Las misteriosas islas fantasma que el hombre buscó durante miles de años …

abc(I.Viana)/O.Almarza/National Geographic(R.O´Connell)/BBC News Mundo(D.Ventura/ ilustraciones de Katie Scott;) — «Cuando miramos al cielo, imaginamos dioses. Cuando miramos al océano, imaginamos islas», escribía Malachy Tallack hace siete años.
Según el autor de ‘Islas desconocidas’ (Geoplaneta, 2017), «desde que la gente empezó a crear historias, ha estado inventando islas».
Y no le faltaba razón.
Para los primeros marineros, el océano era un lugar de brumas y desembarcos azarosos, y durante la época de los grandes descubrimientos, los viajeros europeos se lanzaban al mar en busca de nuevas tierras sin saber, en realidad, lo que se iban a encontrar. Todo era misterio.
En el célebre mapa del cartógrafo otomano Piri Reis, por ejemplo, las costas de España, Portugal y África aparecían perfectamente definidas en la parte derecha del documento según los conocimientos actuales, mientras que las de América y la Antártida eran muy inexactas. Esto se debe a que estaba fechado en el año 919 del calendario musulmán, correspondiente a 1513 en el cristiano, y en esa época esas dos últimas regiones no eran, supuestamente, conocidas en Europa. Todavía no habían sido descubiertas por el viejo continente.
Piris indicaba que parte de la información la había obtenido de las fuentes de «los antiguos dioses del mar». Como no sabía lo que se iban a encontrar allí futuros viajeros, en los márgenes incluyó criaturas fantásticas, como reptiles antropomorfos y hombres sin cabeza, algunos semejantes a los que se representaban en la mitología romana, y la frase «hic sunt dracones» («aquí hay dragones»). Esta fórmula, muy usada en otros mapas de la época, era una metáfora de los peligros desconocidos que podrían esperar las futuras exploraciones en esta región que estaban convencidos que existía, pero que todavía habían hallado.
En este sentido, en los primeros mapas del Atlántico también aparecían dibujadas un montón de islas fantásticas que nadie había descubierto, pero que tentaron a muchos exploradores con promesas de criaturas exóticas y civilizaciones perdidas, como es el caso de la famosa Atlántida. Durante siglos, se creyó que estaba más allá de los Pilares de Hércules, es decir, en el Estrecho de Gibraltar. Según Platón, quién citó este territorio por primera vez, era el hogar de un pueblo divino, «famoso por su belleza corporal y la perfección de su virtud».
– «Kolón, la descubrió»
Un caso menos conocido, pero igual o más sorprendente, es el de la isla de Antillia, que aparecía en muchos mapas de los siglos XV y XVI, en la época anterior y posterior al descubrimiento de América. Piri Reis también la representó en su ‘Libro de las Materias Marinas’, un atlas náutico publicado en 1521 que recogía información exhaustiva del Mediterráneo.
En su margen incluía un relato de las expediciones emprendidas por «un astrónomo llamado Kolón que salió en busca de la Antillia y la descubrió». En verdad, nunca se demostró que la localizara, pero se siguió creyendo que estaba en algún lugar indeterminado del Atlántico.
Con una forma inusualmente rectangular, la Antilla apareció en otros muchos mapas del siglo XV, cuando los barcos europeos buscaban nuevas rutas por todo el mundo. Según la leyenda española y portuguesa, esta isla se encontraba exactamente al oeste de la Península Ibérica y había sido fundada por un grupo de obispos huidos tras la conquista musulmana en 711. No obstante, hasta setecientos años después no fue representada por primera vez en el conocido mapa de Weimar, conservado en la Biblioteca Gran Ducal de esta ciudad alemana.
Aunque el mapa está fechado en 1424, la mayoría de los historiadores sostienen que podría haberse realizado medio siglo después. El autor, sin embargo, es desconocido, aunque se dice que fue miembro de la familia de cartógrafos Freducci de Ancona. Todos estos datos son difíciles de confirmar, puesto que el documento no se encuentra en muy buen estado y rara vez se fotografía. En él, la legendaria isla está dibujada en el extremo izquierdo y aparece parcialmente cortada en su parte inferior, pero la etiqueta de «Antillia» se lee fácilmente.
– El globo de Erdapfel

