Los pintores españoles más famosos de la historia y sus obras más importantes …
– JUAN GRIS

Fue un pintor nacido en Madrid que desarrolló su obra a principios del siglo XX en París, donde fue considerado uno de los grandes maestros del cubismo.
Su principal aportación al estilo fue el papier collé, que consiste en añadir en la obra recortes de revistas o periódicos.
Entre algunas de sus obras más destacadas podemos citar el ‘Retrato de Picasso’, ‘Bodegón con persiana’ y ‘Guitarra y Pipa’.
(José Victoriano González; Madrid, 1887 – Boulogne-sur-Seine, Francia, 1927) Pintor español, máximo representante del cubismo sintético.
Cursó estudios en la Universidad de Madrid, pero pronto se consagró a la pintura; en 1906 se trasladó a París y se instaló en el Bateau-Lavoir, donde fue vecino de Pablo Picasso y conoció a intelectuales y artistas como Guillaume Apollinaire, Max Jacob y Georges Braque, entre otros.
Pintó sus primeras acuarelas al mismo tiempo que publicaba ilustraciones humorísticas en distintas revistas.

Juan Gris
Sus primeras muestras cubistas datan de 1911, y en ellas se aprecia la influencia de Cézanne, aunque pronto derivó hacia un estilo geométrico muy colorista, con predominio del azul, el verde y el violeta ácido.
En 1912 empleó por primera vez la técnica del collage, franqueando de esta manera la línea divisoria que separa lo real y lo irreal.
Juan Gris fue el indiscutible maestro del cubismo sintético, término acuñado por el mismo artista. Con su pintura introdujo el método en la praxis cubista; la perfecta definición de unas premisas de trabajo a las que se mantiene fiel dota de un estilo fuertemente personal a sus obras.
En ellas, las formas se imbrican siguiendo una estructura clara y regular, el carácter plano del cuadro convive con el sombreado individualizado de algunos objetos, y el color, al que nunca renunció, crea ritmos visuales y armonías de indudable elegancia.

El desayuno (1915), de Juan Gris
De entre sus muchas telas cabe destacar El desayuno (1915), obra perfectamente representativa de la línea de trabajo del artista madrileño, que nunca más se alejó del cubismo e incluso llegó a criticar acerbamente que lo abandonaran algunos de sus más ilustres representantes.
El tema elegido, una naturaleza muerta en la que aparece el periódico Le Journal, responde a la imaginería más característica de este movimiento artístico; sin embargo, Juan Gris anduvo por senderos distintos de los transitados por Picasso o Braque, como puede apreciarse en la recreación del volumen y la luz en esta obra, en la que es fácilmente reconocible su impronta personal.
– ANTONI TAPIES

Tapies es un pintor y escultor catalán fallecido hace escasamente tres años. Durante toda su vida, Tapies se ha caracterizado por su estilo personal, siempre en consonancia con el expresionismo abstracto que floreció tras la 2ª Guerra Mundial.
Algunas de sus pinturas más emblemáticas son ‘Gran Pintura Gris’, ‘Blanco con signo rojizo’ o ‘Grattage Rojo’, de 2008.
(Barcelona, 1923 – 2012) Pintor español. A los veintidós años renunció a la carrera de derecho para dedicarse de lleno a la pintura, arte que abordó a través del collage (hojas de periódico, papel de estaño, cuerdas) y de pinturas terrosas que presentan grattages (raspaduras) y graffiti.
En esta primera etapa de su vida crea, con otros artistas e intelectuales catalanes (Joan Brossa, Joan Ponç, Modest Cuixart, Joan Josep Tharrats), el grupo «Dau al Set» (1948). Este movimiento ampara sus primeras exposiciones, que ya ponían de manifiesto su interés por el surrealismo.

Antoni Tàpies
Hacia 1949, renunciando a los efectos de la materia, se dedica a crear cuadros en los que predominan los tonos grises, aunque con interrupciones de importancia variable de colores vivos (verde, rojo), y en los que aparecen impresiones textiles, signos (semicírculos, triángulos) y letras deformadas.
En 1954, después de impartir un curso de arte abstracto en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, da entrada de nuevo a la materia: trabaja los cuadros con argamasa (mezclando al óleo mármol pulverizado y usando pigmentos en polvo disueltos en látex) para reencontrar la tradición secular de un mundo fosilizado, de colorido desvaído, que en 1958 le valió el premio Carnegie.
Su etapa posterior a 1965 pertenece a la neofiguración y al arte pobre: arpilleras, objetos rústicos y objetos cotidianos se funden en una obra que llegó a alcanzar difusión universal (Materia gris en forma de sombrero, 1966; Tres sillas, 1967; Dos cruces, 1967).
En la década de los setenta, sus «esculturas en el espacio» hacen que el objeto (maderas ensambladas, sillas, ropas, libros quemados), hasta entonces estampado en hueco o modelado en relieve en el espesor de la materia, se salga de la tela para inmovilizarlo en el espacio y darle una realidad más áspera.
En este aspecto Tàpies comunica al arte pobre una carga emocional muy importante.

Cruz y tierra (1975), de Antoni Tàpies
Su labor creadora fue acompañada, en los años setenta y ochenta, de textos teóricos (La práctica del arte, 1970; El arte contra la estética, 1974; Memoria personal, 1978; Por un arte moderno y progresista, 1985). En 1984 se crea en Barcelona la Fundación Tàpies, ubicada en un antiguo edificio obra del arquitecto Lluís Domènech i Montaner. Inaugurado en 1990, sus fondos, formados con la obra donada por Teresa y Antoni Tàpies, constituyen la más completa colección de las obras del pintor catalán.
Ese mismo año el artista fue nombrado académico de honor en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las artes y el Praemium Imperiale de pintura. Del resto de su producción cabe destacar los murales para la Expo’92, Embolcall (1994), inspirado de la guerra de Ruanda, y Cerimònia (1996).
– JULIO ROMERO DE TORRES

Julio Romero de Torres (1874-1930) destaca por el simbolismo de sus paisajes, la suavidad en la luz y una extraña capacidad para crear una atractiva artificiosidad en los escenarios. La mayor parte de su obra se puede ver en el Museo Julio Romero de Torres de Córdoba.
Algunos de sus cuadros más famosos son ‘La chiquita piconera’, ‘El retablo del amor’, ‘Naranjas y limones’ o ‘Amor místico y amor profano’.
Córdoba, 1880 – 1930) Pintor español. Era hijo del pintor y maestro andaluz Rafael Romero Barros, director del Museo de Bellas Artes de Córdoba, quien le inició en el sendero de la pintura desde muy temprana edad. Así, ya en 1907 pudo concurrir el joven Julio Romero de Torres a la exposición de pintores independientes celebrada en el Círculo de Bellas Artes (Madrid).
El realismo melodramático de sus primeras composiciones (como Conciencia tranquila o Vividoras del amor) no parecía preludiar el estilo personal, tan marcado y característico, que luego sacó a relucir en su obra de madurez.
En efecto, a raíz del lienzo titulado Musa gitana -que obtuvo el Primer Premio en una Exposición Nacional celebrada en Madrid-, el pintor cordobés adoptó una línea nacionalista y folclórica, atenta a los tópicos meridionales y centrada, principalmente, en el retrato de la mujer andaluza.
Se trata de un estilo en el que predomina la mezcla del retrato realista con un cierto aire idealista que sitúa a sus figuras en un vago halo intemporal, como si pretendiera hacer de las características físicas de la mujer andaluza un arquetipo universal de la belleza femenina.
Aupado por los cánones modernistas vigentes en su tiempo, logró éxitos -no exentos de una virulenta controversia crítica que siempre acompañó al enjuiciamiento artístico de su pintura- en varias exposiciones nacionales e internacionales, como las realizadas en Barcelona (1911), en Madrid (1912) y en Munich (1913).
Pero lo cierto es que en su tiempo fue aclamado por pintores, escritores y contempladores de su obra, quienes celebraban la exaltación de los tópicos nacionalistas difundidos por la obra de Romero de Torres; para probarlo, baste con recordar que las monografías de su pintura y los catálogos de sus exposiciones venían autorizados por comentarios elogiosos de autores como Jacinto Benavente, Ramón María del Valle-Inclán, Gregorio Martínez Sierra o Santiago Rusiñol.

Abanderado de un romanticismo ciertamente trasnochado en la actualidad, pero muy del gusto de la gente de su tiempo, Julio Romero de Torres resolvió en cada uno de sus cuadros un problema planteado en forma de copla andaluza, lance de toreo o episodio de romancero gitano.
Hizo, además, especial hincapié en los sentimientos trágicos y legendarios propios de la religiosidad y la cultura de sus paisanos, lo que explica la inmensa popularidad de que gozó tanto en vida como muchos años después de haber desaparecido.
Los hogares más populares de la España rural exhibieron durante mucho tiempo reproducciones de las principales obras de Romero de Torres, casi siempre decorando las extensas páginas de unos enormes almanaques.
Su recuerdo quedó vivo, además, en coplas y tonadillas folclóricas, y se hizo presente durante algún tiempo en las ilustraciones de sellos y papel moneda.
En la actualidad, una buen parte de su obra -bastante desprestigiada por la crítica moderna- puede contemplarse en la Casa Museo que la ciudad de Córdoba ha dedicado a uno de sus artistas más universales.
– JOSÉ DE RIBERA

José de Ribera (1591-1652) fue un pintor español que desarrollo gran parte de su obra en Italia. Allí conoció gran fama gracias a su dominio del estilo naturalista.
Caracterizado físicamente por su baja estatura, en Italia era conocido como «El españolito«. Aunque desarrolló su vida en Italia, nunca olvidó sus raíces españolas y, de hecho, firmaba muchos de sus cuadros como «Jusepe de Ribera, español».
Entre sus obras más destacadas se pueden citar ‘La Inmaculada Concepción’, ‘Sileno borracho’, ‘San Andrés’ o ‘San Pedro’.
(Llamado el Españoleto; Játiva, 1591-Nápoles, 1652) Pintor y grabador español. No se tienen noticias seguras sobre su formación artística, si bien se cree que fue discípulo de Francisco Ribalta.
Hacia 1608-1610 marchó a Italia, donde visitó la corte de los Farnesio en Parma (San Martín partiendo su capa con el pobre) y se interesó por la obra de Correggio. Hasta 1616 estuvo en Roma, donde admiró a Rafael, Miguel Ángel y, especialmente, a Caravaggio. Allí consiguió celebridad y realizó obras de una gran calidad, como evidencian El gusto y El tacto, de la serie de Los cinco sentidos.
Se estableció definitivamente en Nápoles, donde se impuso como la personalidad más importante del foco napolitano.
Gozó de la protección de los virreyes, que le fueron adoptando como pintor de cámara, como el duque de Osuna, para quien realizó el grupo de obras de la colegiata de Osuna, el conde Monterrey (Inmaculada y otras obras en la iglesia de las Agustinas de Salamanca) y don Juan de Austria.
Trabajó para la iglesia napolitana de Jesús Nuevo, la capilla de San Jenaro de la catedral y, sobre todo, para la cartuja de San Martín, que conserva un magnífico conjunto (serie de Profetas, Piedad). De 1620 a 1626 no se tienen noticias de obras pictóricas, pero a este período corresponden la mayoría de sus grabados, técnica que cultivó con maestría (Martirio de san Bartolomé).

San Andrés (c. 1616)
y Martirio de San Andrés (1628)

De su origen español conservó siempre el gusto por la temática religiosa (La bendición de Jacob), con figuras aisladas de santos (abundando los penitentes y mártires) de rostros atezados y frentes arrugadas, plasmados con crudo realismo (San Andrés, San Jerónimo), así como milagros, martirios (Martirio de San Felipe, Martirio de San Andrés), episodios del Nuevo Testamento y retratos de la Virgen María con el Niño.
Sin embargo, también cultivó el género mitológico y el retrato, y realizó las series de los Filósofos, así como representaciones de mendigos y tipos populares.
Hasta 1634 su estilo se caracterizó por un acusado tenebrismo, con violentos contrastes de luz, un plasticismo duro, un crudo realismo en los detalles y cierta tendencia a la monumentalidad.
A partir de ese momento optó por una pictoricidad más libre y un colorismo más rico, así como por temas y formas más amables, asimilando influencias venecianas y boloñesas.
En su producción final parece advertirse un repliegue hacia formas de su período juvenil, retornando al tenebrismo y los contrastes lumínicos.
– FEDERICO MADRAZO

Fue un pintor español del siglo XIX. Nació y murió en Madrid y alcanzó una gran popularidad, siendo uno de los principales exponentes del romanticismo y llegando a ser el pintor de cámara de Isabel II.
Federico Madrazo se destacó en el ámbito de los retratos, donde es considerado uno de los grandes maestros de la historia del país. Su especializó sobre todo en retratos a la alta sociedad y a la monarquía.
Entre sus obras más célebres podemos contar ‘Retrato de Isabel II’ o ‘Doña Amalia de Llano y Dotres, Condesa de Vilches’.
(Roma, 1815-Madrid, 1894) Pintor español. Principal continuador de la saga de los Madrazo, fue hijo de José Madrazo, también pintor y máximo representante de la escuela neoclásica cortesana.
Estudió en París, donde fue acogido por Ingres, que era amigo de su padre. Tras una estancia de dos años en Roma regresó a Madrid y fue nombrado director del Museo del Prado. El advenimiento de la Primera República en 1868 le supuso le pérdida del cargo, en el cual fue repuesto en 1881.
En sus inicios cultivó la pintura histórica y religiosa, y uno de sus cuadros, La continencia de Escipión, le valió el ingreso en la Escuela de San Fernando, si bien debe su renombre a su actividad como retratista. De entre sus retratos al óleo cabe destacar dos: Carolina Coronado y General San Miguel, mientras que sus dibujos más conocidos son los retratos de Mariano José de Larra y de Ponzano.
– JOAQUIN SOROLLA

Sorolla uno de los pintores más prolíficos, con más de 2.200 obras catalogadas, nace en 1863 y desde muy pequeño descubrió su verdadera vocación por la pintura. Destaca por un estilo maduro que le caracteriza como luminista aunque con poco acierto siempre ha sido calificado como impresionista.
Sus obras más representativas están pintadas al aire libre, y domina con maestría la luz para cuadros en los que representan escenas cotidianas y paisajísticas de la vida mediterránea. Además también cultivó la pintura de denuncia social que le reportó muchoso éxitos.
Otra importante faceta suya fue la de retratista, de figuras importantes como fueron Juan Ramón Jiménez, el rey Alfonso XIII, Vicente Blasco Ibáñez y Ortega y Gasset entre otros.

