actualidad, opinion, variedades.

Opinión: Por qué jugamos…


oie 26174331bt08XhkG

JotDown(D.R.Gutmann)/XLSemanal(Por I. N.)En el parque, en el salón, en el tren, dentro de un submarino, bajo la nieve, frente a un sol de justicia, en la mesa de la cocina, en la celda de una prisión, en la casa de Pinocho donde todos cuentan hasta ocho. Yo tendría cinco años. Vivía en un barrio de la periferia de Buenos Aires, donde la humedad era tan cierta como los golpes militares.

Donde la feria de los viernes en la calle Obispo San Alberto llenaba el empedrado de hojas de lechuga y papel de estraza. Donde se oían bombas o tiroteos entre montoneros o militantes del ERP y comandos paramilitares y las sirenas de la policía formaban a veces una parte íntima del paisaje urbano. Madrid no existía, Franco seguía muriendo.

Tampoco la Valencia plácida y bella junto al Mediterráneo. Jugar en aquel Buenos Aires era un niño encaramándose por los tejados, subiendo a los depósitos de agua y soñando hacia el horizonte como don Diego de la Vega, el Zorro, con su corcel bajo la luna. Una capa de tela, un antifaz de cartón y un palo espada para hacer frente a los malhechores. Todo era juego, todo era sueño, imaginación, acción, despertares.

De los cientos, miles de juegos que se han inventado en las diversas culturas y que atestiguan la necesidad que cada sociedad tiene por encontrar simuladores de la realidad, en casa había unos pocos. Los dados y el juego de la generala. La perinola y la suerte. La cartas, noches de canasta, chinchón y escoba de 15 (que más tarde se convertirían en tute, mus y póker). El ludo (que más tarde llamaré parchís). La oca. El senku. Juegos para jugar, juegos para compartir, juegos para pensar, juegos ¿para qué?

Un día abrí un cajón y allí estaba, era un ajedrez de madera incompleto; no recuerdo qué pieza faltaba, pero no importaba, aquellas formas tenían un significado mágico para un niño de cinco años. «Esto es un ajedrez». «¿Cómo se juega?» «Los peones así, las torres asá». Ya está, «¿jugamos?». Era mi hermano mayor, siempre un paso más adelante, como todos los hermanos mayores.

oie ShTIh86sGd5t
El senku, muy de moda en los setenta, había que hacer saltar cada ficha por encima de otra para ir quitándolas del tablero, hasta quedarse con una en el centro. A la derecha, piezas de un juego de ajedrez medieval, el primer ajedrez completo que hubo en casa, gentileza del tío Santiago.

El cerebro quiere jugar. Quiere crear mundos con lo que sabe y lo que no sabe, con lo que imagina y recuerda, con lo que predice y desea. Quiere volver a hacer lo que hizo, lo que sabe que sabe y por eso le resulta tan familiar, pero también quiere resolver lo que le está prohibido, por su complejidad, por su dificultad última. Y juega, el cerebro juega y nosotros con él; arrastrada por el pensamiento, la mano mueve la pieza:

Y jugamos por jugar

Porque sí, porque queremos, porque no hay otra cosa que hacer en esta habitación, porque nos aburrimos, porque hemos visto una fotografía y hemos entrado en un estado de melancolía que solo se puede exorcizar con el juego, porque existimos todavía.

Y jugamos para ganar

Porque tiene el juego un componente decididamente hostil, un tanto agresivo, obstinadamente hueco y estéril.

Porque no es casual. Porque nos enfrentamos constantemente en la historia, en el presente, en la realidad y en los sueños, porque el enfrentamiento entre congéneres es una constante evolutiva, porque los ciervos se rompen los cuernos para ganar espacios y posiciones dentro del grupo, porque el jugador mira con ojos asesinos al oponente enviándole un mensaje telepático: ¡a ver qué haces ahora!

Y jugamos para triunfar y fracasar

Porque son dos caras de la misma moneda, porque de las más profundas de las miserias hemos alcanzado las más altas cimas de la nada, porque no solo de Groucho vive el hombre, porque cuando gano tú pierdes y cuando pierdo tú no me has ganado, yo me he equivocado; porque ese ser agresivo, ese agonista que hay en todos nosotros, tiene licencia para matar cuando se escapa de la realidad y se halla protegido por el círculo sagrado del campo de juego.

