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3 historias de mujeres …


  1. La matemática que acercó la programación al mundo, Grace Hopper (1906-1992)

Sus allegados la conocían como Amazing Grace, un bonito apodo que nos da una idea del carácter de esta mujer extraordinaria que no desaprovechó ni un minuto de su existencia.

Hizo una carrera brillante en el ejército de los Estados Unidos alcanzando rangos que ninguna otra mujer había conseguido nunca y se sumergió en el apasionante mundo de la informática revolucionando sus cimientos.

Ambos, el militar y el informático, mundos tradicionalmente masculinos y también misóginos, que Grace supo conquistar con su talento y su incansable esfuerzo.

Grace Murray Hopper nació en la ciudad de Nueva York el 9 de diciembre de 1906. Su padre era corredor de seguros, su madre, imaginamos que fue ama de casa. Grace pronto se fijó en la carrera que habían desarrollado sus dos abuelos, uno, Alexander Russell, había llegado a almirante de la Armada estadounidense; el otro, John Van Horne, era ingeniero civil. Y como si quisiera honrar a ambos, la pequeña Grace terminaría convirtiéndose en una mezcla de ambos.

Ya desde pequeña tenía el curioso entretenimiento de destripar todo reloj que encontraba por casa para intentar descubrir su funcionamiento. Sus padres no mermaron sus ansias de saber y la apoyaron en todo momento. Después de estudiar en varias escuelas femeninas, Grace ingresó en la prestigiosa universidad neoyorquina para mujeres, el Vassar College. Tenía entonces dieciocho años y por delante una brillante carrera como científica y matemática. Cuatro años después se graduaba con honores y conseguía una beca para estudiar matemáticas en Yale.

En 1930 se casaba con un doctor en literatura inglesa, Vincent Foster Hopper, pero su matrimonio duró apenas quince años y nunca tuvieron hijos. Grace continuó centrándose en su vida profesional. A sus veinticuatro años había conseguido un puesto de asistente en Vassar y seguía estudiando.

En 1943, cuando el mundo se hundía en la trágica Segunda Guerra Mundial, Grace ingresó en la escuela femenina de cadetes navales. Un año después se graduaba con el rango de teniente y se trasladaba a Harvard para unirse al equipo del comandante Howard Aiken que estaba trabajando en el desarrollo del Mark I, una computadora experimental.

Desde entonces, y hasta su retiro, Grace Hopper trabajó en distintas empresas y desarrolló varias computadoras. Pero su contribución más importante al mundo de la informática fue su empeño en acercar la programación a personas que no fueran matemáticas. Para ello, Grace propuso desarrollar un lenguaje de programación basado en la lengua inglesa. De esta manera, todo aquel que quisiera programar, no necesitaba conocer complicados lenguajes codificados; con saber inglés, cualquiera con un poco de inquietudes podía llegar a programar. Tras años de intentar convencer a las mentes cerradas del mundo de la informática que aquello que ella planteaba tenía sentido, nacía el revolucionario COBOL, un lenguaje de programación que actualmente se usa en muchos ámbitos para procesar datos.

Mientras Grace investigaba en el mundo de la informática, su carrera militar no quedó a un lado. Continuó vinculada al ejército, en el que también investigó, y llegó a ser ascendida a Contraalmirante, rango que no había conseguido ninguna mujer hasta el momento.

Además de investigar, Grace fue una destacada divulgadora científica, escribió manuales de informática y dio un sinfín de conferencias por todos los Estados Unidos a las que acudían las nuevas generaciones de informáticos e informáticas que escuchaban con devoción a aquella mujer excepcional que llegó a acumular hasta cuarenta doctorados y un gran número de premios y reconocimientos.

El 1 de enero de 1992, Grace Murray Hopper fallecía mientras dormía en su casa de Arlington a los ochenta y seis años de edad. Seis días después, era enterrada en el cementerio militar de Arlington con los honores que merecía.

  • 2) La madre de la medicina forense, Frances Glessner Lee (1878-1962)

Frances Glessner Lee elaborando las piezas de sus dioramas.

Ver a una ancianita elaborar detalladas casas de muñecas podría llevarnos a pensar en una entrañable escena en la que preparaba un regalo para alguna de sus nietas. Pero las imágenes no siempre son lo que parecen. Aquella ancianita de más de sesenta años que construía a escala y con el más mínimo detalle hogares victorianos realizaba, en realidad, recreaciones sumamente realistas de crímenes sin resolver. 

Frances Glessner Lee estaba llamada a ser una mujer más de la Norteamérica decimonónica. Era hija de una próspera familia de industriales y esposa de un reputado abogado. Pero el papel que se le asignó a Frances no fue el que ella deseaba en la vida. Siempre había soñado con ser médico o enfermera, poder ir a la universidad y trabajar en la investigación criminal. Roles muy alejados de lo que se esperaba de alguien como ella. Así que tuvo que esperar pacientemente durante años para ser lo que realmente quería ser. 

