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En la música se puede encontrar fuerza…


Manifestantes con las manos pintadas en una marcha celebrada en Monterrey, México, en 2022. Se reunieron para exigirle justicia al gobierno mexicano por las mujeres desaparecidas.

The New York Times(S.Estrada) — No odio el miedo; es parte de la vida. Crecí en el campo mexicano y rápido entendí que el miedo me cuidaba. Me advertía de no subir a los árboles podridos e inestables. Me advertía de no entrar al río cuando veía nubes en lo alto de la montaña porque una tormenta lejana podía hacer que la corriente creciera y arrastrarme junto con ella.

Pienso que hay un miedo primigenio que nos permite entender nuestro lugar en la naturaleza y en el mundo. Le pone bordes a nuestros cuerpos y nos regala desde la entraña una sabiduría muy antigua que nos fue heredada. Estoy hondamente agradecida con mis antepasados por este regalo, pero la sabiduría en sí no es infalible.

Ese miedo sabio del campo no me salvó cuando, aún siendo niña, caminaba por una cascada cercana, y un grupo de hombres me tiraron al piso, me patearon y me robaron. Se fueron nomás con una botella de agua y un celular viejo.

Desde aquel día, no he vuelto a la cascada. Mis paseos por el campo ahora vienen con una suerte de angustia liminal que no me abandona hasta que no estoy de nuevo en casa. Las historias de violencia en aquellas áreas públicas que por mucho tiempo habían significado espacios de ocio y contemplación para mí, para mi familia y para la comunidad se hicieron cada vez más frecuentes y más cruentas.

No desprecio el miedo. Desprecio el sometimiento y la violencia que nos quitan la libertad, la autodeterminación y la inocencia.

Multitudes protestando en Ciudad de México por la violencia contra las mujeres el 8 de marzo de 2020. La manifestación se celebró el Día Internacional de la Mujer y congregó a decenas de miles de personas.

Recuerdo haber sido muy miedosa de niña. Me aterraba la noche, el silencio, la soledad, las tormentas, los monstruos y las desgracias. Sufría del insomnio infantil y la ansiedad crónica, y tenía que trabajar de una manera extrema, casi física, para controlar mis crisis.

Así que por la noche, aprendí a leer, porque mientras leía alumbrada por una lamparita, el miedo se echaba al lado mío como un perro cansado. Para el silencio, aprendí a cantar y hacer sonidos con mi boca, cubriendo los espacios vacíos con canciones. Para la soledad, aprendí a imaginar, a llenarme de historias y de palabras. Para las tormentas, aprendí a sentarme junto a mi mamá y esperar a que pasaran. Para los monstruos (un miedo que eventualmente se fue con el tiempo), tuve que pedir ayuda a mi familia y a mis amigos. Para las desgracias, aprendí, y sigo aprendiendo, a luchar, a no perder la esperanza y a refugiarme en la ternura.

Pero el miedo que nos oprime es distinto. Enfrentarnos a ese miedo es una tarea dolorosa y complicada, y extremadamente importante.

Como mujer, la relación que tengo con el miedo es estrecha y asfixiante. Vivo y me crié en un país donde más de 10 mujeres, en promedio, son asesinadas al día. La valentía que tuve que construir para vivir una infancia relativamente normal no me ha salvado de la violencia de género, ni de la misoginia, ni del desamparo. Tampoco me ha protegido del abuso sexual, ni del duelo.

Para mí, cantar es la manera de salvarme del miedo. Escribir canciones es mi puerta a la libertad, a vivir la vida que quiero. Tocar música me permite la alegría de crear un espacio donde la violencia queda afuera, lejos.

Silvana Estrada con su cuatro venezolano. Estrada dice que cantar la salva del miedo.

Durante un concierto, los músicos y el público somos libres de ser quienes realmente somos. Imagino siempre que la crueldad sale corriendo nomás oírnos cantar. Nuestras voces al juntarse crean un coro de una fuerza inmensa e incalculable. Me recuerda a cuando las orugas se amontonan las unas sobre las otras para parecer una serpiente enorme, y así no hay depredador que se les acerque. Al estar unidas, podemos mantener la violencia a raya. Que supieran todas las mujeres del mundo que así es cómo merecemos vivir: completas y libres mientras cantamos nuestras historias.

Tratar de vivir sin miedo no nos salva realmente de tenerlo, pero con suerte, sí nos aleja de ese temor inhabilitante que nos enseñan a interiorizar como parte de nuestra narrativa. Tratar de vivir sin miedo nos muestra un camino diferente, nos hace más empáticas, nos recuerda nuestro valor, el valor de la comunidad. Nos devuelve la capacidad de movimiento, nuestra fuerza para vivir la vida cómo queremos y no cómo nos la imponen. Nos permite cuestionarnos, cambiar, mejorar, equivocarnos, volver a empezar.

Lo que verdaderamente me da miedo no es la muerte: es la vida que no se vive por tanto terror que hay, por tanta violencia, por tanto odio.

No me da miedo el silencio, me da miedo ser silenciada, no poder cantar y decir lo que pienso, que las palabras no me salven de estar sola. No me da miedo el dolor, me da miedo vivir en un mundo que no se compadece ante él. No me da miedo el miedo, me da miedo vivir en una sociedad que lo usa para someternos.

Separo el miedo sabio –la sabiduría heredada que nos advierte de no seguir aquellos impulsos descaminados– de tanta tragedia y tanta sangre.

Pese a todo, planeo volver a la cascada. Seguiré viviendo libremente, y cantando libremente. Y esa será mi pequeña revolución. Mi miedo no será de aquellos que quieren vernos subyugadas y acalladas. Mi miedo es mío, al igual que mi amor, mi esperanza y mi libertad.

nuestras charlas nocturnas.

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