La brutal marcha con la que el ejército de Mao sembró el horror en China: «Los débiles morirán» …
Historia Hoy(M.A,Hernández) — No mentía. Con aquellas palabras describió la que, a la postre, sería conocida como La Larga Marcha; una proeza que apenas logró terminar la décima parte de los que la iniciaron y que, después de 378 días de hambre y muerte, catapultó al sanguinario dictador comunista hacia el liderazgo de lo que sería años después la República Popular China.
Mao Tse-tung, entonces líder del Primer Ejército Rojo, informó a sus generales que pretendía recorrer miles de kilómetros a pie con sus 86.000 hombres para huir del enemigo hacia la región más segura de Shensi. Sus oficiales quedaron tan sorprendidos que enmudecieron. «¡Pero eso está a más de diez mil kilómetros!¿Cómo llegaremos hasta allí?» Mao señaló sus zapatos y respondió de forma pausada: «caminando».
Con aquellas palabras comenzó la que, a la postre, sería conocida como la Larga Marcha; un evento que apenas finalizaron una décima parte de sus integrantes y que -después de 378 jornadas de hambre y muerte- catapultó al sanguinario dictador comunista hacia la poltrona de la República Popular China en 1949.
La Larga Marcha (también llamada La Gran Marcha) no solo sirvió a Mao y a sus apóstoles para huir de las razias de su enemigo Chiang Kai-shek (líder del Partido Nacionalista Chino, “Kuomintang”) en 1934; su periplo desde el sur hacia el norte del país permitió a este gigantesco movimiento de gente actuar “como una máquina sembradora que expande la simiente por las tierras por donde pasa”, según palabras del mismo Mao.
En todos los pueblos atravesados, el Ejército Rojo de Mao dejaba a un grupo de viejos revolucionarios con el objetivo de extender allí las presuntas bondades del comunismo; con la misma intención y perspectiva dejaban a otros tantos adolescentes que, años después, tomarían las armas contra el gobierno central.
La Larga Marcha fue el resultado de años de enfrentamientos entre el Kuomintang y el PCCh. Desde la década anterior, Mao sostenía que el Partido Comunista debía contar con su propio ejército y que sus hombres debían ser entrenados e ideologizados en muchas comunidades aisladas. Así nacieron cinco bases revolucionarias organizadas en soviets a lo largo y ancho de todo el país: Oyuwan, Hupei-Hunan, Hunan-Kiangsi, Shensi-Serchuan y Shensi.
La creación de esas bases revolucionarias puso en alerta a Chiang Kai-shek, que no estaba dispuesto a permitir que esos centros periféricos se enquistasen en China. En respuesta a eso organizó cuatro operaciones de “cerco y aniquilamiento” contra esas comunidades. Además de su preocupación por el crecimiento del PCCh, se sumaba como problema la ayuda soviética al PCCh, que derivó en la fundación, ya a comienzos de la década del 30, de la “República Soviética de China”, de la que Mao fue nombrado presidente.
En el sur, los ataques de Chiang Kai-skek se estrellaban contra las fuerzas de un “Primer Ejército” comunista, adoctrinado con sencillos conceptos: “si el enemigo ataca, nosotros nos retiramos; si el enemigo se acerca, nos dispersamos; si el enemigo descansa, los hostigamos; si el enemigo se retira, los perseguimos”.
Sin embargo, la notable diferencia en la cantidad de combatientes (los comunistas eran cien mil, los nacionalistas eran un millón) llevaron al ejército comunista a imaginar un desastre. Con esa perspectiva, Chiang Kai-shek decide la quinta campaña de “cerco y aniquilamiento”, que parecía imposible de detener.
Para octubre de 1934 las noticias eran alarmantes y las privaciones habían reducido sus fuerzas a apenas 70.000 soldados. Se agotaban las reservas, los víveres y las municiones; el aislamiento era casi completo. Fue entonces cuando Mao decidió su plan: La Larga Marcha.
