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El sacrificio humano azteca, más allá del tópico …


«Cuauhxicalli» o vasija de piedra para depositar los corazones de los sacrificados

La Razón(G.G.Jimenez)/Tenochcayotl(I.Moctezuma)/Elsevier El imperio que erigieron los mexicas –como es más adecuado llamarlos pese a lo instaurado que sigue siendo hablar de ellos como «aztecas»– en el siglo XV era heredero de una historia milenaria que seguía la estela del antiguo esplendor que antaño habían ostentado centros de la talla de Teotihuacan o Tula.

Entre las ofrendas realizadas en las pirámides de la primera de ellas, una ciudad cuya sociedad se consideró durante un tiempo pacífica, se documentaron casi doscientos individuos inmolados para la consagración de los monumentos cientos de años antes del apogeo de los mexicas.

A partir de los códices, la iconografía, la antropología física y la arqueología nos vamos acercando cada vez más al conocimiento real de la tradición del sacrificio humano entre los mexicas. Según sus creencias, la inmaterialidad de los dioses hacía que cuando estos transitaban en lo mundano se cansaran, de manera que los seres humanos fueron creados para que los alimentaran con su energía. 

A través del sacrificio los dioses favorecían a sus devotos, y estos debían expresar su gratitud –o aplacar su ira si las cosas no iban bien– ofrendándoles el aroma de las flores, el humo del tabaco o el copal, las primeras cosechas o la sangre –el más valioso de los dones– para que el ciclo siguiera funcionando.

Algunas víctimas humanas –principalmente guerreros capturados– cumplían dicho papel de «alimento», mientras que otras eran «poseídas» por las divinidades –generalmente vistiéndolas como el dios en cuestión– para perpetuar su propio autosacrificio y renacimiento.

Los sacrificios solían coincidir con fechas señaladas en el calendario ritual. En determinadas épocas del año se llevaban a cabo procesiones para augurar las lluvias que habrían de garantizar el crecimiento del maíz. Fray Bernardino de Sahagún cuenta que se vestía de «tlaloques» –dioses menores que servían a Tláloc, el dios de la lluvia– a los niños que iban a ser inmolados en santuarios situados en cerros sagrados de la cuenca mexicana. Tláloc era una de las divinidades principales del panteón.

Tláloc

En una sociedad dependiente de la agricultura, las lluvias, en la cantidad y momento adecuado, resultaban indispensables para la subsistencia, y por ello el gran Templo Mayor de Tenochtitlan tenía en su cima dos oratorios, uno dedicado a esta deidad y otro al dios patrón de los mexicas, Huitzilopochtli, cuyo carácter guerrero garantizaba el éxito en las conquistas y la vertebración del imperio que erigieron.

Las excavaciones realizadas en dicho templo están repletas de ofrendas de todo tipo.

Entre ellas, más de un centenar de individuos sacrificados, muchos de ellos víctimas infantiles con afecciones como la anemia, parasitismo o enfermedades gastrointestinales que habían sido degollados en honor al dios de la lluvia.

Muchas otras correspondían a cabezas de adultos que en su día se exhibieron en el «tzompantli» o edificio de las cabezas-trofeo, donde los cráneos eran ensartados en varas horizontales que se disponían en soportes.

Pero de todas las modalidades de «tlacamictiliztli» existentes, que incluían desde flechamientos –donde la víctima era asaetada– hasta ahogamientos, decapitaciones o rayamientos –una especie de combates gladiatorios–, sin duda la cardioectomía o extracción del corazón es una de las más llamativas.

Las evidencias del Templo Mayor indican que el acceso al tórax se realizaba desde la cavidad abdominal a través de una gran incisión para luego introducir las manos y el cuchillo sacrificial haciendo palanca en la parte interna de las costillas, donde persisten las marcas de corte.

La mayoría de las víctimas documentadas son adultos, sobre todo masculinos entre los 18 y los 35 años de edad. A las víctimas procedentes de la captura en batalla, como eran en su mayor parte, se les conducía a las casas de cautivos nada más entrar en la ciudad. Allí eran bien tratados, y cuando se acercaba la fecha de la ejecución se les mantenía en vela mientras participaban de bailes y cánticos con los ofrendantes. 

