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¿Es posible percibir la realidad?


Cuanto más a fondo investigamos la realidad física, menos real parece esta, según advierte un creciente número de científicos.

muy Interesante(A.George/D.Cossing/L.Liverpool/D.Lu) — No sé tú, pero yo siento que tengo una percepción perfectamente correcta de la realidad. Dentro de mi cabeza hay una representación muy vívida del mundo que me rodea, llena de sonidos, olores, colores y objetos. Por eso resulta un poco perturbador descubrir que todo esto puede ser una mera invención.

Algunos investigadores sostienen incluso que la película que se proyecta en vivo y en streaming en mi cerebro no guarda la menor semejanza con la realidad que ocurre tras los límites de mi cuerpo. 

En algunos sentidos, resulta obvio que la experiencia subjetiva no lo abarca todo. Los humanos, a diferencia de las abejas, no vemos la luz ultravioletatampoco podemos sentir el campo magnético terrestre, una capacidad que sí tienen las tortugas, los gusanos y los lobos, entre otras criaturas; somos sordos a sonidos agudos y graves que muchos animales pueden oír y tenemos un sentido del olfato relativamente débil

Además de esto, nuestro encéfalo solo nos ofrece una instantánea. Si nuestros sentidos recogieran todos los detalles del exterior, nos sentiríamos abrumados. ¿Has notado la última vez que pestañeaste o esa protuberancia carnosa llamada nariz que se encuentra siempre en tu visión periférica? No, porque son cosas que tu cerebro suprime.

“Nuestra experiencia se simplifica para que podamos funcionar”, asegura Mazviita Chirimuuta, experta en ciencias cognitivas de la Universidad de Pittsburgh, en Pensilvania.

En realidad, la mayor parte de lo que “vemos” es una ilusión

Nuestros ojos no lo captan todo, sino que capturan destellos huidizos del mundo exterior entre rápidos gestos llamados sacadas. Durante estos movimientos sacádicos, en la práctica nos quedamos ciegos porque el cerebro no procesa la información que le llega. Si lo dudas, prueba a mirarte a los ojos en un espejo y luego desplaza la vista rápidamente de un lado al otro y de vuelta otra vez. ¿Has visto como se movían? 

Y esto es solo el comienzo. El cerebro, al fin y al cabo, está sellado en oscuridad y silencio dentro de la sólida cubierta del cráneo. No tiene acceso directo al mundo exterior, y por eso depende de la información que recibe a través de unos pocos cables eléctricos procedentes de los órganos sensoriales.

Los ojos recogen la información sobre longitudes de onda y radiación electromagnética, los oídos detectan vibraciones en las partículas de aire y la nariz y la boca detectan moléculas volátiles que percibimos como olores y sabores.

A través de complejos procesos que solo entendemos parcialmente, el cerebro integra todos estos estímulos independientes en una percepción consciente unificada. La pregunta es: ¿con qué grado de fidelidad esta descripción subjetiva interna representa la realidad objetiva? 

Una cuestión peliaguda debatidas por filósofos y físicos

¿Qué queremos decir, incluso, con realidad objetiva? Para Donald Hoffman, psicólogo de la Universidad de California, en Irvine (EE. UU.) y autor de The Case Against Reality —Las pruebas contra la realidad—, se trata de “algo que existe incluso si ninguna criatura lo percibe”, aunque algunos físicos no están de acuerdo con ello, como se cuenta más adelante.

Pero es imposible saber nada sobre la realidad objetiva sin incluir también la percepción y el pensamiento. Es por esto por lo que algunos expertos afirman que no hay una línea divisoria estricta entre realidad objetiva y subjetiva.

“Si tienes esa idea de que la realidad es intrínsecamente distinta de la mente, entonces resulta paradójico considerar que podamos tener acceso a la realidad”, indica Chirimuuta. “Esta depende de nosotros. Depende del modo en que vemos el mundo. Pero, al mismo tiempo, lo que percibimos es un aspecto de esta realidad porque nuestra percepción ha sido modelada por los sentidos que tenemos”, advierte. 

