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Cinco grandes preguntas sobre el contacto extraterrestre …


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JotDown(R.D.Caviedes) — Bonita, ¿verdad? La estrella, digo. Y además tiene un nombre con mucho punch: Asterion. Luce en la constelación de los lebreles y está a ocho pársecs del sistema solar, algo más de veintisiete años luz. Suena muy lejos, pero de hecho es bastante cerca.

Además Asterion —o Beta Canum Venaticorum, si prefiere su nombre técnico— es uno de los pocos ejemplares conocidos de eso que los astrónomos llaman «gemelo solar», un título que habla por sí mismo. Y el más cercano de todos, una de las razones por la que los radiotelescopios de medio mundo apuntan en su dirección.

La otra es que esta humilde estrellita, ahí donde la ven, es una de las que acumula más papeletas en la rifa de la biología compleja, incluyendo la clase de biología que sería capaz de ganar una partida de backgammon.

Cada vez que oiga aquello de que el universo es tan grande que la inteligencia debe de haber florecido en algún otro lugar además de la Tierra, estamos hablando de lugares como Asterion. Y también lo hacemos cuando elucubramos sobre la posibilidad real de contactar con ella, ya que pocos sitios nos cogen tan a mano como este sol.

Por eso, además de ser una de las niñas bonitas del Instituto SETI —Search for ExtraTerrestrial Inteligence—, Asterion está en el punto de mira de las dos grandes iniciativas de búsqueda extrasolar proyectadas a corto plazo, el telescopio TPF —Terrestrial Planet Finder— de la NASA y el Proyecto Darwin de la Agencia Espacial Europea. Eso implica muchos millones invertidos en descubrir qué se cuece por allí.

¿Le sorprende el grado de concreción? Pues no debería. La ciencia consiste en eso, en concretar. Y la búsqueda de inteligencia extraterrestre ha tenido décadas para hacerlo, aunque los profanos solamos olvidarlo y nos movamos entre convenciones de la década de los sesenta y setenta. En parte, la culpa la tienen un aforismo, aquel que habla de la muerte por éxito, y aquella ecuación tan exitosa que diseñó en 1961 quien fuera presidente del Instituto SETI, el astrónomo Frank Drake:

N = R*· fp · ne · fl · fi · fc · L

Con frecuencia se oye que este galimatías prevé el número de civilizaciones que pueblan la galaxia, pero eso no es estrictamente cierto. Aunque incluye ese factor —es el parámetro fi—, la N que intenta resolver esta ecuación tiene más que ver con los propósitos específicos del Instituto SETI: equivale al número de pueblos extraterrestres con los que la humanidad podría establecer contacto en un año.

Recurriendo a los valores más optimistas, los que le asigna el propio Drake, arroja un resultado cercano al diez, aunque otros rebajan la cifra hasta 0.0000000676963, una cantidad tan dolorosamente parecida al cero como rigurosamente ajustada a la realidad. Lo cierto es que el propio SETI califica hoy la ecuación de Drake como «una herramienta eficiente para estimular la curiosidad intelectual sobre el universo», un eufemismo que también se aproxima dolorosamente al cero.

Pero es lo que pasa con la búsqueda de inteligencia extraterrestre, ¿no? Que la ecuación verdadera es L= L, donde Li equivale al lirili y Le al lerele. Que mucho ruido y pocas nueces, para entendernos. Mucha certeza de que están ahí, pero ninguna prueba que lo demuestre. En realidad, no sabemos nada sobre las circunstancias en las que se ha de producir un contacto, ¿verdad?

Pues no, mire. Tanto como nada, no.

Desempolve su antena de mano, su camiseta de I want to believe y luzca su mejor cucurucho envuelto en papel de plata, que vamos preguntarnos por cinco cuestiones fundamentales —dónde, cómo, cuándo, qué y quién— acerca del contacto con criaturas extraterrestres.