Por qué los adultos tenemos que jugar más

Y jugamos para olvidar

Que la realidad existe, que nos atrapa, que a veces nos hunde en la desesperación, que los inocentes siguen muriendo bajo las bombas, que alguien fabrica armas y las siguen vendiendo impunemente, que los justos y los miserables vamos en el mismo barco, que el planeta sigue viajando a cien mil kilómetros por hora y no hay manera de bajarse, que las pateras siguen abarrotadas, que los muros se siguen alzando, que la vida se acaba, siempre se acaba.

Y jugamos para recordar

Que hay mañanas tan bellas como el sol, que el amor resiste y persiste, que el blanco y negro de las casillas flota a través de un mundo de colores, que las ardillas siguen su paseo a través de los cables de la luz buscando enero, que la música nos inunda y nos llena de emoción, que la jugada bella es la jugada cierta, que la vida continúa porque no somos individuos sino un continuo biológico que se pierde en los orígenes de la materia.

Y jugamos para divertirnos

Porque reírse es adentrarse en el centro de uno mismo y arrancar todo aquello que nos contamina, porque la felicidad es lo que nos saca a flote en el mar de la nada.

Y jugamos para demostrar

Que sabemos más que el otro, que hemos visto más lejos, más rápido, más profundo, más preciso, más elaborado; que podemos ganar, que podemos resistir el empuje de las piezas y generar contrajuego a la primera imprecisión, que hemos aprendido los entresijos de la apertura, sus ideas, sus motivos, sus trucos tácticos, sus posibilidades a largo plazo, que no nos importa sacrificar una pieza si tenemos juego dinámico lleno de posibilidades para demostrar que nuestra voluntad es más poderosa que la del otro.

adultos jugando Descuento online OFF 68%

Y jugamos para calmar la adicción

Porque no podemos parar y a veces son las cinco de la mañana y lo único que puede hacer nuestro cerebro es seguir cambiando peones y sacrificando piezas y esperar a que el penúltimo jaque mate sea el más bello del mundo.

Y jugamos para conversar

Simplemente por estar junto a otro, frente a una persona, humana, a veces cálida, a veces autista, a veces sorprendida, a veces elemental, a veces compleja, a veces trivial. Por compartir, por expresar un lenguaje que nos une, el lenguaje del conocimiento, de los iniciados, de la reducción de lo complejo a lo simple. «A veces el ajedrez es tan tonto» (H. Nakamura).

Y jugamos para pensar

Hacer que todo case, que el cerebro funcione, que la mente batalle por las ideas, por las conjunciones, por el devenir de la pieza, por el devenir del tiempo, por la astucia, por la inteligencia, por los errores del otro, por los míos, mis aciertos, los tuyos. Pensar para saber, saber para elegir, elegir para equivocarse, una y otra vez, hasta encontrar la certeza dentro de la belleza.

Y jugamos para crecer

Como individuos, como personas, como entidades únicas, porque a pesar de la continuidad del fenómeno de lo viviente, a pesar de estar formados por elementos que se originaron hace miles de millones de años en alguna estrella de dimensiones fabulosas, porque a pesar de que el Yo es un sinsentido sin el Tú y el Él y el Nosotros y el Vosotros y el Ellos, porque mi presente es el pasado de mis ancestros y el futuro de mi descendencia, a pesar de todo ello, estamos solos frente al universo y jugamos para disimular esa certeza.

Y jugamos para aprender a encontrar el niño que aprendió a crecer, a pensar, a conversar, a calmar la adicción, a demostrar, a divertirse, a recordar, a olvidar, a triunfar y a fracasar, a ganar, en definitiva, a vivir.

– Jugar es un asunto muy serio -de hecho, es el trabajo del niño- y cuanto ocurre en ese mundo paralelo es tan importante y grave como lo es para nosotros perder el trabajo. 

Estudios demuestran que se trata de una actividad crucial para nuestra salud física y mental. Y no sólo porque sea divertido. Anímese. Nunca es tarde.

Desde el inicio de la vida, la adquisición de conocimientos y habilidades se realiza a través del juego. Todo lo que llega a las manos de un niño es utilizado para jugar y así aprende a conocer las propiedades de los objetos, sus formas, tamaños, semejanzas y diferencias, además de conseguir las destrezas necesarias para manipularlos.

