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Cómo el mundo evitó el Juicio Final…


Cuba

“El momento más aterrador de mi vida fue octubre de 1962, durante la crisis de los misiles de Cuba. No conocía todos los hechos —solo recientemente hemos sabido lo cerca que estuvimos de la guerra— pero sí sabía lo suficiente como para que el asunto me hiciera ponerme a temblar” (Joseph Rotblat, físico y premio Nobel de la Paz por su trabajo en favor del desarme atómico)

“Además de proteger Cuba, nuestros misiles hubieran igualado lo que en Occidente les gusta llamar ‘el balance de poder’. Los americanos habían rodeado nuestro país con bases militares y nos amenazaban con armas nucleares. Ahora iban a aprender lo que se siente teniendo misiles enemigos apuntándote” (Nikita Kruschev, primer ministro de la URSS)

JotDown(E.J.Rodríguez) — En la mañana del martes 16 de octubre de 1962, poco después de las nueve de la mañana, el Presidente Kennedy me llamó por teléfono, pidiéndome que acudiese a la Casa Blanca. Solo dijo que nos estábamos enfrentando a problemas muy serios. Poco después, ya en su despacho, me reveló que un avión espía acababa de realizar una misión fotográfica y que la inteligencia estaba convencida de que la URSS estaba situando misiles atómicos en Cuba.

Aquello fue el inicio de la crisis; una confrontación entre los dos gigantes atómicos, los EEUU y la URSS, que llevó al mundo al borde del abismo de la destrucción nuclear y el fin de la humanidad” (Robert Kennedy)

– Los antecedentes

Cuando en febrero de 1959 triunfó la revolución cubana, se produjo el fin de una larga etapa de simbiosis entre el gobierno de La Habana y los intereses de la vecina superpotencia, los Estados Unidos de América.

Durante mucho tiempo la isla caribeña había sido un lugar de vacaciones para los estadounidenses, pero también terreno abonado para corporaciones e inversionistas —la producción de azúcar, la industria turística— y había sido considerada el “patio trasero” de los EEUU. Muchos poderes políticos y económicos estadounidenses pensaban que Cuba era una parte más de su territorio, o por lo menos  en la práctica actuaban como tal.

Tras el ascenso de Fidel Castro al poder, sin embargo, las relaciones entre Washington y La Habana se agriaron con rapidez, iniciándose una veloz escalada de tensión que terminaría conduciendo a la ruptura definitiva entre ambas naciones. Por un lado, Castro ordenó la nacionalización de intereses estadounidenses, entre ellos tierras dedicadas a la producción azucarera que habían sido propiedad de empresas del país vecino pero que el nuevo régimen les arrebataba por decreto.

Como respuesta a estas nacionalizaciones, el presidente Dwight D. Einsenhower ordenó un duro bloqueo comercial en torno a la isla caribeña. El nuevo régimen cubano, pues, se vio en considerables aprietos a causa un bloqueo que entre otras cosas lo dejaba sin petróleo.

Castro no tardó en aceptar la ayuda de la URSS, siempre dispuesta a favorecer cualquier movimiento geoestratégico que importunase a la superpotencia rival, y así los soviéticos comenzaron a proporcionar petróleo al régimen castrista. Cuba no tenía capacidad para refinar aquel petróleo por sus propios medios, así que también nacionalizó las refinerías estadounidenses edificadas en la isla.

kruschev castro
La repentina alianza entre Castro y Kruschev generó mucha inquietud en Washington, pero no llegaron a creer que la URSS se atrevería a plantar misiles nucleares en Cuba.

Eran años de especial tensión en una Guerra Fría ya tensa de por sí, y el repentino giro de Cuba hacia la órbita de la URSS produjo una honda preocupación en Washington.

El presidente Eisenhower ordenó a la CIA que elaborase un plan para derribar a Castro; agentes de la inteligencia comenzaron a entrenar a exiliados cubanos para efectuar una invasión de su isla natal, un ataque que contaría con un discreto apoyo táctico estadounidense.

Washington confiaba en que aquella jugada terminaría provocando una contrarrevolución dentro de Cuba, lo cual ayudaría a derrocar a Fidel Castro para devolver la isla caribeña a la esfera de influencia estadounidense.

Cuando en 1961 John F. Kennedy sucedió a Einsehower en la Casa Blanca, heredó, junto con el Despacho Oval, aquel plan para la invasión de Cuba, que terminó llevándose a cabo en la primavera de aquel mismo año.

Sin embargo, la operación que hoy conocemos como la Invasión de Bahía de Cochinos terminó en absoluto desastre.

La operación no contó con todo el apoyo militar que Einsenhower había previsto en su momento. ¿El motivo? Los bombardeos previos a la invasión habían delatado ante el mundo entero que la Casa Blanca participaba en la invasión, así que Kennedy no quiso arriesgarse a involucrarse más y para evitar una escalada de imprevisibles consecuencias denegó todo subsiguiente apoyo aéreo.

En franca inferioridad numérica y sin la ayuda de las fuerzas aéreas o del ejército estadounidense, la fuerza expedicionaria entrenada por la CIA fue vencida con facilidad por las fuerzas del régimen cubano. En el ámbito diplomático, el mal estaba hecho. Pese al torpe intento de Kennedy por esconder su implicación en aquel conato de invasión, a nadie se le escapó que Washington estaba directamente involucrada.

Y eso tuvo dos grandes consecuencias; por un lado, la Casa Blanca quedó en evidencia y sufrió una sonada humillación internacional a causa del estrepitoso fracaso de la operación bajo bandera falsa. Por otro lado, se disparó el temor de Cuba ante la idea de que los EEUU pudiesen planear una auténtica invasión —esta vez síl, con su propio ejército— para resarcirse del desastre de Bahía de Cochinos.

Una posibilidad que resultaba fácil considerar como posible, y más cuando poco después los estadounidenses realizaron unas maniobras en las que participaron nada menos que 40.000 marines y que parecían el ensayo general de una invasión anfibia. Eran unas maniobras que parecían querer enviar un mensaje: “tenemos intención de invadir Cuba tarde o temprano”.

Fuese aquel el propósito de Washington o no, el gobierno cubano tenía motivos para sentirse preocupado. Volvieron a pedir ayuda la URSS. Los soviéticos comenzaron a desplegar tropas y armamento defensivo en la isla caribeña, con el visible propósito de desanimar a los EEUU, hacerlos desistir de un posible intento de ocupación. Los rusos, a su vez, enviaban otro mensaje: “si desembarcáis en Cuba, os encontraréis con nosotros”.

Aunque los EEUU no estuviesen planeando invadir Cuba, los soviéticos tenían otras preocupaciones muy serias que les hacían mostrar un gran interés por la isla. La insensata carrera atómica de la Guerra Fría —una carrera por ver quién sería capaz de reunir primero el potencial necesario para destruir el mundo— se estaba decantando hacia una clara ventaja de los estadounidenses, cuyo arsenal atómico había dejado en mantillas al de su oponente comunista.

Los EEUU poseían nada menos que ciento setenta misiles estratégicos del tipo ICBM, esto es, con capacidad de ataque intercontinental. Una considerable cantidad de misiles de largo alcance que, lanzados desde territorio norteamericano, podían alcanzar numerosos objetivos en la URSS, fulminándolos con sus potentes cabezas nucleares. Y la gran cantidad de ICBM —junto a la certeza de que los estadounidenses estaban fabricando muchos más— no era lo único que quitaba el sueño a los dirigentes del Kremlin.

Durante la primavera de 1962 el líder soviético Nikita Kruschev pasaba sus vacaciones en una dacha de Crimea; allí recibió al Ministro de Defensa, el mariscal Rodion Malinovsky, que traía noticias desagradables. El militar señaló a la distancia, hacia el horizonte que se dibujaba sobre el Mar Negro, donde los rusos sabían que América planeaba situar silos de misiles IRBM, de alcance intermedio.

Malinovsky dijo: “los misiles atómicos de rango intermedio que los americanos están instalando en sus bases de Turquía ya están operativos”. Kruschev se quedó pensativo durante unos momentos y finalmente respondió: “¿así que los americanos tienen derecho a poner misiles en la puerta de nuestra casa y nosotros no podemos hacer lo mismo?”

La preocupación del Premier soviético estaba bien fundada. Los soviéticos ni siquiera podían confiar en que los misiles estadounidenses fallasen, porque los americanos no solamente tenían una buena cantidad de armas nucleares de larga y media distancia, sino la garantía de que podrían lanzarlas con una considerable puntería. En definitiva: la URSS era muy vulnerable al poderío nuclear de sus adversarios y su situación estratégica resultaba casi desesperada.

Eisenhower
Eisenhower advirtió a Kennedy de que la URSS podría «intentar lo impensable», pero JFK prefirió creer los informes erróneos de la CIA.

Por más que en público se esforzasen por demostrar lo contrario, los soviéticos no tenían mucho con lo que responder a ese poderío nuclear.

Hacia 1962, la URSS tenía apenas una veintena de misiles intercontinentales ICBM.

Esto era muy poca cosa.

Para colmo, la escasa precisión de aquellos veinte misiles no generaba ninguna confianza sobre su utilidad.

Los militares soviéticos sabían que en caso de pretender atacar territorio americano, sus ICBM podían terminar desviándose y cayendo lejos de los objetivos marcados, en zonas despobladas o sin efecto estratégico.

Lo que sí tenían era una gran cantidad de misiles IRBM, los misiles de alcance intermedio… pero no disponían de ninguna base cercana a los EEUU desde donde poder lanzarlos.

Los estadounidenses tenían Turquía pero los soviéticos no tenían nada. Así pues, en el Kremlin eran perfectamente conscientes de que los EEUU podían lanzar un ataque nuclear masivo en cualquier momento y casi, casi, salirse de rositas (aunque cabe decir que los estadounidenses, quizá por suerte para el mundo, no tenían la menor idea sobre lo ineficaces que eran los ICBM rusos).

La situación rompía el delicado equilibrio nuclear necesario para mantener la esperanza de que ninguno de los dos adversarios atacase primero.

Se manejaba un concepto bautizado como MAD, siglas de «Destrucción Mutua Asegurada”, aunque curiosamente «mad» también significa «loco» en inglés, según el cual, mientras existiese un equilibrio perfecto de fuerzas nucleares, quedaría garantizado que ambos contendientes serían destruidos en caso de estallar una guerra en la que no habría ganador.

Así, nadie tendría un motivo para querer desencadenar el conflicto. No obstante, la URSS sabía que tal equilibrio no existía y tenía las de perder. Había que encontrar una solución.

Lo sucedido en Cuba podía revertir la situación. Castro, desesperado, necesitaba la ayuda soviética por la sorda amenaza de invasión estadounidense y por las terribles consecuencias del bloqueo comercial. Moscú, como decíamos, proporcionó a Castro el petróleo y el armamento convencional que necesitaba para defenderse.

A cambio, exigieron una contrapartida: que Castro permitiese el establecimiento de bases secretas para misiles nucleares en territorio cubano. En aquellas bases los soviéticos podrían situar sus numerosos misiles IRBM, que desde allí sí podrían impactar en territorio continental estadounidense, y hacerlo con precisión.

Ciudades como Nueva York, Boston, Atlanta, Dallas y la propia Washington estarían al alcance de la fuerza atómica soviética. Cuba sería para la URSS lo que Turquía era para los EEUU: la principal baza de cara a la destrucción total del oponente.

Castro, sin muchas más opciones, aceptó. Durante finales del verano de 1962, ciento cincuenta buques soviéticos zarparon hacia el Caribe. En una osada maniobra que estaba teniendo lugar ante las mismas narices de los americanos, camuflaron entre su carga habitual los misiles IRBM, además de 40.000 soldados de apoyo.

A primeros de septiembre, justo mientras Kennedy declaraba ante el mundo que si los soviéticos se atrevían alguna vez a plantar misiles atómicos en Cuba “surgirían los más graves problemas”, llegaban a la isla los primeros misiles, rusos bajo el más completo secreto y sin que los estadounidenses sospecharan nada.

A principios de octubre, en Washington ya sabían que las tropas soviéticas habían estado moviéndose por Cuba. Incluso se habían enterado de que la URSS había establecido bases con armamento convencional que incluía misiles tierra-aire convencionales, aviones y otras armas que podrían considerarse de función defensiva ante una posible invasión.

Esto no causaba inquietud. El que los rusos proporcionasen fuerzas defensivas a Castro estaba dentro de lo que cabía esperar en el juego geopolítico. Sin embargo, en determinados círculos empezaron a circular ciertos rumores sobre la insólita posibilidad de que los soviéticos hubiesen llevado armas ofensivas a Cuba.

Y lo de «armamento ofensivo» era el eufemismo que entonces se utilizaba para referirse al armamento nuclear. Los insistentes rumores fueron desestimados por la Casa Blanca,por la falta de pruebas y sobre todo porque la CIA afirmaba que la URSS nunca se atrevería a dar semejante paso.

No se quiso dar  pábulo a unas habladurías que, por una vez, tenían un fundamento real. Así pues, la inteligencia estadounidense cometió un fatídico error y los rusos comenzaron a plantar su arsenal atómico sin que el gobierno de Washington tuviese la más mínima noticia de ello.

El súbito descubrimiento de que la presencia de los misiles era real, y no solamente un rumor, iba a cambiarlo todo. El domingo 14 de octubre de 1962, durante una misión de vigilancia rutinaria, se tomaban unas fotografías de la superficie de Cuba en las que podían distinguirse varios de aquellos misiles.

Esto supondría el inicio de una crisis  de factura siniestra: nunca la humanidad había estado tan cerca de provocar su propio exterminio y nunca lo ha vuelto a estar. Confiemos que nunca más llegue a estarlo… aunque dicen que la historia tiende a repetirse a sí misma.

– Domingo, 14 de octubre

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Un puñado de fotografías aéreas del territorio cubano llevaron al planeta al borde de la 3ª Guerra Mundial.

Es un fenómeno entomológico que podemos ver en cualquier terreno campestre: una hilera de hormigas que van y vienen ajetreadas en su búsqueda de alimento, inconscientes de la amenaza invisible que se cierne sobre ellas.

Atraviesan los atestados orificios de entrada de su guarida, portando pequeños pedazos de materias útiles que almacenan en el hormiguero antes de salir a por más.

De repente, uno de los pequeños insectos detecta la presencia de un visitante indeseable, quizá un depredador.

Visiblemente inquieta, nuestra hormiga comienza a corretear alocadamente hasta toparse de frente con una compañera.

La primera hormiga une sus antenas con las de la segunda y le transmite la noticia: el enemigo está a las puertas. Alertada a su vez, la segunda hormiga comienza también a corretear nerviosamente.

Ya son dos hormigas alarmadas, que siguen deambulando hasta topar con una tercera y una cuarta, a las que también comunican el estado de alarma. Así, la contagiosa zozobra se va extendiendo por toda la hilera como un reguero de pólvora. Una progresión geométrica que provocará que toda una multitud de insectos aparezca agitada por la inminencia del desastre. Cunde el pánico; el hormiguero está en peligro.

Al amanecer de aquel domingo de otoño, la primera hormiga de nuestra historia alza el vuelo. Se trata de un avión espía modelo U-2, que sobrevolará Cuba a gran altitud —volando en la estratosfera— para no ser detectado por los radares. El avión toma fotografías del terreno donde, como ya saben en Washington, los soviéticos llevan meses instalando bases defensivas.

La misión transcurre sin incidentes y el aeroplano regresa sano y salvo a su base. Los carretes fotográficos son transportados al Centro Nacional de Reconocimiento Fotográfico (NPIC), situado en Washington.

Es un departamento de análisis de imágenes que depende de la CIA y en el que colaboran especialistas del ejército de tierra, de la marina y de las fuerzas aéreas. Los carretes pasan allí la noche, en espera de que al día siguiente los analistas los descifren. Pero esta vez son algo más que unos simples carretes: son una bomba a punto de estallar.

– Lunes, 15 de octubre

Los especialistas del NPIC analizan las imágenes obtenidas el día anterior. La intención es la de conocer mejor las actividades de los soviéticos presentes en la isla caribeña, pero se espera encontrar lo habitual: tropas y bases aéreas, nidos de artillería, de misiles tierra-aire, etc. Armamento convencional para defender la isla ante una posible invasión, algo que los soviéticos han estado proporcionando a Fidel Castro sin demasiado disimulo.

Pero de repente los analistas localizan algo que no esperaban. Detectan lo que parece ser remolques de transporte y estructuras para el lanzamiento de misiles SS-3 y SS-4, armas nucleares de medio alcance. Alarmados, discuten con preocupación un descubrimiento que reviste suma trascendencia, que de confirmarse supondrá una muy grave amenaza para la seguridad de la nación. ¿Están seguros de que lo que están viendo en las imágenes es realmente equipamiento atómico?

Las fotografías están tomadas desde una gran altura y el nivel de detalle no es muy grande, pero los analistas las cotejan con la información que los archivos de inteligencia contienen acerca del armamento de la URSS. Llegan a una conclusión. Los soviéticos, actuando con sigilo y sin haber sido descubiertos hasta ese momento, han desplegado misiles nucleares en territorio cubano.

El descubrimiento resulta aterrador e implica que, en caso de un conflicto bélico, buena parte de los Estados Unidos podría ser fulminada desde apenas ciento cincuenta kilómetros de la costa, en breves minutos y sin ninguna posibilidad de detener o contrarrestar una lluvia de misiles que puede provocar un Apocalipsis atómico en varias de las principales capitales del país y en sus más importantes instalaciones militares.

Cuba se ha convertido en una isla portadora de muerte. Como diría después Kruschev, ahora los americanos van a saber lo que se siente cuanto te están apuntando directamente con misiles atómicos. Los oficiales del NPIC intentan en vano contactar con su superior, el director de la CIA, John McCone.

El jefe de la inteligencia norteamericana está de viaje hacia Los Angeles justo en esos momentos y no puede ser localizado. Después de varias tentativas fallidas, deciden ponerse en contacto con el subdirector de la agencia, Ray Cline, que es informado por teléfono de los delicados hallazgos.

Alcance2
Alcance estimado de los misiles SS3, SS4 y SS5 estacionados en Cuba. La mayor parte del territorio estadounidense podía ser reducido a cenizas en muy pocos minutos.

Continúa expandiéndose el nerviosismo por la hilera de hormigas.

Ahora también el subdirector de la CIA sabe que tiene un material explosivo entre las manos.

Cline ordena a los oficiales del NPIC mantener el asunto en el más absoluto secreto; nadie debe saberlo y guardar silencio es clave para la seguridad nacional.

Al atardecer, Cline organiza una reunión ultrasecreta en Washigton, a la que acuden varios altos funcionarios de la administración.

Entre ellos está el asesor del Presidente en cuestiones de seguridad nacional, McGeorge Bundy, quien recibe atónito la increíble información.

Sigue extendiéndose la alarma entre las hormigas. Será el propio McBundy quien alerte al Secretario de Defensa Robert McNamara.

El Secretario de Defensa decide que el presidente Kennedy no debe ser informado esa misma noche, sino la mañana siguiente. Hay varios motivos para ello. Para empezar, el provocar movimiento en la Casa Blanca durante la noche podría revelar que el gobierno estadounidense está enfrentándose a algún tipo de crisis inesperada, algo que podría ser notado por los observadores indiscretos (cosa que nunca falta en el escenario de la Guerra Fría, hábitat natural del espía).

Es necesario mantener el asunto en secreto y para ello hay que evitar proyectar la más mínima señal de nerviosismo. Por otra parte, McNamara quiere una nueva confirmación de que la interpretación de las imágenes es correcta, antes de trasladar la alarma al propio Presidente.

Quiere que las fotografías sean analizadas otra vez y quen además de los oficiales del NPIC que las descifraron en primer lugar, participen algunos otros especialistas que puedan aportar un segundo diagnóstico. Dicho y hecho, el Secretario de Defensa y los analistas pasan la noche en blanco, tomando café tras café, dando vueltas y más vueltas a aquellas siniestras imágenes.

Mientras tanto el Presidente Kennedy duerme con placidez sin tener la menor idea de lo que está ocurriendo. Como quería McNamara y como es costumbre, las luces del Despacho Oval permanecen apagadas durante la noche. De puertas afuera, todo parece normal.

– Martes, 16 de octubre

“Tengo que enfrentarme a los rusos, Bobby. Si no lo hago, perderé la presidencia”. (John F. Kennedy a su hermano, en la antesala del Despacho Oval)

La Casa Blanca. Son las nueve menos cuarto de la mañana. El Secretario de Defensa Robert McNamara acude al Despacho Oval para informar al Presidente del hallazgo de los misiles. Un informe con las fotografías del avión espía descansa en la mesa de John F. Kennedy, quien a duras penas da crédito a lo que está viendo. Descubre con horror que se está enfrentando a la peor crisis de su presidencia y con seguridad la peor crisis que haya afrontado la nación desde el bombardeo de Pearl Harbor.

Incluso más grave, dadas las posibles consecuencias, porque un enfrentamiento abierto con la URSS podría conducir a una situación apocalíptica que no resulta difícil imaginar. Kennedy, como McNamara, piensa que no puede abstenerse de actuar… pero cuando imagina cualquier medida que pueda tomar, visualiza un cielo surcado por las blancas estelas de los misiles que van y vienen, provocando un Armagedón.

Kennedy sabe que semejante catástrofe podría suceder en el espacio de días, si no se dan los pasos adecuados. Y claro está, si los soviéticos no se toman esos pasos como una declaración de guerra.