Tomemos el color azul. Los físicos lo definen en términos de longitud de onda luminosa, pero para Chirimuuta la percepción no puede ser eliminada de la ecuación. En su opinión, la azulidad, por así decirlo, no es una propiedad del objeto, sino de la interacción que mantenemos con él. 

Es probable que otros animales experimenten sus propias versiones de la realidad, y esta lógica es igualmente aplicable a la realidad representada por la ciencia. “El mundo descrito por la física es también otra interpretación basada en mediciones hechas con instrumentos científicos que revelan propiedades y procesos a los que los sentidos humanos no tienen acceso por sí mismos”, sostiene Chirimuuta. 

La naturaleza de la realidad podría resutar incognoscible para la mente humana. La cuestión es hasta qué punto nuestras experiencias subjetivas constituyen un reflejo de la misma.

Otros van más lejos y argumentan que lo que percibimos no tiene la menor semejanza con la realidad y que, además, tampoco nos ayudaría mucho ver las cosas tal como son. “Pienso que todo el mundo reconoce que no captamos toda la realidad. Yo sostengo que no vemos nada de ella”, afirma Hoffman.

Para entender esta idea, imagina que estás practicando con un juego de realidad virtual. Puedes estar conduciendo, por ejemplo, y ves el volante en tus manos. “Todos sabemos que estos objetos no existen realmente. Son el resultado de un programa informático que los produce”, insiste Hoffman. El juego tiene una realidad, pero esta consiste en el software y los circuitos del ordenador. Sería imposible participar en el juego si funcionásemos a este nivel. En su lugar, nuestro cerebro percibe constructos tales como el mencionado volante, y así nos deja jugar. 

Hoffman argumenta que este acto de ilusionismo no ocurre solo en los videojuegos, sino en todos los momentos de nuestra vida: “Lo que digo es que nacemos con unos cascos de realidad virtual incorporados. La evolución nos los ha dado para simplificar las cosas, para proporcionarnos lo que necesitamos para jugar el juego de la vida sin saber qué es la realidad”. 

Nuestra percepción de la realidad es algo práctico

Según esta teoría, el cerebro y el sistema sensorial forman juntos una interfaz de usuario que simplifica la complejidad del mundo, del mismo modo que los iconos de un teléfono móvil son las herramientas para operar con el circuito que se encuentra en el interior del dispositivo. Todo lo que vemos es, en realidad, “una estructura de datos abstractos correspondiente a algo que ni siquiera existe en el espacio y el tiempo”, mantiene Hoffman. 

Esta concepción puede resultar mareante si uno ingenuamente piensa que lo que percibe realmente representa la verdadera naturaleza del mundo. Pero, en términos prácticos, no tiene importancia. Lo que sí la tiene es si aquello que percibimos nos permite transitar por este mundo con éxito, es decir, sobrevivir el tiempo suficiente para transmitir nuestros genes. 

Gracias a la realidad virtual podemos experimentar cosas que no son reales.

“La evolución nos ha moldeado para que veamos las cosas que tenemos que tomarnos en serio, para percibir lo que necesitamos para seguir vivos”, dice Hoffman. Y añade: “Pero, como es lógico, esto no nos permite afirmar que lo que estamos viendo sea la realidad”. Por cierto, ¿qué tal sienta esta dosis de realidad dura y fría?.

– ¿Existe la realidad sólo cuando nosotros la observamos?

A primera vista, sugerir que nosotros creamos la realidad suena a una mezcla de arrogancia y absurdo. ¿En qué retorcida versión de la misma podría existir únicamente por nuestra causa?

Y, sin embargo, si uno dedica algo de tiempo a reflexionar sobre la teoría cuántica —nuestra descripción más precisa de lo que existe en sus aspectos más fundamentales—, es difícil eludir la idea de que el mundo se vuelve real solo cuando lo observamos. 

