Ramsés II, el último Rey de Reyes …

Ancient Origins(Marilo T.A.)/abc historia(R.Alonso) — Ramsés II, tercer faraón de la XIX dinastía egipcia, gobernó durante casi siete décadas, desde el año 1279 a. C. hasta el 1213 a. C., y a lo largo de su reinado, sus victorias frente a los hititas del norte y los nubios del sur le permitieron fijar las fronteras de Egipto, abrir la sociedad egipcia al exterior y asimilar nuevas costumbres extranjeras.
Hijo del gran Seti I y de su Gran Esposa Real, Tuya, tuvo al menos dos hermanas y, al parecer, un hermano llamado Nebchasetnebet, que murió antes de alcanzar la edad adulta. Como miembro de una familia rebosante de militares, desde niño vivió la actividad castrense, recibiendo entrenamiento intensivo por parte de su propio padre y de múltiples maestros en cuestiones bélicas, artes y ciencias.
Seti I, al comprobar la fuerte personalidad de su vástago, desde muy pronto lo asoció al trono. Y es que Ramsés, desde muy pequeño, destacó en el arte de la guerra. Por eso lo nombró corregente con tan sólo catorce años, durando la corregencia entre tres y siete años. Así, a la edad de quince o dieciséis años, Ramsés ya tenía autoridad sobre parte del ejército. Claro que, por entonces ya estaba casado y también era padre de cuatro hijos.

Ramsés acompañó a su padre en diversas campañas militares para sofocar rebeliones en Canaán. También lo secundó en la guerra contra los hititas que habían ocupado los territorios de Siria, perdidos hacía años debido a la debilidad del rey Akenatón.
Ya como comandante del ejército egipcio, llevó a cabo una campaña contra el reino de Kush (Nubia), durante el año 8 del reinado de Seti. De hecho, se cuenta que Ramsés se hallaba en Kush cuando recibió la noticia del fallecimiento de su padre. Rápidamente regresó a Egipto donde, junto con su madre, Tuya, llevó a cabo las ceremonias fúnebres de su padre en la necrópolis tebana.
– Un rey guerrero
Poco después de comenzar su reinado en solitario, los hititas empezaron a llevar a cabo numerosas escaramuzas en las fronteras. Quizá creyeron que Ramsés II era un monarca más débil que su padre, Seti I, pero en el quinto año de su reinado el nuevo monarca decidió cortar de raíz con los ataques hititas, luchando en la célebre batalla de Qadesh.
En un principio, Ramsés hizo caso omiso de los consejos de sus generales y visir, lo que provocó que cayera en una emboscada preparada por los hititas y que su ejército se viera gravemente diezmado en un territorio desconocido. Según hizo constar el propio Ramsés en el Poema de Pentaur, él mismo tuvo que luchar prácticamente solo contra los enemigos guiado por el dios Amón.
Sin embargo, los estudiosos e historiadores actuales prefieren creer que la batalla acabó en tablas y no en una aplastante victoria de Ramsés. De hecho, Ramsés aprovechó el mal resultado de esta batalla para acometer importantes reformas en su ejército, colocando a sus hijos al frente de distintos cuerpos.
Así, su primogénito Amenhirjopshef pasó a convertirse en generalísimo del ejército y supervisor de todas las tierras del norte. Por su parte, su hijo Ramsés fue nombrado primer general de Su Majestad.

Paraheruenemef y Mentuherhepeshef obtuvieron los rangos de general de carros y primer conductor de Su Majestad, respectivamente.
A partir de entonces, nadie ajeno a la familia real ocupó mando alguno en el ejército egipcio.
Además, creó cuerpos de élite formados por guerreros extranjeros, entre los que destacaban nubios, libios, asiáticos y shardanas.
Dichos mercenarios extranjeros formaron parte del ejército egipcio hasta el Tercer Periodo Intermedio.
Tras la muerte del rey hitita Muwatalli, se desató una lucha por el poder entre su hijo Mursili y su hermano Hattusili I.
Una situación que Ramsés aprovechó para reafirmar el dominio egipcio en la zona, destacando guarniciones en distintas ciudades.
Eso sí: la guerra no acabaría hasta la llegada al trono hitita de Hattusili III, ambicioso sucesor de Muwatalli II que acabaría con el Tratado de Qadesh, por el cual se firmó la paz con Ramsés II cuando éste llevaba ya unos 25 años en el trono.
