Demokratía y guerra fría …

(I): Y en el principio fue Atenas
JotDown(A.García) — Ni siquiera la irrupción de la pandemia en el escenario mundial ha borrado del todo el debate sobre a dónde vamos como sociedad, políticamente hablando. Se ha instaurado en diversos ámbitos una reclamación de más democracia como el medio para atajar la desigualdad, tanto real como supuesta.
De hecho, es una palabra que continuamente aparece por todas partes en boca de cualquiera, ya sean medios de comunicación o conversaciones de barra de bar y que, junto con «libertad», debe ser una de las dos excusas más manidas para cometer cualquier tipo de tropelías. A cualquiera le vienen unos cuantos ejemplos a la cabeza. Se reclama incansablemente como remedio a todo mal político una variedad de democracia más «directa», con una supervisión más cercana por parte de la ciudadanía.
Aunque pueda parecer gratificante ver lo arraigado que está el concepto de democracia en la mentalidad popular, se pueden albergar ciertas sospechas de que sea solo de boquilla, o una adaptación libre de la novela. ¿Cuánto sabemos de un tipo de gobierno que, como nos contaron en el colegio, nació hace mucho, mucho tiempo en la Grecia clásica, concretamente en una ciudad que no hace mucho sufría los embates de una oligarquía adinerada cada día más insolente y desvergonzada, la antiguamente bella Atenas?
El primer ejemplo de una democracia en funcionamiento no solo es excepcional, sino que se trata de un caso de estudio esencial para comprender en qué consistía, qué condiciones son necesarias y cuáles son sus ventajas e inconvenientes —que los tiene—. Resulta llamativo que un escolar español actual solo trate el asunto de pasada, con solo doce años de edad, sin la profundidad necesaria como para captar sus implicaciones, así que urge llenar este agujero negro.
Allá por el siglo VI a. C., Atenas, como cualquier otra polis arcaica que se precie, estaba dirigida por un tirano con un nombre de dudoso gusto, Pisístrato. Esto no significa que el hombre se paseara de uniforme y se divirtiera enviando gente a prisión mientras reía malignamente; originalmente un tirano se refiere a un miembro de la oligarquía de la ciudad, un aristócrata que gracias a apoyos y maniobras políticas se erigía con el poder, ejercido personalmente.
Este tipo de gobierno en un principio no se veía como algo necesariamente malo; de hecho, era el típico de las pequeñas ciudades-Estado griegas de entonces, que se componían de una capital con su templo, su ágora y su gimnasio, por un lado, y del campo circundante por el otro, con sus campesinos en sus chozas y su ganado. Las polis las gobiernan un reducido grupo formado por los ciudadanos más pudientes, que además son los que salen a partirse la cara por ella. Lógico, puesto que son los únicos que se pueden costear el armamento.
Pero hete aquí que las ciudades se organizan, prosperan y crecen. También el comercio, la economía y la población. La sociedad se vuelve más compleja, aparecen nuevas facciones políticas más amplias y la aristocracia se divide en bandos. Más ciudadanos propietarios implica más personas pidiendo acceso a la política, y el sistema de tiranías obviamente no les satisface. Ni tampoco a algunos de los ilustres, que deben disputar e intrigar continuamente para ocupar los cargos.
¿Todo este rollo qué quiere decir? Que, en las ciudades más pujantes como Atenas, la tiranía «pasa de moda», ya no sirve. Es tiempo de crisis internas, o como lo llamaba Tucídides, de stasis, una especie de bloqueo de fuerzas enfrentadas. A leches si hace falta, por supuesto. A la muerte de Pisístrato hay unas cuantas de estas luchas por el poder (con sus imprescindibles asesinatos) que ahorraremos para ir directos al final: hacia el 514 la tiranía está bastante desacreditada y sin embargo nos quedan dos candidatos a la gloria, de los que se alzará triunfante un personaje de sugerente nombre, Clístenes.

Este aristócrata de la controvertida familia de los Alcmeónidas, habitual en todos los follones políticos atenienses, va a sentar las bases de la posterior democracia popular.
Aupado al poder por la vía tradicional, parirá una «reforma electoral» que ríanse ustedes de la modélica transición española.
Los atenienses, como buenos indoeuropeos, se dividían en tribus por cuestiones de parentela, clanes y demás asuntos familiares.
Las tribus, además, servían como una especie de unidad política tradicional, y hacían de centro de reclutamiento, colegio electoral y asamblea de tipo social.
Pues bien, Clístenes dividió el Ática en tres partes (la ciudad, la costa y el interior) y cada una la dividió a su vez en diez, según la distribución de aldeas con entidad administrativa (los demos, origen de nuestra palabreja) y la voluntad emanada de su escroto.
Después procedió a inventarse diez tribus nuevas cogiendo un cachito del campo, un cachito de la ciudad y uno del interior para cada una de ellas, les puso nombre y un lacito, y a correr. ¿Para qué este manejo? Los expertos con pajarita y gafas de culo de vaso todavía discuten los motivos de Clístenes, porque en realidad nadie lo sabe, pero se pueden adivinar algunas intenciones detrás. Por un lado, esta reordenación lo dejaba todo atado y bien atado; el poder político de los partidarios de la tiranía quedaba repartido y por tanto diluido.
Por el otro, todas las tribus tenían una patita puesta en el centro del meollo; Atenas, y por tanto desde ahí se podía controlar y participar en la política. Nada se cocinaba fuera de la ciudad.
¿Cuál era la utilidad de este «rediseño creativo» del mapa electoral? Pues qué pregunta, elegir al nuevo gobierno. Aquí va la explicación de cómo se organizaba el mondongo político; no dolerá mucho, un pinchacito nada más. En la antigua tiranía, en Atenas mandaban nueve magistrados o arcontes, elegidos por la asamblea de tribus antiguas entre los que importaban algo.
