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Los Quemaderos de la Inquisición en Sevilla: una sombría historia de muerte …


ElCorreo(J.M.G.Bautista)/andalunet.com/abc(L.Y.Ramirez)/El Mundo(E.D.Pérez) — Sevilla, una ciudad con un rico patrimonio histórico y cultural, alberga en su pasado una sombría historia de persecución y muerte: los quemaderos de la Inquisición.

Estos lugares, donde se llevaban a cabo los horrendos autos de fe, son testigos silenciosos de una época oscura en la que la intolerancia religiosa y la represión marcaron la vida de miles de personas.

La Inquisición, institución creada en el siglo XV en España con el fin de mantener la ortodoxia religiosa, extendió su influencia por todo el país. Sevilla, como uno de los principales centros de poder y comercio de la época, fue escenario de numerosos procesos inquisitoriales y ejecuciones públicas.

Los quemaderos, lugares especialmente designados para la quema de herejes, brujas y otros supuestos herejes, se convirtieron en escenarios macabros de dolor y sufrimiento.

Uno de los quemaderos más conocidos de Sevilla fue el situado en el barrio de Los Remedios, en las proximidades del río Guadalquivir en un prado que evocaba lo funesto tal y como recordaba el cronista José María Blanco White en sus “Cartas de España”.

Fue testigo de numerosos autos de fe, en los que se examinaban las creencias y prácticas religiosas de los acusados. Aquellos que no se ajustaban a la ortodoxia católica eran condenados al fuego, una muerte lenta y agonizante que pretendía servir como advertencia para aquellos que se atrevieran a desafiar la autoridad de la Iglesia.

El proceso de condena y ejecución en los quemaderos era extremadamente cruel. Los acusados eran sometidos a torturas y sufrimientos físicos en los calabozos de la Inquisición, donde se esperaba que confesaran sus supuestos delitos, los hubieran cometido o no.

Aquellos que no confesaban eran llevados a los autos de fe, donde se les leía la sentencia y se les daba la oportunidad de arrepentirse públicamente. Sin embargo, incluso aquellos que se arrepentían eran condenados a penas de prisión, torturas o trabajos forzados.

El quemadero más conocido de la Inquisición en Sevilla es, sin dudas, el del Prado de San Sebastián.

Las hogueras de los quemaderos eran encendidas frente a una multitud ávida de presenciar la ejecución de los herejes. Los acusados eran atados a estacas y rodeados de leña y paja, mientras los verdugos prendían fuego a la pira. El olor a carne quemada y el estremecedor sonido de los gritos de dolor y desesperación llenaban el aire. Las víctimas, en su último aliento, eran sometidas a un espectáculo macabro que pretendía infundir temor y sumisión en la sociedad.

No solo los supuestos herejes fueron víctimas de los quemaderos de la Inquisición en Sevilla, sino también aquellos que eran considerados brujos o practicantes de magia. La caza de brujas se extendió por toda Europa durante la Edad Media y la Edad Moderna, y Sevilla no fue una excepción. Muchas mujeres fueron acusadas de brujería y llevadas a los quemaderos, donde sus vidas terminaron de manera trágica.

Cruz de la Inquisición junto al Ayuntamiento, recuerdo de los autos de fe celebrados en la plaza San Francisco

La Inquisición se basaba en testimonios y acusaciones infundadas para llevar a cabo sus juicios.

Cualquier persona podía ser señalada como hereje o bruja, sin importar su posición social o su reputación.

Las denuncias anónimas eran suficientes para iniciar un proceso inquisitorial y condenar a alguien a la hoguera.

Esto generó un clima de miedo y desconfianza en la sociedad sevillana, donde nadie estaba a salvo de ser acusado injustamente y enfrentar una muerte cruel.

A lo largo de los años, miles de personas perdieron la vida en los quemaderos de la Inquisición en Sevilla.

Las víctimas incluían a personas de diferentes estratos sociales, desde campesinos hasta nobles y clérigos.

Las ejecuciones públicas eran consideradas como un espectáculo y una forma de afirmar el poder de la Iglesia y el Estado. Sin embargo, había quienes se atrevían a enfrentarse a esta injusticia.