Entre sus obras más famosas, Desnudo de mujer de 1902, pintado durante su etapa de culminación o Paseo por la Playa de 1909.
(Valencia, 1863 – Cercedilla, España, 1923) Pintor español. Formado en su ciudad natal con el escultor Capuz, estudió posteriormente las obras del Museo del Prado y, gracias a una beca, pudo residir y estudiar en Roma de 1884 a 1889. En esta época se dedicó sobre todo a cuadros de temática histórica, que no ofrecen demasiado interés.
Un viaje a París en 1894 lo puso en contacto con la pintura impresionista, lo que supuso una verdadera revolución en su estilo. Abandonó los temas anteriores y comenzó a pintar al aire libre, dejándose invadir por la luz y el color del Mediterráneo. Son precisamente las obras de colores claros y pincelada vigorosa que reproducen escenas a orillas del mar las que más se identifican con el arte de Sorolla.
Sin embargo, fue un artista muy activo, que realizó también numerosos retratos de personalidades españolas y algunas obras de denuncia social (¡Y aún dicen que el pescado es caro!) bajo la influencia de su amigo Blasco Ibáñez.
Su estilo agradable y fácil hizo que recibiera innumerables encargos, que le permitieron gozar de una desahogada posición social. Su fama rebasó las fronteras españolas para extenderse por toda Europa y Estados Unidos, donde expuso en varias ocasiones. De 1910 a 1920 pintó una serie de murales con temas regionales para la Hispanic Society of America de Nueva York.

¡Y aún dicen que el pescado es caro! (1894)
y Niños en la playa (1910), de Joaquín Sorolla

En el estilo más característico de Sorolla, el de técnica y concepción impresionista, destaca la representación de la figura humana (niños desnudos, mujeres con vestidos vaporosos) sobre un fondo de playa o de paisaje, donde los reflejos, las sombras, las transparencias, la intensidad de la luz y el color transfiguran la imagen y dan valor a temas en sí mismo intrascendentes.
Algunos críticos consideran estas obras un cruce entre los impresionistas franceses y los acuarelistas ingleses. Existe una importante colección de pintura suya en el Museo Sorolla de Madrid.
– BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO

Bartolomé Esteban Murillo nace en Sevilla en 1617 y representa uno de los pintores más importantes de la pintura barroca española que, tras haber decaído en estimación a principios del siglo XX, vuelve a gozar de importante reconocimiento mundial. Su estilo barroco es tan detallado que incluso podemos decir que avanza el rococó.

En 1630 trabajaba ya como pintor independiente en Sevilla y en 1645 recibe su primer encargo importante, una serie de lienzos destinados al claustro de San Francisco el Grande; la serie se compone de trece cuadros, que incluyen La cocina de los ángeles, la obra más celebrada del conjunto por la minuciosidad y el realismo con que están tratados los objetos cotidianos.
(Sevilla, 1617 – 1682) Pintor español. Nació en 1617 en el seno de una familia de catorce hermanos, de los que él fue el benjamín. Quedó huérfano de padre a los nueve años y perdió a su madre apenas seis meses después. Una de sus hermanas mayores, Ana, se hizo cargo de él y le permitió frecuentar el taller de un pariente pintor, Juan del Castillo.
En 1630 trabajaba ya como pintor independiente en Sevilla y en 1645 recibió su primer encargo importante, una serie de lienzos destinados al claustro de San Francisco el Grande; la serie se compone de trece cuadros, que incluyen La cocina de los ángeles, la obra más celebrada del conjunto por la minuciosidad y el realismo con que están tratados los objetos cotidianos. En general, sus inicios manifiestan la influencia del naturalismo de Francisco de Zurbarán, José de Ribera y Alonso Cano; posteriormente conocería, en sus viajes a Madrid, la obra de Velázquez.

La Sagrada Familia del pajarito (c.1650), de Murillo
El éxito de aquella realización le aseguró trabajo y prestigio, de modo que vivió desahogadamente y pudo mantener sin dificultades a los nueve hijos que le dio Beatriz Cabrera, con quien contrajo matrimonio en 1645.
Después de pintar dos grandes lienzos para la catedral de Sevilla, empezó a especializarse en los dos temas iconográficos que mejor caracterizan su personalidad artística: la Virgen con el Niño y la Inmaculada Concepción, de los que realizó multitud de versiones; sus representaciones de la Virgen María son siempre mujeres jóvenes y dulces, inspiradas seguramente en sevillanas conocidas del artista.
Tras una estancia en Madrid entre 1658 y 1660, en este último año intervino en la fundación de la Academia de Pintura, cuya dirección compartió con Francisco de Herrera el Mozo.
En esa época de máxima actividad recibió los importantísimos encargos del retablo del monasterio de San Agustín y, sobre todo, los cuadros para Santa María la Blanca, concluidos en 1665. Posteriormente trabajó para los capuchinos de Sevilla (Santo Tomás de Villanueva repartiendo limosna) y para el Hospital de la Caridad (cuadros sobre las obras de misericordia).

Niños comiendo melón y uvas (c. 1650)
Murillo destacó también como creador de tipos femeninos e infantiles: del candor de La muchacha con flores al realismo vivo y directo de sus niños de la calle, pilluelos y mendigos, que constituyen un prodigioso estudio de la vida popular.
Después de una serie dedicada a la Parábola del hijo pródigo, se le encomendó la decoración de la iglesia del convento de los capuchinos de Cádiz, de la que sólo concluyó los Desposorios de santa Catalina, ya que, mientras trabajaba en el cuadro, falleció a consecuencia de una caída desde un andamio.
– ANTONIO LÓPEZ

Nace en 1936 y se trata del artista vivo con mayor proyección internacional actualmente. Tuvo una temprana vocación por el dibujo que provocó el que se acabara dedicando a la pintura. Viaja a Italia, donde conoció de primera mano la pintura italiana del Renacimiento se identifica en el estilo hiperrealista, y en la temporalidad y el deterioro de lo material.
Es miembro de la Real Academia de San Fernando y en 1985 se le concedió el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Su obra fue adaptada al cine por el director cinematográfico Víctor Erice en el film titulado «El sol del membrillo».

Entre sus obras más conocidas están las esculturas Antonio y Mari, 1967-1968 o el cuadro Gran Vía, 1974-1981.
(Tomelloso, 1936) Pintor español. Permaneció algunos años en un seminario religioso. Se trasladó a Madrid en 1949, donde cursó estudios artísticos en la Escuela de Artes y Oficios y preparó su ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, cursando la carrera entre 1950 y 1955.
Sobrino del pintor de paisajes manchegos Antonio López Torres, éste le inició en el arte de la pintura, y se convirtió en su primer maestro. Realizó su primera exposición en 1951, en el Casino Liberal de Tomelloso. En 1957 celebró su primera muestra individual madrileña, en el Ateneo de Madrid.
Durante su paso por la Escuela de Bellas Artes coincidió y trabó amistad con artistas que posteriormente se inclinarían como él hacia la corriente realista, como Amalia Avia, Julio López, Francisco López o María Moreno, que se convirtió después en su esposa.
En sus inicios, su pintura estaba impregnada de irrealidad: los objetos flotan y las personas confunden sus contornos con el resto del cuadro. Hacia los años cincuenta su pintura dio un giro vertiginoso y se orientó decididamente hacia la precisión realista ejercida sin retórica; realidad desnuda y silenciosa que no puede en modo alguno calificarse, no obstante, de hiperrealista.
La separan del hiperrealismo la utilización de técnicas y métodos tradicionales y un lirismo intimista. En 1985 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y en 2006 el Premio Velázquez de las Artes Plásticas. En 1993 fue elegido académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.
– EL GRECO

El Greco es un pintor nacido en 1541 con una técnica que acabó influenciando después en los pintores impresionistas. Comienza su carrera en Venecia yendo luego a Roma y finalmente se mueve a Toledo. En su diversa obra pictórica encontramos muchas obras religiosas, retratos de nobles y escenas de Toledo. El Entierro del Conde de Orgaz es uno de sus cuadros más conocidos.

Su estilo evoluciona hasta conseguir uno muy personal caracterizado por sus figuras manieristas extraordinariamente alargadas con iluminación propia, delgadas, fantasmales, muy expresivas, en ambientes indefinidos y una gama de colores buscando los contrastes. Otra de sus obras más famosas es La curación del ciego (1567), La purificación del templo, o El caballero de la mano en el pecho (1580).
(Doménicos Theotocópoulos; Candía, hoy Heraklion, actual Grecia, 1541 – Toledo, España, 1614) Pintor español. Aunque nacido en Creta, isla que en aquella época pertenecía a la República de Venecia, El Greco desarrolló su peculiar estilo y la mayor parte de su trayectoria artística en España. Se formó en su isla natal como pintor de iconos, antes de trasladarse a Venecia, donde conoció la obra de Tiziano y Tintoretto, artistas que, junto con Miguel Ángel, fueron los que más influyeron en su pintura.

Detalle de un autorretrato de El Greco (c. 1595)
A partir de 1570, tras una estancia de siete años en Roma, El Greco se trasladó a Toledo por invitación del canónigo Diego de Castilla, quien le encargó un retablo para la iglesia de Santo Domingo el Antiguo. Llevaba diez años en Toledo cuando Felipe II le encomendó una obra para el monasterio de El Escorial; pero El martirio de san Mauricio no gustó al soberano español, quien ya nunca volvió a contar con el artista.
Ello supuso una decepción enorme para El Greco, ya que aspiraba a convertirse en pintor de corte, pero no entorpeció su carrera, puesto que era ya un pintor solicitadísimo tanto por los aristócratas como por los eclesiásticos toledanos. No es de extrañar, por tanto, que su obra sea extraordinariamente fecunda.
Se conocen algunas de sus creaciones anteriores a su llegada a España, lo cual permite afirmar que El Greco creó su peculiar estilo después de su establecimiento en Toledo, seguramente influido por el fervoroso ambiente religioso de la ciudad.
Sus figuras alargadas, pintadas con pincelada fluida, parecen criaturas inmateriales, carentes de solidez física e imbuidas de una intensa espiritualidad. A ello hay que añadir su paleta originalísima, de colores fríos, que consigue efectos sorprendentes con los rojos, los azules y en particular los blancos, de una rara intensidad y nitidez

Aunque pintó sobre todo obras religiosas, se le deben también importantes retratos (Félix Paravicino, El caballero de la mano en el pecho) y algunos cuadros de temática diversa.
La obra más admirada de El Greco es El entierro del conde de Orgaz, por el hecho de que el artista se valió de este acontecimiento para dejar constancia del momento en que le tocó vivir; para ello, dividió el cuadro en dos planos, uno celestial en la parte superior y otro terrenal en la inferior, de tal modo que la obra es al mismo tiempo un cuadro religioso y un retrato de grupo.
El plano superior, el celestial, no se aparta de sus restantes obras religiosas y presenta idéntico hondo misticismo y parecida intensidad dramática; la novedad se encuentra en el plano terrenal, donde los principales personajes del Toledo de la época, incluidos el propio pintor y su hijo, aparecen reproducidos con absoluta fidelidad.
De la conspicua producción religiosa de El Greco cabe destacar El Expolio de Cristo, El Bautismo de Cristo, La Adoración de los pastores y los retratos de diversos Apóstoles, en los que resulta admirable la expresividad de los rostros y los ademanes.

Laoconte (c. 1612), de El Greco
En los últimos años de su carrera el artista pintó dos celebrados Paisajes de Toledo y un cuadro mitológico, Laocoonte, que sorprende por su temática, inusual en la España del momento. Sobre un fondo de hermoso paisaje, las figuras de Laocoonte y sus hijos se retuercen en su lucha contra las serpientes y el artista se sirve hábilmente de sus contorsiones para dotar a la obra de una composición admirable.
Máximo exponente del manierismo pictórico en España, El Greco es también la primera figura de proyección universal de la pintura española y uno de los grandes genios de la historia del arte.
– FRANCISO DE ZURBARÁN

Pintor que nace en 1598, y que se hace muy popular en la época del Barroco y la Contrarreforma, con sus cuadros religiosos y escenas de la vida monástica. Con un estilo que mantuvo durante décadas, se caracterizó como pintor tenebrista, debido al uso que hizo de los contrastes de luz y sombras.
Su obra está llena de pinceladas sencillas, realistas, detallista, con formas amplias y la plenitud en los volúmenes ,con influencia de Caravaggio, José Ribera y Diego Velázquez y al final de su carrera, por el estilo más sutil de Murillo.

Entres sus obras más conocidas tenemos San Francisco arrodillado con una calavera en las manos, 1658 o San Hugo en el refectorio de los Cartujos, 1630-1635
(Fuente de Cantos, 1598 – Madrid, 1664) Pintor español. A los quince años Francisco de Zurbarán se trasladó a Sevilla, donde fue discípulo del pintor Pedro Díaz de Villanueva y conoció a Velázquez. Contrajo matrimonio con María Páez en 1617, y desde ese año hasta 1628 permaneció en Llerena (Extremadura). Aunque existen noticias documentales de distintas obras realizadas por Zurbarán durante este tiempo, no se conoce ninguna que con seguridad pueda situarse en esta época.
En 1625 Zurbarán se casó en segundas nupcias con Beatriz Morales. En 1627 pintó su primera gran obra importante firmada y datada: la Crucifixión del oratorio de la sacristía del convento dominico sevillano de San Pablo el Real, para el que en 1626 había contratado la realización de veintiún cuadros en ocho meses. Entre 1628 y 1629 llevó a cabo un ciclo de pinturas para el colegio franciscano de San Buenaventura.