Y desde ya le advertimos que, con los datos en la mano, quizá tengamos que piruetear por probabilidades científicas remotas, pero solo responderemos «imposible» en una ocasión. Disponemos de más razones científicas para esperar un contacto que para descartarlo porque el SETI, ya verá, no es morirse de frío. Y, además, las probabilidades no han hecho más que aumentar en los últimos cincuenta años. Literalmente.

– Cuándo

Tanto así que, cuando Carl Sagan se propuso crear «una representación ficticia de cómo sería un contacto en realidad» —en palabras de su mujer, Ann Druyan—, dio prioridad a la cuestión del tiempo sobre la del espacio, que precisamente por eso le quedó, digámoslo con tacto, bastante menos realista.

CONTACT1

En Contact, el mensaje alienígena que captaba la intrépida directora del Proyecto Argus, Ellie Arroway, procedía de Vega, un sistema estelar a veinticinco años luz de distancia de la Tierra. En una galaxia de más de cien mil años luz de diámetro ocurre lo mismo que con Asterion: no dejaría de ser un caso de potra bastante, bastante severo.

Pero tenía que ser Vega, y la razón eran los plazos. La primera retransmisión televisiva efectuada por nuestra especie con potencia suficiente para salir al espacio —un discurso de Hitler, hurra por nosotros— abandonó la Tierra en 1936 y llegó  a las inmediaciones de Vega veinticinco años después, en torno a 1961.

En su novela, Sagan jugaba a que nos era devuelta desde allí con la forma de un pulso de radio que alcanzaba el sistema solar veinticinco años más tarde, en 1986. Era la fecha aproximada en la que estaba ambientada la historia.

Y el principio no es ninguna fantasía. De hecho, Sagan inspiró su Ellie Arroway y el ficticio Proyecto Argus en la radioastrónoma Jill Tarter y su trabajos en la dirección del Proyecto Fénix del SETI. Entre 1995 y 2004, y con numerosos radiotelescopios de ambos hemisferios a su disposición, Tarter se dedicó a la búsqueda de señales artificiales analizando la emergencia de patrones en ondas de radio, pero no en cualquier lugar.

De hecho, su equipo escaneó ochocientas estrellas situadas en doscientos años luz a la redonda solo para confirmar, en palabras de Tarter, que «vivimos en un vecindario muy tranquilo». Según el último director del proyecto, Peter Backus, la estrategia obedeció a una simple prioridad técnica: «Cuanto más cerca está la estrella, el transmisor requeriría menos potencia para producir una señal detectable» desde la Tierra.

Pero había otra razón para centrarse en los astros situados específicamente a menos de doscientos años luz. Los seres humanos comenzamos a interferir con el espectro electromagnético hace cerca de doscientos años.

Si el contacto ha de ser una respuesta a nuestras radiaciones —y es un clavo ardiendo al que SETI se agarra completamente en serio, aunque haya quien no—, aritmética elemental: solo cabe esperar que sepan de nosotros en sistemas a doscientos años luz de distancia, y la respuesta no podría provenir más que de aquellos en cien años luz y menos.

radio broadcasts
Una representación del alcance de las radiaciones humanas en la Vía Láctea.

Contra esta conjetura obra la estadística, por supuesto. Un radio tan pequeño puede servir para soñar, pero no para ser realistas. De todos los sitios donde podrían estar —y en la escala galáctica son efectivamente todos los sitios—, sería demasiada casualidad que fuesen a estar precisamente en nuestro pequeño, pequeño circulito.

– Dónde

Por eso el SETI prefiere ir a tiro hecho, que siempre es más rápido, y dispone de una lista con los sistemas específicos de los que cabría esperar una llamada interestelar espontánea —no necesariamente en respuesta a nuestras emisiones—. Entre ellos figuran algunos tan célebres como Alfa Centauri, 51 Pegasi o la propia Asterion. En total, son 17.129 estrellas. Ni una más, ni una menos.

