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Cómo transformar el horror del campo nazi de Ravensbrück en «el mayor burdel del III Reich» …


Foto: Mujeres en el campo de concentración de Ravensbrück en 1945. (Getty/Gamma-Keystone/Keystone-France)
Mujeres en el campo de concentración de Ravensbrück en 1945.

El confidencial(I.Eschebach/P.Bos)/BBC — La exdirectora del Memorial de ese campo de concentración para mujeres y una experta en Holocausto analizan la controvertida novela de Fermina Cañaveras sobre una supuesta presa española prostituida allí

Aprincipios de 2024, la editorial española Espasa publicó una «novela de no ficción» titulada El Barracón de las Mujeres, de Fermina Cañaveras, que retrata el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück como «el mayor burdel del Tercer Reich».

Una vez más, este campo se está utilizando como pantalla de proyección de fantasías sexuales sin tener en cuenta los hechos históricos. La pornografización de Ravensbrück y la tesis asociada de que las prisioneras compraron su supervivencia mediante servicios sexuales alcanza otro clímax despreciable con el libro de Cañaveras. 

Es cierto que había prostíbulos en el sistema de los campos de concentración nazis. Pero contrariamente a lo que frecuentemente se afirma, estos burdeles no estaban a disposición de las SS, ni siquiera de la Wehrmacht, sino de los detenidos varones «arios» de los campos de concentración.

El hecho de que los hombres acudieran a los servicios sexuales de mujeres que, como ellos, sufrían las penurias de la cautividad en los campos de concentración parece tan insólito que hasta nuestros días este hecho no ha trascendido a la memoria pública. Es mucho más fácil imaginar, como Cañaveras lo hace de manera desmesurada, que eran soldados alemanes o miembros de las SS quienes esclavizaban sexualmente a las detenidas. 

En realidad, estos prostíbulos se establecieron en los campos de concentración para los prisioneros varones y sirvieron como incentivo: a los «prisioneros más trabajadores» había que «facilitarles acceso a mujeres en burdeles» como una especie de recompensa.

Según este planteamiento del jefe de las SS Heinrich Himmler, el rendimiento laboral de los presos varones en los trabajos forzados se podría aumentar mediante un sistema de primas que, además de alivios penitenciarios, el permiso de llevar corte de pelo militar y de comprar tabaco, incluía también visitas a los burdeles.

Como se suponía que los trabajadores forzados debían contribuir con su esfuerzo a que «el pueblo alemán lograra una gran victoria, […] debemos preocuparnos por el bienestar de los prisioneros», escribió Oswald Pohl, jefe de la Oficina Principal de Administración Económica de las SS, en octubre de 1943. 

Hasta finales de la guerra se habían creado prostíbulos para prisioneros varones en un total de diez campos de concentración: primero en los campos de Mauthausen y Gusen en 1942, luego en el campo principal de Auschwitz I y en el subcampo de trabajo Auschwitz III Monowitz, así como en Buchenwald en 1943, Sachsenhausen, Flossenbürg, Neuengamme y Dachau en 1944. En último lugar, a principios de 1945 se abrió un burdel en el campo de concentración de Mittelbau-Dora.

Las SS reclutaron en total a unas 200 mujeres para el «destacamento de trabajo en el burdel», principalmente en el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück, pero también en el campo de mujeres de Auschwitz. La mayoría de ellas eran de origen alemán. Otras mujeres procedían de Polonia, Ucrania, Bielorrusia y los Países Bajos. 

No hay constancia de ninguna mujer española en este contexto. Según documentos de las SS, ninguna de las prostitutas forzadas era de origen judío.

Fotografía de una supuesta superviviente de Auschwitz con el tatuaje 'Feld-Hure' (Puta del campo) en el pecho. (Paul Goldman)
Fotografía de una supuesta superviviente de Auschwitz con el tatuaje ‘Feld-Hure’ (Puta del campo) en el pecho. 

– La «puta de campo»

La imagen de una mujer con tatuaje de la palabra «puta de campo«, complementada con un número de prisión, por encima de los pechos cobra un papel destacado en la novela de Fermina Cañaveras y en la atención publicitaria que la rodea, incluso en las entrevistas que Cañaveras ha concedido sobre el libro. Ella afirma que esa foto muestra a una «esclava sexual» de Ravensbruck y que se la había cedido una superviviente.

En consecuencia, parece una prueba irrefutable de que lo que describe Cañaveras ocurrió realmente, en ese campo y de esa manera. Sin embargo, la investigación científica realizada precisamente acerca de este tipo de historias sobre la prostitución forzada de prisioneras para los soldados nazis y las SS en los burdeles de los campos revela una historia muy diferente de esta fotografía. 