La defensa de Cádiz contra los ingleses (c. 1634), de Zurbarán
El arte de Zurbarán aparece ya perfectamente definido, y se aprecian en su pintura la fuerza realista propia de los mejores pintores españoles de la época, su sentido de la ordenación y de la monumentalidad; el fondo oscuro de sus cuadros subraya ya entonces la presencia volumétrica de las figuras.
En 1629 se estableció en Sevilla por invitación del Consejo Municipal de la ciudad, y era tan grande su reputación como pintor que no tuvo que pasar el tradicional examen para ejercer su oficio. Entre 1630 y 1639 se sitúa la etapa más fecunda en la obra de este artista, que abarca tanto naturalezas muertas (Bodegón con naranjas, 1633) como obras de tema religioso (Visión del beato Alonso Rodríguez, 1630; Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, 1631; Santa Margarita; Santa Isabel de Portugal).
Llamado a Madrid en 1634, Francisco de Zurbarán participó en la decoración del salón de Reinos del Buen Retiro (La defensa de Cádiz contra los ingleses y la serie sobre los Trabajos de Hércules); durante este período, y siguiendo el ejemplo de Velázquez, renunció al tenebrismo; en el clasicismo toscano, influido a veces por los maestros venecianos, encontró un estilo acorde con sus aspiraciones. Las pinturas del retablo de la capilla de San Pedro de la catedral de Sevilla (1635-1636) permiten apreciar su evolución artística.

San Hugo en el refectorio de los cartujos (c. 1645)
Otra vez en Sevilla, Zurbarán trabajó para el convento de la Merced Descalza (1636), para el que pintó varias obras religiosas. Pintó también varios cuadros para la iglesia de Nuestra Señora de la Granada, en Llerena, y para la cartuja de la Defensión de Jerez de la Frontera, y en 1639 firmó un contrato con el monasterio de San Jerónimo de Guadalupe para la realización de varios cuadros. Son especialmente destacables las obras realizadas para la cartuja de las Cuevas de Sevilla (San Bruno y el papa Urbano II, San Hugo en el refectorio de los cartujos, Virgen de los cartujos).
En 1639 enviudó de nuevo, y en 1644 casó en terceras nupcias con la hija de un orfebre, Leonor de Tordera. En 1650 pintó la Anunciación para el conde de Peñaranda; muestra aquí un nuevo estilo, en el que el uso del difuminado intenta atenuar la rigidez de las formas. En su Inmaculada Concepción niña (1656) se detecta además una clara influencia de Guido Reni. En 1658 se trasladó a Madrid, donde parece que pintó bastante, aunque su arte no pudo adaptarse al cambio general del gusto, orientado hacia el pleno barroco.
– JOAN MIRÓ

Nacido en 1893 es uno de los pintores con una obra más variada y destacando en varios estilos como el surrealismo, el fauvismo o el expresionismo.

Su estancia en París, provoca que su obra se vuelve más onírica pasando luego a un estilo algo más naïf. Además de pintor fue, escultor, grabador y ceramista español, y está considerado uno de los máximos exponentes del arte de su generación. Uno de sus grandes proyectos fue la creación de la Fundación Joan Miró, ubicada en Barcelona, centro cultural y artístico para difundir las nuevas tendencias del arte contemporáneo; entre sus obras más conocidas tenemos Signos y constelaciones enamorados de una mujer (1941), o Metamorfósis (1936).
(Barcelona, 1893 – Palma de Mallorca, España, 1983) Pintor, escultor, grabador y ceramista español. Estudió comercio y trabajó durante dos años como dependiente en una droguería, hasta que una enfermedad le obligó a retirarse durante un largo periodo en una casa familiar en el pequeño pueblo de Mont-roig del Camp.

Joan Miró
De regreso a Barcelona, ingresó en la Academia de Arte dirigida por Francisco Galí, en la que conoció las últimas tendencias artísticas europeas. Hasta 1919, su pintura estuvo dominada por un expresionismo formal con influencias fauvistas y cubistas, centrada en los paisajes, retratos y desnudos.
Ese mismo año viajó a París y conoció a Picasso, Max Jacob y algunos miembros de la corriente dadaísta, como Tristan Tzara. Alternó nuevas estancias en la capital francesa con veranos en Mont-roig y su pintura empezó a evolucionar hacia una mayor definición de la forma, ahora cincelada por una fuerte luz que elimina los contrastes. En lo temático destacan los primeros atisbos de un lenguaje entre onírico y fantasmagórico, muy personal aunque de raíces populares, que marcaría toda su trayectoria posterior.
Afín a los principios del surrealismo, firmó el Manifiesto (1924) e incorporó a su obra inquietudes propias de dicho movimiento, como el jeroglífico y el signo caligráfico (El carnaval del arlequín). La otra gran influencia de la época vendría de la mano de Paul Klee, del que recogería el gusto por la configuración lineal y la recreación de atmósferas etéreas y matizados campos cromáticos.

El carnaval del arlequín (1925)
En 1928, el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquirió dos de sus telas, lo que supuso un primer reconocimiento internacional de su obra; un año después, contrajo matrimonio con Pilar Juncosa. Durante estos años el artista se cuestionó el sentido de la pintura, conflicto que se refleja claramente en su obra.
Por un lado, inició la serie de Interiores holandeses, abigarradas recreaciones de pinturas del siglo XVII caracterizadas por un retorno parcial a la figuración y una marcada tendencia hacia el preciosismo, que se mantendría en sus coloristas, juguetones y poéticos maniquíes para el Romeo y Julieta de los Ballets Rusos de Diaghilev (1929).
Su pintura posterior, en cambio, huye hacia una mayor aridez, esquematismo y abstracción conceptual. Por otro lado, en sus obras escultóricas optó por el uso de material reciclado y de desecho.
La guerra civil española no hizo sino acentuar esta dicotomía entre desgarro violento (Cabeza de mujer) y evasión ensoñadora (Constelaciones), que poco a poco se fue resolviendo en favor de una renovada serenidad, animada por un retorno a la ingenuidad de la simbología mironiana tradicional (el pájaro, las estrellas, la figura femenina) que parece reflejar a su vez el retorno a una visión ingenua, feliz e impetuosa del mundo.
No resultaron ajenos a esta especie de renovación espiritual sus ocasionales retiros a la isla de Mallorca, donde en 1956 construyó un estudio, en la localidad de Son Abrines.
Entretanto, Miró amplió el horizonte de su obra con los grabados de la serie Barcelona (1944) y, un año después, con sus primeros trabajos en cerámica, realizados en colaboración con Josep Llorens Artigas.
En las décadas de 1950 y 1960 realizó varios murales de gran tamaño para localizaciones tan diversas como la sede de la Unesco en París, la Universidad de Harvard o el aeropuerto de Barcelona; a partir de ese momento y hasta el final de su carrera alternaría la obra pública de gran tamaño (Dona i ocell, escultura), con el intimismo de sus bronces, collages y tapices.
En 1975 se inauguró en Barcelona la Fundación Miró, cuyo edificio diseñó su gran amigo Josep Lluís Sert.
– DIEGO VELÁZQUEZ

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nace en 1599 y está considerado como el pintor más famoso del Siglo de Oro español, además de ser uno de los maestros del Barroco y de la pintura universal, influenciando a los pintores realistas de generaciones posteriores. Considerado como uno de los mejores retratistas de la historia del arte.

Entre sus obras más famosas tenemos Las Meninas (1656) y La rendición de Breda (1635)
Sin duda, sus obras fueron de lo más enigmáticas y con toques de soberbia que llenaban de oscuridad sus cuadros. No por oscuridad, sino que sus colores eran muy oscuros. A pesar de ello, su fama no fue por la oscuridad, sino por su talento a la hora de crear. Debido a eso, se le ordenó como el “pintor del rey”, de manera que estaba alojado en las instalaciones reales, con trato exclusivo, en donde trabajó casi toda su vida para él.

Desde sus aposentos, comenzaron a salir los retratos que le hicieron famoso y en sus viajes, a Italia, consiguió que su arte se impregnara de influencias venecianas.
Ésta fue una de sus etapas, pero Velázquez, siempre fue recordado por cómo mantenía su esencia pero siempre evolucionaba según las tendencias. Por eso, sus cuadros, aparecen algunos oscuros y otros, dependiendo de la influencia, están más llenos de color. Podemos comparar, los movimientos y los colores del cuadro Vistas del jardín de la Villa Médicis, en Roma, con el cuadro El Bufón de Calabacillas.
Maestro sin par del arte pictórico, el sevillano Diego Velázquez adornó su carácter con una discreción, reserva y serenidad tal que, si bien mucho se puede decir y se ha dicho sobre su obra, poco se sabe y probablemente nunca se sabrá más sobre su psicología.
Joven disciplinado y concienzudo, no debieron de gustarle demasiado las bofetadas con que salpimentaba sus enseñanzas el maestro pintor Herrera el Viejo, con quien al parecer pasó una breve temporada, antes de adscribirse, a los doce años, al taller de ese modesto pintor y excelente persona que fuera Francisco Pacheco.
De él provienen las primeras noticias, al tiempo que los primeros encomios, del que sería el mayor pintor barroco español y, sin duda, uno de los más grandes artistas del mundo en cualquier edad.

Detalle de un Autorretrato de Velázquez (c. 1645)
- La mirada melancólica
Diego Velázquez fue hijo primogénito de un hidalgo no demasiado rico perteneciente a una familia oriunda de Portugal, tal vez de Oporto, aunque ya nacido en Sevilla, llamado Juan Rodríguez, y de Jerónima Velázquez, también mujer de abolengo pero escasa de patrimonio.
En el día de su bautismo, Juan echó las campanas al vuelo (previo pago de una módica suma al sacristán), convidó luego a los allegados a clarete y a tortas de San Juan de Alfarache y entretuvo a la chiquillería vitoreante con monedas de poco monto que arrojó por la ventana.
No le había de defraudar este dispendio y estos festejos el vástago recién llegado, que se mostró dócil a los deseos paternos durante su infancia e ingresó en el taller de Francisco Pacheco sin rechistar.
El muchacho dio pruebas precocísimas de su maña como dibujante, y aprendía tan vertiginosamente el sutil arte de los colores que el bueno de Pacheco no osó torcer su genio y lo condujo con suavidad por donde la inspiración del joven lo llevaba. Entre maestro y discípulo se estrechó desde entonces una firme amistad basada en la admiración y en el razonable orgullo de Pacheco y en la gratitud del despierto muchacho. Estos lazos terminaron de anudarse cuando el viejo pintor se determinó a otorgar la mano de su hija Juana a su aventajado alumno de diecinueve años.
Sobre las razones que le decidieron a favorecer este matrimonio escribe Pacheco: «Después de cinco años de educación y enseñanza le casé con mi hija, movido por su virtud, limpieza, y buenas partes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio. Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quiere atribuir esta gloria, quitándome la corona de mis postreros años.
No tengo por mengua aventajarse el maestro al discípulo, ni perdió Leonardo de Vinci por tener a Rafael por discípulo, ni Jorge de Castelfranco a Tiziano, ni Platón a Aristóteles, pues no le quitó el nombre de divino.»
- A la conquista de la corte
Pronto se le hizo pequeña Sevilla a Velázquez e intentó ganar una colocación en la corte, donde se había instalado recientemente Felipe IV, rey de pocas luces diplomáticas aunque muy aficionado a las artes y que con el tiempo llegaría a sentir por el pintor una gran devoción y hasta una rara necesidad de su compañía.
En su primer viaje a Madrid no tuvo suerte, pues tenía menester de muchas recomendaciones para acceder a palacio y se volvió a su tierra natal sin haber cosechado el menor éxito. Hubiera sido una verdadera lástima que su protector y suegro no le hubiese encarecido y animado a intentarlo de nuevo al año siguiente, porque de otro modo el prometedor Diego hubiera quedado confinado en un ambiente excesivamente provinciano, ajeno a los nuevos aires que circulaban por los ambientes cosmopolitas de las cortes de Europa.

Tres músicos (c. 1618)
En Sevilla, durante lo que se ha dado en llamar, con artificio erudito de historiador, su primera época (aunque la obra de Velázquez es el resultado de una búsqueda incesante), su estilo sigue al de los manieristas y los estudiosos del arte veneciano, como Juan de Roelas, pero adoptando los claroscuros impresionantes de Caravaggio, si bien esta última influencia ha sido discutida.
No obstante, Velázquez se decantará pronto por un realismo barroco, audaz y estremecido, grave y lleno de contrastes, seguido igualmente por Francisco de Zurbarán o Alonso Cano.
Dicho realismo, en su vertiente más popular, había sido frecuentado por la literatura de la época, y ese mismo aire de novela picaresca aparece en los Almuerzos que guardan los museos de Leningrado y Budapest, así como en Tres músicos, donde, sin embargo, desaparece el humor para concentrarse el tema en la descripción de la maltrecha dignidad de sus protagonistas.
Más curioso es aún cómo, también por aquella época, utiliza los encargos de asuntos religiosos para arrimar el ascua a su sardina y, dejando en un fondo remoto el episodio que da título al cuadro, pasan a un primer plano de la representación rudos personajes del pueblo y minuciosos bodegones donde se acumulan los objetos de la pobre vida cotidiana.
Es el caso de Cristo en casa de Marta y María, cuadro en el que adquiere plena relevancia la cocina y sus habitantes, el pescado, las vasijas, los elementos más humildes.
El Museo del Prado guarda igualmente pinturas del período sevillano, como el espléndido lienzo La adoración de los Reyes Magos, fechado en 1619 (poco después de su matrimonio y de que Juana le diese descendencia), y donde se ha querido ver, sobre todo en los rasgos infantiles del Niño Jesús, un homenaje a su familia y un hálito de la felicidad del flamante padre.
Es seguro, por lo demás, que los Reyes Magos son auténticos retratos, no idealizaciones más o menos convencionales, y en ello se revela también la verdadera vocación de quien sería el más grande retratista de su tiempo.
En su segunda intentona en Madrid, ya convenientemente pertrechado de avales, recibió Velázquez las mercedes y favores del conde-duque de Olivares, quien le consiguió su gran oportunidad al recomendarle para que hiciera un retrato del nuevo monarca.
Felipe IV quedó tan complacido por esta obra que inmediatamente lo nombró pintor de la corte, obligando a Velázquez a trasladar su residencia a la capital y a vivir en el Palacio Real. En sus primeros años madrileños, el artista fue sustituyendo sus característicos tonos terrosos por una insólita gama de grises que con el tiempo sería su recurso más admirable y un vivo exponente de su genio sutil.
- La impresión del paisaje
Hacia 1629 pinta Velázquez su primer gran cuadro de tema mitológico, llamado Los borrachos porque el asunto dedicado a Baco se convierte en sus manos en una estampa de las francachelas populares de la época; al año siguiente llega a Madrid Rubens, con quien mantuvo una buena y leal amistad; Rubens le recomienda que no deje de visitar Italia, donde su arte podrá depurarse y ennoblecerse.
Empeñado desde entonces en ello, consigue, tras mucho insistir, licencia del rey y, saliendo del puerto de Barcelona, desembarca en Génova en 1629. Visita Verona, Ferrara, Loreto, Bolonia, Nápoles y Roma, sin apenas pintar nada, pero estudiándolo todo, memorizando gamas de colores, audaces composiciones, raras atmósferas, luces insólitas.

