Mastro Titta, verdugo de los Estados Pontificios …

Historias de la historia(J.Snaz) — Giovanni Battista Bugatti fue el verdugo de los Estados Pontificios desde 1796 hasta 1865, cuando se jubiló a los 85 años.
También llamado maestro di Giustizia, del que deriva su apodo Mastro Titta.
Y digo lo del peor médico de la historia porque él mismo llamaba pacientes a sus víctimas y cuando aplicaba sus tratamientos… todos morían.
Oficialmente, su trabajo era el de pintor de paraguas, pero en realidad era el verdugo del Estado Pontificio, el “maestro de la justicia”. De allí deriva el término Mastro, mientras que Titta es un diminutivo de su nombre.
Bugatti tuvo una larguísima trayectoria: comenzó a los 17 años con el papa Pío VI, y se jubiló a los 86 años, con el papa Pío IX.
El verdugo anotaba meticulosamente en un cuaderno sus ejecuciones, siendo un total de 514, más dos que no fueron directamente ejecutados por él: uno fue fusilado, y el otro, ahorcado y descuartizado por su ayudante.
Con total profesionalidad, mataba a los condenados con distintas técnicas: la que más usó fue el hacha, la horca y, cuando las tropas napoleónicas entraron en Roma, en 1798, trayendo con ellas la famosa Guillotina, Mastro Titta no se pudo resistir a ella.
El verdugo vivía muy cerca del Vaticano, a dos pasos del Castel Sant´Angelo, en el «Vicolo del Campanile» pero las ejecuciones se realizaban al otro lado del Tíber, generalmente en la Piazza del Popolo o en el Campo dei Fiori.
El día que le tocaba una ejecución se levantaba muy temprano al alba, se ponía su capa roja y atravesaba el río a través del puente para llegar al cadalso. La gente al verlo corrían la voz por toda la ciudad gritando “Mastro Titta pasa el puente”, y todos, grandes y pequeños, corrían a ver el “gran espectáculo”.

En aquella época generalmente se llevaba a ver estas crueldades a los niños, como amonestación de lo que les podría pasar si no caminaban por “buen camino”. En la famosa película italiana “El Marqués de Grillo” se puede ver una escena muy «familiar» de una ejecución romana de la época.
Después de cumplir con su trabajo, volvía a su barrio, al otro lado del puente, y de allí no salía, porque le estaba prohibido por razones de seguridad, ya que su profesión le hacía ganarse muchos enemigos. De allí nace un famoso proverbio romano “Boia nun passa Ponte” (El Verdugo no pasa el puente), que significa que cada uno debe respetar su propio lugar:
«… Un domingo por la mañana (el 8 de mayo) decapitaron aquí a un hombre. Había atacado nueve o diez meses antes a una condesa bávara que peregrinaba a Roma […] le robó cuanto llevaba y la mató a palos con su propio cayado de peregrina. El hombre se había casado hacía poco y regaló algunos vestidos de la víctima a su esposa, diciéndole que se los había comprado en una feria. Pero la mujer había visto pasar por el pueblo a la condesa peregrina y reconoció algunas prendas.
El marido le explicó entonces lo que había hecho. Ella se lo contó a un sacerdote en confesión, y cuatro días después del asesinato apresaron al hombre. No hay fechas fijas para la administración de la justicia ni para su ejecución en este país incomprensible; y el hombre había permanecido en la cárcel desde entonces. […]
La decapitación estaba fijada para las nueve menos cuarto de la mañana. Me acompañaron dos amigos. Y como sólo sabíamos que acudiría muchísima gente, llegamos a las siete y media. […] Era un objeto tosco [el patíbulo], sin pintar, de aspecto desvencijado y unos diez palmos de altura, en el que se alzaba un armazón en forma de horca, con la cuchilla (una masa impresionante de hierro, dispuesta para caer), que resplandecía al sol matinal cuando este asomaba de vez en cuando tras una nube.
Dieron las nueve y las diez y no pasó nada. […] Dieron las once y todo seguía igual. Recorrió la multitud el rumor de que el reo no se confesaría; en cuyo caso, los sacerdotes le retendrían hasta la hora del avemaría (el atardecer); pues tienen la misericordiosa costumbre de no apartar hasta entonces el crucifijo de un hombre en semejante trance, como el que se niega a confesarse y, por lo tanto, es un pecador abandonado del Salvador.
La gente empezó a retirarse poco a poco. Los oficiales se encogían de hombros y se mostraban dubitativos. […] Se oyó de pronto ruido de trompetas. Los soldados de a pie se pusieron firmes, desfilaron hacia el patíbulo y lo rodearon en formación. La guillotina se convirtió en el centro de un bosque de puntas de bayonetas y de sables brillantes. La gente se acercó más, por el flanco de los soldados. Un largo río de hombres y muchachos que habían acompañado al cortejo desde la prisión desembocó en el claro.