«El juego es un lugar intermedio entre la realidad y la fantasía -explica Mariela Michelena, psicoanalista y autora de Un año para toda la vida-, y en ausencia de un lenguaje elaborado se convierte en la principal herramienta del niño para comunicarse, para formar sus sentimientos, para explicarse el mundo y para hacerse con él.»

En ese espacio simbólico, un osito de peluche o unas muñecas pueden actuar como sustitutos de los padres o los hermanos y el niño se permite expresarles sin inhibiciones sus sentimientos, por ambivalentes que sean.

«Miguel ha tenido una hermana recientemente y ha llegado a la conclusión de que «si todos tenemos una hermanita, el niño Jesús también», así que estas Navidades eligió una muñeca, le pintó la cara, le arrancó el pelo y la puso boca abajo junto al buey y la mula del belén. Lo que hizo en el belén no lo hizo en la vida, y ése ha sido su modo de elaborar los celos sin actuar como un ‘niño malo’.

Y es que, según Michelena, otra de las principales funciones del juego es convertir lo pasivo en activo: «La niña está acostumbrada a que la laven, la cambien y la acuesten, pero cuando imita a la mamá y hace de madre de sus muñecos asume el papel activo». A Antonio, de cinco años, le extirparon las amígdalas y durante los meses siguientes a la cirugía empezó a jugar cada día a que él era el doctor y su osito de peluche, el paciente.

«No duele mucho, no llores. Tú estarás dormido y cuando te despiertes sólo te dolerá un poquito», le decía Antonio al muñeco, repitiendo las palabras que había oído de sus padres en el hospital. Sin embargo, cuando él desempeñaba el papel de paciente, se ponía a llorar y le decía al osito: «Quiero irme a mi casa, quiero ir con mi mamá, me he portado bien…», unos temores que no se atrevió a expresar en el hospital y que sólo afloraron cuando cambió su rol de pasivo a activo.

Ni en los campos de concentración ni en las guerras han faltado los juegos. La prueba más dramática de la necesidad de los niños de elaborar el horror la dio el antropólogo George Eisen al relatar los juegos en los campos de exterminio en su libro Children and play in the holocaust (Niños y juego en el holocausto). Los niños inventaron el juego ‘la cámara de gas’, donde exorcizaban sus temores lanzando piedras al pozo y gritando como si fueran a morir.

También se apropiaron del término ‘klepsi-klepsi’ («robar» en yidis), una especie de ‘gallinita ciega’ en el que quien llevaba los ojos vendados debía averiguar quién lo había golpeado. Con el klepsi-klepsi, los niños entrenaban su capacidad para controlar los signos faciales que delataban que habían robado pan, un hurto necesario para sobrevivir y que les salía muy caro si los descubrían.

Eisen también cuenta que en el campo de Vilna los niños jugaban a ‘judíos y Gestapo men’, pero eran los pequeños quienes dominaban a sus torturadores nazis (como en Malditos bastardos, de Tarantino) y los golpeaban con sus palos.

Transformando el mundo a través del juego - El Poder del Consumidor

La capacidad de ‘ensayar’ la realidad, o de mejorarla según los propios deseos, sin las limitaciones de la vida ni las consecuencias del mundo real, es una de las características fundamentales del comportamiento lúdico.

Esa libertad para ejercitar sin riesgo nuevos comportamientos es lo que hace pensar a los etólogos (expertos en la conducta animal) que, desde el punto de vista evolutivo, el animal que más juega es el que más posibilidades tiene de sobrevivir.

Los evolucionistas creen que si el juego ha permanecido en los mamíferos es porque funciona como una preparación para la edad adulta y que el juego físico en grupo, en especial el que imita la lucha, sirve para aprender en la memoria muscular los movimientos de la supervivencia: esconderse, perseguir, correr, forcejear…

Esta hipótesis parece irrefutable, pero recientemente en Estados Unidos algunos zoólogos han empezado a cuestionarla, preguntándose cómo es posible que los animales se permitan ‘desperdiciar’ recursos en el juego cuando la naturaleza no suele tolerar los despilfarros.

Los científicos están de acuerdo en que todos los mamíferos juegan, pero no entienden por qué ni para qué gastan el 15 por ciento de su consumo calórico en actividades lúdicas exponiéndose al ataque de los depredadores, que suelen lanzarse contra ellos en los momentos de ocio.