Partirían hasta el norte, hacia la base de Shensi, donde contaban con refuerzos para organizar una ofensiva contra el Kuomingtan. “Iremos hacia el norte, hacia las montañas que bordean el río Amarillo; por allí Chiang tiene pocos amigos. Nosotros, en cambio, tenemos en Shensi muchos camaradas”. Sus subordinados no estaban convencidos, pero Mao se mantuvo firme y el Consejo Supremo ratificó la decisión (nadie contradecía a Mao).
Por ello, y tal y como afirma Eduardo Pons Prades en su documentado dossier «China: la larga marcha», «desde los albores de 1931 organizó cuatro operaciones de “cerco y aniquilamiento”» contra algunas de ellas. A su preocupación se sumó la ayuda soviética al PPCh y, por descontado, la fundación, allá por los comienzos de los años treinta, de la República Soviética de China (de la que Mao fue nombrado presidente).
En el sur, la mayoría se estrellaron contra las fuerzas de un Primer Ejército adoctrinado mediante una sencilla máxima: «El enemigo ataca, nosotros nos retiramos; el enemigo se acerca, nos dispersamos; el enemigo descansa, nosotros lo hostigamos; el enemigo se retira, nosotros le perseguimos». La táctica fue efectiva hasta que los consejeros enviados desde la URSS para ayudar a sus colegas comunistas instauraron la «defensa pasiva»; la lucha cara a cara contra las tropas leales al gobierno de Chiang Kai-shek.
La escasez de tropas del Primer Ejército (unos 100.000 hombres, cifra que varía mucho atendiendo a las fuentes) y la ingente cantidad de hombres del Kuomintang (más de un millón muy bien pertrechados) acabó en un verdadero desastre. Con esa perspectiva, la quinta campaña de «cerco y aniquilamiento» (iniciada en octubre de 1933) parecía imposible de detener.
En este caso, los nacionalistas pusieron sus ojos sobre la base de Kiangsi, al sur del país y cercada desde 1930. La misma en la que Mao resistía junto a sus hombres el hambre y los varapalos de Chiang Kai-shek. Para octubre de 1934 el líder rojo sabía que la situación era más que desesperada cuando sus subordinados, Chu En-lai y Chu Teh, le presentaron su informe mensual.
Las noticias eran alarmantes, pues las privaciones habían reducido sus fuerzas apenas a 70.000 soldados. «Hasta ahora hemos vivido de las reservas. No hay suficientes víveres para pasar el invierno y solo disponemos de municiones para unas semanas. Estamos completamente aislados», le explicaron.
Fue entonces cuando Mao les desveló su plan: partirían hasta el norte, a la base de Shensi, donde contaban con refuerzos para organizar una ofensiva contra el Kuomingtan. «Iremos hacia el norte, hacia las montañas que bordean el Río Amarillo. Por allí Chiang tiene muy pocos amigos. Nosotros, en cambio, tenemos en Shensi muchos camaradas», añadió. Sus subordinados replicaron, pero él se mantuvo estoico y fue entonces cuando se dio el curioso episodio de los zapatos. Una vez convocado el Consejo Supremo, la decisión se ratificó.
La Larga Marcha comenzó el 16 de octubre de 1934. Ese día, un gigantesco y compacto grupo de más de 130.000 personas atravesó el cerco enemigo e inició un periplo que se extendería durante un año (378 días, para ser exactos). En la Marcha no participaban solamente soldados sino también niños, mujeres y todo aquel que se considerase seguidor del PCCh.
Las provisiones eran diversas: fusiles ingleses y norteamericanos “tomados al enemigo”, tornos, fraguas, estampadoras, material de artes gráficas, telares, máquinas de coser, ruecas, ganado, municiones y alimentos. Poco después, en febrero de 1935, inició también su marcha otra columna, comandada por Chang Kuo-tao, con 65.000 hombres pertenecientes al Cuarto Ejército.
La Larga Marcha pasó por muchas provincias: Fukien, Kiangsi, Kuang-tung, Hunan, Kuangsi, Kueitchu, Setchuán, Yunnan, Kansu y finalmente Shensi. Durante el trayecto, la columna libró decenas de batallas y algunas grandes contiendas contra los generales del Kuomingtan. La ferocidad ante los enemigos iba acompañada de la conducta gentil hacia los campesinos de los pueblos que atravesaban.
