Historias de mujeres …

– Una enfermera en el frente, Edith Appleton (1877-1958)
mujeresenlahistoria.com(S.F.Valero)La magnitud que tomó la Primera Guerra Mundial movilizó a millones de soldados pero también a un número ingente de personal de apoyo logístico y sanitario. Entre ellos, enfermeras que se trasladaron a zonas cercanas a las trincheras para curar las heridas de los soldados.
Su historia ha quedado velada durante mucho tiempo pero es gracias a testimonios como el de Edith Appleton que podemos acercarnos al duro día a día de estas mujeres que convivieron con la tragedia de la guerra.
Edith Elizabeth Appleton nació el 9 de junio de 1877 en la localidad inglesa de Deal, en el condado de Kent. Edith era la octava de una extensa familia de once hermanos. Su padre, Edward Appleton, era miembro de la marina inglesa que se ahogó en Dungeness cuando Edith tenía veinte años y dejó a Eliza, su madre, sola con su amplia prole.
Edith Appleton mantuvo un diario durante los cuatro años que estuvo en el frente en el que plasmó sus experiencias y se convirtió en un valioso testimonio de la Gran Guerra.
Tres años después, Edith se trasladó a Londres para estudiar enfermería en el Hospital de San Bartolomé donde permaneció hasta 1904 cuando continuó su formación en una escuela de enfermería privada. Así que, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Edith estaba preparada para formar parte de uno de los operativos sanitarios que se trasladaría al continente.
Edith se unió al Queen Alexandra’s Imperial Military Nursing Service Reserve y llegó a Ostende en octubre de 1914. Desde entonces y hasta el final de la guerra, Edith Appleton trabajó en el frente de manera incansable en los distintos lugares a los que fue destinada.
Su experiencia como enfermera de guerra la plasmó en un diario que mantuvo vivo durante cuatro años en el que plasmó su rutina diaria, explicando sus sentimientos y relatando los momentos duros y los que encontró para intentar evadirse de la dura realidad del frente.

Su labor le valió la conmemoración en 1917 de la Royal Red Cross por su «devoción y competencia excepcionales».
Al finalizar la guerra aún permaneció un tiempo en la zona de conflicto curando a los muchos soldados heridos que empezaban a regresar a sus casas. Finalmente, fue desmovilizada a finales de 1919. De vuelta a Inglaterra, Edith continuó con su labor como enfermera en el Bedford College de Londres hasta que en 1923 compró una casa con una de sus hermanas en la Isla de Wight que terminó convirtiéndose en el punto de encuentro de la familia Appleton. Tres años después se casó con John Bonsor Ledger, con quien no tuvo hijos y falleció una década después.
Eddie Appleton falleció el 6 de febrero de 1958 en su hogar, a los ochenta años de edad. Sus diarios permanecieron custodiados por la familia Appleton durante décadas hasta que algunos de sus sobrinos nietos empezaron a compartir con el mundo las memorias de su tía abuela.
– La primera española en registrar una patente, Fermina Orduña (Siglo XIX)

En 1865, el registro de patentes recogía un invento más de los muchos que se registraban cada año. Pero en aquella ocasión fue distinto porque era la primera vez que era una mujer la que hacía la petición de que se le concediera lo que entonces se conocía como «privilegio industrial».
Poco o casi nada sabemos de Fermina Orduña, una mujer que vivía en Madrid y se hacía cargo de las tareas domésticas, entre las que se incluían el cuidado del ganado. El 20 de mayo de 1865 Fermina consiguió un privilegio industrial, una patente, para un carro que había inventado para poder distribuir la leche fresca de sus animales.
El invento, patentado como un «carruaje caballeriza para la conducción higiénica de burras, vacas o cabras de leche para la espendición pública» era algo así como un servicio a domicilio de leche fresca. El animal viajaba en el carro en el que se le ordeñaba para que el producto final fuera entregado a los clientes al momento. El invento incluía una campana de aviso, un «ordeñador mecánico» y una caldera para mantener la leche caliente.
Fermina Orduña consiguió su patente y demostró que las mujeres eran tan capaces como los hombres a la hora de ingeniárselas para hacer sus labores de manera más ágil y eficaz.
– La dama de la nieve, Josephine Peary (1863-1955)