Llegada la fecha señalada, se les pintaba el cuerpo con tiza y eran conducidos al lugar del sacrificio habiendo ingerido pulque y otros brebajes anestésicos.

Entonces su cuerpo se colocaba de espaldas sobre la piedra de sacrificios («téchcatl») para facilitar la tensión del pecho mientras cuatro sacerdotes le sostenían las extremidades, tirando de ellas. Un quinto oficiante tiraba de una cincha colocada en el cuello para ahogar su voz.

Aún quedan muchos otros aspectos de estas prácticas, antes desconocidos, que se van desvelando poco a poco, pero más allá de los tópicos sobre la belicosidad y la ideología militarista de los mexicas, la realidad del mundo mesoamericano en los dos siglos que preceden a la llegada de los españoles estuvo marcada por una dinámica cultural compleja, de una riqueza y complejidad incuestionables.

La percepción que los pobladores de la región central de México tenían por entonces del universo como un sistema en movimiento constante les convertía en formidables devotos entregados en cuerpo y alma a sus dioses.

– La mentira de los «sacrificios humanos aztecas».

 Un articulo académico que refuta la falsa acusación de la supuesta costumbre de «sacrificar humanos» escrito por el renombrado investigador Dr. Peter Hassler de nacionalidad suiza, doctorado en Etnología y profesor de la prestigiosa Universidad de Zurich; es vital señalar que este afamado profesor posee el título de Doctor gracias a su investigación acerca de los sacrificios humanos, misma que ha plasmado en más de 500 páginas y 200 imágenes, siendo su libro cumbre el editado en 2004 bajo el título de:

“Sacrificios humanos entre los Mexicas y otros pueblos indios: ¿realidad o fantasía?”
(Titulo en alemán: «Menschenopfer bel den Azteken ? – Eine quellenund ideeologiekritische Studie»)

No obstante, el Dr. Hassler posee otros varios títulos que lo acreditan como conocedor de la gran cultura de Anáhuac, por lo cual podemos afirmar sin menoscabo que este señor es toda una autoridad en el tema. Pocos saben que este investigador suizo en octubre de 1993 realizó un viaje a México con motivo de presentar una serie de conferencias para demostrar la inexistencia de la práctica del Sacrificio humanos entre los mexicah (los primeros mexicanos).

Diversos fueron los lugares que visitó el Dr. Hassler en su gira por nuestras tierras y sus conclusiones y demostraciones científicas dirigidas al público, fueron tan contundentes que todo hacía pensar que a partir de aquel año de 1993 se abriría una “bisagra del pensamiento” entre los historiadores e intelectuales de nuestro país y que nunca se volvería a difamar la memoria de los pueblos de Anáhuac, pero lamentablemente esto no fue así, la calumnia de los sacrificios humanos siguió inamovible en los discursos de los divulgadores (desinformadores) oficiales pese a la seria, loable y ardua labor investigadora del Dr. Hassler.

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El texto original menciona:

«… Un aire de fuerte fascinación rodea nuestro interés en los Aztecas, la gente quien, al comienzo del siglo XVI, habitó una de las más grandes ciudades del mundo: Tenochtitlán. En 1521 ésta metrópoli fue borrada de la faz de la tierra por los conquistadores españoles, al mando de Hernando Cortés, y sus aliados Indios. Como una justificación para sus actos destructivos, los conquistadores generaron información designada para escandalizar a su audiencia «»cristiana»:

Ellos describieron que los Aztecas practicaron el sacrificio humano. Después las crónicas por escritores españoles, misioneros e incluso indios evangelizados mencionaron repetidamente este culto. Aun cuando los Científicos llamaron a estos reportes exagerados en gran manera, el hecho de que los Aztecas sacrificaban humanos permaneció incuestionable. Cortando y después sacando el corazón de la víctima con un cuchillo de obsidiana (formado de cristal volcánico) fue supuestamente el método más común de sacrificar, aunque otras formas fueron practicadas también.