El Presidente no sabe qué hacer. No hay un plan previsto para una situación semejante porque la CIA, recordemos, había cometido la torpeza de asegurar que los soviéticos nunca se atreverían a colocar misiles nucleares en suelo cubano. En aquel instante Kennedy debió de recordar sin duda la advertencia que le había hecho el ex-presidente Eisenhower tras el fracaso de la Invasión de Bahía de Cochinos: “ahora, los soviéticos podrían atreverse a intentar lo impensable”.

Ahora Kennedy sabe que Eisenhower había tenido razón y los soviéticos se habían atrevido a lo impensable. Así pues, nadie había diseñado un plan de contingencia para una situación hasta entonces considerada improbable. ¿Cómo actuar?

Una de las primeras cosas que hace el Presidente es llamar a su hermano, el Fiscal General del Estado Robert Kennedy, la persona de la Administración en quien más confía. No quiere contarle lo que está sucediendo por teléfono y se limita a pedirle que acuda cuanto antes a la Casa Blanca.

Bobby Kennedy
Para el Presidente, su hermano Robert era la persona de máxima confianza y cuya opinión tenía más en cuenta sobre casi cualquier asunto.

Después de telefonear a su hermano, el Presidente no pierde el tiempo y ordena convocar un gabinete de crisis, un Consejo de Seguridad Nacional que deberá buscar algún tipo de solución para una situación que no parece tener una salida clara.

Bautizado como Comité Ejecutivo o ExComm, lo conformarán, además de Bobby Kennedy y el vicepresidente Lyndon Johnson, diversos altos cargos civiles y militares que completan un número inicial de catorce miembros.

Los elegidos son localizados y convocados a toda prisa durante esa mañana. Mientras, a Kennedy se le aconseja que cumpla con la agenda prevista del día, una vez más para aparentar una total normalidad, así que poco después de haber conocido la existencia de los misiles recibe al astronauta Walter Schirra.

El héroe espacial acude a la Casa Blanca acompañado de su mujer y sus dos hijos.

Kennedy cumple su papel a la perfección y demuestra ser un gran actor: aparece relajado y comunicativo, incluso se muestra juguetón con la pizpireta hija pequeña del astronauta.

Incluso lleva a la familia Schirra al jardín para que la niña pueda ver de cerca el pony de Caroline Kennedy, hija del presidente. Contemplando la escena nadie diría que algo preocupante sucede entre bastidores.

Tras despedir a los Schirra, Kennedy se reúne por primera vez con el recién creado ExComm, cuyos miembros están ya reunidos en la sala de juntas de la Casa Blanca. Al mediodía comienza la sesión. Uno de los oficiales del Centro de Interpretación Fotográfica enseña a los miembros del Comité las fotografías que demuestran que hay misiles SS-3 y SS-4 desplegados en Cuba, y les explica cómo deben interpretar cada detalle.

Les dice que las cabezas nucleares no parecen estar colocadas todavía y que por tanto se considera que los misiles todavía no están preparados para un lanzamiento inminente, aunque podrían estarlo en cuestión de poco tiempo. Los asistentes comprenden de inmediato la extrema seriedad de lo que están viendo. Discuten con el Presidente las posibles vías de actuación y comprueban que Kennedy ha descartado de entrada la opción de no hacer nada al respecto.

La cúpula militar, representada por los jefes del Estado Mayor combinado, aboga con fervor por una acción militar directa consistente en un ataque aéreo que destruya las bases de misiles, seguido de un desembarco para invadir la isla, derrocar a Castro y echar a los soviéticos. Los militares consideran que la URSS no se atreverá a contrarrestar una acción tan decidida y que no se arriesgarán a embarcarse en una guerra de mutua aniquilación por defender el territorio cubano.

Sin embargo, la idea de los altos mandos militares no convence a varios miembros civiles del Comité. Robert Kennedy, por ejemplo, contempla inquieto la actitud belicosa de los generales. Escribe una pequeña nota, la pliega y se la pasa a su hermano. La nota dice: “Ahora sé cómo se sentía el general Tojo cuando planeaba el bombardeo de Pearl Harbor”.

El Presidentepara los pies a las demandas de invasión de los militares. En aquellos primeros momentos incluso él considera necesaria la opción del ataque aéreo, pero el posterior desembarco le parece una medida demasiado atrevida. Considera que es una ingenuidad confiar en que el Kremlin no hará nada ante una invasión de sus aliados cubanos. Si los soviéticos deciden responder a la invasión —por ejemplo invadiendo el sector occidental de Berlín—, los EEUU se verían obligados a responder a su vez con otras medidas de defensa de sus propios aliados.

Todo ese el proceso de mutuas represalias quizá llegaría tan lejos que no podría ser detenido a tiempo, conduciendo a una escalada bélica de consecuencias impredecibles y, en última instancia, a un holocausto nuclear. Los generales insisten: los rusos no serán tan insensatos de llegar a una guerra atómica, como tampoco lo serán los americanos. Pero el Presidente hace una pregunta: ¿quién, cómo y cuándo será capaz de detener la escalada?

Nadie desea una guerra nuclear, pero ¿de verdad existen mecanismos fiables para detenerla? Bastará que estalle un único misil nuclear y el adversario responderá en los mismos términos. Así pues, Kennedy dice que sería mejor limitarse a un ataque aéreo “quirúrgico” cuyo propósito fuese destruir las bases de lanzamiento detectadas. Ante ese ataque «quirúrgico» sin invasión posterior, incluso los soviéticos podrían considerar desproporcionado reaccionar con una invasión de Berlín u otra medida que provocase una guerra abierta.

Pese a la firmeza de Kennedy, los generales no quedan convencidos. Se muestra especialmente combativo el jefe de las fuerzas aéreas, Curtis LeMay, de ideas que tienden a lo radical y cuya animadversión hacia Kennedy es bien conocida (además de mutua). Aun así, tanto a LeMay como a los otros jefes del Estado Mayor les queda claro que la hipótesis de una invasión desagrada al Presidente. De todos modos, Kennedy no quiere imponer su visión. Dice que el Comité ha de seguir discutiéndolo para llegar a una decisión de consenso.

Estado Mayor
El Estado Mayor insistía en invadir Cuba, lo cual podía provocar una 3ª Guerra Mundial. Kennedy hubo de parar los pies a sus aguerridos generales.

Durante esa primera reunión de urgencia hay quienes proponen una vía de actuación alternativa al bombardeo: establecer un bloqueo naval para impedir que se sigan transportando misiles y equipamiento a Cuba.

El bloque también puede servir como medida de presión para que los soviéticos retiren los misiles ya instalados.

Sin embargo, la opción del bloqueo es todavía minoritaria respecto a la del ataque aéreo quirúrgico, que de momento es la preferida del Presidente (aunque no de su hermano Robert, que expresa su disconformidad con el bombardeo).

Al finalizar la reunión, Kennedy les recuerda a todos los presentes que el asunto debe ser guardado bajo el más absoluto secreto, y que como ha hecho él mismo, todos deben continuar con sus agendas previstas en la medida de lo posible.

Hay que evitar a toda costa que los soviéticos perciban cualquier signo de alarma.

Los soviéticos están pendientes, porque quiere la casualidad que el contacto entre ambas superpotencias esté siendo particularmente intenso durante esos días, en los que ya había programados varios encuentros diplomáticos bilaterales. Justo este mismo día 16 se produce una situación delicada al otro lado del Atlántico: el Premier soviético Nikita Kruschev recibe al embajador estadounidense en Moscú. La conversación será larga.

El diplomático estadounidense ni siquiera menciona el tema de los misiles, como es lógico. Pero irónicamente, o no tan irónicamente, será el líder soviético quien censure a los estadounidenses por mantener bases nucleares en Turquía mientras insiste que los movimientos de tropas rusas en Cuba tienen una función “puramente defensiva” y que su país no ha situado, ni piensa situar, armamento ofensivo en la isla.

Es una mentira flagrante, pero el embajador americano asiente con tranquilidad. Los estadounidenses no se dan por aludidos. Todavía.

– Miércoles, 17 de octubre

“Un misil es un misil. No hay mucha diferencia si te mata un misil lanzado desde Cuba o desde la Unión Soviética”. (Robert McNamara)

El Presidente continúa con su agenda y durante el día cumple con diversos compromisos adquiridos para no proyectar una sensación de anormalidad. Así pues, Kennedy estará ausente de las discusiones del Comité durante la mañana porque ha de asistir a un acto del Partido Demócrata en New Haven, acto que incluye una visita a la Universidad de Yale y otras ceremonias de corte electoral.

En dichos actos el Presidente aparece de buen humor; de hecho bromea ante la gente nada más bajar del avión. Una vez más, nadie podría sospechar que está sometido a algún tipo de tensión extraordinaria.

Entretanto, en Washington, la sesión del Comité es básicamente una “tormenta de ideas” moderada por Robert Kennedy, quien por el momento —y ante la ausencia del Presidente— se limita a escuchar y no toma partido por ninguna opción de las que discuten. Los generales continúan insistiendo en la necesidad de un bombardeo seguido de una invasión.

Acción directa y sin contemplaciones. Siguen justificando su opción: para ellos, un ataque aéreo a las bases de misiles resultaría inútil sin un posterior desembarco de tropas que se hagan con el control completo del territorio cubano. Sin embargo, las voces que se oponen a la idea del ataque están empezando a tomar fuerza.

El Secretario de Defensa Robert McNamara aboga abiertamente por el bloqueo naval como medida de presión y no solamente se opone a una invasión completa sino que tampoco ve con buenos ojos ese ataque aéreo que el Presidente sí aprueba. McNamara dice que, antes de esta crisis, los EEUU ya eran vulnerables a los misiles soviéticos —obviamente no conoce la poca confianza que los rusos tienen en su veintena de misiles intercontinentales—  y que la presencia de misiles de medio alcance en Cuba no cambia el statu quo estratégico, o por lo menos no de manera radical.

Desde una perspectiva norteamericana, el análisis de McNamara parece correcto. Aun así, todos coinciden en que no se debe permitir que continúe la instalación de bases de lanzamiento a las puertas de casa.

robert mcnamara
Inteligente y carismático, el Secretario de Defensa  Robert McNamara se oponía al ataque contra Cuba, temiendo una catastrófica escalada.

Mientras en la Casa Blanca se acalora el debate, continúa el juego de engaños entre Moscú y Washington.

Tras la reunión del día anterior entre Nikita Kruschev y el embajador norteamericano, la embajada rusa envía un mensaje a Robert Kennedy para confirmar las palabras tranquilizadoras del Primer Ministro de la URSS.

El mensaje insiste en que las únicas armas que el ejército soviético ha llevado a Cuba tienen un propósito defensivo.

¿A qué se deben estas explicaciones no solicitadas?

A que los rumores que Washington había desestimado en su momento han llegado también a oídos de los espías soviéticos, y Moscú está haciendo todo lo posible por disiparlos.

Una vez más, los estadounidenses disimulan y dan por bueno el mensaje, como si se lo creyeran.

Entretanto, otro avión U-2 aterriza después de sobrevolar Cuba en una nueva misión de reconocimiento. Trae malas noticias.

Nuevas fotografías muestran que en la isla no solamente hay misiles de la clase SS-3 y SS-4, sino que se han detectado silos de lanzamiento para misiles de la clase SS-5. Estos misiles pueden alcanzar el doble de distancia que los SS-4, así que los soviéticos estarían en condiciones de destruir cualquier gran ciudad estadounidense excepto Seattle, la situada más al noroeste y la única capital que por ahora permanece fuera del alcance nuclear soviético.

Gracias a las fotos más recientes y el análisis del estado de las bases, los analistas estiman que los SS-5 tardarán cuatro o cinco semanas en estar completamente operativos, pero creen que una treintena de misiles SS-3 y SS-4 podrían estar preparados para el lanzamiento en tan solo siete días. Si las estimaciones son ciertas, los Estados Unidos tienen solamente una semana para maniobrar antes de que la URSS esté en condiciones de amenazarlos con un ataque nuclear masivo.

Al final de la jornada, el Comité ha sopesado las diversas opciones de actuación y, aunque no se ha llegado al consenso que desea Kennedy, al menos han podido desestimar varias alternativas. Por ejemplo, se ha descartado enviar un emisario para que comunique a Kruschev que sus misiles han sido descubiertos, y así poder presionarlo sin que el mundo tenga noticia.

A casi todos les parece una mala idea porque los rusos podrían contraatacar con alguna jugarreta propagandística que ponga a la opinión pública mundial de su parte y que consiga que cualquier acción posterior de los estadounidenses parezca una provocación o, peor aún, una venganza.

También se descarta el destapar la cuestión mediante una acusación abierta en la ONU, porque la URSS tiene derecho de veto ante cualquier decisión crítica del consejo de seguridad y porque —nueva casualidad— el presidente del consejo en ese momento es precisamente un ruso.

Desechada pues la vía diplomática (que tiene sus defensores pero en minoría), el ataque aéreo y el bloqueo naval siguen siendo las dos opciones más defendidas.

– Jueves, 18 de octubre

“Esta es la semana en que me estoy ganando el sueldo”. (John F. Kennedy)

A las nueve y media de la mañana el Presidente comienza la jornada cumpliendo con más compromisos de su agenda. Acude a un reparto de premios donde una vez más se lo ve sonriente y relajado. El público continúa sin sospechar nada. A las once, Kennedy regresa a la Casa Blanca y se reúne nuevamente con el Comité Ejecutivo.

Apenas ha cambiado nada: los jefes del Estado Mayor siguen insistiendo en que se debe proceder a un ataque y los elementos civiles, en su mayoría, abogan por el bloqueo. Pero será Robert Kennedy quien dé un inesperado paso adelante. El día anterior había evitado pronunciarse, pero de repente se opone sin reservas a los generales, afirmando que un bombardeo sobre la isla se convertiría en una especie de “Pearl Harbor” a la inversa, el desencadenante de una nueva Guerra Mundial.

Pide a todos los miembros del ExComm que se considere la vertiente moral del asunto: ¿hasta qué punto resulta ético recurrir al ataque aéreo y más teniendo en cuenta las terribles consecuencias? Bobby Kennedy insiste en que deben buscarse otras alternativas. La discusión sobre el tema se prolonga durante el resto de la sesión, pero todos saben que la opinión del hermano del Presidente no es cualquier opinión, ya que JFK tiene una inquebrantable confianza en él.

Gromyko
Anrey Gromyko (centro) negó la presencia de misiles en Cuba, y Kennedy no dio muestras de dudar de su palabra, aun sabiendo que era una flagrante mentira.

Tras la reunión, el Presidente comienza a solicitar consejo en privado, sondeando a aquellos funcionarios o ex-funcionarios de la Administración a quienes más respeta y cuya opinión tiene más en cuenta.

Se conforma así un “círculo íntimo” de consejeros, casi todos los cuales están ya en el ExComm: además de su hermano Robert, recurrirá a Robert McNamara (Secretario de Defensa), Dean Rusk (Secretario de Estado), Dean Acheson (ex-Secretario de Estado), Robert Lovett (ex-Secretario de Defensa), McGeorge Bundy (Asesor de Seguridad Nacional), el general Maxwell Taylor (jefe del Estado Mayor conjunto) y el diplomático Llewellyn Thompson.

Estos serán los hombres de quienes se rodeará durante esas horas críticas.

Buscará apoyo en todos ellos en algún momento, para complementar las discusiones grupales que tienen lugar en el Comité Ejecutivo y conocer cara a cara la opinión sincera de cada uno. Para empezar, tras la comida se reúne en privado con McNamara y Rusk. Quiere saber lo que opinan, sin que los demás estén presentes. Ambos son partidarios del bloqueo naval y se oponen al ataque aéreo.

Después conversa con Dean Acheson, para quien la opción del ataque aéreo sigue siendo la única posible; además considera inadecuada y ridícula la preocupación de Robert Kennedy por las consideraciones morales del ataque. Cree que la idea del Fiscal General de un “Pearl Habor a la inversa” es una “tontería”. Trae esas charlas, Kennedy tiene bastante más en qué pensar. Sobre todo teniendo en cuenta la importante cita que le aguarda esa misma tarde.

El juego de engaños previo entre las dos superpotencias no ha terminado con la reunión entre Kruschev y el embajador americano en Moscú. Este mismo día, a las cinco, el Presidente tiene programado un encuentro nada menos que con el ministro de asuntos exteriores soviético, Andrei Gromyko.

La conversación adquiere unas connotaciones surrealistas: Gromyko continúa en la línea oficial del Kremlin, y ante los rumores insiste en la naturaleza puramente defensiva del armamento que la URSS ha estado llevando a Cuba. Kennedy no le contradice, manteniendo su mejor cara de póker ante las flagrantes mentiras de Gromyko, quien al terminar la reunión no sospecha en absoluto que el Presidente americano ya sabe que sí hay armas atómicas en Cuba.

Tras la obra de teatro con Gromyko, el Presidente recibe a Robert Lovett, veterano de la I Guerra Mundial que había ejercido como Secretario de Defensa durante la Guerra de Corea. Le pide su opinión sobre las medidas a tomar y Lovett se muestra ponderado, pero firme, y le plantea un nuevo punto de vista: Lovett piensa que incluso un ataque aéreo que se limite a destruir las bases de misiles podría ser visto por los rusos como una medida de excesiva fuerza.

Por más que los miembros del ExComm quieran definirlo como un ataque “quirúrgico”, es perfectamente lógico que los soviéticos puedan tomarlo como una provocación. Desaconseja el uso de la fuerza bélica inmediata y aboga por un bloqueo naval, como también hacen el Secretario de Defensa y el Fiscal General.

Tras esa conversación Kennedy sigue reflexionando. No basta con dictar qué pasos han de darse; ha de prever también cómo reaccionarán los soviéticos a cualquier movimiento que haga. Es quizá en esos momentos cuando en su cabeza empieza a ganar enteros la opción del bloqueo frente a la del ataque aéreo.

Lovett
Kennedy consideraba un ataque aéreo limitado a las bases secretas, pero el ex-Secretario de Defensa Robert Lovett creía que los rusos podrían tomarlo como una declaración de guerra.

A la hora de cenar el Presidente se reúne nuevamente con el Comité, que todavía permanece dividido.

Viendo el cisma, el Presidente asegura que sigue deseando que se llegue a una decisión de consenso y que le gustaría que continúen debatiendo hasta encontrar una solución que les parezca satisfactoria a todos, pero también recuerda que no tienen todo el tiempo del mundo para llegar a dicho acuerdo.

Les recuerda cuál es su responsabilidad y todo lo que está en juego.

Después, se encierra en sus habitaciones privadas hasta tarde, tratando de poner su cabeza en orden mientras garabatea un montón de hojas de papel con multitud de anotaciones sobre lo que se ha hablado durante todo el día.

Al final, el suelo de la estancia está repleto de papeles: su secretaria los recogerá para pasar todas aquellas ideas a limpio. Así concluye el tercer día de la crisis: mucho se ha discutido, poco se ha avanzado.

No obstante, aunque todavía no se sabe qué medidas se van a tomar, lo que está claro es que habrá que hacer todavía más esfuerzos para mantener la crisis en secreto.

Durante la jornada ha estado a punto de provocarse una alerta en los periódicos. Durante los últimos dos días, de manera paulatina pero generalizada, ha empezado a imponerse en las fuerzas armadas estadounidenses una especie de silenciosa pre-alerta. Se lleva a cabo con suma discreción para no despertar suspicacias, pero en diversas bases militares se ha incrementado el nivel de alerta defensiva (Def Con).

Personal clave que estaba de permiso es llamado de nuevo al servicio y no son pocos los que se sienten molestos por esta repentina interrupción de sus vacaciones sin aparente necesidad. Además, la fuerza aérea estadounidense empieza a concentrar escuadrillas de aviones en el sudeste del país —en el rango de alcance de Cuba— y es entonces cuando algunos periodistas muestran curiosidad: ¿por qué se están trasladando aviones justo a esa región? ¿Es que sucede algo en Cuba? Es una pregunta muy delicada.

Pero la respuesta del Pentágono resulta tranquilizadora y convincente: dado que no constituye ningún secreto que los soviéticos han desplegado cazas Mig en la isla, resulta lógico que los Estados Unidos refuercen su cobertura aérea en la zona. Los periodistas, por suerte, consideran su curiosidad satisfecha. La justificación encaja perfectamente con los datos de que disponen, así que se terminan las preguntas.

Ni siquiera en la URSS se plantean otra explicación ante aquel movimiento de aviones, porque también ellos consideran muy normal que los americanos incrementen su fuerza aérea en la zona para contrarrestar la presencia de los Mig. El mundo continúa sin sospechar nada, pero hay que cuidar cada cabo suelto.

Al finalizar la jornada, solo unas pocas hormigas de la hilera corretean nerviosamente, alarmadas por la inminencia del desastre. El resto del hormiguero descansa con total tranquilidad.

Aquella noche de jueves, tres días después del descubrimiento de los misiles, el pueblo norteamericano se va a la cama sin tener noticia de lo que se está cociendo en las más altas instancias; poco saben que en la Casa Blanca ya se está discutiendo cómo forzar a los soviéticos a retirar sus misiles de las inmediaciones de la nación sin provocar una 3ª Guerra Mundial, una guerra que no dejaría nación que defender más allá de un puñado de escombros radiactivos.