Los borrachos o El triunfo de Baco (c. 1629)
Probablemente entonces, aunque hay quien sostiene que fue en su segundo viaje a Roma, pinta las maravillosas Vistas del jardín de la Villa Médicis en Roma. En estos deliciosos parajes vivió el español gracias a la recomendación de su embajador y allí, al aire libre, tomó sus apuntes geniales.
Son, en realidad, paisajes románticos, melancólicos, intemporales, casi impresionistas por su libertad de trazo, pese a ser en más de dos siglos anteriores a los cuadros de ese estilo, y quizás aún más perfectos en la captura del instante luminoso huidizo, del aire limpio y quieto apresado por la tupida vegetación y la escenográfica arquitectura.
Y lo más asombroso es que estas imágenes que hoy conserva el Museo del Prado, inolvidables cuando se han visto una sola vez, fueron pintadas como al desgaire, como ejercicio ocioso y gratuito, sobre pequeños lienzos que no alcanzan el medio metro de alto y poco menos de ancho, pero que resumen, con impecable evidencia, la suprema sabiduría alcanzada en aquellos años por Velázquez.
Bien es cierto que, a su regreso a España, realizó obras de mayor envergadura y empaque, como La rendición de Breda, también conocida por Las lanzas, pero en esta pintura de compromiso, terminada en 1635 para el Salón de los Reinos en el recién inaugurado Palacio del Buen Retiro, también conmueve más lo anecdótico que la pomposa rememoración del pasado triunfo de un predecesor de Felipe IV.

La rendición de Breda o Las lanzas (1635)
Durante los años treinta y cuarenta del siglo fue Velázquez el pintor no sólo de su abúlico rey, sino de las «sabandijas de palacio», de los bufones como El Bobo de Coria, Diego de Acedo el Primo y el Niño de Vallecas, y después de su segundo viaje a Italia para comprar obras de arte en nombre de Su Majestad, su paleta produjo tres obras maestras insuperables y sumamente conocidas.
La Venus del espejo, conservada en la National Gallery de Londres, es célebre por ser uno de los pocos desnudos de autor español de la época que se han conservado, aunque se le supongan hasta tres más al pintor sevillano, para el cual tal vez sirviera de modelo la escandalosa y bella actriz Damiana, amante del alocado marqués de Heliche.
Para la realización de Las Hilanderas, radicada actualmente en el Museo del Prado, Velázquez plantó su caballete en la Fábrica de Tapices de la calle de Santa Isabel de Madrid. La representación del momento irrepetible de las mujeres alrededor de la rueca giratoria hizo pronto olvidar que se trataba de un tema mitológico (la fábula de Palas y Aracne), creyéndose desde antiguo que se trataba de un cuadro de género.
- Las Meninas
De entre los retratos que realizó de la familia real, hay uno que goza de inmensa fama, y se ha convertido en el paradigma de la obra del pintor: Velázquez y la familia real o Las Meninas. Este cuadro, que ha dado lugar a multitud de interpretaciones, tiene como marco espacial la habitación más importante del apartamento del palacio Real en el que vivía el pintor.
En la obra aparece el mismo Velázquez frente al caballete con la cruz de la Orden de Santiago, aunque la distinción fue añadida después de su muerte por orden del rey, ya que Velázquez todavía no la había recibido cuando pintó el cuadro.
En el fondo de la habitación, un espejo refleja la imagen del rey y de la reina; en el centro aparece la infanta Margarita acompañada por dos doncellas reales, y a la derecha del cuadro, en primer plano, figuran la enana Mari-Bárbola y el enano Nicolás de Pertusato, que intenta despertar con el pie a un mastín tumbado en el suelo. Detrás de este grupo hay dos figuras y finalmente, al lado de la escalera, vemos al mayordomo de la reina.

La composición es de una gran complejidad y constituye un extraordinario ejemplo de pintura de una pintura: los reyes se representan indirectamente, vistos a través de un espejo, mientras que por lo que respecta a los protagonistas de la obra, la infanta y sus acompañantes, no se sabe si son el tema del cuadro en que está trabajando Velázquez o bien si están mirando pintar al artista.
Por último, el espectador se siente incluido en el espacio del cuadro, ya que el espejo con las imágenes de los reyes le hace suponer que los monarcas están contemplando la misma escena que él pero a sus espaldas.
Dicho de otro modo, el espectador ocupa ilusoriamente el lugar de los retratados, el lugar de los reyes, y este hecho ha dado pábulo a incesantes especulaciones. Desde el punto de vista de la factura, es una obra de prodigiosa ejecución, incluso dentro de la pintura del artista. Las pinceladas son como toques de luz que modelan los vestidos y los cuerpos, dotándolos de una gran vivacidad.
Por empeño personal de Felipe IV, Velázquez recibiría, un año antes de morir en Madrid el 6 de agosto de 1660, la preciada distinción de caballero de la Orden de Santiago, un honor no concedido nunca ni antes ni después a pintor alguno.
Y aunque, al demoler la iglesia, nadie recordaba que sus restos habían sido sepultados en la Parroquia de San Juan Bautista, cuando en 1990 se organizó una magna retrospectiva de su obra en el Museo del Prado, miles y miles de personas llegadas de todos los puntos cardinales afluyeron incesantemente para reír el gesto idiota del bufón Calabacillas, admirar la pincelada que plasma el vestido de una infanta, interrogar la estampa ecuestre del conde duque de Olivares y respirar el aire penumbroso del siglo XVII aquietado e inmortalizado en los cuadros de Velázquez.
– SALVADOR DALÍ

(Figueres, Gerona, 1904 – 1989) Pintor español. Si bien parte del inmenso prestigio y popularidad de que gozó ya en vida se debió a sus estrafalarias e impostadas excentricidades, Salvador Dalí acertó a insuflar nueva vida al surrealismo europeo hasta convertirse en su más conocido representante; sus confusas ideas estéticas (el llamado método paranoico-crítico) fueron mucho menos decisivas que sus impactantes composiciones, a las que trasladó con magistral precisión técnica un personalísimo universo onírico y simbólico, tan nítido y luminoso como profundamente inquietante y perturbador.
Salvador Dalí nace en 1904 y es conocido como máximo exponente del Surrealismo y el Dadaísmo más allá de sus obras. Personaje polifacético, excéntrico y enamorado de su musa Gala, la obra de Dalí saltó fronteras siendo uno de los artistas más reconocidos en Estados Unidos donde es considerado un genio artístico.

Entre sus obras más famosas tenemos La persistencia de la memoria (1931), El gran masturbador (1929) y Gala Contemplating the Mediterranean Sea (1976).
Y es que Salvador Dalí, sin duda el pintor más extravagante de todos los tiempos cuyas obras han llegado a crear odio o amor, desde los puntos más extremos, dependiendo de su entendimiento y su recepción a la hora de admirar un cuadro.
Quién diría que sus obras fueron inspiradas por alguien que fue encarcelado, por marcharse de una clase de arte. Allí, en la cárcel, recibió una prensa para grabado que le mandó su padre y la visita de su compañero de clase, Federico García Lorca, que creaba versos en su “Oda a Dalí” y que leía a toda su familia, tras componerlos y así recordar a su compañero encarcelado, injustamente.

Sus obras surrealistas siempre llamaron la atención, especialmente sus famosos relojes de agua y sus elefantes con patas de mosquito.

Salvador Dalí
Salvador Dalí nació en una madrugada de la primavera de 1904 en el seno de una familia burguesa, hijo de un notario bienpensante y de una sensible dama aficionada a los pájaros. Muchos años más tarde escribiría en su autobiografía La vida secreta de Salvador Dalí (1942): «A los tres años quería ser cocinero.
A los cinco quería ser Napoleón. Mi ambición no ha hecho más que crecer y ahora es la de llegar a ser Salvador Dalí y nada más. Por otra parte, esto es muy difícil, ya que, a medida que me acerco a Salvador Dalí, él se aleja de mí».
Puesto que la persecución sería incesante y el objetivo no habría de alcanzarse nunca, y dado que en ningún recodo de su biografía estaba previsto que hallara el equilibrio y la paz, Dalí decidió ser excesivo en todo, interpretar numerosos personajes y sublimar su angustia en una pluralidad de delirios humorísticos y sórdidos.
Se definió a sí mismo como «perverso polimorfo, rezagado y anarquizante», o «blando, débil y repulsivo», aunque para conquistar esta laboriosa imagen publicitaria antes hubo de salvar algunas pruebas iniciáticas, y si el juego favorito de su primera infancia era vestir el traje de rey, ya a los diez años, cuando se autorretrata como El niño enfermo, explora las ventajas de aparentar una constitución frágil y nerviosa.
Su precocidad es sorprendente: a los doce años descubre el estilo de los impresionistas franceses y se hace impresionista; a los catorce ya ha trabado conocimiento con el arte de Picasso y se ha hecho cubista, y a los quince se ha convertido en editor de la revista Studium, donde dibuja brillantes pastiches para la sección titulada «Los grandes maestros de la Pintura».
- La Residencia de Estudiantes
En 1921 abandona su Cataluña natal y se traslada a Madrid, donde ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Instalado en la Residencia de Estudiantes, se hace amigo del gran poeta granadino Federico García Lorca y del futuro cineasta surrealista Luis Buñuel, de quien sin embargo se distanciará irreversiblemente en 1930.
En la capital adopta un extraordinario atuendo: lleva los cabellos largos, una corbata desproporcionadamente grande y una capa que arrastra hasta los pies. A veces luce una camisa azul cielo adornada con gemelos de zafiro, se sujeta el pelo con una redecilla y lo lustra con barniz para óleo. Es difícil que su presencia pase desapercibida.
En los revueltos y conflictivos meses de 1923 sufre un desafortunado contratiempo. En la Academia de Bellas Artes a la que está adscrito se producen manifestaciones en contra de un profesor, y antes de que dé comienzo el discurso oficial y se desate la violenta polémica, Salvador abandona la sala.
Las autoridades creen que este gesto suyo ha sido la señal de ataque y rebelión y deciden expulsarlo durante un año. Después, de nuevo en Figueres, los guardias vienen a detenerlo y pasa una temporada en la cárcel.

La persistencia de la memoria (1931)
A la salida de prisión recibirá dos alegrías. La primera, una prensa para grabado que su padre le regala, y la segunda, la visita de su excelente compañero de la Residencia de Estudiantes de Madrid, Federico García Lorca, quien en las calurosas noches del verano de Cadaqués lee a toda la familia Dalí sus versos y dramas recién compuestos.
Es allí, junto al Mediterráneo, donde García Lorca redacta la célebre «Oda a Salvador Dalí», publicada unos años después, en 1929, en la Revista de Occidente. Pronto será también Luis Buñuel quien llegue a Cadaqués para trabajar con su amigo Salvador en un guión cinematográfico absolutamente atípico y del que surgirá una película tan extraña como es Un perro andaluz (1929).
- En París
En 1927 Dalí viaja por primera vez a París, pero es al año siguiente cuando se establece en la capital francesa. Se relaciona con Pablo Picasso y Joan Miró y, con la ayuda de este último, se une al grupo surrealista que lidera el poeta André Breton.
En 1929 expone en la Galería Goemans y obtiene ya un gran éxito; las originales imágenes de sus cuadros, en las que los objetos se muestran con irritante precisión, parecen adentrarse en unas profundidades psíquicas anormales y revelar un inconsciente alucinatorio y cruel.
Pero Breton terminará expulsándolo del movimiento algunos años después, en una memorable sesión de enjuiciamiento a la que Dalí compareció cubierto con una manta y con un termómetro en la boca, aparentando ficticiamente estar aquejado de fiebre y convirtiendo así el opresivo juicio en una ridícula farsa.
La triple acusación a la que tuvo entonces que enfrentarse Dalí fue coquetear con los fascismos, hacer gala de un catolicismo delirante y sentir una pasión desmedida e irrefrenable por el dinero. A esto precisamente alude el célebre apodo anagramático con que sería motejado por Breton, Avida dolars, acusación que, lejos de desagradar al pintor, le proporcionaba un secreto e irónico placer.
De hecho, después de conocer a la que sería su musa y compañera durante toda su vida, Gala, entonces todavía esposa de otro surrealista, el poeta Paul Éluard, Dalí declaró románticamente: «Amo a Gala más que a mi madre, más que a mi padre, más que a Picasso y más, incluso, que al dinero.»

