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Las últimas y turbias obsesiones de Hitler antes de morir: «Satán es el inicio, Satán es todo»…


Berlín, abril de 1945. Última foto de Hitler con vida, saliendo un momento del búnker donde pasó sus últimos días

abc Historia(M.P.Villatoro) — No, querido lector, lo que sigue no es una historieta de los hermanos Grimm ni una leyenda de cortapega. Corría mayo de 1945, ya en el ocaso del Tercer Reich, cuando un coronel estadounidense con nombre y apellidos hizo un hallazgo que le sobrecogió.

Y, según explica el historiador y periodista Jesús Hernández en declaraciones a ABC, fue durante un paseo por los restos del ‘Führerbunker’: «Albert Aronson halló una pila de ochenta libros que habían pertenecido a Adolf Hitler». Aquellas habían sido sus últimas lecturas antes de suicidarse en Berlín, y entre ellas se hallaban hasta una docena de tomos relacionados con las ciencias ocultas y el satanismo.

Los títulos no eran decorativos. Muchos, de hecho, habían sido dedicados por los autores al mismísimo Hitler y contaban con párrafos marcados y decenas de notas hechas con lápiz al margen. El más destacado era ‘Magia: historia, teoría y práctica’. En sus tripas, el ‘Führer’ había subrayado una infinidad de frases más que turbulentas:

«Satán es el inicio, Satán es todo lo que vive y puede verse, Satán actúa hasta en el más delicado rayo de luz de la estrella más lejana… Toda la realidad es solamente un fantasma… Nuestro demonio está luchando en medio del dolor y de las vicisitudes. ¡Debemos sufrir con él para compartir con él la victoria!».

Así lo recoge Hernández en su nuevo ensayo histórico, ‘Eso no estaba en mi libro de Hitler’ (Almuzara). Un repaso por los acontecimientos más sorprendentes que marcaron la vida del dictador; de su triste infancia, a las mujeres que le amaron. El caso del ocultismo es especial.

Y es que, en palabras de Hernández, que le atrajesen estos temas no implica que se los creyera de principio a fin: «Sintió toda su vida cierta curiosidad por lo que conocemos como ‘ciencias ocultas’, pero la realidad es que nunca se las llegó a tomar en serio, ni tuvieron ningún tipo de influencia sobre él a la hora de tomar una decisión».

El historiador español, autor también del blog ‘¡Es la guerra!’, es partidario de que, «por entonces, esas pseudociencias tenían bastantes seguidores y un relativo prestigio, así que es normal que Adolf Hitler sintiese curiosidad por ellas». Por tanto, sostiene, no habría que interpretar su interés como una excentricidad que no le permitiera conciliar el sueño por las noches, sino como suerte de ‘hobby’ o pasatiempo con el que ocupar sus horas muertas durante sus largas horas en el búnker.

«Su relación con las ciencias ocultas hay que contemplarla más bien como una anécdota, aunque su acreditado interés por el satanismo no deja de resultar inquietante», explica el experto.

El búnker de Hitler estaba oculto en la sede de la Cancillería alemana.

Llegada al búnker

Los soviéticos fueron los primeros en arribar al búnker, en las tripas de Berlín, el 2 de mayo de 1945. El reloj marcaba las nueve de la mañana cuando los primeros soldados abrieron las puertas de aquella mole de hormigón y comenzaron a escudriñas sus corredores. Poco tenía aquel emplazamiento de gigantesca mansión, y mucho de inmundo agujero.

El famoso historiador Joachim Fest lo define así en ‘El hundimiento’: «Cuando en días del inminente final faltó a veces el agua, tomó cuerpo, procedente sobre todo el antebúnker, un hedor casi insoportable en el que los vapores de los grupos electrógenos diésel, el penetrante olor a orina y el sudor humano formaban una mezcla repugnante».

Albert Aronson fue, según Hernández, uno de los primeros norteamericanos a los que el Ejército Rojo permitió acceder al ‘Führerbunker’. El historiador, aupándose en el testimonio del sobrino del coronel, corrobora que aquel laberinto subterráneo no era ya más que un cascarón hueco de vida y de objetos. Aunque todavía quedaba un pequeño tesoro… «Estaba ya vacío, pero todavía había algunos cuadros y una pila de ochenta libros», confirma.

Los tomos llamaron la atención del militar. ¿Por qué nadie se los había llevado? Motivado por la curiosidad, pidió que le fueran entregados. Y, para su sorpresa, los soldados soviéticos que le escoltaban aceptaron. Sin duda, una buena guinda para aquel ‘tour’ por las catacumbas de la capital del Reich.

Lo cierto es que el coronel no les dio tampoco demasiada importancia. «Los guardó en su desván durante décadas junto a los trastos viejos», desvela Hernández. No fue hasta su muerte, a mediados de los años setenta, cuando su sobrino se hizo con aquel tesoro olvidado.

Aunque asumió que no podía estudiarlos por su cuenta y se los entregó a la biblioteca de la Universidad Brown de Providence, en Rhode Island. «Sin embargo, como si esa colección de libros estuviera condenada a no atraer la atención de nadie, apenas se han acercado hasta allí investigadores interesados en ella. De hecho, ninguno de los grandes biógrafos del ‘Führer’ la ha estudiado», completa el español.

Los cuerpos de Hitler y de Eva Braun fueron enterrados y parcialmente quemados en una zanja abierta por una bomba en el jardín de la Cancillería alemana.

Ciencias ocultas

Fue hace casi una década cuando la colección salió a la luz y los especialistas llegaron a la conclusión de que, con total probabilidad, habían formado parte de la biblioteca personal de Adolf Hitler. Eso, y que habían sido lo bastante importantes como para que los seleccionara y obligara a sus acólitos a trasladarlos hasta el subsuelo de la Cancillería.

«Constituyen una mezcolanza de géneros; libros ilustrados, revistas de arte, un libreto italiano de ‘La Valkiria’ de Wagner, una edición de 1937 de ‘Mein Kampf’ y dos ediciones de ‘El mito del siglo XX’ de Alfred Rosemberg», corrobora el experto español en su obra.

La parte más extravagante de aquella colección eran los tomos relacionados con las ciencias ocultas. Uno de ellos era ‘Las predicciones de Nostradamus’, que poca presentación necesita. Este recopilatorio de profecías lo había adquirido en los años veinte, poco después de que finalizara la Primera Guerra Mundial y empezara a zambullirse de lleno en la política.

Y, en el ámbito ocultista, sorprende también que contara con un ejemplar de ‘Los muertos están vivos’. Un ensayo que decía ofrecer «evidencias incontrovertibles sobre ocultismo, sonambulismo y espiritismo, con dieciséis fotografías de fantasmas». Entre ellas, una instantánea en la que cinco personas hacían levitar una mesa a finales del siglo XIX.

El ejemplar que hoy nos atañe era todavía más turbulento. ‘Magia: historia, teoría y práctica’ y se centraba en espiritismo y satanismo y había sido escrito por Ernst Schertel en 1923. Un tipo, por cierto, que también dedicó aquellos años de su vida a alumbrar ensayos sobre flagelación y erotismo.

Según Hernández, Hitler contaba con un ejemplar firmado y dedicado por el autor. «Su estado denota que fue leído en varias ocasiones y sus márgenes contienen un total de 66 anotaciones del propio Hitler hechas a lápiz, además de numerosos pasajes subrayados», añade. Si se lo terminó o no, es imposible saberlo. Al menos, en la actualidad.

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