En el Erdapfel, el globo terráqueo más antiguo que se conserva, fabricado por Martin Behaim en 1492, también se representaba este enclave.
Además, este geógrafo alemán que prestó servicios a Portugal, donde radicó prácticamente la mitad de su vida, incluía un texto en el que afirmaba que «la isla de Antillia, conocida como la isla de las Siete Ciudades, estaba habitada por un arzobispo de Oporto, seis obispos y hombres y mujeres cristianos huidos en barco desde España con su ganado, pertenencias y bienes».
El cartógrafo Johann Ruysch publicó en Roma, en 1507, uno de los más importantes planisferios de comienzos del siglo XVI, conocido por ser el segundo mapa impreso de la historia en el que se recogía información del Nuevo Mundo.
En él dejó escritos datos tan precisos como estos:
«Esta isla de Antillia fue una vez encontrada por los portugueses, pero ahora, cuando se busca, no se puede encontrar. La gente que reside en ella habla el idioma hispano y se cree que huyeron allí ante la invasión bárbara de Hispania, en la época del Rey Roderic [Don Rodrigo], el último en gobernar Hispania en la era de los godos. Aquí hay un arzobispo y otros seis obispos, cada uno de los cuales tiene su propia ciudad. Por eso se la llama la isla de las Siete Ciudades. La gente vive allí de la manera más cristiana, repleta de todas las riquezas de este siglo».
Esta inscripción se reprodujo casi literalmente en el ‘Libro de grandezas y cosas memorables de España’, publicado por Pedro de Medina en 1548. Este, incluso, se atreve a dar las dimensiones de la isla, que mediría 87 leguas de largo y 28 de ancho y contaría con «muchos buenos puertos y ríos». Según el geógrafo español, estaba situada en la latitud del Estrecho de Gibraltar y los marineros la habían visto desde lejos en numerosas ocasiones, pero desaparecía cuando se acercaban a ella.
– La isla que desaparece
Una variante de este relato es la que ofreció también Manuel de Faria e Sousa en el siglo XVI. Era muy rica en información y contaba que el gobernador visigodo de Mérida, cuando se vio asediado por los invasores musulmanes, negoció su rendición y se dirigió a la costa para embarcar con otros exiliados con destino a las Islas Canarias.
Sin embargo, no habría llegado a su destino, sino que habría acabado en una isla del Atlántico que estaba «poblada por portugueses y tenía siete ciudades, que algunos imaginan que es la que puede verse desde Madeira, pero que cuando intentan llegar a ella, desaparece».
De estos tentadores relatos surgieron rumores de que en la Antilla había plata e, incluso, oro, lo que animó a Alfonso V y Juan II de Portugal a autorizar sendas expediciones para encontrar y colonizar la isla. Todas, por supuesto, terminaron en fracaso. El primer Rey la mencionó en una carta fechada el 10 de noviembre de 1475, por la que concedió a Fernão Teles «las Siete Ciudades y cualquier otra isla poblada» que pudiera encontrar en el Atlántico occidental. Por su parte, el segundo autorizó a Ferdinand van Olmen a buscar y «descubrir la isla de las Siete Ciudades» en 1486.
El plan de van Olmen consistía en partir con dos carabelas desde Terceira, una de las islas Azores, y equiparlas con provisiones para seis meses, pero no se sabe si la expedición alcanzó su objetivo o si logró regresar a tierras portuguesas.
Según Charles Verlinden, un medievalista belga del siglo pasado, debieron emprender el viaje antes del 1 de marzo de 1487, tal y como estaba previsto, pero fracasaron porque era todavía invierno, una estación poco propicia para navegar por esas latitudes, y porque se dirigió demasiado al noroeste.
En definitiva, no regresó a las Azores. Para el historiador portugués Damiao Peres, en junio de 1487 se encontraba en Terceira, aunque no sabe si era porque ya había vuelto de su viaje o porque no había partido aún. Sea como fuere, la isla de Antillia nunca se encontró, pero dio su nombre al archipiélago de las Antillas en el Caribe.
– Breve historia de las islas fantasma de nuestros mapas