Gala y Dalí
Salvador Dalí se enamoró de Gala en el verano de 1929 y con ella gozó por primera vez de las mieles del erotismo. Es la época en que pinta Adecuación del deseo, Placeres iluminados y El gran masturbador, pintura esta última que fue atacada y desgarrada por el fanático grupo puritano los Camelots du Roy.
Mientras tiene lugar la exposición de sus obras en la Galería Goemans de París, la joven y apasionada pareja se refugia y aísla en la Costa Azul, pasando los días y las noches encerrados en una pequeña habitación de un hotel con los postigos cerrados.
Enterado de la vida disoluta de su hijo por un artículo de Eugenio d’Ors aparecido en La Gaceta Literaria, el padre de Dalí rompe relaciones con su vástago; pero ello no debió afectarlo demasiado, o quizás sí, puesto que es en esa época cuando el artista realiza lo mejor de su obra, como el célebre cuadro La persistencia de la memoria (1931), donde blandos relojes cuelgan de la rama de un árbol, del borde de un pedestal y sobre una misteriosa forma tendida en la vasta extensión de la playa.
- El surrealismo daliniano
Antes de llegar a París, el artista había realizado su primera exposición en las Galerías Dalmau de Barcelona, en 1925, y su obra había transitado por el cubismo y las corrientes realistas, como en Muchacha en la ventana (1925) o su primera Cesta de pan (1926).
Cuando Dalí se incorporó al grupo surrealista, el movimiento atravesaba momentos de fuertes contradicciones internas. La vitalidad y extravagancia de aquella joven promesa española resultó decisiva para la renovación y proyección del grupo, del que también por su parte absorbió energías que resultaron en la etapa más apreciada de su obra.
En teoría, sus mejores cuadros fueron el fruto de la aplicación del llamado «método paranoico-crítico», que Dalí definió como un sistema espontáneo de conocimiento irracional «basado en la asociación interpretativo-crítica de los fenómenos delirantes».
Tal metodología propugna un alejamiento de la realidad física en favor de la realidad mental: gracias a un uso controlado de la alucinación y del sueño (lo paranoico o irracional debe someterse a la lucidez interpretativa o crítica), los objetos de la vida cotidiana se convierten en iconos de los deseos y temores del ser humano.
A través de sus obras y siguiendo los dictados de las teorías freudianas, el artista saca a la luz los aspectos más ocultos de su vida erótica, sus fantasías y sus deseos. Dalí pretendía que sus telas fueran contempladas como sueños pintados; sus imágenes de relojes blandos, miembros hipertróficos sostenidos por muletas y elefantes de patas zancudas, por citar algunas de las más conocidas, son a la vez expresión y liberación de las obsesiones sexuales y de la angustia ante la muerte.

El gran masturbador (1929)
Probablemente para Dalí eran menos relevantes su teorizaciones que el tono provocador e irónico con que las exponía. En cualquier caso, la plasmación de sus obsesiones personales es el motivo que aglutina la mayor parte de sus telas en esta etapa, en la que se sirvió de las técnicas del realismo ilusionista más convencional para impactar al público con sus insólitas e inquietantes visiones, que a menudo aluden directamente a la sexualidad. El gran masturbador (1929, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid) es en este sentido una obra paradigmática de este periodo.
Una magnífica ilustración del método es el cuadro titulado Mercado de esclavos con el busto evanescente de Voltaire (1940, Fundación Reynolds-Morse, Cleveland), en el que el rostro del filósofo está constituido por dos figuras que, simultáneamente, forman parte del grupo humano del segundo término. A la izquierda, contempla la escena una mujer que se apoya en una mesa; el contenido de los fruteros sobre la mesa es a su vez parte del conjunto de figuras que participan en el mercado que da título a la tela.

Mercado de esclavos con el busto evanescente de Voltaire (1940)
El enigma sin fin (1938, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid) o las múltiples reinterpretaciones delirantes del famoso Ángelus de Millet constituyen otros excelentes ejemplos de ese reiterado juego de perversión significativa de la imagen.
La obsesión paranoica de que bajo el aparente misticismo de la escena campesina latía la presencia de la muerte llevó a Dalí a pedir al Louvre que realizara una radiografía del cuadro, lo que permitió ver en el lugar que ocupa la carretilla el contorno de un ataúd que Millet había pintado originalmente, confirmando así su propia intuición paranoica.
- La consagración internacional
Unos pocos años en el grupo bastaron para que Dalí se convirtiese en la gran figura del surrealismo y su obra alcanzase una considerable resonancia internacional. En 1934 viaja con su ya inseparable Gala a Estados Unidos, donde desembarca y se presenta ante los periodistas con un enorme pan cocido por el cocinero del trasatlántico que les ha transportado.
En sus erráticas manifestaciones no duda en asociar el mito hitleriano con el teléfono y a Lenin con el béisbol. Son todas bromas absurdas que tratan de quitar hierro a una situación política amenazante.
Dos años después se desata la atroz guerra civil en España y una de las primeras muestras de la probidad de los militares insurrectos es el infame asesinato de su amigo Federico García Lorca, crimen que conmocionó a la opinión pública mundial. Dalí escribió: «Lorca tenía personalidad para dar y vender, la suficiente para ser fusilado, antes que cualquier otro, por cualquier español.»
En 1938 conoce por fin, gracias al escritor vienés Stefan Zweig, a Sigmund Freud, quien había sido el gran inspirador de la estética surrealista, de la que Dalí no se siente marginado pese a las bravatas de Breton; por el contrario, se considera el único y más genuino exponente del movimiento.
El padre del psicoanálisis había dado pábulo a la nueva indagación del inconsciente con su libro La interpretación de los sueños (1900), pero nunca se había tomado demasiado en serio a sus jóvenes admiradores de París.
No obstante, el 20 de julio de 1938, tras el encuentro, Freud anotó en su diario: «Hasta entonces me sentía tentado de considerar a los surrealistas, que aparentemente me han elegido como santo patrón, como locos integrales (digamos al 95%, como el alcohol puro).
Aquel joven español, con sus espléndidos ojos de fanático e innegable dominio técnico, me movió a reconsiderar mi opinión». Por su parte, el artista realizó asombrosos y alucinantes retratos del «santo patrón» de los surrealistas.

Premonición de la Guerra Civil (1936)
Instalado otra vez en Nueva York en 1939, Dalí acepta un encargo para decorar unos escaparates comerciales. El tema que elige es el del Día y la Noche, el primero evocado por un maniquí que se mete en una bañera peluda y la segunda por medio de brasas y paños negros extendidos, pero la dirección modifica el decorado sin consultar al autor.
Dalí, iracundo, vuelca la bañera de astracán llena de agua y la lanza contra los cristales del escaparate produciendo un gran estrépito y un notable destrozo. Pese a que la opinión pública norteamericana le aplaude el vigor con que ha sabido defender la propiedad intelectual, es juzgado por los tribunales y condenado a pagar los desperfectos.
Tampoco consigue concluir su siguiente proyecto para decorar un pabellón de la Feria Internacional de Nueva York, el cual debía llevar el significativo título de Sueño de Venus.
El desarrollo de la Guerra Civil española (cuyo estallido había intuido en Construcción blanda con judías hervidas, luego titulado Premonición de la Guerra Civil, 1936) y el presagio de la Segunda Guerra Mundial habían provocado en Dalí el deseo de refugiarse en un mundo sin conflictos, y sublimó su experiencia surrealista retomando la iconografía renacentista e interesándose, sobre todo, por el valor económico de sus cuadros; esto le convirtió en el Avida dolars con que Breton, reordenando las letras de su nombre, le había bautizado.
De particular relevancia en cuanto a la evolución de su obra resulta el viaje que realizó a Italia en 1937; tras el contacto directo con los clásicos, adquirió cierto gusto por los temas religiosos y por una técnica más academicista, que durante mucho tiempo seguiría aplicando, no obstante, a lo onírico y extraño; pueden destacarse, entre otros muchos ejemplos, lienzos como Madonna de Port Lligat (1950, Museo Minami, Tokio), Crucifixión (1954, Museo Metropolitano, Nueva York) y La última cena (1955, National Gallery, Washington). Al mismo tiempo, el pintor producía una enorme cantidad de objetos decorativos carentes de la fuerza transgresora de sus primeras obras surrealistas.

- Últimos años
En 1948 regresó a España, fijando su residencia de nuevo en Port Lligat y hallando en el régimen del general Francisco Franco toda suerte de facilidades.
El gobierno incluso declaró aquel rincón catalán que tanto fascinaba al pintor «Paraje pintoresco de interés nacional».
Para muchos historiadores del arte lo mejor de su obra ya había sido realizado y, sin embargo, aún le quedaban cuarenta años de caprichosa producción y de irreductible endiosamiento y exhibicionismo, con apariciones públicas del estilo de la que protagonizó en diciembre de 1955, cuando se personó en la Universidad de la Sorbona de París para dar una conferencia en un Rolls Royce repleto de coliflores.
En vida del artista incluso se fundó un Museo Dalí en Figueres; ese escenográfico, abigarrado y extraño monumento a su proverbial egolatría es uno de los museos más visitados de España.
Durante los años setenta, Dalí, que había declarado que la pintura era «una fotografía hecha a mano», fue el avalador del estilo hiperrealista internacional que, saliendo de su paleta, no resultó menos inquietante que su prolija indagación anterior sobre el ilimitado y equívoco universo onírico.
Pero quien más y quien menos recuerda mejor que sus cuadros su repulsivo bigote engominado, y no falta quien afirme haberlo visto en el Liceo, el lujoso teatro de la ópera de Barcelona, elegantemente ataviado con frac y luciendo en el bolsillo de la pechera, a guisa de vistoso pañuelo, una fláccida tortilla a la francesa.
En su testamento, el controvertido artista legaba gran parte de su patrimonio al Estado español, provocando de ese modo incluso después de su muerte (acaecida en 1989, tras una larga agonía) nuevas y enconadas polémicas.
El novelista Italo Calvino escribió que «nada es más falsificable que el inconsciente»; acaso esta verdad paradójica y antifreudiana sea la gran lección del creador del método paranoico-crítico, de ese maestro del histrionismo y la propaganda, de ese pintor desaforado y perfeccionista, de ese eximio prestidigitador y extravagante ciudadano que fue Salvador Dalí.
El chiflado prolífico del Ampurdán, la llanura catalana barrida por el vertiginoso viento del norte que recoge las suaves olas del mar Mediterráneo en una costa tortuosa y arriscada, descubrió el arte de la mixtificación y el simulacro, de la mentira, el disimulo y el disfraz antes incluso de aprender a reproducir los sueños con la exactitud de su lápiz.
Su longeva existencia, tercamente consagrada a torturar la materia y los lienzos con los frutos más perversos de su feraz imaginación, se mantuvo igualmente fiel a un paisaje deslumbrante de su infancia: Port Lligat, una bahía abrazada de rocas donde el espíritu se remansa, ora para elevarse hacia los misterios más sublimes, ora para corromperse como las aguas quietas.
Místico y narcisista, impúdico exhibidor de todas las circunstancias íntimas de su vida y quizás uno de los mayores pintores del siglo XX, Salvador Dalí convirtió la irresponsabilidad provocativa no en una ética, pero sí en una estética, una lúgubre estética donde lo bello ya no se concibe sin que contenga el inquietante fulgor de lo siniestro.
– FRANCISCO DE GOYA

Francisco de Goya y Lucientes nace en 1746 y está considerado como pintores que iniciaron la estética del Romanticismo, además de ser precursor de las vanguardias pictóricas del siglo XX con sus obras maduras. Es también muy conocido por su talento como retratista al representar el aspecto psicológico de sus modelos más allá de su apariencia.
También fue famoso por la cantidad de autorretratos que se hacía, gracias a los cuales, se le puso seguir la pista, desde bien joven.
Su obra siempre podía plasmarse en cualquier parte, de manera que destacaba por grandes cuadros pintados en caballete, mural, a modo de grabados y en forma de dibujos. Su arte, contemplaba las diferentes fuentes en las que se podían plasmar sus obras.

Entre sus obras más famosas tenemos El tres de mayo de 1808 en Madrid (1814) y Saturno devorando a su hijo (1823)

A pesar de la fama de muchos de sus cuadros, ya no sólo por lo que hacían sentir y recordar, sino por lo perturbadores que podían ser, tuvo cuadros que se acercaban más al realismo y entre ellos, no podemos dejar fuera a la Maja Desnuda. Un cuadro de la época en donde mostraba a la mujer sensual, de la manera más natural posible.
Nadie fue más sordo que Goya al siglo XIX, pese a haber cumplido en él casi tres décadas y haber sobrevivido a sus feroces guerras. Se quedó sordo de verdad cuando amanecía la centuria, pero no ciego. Y a fuer de mirar a su aire se convirtió en un visionario. Ese hombre cabal, lúcido y baturro gestó las pesadillas que creemos tan nuestras afincado en un Versalles provinciano y en una Ilustración de pueblo.
La dieciochesca y acanallada España que le tocó vivir le valió para todo y para nada. Su tozudez y brío fueron su patrimonio; con tales alforjas saltó desde su infancia hasta la infancia de las vanguardias, que en el siglo XX lo reivindicaron como maestro. Nadie se explica aún ese raro fenómeno: fue un pintor y un profeta solitario venido desde antiguo hasta ahora mismo sin pasar por la historia.
Francisco de Goya nació en el año 1746, en Fuendetodos, localidad de la provincia española de Zaragoza, hijo de un dorador de origen vasco, José, y de una labriega hidalga llamada Gracia Lucientes. Avecinada la familia en la capital zaragozana, entró el joven Francisco a aprender el oficio de pintor en el taller del rutinario José Luzán, donde estuvo cuatro años copiando estampas hasta que se decidió a establecerse por su cuenta y, según escribió más tarde él mismo, «pintar de mi invención».
A medida que fueron transcurriendo los años de su longeva vida, este «pintar de mi invención» se hizo más verdadero y más acentuado, pues sin desatender los bien remunerados encargos que le permitieron una existencia desahogada, Goya dibujó e hizo imprimir series de imágenes insólitas y caprichosas, cuyo sentido último, a menudo ambiguo, corresponde a una fantasía personalísima y a un compromiso ideológico, afín a los principios de la Ilustración, que fueron motores de una incansable sátira de las costumbres de su tiempo.
Pero antes de su viaje a Italia en 1771, el arte de Goya es balbuciente y tan poco académico que no obtiene ningún respaldo ni éxito alguno; incluso fracasó estrepitosamente en los dos concursos convocados por la Academia de San Fernando en 1763 y 1769.
Las composiciones de sus pinturas se inspiraban, a través de los grabados que tenía a su alcance, en viejos maestros como Simon Vouet, Carlo Maratta o Correggio, pero a su vuelta de Roma, escala obligada para el aprendizaje de todo artista, sufrirá una interesantísima evolución ya presente en el fresco del Pilar de Zaragoza titulado La gloria del nombre de Dios.
Todavía en esta primera etapa, Goya se ocupa más de las francachelas nocturnas en las tascas madrileñas y de las majas resabidas y descaradas que de cuidar de su reputación profesional, y apenas pinta algunos encargos que le vienen de sus amigos los Bayeu.
De los tres hermanos pintores (Ramón, Manuel y Francisco Bayeu), el último, que era doce años mayor que él, fue su inseparable compañero y protector. También hermana de éstos era Josefa, con la que contrajo matrimonio en Madrid en junio de 1773, año decisivo en la vida del pintor porque en él se inaugura un nuevo período de mayor solidez y originalidad.