Este es el número de soles que integra el Catalog of Nearby Habitable Systems, todos los que las astrónomas Jill Tarter y Margaret Turnbull consideran «potencialmente habitables por formas de vida compleja, incluyendo la vida inteligente», en nuestra sección de la galaxia.

El HabCat, como se abrevia con frecuencia, es una ampliación de la primera lista de astros que Tarter y sus colegas rastrearon en el curso del Proyecto Fénix y servirá como guía en los trabajos del ATA —Allen Telescope Array, el radiotelescopio más potente del mundo y el más grande dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre, aún en construcción—, el futuro telescopio espacial TPF de la NASA y algunos de los principales programas de SETI, entre ellos SETI@home y SERENDIP —Search for Extraterrestrial Radio Emissions from Nearby Developed Intelligent Populations.

Para confeccionarlo, Tarter y Turnbull partieron de los ciento veinte mil sistemas estelares más próximos a la Tierra —consignados en el Catálogo Hipparcos de la Agencia Espacial Europea— y eliminaron del recuento las estrellas «cataclísmicas, eruptivas, pulsantes, rotativas o de rayos X», además de las jóvenes, las que no han permanecido estables durante los últimos tres mil millones de años —el tiempo necesario para formar planetas viables— y otras que presentan entornos hostiles para la biología por su composición química, tamaño y un sinfín de variables.

JILL TARTER ARECIBO CORBIS
Jill Tarter en el radiotelescopio de Arecibo.

En 2006, además, Turnbull entresacó de esta misma lista un top ten con las diez estrellas más prometedoras, cinco de las cuales centrarán los estudios del ATA de SETI y cinco los del TPF de la NASA.

Entre ellas figuran celebridades astronómicas como Alfa Centauri B, una enana naranja en el sistema triple de Alfa Centauri —el más cercano al sistema solar, a poco más de cuatro años luz—; Épsilon Eridani, la tercera estrella más próxima entre las que se ven a simple vista; 51 Pegasi, en torno a la que orbita 51 Pegasi b, el primer planeta extrasolar que se descubrió en 1995; y Tau Ceti, un sol de tipo G cuya relativa longevidad lo hace más propenso a la vida. Según Turnbull, las dos estrellas más prometedoras de todo el catálogo son Épsilon Indi A, una pequeña a menos de doce años luz, y Asterion.

– Cómo

Se han publicado teorías muy convincentes sobre cómo sería el mensaje extraterrestre más probable, aunque el verdadero consenso obra sobre todo aquello que podemos ir descartando. Además de lo obvio, que es el contacto físico vía nave o sonda espacial, también el contacto mediante alguna forma de comunicación superlumínica, como el famoso ansible que concibió la novelista Ursula K. Le Guin.

Aunque desde los años sesenta se hayan propuesto varias formas teóricas de explotar la capacidad de los taquiones de superar la velocidad de la luz para crear dispositivos de intercambio instantáneo de información, existe una razón de peso para descartarlos: hasta nuevo aviso, son solo figuras hipotéticas. Si puede imaginar una razón mejor, me gustaría conocerla.

Por eso esperamos un contacto en una forma que nos resulta más familiar, las ondas, y concretamente mediante una clase de intercambio que rinde particularmente bien cuando se trata de las monstruosas distancias espaciales: la radiocomunicación por microondas.

Este rango de frecuencia del espectro electromagnético, aproximadamente entre los 300 MHz y los 300 GHz, es el más despejado de interferencias naturales y aquel del que resulta más sencillo entresacar señales débiles. En SETI proponen que cualquier criatura razonable recurriría a él para enviar ondas artificiales específicamente destinadas a la comunicación interestelar.

Y para ejemplo, un botón: nosotros mismos. Desde el mensaje de Arecibo de 1974 al AMFE —A Message From Earth—, retransmitido desde Ucrania en 2013, todos nuestros mensajes viajan hacia las estrellas por esta frecuencia. Incluso en los que incorporan físicamente algunas de las sondas que han abandonado el sistema solar —más un ejercicio romántico que un intento de comunicación realista— se habla de esta frecuencia, por si acaso. En las placas que transportan las dos sondas Pioneer, por ejemplo, se propone una unidad de tiempo equivalente a 1420 MHz.