Estas incluyeron, decapitación, perforaciones con lanzas y flechas y situando a las víctimas contra otros en duelos desiguales. Nosotros diremos que algunas víctimas fueron literalmente desolladas en vida, un sacerdote después se ponía este macabro «traje de piel» para dar inicio a una danza ritual.

No han faltado teorías y explicaciones para poner un trasfondo a estos actos arcaicos. Algunos investigadores los han juzgado como rituales religiosos. Otros los han llamado exhibiciones de agresión reprimida e incluso un método, de control natal.

Aunque el sacrificio humano ha sido el tema de muchos escritos, casi no ha tenido lugar una-exanimación crítica en las fuentes de información acerca de esto. Una revisión crítica es urgente y necesaria.

Muestra del sacrifico por extracción de corazón:

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Bernal Díaz del Castillo, es la clásica fuente de información acerca de los masivos sacrificios realizados por los Aztecas.

Un soldado »literato en compañía de Cortés Díaz, aseguró haber sido testigo de un ritual.

«Nosotros observamos en dirección a las grandes pirámides y vimos como [los Aztecas]… tiraban [a nuestros camaradas] por los escalones y se preparaban para sacrificarlos», él escribió en su «Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España», publicada póstumamente en 1632, «‘después ellos danzaron, ellos colocaron a nuestros camaradas boca arriba sobre un cuadrado con estrechas piedras erigidas para los sacrificios.

Después con cuchillos de obsidiana, ellos aserraban sus pechos, y los abrían sacaban sus todavía palpitantes corazones y ofrecían estos para sus ídolos».

La escena de este ritual de sacrificio fue en el más importante templo de la ciudad-isla de Tenochtitlan. Los observadores, sin embargo, estuvieron viendo desde su campamento sobre la orilla de un lago de 3 ó 4 millas de distancia. (Geográficamente de Tlacopan (Tacuba) a Tenochtitlan hay una distancia de 6 a 8 Km. Es humanamente imposible poder divisar a personas y objetos situados de un punto al otro.)

De ese punto Díaz ni hubiera podido ver ni oír alguna cosa. Para seguir la acción en el pie de la pirámide, él habría tenido que estar dentro del templo.

Pero esto habría sido imposible porque los Aztecas habían expulsado a los españoles y a sus aliados quienes habían estado sitiando la ciudad por todos sus lados. Pero Díaz no es el inventor de la leyenda de la muerte ritual. Cortés originó la mentira en 1522, cuando él escribió una corta versión de los relatos para el emperador Carlos V. (Hernán Cortes en sus escritos y cartas a Carlos V hace mención QUE NUNCA fue testigo presencial de un sacrificio durante su estancia en Tenochtitlan.)

Él habría estado seguro que sus relatos encontrarían oídos listos, ya que en los siglos XV y XVI muchas mentiras estuvieron siendo esparcidas en España acerca de muertes rituales realizadas por los judíos, quienes estuvieron siendo expulsados de la península Ibérica junto con los Moros.

Las mentiras de Cortés fueron tremendamente exitosas; estas permanecieron por casi 500 años sin oposición. Con las mentiras de los conquistadores han tenido lugar reportes de segunda mano que podrían ser llamados «Hearsay evidence» [esto es a lo que el autor nombra como «cuentos de oí decir» o “rumores”] en los escritos de los misioneros e indios evangelizados quien en su fanatismo, despreciaron su antigua religión. Las narraciones son llenadas con vagas y banales frases como «y por eso ellos sacrificaron», lo cual indica que los escritores no pudieron haber sido testigos de un real sacrificio humano.

La única concreta evidencia viene para nosotros no de los Aztecas sino de la civilización Maya de “Yucatán” (El fraile Diego de Landa obtuvo a base de tortura “confesiones de sacrificios” entre los mayas.). Estas pinturas son encontradas en los registros de pruebas conducidos por la INQUISICIÓN, entre los años de 1561 y 1565. Estos supuestos testimonios acerca del sacrificio humano, fueron conseguidos de los indios en base a la TORTURA y han sido juzgados sin valor como prueba etnográfica.

