Vida de Maquiavelo …

JotDown(M.Graizer) — En estos tiempos de antipolítica rampante resulta particularmente oportuno evocar la figura de Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna y epítome del hombre renacentista.
Con el quinto centenario de El príncipe todavía reciente, proponemos un recorrido por la biografía de su autor: la obra lúcida, quirúrgica y perspicaz de Maquiavelo es el producto de una vida intensa y agridulce en la que tuvo ocasión de estudiar de primera mano los sucesos y protagonistas de una de las épocas más apasionantes de la historia. Sirva pues el siguiente ensayo para repasar los triunfos y fracasos de un hombre muy poco maquiavélico que nunca dejará de ser nuestro contemporáneo.
… Con todo, si os pudiera hablar en persona, no podría evitar llenaros la cabeza de elucubraciones, porque la Fortuna ha hecho de tal manera que, no sabiendo razonar ni del arte de la seda, ni del arte de la lana, ni de las ganancias o pérdidas, me convenga razonar de los asuntos de Estado… (Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori, 9 de abril de 1513).
Niccolò Machiavelli, hijo de Bernardo de Niccolò Machiavelli y Bartolomea de Nelli, nació en Florencia el 3 de mayo de 1469. Los Machiavelli llevaban más de dos siglos viviendo en la región, y doce gonfalonieros de Justicia habían llevado ese apellido. «Viviré tal como vine, que nací pobre y antes aprendí a fatigar que a disfrutar»: palabras del propio Maquiavelo, que sin embargo exagera. Su padre Bernardo pertenecía a una rama de la familia venida a menos y había contraído fuertes deudas, pero las rentas de sus terrenos y propiedades permitían a su familia2 vivir con relativo desahogo.
El hecho de pertenecer al poderoso gremio de Abogados de Florencia le proporcionaba útiles contactos en la Cancillería florentina, y posiblemente también en los círculos mediceos.
Maquiavelo fue instruido en gramática, aritmética y latín; leyó a Aristóteles, Cicerón, Ptolomeo, Boecio y Tito Livio. No se tiene constancia de ningún suceso particularmente notable en su niñez, pero mientras el pequeño Niccolò empezaba a familiarizarse con las ideas y nociones de los grandes pensadores de la Antigüedad —sobre las que apuntalaría más adelante sus obras capitales—, en Florencia e Italia se sucedían acontecimientos decisivos.
Décadas más tarde, ya en su vejez, Maquiavelo describiría con detalle en la Historia de Florencia la conspiración de los Pazzi, un complot antimediceo con respaldo papal que tuvo lugar en Florencia el 26 de julio de 1478. Durante la misa mayor del Duomo, los Pazzi cosieron a puñaladas a Giuliano de’ Medici e hirieron a su hermano Lorenzo; mientras tanto, el arzobispo de Pisa intentaba asaltar el Palacio de Florencia.
No sabemos si Niccolò estaba en el Duomo esa mañana, pero lo que es seguro es que en los días sucesivos no pudo evitar ser testigo de la venganza extremadamente pública de los Medici sobre los conspiradores, cuyos cadáveres —incluyendo el del arzobispo— colgaron durante días de las ventanas del Palacio. El asesino de Giuliano, que a pesar de huir a Turquía no logró escapar de la ira de Lorenzo el Magnífico, fue colgado un año después; tuvo el honor de ser bosquejado post mortem por Leonardo da Vinci.

Aunque el papa Sixto IV emitió un interdicto contra Florencia y venció a los florentinos en la batalla de Poggio Imperiale, los Medici salieron reforzados de esta crisis y afianzaron su control sobre los mecanismos de gobierno de la ciudad.
Pero Lorenzo el Magnífico moriría en 1492, y después de la humillante capitulación de su hijo Piero ante Carlos VIII de Francia en 1494, los florentinos expulsaron a los Medici de su ciudad y proclamaron una república lastrada desde el primer momento por las luchas entre las familias patricias (los optimates) y las clases populares.
El vacío de poder resultante fue llenado por Girolamo Savonarola, un profeta y predicador que afirmaba hablar con Dios y que consiguió convertir Florencia —corrupta a todos los niveles— en una verdadera república teocrática imbuida de fervor religioso.
Cuatro años y varias hogueras de las vanidades después, Savonarola fue condenado por hereje y ejecutado en la plaza de la Señoría: según Maquiavelo (que no se contaba entre sus seguidores) Savonarola cometió el error de no recurrir a la fuerza para mantener firme la fe de sus seguidores, de ser un profeta desarmado.
Curiosamente, a mediados del siglo siguiente Calvino se haría con el control de Ginebra a través de la religión, y al usar el miedo y la fuerza para conservarlo, lo mantuvo hasta su muerte.
- Maquiavelo, secretario
Nos hallamos en el año 1498, y arrecian vientos de cambio en Florencia. Maquiavelo, que había intentado anteriormente y sin éxito conseguir una plaza en el Gobierno de la ciudad, fue nombrado secretario de la Segunda Cancillería —encargada de cuestiones bélicas y de política interna— en junio, y secretario de los Diez para la Libertad y la Paz —un comité ejecutivo para asuntos diplomáticos y militares— en julio.
Acababa de cumplir veintinueve años.
Como secretario florentino, Maquiavelo redactaba informes y componía misivas para la Señoría y los Diez, pero también (como veremos a continuación) llevaba a cabo misiones diplomáticas de gran importancia ante reyes y papas. Si el trato que se da a los subalternos es una buena medida de la valía de un hombre, Niccolò resulta sobresaliente: sus subordinados en la Cancillería lo tenían en alta estima, y a través de sus ojos podemos ver a un hombre agudo, ingenioso y vivaz que conservaría la amistad de muchos de ellos a lo largo de toda su vida.
Uno de sus ayudantes era Agostino Vespucci —primo del explorador Amerigo Vespucci—, y en una carta de 1502 le escribía con familiaridad que «así que ya ves adónde te lleva ese espíritu tuyo, tan ávido de cabalgar, correr de aquí para allá, y marcharse. Te culparé a ti, y no a otro, si ocurre algún incidente». Y es que siempre que tenía ocasión se subía al caballo y dejaba atrás la burocracia de la Cancillería para representar los intereses de su ciudad en el extranjero.
Su labor durante sus primeros años al frente de la Segunda Cancillería se encuadra en el contexto de la guerra contra Pisa, que había pertenecido a los florentinos durante casi un siglo hasta que en 1494 Piero de’ Medici cedió la fortaleza de la ciudad a Carlos VIII para su campaña italiana. Cuando en 1496 los franceses vendieron la fortaleza a los pisanos —que se declararon de inmediato independientes— en vez de devolvérsela a Florencia, la reconquista de Pisa se convirtió en la máxima prioridad de la Señoría.
Al no contar con un ejército propio, los florentinos dependían de tropas mercenarias, pero los condottieri (que se estaban quedando obsoletos rápidamente) no eran precisamente honestos ni leales y tenían la fea costumbre de exigir a mitad de campaña más dinero del acordado. Sea como fuere, el nombramiento de Maquiavelo como secretario coincidió con el de Paolo Vitelli —reputado capitán mercenario— como capitán general de los ejércitos florentinos.
Su primera misión como legado tuvo lugar en noviembre de 1498, cuando se le envió a Piombino a reclutar a Jacopo Appiani, señor de esa ciudad y condottiere. Y cuando en marzo de 1499 Jacopo revisó al alza el precio de sus servicios y pidió cinco mil ducados más, Maquiavelo acudió al campamento militar florentino en Pontedera para, con tacto y diplomacia, darle largas y conminarlo a cumplir con su deber.
Es importante mencionar que ganar tiempo dando largas y ofreciendo promesas vacías (temporeggiare) era, para irritación de Niccolò, la estrategia diplomática favorita de la Señoría. Tuvo éxito, y en julio de ese mismo año viajó a Forlì para llevar a cabo una tarea similar ante la legendaria Caterina Sforza. El contrato entre Florencia y la compañía mercenaria de su hijo Ottaviano había expirado: a cambio de su renovación Sforza exigía a los florentinos el compromiso formal de defender Forlì ante la expansión de los Borgia en Romaña.
La Señoría no tenía ninguna intención de enfrentarse a César Borgia (ni a su padre, el papa Alejandro VI), así que Maquiavelo regresó a la Cancillería sin brindar el apoyo de Florencia a Caterina. César Borgia tomaría Forlì seis meses después.
A principios de agosto la artillería florentina consiguió abrir varias brechas en las murallas de Pisa. La toma de la ciudad era inminente, y en Florencia se empezó a discutir cómo castigar los tres años de rebeldía pisana. Pero pasaron los días y el asalto no tuvo lugar: las tropas atacantes se pudrían en los pantanos que rodeaban la ciudad mientras Vitelli hacía caso omiso de las órdenes que le llegaban desde Florencia y aducía ora un brote de malaria entre sus filas, ora lluvias torrenciales.
A principios de septiembre dio la orden de levantar el asedio y los florentinos, que habían gastado ingentes sumas de dinero para nada, sospecharon que Vitelli había sido sobornado por los pisanos, los venecianos o los milaneses. El 30 de septiembre fue aprehendido y torturado: al día siguiente se le ejecutó sumariamente. También se intentó capturar a su hermano Vitellozzo, pero este consiguió escapar y juró venganza. Volveremos a hablar de él.
Fueron muchos, incluso dentro de la Cancillería, los que cuestionaron la culpabilidad de Paolo Vitelli, pero Maquiavelo no era uno de ellos y su irritación por todo este asunto quedó patente. En una carta a un canciller de Lucca que había criticado el proceder de Florencia, escribió sobre Vitelli que:
… o por no haber querido (por corrupción) o por no haber podido […] por su culpa han surgido innumerables inconvenientes para nuestra empresa: y tanto un error como el otro, o los dos juntos (que pudiera ser el caso), merece un castigo sin fin…
Y terminó la carta así:
… Solo os recordaré que nos os alegréis demasiado de los acuerdos que, según decís, se están fraguando; y máxime, sin conocer los contraacuerdos que hay en marcha. Y os aconsejo, fraterno compañero, que, cuando en el futuro queráis secundar vuestra pérfida naturaleza, ofendiendo sin que os reporte ninguna utilidad, ofended de modo que, al menos, se os pueda considerar más juicioso.
Pullas aparte… ¿A qué contraacuerdos se refería Maquiavelo?
- Primera legación a Francia
Mientras Vitelli hacía como que asediaba Pisa, los ejércitos de Luis XII (sucesor de Carlos VIII) cruzaron los Alpes para hacer valer los derechos dinásticos de su soberano sobre el Ducado de Milán y el Reino de Nápoles. Aprovechando la presencia francesa en Italia, los florentinos se aliaron con Luis XII: a cambio de la colaboración de los florentinos en la invasión del Reino de Nápoles y cincuenta mil ducados, el rey francés se comprometía a defender Florencia de sus enemigos y proporcionar tropas suficientes para tomar Pisa de una vez por todas.