El punto de partida de esta afirmación es el hecho peculiar de que la observación parece desempeñar un papel clave en la transformación del ambiguo mundo cuántico en esa imagen definida que conocemos como realidad clásica.

De un electrón, por ejemplo, se dice que se encuentra en una superposición de muchos sitios a la vez, porque, como todos los objetos cuánticos, existe en una nube de posibilidades. Estas posibilidades están codificadas en una entidad matemática llamada función de onda, y así permanecen hasta que la función de onda se mide.

En ese momento, se produce el colapso de la función de onda y todas las posibilidades quedan reducidas a una. El electrón adquiere una posición o estado único y definido, algo que reconocemos como real.

Para algunos investigadores, nuestra capacidad de observar el universo es lo que da forma a este.

Todo eso ha quedado bien establecido, pero la palabra “medir” es escurridiza. “El colapso se produce por la medición, pero el término medición es vago y antropocéntrico, y no parece apropiado para desempeñar un papel en una descripción fundamental de la realidad”, sostiene Kelvin McQueen, filósofo dedicado a la física cuántica de la Universidad Chapman, en California. 

Tomemos el experimento de la doble rendija, en el que un haz de luz se proyecta en una pantalla a través de dos hendiduras situadas una junto a otra: la clásica demostración de la dualidad onda-corpúsculo, también conocida como dualidad onda-partícula.

El experimento puede hacerse para forzar el colapso de una función de onda, como muestra el patrón que deja la luz en la pantalla. Pero ¿cuándo tiene lugar en realidad la medición? ¿Sucede cuando la luz pasa por la rendija o cuando llega a la pantalla?

Imaginemos ahora que sustituimos esta última por una placa fotográfica que no se revela hasta más tarde. De nuevo, ¿cuándo se produce la medición? Este problema es, a día de hoy, uno de los mayores misterios de la física. 

A menos, por supuesto, que tomemos en serio la idea de que el colapso de la función de onda no se produce por la medición, sino por la intervención de un observador consciente. John Wheeler, de la Universidad de Princeton (EE. UU.), se encuentra entre los más elocuentes defensores de este punto de vista.

“Nada es más asombroso dentro de la mecánica cuántica que el hecho de que nos permita considerar seriamente que el universo no sería nada sin nuestra observación”, señala Wheeler.

La realidad virtual nos permite ver e interaccionar con cosas incluso cuando no están sucediendo realmente a nuestro alrededor.

Esta idea suscita preguntas complejas, ninguna de ellas fácil de resolver. En primer lugar, se puede argumentar que la idea de consciencia no es menos vaga que la de medición, por más que la denominada teoría de la información integrada (TII), que ofrece una medida matemática de la consciencia, pueda arrojar el resultado contrario. Otro problema es el de la naturaleza de la realidad antes de que existieran mentes conscientes. 

Sin nada que provocara el colapso, el cosmos puede haber tenido un aspecto muy extraño; quizá fuera algo parecido a la interpretación de los universos paralelos de la teoría cuántica, que sostiene que todo lo que puede suceder ocurre en un número infinito de ellos. De acuerdo con esta idea, cada vez que se toma una decisión, el universo se divide en dos, con un resultado en un universo y otro en el otro.

 La realidad preconsciente puede haber consistido en un multiverso en el que todos los posibles resultados se produjeran en algún sitio. Pero no tiene que ser necesariamente de ese modo, argumenta McQueen, porque la TII rechaza la idea de que la consciencia es exclusiva de los seres humanos y otros organismos complejos.

Incluso los objetos inanimados pueden tenerla de alguna forma rudimentaria. Es más, la consciencia puede ser en sí misma una propiedad fundamental de la materia. Si esto fuera así, entonces no habría nada parecido a un universo preconsciente.

En cualquier caso, debido sobre todo a la ausencia de una alternativa mejor, ha sido imposible eliminar al observador consciente de la mecánica cuántica. Más bien al contrario, esto es, en los últimos tiempos ha empezado a reafirmarse la importancia de la subjetividad en la construcción de la realidad objetiva. 