Por lo que al americano medio respecta, estos días han sido unos días como otros cualesquiera. No ha habido mucho que contar, excepto que en las Series Mundiales de Béisbol los New York Yankees han vencido en el partido decisivo a los Giants de San Francisco por el ajustado resultado de 1 a 0. Cómo no, también en la Unión Soviética los ciudadanos se van a dormir tranquilos y despreocupados.

Esos días no ha habido tampoco grandes noticias, como no sea el fallecimiento de la pintora Natalia Goncharova, autora de aquellos coloridos lienzos a mitad de camino entre el cubismo y el estilo de Matisse. Para los ciudadanos americanos y soviéticos de a pie, como para todos los demás ciudadanos del planeta, la vida sigue como si nada. Las hormigas, pues, duermen plácidamente: en América, en Europa, en todas partes.

Pero en unos días podría cambiar la faz de la Tierra, agujereada por las picaduras de furiosas avispas cuyos aguijones nucleares dejarían la tierra quemada, las ciudades reducidas a despojos, el agua envenenada y el aire irrespirable. El que eso ocurra o no, el que se produzca un Juicio Final, depende ahora de la decisión de un puñado de hombres en Washington.

El camino para evitar ese Apocalipsis, sin embargo, todavía no está nada claro. Y sin embargo, tarde o temprano habrá que anunciar al mundo lo que está sucediendo. Es cuestión de muy poco tiempo el que el secreto se rompa y todos sepan lo que se está cociendo: en unas pocas horas, los habitantes de la Tierra dejarán de dormir tranquilos.

Avion U2

Amanece el viernes 19 de octubre de 1962; el mundo está a solamente unos días de que se pueda desencadenar una guerra entre las dos superpotencias que se disputan el control del planeta, una guerra que podría tener consecuencias catastróficas.

Y sin embargo, apenas un puñado de personas tiene noticia de esta circunstancia: el Presidente estadounidense John F. Kennedy, el comité ejecutivo de emergencia (ExComm) que acaba de formar con miembros de su gobierno y los altos mandos de las fuerzas armadas, amén de un puñado de asesores. Nadie más lo sabe.

En la URSS no sospechan nada, porque ni sus servicios de inteligencia se han percatado de que en EEUU suceda nada fuera de lo normal. Es más: hace un par de días que el Primer Ministro Nikita Kruschev recibió al embajador estadounidense en Moscú y, con tono ofendido, se desmarcó de los rumores que habían circulado durante el verano anterior, hablando de un supuesto traslado de armas atómicas a Cuba.

Lo mismo acaba de hacer su Ministro de Asuntos Exteriores, Andrei Gromyko, que ha estado en Washington reunido con Kennedy. Los rusos lo niegan; los americanos saben que es mentira pero todavía no se han dado por enterados. Tienen que preparar su respuesta.

Todos los implicados hasta el momento —Kennedy y los miembros del ExComm— están de acuerdo en que la presencia de armamento nuclear ruso a ciento cincuenta kilómetros de su costa requiere algún tipo de acción y que pasarlo por alto no es una opción. El propio Presidente, pensando tanto en la seguridad del país como en su propia carrera política, ha decidido que quiere obligar a la URSS a retirar esos misiles.

Lo único seguro es que no ha escuchado a los pocos que le han pedido buscar una vía diplomática “suave” o incluso abstenerse de actuar: Kennedy no piensa ignorar el asunto y dejar que los misiles permanezcan en Cuba. Eso sí, sabe que si da un mal paso el mundo puede encaminarse al desastre.

– Viernes, 19 de octubre

Ted Sorensen
Ted Sorensen descolocó a Kennedy con una sencilla pregunta: «¿Y si el bloqueo no funciona?»

Kennedy está cada vez más inclinado a decretar un bloqueo naval que impida a los soviéticos seguir llevando material atómico a la isla y que además sirva como medida de fuerza para intentar obligarles a que retiren el que ya tienen desplegado allí.

No le gusta la opción de lanzar un ataque aéreo sin previo aviso para destruir las bases nucleares cubanas, pensando que tal acción desencadenaría una guerra.

Entre algunos de los suyos, sin embargo, las ansias de batalla parecen no desvanecerse nunca.

Esa misma mañana los jefes de Estado Mayor de Tierra, Mar y Aire se acercan al Presidente para mostrar —por enésima vez— su desacuerdo con la “débil” opción del bloqueo.

Los máximos mandos militares del país insisten en que el ataque aéreo preventivo que destruya los misiles, seguido de una invasión de Cuba que impida a los soviéticos seguir utilizando la isla como posible plataforma de ataque, es la manera más rápida de eliminar la amenaza.

Kennedy replica que los soviéticos responderían a esas acciones con otras equivalentes —siendo la más probable una invasión de Alemania occidental—, tras lo cual resultaría prácticamente inevitable una Tercera Guerra Mundial. Los generales no parecen preocupados por un conflicto bélico: aseguran que Moscú no se atreverá a usar su armamento nuclear.

Aunque teniendo en cuenta lo que algunos de esos mismos generales estadounidenses pedirán más adelante, cabe preguntarse si no estarían deseando que Moscú apretase el gatillo atómico para poder hacer ellos lo mismo, sabiendo que tienen una enorme superioridad en ese campo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Tras despachar en privado con los generales, Kennedy entra en la reunión del ExComm. Dos asesores legales ilustran a los presentes sobre las posibles repercusiones diplomáticas de un bloqueo. Dicen que el bloqueo es una opción menos agresiva que el ataque aéreo, sí, pero que tampoco está libre de complicaciones.

Según la legalidad internaciona puede ser considerado también un acto de guerra. Los soviéticos estarían legitimados para interpretarlo como una provocación, ya que atentaría contra la libertad de navegación en aguas internacionales. Al escuchar este razonamiento los militares saltan de nuevo: ya que el bloqueo también puede convertirse en casus belli, ¿por qué no optar directamente por el bombardeo, que al menos eliminará de cuajo el peligro de los misiles de medio alcance?

Otros miembros del Comité, entre ellos el Secretario de Defensa Robert McNamara, piensan de otro modo. Creen —y aciertan— que por más que un bloqueo sea un acto de guerra desde un punto de vista legal, los rusos serán cautelosos y no reaccionarán de inmediato. En Moscú, dice MacNamara, esperarán por lo menos un día para analizar la situación y decidir cómo deben proceder.

Una vez más, la sesión de Comité finaliza sin que desaparezca la división entre quienes defienden el ataque aéreo y quienes abogan por el bloqueo naval. Como el acuerdo parece casi imposible, Kennedy ordena que ambos bandos preparen dos informes por separado justificando sus respectivas posturas, anotando los pros y los contras de cada opción. Esta orden resultará providencial. Por la tarde se contrastan los dos informes y por fin empieza a desmadejarse el asunto.

Salta a la vista que los argumentos en favor del bloqueo tienen mucho mayor peso y los inconvenientes, aunque los hay, serán bastante menos severos que en el caso de un supuesto ataque aéreo. El bando del bloqueo parece haber ganado y Kennedy concluye que el bloqueo naval es la respuesta.

Acaba, pues, de tomar una decisión. Ordena a Ted Sorensen  —su brillante escritor de discursos y el artífice de toda la impactante retórica que muchos asocian con el Presidente— que escriba una alocución para anunciar el bloqueo por televisión. Pero Sorensen no termina de ver claro el asunto.

Quizá debido a su formación periodística ha desarrollado un afilado instinto inquisitivo, una percepción menos específica pero más flexible sobre este tipo de asuntos que la que pueden tener los políticos y militares que lo rodean en el Comité. Aunque él mismo es partidario del bloqueo frente al ataque aéreo, su tendencia a la repregunta le lleva a formular una duda que parece simple pero que hasta entonces nadie se había planteado: “¿qué ocurrirá si el bloqueo no funciona?”

Nadie sabe qué responder. Si el bloqueo no funciona… habrá una guerra. Excepto, claro, que los Estados Unidos reculasen y permitiesen que los soviéticos sigan plantando sus misiles en Cuba. Lo cual sería una humillación internacional que Kennedy no está dispuesto a contemplar. Así pues, tras la pregunta de Sorensen el Presidente se da cuenta de que si quiere empezar el bloqueo también necesita mantener el ataque aéreo en la recámara, como última y desesperada medida.

Para su intranquilidad, el escenario bélico sigue teniendo muchas papeletas para terminar siendo real si los soviéticos deciden ignorar el cerco naval. Cosa que podrían hacer. No se puede descartar.

Entretanto las fuerzas armadas estadounidenses continúan sus preparativos en el sudeste del país, desplazando tropas a aquellos estados más cercanos al Caribe. Realizan estas maniobras con prudencia y en el más absoluto secreto, pero es imposible esconder por completo el ajetreo militar. No se puede movilizar al ejército en zonas pobladas sin que haya miradas indiscretas: la gente ve cosas, las comenta, se corre la voz… y los redactores de los periódicos se acaban enterando.

Es más: cada hora que pasa, el secreto parece volverse más y más frágil. El ejército, para moverse con rapidez, ha de usar las carreteras como todo el mundo. Existen ya numerosos informes de testigos que hablan del paso de convoyes militares con destino a Florida, así que los periódicos empiezan a telefonear al gabinete de prensa de la Casa Blanca para interesarse sobre el asunto.

pierre salinger
Pierre Salinger, portavoz de la Casa Blanca, no había sido informado y hacía frente como podía a las peliagudas llamadas de los periodistas.

El Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Pierre Salinger, es el encargado de hacer frente a sus preguntas.

Pero Salinger no ha sido informado sobre el descubrimiento de misiles en Cuba y en la práctica sabe lo mismo (o menos) que los propios periodistas, así que el pobre tipo recibe atónito al torrente de llamadas, sin saber qué decir.

No entiende la repentina curiosidad por parte de la prensa hacia las actividades del ejército.

Un tanto preocupado, advierte al Presidente de que algunos reporteros siguen haciendo indagaciones sobre los sospechosos movimientos de tropas en la región sudeste del país, pese a que el Pentágono había dado ya una explicación.

Salinger le pregunta abiertamente: ¿hay algo de verdad en todo esto? ¿Está sucediendo algo grave que el público americano no sepa?

Pero Kennedy decide seguir manteniendo a su jefe de prensa en la ignorancia: le dice que esos informes “no tienen fundamento” y le ordena que se limite a decirles eso mismo a los periodistas.

Salinger no queda nada convencido, pero obedece y finge ante la prensa que la situación es de total normalidad. Esa misma noche, el jefe de prensa es citado por Ken O’Donnell, asistente personal del Presidente.

Para su sorpresa, O’Donnell le dice que tal vez haya que suspender algunas de las actividades presidenciales del día siguiente: “Es posible que el Presidente tenga que contraer un resfriado mañana”. Eso no tranquiliza a Salinger, que empieza a creer que está sucediendo algo tan grave que en la Casa Blanca no quieren contárselo ni siquiera a él.

La prensa no dejará de dar problemas. Un periódico local de Florida, el Miami News, está a punto de dar en la diana cuando publica un artículo en el que se asocia el movimiento de tropas en la región con aquellas habladurías veraniegas acerca de un posible traslado de misiles soviéticos a Cuba.

Esas mismas habladurías que la CIA había desestimado torpemente como rumores infundados, las mismas que los soviéticos han desmentido tres veces esta misma semana por medio de su Primer Ministro, de su Ministro de Exteriores y su embajador en Washington. El Miami News ha lanzado un dardo a ciegas… y ha acertado.

Por fortuna para el gobierno, los autores del artículo —Paul Scott y Robert Allen— ya habían publicado rocambolescas historias para no dormir en alguna otra ocasión.  Entre otras cosas habían llegado a escribir sobre un supuesto plan de la URSS para efectuar una prueba atómica enviando un cohete con cabeza nuclear incorporada… ¡a la superficie de la luna! Sus lectores, pues, están acostumbrados a esperar exageraciones sensacionalistas de ellos.

El Pentágono lo tiene fácil para hacer el desmentido: intentando no dar demasiado pábulo a la noticia, responde con un escueto “no hay información que indique la presencia de armamento ofensivo en Cuba”.

La actitud de desgana y la vaguedad con que el Pentágono niega lo publicado por el Miami News parece reforzar la idea de que no le conceden importancia al artículo porque saben que no es verídico. Parece que Scott y Allen han escrito una fábula tan alejada de la realidad que ni siquiera ha merecido una respuesta contundente por parte de los militares, sino más bien un  desmentido rutinario y desangelado.

El asunto, pues, no pasa de anécdota a nivel de prensa local. No se dispara ningún resorte nacional. Es la segunda vez que el Pentágono miente a los periódicos durante esa semana y la segunda vez que se sale con la suya.

Termina la jornada del viernes y de puertas afuera todo permanece tranquilo. La prensa no ha conseguido destapar el asunto y cuando se ha acercado a la verdad ha sido desmentida con éxito. Los servicios soviéticos de inteligencia continúan sin detectar la más mínima señal de alarma. Y sin embargo, en estas mismas horas, las bases estadounidenses en el Caribe reciben la orden de ponerse en pre-alerta. Se acerca la tormenta.

– Sábado, 20 de octubre

«Era una noche espléndida, como lo son todas las noches de otoño en Washington. Salí del despacho del Presidente y, mientras caminaba hacia el exterior, pensé que quizá no viviría para volver a contemplar otra noche de sábado» (Robert McNamara, Secretario de Defensa)

A las nueve de la mañana Ted Sorensen se presenta en el ExComm con el boceto del discurso con el que Kennedy aparecerá en televisión al día siguiente para anunciar al mundo cuál es la situación. Los miembros del Comité leen el texto y dan el visto bueno.

Después se trabaja en la planificación general del bloqueo naval, lo cual no es óbice para que el Secretario de Defensa pida al Pentágono que varias escuadrillas de bombarderos se preparen para un posible ataque aéreo, en previsión de que el bloqueo no funcione o de que Fidel Castro pudiese ordenar algún tipo de represalia militar.

En la Casa Blanca saben que el líder cubano se sentirá acorralado cuando se anuncie el bloqueo y no son capaces de prever con exactitud qué actitud tomará. Confían en que la URSS trate de apaciguar a su nuevo aliado, porque a Moscú no le conviene que Castro cometa alguna tontería, pero no existe ninguna garantía al respecto. Fidel podría, por ejemplo, responder al bloqueo atacando la base estadounidense de Guantánamo.

En el Comité comienza también la preparación de otro tipo de guerra: la del lenguaje. Algunos proponen que sería lo mejor evitar el uso del término “bloqueo” a causa de sus connotaciones militares. Se decide que de cara al exterior resultará menos violento usar la palabra “cuarentena”.

No es que el debate etimológico cambie la naturaleza bélica, o pre-bélica, de un bloqueo naval, pero al menos lanzará un mensaje a los soviéticos y dejará entrever que la intención de Washington no es provocar un enfrentamiento directo. Se cuida cualquier fleco para evitar que Moscú interprete el bloqueo como una provocación.

Washington quiere presentarlo como una medida de presión defensiva, es importante que a los rusos les quede esto muy claro. Cualquier terminología con una implicación agresiva será cuidadosamente evitada. Las declaraciones deben sonar firmes de cara al público, pero sin contener una declaración de guerra encubierta.

Curtis LeMay
Curtis LeMay, un hombre sutil: «¡Deje que mis aviones suelten la Bomba!»

Eso no impide que los jefes del Estado Mayor sigan mostrándose belicosos (¡otra vez!) y más ahora que la acción es ya  inminente.

Kennedy se reúne con ellos después de comer para supervisar los planes tácticos y vuelve a escuchar las mismas diatribas de los días anteriores.

Solo que peores, porque esta vez los generales, además de continuar abogando por un ataque preventivo, van todavía más lejos.

El jefe de las fuerzas aéreas, Curtis LeMay, llega a sugerir con fogosidad el uso de armamento atómico. LeMay aduce que también los soviéticos emplearán sus misiles nucleares en cuanto tengan oportunidad, contradiciendo su propia versión anterior, ya que hasta entonces los generales habían asegurado que la URSS no se atrevería a usarlos.

Recomienda barrer las bases cubanas con una buena ración de hongos atómicos.

El Presidente, para variar, ha de pararle los pies al Estado Mayor. Deja bien claro que el uso de un ataque nuclear para resolver el asunto está fuera de la discusión.

Poco después Kennedy y los generales se reintegran al Comité, al que se ha unido una nueva voz: Adlai Stevenson, portavoz de los Estados Unidos en la ONU. Stevenson defiende una opción más conciliadora: aunque como casi todos allí aboga por el bloqueo naval, que va ganando adeptos, cree que debería estar acompañado de importantes concesiones destinadas a apaciguar a los rusos y a los cubanos.

Es decir, al mismo tiempo que anunciase el bloqueo, los EEUU deberían mostrarse dispuestos a abandonar sus bases nucleares en Turquía y su base en Guantánamo. Entonces los soviéticos podrían acceder a retirar sus bases atómicas en Cuba. La propuesta de Stevenson, aunque sensata, no encuentra mucho eco. Casi todos los miembros del Comité censuran la ocurrencia, que califican como una inadmisible rendición sin condiciones.

Pese la actitud general, las palabras de Stevenson no caen por completo en saco roto. Kennedy admite que podría llegar a considerar la retirada de sus bases en Turquía si son los soviéticos quienes la piden como elemento de negociación; eso sí, no está dispuesto a ser el primero en ofrecerlo.

Entre los hombres de confianza de Kennedy, sin embargo, se comenta que quizá a Stevenson le venga grande la situación, lo cual reviste cierta importancia porque cuando la cosa estalle Stevenson será el portavoz de la nación ante la ONU. Para colmo, ya antes de esta crisis Stevenson y Kennedy habían tenido sus más y sus menos.

Aunque pertenecían al mismo partido y habían trabajado juntos en diversas ocasiones, sus diferencias en política exterior les habían llevado a una tensa relación personal. El ahora Presidente desconfiaba de él. En lo personal y antes de ser Presidente, Kennedy también estaba enemistado con algún miembro del ExComm, como el mencionado general Cutris LeMay, lo cual no era un secreto para nadie.

Pero la tensión entre un político y un militar no resultaba sorprendente, ni siquiera inusual. Sin embargo, una grieta entre el Despacho Oval y su portavoz en la ONU resultaba más delicada. La ONU iba a jugar un papel crucial en todo el asunto y si el Presidente no las tenía todas consigo respecto a Stevenson, quizá se produjese una seria descoordinación.

Aunque Kennedy tampoco podía deshacerse de Stevenson sin mayores motivos, porque eso, una vez declarado el bloqueo, eenviaría a los rusos una señal de debilidad. No podían hacerse públicas divisiones internas en Washington.

Estamos en sábado pero la prensa no se apacigua, ni mucho menos. Aunque el artículo que el Miami News habia publicado el día anterior ya estaba desmentido y olvidado de cara a la opinión pública, otros periódicos han seguido bien atentos a la creciente actividad militar y, todavía peor, han detectado por fin que la Casa Blanca, durante los últimos días, se ha convertido en un hervidero de actividad.

Han visto que no dejan de entrar y salir importantes personajes cercanos al poder, incluidos los jefes del Estado Mayor. La extensión de rumores en determinados círculos resulta inevitable y un periodista tendría que estar muy dormido para no deducir que algo serio está sucediendo.

Después de atar algunos cabos relacionados con los movimientos de tropas, todo sigue apuntando a un problema con Cuba, por más que el Pentágono lo haya desmentid ya dos veces. Así pues, a la hora de cenar suena el teléfono de McGeorge Bundy, asesor de seguridad nacional del Presidente.

Quien llama es el jefe de redacción de la sucursal del New York Times en Washington, que le interroga sin rodeos sobre el motivo de tanta actividad en las altas esferas. El periodista no quiere jugar a los desmentidos otra vez, así que no se anda por las ramas: «¿Qué está pasando en Cuba?» Es una conversación muy delicada.

McGeorge Bundy comprueba  que el redactor está sobre la pista de la verdad. Una mera insinuación en el ejemplar del día siguiente haría que todo el secreto que con tanto trabajo han cultivado la Casa Blanca y el Pentágono quede hecho añicos. El New York Times no es el Miami News, como es lógico, y cualquier cosa que publique tendrá repercusión nacional e internacional.

Para evitar que el periódico airee informaciones comprometidas, Bundy accede a confirmar que hay una crisis y que está relacionada con Cuba. Con esto, en esencia, confirma lo que el periodista ya sabe. Pero a continuación le pide que retenga la historia por bien de la seguridad nacional. Así, apelando al interés patriótico, consigue mantener a la prensa en silencio durante un día más.

– Domingo, 21 de octubre

A primera hora de la mañana Kennedy da luz verde para poner el dispositivo del bloqueo en marcha. Queda establecido que aparecerá en televisión el lunes a las siete de la tarde, cuando los preparativos militares estén finalizados. Pero la letra pequeña preocupa mucho al Presidente. Primero se reúne con el general Walter Sweeney, jefe del Comando Táctico del Aire (TAC), para escuchar todos los detalles de cómo se efectuaría un ataque aéreo a Cuba en caso de que el bloqueo fracase.

Sweeney describe un hipotético bombardeo, enumera qué operaciones concretas resultarían necesarias y vaticina cuáles cree que serían las probabilidades de éxito militar. Su análisis será clave. Plantea la operación con un tono bastante más realista, y desde luego menos entusiasta, que los jefes de Estado Mayo.