Algunos valientes pensadores y defensores de los derechos humanos de la época levantaron su voz en contra de las atrocidades cometidas en los quemaderos. Uno de ellos fue fray Bartolomé, quien denunció la violencia y los abusos de la Inquisición hacia los nativos de América. Sus escritos y testimonios permitieron que se conociera la realidad de los quemaderos y se cuestionara la legitimidad de la persecución religiosa.

Con el tiempo, la influencia de la Inquisición fue disminuyendo y los quemaderos dejaron de ser utilizados. A medida que la Ilustración y los ideales de la Revolución Francesa se extendieron, la intolerancia religiosa comenzó a ser cuestionada y se buscó un mayor respeto por la libertad de pensamiento y creencia. La Inquisición fue finalmente abolida en el siglo XIX, dejando atrás un legado oscuro y doloroso.

Hoy en día, los quemaderos de la Inquisición en Sevilla son recordatorios silenciosos de una época de represión y persecución. Estos lugares, aunque tristes y cargados de tragedia, nos invitan a reflexionar sobre la importancia de la tolerancia, el respeto y la defensa de los derechos humanos. Nos recuerdan que la historia no debe repetirse y que debemos aprender de los errores del pasado para construir un futuro más justo y equitativo.

Visitar los sitios históricos relacionados con los quemaderos de la Inquisición en Sevilla puede resultar una experiencia desgarradora pero también un aviso de lo malos que pueden ser los radicalismos religiosos.

– El oscuro y terrible pasado de la Feria de Sevilla

La antigua Feria de Sevilla se encontraba en el conocido Prado de San Sebastián, cerca de un entorno llamado el Prado de Espantaperros y que, hoy, es ocupado por la Diputación de Sevilla. Pero esta zona tiene un oscuro y terrible pasado.

El Prado de San Sebastián era uno de los parajes abandonados de Sevilla, a los que nadie quería acercarse ya que en él se decía que habitaba la muerte, ya que en aquel lugar se encontraban el cementerio del Prado de San Sebastián y el cementerio de los Pobres.

Se contaban historias de apariciones y aparecidos. De sucesos inexplicables. El lugar también fue llamado el Paseo del Luto. El propio José María Blanco White (Crespo) hablaba en sus Cartas de España de un triste recuerdo de aquel lugar, tan solo siendo un niño presencio la quema de la bruja María Dolores Caro.

Auto de fé en Sevilla. SXVII

Este lugar de la ciudad era utilizado como quemadero por la Santa Inquisición para todo aquel que fuera condenado a la hoguera por herejía o cualquier otro pecado contra la fe. Un lugar ciertamente que ponía los pelos de punta a todo aquel que lo visitaba.

El nuevo y actual emplazamiento de la Feria, en Tablada, en el barrio de Los Remedios, no tiene un pasado mucho más bonito. Era otro de los quemaderos de la Inquisición en Sevilla, lugar habitual de ajusticiamientos pues se hacía sobre un patíbulo de tablas, de ahí el nombre de Tablada.

Donde se encontraba la Feria, lugar de festejo, alegría y diversión, se escondía un vestigio mudo de la muerte y la desolación.

– El recorrido de los herejes condenados por la Inquisición

La Inquisición Española fue creada por los Reyes Católicos en 1478 (primero en Aragón y después Castilla), siendo su mayor defensor el rey Fernando el Católico.

Creada, en teoría, para mantener la ortodoxia católica en sus reinos y combatir la herejía, fue en realidad un instrumento político y social muy poderoso, que sobre todo persiguió a los judíos conversos.

Los condenados en Sevilla recorrían diversos puntos de la ciudad, todo comenzaba en la orilla trianera. La antigua fortaleza almohade se convierte en 1481 en la Sede de la Inquisición en nuestra ciudad, sus numerosas celdas serían el punto de partida de los últimos momentos de la vida de los condenados.

La comitiva partía desde el otro lado del río hasta el centro de la ciudad, bajando por el conocido Callejón de la Inquisición, los presos cruzaban el puente de barcas escoltados por un grupo de soldados.

Tras atravesar la Puerta de Triana y pasar junto a la Iglesia de la Magdalena, primera sede inquisitorial de la ciudad, los condenados llegan a la Plaza de San Francisco.

Los Autos de Fe, celebrados en las gradas de la Catedral y en la Plaza de San Francisco, eran celebraciones multitudinarias a las que acudían, además de familiares, invitados de honor de la ciudad como nobles y obispos.