A lo largo de las narraciones escritas, muchos descubrimientos arqueológicos- esculturas, frescos, murales y pictogramas- han sido declarados por los españoles, indios evangelizados y más tarde por Antropólogos para ser relacionados con el sacrificio humano. Estas imágenes no son en forma alguna prueba de que los humanos fueron sacrificados.

«Sacrificio gladiatorio»:

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Hasta ahora científicos han comenzado de una posición de creer las mentiras y reportes de «oí decir» e interpretaciones de las imágenes de corazones e incluso de asesinatos en estas «»pruebas».

Estas podrían retratar mitos o leyendas.

Ellas podrían presentar imágenes narrativas, alegorías, símbolos y metáforas.

Ellas podrían incluso ser imágenes de ejecuciones ordinarias o muertes.

Huesos humanos que aparecen como si los hubieran cortado tampoco sirven como evidencia del sacrificio humano.

En el Budismo, cráneos y huesos de piernas son usados para hacer instrumentos musicales utilizados en rituales religiosos, esto no es en forma alguna relacionado con el sacrificio humano.

Leslie J. Furst, una estudiante de símbolos usados por los Aztecas, ha visto pinturas mágicas donde otros han visto sacrificios humanos. Por ejemplo una imagen muestra la encamación de una »diosa» (Los supuestos “dioses” del Anáhuac, eran en realidad la «mistificación de las Fuerzas Naturales», no de dioses físicos en el sentido occidental de la palabra.). , decapitada, en la misma manera que el florecimiento de una planta es removida en el ritual para hacer el pulque, una bebida alcohólica. ¿Por qué eruditos, han interpretado imágenes de auto decapitación y otras cosas que se apartan de la realidad física como evidencia del sacrificio humano, que confundirán a generaciones futuras?

Hay otro antecedente simbólico importante para las imágenes de los asesinatos en las pinturas Aztecas. La ceremonia de iniciación, cuyo evento central es la muerte mística.

El candidato «moría» en orden para renacer. Esta muerte en forma imaginaría o simbólica muchas veces toma una fisura dramática en imágenes- como siendo cortado en trozos o tragado por un monstruo. No ha tenido lugar una investigación en el simbolismo de la Muerte en la alta cultura de los indios de Mesoamérica, sin embargo, hubo muchos mitos de reencarnación entre estas gentes.

El ritual del desollamiento seguramente perteneció a ésta misma categoría. En nuestras pinturas nosotros vemos la piel removida rápidamente de las víctimas de un solo corte a lo largo de la espina, y quitándola del cuerpo en una sola pieza. Esto es raramente practicable.

Éste »traje de piel humana» no puede ser sino una representación simbólica metafórica, como ciertamente es apropiada para la rica imagen del lenguaje Azteca . Y todo el simbolismo del corazón y la sangre puede ser solo una metáfora para una de las bebidas favoritas de los Aztecas, hecha de cacao.

El corazón es un importante órgano simbólico en muchas culturas aparte de las europeas. En el lenguaje indio, también, este es un símbolo de coraje y representa el alma. Y «sacar el alma del cuerpo» después de todo no es una operación quirúrgica. Esto permite explicar porque no han sido encontradas las fosas donde habrían estado los huesos de las víctimas de los sacrificios masivos en Mesoamérica.

Después de un cuidadoso y sistemático estudio a las fuentes, yo no encuentro signo de evidencia del masivo sacrificio humano institucionalizado entre los Aztecas. El fenómeno para ser estudiado, no son los supuestos sacrificios humanos, sino la honda y enraizada creencia que éstos ocurrieron».