Estas tropas (quinientos lanceros gascones y cinco mil mercenarios suizos) no se apresuraron en llegar a Pisa.
De camino se desviaron para saquear Bolonia y otras ciudades de Emilia; en Toscana derrocaron al marqués Alberigo, señor de Massa y aliado de Florencia.
Llegados a Pisa en junio de 1500, se dedicaron a saquear por los alrededores lo poco que quedaba por saquear, y cuando por fin se unieron al asedio y abrieron una brecha en las defensas… se amotinaron.
Algunos gascones desertaron y otros se retiraron hacia Florencia; los suizos secuestraron al comisario florentino Luca degli Albizzi y pidieron rescate por él.
La Señoría decidió levantar el asedio, se negó a acuartelar a las tropas francesas en su territorio y envió a Maquiavelo (que había sido testigo de estos lamentables sucesos) a la corte francesa para que defendiera los intereses de Florencia ante Luis XII. El 26 de julio llegó a Lyon.
Esta no fue una legación fácil para Niccolò: su padre Bernardo había muerto en mayo y su hermana Primavera fallecería en octubre. Además de esto, los fondos proporcionados por la mezquina Cancillería eran insuficientes, así que para seguir a la corte itinerante tuvo que pagar de su humilde bolsillo —endeudándose— transporte, alojamiento, sirvientes y mensajeros.
Pero lo peor fue comprobar que en la obra de teatro que era la corte francesa, Florencia era un personaje muy secundario. Esto es lo que escribió el 27 de agosto en un informe a sus superiores:
… [A Luis XII y sus consejeros] les ciega su propio poder y la ganancia inmediata, y solo tienen en cuenta a aquellos que están armados o están dispuestos a pagar. Esto perjudica gravemente a Vuesas Señorías, porque a sus ojos no cumplís ninguno de estos requisitos. […] Os llaman Ser Nihilo [Don Nadie] […] y achacan la mala conducta de sus tropas a vuestro mal gobierno…
Luis XII, aun estando dispuesto en un primer momento a compensar a los florentinos, terminó exigiéndoles los treinta y ocho mil ducados que había pagado por los mercenarios suizos.
Florencia, al no disponer de los medios para hacerse respetar, no sería respetada. Maquiavelo explicó la situación a la Señoría una y otra vez, pero los líderes florentinos creían que podían dar largas al rey francés como si fuera un Jacopo Appiani cualquiera y solo accedieron a pagar cuando Luis XII dejó claro que aunque prefería recuperar su dinero por las buenas, si no tenía más remedio lo haría por las malas.
Maquiavelo abandonó la corte francesa el 12 de diciembre. En una de sus últimas conversaciones con Georges d’Amboise, cardenal de Rouen y principal consejero del rey, este le dijo que los italianos no entendían de guerras. Puede ser —replicó Niccolò—, pero los franceses no entendían de asuntos de Estado.
En su campaña para conquistar el Reino de Nápoles, Luis XII se había aliado con sus competidores (los venecianos, el Reino de Aragón y el papa Alejandro VI) y estaba alienando a las pequeñas potencias (Florencia, Forlì, Bolonia, etc.), cuando debería estar haciendo lo contrario. Y no se equivocaba, porque Fernando el Católico acabó arrebatando el Reino de Nápoles a los franceses en 1504.
- Las buenas prácticas de César Borgia
Parafraseando a Dante, la guerra siempre estuvo en el corazón de los tiranos de la Romaña. Aunque técnicamente debían lealtad al Papado, los señores feudales de la región rechazaban el yugo de Roma y dedicaban sus energías restantes a luchar entre sí. Pero con el apoyo de su padre y de Luis XII, César Borgia (apodado el Valentino) llevó a cabo una campaña militar despiadada y eficiente, derrocándolos o sometiéndolos uno a uno hasta hacerse con el control de la zona.
En 1501, y habiendo sido nombrado duque del flamante Ducado de Romaña, volvió la mirada a sus vecinos florentinos, debilitados por la campaña contra Pisa. En el marco de una expedición contra Piombino, Borgia exigió a Florencia permiso de paso para sus tropas, y una vez en Toscana intimidó a los gobernantes florentinos para que le contrataran como condottiere.
La Señoría, en un alarde de temeridad poco menos que suicida, acabaría rompiendo el contrato tras llegar a un acuerdo de protección con los franceses. César Borgia, por cierto, conquistó Piombino pocos meses después.

Maquiavelo, mientras tanto, había encontrado tiempo entre misión y misión para casarse con Marietta Corsini en agosto de 1501.
Aunque no fue el amor de su vida —y no fue ni mucho menos un marido fiel— sentía por ella afecto sincero y se preocupó siempre por su bienestar y el de los seis hijos que tuvo con ella.
Pero los asuntos de la Cancillería lo mantenían alejado de casa y había una crisis en ciernes: los habitantes de Arezzo se alzaron en armas contra el control florentino en junio de 1502 y, tras pedir la ayuda de nada más y nada menos que Vitellozzo Vitelli, lo recibieron en su ciudad como a un libertador.
Por si esto no fuera lo suficientemente grave, en esos momentos Vitellozzo se hallaba al servicio de César Borgia.
Los pueblos florentinos en los alrededores de Arezzo se convirtieron en el objetivo de las salvajes incursiones de Vitellozzo, que contaba con el respaldo de Piero de’ Medici. César Borgia, al mismo tiempo que afirmaba que el capitán mercenario estaba actuando por su cuenta, exigía que Florencia adoptara un gobierno del que se pudiera fiar y amenazaba con restablecer a los Medici por la fuerza.
Solo la consumada habilidad de la Cancillería para ganar tiempo y la providencial intervención de Francia salvaron a la República florentina: el Valentino se vio obligado a tirar de la correa de Vitellozzo y la rebelión de Arezzo fue contenida.
A raíz de esta crisis (que había puesto de manifiesto la fragilidad sistémica de la República) y a pesar de ciertas reticencias entre los optimates, en Florencia se decidió que el cargo de gonfaloniero pasara a ser vitalicio. Hasta este momento el gonfaloniero era poco más que el primus inter pares de un Consejo de Señores que iba renovándose cada dos meses: poco tiempo para familiarizarse con los rudimentos del gobierno, pero suficiente para verse tentado a dejar los problemas correr hasta la elección del siguiente Consejo.
Piero Soderini fue elegido gonfaloniero vitalicio el 20 de septiembre de 1502. Una de las primeras misiones que encomendó a Maquivelo fue la de viajar a Ímola el 6 de octubre para mantenerle informado de los movimientos e intenciones de César Borgia, pues el Valentino nunca estaba muy lejos de los pensamientos de una República que lo despreciaba, odiaba y temía a partes iguales.
Entre otros motivos, Soderini le eligió porque ya había tratado con Borgia en el pasado: Maquiavelo había acompañado a Francesco Soderini (obispo de Volterra y hermano del nuevo gonfaloniero vitalicio) en la legación que fue enviada a Urbino a negociar con el duque de Romaña durante la crisis de Arezzo. Fue precisamente durante la legación a Urbino cuando Niccolò, en una carta al Consejo de los Diez, había descrito a Borgia con estas palabras:
… Este señor es muy espléndido y magnífico y en las armas es tan animoso que no hay gran cosa que le parezca pequeña, y por gloria y por conquistar Estado no descansa jamás ni conoce la fatiga o el peligro. Llega a un sitio antes de que se pueda oír su partida del lugar de donde se va; se hace apreciar por sus soldados; ha enrolado los mejores hombres de Italia, cosas todas ellas que lo hacen victorioso y temible, a lo que se añade una perpetua buena fortuna…
No, parece que Maquiavelo no odiaba ni despreciaba a César Borgia. Y si lo temía no dio muestras de ello cuando al llegar a Ímola el 7 de octubre se presentó de inmediato ante el duque de Romaña con la ropa de montar todavía puesta y noticias sobre una conspiración contra él: algunos aliados de los Borgia (los Orsini y varios condottieri) habían empezado a preguntarse si eran tan imprescindibles como pensaban y —anticipándose a una traición que imaginaban inminente— planeaban acabar con el duque.
Es evidente que el Valentino estaba al tanto de esto y Maquiavelo lo sabía, pero difícilmente podía hacerse una idea de sus propósitos preguntándole directamente por sus planes.
Los conspiradores habían solicitado el apoyo de Florencia; César Borgia no tardó en hacer lo mismo. Niccolò recomendó a la Cancillería que la República se pusiera del lado del duque de Romaña, pero lo que se le ordenó es que no se comprometiera a nada y temporeggiara todo lo que pudiera.
Previendo una legación larga, encargó a su amigo y colega Biagio Buonaccorsi un cargamento de vino y una copia de las Vidas de Plutarco, así como una capa de terciopelo y damasco (con gorro a juego) para causar una mejor impresión en la corte de Ímola. «Espero que te quede bien —le escribió Biagio el 21 de octubre, tras encargarla—; si no, ráscate el culo».
Aunque a lo largo de los meses siguientes Maquiavelo solo pudo hacer partícipe a Borgia de los buenos —y vacuos— deseos de la Señoría, los hechos que presenció durante esa legación dejarían una marca indeleble en su concepción de la política.
El Valentino entabló negociaciones con los conjurados y a finales de octubre ambos bandos firmaron un acuerdo de paz. Y cuando la brutalidad de Ramiro de Lorca, gobernador de la Romaña, empujó a los campesinos de la comarca al borde de la rebelión, Borgia lo mandó ejecutar. El 26 de diciembre, Maquiavelo escribía a sus superiores lo siguiente:
… El señor Ramiro ha sido encontrado esta mañana partido en dos pedazos en medio de la plaza y allí está todavía. Todo el pueblo lo ha podido ver. No se sabe bien la causa de su muerte, excepto que así lo ha querido el príncipe, que muestra saber hacer y deshacer a los hombres a su antojo y según sus merecimientos…
Con este gesto prácticamente teatral Borgia se ganó el amor y la admiración de sus súbditos; a nadie pareció importarle que Ramiro se hubiera limitado a obedecer fielmente las órdenes de su señor. Y aquellos que intuían que el Valentino había empezado a albergar dudas sobre la lealtad de Ramiro… puede que captaran un destello de lo que estaba por venir.
Esa misma mañana César Borgia partió de Imola con su ejército y se dirigió a la ciudad adriática de Senigallia, que los conjurados acababan de tomar en su nombre como ostensible gesto de reconciliación. Borgia llegó a Senigallia el 31 de diciembre: lo que ocurrió a continuación sería narrado por Maquiavelo —que presenció los hechos— en su Descripción de cómo procedió el Duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo, Paolo Orsini y al Duque de Gravina Orsini.