En esta ceremonia final es dónde se dictaba la sentencia para los reos que terminaban su recorrido poniendo rumbo a su destino final el Quemadero del Prado de San Sebastián.

Este lugar, situado a extramuros de la ciudad al que se accedía atravesando la Puerta de Jerez, fue considerado un terreno maldito. Aquí, donde se situaban las piras y la horca pública, se celebró la última ejecución en la hoguera en el año 1781.

– La Santa Inquisición y sus métodos de tortura

Los orígenes de la Inquisición los podemos situar en la Francia del siglo XII, donde abundaban las diferentes herejías dentro del cristianismo, como los valdenses y los cátaros, que se alejaban de la Iglesia católica oficial y criticaban el carácter ostentoso de sus líderes. En el año 1184 el papa Lucio III promulgó la normativa Ad abolendam, declarando herejes a todos estos grupos que negaban consciente y voluntariamente las verdades de la fe de la iglesia aun estando bautizados, e instando a los obispos a investigar y perseguirlos.

Fue el preludio al nacimiento de la Inquisición pontificia, a raíz de la normativa “Excommunicamus” por parte del papa Gregorio IX en 1231, donde la Iglesia encabezaría este proceso de aplicar penas a los herejes y pudiendo arrebatar sus bienes. Unos años más tarde, en 1252, se aceptaría la tortura como un método de presión para conseguir la confesión y así encontrar a los herejes, es decir, los desviados de la Iglesia oficial, y también judíos, blasfemos o brujas.

Algunas de las torturas más destacadas y macabras fueron:

  • La garrucha o la cuerda: se ataban las manos del sospechoso por detrás de la espalda y se le alzaba por las muñecas a varios metros del suelo por un sistema de poleas. Tras ello, se le dejaba caer sin que tocara el suelo, quedando descoyuntado de la sacudida. Si no confesaba, se le quebraban los brazos y las piernas hasta que moría.

  • El potro: se ataba al preso de manos y pies sobre una mesa. Las cuerdas de los pies se iban enrollando a una rueda giratoria, y cada vez que daba vueltas esta rueda se iban estirando las extremidades hasta incluso llegar al desmembramiento.

  • La pera: se introducía un instrumento en forma de pera en la boca, vagina o ano de la víctima, dependiendo de la acusación: oral a predicadores heréticos, vaginal a las brujas y anal a homosexuales pasivos. Esa pera en el interior se abría con un tornillo mutilando las cavidades.

  • La sierra: uno de los más brutales, estaba reservado a las mujeres acusadas de brujería y de estar embarazadas del mismísimo Satanás. Se colgaba a la presa boca abajo con el ano abierto, y con una sierra la cortaban hasta llegar al vientre. No buscaba tanto la tortura para que confesara, sino acabar con su vida y con el feto supuestamente endemoniado.

  • Los carbones: se aplicaban carbones al rojo vivo a unos 300 grados sobre las zonas más sensibles de la piel.

  • El aplasta pulgares: era una herramienta metálica sencilla donde se metían los dedos de las manos y de los pies, y quedaban destrozados al voltear unos tornillos.

  • El agua: consistía en introducirle al reo, al que tapaban las fosas nasales, una especie de embudo en la boca por donde le hacían ingerir grandes cantidades de agua. Esto provocaba una sensación muy fuerte de ahogamiento y solían morir por ruptura del estómago.

  • La cuna de Judas: esta tortura consistía en elevar al preso con un sistema de cuerdas y poleas y dejarlo caer sobre una pirámide de madera afilada con la precisión suficiente para que cayera y el aparato le desgarrara el ano, el escroto o la vagina.

  • La flagelación: también se utilizaba este famoso castigo corporal, en el que se azotaba el torso desnudo con varas o flagelos hasta sangrar, incluso llegando al desmayo del reo.

  • La doncella de hierro: una de las torturas más crueles aunque se piensa que no era muy común. Se trataba de un sarcófago con forma de cuerpo humano con pinchos metálicos en su interior, que se clavaban en el cuerpo para desangrarlo poco a poco.

  • La cabra: una de las torturas más originales, consistía en bañar los pies atados del reo en agua salada. Tras esto, una cabra lamía con su áspera lengua esta parte del cuerpo desollando su piel, provocando heridas que en muchas ocasiones se infectaban y provocaban la muerte. 