– Los sacrificios humanos entre los aztecas. Un contexto de poder, mito y religión

Los sacrificios humanos por extracción del corazón han representado un punto importante en el debate científico, en especial en cuanto a la técnica se refiere; sin embargo, no se puede tocar el tema sin mencionar los rituales y otros elementos a su alrededor que les imprimían un proceso eminentemente simbólico, por lo que el objetivo del presente trabajo es presentar los aspectos rituales que se veían inmersos en el proceso sacrificial.

En el México prehispánico, y en particular entre los aztecas, se practicaban 3 clases de rituales sangrientos relacionados con la persona: el autosacrificio o rituales de efusiones de sangre, los rituales asociados a las guerras y los sacrificios agrarios.

No consideraron al sacrificio humano como una categoría específica, sino que formaban parte importante del algún determinado ritual.

Los sacrificios humanos se llevaban a cabo en especial en las épocas de fiestas en un calendario de 18 meses, cada mes con 20 días, y correspondían a una determinada divinidad.

El ritual tenía como función la introducción del hombre en lo sagrado y servía para darle a conocer su introducción en un mundo diferente como lo sería el correspondiente al cielo o al inframundo, y para ello era necesario tener un recinto y tener un ritual.

Los recintos utilizados presentaban diversas características, desde un escenario natural en un monte o cerro, un bosque, un río, una laguna o un cenote (caso de las mayas), o eran recintos creados para ello como templos y pirámides.

En el caso de los mexicas o aztecas ya ubicados en la ciudad de Tenochtitlan, tenían un Templo Mayor, el Macuilcalli o Macuilquiahuitl (lugar de las 5 casas o lugar de las 5 lluvias) en donde se sacrificaban los espías de ciudades enemigas, el Tzompantli (fila o hilera de cabezas) en donde se ensartaba la cabeza de la víctima sacrificada en una estaca de madera, el Teutlalpan o Teotlalpan (lugar del juego de pelota), el Coacalco, considerado como un lugar donde se podía tener a dioses hechos prisioneros, o el Cuauhxicalco otro recinto cercano al Templo del Sol y que se utilizaba para quemar o preparar a cautivos antes de ser sacrificados.

En el caso del autosacrificio el ritual se iniciaba con una penitencia que asociaba varias clases de mortificaciones: ayuno, abstinencia sexual, reclusión, vigilia y efusiones de sangre. Se comía solamente determinados platillos hechos para esa ocasión. La toma de tabaco, fumado o tragado crudo mezclado con cal, era un acompañante de esta parte del ritual de la penitencia. Un fuego alumbrado debía arder durante la totalidad de este período.

En el caso del rey este período de penitencia era previo a su instalación en el poder, y se repetía en compañía de guerreros y sacerdotes en las fiestas anuales y antes de las guerras, para ser favorecido por sus dioses. La gente común también practicaba abstinencia y mortificación sobre todo antes de las fiestas del dios Huitzilopochtli.

En el caso de los rituales con sacrificio humano, no se realizaban sin que el sacrificante o sacerdote hubiera sufrido previamente una mortificación. Es probable, como mencionan algunos autores, que el corazón del sacrificado representara el corazón del pueblo o del rey en ofrecimiento a sus dioses.

En los rituales de guerra participaban no solo los propios guerreros, sino también sus mujeres y los sacerdotes, los primeros prisioneros eran sacrificados en campo y los restantes eran llevados a la ciudad de Tenochtitlan, y para recibirlos el rey y los guerreros se sangraban. En el caso de los sacrificios agrarios, existía un sacrificante (el campesino), una víctima (hombre, mujer, niño) y una deidad.

La víctima era vestida como el dios y era sacrificada en el ritual y después enterrada, consumida o incinerada. Las ceremonias eran relacionadas con la agricultura y representaban a deidades del sol, la tierra, la fertilidad, el agua, el maíz y seguían un determinado orden de calendario anual y así mediante una clase de «tratado», por un acto mágico de reciprocidad el hombre entregaba su dolor y su cuerpo a las deidades para conseguir agua, lluvia, maíz y crecimiento de las plantas.

