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Expulsan a los gatos del Viejo San Juan y los residentes se sienten identificados…


The New York Times(P.Mazzei) — Los gatos callejeros, también conocido como ferales, han vagado por las azules calles adoquinadas del Viejo San Juan desde que se tiene memoria. Deambulan alrededor de una fortaleza histórica que se cierne sobre la bahía de San Juan, escondiéndose del sol abrasador bajo los arbustos de uva de mar.

Los sanjuaneros les dan de comer. Los turistas los fotografían. Pero probablemente no por mucho tiempo: la agencia federal que gestiona la fortaleza y el terreno que la rodea quiere que los gatos desaparezcan, pues alega que son una molestia y podrían ser portadores de enfermedades.

Puerto Rico, un territorio de Estados Unidos plagado de problemas financieros y desastres naturales, tiene cosas más importantes de las que preocuparse. Pero el plan para eliminar cerca de 200 gatos del Viejo San Juan —un barrio de San Juan que fue el primer lugar de la isla colonizado por los españoles— ha tocado una fibra emocional en un momento en que muchos puertorriqueños sienten que ellos también corren el peligro de ser expulsados de sus hogares.

Las razones difieren —en el caso de la gente, son los inversores los que se hacen con las propiedades y hacen subir los alquileres y los precios de las viviendas—; sin embargo, en el Viejo San Juan, las dos historias podrían tener el mismo final: un barrio tan querido y transformado que, como al menos algunos residentes de toda la vida temen, habrá perdido su espíritu.

“Esto puede terminar siendo un empty shell”, afirmó Rei Segurola, de 72 años, quien se pregunta si debería mudarse del Viejo San Juan. “Puede terminar siendo muchas fachadas, como es Disney o Epcot o Las Vegas”.

La lucha por los gatos empezó hace un par de años, cuando el Servicio de Parques Nacionales, que gestiona el Sitio Histórico Nacional de San Juan, una extensión de 30 hectáreas de península rocosa que incluye la antigua fortaleza conocida como El Morro, dijo que la población felina se había vuelto demasiado problemática.

San Juan fue fundada por colonizadores españoles en 1521. Los gatos rondan ahí al menos desde mediados del siglo XX, cuando un alcalde de San Juan los trajo para matar ratas.

El año pasado, el Servicio de Parques dijo que su objetivo era “aliviar las molestias” y “alinear la experiencia del visitante con el propósito del parque”.

Los residentes se preguntaron qué significaba eso. ¿Se habían quejado los turistas? ¿Y los nuevos inversores adinerados que se instalaron durante la pandemia? Obtuvieron pocas respuestas.

Llegaron miles de comentarios por escrito, entre ellos algunos a favor del plan.

“Soy residente de la zona y uso el espacio casi a diario y es sumamente desagradable”, escribió una persona. “Los gatos generan áreas donde acumulan su excreta y resulta insalubre e inseguro”.

La mayoría de los comentaristas, sin embargo, abogaban porque los gatos se quedaran.

“Si causan algún problema”, escribió otro, “deberían ser los habitantes de San Juan quienes decidan. Son los miembros de la comunidad local quienes deberían decidir si los quieren allí o no”.

Pero en noviembre, el Servicio de Parques decidió seguir adelante. Dijo que si Save a Gato, una organización sin ánimo de lucro que lleva casi 20 años atrapando, esterilizando y castrando a los gatos del Viejo San Juan, no era capaz de encontrar un hogar para unos 170 de ellos antes de junio, contrataría a una empresa para que los retirara y probablemente les aplicara la eutanasia. Solo se retirarían los gatos que vivieran en el lugar histórico.

En marzo, Alley Cat Allies (Aliados de los Gatos Callejeros), un grupo sin ánimo de lucro con sede en Maryland, presentó una demanda ante un tribunal federal de Washington para detener el plan.

Save a Gato ha atrapado a unos 50 gatos desde noviembre; la mitad de ellos han sido adoptados o lo serán pronto.

El Servicio de Parques no respondió a preguntas concretas sobre lo que podría ocurrir a continuación. Pero el lunes pasado dio el primer paso formal para buscar un contratista que se encargue de retirar a los gatos restantes.

Algunos de los gatos son demasiado salvajes para ser adoptados. Incluso atraparlos puede ser difícil, explicó Danielle Tabler, voluntaria desde hace tiempo.

