrevivir los perros? 

Después de decenas de miles de años de domesticación, ¿podría esta especie con la que hemos co-evolucionado arreglárselas sin provisiones de comida, cuidados y mimos regulares?

Intrigados por esta cuestión, se ha explorado como experimento mental en el libro Un mundo de perros. A partir de la teoría evolutiva y de la creciente investigación sobre perros en libertad, imaginamos un futuro posthumano para los canes.

Intentamos averiguar qué aspecto tendrían, cómo se alimentarían, reproducirían y criarían, la naturaleza de su vida social y las habilidades cognitivas y emocionales que necesitarían para desenvolverse con éxito en un mundo en el que deben competir, cooperar y coexistir con otros animales. 

El resultado nos sorprendió. No solo puso de manifiesto la inmensa flexibilidad de nuestros amigos caninos, sino que también reveló algunas lecciones importantes sobre cómo los humanos podemos mejorar la suerte de los perros mientras estemos aquí.

Son una de las especies de mamíferos más exitosas del planeta. Unos mil millones de ellos habitan en todos los rincones del planeta y viven en todo tipo de lugares, desde hogares y metrópolis urbanas hasta desiertos, selvas tropicales y altas mesetas tibetanas.

Cuando se les pide que se imaginen un perro, la mayoría de los habitantes del Reino Unido y Estados Unidos se imaginan una mascota con correa, persiguiendo una pelota en un parque o engullendo un cuenco de comida. En realidad, solo una pequeña minoría de los perros del mundo viven como animales de compañía, mientras que entre el 80 % y el 85 % viven de forma independiente como perros asilvestrados, de pueblo, de calle o de comunidad.

Lo que permite a los perros prosperar en nichos ecológicos tan diversos es el hecho de que, como todos los cánidos, son versátiles y oportunistas. Conservan muchos de los rasgos y comportamientos de sus parientes salvajes, como los lobos, los coyotes y los chacales, con los que todavía pueden cruzarse. Es posible que los perros de compañía no sean criados de forma que cultiven estas habilidades.

Sin embargo, como especie, no han «olvidado» cómo buscar comida, cazar, procrear, criar a sus hijos, llevarse bien en grupo y defenderse a sí mismos y a sus hogares. Esta capacidad de adaptación hace que los perros puedan sobrevivir e incluso prosperar en un mundo post-humano.

¿Podría esta especie con la que hemos coevolucionado arreglárselas sin provisiones de comida,
cuidados y mimos regulares?
¿Podría esta especie con la que hemos coevolucionado arreglárselas sin provisiones de comida, cuidados y mimos regulares?

– Los perros no se «desdomestican»

Sin embargo, la transición años después de la desaparición de los humanos sería difícil.

Satisfacer las exigencias asociadas a la pérdida brusca de nuestro apoyo requeriría adaptaciones conductuales, neuronales, anatómicas y fisiológicas, y una buena dosis de suerte.

La distribución geográfica de los perros cambiaría.

Incluso los que viven en libertad tienden a estar cerca de los humanos, pero si no hubiera gente, se verían obligados a buscar otros ecosistemas.

Probablemente, se produciría una importante mortandad durante los primeros años.

Pero la evolución adaptaría a los perros a su nueva vida, ya que los individuos más capaces de enfrentarse a nuevos y diversos retos tendrían más probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes. Como resultado, las siguientes generaciones serían genéticamente más aptas y más capaces de aprender habilidades de supervivencia para sí mismas y para otros perros.

Por muy convincente que sea la idea, los perros no se «desdomesticarían» y volverían a ser lobos. Una forma de conceptualizar sus posibles trayectorias evolutivas es centrarse en lo que los biólogos denominan estrategias vitales. El objetivo es entender cómo evolucionan los organismos para equilibrar los costes energéticos de la supervivencia, el crecimiento y la reproducción.

Este enfoque de la evolución de los perros post-humanos plantea cuestiones clave, como qué estrategias vitales convergerían con las de otros cánidos, cómo se engranarían distintas variables, como el tamaño corporal y el comportamiento alimentario, y cuánto tiempo tardarían en producirse los cambios evolutivos de forma y comportamiento.