“Dejar limpio y ordenado el albergue ajeno; ser educado y cortés con las gentes y ayudarlas; devolver todo cuanto se nos preste; no confiscar nada a los campesinos pobres; ser honesto en el trato con los campesinos; pagar todo lo que se adquiera; reponer o pagar todos los objetos deteriorados; respetar escrupulosamente las normas elementales de higiene; no insultar a los prisioneros.”
Los primeros 2.500 km, entre Juechin y el río Wukiang, se desarrollaron con tensión y desconcierto. La retaguardia del Primer Ejército libró infinidad de combates periféricos con los destacamentos del Kuomintang, y así mantuvo a salvo al cuerpo principal del grupo. En los dos meses que duró este tramo el grupo sufrió 12.000 bajas.
Además, por si fuera poco, el cansancio empezó a acosar a los caminantes, y los oficiales no tardaron en mostrar sus reticencias a seguir avanzando; Mao, no obstante, se negó a detener la Marcha y pronunció una arenga alentándoles a continuar: “En un viaje como este no podemos detenernos. Los débiles van a morir, ya lo sabemos. Confiamos en que lo hagan valerosamente”.

La siguiente gran prueba de la marcha fue el cruce del río Wukiang, al que llegaron el 20 de diciembre de 1934. Acosados por las fuerzas del Partido Nacionalista, se vieron obligados a cruzar el río nadando agarrados a troncos, bajo un verdadero diluvio de balas de fusil. Allí murieron otros 10.000 hombres, pero lo lograron.
Los siguientes kilómetros los recorrieron con la tranquilidad que les daba saberse apoyados por una buena parte de la población rural; a esta altura el ejército de Mao lograba mantener a raya al Kuomingtang a base de engaños y ataques de distracción. Pero las montañas y los ríos se transformaron en implacables obstáculos a superar.
A principios de enero de 1935 Mao decidió partir hacia el oeste y adentrarse en Yunan para después enlazar con el Cuarto Ejército Rojo. A los campesinos de Yunan, así como a otros tantos guerrilleros que decidieron unirse a La Larga Marcha, les explicó con palabras sencillas que la revolución que pretendía llevar a cabo no se podía organizar de forma pacífica: “una revolución es una insurrección, un acto de violencia mediante el cual una clase arroja del poder a otra”.
Desde Yunan se cruzó el río Dadu, donde hubo una feroz contienda de la que salieron victoriosos, y poco después se reunieron con el Cuarto Ejército.
Sin embargo, la unión de ambos ejércitos casi los lleva al fracaso final, dadas las disputas entre sus respectivos jefes, Mao y Chang Kuo-tao. El primero era partidario de establecer una base en las cercanías del río Amarillo, mientras que el segundo prefería acercarse lo más posible a la Unión Soviética.
Al final, en una decisión salomónica, el contingente se dividió en dos columnas que se dirigían al norte. No se puede decir que fueran enemigas (mantuvieron contacto de forma regular por telégrafo y tenían la misma ideología), pero es cierto que los líderes no se tenían simpatía. A pesar de ello, el camino que siguió Mao fue finalmente seguido por Kuo-tao después de que su columna sufriera los ataques de los aliados del Kuomingtan.
Tras muchas divergencias, penurias y ataques enemigos, los restos de la Larga Marcha de Mao consiguieron atravesar los montes Luipan y llegar hasta las llanuras del río Amarillo, desde donde alcanzaron su destino final: Shensei. Apenas quedaban 7.000 sobrevivientes, a los que se sumarían poco después los del Cuarto Ejército de Kuo-tao. A sus espaldas habían dejado 378 jornadas de caminata, 12.500 km recorridos, 18 cadenas montañosas y 24 ríos.