– Ruta de la Inquisición en Sevilla: la huella de un pasado negro

Castillo de San Jorge 

Quienes vestían el sambenito iban a morir. En el castillo de San Jorge estaban los presos y cuando cruzaban por el Puente de Barcas algunos se acercaban a su fin. Los autos de fe, donde se les juzgaba, se celebraban en la Plaza de San Francisco. El antiguo convento de San Pablo, en La Magdalena, también fue una de las sedes de la Santa Inquisición.

Los azotes públicos tenían lugar frente a la Puerta del Perdón de la Catedral y el quemadero estaba a extramuros, en el Prado de San Sebastián. Herejes, blasfemos, hechiceros o apóstatas, también judíos y mentirosos, pasearon la prenda maldita por las calles de la ciudad . En la actualidad, las huellas de este pasado negro que se conservan no son demasiadas, pero existen y pueden visitarse.

Castillo de San Jorge y Puente de Triana

Reo ataviado con el «sambenito», grabado de Francisco de Goya

Esta fortificación en la margen derecha del Guadalquivir es de origen visigodo y fue construida para la defensa de Sevilla, entonces conocida como Spalis. 

En el año 1481 empezó a ser ocupada por la Inquisición y en sus muros se encarcelaron a los presos del Santo Oficio.

Hoy es un museo en el que conocer la historia del castillo.

Y de ese mismo pasado recibe el nombre el callejón que comunica la calle Castilla con la orilla del río, por donde pasaban quienes iban a ser juzgados o quienes, por la fatalidad del destino, ya estaban condenados.

No queda nada del antiguo puente, el que era de barcas, tan solo una soleá popular que nos lo recuerda: «Las barandillas del puente/se menean cuando paso/a ti sola te quiero/y a nadie le hago caso.

En ese bamboleo, el silencio debía concentrar todo el miedo que cabe en un ser humano. La manita de Caronte.

El agua que les secará la sangre. Por allí se perdían quienes iban a los autos de fe y algunos no volverían jamás.

Parroquia de la Magdalena

La Santa Inquisición fue fundada en 1480 y se mantuvo hasta el S. XVIII, pasando por diferentes períodos de actividad en los que cambiarían los objetivos principales. El antiguo convento de San Pablo, donde hoy reside la Hermandad de la Quinta Angustia y El Calvario, fue una de sus sedes .

Y en ella se guarda una de las piezas claves para completar parte del relato: el fresco de Lucas Valdés, hijo del pintor Valdés Leal, en el que se representa un juicio público de la época . Fue realizado hacia el año 1710 y en él aparece de forma anacrónica el Rey San Fernando transportando leña a la hoguera.

El auto de fe que quedó plasmado para la historia fue real y se celebró en octubre de 1703, cuando un vecino de Osuna fue acusado de judaizante.

Plaza de San Francisco

Ruta de la Inquisición en Sevilla: la huella de un pasado negro

Lo que se representa en la pintura de Lucas Valdés tuvo lugar en la Plaza de San Francisco, donde los juicios se desarrollaban de cara el público .

De hecho, donde hoy se arman las estructuras de los palcos durante la Semana Santa, ya se construyeron gradas en otra época.

Desde ellas, la ciudadanía vivía en primera persona las historias de condenas y condenados, como si de un espectáculo se tratase.

Parece que no quiere exhibirse demasiado, pero allí está.

La conocida como Cruz de las Siete Cabezas se encajona dentro de un arquillo en una esquina del coso. En un principio, su piedra era roma, aunque más tarde se le añadieron detalles para que cuadrase mejor con la estética del edificio.

Esta escultura representa el cese de los lamentables actos de la Plaza de San Francisco. Casi oculta, nos revela el fin de algunas de las páginas más amargas de la ciudad.

Quemadero del Prado de San Sebastián

Vista de Sevilla a finales del siglo XVI (detalle A.Brambilla) (01) Castillo de San Jorge, (02) Puente de Barcas, (03) Convento de San Pablo

La pira olía a cuerpo y a muerte. Un hedor que echaron más allá de la muralla para que no se contaminase la ciudad. Esta zona, al igual que Tablada, se consideraba un terreno maldito donde verdugos y herejes se daban cita para aniquilar la vida.