En 1893, en las lejanas y gélidas tierras cercanas al Polo Norte, una dama americana daba a luz a su hija. La niña fue bautizada como «el bebé de las nieves». Su madre era la esposa del conocido explorador Robert Peary, a quien acompañó en sus expediciones a las nieves perpetuas del casquete polar, apoyando sus proyectos y formando parte de su equipo. Josephine Peary fue mucho más que «la esposa de». Fue una mujer valiente, aventurera, que le valió el reconocimiento de la comunidad internacional.
Josephine Cecilia Diebitsch Peary nació el 22 de mayo de 1863 en Maryland, hija del militar prusiano, Hermann Henry Diebitsch, y su esposa, Magdalena Augusta Schmid. La familia Diebitsch vivía en una granja que fue destruida durante la Guerra Civil americana, por lo que se trasladaron a Washington, donde Josephine y sus tres hermanos pequeños crecieron. Tras estudiar en una escuela de negocios, Josephine empezó a trabajar en la Smithsonian Institution, donde su padre ejercía de profesor.
Josephine Peary se convirtió en la primera mujer en participar en una expedición al Ártico.
En 1888, Josephine se casó con el explorador Robert Peary a quien se unió en sus expediciones al norte, a pesar de las críticas de algunos compañeros de Robert que no veían con buenos ojos que una mujer viajara hacia aquellos lugares inhóspitos. Ella, lejos de amedrentarse, se ganó la confianza de los hombres y se convirtió en un miembro más del equipo ayudando en la cocina, con la intendencia e incluso cazando cuando era necesario.
El primer viaje de Josephine fue a Groenlandia, en 1891, convirtiéndose en la primera mujer en participar en una expedición al Ártico. Su experiencia fue plasmada en el primer libro que Josephine Peary publicaría poco después de regresar de las nieves perpetuas, Mi diario ártico. Un año entre hielos y esquimales.
Dos años después, su avanzado estado de gestación, estaba embarazada de ocho meses, no le impidió subirse de nuevo a un barco y viajar al norte donde, a treinta grados bajo cero, dio a luz a su hija, Marie, que sería bautizada por la prensa como Snow Baby, el «bebé de la nieve», nombre con el que también titularía su segundo libro, publicado en 1901. Era el primer bebé occidental que nacía entre esquimales. En 1897 regresó al Ártico donde, de nuevo, convivió con los inuits.
Josephine Peary dio a luz a su hija Mairi en el Ártico, convirtiéndose en el primer bebé occidental en nacer en aquellas tierras perpetuas. Fue conocida como Snow Baby
Con el cambio de siglo, Josephine se encontraba en Washington cuando conoció la noticia de que su marido había sufrido la congelación de sus pies y le habían tenido que amputar ocho dedos. No se lo pensó dos veces y decidió ir en su búsqueda acompañada de Marie.
Por desgracia, el Windward, el barco en el que viajaban, sufrió un accidente con un iceberg y tuvieron que permanecer durante el invierno en Ellesmere, Groenlandia. Fue allí donde recibió otra dura noticia. Su marido tenía una relación con una mujer inuit con la que llegó a tener dos hijos. A pesar del terrible golpe para Josephine convivió con Alaka y asumió la situación sin abandonar a Robert.