“Llevo más de dos años tratando de atrapar a uno”, dijo Tabler mientras ella e Irma Podestá, quien lleva 15 años trabajando con Save a Gato, recorrían el sendero del paseo marítimo bajo la enorme fortaleza de piedra, llenando varios comederos con croquetas frescas.

Parte del problema es que la gente sigue dejando más gatos. “En Puerto Rico hay tantos animales abandonados”, dijo Podestá. “Es un never-ending story”.

El número de animales abandonados en la isla se disparó después del huracán María en 2017, cuando muchos puertorriqueños perdieron sus hogares. En medio de los desastres naturales y la incertidumbre económica, la población de Puerto Rico se redujo en aproximadamente un 12 por ciento entre 2010 y 2020; la isla ahora tiene alrededor de 3,2 millones de personas, muchas de las cuales han luchado por mantener el creciente costo de la vivienda en particular.

Mientras caminaba, Podestá enumeró los nombres de amigos que solían vivir en el Viejo San Juan hasta que sus alquileres se duplicaron o triplicaron y los echaron.

“Yo soy de las que siempre tiene el temor de que la vengan a desplazar”, dijo.

Muchas de las casas de la época colonial del Viejo San Juan, pintadas de vivos colores, con sus techos altos y patios ventilados, fueron antaño el hogar de artistas y artesanos que daban al lugar un aire bohemio. También vivieron familias, muchas de ellas durante generaciones. Ahora, las casas se han convertido cada vez más en alquileres vacacionales. Edificio tras edificio se alinea con el signo revelador de la ocupación a corto plazo: las cerraduras maestras de combinación utilizadas para guardar las llaves.

Segurola, abogado y profesor jubilado, vendió su casa en otro barrio de San Juan en 2015 para mudarse al Viejo San Juan, que siempre le había gustado por su encanto y cercanía. “Ese sentido comunitario se va a pique”, dijo. “Eso es todo lo contrario a lo que uno buscaba y tenía en el Viejo San Juan”.

Él y otros culpan, al menos en parte, a una ley fiscal aprobada en Puerto Rico en 2012, cuando la isla se enfrentaba a un colapso económico. La ley, ahora conocida como Ley 60, ofrece una exención en las ganancias de capital a largo plazo, dividendos, intereses y otros impuestos para los inversores que compren una casa en Puerto Rico si no han sido residentes durante al menos 10 años antes.

El gobernador Pedro Pierluisi, quien fue derrotado en las elecciones primarias de esta semana, ha defendido la ley, calificándola de importante para que Puerto Rico atraiga a inversores extranjeros.

La afluencia de compradores extranjeros, especialmente durante la pandemia del coronavirus, ha distorsionado el mercado inmobiliario. Eso, junto con la inflación y el aumento de las tasas de interés, ha puesto los alquileres y la propiedad de la vivienda fuera del alcance de muchos puertorriqueños, dijo Alonso Ortiz, fundador de El Otro Puerto Rico, una organización sin ánimo de lucro que intenta frenar el desplazamiento.

Su organización encontró que el 71 por ciento de las propiedades residenciales compradas en el Viejo San Juan entre 2018 y 2022 fueron adquiridas por beneficiarios de la Ley 60, o compañías asociadas con ellos. A menudo, dijo Ortiz, esos propietarios “sacaban a estas familias que viven en alquiler, remodelan esos espacios de viviendas y entonces los hacen Airbnbs o arrendamientos a corto plazo que provoca que los precios de alquiler aumenten estrepitosamente”.

Los legisladores de Puerto Rico aprobaron regulaciones sobre los alquileres a corto plazo el año pasado que requieren que los propietarios paguen una cuota anual por sus propiedades, pero los críticos dijeron que se necesitaban medidas de mayor alcance.

Margarita Gandía, residente del Viejo San Juan desde hace muchos años y agente inmobiliaria, dijo que con los clientes que buscan propiedades para invertir, ella trata de enfatizar el carácter histórico del distrito y el ambiente acogedor. Algunos compradores se han comprometido a mantenerlo, pero otros no.

“Viejo San Juan se va a convertir en una ciudad fantasma”, dijo. “No te encuentras vecinos. Antes decían buenos días. Sí, se siente la diferencia”.

Las súplicas de Gandía y otros residentes al gobierno municipal para que mejore la recogida de basuras y regule el ruido han sido ignoradas, dijo, “como si no existiéramos”, mientras el gobierno federal se ocupa de los gatos, lo que ella considera un asunto más trivial.

“Los gatos”, dijo, “no son el problema”.

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