¿Tan necesario es jugar para los animales inmaduros?, se preguntaba el zoólogo de la Universidad de Idaho John Byers. Este científico había dedicado años al estudio de las travesuras lúdicas de ciervos, cabras y antílopes y había podido observar por sí mismo la caída en el acantilado de las crías más juguetonas.

Cada vez era más reticente a dar por buena la teoría del juego como ensayo conductual, así que, cuando una tarde de invierno de 1993 encontró por casualidad un gráfico de crías de ratón que mostraba la curva de crecimiento del cerebelo, se dio cuenta de que era casi idéntica a la curva de juego (una ‘U’ invertida) y pensó que había encontrado la respuesta a sus dudas.

Según comprobó Byers, en las épocas que los ratones dedicaban más tiempo al juego, el cerebelo crecía, pero cuando descendía este tipo de actividad, también lo hacía el desarrollo de esta importante región del cerebro. Intrigado, comprobó también el desarrollo del cerebelo en ratas y gatos y descubrió la misma sincronía.

Su hipótesis abrió nuevas líneas de investigación a los neurocientíficos, que desde entonces tratan de determinar qué parte del cerebro se ve más afectada y qué es lo que se pierde cuando no se juega lo suficiente. Y hablando de ello, ¿los niños juegan lo suficiente? Según un estudio publicado en 2005 en los Archivos de Pediatría y Medicina para Adolescentes, el tiempo dedicado al juego libre se redujo entre 1981 y 1997 un 30 por ciento y ha sido sustituido por clases de inglés, música, ballet y judo, además de la televisión, los videojuegos e Internet.

En la primera infancia, el juego libre es necesario para lograr herramientas básicas para la vida. La flexibilidad cognitiva, la competencia social, la capacidad de resolver problemas creativos y el dominio del cuerpo y del entorno se obtienen jugando a las casitas, embadurnando de colores una hoja de papel o empujando con el paraguas a un perro invisible.

 Con los años, el juego más imaginativo da paso al juego con reglas (los deportes o los juegos de mesa), igualmente necesarios en una etapa prepúber. Juegos con restricciones que respetar, competitivos o cooperativos donde, como en la vida, el que se salta las reglas es expulsado o castigado.

¿Y los videojuegos? ¿Ejercen el mismo efecto en la formación de un adolescente? «No responde Michelena, porque en los juegos virtuales hay muy poca elaboración y, aunque haya la ilusión de actividad, acaban siendo muy pasivos. Tienen algo de evasivos, como la literatura o el cine. La gran diferencia es que los videojuegos son adictivos y los libros, desgraciadamente, no».

Por qué jugar es importante? | Blog HM Nens | Hospital HM Nens

– Entender la jugada 

 Cucú-Tras o «yo-no yo»

Al cerrar los ojos, el bebé cree que nadie lo ve y que el mundo desaparece a su voluntad. Sin embargo, a los cuatro meses empieza a percatarse de que su madre es alguien diferenciado de él y, ya capaz de controlar sus movimientos, prueba a ocultarse y reaparecer detrás de una sábana u otro elemento.

A ese juego de pérdida y recuperación se lo llama Cucú-Tras, pero los psicoanalistas podrían denominarlo ‘el juego del yo-no yo’, ya que sería un modo del bebé para elaborar el desamparo que siente cuando su madre se separa de él y lo deja con la incertidumbre de su ausencia.

Tirar todo al suelo

«Cuando el niño arroja los juguetes al suelo esperando que se los devuelvan, no actúa por maldad ni para esclavizar al adulto -explica Arminda Aberasturi en El niño y sus juegos-, sino para experimentar que así puede perder y recuperar lo que ama».

El sexo de los juguetes

Tras analizar el cuarto de 96 niños de entre uno y seis años, la pedagoga Harriet Rheingold notó que ninguna niña poseía un coche, un camión o una moto. Concluyó así que los padres eran los responsables de las relaciones de los niños con los juguetes orientados a niños o a niñas.

Desde entonces, muchos padres han incluido juguetes asociados al sexo contrario al de sus hijos, pero en muchos casos se han chocado con el desinterés del niño. Lo mejor: tener las orejas muy abiertas a los verdaderos intereses de sus hijos y comprar en consecuencia, sin prestar mucha atención a lo que se supone que tienen los demás.

Que 2024 nos encuentre jugando.

nuestras charlas nocturnas.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.