Desde los albores de la cartografía, los fantasmas rondaban nuestros mapas, hasta que la tecnología moderna los purgó como un exorcismo científico. Debido a mitos, errores de cálculo, ilusiones ópticas o simples mentiras, cientos de masas de tierra inexistentes fueron colocadas en los mapas, donde algunas permanecieron durante siglos.
Hasta la década pasada, estos listados erróneos provocaron muchos viajes oceánicos inútiles y a veces mortales de tripulaciones que buscaban tesoros, fama o territorios vírgenes. Se decía que Hy-Brasil, supuestamente situado en el océano Atlántico al oeste de Irlanda, hacía inmortales a los visitantes. Gamalandia, al este de Japón, atraía a los navegantes en busca de su legendario oro y plata. La fantasmagórica Tierra de Sannikov, en Siberia, llegó a hacer desaparecer a parte de la tripulación de una expedición rusa.
Aunque estos espectros han sido prácticamente borrados de los mapas, los viajeros pueden seguir el rastro de estas misteriosas historias visitando las bibliotecas cartográficas, los monumentos a los exploradores y cartógrafos, y las islas fantasma que sí resultaron ser reales.
– El auge de la cartografía
Cada día, los turistas de la frondosa plaza del Petit Sablon de Bruselas pasan por delante de la estatua del cartógrafo belga Abraham Ortelius, que inspiró a los exploradores a perseguir a los espectros geográficos. En 1570, Ortelius publicó el primer atlas moderno, Theatrum Orbis Terrarum (Teatro del Mundo), del que se pueden ver copias en muchas bibliotecas, incluida la Biblioteca del Congreso de Washington, D.C. El atlas incluía 70 mapas detallados, que revelaban un tesoro de islas inexploradas. Muchas, como se vio, solo existían en este libro.

El auge de las exploraciones marítimas por parte de los europeos en el siglo XVI desencadenó un auge en la elaboración de mapas, lo que a su vez provocó más expediciones, cuyos informes engrosaron aún más los atlas. «Los cartógrafos estaban desesperados por obtener la información más reciente de los exploradores que regresaban para llenar los espacios en blanco», dice Edward Brooke-Hitching, autor del libro de 2016 The Phantom Atlas.
«Inevitablemente, la geografía fantasma empezó a florecer en la página. Los rumores y los avistamientos no confirmados, los cálculos erróneos (antes de que existiera la longitud, las ubicaciones de las islas se registraban utilizando el cálculo muerto, que era en esencia una conjetura), e incluso la mitología, fueron incorporados por el cartógrafo para publicar la imagen más completa del mundo recién desvelado».
Una vez que nacía una isla fantasma, era difícil desterrarla. Solo se eliminaban de los mapas después de que un barco visitara la ubicación de la isla y confirmara su inexistencia, dice Brooke-Hitching. Esta tarea se complicaba debido a las ilusiones ópticas causadas por las refracciones de la luz, incluida la infame fata Morgana (hada Morgana), que «se presenta como una franja distante del cabo que se encuentra tentadoramente cerca y, sin embargo, siempre justo fuera de alcance».
– Reclamación de tierras sombrías
Estas islas fantasma generaron muchos problemas a los navegantes que perseguían estas tierras sombrías, según Kevin Wittmann, investigador de la Universidad de La Laguna de España, que realizó su tesis sobre los mapas antiguos. «Esas expediciones eran costosas, y en algunos casos peligrosas, y descubrir que navegaban hacia un lugar que no existe no era bueno», dice Wittmann.
A principios del siglo XX, el explorador alemán Barón Eduard Vasilyevich Toll dirigió una misión a la Tierra de Sannikov, de la que informó por primera vez un barco ruso en 1810, a unos 692 kilómetros al norte de Siberia continental. Después de que el barco de Toll quedara atrapado por el hielo en las Nuevas Islas Siberianas, él y varios compañeros utilizaron trineos y kayaks para dirigirse a la isla Bennett, que los turistas pueden ver ahora en los cruceros de ocio por el océano Ártico.
Aquellos exploradores desaparecieron, igual que la Tierra de Sannikov, que probablemente fue solo un espejismo causado por la fata Morgana, según Brooke-Hitching.
Algunos fantasmas incluso provocaron tensiones diplomáticas, señala Wittmann. El más famoso fue la isla Bermeja, al oeste de la península mexicana de Yucatán, que se convirtió en el centro de una disputa territorial en la década de 2000 entre Estados Unidos y México sobre la exploración de petróleo, pero las búsquedas realizadas en 1997 y 2009 concluyeron que no existía. Bermeja figuró en los mapas durante más de 400 años hasta su reciente depuración. Podría seguir siendo real, dice Wittman, pero oculta por el aumento del nivel del mar.
Otras islas fantasma han evolucionado de forma inversa, según Malachy Tallack, autor del libro de 2016 Las islas no descubiertas. Ahora los turistas pueden embarcarse en cruceros por la Antártida que visitan la antigua isla fantasma de Bouvet. Esta masa de tierra helada y deshabitada, situada a 2414 kilómetros al suroeste de África, fue considerada un mito durante muchos años después de que un navegante francés la avistara por primera vez en 1739, afirma Tallack.
Bouvet no se volvió a ver durante casi 80 años, y muchos avistamientos lo registraron en lugares distintos y con nombres diferentes. «No fue hasta casi 200 años después del primer avistamiento que la isla fue bautizada correctamente, y reclamada, por una expedición noruega», dice Tallack.