El ritual era muy importante, porque de no hacerlo se profanaban estos recintos sagrados y no le era posible al ser humano penetrar en el mundo de los dioses. El ritual también era practicado por todos los participantes porque era necesario encontrarse «puro», es decir haber dejado toda falta, y para ello se requería hacer ofrendas a los dioses, abstinencia sexual y practicar en algunos casos un autosacrificio consistente en infligirse dolor a sí mismo y en dar sangre para el sustento de los dioses.

Por lo general la sangre era derramada en los cúes (adoratorios) de día o de noche, y delante de estatuas de dioses y demonios, en ocasiones se hacían sangrar la lengua a través de navajas y se introducían pajas gruesas de heno, también se obtenía sangre de brazos, piernas y si no existían cúes se podía derramar la sangre en una cueva o en un monte.

Había celebraciones en las que los hombres derramaban sangre 5 días previos a la fiesta principal y con la sangre se untaban el rostro o se pintaban rayas.

En fiestas muy especiales como la de Etzalqualiztli (la tercera fiesta del dios Tlaloc en el sexto mes del calendario azteca), antes del amanecer hombres y mujeres desnudos se dirigían a donde estaban puntas de maguey que un día antes habían cortado y se cortaban orejas y brazos para ensangrentar las puntas y también sus rostros e iniciaban la ceremonia.

En la fiesta de Quecholli (nombre de origen maya que indica familiaridad, hogar), el ritual era la obtención de la sangre solo de las orejas. En la fiesta de Panquetzaliztli (levantamiento de banderas) se honraba al dios principal que era Huitzilopochtli, se cortaban las orejas, ensangrentaban 4 puntas de maguey, 2 eran ofrecidas al dios, una se tiraba al agua y la otra se clavaba en la orilla del agua.

El historiador León-Portilla menciona que se llegaban a atravesar con las agujas y varas cualquier parte del cuerpo y si había varas muy ensangrentadas se barrían al día siguiente en la casa del dios o en el camino hacia la casa del dios.

Es importante mencionar que los rituales acompañados de sacrificio no fueron exclusivos de Mesoamérica, existen testimonios de su práctica en China, en Grecia, en el continente africano; aun en el siglo xix los ingleses reportaron que un grupo étnico del norte de la India, los thugs tenían la costumbre de estrangular en forma ritual a los viajeros que transitaban por sus tierras, y de esa forma los transformaban en víctimas para su diosa.

El acto de sacrificar deriva de un verbo en latín que indica «hacer sagrado» y en Mesoamérica estuvo muy relacionado con las guerras, que tenían como objetivo además de la dominación del pueblo, la obtención de víctimas para «sacrificarlos» a sus dioses.

Los cautivos en el caso de los aztecas eran conducidos a su ciudad México-Tenochtitlan, donde desfilaban frente al tlatoani o rey y frente a la estatuas de las deidades principales y eran prisioneros en las casas de los guerreros, en donde ayunaban y a veces bailaban con sus captores, y al día siguiente el cautivo era conducido por su propia voluntad o por la fuerza hasta la cima de una pirámide o un monte, en donde se realizaba el sacrificio.

Los sacrificados eran muy variados: hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, nobles, hombres comunes, extranjeros, etc.

En general las víctimas, pertenecían a 2 grandes categorías: los que servían para alimentar a los dioses y los que cumplían el papel de «representantes» de los dioses, como en el caso del mito de la Guerra Sagrada para alimentar al Sol y la Tierra, niños representaban a los tlaloques o pequeños dioses de la lluvia, jóvenes representaban a Huitzilopochtli o a Tezcatlipoca, mujeres representaban a diosas del maíz, ancianas o mujeres maduras representaban a la Tierra y ancianos representaban al inframundo y de esa manera se rendía culto a la estatua del dios o a su representante vivo en la tierra con lo que el dios era «vivificado».

Se pensaba que el sacrificio purificaba al que lo ofrecía, y podía alargar su vida para que alcanzara después de muerto un más allá feliz en la Morada del Sol.