Detalle de su primer Autorretrato (hacia 1773)
Por esas mismas fechas pinta el primer autorretrato que le conocemos, y no faltan historiadores del arte que supongan que lo realizó con ocasión de sus bodas. En él aparece como lo que siempre fue: un hombre tozudo, desafiante y sensual.
El cuidadoso peinado de las largas guedejas negras indica coquetería; la frente despejada, su clara inteligencia; sus ojos oscuros y profundos, una determinación y una valentía inauditas; los labios gordezuelos, una afición sin hipocresía por los placeres voluptuosos; y todo ello enmarcado en un rostro redondo, grande, de abultada nariz y visible papada.
- Cartonista de la Fábrica de Tapices
Poco tiempo después, algo más enseriado con su trabajo y asiduo de la tertulia de los neoclásicos presidida por Leandro Fernández de Moratín, en la que concurrían los más grandes y afrancesados ingenios de su generación, obtuvo el encargo de diseñar cartones para la Real Fábrica de Tapices de Madrid, género donde pudo desenvolverse con relativa libertad, hasta el punto de que las 63 composiciones de este tipo realizadas entre 1775 y 1792 constituyen lo más sugestivo de su producción de aquellos años.
Tal vez el primero que llevó a cabo sea el conocido como Merienda a orillas del Manzanares, con un tema original y popular que anuncia una serie de cuadros vivos, graciosos y realistas: La riña en la Venta Nueva, El columpio, El quitasol y, sobre todo, allá por 1786 o 1787, El albañil herido.
Este último, de formato muy estrecho y alto, condición impuesta por razones decorativas, representa a dos albañiles que trasladan a un compañero lastimado, probablemente tras la caída de un andamio. El asunto coincide con una reivindicación del trabajador manual, a la sazón peor vistos casi que los mendigos por parte de los pensadores ilustrados.
Contra este prejuicio se había manifestado en 1774 el conde de Romanones, afirmando que «es necesario borrar de los oficios todo deshonor, sólo la holgazanería debe contraer vileza».
Asimismo, un edicto de 1784 exige daños y perjuicios al maestro de obras en caso de accidente, establece normas para la prudente elevación de andamios, amenaza con cárcel y fuertes multas en caso de negligencia de los responsables y señala ayudas económicas a los damnificados y a sus familias. Goya coopera, pues, con su pintura, en esta política de fomento y dignificación del trabajo, alineándose con el sentir más progresista de su época.

El quitasol (1776-78, Museo del Prado)
Hacia 1776, Goya recibe un salario de 8.000 reales por su trabajo para la Real Fábrica de Tapices. Reside en el número 12 de la madrileña calle del Espejo y tiene dos hijos; el primero, Eusebio Ramón, nacido el 15 de diciembre de 1775, y otro nacido recientemente, Vicente Anastasio. A partir de esta fecha podemos seguir su biografía casi año por año.
En abril de 1777 es víctima de una grave enfermedad que a punto está de acabar con su vida, pero se recupera felizmente y pronto recibe encargos del propio príncipe, el futuro Carlos IV. En 1778 se hacen públicos los aguafuertes realizados por el artista copiando cuadros de Velázquez, pintor al que ha estudiado minuciosamente en la Colección Real y de quien tomará algunos de sus asombrosos recursos y de sus memorables colores en obra futuras.
- Pintor de la corte
Al año siguiente solicita sin éxito el puesto de primer pintor de cámara, cargo que finalmente es concedido a un artista diez años mayor que él, Mariano Salvador Maella.
En 1780, cuando Josefa concibe un nuevo hijo de Goya, Francisco de Paula Antonio Benito, ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con el cuadro Cristo en la cruz, que en la actualidad guarda el Museo del Prado de Madrid, y conoce al mayor valedor de la España ilustrada de entonces, Gaspar Melchor de Jovellanos, con quien lo unirá una estrecha amistad hasta la muerte de este último en 1811.
El 2 de diciembre de 1784 nace el único de sus hijos que sobrevivirá, Francisco Javier, y el 18 de marzo del año siguiente es nombrado subdirector de pintura de la Academia de San Fernando. Por fin, el 25 de junio de 1786, Goya y Ramón Bayeu obtienen el título de pintores del rey con un interesante sueldo de 15.000 reales al mes.

La familia de Carlos IV
A sus cuarenta años, el que ahora es conocido en todo Madrid como Don Paco se ha convertido en un consumado retratista, y se han abierto para él todas las puertas de los palacios y algunas, más secretas, de las alcobas de sus ricas moradoras, como la duquesa de Alba, por la que experimenta una fogosa devoción.
Impenitente aficionado a los toros, se siente halagado cuando los más descollantes matadores, Pedro Romero, Pepe-Hillo y otros, le brindan sus faenas, y aún más feliz cuando el 25 de abril de 1789 se ve favorecido con el nombramiento de pintor de cámara de los nuevos reyes Carlos IV y doña María Luisa de Parma.
- La enfermedad y el aislamiento
Pero poco tiempo después, en el invierno de 1792, cayó gravemente enfermo en Sevilla. Durante aquel año sufrió lo indecible; tras meses de postración, empezó a recuperarse, pero, como secuela de la enfermedad, había perdido capacidad auditiva. Además, andaba con dificultad y presentaba algunos problemas de equilibrio y de visión. Se recuperaría en parte, pero la sordera sería ya irreversible de por vida.
La historia ha especulado en múltiples ocasiones sobre cuál fue la enfermedad de Goya. Los médicos (fue atendido por los mejores facultativos del momento) no coincidieron en cuanto al diagnóstico. Algunos achacaron el mal a una enfermedad venérea, otros a una trombosis, otros al síndrome de Menière, que está relacionado con problemas del equilibrio y del oído. También, más recientemente, se ha creído que podía haberse intoxicado con algunos de los componentes de las pinturas que usaba.
Comenzó, entonces, una nueva etapa artística para Goya. Debido a la pérdida de audición y a las secuelas de la grave enfermedad que había padecido, el maestro tuvo que adaptarse a un nuevo tipo de vida. No menguó, pese a lo que se ha dicho en ocasiones, su capacidad productiva ni su genio creativo.
Siguió pintando y todavía realizaría grandes obras maestras de la historia del arte. La pérdida de capacidad auditiva le abriría, sin lugar a dudas, las puertas de un nuevo universo pictórico. Los graves problemas de comunicación y relación que ocasionaba la sordera harían también que Goya iniciase un proceso de introversión y aislamiento.
El pesimismo, la representación de una realidad deformada y el matiz grotesco de algunas de sus posteriores pinturas son, en realidad, una manifestación de su aislada y singular (aunque extremadamente lúcida) interpretación de la época que le tocó vivir.
Por obvios problemas de salud, Goya tuvo que dimitir como director de pintura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1797. Un año más tarde él mismo confesaba que no le era posible ocuparse de los menesteres de su profesión en la Real Fábrica de Tapices por hallarse tan sordo que tenía que comunicarse gesticulando.
- Majas y Caprichos
Desde los años de infancia, en las Escuelas Pías de Zaragoza, por donde Goya pasó sin pena ni gloria, unía al pintor una entrañable amistad, que perviviría hasta la muerte, con Martín Zapater, a quien a menudo escribía cartas donde dejaba constancia de pormenores de su economía y de otras materias personales y privadas.
Así, en epístola fechada en Madrid el 2 de agosto de 1794, menciona, bien que pudorosamente, la más juguetona y ardorosa de sus relaciones sentimentales: «Más te valía venirme a ayudar a pintar a la de Alba, que ayer se me metió en el estudio a que le pintara la cara, y se salió con ello; por cierto que me gusta más pintar en lienzo, que también la he de retratar de cuerpo entero.»
El 9 de junio de 1796 muere el duque de Alba, y en esa misma primavera Goya se traslada a Sanlúcar de Barrameda con la duquesa de Alba, con quien pasa el verano, y allí regresa de nuevo en febrero de 1797.
Durante este tiempo realiza el llamado Album A, con dibujos de la vida cotidiana, donde se identifican a menudo retratos de la graciosa doña Cayetana. La magnánima duquesa firma un testamento por el cual Javier, el hijo del artista, recibirá de por vida un total de diez reales al día.

Detalle de La maja vestida
De estos hechos arranca la leyenda que quiere que las famosísimas majas de Goya, La maja vestida y La maja desnuda, condenadas por la Inquisición como obscenas tras reclamar amenazadoramente la comparecencia del pintor ante el Tribunal, fueran retratos de la descocada y maliciosa doña Cayetana de Alba; en cualquier caso, es casi seguro que los lienzos fueron pintados por aquellos años.
También se ha supuesto, con grandes probabilidades de que sea cierto, que ambos cuadros estuvieran dispuestos como anverso y reverso del mismo bastidor, de modo que podía mostrarse, en ocasiones, la pintura más decente, y en otras, como volviendo la página, enseñar la desnudez deslumbrante de la misma modelo, picardía que por aquel tiempo era muy común en los ambientes ilustrados y libertinos de Francia.
Sea como fuere, las obras se hallaron en 1808 en la colección del favorito Godoy; eran conocidas por el nombre de «gitanas», pero el misterio de las mismas no estriba sólo en la comprometedora posibilidad de que la duquesa se prestase a aparecer ante el pintor enamorado con sus relucientes carnes sin cubrir y la sonrisa picarona, sino en las sutiles coincidencias y divergencias entre ambas.
De hecho, la maja vestida da pábulo a una mayor morbosidad por parte del espectador, tanto por la provocativa pose de la mujer como por los ceñidos y leves ropajes que recortan su silueta sinuosa, explosiva en senos y caderas y reticente en la cintura, mientras que, por el contrario, la piel nacarada de la maja desnuda se revela fría, académica y sin esa chispa de deliciosa vivacidad que la otra derrocha.
Un nuevo misterio entraña la inexplicable retirada de la venta, por el propio Goya, de una serie maravillosa y originalísima de ochenta aguafuertes titulada Los Caprichos, que pudieron adquirirse durante unos pocos meses en la calle del Desengaño nº 1, en una perfumería ubicada en la misma casa donde vivía el pintor.
Su contenido satírico, irreverente y audaz no debió de gustar en absoluto a los celosos inquisidores, y probablemente Goya se adelantó a un proceso que hubiera traído peores consecuencias después de que el hecho fuera denunciado al Santo Tribunal. De este episodio sacó el aragonés una renovada antipatía hacia los mantenedores de las viejas supersticiones y censuras y, naturalmente, una mayor prudencia cara al futuro, entregándose desde entonces a estos libres e inspirados ejercicios de dibujo según le venía en gana, pero reservándose la mayoría de ellos para su coleto y para un grupo selecto de allegados.

El sueño de la razón produce monstruos (Capricho nº 43)
Mientras, Goya va ganando tanto en popularidad como en el favor de los monarcas, hasta el punto de que puede escribir con sobrado orgullo a su infatigable corresponsal Zapater: «Los reyes están locos por tu amigo». En 1799, su sueldo como primer pintor de cámara asciende ya a 50.000 reales más cincuenta ducados para gastos de mantenimiento.
En 1805, después de haber sufrido dos duros golpes con los fallecimientos de la joven duquesa de Alba y de su muy querido Zapater, se casa su hijo Javier, y en la boda conoce Goya a la que será su amante de los últimos años: Leocadia Zorrilla de Weiss.
- El horror de la guerra
El 3 de mayo de 1808, al día siguiente de la insurrección popular madrileña contra el invasor francés, el pintor se echa a la calle, no para combatir con la espada o la bayoneta, pues tiene más de sesenta años y en su derredor bullen las algarabías sin que él pueda oír nada, sino para mirar insaciablemente lo que ocurre.
Con lo visto pintará algunos de los más patéticos cuadros de historia que se hayan realizado jamás: el Dos de mayo, conocido también como La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol de Madrid, y el lienzo titulado Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío de Madrid.
En Los fusilamientos del 3 de mayo, la solución plástica a esta escena es impresionante: los soldados encargados de la ejecución aparecen como una máquina despersonalizada, inexorable, de espaldas, sin rostros, en perfecta formación, mientras que las víctimas constituyen un agitado y desgarrador grupo, con rostros dislocados, con ojos de espanto o cuerpos yertos en retorcido escorzo sobre la arena encharcada de sangre.
Un enorme farol ilumina violentamente una figura blanca y amarilla, arrodillada y con los brazos formando un amplio gesto de desafiante resignación: es la figura de un hombre que está a punto de morir.

Los fusilamientos del 3 de mayo
Durante la llamada Guerra de la Independencia Española (1808-1814), Goya irá reuniendo un conjunto inigualado de estampas que reflejan en todo su absurdo horror la sañuda criminalidad de la contienda. Son los llamados Desastres de la guerra, cuyo valor no radica exclusivamente en ser reflejo de unos acontecimientos atroces, sino que alcanza un grado de universalidad asombroso y trasciende lo anecdótico de una época para convertirse en ejemplo y símbolo, en auténtico revulsivo, de la más cruel de las prácticas humanas.
El pesimismo goyesco irá acrecentándose a partir de entonces. En 1812 muere su esposa, Josefa Bayeu; entre 1816 y 1818 publica sus famosas series de grabados, la Tauromaquia y los Disparates; en 1819 decora con profusión de monstruos y sórdidas tintas una villa que ha adquirido por 60.000 reales a orillas del Manzanares, conocida después como la Quinta del Sordo: son las llamadas «pinturas negras», plasmación de un infierno aterrante, visión de un mundo odioso y enloquecido.
En el invierno de 1819 cae gravemente enfermo pero es salvado in extremis por su amigo el doctor Arrieta, a quien, en agradecimiento, regaló el cuadro titulado Goya y su médico Arrieta (1820, Institute of Art, Minneápolis). En 1823, tras la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, contingente del ejército francés venido para derrocar el gobierno liberal, se ve obligado a esconderse y al año siguiente escapa a Burdeos, refugiándose en casa de su amigo Moratín.