Pero no todos los fantasmas se esconden en lugares tan remotos. Los viajeros de los transbordadores diarios que cruzan el océano entre Hong Kong y Macao pasan, sin saberlo, cerca de una isla no señalada que albergó el primer asentamiento europeo en China. Conocida como Tamão, fue establecida por el explorador portugués Jorge Álvares, cuya historia se puede conocer en el Museo de Macao. Tamão no aparece en los mapas modernos, ya que se desconoce su ubicación exacta. Los historiadores admiten que podría ser cualquiera de las varias islas de esta franja del Mar de China Meridional.
Hay mucha menos confusión, al menos hoy en día, sobre fantasmas como Frislandia y la isla de San Brendan, ambas detalladas en los libros de Tallack y Brooke-Hitching. Situada al sur de Islandia, la primera fue creada por el veneciano Nicolò Zeno en el siglo XVI, basándose únicamente en el recuerdo de las cartas que había leído, escritas por sus antepasados exploradores. El propio Zeno nunca visitó Frisia, y no hay pruebas de que nadie más lo hiciera. Sin embargo, este espectro manchó los mapas durante más de cien años.

Más perdurable aún fue la creencia en una isla aparentemente descubierta por San Brendan el Navegante de Irlanda. Los visitantes del bonito pueblo costero irlandés de Fenit, en el condado de Kerry, pueden admirar ahora una gran estatua de este afamado explorador mirando hacia el océano Atlántico.
Allí afirmó haber encontrado una isla frente a la costa noroeste de África en el siglo VI. Sus afirmaciones se mantuvieron. La isla de San Brendan fue objeto de muchas expediciones infructuosas y permaneció en los mapas hasta el siglo XVII.
En el siglo XIX se produjo una purga masiva de islas fantasma, dice Brooke-Hitching, «a medida que las autopistas oceánicas se hacían más transitadas y el posicionamiento global más preciso». Solo en 1875 se borraron 123 islas inexistentes de la carta del Pacífico Norte de la Marina Real Británica.

– ¿El fin de las islas fantasma?
Hoy en día, las islas fantasma son en su mayoría «cosa del pasado», dice Alex Tait, geógrafo de la National Geographic Society. «Dada la plétora de imágenes de teledetección de todo el planeta, tenemos una muy buena idea de qué islas existen en el mundo, y es poco probable que las islas fantasma persistan en nuestros mapas», afirma Tait. Pero subraya que el dinamismo geofísico de la Tierra hace que se creen nuevas islas y que desaparezcan las ya establecidas, debido al vulcanismo, la erosión y el deshielo de los glaciares.
La actividad volcánica creó una de las islas más nuevas del mundo en 2013, a casi 1000 kilómetros al sur de Tokio. Más y más de esta masa de tierra emergió gradualmente del océano Pacífico hasta que se fusionó con la isla de Nishinoshima, más pequeña y establecida desde hacía tiempo. Esta nueva isla fusionada, del mismo nombre, es más de doce veces mayor que la original.
Algunas masas de tierra no cambian de forma tan lineal. Surgen, se retiran, surgen, se retiran. Dependiendo del momento en el que un barco lo visite, puede encontrarse con una extensión de océano abierto o con una inmensa plataforma de coral, que asoma sobre el mar como una isla.