Pensemos en el bayesianismo cuántico (Qbism, según su abreviatura inglesa), una interpretación de la teoría cuántica relativamente nueva que sostiene que el colapso de la función de onda se produce porque los observadores actualizan su conocimiento. En tal caso, no existiría la realidad objetiva; solo nuestra estimación subjetiva de la realidad.

Esto es demasiado para la mayoría de los físicos. No obstante, para Markus Müller, de la Universidad de Viena (Austria), resulta incluso insuficiente. Müller trabaja en un modelo que intenta explicar cómo un mundo externo objetivo —incluídas las leyes de la naturaleza—, puede surgir a partir de experiencias subjetivas.

“Lo que propongo es que la realidad física está relacionada fundamentalmente con el observador, pero de un modo objetivo”, señala el físico. Está claro que esto requiere una explicación. Su idea parte de una ley probabilística utilizada por investigadores en inteligencia artificial (IA) para ayudar a que las máquinas hagan predicciones sobre el mundo mediante el descubrimiento de patrones dentro de los datos limitados con los que trabajan.

En el enfoque de Müller, la probabilidad algorítmica se aplica al revés: lo fundamental no es el mundo, sino la información y la ley probabilística, que dan al observador la impresión de que existe un mundo físico con unas leyes naturales coherentes.

En la medida en que los planteamientos de Müller pueden comprobarse, los números parecen salir, y sus propuestas han sido elogiadas como un intento inusualmente bien definido de formular una teoría fundamental de la realidad desde una perspectiva subjetiva.

“La hipótesis de Müller es extraordinariamente interesante”, afirma McQueen. Y continúa: “Es un efectivo intento de recuperar una vieja postura filosófica conocida como idealismo, según la cual las experiencias no tienen su origen en una realidad preexistente, sino que forman toda la realidad que hay”. 

Albert Einstein no habría sido tan generoso. Cuando los fundadores de la mecánica cuántica mencionaron por primera vez la idea de que nosotros creamos la realidad, preguntó con agudeza si la Luna desaparece cuando uno se da la vuelta. No obstante, luego fue lo suficientemente humilde como para admitir que podía estar equivocado.

“Uno asume que el mundo real existe independientemente de cualquier acto de percepción, pero es algo que no sabemos”, escribió Einstein en 1955. Pues bien, seguimos sin saberlo, pero la idea de que la realidad subjetiva es lo único que existe debe ser considerada como una posibilidad real.

Albert Einstein preguntó si la Luna desaparece cuando no la miramos, para intentar dar respuesta al hecho de que nosotros creamos la realidad.

– ¿Percibimos todos la realidad que nos rodea de la misma forma?

Nuestra experiencia consciente de la realidad puede no tener nada que ver con la realidad auténtica, pero ¿compartimos, al menos, la misma falsa representación? Es bastante razonable pensar que sí.

A grandes rasgos, todos los seres humanos tenemos, desde el punto de vista anatómico y funcional, el mismo cerebro e idéntico sistema sensorial, y cuando hablamos de nuestras experiencias conscientes parece que todos estamos de acuerdo. Pero no podemos estar seguros. 

La única forma que tenemos de saber que existimos como seres conscientes es la experiencia de nuestra propia consciencia.

La naturaleza —e incluso la existencia— de la de las demás personas es un enigma. Es más, si nos guiásemos por lo que sabemos, todos los demás serían algo así como zombis. Pero dejemos el solipsismo filosófico a un lado y asumamos que otros individuos tienen experiencias conscientes. ¿Perciben todos los mismos hechos de la misma forma? Las pruebas sugieren que no.

Si alguna vez has asistido a un partido de fútbol y reaccionado con incredulidad ante las decisiones del árbitro, consuélate pensando que a los hinchas del equipo contrario les ocurre lo mismo, solo que por las razones opuestas. 