El reto más inmediato y significativo al que se enfrentan los perros posthumanos sería la adquisición de alimentos. Casi todos los perros, incluso los que no reciben ayuda humana directa, dependen en cierta medida de los subsidios alimentarios de los humanos, que es una forma elegante de decir que se comen nuestra basura, nuestros residuos (sí, nuestras heces) y nuestras limosnas.

Los perros son generalistas con una dieta muy adaptable, por lo que podrían sobrevivir con una amplia gama de alimentos, desde plantas, bayas e insectos hasta pequeños mamíferos y pájaros, y quizás incluso algunas presas más grandes. Los perros post-humanos comerían todo lo que pudieran conseguir.

La mezcla de razas daría lugar a perros muy parecidos a los actuales perros asilvestrados.
La mezcla de razas daría lugar a perros muy parecidos a los actuales perros asilvestrados.

– Diferentes nichos ecológicos

Las diferentes estrategias de alimentación evolucionarían con el tiempo en función de su nicho ecológico, la disponibilidad local de alimentos y la competencia con otros animales.

Su dieta se vería limitada por sus capacidades físicas y, a su vez, influiría en su evolución. 

Con el tiempo, las diferentes poblaciones podrían incluso convertirse en especies distintas, utilizando diferentes estrategias de alimentación para llenar una gama de nichos ecológicos.

El cambio físico sería rápido una vez que la selección artificial dirigida por el hombre fuera sustituida por la selección natural.

Los humanos han criado a los perros para que adopten una amplia gama de formas y tamaños.

Los primeros en desaparecer serían los rasgos inadaptados, como los hocicos extremadamente cortos, que pueden impedir la respiración, y los pliegues pronunciados de la piel, que pueden albergar microbios causantes de enfermedades.

Dentro de unas pocas generaciones, la mezcla de razas probablemente daría lugar a que todos los perros se parecieran mucho a los actuales perros asilvestrados: de tamaño medio, con orejas puntiagudas, hocicos alargados, colas rectas y pelaje marrón rojizo de longitud media, que sería más fino o más grueso dependiendo de su hábitat. 

Sin embargo, a largo plazo, las poblaciones que quedaron aisladas geográficamente o debido a la especiación podrían evolucionar con características físicas distintas, moldeadas por cambios genéticos aleatorios o por la adaptación a un nicho específico.

Las estrategias de apareamiento y reproducción de los perros posthumanos no tendrían que cambiar tanto como su aspecto o su ecología alimentaria. Sin embargo, podría haber algunos cambios, ya que la selección natural favorece las estrategias que conducen a un mayor éxito reproductivo en ausencia de los humanos.

Entre ellas podrían estar un flirteo más prolongado y ritualizado, volver a entrar en celo una vez al año, como los lobos, en lugar de dos, y una mayor implicación de madres, padres, tías, tíos y de individuos ajenos a la familia en la crianza.

Las diferentes poblaciones podrían incluso convertirse en especies distintas, utilizando
diversas estrategias de alimentación para llenar una gama de nichos ecológicos.
Las diferentes poblaciones podrían incluso convertirse en especies distintas, utilizando diversas estrategias de alimentación para llenar una gama de nichos ecológicos.

– Trabajo en equipo

En un mundo sin humanos podrían funcionar muchas formas diferentes de organización social, como la formación de parejas unidas, pequeños grupos y manadas más grandes.

Sin embargo, para tener éxito, los perros tendrían que perfeccionar sus habilidades sociales, incluyendo la comunicación de intenciones y la resolución de conflictos.

Como todos los animales sociales, los canes son capaces de aprender los unos de los otros y esto sería crucial para la supervivencia.

Las habilidades desarrolladas durante el periodo de socialización temprana de los cachorros serían especialmente importantes.

La vida interior de los perros posthumanos también cambiaría a medida que evolucionaran las habilidades cognitivas y la inteligencia emocional necesarias para interactuar con otros animales y convertirlos en miembros exitosos de las comunidades salvajes.