Ese es el caso de la extraordinaria atracción turística de Australia Occidental, el Arrecife Montgomery. Esta maravilla aislada, a unos 1931 kilómetros al norte de la capital del estado, Perth, se convierte regularmente en una isla debido a algunos de los mayores cambios de marea del mundo.
Poblado por dugongos, tortugas, mantarrayas, delfines jorobados y cocodrilos de agua salada, el arrecife de 400 kilómetros cuadrados se levanta del océano Índico con la marea baja. Este espectáculo es presenciado a menudo por barcos de turistas.
En el lado opuesto de Australia se encuentra quizá la isla fantasma más reciente del mundo. Con unos 24 kilómetros de largo y 4 de ancho, la isla Sandy aparecía en Google Maps en el Mar del Coral, al oeste de Nueva Caledonia, hasta 2012. Fue entonces cuando los científicos australianos descubrieron su inexistencia: tras visitar el enclave, solo encontraron océano. Tal vez esa fue la última de las islas espectrales.
O tal vez los errores, las travesuras o las ilusiones ópticas podrían plantar aún más fantasmas en nuestros mapas.
– La maravillosa historia de las islas fantasma que tuvieron que ser borradas del mapa

«Cuando miramos al cielo imaginamos dioses. Cuando miramos al océano imaginamos islas». Así empieza el autor Malachy Tallack su maravilloso libro «The Un-Discovered Islands» o «Islas des-conocidas«, ilustrado por Katie Scott, en el que habla de dos docenas de islas que alguna vez se creyó que eran reales.
Y es que, según Tallack, «desde que la gente empezó a crear historias, ha estado inventando islas«. Algunas son parte de leyendas, como Avalón, donde yace sepultado el Rey Arturo, aquel de la mesa redonda, pero otras son sorprendentemente más «reales», tanto que alcanzaron a aparecer en mapas digitales.
Tallack dividió su archipiélago de islas ‘des-cubiertas’ en seis grupos y le pedimos que escogiera una de cada grupo y que nos contara por qué lo cautivó especialmente.
– Las islas de vida y muerte

En este grupo, el autor habla de lugares míticos, confinados al mundo de los relatos, aunque no por ello dejen de ser reales.
«Estas islas míticas existieron en todo el mundo como parte de diferentes culturas, pero Hufaidh me llamó la atención particularmente porque es una isla que fue parte de la cultura de un pueblo hasta hace poco; la gente seguía hablando y pensando en ella hasta la segunda mitad del siglo XX«, dijo Tallack.
Efectivamente, uno de los árabes de las marismas le dijo al explorador Wilfred Thesiger —en una de sus visitas en los años 50— que «Hufaidh es una isla que está allá, en algún lugar.
En ella hay palacios y palmeras y jardines de granadas, y los búfalos son más grandes que los nuestros. Pero nadie sabe exactamente dónde es».
Ese «allá» es la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, la cuna de la civilización moderna, donde alguna vez estuvo el humedal más grande de Euroasia occidental.
Solía ser parte de Mesopotamia, ahora el sur de Irak.
«¿Nadie la ha visto?», preguntó Thesiger.
«Sí, pero quienquiera que vea Hufaidh queda embrujado y después nadie puede entender sus palabras», le respondieron sus anfitriones, los habitantes de las marismas, y explicaron que aunque buscara, no podría encontrar la isla pues los jinn (seres sobrenaturales) la podían hacer desaparecer.
No obstante, no había duda alguna de que existía. Pero ya no.
Desde finales de 1980 se aceleró el drenaje de los pantanos. Inicialmente había empezado para ganar tierras para la agricultura y explotación de petróleo, pero durante la presidencia de Saddam Hussein la razón fue otra: desalojar a los árabes de las marismas, por ser musulmanes chiitas.
Para 2003 solo quedaba el 10% de su tamaño original. «Es fascinante la manera en la que Hufaidh se vio enredada en la política, pues dependía de la existencia de las marismas de Mesopotamia pero cuando Saddam Hussein los secó, de cierta manera le puso fin a esa cultura», apunta Tallack.
– Los pioneros