Ambos grupos acabarán sintiendo que todas las decisiones injustas se tomaron en su contra. Está claro que esto no es objetivamente posible, pero ¿desde cuándo la objetividad tiene algo que ver con la realidad? “Percibimos el mundo según las creencias que ya tenemos”, dice Tali Sharot, del University College de Londres. 

Esto tiene sentido desde el punto de vista evolutivo porque nos permite crear atajos mentales. “Evaluar cada información empezando de cero consumiría nuestros escasos recursos”, indica Sharot. Eso sí, tales atajos abren la puerta a muchos de los vicios del mundo moderno, desde las fake news hasta las teorías conspirativas.

La única forma que tenemos de saber que existimos como seres conscientes es la experiencia de nuestra propia consciencia.

Esto no es nuevo, pero la proliferación de medios digitales ha pulverizado cualquier noción de una realidad básica compartida con la que todos pudiéramos estar de acuerdo. En su lugar, la gente puede aislarse en el sectarismo de sus propias burbujas o en cámaras donde solo resuene su eco y únicamente encuentre la información que se ajuste a su visión del mundo. 

¿Cómo es posible que vivamos en la misma realidad y la experimentemos de formas tan distintas?

Una respuesta obvia es que nos mienten. Otra, que buscamos hechos o interpretaciones de los mismos que se adecúen a nuestras creencias preexistentes debido a fenómenos tales como el denominado sesgo de confirmación.

Sin duda, este tipo de cosas entran en juego, pero las investigaciones sobre el modo en que nuestro cerebro maneja la información han revelado la existencia de algo aún más extraño. No es solo una cuestión de interpretación, sino un problema que afecta a la percepción sensorial en sí misma. Vemos el mundo, literalmente, tal como queremos que sea. 

Si alguien no se lo cree, que se pare a pensar en este experimento realizado por Yan Chang Leong, que trabaja en la Universidad de California, en Berkeley (EE. UU.). Leong escaneó el cerebro de un grupo de personas mientras observaban una serie de imágenes de caras que se fundían con distintas escenas.

La tarea consistía en decidir si las imágenes contenían una mayor proporción de cara o de la susodicha escena, y los participantes recibían un pago por las respuestas correctas. 

De vez en cuando, Leong introducía un cambio por sorpresa y ofrecía un bonus si la imagen tenía más parte de cara, mientras imponía a la vez una penalización si contenía una proporción mayor de escena, o viceversa. 

Los participantes acabaron declarando haber visto lo que les habían comunicado que les sería más provechoso, y el resultado fue que no mentían de forma consciente en busca de un beneficio: el estudio de la actividad de su corteza visual indicaba que estaban viendo lo que afirmaban estar viendo.

La “percepción motivada” no es exclusiva de la vista.

Otros ensayos sugieren que la misma influencia se da en el olfato, el gusto, el razonamiento y la memoria. Tal cosa parece extraña, pero, una vez más, tiene sentido desde el punto de vista de la evolución. 

Creemos que todos compartimos una misma experiencia de lo que nos rodea, pero nuestra perspectiva puede variar notablemente.

“El principal objetivo de nuestros sistemas de percepción es mantener vivo el cerebro, de modo que uno pueda transmitir sus genes”, indica Jay van Bavel, de la Universidad de Nueva York (EE. UU.). Podríamos asumir que esto favorece la que podríamos llamar auténtica percepción, y así ocurre a veces, pero no siempre.

Somos, ante todo, una especie marcadamente social, y, en no pocas ocasiones la identidad de grupo, la cohesión tribal y las creencias compartidas son mucho más importantes que la verdad. Y si no, que pregunten a un hincha de fútbol.

– ¿Cómo sabemos que la realidad en la que nos encontramos es real?

La idea de que podríamos estar viviendo en una simulación informática es algo más que una historia de ciencia ficción parecida a la de la película Matrix. Es una hipótesis que está siendo considerada y debatida por filósofos y físicos desde que en 2002 Nick Bostrom la sugiriera en la Universidad de Oxford (Reino Unido).