Los ‘ tzompantli’ 
  • Materiales y métodos

Recopilación de hechos históricos para entender desde el punto de vista médico el ritual del sacrificio humano y el rito de expiación y la participación del médico o médica en muchos de los rituales.

  • Resultados

El sacrificado también debía de pasar por un ritual de preparación que le permitiera entrar en contacto con lo sagrado.

En primer lugar, el esclavo o la persona que iba a ser sacrificada pasaba de un Tlacotli (esclavo) a Tlaltilli (esclavo bañado) y el dueño del esclavo se denominaba para la fiesta como Tealtiani (el que se ha bañado), el baño era con agua caliente y con algunas esencias.

Después venía la danza en donde se distinguían 2 tipos de baile: el macehualiztli (baile del merecimiento) para diferenciarla del baile popular que se llamaba netotiliztli. El otro ritual de danza era el mitotiliztli (danza solar o danza cósmica) en el que el baile estaba enfocado al dios sol.

Una vez que el sacrificado pasaba los actos de purificación, tenía que llegar alegre al momento del sacrificio, para ello se le proporcionaban mujeres para su desgaste físico o se le daban bebidas embriagantes o alucinógenos en forma de bebidas o de comida.

El otro elemento del ritual era la música, ya que durante toda la fiesta había ritmos continuos, persistentes, armónicos con trompetas y tambores como soporte melódico para crear un ambiente especial en la población y en la víctima para que el ritual se llevara cabo en toda su solemnidad.

El sacrificio era la esencia del rito de expiación, que consistía en la muerte del sujeto con la finalidad de liberar la energía necesaria y conservar el equilibrio y armonía en el cosmos. Se colocaba el cuerpo extendido de la víctima sobre una piedra cuya punta había sido redondeada; 4 sacerdotes lo mantenían sujeto de brazos y piernas, y a veces un quinto sacerdote le tomaba de la garganta.

A los sacerdotes se les denominaba Chachalmelca que indica ministro o sacerdote de cosa divina; el tener este privilegio se heredaba de padres a hijos. El quinto o sexto sacerdote era el más importante y era el pontífice o supremo sacerdote, el cual portaba un gran cuchillo de pedernal muy agudo y ancho, mientras el mismo u otro llevaba una collera de palo labrada con la figura de una culebra.

Se ponían frente al ídolo, hacían una inclinación y se situaban junto a la piedra puntiaguda que era tan alta que llegaba a la cintura, tan puntiaguda que doblaba al sujeto que iba a ser sacrificado para favorecer el que al dejar caer el cuchillo se abriera el tórax del sacrificado como en el caso de una granada. El sumo sacerdote le abría el pecho, le sacaba el corazón arrancándolo con las manos y lo mostraba al sol y luego se volvía al ídolo y se lo arrojaba al rostro.

El cadáver era tomado por los quaquacuiltin (ancianos sacerdotes), ya que no podía ser tomado por otras manos, era descuartizado y en ocasiones repartido entre los comensales para comer, lo que formaba parte de determinados rituales o fiestas; en otras ocasiones la cabeza se ensartaba en el Tzompantli y el resto, incluyendo el corazón, era arrojado a las aguas o bien enterrado, o bien colocado en un recipiente especial denominado cuauhxicalli (vasija de las águilas).

En algunas ocasiones después del sacrificio existía un combate simulado llamado por los españoles «sacrificio gladiatorio», en el que los cautivos eran amarrados a una gran piedra redonda llamada temalacatl, situada al pie de la pirámide y se le armaba con macanas o cuchillos falsos y combatía contra guerreros bien armados; al morir el cautivo, el sacerdote extraía su corazón, o moría a causa de flechas disparadas por guerreros.

Sacrificios humanos prehispánicos no eran ejercicios de muerte, sino de regeneración de la vida, señalan expertos

Si se llegaban a guardar los huesos de cráneo y miembros, se forraban y se les llamaba maltéotl (dios cautivo), a la muerte del guerrero se le incineraba junto con los huesos de sus cautivos.

Dos palabras en náhuatl calificaban la relación entre el hombre y las deidades de la naturaleza: macehua (conseguir) e ixtlahua (pagar).