Los rumores sobre la esclavización sexual de las prisioneras por parte de los nazis para los SS y los soldados de la Wehrmacht eran comunes después de la Segunda Guerra Mundial. Las historias empezaron a circular entre antiguos prisioneros de campos como Auschwitz, que tenían prostíbulos para uso de los reclusos «arios».

En algunos casos, estos mismos barracones burdel de prisioneros también eran utilizados por guardias ucranianos de las SS. Como es posible que muchos prisioneros no conocieran el «sistema de recompensas» de los burdeles para lor prisioneros varones privilegiados y vieran a los guardias entrar en estos edificios, esto puede haberles hecho creer que las SS y la Wehrmacht esclavizaban sexualmente a las mujeres para elllos.

La mayoría de las reclusas no eran conscientes de la diferencia y algunas contaban erróneamente historias de soldados nazis que utilizaban a mujeres prisioneras como esclavas sexuales en estos burdeles. Este tipo de relatos provocó que en la posguerra se generara un clima de desconfianza hacia las supervivientes, de las que se suponía que habían colaborado y «comprado su libertad» mediante favores sexuales a los SS o a los soldados de la Wehrmacht. Tales acusaciones eran tremendamente perjudiciales, pero no tardaron en calar en la prensa popular.

Un superviviente polaco judío, Ka-Tzetnik (1909–2001, de nombre real Yehiel De-Nur), intentó rectificar esta imagen de la prostituta judía voluntaria mediante su obra semiautobiográfica Bet ha-bubot (La Casa de las Muñecas), publicada en Israel en 1953.

En esta obra presenta la historia de Daniella, la hermana de la protagonista, inocente y pura a pesar de haber sido brutalmente violada por los nazis en un campo de concentración que se había creado a propósito para la prostitución forzada de mujeres. Supuestamente ella y las otras mujeres fueron marcadas con un tatuaje aplicado mediante un «sello eléctrico» como Feld-Hure, o sea «puta de campo».

El libro se comercializó como literatura seria de memorias, pero sus explícitas descripciones de sexo y violencia lo convirtieron rápidamente en un inesperado éxito de ventas. Con la intención de explotar este éxito, se rediseñó la portada del libro y, a partir de 1955, aparece la representación visual de una mujer con el tatuaje «puta de campo». Este diseño se volvió a utilizar en todas las demás ediciones de bolsillo a nivel internacional de este superventas. 

Ravensbrück, el campo de concentración para mujeres del que nadie quería  hablar
Campo nazi de Ravensbrück

La portada de La Casa de las Muñecas y la fotografía de una mujer marcada como «puta de campo» muestran una asombrosa similitud. La fotografía fue tomada por el fotógrafo de prensa israelí Paul Goldman y fue redescubierta tras su muerte entre un gran archivo de negativos.

El pie de foto indica que la retratada era una superviviente del campo de concentración de Auschwitz, fotografiada en el kibutz Nahalel en 1945, pero en esa fecha aún no había supervivientes de Auschwitz. En 1946 sólo había allí cuatro supervivientes del Holocausto, pero ninguno de ellos llevaba un tatuaje con el término «puta de campo».

De hecho, no existe ninguna otra fuente histórica según la cual los prisioneros de los campos de concentración fueran tatuados con palabras. Más bien parece que la foto de Goldman se hizo como simulacro de la portada del libro de Ka-Tzetnik, de buena fe, ya que él también creía que la obra era autobiográfica. 

Sin embargo, desde 2004, cuando la exposición fotográfica de Goldman fue reseñada por primera vez en Internet, la foto ha empezado a circular por la red sin ninguna atribución original. Es probable que así llegara a manos de Cañaveras.

Estos antecedentes hacen que la reivindicación de veracidad histórica que hace Cañaveras en su novela, y su autocalificación de historiadora, resulten profundamente preocupantes. Cañaveras utiliza la foto de Goldman como argumento central de su novela y la presenta como una foto de una superviviente de Ravensbruck cuya historia supuestamente narra, aunque una rápida búsqueda de imágenes revela que esto no es correcto.

Incluso la descripción que ofrece en su novela de las espantosas experiencias vividas parece basada en La casa de Las Muñecas de Ka-Tzetnik, en lugar de recurrir al importante corpus de investigación pertinente que se ha publicado en los últimos veinte años y que aclara tanto la historia real de estos prostíbulos como la del campo de Ravensbruck. 

Pero, ¿a qué fines sirve la descripción sensacionalista de Cañaveras? Tanto las supuestas víctimas como los autores están muertos, y el régimen nazi hace tiempo que se está desmantelando y desacreditando. Cañaveras utiliza su relato «histórico» inventado de Ravensbruck para apoyar su agenda actual contra la prostitución y, además, se promociona a sí misma como una heroína por descubrir una supuesta «historia oculta».