Nacida el 25 de marzo de 1878, Frances Glessner era hija de John Jacob Glessner, propietario de la International Harvester, y su esposa, Sarah Frances Machbeth. Frances creció en el bonito y lujoso hogar familiar de Chicago, la Glessner House, donde fue educada por tutores personales junto a su hermano George. Este fue durante mucho tiempo su único amigo y compañero de juegos, recluidos ambos en aquella jaula de cristal en la que soñaban despiertos leyendo novelas policíacas, género del que eran apasionados lectores. 

Frances Glessner

Cuando crecieron, George pudo continuar estudiando en Harvard. Frances no. A nadie se le pasó por la cabeza que, a pesar de que la joven lo demandaba, su futuro pasaba por las aulas de la universidad. Con diecinueve años y, tras ser presentada en sociedad, Frances Glessner se convirtió en la señora de un abogado llamado Blewett Lee. El suyo no fue un matrimonio feliz y Frances no se resignó a ser la «esposa de» ni a dedicarse únicamente al cuidado de sus tres hijos. 

Contraviniendo las normas del decoro de su respetable clase social, Frances consiguió separarse primero y divorciarse después. En 1914 era una mujer libre dispuesta a cumplir con sus sueños. La desdichada cadena de fallecimientos familiares, su hermano primero, al que siguieron su madre y su padre, que falleció en 1936, la convirtieron en una rica heredera que pudo vivir de manera independiente. 

  • 3) La artista efímera, María Bashkirtseff (1858-1884)
Autorretrato. Museo de Bellas Artes Chéret, Niza.

En las páginas de su diario, como si fuera una terrible premonición, María Bashkirtseff aseguró que sería célebre o fallecería. Esto escribía cuando tenía solamente veintidós años. Cuatro años después, una tuberculosis truncó su carrera como pintora. Para entonces su obra empezaba a ser admirada y llegó a crear un amplio catálogo de pinturas que en la actualidad se exhiben en algunos de los museos más célebres del planeta. Pero María pasó a la historia también, quizás sobre todo, por su extenso diario que escribió durante una década y en el que vertió sus más profundos sentimientos.

María Konstantinovna Bashkirtseva nació el 11 de noviembre de 1858 en Gavrontsy, por aquel entonces perteneciente al Imperio Ruso, en el seno de una familia noble. Maria se pasó la infancia viajando por Europa hasta que se instalaron definitivamente en Francia donde viviría toda su breve existencia y asumió el francés como lengua propia.

María pronto descubrió que su vida debía estar relacionada con el arte. Apasionada de la literatura clásica, leía a Goethe, sabía latín y tocaba varios instrumentos, entre ellos el piano y el arpa. Maria decidió centrarse en su faceta de cantante y parece ser que su talento vocal le auguraba una carrera exitosa, pues era una mezzo-soprano que podía alcanzar hasta tres octavas. Pero una faringitis crónica truncó para siempre aquel primer sueño artístico.


La Académie Julien, retratada por la propia Marie Bashkirtseff.

Descartado el canto, María optó con la paleta y empezó a pintar aunque su familia no lo veía demasiado bien, como tampoco la sociedad de su tiempo. En París, María ingresó en la Académie Julien, una de las pocas escuelas de arte que admitía mujeres en sus aulas y donde coincidió con Catherine Breslau. Maria realizó retratos y escenas cotidianas del lado más deprimido de la sociedad.

En aquellos años, María participó de las ideas feministas y escribió varios artículos en la revista La Citoyenne con el pseudónimo de Pauline Orell.

Cuando el arte de María empezaba a ser conocido en los círculos parisinos y su obra era cada vez más aplaudida, una tuberculosis terminó prematuramente con su vida. El 31 de octubre de 1884, pocas semanas antes de cumplir los veintiséis años, fallecía en París.

La Asociación de Mujeres Pintoras y Escultoras de Francia organizó un año después de su muerte una exposición de su obra. Sus cuadros se pueden contemplar en la actualidad en museos como el Louvre o el de Orsay en París y en pinacotecas de muchas partes del mundo como Canadá, Ucrania o Chicago. Pero lo que la hizo más famosa no fue ni la música ni la pintura.

Desde que tenía quince años, María Bashkirtseff empezó un diario que continuó hasta su muerte apenas pasada una década. Poco tiempo después, este diario así como las cartas que se escribió con el escritor francés Guy de Maupassant se publicaron no sin antes haber pasado el estricto filtro de su propia familia que hicieron de aquellas primeras ediciones textos edulcorados, políticamente correctos pero alejados de la auténtica María.

Tuvo que pasar más de un siglo para que el texto original fuera rescatado y publicado íntegramente mostrando a la verdadera María Bashkirtseff, una mujer de carne y hueso que se enamoró de un conde italiano con el que estuvo a punto de casarse; una artista que soñaba con la gloria y que sufrió la degradación inexorable de su propio cuerpo a causa de la enfermedad que la llevaría a la muerte.

En las páginas de su diario se quejaba de las absurdas normas del decoro que le impedían a ella y a todas las mujeres solteras poder pasear libremente, disfrutar en total soledad de las salas de un museo sin que una carabina velara por su honra.

El cuerpo de María Bashkirtseff fue enterrado en el cementerio parisino de Passy. Su obra es admirada por los amantes del arte mientras que sus profundos pensamientos son leídos por miles de personas en todo el mundo.

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