La primera designaba todas las prácticas de penitencia e incluía la vigilia, la abstinencia sexual y las efusiones de sangre, y la segunda nextlahualli (pago) era propiamente el sacrificio; se puede así dilucidar que el hombre pagaba su subsistencia a los dioses no con su propio cuerpo sino con el cuerpo de otro hombre, por eso la guerra era la que proveía el mayor número de víctimas y el guerrero vencedor se vestía de yeso y plumas como su prisionero y su familia lo lloraba como si fuese la víctima y si el cuerpo era destinado a ser comido, el guerrero no comía, porque era imposible que comiera su propia carne.

En resumen, las víctimas del sacrificio solían tener uno de 2 significados principales. Por un lado, las nextlahualtin (restituciones) en que los individuos eran un medio de pago y daban el alimento más preciado en retribución a la divinidad. Por otro lado, estaban las teteo imixiptlahuan (imágenes de los dioses) que eran sujetos poseídos por la divinidad para recibir la muerte en el sacrificio, y representaban la muerte que sufrió el dios al inicio de los tiempos; así la divinidad desgastada, sucumbía al filo del cuchillo pedernal, viajaba a la región de los muertos y recuperaba allí sus fuerzas para volver a nacer.

En general, los rituales tenían una amplia gama de víctimas, ya estaba estipulado con rigor el origen, el sexo, la edad y la condición de quienes habrían de morir.

Por ejemplo una vez al año una mujer de familia noble era sacrificada en la festividad agrícola más importante. Los niños con 2 remolinos en la cabeza eran ofrecidos por sus propios padres a los dioses de la lluvia, los albinos eran ofrecidos por sus padres al dios sol en los eclipses y los enanos y jorobados eran sacrificados cuando moría un rey para que le sirvieran en el más allá.

También existían voluntarios como era el caso de sacerdotes, de músicos y de prostitutas. Y otro grupo numeroso eran los esclavos que eran tratados como sirvientes domésticos y podían obtener su libertad mediante pagos o podían ser vendidos si se comportaban mal a los comerciantes, o eran sacrificados en alguno de los rituales.

Según la ceremonia, la liturgia determinaba la forma de morir y el destino del cadáver. También existían además rituales destinados a restablecer la seguridad y el orden perdidos durante enfermedades, sequías, inundaciones y hambrunas.

En todas las ceremonias, las víctimas destinadas al sacrificio debían portar los atributos de la divinidad a la que se rendía culto. La manipulación adecuada del ritual era indispensable para continuar la vida y existía una analogía muy especial en los objetos que se presentaban como ofrendas así como en el sujeto que era sacrificado.

Obra de Adrián Unzueta, El Tzompantli, sacrificio mexica, Museo Nacional de Historia

Visto así, los sacrificios humanos tienen una lógica interna en la que los habitantes de Mesoamérica, ante la imposibilidad de establecer una comunicación «normal» con las fuerzas de la naturaleza, trataban de ejercer influencia sobre ellas con un esquema de interpretación.

En el ritual se encuentra la explicación de los ciclos de la naturaleza que son amenazados por el momento que se presenta: ¿Cómo asegurar una buena cosecha? ¿Cómo tratar en el resultado de una guerra? ¿Cómo favorecer la llegada de la lluvia? ¿Cómo recuperar la salud?

Las respuestas a estas preguntas hacen que el ser humano se vea en la necesidad permanente de solicitar que su vida siga siendo la que ha llevado o de esperar que pueda retornar a ella después de que se presentó algo importante o trascendental en su vida. No es de extrañar entonces que el médico o médica de la época representara un papel importante en estos rituales.

  • Conclusiones

No puede entenderse el sacrificio humano sin tener el entorno completo del ritual en el que se desarrollaba; era un mundo extraño, pero con determinado realismo y logicidad. El médico o médica en su calidad de sacerdote, cirujano o partero formó parte importante de estos rituales y de estos sacrificios.

nuestras charlas nocturnas.

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