Garrote, capotillo y coraza, después fuego. La última ejecución en la hoguera se produjo en el año 1781 y tuvo como protagonista a una monja acusada de sacrilegio.

Tenía una ceguera avanzada y, según las crónicas de la época, recorrió todo el trayecto profiriendo insultos a los presentes. La anciana beata Dolores se convirtió así en la víctima postrera de los quemaderos de España.

Huellas leves

Salida del Callejón de la inquisición a la calle Castilla

Además de los edificios y espacios cuyo pasado está ligado de forma íntima a las actividades del Santo Oficio, en la ciudad existen otras huellas que se ocultan de manera sutil a simple vista. A veces, por desconocimiento.

Otras, por su aparente inocencia o por la nimiedad que ocupan, pero son muchos los detalles que se han mantenido hasta nuestros días, a pesar de la repulsa que esta parte de nuestro pasado causa en la sociedad de hoy.

Uno de ellos, por ejemplo, está en el camerín de la Virgen de Las Angustias de Los Gitanos, donde el escudo de la Inquisición , con la cruz, la rama de un olivo y la espada, aparece grabado. Y este mismo símbolo puede verse de nuevo en la iglesia de La Magdalena, coronando una de las puertas del templo.

Según ha explicado el profesor y experto en la Edad Media Francisco García del Junco, de la Universidad de Córdoba, «El tribunal inquisitorial español fue el más condescendiente de toda Europa» , ya que condenó a muerte a muchas menos personas que los de otros países como Francia o Inglaterra.

Sin embargo, las huellas que dejó en algunas de nuestras calles, monumentos, pinturas y esculturas permanecen latentes y soslayadas. Un pasado verídico que acompleja a muchos y que no quiere recordarse, por eso los gritos que comenzaron tras el medievo se guardan bajo llave.

– La última hoguera de la Inquisición

Grabado de la época con una bruja quemada en la hoguera

María de los Dolores López, conocida como Beata Dolores tiene el triste récord u honor de ser la última persona condenada a ser ajusticiada en la hoguera por la Inquisición. Ocurrió el 24 de agosto de 1781. La Beata Dolores era religiosa y además ciega y fue condenada por hereje por la Santa Inquisición a morir en la hoguera aunque finalmente se arrepintió en las últimas horas y fue ajusticiada a garrote vil, aunque posteriormente su cadáver fue quemado igualmente en el Prado.

La religiosa mantenía habitualmente relaciones sexuales con clérigos y confesores en los diferentes conventos en los que estuvo. Pasó por Marchena, Lucena y Sevilla capital donde fue adquiriendo cierta fama negativa en la época. De esta forma uno de sus confesores, Mateo Casilla, tras doce años de relaciones, la denunció a ella y a sí mismo en 1779.

A la Beata Dolores se le llegó a relacionar con el demonio y que bebía un líquido mágico que le permitía poner huevos.

Según explica Mado Martínez la autora de Putas, brujas y locas, las actas del proceso inquisitorial suman 157 folios y se encuentran en el Archivo Histórico Nacional. Allí se recoge que el día de la quema «la sacaron en procesión con el sambenito, vestida de negro, como símbolo de su separación con la Iglesia católica, y una mordaza en la boca para que no soltara más herejías por ella».

Para evitar ser quemada viva, María de los Dolores pidió confesarse. Un último favor que se le concedió. Tras tres horas de confesión completa en la Cárcel Real, fue llevada al quemadero

Pensadores coetáneos se hicieron eco de la conmoción por su ajusticiamiento. Así, el sevillano José María Blanco White escribió lo siguiente:

«Me acuerdo muy bien de la última persona que fue quemada como hereje en mi propia ciudad llamada Sevilla. Era una mujer pobre y ciega. Entonces tenia yo ocho años, y vi los haces de leña, colocados sobre barriles de brea y alquitrán, en que iba a ser reducida a cenizas»

De otro lado Luis de Usoz escribió:

«Todavía, por los años de 1780, se vio quemar, por causa de religión, a una pobre ciega desventurada, en la fanática ciudad de Sevilla»

– Último acto en el quemadero 

En la ceniza de los viejos quemaderos, con los sambenitos colgados en las iglesias y en los nombres escritos en los libros verdes, se había guardado durante siglos la Historia de España. Todo lo que nutría la leyenda negra que seguía triunfando entre los enemigos extranjeros, pero que también definía cierta idea esencial de España. Una institución-pilar que sostenía el viejo edificio de las costumbres seculares.