Él está mucho más cerca de los detalles técnicos y parece entender mejor las implicaciones tácticas. El jefe del TAC admite que el ataque aéreo destruiría la mayor parte de los misiles nucleares en Cuba… pero no todos. Es decir: la amenaza nuclear directa no podría ser completamente eliminada mediante un ataque preventivo, sino disminuida.

Incluso tras un intenso bombardeo de las bases, supone que quedaría en pie una décima parte del total de los misiles atómicos rusos. Todavía podrían ser disparados sobre ciudades estadounidenses. Kennedy escucha el crudo informe de Sweeney con intensa preocupación. No hay garantías en caso de ataque. Más vale que el bloqueo funcione.

Walter Sweeney
Pese al afán bélico de sus superiores, Walter Sweeney fue sincero con Kennedy y no quiso garantizar la total eficacia de un ataque aéreo sobre Cuba.

Tiene lugar una nueva reunión del ExComm en la que el almirante George Anderson, de la marina, enumera los detalles tácticos concretos del bloqueo naval.

Describe, por ejemplo, el procedimiento que se usará para conseguir que den la vuelta los barcos que se acerquen a Cuba.

Primero se les avisará por radio.

En caso de que un buque no obedezca las órdenes recibidas, se disparará en su misma dirección, aunque al aire, un cañonazo de advertencia.

Si aun así el barco no se detiene, se disparará a la hélice para inmovilizarlo.

Esto asusta a Kennedy, que se pregunta qué ocurriría si el cañonazo destinado a inutilizar la hélice provoca que se hunda el barco o causa daños severos, incluida la muerte de tripulantes.

El almirante le tranquiliza: es poco probable eso suceda.

Inmovilizar un buque es algo que puede hacerse con precisión; además, hundir o destruir un barco no es tan fácil como parece.

Kennedy se tranquiliza un poco, pero se da cuenta de que está planteando un juego muy delicado. Hasta un pequeño pequeño fallo de puntería de un cañón naval puede conducir a una Tercera Guerra Mundial.

Esa misma mañana el jefe de prensa de la Casa Blanca, Pierre Salinger, es informado acerca de la verdad. Por fin entiende a qué venía tanta insistencia de los periódicos, lo cual, al menos en cierto modo, le supone un gran alivio pese a descubrir la gravedad de la situación. Quién sabe, quizá el pobre hombre creía estar volviéndose paranoico.

En cualquier caso, sacarlo de la ignorancia ha sido una buena idea porque ese mismo domingo está a punto de hacer frente a una oleada de presiones por parte de varios de los grandes medios. Los periódicos van comprendiendo mejor el asunto con cada minuto que pasa.

El New York Times y el Washington Post, sobre todo, han investigado a toda prisa y están consiguiendo componer el rompecabezas, dibujando un retrato tan aproximado de la situación que Salinger, al recibir sus llamadas, se percata de que están a punto de publicar una versión bastante certera de la realidad.

Ambos diarios son la punta de lanza de la prensa nacional, por lo que el secreto está a punto de derrumbarse una vez más. Cuando telefonean al jefe de prensa para corroborar las informaciones que tienen intención de publicar, Salinger acude con urgencia a Kennedy.

La Casa Blanca se halla ante un momento crítico. Tras varios días de intensa preparación, los dos grandes diarios del país están a punto de destapar todo el asunto. La verdad sobre Cuba empieza a ser como un mar embravecido golpeando unos diques que se resquebrajan por momentos.

Al Presidente solo le queda confiar en que poniendo un par de refuerzos en las grietas, esos diques aguanten un poco más. Necesita unas horas más de secreto eso es todo,, hasta las siete de la tarde del lunes. Ha de intervenir. Kennedy telefonea personalmente a los directores del New York Times y el Washington Post para decirles que la seguridad nacional está en juego.

El Presidente convence a ambos para que retengan la noticia. Los dos diarios acceden a no publicar lo que ya han averiguado y dicen que esperarán a que Kennedy hable por televisión. Washington tendrá tiempo de ultimar sus preparativos… salvo que otro medio de comunicación salte repentinamente con la historia, cosa de la que no existe garantía. Quién sabe si algún otro reportero, en alguna redacción del país, también ha conseguido unir las piezas del puzzle.

– Lunes, 22 de octubre

El Presidente establece por decreto un Consejo de Seguridad Nacional. O dicho de otro modo, convierte el ExComm en una institución oficial en toda regla. Esto provoca que los miembros del Comité —especialmente los miembros civiles— puedan notar que los aires de guerra les acarician la nuca. No se les escapa que el decreto de Kennedy es una medida pre-bélica. Hasta ahora han estado discutiendo en tema sobre el papel. En unas pocas horas, cuando se haga público el anuncio del bloqueo, tendrán que tomar decisiones de acuerdo a la realidad.

A media mañana Washington arrima la primera llama a la mecha. Los embajadores estadounidenses en todos los países aliados reciben un mensaje urgente del Departamento de Estado: se les dice que deben informar en privado a los jefes de gobierno de esas naciones sobre la presencia de misiles soviéticos en Cuba y sobre el bloqueo que Kennedy está a punto de anunciar en televisión. Se obtiene una garantía de apoyo por parte de algunos de esos países, siendo claves el Reino Unido y Francia.

Pero aun hay más. Una vez encendida esa mecha, Kennedy quiere asegurarse de que la pólvora no explotará de manera inesperada. Informa a las bases de misiles estadounidenses en Turquía e Italia que si algún elemento militar de la base intenta disparar armas nucleares sin su autorización expresa, el resto del personal habrá de detener al oficial e inutilizar los misiles ipso facto.

Es una orden clara y directa. En la Casa Blanca no quieren que algún militar con complejo de héroe, algún oficial fanático, intente tomarse la justicia por su mano. Ahora todos los soldados deben saber que hay una orden que prevalece: la del Presidente, comandante en jefe de todas las fuerzas armadas según la Constitución que han jurado proteger.

También esa mañana se decreta que a las siete de la tarde, hora prevista del discurso de Kennedy, todas las fuerzas estadounidenses del planeta entren en alerta. Sin embargo queda por resolver una cuestión delicada: ¿se debería extender esa alerta a las fuerzas armadas de los aliados? Es un tema muy peliagudo. Tanto, que los jefes del Estado Mayory el propio Kennedy parecen querer quitarse la decisión de encima.

Por un lado el Estado Mayor ordena al general Lauris Norstad, comandante de la OTAN en Europa, que intente conseguir de los aliados el compromiso de ponerse también en alerta pre-bélica. Sin embargo, le autorizan para que ejecute esa orden “según su propio criterio”. Es decir, que se quitan el problema de encima. Por si fuera poco, Kennedy envía otro mensaje a Norstad, exhortándole a intentar mantener intactos los lazos de alianza con determinados países europeos.

Lauris Norstad
El general Lauris Norstad, por su cuenta y riesgo, se negó a poner a los aliados de la OTAN en alerta, lo cual probablemente ayudó a salvar la alianza.

En otras palabras: Norstad recibe mensajes contradictorios, lo que equivale a decir que la patata caliente ha caído en sus manos y que una decisión tan importante, de la que puede depender el futuro del mundo, es ahora su decisión.

¿Debe o no debe pedir a los países miembros que se pongan en disposición de, quizá, embarcarse en una guerra en cuestión de horas, solo porque los EEUU han decidido de manera unilateral establecer un bloqueo?

Sin saber muy bien cómo proceder, el general consulta con el Primer Ministro británico, Harold Macmillan.

Esa conversación será clave. Macmillan le insiste en que presionar a determinados gobiernos europeos para que declaren la alerta podría perjudicar la buena predisposición de esos mismos países, los cuales, bajo presión, podrían querer desligarse de las acciones militares estadounidenses.

Si los EEUU se consideran bajo amenaza soviética, qué no sentirán los aliados europeos sabiendo que las fuerzas terrestres de la URSS podrían invadir el resto del continente sin que ni la unión de toda la OTAN fuese capaz de detenerlos.

Los americanos cuentan con superioridad en cuanto a misiles, pero el Ejército Rojo es mucho más numeroso y ni siquiera los EEUU cuentan con efectivos terrestres suficientes para hacer frente a una guerra convencional en terreno europeo. La única respuesta efectiva de los EEUU ante una invasión soviética de Euroopa sería la nuclear, y si los americanos optasen por esa opción, sus aliados podían ir preparándose para ver sus principales ciudades arrasadas por los misiles de alcance intermedio rusos.

El general Norstad, pues, se compone un cuadro de la situación en que se encontrarían los miembros europeos de la OTAN. Temen a la URSS más de lo que puedan temer o respetar a los EEUU. El general, por su cuenta y riesgo, deduce que no puede pedirles que en el plazo de horas se dispongan a una guerra donde tienen todas las de perder, y que lo hagan por la sencilla razón de que Washington no quiere misiles soviéticos en Cuba.

Toma la decisión de no extender la alerta a toda la OTAN. Con esa medida, es muy posible que haya contribuido a que los aliados sigan ejerciendo su apoyo sin sentirse obligados a entrar de manera automática en guerra. Es muy posible que Norstad acabe de salvar la integridad de la OTAN.

El Premier británico Harold Macmillan, como es lógico, ha quedado muy preocupado tras la conversación con Norstad. Aunque él mismo ha garantizado el apoyo del Reino Unido a EEUU en caso de que los soviéticos declaren la guerra, envía una carta a Kennedy advirtiéndole de que, en su opinión, podría suceder que Moscú, al conocer el bloqueo, le ponga una escolta militar a todos los mercantes con rumbo a Cuba.

Eso sería señal de que no quieren ceder, lo cual terminaría provocando una situación de “a ver quién se rinde primero” y, quizá, el desencadenamiento de una escalada bélica. Esta carta es una buena muestra de que la decisión del general Lauris Norstad es uno de los grandes aciertos de esos días.

Pero además de los aliados de la OTAN aún queda alguien importante a quien informar antes de que Kennedy hable en las ondas: los propios soviéticos. Kennedy no quiere que los rusos se enteren por la televisión, lo cual parecería una provocación, así que una hora antes de su discurso televisado envía una carta a Nikita Kruschev y manda a su Secretario de Estado a la embajada soviética en Washington.

Para el embajador de la URSS, Anatoly Dobrynin, este lunes es un día como otro cualquiera. De hecho, cuando un funcionario de su embajada le anuncia que el Secretario de Estado Dean Rusk ha pedido una cita para las seis de la tarde, Dobrynin dice estar muy ocupado y pide a su subordinado que le excuse ante el Secretario y que concierte una nueva cita para la mañana siguiente.

La relación personal entre Rusk y Dobrynin es bastante buena, así que el ruso —que de verdad está hasta las cejas de trabajo ese día— sabe que puede tomarse ese tipo de confianzas. Sin embargo, para su sorpresa, el funcionario se queda de pie, sin moverse. “No, Sr. Embajador. El señor Rusk ha dicho de manera muy específica que quiere verlo hoy a las seis. Que es muy importante. Que no se puede aplazar la reunión”.

En ese mismo instante Dobrynin comprende que algo grave está pasando. Sabe que Rusk no es la clase de individuo que presiona para obtener una cita y que si lo está haciendo ahora, será por un motivo relevante. Accede y despeja su agenda. El Secretario de Estado acude puntual a la cita y el Embajador observa que Rusk parece más serio que de costumbre.

Ambos se sientan, a solas; el americano le entrega a Dobrynin dos documentos: una copia del discurso con el que Kennedy va a anunciar el bloqueo en apenas unos minutos, y una copia de la carta que la Casa Blanca acaba de enviar a Nikita Kruschev. El embajador, atónito, lee los textos mientras se va poniendo cada vez más pálido. Es un momento enormemente tenso que después Rusk describiría con una brillantísima y muy elocuente imagen: “De repente, Dobrynin envejeció diez años ante mis ojos”. No es para menos. El embajador soviético acaba de enterarse de que su país tiene misiles nucleares en Cuba:

“Yo no sabía nada. La decisión fue tomada en secreto por mi gobierno. (…) Solamente se me dijo que en caso de ser preguntado sobre misiles debería simplemente responder: no hay armamento ofensivo en Cuba. Punto. No debería dar otros detalles ni ofrecer explicaciones”

Anatoly Dobrynin
Anatoly Dobrynin se quedó blanco al leer el discurso de Kennedy: el embajador soviético no sabía que su país tenía misiles nucleares en Cuba.

El embajador ni siquiera sabe qué decir.

El asunto le acaba de pillar de sorpresa.

En su fuero interno, de hecho, siempre había sostenido la opinión de que llevar armamento atómico a Cuba sería “una estupidez”, porque desencadenaría una crisis entre las dos superpotencias, una crisis que podría tener consecuencias apocalípticas.

Quizá por pensar así no había creído que sus superiores del Kremlin se atreverían a tanto. Y ahora, de repente, ha descubierto —mediante los americanos— que dicha crisis está a punto de estallar.

Capta al instante la enorme seriedad de la situación. Sabiendo que el Ministro de Asuntos Exteriores de su país, Andrei Gromyko, ha estado conversando con Kennedy y con el propio Dean Rusk hace apenas unos días, Dobrynin le pregunta a Rusk por qué razón Kennedy no le había planteado estas cuestiones directamente al ministro, en vez de esperar un par de días para soltárselo de sopetón a él, que solamente es el Embajador y ni siquiera estaba enterado.

Pero el Secretario de Estado, aunque muy probablemente comprende la repentina desesperación de Dobrynin y desde luego simpatiza con él, le dice que ha venido a verle con la orden de entregarle esos papeles y de no responder preguntas al respecto.

Cuando ambos se despiden, el Embajador se pregunta por qué el ministro Gromyko no ha aprovechado la visita a EEUU para decirle a él, que como embajador se supone que es un hombre de confianza, que habían llevado armamento nuclear a Cuba. Anatoly Dobrynin se da cuenta de que está metido en un juego mucho más grande que él mismo. Durante esos días su situación no será envidiable.

Una hora después, a las siete de la tarde, el Presidente Kennedy aparece en televisión. Durante un cuarto de hora informa a la nación de lo que está sucediendo. Habla sobre el descubrimiento de armamento nuclear en Cuba y deja clara su postura: “cualquier misil lanzado desde Cuba sobre cualquier nación del hemisferio occidental será considerado un ataque directo a los Estados Unidos, lo que requerirá una respuesta de represalia total sobre la propia Unión Soviética”.

Es una amenaza en toda regla, al menos de cara a la opinión pública. Para los telespectadores, la Crisis de Octubre comienza en este mismo instante. Los habitantes del planeta descubren que, si las cosas se complican podrían estar a días, incluso a horas, de contemplar una catástrofe nuclear global. Toda una noticia para empezar la semana.

Justo mientras Kennedy está hablando en las pantallas de todo el país, las fuerzas armadas estadounidenses entran en DEFCON 3 por primera vez desde la creación de dicho sistema de alerta defensiva (DEFCON 2 significaría guerra inminente, mientras que DEFCON 1 significaría el comienzo de una guerra nuclear).

El nivel DEFCON 3 tiene varias consecuencias importantes. El Comando Táctico del Aire, que durante el día ha estado distribuyendo bombarderos por diversos aeródromos del país para equiparlos con bombas atómicas, ordena que una parte de estos aviones esté siempre en el aire.

Cuando un bombardero aterrice para repostar, otro despegará y ocupará su lugar; así se garantiza que en caso de ataque nuclear súbito sobre los EEUU habrá en los cielos un cierto número de aviones preparados para ejecutar una represalia. También el resto del arsenal atómico estadounidense entra en una alerta pre-bélica que hasta ahora solo imperaba en las bases de Guantánamo y Panamá.

El personal de todas las bases de misiles estadounidenses es puesto en disposición de actuar y los submarinos con capacidad balística reciben la orden de dirigirse hacia sus ubicaciones estratégicas definitivas. Por el momento no hay reacción visible del Kremlin, que no emitirá un comunicado oficial hasta el día siguiente. Tal y como Macnamara había previsto, los soviéticos no se precipitan y se toman toda la noche (es de noche en Washington, se entiende) para analizar el asunto.

El mundo está ya al borde del desastre. De hecho, durante esa misma tarde, un par de infortunadas casualidades ponen a prueba la sensatez de las comunidades de inteligencia de ambas superpotencias. Por un lado se da la circunstancia, por completo casual, de que una de las bases de misiles estadounidenses en Turquía es “ocupada” por el ejército turco, lo que produce la sensación de un preparativo previo a un ataque atómico.

En realidad se trata de una maniobra rutinaria de mantenimiento que ya estaba prevista en el calendario de esa base, aunque en Washington no tenían constancia de ello, o de lo contrario la hubiesen evitado para no alarmar a Moscú. Cuando la maniobra es detectada por la inteligencia soviética, en efecto, hace sonar algunos timbres de alarma. Los rusos no saben cómo interpretar el repentino movimiento en la base turca.

¿De verdad están preparando los estadounidenses un ataque nuclear? Al final se impone la sangre fría; antes de provocar el pánico en Moscú, los observadores soviéticos deciden aguardar a tener más indicios de que realmente se prepara un lanzamiento. Así, los agentes de la inteligencia militar se dan cuenta de que todo es una maniobra inocua.

Pese a lo que puedan pensar algunos generales estadounidenses como Curtis LeMay, en la URSS no tienen especial interés por precipitarse a un intercambio nuclear. Y menos sabiendo que EEUU tiene más de 27.000 armas atómicas frente a las 3.000 que ellos mismos poseen. Entre los dos bandos pueden dejar el planeta inhabitable.

También peliagudo es un incidente ocurrido en Moscú apenas media hora antes de la alocución presidencial de Kennedy. Se trata de la detención del coronel Oleg Penkovski, reputado militar y relevante miembro de la inteligencia soviética, que ha estado ejerciendo como espía para la CIA en secreto.

Justo ahora acaba de ser desenmascarado. Penkovski consideraba que Kruschev podría estar dispuesto a iniciar una guerra nuclear y por ese motivo había empezado a trabajar como agente doble, aunque los americanos tendían a considerar exagerados sus apocalípticos informes sobre la personalidad del Premier soviético.

Con todo, era un hombre cercano al poder que podría haber jugado un papel importante en la crisis de no haberse detectado su doble juego. Pues bien, cuando Penkovski se entera de que ha sido descubierto y de que su detención es inminente, reacciona de forma más bien histérica y encía a sus contactos occidentales la señal convenida para avisar de un inminente ataque soviético.

Al recibir el mensaje, los agentes de la CIA se quedan atónitos: ¿de verdad el coronel acaba de enviar la señal de alarma? Por fortuna, deciden también no dar crédito a la alerta, a falta de otros indicios que la confirmen. Y aciertan, porque unos minutos después el mundo entero sabrá que se enfrenta a una posible Tercera Guerra Mundial y cualquier pequeño malentendido podría causar una escalada de represalias que quizá no podría pararse hasta provocar un Apocalipsis nuclear.

Estos dos últimos sucesos, que contados en pleno siglo XXI parecen anécdotas, demostraban que los equívocos podían surgir con mucha más facilidad de la prevista. Así de delicadas se iban a poner las cosas. El lunes 22 de octubre de 1962, quien fuese religioso tenía buenos motivos para rezar. Y quien no lo fuese… probablemente también.

En Washington no se van a dormir. La noche va a ser muy larga mientras esperan la respuesta de Moscú. ¿Cómo lo estarán viviendo los soviéticos? El pulso ha comenzado. Nadie sabe cómo va a terminar.

Kruschev a Kennedy

Señor Presidente:
Acabo de recibir su carta y también he recibido el texto de su discurso sobre Cuba. Debo decirle, con toda franqueza, que las medidas señaladas en su declaración representan una seria amenaza para la paz y la seguridad de todas las naciones. Los Estados Unidos han emprendido, de manera decidida, un camino repleto de gruesas violaciones de la Carta de las Naciones Unidas, un camino que viola las normas internaciones sobre libre navegación en alta mar, un camino de acciones agresivas contra Cuba y contra la Unión Soviética. [..] Resulta evidente por sí mismo el hecho de que no podemos reconocer el derecho de los Estados Unidos a establecer control alguno sobre armamentos que resultan esenciales para que la República de Cuba pueda reforzar su capacidad defensiva. Confirmamos que el armamento que en este mismo instante está en ruta hacia Cuba, sin importar a qué tipo concreto de armamento nos refiramos, tiene únicamente propósitos defensivos. […] Espero que el Gobierno de los Estados Unidos mostrará prudencia y renunciará a las acciones promulgadas por usted, que podrían tener catastróficas consecuencias sobre la paz mundial”
(Extracto de la carta de respuesta de Nikita Kruschev a Kennedy tras el anuncio televisivo de un bloqueo naval estadounidense en torno a Cuba)

El lunes 22 de octubre de 1962 John F. Kennedy había aparecido en televisión leyendo un mensaje en el que anunciaba su decisión de establecer un bloqueo naval en torno a Cuba. Aquello tomó por sorpresa a los líderes soviéticos y no solo porque descubrieron que la presencia de sus misiles nucleares en Cuba ya no constituía un secreto. Lo cierto es que en Moscú sorprendió, y mucho, que los americanos reaccionasen por la tremenda ante la presencia de aquel armamento en el Caribe.

Los rusos consideraban que la presencia de bases americanas en Turquía constituía un desequilibrio estratégico a corregir, pero no por necesidad una amenaza inmediata. ¿Que los estadounidenses habían colocado misiles atómicos cerca de la URSS? Poca gente en el Kremlin pensaba que Washington considerase siquiera usarlos, pero sí defendían la necesidad de igualar la balanza de la seguridad estratégica estableciendo a su vez bases nucleares en Cuba.