En una maniobra magistral, César Borgia separó a los conjurados de sus tropas, a las que acto seguido atacó por sorpresa y masacró. A Vitellozzo y Oliverotto se les dio garrote esa misma noche; los dos Orsini fueron ejecutados pocos días después. Alejandro VI, por su parte, encerró al cardenal Giambattista Orsini en las profundidades de Castel Sant’ Angelo, donde murió envenenado. Para Maquiavelo, César Borgia había devenido en el paradigma de líder virtuoso —estando el concepto de virtú maquiaveliana desligado de cualquier connotación moral, ojo—.
El futuro de Borgia se le antojaba prometedor, pero en su siguiente encuentro, que habría de ser el último, las circunstancias habían cambiado radicalmente.
El mismo brote de malaria (o el mismo veneno) que acabó con el papa Alejandro VI en agosto de 1503 dejó al Valentino postrado en su lecho y al borde de la muerte, incapaz de contener el expansionismo veneciano, hacer frente al oportunismo de los caciques de la Romaña o tomar parte activa en la elección del nuevo pontífice, Pío III.
Es posible que Borgia hubiera podido sobreponerse de algún modo a este revés de la suerte, pero cuando el nuevo papa murió a los veintiséis días de ser elegido, el Valentino cometió el error de apoyar en el siguiente Cónclave al cardenal Giuliano della Rovere, enemigo jurado de su familia.
Este había prometido al Valentino favor y fondos a cambio de los votos de los cardenales españoles; según Maquiavelo, que se hallaba en Roma desde finales de octubre desempeñando labores diplomáticas, «el Duque se deja llevar por esa animosa confianza suya y cree que las palabras de los demás han de ser más firmes de lo que han sido las suyas».
Mientras el Ducado de Romaña se desmoronaba, della Rovere fue elegido papa a finales de octubre y adoptó el nombre de Julio II. El Valentino se dispuso a retomar el control sobre sus dominios y solicitó a la República de Florencia permiso de paso para sus tropas, pero la Señoría (por boca de Niccolò) retrasó su concesión para finalmente denegárselo.
El Borgia colérico e impotente con el que trató Maquiavelo en ese noviembre de 1503 poco tenía que ver con aquel «señor espléndido y magnífico» que tanto le había impresionado hace un año:
[El Duque] dijo […] que […] ya no quiere ser engatusado más por vosotros, sino que piensa poner con su mano lo que le queda en manos de los venecianos, y cree que pronto verá vuestro Estado arruinado y él se reirá de ello; y que los franceses o bien perderán el reino o estarán tan ocupados que no os podrán ayudar. Y aquí se extendió con palabras llenas de veneno y de pasión. A mí no me faltaba materia con que responderle ni tampoco me habrían faltado palabras; sin embargo, tomé la decisión de irle calmando y con la mayor habilidad que me fue posible me separé de él, que me pareció una eternidad… (Carta de Maquiavelo al Consejo de los Diez, 6 de noviembre de 1503).
Sea como fuere, Julio II no tardó en renegar de su promesa: mandó encarcelar al Valentino el 23 de noviembre, le despojó de sus títulos y puso fin a su andadura en Italia. Como señala Blanca Llorca (2010), la desilusión que Niccolò experimentó a raíz de la rápida caída de Borgia lo llevó a replantearse los principios políticos que había empezado a formular en sus escritos, dado que, para someter a la fortuna, la virtú parecía ser una condición necesaria pero no suficiente.
Pero lo que estaba claro es que en un mundo imprevisible en el que el mismo papa no tenía reparos en pasarse por el cíngulo los principios morales, cualquier gobernante que mereciera serlo debía estar dispuesto a hacer lo mismo.
Quiero imaginar que la decepción de Maquiavelo se vio atenuada por las noticias que recibió desde Florencia en noviembre: su esposa Marietta había dado a luz a su primer hijo varón. Este es un fragmento de la única carta escrita por Marietta que se conserva, con fecha del 24 de noviembre:
… El bebé está bien y se parece a vos. Es blanco como la nieve, pero su cabeza parece de terciopelo negro […]. Como se asemeja a vos, paréceme bello. Es avispado como si llevara un año en el mundo, y abrió los ojos nada más nacer y llenó de estrépito toda la casa…

en 1503 tuvo lugar la primera legación de Maquiavelo a Roma. Pero poco antes de partir, este había empezado a trabajar en un proyecto formidable y ambicioso, fruto de la brillante mente de Leonardo da Vinci y con el potencial de doblegar definitivamente a Pisa. ¿De qué se trataba? Lo describiré brevemente, pero sepan que merecería un artículo propio.
El río Arno nace en los Apeninos y atraviesa Florencia y Pisa antes de desembocar en el mar de Liguria. Esto supuso que cuando los pisanos se rebelaron en 1494, la República de Florencia no solo perdió Pisa, sino también su acceso al mar. Y supuso también que (en los asedios posteriores) esta ciudad contaba con una vía de abastecimiento que Florencia difícilmente podía cortar.
Pero a principios de 1503, y en un genial alarde de pensamiento lateral, a Leonardo da Vinci —que hasta hacía muy poco había sido ingeniero militar en jefe de César Borgia— se le ocurrió que si no se podía sacar a los pisanos del río, a lo mejor se podía sacar el río de Pisa: su plan consistía en desviar el Arno hacia un pantano al sur de la ciudad rebelde a través de dos canales, dejándola en dique seco.
Además de su utilidad militar, el proyecto haría del Arno un río más navegable y ayudaría a controlar sus peligrosas crecidas. Cabe mencionar que esta no es la primera vez que Florencia intentaba algo parecido: cuenta un historiador de la época que en 1430 Brunelleschi convenció al Gobierno de su ciudad (¡mediante la falsa y engañosa ciencia de la geometría!) de que podía desviar el río Serchio e inundar Lucca, que estaba siendo asediada.
En aquella ocasión, sin embargo, lo único que acabó inundado fue el campamento militar florentino.

A pesar de los desafortunados antecedentes históricos, la idea de Leonardo entusiasmó al gonfaloniero vitalicio Soderini, que encargó a Maquiavelo la supervisión del proyecto.
La iniciativa fue ganando partidarios, por los posibles resultados que he mencionado pero también —sospecho— por la cara que se les iba a quedar a los pisanos cuando Florencia les dejara sin río. Niccolò y Soderini tardaron casi un año en conseguir que se aprobara la financiación necesaria, pero en agosto de 1504 dos mil jornaleros (protegidos por un millar de soldados) se pusieron finalmente a trabajar a las órdenes del ingeniero hidráulico Colombino, que decidió introducir modificaciones significativas en el proyecto de Leonardo.
No está muy claro por qué el propio Da Vinci no se encargó personalmente de dirigir los trabajos, pero quizá fuera porque en esos momento se hallaba ocupado con el fresco de La Batalla de Anghiari y con la Gioconda1. A lo mejor los cálculos de tiempos de Leonardo eran demasiado optimistas o quizá las modificaciones del proyecto fueron contraproducentes, pero en la Cancillería se dieron cuenta enseguida de que los trabajos no estaban progresando adecuadamente y empezaron a preguntarse si Colombino sabía lo que estaba haciendo.
El 3 de octubre Maquiavelo explicó a sus superiores que con las reformas adecuadas la situación podía solventarse en siete u ocho jornadas, pero nunca sabremos si tenía razón: ese mismo día una gran tormenta echó abajo los muros de contención de los canales, hundió varios botes que custodiaban la boca del Arno y acabó con la vida de ochenta trabajadores. Cuando a los pocos días de la catástrofe el Consejo de Señores decidió abandonar el proyecto, los pisanos se apresuraron a destruir lo poco que quedaba de los canales. La República de Florencia y la ciudad de Pisa se habían convertido en el Coyote y el Correcaminos del Renacimiento italiano, y en la Señoría no estaban contentos.
Como suele ocurrir en estos casos, resultó que toda Florencia sabía desde el principio que el plan de Leonardo era una locura irrealizable. Soderini y Maquiavelo fueron duramente criticados, así que este último decidió mantener un perfil bajo hasta que las cosas se calmaran.
Fruto de estas semanas alejado de la Cancillería es el Decenal, una narración en verso de los últimos diez años de historia florentina. Niccolò es mejor filósofo que historiador —sobre todo si se le compara con Guicciardini— y mejor historiador que poeta; el Decenal, aun siendo poéticamente aceptable, no iba a convertirle en poeta laureado. Los cuatro últimos versos, no obstante, suelen citarse con frecuencia:
… Aunque confíe en el piloto diestro,
en los remos, en las velas y en las jarcias,
sería el camino fácil y breve no obstante
si volvierais a abrir el templo a Marte.
El piloto diestro es Soderini. Y el significado de la exhortación a reabrir el templo a Marte está claro: la República de Florencia necesitaba un ejército propio.
- La milicia florentina y el papa guerrero
Como buen humanista, Maquiavelo tenía como referencia a los hoplitas de las ciudades-estado griegas y, sobre todo, a los ciudadanos-soldado de la antigua Roma. Como cualquier europeo de la época, sentía además un saludable respeto por la infantería de los cantones suizos, modelo para los lansquenetes alemanes y los tercios españoles.
Francia, España, Inglaterra y la República de Venecia llevaban a cabo levas entre su campesinado, y el mismo César Borgia había formado una milicia con campesinos de la Romaña cuando la mayoría de sus capitanes desertaron en 1501.
Pero al carecer de ejército propio, Florencia tenía que depender en cambio de tropas mercenarias o extranjeras, tropas que habían demostrado una y otra vez ser muy poco fiables.
A lo largo de los últimos años Maquiavelo había tenido sobradas ocasiones de comprobarlo, y es por eso que a principios de 1504 propuso a Soderini crear una milicia florentina formada por campesinos de los alrededores de la ciudad. Pero los optimates, temiendo que se tratara de un plan del gonfaloniero para hacerse con un ejército personal, se opusieron a la iniciativa.
La situación cambió un año después. Tras hacerse con el reino de Nápoles, los españoles planeaban atacar Florencia e instaurar un gobierno Medici que les fuera afín; los franceses se hallaban a la defensiva en el Ducado de Milán y cada vez parecían menos capaces de defender a nadie.
Pero el verdadero punto de inflexión tuvo lugar en el verano de 1505, cuando Antonio Tebalducci —veterano hombre de armas florentino y duelista de renombre— dirigió al enésimo contingente mercenario contra los pisanos. Tras varias victorias, el ejército florentino llegó a Pisa, y en septiembre la artillería consiguió abrir varias brechas en las murallas.