Su labor estaba supervisada por un grupo de ex altos cargos que decidían además sobre cualquier cosa: justicia, política interior y exterior, legislación, etc. Esta banda de vejetes estirados se reunía en la colina de Ares y por eso se llamaba el tribunal del Areópago. En otras palabras, las clases más altas lo controlan todo.
Ahora la cosa cambiará bastante y el demos hace su entrada triunfal en política. Al aristocrático Areópago se le deja en paños menores y conservará únicamente el poder judicial y la «auditoría» de los magistrados. Los otros asuntos pasan al Consejo de los quinientos, o mucho más bonito en griego, la boulé. Cada flamante comunidad autónoma-tribu elige cada año entre sus varones mayores de edad a cincuenta representantes para la boulé.
Como es un jaleo juntar a quinientos tipos cada pocos días para tratar asuntos, sobre todo tipos que se dedican a otras tareas, se establecía una «comisión permanente» rotatoria de cincuenta , así que cada tribu se encargaba del Consejo una parte del año (este consejo redux se llamaba pritanía). ¿Y a qué se dedicaban exactamente? Pues a preparar los temas que se iban a tratar en el epicentro del sistema, el lugar donde se ventilaba todo, el corazón de la demokratía… la asamblea popular. En griego, la ekklesía.
La asamblea ahora tomaba en última instancia las decisiones; política exterior e interior, si se iba a la guerra, votaba las leyes… siempre siguiendo el «orden del día» preparado por el Consejo. Aquí se elegían los cargos de magistrado y los strategos del ejército de entre los propuestos por cada tribu.
El sistema se completaba con toda una serie de medidas para impedir pillar el sillón y enquistarse en el poder, incluido el sorteo o la imposibilidad de presentarse más de dos veces a la pritanía. Pero la joya de la corona de Clístenes, el arma definitiva antitiranos para el mantenimiento del equilibrio político y la paz social, era el famoso ostracismo.

Una vez al año el demos ateniense podía votar si se expulsaba a alguien de la ciudad, cual Gran Hermano VIP, siempre que acudieran más de seis mil, que debía ser, siguiendo la metodología ojimétrica, algo más de la mitad de la asamblea popular. El nombre se grababa en un trozo de teja (ostrakón) y el que obtenía mayor número de votos debía exiliarse. Este procedimiento va a dar grandes ratos de diversión en el futuro, como veremos.
Esto puede parecer una democracia, y en el fondo lo era, aunque en una fase bastante embrionaria y bastorra. Porque aún nos falta un cacho de trozo de trecho para llegar a la auténtica democracia radikal popular, entre otras causas porque como buenos indoeuropeos (otra vez), los atenienses se clasificaban y ordenaban por clases sociales en función del algoritmo «tanto tienes, tanto vales».
Había un par de grupos que se quedaban marginados en esta idílica e innovadora felicidad política: los thetes, los que trabajaban alquilando sus servicios para otro, no podían acceder a los cargos aunque participaran en la asamblea. Lo que dejaba al cincuenta por ciento de los varones adultos atenienses fuera de la cosa pública.
Pero no se vayan todavía, aún hay más; los hektemoroi, aquellos que tenían deudas que pagar con parte de la cosecha, los «hipotecados», esos ni podían ir a la asamblea siquiera. ¿Las mujeres? No me haga reír, hombre, this is Hellas.
Aun así, era un invento revolucionario sin igual en toda Grecia, producto entre otras cosas de la riqueza y la importancia que iba adquiriendo Atenas en el mundo griego. Y ahora que ya conocemos cómo se gobernaban los habitantes del Ática, pasaremos a ver a la joven democracia en acción, porque se avecinan muchas curvas y unas cuantas pruebas de fuego para el sistema, que lo dejarán bastante cambiado.
La primera —y decisiva— patata caliente que cae en campo ateniense es nada menos que la primera expedición persa. Tras pedirles la tierra y el agua y que los mandaran a freír espárragos, nuestros amigos orientales desembarcaron en Maratón, el único sitio llano disponible que encontraron. Claro que también se encontraron a un montón de hoplitas atenienses al mando del noble Milcíades, con el resultado de todos conocido.
La rotunda victoria dio mucho prestigio a la recién estrenada democracia y salvó el primer punto para el equipo griego, pero pese a lo que pudiera parecer, en vez de convertirse en un factor de unidad, dividió las opiniones y complicó mucho la política de la polis, como si de españoles se tratara. A grandes y groseros rasgos, Maratón dio lugar a dos bandos principales; uno era el «aristocrático», en el que militaban algunas de las mayores fortunas de la ciudad y que encabezaba entre otros el propio Milcíades; representaba a la fuerza de hoplitas, propietarios de la tierra, la forma tradicional de hacer la guerra.
Así que no hace falta insistir en el prestigio que tenían después de la batalla y lo convencidos que estaban de que esa era la manera correcta de hacer las cosas. No solo eso, sino que Milcíades era dueño y señor del Quersoneso y por tanto tenía el riñón forrado, hasta el punto de que se le acusaba de haber ejercido la tiranía por allá.
La otra facción había visto motivos de inquietud tras el primer asalto; no en vano los persas habían movido su flota como Pedro por su casa. No era de recibo que a una ciudad costera como Atenas le chorrearan así en su cara; el arma definitiva debía ser una flota como Zeus manda y un puerto nuevecito (El Pireo), conjuntamente con una serie de fortificaciones que debían ir desde la Acrópolis hasta allí, lo que se conocería como «los Muros Largos».