Así que les costó entender la, a sus ojos, exagerada respuesta que el asunto cubano produjo en la otra parte. La URSS tenía detrás una densa historia de guerras y amenazas exteriores, sus fronteras no siempre habían sido seguras, así que estaban acostumbrados al peligro y se tomaban las cosas con mayor tranquilidad. Quizla debido a esa misma historia, los dirigentes soviéticos no habían entendido que los estadounidenses —protegidos por dos enormes océanos— estaban tan acostumbrados a sentirse resguardados en su propio territorio que cualquier idea de una amenaza cercana los llevaría al borde de la histeria.

Los rusos ya se habían sorprendido en 1957 cuando el lanzamiento del satélite Sputnik provocó una oleada de aprensión en el pueblo norteamericano. Incluso el entonces Presidente Dwight D. Eisenhower,que además de ocupar la Casa Blanca atesoraba el historial militar más prestigioso de la nación, había tenido que intervenir para inspirar tranquilidad entre los suyos.

Eisenhower, de manera muy sensata, había insistido en que una cosa era que los soviéticos tuviesen capacidad para alcanzar la órbita y otra muy distinta que llevasen allí armas nucleares y estuvieran dispuestos a usarlas sobre los EEUU. Pero ni siquiera las palabras tranquilizadoras de “Ike” acerca de la naturaleza inocua y pacífica del Sputnik habían tenido demasiado efecto, así que en Moscú hubiesen debido tener buenas pistas sobre cómo podrían tomarse las cosas al otro lado del Atlántico.

Pero no habían leído la situación y se toparon con una escalada de tensión que no habían previsto. De repente, estaban metidos de lleno en un cara a cara que podría desembocar en un pulso, en una guerra de nervios y, en última instancia, en una guerra de verdad.

A Kruschev le sorprendió la reacción desmesurada de Kennedy; pensó que ambos podían haberse entendido mejor.
A Kruschev le sorprendió la reacción desmesurada de Kennedy; tras haberse conocido un año antes, pensó que ambos podían haberse entendido mejor.

El Premier soviético Nikita Kruschev era el primer sorprendido por la magnitud de la crisis.

Kruschev, de hecho, tenía una imagen bastante positiva de Kennedy.

Ambos mandatarios se habían conocido en Viena durante el año anterior y el Premier ruso se había llevado una buena impresión.

Consideraba al Presidente estadounidense como un líder sensato y pragmático que optaría por la negociación antes que por la guerra.

También pensaba que Kennedy lo tenía en buena estima a él, y que lo vería de manera distinta a como lo presentaba la propaganda occidental, en la que Kruschev solía aparecer como un individuo de gesticulante vehemencia y ademanes hiperbólicos.

Aquella imagen teatral era verídica, pero pese a lo que decía la prensa occidental, respondía más a su temperamento personal que a un verdadero extremismo ideológico.

Incluso podía decirse que Kruschev era un elemento bastante moderado dentro de lo habitual en la cúpula soviética, como demostraban sus esfuerzos por la “desestalinización” del país. Y estaba seguro de que Kennedy conocía bien esa naturaleza moderada. No era cierto, sin embargo, que Kruschev considerase al Presidente americano como un dirigente “débil”.

En realidad entendía bien que los Estados Unidos eran otro tipo de régimen: una democracia con una prensa libre que obligaba a Kennedy a lidiar con la opinión pública. Mientras que en la URSS el público solo se enteraba de aquello que el régimen quería que se enterase, en EEUU la prensa era autónoma, las encuestas electorales eran tomadas muy en serio y Kennedy también tenía su particular tipo de teatro que representar ante su pueblo.

Mostrarse firme ante la URSS formaba parte de ese teatro. Era algo que Kruschev podía entender, ya que si bien no tenía que responder ante una prensa libre, sí contaba con otro tipo de “opinión pública” vigilándole: el aparato del Partido Comunista.

Aun así, aun sabiendo que un Presidente americano también tenía un vaudeville que representar, los duros términos del anuncio de Kennedy no habían entrado en los planes de Kruschev. La hipersensibilidad estadounidense ante las bases atómicas cubanas lo dejó atónito.

No había supuesto que los EEUU veían aquellos misiles como una amenaza directa, incluso como una respuesta desafiante al incidente de Bahía de Cochinos, la frustrada invasión de Cuba organizada por la CIA. Kruschev había previsto, porque le había parecido lógico, que la Casa Blanca entendería el verdadero fondo del asunto, que aquellos misiles habían sido llevados a Cuba porque eran la manera de nivelar el poderío nuclear.

Y nada más que eso, aunque el pretexto fuese la autodefensa del régimen de Fidel Castro. Así era como los soviéticos veían sus nuevas bases en el Caribe, como una restitución de un equilibrio estratégico global que, en el fondo, favorecia la paz entre ambos. Los estadounidenses, en cambio, decidieron ver las bases como una amenaza. Las dos superpotencias no se entendían. Y el futuro del mundo dependía de que lograsen entenderse. En unas pocas horas.

– Martes, 23 de octubre

“La Crisis de los Misiles fue una crisis psicológica americana” (Sergei Kruschev)

“Nikita Kruschev nunca planeó que su aventura en Cuba pudiera suponer algún riesgo de guerra” (Frank K. Roberts, embajador británico en la URSS)

La carta de respuesta de Kruschev, en la que advertía que el bloqueo naval contravenía las leyes internacionales y que los EEUU habían iniciado un «acto de agresión que podría conducir a la Humanidad a los abismos de una guerra con misiles nucleares», fue enviada a Kennedy a las 8:00 de la mañana, hora de Washington.

Al mismo tiempo, Kruschev invita al embajador estadounidense en Moscú al Kremlin, donde se le entrega al diplomático una copia en mano de la misma carta, para evitar un posible malentendido relacionado con el teletipo, o cualquier otro error de transmisión. Washington tiene una primera pista sobre la actitud de los rusos ante el bloqueo, aunque ese primer mensaje no va mucho más allá de la denuncia y la advertencia.

Parece claro que se trata de una primera respuesta de circunstancias y que los rusos necesitan más tiempo para pensar.

Fidel Castro amenazó con una respuesta bélica a un posible intento de inspección por la fuerza de la ONU.
Fidel Castro amenazó con una respuesta bélica a un posible intento de inspección por la fuerza de la ONU.

Mientras Kennedy lee la carta de Kruschev, la agencia de noticias de la URSS, la agencia TASS, envía un mensaje paralelo que parece dirigido a la opinión pública pero que en realidad es otra pista para los americanos.

Aprovechando que no se trata de un mensaje oficial propiamente dicho, los términos empleados son bastante más duros.

La nota de prensa acusa a Kennedy de “piratería” y “violación sin precedentes de las leyes internacionales”, así como de estar llevando a cabo actos que podrían desembocar en “una guerra termonuclear global”.

TASS también afirma que Moscú atacará barcos estadounidenses en el caso de que algún buque soviético sea hundido.

Esto no puede ser tomado por una amenaza en toda regla, ya que aparece en prensa y no en un canal gubernamental, pero sí es una advertencia indirecta lanzada desde el Kremlin para que en Washington tomen buena nota. Con todo, no solo la prensa soviética critica a Kennedy tras el anuncio del bloqueo o, como dicen en la Casa Blanca, la “cuarentena”.

También en algunos de los principales aliados de los EEUU surgen dudas e incluso reacciones desfavorables al bloqueo. En el Reino Unido, algunos de los grandes periódicos se muestran muy descontentos con la actitud de Washington. The Guardian acusa a Kennedy de estar provocando, con suma torpeza, una posible respuesta militar soviética contra las bases nucleares en Turquía, lo cual podría desestabilizar la OTAN. El Daily Mail va todavía más lejos y califica el anuncio del bloqueo como un “acto de guerra”.

Esto, publicado en la prensa del principal aliado de los EEUU. En el mercado doméstico estadounidense, sin embargo, la aprobación popular al bloqueo gana por abrumadora mayoría, o al menos eso es lo que refleja un rápido sondeo del instituto Gallup. Una actitud fuerte ante Moscú tiene réditos electorales. Kennedy ha actuado sabiendo que su carrera política dependía de ello. Y tanto como se lo aplauden en casa, se lo discuten en el exterior.

También Fidel Castro utiliza los medios para expresar su reacción. Aparece en televisión; durante una hora y media, desmiente la presencia de misiles ofensivos soviéticos en territorio cubano —siendo “ofensivo”, recordemos, el habitual eufemismo de “nuclear”—, pero también recuerda a Washington que Cuba está en su derecho de adquirir el armamento que considere necesario para su defensa, sin necesidad de dar cuentas “a los imperialistas”.

Castro insiste en que los cubanos no se desarmarán mientras los EEUU prosigan con su política de hostilidad. Dicho y hecho: las fuerzas armadas cubanas se ponen en alerta máxima e inician un proceso de reclutamiento exprés que ya tiene en movimiento a más de doscientos mil hombres. Por último, el dirigente cubano se niega a que inspectores de la ONU comprueben la existencia o no de los misiles en la isla. Amenaza con una respuesta bélica a cualquier intento de inspección por la fuerza por parte de dicho organismo internacional.

La Casa Blanca tiene muchas cosas en que pensar. Ahora que todo se ha puesto en marcha y que los soviéticos han entrado en el juego, los temores ante una guerra inminente se disparan. El bloqueo se hará efectivo a las 10 de la mañana del día siguiente (hora de Washington), pero Moscú parece no flaquear.

Tras leer la carta de Kruschev, Kennedy prevé que los soviéticos podrían responder decretando otro bloqueo sobre Berlín como represalia, aunque se equivoca: tal cosa en ningún momento entra en los planes del Kremlin. Tras reunir de nuevo al ExComm, o su recién formado Consejo de Seguridad Nacional, el Presidente discute cuáles serían las consecuencias de ese hipotético bloqueo berlinés, temiendo que la escalada bélica resulte inevitable.

Hay otra posibilidad todavía más cercana, la de que los cubanos derriben algún avión espía estadounidense. Washington necesita seguir enviando aeroplanos para comprobar cómo avanza el despliegue armamentístico en Cuba. Este mismo martes están previstas las primeras misiones de reconocimiento aéreo a baja altura, que serán efectuadas no por aviones U-2 “invisibles”, sino por cazas que van a ser detectados y casi con total seguridad atacados. Así que, ¿Cómo deberían reaccionar si uno de esos aviones es derribado? Los miembros del Ex Comm deciden que ante tal contingencia deberían bombardear la base antiaérea responsable del ataque. Esto no tranquiliza al Presidente.

En Washington tragan saliva cuando los aviones despegan para dichas misiones de reconocimiento, pero se sienten aliviados al comprobar que ni los cubanos, ni los soviéticos presentes en la isla, responden con fuego antiaéreo. Las tropas rusas, al detectar los nuevos aviones, se limitan a reforzar el camuflaje para dificultar las tareas de reconocimiento. Pero eso es todo. Los rusos, por lo que parece, tampoco quieren que los aviones espía sean el motivo de una guerra.

Eso sí, no están dispuestos a desmontar su arsenal atómico y los misiles IRBM continúan siendo preparados con rapidez, algo que el reconocimiento aéreo estadounidense revelará. Kennedy comprueba así que los primeros movimientos soviéticos sobre el tablero de ajedrez no indican una voluntad de doblegarse. Ante esto, Kennedy da un pequeño paso para mostrar a Moscú que su intención no es la de facilitar un escenario bélico.

Envía una respuesta privada a Krushev, una carta en la que, aunque pide que ordene a sus barcos “respetar la cuarentena”, pretende demostrar que la agresividad de su alocución televisiva ha desaparecido: “mostremos prudencia y no hagamos nada que permita que los acontecimientos se vuelvan más difíciles de controlar de lo que ya son”.

Está claro qwue Kennedy trata de contemporizar. No parece tener muy claro qué hacer si los soviéticos —como dicen los insistentes rumores en círculos diplomáticos y de inteligencia— sobrepasan la línea establecida y deciden desafiar la cuarentena.

De cara a la galería mundial, el gran show ha comenzado. En una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la ONU, el representante estadounidense Adlai Stevenson acusa a la URSS y a sus cómplices —entre ellos Cuba— de querer imponer un dominio mundial. Las duras palabras del americano son respondidas por el delegado soviético Valerian Zorin, quien dice por enésima vez aquello de que la presencia de misiles nucleares soviéticos en la isla “es una absoluta falsedad”.

Pero todo esto es un juego de desinformaciones destinado al público. Tanto EEUU como la URSS ya saben con quiénes pueden contar y con quiénes no. Por ejemplo, Washington se garantiza el apoyo unánime al bloqueo de la Organización de Estados Americanos (OEA), aunque se trata también de una operación cosmética. Sus verdaderos aliados, los de la OTAN, siguen sin entrar en la pomada.

Anastas Mikoyan ayudó a Kruschev a reflexionar sobre sus órdenes iniciales de desafiar el bloqueo a toda costa.
Anastas Mikoyan ayudó a Kruschev a reflexionar sobre sus órdenes iniciales de desafiar el bloqueo a toda costa.

Mientras en la ONU las dos superpotencias parecen dispuestas a despellejarse, de puertas adentro sus respectivos gobiernos no dejan de buscar una manera de manejar una crisis que apenas acaba de estallar y ya está empezando a sobrepasarles.

Kennedy tiene un nuevo motivo más de intranquilidad al conocer la información de que la URSS ha comenzado a desplegar su flota de submarinos, enviándolos hacia la zona del bloqueo, lo cual parece indicar que la amenaza velada de la agencia TASS podría hacerse realidad y que los soviéticos atacarán cualquier buque que haga fuego sobre sus cargueros.

También se detecta un aumento de mensajes cifrados enviados desde Moscú hacia los mercantes soviéticos que navegan hacia el Caribe.

Es evidente que se está produciendo una oleada de instrucciones de cara al bloqueo, aunque la inteligencia estadounidense no consigue descifrar cuáles.

Y casi mejor que no lo sepan, porque Kruschev está instruyendo a sus barcos para que no respeten la línea de la cuarentena.

Habiendo afirmado que el bloqueo resultaba inaceptable, el Premier soviético tenía que actuar en consecuencia y decretar que su flota mercante plantase cara a la armada estadounidense.

Sin embargo, también Kruschev tiene asesores de todo signo. Hay algunos radicales y otros que abogan por soluciones más razonadas. De hecho, su mano derecha Anastas Mikoyan le convence para que retire ese mandamiento y permita que los capitanes de los barcos puedan decidir por sí mismos si quieren dar la vuelta o no. Mikoyan, como han hecho antes algunos asesores de Kennedy, le dice a Kruschev que un enfrentamiento directo desencadenará un caos. Kruschev reflexiona y revoca la decisión.

Sin embargo, para entonces los rumores ya se han desatado y se extienden hasta el otro lado del mundo. El cambio de parecer de Kruschev no es conocido en Occidente. Por lo que respecta al mundo, Moscú ha dado orden estricta de desafiar el bloqueo.

“¿Son ciertos esos rumores?”, se preguntan en la Casa Blanca. La confusión en Washington es total, hasta el punto de que ni siquiera en la embajada soviética en EE. UU. tienen muy claras las verdaderas intenciones del Kremlin. La embajada celebra una fiesta esa noche para recibir, entre otros, a la prensa estadounidense.

Un teniente general soviético allí presente conversa con un enviado del Washington Post y exhibe una postura nada tranquilizadora: “nuestros barcos navegarán a través del bloqueo y si se decreta que esos hombres deben morir, obedecerán las órdenes y continuarán su rumbo… o nosotros mismos hundiremos esos barcos”.

El periodista, como es lógico, escucha estas palabras con aprensión pero no sabe hasta qué punto concederles crédito. Preocupado, consulta al embajador Anatoli Dobrynin sobre lo que el militar acaba de decir. Por toda respuesta, Dobrynin dice “él es militar y yo no. Él sabe lo que la marina va a hacer y yo no”.

Reconoce su ignorancia y al mismo tiempo contribuye a que los estadounidenses no se sientan más tranquilos. Pero tampoco el propio embajador soviético está feliz. Como muchos otros, Dobrynin piensa que se podría estar asistiendo a las últimas horas de la civilización tal y como es conocida.

Más tarde, acudirá a la embajada el fiscal general Robert Kennedy, hermano y asesor principal del Presidente, para conversar en privado con Dobrynin. También Robert Kennedy quiere saber si es cierto que el Kremlin ha decidido ya desafiar el bloqueo. El embajador reitera lo único que sabe: “por lo que yo sé, no ha habido cambio de órdenes a los capitanes de los buques”. Bobby Kennedy, pues, regresa a la Casa Blanca e informa de que los rusos, por lo que parece, no van a echarse atrás.

El Presidente se alarma. Por unos instantes, le parece que la situación no tiene salida. Incluso llega a considerar un encuentro privado y cara a cara con el mismísimo Kruschev para detener todo el proceso, aunque luego desestima la idea.

Diagrama original usado por la armada estadounidense para organizar el bloqueo.
Diagrama original usado por la armada estadounidense para organizar el bloqueo.

Justo en ese momento Kennedy recibe la visita del embajador británico en Washington, cuya aparición resultará providencial en estas horas.

Será él quien, con una admirable demostración de pragmatismo y sentido común, le dé al confuso Kennedy la clave sobre el siguiente paso que debe seguir.

El inglés le recuerda que los soviéticos apenas han tenido veinticuatro horas para analizar los hechos, que están reaccionando ante una situación nueva que sin duda les produce mucha presión, y que lo más probable es que Kruschev y sus asesores no hayan llegado todavía a ninguna conclusión clara acerca de cómo actuar.

Se les está obligando a actuar con precipitación porque sus barcos están acercándose al límite establecido, pero hay que concederles unas horas más de gracia.

La hora definida para el establecimiento del bloqueo no puede cambiarse, admite el embajador británico, porque sería un signo de debilidad.

Pero sugiere una alternativa: acercar la línea imaginaria a Cuba, para que los cargueros rusos tarden más en llegar a ella y el Kremlin disponga de más tiempo para pensar con frialdad. Es una idea simple pero brillante. El presidente Kennedy asiente de inmediato. Llama al Secretario de Defensa Robert McNamara y le da una nueva orden: hay que situar la línea de cuarentena a unos 750 Km de la costa cubana, y no a 1200 Km como estaba establecida hasta entonces.

McNamara lo comunica a los mandos navales para que lo tengan en cuenta. Con todo, dentro de la armada parece haber más sensatez que entre los dirigentes políticos y desde luego que en el Estado Mayor. Alguno de los almirantes estadounidenses considera que 750 Km sigue siendo una distancia demasiado grande para el bloqueo y que convendría dar todavía más tiempo a Moscú. Pero 750 Km será el límite definitivo.

El punto máximo de tensión está a punto de alcanzarse. Cuando el día siguiente amanezca en Washington, los primeros buques soviéticos estarán alcanzando la línea del bloqueo, que se hará efectivo a las diez en punto. Que esos cargueros decidan continuar su rumbo, o no, puede decidir el destino del mundo entero.

– Miércoles, 24 de octubre (I)

”La catástrofe nuclear estaba pendiente de un hilo y ya no contábamos el tiempo en días, ni siquiera en horas. Contábamos en minutos” (Anatoly Gribkov, estado mayor soviético)

A las diez de la mañana, hora del Caribe, entra en vigor el bloqueo. Diecinueve buques soviéticos se están aproximando a la línea de “cuarentena”.

Las horas previas han transcurrido en un ambiente de enorme tensión y las primeras horas de la mañana no van a ser mucho mejores. El mundo asiste a una siniestra cuenta atrás marcada por el rumbo y la velocidad de los cargueros. La armada estadounidense está preparada para ejecutar el plan de detención: primero avisar por radio a los capitanes de los barcos, después lanzar un cañonazo de aviso, y de no funcionar ninguna de estas medidas, disparar a la hélice para inutilizar el buque.

Un acto de agresión que podría ser respondido por los submarinos soviéticos que ya pululan por la zona. Si los rusos no frenan y los estadounidenses deciden intervenir, parece inevitable una guerra. El público internacional contempla una enorme partida de ajedrez. O peor aún, de póker: las cartas están sobre la mesa y se trata de comprobar quién aguanta más el farol. Si es que alguien va de farol.

La detección de submarinos soviéticos parecía anticipar un intercambio de fuego naval entre ambas superpotencias.
La detección de submarinos soviéticos en el Caribe parecía anticipar un intercambio de fuego naval entre ambas superpotencias.

Los primeros dieciséis cargueros dan muestras de aminorar la marcha; algunos incluso empezar a variar el rumbo. Washington lanza un temporal suspiro de alivio.

Deducen que, en contra de lo que decían los rumores propagados por algunos soviéticos, los barcos no tenían órdenes directas de Moscú y los capitanes han decidido no arriesgar la seguridad de sus respectivas tripulaciones (en efecto, recordemos, Kruschev les había cedido a los capitanes la última palabra).

Sin embargo, el asunto dista muy mucho de estar claro.

Los americanos se dan cuenta de que un petrolero, el Bucarest, continúa en línea recta hacia el bloqueo y no parece tener intención de detenerse.

Hay otros cargueros que están más alejados pero que tampoco dan indicios de que se van a detener o dar la vuelta. Kennedy, perdido, vuelve a preguntarse qué se trae Moscú entre manos.