Ramsés también hizo incursiones en Libia, donde estableció varias colonias y construyó diferentes fortalezas, formando una línea defensiva desde Racotis (actual Alejandría) hasta El Alamein.
– Comercio y construcción
Durante su gobierno, el comercio prosperó de tal modo que hasta el país de los faraones llegaron numerosas gentes procedentes de Asia y de las islas del Egeo. Asimismo, la actividad constructiva fue muy importante, erigiéndose grandes templos como los de Abu Simbel y trasladando la capital hasta Pi-Ramsés, en el Delta del Nilo.
Se desconocen los motivos por los que el faraón guerrero se arriesgó a alejarse de Tebas y de su poderoso clero, pero Ramsés fue ante todo un hábil político que comprendió la importancia de estar próximo al norte y a la convulsa región del Mediterráneo oriental.
Durante el resto de su reinado, Ramsés ordenó construir templos enormes y espectaculares, superando con creces la labor constructora de Amenhotep III. Prueba de ello fueron la ampliación del templo de Abidos; la ampliación del templo de Amón en Tebas y la construcción de los templos de Nubia, entre los que destacan los de Abu Simbel, así como la creación del templo funerario del Ramesseum, en el Valle de los Reyes, destinado a ser su propia tumba.
No obstante, su obra más importante fue la edificación de una nueva capital en el norte, cuyo nombre oficial fue Pi-Ramsés Aa-najtu (‘La ciudad de Ramsés’), construida sobre la que anteriormente había sido la ciudad de los hicsos, Avaris.
Aunque no fue el primer rey en hacerse adorar como un dios, sí que fue el primero en dedicarse templos y estatuas de forma sistemática. Junto con Hatshepsut o Amenhotep III, es uno de los pocos faraones que realmente creían que habían sido engendrados directamente por el todopoderoso Amón-Ra.
– El misterio de la longevidad de Ramsés II: el faraón que reinó en el Antiguo Egipto hasta los 96 años

El faraón gobernó durante casi setenta años, fue el promotor de la mayor expansión territorial y cultural de Egipto, el promotor de la famosa batalla de Qadesh, un constructor sin precedentes de templos y monumentos colosales, padre de más de noventa y hijos y cientos de nietos y bisnietos…
Sin embargo, uno de los aspectos que más ha sorprendido de la vida del gran Ramsés II es su longevidad. Los investigadores calculan que murió con, aproximadamente, 93 años, en torno al 1213 a. C. Algunos historiadores aseguran que llegó a los 96. En cualquier caso, una edad inusual y extraordinaria para una época sin los avances médicos actuales.
De hecho, hasta él, los faraones se consideraban parte de la divinidad, únicamente, tras su muerte, que era cuando se unían a los dioses Ra y Osiris, pero el caso del tercer soberano de la Dinastía XIX fue distinto.
A medida que fue cumpliendo años y sus descendientes fallecían, Ramsés II se convirtió en una especie de dios viviente para su pueblo, el cual contemplaba al mismo Rey generación tras generación, como si fuese inmortal. Un hito de la naturaleza muy diferente al de sus ancestros.
Su abuelo, Ramsés I, gobernó únicamente entre uno y tres años, según las diferentes hipótesis. Había llegado al trono, además, por casualidad, pues era el jefe del ejército durante el reinado de Horemheb y, al morir este sin descendientes, lo nombró su sucesor.
Su hijo, Seti I, gobernó un poco más, aproximadamente quince años, muy lejos de la marca de su primogénito, Ramsés II. Este último creció, por lo tanto, sabiendo que sería el futuro faraón de Egipto y recibió una educación acorde a ello. Se le instruyó cuidadosamente en lectura, escritura, religión y, por supuesto, en todo lo relativo a la disciplina y tácticas militares, especialmente, en el manejo de los dos instrumentos de guerra más avanzados del momento: el arco y el carro.
– «Jefe del ejército»
La experiencia adquirida a través de su abuelo y su padre le enseñaría, además, la importancia que para la estabilidad interna de su gobierno tenían el mantenimiento de un cuidadoso equilibrio con los miembros del clero de Amón, el cultivo de la tradición en todo su esplendor y el control de los hititas, el gran enemigo de Egipto en aquellos años.
La importancia de la faceta militar en su formación como futuro gobernante está directamente relacionada con su nombramiento como «comandante en jefe del ejército» cuando se acercaba a la adolescencia. De ahí que su participación en las batallas comenzara siendo prácticamente un niño.