La figura más destacada de esta «corriente de opinión» era el visionario de Temístocles, y no se trataba de un oportunismo a causa de la guerra. En realidad, el auténtico motivo para proponer estas medidas era un enemigo mucho más modesto pero que llevaba pintándoles la cara a los atenienses desde ni se sabe: la polis de Egina. Los modestos eginetas disponían de una respetable flota y hostilizaban a los áticos dónde y cuándo querían desde hacía años, impidiéndoles dominar las aguas egeas.
Así que Temístocles y sus partidarios en realidad estaban mirando más allá de la cuestión persa y planeaban una futura expansión ateniense, que debía ser, sí o sí, marítima. El problema es que construir una flota era algo carísimo, y una muralla ni les cuento, y la pasta gansa estaba en el otro bando. Además, también estaba el problemilla persa en la agenda: más o menos todo el mundo esperaba la próxima iniciativa de Oriente, así que las opiniones oscilaban entre los que rechazaban un hipotético dominio del rey de reyes y los que pensaban que a lo mejor no era para tanto.

Las primeras bofetadas en la arena política correrán a cargo del dúo mencionado. Tras su gran victoria, Milcíades se animó a perseguir a los persas (lo cual indica que la facción aristocrática tampoco le hacía ascos a eso de expandirse) y trató de liberar las islas Cícladas, llevándose una derrota en Paros que además le dejó malherido.
Temístocles y sus partidarios estrenaron aquí el ostracismo, acusando al derrotado de «decepcionar al pueblo ateniense» y le condenaron al exilio y a pagar un multazo que no se llegó a cobrar, pues Milcíades se murió antes. El invento de la teja no solo se emplea ya para alejar personajes peligrosos, sino como modo de «regular» el efecto del exceso de fama y prestigio de individuos concretos en la democracia.
No se sabe mucho de los acontecimientos de los años posteriores en la ciudad, pero el baile de figuras condenadas al ostracismo y la indecisa política exterior ateniense, que daba un pasito-palante-pasito-patrás en sus relaciones con los persas nos hace suponer que no se aburrieron precisamente.
A Temístocles le saldrá un rival en la figura de Arístides, con fama de justo, virtuoso, incorruptible y repelente niño Vicente, si bien ambos coincidían en política exterior. Pero hay dos hechos que van a decantar la balanza definitivamente del lado «naval»: el primero, el descubrimiento accidental de un montón de plata en las minas de Laurión, con lo que el asunto del dinero quedaba resuelto.
El segundo, que Jerjes —convertido en drag queen en 300—optó por invadir Grecia y jugar la revancha. Los partidarios de dar la mano blandita al persa tuvieron que largarse o quedarse callados, y el proyecto de Temístocles salió adelante. En un plazo razonablemente corto de tiempo y justo para estrenar en la guerra, Atenas puso doscientos trirremes en el agua.
Que no funcionaban solas, por cierto; hubo que reclutar a los thetes para que sirvieran como remeros en la marina, lo cual a la larga tuvo la previsible contrapartida política, como nuestro hombre ya preveía y esperaba, no en vano contaba con su apoyo social.
Como todos sabemos, Atenas y Esparta se coaligaron para rechazar la invasión y el «muro de madera» flotante que erigió Temístocles sirvió para poner a la población ateniense a salvo del ataque persa, acabar con su flota en la espectacular victoria de Salamina, salvar a Grecia y en última instancia, al mundo occidental como lo conocemos, si nos ponemos épicos.
Después por tierra, en Micala y Platea, los espartanos remataron la faena. Es el triunfo en las Guerras Médicas el que va a transformar decisivamente a Atenas en una democracia «completa» y en muchas cosas más.
(II): El Telón de Bronce

En estos momentos Atenas y Esparta son un remedo primitivo de los Estados Unidos y la URSS de finales de la Segunda Guerra Mundial; son aliados contra el mismo enemigo y tienen el conflicto de cara, y aparentemente son amiguitas. Pero se están jugando muchas papeletas para malos rollos futuros.
Sus sistemas políticos son la noche y el día y ambas están destinadas a jugar papel de superpotencia. La diferencia es que Esparta no tiene ningunas ganas de gobernar el Egeo, por lo que esto implica en cuanto a crecer y transformarse, mientras que Atenas no solo lo mira con ojitos, sino que su metamorfosis ya ha comenzado. Cosa que a los lacedemonios tampoco es que les haga mucha gracia. Aunque hay buen rollo oficial entre ambos, quien vio venir el futuro con claridad fue, cómo no, Temístocles.
En cuanto las operaciones bélicas se alejaron de la Grecia continental, los espartanos propusieron, muy sutiles ellos, que estaría genial que se desmontaran todas las fortificaciones y murallas de las polis, con la excusa de que muchas ciudades aliadas del persa se habían tenido que tomar por asalto.
Las risas fueron grandes en Atenas, que había sido saqueada por el enemigo y que en aquel mismo momento se encontraba enfrascada en poner sus muros en pie, objetivo en el que estaban pensando realmente los laconios. Temístocles, cual capitán Panaka, urdió una estratagema, plantándose en Esparta a entretenerlos con una patraña mientras mujeres y niños acababan las obras corriendo (479 a. C.).
Para cuando los espartanos se asomaron por Atenas, la muralla se había completado a una velocidad que ni las constructoras hispánicas. Esto no les hizo demasiada gracia a los rústicos chicos sureños, que tomaron buena nota de la matrícula del ateniense.
Para acabar de liarla, el «Alto Mando Aliado» despachó la flota ateniense bajo mando espartano a pegar guantazos por ahí y tuvo lugar el feo asunto de la corrupción de Pausanias. Una vez destituido el lacedemonio y puesto al mando un ateniense, un «Telón de Bronce» iba a caer entre las polis. Esparta se desmarcó del asunto mientras que Atenas aceptó encantada de la vida ponerse al mando y para ello Arístides fundó una coalición, la Liga de Delos (477 a. C.).