Pero cuando llegó la hora de asaltar la ciudad, las tropas mercenarias decidieron que eso de la guerra era un asunto muy peligroso, y en dos ocasiones (8 y 12 de septiembre) se negaron a cargar. A Tebalducci le habría gustado ordenar a la artillería que disparara contra sus propios soldados, pero tuvo que conformarse con informar de lo sucedido a la Señoría y el ataque fue suspendido.
Maquiavelo aprovechó el resentimiento generalizado contra los mercenarios para impulsar la iniciativa de la milicia y Soderini, esta vez sí, consiguió los apoyos necesarios para comenzar el alistamiento a pequeña escala y en los distritos rurales.
El gélido invierno de 1505 Niccolò lo pasó subido en un caballo, recorriendo aldea a aldea las regiones de Mugello y Casentino, al noroeste y al este de Florencia respectivamente. Sus habitantes atesoraban enemistades seculares con los poblados vecinos, suplementaban sus labores de labranza con el ocasional acto de bandidaje y sentían poca lealtad hacia una república de la que no eran ciudadanos, pero Maquiavelo entrevistó y reclutó a todos los que pudo.
El 15 de febrero de 1506 los primeros cuatrocientos reclutas formaron armados y uniformados en la plaza de la Señoría: Luca Landucci escribió en su Diario Florentino que el evento «fue tenido por el más bello espectáculo jamás ofrecido a la ciudad de Florencia». A cambio de la amnistía de sus delitos y la condonación de sus deudas —y tres míseros ducados al mes si eran llamados a filas—, los milicianos mantendrían el orden público en tiempos de paz y lucharían por Florencia en tiempos de guerra.
Solo faltaba alguien que liderara a los milicianos y supervisara su adiestramiento: el candidato de Maquiavelo era el infame Michelotto de Corella, otrora mano derecha de César Borgia. De marcadas tendencias homicidas, este hombre de armas valenciano había servido felizmente a Borgia durante años, encargándose entre otros asuntos de organizar la milicia del Ducado de Romaña y de estrangular con sus propias manos a numerosos enemigos de su señor.
El nombramiento de Michelotto como bargello (alguacil mayor) el 1 de abril acentuó la paranoia de los optimates, y aunque a finales del verano sus hombres ya se hallaban hostigando a los pisanos, su proceder le enfrentó a menudo con la Señoría.

En Romaña, mientras tanto, la República de Venecia y los señores locales habían empezado a llenar el vacío de poder que César Borgia había dejado en la región, que pertenecía de iure al Estado Pontificio.
Julio II estaba resuelto a devolver estos territorios descarriados al redil de la Iglesia, por lo que a finales de agosto se puso una armadura y marchó hacia la Romaña al frente de una comitiva que incluía tres mil soldados, nueve cardenales muy desorientados y el coro de la Capilla Sixtina.
Maquiavelo abandonó temporalmente las labores de reclutamiento para unirse al séquito de Julio II como representante de la República, lo que le permitió observar las insólitas circunstancias de la toma de Perusa el 13 de septiembre.
En el capítulo XXVII de los Discursos, Niccolò escribiría que:
… [El papa] quería echar de Perusa a Giampaolo Baglioni, tirano de aquella ciudad, por haber jurado contra todos los tiranos que ocupaban las ciudades de la Iglesia. Llegado a las cercanías de Perusa con esta intención y este propósito conocidos de todo el mundo, no esperó para entrar en aquella ciudad a que su ejército custodiara su persona, sino que entró desarmado, a pesar de que en la ciudad estaba Giampaolo con muchas tropas que había reunido para defensa suya.
De esta forma, llevado de aquel furor con el que conducía todas sus cosas, se metió con solo su guardia en las manos del enemigo…
El temerario papa se había puesto a merced de Gian Paolo Baglioni, que tenía mucho que ganar con un golpe de mano al estilo Senigallia. Tal y como señala M. A. Granada en su Antología, desde el punto de vista de Niccolò«la muerte del papa resulta políticamente necesaria y comporta en su siniestra grandeza gloria indeleble», pero Baglioni —fratricida y dado al incesto— no estuvo a la altura y Julio II culminó su campaña militar en Romaña entrando triunfalmente en Bolonia el 11 de noviembre.
Ante episodios como este, el científico en Maquiavelo no podía sino preguntarse por qué en política el mismo proceder podía tener resultados distintos, y comportamientos distintos el mismo resultado. En las semanas sucesivas plasmó sus reflexiones en las Fantasías a Soderini (el borrador de una carta) y en el poema Sobre la Fortuna, dos textos que dedicó a Giovanni Battista Soderini, sobrino del gonfaloniero.
En ellos Maquiavelo explica que los hombres tienen éxito cuando su naturaleza y talento intrínsecos se hallan en armonía con las circunstancias. No obstante:
… puesto que los tiempos y las cosas, particular y universalmente, cambian continuamente, y los hombres no varían su imaginación ni sus modos de proceder, resulta que un mismo hombre tiene durante un tiempo buena fortuna, durante otro tiempo, adversa. Y, en verdad, si existiese alguien tan sabio como para conocer los tiempos y los órdenes de las cosas, y para acomodarse a estos, tendría siempre buena fortuna, o se resguardaría siempre de la mala […] Pero, debido a que estos sabios no se encuentran (al ser los hombres, en primer lugar, cortos de inteligencia y no pudiendo, además, gobernar su propia naturaleza), se sigue que la Fortuna varía y gobierna a los hombres, y los tiene bajo su yugo…
Independientemente de su virtú, todos los hombres —todos los príncipes— están abocados a verse en unas circunstancias a las que no podrán o no querrán adaptarse; abocados, por tanto, al fracaso. Solo se salvan aquellos que mueren antes de que la fortuna les dé la espalda: «se ve al fin que con el pasar del tiempo / pocos son los felices y que ellos murieron / antes de que su rueda atrás tornara / o que girando abajo los portara».
El 1 de noviembre regresó a Florencia. Un mes después fue aprobada la Ordinatio militie florentine, que daba base legal a la milicia y la ponía bajo la autoridad de la recién creada magistratura de los Nueve Oficiales de la Ordenanza y Milicia Florentina. Los Nueve recibieron la orden de reclutar y equipar a una fuerza de diez mil hombres; su primer secretario, nombrado el 10 de enero de 1507, fue Maquiavelo.
- La venganza de los optimates
Al principio de su carrera, las relaciones entre Maquiavelo y la clase alta florentina debían de haber sido como mínimo correctas, o de lo contrario nunca hubiera conseguido su puesto en la Cancillería. Pero poco a poco su origen y simpatías populares empezaron a distanciarle de los optimates, un desapego que se vio indudablemente agravado por la propia idiosincrasia de Niccolò.
Para él la política era una vocación y un oficio: no tenía paciencia para aquellos mercaderes o aristócratas que, una vez dentro del Gobierno, en el mejor de los casos resultaban ser diletantes y en el peor, arribistas. Biagio Buonaccorsi le aconsejó en más de una ocasión que accediera a contentar a personas que a menudo eran sus superiores, pero su amigo parecía incapaz de tomar parte en lo que hoy llamaríamos política de oficina.
Un ejemplo muy conocido de esta actitud se dio durante su primera legación a Roma a finales de 1503, cuando Agnolo Tucci —un alto funcionario del Gobierno florentino y librero de profesión— le exigió cierta información en una serie de misivas arrogantes e inanes que Maquiavelo no se molestó en responder. Tucci se quejó airadamente en la Cancillería, y cuando por fin obtuvo su respuesta, esta fue deliciosamente sarcástica:
… He recibido vuestra carta del 21, y aunque no distinguí bien la rúbrica, creo que os reconocí por la grafía y las palabras; […] Y aunque todas estas cosas [la información exigida por Tucci] ya se me hayan preguntado en la correspondencia oficial, y haya ya respondido extensamente a todo (de manera que vos podéis consultarla para asesoraros), para no faltar a mi deber con vos, puesto que me habéis invitado a hacerlo, volveré a responder. Y lo haré en vernáculo, por si aquella correspondencia mía con la Cancillería estuviera en latín, aunque no me lo parece…
Si Maquiavelo se hubiera limitado a burlarse con discreción de la ignorancia y mala caligrafía de individuos como Tucci, el asunto probablemente no hubiera ido a mayores. Pero en una sociedad cada vez más polarizada entre los partidarios de la República popular y los promediceos, ser la mano derecha de Soderini le enfrentó directamente con los próceres florentinos. Los optimates, que se habían opuesto ferozmente a la formación de la milicia, eran muy conscientes de que Maquiavelo era el alma del proyecto, y pronto tuvieron ocasión de vengarse.
Aunque llevaba al frente del Sacro Imperio Romano desde 1493, Maximiliano I de Habsburgo nunca había viajado hasta Roma para ser nombrado emperador por el papa. Cuando en 1507 llegaron a Italia rumores de que el Habsburgo estaba barajando la posibilidad de acudir finalmente a Roma a recoger su corona imperial, en Florencia se desató una tormenta política.
Algunos temían que al estar el Sacro Imperio y Francia enfrentados, el viaje se convirtiera en una invasión del Ducado de Milán y puede que incluso de la República Florentina; otros veían una oportunidad para cortar lazos con Luis XII y aliarse con los alemanes.
El 19 de junio Soderini decidió enviar a Maquiavelo al Sacro Imperio con un doble objetivo: estimar las probabilidades de que Maximiliano entrara en la península y evaluar sus fuerzas militares.
Pero los optimates se opusieron a esta elección: era sencillamente inaceptable que se enviara a la augusta corte imperial a alguien como Niccolò, habiendo en Florencia tantos y tantos jóvenes de alcurnia dispuestos a formarse en las cuestiones de Estado. Así que Maquiavelo se quedó en Florencia, y en su lugar la Señoría envió al aristócrata Francesco Vettori, de alta cuna pero poca experiencia.

Maquiavelo encajó esta humillación como pudo —hay quien atribuye su poema Sobre la ingratitud a este período— y en agosto acudió a Siena para recabar información sobre una legación papal que se dirigía a la corte de Maximiliano para ofrecerle alternativas a su viaje a Roma.
Niccolò volvió a Florencia poco después, acompañado por las preocupantes noticias de que la Dieta Imperial (un parlamento formado por los príncipes de los Estados imperiales) se había comprometido a proporcionar al Habsburgo las tropas que había solicitado.
En otro orden de cosas, en octubre se vio obligado a prescindir de los servicios de Michelotto de Corella: tanto se habían deteriorado las relaciones del bargello con la Señoría que para evitar problemas futuros alguien llegó a sugerir que «se le arrebatara secretamente la vida».
A lo mejor Florencia no tuvo nada que ver —al valenciano no le faltaban enemigos, después de todo—, pero Michelotto fue asesinado tres meses después en las calles de Milán.