Con esta invención, se explota y oscurece aún más la historia real de la esclavitud sexual forzada de algunas mujeres de Ravensbruck y Auschwitz en prostíbulos para reclusos, así como la más general de la violencia sexual durante el Holocausto.

Campo de concentración de Ravensbrück - Wikipedia, la enciclopedia libre

– Ravensbrück

En numerosos casos el histórico campo de concentración de mujeres de Ravensbrück, junto con Auschwitz, sirve una vez más como pantalla de proyección para fantasías sexualizadas y desenfrenadas. En realidad, los hombres no tenían acceso al campo de mujeres. Sobre las supuestas violaciones de prisioneras en Ravensbrück no hay constancia ninguna; la miseria en este campo tuvo muchas otras caras —las terribles epidemias, el despiadado sistema sancionador y punitivo, el hambre, los experimentos médicos y un total de unos 28.000 muertos

La sexualización retrospectiva de las prisioneras se evidencia, entre otras cosas, en la extensa literatura de memorias escrita por prisioneras supervivientes: muchas de ellas se vieron acusadas de haberse prostituido en los campos cuando regresaron en 1945 de su cautiverio en los campos de concentración: al fin y al cabo, sólo habrían podido sobrevivir porque se habrían entregado al personal de las SS.

«Los vecinos venían corriendo a ver a la ‘deportada’. Yo era la atracción del barrio», cuenta Micheline Maurel (1916–2009), describiendo su llegada de vuelta a Toulouse. «Las preguntas que me hacían eran siempre las mismas. ¿Y a usted también la violaron? (…) ¿Y cómo es que usted no murió?».

En contra de esta percepción, que también se manifiesta en numerosas películas, se pronunció, por ejemplo, Primo Levi en 1978, describiendo «lo fraudulento y lo mentiroso que es el negocio que inunda todas las pantallas con una avalancha de películas de sexo nazi«. Éstas no reflejarían en absoluto «la situación real de las mujeres en los campos».

«No, las deportadas no eran objetos sexuales, en el mejor de los casos eran explotadas como animales de trabajo y en el peor se convertían en ‘piezas de basura’ de corta vida».

Levi se refiere aquí a la mencionada película El portero de noche, que se había estrenado cuatro años antes y que, como señala Johanna Kootz, contribuyó a que el interés público por los testimonios femeninos se focalizara en la violencia sexual en los campos: «Las supervivientes se veían retratadas de forma desvergonzada e indigna y explotadas por los medios ante los cuales eran indefensas». 

Hoy en día, son los hijos y nietos de las supervivientes quienes luchan contra la instrumentalización fantasmagórica del campo de concentración de mujeres de Ravensbrück. 

Por ello, al final de este artículo caben las palabras de la presidenta del Comité Internacional de Ravensbrück, Ambra Laurenzi: «Soy hija y nieta de mujeres que fueron deportadas a Ravensbrück y no puedo evitar pensar en lo que mi madre y otras deportadas siempre me han contado sobre su regreso tras el final de la guerra, cuando su esperanza era encontrar un hogar y alivio, pero en cambio se toparon con burlas y reproches porque, según la opinión común, todas habían sido vendidas a los nazis.

En consecuencia, su trágica experiencia de deportación fue considerada en la mayoría de los casos como una culpa, encerrándolos en un silencio que duró más de 50 años».

– El campo de concentración nazi del que no se habla

Nombres de campos de concentración nazis

Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Dachau… nombres familiares que retumban por haber sido campos de trabajo, concentración o exterminio del Tercer Reich alemán que quedaron fijos en la conciencia humana por las atrocidades cometidas a manos de la que se consideraba una nación civilizada.

Aunque no todos son tan famosos, hay uno en particular que es casi desconocido: Ravensbrück.

A pesar de que fue uno de los primeros en instalarse -en 1939, poco antes de que empezara la guerra, a 80 kilómetros de Berlín, en un escenario idílico en la costa báltica- y el último en ser liberado -en 1945-, este campo de trabajo y, al final, de exterminio ha permanecido en los márgenes de la historia.

Ravensbrück era específicamente para mujeres.

A finales de la Segunda Guerra Mundial, 130.000 habían pasado por las puertas.

Entre 30.000 y 50.000 murieron, de hambre, de agotamiento, de frío, o por las balas o el gas administrados por las guardas nazis.

Las mujeres de Ravensbrück
La historia de las mujeres de Ravensbrück quedó tras las Cortina de Hierro.

Aunque algunas de las internas eran judías, la mayoría no lo eran. Había prisioneras políticas, gitanas, enfermas mentales o «asociales», es decir prostitutas o cualquier mujer considerada «inútil» por los nazis.