De ser correcta, la alarmante pero lógica conclusión que se deriva de ella dejaría obsoleto el esfuerzo intelectual realizado durante décadas. Paradójicamente, volveríamos al principio. 

La hipótesis de la simulación de Bostrom sostiene que si un día fuese posible construir simulaciones del cosmos pobladas por seres conscientes, seguramente ahora mismo estemos viviendo en un universo de ese tipo, generado por ordenadores.

Algunas anomalías detectadas en el universo han llevado a distintos físicos a plantear que vivimos atrapados en una simulación informática, de cuya existencia ahora empezamos a ser conscientes.

Este planteamiento da por sentado que, con el tiempo, obtendremos el poder de computación necesario para crear simulaciones de la historia humana que sean lo suficientemente detalladas como para que los individuos simulados que se encuentren dentro de ellas tengan consciencia.

Si se diera ese caso, desde el punto de vista estadístico es probable que estemos viviendo en una simulación, puesto que las citadas entidades simuladas serían mucho más numerosas que las no simuladas. 

Las posibilidades aumentarían aún más si, llegados a un punto, las primeras hicieran, a su vez, sus propias simulaciones, en realidades que se reproducirían infinitamente unas dentro de otras. “Todo esto nos muestra algo muy importante sobre la naturaleza del mundo. 

La misma estructura de la realidad podría ser muy distinta de lo que pensamos”, asegura Bostrom”. En su opinión, tales simulaciones solo serán posibles cuando las máquinas superen a los humanos en inteligencia, pero, tanto si ocurre en una década como en 10.000 años, el argumento sería válido, con independencia de la escala temporal. Es más, tal vez ya ha sucedido y nosotros formemos parte de ello.

¿Podremos saberlo algún día? Algunos físicos han sugerido que es posible hacer experimentos para averiguarlo. “En nuestra simulación podrían darse algunas cosas que quizá nunca sucederían en la realidad”, afirma Preston Greene, filósofo de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur.

Podemos observar ciertos comportamientos de los rayos cósmicos de energías ultraaltas que, según los físicos, no pueden simularse al cien por cien de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Las anomalías que se han detectado en ese sentido podrían constituir una prueba de que la realidad no es lo que parece ser.

Pero debemos proceder con cautela. Tal descubrimiento podría resultar catastrófico. Si los responsables de nuestra simulación se dieran cuenta de que nos hemos percatado de ello, nos podrían desconectar. 

El hecho de percatarnos de que la realidad sea solo una ilusión generada por inteligencias mucho más avanzadas que la nuestra no resuelve el problema de fondo: seguiremos siendo incapaces de conocer su auténtica naturaleza.

Pero incluso si fuésemos parte de una simulación, ello no haría menos auténtica la realidad que experimentamos, asegura Greene. Simplemente, cambiarían algunas de las creencias metafísicas que mantenemos sobre el universo. “No se alteraría el hecho de que estoy sentado a una mesa ahora mismo. Lo que cambiaría es de qué está hecha la mesa”, afirma. En lugar de quarks, serían bits. 

Ello, de hecho, no se encuentra tan alejado de algunas de las teorías que se han propuesto sobre la naturaleza fundamental de la realidad y que sostienen que, en su nivel más básico, el cosmos se compone de información. También explicaría el misterio del origen: nuestro universo fue creado por una inteligencia sobrehumana. ¿Nos recuerda a algo? 

Obviamente, la hipótesis de la simulación no proporciona la respuesta definitiva a la pregunta de qué es la realidad. Incluso si las simulaciones superan ampliamente a las no simulaciones, todavía sería necesario la existencia de un nivel básico de realidad sobre el que la primera de ellas se crease en el pasado o vaya a crearse en el futuro. La naturaleza de la auténtica realidad, por así decirlo, seguirá demandando una explicación. La búsqueda, por tanto, continúa.

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