En 1826, Goya regresó a Madrid, donde permaneció dos meses, para marchar de nuevo a Francia. Durante esta breve estancia el pintor Vicente López Portaña (que se encontraba en su mejor momento de prestigio y técnica) realizó un retrato de Goya, cuando éste contaba ya con ochenta años.
Enfrentado al viejo maestro, de rostro aún tenso y enérgico, López Portaña llevó a cabo la obra más recia y valiosa de su extensísima actividad de retratista, tantas veces derrochada en la minucia cansada de traducir encajes, rasos o terciopelos con aburrida perfección. Este lienzo, hoy en el Museo del Prado, es el retrato más conocido de Goya, mucho más, incluso, que los también famosos autorretratos del pintor.
El maestro murió en Burdeos, hacia las dos de la madrugada del 16 de abril de 1828, tras haber cumplido ochenta y dos años, siendo enterrado en Francia. En 1899 sus restos mortales fueron sepultados definitivamente en la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, cien años después de que Goya pintara los frescos de dicha iglesia (1798).
En el Museo del Prado se conserva La joven de Burdeos o La lechera de Burdeos (1825-1827), una de sus últimas obras. Pero acaso su auténtico testamento había sido fijado ya sobre el yeso en su quinta de Madrid algunos años antes: Saturno devorando a un hijo, es sin duda, una de las pinturas más inquietantes de todos los tiempos, síntesis inimitable de un estilo que reúne extrañamente lo trágico y lo grotesco, y espejo de un Goya visionario, sutil, penetrante, lúcido y descarnado.
– PABLO PICASSO

Pablo Picasso que nace en 1881, es posiblemente el pintor más famoso del mundo y, sin duda, el pintor más famoso del siglo XX. Fue líder del movimiento cubista, abordó otros géneros como el dibujo, el grabado, la ilustración de libros, la escultura, la cerámica y el diseño de escenografía y vestuario para montajes teatrales.

Entre sus obras más famosas tenemos Guernica (1937) y Las señoritas de Avignon (1907).
Este pintor de origen andaluz, que ha revolucionado al mundo entero, destacó por obras cubistas que no sólo mostraban su visión del mundo en cuanto a lo que era la belleza, sino que podía transmitir, toda una historia.

Tenemos The Blue Room, un cuadro con movimiento propio, lleno de vibraciones, Don Quixote, que era lo más parecido a las siluetas de una tira cómica, Sylvette, una mezcla entre el modernismo y su pasión por el cubismo, en donde los colores consiguen profundidades asombrosas. Y cómo no, Ciencia y Caridad, uno de sus cuadros más realistas que pintó.
(Pablo Ruiz Picasso; Málaga, 1881 – Moulins, Francia, 1973) Pintor español. La trascendencia de Picasso no se agota en la fundación del cubismo, revolucionaria tendencia que rompió definitivamente con la representación tradicional al liquidar la perspectiva y el punto de vista único.
A lo largo de su dilatada trayectoria, Pablo Picasso exploró incesantemente nuevos caminos e influyó en todas la facetas del arte del siglo XX, encarnando como ningún otro la inquietud y receptividad del artista contemporáneo. Su total entrega a la labor creadora y su personalidad vitalista, por otra parte, nunca lo alejarían de los problemas de su tiempo; una de sus obras maestras, el Guernica (1937), es la mejor ilustración de su condición de artista comprometido.

Pablo Picasso
Hijo del también artista José Ruiz Blasco, en 1895 se trasladó con su familia a Barcelona, donde el joven pintor se rodeó de un grupo de artistas y literatos, entre los que cabe citar a los pintores Ramón Casas y Santiago Rusiñol, con quienes acostumbraba reunirse en el bar Els Quatre Gats. Entre 1901 y 1904, Pablo Picasso alternó su residencia entre Madrid, Barcelona y París, mientras su pintura entraba en la etapa denominada período azul, fuertemente influida por el simbolismo.
En la primavera de 1904, Picasso decidió trasladarse definitivamente a París y establecerse en un estudio en las riberas del Sena.
En la capital francesa trabó amistad, entre otros, con los poetas Guillaume Apollinaire y Max Jacob y con el dramaturgo André Salmon; entre tanto, su pintura experimentó una nueva evolución, caracterizada por una paleta cromática tendente a los colores tierra y rosa (período rosa).
Al poco de llegar a París entró en contacto con personalidades periféricas del mundillo artístico y bohemio, como los hermanos estadounidenses Leo y Gertrude Stein, o el que sería ya para siempre su marchante, Daniel-Henry Kahnweiler.
A finales de 1906, Pablo Picasso empezó a trabajar en una composición de gran formato que iba a cambiar el curso del arte del siglo XX: Les demoiselles d’Avignon. En esta obra cumbre confluyeron numerosas influencias, entre las que cabe citar como principales el arte africano e ibérico y elementos tomados de El Greco y Cézanne.
Bajo la constante influencia de este último, y en compañía de otro joven pintor, Georges Braque, Pablo Picasso se adentró en una revisión de buena parte de la herencia plástica vigente desde el Renacimiento, especialmente en el ámbito de la representación pictórica del volumen. Las tramas geométricas eliminan la profundidad espacial e introducen el tiempo como dimensión al simultanear diversos puntos de vista: era el inicio del cubismo.

Les demoiselles d’Avignon (1907)
y detalle de Guernica (1937)

Picasso y Braque desarrollaron dicho estilo en una primera fase denominada analítica (1909-1912). En 1912 introdujeron un elemento de flexibilidad en forma de recortes de papel y otros materiales directamente aplicados sobre el lienzo, técnica que denominaron collage.
La admisión en el exclusivo círculo del cubismo del pintor español Juan Gris desembocó en la etapa sintética de dicho estilo, marcado por una gama cromática más rica y la multiplicidad matérica y referencial.
Entre 1915 y mediados de la década de 1920, Picasso fue abandonando los rigores del cubismo para adentrarse en una nueva etapa figurativista, en el marco de un reencuentro entre clasicismo y el creciente influjo de lo que el artista denominó sus «orígenes mediterráneos».
Casado desde 1919 con la bailarina rusa Olga Koklova y padre ya de un hijo, Paulo, Pablo Picasso empezó a interesarse por la escultura a raíz de su encuentro en 1928 con el artista catalán Julio González; entre ambos introdujeron importantes innovaciones, como el empleo de hierro forjado.
En 1935 nació su hija Maya, fruto de una nueva relación sentimental con Marie-Therèse Walter, con quien Pablo Picasso convivió abiertamente a pesar de seguir casado con Olga Koklova; a partir de 1936, ambas debieron compartir al pintor con una tercera mujer, la fotógrafa Dora Maar.
El estallido de la Guerra Civil española, preludio de la Segunda Guerra Mundial, lo empujó a una mayor concienciación política, fruto de la cual es una de sus obras más universalmente admiradas, el mural de gran tamaño Guernica (1937).
La reducción al mínimo del cromatismo, el descoyuntamiento de las figuras y su desgarrador simbolismo conforman una impresionante denuncia del bombardeo de la aviación alemana, que el 26 de abril de 1937 arrasó esta población vasca en una acción de apoyo a las tropas del general golpista Francisco Franco.
En 1943 conoció a Françoise Gilot, con la que tendría dos hijos, Claude y Paloma. Tres años más tarde, Pablo Picasso abandonó París para instalarse en Antibes, donde incorporó la cerámica a sus soportes predilectos.
En la década de 1950 realizó numerosas series sobre grandes obras clásicas de la pintura, que reinterpretó a modo de homenaje. En 1961 Pablo Picasso contrajo segundas nupcias con Jacqueline Roque; sería su última relación sentimental de importancia.
Convertido ya en una leyenda en vida y en el epítome de la vanguardia, el artista y Jacqueline se retiraron al castillo de Vouvenargues, donde el creador continuó trabajando incansablemente hasta el día de su muerte.
– EDUARDO ARROYO
Entre los pintores españoles más famosos de la historia se encuentra Eduardo Arroyo, un pintor madrileño que utilizó su creatividad y talento como herramienta de protesta; en sus obras se encuentra implícita una huella crítica utilizada para ridiculizar a los dictadores, los toreros e incluso a artistas célebres como Marcel Duchamp y Joan Miro; esta postura artística de Eduardo Arroyo generalmente ha causado controversia entre el público y los críticos de arte.

El trabajo de Arroyo apuesta por la vanguardia y la experimentación abstracta; asimismo, el pintor español ha creado sus composiciones pictóricas basado en una gran influencia del realismo, el expresionismo y la abstracción. Arroyo instituye sus imágenes en una serie de conceptos que incluyen la yuxtaposición de imágenes coloridas que representan un trabajo ramificado del pop art.
(Madrid, 1937) Pintor y escritor español. Licenciado en periodismo en 1957, ha desarrollado casi toda su carrera en París.
Está considerado como uno de los principales exponentes de la nueva figuración y ha colaborado con frecuencia con Aillaud y con Recalcati. Su pintura debe interpretarse como una crítica a la sociedad y la política, preferentemente española, forjada desde una madurez en el exilio y no tolerante con el régimen franquista.
Predomina el color plano y las figuras recortadas caracterizan la mezcla de insolencia y de humor de una obra incorporada a un proceso narrativo (Robinson Crusoe, 1965; Un caballero español, 1970). Es autor también de varias escenografías (La vida es sueño, dirigida por J. L. Gómez).
En 1982 obtuvo el premio nacional de artes plásticas. En los años noventa mostró su obra en la Galerie Kühn de Lilenthal (1996). Realizó decorados y escenografías para Splendid’s (Piccolo Teatro de Milano, Milán, 1995), y Otello (Deneder Landse Opera, Amsterdam, 1996).
– MARIANO ANDREU ESTANY
Mariano Andreu fue un pintor español importante, escenógrafo, dibujante catalán; Andreu fue un prolífico artista autodidacta. Mariano comenzó su carrera creativa como ilustrador de revistas en Francia, en este país aprendió diversas técnicas gráficas como la litografía y el grabado.

El trabajo que Andreu realizó durante toda su carrera ha hecho que no pueda ser catalogado en alguna corriente artística especifica; sin embargo, las características de sus pinturas eran elementos ornamentalistas y artesanos.
Durante su mayor apogeo, Mariano Andreu participó en afamadas exposiciones en la Galería del Fayans Catalá (1911), el Salón de Artistas y Artistas de Barcelona (1916) y en la Ciudad Condal en el Salón Parés (1934). Actualmente, parte de su obra puede ser apreciada en el Centre de Documentació i Museu de les Arts Escèniques de Barcelona y en el Museu d’Art Modern de Barcelona.
Tuvo una vida acomodada proporcionada por su padre Joaquim Andreu Cabanellas, médico en el Maresme. Vivió su adolescencia en la calle Montserrat de Barcelona, junto a la sede del Circo Barcelonés, y así inició su atracción por el mundo del arte y del espectáculo.
Su primera actividad artística fue el esmalte y la manipulación del cobre para crear todo tipo de objetos decorativos. Pasó esporádicamente por la escuela de Francesc A. Galí. La V Exposición Internacional de Bellas Artes e Industrias Artísticas (1907) le aproximó a la orfebrería de Alexander Fischer. Fue a Londres, se matriculó en la Municipal School of Arts & Crafts y allí desplegó su fascinación por la tendencia hedonista y sarcástica del arte gráfico de Aubrey Beardsley (1872-1898).
En 1911 exponía su obra, por primera vez, junto con la de sus amigos Néstor M. Fernández, Ismael Smith y Laura Albéniz en el Faians Català, y repitió individualmente en 1913. Participó con ellos en la ilustración de las revistas Papitu y Picarol. Eugenio d’Ors manifestó ser un admirador de estos artistas como paradigma de la idealización de la vida moderna y fueron denominados Decadentistas, o primera manifestación del Noucentisme (1906-1912).

Expuso en las Galeries Laietanes (1916), en la Exposició promoció d’artistes del Cercle de Sant Lluc (1918) y en la Sala Parés (1933).
Del 11 de marzo de 1916 hasta el 28 de marzo de 1921 fue miembro del Reial Cercle Artístic.
En este período también destacó como retratista frívolo, representando la vida de la alta sociedad sin entrar en juicios de valor, y se introdujo en un nuevo género artístico, las naturalezas muertas.
Experimentó con el color y sus límites, con las transparencias y la luminosidad y realizó composiciones dominadas por un dibujo ágil y determinadas por la búsqueda de su identidad pictórica.
Después de un viaje por Italia y de sus estancias intermitentes en París, se instala en la capital francesa con su esposa Filo Ster van Lounot en 1920. Abandona definitivamente el esmalte para dedicarse al dibujo y a la pintura, opta por el género de las naturalezas muertas y los temas de concepción onírica, marcados por lo placentero y banal, así la toilette femenina y la escena musical con su Pulcinella pasan a ser sus protagonistas.
A partir de este momento empieza su carrera ascendente y de reconocimiento internacional.
Desde un principio colabora como ilustrador de libros de lujo, demostrando su habilidad en el arte del grabado. Las litografías para La vie Brève. Almanach (1928) de Eugenio d’Ors, la Opera des Gueux (1947) de J. Gay y La Petite Infante de Castilla (1947) de H. Montherlant; los aguafuertes para Les papiers de Cléonthe (1928) de J. L. Vaudoyer, y las xilografías para Amphitrion 38 (1931) de J. Giraudoux y La princesa Babylone (1945) de Voltaire son algunos ejemplos más remarcables de su producción.
Paralelamente compaginó su actividad pictórica con la de diseñador de escenografías y vestuario para obras teatrales. Entre sus intervenciones destacan: Odysseus para el Künstler Theatre de Múnich (1913); Sonatina para la Opera Comique de París (1928); Don Juan de M. Fokine para el Alhambra Theatre de Londres (1936), y La guerre de Troie n’aura pas lieu de L. Jouvet para el Athené de París (1935). Pero es a partir de los años cincuenta cuando su dedicación al mundo del espectáculo se intensifica, por ejemplo en Le maître de Santiago para el Théâtre Hebertot de París (1948); Much Ado About Nothing, Hamlet y All’s well that ends well de W. Shakespeare para el Memorial Shakespeare Theatre de Stratford upon Avon (1949, 1950 y 1955); The Trojans para la Royal Opera House de Londres (1957), y su último proyecto L’Atlàntida de J. Verdaguer y música de Manuel de Falla (1961).