Los primeros cargueros soviéticos han decidido virar en último momento, sí, pero la actitud de Moscú no es demasiado complaciente. Una buena muestra es que Kruschev invita al Kremlin a un importante hombre de negocios estadounidense, William Knox, presidente de la corporación Westinghouse, que estaba por casualidad de visita en Rusia.

A través de Knox, Kruschev lanza un mensaje indirecto para Washington. Por un lado asegura que los EEUU «ya no podrán invadir Cuba», lo cual conlleva una advertencia implícita de que el armamento nuclear en la isla ya está listo para ser usado. Por otro lado afirma que sus submarinos están preparados para el caso en que tengan que hundir los buques estadounidenses que pretenden impedir el acceso naval a la isla. Knox, como es lógico, descuelga un teléfono y traslada el mensaje a América.

A Kennedy le asaltan las dudas. Quizá intentar ejercer el bloqueo por la fuerza sea un recurso demasiado extremo, pero además de las cuestiones de seguridad le preocupan también las consideraciones electorales y por un momento se deja llevar por consideraciones egoistas.

Piensa que de no haber hecho nada respecto al asunto de los misiles podría haber sufrido un impeachment —una moción de censura— que lo obligase a abandonar el cargo. Y en las actuales circunstancias, cree que el electorado no le perdonará que baje los brazos. Así pues, decide seguir adelante con el plan.

Las noticias siguen siendo muy inquietantes. Kennedy vuelve a reunirse con el Consejo de Seguridad y el Secretario de Defensa se presenta con tétricas informaciones de última hora: dos cargueros rusos, el Gagarin y el Kimovsk, se encuentran a unas pocas millas marinas del bloqueo y no están disminuyendo su marcha.

Para colmo, ha sido detectado un submarino ruso situado entre ambos buques, en posición de escolta. También comunica que el mando naval del Pentágono ha enviado al portaaviones USS Essex para que intercepte a los dos barcos y se enfrente al submarino.

En el Comité se alcanzan unas cotas de tensión superiores a las que se habían vivido en los días previos, casi insoportables. Kennedy vuelve a dudar. Pregunta a sus asesores si existe alguna manera de evitar un primer “intercambio”. Robert McNamara le dice que no. No la hay.

Las dos superpotencias están a punto de abrir fuego. En pleno mar Caribe, un submarino soviético y un portaaviones estadounidense están a punto de encontrarse cara a cara. En ambos lados del Atlántico, los ciudadanos tragan saliva.

USS Essex

Miércoles 24 de octubre de 1962. Es media mañana en las aguas del Caribe. Dos cargueros soviéticos, escoltados por un submarino, se acercan a la línea de bloqueo impuesta por EE. UU. en torno a Cuba. Allí les espera un portaaviones estadounidense, dispuesto a detenerlos. El enfrentamiento naval es cuestión de horas.

Las gentes del mundo entero asisten a un pulso entre las dos superpotencias, temiendo que salte la chispa en cualquier momento. La prensa internacional retrata a los líderes de EEUU y la URSS como dos jugadores de ajedrez —o más bien de poker— que se han lanzado un desafío y ahora intentan comprobar quién aguanta más.

Sin embargo, la realidad de ambos líderes es algo distinta. A unas pocas horas de lo que podría ser la III Guerra Mundial, tanto el Presidente estadounidense John F. Kennedy como el Premier soviético Nikita Kruschev notan sobre sus hombros todo el peso de las decisiones que han tomado y van a tomar en adelante. En los días anteriores ambos habían actuado con ciertas dosis de irresponsabilidad, planteando un duelo de resultados imprevisibles en vez de buscar una rápida negociación.

Pero ahora que están a minutos de encender la chispa de la guerra se sienten angustiados por las posibles consecuencias. Ambos están en una encrucijada política, intentando salvar la cara ante la opinión pública de sus respectivos países, sorteando la presión de unas cúpulas militares que tanto en América como en Rusia parecen dispuestas a ir a la guerra.

O por lo menos los Jefes de Estado Mayor, porque otros altos oficiales de ambos bandos ya han empezado a temer que estalle una guerra que la mayoría de los militares de los dos países consideran un disparate. A Kennedy le habia estado preocupando lo que podría suponer para su carrera política una posible “bajada de pantalones” ante la URSS. Y Kruschev, por su parte, sabe que el sector más duro del Partido Comunista está esperando una oportunidad para deshacerse de él y, si la crisis no se resuelve de manera favorable, su cargo podría estar en entredicho.

Ha sido esa preocupación política la que los ha arrastrado a un pulso insensato, pero ahora, al borde del abismo, empiezan a arrepentirse. Cuando sopesan las posibles consecuencias de un conflicto bélico, ven avecinarse el desastre. En el mejor de los casos se verían arrastrados a una guerra convencional en Europa, que podría ser más dura y destructiva que la II Guerra Mundial.

En ese escenario, los EE. UU. tendrían desventaja, ya que incluso reuniendo a todas las tropas convencionales de la OTAN estarían en inferioridad numérica frente a los soviéticos. Sin embargo, un gran conflicto convencional tampoco conviene a la URSS: pese a su superioridad inicial, no podrían igualar el nivel de producción industrial estadounidense una vez que el enemigo se hubiera centrado en producir más y más recursos.

Ambos ejércitos sufrirían pérdidas enormes. Sus respectivas alianzas podrían quedar hechas añicos. En Washington y Moscú no convienen debilitarse tanto, sobre todocuando vuelven la cabeza y miran con recelo a un feliz observador: la China comunista, que, agazapada, espera y desea que los dos monstruos occidentales se desgasten entre sí. Todo esto, en el mejor de los casos.

En el peor, la posibilidad que todos tienen en mente, incluidos Kruschev y Kennedy: LA escalada nuclear. Aunque los soviéticos pensaban —con razón— que en ese terreno estaban en desventaja, ahora que disponían de misiles operativos en Cuba también los EE. UU. estaban condenados  la destrucción masiva.

La idea de un conflicto atómico resultaba aterradora, ambos líderes sabían bien que las dos naciones se verían abocadas un indescriptible desastre. ¿Qué efectos tendría una guerra atómica? En realidad, ninguno de los bandos podía calcular con precisión la escala de mortalidad de un enfrentamiento atómico, dado que los únicos precedentes de ataque nuclear habían sido los dos bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, casi veinte años atrás, que ya no resultaban últiles para la comparación.

En Hiroshima, la explosión produjo unas 135.000 bajas en una población de 255.000 habitantes. En Nagasaki, 65.000 de 195.000. Eso sin contar las bajas posteriores por radiación y otros efectos secundarios. Pero hablamos de dos bombas que parecían juguetes en comparación con la potencia de las numerosas cabezas nucleares de nueva generación de la que se disponía en los años sesenta.

La "Bomba del Zar": detonada en 1961, causó una explosión 3800 veces más potente que lqa de Hiroshima.
La «Bomba del Zar»: detonada en 1961, causó una explosión 3800 veces más potente que la de Hiroshima.

Lo que EE. UU. y la URSS sí sabían era que prácticamente todas sus ciudades importantes serían alcanzadas por el arsenal atómico del rival, con un saldo estimado de varios millones de muertos en las primeras horas.

Otros cientos de miles, y con gran probabilidad incluso millones, morirían durante los siguientes días. En los meses posteriores se produciría un rosario de muertes causadas por la radioactividad.

La destrucción de infraestructuras y la pérdida de recursos de todo tipo (alimenticios, energéticos, etc.) seguiría provocando muertes durante años y años.

Las dos naciones, o lo que quedase de ellas, estarían condenadas a una existencia de pobreza, enfermedades y miseria. También sus aliados.

En caso de guerra atómica las dos Alemanias serían inmediatamente arrasadas, cada una a manos del bando contrario. En la OTAN, podían esperar su ración de misiles países como el Reino Unido o Francia, pero también habría algo para aquellos países en donde hubiese aeródromos o instalaciones navales de uso estadounidense, como España, por citar alguno.

Aún peor sería el desastre en aquellos países de la OTAN que albergaban las bases de misiles nucleares, caso de Turquía e Italia, ya que serían los primeros en ser bombardeados. En el otro bando, naciones como Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y demás miembros del Pacto de Varsovia sufrirían un destino similar. ¿Cuba? Siendo vecina del aterrador arsenal estadounidense, sería borrada del mapa.

Los países que no estaban involucrados en la guerra no serían directamente atacados, pero tampoco tenían motivos para sentirse felices. Las consecuencias de una masiva y repentina acumulación de radioactividad y residuos en la atmósfera podría provocar un cataclismo global. Dada la potencia de los nuevos artefactos atómicos, se producirían fenómenos nuevos que los supervivientes tendrían que afrontar aunque no estuviesen en los países bombardeados.

Restos de las explosiones se acumularían en la estratosfera, algo que no se produjo con las dos bombas lanzadas sobre Japón, pero que sí ocurre con las de potencia superior a 100 kilotones. Esto podría tener consecuencias climáticas terribles. Para empezar, las sustancias radioactivas destruirían el ozono, vital para filtrar la radiación solar.

Mientras, humo y cenizas en abundancia provocarían un oscurecimiento global, seguido del consabido “invierno nuclear” que enfriaría repentinamente el planeta, destruyendo cosechas e infraestructuras, matando animales y plantas, y básicamente condenando a la humanidad a una existencia de supervivencia casi propia del Paleolítica.

Después, el veneno atómico iría volviendo poco a poco al suelo. Con una bomba poco potente como la de Hiroshima, la sustancia ponzoñosa se alza en capas inferiores de la atmósfera y cae casi de inmediato, en forma de lluvia radioactiva. Pero una vez instalada en la estratosfera, se dispersaría y tardaría bastante más tiempo en caer.

Así, entraba dentro de lo posible que en un momento u otro, una buena parte de la población mundial, si no toda ella, fuese sometida a vientos portadores de radiación. Gentes de territorios ajenos a ambos bandos podían contar con que su aire y su agua quedasen envenenados.

Esto era una estimación. En realidad se habían fabricado tantos artefactos nucleares que no había forma de cuantificar los posibles daños. Nadie podía estar seguro de la intensidad y duración de estos efectos acumulados. Lo único seguro era que estaba en manos de dos hombres evitar que todo esto se produjera.

– Miércoles 24 de octubre (II)

“Estábamos mirándonos fijamente, pero el otro tipo acaba de pestañear” (McGeorge Bundy)

La proximidad entre el portaaviones USS Essex y el submarino que escolta a los dos cargueros soviéticos que llevan rumbo a la línea de “cuarentena” provoca un aumento de la tensión en la Casa Blanca. El comité de emergencia se reúne una vez más en las dependencias presidenciales. El fiscal general Robert Kennedy sigue siendo uno de los más interesados en prevenir un conflicto, y durante la sesión pregunta si existe alguna vía para evitar una escaramuza naval entre el portaaviones y el submarino.

El Secretario de Defensa, Robert McNamara, no se muestra optimista, porque aunque los comandantes navales tienen instrucciones de evitar todo enfrentamiento en la medida de lo posible, también tienen el deber de evitar que el adversario dañe a sus propias tripulaciones. Y dada la situación, un enfrentamiento es “aquello para lo que estamos preparados porque es precisamente un efrentamiento lo que debemos esperar”. El rostro de Robert Kennedy se ensombrece. La guerra podría ser inminente.

A la reunión llega la información de que algunos buques soviéticos —aunque no todos— han dado la vuelta o han detenido su marcha, lo cual supone un claro indicio de que el Kremlin tampoco desea una escaramuza naval. Moscú está tratando de ganar tiempo. 

McGeorge Bundy, asesor del Presidente, recordaría más tarde que el Secretario de Estado Dean Rusk se inclinó hacia él y le dijo en voz baja una frase que hoy es célebre: “estábamos mirándonos fijamente, pero el otro tipo acaba de pestañear”. La versión popular de la crisis, en la que faltaba mucha información, calificó este momento como el punto de inflexión en que los soviéticos aflojaron la marcha. La realidad, en cambio,  fue bien distinta. Pero volvamos a la reunión de la Casa Blanca.

Kennedy planteó un pulso y Kruschev lo aceptó. Ambos terminarían arrepintiéndose.
Kennedy planteó un pulso y Kruschev lo aceptó. Ambos terminarían arrepintiéndose.

Kennedy no es tan optimista como Dean Rusk.

Puede que la retirada de varios buques sea una señal de que Kruschev tampoco quiere una guerra. Pero eso no significa que la URSS haya capitulado, ni mucho menos.

Kruschev ha dado un paso para intentar retrasar el conflicto y ganar unas pocas horas, pero Kennedy sabe que si él mismo no ofrece alguna muestra de que quiere responder positivamente al gesto, Moscú podría dejar de “pestañear”.

Así, siente que le ha llegado el turno de dar un paso y su plan cambia de manera radical.

Empieza a preparar el terreno para una posible negociación, algo que durante los días anteriores no había contemplado, o solo como una hipótesis para un caso desesperado.

Sin embargo, después de varios días de crisis, parece por fin dispuesto a considerar una salida diplomática, la misma que un principio había descartado cuando fue propuesta por alguno de sus asesores.

El duelo entre los dos grandes líderes mundiales está a punto de transformarse en un diálogo sutil en el que Kennedy y Kruschev, a veces a despecho de sus respectivos entornos, intentarán hacer ver al otro que no desean pasar a la Historia, si es que hubiere más Historia, como los dos individuos que causaron un cataclismo atómico.

Sin embargo, pese a este cambio de actitud, aún quedarán obstáculos y momentos de tensión inesperados que podrían desencadenar la guerra.

Para empezar, Kennedy da la orden de que el USS Essex no se involucre en un rifirrafe con el submarino ruso; el portaaviones debe esperar y conceder todo el tiempo posible a los capitanes soviéticos para que den la vuelta en último momento. Después toma una medida incluso más significativa; envía un mensaje al embajador en Turquía preguntando cuáles serían las consecuencias políticas de un desmantelamiento de las bases nucleares estadounidenses en aquel país.

En pleno clímax pre-bélico, negociar ya no le parece tan mala idea. Si los rusos accediesen a retirar sus misiles de Cuba, él podría retirar sus misiles de Turquía. Pero le resulta más fácil pensarlo que hacerlo. ¿Cómofirmar semejante trato sin que a la opinión pública le parezca que se ha rendido ante el órdago comunista?

Para empeorar las cosas, la poca confianza de Kennedy en que Kruschev hubiese “pestañeado” como decían Dean Rusk, queda confirmada esa misma noche, cuando llega a Washington una nueva carta del Premier soviético:

“(…) Así pues, señor Presidente, si usted sopesa fríamente la situación, sin ceder a las emociones, entenderá que la Unión Soviética no puede dejar de rechazar las demandas arbitrarias de los Estados Unidos. Usted nos confronta con tales condiciones, pero intente ponerse en nuestro lugar y considere cómo reaccionarían los Estados Unidos en estas mismas circunstancias. No dudo que si alguien intentase dictar condiciones similares a los Estados Unidos, ustedes rechazarían semejante intento. Así que también nosotros decimos: No.

El gobierno soviético considera que la violación de la libertad de uso de aguas y espacio aéreo internacionales es un acto de agresión que conduce a la humanidad hacia el abismo de la guerra nuclear. Por tanto, el gobierno soviético no puede instruir a los capitanes de los barcos con rumbo a Cuba para que obedezcan las órdenes de las fuerzas navales americanas que bloquean la isla.

Nuestras instrucciones a los marineros soviéticos son las de observar estrictamente las leyes de navegación universalmente aceptadas, y no retirarse ni un paso de dichas leyes. Y si el lado americano viola estas leyes, debe darse cuenta de cuánta responsabilidad descansará sobre él.

Porque naturalmente nosotros no seremos meros observadores de los actos de piratería de los buques americanos en alta mar. Nosotros nos veríamos forzados a tomar las medidas que consideremos más indispensables y adecuadas para la protección de nuestros derechos. Tenemos todo lo necesario para hacerlo.
Respetuosamente, N. Krushchev”.

Como Kennedy se temía, Kruschev trata de ganar tiempo, pero no cede. Tras la recepción de ese nuevo mensaje tan poco prometedor, la jornada finaliza con un nuevo pico de tensión. El conflicto bélico parece cada vez más cerca y los niveles de alerta se vuelven a incrementar, por segunda vez en unos pocos días. El Estado Mayor Combinado de los EE. UU. (SAC) pone en pie de guerra a todas las fuerzas armadas estadounidenses repartidas por el planeta.

Por primera vez desde que fuera creado, el sistema de defensa estadounidense ha entrado en fase DEFCON 2. Lo cual resulta preocupante, porque es el paso inmediatamente previo a la alerta máxima DEFCON 1. Y esa alerta máxima corresponde al estallido de una guerra nuclear.

El general Power, a propósito, envió un mensaje secreto sin cifrar para que los rusos pudieran leerlo.
El general Power, a propósito, envió un mensaje secreto sin cifrar para que los rusos pudieran leerlo.

Una vez más, sin embargo, hay un oficial que, actuando por su cuenta y riesgo, introduce una dosis de sensatez para intentar contribuir a evitar la guerra.

La misma sensatez que no tienen los tres jefes de los estados mayores de tierra, mar y aire de los EE. UU.

Se trata del general Thomas S. Power, comandante del SAC.

Sin consultar a sus superiores, decide que el secreto en torno a la condición defensiva estadounidense podía haber sido adecuado en los días anteriores, pero que ahora los rusos deben conocer en qué punto de alerta se encuentran los EE. UU.

Dado que la nueva condición de las fuerzas armadas americanas es de alerta pre-bélica, Power está convencido de que en la URSS necesitan entender que las reacciones americanas van muy en serio.

Solo de esta manera, conociendo la tensión que rige en el otro bando, podrán los rusos evitar dar un mal paso. Así pues, cuando Power envía a todos los efectivos estadounidenses la orden de aumentar el nivel de alerta a Defcon 2, lo hace en una transmisión no cifrada. Sabe muy bien que los soviéticos la interceptarán, así que está claro que procura que en Moscú puedan leerla.

Durante la madrugada estadounidense, plena tarde en Moscú, Kennedy responde al mensaje de Kruschev: “he recibido su carta con fecha 24/10 y lamento que usted parezca no entender cuáles han sido nuestras motivaciones en este asunto”. Kennedy le recuerda que la URSS había mentido, negando varias veces la existencia de los misiles cubanos, tanto en conversaciones privadas bilaterales como ante la opinión pública mundial.

Cita los archivos de la agencia TASS para demostrarlo; tan sólo un mes antes de la crisis, Moscú había desmentido en público y en prensa los envíos de armamento atómico a Cuba, pese a que en realidad ya lo estaban colocando allí, desoyendo las advertencias estadounidenses. Afirma Kennedy que, por tanto, él no ha sido “el primero en lanzar un desafío”.

La carta concluye con un “repito que lamentaría que estos acontecimientos pudiesen causar un deterioro en nuestras relaciones. Espero que su gobierno tomará las acciones necesarias que permitan restaurar la situación anterior”. El Presidente se despide con un “Sinceramente suyo, John F. Kennedy”.

Hay que hacer notar que ambos mandatarios —y sus asesores— están componiendo con esmero la redacción de sus comunicaciones directas. El tono de las cartas es elegido con sumo cuidado. No cuenta solo lo que se dice, sino cómo se dice. Porque ambos analizan cuidadosamente los mensajes de la otra parte. Por ejemplo, las cartas de Kruschev son desmenuzadas por expertos durante por lo menos una hora antes de que pasen a manos de Kennedy.

En el Kremlin sucede algo parecido. También se están preocupando por leer entre líneas, y captan lo que Kennedy dice en su carta, pero también lo que expresa sin decirlo realmente. El Presidente estadounidense se muestra firme y exige que la URSS retire los misiles de Cuba, pero dentro de su firmeza emplea un lenguaje conciliador. Kruschev piensa que quizá hay una oportunidad para negociar.

Sin embargo, se encuentra con el mismo dilema que su homólogo: ¿Cómo llegar a un acuerdo sin que parezca una rendición? Kennedy se preocupa por su propia carrera política, pero Kruschev también. No en vano tiene al sector duro del Soviet soplándole la nuca para que no ceda ni un centímetro. Como en el bando estadounidense, también en el bando ruso hay algunos elementos que no tienen la cordura suficiente como para temer las consecuencias de una guerra.

– Jueves 25 de octubre

El petrolero Bucharest ignoró las advertencias que los americanos le enviaron por radio.
El petrolero Bucharest ignoró las advertencias que los americanos le enviaron por radio.

Amanece en el Caribe, y se produce una peliaguda encrucijada.

Los americanos llevan tiempo vigilando atentamente al petrolero ruso Bucharest, uno de los buques soviéticos que no ha hecho ademán de detenerse o dar la vuelta.

Justo ahora, está llegando a la línea de bloqueo.

No disminuye la marcha.

El portaaviones USS Essex envía un mensaje por radio al Bucharest, ordenándole que aminore o cambie el rumbo.

El barco ruso no responde. Silencio. Otro barco estadounidense —un destructor que también vigila la zona— envía una segunda advertencia radiofónica. Tampoco esta vez se obtiene respuesta.

El procedimiento a seguir en tal caso ya se había decidido días antes. Recordemos, un cañonazo de advertencia primero y de no hacer caso el buque a este aviso, otro disparo para inutilizar su hélice. Pero no se sigue el procedimiento previsto, porque en Washington no quieren arriesgarlo todo a causa de un buque que, al fin y al cabo, no está diseñado para transportar armamento.