El joven Ramsés acompañó a su padre a la guerra por primera vez cuando tenía 15 años, en una campaña contra los libios del delta occidental. Con 20 años se embarcó por primera vez en una campaña militar en solitario, una acción destinada a sofocar una rebelión en Nubia de la que regresó victorioso.
Cada paso, cada decisión que Seti I tomaba en relación a su hijo, lo hacía pensando en que acabaría sucediéndole. Lo que nunca se imaginó es que se convertiría en el faraón más importante del Imperio Nuevo, que su reinado llevaría a Egipto al máximo esplendor de su historia y que lo dirigiría más allá de los 90 años.
No hay que olvidar que la vida media de un egipcio apenas alcanzaba los 30 años. La prueba es que de las momias reales que se conservan en la actualidad, solo dos superaron los 50. Según contaba Toby Wilkinson en ‘Auge y caída del Antiguo Egipto’ (Debate, 2011), en una estela consagrada en la ciudad de Abidos, en cuarto año de su reinado, Ramsés IV daba las siguientes instrucciones a los dioses: «Dadme a mí el doble de la prolongada existencia y el gran reinado de Ramsés II, el gran dios». Pero los dioses no lo cumplieron, pues murió en el sexto año de su reinado.

– Pepi II
Solo un faraón más logró alcanzar una longevidad tan extraordinaria como la de Ramsés II. Se trata de NeferkaRa Pepi («Hermoso es el Espíritu de Ra»), al que se conoce como Pepi II, muchos siglos antes que nuestro protagonista. Estuvo en el trono durante nada menos que 95 años, aproximadamente entre el 2278 y el 2184 a. C., estableciendo una marca jamás batida en la historia universal por ningún otro mandatario.
Llegó al poder con sólo seis años y se mantuvo hasta su muerte, con un siglo cumplido. Fue el último rey de la Dinastía VI y su muerte puso fin al Imperio Antiguo, el de las grandes pirámides.
El historiador egipcio Manetón, del siglo III a. C., atribuye a Ramsés II un reinado de 66 años y dos meses, en lo que están de acuerdo la mayoría de egiptólogos modernos. Lo que sí parece claro es que celebró trece o catorce fiestas Heb Sed, también conocidas como las fiestas de la «renovación real», en las que se producía supuestamente la renovación de la fuerza física y la energía sobrenatural del faraón. Se trata de una cantidad sin precedentes e inigualada por cualquier otro faraón.
Ramsés II fue enterrado en la tumba KV7 del Valle de los Reyes, cerca de Tebas, pero su cuerpo fue después trasladado a un escondrijo de momias reales en el que fue descubierto en 1881. La suya se ha podido contemplar hasta fechas recientes en el Museo Egipcio de El Cairo y, a partir de 2022, en el Museo Nacional de la Civilización Egipcia. Las investigaciones sobre sus restos mortales, con las que se ha intentado averiguar las razones de su longevidad, parecen indicar que tenía genes poderosos: era muy alto para su época.
También se ha barajado la posibilidad de que en su salud general contribuyó el hecho de que su familia no era de una línea de sangre establecida y se produjeron muchos matrimonios mixtos, fortaleciendo su genética. Parece ser, eso sí, que debió de padecer algún tipo de enfermedad reumática y que presenta una gran infección en la mandíbula que pudo motivar su fallecimiento.
– Cien hijos
«El extraordinariamente largo reinado de Ramsés II, sin duda, tuvo sus efectos positivos y sus efectos negativos en el gobierno de Egipto. En el lado de los pros, la determinación y el carisma del Rey le permitieron restablecer la reputación de Egipto como potencia imperial, mientras que la plétora de monumentos erigidos durante su reinado testimonia la renovada confianza y prosperidad del país.
En el de los contras, la longevidad de Ramsés, combinada con su extraordinaria fecundidad [se habla de entre 48 y 50 varones y entre 40 y 53 hijas], darían lugar a importantes problemas en la sucesión real en las siguientes décadas», explica Wilkinson.
En cualquier caso, tras casi siete décadas en el trono, puede afirmarse sin miedo al error que ni antes ni después un faraón llegó a igualarle. Ya en sus primeros años de gobierno dio muestras de hasta qué punto estaba dispuesto a desarrollar una política propagandística de prestigio personal usurpando a sus verdaderos promotores monumentos ya existentes. La apropiación de estos era una práctica habitual entre los faraones, pero, una vez más, Ramsés II la practicó con una intensidad verdaderamente frenética.