En 1909, Robert Peary conseguía el objetivo que había perseguido durante toda su vida, alcanzar el Polo Norte. La bandera de los Estados Unidos que plantó Robert había sido un regalo de Josephine.
Robert y Josephine tuvieron otro hijo, Robert Jr., y continuaron juntos hasta la muerte de Robert en 1920. Desde que se retirara, vivieron a caballo entre Washington e Eagle Island, donde construyeron un hermoso hogar. Todo el tiempo que Josephine Peary vivió como la viuda del explorador, no dejó de defender su hazaña de alcanzar el Polo Norte, que fue cuestionada por muchos.
En 1955, la National Geographical Society le otorgaba a Josephine la Medalla al Logro por su implicación incondicional al mundo de las expediciones árticas. Pocos meses después, el 19 de diciembre de 1955, fallecía a los 92 años de edad. Sus restos reposan junto a su marido en el cementerio de Arlington.
– Esculpiendo rostros, sanando almas, Anna Coleman Ladd (1878-1939)

Las guerras provocan miles de muertos. Los que consiguen salvar sus vidas, no siempre regresan a casa indemnes y las heridas o mutilaciones suponen un trauma difícil de superar. Durante la Primera Guerra Mundial, una joven norteamericana que vivía con pasión el arte de la escultura, no dudó en utilizar su genio para reconstruir los rostros deformados de los soldados heridos en el frente. Su labor no salvó vidas, pero sí sanó decenas de almas al devolver a aquellos hombres un rostro al que mirarse sin horror.
Anna Coleman Watts había nacido en la localidad norteamericana de Bryn Mawr, en el estado norteamericano de Pensilvania, el 15 de julio de 1878. Sus padres, John y Mary Watts, alentaron el espíritu artístico de Anna, quien estudió escultura en Europa durante su juventud.
Casada en 1905 con un doctor llamado Maynard Ladd, con quien tuvo una hija, Anna continuó formándose y desarrollando su arte en el Museum School de Boston, localidad en la que se había instalado la pareja. La obra de Anna recibió el reconocimiento de la comunidad artística, exhibiendo sus esculturas en distintas exposiciones y siendo aceptada en el Gremio de Artistas de Boston.
En 1915, exhibió en una exposición en San Francisco una pequeña escultura de bronce bautizada con el nombre de «Bebés tritones» y que en la actualidad se encuentra en una fuente de Boston.

Anna era un espíritu inquieto que desarrolló su arte no sólo esculpiendo, también escribió y pintó. Llegó a publicar dos novelas y, cosas del destino, escribió una obra en la que una escultora marchaba a la guerra. También despuntó como pintora. Fue una de las pocas personas que consiguió retratar a la actriz italiana Eleonora Duse y algunos de sus lienzos aún hoy se subastan.
Anna no curaba heridas físicas, pero devolvía la confianza en unos hombres mutilados por las armas.
Para Anna, como para millones de personas en todo el mundo, el estallido de la Primera Guerra Mundial supuso un freno en su vida. En 1917, su marido Maynard decidió trasladarse a Francia para dirigir la Oficina Infantil de la Cruz Roja Americana. Anna le acompañó a Europa.

En París, Anna conoció a Francis Derwent Wood, un artista inglés demasiado mayor para servir como soldado pero que, lejos de quedarse en su hogar, había viajado a Francia para participar en un proyecto de reconstrucción facial de los heridos en el frente. Anna aprendió de Francis y empezó a colaborar con él en un estudio parisino.
Su labor fue pionera en la ciencia de la anaplastología
Con una fotografía del herido previa y una posterior, Anna comparaba el rostro que moldeaba con arcilla o yeso. Este molde serviría de base para construir una prótesis de latón que se completaba con pintura que igualara el color del resto de la cara y un mostacho si el paciente lo requería. Anna fijaba la máscara con cuerdas o lentes.
Cada una de ellas era una auténtica obra de arte que requería de mucho tiempo y dedicación. Pero todas ellas fueron la salvación para más de cien hombres que pudieron volver a contemplarse en un espejo y no sentir el rechazo de los demás. Anna no curaba heridas físicas, pero devolvía la confianza en unos hombres mutilados por las armas. Su labor fue, además, pionera en la ciencia de la anaplastología.
Su labor le valió ser honrada con el título de Caballero de la Legión de Honor de Francia y la orden de San Sava serbia.
Cuando finalizó su labor en la guerra, Anna y Maynard regresaron a los Estados Unidos donde participó en la construcción de un memorial por los caídos en el frente. En 1936 se marchó a California con su marido donde vivió retirada los últimos años de su vida. Falleció el 3 de junio de 1939.
LA ÚNICA EMPERATRIZ CHINA, WU ZETIAN (624-705)