En la corte imperial de Bolzano, entre tanto, Francesco Vettori se estaba viendo sobrepasado rápidamente por los acontecimientos.
Sus informes no lograban esclarecer las auténticas intenciones de Maximiliano, del que se rumoreaba que se hallaba en negociaciones con los Medici. Cuando el Habsburgo (irritado por la entente franco-florentina) empezó a exigir a Florencia donativos, Vettori pidió que enviaran a alguien con más experiencia y finalmente Maquiavelo fue despachado a Bolzano el 17 de diciembre.
Aun a riesgo de ofender a Luis XII, la Señoría le ordenó que —de juzgar inevitable el descenso de Maximiliano en Italia— comprara la seguridad de Florencia con cincuenta mil ducados.
En vez de cabalgar directamente hasta Bolzano, Maquiavelo dio un rodeo pasando por Ginebra y Constanza para observar de primera mano los cantones suizos y el Sacro Imperio, aunque al atravesar la Lombardía tuvo que destruir las órdenes que llevaba para que no cayeran en manos francesas.
El 11 de enero de 1508 llegó a la corte imperial, donde entabló una estrecha amistad con Vettori: los dos habían sido instruidos por los mismos maestros, eran compatriotas en una corte hostil y compartían el gusto por las mujeres y la buena vida en general.
Maximiliano quería más dinero del que la Señoría estaba dispuesta a pagar. Niccolò y Vettori alargaron las negociaciones todo lo que pudieron para ganar tiempo, y esta vez parece que temporeggiare funcionó.
Harto de esperar a que los venecianos le permitieran atravesar el Veneto, Maximiliano se proclamó «emperador electo» el 4 de febrero y les atacó, pero fue derrotado con tanta contundencia que el 6 de junio se vio obligado a firmar un armisticio y renunciar a varios territorios fronterizos.
Con el emperador lamiéndose las heridas, Maquiavelo aprovechó para volver a casa; cuenta Vettori en uno de sus informes que este había empezado a padecer de piedras en el riñón, o quizá una acumulación de humores espesos en la sangre.
- Caída y conciliábulo de Pisa
Asaltar Pisa resultaba imposible, así que Florencia decidió someter a esta ciudad mediante el lento pero efectivo método de matar a sus habitantes de hambre. Corsarios genoveses bloquearon sus vías marítimas de suministros, y en verano la milicia florentina se encargó por primera vez de la destrucción de los cultivos pisanos, actividad conocida como guasto.
Tan prometedora parecía esta iteración de los esfuerzos florentinos que Luis XII recordó de pronto que la ciudad rebelde se hallaba bajo la protección de Francia desde 1494 y exigió cien mil ducados para mirar hacia otro lado, una manera como cualquier otra de castigar a la República florentina por negociar con el Sacro Imperio.
Fernando de Aragón, por su parte, se mostró más comedido: a cambio de mantenerse neutral se conformó con cincuenta mil. Florencia no tuvo más remedio que pasar por caja, pero estrechó el cerco en torno a Pisa.
Cuando en febrero de 1509 Maquiavelo recibió el encargo de supervisar el asedio, no dudó en acudir al frente y dirigir personalmente a un millar de milicianos en primera línea de combate.
Sus superiores, alarmados, le instaron a retirarse a un campamento en la retaguardia, pero él respondió que «de haber querido evitar el peligro y el trabajo duro, [se] habría quedado en Florencia». El hambre, entretanto, hacía estragos en la ciudad asediada: el fin amargo y anticlimático de quince años de conflicto llegó a principios de junio con la capitulación de los pisanos.
Niccolò estuvo entre los que suscribieron los estatutos de rendición el 4 de junio, y pocos días después entró con las tropas florentinas en Pisa.
Para muchos Maquiavelo y su milicia había sido la clave de esta victoria, pero a pesar —o a causa— de su éxito, en los meses siguientes fue acusado anónimamente (algo legal en Florencia) de practicar la sodomía (algo ilegal en Florencia) con cierta dama de afecto negociable conocida como la Riccia, o de estar incapacitado para ocupar sus cargos a causa de las deudas de su difunto padre. Aunque no prosperaron, estas acusaciones son una señal de que los optimates no se habían olvidado de él.
Si bien Florencia estaba en paz, la guerra azotaba el norte de la península. Julio II había afirmado en una ocasión que no descansaría hasta que los venecianos volvieran a ser los humildes pescadores de antaño, y con esa intención había formado a finales de 1508 la Liga de Cambray para acabar con la República de Venecia y repartirse sus restos con Francia, España y el Sacro Imperio.
Cegado por el odio, el papa tardó meses en darse cuenta de que con esta alianza los franceses habían salido peligrosamente beneficiados: en febrero de 1510 disolvió la Liga, se alió de improviso con los venecianos e inició los preparativos para una campaña contra Francia.
Una guerra entre la Iglesia y los franceses pondría a los florentinos en una situación imposible, por lo que estos empezaron a llevar a cabo intrincados malabarismos diplomáticos para no decantarse por ninguno de los dos bandos. Las tropas papales comenzaron las hostilidades en agosto; Luis XII contraatacó impulsando la convocación de un Concilio de cardenales rebeldes que depusiera a Julio II y eligiera a un papa filofrancés. Por desgracia para Florencia, en enero de 1511 solicitó que este Concilio se celebrara en Pisa.
La Señoría esperó a que Francia concatenara varias victorias contra las tropas véneto-pontificias para aceptar, pensando que así se aseguraban de apoyar al bando ganador. Soderini había escrito a Maquiavelo el año anterior que se un Papa amico non val molto, inimico nuoce assai («si bien un papa amigo no vale mucho, enemigo resulta muy dañino»), y es probable que Niccolò recordara esas palabras cuando un iracundo Julio II contrarrestó el conciliábulo de Pisa con la convocación del Quinto Concilio Lateranense y amenazó con excomulgar a Florencia, algo que además de poner en peligro el alma inmortal de sus habitantes dejaría a sus mercaderes sin garantías legales a lo largo y ancho de la cristiandad.
Los florentinos intentaron echarse atrás y Maquiavelo cabalgó a matacaballo hasta la corte francesa con ese fin, pero solo consiguió que el concilio cismático se retrasara dos meses y la excomunión fue impuesta en septiembre de 1511. El conciliábulo de Pisa comenzó en noviembre, pero la actitud pasivo-agresiva de los pisanos y el buen hacer de Niccolò llevaron a los cardenales rebeldes a trasladarse a Milán y más tarde a Lión, donde disolvieron la asamblea sin que nadie les hiciera demasiado caso.
Esto no apaciguó a Julio II, y a finales de noviembre Maquiavelo echó un vistazo al mapa de Italia y juzgó que era un momento tan bueno como cualquier otro para hacer testamento.
- El regreso de los Medici
En octubre de 1511 los Estados Pontificios, la República veneciana, Inglaterra, España y los cantones suizos formaron la Liga Santa, una monstruosa alianza antifrancesa a la que posteriormente también se uniría el Sacro Imperio.
Luis XII respondió enviando un gran ejército a Italia para entrar en Roma; a pesar de ganar la cruenta batalla de Rávena el 11 de abril de 1512, los franceses tuvieron que retirarse cuando en junio Fernando el Católico invadió el reino fronterizo de Navarra y los ingleses se dispusieron a atacar el norte de Francia.
Los florentinos habían apostado y perdido: las potencias de la Liga reunidas en Mantua decidieron en agosto que el régimen de Soderini tenía que ser abolido.

El lector atento habrá notado que desde su expulsión en 1494 los Medici habían sido una presencia ominosa en las lindes de la esfera política florentina, tanteando constantemente en busca de una fisura, un punto débil.
Al abandonar la via di mezzo y enemistarse con el papa, la República florentina había brindado a los hijos de Lorenzo el Magnífico la oportunidad que estos habían estado esperando.
Tras reivindicar en Mantua el derecho de su familia sobre Florencia, Giovanni de’ Medici (cardenal y legado papal) y su hermano Giuliano pagaron los sueldos atrasados de unos cuantos miles de soldados españoles —liderados por Raimundo de Cardona, virrey de Nápoles— y a mediados de agosto marcharon hacia la Toscana con la bendición de la Liga Santa.
A buen seguro los florentinos pensaron que la suerte les sonreía cuando corrió la voz de que las tropas invasoras acampadas ante Prato (a escasos dieciséis kilómetros de Florencia) carecían prácticamente de suministros.
En una carta del 17 de septiembre a una dama desconocida, Maquiavelo describió lo ocurrido:
… A todo esto sucedió que el ejército español se había presentado en Prato y realizado un gran asalto. Al no poder rendirlo, su excelencia el virrey comenzó a tratar de un acuerdo con el embajador florentino […] ofreciendo que se daba por satisfecho con una cierta suma de dinero y que la causa de los Medici se remitía a su majestad católica [Fernando de Aragón], quien podía rogar y no forzar a los florentinos aceptarlos en la ciudad…
El virrey presentó su oferta el 28 de agosto: estaba dispuesto a desentenderse de los Medici y llevarse a sus famélicos batallones de vuelta a Nápoles a cambio de pan para sus hombres y treinta mil ducados para sí. No obstante:
… Llegados con esta propuesta los embajadores y referida la debilidad de los españoles, alegándose que se morían de hambre y que Prato resistiría, todo ello suscitó tanta confianza en el gonfaloniero y en la multitud, con cuyo parecer él se gobernaba, que aunque los sabios recomendaban que se aceptara aquel acuerdo [Maquiavelo entre ellos, probablemente], también el gonfaloniero lo retrasó…
Los españoles no estaban para que se les diera largas, y la tarde del 29 de agosto de 1512 tomaron Prato a sangre y fuego. El prestigio de Maquiavelo sufrió un duro golpe cuando los milicianos que defendían la ciudad huyeron como ratas tan pronto como los primeros atacantes escalaron las murallas.
… Entonces los españoles, ocupada la ciudad, la saquearon y mataron a sus habitantes en un lamentable espectáculo de calamidad. No voy a referir a vuestra señoría los particulares de todo ello para no causar a su ánimo esta molestia; tan solo diré que allí murieron más de cuatro mil hombres y los demás quedaron prisioneros, siendo obligados a rescatarse de una u otra manera; ni siquiera perdonaron a las doncellas recluidas en lugares sagrados, los cuales se colmaron todos de estupros y sacrilegios…
Mientras las noticias sobre el atroz saqueo de Prato iban llegando a la ciudad, partidarios de los Medici tomaron el Palacio de la Señoría y amenazaron con asesinar al gonfaloniero. Maquiavelo y Francesco Vettori consiguieron negociar su salida: la noche del 31 de agosto Soderini abandonó para siempre su ciudad, a la que no volvería jamás.