Cuando pocos conocían el mundo más allá de sus costas, los primeros navegantes del Atlántico y el Pacífico, hallaron islas que a veces no estaban ahí. Una de ellas le es tremendamente familiar a Tallack.
«Thule es la isla que he conocido por más tiempo, por su conexión con las Islas Shetland, donde crecí. Además tiene un vínculo muy específico con la obra de Tácito, que está mencionado en una placa a la entrada de mi escuela».
En la placa decía: «Dispecta est Thule«, que significa «Thule fue vista» y fueron unas palabras escritas por el historiador romano Tácito, cuyo suegro, Agrícola, fue gobernador de Gran Bretaña a finales del siglo I.
Cuando navegó en dirección norte desde Escocia, vio en el horizonte las islas Shetland —el extremo septentrional del mar del Norte— y creyó que había visto Thule, una isla que había mencionado el explorador griego Piteas tras sus viajes en 330 a.C., cuando para los mediterráneos Gran Bretaña «era una tierra oscura y potencialmente peligrosa, al borde del mundo de los humanos».
Nadie sabía dónde quedaba exactamente, pues aunque Piteas dijo que la había encontrado tras navegar seis días, no especificó en qué dirección. Sin embargo, se instaló en la mente colectiva no solo como un lugar físico en las aguas heladas cercanas al polo del planeta.
«El legado de su viaje (el de Piteas) no ha sido el descubrimiento de una isla —escribe Tallack en el libro—, ha sido la creación de un espacio: un hueco misterioso e insondable en el que, por dos milenios o más, se han vertido los sueños del norte».
«Me gusta Thule porque es un lugar que se convirtió en una idea: la idea de norteño, del sitio más lejano, y ese desarrollo es fascinante», le dijo a BBC Mundo. Volviendo al libro: «Aunque el deseo de borrar la incertidumbre la ha borrado del mapa, Thule sigue existiendo en la cartografía de la mente«.
– La era de la exploración

Lo que le llama la atención a Tallack de Las Auroras, tres islas ubicadas entre las Falklands/Malvinas y Georgia del Sur o Isla San Pedro, es que «la mayoría de las islas des-cubiertas fueron resultado de errores de un capitán o la tripulación de un barco que creyó haber visto algo —por mal tiempo o algo así—. La isla entonces se marcaba en un mapa del que luego hubo que borrarla».
«Sin embargo, en el caso de Las Auroras su misterio permanece«. Esto porque «mucha gente vio Las Auroras, varios buques, incluso barcos que contaban con sistemas avanzados de navegación y de cartografía náutica de la época».
El primer registro conocido de su ubicación data de 1762, por un buque ballenero llamado Aurora, de donde viene su nombre. El mismo buque reportó haberlas visto una década más tarde y en medio de sus dos avistamientos, el San Miguel confirmó su existencia en 1767.
Las vieron una cuarta vez en 1779, dos veces en 1790, y en 1796 el barco español de investigación La Atrevida, que contaba con los mejores marineros y científicos y los equipos más avanzados, fue enviado especialmente a localizarlas e inspeccionarlas… y cumplió su cometido.
La bitácora de La Atrevida describe físicamente cada una de las tres islas y sus ubicaciones fueron chequeadas usando cronómetros probados. No extraña entonces que desde finales del siglo XVIII las cartas náuticas las mostraran y que los marineros evitaran el área para evitar chocarse con ellas.
Pero desde un momento en el siglo XIX, nadie más las volvió a ver, por más que fueron a buscarlas. Hasta el día de hoy «nadie ha podido dar una explicación satisfactoria de la aparición ni de la desaparición de Las Auroras… unas de las islas fantasma más inexplicables«, subraya Tallack.
«¿Por qué tanta gente se equivocó?, porque parece que sí se equivocaron, pues nunca existieron».
– Las islas sumergidas

Aunque Atlantis no es estrictamente una isla que fue descubierta —precisa Tallack—, no slo la incluyó en su libro sino que la escogió entre las del grupo de las que supuestamente existían en las profundidades. «Atlantis es la isla de este tipo que todo el mundo conoce y, de cierta manera, se convirtió en el modelo de otras islas misteriosas», le explicó a BBC Mundo.
«Además sigue siendo una isla de la cual se habla y se piensa, a pesar del hecho de que es una isla ficticia inventada por Platón«.
«Todavía hoy hay gente que rechaza esa explicación y cree que fue real en algún momento», agregó. Y, por eso, nos explicó «Atlantis realmente ejemplifica el hecho de que estas islas realmente cautivan la imaginación».
– Las islas fraudulentas