Buscan la manera de evitar tener que disparar. Y la encuentran. Como no resulta probable que un barco cisterna como transporte misiles o material bélico asociado a ellos, se podría considerar que el bloqueo no se le aplica. Se le permite seguir navegando hacia Cuba, por más que no haya respondido a los avisos radiofónicos, dando por hecho que transporta petróleo y nada más.

Se trata de una cesión afortunada y razonable por parte estadounidense: lo contrario podría haber encendido la mecha del desastre. Además, es una medida que Moscú puede interpretar como un gesto de buena voluntad.

Surgen más señales conciliadoras desde el bando americano, pero alguna de ellas no tiene nada que ver con el gobierno de Washington. Se produce la curiosa circunstancia de que algunas personas contribuyen, sin saberlo, a seguir perfilando una salida diplomática a la crisis. Un periodista del Wall Street Journal publica una columna en la que defiende el trato en el que mucha gente ya está pensando: que EEUU desmantele sus misiles de Turquía a cambio de que los rusos retiren los suyos de Cuba.

Para cualquier persona con dos dedos de frente esta es la solución, aunque ambos gobiernos siguen esperando un signo definitivo de que dicha negociación es posible. El artículo es obra exclusiva del periodista, que lo ha escrito expresando su opinión personal y nada más. Sin embargo, muchos americanos creen que se trata de un “globo sonda” impulsado por Kennedy para comprobar la reacción pública ante esa posible negociación.

Es más, también en el Kremlin creen que el artículo es un mensaje indirecto de la Casa Blanca, acostumbrados como están ellos mismos a utilizar la prensa para estos menesteres. Así que, a raíz del artículo, los rusos deducen que Kennedy está dispuesto a entablar negociaciones. Lo cual es cierto, aunque la columna del Wall Street Journal nada tenga que ver con la Casa Blanca. Así, de manera tan azarosa, se está desarrollando a veces la crisis. Acontecimientos fortuitos que de repente ayudan a marcar el camino a seguir.

Mientras, en el Caribe, el bloqueo continúa. Aunque se haya permitido traspasar la línea a un petrolero, Kennedy quiere restaurar una imagen pública de firmeza y ordena que un carguero libanés reciba aviso de que será abordado durante la mañana siguiente, para que tropas estadounidenses puedan inspeccionar sus bodegas en busca de posible armamento camuflado. Por otra parte, un comando infiltrado de la CIA es sorprendido en Cuba cuando intenta sabotear unas minas de cobre.

También continúan las misiones de reconocimiento a baja altura de cazas estadounidenses sobre las bases de misiles cubanas; un par de veces al día, aviones de la USAF hacen vuelo rasante sobre la isla para observar el estado de los misiles soviéticos. Por más que ambos países estén enviándose pequeñas señales conciliadoras, el ambiente de preguerra no se ha disipado. Moscú entiende que los estadounidenses están dispuestos a actuar de manera activa contra la presencia de armamento nuclear en Cuba. Puede que Kennedy quiera negociar, pero no lo hará a cualquier precio.

De hecho, la negociación no va a resultar fácil, tampoco por la actitud de los respectivos aliados de las dos spuperpotencias. Por la tarde llega a la Casa Blanca la respuesta del embajador en Turquía a la consulta del Presidente sobre la actitud del gobierno de Ankara ante una posible retirada negociada de los misiles de su territorio. El informe del diplomático no contiene buenas noticias. El gobierno turco “rechazaría” un trato en el que se retiren los misiles americanos.

Al igual que Cuba considera los misiles de la URSS como un elemento disuasorio para su autodefensa, también Turquía quiere sentirse protegida. El embajador llega a desaconsejar un trato que incluya el desmantelamiento de los misiles turcos, porque debilitaría la alianza con Turquía y la propia cohesión de la OTAN, muchos de cuyos miembros están descontentos, preocupados por la actual situación y la amenaza de conflicto.

– Viernes 26 de octubre

“Usted está preocupado por los misiles en Cuba. Dice que le perturban porque se encuentran a noventa millas de la costa de los Estados Unidos. Pero ustedes han situado misiles de destrucción masiva, esos que usted califica como ofensivos, en Turquía. Literalmente, ante nuestra puerta”. (carta de Kruschev a Kennedy)

“Cuando llegué al restaurante, él ya estaba sentado en la mesa, de cara a la puerta como de costumbre. Parecía cansado, consumido y alarmado, en contraste con la habitual calma y apariencia discreta que solía mostrar”. (John Scali, periodista, sobre su encuentro con el espía ruso Aleksander Fomin)

Aleksander Feklisov, espía, abrió las negociaciones. Años despues lo negaría todo.
Aleksander Feklisov, espía, abrió las negociaciones. Años después lo negaría todo.

Kennedy no ha dejado de darle vueltas a la situación.

Los misiles soviéticos ya están en Cuba, bien operativos, según demuestran los informes de la CIA y los reconocimientos aéreos.

El Presidente recuerda que el bloqueo naval, por sí mismo, quizá impida que lleguen nuevos misiles a Cuba pero no servirá para hacer desaparecer los que ya hay.

Aunque Kruschev ordenase regresar a todos sus barcos, no ha dado ninguna muestra de pretender retirar el armamento atómico que ya tiene instalado en el Caribe.

Así que la situación está clara. Habrá que negociar para que lo haga. La otra alternativa para eliminarlos, esa que Kennedy no desea, sería invadir la isla e ir a la guerra.

El presidente transmite esta idea a su consejo de asesores: el bloqueo es insuficiente.

Pero deja claro que prefiere la opción negociada. Subrayando la conveniencia del diálogo, Robert McNamara aporta una nueva perspectiva sobre una hipotética invasión de Cuba.

Días atrás, dicha invasión se antojaba factible. Pero ahora, los técnicos militares que han estado analizando en profundidad la operación temen que un desembarco en Cuba resulte mucho más difícil de lo previsto. Han calculado que durante las primeras dos semanas de invasión podría producirse la tremenda cifra de 20.000 bajas entre los soldados estadounidenses. Eso en la operación inicial, sin tener en cuenta posibles escaladas bélicas posteriores, consecuencia de las represalias soviéticas.

No, la invasión no sería un paseo. Kennedy y McNamara están pintando un cuadro que parece apuntar a la negociación como la mejor solución para el problema. Resulta obvio que el presidente prefiere una salida pacífica. En Moscú, también Kruschev anhela un desenlace negociado. Ha interpretado correctamente el tono de los mensajes de Kennedy y los gestos de permisividad en el bloqueo.

También, como tantas personas, ha creído que el artículo del Wall Street Journal en pro de la negociación podía ser atribuido a la Casa Blanca. Su conclusión es la de que Kennedy está también preparado para negociar.

Será entonces cuando se produzca un famoso episodio al que la leyenda atribuye un gran peso en la resolución de la crisis, aunque ha reinado la confusión en torno a sus circunstancias, incluyendo versiones contradictorias del mismo. Hablamos del encuentro entre un periodista estadounidense y un espía soviético que, según se dice, fue el primero en transmitir la oferta de negociación a los americanos.

Durante la mañana de ese mismo viernes, suena el teléfono de John Scali, corresponsal de la cadena televisiva ABC en Washington. Contesta. Escucha una voz familiar, la de Aleksander Fomin, asesor de prensa de la embajada soviética, con quien ha conversado muchas veces en el pasado reciente. Fomin lecita para comer. Parece llevar algo urgente entre manos, así que Scali acepta. El reportero acude al restaurante del hotel Statler y cuando llega, encuentra al ruso demacrado y nervioso.

En realidad, Fomin es algo más que un mero asesor diplomático. Su verdadero apellido es Feklisov, es agente del KGB y el principal responsable del espionaje soviético en Washington. Feklisov sabe que Scali tiene buenos contactos en las altas esferas del Departamento de Estado, por eso le elige para transmitir a la Casa Blanca un mensaje indirecto. Inquieto y pálido, Feklisov le dice al periodista que la guerra parece casi inevitable. Los rumores sobre una inminente invasión de Cuba son constantes, por lo que el ruso advierte de que si los EE. UU. invaden Cuba, la URSS hará lo propio con Berlín.

Sin embargo, también trae buenas nuevas. Revela que Moscú quiere evitar esa guerra, por lo que el Kremlin estaría estaría dispuesto a llegar a algún tipo de trato. Propone un acuerdo inicial en el que los rusos podrían considerar la retirada de los misiles de Cuba si los EEUU garantizan en público que nunca invadirán la isla. John Scali escucha atónito.

Hasta ese momento, nadie más allá de los muros de la Casa Blanca y el Kremlin ha sospechado que la negociación sea posible, porque ambas instituciones han fingido mayor firmeza de la que estaban dispuestas a defender. Tras comunicarle los términos del acuerdo, el ruso hace que Scali repita lo que acababa de escuchar para asegurarse de que lo ha entendido bien.

Esta es la versión oficial y más popular de la entrevista entre Scali y Fomin/Feliksov. Sin embargo, el papel de Feklisov en la crisis sigue rodeado de ambigüedad. De hecho, parece ser que era por entonces un espía con problemas, ya que su papel como jefe del espionaje en Washingto estaba siendo cuestionado en Moscú. De hecho, el jefe de inteligencia exterior de la KGB, Aleksander Sakharovsky, lo consideraba decepcionante.

Feklisov no había conseguido ningún contacto relevante en el entorno de Kennedy. Tampoco se había ganado la colaboración del embajador Anatoly Dobrinin, que no había permitido que el espía entrase en sus círculos. Así pues, Feliksov disponía solo de información de segunda mano procedente de contactos no demasiado importantes. Los informes que envió a Moscú durante la crisis eran meras recopilaciones de informaciones que, en realidad, estaban al alcance de casi cualquiera.

De hecho, como tajante y para él bochornosa respuesta al envío de uno de sus informes recibió un escueto y demoledor telegrama de su superior que se limitaba a decir “este informe no contiene ninguna información secreta”. Eso es lo peor que se puede decir sobre el trabajo de un espía. Es cierto que el hecho de que el jefe de la KGB estuviese descontento con Feklisov no implica que nunca utilizasen como enlace para enviar un mensaje extraoficial a Washington.

Durante mucho tiempo, se atribuyó a Feklisov un papel muy importante en el inicio de las negociaciones. Sin embargo, bastantes años más tarde, el propio espía desmintió varios detalles de la conversación con John Scali para asombro de muchos, entre ellos el propio periodista. El primer informe de Feklisov sobre la entrevista fue casi idéntico a la versión del norteamericano, pero un buen día el ex-agente se desdijo y acusó a Scali, ¡de haberse inventado la oferta por su cuenta!

Algo que no tiene mucho sentido, dado que el propio Kruschev ofreció ese mismo trato horas más tarde. Sea como fuere, lo que sí es cierto es que John Scali transmitió esa oferta a la Casa Blanca. En consecuencia, Washington decidió dar un paso más para indicar —también de manera indirecta— que dicho trato les agradaba.

Contactaron con Fidel Castro a través del embajador brasileño en La Habana, para hacerle saber que no habría invasión si la propia Cuba desmantelaba los misiles. Sabiendo que Castro nunca haría algo así sin permiso de Moscú, era una buena forma de hacérselo saber a Kruschev.

El mensaje de Kruschev del día 26 sorprendió a Kennedy por su inesperado tono "emocional".
El mensaje de Kruschev del día 26 sorprendió a Kennedy por su inesperado tono «emocional».

A las seis de esa misma tarde empieza a llegar, dividida en partes, una nueva transmisión desde el Kremlin.

Se trata de otra carta de Kruschev, esta vez más larga, cuyo contenido fue descrito como “emocional” por el propio Kennedy.

Los analistas estadounidenses concluyeron que Kruschev la había redactado por sí mismo, de primera mano, lo cual resultaba bastante sorprendente.

La redacción de sus anteriores mensajes había sido muy pulida y estudiada; de hecho, aquellas comunicaciones bilaterales constituyen una apasionante lectura por lo milimétrico de su composición.

Pero esta nueva carta era muy distinta.

En un tono muy sentido, el Premier soviético ofrecía exactamente lo mismo que el espía Fomin/Feliksov.

Esto es, retirar los misiles con la promesa de que no se invadiese Cuba. El que esa misma proposición llegue por dos vías distintas resulta un tanto desconcertante. Primero, porque es una proposición que constituye una derrota estratégica para la URSS.

Segundo, porque si el propio Kruschev pretende enunciar la oferta en primera persona, lo normal hubiese sido una confirmación paralela por cauces oficiales (mediante su embajador) y no jugando a los misterios con un espía que cita a un periodista en un hotel.

En Washington les cuesta entender que Kruschev, tan firme en su comunicación del día anterior, parezca ahora, o eso deducen de su mensaje, sometido a una enorme presión que le hace estar deseoso por cerrar un trato que le es desfavorable. Algo está sucediendo en Moscú, pero ¿el qué?

La explicación es simple. Kruschev quiere evitar la guerra, pero además se ha producido un cúmulo de malentendidos que le han llevado a pensar que la situación es todavía peor de como la ven los estadounidenses. Ha recibido informaciones, confirmadas por varias fuentes de su inteligencia, que hablan de una inminente invasión de Cuba.

El Premier las da por ciertas, aunque en la realidad Kennedy no quiere invadir la isla excepto en el caso de que Kruschev se niegue a una negociación. Pero lo que más le ha alarmado es un telegrama remitido por Fidel Castro al Kremlin. El dirigente cubano ha dictado el texto del telegrama —en español— al embajador soviético en La Habana, quien lo iba traduciendo al ruso mientras escribía El mensaje expresaba el temor de Castro por un inminente desembarco estadounidense que podría producirse en apenas unas horas.

Pero también de su telegrama parecía deducirse que sugería a su aliado ruso un ataque nuclear táctico sobre los invasores estadounidenses. Kruschev se alarma: ¿realmente está pidiendo Castro que a URSS responda con armas atómicas a una invasión de Cuba? ¿Qué sucederá cuando los estadounidenses se enteren de esto? (Castro dijo años más tarde que su mensaje había sido mal traducido y que él pretendía decir que la URSS podía terminar obligada a defender su propio territorio, no el de Cuba, mediante armas nucleares).

Además de la mala traducción de las palabras de Castro —siempre según su versión—, Kruschev tiene otros serios motivos de preocupación en torno a la actitud beligerante del cubano. Le llega otra información inquietante a través de su embajador en La Habana. Muy inquietante.

La frecuencia de las misiones aéreas de reconocimiento estadounidenses sobre Cuba se ha incrementado a una misión cada dos horas; pues bien, Castro ha ordenado que se dispare fuego antiaéreo contra las próximas tandas de aviones espía estadounidenses que hagan vuelo rasante. El embajador soviético, al saberlo, le ha impelido a revocar esa orden, pero Fidel Castro le ha echado del despacho con muy malos modos.

Dicho de otro modo: Castro quiere disparar a los aviones estadounidenses a despecho de lo que opinen los rusos. Ante este panorama que los americanos desconocen y temiendo que una metedura de pata de Castro pueda desencadenar la guerra que tanto esfuerzo está costando evitar, Kruschev se ha decidido a escribir esa carta tan emocional, en un arrebato causado por la sensación de que el conflicto resulta ya ineludible.

Con el transcurso de las horas, sin embargo, Kruschev se lo piensa mejor y una vez más modifica la oferta. De rendirse a lo que era una clara derrota estratégica pasa a proponer un trato más igualado, añadiendo un nuevo elemento de intercambio: Turquía. Algunos en Washington achacan su cambio de actitud a la presión del “núcleo duro” del Politburó. En cualquier caso, esa misma noche Robert Kennedy es citado en la embajada soviética y se reúne en secreto con Anatoly Dobrynin.

Esta entrevista, en realidad, tendrá mucha más importancia que el célebre episodio novelesco del encuentro en el restaurante entre el espía Aleksander Fomin y el periodista John Scali. Sin embargo, dado que en su momento nadie conoció la existencia de esta reunión en la embajada, la escena del restaurante fue la que pasó al imaginario popular como la decisiva.

Las conversaciones entre Bobby Kennedy y Dobrynin, sobre las que después ambos escribirán, constituyen un auténtico ejercicio de encaje de bolillos verbal. Ambos son hombres ponderados y muy inteligentes. Ambos se encargan de transmitir en voz alta aquellas propuestas que sus respectivos líderes no quieren incluir aún en las comunicaciones escritas.

Se entienden. Dicen sin decir, juegan con sobreentendidos, hablan de algo sin precisar matices pero confiando en que el otro deduzca los matices por sí mismo. Es casi como un juego de seducción; los dos bandos están deseosos por negociar, pero ninguno de ellos quiere ser el primero en ponerse en evidencia.

El diplomático ha recibido las nuevas directrices del Kremlin, y con sutileza introduce en la conversación el asunto de las bases nucleares en Turquía. Menciona su existencia como la justificación moral de la colocación de misiles soviéticos en Cuba, pero es un modo sutil de proponer que Turquía sea considerada como término de intercambio. Bobby Kennedy capta el mensaje. ¿Acaso si los EE. UU. retirasen su arsenal atómico de Turquía, haría la URSS lo propio con el de Cuba? Dobrynin asiente.

El Fiscal General pide permiso para interrumpir la conversación y poder telefonear al Ppresidente. Conversa con su hermano y, tras colgar el teléfono, regresa junto al embajador. Sí, el Presidente está dispuesto a considerar el asunto del desmantelamiento de los misiles turcos. La reunión termina. El embajador informa de inmediato a Moscú. Parece que los términos para un acuerdo que resuelva la crisis se han establecido de manera definitiva. El mundo podrá respirar con alivio por fin; quizá se haya salvado de una guerra desastrosa.

…pero entonces llega el “Sábado Negro”.

– Sábado 27 de octubre

Es temprano por la mañana en Washington, todavía medianoche en Rusia, cuando la emisora Radio Moscú hace públicos los nuevos términos de la oferta del gobierno soviético, que intercambiará la retirada de los misiles cubanos por la retirada de los misiles turcos. De manera paralela, le llega a Kennedy una nueva carta de Kruschev en la que, ya con carácter oficial, se expone esa misma propuesta. Así, la oferta escrita del día 27 se sobrepone a la del 26, que resultaba más desfavorable para la URSS.

George Ball, uno de los hombres más inteligentes de Wahington, hizo una simple pregunta: "Pero, ¿alguien le ha dicho a los rusos dónde está la línea que no deben traspasar?"
George Ball, uno de los hombres más inteligentes de Washington, hizo una simple pregunta: «Pero, ¿alguien le ha dicho a los rusos dónde está la línea que no deben traspasar?»

El Presidente Kennedy reúne al ExComm y discute el ofrecimiento. Vuelve a dejar claro que desea negociar y que no quiere un conflicto bélico, de hecho considera que ir a la guerra en vez de negociar constituye una “posición indefendible”. A estas alturas Kennedy, que como Kruschev ha pasado por momentos de mucha tensión, está por completo predispuesto hacia una solución pacífica. Su postura se ve respaldada por algunos miembros de su gobierno.

En esta reunión está presente el Vicesecretario de Estado de Economía y Agricultura, George Ball, considerado de forma unánime como uno de los miembros más inteligentes, sensatos y agudos de la política estadounidense de su tiempo. Ball, por ejemplo, fue de los escasos políticos en prevenir a Kennedy contra la guerra de Vietnam. Supo anticipar el desastre en que se iba a convertir, por lo que le apodaron “el Abogado del Diablo”. Ball dijo que en cinco años 300 000 soldados estadounidenses estarían “perdidos en la jungla y nunca los volveremos a encontrar”.

Nadie le hizo caso, pero fue exactamente eso lo que terminó sucediendo. En cuanto a la crisis cubana, también demostró también tener una enorme claridad de visión. En la reunión del ExComm hizo notar una obviedad en la que, por increíble que parezca, nadie había reparado hasta entonces. Se había decretado un bloqueo y se había establecido —y después modificado— una línea de “cuarentena”, sí.

Pero… ¡nadie le había dicho a los rusos dónde estaba la nueva línea! Cuando George Ball toma la palabra y pregunta “pero ¿saben en Moscú dónde deben dar la vuelta sus barcos?”, todos los presentes lo miran atónitos. Kennedy asiente en silencio, abrumado por un embarazoso error que podía haber causado una guerra global. Después, ordena comunicar la extensión precisa de la línea al secretario general de la ONU, para que este lo comunique a Moscú.

Pese a esto, la mañana ha comenzado con buen ánimo, dado que la jornada anterior había finalizado de manera prometedora. La negociación parece ya un hecho. Pero justo cuando las cosas parecen estar arreglándose, se producen varios incidentes inesperados de naturaleza muy, muy preocupante.

En esos mismos instantes, un avión espía U-2 despega de una base estadounidense de Alaska. La intención no es vigilar a los rusos; de hecho, se trata de un vuelo de mantenimiento, previst de antemano en el calendario. Nada importante. Pero estando Alaska cerca de la península soviética de Chukotski, nadie en la base aérea ha tenido el buen juicio de consultar a Washington sobre la conveniencia de realizar o no ese vuelo, por más que se trate de un ejercicio rutinario. Quizá en la base pensaban que el vuelo no debería tener consecuencia alguna, lo cual hubiese sido cierto si el avión no se hubiese desviado a causa de un error de navegación. Al rato de despegar, el U-2 transgrede, por equivocación, el espacio aéreo soviético.