Delos-que-pagan, porque en esencia Atenas ponía los barcos, soldaditos y caballos y los demás aflojaban la cartera. Esta subcontratación de la cosa bélica traería consecuencias inimaginables. Pero de momento quedémonos con que los espartanos no olvidan, así que se las apañaron para acusar a Temístocles de estar implicado en la subversión de Pausanias. ¿Qué tiene que ver esto con la democracia? En pocas palabras, va a ser su sustento.

La flota ha ganado la guerra, y ya no son los propietarios agrícolas y sus lanzas los que defienden Atenas en solitario. La marina no solo es el orgullo de la polis, sino su futuro. Es imprescindible para continuar las operaciones, mantener la Liga (y el cobro de contribución correspondiente) y arrojar al persa del resto de Grecia, así que los modestos van a querer ver su poder político aumentado e irrumpir a saco en la fiesta de la democracia.
La facción «democrática» va a salir muy reforzada de la guerra y los acontecimientos posteriores, adquiriendo un tono claramente antiespartano y proexpansionista, como su líder. De hecho, una de las primeras medidas que tomará el demos es quitarse de en medio a la figura oligárquica del momento, Arístides, votando su ostracismo.
Pero paradójicamente, la facción aristocrática también va a reforzarse. Los hoplitas se han batido como machotes y el Areópago, reducto aristocrático, ha adquirido mucho prestigio tras dirigir la evacuación de la ciudad en momentos de grave peligro. Además, cuenta ahora con una joven promesa, el hijo de Milcíades, Cimón, que además ha heredado la inmensa fortuna de papi. Para colmo, muchos de sus cabecillas son strategos del ejército que tan brillantemente conduce la guerra contra Persia; el propio Cimón es puesto al mando de la expedición de la Liga para correr a gorrazos al persa hasta su tierra.
Sin embargo, esta facción es partidaria de la amistad con Esparta, «home of the hoplites» y polis oligárquica por antonomasia. La lucha política, pues, se va a recrudecer y tendrá como objetivo al hombre que ahora ostenta el título de «más popular de Atenas», el hombre en el cénit de su carrera, Temístocles, que se ha puesto además un poco chulito y al que los espartanos y sus amigos difaman. En 472 es condenado al ostracismo en una votación de la que se han encontrado abundantes ostrakón prefabricadas con su nombre ya impreso. Las irregularidades se inventaron ayer, como se ve.
Mientras tanto, la Liga de Delos se consolida a la vez que el fantasma del peligro persa se aleja. Cimón se hincha a repartir leches de tal modo que los aliados empiezan a plantearse que a lo mejor no hace falta ya la pseudo-OTAN esta. Sin embargo, a los atenienses les va muy bien esto de cobrar sus servicios militares por adelantado, y ese dinerito está haciendo mucho bien en Atenas, porque entre otras cosas servirá para sufragar la adquisición de muchos esclavos y la presencia en las asambleas de los más modestos; el imperialismo ateniense sostiene la democracia popular.
La organización de la Liga ya tiene mala pinta y no responde que digamos al modelo democrático: se reúnen dos órganos por separado, el de los atenienses y el del resto, así que ya se pueden imaginar qué clase de igualdad garantiza eso si el voto de Atenas vale por el de todos los demás juntos. Cuando se huelen que la Liga es un instrumento al servicio de la polis ática, algunas ciudades tratan de salirse.
Pero la Liga de Delos es una especie de antecedente de instituciones futuras como la Iglesia católica o las compañías de telefonía móvil; es muy fácil entrar, pero salir es harina de otro costal. Naxos en 470 y Tasos en 465 tratan de borrarse del club y son correspondientemente represaliados por los atenienses, que mandan colonos —clerucos— a todas partes y se aseguran por encima de todo el cobro de sus servicios. ¿El persa? Bien, gracias.
Así están las cosas ahí fuera, pero… ¿qué ocurre en Atenas mientras tanto, una vez expulsado Temístocles? Pues el partido aristocrático, con Cimón a la cabeza, tratará de mantener a raya a los demócratas con un recurso muy actual; el evergetismo. ¿Qué es esto? Pues sencillamente que Cimón gastará parte de su dinero en abrir sus huertos, sus terrenos y su bolsillo para regalar al personal comida y sustento.
Como nada es gratis en este mundo, una vez que pasas a ser mantenido de alguien te conviertes en su clientela, y como si de un precursor del camello moderno se tratara, si quieres seguir chupando del bote, en la ekklesía votarás lo que yo te diga. El pesebrismo se inventó hace veinticinco siglos. Así es como Cimón cree manejar el sistema político, pero un oportuno resbalón dará alas a sus enemigos políticos.
En 462 a. C., Esparta sufre un tremendo terremoto y pide ayuda ante la rebelión de sus montones de hilotas. Cimón, que es muy proespartano él, convence a la asamblea de que le deje ir con cuatro mil hoplitas.

Aparte de que los lacedemonios lo envían rápido a hacer gárgaras, porque no quieren saber nada de los atenienses y sus peligrosísimas innovaciones políticas, en su ausencia los cabecillas demócratas, Efialtes y el gran Pericles, han reformado la constitución de Atenas, sin referéndum ni nada. El Areópago es despojado de sus poderes auditores, que pasan a la boulé y la Asamblea del demos y se queda en lo justo para ver casos penales; los thetes ven su poder incrementado.