Al llegar, Hsü Hai-Tung, al frente del XV Cuerpo del Ejército Rojo, salió a recibir a los sobevivientes que llegaban. “¿Eres el camarada Hai-Tung?”, preguntó Mao. “Sí”, fue la escueta respuesta. Mao dijo entonces: “Gracias por haberte tomado la molestia de venir a recibirnos.” Años después, Mao aprovecharía el significado y la trascendencia de La Larga Marcha: cuando en 1949 Mao ascendió al poder de la incipiente República Popular China, la “cosecha” de la que hablaba había dado sus frutos.
Para entonces, el Partido Comunista de China (PCCh) estaba unido, al mismo tiempo que se diluía la influencia de su adversario, el Kuomintang (Partido Nacionalista Chino) y se mantenía vigente el recuerdo de los soldados de la Larga Marcha, respetuosos con la sociedad rural en sus tiempos de dura y penosa caminata.
– Entre la política y la vida

Pero la Larga Marcha no fue solo un movimiento militar de huida, sino que incluyó también decisiones políticas de gran importancia. A principios de enero de 1935, sin ir más lejos, se convocó la Conferencia del Consejo Supremo Revolucionario. Por entonces las diferentes columnas que formaban la marcha habían visto cortada su retirada por el enemigo y desconocían si el grueso del partido apoyaría sus decisiones.
El resultado no pudo ser mejor: el futuro dictador se adelantó a sus opositores. Fue entonces cuando decidió partir hacia el Oeste y adentrarse en Yunan para después enlazar con el Cuarto Ejército Rojo, en su particular periplo.
A los campesinos de Yunan, así como a otros tantos guerrilleros que decidieron unirse a la Larga Marcha, les explicó con palabras sencillas que la revolución que pretendía llevar a cabo no se podía organizar de forma pacífica: «Una revolución no es como invitar a alguien a a comer, escribir un ensayo, pintar un cuadro o hacer calceta; no puede ser ninguna de estas cosas tan refinadas, tan apacibles y gentiles, suaves, dulces, bondadosas, corteses, magnánimas. Una revolución es una insurrección, un acto de violencia mediante el cual una clase arroja del poder a otra».
Desde Yunan se cruzó el río Dadu, aunque después de una de las más mitificadas por el régimen posterior. Una contienda en la que doblegaron a un enemigo mucho más numeroso y mejor pertrechado. Poco después se reunieron con el Cuarto Ejército de Línea.
La unión de ambos podría haber sido motivo de jolgorio, pero las disputas entre Mao y Gotao casi les llevó al desastre. El primero era partidario de establecer una base en las cercanías del Río Amarillo, mientras que el segundo prefería acercarse lo más posible a la Unión Soviética. Al final, en una decisión tan salomónica como extraña, el contingente se dividió en dos columnas con órdenes de dirigirse al norte.
No se puede decir que fueran enemigas, pues mantuvieron contacto de forma regular por telégrafo, pero es cierto que aquello dividió todavía más a los líderes. En septiembre de ese mismo año, ni el comunismo pudo unir a ambos líderes y cada uno tomó un destino diferente. El camino que siguió el futuro dictador fue continuado, eso sí, por el mismo Gotao después de que su columna sufriera los ataques de los aliados del Kuomingtan.
Tras un sin fin de divergencias, penurias y ataques enemigos, los restos de la Larga Marcha de Mao consiguieron atravesar los montes Luipan y llegar hasta las llanuras del Río Amarillo. Desde allí alcanzaron su destino: Shensei. Apenas quedaban, en palabras de Prades, 7.000 supervivientes a los que se sumarán, poco después, los del Cuarto Ejército de Línea. A sus espaldas habían dejado 378 jornadas de caminata, 12.5000 kilómetros recorridos, 18 cadenas montañosas atravesadas y 24 corrientes de agua superadas.
Allí, Hsü Hai-Tung, al frente del XVº Cuerpo del Ejército Rojo, salió a recibir a los supervivientes con un reducido grupo de jinetes. «¿Eres el camarada Hai-Tung?», preguntó el futuro dictador. Cuando escuchó un escueto «sí», Mao se limitó a decir lo siguiente: «Os agradecemos que os hayáis tomado la molestia de salir a esperarnos». Años después, Mao supo aprovechar aquella marcha, una extensa caminata, para ascender hasta la presidencia de la República Popular China.


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