Y no por nada, ya que 1420 MHz es la frecuencia estrella de la comunicación interestelar. Tanto así que, siguiendo los consejos de Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, la Unión Internacional de Telecomunicaciones de las Naciones Unidas prohíbe hoy la emisión de radio en la línea del hidrógeno o de veintiún centímetros, como también se la conoce, que queda así reservada para radioastronomía.

La razón es simple: al no compartir con los hipotéticos alienígenas ningún código o sistema de medida para pautar las frecuencias del espectro electromagnético, hemos llegado a la conclusión —y esperemos que ellos también— de que las únicas referencias posibles entre ambos son las frecuencias de emisión de los elementos naturales, que son las mismas aquí, en la China popular y en Aldebarán.

Y una, en concreto, es la idónea: 1420 MHz, la frecuencia natural de emisión del hidrógeno neutro. Entre otras propiedades, cae en el rango de las microondas, corresponde al elemento más común en el universo visible y además presenta una serie de curiosos fenómenos físicos, como las líneas de Balmer, que llaman la atención sobre ella.

Cinco grandes preguntas (y cuatro grandes respuestas) sobre el contacto  extraterrestre - Jot Down Cultural Magazine
La línea del hidrógeno monitorizada en Hat Creek Radio Observatory.

Aunque haya quien empiece a poner en duda su idoneidad, la mayor parte de los radioastrónomos y astrobiólogos mantiene su fe en la línea del hidrógeno, aunque les haya acarreado algún disgusto. El primer falso positivo en la historia de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, el del ocho de abril de 1960 durante el curso del Proyecto OZMA, tuvo lugar precisamente mientras se rastreaba esta frecuencia, aunque después se confirmó que se trataba de ondas emitidas por un avión.

Y la señal presuntamente interestelar más famosa de todos los tiempos, la Señal Wow! de 1977, se registró en algún punto entre los 1420.356 MHz y los 1420.455 MHz, tan improbablemente cerca de la frecuencia mágica —1420.405 MHz— como para que muchos, magufos y no tan magufos, descarten la casualidad hasta el mismísimo día de hoy.

– Qué

¿Y sabe qué otra cosa es muy improbable que encontremos pero que, no obstante, esperamos encontrar? π. O sea, pi. No abunda en la naturaleza y, sin embargo, es un número tan elemental que nosotros mismos lo descubrimos hace cerca de cuatro mil años, cuando media humanidad no había salido siquiera del neolítico.

Gracias a él le podemos poner puertas al campo del relativismo biológico, ya que respiren azufre, tengan cables o sean criaturas de silicio, los miembros de cualquier raza inteligente que intente comunicarse deben de conocer pi. Y caer en la cuenta, como nosotros, de que cualquier otra especie también lo habría descubierto. Resulta necesario en las matemáticas de cualquiera, y lo bueno que tienen las matemáticas es que siempre son de cualquiera.

Por esa razón buscamos mensajes a través de pi. ¿Cómo? Aquí es cuando volvemos a abrir las puertas de otro campo igual de grande, porque podemos imaginar muchas maneras de citarlo. «La frecuencia del hidrógeno por pi es algo en lo que piensa mucha gente», comentaba en 2010 Seth Shostak, del SETI.

Es decir, que la hipotética señal alienígena fuera enviada a 4.462 MHz de frecuencia, al doble de esta o a cualquier que implicase las magnitudes, necesariamente ambas, de la línea del hidrógeno y de pi. Es el supuesto con el que trabaja actualmente el Allen Telescope Array, rastreando una selección se bandas emparentadas matemáticamente con la del hidrógeno, entre ellas algunas a través de pi. Huelga decir que sin éxito, claro, o nos habríamos enterado todos por los periódicos.

Hasta la fecha, el matrimonio entre pi y el hidrógeno solo ha servido para vender camisetas.