Desde 1911 a 1937 se presentó regularmente en los Salones de Otoño de París. En 1927 era solicitada su obra en una exposición colectiva en Tokio y Osaka, para iniciar su singladura en exposiciones individuales en ciudades como París, Múnich, Londres, Bruselas, Barcelona, Nueva York, Los Ángeles, Buenos Aires y Madrid.
Desde 1929 hasta 1939 acude cada año y nuevamente en 1950 en The International Exhibition of Paintings que celebraba el Carnegie Institute de Pittsburgh. Su pintura fue galardonada con la Primera Mención de Honor en 1933 con el Harlequin y en 1939 con The Duel with One’s Self.
Obtuvo diversos reconocimientos académicos y sociales como el título de Chevalier de l’Ordre National de la Légion d’Honneur (1931). El Prix l’Ille de France por su óleo Le potager de Corot a la Ville d’Auvray (1953). Fue nombrado Membre Associé de l’Academie de Beaux Arts en Francia y recibió de Alfonso XIII el espadín (1958).
En 1962 la Diputació Provincial de Barcelona le concedía la Medalla de Honor del Institut del Teatre de Barcelona y el artista, a su vez, regalaba a la Junta de Museus de la ciudad su fondo de figurines y escenografías teatrales. En 1963 se inauguraba una exposición en el Palau Güell para rendir homenaje al pintor por sus cincuenta años dedicados al teatro y un año después era nombrado Académico por la Reial Acadèmia de Belles Arts de Sant Jordi.
Entre las entidades museísticas que tienen su obra destacan el British Museum de Londres; Château Mussée de Cagnes sur Mer; Toledo Museum of Art (Ohio); Detroit Museum of Arts (Michigan); el Institut del Teatre de Barcelona; el Museu Comarcal del Maresme-Mataró; el Museu Cau Ferrat de Sitges, y el Museu d’Arts Decoratives de Barcelona, entre otras instituciones y coleccionistas privados.
– ANTONIO PERIS CARBONELL
Antonio Peris Carbonell nació en 1957 en Valencia, España. Carbonell se caracterizó principalmente por sus trabajos como pintor, sin embargo, a su labor creativa también se añaden trabajos en materia de escultura. Una de sus afamadas obras conocida como “La Caravana” fue realizada cuando apenas contaba con 12 años de edad.

Debido a su gran talento artístico, se matriculó en la Escuela de Artes y Oficios de Valencia, en la década de los 70 fue recibido en la Escuela de San Carlos de Bellas Artes, Valencia, para continuar con su instrucción artística.
Fue hasta el año de 1985 cuando Antonio Peris Carbonell realizó su primera exposición individual, la cual tuvo una gran aceptación por parte de los expertos; tal fue el recibimiento de su trabajo individual que en dos día vendió todo el lote de sus obras.
Las pinturas de Peris Carbonell son un compendio de colores vibrantes, que se centran en una vena del expresionismo con tendencias místicas; las imágenes que presenta van desde paisajes naturales hasta escenas religiosas. Carbonell ha sido aclamado por la Crítica Internacional de Arte en Madrid y ha sido denominado un digno «representante del expresionismo místico español actual».
Pintor, escultor y artista expresionista universal, Antonio Peris Carbonell nació en Valencia, España, en 1957. Desde niño mostró una notable capacidad artística y pintó una de sus primeras obras, La Caravana, a los 12 años de edad. Estudió dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de Valencia y en 1976 fue admitido en la Escuela de San Carlos de Bellas Artes, Valencia.
En 1979 participó en varios concursos nacionales de arte y ganó un total de siete primeros premios, entre ellos uno de escultura. Durante este año realizó retratos al carboncillo; aunque con impronta académica, ya se apartaban de lo simplemente narrativo. En una serie de retratos, recurre al collage para acentuar la expresividad y el mundo interior del retratado.
En 1980 se casó con María Celda en el Real Monasterio de El Puig en Valencia, España, y completó su primera colección de pinturas expresionistas, Montes Calcinados y Cementerios . La expresión del dolor de la naturaleza es el rasgo distintivo de estos cuadros.
Un año más tarde, en 1981, pintó una serie de retratos espirituales para la Comunidad de Los Padres Capuchinos. Su estilo adquirió luminosidad, esencia, y pureza espiritual a través de distintas series de pinturas en las que comenzó a incorporar el simbolismo gráfico y elementos caligráficos en las imágenes.
En la busca del alma del retratado, en la esencia del ser el resultado plástico es color, abstracción y simbolismo, » la materia tiene forma, el espíritu no». En diciembre nació su hija María.

La primera exposición individual del artista tuvo lugar en 1985 y fue muy bien recibida por la crítica y el público y las obras se vendieron en dos días.
En 1986 y 1987 viajó a diferentes países para trabajar y estudiar arte en museos de Francia, Italia, los Países Bajos, Egipto e Inglaterra. Egipto y París, en particular, imprimieron un nuevo sentido de la luz en su obra.
El primer libro sobre su obra, Peris Carbonell, Obras 1976-1987 , fue publicado en 1988 en cuatro idiomas y se presentó a la Crítica Internacional de Arte en Madrid, siendo reconocido como «representante del expresionismo místico español actual».
Durante los años 1988-1990 trabajó y expuso regularmente en España, Inglaterra y los Países Bajos y trabajó en colecciones de pinturas místicas, muchas de ellas centradas en la Faz de Cristo.
En abril de 1990, el artista y su familia viajaron a Roma para una audiencia semiprivada con el Papa Juan Pablo II, uno de los momentos más importantes en la vida del artista.
Peris Carbonell presentó al Pontífice una pintura al óleo El rostro de Cristo durante su Pasión, que el artista creó basándose enteramente en la expresión de un profundo «sentimiento interno». Después de una exposición individual en mayo de 1991 en la Galeria Chrysmart de Arles (Francia), el trabajo de Peris Carbonell comienza a ser conocido internacionalmente cuando un crítico de arte francés lo describe como «perteneciente a la larga lista de grandes artistas ibéricos».
El libro Conocer a Peris Carbonell se publicó también el mismo año en Londres escrito por M. Quintanilla y se presentó en la Galería El Ensanche en Valencia por el crítico de arte internacional Rafael Pons. Peris Carbonell comenzó a pintar paisajes marinos franceses y la organización de exposiciones de arte sacro en la iglesia de la Peyrade en Francia. La primera exposición de arte sacro en La Peyrade fue adquirida en su totalidad por un coleccionista de arte francés.
En 1992 finalizó 14 lienzos del Via Crucis para la Iglesia de los Padres Capuchinos en Valencia, dos óleos en gran formato para el Real Monasterio de El Puig, y comenzó una serie de 20 paneles semicirculares sobre la vida de San Francisco de Asís para el claustro del Convento de la Magdalena, también en Valencia.
En este mismo año se inauguró una exposición retrospectiva de su obra desde 1982-1992 en la Sala Tarbouriech en el Musée Paul Valery en Sete, Francia, y el museo adquirió algunas de sus piezas para su colección permanente.
Al año siguiente, Peris Carbonell presentó la colección sobre la vida de San Francisco de Asís para el claustro del Convento de la Magdalena en Valencia y viajó a Francia para inaugurar la exposición de las 14 pinturas del Vía Crucis en la iglesia de La Grande Motte.
El Monasterio de El Puig dedicó una de sus salas a la exposición permanente del Vía Crucis. En mayo de 1993, Peris Carbonell fue investido Caballero de la Real Orden de Santa María del Puig (España) y residió en julio y agosto en Asís, dando comienzo a una colección de 100 pinturas sobre la vida de San Francisco y Santa Clara para el Museo Franciscano de Roma.
Terminó la colección en septiembre de 1994 y se publicó el libro con estas pinturas titulado: Francesco e Chiara: Un Avventura Evangelica sognata Insieme (Francisco y Clara: Una aventura evangélica soñada juntos), de Alessandro Pronzato, con comentarios del Padre Francisco Iglesias.
Peris Carbonell siguió trabajando y exponiendo en España, Italia, Francia y Suiza. En 1995 finalizó los 20 paneles para el Convento de la Magdalena. En 1996 completó la colección La Vida de Jesús en 103 obras (iniciada en 1992) y 40 pinturas sobre la vida de San Francisco de Asís para un coleccionista español.
Viajó a Noruega por primera vez en 1999 y estudió la ciudad de Oslo. Ese mismo año comenzó una nueva forma de expresión en cristal representada en las vidrieras de la iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza en Teruel, España. En 2000 se publicó un libro sobre sus trabajos para esta iglesia ( Altar Mayor, Vía Crucis y vidrieras ), escrito por Jerónimo Beltrán.
Continuó realizando vidrieras para el Convento de los Padres Capuchinos en Alicante, España (2001), así como para la cúpula del Hotel Olympia de Alboraya en Valencia de 530 m2 (2002) y la cúpula de cristal para el Solvasa Hotel en Barcelona ( 2004).

Entre 1996 y 2004 continuó trabajando en diversas colecciones de pinturas y expuso sus obras en varios países, explorando nuevos temas como veleros, la feria, corridas de toros y naturaleza muerta.
En 2005, regresó a la escultura y finalizó un panel de aluminio de 9,7 x 1,85 metros y así como decoración de interiores para los Hoteles Solvasa de Barcelona y Valencia. Realizó la escultura, Paisaje Nocturno en bronce en una edición limitada de siete piezas en 2006 y creó su primera escultura con movimiento y realizada en cristal pintado y horneado a 950º, Cosmos en 2007.
Peris Carbonell visitó Estados Unidos por primera vez en 2008 y finalizó la serie de pinturas Italia 2008 en Florencia y Pisa.
En 2009 comenzó a trabajar en otras grandes esculturas y obras de arte de cristal. Terminó la decoración del hotel Solvasa Mazagon de Huelva, España, en 2010 y, motivado por este gran proyecto, empieza a estudiar la combinación de la escultura en la edificación » la arquitectura es la escultura donde se integran las personas «.
En 2011, finalizó el gran panel de hierro y acero Cristo a Través del Tiempo ( 25m2 ) para la Ermita de la Virgen del Tremedal en Teruel, España, así como un panel de las mismas dimensiones de San Francisco y el lobo de Gubbio para los Padres Francisanos de Cocentaina, Alicante, España.
Ese mismo año visitó los EE.UU. e Italia y viajó a Fortaleza, Brasil, para inaugurar una exposición de sus pinturas, Peris Carbonell, um Mestre das Cores (Peris Carbonell, un Maestro del Color). Su trabajo fue muy bien recibido por los arquitectos e ingenieros brasileños y está considerando futuros proyectos de colaboración.
El Museo Peris Carbonell abrió su colección al público en julio de 2012 en Palma de Mallorca, España donde se exponen obras de pintura y escultura realizadas a partir de 1999.
Desde 2012 el artista viaja con frecuencia a USA, inspirándose especialmente en el paisaje urbano de la ciudad de Nueva York.
– JOAQUÍN ESPALTER Y RULL
Joaquín Espalter y Rull nació en Barcelona en el año 1809. Este pintor e ilustrador español realizó obras enfocadas a la pintura decorativa, histórica, religiosa y el retrato. Fungió como académico de la Escuela Superior de Bellas Artes y fue profesor emérito de la Real Academia de San Fernando.

El carácter de su trabajo se encuentra representado en la decoración diversos recintos como el Teatro del Instituto, el Teatro del Príncipe, el Palacio del Congreso, el salón de baile en el Palacio Gaviria y en el Paraninfo de la Universidad Central que congrega imágenes de hombres distinguidos y retratos alegóricos.
Su trabajo pictórico se basa en temas melancólicos, su técnica se caracteriza por la realización pulcra del dibujo acompañada por una gran gama de colores. Como ilustrador su obra más reconocida fue la realizada para El Quijote; en materia pictórica su trabajo más emblemático es La era cristiana, realizada en 1871.
Esperamos que hayáis disfrutado repasando la vida y las obras de nuestros pintores españoles más vanagloriados y que compartas con nosotros, tu amor por el arte y la belleza de cada uno de sus cuadros.
Pintor español nacido en Sitges (Barcelona) en 1809 y fallecido en Madrid en 1880. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge y completó su formación en Francia, primero en Marsella y más tarde en París; en esta ciudad, fue discípulo del Barón de Gros.
Como tantos artistas de su época, pasó después a Italia, donde estudió en Florencia y Roma; sus viajes incluyeron, además, el centro de Europa.
De regreso a España, vivió en su tierra natal y, más tarde, en Madrid, donde acabó por establecerse y donde trabajó como profesor y académico de la de San Fernando; además, fue pintor honorario de Corte.
Espalter siguió la moda al uso, con unos cuadros de tema histórico y unos frescos en los que se revela como el más consumado de los artistas. Pintó los techos de varios edificios: el Congreso, el Paraninfo de la Universidad Complutense en la calle de San Bernardo o la Presidencia del Congreso.
La obra de Espalter como retratista es mucho más conocida; de hecho, debe considerarse como uno de los mejores del siglo XIX; aparte, pintó numerosas escenas costumbristas.
*sobrehistoria.com(Blanca)/Biografías y Vida
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