Cimón volvió de Esparta con sus hoplitas todo despechado después de que sus amigos espartanos le dijeran que preferían una relación a distancia y que se fuera por donde había venido… solo para encontrarse un bonito ostracismo que le dejará fuera de combate en 462 a. C. Los ánimos en Atenas andaban revueltos y la respuesta de los lacedemonios no gustó mucho; de esta manera, la torpeza espartana demostró no tener límites, porque la influencia en Atenas de los partidarios de llevarse bien con los madelman peloponesios se redujo al nivel del salario mínimo español.
Esto dejó las manos libres a los demócratas para «rediseñar» la política exterior ateniense sin deberle nada a los pueblerinos del sur, por lo que se dedicaron a reforzar su imperio, con la flota en una mano y la lanza en la otra. Atenas no podía renunciar al pingüe negocio de la Liga de Delos, puesto que los ingresos que obtenían son directamente responsables de lo que exageradamente se conoce como «el siglo de Pericles», momento cumbre de la cultura, las artes y todo eso en lo que se gasta la pasta cuando sale por las orejas.
Hay que decir, eso sí, que al menos tuvieron la deferencia de prescindir de parques temáticos desiertos y resquebrajados diseños de Calatrava y erigir obras de las que aún pueden verse. Pero no solo se empleaba el dinero para eso; lógicamente se invertía en barcos, caballos y guerreros, y también en una creación del propio Pericles: la subvención. También conocida como óbolo.
¿Para qué este invento del demonio? Básicamente porque para ejercer la politeia hay que ser un ocioso con mucho tiempo libre, y dicho perfil suele coincidir con el aristocrático. Las bases de la democracia, los marinos, se encontraban lejos de Atenas, persiguiendo al persa y metiendo aliados en cintura por el Egeo. Los hoplitas también tenían la cosa difícil para acudir a las asambleas, puesto que los que no guerreaban se dedicaban a sus tierras, y en general, para quien debía buscarse la vida currando era complicado pasarse por allá.
Así que si bien la desarticulación (temporal) de la facción aristocrática acabó con la compra de voluntades que Cimón practicaba, la democrática tenía problemas para ejercer el poder desde una asamblea casi vacía compuesta por los más pudientes. En realidad, el óbolo no era mucho dinero, ni la mitad de un salario diario normal; pero poco es mejor que nada, así que los tribunales y las sesiones de la ekklesía comenzaron a llenarse de gente menesterosa que iba allí a cobrar, y si se tercia, a venderse.
Una medida que en principio parecía una buena idea, destinada a que el pueblo pudiera tener algo de independencia política, acabó a la larga convirtiéndose en una fuente de problemas. Cosa que al pobre Pericles le va a pasar bastante a menudo, pero eso ya se verá más tarde.
Sea como fuere, finiquitada la práctica del evergetismo y por tanto el control de los ricachos sobre el demos a golpe de talonario, este volvió a tomar las riendas del Estado de la manita del gran Pericles. Que era un señor paradójico, puesto que se trataba de un líder democrático de origen y talante aristocrático; este extraño equilibrio contribuye también a la no menos paradójica situación de que los ciudadanos atenienses y su democracia se vuelvan bastante «aristocráticos» en sus decisiones.
Que estaban estaban sobre todo encaminadas a mantener, ampliar y fortalecer el sistema que les permitía gobernarse: el imperialismo. Vamos a patearnos la política exterior de Washington… Atenas.

Se basó esta en dos líneas principales de actuación; una consistió en mangonear en el área alrededor del Ática, lo que incluía Grecia Central y las ciudades de la costa norte del Peloponeso. Un juego bastante peligroso, puesto que si bien los atenienses se limitaron a molestar a algunos miembros de la Liga del Peloponeso (quienes, como buenos griegos, peleaban entre ellos), afectaba indirectamente a Esparta, riesgo que al parecer les importaba tres pepinos.
Así, Atenas se alió con Tesalia (expartidaria del persa en las Guerras Médicas) y Argos, en virtud de sus malas relaciones con Esparta, y también consiguió atraerse a Mégara, que como tenía un contencioso con Corinto, no vio mayor problema en pasarse a la Liga de Delos. Por fin Atenas podía rendir cuentas pendientes con potencias marítimas vecinas como Egina, Corinto y sus amiguitos.
Ciudades todas ellas que veían con mucha alarma la enorme expansión ateniense, que amenazaba con estrangularlas y someterlas, y ahí entroncamos con la segunda línea: la guerra con Persia como excusa para incorporar ciudades a la Liga de Delos, ergo a la cuenta de resultados.
Después de la galleta tremenda que se llevaron en Eurimedonte los persas a manos de Cimón (antes de que lo largaran), la marcha de las operaciones iba cuesta abajo, y cada vez más los atenienses estaban más ocupados en instalar clerucos por ahí y en favorecer al partido del demos de las ciudades de la Liga que en otros asuntos.
Esta exportación de la democracia en realidad era solo aparente, puesto que, si bien los atenienses en política interna no se metían, el demos de cada ciudad aliada en política exterior ni pinchaba ni cortaba, así que se trataba de una democracia bastante poco soberana que nos recuerda algo a todos.
Todo esto, además de suponer una escalada de tensión que acabará muy mal, como el agorero de Tucídides no se cansa de repetir, exigirá a Atenas un esfuerzo muy grande, y como ya sabían las viejas castellanas en su día, «quien mucho abarca, poco aprieta». Para resumir, la triple alianza Atenas-Argos-Mégara empezó a darse piñazos con Corinto & Asociados, lo que preocupó lo suficiente a los lacedemonios como para sacar a sus muchachos a pasear por Grecia central.