Al día siguiente Giuliano de’ Medici entró en Florencia como un ciudadano privado; después de dos semanas de equilibrio político inestable —seguidas por un golpe de Estado incruento pero eficaz— el poder pasó a manos de su familia. En el nuevo régimen no había sitio para aquel que había sido el hombre de confianza de Soderini, y el 7 de noviembre a Niccolò se le privó de todos sus cargos.
Lo sucesivo solo puede interpretarse como un acto de ensañamiento: en las dos semanas siguientes se le prohibió entrar en la Cancillería o abandonar los confines de la República; también le fue impuesta una desmesurada fianza de mil ducados que solo pudo reunir gracias a la generosidad de sus amigos.
Lo peor, no obstante, estaba por llegar. En febrero de 1513 unos jóvenes florentinos idealistas e ineptos trazaron un plan para asesinar a Giuliano de’ Medici, pero a uno de ellos se le cayó un papel con los nombres de posibles aliados y la conspiración fue descubierta.
El de Maquiavelo era el séptimo nombre de la lista, y eso bastó para que el 18 de febrero se le enviara a prisión con el resto de implicados, donde las autoridades intentaron —tortura mediante— arrancarle sin éxito una confesión. Los líderes de la conjura fueron ejecutados, y no sabemos qué habría sido de Niccolò de no ser por la oportuna muerte de Julio II y la elección de Giovanni de’ Medici (en lo sucesivo León X) como nuevo pontífice.
En Florencia se declaró un indulto general como parte de los festejos, y el 11 o 12 de marzo Maquiavelo fue puesto en libertad. Pocos días después daba noticias suyas a Vettori, que había sido nombrado embajador en la corte papal y se hallaba ya en Roma.
… Y cada día vamos a casa de alguna muchacha a reponer las fuerzas, y ayer mismo estuvimos viendo pasar la procesión en casa de Sandra di Pero. Y así vamos contemporizando con esta felicidad universal, disfrutando de este resto de vida que me parece estar soñando…
Su alivio acabaría por dar paso a la amargura. El nuevo régimen desconfiaba de él, su carrera (en la que cifraba su identidad) había sido aniquilada y contaba con muy pocos medios para mantener a su mujer e hijos. A finales de abril Maquiavelo se retiró con su familia a Sant’Andrea in Percussina, una pequeña aldea a doce kilómetros de Florencia en la que había heredado de su padre una modesta finca. Daba comienzo así el periodo que él mismo llamaría post res perditas: «después de haberlo perdido todo».

… Acoja, pues, Vuestra Magnificencia, esta pequeña ofrenda con el mismo ánimo con que yo se la envío, pues si se hace de ella un estudio y lectura diligente, reconocerá en su interior un profundo anhelo mío: que alcancéis esa grandeza que la fortuna y las restantes cualidades vuestras os prometen.
Y si Vuestra Magnificencia, desde el ápice de su elevado sitial, posa en alguna ocasión los ojos sobre estos bajos lugares, reconocerá cuán inmerecidamente soporto una enorme y continua malignidad de la fortuna. (El Príncipe, dedicatoria a Lorenzo di Piero de’ Medici [1513]).
En 1513 Sant’Andrea in Percussina consistía en poco más de dos hileras de edificios a lo largo de una antigua vía postal romana: un puñado de casas, una pequeña iglesia, una posada y el caserón de los Machiavelli. Ubicada en lo alto de una colina, desde la aldea se podía contemplar el ondulante paisaje toscano cubierto de olivos, viñedos, arboledas, flores, etc. y, allá a lo lejos, Florencia.
Pero tras una vida consagrada a los asuntos del Estado y la res publica, este marco bucólico y apacible no satisfacía a Maquiavelo en absoluto. «Mi cuerpo está bien —escribió a su sobrino Giovanni el 4 de agosto—, pero estoy mal de todo lo demás».
La mejor manera de acercarnos a su nueva existencia en Sant’Andrea es a través de las misivas que empezó a intercambiar con su amigo Francesco Vettori al poco de salir de prisión. Niccolò intentó conseguir por medio de Vettori algún puesto en el Gobierno Medici, pero el nuevo embajador florentino en Roma parecía incapaz de ayudar a alguien que en aquellos momentos era políticamente radioactivo.
Lo que podía hacer era compartir con él noticias y rumores de la corte papal, y los dos diplomáticos no tardaron en entablar un apasionante diálogo sobre la situación de Italia y el equilibrio entre las grandes potencias europeas. ¿Había hecho bien Fernando el Católico en firmar una tregua con los franceses? ¿Qué curso de acción debía tomar el nuevo papa? ¿Atacarían los turcos?
Esta correspondencia contiene ejemplos de fina reflexión política y momentos que recuerdan al mejor Bender de Futurama («Embajador, vos vais a enfermar; me parece que vos no tenéis ningún pasatiempo; aquí no hay mancebos, no hay damas: ¿qué casa del carajo es esta?»), pero alcanza su cenit en una misiva que Maquiavelo envió a su amigo el 10 de diciembre de 1513.

En esta carta, joya del género epistolar italiano, Niccolò describe a Vettori su rutina diaria. Por las mañanas charla con unos leñadores que trabajan en un bosque de su propiedad; lee a Dante, Petrarca o algún poeta menor junto a una fuente; habla con los viajeros que pasan por la taberna para oír qué nuevas traen. Tras almorzar con su familia, vuelve a la taberna y se pasa la tarde jugando a las cartas con los lugareños; cuando anochece, vuelve a casa.
… Avanzada la tarde, me vuelvo a casa y entro en mi despacho. Y en el umbral me despojo de mis vestidos cotidianos, llenos de fango y lodo, y me visto de ropas nobles y curiales. Entonces, dignamente ataviado, entro en las cortes de los hombres antiguos, donde, amablemente recibido por ellos, me deleito con este alimento que es solo para mí, y para el que yo nací. Y no me avergüenzo de hablar con ellos, y de preguntarles por las razones de sus acciones.
Y ellos, por su humanidad, me responden. Y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, me olvido de toda ambición, no temo la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente donde están ellos. Y como Dante dice que no hay saber si no se guarda lo que se ha comprendido, yo he anotado lo que he sacado con su conversación, y he compuesto un opúsculo, De principatibus [De los Principados], en el que profundizo cuanto puedo en las dificultades de esta materia; razonando sobre qué es un principado, de cuántos tipos hay, cómo se adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden…
Este diálogo con los hombres antiguos, que inicialmente había empezado a cristalizar en los Discursos, tuvo su primer fruto en el tratado De los Principados. Publicado póstumo en 1532 con el título de El príncipe, haría a Maquiavelo inmortal. Veamos por qué.
- Un príncipe para gobernarlos a todos
La originalidad de El príncipe no radica en el tema que trata: de política se llevaba escribiendo como mínimo desde los tiempos de la República de Platón y el Arthashastra del filósofo indio Chanakya. Tampoco en su formato, pues el subgénero de los espejos de príncipes se remonta a la Edad Media. No, la genialidad de Maquiavelo consistió en abordar el análisis de las dinámicas de poder dejando de lado toda consideración moral, tomando como objeto de estudio la realidad que es y no la que debería ser.
Su principal consejo para un gobernante es que procure hacer lo mismo, porque a la hora de salvaguardar el bien común se ha de ser, ante todo, eficaz. Y es que desde su punto de vista el proceder mezquino y caótico de las personas solo puede contrarrestarse con las leyes y las armas, el monopolio de la violencia, el Estado.
Habrá que esperar a los Discursos para profundizar en la doctrina política de Maquiavelo: «El príncipe es una obra breve, rápida y atenta a movilizar»(M. A. Granada, 1981) cuyos principios teóricos se hallan generalmente implícitos en la argumentación que sustenta cada uno de sus capítulos.
Además de ser antropológicamente pesimista (que no misántropo), Niccolò consideraba que la naturaleza humana es inmutable. Al ser las pasiones, ambiciones y necesidades de sus contemporáneos las mismas que movían a israelitas, aqueos, y romanos, un príncipe virtuoso puede valerse de las lecciones del pasado —y la atenta observación del presente— para subyugar a la fortuna y perpetuar su Estado.
Aunque no sea fácil definir el concepto de virtú maquiaveliana, al leer El príncipe salta a la vista que esta amalgama de cualidades incluye arrojo y audacia en lo marcial y lo político, atención a la imagen pública y una saludable falta de escrúpulos. No es de extrañar que César Borgia sea propuesto al lector como modelo a imitar, ya que antes de ser traicionado por Julio II su curso de acción había coincidido punto por punto con las recomendaciones de Maquiavelo.
El opúsculo se cierra con una exhortación a liberar Italia de los bárbaros invasores y fundar un Estado italiano independiente: un arrebato idealista que, aun contrastando con el carácter fríamente analítico de los capítulos anteriores, nos da a entender cuál es ese bien común que Niccolò tenía en mente.
El príncipe circuló inicialmente en copias manuscritas; cuando fue publicado en 1532, ya era lo suficientemente conocido como para haber sido plagiado al menos una vez (De Regnandi Peritia, de Agostino Nifo). El carácter amoral de la obra y el desdén de su autor hacia la Iglesia y el cristianismo aseguraron que este tratado —y todos los escritos de Maquiavelo, de hecho— figuraran en el primer Index Librorum Prohibitorum de 1552, listado extraoficial de los best seller de ayer, de hoy y de siempre.
La Reforma también lo rechazó: se decía que Catalina de’ Medici, azote de hugonotes, tenía el opúsculo dedicado a su padre como libro de cabecera. En la condena de las dos ortodoxias europeas a El príncipe entroncó un antimaquiavelismo que ha llegado hasta nuestros días, aunque durante la Ilustración se reinterpretó la obra para convertirla en una velada advertencia al pueblo sobre los excesos del poder absoluto.
Los Padres Fundadores leyeron El príncipe, como también hicieron Napoleón, Mussolini, Lenin y Stalin. Pero en 1516, cuando Niccolò entregó finalmente una copia del manuscrito a Lorenzo de’ Medici, este lo recibió con indiferencia y no hay constancia de que llegara a leerlo jamás.
Se ha especulado mucho acerca de los motivos que llevaron a Maquiavelo a escribir El príncipe. Hay quien acepta la interpretación que menciono en el párrafo anterior —defendida entre otros por Rousseau y, en cierto modo, Gramsci— y hay incluso quien ha querido ver en esta obra una sátira contra los Medici, pero desde mi punto de vista la explicación es más sencilla.
Expulsado de la Cancillería y exiliado en la aldea de Sant’Andrea, escribir sobre política era uno de los pocos lazos que todavía unían al exsecretario con su vida pasada, además de una excelente manera de hacer ver a los Medici que se hallaban ante un estadista avezado al que harían bien en emplear. Aunque fuera, como escribía a Vettori en la carta del 10 de diciembre de 1513, «para hacer rodar una piedra».