Ramsés II también ordenó construir fantásticas tumbas tanto para sí mismo como para sus esposas e hijos. La devoción que sintió por la primera de sus «grandes esposas reales», Nefertari, resultó evidente con la sola contemplación de las bellísimas pinturas murales que decoran la tumba que hizo excavar para ella a doce metros bajo tierra en el Valle de las Reinas en Tebas.
No cabe duda de que deseaba que su vida en el más allá fuese inmejorable. Y por lo que se refiere a la del propio faraón, ubicada en el Valle de los Reyes, responde a unas dimensiones mucho mayores de las habituales en este tipo de monumentos.
A su muerte le sucedió su hijo Merenptah, el cuarto de su segunda esposa Isis Nefert, que subió al poder con cerca de sesenta años. Ningún mandatario posterior en la historia del mundo gobernó hasta una edad tan longeva como la de Ramsés II. Tampoco hubo faraones que transformaran Egipto como él lo transformó a lo largo de siete décadas, ni ninguno logró su aura divina. En los últimos años de su reinado se había convertido en una auténtica leyenda viva. Su muerte supuso el fin de una época.
– La furia divina del «victorioso» faraón Ramsés II en la batalla de Qadesh

La batalla de Qadesh ha pasado al memorando colectivo como uno de los enfrentamientos más impresionantes de la antigüedad .
La pugna entre los hititas y el monumental faraón Ramsés II es considerada -habitualmente- como el episodio bélico que contó con un número mayor de carros de combate y que tuvo como final la victoria incontestable del coloso egipcio .
Sin embargo, la falta de precauciones y la temeridad de la que hizo gala el tercer gobernante de la XIX dinastía bien podrían haber llevado a sus ejércitos a una pronta y sangrienta masacre a manos del enemigo.
– Colosos enfrentados
Fue la XIX dinastía , cuyo inicio tuvo lugar con la subida al trono del visir Pramesse (quien gobernó como Ramsés I) cuando Egipto se decidió a recuperar su papel anterior como principal potencia económica y militar en Oriente Próximo .
Debido a dicho interés, el faraón Seti I -hijo y sucesor del entronizado militar- entendió que el dominio de Siria era de vital importancia para lograr la hegemonía en la zona, la cual a finales del XVIII linaje había ido a parar al Reino de Hatti y a su todopoderoso ejército .
Tras varias campañas victoriosas en Palestina, Seti puso definitivamente sus ojos en las otrora posesiones faraónicas de Qadesh y Amurru . Estas posiciones habían sido tradicionalmente l ocalizaciones en disputa entre el temible rival hitita -gobernado en aquellos momentos por Muwatalli- y el imperio egipcio.
La campaña emprendida por el segundo gobernante de la XIX dinastía se saldó con victoria y la recuperación del vasallaje de los dos enclaves . Sin embargo, estos hechos parecen haber dado lugar al inicio de una « guerra fría » entre los dos colosos de la antigüedad, los cuales se vieron en la obligación de compartir la influencia en los territorios sirios.
Parece ser, como señala Mark Healy en « Qadesh 1300 a.C. » que en el transcurso de los últimos años del reinado de Seti -con el objetivo de limar asperezas- se llevó a cabo un acuerdo entre el reino de Hatti y Egipto. Según este, Qadesh y Amurru volvieron a estar dentro del ámbito de influencia hitita .
Este acuerdo permaneció en vigor durante algunos años hasta la llegada al trono del expansionista hijo de Seti: Ramsés II , quien estaba decidido a hacer de Egipto la potencia indiscutible de Oriente Próximo.
– Ramsés II, genio militar
Antes de que el beligerante Ramsés ocupase el puesto de faraón en 1279 (hay discrepancias acerca de la fecha exacta), este ya había demostrado grandes aptitudes para la vida militar .
Durante el tiempo en que ocupó el cargo de corregente de su padre participó en varias campañas llevadas a cabo en territorios como Libia y Canaán .
Fue debido a la destreza demostrada por este joven guerrero en el ejercicio de sus funciones que -como señala Chistiane Desroches en « Ramsés II: La verdadera historia »- se le autorizó a conmemorar esa promoción a corregente como si de un faraón se tratase . Con tal fin, se representó a sí mismo en un hemispeo cercano a Asuán con la indumentaria propia de un gobernante del Alto y Bajo Egipto .
Antes de que el beligerante Ramsés ocupase el puesto de faraón, ya había demostrado aptitudes para la vida militar
Es debido a esta ambición que la guerra contra el todopoderoso reino de Hatti se antojaba ineludible.