Además, por entonces Atenas se había metido en Egipto a chinchar al persa; demasiados frentes abiertos, así que Pericles echó marcha atrás. En democrático consenso con la facción aristocrática y aprovechando que el ostracismo de Cimón caducaba, consiguió que el forrado ateniense negociara con sus amiguitos espartanos una tregua para acto seguido ir a hacer lo que más le gustaba: correr detrás de los persas cual toro san-ferminero en pos de un grupo de australianos borrachos. Pero hete aquí que en Chipre Cimón palmó, y muerto el mayor partidario de la guerra, no quedó otro remedio que firmar la paz (de Calias, en 449 a. C.), muy necesaria para ambos bandos.
Sin embargo, este armisticio dejó a Atenas en un compromiso; una vez finiquitado el objetivo para el que se creó la Liga, los aliados comenzaron a pensar que iba siendo hora de disolver el club de los paganos. Cosa que a los atenienses ni se les pasaba por la cabeza, ya que los subsidios les permitían mantener veinte mil bocas de ciudadanos aproximadamente. Así que hizo justo lo contrario, reforzar el control sobre la Liga, animar amistosamente a punta de lanza a entrar a nuevos «amigos», reprimir las rebeliones contra esta hegemonía (Eubea, el incidente de Samos, Bizancio) y buscarse nuevos conflictos que la justificaran.
Vuelta la burra al trigo: Esparta se enfada, se da un paseo por Beocia, se enseñan todos los dientes, se va salvando la situación como se puede, etcétera. Pero en el fondo, dado que ni Esparta ni Atenas modificaban sus políticas esenciales, todos sabían que el equilibrio no se podía mantener siempre y que al final se iba a liar parda.
Uno de estos listos era por supuesto Pericles, que ya había creado un fondo de reserva de mil talentos de oro y tenía un plan bélico diseñado para cuando estallara lo que al final estalló en 431; la guerra mundial griega, más conocida como Guerra del Peloponeso.
(III): La unidad de los demócratas

El primer movimiento que Pericles previó fue el de siempre de los espartanos, dada su legendaria flexibilidad táctica: aprovechando que tenían los hoplitas más vigoréxicos, los pusieron de nuevo en Grecia Central con el objetivo de arrasar el Ática.
Para prevenirlo, el ateniense había diseñado un plan defensivo que consistía en meter a todos los campesinos y el ganado que cupiera dentro de la polis, a esperar que los laconios se aburrieran de quemar campos mientras la poderosa flota ateniense venía al rescate.
Parecía una buena idea… si no fuera porque hacinar a tanta gente de higiene discutible suele traer complicaciones en forma de enfermedades. En cuanto se declaró la peste (un tercio de la población murió) y como siempre cuando las cosas se tuercen, la Asamblea popular culpó a Pericles y le destituyó del cargo de stratego, en un arrebato de desesperación.
Como obviamente esto no solucionó nada de nada, y Pericles era con mucho lo mejor que tenían, le volvieron a elegir en otro vaivén emocional. Pero el Gran Hombre contrajo la enfermedad, y después de ver morir a sus hijos, falleció personalmente en 429 a. C.
Mal momento para pasar a la posteridad, puesto que no solo Atenas estaba en graves aprietos, sino que las vedetes políticas que le sucedieron eran como para agarrarse bien los calzones; los herederos demócratas eran Nicias, un señor tranquilo y temeroso, muy (demasiado) partidario de dar la mano blanda, y Cleón, el «curtidor», un tipo más bien rudo y vulgar, partidario de la guerra (sobre todo si iban otros) y al cual le encantaba la demagogia.
De hecho, su advenimiento supuso la época dorada de una figura producto de esta última, del sistema político y de la enorme afición por los pleitos típicamente ateniense: el sicofante, profesional de la denuncia interpuesta a cambio de dinero.
Para que se hagan una idea, en 428 a Mitilene de Lesbos le dio por hacer lo que venía siendo ya habitual: sublevarse para salirse de la Liga, y la propuesta de Cleón consistió en cargárselos a todos para demostrar que, ya que el imperio era una tiranía y que no lo iban a soltar, se fueran grabando el mensaje a fuego.
Cuando ya habían despachado las naves para allá, la propuesta se echó atrás y hubo que enviar otra a avisar del cambio de planes.
Si esto parece preocupante, lo que hay al otro lado del espectro es directamente para echarse a temblar. En el campo aristocrático, el inclasificable, irrepetible, el maestro de chaqueteros, ego en acción, cizañero mayor y cabroncete con pintas… el gran Alcibíades. Se trataba de un jovencísimo aristócrata que aprendió de Pericles a combinar porte distinguido y colaboración con la democracia.

Pero a diferencia de aquel, Alcibíades era un amoral al que le encantaba pisar todos los charcos que se le ponían delante (llegó a meterse en la cama de Sócrates para comprobar si podía corromperlo… cosas de griegos); en realidad podría decirse que la facción que lideraba era la de Alcibíades.
El muchacho empezó fuerte, urdiendo una alianza con Argos, Mantinea y Élide, destinada a fastidiar en el propio Peloponeso por el conocido y fiable método de la puñalada trapera.
Argos no tardó en pegarle a su vecino Epidauro y Alcibíades se las apañó para convencer a sus aliados de atacar a los pobres arcadios, aliados de Esparta pero que se mantenían quietecitos.
La trama acabó en fracaso porque los machoman espartanos derrotaron a Alcibíades en Mantinea, con la previsible consecuencia de que Argos perdió la cuenta de las veces que había cambiado de bando y la estrategia ateniense en la zona quedó comprometida.
Pero esto no desanimó a Alcibíades de seguir intrigando, esta vez con el episodio de la expedición a Italia.