Otra singularidad matemática que podría indicar que tras determinada señal está la mano alienígena —dígase mano, dígase tentáculo— son los números primos. De nuevo mediante un amplio abanico de posibilidades, la más elemental de las cuales sería seguramente la que imaginó Carl Sagan, una señal de radio pulsante en intervalos de dos pulsos, tres, cinco, siete, once, trece, etcétera. La realidad podría ser algo más compleja y de nuevo el ejemplo somos nosotros.

El Mensaje de Arecibo, remitido desde Puerto Rico en 1974 en dirección al Cúmulo de Hércules, contaba exactamente con 1679 bits de información, un número producto de multiplicar dos primos, 23 y el número favorito de Sheldon Cooper, 73.

Si alguien lo recibe dentro de 25.100 años, que son los que la señal tardará en llegar a su destino, confiemos en que sepa coger la indirecta.

– Quién

Sabemos dónde hay que ponerse a buscar, vale. Y sabemos que resulta más razonable hacerlo ahora que antes. Incluso sabemos por qué frecuencias empezar y qué buscar en esas frecuencias. Dónde, cómo , cuándo y qué, resuelto. Pero campanas al vuelo, las mínimas. Ahora toca descifrar la incógnita del quién.

Y, malas noticias: si se trata de comunicarse con una civilización alienígena, lo más difícil no tiene nada que ver con distancias monstruosas o plazos de tiempo inabarcables, sino con nuestras cabecitas. Las nuestras y las de ellos, si es que tienen.

No tenemos ni idea sobre quién podría estar al otro lado del aparato, y por tanto sobre qué cabe esperar que contenga su hipotético mensaje.

¿Sintagmas de algún tipo, y confiamos así en que sepan manejar símbolos? ¿Alguna clase de imagen o sonido, y confiamos entonces en que compartan nuestros mismos sentidos? ¿O acaso algo que carecemos de palabras para designar o acaso de recursos mentales solo para concebir?

Estamos hablando de comunicarse con otra especie, y lo vamos a repetir: comunicarse con otra especie. Citando a Neil DeGrasse Tyson, siempre tan citable, es muy probable que «la vida en otro planeta, si se formó independientemente de la vida en la Tierra, sea más diferente de cualquier especie de la Tierra de lo que cualquier dos especies terrestres son entre sí». Y eso, dese cuenta, no es moco de alien.

Estrictamente, la verdadera dificultad no estriba en completar algún tipo de lenguaje universal que permita el intercambio de información, que de hecho es la parte más sencilla. Lo jodido es trazar un repertorio básico de axiomas, es decir, certezas para ambos sujetos involucrados en la conversación.

Y a partir de ahí, llegar a lo que Alexander Ollongren, astrónomo y matemático, denomina «un sistema conceptual que podamos dar por sentado que cualquier especie inteligente y simbólica en el universo puede compartir con otra». Una noción que, más que inventarse, ha de descubrirse. En el caso de que exista, claro. Y el propio Ollongren lo duda.

Aun así, la exolingüística ha parido ya varios esperantos espaciales, intentos de lenguaje que pretenden resultar descifrables y comprensibles para cualquier criatura inteligente. El más completo es seguramente Lincos o Lingua cosmica, creado en 1960 por el matemático Hans Freudenthal y ampliado recientemente por  el propio Ollongren en Astrolinguistics: Design of a Linguistic System for Interstellar Communication Based on Logic

En todo caso, mueven poco entusiasmo entre los científicos dedicados al SETI, particularmente los astrobiólogos. Incluso si fuera razonablemente universal, la sola noción de un lenguaje resulta demasiado antropocéntrica, o demasiado terrestre, para su paladar. Y estamos hablando de gente que cree perfectamente lógico enviar mensajes a las estrellas, recordemos, y esperar una respuesta.  Para una vez que se ponen derrotistas, tendremos que fiarnos de su paladar.

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nuestras charlas nocturnas.

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