- Atardecer en los jardines Rucellai
Maquiavelo y Vettori continuaron con su correspondencia a lo largo de 1514: en sus cartas hablan de la política, los impuestos, sus amigos o el amor. Niccolò seguía fuera de la órbita medicea, y en ocasiones no podía ocultar la profunda amargura que sentía al verse aislado, inútil y empobrecido. En una carta con fecha del 10 de junio escribía lo siguiente:
… Seguiré tal como estoy, entre mis piojos, sin encontrar a un hombre que se acuerde de mis servicios o que crea que yo pueda ser útil para algo. Pero es imposible que yo pueda estar así mucho tiempo, porque me estoy consumiendo, y veo, si Dios no se me muestra más favorable, que acabaré teniendo que salir un día de casa a trabajar, si es que no hay otra cosa, como pasante, o como secretario de algún dignatario; o establecerme en algún lugar perdido a enseñar a leer a los muchachos; y que los míos se hagan a la cuenta de que estoy muerto. Ellos se las arreglarán mucho mejor sin mí, puesto que yo les supongo una carga, porque desde siempre estoy acostumbrado a gastar, y no sé hacer nada sin gastar…
Pero parece que en diciembre la puerta de los Medici empezó a abrirse, aunque apenas se tratara de una rendija. La tregua entre España y Francia estaba a punto de acabar, y León X dudaba entre conservar su alianza con Fernando el Católico, Maximiliano I y Enrique VIII o pasarse al bando de Luis XII y los venecianos.
El cardenal Giulio de’ Medici (primo de Giuliano de’ Medici y del papa) encargó a Francesco Vettori que escribiera a Maquiavelo para sondearle: ¿qué debía hacer Su Santidad? Este abordó la cuestión entusiasmado, y a los pocos días envió a su amigo una larga carta en la que abogaba con elocuencia por una alianza entre Francia y los Estados Pontificios.
Cuenta Vettori que tanto León X como Giulio de’ Medici se mostraron impresionados por sus argumentos; no lo suficiente, por desgracia, como para ponerlo a su servicio. Y es que por mucho que pudieran valorar su punto de vista, Niccolò seguía estando vetado: cuando en 1515 Giuliano de’ Medici y Paolo Vettori (hermano de Francesco) se plantearon darle empleo en un hipotético señorío mediceo centrado en Parma, desde Roma llegó una perentoria exhortación a no mezclarse con él.
Resignado quizá a pasar el resto de su vida apartado de la política, Maquiavelo se entregó de lleno a la actividad literaria. No es casual que en torno a 1516 empezara a frecuentar los jardines de la familia Rucellai, que acogían a un círculo de jóvenes patricios intelectuales (escritores, poetas, músicos…) de marcadas tendencias republicanas.
Inmerso en este ambiente culturalmente fértil e ideológicamente afín, Maquiavelo terminó los Discursos y escribió La Mandrágora y Del arte de la guerra, todas ellas obras que —aun siendo brillantísimas— suelen verse eclipsadas por la fama de El príncipe y el aura maldita de su autor.
Y es una lástima, porque los Discursos sobre la primera década (3) de Tito Livio son su legado más profundo y ambicioso, Del arte de la guerra se anticipa tres siglos a Clausewitz y La Mandrágora es la obra de teatro más importante del Renacimiento italiano.
Maquiavelo conocía bien a Livio y su narración de la historia de Roma: en 1475 su padre Bernardo había obtenido un ejemplar sin encuadernar del Ad Urbe Condita a cambio de elaborar un listado de sus topónimos. Al no haber para él mejor forma de gobierno que la república ni mejor república que la romana, esta obra suponía un punto de partida inmejorable para reflexionar sobre las causas del éxito de la Roma republicana y el modo de replicarlo en la Italia de sus días.
Se ha dicho que resulta algo incoherente escribir un manual para monarquías y acto seguido uno para gobiernos populares, pero esta supuesta contradicción no es tal: aunque la estabilidad y libertad de las repúblicas las hagan superiores a cualquier otro régimen, Maquiavelo —en la línea de Platón— creía que hasta el Estado más perfecto está condenado a corromperse y decaer.
Y cuando eso ocurre, solo concentrando el poder en manos de un príncipe se puede dejar atrás la anarquía y refundar un orden institucional sobre los restos del anterior. Por lo demás, tanto en El príncipe como en los Discursos el precepto fundamental es el mismo: bien común mediante Estados libres, Estados libres mediante Realpolitik.
A punto de cumplir cincuenta años, Maquiavelo leyó fragmentos de los Discursos en los jardines Rucellai ante una audiencia de jóvenes republicanos a los que imagino adecuadamente impresionados. Cuando terminó el libro (en 1519, probablemente), se lo dedicó a sus amigos Zanobi Buondelmonti y Cosimo Rucellai, asiduos a estas tertulias. Pensando a bien seguro en la dedicatoria de El príncipe —y en un estilo autoirónico típicamente suyo—, afirma que:
… [los que escriben] suelen dedicar sus obras a algún príncipe y, llevados por la ambición y la avaricia, alaban en él todas las virtudes, cuando deberían vituperarlo por sus faltas. Así que yo, para no caer en este error, he escogido no a los que son príncipes, sino a los que por sus buenas cualidades merecerían serlo; no a los que podrían llenarme de empleos, honores y riquezas, sino a los que, no pudiendo, quisieran hacerlo…
Por esas fechas Maquiavelo también terminó el Del arte de la guerra, un tratado militar presentado al lector a través de un diálogo ficticio entre el célebre condottiere Fabrizio Colonna y figuras habituales de los jardines Rucellai. Si bien es cierto que su fijación con los autores clásicos —que en este libro raya lo dogmático— le lleva a minimizar la importancia de la artillería o a recomendar formaciones sin cabida en un campo de batalla real, estos fallos no desvirtúan en absoluto la dimensión estratégica de la obra.
El tratado resulta particularmente brillante e innovador cuando afronta aquellos temas que brotan de la intersección entre lo militar y lo político, porque para Niccolò un Estado no podía ser realmente libre (no podía ser) si carecía de medios fiables para defenderse. De ahí la necesidad de prescindir de tropas mercenarias e instaurar un servicio militar obligatorio: la guerra le parecía demasiado importante como para dejarla en manos de la clase de personas que hacían de ella su profesión.

- «Niccolò Machiavelli, historico, comico et tragico»
Del arte de la guerra (1521) convirtió a Maquiavelo en una autoridad en el campo de la teoría militar: solo en alguien realmente excepcional podía solaparse ese logro con el enorme talento para la comedia que demostró con La Mandrágora.
Después de todo, tanto la política como la comedia exigen un íntimo conocimiento de la naturaleza humana, y… ¿acaso hay algo más humano que la lujuria, la codicia y el engaño?
Lujuria la de Calímaco por la bella y joven Lucrezia; codicia la de su anciano marido Nicia, la del parásito Licómaco o la del fraile Timoteo; engaño el que vertebra la obra y por virtud del cual todos y cada uno de los personajes transgreden las normas morales para finalmente acabar —de un modo u otro— saliéndose con la suya. Estrenada en 1518 (o en 1520, según otras fuentes), La Mandrágora tuvo una gran acogida.
En una época de adaptaciones de autores clásicos y teatro sacro, los diálogos de Maquiavelo en prosa vernácula resultan naturales y espontáneos; sus personajes son lo suficientemente creíbles e imperfectos como para que el público no tenga problemas para verse reflejado en ellos.
Y la trama, que se desarrolla en la misma Florencia, funciona como un reloj sin necesidad de gemelos secretos, hechiceros entrometidos o intervenciones divinas. Está claro que nos hallamos ante un catalizador del teatro moderno (P. Oppenheimer), una obra innovadora cuyo éxito hizo circular el nombre de Maquiavelo en los ambientes más elevados.
Tras la muerte de Giuliano de’ Medici en 1516, el control de Florencia había pasado a manos de su sobrino Lorenzo. Este sucumbió en 1519 a los efectos combinados de la tuberculosis y la sífilis, pero antes de que su cadáver se enfriara el cardenal Giulio de’ Medici ya se había trasladado a la ciudad para evitar desórdenes y velar personalmente por los intereses de su familia.
Los amigos de Maquiavelo en el cenáculo de los jardines Rucellai se mostraron entonces más eficaces en la rehabilitación del exsecretario de lo que Vettori había sido años atrás: Lorenzo Strozzi —a quien Niccolò dedicaría el Del arte de la guerra un año después— le consiguió en marzo de 1520 una entrevista con Giulio de’ Medici; Battista della Palla, en abril, le informó de que León X estaba pensando en encargarle algún proyecto.
Florencia había alcanzado su cénit con Cosme el Viejo y su nieto Lorenzo el Magnífico, pero hacía décadas que la única constante de la política florentina era su volatilidad. Los Medici querían dar con una forma de gobierno que fuera tan estable como la de sus antepasados y perpetuara a su familia en el poder, así que —tras ocho años de ostracismo— Maquiavelo fue consultado sobre el tema.
El resultado, entregado a los Medici en algún momento de ese mismo año, fue el Discurso sobre los asuntos de Florencia después de la muerte de Lorenzo de’ Medici, el joven. Me gustaría remitirles a los primeros capítulos de las imprescindibles Sumisiones Voluntarias de Albiac, pero mientras tanto baste con decir que Niccolò se mantuvo fiel a sus ideas en vez de limitarse a escribir aquello que los Medici querían leer. Para Niccolò el esplendor de la Florencia pseudorepublicana del siglo XV era un espejismo, y si no lo fuera daba igual, porque en la Italia del siglo XVI esos modelos políticos tenían los días contados.
No puede, por tanto, Su Santidad, si lo que desea hacer es construir un Estado estable en Florencia para gloria suya y salvación de sus amigos, hacer otra cosa que constituir un principado auténtico o una república plena. Cualquier otro modelo no solo sería vano sino además de brevísima vida…
Como señala Albiac, Maquiavelo podía haber terminado el memorándum ahí.
¿Lo hizo? Claro que no.
Porque ¿por qué construir un principado allá donde tan bien funcionaría una república? Del mismo modo que ¿por qué se construiría una república donde funcionase bien un principado? Eso sería cosa difícil, inhumana, indigna de alguien que desease ser tenido por piadoso, por bueno, y por esa razón a partir de aquí dejaré de razonar acerca del principado y hablaré de la república…
A partir de ahí, el grueso del documento va dedicado a esbozar una constitución republicana que garantizaba un puesto privilegiado a León X y al cardenal Giulio, pero no a las generaciones Medici posteriores. El informe fue ignorado, pero por suerte para Maquiavelo los Medici seguían interesados en contar con sus servicios.