Como explica Trevor Bryce en su obra « El reino de los hititas » el relato que se conoce de la batalla de Qadesh -el cual se encuentra representado en los muros de cinco templos (Ramesseum, Luxor, Abydos y Abu Simbel)- es exclusivamente egipcio y este podría estar lleno de exageraciones .
Según las cifras que ofrece Ramsés referentes al número de enemigos , este habría sido de 47.500 combatientes, entre los que se encontrarían 3.500 carros y 37.000 soldados .
Con el objetivo de deshacerse de Hatti de una vez por todas, el belicoso faraón habría reunido cuatro divisiones , a las cuales otorgó nombres de dioses: ( Ptah, Set, Re y Amón ).
– Peligrosa confianza

El contingente egipcio salió de la ciudad de Pi-Ramesses con dirección a Qadesh y, como no podía ser de otra forma, el aguerrido faraón se encontraba a la cabeza del mismo acompañado por la división Amón .
El avance de Ramsés fue tan veloz que la distancia entre este y los otros tres grupos restantes de su ejército aumentaba progresivamente.
Debido a esto y a la falta de planificación una vez se encontraba ya en terreno enemigo, el peligro de que el gobernante fuese sorprendido por un ataque hitita era considerable .
Encontrándose ya cerca de Qadesh, el divino gobernante y la división Amón entraron en contacto con dos espías del bando hitita , los cuales ofrecieron sus servicios de forma incondicional a Ramsés y sus huestes.
Al ser cuestionados acerca de las posiciones enemigas , estos las situaron bastante al norte de la localización del contingente del faraón: en el País de Alepo. La treta había sido orquestada por el mismísimo Muwatalli con el objetivo de pillar por sorpresa al ejército egipcio a la hora de librar la batalla.
Efectivamente, el conquistador Ramsés cayó en la tela de araña tejida por Hatti , y si bien durante su avance había sido poco precavido, esta situación se mantuvo en adelante hasta su llegada a Qadesh: lugar donde el enemigo ya le estaba aguardando .
La treta había sido orquestada por el mismísimo Muwatalli con el objetivo de pillar por sorpresa al ejército egipcio
Ramsés era consciente de la delicada situación y de las pocas probabilidades de victoria con las que contaba en caso de que no consiguiese agilizar la llegada de las tres divisiones restantes . La de Re se encontraba cerca de la posición del faraón. Sin embargo la de Ptah , y sobre todo la de Set , estaban a una distancia considerable de la ciudad siria . El gobernante tomó la determinación de enviar con presteza varios emisarios a los grupos rezagados. El objetivo era que los informasen acerca de la difícil coyuntura en la que se encontraba el dios viviente y se apresurasen en su auxilio .
En el momento en que la división Re (la más cercana al campamento del faraón al noroeste de Qadesh) se aproximaba al lugar donde se hallaba el desdichado Ramsés, las tropas Muwatalli cruzaron el río y lanzaron un contundente ataque sembrando la confusión entre las huestes faraónicas y obligándolas a huir.
Mientras los restos de Re escapaban despavoridos con los carros hititas pisándoles los talones, Ramsés II hizo empleo de todo su coraje y dio comienzo a su imborrable leyenda .
– El dios guerrero
Montándose en su carro junto a su fiel caballerizo Menna, el faraón se enfrentó a los 2.500 carros hititas que le cercaban haciendo gala de una confianza y una capacidad militar sin igual . Imbuido por un fervor religioso , y sabedor de que la mano del dios Amón le protegía y le alentaba en esta temeraria empresa, Ramsés comenzó a masacrar al enemigo con sus flechas provocando incredulidad y pavor entre sus filas.
Como explica Desroches, en uno de los relieves de los templos que hacen mención a lo acontecido en esta batalla, se señala como los hititas aseguraban: « Es como el huracán cuando surge del cielo, su potencia es como la llama en los rastrojos ».
Ramsés comenzó a masacrar al enemigo con sus flechas provocando incredulidad y pavor entre sus filas
Realizaron una formación en cuadrado -escudo con escudo- y, como señalan las fuentes, rodeados por carros de combate . Este recién llegado contingente liberó al cercado faraón y a sus diezmadas tropas envolviendo en una pinza a los hombres de Muwatalli.