Así, en mitad de un intento de negociación entre las dos superpotencias, los radares soviéticos localizan el avión y unos cazas Mig despegan de la base más cercana, dispuestos a interceptarlo. Cuando el piloto estadounidense detecta a los interceptores, envía una señal de socorro a su base, la cual envía un caza F-102 en su ayuda. Por increíble que parezca, la casualidad ha querido que la guerra esté a punto de iniciarse a miles de kilómetros del Caribe, en un lugar perdido de la mano de Dios y que no tiene nada que ver con la crisis. Una ironía del destino. O, para ser más exactos, un sarcasmo.

Al final, por muy poco, el U-2 consigue girar a tiempo y retornar a territorio americano antes de que los cazas rusos lo alcancen, con lo cual se evita una escaramuza aérea. Cuando las noticias sobre el incidente llegan a la sala de juntas de la Casa Blanca, causan un auténtico terremoto. El Secretario de Defensa, Robert McNamara, pierde su compostura habitual. Se queda blanco, entra en cólera y, cosa poco propia de él, empieza a gritar como un descosido diciendo “¡Esto podría significar la guerra!”.

Se pasa varios minutos despotricando a voces contra la estupidez de los militares implicados. El propio Presidente sacude la cabeza cuando escucha la noticia; sólo le queda confiar en que los rusos entiendan que todo se ha tratado de un error. Aunque Kennedy no se altera como McNamara, pero observa el ataque de ira del Secretario de Defensa con una sonrisa comprensiva.

También se siente indignado por lo que acaba de oír y no puede creer que los responsables de la misión no hayan pensado que quizá convenía consultar si era más indicado suspenderla, estando los dos paiçíses en alerta máxima. Cuando McNamara ha terminado de desahogarse, el Presidente resume la situación con una sonora frase: “Siempre tiene que haber algún hijo de puta que no se entera de nada”.

Para disgusto de Kruschev y en lo peor de la crisis, un oficial soviético derribó un avión americano sin su permiso.
Para disgusto de Kruschev y en lo peor de la crisis, un oficial soviético derribó un avión americano sin su permiso.

Por si el incidente aéreo en el Mar de Bering no era suficiente para poner a los dirigentes estadounidenses al borde del infarto, casi al mismo tiempo llegan otras noticias que aumentan todavía más el desasosiego.

Otro avión U-2 estadounidense acaba de desaparecer, esta vez sobre espacio aéreo cubano, mientras fotografiaba los misiles rusos.

El hecho sacude los ánimos en la Casa Blanca; en el ExComm se preguntan si Moscú ha tenido algo que ver con la desaparición del avión y, de ser así, por qué el Kremlin querría dar un paso semejante en la escalada de tensión cuando la negociación parecía inminente.

Por la tarde, llega a la Casa Blanca nueva información. En efecto, el avión ha sido derribado. Peor aún, el piloto ha muerto.

Se considera como hipótesis más probable que el derribo haya sido causado por un misil SAM antiaéreo, que casi con seguridad estaba operado por tropas soviéticas. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué Moscú ha hecho algo así?

La confusión estadounidense está justificada. Porque en realidad la orden de derribar el U-2 no ha provenido de Moscú. También Kruschev está teniendo problemas con la estupidez de algunos de sus elementos militares y el derribo le sorprende tanto o más que al propio Kennedy. La orden de disparar contar el avión espía la ha dado uno de los oficiales soviéticos que dirigen las operaciones en Cuba, motu proprio, sin consultar al Kremlin.

El Premier soviético palidece cuando conoce la noticia. De inmediato se deja claro a todos los oficiales soviéticos en el Caribe que bajo ningún concepto se debe derribar otro avión americano cuando sobrevuele la isla, no sin que haya un ataque previo que lo justifique. Como a Kennedy, a Kruschev ya solo le queda confiar en que la otra parte comprenda que el incidente ha sido producto de un error, del desmán individual de un oficial. Aunque esta vez el asunto ha sido más grave, porque el piloto ha fallecido. Es la primera víctima mortal de la crisis.

El ”Sábado Negro” está deteriorando con rapidez el ambiente de predisposición al diálogo que se había alcanzado durante la noche anterior. En tan solo unas pocas horas, una crisis que parecía en las puertas de resolverse ha dado un tropezón y ha retrocedido varios pasos, una vez más al borde de la guerra. Es más, no lo llamaron “Sábado Negro” por nada. Esa misma tarde, Fidel castro se harta de que los cazas estadounidenses violen su espacio aéreo cada dos horas.

Tal y como había insinuado a los soviéticos, actuando en contra de los fogosos consejos de Moscú, tropas cubanas abren fuego con armamento antiaéreo ligero sobre dos aviones de reconocimiento que vuelan a baja altura. Ninguno de los dos aeroplanos es derribado y ambos pueden regresar a la base, aunque uno de ellos tiene un disparo de cañón antiaéreo en el fuselaje. Kruschev, cabe imaginar, se lleva una mano a la frente al saberlo.

Algo así era lo último que necesitaba después del derribo del avión U-2. El horizonte vuelve a oscurecerse y el Premier soviético vuelve a percibir el hediondo aliento de la guerra. Se pregunta cómo se tomará el presidente estadounidense lo sucedido.

Después de comer, Kennedy vuelve a reunir con urgencia al ExComm. Tienen que analizar el repentino incremento de la tensión y los incidentes que están amenazando con provocar la escalada bélica. Es durante esa reunión cuando se le informa —cumpliendo sus peores temores— de que el U-2 parece haber sido derribado por un misil SAM soviético y que el piloto no ha sobrevivido. Sin embargo, Kennedy relativiza el asunto.

Quizá porque el incidente de Alaska le ha mostrado que los errores y las descoordinaciones militares más inoportunas pueden formar parte del escenario. Así, decide que no habrá ningún tipo de represalia, confiando, con un admirable esfuerzo conciliador y con mucho sentido común, en que todo se haya tratado de un error.

De lo contrario, se hubiese producido un ataque más generalizado. Kennedy asume que Moscú tomará medidas para que la cosa no se salga de madre y por eso ordena no responder al ataque mientras el incidente no se repita.

Es más, pese a la gravedad de los sucesos que están desbaratando el conato de distensión del día anterior, el Presidente sigue mostrándose partidario del acuerdo de “Cuba por Turquía” para finalizar la crisis. Como es lógico, dadas las circunstancias, se muestra algo menos confiado y varios de sus asesores le advierten que semejante trato podría desmedrar la OTAN, pues los aliados podrían interpretar el trato como un gesto de debilidad.

Le insisten en que no es posible firmar semejante acuerdo sin que los países alineados se sientan traicionados. Ya contaban con el abierto rechazo de Turquía, nación clave en el asunto, que no quería ni oír acerca de retirar las bases nucleares de su territorio.

El entorno de Kennedy, por mayoría que no unanimidad, aboga por ignorar la oferta que Kruschev ha presentado durante la mañana de este día 27 y proponer el trato que el ruso había planteado el día 26. Es decir, ellos prometerían no invadir Cuba a cambio de que la URSS retire los misiles, pero sin mencionar Turquía. Kennedy duda.

Está casi seguro de que Kruschev rechazará esos términos. Pese a ello, los miembros del ExComm están a punto de convencerle. Por momentos parece que Kennedy dejará lo de Turquía a un lado.

Fue a Dean Rusk, Secretario de Estado, a quien se le ocurrió el formato de acuerdo definitivo que cerró la crisis.
Fue a Dean Rusk, Secretario de Estado, a quien se le ocurrió el formato de acuerdo definitivo que cerró la crisis.

Será el Secretario de Estado Dean Rusk quien salve los muebles con respecto a la oferta del día 27, cuando se le ocurre una astuta vía para redefinir el trato.

Dado que a Kennedy le preocupa que la retirada de Turquía resquebraje la OTAN, podrían hacer lo siguiente: en público, plantear el trato de “no invadir Cuba” para que los aliados se queden satisfechos, pero en privado podrían añadir la posterior retirada de los misiles turcos, efectuada de manera discreta para no alarmar a la Alianza Atlántica.

¿Aceptaría Kruschev? Desde el punto de vista estratégico esta última contraoferta parece mucho más apetecible para la URSS, pero supondría una victoria moral estadounidense de cara a la opinión pública mundial.

Pese a esto, a todos los presentes, incluido Kennedy, les parece una buena idea. Se envía una carta a Kruschev.

Para confirmarla por otra vía, Robert Kennedy vuelve a reunirse con Anatoly Dobrynin y le informa de los términos de dicha contraoferta.

El hermano del Presidente y el embajador soviético siguen jugando a las sutilezas, pero hay que presionar para llegar a un acuerdo con rapidez. Robert Kennedy le dice a Dobrynin que, tal y como cree que habrán averiguado los soviéticos por sus propios medios, la invasión de Cuba es, en efecto, inminente. Esto no es cierto, pero el Fiscal General no puede empezar la negociación de otra manera.

La única forma de detener esa invasión, dice, sería retirar de inmediato los misiles de la isla. A continuación, Dobrynin se interesa por el futuro de los misiles en Turquía. El menor de los Kennedy deja claro que firmar en público una retirada de esos misiles es una opción que la Casa Blanca no contempla, porque es una decisión que los EE. UU. no pueden tomar de manera unilateral sin contar con sus aliados de la OTAN.

Antes de que Dobrynin tenga tiempo de decepcionarse, Bobby Kennedy deja caer una insinuación clave: el Presidente lleva tiempo deseando desmantelar las bases atómicas de Turquía e Italia. Y lanza una mentira que, siendo mentira, esconde la propuesta estadounidense. En realidad, dice Bobby, el Presidente ya había ordenado el futuro desmantelamiento de esas bases, una orden que está tardando en cumplirse pero que “estoy convencido de que se llevará a cabo poco tiempo después de terminada la crisis”.

En otras palabras, el hermano del Presidente acaba de ofrecerle a los rusos el intercambio de “Cuba por Turquía”, pero bajo la condición de que esa cláusula no se hiciese pública. Y claro, si la URSS la filtrase para humillar a los EE.UU., los miembros de la OTAN podrían soliviantarse, lo cual impediría que Washington puediese cumplir su supuesto deseo de retirar el arsenal nuclear de Turquía. Ambos se despiden. Dobrynin ha comprendido. Es hora de informar al Primer Ministro.

Al caer la noche, los ánimos en la Casa Blanca son más bien oscuros. Les queda aguardar la respuesta de Kruschev a la contraoferta, pero reina un ambiente que se parece más a un frágil anhelo que a un verdadero optimismo. ¿Lo bueno? Que los feos incidentes de la jornada no han degenerado en una escalada bélica gracias a la prudencia y sensatez de ambos gobiernos.

Pero en Washington creen que Moscú rechazará la contraoferta, porque un trato así supondría, de cara a la opinión pública, una “bajada de pantalones” por parte de Kruschev. La retirada estadounidense de su arsenal nuclear de Turquía sería un gol estratégico del que los soviéticos no podrían siquiera presumir, porque tendrían que mantenerlo en secreto, así que, ¿para qué aceptar?

Las esperanzas de paz terminan de resquebrajarse cuando llega un telegrama del embajador estadounidense que ejerce de enlace con los países miembros de la OTAN. Sus noticias son alarmantes; el ambiente se está enrareciendo en la Alianza, que podría no sobrevivir a más días de crisis. Por lo que respecta a la OTAN, el tiempo se está acabando, afirma el diplomático, y “puede ser necesario realizar algún tipo de intervención militar cuanto antes”.

No son buenas noticias. En estas circunstancias, si Kruschev decide no aceptar el trato, Kennedy podría optar por invadir la isla para eliminar los misiles y contentar así a la Alianza. Finaliza el “Sábado Negro” y el mundo vuelve a estar al borde de la Tercera Guerra Mundial. La crisis está siendo como un carrusel. Nadie sabe cómo va a terminar.

– Domingo 28 de octubre

“Será mejor que nos aseguremos de disponer de dos cosas: un nuevo gobierno para Cuba, porque nos va a hacer falta, y una manera de responder militarmente a la Unión soviética en Europa, porque es seguro como el infierno que si invadimos Cuba, ellos van a hacer lo mismo allí” (Robert McNamara)

Está amaneciendo en el hemisferio occidental, pero sigue siendo de noche en Rusia. Nikita Kruschev se ha cenado con la contraoferta estadounidense. La pelota está en su tejado. Es un hombre sometido a una intensa presión. Tiene una decisión crucial que tomar. Si acepta los términos del acuerdo parcialmente secreto que propone Washington, él quedará como “el perdedor”.

Toda la opinión pública mundial interpretará que se ha doblegado ante un rival más firme, Kennedy. Además, el Politburó enfurecerá al considerar el trato como una humillación nacional, y Kruschev sabe bien que se le echará encima al sector más radical del Partido Comunista, donde muchos se la tienen jurada debido a su carácter reformista. Pero también ha de sopesar la parte positiva. Si firma, no solo evitaría una guerra catastrófica sino que conseguiría el anhelado equilibrio estratégico.

Una vez los americanos cumpliesen la cláusula “extraoficial” del acuerdo, desmantelando sus misiles en Turquía e Italia, la URSS volvería a estar en condiciones de intentar conseguir la igualdad nuclear. Así pues, Kruschev se encuentra ante una grave disyuntiva, pero sabe que no tiene mucho más tiempo. Los americanos ya han advertido mediante Dobrynin que están haciendo serios preparativos para la invasión de Cuba, y que no esperarán mucho más.

Finalmente, el Premier soviético decide actuar como un estadista que mira más allá de sí mismo, que vela por el bien de su país y por la paz mundial. Sabe que está dinamitando su propia carrera política, pero la opción alternativa es una guerra que considera inaceptable. Redacta un texto en el que acepta la contraoferta. Desmantelará los misiles atómicos en Cuba y se los volverá a llevar a la URSS. Envía el mensaje a la Casa Blanca.

Pese a su fama de líder irreflexivo, Kruschev supo que el precio de la paz incluía su desprestigio político, y lo aceptó.
Pese a su fama de líder irreflexivo, Kruschev supo que el precio de la paz incluía su desprestigio político, y lo aceptó.

Son las nueve de la mañana en Washington cuando llega el “sí” de Nikita Kruschev.

Después de dos semanas de creciente tensión, por fin parece salir el sol.

Todos se sienten aliviados. Kennedy responde a Kruschev con una carta en la que califica la decisión del Premier soviético como “una importante y decisiva contribución a la paz”.

Ordena el cese de los vuelos de observación sobre Cuba.

El bloqueo continuará un tiempo más, pero para ese momento los barcos soviéticos ya no hacen ademán de querer atravesarlo.

Todo el mundo está feliz en Washington.

Todos, excepto los jefes del Estado Mayor estadounidense, que son los únicos en lamentar la ocasión perdida para invadir Cuba y deshacerse de Castro.

El inefable Curtis LeMay llega a afirmar que, incluso después de haber llegado a un acuerdo, Washington debería lanzar un ataque aéreo sobre las bases de misiles para asegurarse de que efectivamente quedan “desmanteladas”.

Como es natural, nadie más en la Casa Blanca tiene demasiadas ganas de escuchar las diatribas extremistas de los máximos jefes militares.

Durante el resto de la mañana se discuten los detalles de la ejecución práctica del trato. Por ejemplo, si se debería instar a Moscú a retirar sus bombarderos de Cuba, los cuales también tienen capacidad nuclear. Kennedy dice que sí, que se pida a los rusos que añadan los bombarderos al trato, pero “sin presionar demasiado”. No quiere que algún gesto fuera de lugar pueda ser interpretado como una insolencia, echando a perder el precioso acuerdo.

En Washington no son desconocedores de que, debido a la decisión que acaba de tomar, a Kruschev se le echarán encima los lobos del Politburó. No es que la Casa Blanca pueda hacer mucho por defender a Kruschev, pero le necesitan para el acuerdo y deciden asegurar la jugada.

Dean Rusk ofrece una rueda de prensa en la que afirma sin rodeos que si dentro de la URSS se producen discusiones sobre cómo llevar a cabo el acuerdo en la práctica, el gobierno americano no contribuirá a fortalecer a aquellos sectores que le lleven al contraria al gobierno soviético.

Dicho en otras palabras: Kennedy ha llegado a un acuerdo con Kruschev, así que los detalles se pondrán en práctica tal y como Kruschev decida junto a Kennedy, no como pretenda la oposición interna en la URSS. Kennedy le da así una última palmada a su homólogo ruso.

Por su parte, Fidel Castro se muestra insatisfecho con el acuerdo. Considera que las promesas estadounidenses de no atacar Cuba resultan poco creíbles, y presenta ante la ONU una lista de exigencias al respecto. Castro se siente traicionado por la URSS, por más que el Kremlin le envía un mensaje justificando el acuerdo en aras de la paz mundial.

Los soviéticos no tardan en empezar a retirar su material atómico de Cuba, al tiempo que respetan el secreto en torno a la cláusula de Turquía e Italia. Los estadounidenses comienzan a su vez los discretos preparativos para cumplir con su parte del trato. La alerta de las fuerzas armadas estadounidenses desciende al nivel Defcon 3. Casi un mes después, el 20 de noviembre de 1962, se retornaba definitivamente a Defcon 4. La paz.

– Epílogo

Durante muchos años, la Crisis de los Misiles, o Crisis de Octubre, fue interpretada como un pulso que Kennedy le había ganado a Kruschev a base de determinación personal. Esta interpretación imperó tanto en occidente como en el bloque soviético, pero no era cierta. Hasta cierto punto es verdad que Kruschev cedió un poco antes a la presión pre-bélica y que no “regateó” la última contraoferta estadounidense, por lo que tuvo que conceder que el acuerdo sobre Turquía fuese secreto.

Pero no había mucho más que pudiera hacer, al menos desde su punto de vista. Y aun así le resultó difícil; aunque parezca paradójico, en el régimen autoritario de la URSS Kruschev tuvo bastantes más dificultades para imponer su voluntad que su homñologo estadounidense, y sus decisiones eran bastante más discutidas que las de Kennedy.

Aceptando el acuerdo, Kruschev dejaba que el mundo creyese que se había rendido por las buenas. Kennedy, en cambio, había conseguido una enorme victoria moral. Pero Kruschev había posibilitado el restablecimiento del equilibrio estratégico y había alejado el peligro nuclear de sus propias fronteras, además de evitar una guerra. Nada de eso se supo en el momento. De cara a la opinión pública mundial, Kennedy emergió como un líder sólido y Kruschev había sido humillado.

Dado que mucha gente tenía de antemano una imagen estereotipada del líder ruso —en parte por culpa suya, debido a sus excéntricas maneras de comportarse en sus apariciones—, el público estaba convencido de que Nikita Kruschev se había lanzado a un pulso irreflexivo en plan aventurero y que después había resultado que Kennedy era “más valiente”. Pero no.

El Premier soviético fue igual de sensato que Kennedy en el manejo de la crisis. Ambos cometieron errores parecidos pero también rectificaron de la misma manera y prácticamente al mismo tiempo. Kruschev sabía que con aquel acuerdo se estaba ofreciendo al sacrificio político, y no se equivocó.

La oposición interna en el Politburó aprovechó aquella “derrota” para socavar su credibilidad y su posición; su mandato duró unos pocos años más y finalizó marcado por el desprestigio. Kennedy, como ya sabemos, quedó muy reforzado de cara a la opinión pública internacional y se transformó casi en una figura heroica… pero hizo frente a otro tipo de oposición, que resultó incluso peor, ya que un año después sería asesinado a tiros en Dallas.

Aunque tengamos que agradecer a ambos líderes que hicieran prevalecer la cordura en los momento críticos —una cordura que no siempre caracterizó a algunos de sus subordinados, aunque sí a otros—, no es menos cierto que ambos mostraron ciertas actitudes irresponsables en etapas anteriores a la crisis, así como durante el inicio de esta.

Los dos sacaron al mundo del borde del abismo, sí, pero habían sido ellos mismos quienes lo habían llevado allí. La crisis cimentó un nuevo concepto: MAD (“Destrucción Mutua Asegurada”, aunque “mad”, recordemos, también se traduce como “loco”), el cual se convirtió en un mecanismo clave de la Guerra Fría. Sabiendo que podrían destruirse mutuamente, las dos superpotencias evitarían embarcarse en una guerra nuclear.

Esto ya se pensaba antes de la crisis, pero la idea quedó reforzada después. Hubo en el ámbito político firmes defensores de la disuasión como una forma de evitar el uso de armas nucleares. En cambio, había otros (sobre todo en los ámbitos intelectual y científico) que consideraban una soberana estupidez mantener un arsenal nuclear capaz de acabar con la raza humana, y más después de que en aquel 1962 el mundo hubiese estado al borde de prender la mecha.

Mirándolo con frialdad, la fabricación de armas nucleares, biológicas o químicas es una de las mayores necedades cometidas en la historia del hombre. El efecto boomerang de este tipo de armamento parece garantizar la disuasión, sí, pero cualquier fallo en el mecanismo de control podría tener consecuencias imprevisibles.

Han pasado ya cincuenta años desde la Crisis de Octubre, pero varias naciones —de hecho, cada vez más— poseen armas de destrucción masiva.

No resulta difícil señalar en qué consistirá el próximo paso en la evolución humana: una vez seamos capaces de erradicar todo aquel mecanismo que hayamos fabricado nosotros mismos pero que sería capaz de causar nuestra autodestrucción, podremos afirmar que nuestra inteligencia colectiva ha dado un paso más hacia la madurez. Entretanto, no seremos mucho mejores que los habitantes de las cavernas.

nuestras charlas nocturnas.

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