Entre las islas inventadas por bromistas y embusteros, Tallack resaltó la Isla Phelipeaux. «Como Hufaidh, la Isla Phelipeaux terminó envuelta en eventos políticos». «Está nombrada en el Tratado de París como parte de la frontera de un nuevo país llamado Estados Unidos«.
El mapa usado para trazar las fronteras entre las colonias británicas en Canadá y el nuevo país después de la guerra de Independencia que terminó en 1783, conocido como el Mapa de Mitchell, era lo mejor que se tenía en la época.
Pero tenía unos errores. Y cuando Reino Unido y EE.UU. se volvieron a enfrentar 30 años más tarde, se hizo evidente que había que trazar las fronteras con más claridad.
Cuando los peritos fueron al área más complicada en el norte, encontraron varios problemas, y uno de los más desconcertantes fue que no hallaron la isla Phelipeaux por ningún lado. Pero, ¿quién y por qué se la había inventado?
El culpable de ese fraude cartográfico había dejado huellas: al explorar el área encontraron que no era una sino cuatro las islas inventadas, y sus nombres lo delataron.
Phelipeaux (o Phelypeaux) era el apellido de Jean-Frédéric, el secretario de Estado de Asuntos Marítimos de Francia de la década de 1720 a la de 1740. Era además conde de Pontchartrain y Maurepas (nombres de dos de las otras de las islas falsas) y el santo patrón de su familia era Ana (la cuarta isla se llamaba Santa Ana).
«Era un invento de un sacerdote explorador y estaba tratando de conseguir dinero de un rico patrocinador», señaló Tallack, en conversación con BBC Mundo.
No era raro que se usaran nombres de patrocinadores en sitios geográficos para adularlos y el inventor de islas, Pierre François Xavier de Charlevoiz, un sacerdote jesuita, ciertamente no dejó que el detalle de su inexistencia se convirtiera en un obstáculo.
– Los des-conocimientos recientes

Entre los des-descubrimientos realizados durante los siglos XX y XXI, a Malachy Tallack le gusta especialmente uno, pues alberga la esperanza de que la tecnología no haya terminado para siempre con la posibilidad de que sigamos descubriendo islas inexistentes.
«La isla Sandy es la más reciente y, en algunos aspectos, la más extraordinaria de todas estas islas porque sobrevivió a la digitalización de la cartografía.
Estuvo en Google Maps, Google Earth y todos los otros sistemas que usamos para navegar alrededor del mundo.
Para mí es enormemente atractiva la idea de que un error pueda pasar por ese proceso y pueda sobrevivir todo ese tiempo.
Potencialmente, todavía hay lugar para un poco de ese misterio en nuestros mapas«.
«The Un-Discovered Islands» o «Islas des-conocidas», de Malachy Tallack e ilustraciones de Katie Scott; publicado por Polygon en inglés y la Editorial GeoPlaneta en español.
– Las 7 islas fantasma y sus misteriosas historias: aparecieron en los mapas pero nunca las hemos encontrado

A lo largo de la historia, los exploradores fueron tomando sus propias rutas para dar con un mapa, ciertamente, un poco abstracto. Al fin y al cabo, dibujar sobre el papel la forma de un país o un continente tiene ser ser muy difícil. Esto provocó que, en ocasiones, se reflejasen ubicaciones que, pasados los años, no se ha podido comprobar su verdadera existencia. Se les conoce como islas fantasma y, esto es así, debido a que hace cientos e, incluso, miles de años, pudieron existir o, simplemente, hubo errores de cálculo.
El paso de los años no ha podido explicar en muchos casos la desaparición de estos conjuntos de tierra. La erosión de estas formaciones de roca o, simplemente, problemas relacionados con su ubicación, ha provocado que no hayamos podido disfrutar, en realidad, de estos parajes naturales. ¿Fueron una invención en su día o, en realidad, sí existieron y han sido tragadas por el mar? Es un debate que ha traído una gran polémica durante años.
Veamos, por tanto, cuáles son los ejemplos más característicos que hay en el mundo. En total, son un total de 7 islas que llaman la atención por su misteriosa historia. Los reportes llevados a cabo en la antigüedad las situaron en lugares determinados que, pasado este tiempo, no parecen estar ahí. ¿Qué es lo que está ocurriendo? He aquí los ejemplos más famosos que se recuerdan.
Las islas protagonistas pudieron tener en su día un papel muy destacado, pero lo cierto es que no se ha conseguido con fiabilidad obtener información al respecto. ¿Fueron errores a la hora de situarlas en un mapa o, en realidad, desaparecieron por algún hecho ocurrido en algún momento determinado? Ornbra ha puesto especial énfasis en unos puntos determinados.
– Thule
Thule se situaba en el punto más alto del mundo, pero lo cierto es que, con el paso de los años, no se ha tenido constancia de la misma. Los primeros informes sobre su existencia datan del siglo IV. Pythias, un explorador griego, fue la primera persona que consiguió dar con este estratégico enclave. Pasados los siglos, no se tiene constancia de la existencia de esta isla. Algunas teorías apuntan a que este conjunto de rocas es, en realidad, Noruega o Islandia.
– Tuanaki
Una serie de exploradores polinesios y europeos habían informado sobre la isla Tuanaki en la década de 1840. Este ejemplo, por tanto, destaca por su proximidad a la actualidad. Pese a ello, se registró una isla en los mapas que, posteriormente, no se ha podido confirmar su existencia. Debido a las dificultades posteriores por encontrar la isla, la teoría más extendida que una erupción volcánica pudo acabar con su presencia sobre la superficie del agua.
– Bermeja
Otra de las curiosidades presentes en los mapas cartográficos hasta el siglo XX ha sido la isla de Bermeja. Curiosamente, esta isla llama especialmente la atención al ver cómo las compañías petrolíferas, en el año 2008, pusieron su atención sobre la isla. El objetivo era llevar a cabo un estudio para poder realizar trabajos de exploración y extracción de petróleo. Al acudir al lugar, se comprobó cómo, en realidad, no había rastro alguno de tierra.
– Sandy
Esta isla está presente en registros desde la década de los años década de 1770. Esta hipótesis fue refutada por una expedición de barcos balleneros, los cuales corroboraron la existencia de la isla. Esto, sin embargo, cambió un poco más tarde. ¡Hasta Google Maps llegó a incorporar la isla en su aplicación! Aun así, no ha podido confirmarse su existencia en la actualidad.