Puede que solo sea un experimento mental, pero puede ser útil ver a los perros como animales salvajes. Considerarlos así puede ayudarnos a pensar en cómo darles la mejor vida posible hoy en día, especialmente a los de compañía con los que compartimos nuestros hogares y que pueden vivir en condiciones sorprendentemente estresantes porque están cautivos y no pueden satisfacer sus necesidades e impulsos básicos sin nuestra ayuda.

Ya existe una increíble diversidad en la forma en que los perros se abren camino en el mundo y se relacionan con los humanos. Reconocerlo puede recordarnos que no existe un perro universal. Debemos tener cuidado de no hacer generalizaciones sobre lo que hacen o no hacen, o incluso sobre lo que es bueno o malo para ellos: hay que centrarse en los individuos.

Sin embargo, observar el comportamiento de los perros en libertad puede ayudarnos a identificar cómo tienden a comportarse cuando se les deja a su aire y así entender y apreciar mejor los antiguos impulsos que todavía acechan en el cerebro de los perros, influyendo en lo que hacen y en cómo se sienten.

Los que vivimos con perros de compañía debemos hacer todo lo posible para permitirles y animarles a realizar una amplia gama de comportamientos típicos y apropiados para un perro. Debemos dejar que utilicen sus sentidos (como su increíblemente activo olfato) y que se relacionen con otros perros si lo disfrutan, y también debemos crear vínculos fuertes con ellos que les ayuden a convertirse en los seres emocional y socialmente inteligentes que son por naturaleza.

Nuestro control sobre la cría de animales de compañía conlleva otra gran responsabilidad. Ciertos rasgos hacen que los perros se adapten mejor a diferentes condiciones y tengan más probabilidades de sobrevivir y disfrutar de la vida. Otros hacen lo contrario. Es difícil pensar en un escenario, futuro o presente, en el que los rasgos inadaptados sean buenos para un perro.

Deberíamos dejar de criar selectivamente mascotas por características que solo sirven a los deseos estéticos humanos, como el tamaño extremo, los pliegues excesivos de la piel, los ojos saltones y las caras aplastadas. No es agradable imaginar un mundo en el que los humanos no existen, pero es un ejercicio importante.

 Cuando dejamos de situarnos en el centro de la imagen, de ser el centro de todo, podrá surgir un pensamiento mucho más fructífero y productivo. Nos ayuda a iluminar quiénes son los perros en sus propios términos y cómo nuestras relaciones con ellos pueden beneficiarnos a ambos. Todos salimos ganando.

Los perros habitan en todo tipo de lugares, desde hogares y metrópolis urbanas hasta desiertos,
selvas tropicales, playas y altas mesetas tibetanas.
Los perros habitan en todo tipo de lugares, desde hogares y metrópolis urbanas hasta desiertos, selvas tropicales, playas y altas mesetas tibetanas.

– Es la vida de un perro

Los perros han coevolucionado con los humanos y seguramente se enfrentarían a algunos retos sin nosotros.

Sin embargo, también ganarían mucho física, psicológica y socialmente si las personas desaparecieran de repente.

Contras:

  • No hay comida ni acceso a fuentes de alimentación humana. 

  • Mayor riesgo de enfermedades, lesiones y depredación por parte de otros animales. 

  • No hay atención veterinaria ni medicamentos para el dolor o el malestar psicológico. 

  • Pérdida de alojamiento confortable y aseo humano. 

  • Pérdida de compañía humana y de estimulación mental.

Pros:  

  • Control total sobre el movimiento, la reproducción y la vida social. 

  • No hay experimentación, ni peleas de perros, ni sobrealimentación, ni maltrato

  • No hay mutilación, como el corte de la cola, el descortezado ni el recorte de las orejas. 

  • Una mayor y más apropiada estimulación sensorial para el perro. 

  • No hay cría selectiva de rasgos debilitantes e inadaptados.

nuestras charlas nocturnas.

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