Después de varias idas y venidas que incluyen la conversión por parte de Atenas de la pobre ciudad de Melos en terreno urbanizable por no haber hecho nada, la democracia puso sus ojos en un nuevo escenario, exótico y lejano: Sicilia.
Aprovechando el enésimo conflicto entre ciudades griegas, Egesta y Siracusa, a los atenienses se les ofreció la posibilidad de intervenir allá.
Habitualmente se achaca a la mala cabeza del populacho la decisión arriesgada de enviar la expedición, pero se podría ir más allá; da toda la impresión de que el demos de Atenas sabía perfectamente qué se traía entre manos, y tenía muy claro que su hegemonía (y por tanto, su independencia política) estaba ligada a la expansión imperialista.
Con todos los frentes comprometidos, Sicilia parecía una opción de abrir «nuevos mercados» con los que obtener riquezas y ganar a los aldeanos cuarteleros de abajo. Así que se votó a favor del cuento de la lechera: Nicias, Alcibíades y otro señor intrascendente encabezarían un ejército que iría a atacar Siracusa.
Sin embargo, en las vísperas de la partida ocurrió lo que los historiadores pudorosos denominan «la mutilación de los Hermes», que puestos a usar eufemismos podrían haber optado por llamarla «el cambio de sexo instantáneo de los Hermes», y se habría entendido mejor.
Las estatuas de este dios estaban por toda la ciudad, las clases populares eran muy devotas suyas, era protector de caminos y comunicaciones… en fin, los atenienses se desayunaron con un sacrilegio en toda línea, una masacre de pililas pétreas, y dado que los antiguos eran más supersticiosos todavía que hoy en día, enseguida se tomó como un mal presagio. Los rumores empezaron a extenderse por la ciudad, y pronto cundió el temor a una conspiración antidemocrática cuyos caminos llevaban derechitos… a Alcibíades.
Del que, quien más o quien menos, sospechaba que acataba la democracia solo por conveniencia. En vista del follón, y para evitar un juicio y un retraso, la expedición partió corriendo para Italia. Aventura que acabará en un desastre absoluto a la larga y que pesará mucho en la derrota final ateniense, pero no adelantemos: la nave oficial del Estado se presentó en Siracusa para recoger a Alcibíades y llevarlo a procesar a Atenas, momento en que nuestro antihéroe aprovechó para fugarse a Esparta.
Una vez allá hizo unas polémicas declaraciones en las que culpaba a Atenas de la guerra, animaba al resto de polis a unirse contra ella y afirmaba que él había colaborado con la democracia por obligación, pero que no le parecía la mejor forma de gobierno. Aunque los placeres de la vida espartana no eran suficientes para un alma inquieta como la de Alcibíades, y pronto se largaría de allá muerto del asco.
La guerra iba tan mal después de lo de Sicilia, que en 413 los atenienses decidieron nombrar una comisión de diez expertos (probouloi) para que examinaran la situación y buscaran soluciones. Esto, que de entrada parece inocuo, es el principio de la reacción aristocrática. Alcibíades, al año siguiente, reapareció en zona persa y se llegó hasta Samos, donde estaba fondeada la flota ateniense (el pilar de la democracia) para iniciar conversaciones secretas con ellos.
El muchacho ofrecía la ayuda monetaria del rey de reyes si le ayudaban a volver a Atenas y cambiar la constitución. Los marinos no eran idiotas y pronto llegaron a la conclusión de que Alcibíades los quería usar para obviar una condenilla a muerte de nada que pesaba sobre él y retornar en plan triunfador enrolado en el otro bando. Pero poderoso caballero; los marineros no cobraban regularmente, y aunque partidarios de la democracia, se tragaron el sapo a regañadientes por el cochino y vil metal.

El plan estaba en marcha: una vez obtenido el beneplácito de la marina, los aristócratas mandaron a Pisandro a la capital para preparar el ambiente. Este habló ante la asamblea, proponiendo un cambio constitucional para «gobernarse mejor», reducir el número de candidatos a las magistraturas y limitar la soberanía de la asamblea.
Pisandro insistió bastante en el argumento del oro persa, necesario para ganar la guerra, y obtuvo permiso para negociar con el exenemigo de toda la vida. Pero este hombre era también una especie de agente doble y tenía la inconfesable misión de agitar el ambiente en Atenas. Intrigó con la ayuda de los círculos aristocráticos, que difundieron la necesidad de recortes y más recortes para salir de la crisis: para ganar la guerra era imprescindible cambiar la constitución, bajar los salarios, eliminar los óbolos y limitar el número de los que podían participar en política, concretamente unos cinco mil hoplitas.
Estos argumentos se acompañaron de algunos asesinatos políticos de la facción democrática y el sustrato del golpe estaba puesto.
Pero el éxito de toda esta trama dependía de las conversaciones con el persa; cuando el sátrapa Tisafernes se subió a la parra con sus demandas, todo el tinglado se vino abajo. Solo cabía la huida hacia adelante. Pisandro volvió a Atenas y propuso sumar veinte tipos a los diez anteriores para formar una comisión.
Una vez se salió con la suya, esta gente convocó la Asamblea y les hizo votar la suspensión de un derecho constitucional clave; la paranomon graphé, por la que cualquier ciudadano podía acusar legalmente a quien propusiera un proyecto de ley inconstitucional. Una vez aprobada por la intimidada asamblea, el golpe de Estado era completamente legal.
Se impuso un consejo de cuatrocientos que decidiría los cinco mil con derecho a participar en política y con la flota bien lejos, aquí paz y después gloria.
A los marinos en Samos esto les sentó como una patada cuando se enteraron y aquí Alcibíades y sus amigos tuvieron que recurrir a todas sus dotes diplomáticas para aplacarlos. Bueno, en realidad Alcibíades quiso atraerse el apoyo democrático para poder retornar a Atenas y se convirtió en portavoz de la marina, pidiendo quitar a los cuatrocientos y dejarlos en la boulé de siempre.