Tras una breve demora, vimos a unos monjes que se encaminaban hacia el patíbulo desde la iglesia; y por encima de sus cabezas, avanzando con triste parsimonia, la imagen de un Cristo crucificado bajo un doselete negro.
Lo llevaron hasta el pie del patíbulo, a la parte delantera, y lo colocaron allí mirando al reo, que pudo verlo al final.
No estaba en su sitio cuando él apareció en la plataforma descalzo, con las manos atadas y el cuello y el escote de la camisa cortados casi hasta los hombros.
Era un individuo joven (veintiséis años), vigoroso y bien plantado. De cara pálida, bigotillo oscuro y cabello castaño oscuro.
Al parecer se había negado a confesarse si no iba a verle su mujer, y habían tenido que mandar una escolta a buscarla; esa era la razón de la demora.
Se arrodilló enseguida debajo de la cuchilla. Colocó el cuello en el agujero hecho en un travesaño para tal fin y lo cerraron también por arriba con otro, igual que una picota. Justo debajo de él había una bolsa de cuero, a la que cayó inmediatamente su cabeza. El verdugo la agarró por el pelo, la alzó y dio una vuelta al patíbulo mostrándosela a la gente, casi antes de que uno se diera cuenta de que la cuchilla había caído pesadamente con un sonido vibrante.
Cuando ya había pasado por los cuatro lados del patíbulo, la colocó en un palo delante: un trozo pequeño de blanco y negro para que la larga calle lo viera y las moscas se posaran en él. Tenía los ojos hacia arriba, como si hubiera evitado la visión de la bolsa de cuero y mirado hacia el crucifijo. Todos los signos vitales habían desaparecido de ella. Estaba apagada, fría, lívida y pálida. Y lo mismo el cuerpo.
Había muchísima sangre. Dejamos la ventana y nos acercamos al patíbulo, estaba muy sucio; uno de los dos hombres que echaba agua en el mismo se volvió a ayudar al otro a alzar el cuerpo y meterlo en una caja, y caminaba como si lo hiciera por el fango. Resultaba extraña la aparente desaparición del cuello. La cuchilla había cercenado la cabeza con tal precisión que parecía un milagro que no le hubiera cortado la barbilla o rebanado las orejas; y tampoco se veía en el cuerpo, que parecía cortado a ras de los hombros.
Nadie se preocupaba ni se mostraba afectado en absoluto. No vi ninguna manifestación de dolor, compasión, indignación o pesar. Me tantearon los bolsillos vacíos varias veces cuando estábamos entre la multitud delante del patíbulo mientras colocaban el cadáver en su ataúd.
Era un espectáculo desagradable, sucio, descuidado y nauseabundo; no significaba nada más que carnicería aparte del interés momentáneo para el único desdichado actor. ¡Sí! Un espectáculo así tiene un significado y es una advertencia. […] El verdugo, que no se atrevía, por su vida, a cruzar el puente de Sant’Angelo más que para cumplir su cometido, se retiró a su guarida, y el espectáculo acabó.

Famosos escritores de la época, como Alexander Dumas, George Byron y Charles Dickens, llegaron a asistir a alguna de sus ejecuciones. Este último dijo al respecto: “En la Semana Santa de 1845, hubo una decapitación frente a San Juan Decapitado (¡irónicamente!) de la cual lo que me afectó no fue ni el acto ni la conducta del verdugo, sino el comportamiento de la gente que habían acudido para verlo: no estaban turbados y ni siquiera lo lamentaban, sino que lo veían como un normal acto de la vida cotidiana”.
En 1865, el Papa Pío IX lo jubiló con una pensión mensual de 30 escudos.
El Vaticano aplicó la pena de muerte hasta el siglo XIX, bajo el papado de Pío IX, pero no se llevó a cabo ninguna ejecución desde 1929. La pena de muerte, limitada a la horca, fue abolida en 1967 por el papa Pablo VI, pero se mantuvo como pronóstico legítimo en el texto del Catecismo de la Iglesia Católica.
Solo con el Papa Juan Pablo II y su Encíclica Evangelium Vitae de 1995, el Vaticano pasó a convertirse en un decidido abolicionista, y con la revisión que entró en vigencia el 22 de febrero de 2001, el Vaticano abolió definitivamente la pena de muerte del texto de la Ley Fundamental (el equivalente de la Constitución de cualquier estado secular), que data de 1929, la fecha de nacimiento del actual Estado del Vaticano.
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