Sin embargo, todo cambió en el mes de febrero de 1813. Naturalmente en Cádiz, como tantas otras grandes cosas de la Historia de España. Hace justo dos siglos, las Cortes de Cádiz abolían el Santo Oficio con la promulgación del Decreto de Abolición de la Inquisición.

La fecha parece uno de esos momentos gloriosos del país. Pero habría que matizar varias cosas, porque antes ya se había intentado su abolición en la Constitución de Bayona de 1808 y con la declaración de Napoleón en Chamartín tras su victoria de Somosierra, que consideró el Santo Oficio como «atentatorio a la soberanía y a la autoridad civil».

Además, desgraciadamente la Inquisición no terminó su historia en 1813, sino que se restauró con el regreso al trono de Fernando VII. Luego con el breve periodo del Trienio Liberal, se derogó otra vez para regresar con el triunfo del monarca absolutista, aunque ya muy modificado por los consejos que el rey recibió de su libertador, el duque de Angulema.

El verdadero punto y final de la Inquisición no sucedió hasta que la reina regente María Cristina la derogó con el decreto del 15 de julio del año 1834. El investigador Gérard Dufour en Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, que publica la Universidad de Cádiz, puntualiza que «el único gobierno español que tomó semejante medida fue el de María Cristina. Como decía Caro Baroja, entonces desapareció la Inquisición, pero no el espíritu inquisitorial».

Sin embargo, este mes de febrero de 1813 debería recordarse como un momento histórico fundamental para un país que por fin se liberaba de una de las instituciones más terribles y cuestionadas, un monumento a la intolerancia y un lastre para el avance y el progreso.

La abolición de la Inquisición, en un pañuelo de la colección Rocamora.

Fue el 22 de febrero el día en el que se promulgó un documento que cambiaría la Historia de España: Manifiesto sobre los fundamentos y razones que han tenido las Cortes para abolir la Inquisición. Precisamente, la revista Andalucía en la Historia, que edita el Centro de Estudios Andaluces, ha publicado un artículo de investigación sobre este documento que se conserva en el Archivo General de Andalucía Manifiesto, formando parte del Fondo de la Real Fábrica de Artillería de Sevilla.

El autor del artículo, Antonio José García Sánchez, subraya la importancia de este decreto que firmó el presidente de las Cortes, el liberal moderado Antonio Miguel de Zumalacárregui.

Entre los argumentos expuestos por los diputados para acabar con el Santo Oficio estaban que el antiguo Inquisidor General estaba en la España dominada por los franceses, por lo tanto no existía ningún tribunal en la España libre.

Además, consideraban que el procedimiento inquisitorial atentaba contra la soberanía de la nación «ya que el poder atribuido al Inquisidor General lo convertían en un verdadero soberano, que no tenía que responder ante nadie», explica Antonio José García Sánchez.

Por otro lado, los diputados doceañistas culpaban al Santo Oficio de los retrasos de España «al ser esta institución la perseguidora de las mentes más brillantes».

Durante ese triunfal mes de febrero de hace doscientos años se aprobaron varias normas para hacer efectiva la desaparición del temido tribunal. Por ejemplo, «quitar de parajes públicos y destruir las pinturas o inscripciones de los castigos impuestos por la Inquisición». Una escena sin precedentes en la Historia de España.

Sin embargo, también se dan varias paradojas en este tiempo de euforia. Antonio José García Sánchez apunta que en realidad «fue una abolición nominal» porque en realidad en la nueva Constitución recién aprobada no existía verdadera libertad religiosa –la única religión era la católica– y en lugar de la Inquisición se establecieron unos Tribunales Protectores de la Fe.

Por otro lado, aunque la Constitución de 1812 reconocía el derecho de libertad de imprenta, los delitos de herejía y la censura eclesiásticas de libros continuaron.

De alguna forma, el hito histórico de febrero de 1813 marcaría definitivamente la siempre irregular e indecisa historia del país, caracterizada por dar un paso delante y dos hacia atrás.

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