Como comprenderán, esta diversidad de intereses particulares provocó confusión en las filas aristocráticas, y Atenas asiste a un rosario de idas y venidas, proclamas, sublevaciones de hoplitas, de marineros, intentos de negociar con Esparta… en definitiva, un caos horroroso del cual no daremos detalles.
Para acortar, en todo este embrollo los cinco mil hoplitas se impusieron, liquidaron el consejo de los aristócratas y lideraron la «transición» a la democracia de nuevo; el golpe antidemocrático se había superado, lo que indica la fuerza con que había arraigado esta opción política en los atenienses.
Pero como la alegría no suele durar mucho en la casa del pobre, la guerra continuaba y presentaba un aspecto francamente preocupante. Sin embargo, el incombustible Alcibíades, inmune al parecer a los efectos de tanto cambio de bando, lideraba las operaciones atenienses en el nuevo escenario bélico, los estrechos, por donde pasaba el aprovisionamiento de grano de la polis.

Que en principio parecían propicias, con varios éxitos esperanzadores que forzaron a Esparta a pedir un armisticio y que permitieron a nuestro intrigante favorito por fin entrar en su casa de forma triunfal (407). Pero ah, los dioses son crueles y la batalla naval de las Arginusas provocó una crisis política: Atenas venció, pero una tormenta impidió recoger los cadáveres de los caídos. Los griegos se tomaban muy en serio esto de enterrar sus muertos en casa (véase Antígona), y mezclado con tensiones políticas obtenemos un juicio sumarísimo con ejecución de los strategos al mando.
El desastre se completó con la estrepitosa derrota de Egospótamos, producto de la ineptitud ateniense, a pesar de las advertencias de Alcibíades.
Y ahí sí que se terminó la guerra, y como en Star Wars, el imperio se derrumbó de golpe. Bloqueada por tierra y mar, Atenas se rinde y los espartanos aparecen por el horizonte para supervisar la instauración de un nuevo régimen.
En realidad, a los muchachotes peloponesios les importa bastante poco lo que hagan los atenienses mientras estén callados y no molesten su hegemonía, pero los más radicales de los oligarcas locales aprovechan (escudados en la protección espartana) para elegir lo que se llamó el gobierno de los Treinta Tiranos, que acapararon los cargos políticos y confeccionaron una lista de solo tres mil personas con derechos políticos.
Pero la democracia era muy resistente y se necesitaba algo más que eso para destruirla del todo; los exiliados de Atenas, comandados por Trasíbulo, resistieron contra viento y marea todo lo que les echaron encima y a base de encabezonarse consiguieron derrocar el gobierno oligárquico.
La intervención de Esparta solo sirvió para exiliar a los partidarios de la aristocracia en Eleusis, que se convirtió en municipio aparte, hasta que en 401 fue invadido-absorbido de nuevo por Atenas, se ejecutó a los altos cargos y se invitó al resto a una reconciliación y amnistía general, en modélica transición ateniense.
La democracia sobrevivirá pues en Atenas, a pesar de todos estos vaivenes, aunque con todos sus defectos, como cualquier otro régimen político (muy especialmente su vulnerabilidad a la demagogia) y sus excesos, como la lamentable condena y ejecución de Sócrates. Inscrita en la histeria política postconflicto, dado que el filósofo era amigo de ilustres antidemócratas como Alcibíades o Critias, uno de los tiranos, y era bastante heterodoxo en sus creencias.
También tendrá la democracia radical representantes destacados y bastante recalcitrantes como Demóstenes, pero paradójicamente acabará sometiéndose por el mismo mecanismo por el que Atenas, en los tiempos de la Liga de Delos, subyugaba a sus aliados: viendo impedida su libertad de acción en política exterior.
Así, después de sacudirse el dominio espartano a base de la tradicional combinación de alianzas y traiciones típicamente helenas, durante el periodo en que Tebas predomina, Atenas intentará equilibrar la balanza política aliándose con ella y de paso fundar una segunda Liga Ático-Délica, pero sin las connotaciones tiránicas de la anterior.
Solución chapuza y salchichera que no servirá ni para refundar el imperio ni para congraciarse con nadie, y mucho menos para pagar los gastos de la Liga y el ejército de Atenas, que se alquilará como mercenario por estas fechas (siglo IV a. C.).

Pero los buenos tiempos han pasado y ahora es Tebas quien corta el bacalao. Fugazmente, porque el ocaso definitivo viene a manos de los macedonios del rey Filipo, empeñado en dar ejemplo al resto de Grecia sometiendo a sus principales sopranos. El rey tuerto la emprenderá con Atenas una y otra vez hasta conseguir doblegarla (dado que era la ciudad con mayor prestigio entre los griegos), y de esta manera la democracia ateniense se verá supeditada a lo que digan otros. Eso sí, le fue mucho mejor que a Tebas, que fue vilmente arrasada por Filipo y su hijo Álex.
El declive de Atenas es imparable hasta la llegada de los prácticos y oligárquicos romanos, que se adueñan de la provincia y la llenan de acueductos, pretores, legionarios y recaudadores de impuestos. Eso sí, el concepto de democracia perdurará, y a través de la neblina de la Edad Media y Moderna (veintitantos siglos, año más o año menos), rebrotará en la conciencia de los burgueses europeos hacia mediados del XIX, hasta reeditarla vía el modelo actual, donde arraiga en países desarrollados y pudientes con expansivas políticas económicas. Que bien mirado, tampoco se diferencia mucho del original, ¿no?
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