En el siglo VII, una concubina china decidió dar un golpe de estado y hacerse con el poder en la tradicional China. Que una mujer decidiera ostentar el poder era una osadía en un mundo patriarcal en el que el llamado «sexo débil», tenía un papel más que secundario. Wu Zetian decidió romper con las normas establecidas y demostró ser una emperatriz competente.
Sin embargo, la leyenda negra, puso su acento en los errores que cometió, dejando en un segundo plano las reformas que llevó a cabo.
Wu nació el 17 de febrero de 624 en un lugar desconocido de la provincia china de Shanxi, aunque existen opiniones que la sitúan en la capital, donde por aquel entonces reinaba el emperador Gaozu, de la dinastía Tang. Su padre, Wu Shihou, era canciller al servicio del emperador, mientras que su madre descendía de la poderosa familia Yang.
Wu creció rodeada de lujos y se le facilitó un acceso poco habitual en las jóvenes, a la educación. Con una mente despierta, Wu aprovechó la oportunidad que le brindaban y aprendió música, literatura, artes y se sumergió en la lectura de textos políticos e históricos.
Cuando tenía catorce años, la joven fue escogida para formar parte del amplio harén imperial del emperador Taizong quien pronto se dio cuenta de las capacidades intelectuales de su nueva concubina quien se convirtió en una suerte de secretaria y empezó a descubrir los entresijos del poder.
Casi una década después, en 649, fallecía el emperador Taizong, al que le sucedió su hijo con el nombre de Gaozong. Algunas fuentes, aseguran que antes de la muerte del padre, Wu había mantenido una relación secreta con el hijo, razón por la cual permaneció en el harén con el cambio de emperador.
Era habitual que las concubinas que no habían dado hijos al soberano abandonaran el harén a la muerte de este y se recluyeran a vivir en un monasterio. No se sabe con certeza si Wu llegó a abandonar el palacio para regresar de nuevo, pero lo cierto es que escandalizó a las mentes más tradicionales que veían con muy malos ojos que una mujer fuera concubina de dos emperadores.
Wu Zetian había nacido en una sociedad patriarcal. Desde que el confucionismo legitimara el poder de los hombres sobre las mujeres, estas fueron perdiendo las pocas libertades que tenían, como escoger libremente un marido o participar en la vida pública.
Wu ascendió en la jerarquía del harén y empezó a influenciar cada vez con más fuerza en cuestiones de gobierno a pesar de las continuas desavenencias con la emperatriz Wang. En el año 654, Wu había dado a luz a una hija del emperador que falleció prematuramente. La propia Wu acusó ferozmente a la emperatriz Wang de haber asesinado a su hija, ayudada de otra concubina que al parecer también odiaba a Wu.