– Gran Brasil
La isla Gran Brasil lleva presente en los mapas mundiales desde el siglo XIV.
De acuerdo con la información en el portal mencionado anteriormente, esta isla podría estar presente en algún punto de Irlanda.
Aun así, el paso del tiempo no ha permitido demostrar su existencia. Por tanto, no hay pruebas determinantes que aseguren su existencia o posible desaparición por cuestiones relacionadas con el cambio climático.
– Antillia
Los primeros detalles sobre su inclusión en los mapas data del siglo XV. Cabe precisar que este establecimiento de rocas tiene su propia representación en los documentos que fue realizando Colon en su descubrimiento de América.
El paso del tiempo, no obstante, no ha podido ser determinante para dar con esta isla en particular.
– El misterio de la isla fantasma de San Borondón
La Inaccesible, la Encantada o Non Trubada son solo tres de los nombres por los que se conoce a la octava isla fantasma del archipiélago canario, aunque es más conocida por el nombre de San Borondón.
La leyenda se registra por vez primera en el siglo X d.C. en una obra denominada Navigatio Sancti Brendani o La Navegación de San Brandán. Esta obra cuenta la historia de Brandán, un monje irlandés que una noche recibe en su monasterio, en Clonfert, Irlanda, la visita de un compañero de hábito, Barinto.
Este le cuenta una historia que habla de la existencia de una isla maravillosa que se halla en algún lugar del océano Atlántico, más allá de todas las tierras conocidas hasta el momento; una isla que, a ojos de todo hombre, sería el Paraíso Terrenal.
Brandán, maravillado por completo por el relato de Barinto, decide ir en busca de aquel Paraíso acompañado de otros dieciocho monjes. Partirían de sus costas natales en barco el 22 de marzo del 516 y el viaje por tierras ignotas duraría siete largos años.

Durante la travesía, Brandán y su tripulación evangelizaron las tierras del océano Atlántico y, según cuenta la leyenda, a su paso por el Gran Océano Occidental, vieron cosas increíbles, muchas de las cuales no supieron explicar. En una ocasión, divisaron una enorme columna que parecía hecha de cristal o hielo.
Salía del mar y se elevaba hacia lo alto, más allá de donde lograba alcanzar la vista; tardaron más de tres días en rodearla. También cuenta que vieron dragones, serpientes marinas, demonios y extrañas luces en el cielo que describieron como ángeles.
Según los escritos, un buen día, Brandán y los suyos desembarcaron en una isla exuberante de naturaleza, de arena negra y en la que el sol nunca se ponía. Allí pudieron ver huellas humanas, pero estas no correspondían a las de un hombre, eran mucho más grandes y profundas, por lo que pensaron que serían de gigantes.
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