«Ravensbrück era una historia con la que me había topado y me di cuenta de que era casi desconocida», le dice a la BBC Sarah Helm, cuyo libro sobre Ravensbrück acaba de publicarse.

El título que escogió fue «Si esto es una mujer», haciendo eco a la célebre obra de Primo Levi «Si esto es un hombre», que describe su arresto por ser miembro de la resistencia antifacista italiana y su encarcelamiento en el campo de exterminio Auschwitz.

«Así como Auschwitz fue la capital del crimen contra los judíos, Ravensbrück fue la capital del crimen contra las mujeres», declara Helm.

«Estamos hablando de crímenes específicos de género, como abortos forzados, esterilización, prostitución forzada».

«Es una parte crucial de la historia de las atrocidades nazis», insiste.

«En la fase final del campo, mucho después de que se hubiera suspendido el uso de cámaras de gas en el este, se construyó una en Ravensbrück. Incluso trajeron partes de las cámaras desmanteladas de Auschwitz, así como algunos de los exterminadores de allá. Hasta esa exterminación -en la que murieron 6.000 mujeres y fue la última exterminación masiva de la historia nazi- ha sido en gran medida pasada por alto».

– Trabajo esclavo

Detalle de pancarta en ceremonia para recordar a las mujeres de Ravensbrück
Detalle de pancarta en ceremonia para recordar a las mujeres de Ravensbrück.

Selma van der Perre fue una de las internas y le contó a la BBC cómo eran los días en ese lugar.

«Nos levantaban a gritos a las cuatro de la mañana, luego teníamos que responder al llamado de lista y paso seguido nos daban café. Nos dejaban ir al baño y a eso de las 05:30 teníamos que ir trabajar a la fábrica de Siemens, donde pagaban por las prisioneras: no lo recibíamos nosotras, se lo daban a las SS», recuerda.

«Trabajabamos 12 horas y después volvíamos al campo de trabajo, y a eso de las ocho de la noche nos daban un plato de sopa y nos dormíamos».

Esto, salpicado de casos de crueldad de los cuales se ha hablado poco.

Tragedias que, al escucharlas de boca de sobrevivientes, llenaron de lágrimas los ojos no sólo de Helm sino de sus traductores, como la descripción de una francesa sobre cómo dejaban a los bebés morir de hambre deliberadamente.

O testimonios de que «hacían que las mujeres se pararan casi desnudas en la nieve hasta que morían» y sobre cómo «gérmenes de sífilis eran inyectados en la médula espinal».

– Coraje en medio de la desesperación

Crematorio en Ravensbrück
«Ignorar Ravensbürg no sólo es olvidar la historia del Ravensbrück fue el último campo en ser liberado y el escenario del último exterminio con gas nazi.

Pero Helm también destaca las historias de valentía y solidaridad, como la de los 77 «conejas», que encapsula lo mejor y lo peor de Rovensbrück.

Desde 1942, las prisioneras fueron usadas como conejillos de indias. En «operaciones especiales» les cortaban los músculos de la piel y les insertaban vidrio, madera y tierra en las heridas. Algunas no recibían tratamiento y otras sí, con distintos tipos de drogas. Los experimentos fueron repetidos pero cuando llegó el momento de remover la evidencia y matar a las «conejas», todo el campo conspiró para esconderlas.

«Los experimentos no probaron nada para la ciencia -escribe Helm- pero sí para la Humanidad».

Pero, ¿por qué se sabe tan poco sobre este campo de mujeres?

Estatuas en Ravensbrück
«Ignorar Ravensbürg no sólo es olvidar la historia del campo de concentración mismo sino también la de las mujeres», dice Helm.

«Una de las razones principales es que después de los juicios por crímenes de guerra, que vinieron inmediatamente después del fin de la II Guerra Mundial, empezó la Guerra Fría, la Cortina de Hierro cayó y Ravensbrück quedó al otro lado -en el oriental- de manera que en gran parte quedó escondido de Occidente, inaccesible», señala Helm.

«Los que estaban en el este no olvidaron a Ravensbrück, pero lo presentaron como un centro de resistencia comunista, de manera que el recuerdo de las mujeres occidentales y las judías desapareció por completo de la historia. También desapareció la historia de las alemanas que estuvieron ahí al principio, que es una de las más olvidadas de todas».

Mujeres como la austríaca defensora de los derechos de la mujer, miembro de la Resistencia y socialdemócrata Rosa Jochmann; o de Läthe Leichter, la más destacada feminista socialista de la Viena Roja en la entreguerra; y la de la alemana Elsa Krug, una prostituta de BDSM que se rehusó a golpear a las otras prisioneras.

«Ignorar Ravensbürg no sólo es ignorar la historia del campo de concentración mismo sino también la de las mujeres», concluye Helm.

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