Algunas voces acusaron a la propia Wu de haber terminado con la vida de su hija para urdir una trama que la llevó a relegar a Wang en el papel de emperatriz consorte y conseguir que Wang y la concubina que supuestamente la había ayudado en el asesinato fueran torturadas hasta la muerte.
Con un emperador inexperto y enfermizo, Wu empezó a tomar las riendas del poder. Los afines a la emperatriz fueron asumiendo los puestos clave en la administración mientras que los críticos fueron eliminados. Cuando en 683 falleció el emperador Gaozong, los rumores de envenenamiento por parte de su esposa sobrevolaron el palacio.
Uno de los hijos del emperador y Wu, Zhongzong, subió a un trono que continuó estando controlado por la mujer que había pasado a ejercer el papel de emperatriz viuda y regente. Hasta que, en 690, decidió dar un paso más en su ambicioso camino hacia el poder dando un golpe de estado y proclamándose emperatriz de una nueva dinastía que ella misma bautizó como dinastía Zhou.
Las mujeres no podían ser educadas ni tener ningún papel relevante en la sociedad china, por lo que fueron muchos los que se negaron a aceptar a una mujer como emperatriz titular.
Durante más de una década, la emperatriz Wu demostró ser una hábil gobernante que ayudó a expandir el territorio del imperio, mejorar la educación, las infraestructuras y el ejército.
Mientras tanto, sus detractores no aceptaron que fuera una mujer la que decidiera los designios de la China imperial y empezaron a difundir historias acerca de asesinatos, purgas y orgías que dibujaron la leyenda negra sobre ella. Wu Zetian había nacido en una sociedad patriarcal.
Desde que el confucionismo legitimara el poder de los hombres sobre las mujeres, estas fueron perdiendo las pocas libertades que tenían, como escoger libremente un marido o participar en la vida pública. Desde hacía siglos, las mujeres no podían ser educadas ni tener ningún papel relevante en la sociedad china.
Por lo que fueron muchos los que se negaron a aceptar a una mujer como emperatriz titular. Wu Zetian se apoyó en el budismo, declarado religión oficial en 691, para legitimar su poder.
A principios del año 705, cuando Wu ya era una anciana de más de ochenta años, sus detractores consiguieron apearla del trono imperial que volvió a ser ocupado por su hijo Zhongzong. Antes de finalizar el año, el 16 de diciembre de 705, fallecía la que fuera la única emperatriz de China.
– La monja detrás de la computadora, Mary K, Keller (1913?-1985)

A pesar de que las mujeres han alcanzado logros importantísimos en las últimas décadas, continúan existiendo ámbitos de la sociedad considerados «típicamente masculinos». Uno de ellos, la informática, un sector en el que, curiosamente, algunas mujeres fueron clave en su desarrollo.
Tales fueron los casos de Ada Lovelace o Hedy Lamarr. Otro de estos nombres propios fue una monja norteamericana que no dudó en compatibilizar sus rezos con los números.
Mary Kenneth Keller fue una religiosa que en 1932 había ingresado en la congregación de las Hermanas de la caridad de la Virgen María, en la que se ordenó como monja ocho años después. De su vida anterior no he conseguido encontrar nada, incluso su fecha de nacimiento oscila entre los años 1913 y 1914.
Lo que está claro es que la hermana Mary no iba a dedicar todo su tiempo a la vida contemplativa. Apasionada de los números, estudió en varias universidades, entre ellas la Universidad de Dartmouth, que rompió con una larga tradición de casi dos siglos de vetar su acceso a las mujeres.

En 1958, tras licenciarse en matemáticas y obtener un máster en la misma disciplina y en física, Mary rompió otro techo de cristal al ingresar en el laboratorio de Ciencias de la Informática en el que participó en el desarrollo del lenguaje de programación BASIC, un lenguaje que permitiría acercar la informática a amplios sectores, entre ellos estudiantes de informática.
La hermana Mary Kenneth Keller se implicó en este proyecto porque creía en la necesidad de acercar la informática a la educación. En este sentido, años después participó en la creación de la Association Suporting Computer User in Educations que trabajó para acercar el uso de los ordenadores a las escuelas.
La hermana Mary compaginó su vida religiosa con su pasión por la informática y trabajó para acercar los ordenadores a las escuelas y abrir las puertas de la ciencia a las mujeres.
En 1965 volvió a hacer historia al convertirse en la primera persona en obtener en los Estados Unidos un doctorado en Ciencias Informáticas con su tesis «Inferencia inductiva de patrones generados por computadora».
Mary Kenneth Keller defendió la necesidad de que las mujeres tuvieran el mismo acceso que los hombres a las ciencias en general y a la informática en particular. Falleció el 10 de enero de 1985 tras una vida dedicada a la oración y alabanza a Dios y al estudio de los números.
Deja un comentario