Gracias a la providencial entrada en escena de los naharinos, Ramsés y sus hombres pudieron resistir el empuje hitita hasta la llegada de la división Ptah . Fue este el momento en que los carros de los dos todopoderosos imperios se vieron envueltos en uno de los episodios más memorables de la batalla .
Como explica Healy, el gran logro egipcio en Qadesh fue el haber mellado el poder ofensivo de los carros hititas , de tal forma que privaron a Muwatalli del arma en que había confiado su victoria.
– La «derrota» hitita

El empuje de los hombres del faraón obligó a los de Hatti a retroceder hacia el Orontes .
En contraposición a la heroica imagen de Ramsés, las fuentes nos muestran a un Muwatalli que permaneció en todo momento junto a su infantería y no llegó a entrar en combate en momento alguno .
Entre los errores del gobernante hitita , los cuales condujeron a sus tropas a este trágico final, habría estado el no haber empleado inexplicablemente en la ofensiva todos los hombres con los que contaba .
Fue a la mañana siguiente cuando las victoriosas -a la par que diezmadas- divisiones de Ramsés recibieron del angustiado Muwatalli la petición de paz .
Debido a las grandes pérdidas de ambos ejércitos -así como al elevado número de carros de combate e infantería de refresco con los que contaba todavía en desventurado gobernante hitita- el belicoso faraón decidió atender al consejo de sus oficiales y desandar el camino hacia la tierra del Nilo .
– Nefertari, la gran familia real y muerte del faraón
Otro aspecto por el que destacó Ramsés fue por su propia familia. Los textos de la época narran que tuvo hasta ocho esposas principales, entre las que se contaban dos de sus hijas y una de sus hermanas, además de un numeroso harén.
Sin embargo, su favorita siempre fue su primera esposa, Nefertari, de quien se desconoce su linaje, aunque los expertos piensan que pudo estar emparentada con la anterior dinastía a través del rey Ay.
Lo cierto es que Ramsés siempre puso gran cuidado a la hora de ocultar el origen de su favorita.

Nefertari, por su parte, no fue sólo la esposa y madre de los hijos del rey, sino que desempeñó un papel muy activo en las conversaciones con los hititas.
Ramsés le dedicó diferentes monumentos, como el segundo templo de Abu Simbel, con la efigie de la diosa Hathor, en el que la figura de la reina tiene el mismo tamaño que la del rey, algo inusual en Egipto.
Es muy posible que Nefertari no llegase a ver el templo acabado, ya que murió en el año 26 del reinado de Ramsés II, antes de su inauguración.
En cuanto a su descendencia, se conocen al menos 152 hijos de Ramsés II.
De ellos, los más importantes fueron su primogénito Amenhirjopshef y su hija Meritamón (nacidos de su unión con Nefertari), además de Ramsés, Bintanat, Jaemuaset y Merenptah (nacidos de su unión con Isis-Nefert).
El primogénito, Amenhirjopshef, murió en extrañas circunstancias pocos años después de la muerte de su propia madre. Meritamón, la cuarta de sus hijas, acabó siendo su Gran Esposa Real, sustituyendo a su propia madre, Nefertari, en numerosas ceremonias.
Su hijo Ramsés, uno de sus hombres fuertes, murió en torno a la misma fecha que su primogénito, Amenhirjopshef. Bintanat, la mayor de sus hijas, también se convirtió en su esposa, supliendo en esta ocasión a su madre Isis-Nefert.
Los egiptólogos creen que juntos fueron padres de al menos una niña, llamada Bintanat II, que llegaría a Gran Esposa Real del siguiente monarca.
Jaemuaset fue el hijo más famoso de Ramsés II: ostentaba el cargo de Sumo Sacerdote de Ptah y estaba considerado el hombre más sabio del país, rumoreándose que era un poderoso mago. Finalmente, Merenptah, su decimotercer hijo, debido a la longevidad de su padre fue el destinado a sucederle en el trono. Estaba casado con su hermana Isis-Nefert II.
El paso de los años y la llegada de la vejez debilitaron el carácter dominante de Ramsés II, delegando muchas de sus responsabilidades políticas en la clase sacerdotal. Ramsés II murió con ochenta y siete años, tras unos 66 o 67 de reinado, y fue enterrado en el Valle de los Reyes, en la tumba KV7.
Su momia, descubierta en 1881, es la de un hombre anciano, muy alto, de cara alargada y nariz prominente. Fue, sin duda el último gran rey egipcio. Posteriormente, la decadencia de sus descendientes habría de terminar con el poder de Egipto más allá de sus fronteras.
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