Tras ser despachado a Lucca para mediar a favor de unos mercaderes florentinos afectados por una bancarrota, en septiembre de 1520 se le encomendó la redacción de una nueva historia de la ciudad de Florencia, un encargo prestigioso que llevaba asociado un modesto sueldo anual.
Maquiavelo aceptó encantado y en mayo de 1525 presentaría su Historia de Florencia ante el nuevo papa Clemente VII, né Giulio de’ Medici, que se mostró ciertamente satisfecho y le pagó con sus fondos personales el doble de lo acordado. Dice M. Viroli que esta es la decisión más acertada que tomó Clemente VII en toda su vida, ya que con ese dinero Niccolò pagó la dote de su hija Baccina, a cuyo hijo (Giuliano de’ Ricci) hemos de agradecer que recopilara gran parte de la correspondencia de su abuelo. De las otras decisiones de Clemente VII —menos afortunadas, sin duda— hablaremos más adelante.
En mayo de 1521 Maquiavelo hizo una pausa en la redacción de su Historia para representar a Florencia durante el capítulo general franciscano que había de celebrarse en la ciudad de Carpi.
Se trataba de una legación de importancia más bien menor, pero vale la pena mencionarla porque puso de manifiesto la complicidad entre Niccolò y Francesco Guicciardini, padre de la historiografía italiana, alto funcionario de los Estados Pontificios y, a la sazón, gobernador de la cercana Módena.
Maquiavelo quería divertirse a costa de los franciscanos, y con la ayuda de su amigo hizo creer a los frailes que se hallaba entre ellos por cuestiones trascendentales y secretas. Estos no tuvieron más remedio que creerle: todos los días llegaban desde Módena ballesteros al galope con misivas para Niccolò, misivas en las que los dos amigos iban comentando la jugada y a las que Guicciardini llegó a adjuntar informes diplomáticos de Zurich para hacer bulto.
Estamos ante dos mentes privilegiadas —dos gigantes del Rinascimiento—, pero está claro que no se resistían a hacer el idiota de vez en cuando.
Tras la muerte de León X, los oponentes de la casa de’ Medici intentaron aprovechar la coyuntura para retomar tradiciones florentinas de toda la vida: en junio de 1522 fue descubierta en el seno de los Jardines Rucellai una conspiración con respaldo francés para asesinar al cardenal Giulio de’ Medici.
En esta ocasión las autoridades consideraron que Maquiavelo no estaba implicado, pero algunos de sus amigos fueron ejecutados y otros, como Buondelmonti, della Palla y Alamanni, tuvieron que huir a Francia. A partir de 1524, y con el círculo de los Jardines Rucellai disuelto, Niccolò empezó a disfrutar de la hospitalidad de Iacopo Falconetti: sus veladas no ofrecían quizá el mismo estímulo intelectual, pero los banquetes eran excelentes.
Más allá de eso, solía coincidir en estos encuentros con Barbara «Barbera» Raffacani Salutati, una actriz, cantante y cortesana de la que acabó siendo amante. Maquiavelo era tan consciente como sus amigos de que su enamoramiento por una mujer treinta años más joven tenía cierto componente senil, y para muchos su comedia Clizia —escrita para Falconetti a partir de una farsa de Plauto— no deja de ser Maquiavelo riéndose de sí mismo.
La obra, al fin y al cabo, gira en torno a los esfuerzos del decrépito anciano Nicómaco (nótese el juego de palabras) por acostarse con la joven criada Clizia, de la que está locamente enamorado. Sin ser tan brillante u original como La Mandrágora, el estreno de Clizia en enero de 1525 fue un éxito clamoroso que extendió la fama de Niccolò como comediógrafo. Incidentalmente, las piezas que Philippe Verdelot compuso para los entreactos (con letras de Maquiavelo y cantadas por Barbera) están entre los primeros madrigales de la historia.
Con cincuenta y seis años, Maquiavelo ya había dejado de verse a sí mismo como el quondam Segretario de la República florentina, y en una carta de octubre de ese mismo año se autodefine como historiador, cómico y trágico. Pero en las postrimerías de su vida, la Fortuna iba a ofrecerle una última oportunidad de servir a su patria, no como el hombre de letras en el que se había convertido, sino como el hombre de Estado que en su fuero interno nunca había dejado de ser.

- Tanto Nomini Nullum Par Elogium
La derrota de Francisco I en la batalla de Pavía (24 de febrero de 1525) abrió un paréntesis en la guerra por la Lombardía que le había enfrentado al emperador Carlos V. Con el rey francés prisionero y camino de Madrid, Clemente VII cerró un acuerdo de protección con el Emperador —pagado por los florentinos— y al mismo tiempo empezó a maniobrar en secreto para frenar el dominio imperial sobre Italia.
En enero de 1526 se firmó la Paz de Madrid: a cambio de su libertad, Francisco I renunciaba a cualquier demanda sobre los territorios italianos. En una carta escrita en marzo, Maquiavelo afirmaba lo siguiente:
… De manera que yo me atengo a esta opinión: o que el Rey no será liberado, o que, si es liberado, observará lo pactado…
Pero se equivocaba por partida doble, pues Francisco I fue liberado tres días después y el 22 de mayo se uniría a la flamante Liga de Cognac, una alianza contra Carlos V impulsada por el papa y compuesta por los Estados Pontificios, la República de Venecia, el Milanesado y Florencia. En una cosa tenía Niccolò razón, no obstante: «yo pienso que, pase lo que pase, en Italia habrá guerra, y pronto».
En estas circunstancias, la popularidad del Del arte de la guerra no podía sino beneficiar a Maquiavelo. A finales de marzo fue convocado a Roma para discutir sobre el estado de las fortificaciones de Florencia; en abril se le nombró secretario del comité encargado de reforzar las defensas de su ciudad.
Y en junio, cuando estallaron las hostilidades en el norte, fue enviado a la Lombardía para supervisar la disciplina de las tropas y hacer de enlace con Francesco Guicciardini, que había sido nombrado teniente general de los ejércitos papales. Por esas fechas escribía el propio Guicciardini que
… Maquiavelo se encuentra aquí; había venido para reorganizar este ejército, pero, viendo hasta qué punto está corrompido, no confía en obtener ningún mérito. Se conforma en reírse de los errores de los hombres, ya que no los puede corregir…
Aunque los ejércitos italianos cosecharon algunas victorias al principio de la campaña, el retraso de las tropas francesas y los titubeos del papa frenaron a la Liga, que fracasó en su intento de capturar Milán.
La situación empeoró el 19 de septiembre: aprovechando que Clemente VII había reducido las defensas de la ciudad, los Colonna (nobleza romana partidaria del Emperador) entraron en Roma, saquearon el Vaticano y obligaron al pontífice a retirar sus tropas de la Lombardía.
Dos meses después, y con la Liga a la defensiva, diez mil lansquenetes descendieron sobre Italia sin que los venecianos hicieran nada para impedirlo. Giovanni de las Bandas Negras —el último condottiere— intentó hacerles retroceder a la orilla norte del río Po, pero no tuvo éxito y sucumbió a sus heridas el 30 de noviembre. Aunque el duro invierno ralentizó el avance imperial, a finales de febrero de 1527 las tropas españolas y alemanas retomaron su marcha hacia el sur lideradas por Carlos III, duque de Borbón.
Maquiavelo cabalgó hasta Parma (y más tarde a Bolonia, Ímola y Forlì) para mantener informados a sus superiores de los movimientos del enemigo, cuyas tropas —aun estando mal pagadas y peor alimentadas— mantenían su curso inexorable hacia la Toscana mientras Clemente VII dudaba entre pactar o luchar. Preocupado por la seguridad de su familia, el 2 de abril Niccolò escribía a su hijo Guido:
… Saluda a doña Marietta, y dile que yo he estado cada día a punto de partir, y así estoy ahora; y que nunca tuve tantos deseos de estar en Florencia como ahora, pero no puedo hacer otra cosa. Dile solamente que, por más que lo sienta, mantenga el buen humor, que yo estaré allí antes de que suceda cualquier contratiempo…
Lo único que podía interponerse entre Florencia y veintidos mil soldados imperiales era el ejército veneciano del duque de Urbino, que había evitado en todo momento entablar combate con las tropas invasoras y se había limitado a seguirlas desde una distancia prudencial.
Para Maquiavelo (y Guicciardini) el problema no era de exceso de prudencia sino de falta de motivación: el Duque solo acudió a defender Florencia cuando los florentinos se comprometieron a entregarle la fortaleza de San Leo (7). Sus fuerzas llegaron el 24 de abril, justo a tiempo para sofocar un levantamiento popular contra los Medici que nos da una idea del estado de ánimo en el que se encontraba la ciudad.
Las tropas del Emperador no contaban con los suministros necesarios para asediar Florencia en esas condiciones, así que aprovecharon la confusión para marchar rápidamente sobre Roma y el 4 de mayo acamparon ante las murallas aurelianas.
Del salvaje Saco de Roma se ha escrito mucho, así que seré breve: los soldados de Carlos V asaltaron la ciudad el 6 de mayo, entregándose a una orgía de violencia y destrucción que redujo la población de la ciudad a la mitad, devastó su patrimonio artístico y marcó a fuego el fin del Renacimiento italiano.
Maquiavelo recibió noticias de la tragedia estando en Orvieto, donde prestó asistencia a los primeros refugiados antes de desplazarse hasta el puerto de Cittavecchia para organizar una contingente evacuación del papa.
Hay cierta simetría en el hecho de que la carrera política de Maquiavelo —que había comenzado tras la caída de la República de Savonarola en 1498— terminara definitivamente el 16 de mayo de 1527, cuando los florentinos proclamaron una nueva república savonarolista y expulsaron a los Medici de la ciudad.
Los esfuerzos de Niccolò por entrar al servicio de la Casa de’ Medici se habían vuelto en su contra: en la nueva República de Florencia no había sitio para él. Derrotado, decepcionado y abatido, cayó enfermo poco después; falleció el 21 de junio rodeado de amigos y familiares.
Cuentan que en su lecho de muerte Maquiavelo tuvo un sueño. En él vio a una fila de personas harapientas y de aspecto miserable: eran los santos y los beatos camino del paraíso. Luego vio a una multitud de personas de porte augusto y nobles atavíos que discutían con elocuencia de cuestiones políticas: eran los condenados al infierno. Al despertar le contó el sueño a sus amigos; confesó que cuando muriera prefería ir al infierno a debatir con filósofos e historiadores antes que aburrirse para toda la eternidad entre santos y beatos.
No sé cómo lo verán ustedes, pero con Maquiavelo en el infierno, la elección está más clara que nunca.

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