3 historias de mujeres …

Mujeres en la historia(S.F.Valero) — Dolores Hart podría haber llegado a ser una de las grandes actrices del Hollywood clásico.
En poco tiempo, cosechó grandes éxitos y reconocimientos en el mundo del celuloide y del teatro.
Pero cuando estaba en lo más alto, sorprendió a compañeros y admiradores cuando comunicó al mundo que había tomado una decisión, abandonar su carrera como actriz a los veinticinco años.
No solo se alejaba de los focos; lo hacía para adoptar una vida totalmente distinta. Dolores Hart tomó los hábitos y se convirtió en la Hermana Dolores.
Dolores Hicks había nacido en Chicago el 20 de octubre de 1938. Era la única hija de Bert y Harriet Hicks, quienes se separaron cuando ella era apenas una niña. Dolores vivió mucho tiempo con sus abuelos. Estudió en la escuela parroquial Saint Gregory Catholic School aunque no era católica, pero a los diez años se convirtió.
Un año después, se trasladó a vivir a Beverly Hills con su madre. Su abuelo, un operador de cine, le había enseñado los entresijos del mundo del cine por lo que no era de extrañar que años después terminara probando suerte como actriz.

Dolores Hart y Elvis Preysler en la película Loving
Cuando terminó el instituto consiguió su sueño. En 1957 ya era Dolores Hart, una actriz en Hollywood. Su primer papel fue secundario, en Loving You, una película protagonizada por Elvis Presley, pero pronto empezaron a contratarla para otros papeles. Ese mismo año protagonizó Wild Is the Wind y en 1958 Lonelyhearts. Poco después volvió a coincidir con Elvis en King Creole. La pareja, joven y guapa, disparó los rumores de romance aunque Dolores siempre aseguró que lo suyo no pasó de una relación estrictamente profesional.
Dolores continuó con su carrera como actriz y en 1959 probó suerte en el mundo del teatro conquistando Broadway. Llegó a ganar el Theatre World Award y fue nominada para el Tony. Un año después, regresó a Hollywood para protagonizar Where the Boys Are, una película de adolescentes que hizo las delicias de sus fans. En su siguiente producción cinematográfica cambió totalmente de registro y se puso en la piel de Santa Clara de Asís en la cinta Francisco de Asís. Durante el rodaje en Roma, Dolores Hart fue recibida en audiencia por el Papa Juan XXIII.

Los años siguientes, Dolores Hart siguió trabajando en distintas películas hasta 1963. Come Fly with Me fue su última aparición en el cine. En aquella época, se había comprometido con un arquitecto de Los Ángeles, Don Robinson, y todo parecía indicar que Dolores Hart iba a continuar siendo una flamante estrella del cine.
Pero ese mismo año le comunicó a Don que rompía el compromiso. Continuaba queriéndolo, le aseguró, pero tenía otros planes para su futuro. Iba a ser monja. Dolores le rompió el corazón pero continuaron siendo amigos, aunque Don nunca se casó.
En 1970, para sorpresa de todos, Dolores Hart profesaba sus votos como religiosa en la abadía benedictina de Legina Laudis de Bethlehem, en Connecticut. La hermana Dolores se volcó de lleno en su nueva vida junto a sus hermanas con las que continúa viviendo en la actualidad. En 2001 fue elegida como abadesa, cargo que ostentó hasta 2015.

En 2006 salió del convento para apoyar la investigación relacionada con el trastorno de neuropatía periférica idiopática, que ella misma sufría. Seis años después, dejó el convento para regresar a la que fuera su segunda casa durante años, la meca del cine.
Un documental sobre su vida, God is the Bigger Elvis había sido nominado en los Oscars de la Academia de Hollywood y ella asistió encantada a la ceremonia.
En 2013 publicó su autobiografía y ha dado un sinfín de entrevistas para explicar su curiosa trayectoria vital.
– El arte rescatado, María Altmann (1916-2011)

El nazismo dejó tras de sí un rastro de devastación y muerte.
Millones de personas perdieron la vida o a sus seres queridos.
Fueron expulsados de sus hogares, de sus ciudades, de sus patrias.
Los que sobrevivieron tuvieron que reinventarse y volver a empezar.
Maria Altmann escapó del horror y pudo construir una nueva vida en los Estados Unidos.
Años después, Austria, su patria natal, inició un proceso de restitución de obras de arte para intentar devolver a los judíos lo que el nazismo les había arrebatado.
No podían resucitar a sus seres queridos, pero al menos quienes habían sobrevivido podrían recuperar lo que era legítimamente suyo. Sin embargo, el proceso no fue fácil.
María Altmann fue una mujer austriaca que padeció aquella pesadilla y vivió para contarla. María pertenecía a una familia acomodada de Viena. En su hogar había una importante colección de obras de arte y objetos de gran valor que fueron requisados por las autoridades nazis tras la anexión de Austria al Tercer Reich. Años después, en su nueva vida como norteamericana iniciaría uno de los litigios más importantes para recuperar lo que era suyo.
María Victoria Bloch nació el 18 de febrero de 1916 en Viena. María pertenecía a la familia de los Bloch-Bauer, una rica familia judía. En 1937 se casaba con Fredrick Altmann. Poco después, el Anschluss anexionaba Austria a la Alemania nazi y empezaba la persecución implacable a los judíos. Fredrick fue arrestado y trasladado a Dachau pero finalmente fue liberado.
Antes de que la amenaza fuera irreversible, María y su marido decidieron salir del país en una dramática huida en la que dejaron atrás su hogar y sus seres más queridos. María no volvería a ver nunca más a sus padres.
Los Altmann se establecieron en Los Angeles donde María abrió una tienda de ropa y mantuvo una vida tranquila como ciudadana de los Estados Unidos con su marido y sus cuatro hijos.
Muchas décadas después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el estado austriaco se vio obligado a iniciar un proceso de restitución en el que, en principio, facilitaría a todos los judíos que lo pidieran, iniciar procesos legales para recuperar lo que se les había quitado.

María Altamn, entonces ya viuda, Fredick había fallecido en 1994, decidió iniciar el proceso de restitución de lo que pertenecía a su familia. El litigio de María se centraba en unas obras de arte que tenían un valor incalculable.
Su tía, Adele Bloch-Bauer y su marido eran unos ricos mecenas de las artes que se codeaban con personalidades de la cultura como Brahms, Mahler o Strauss. Gustav Klimt llegó a pintar en dos ocasiones a Adele, unos retratos que tras la guerra terminaron en la galería vienesa del Belvedere.
Estos y otros cuadros fueron los que María intentó recuperar con la ayuda de un periodista austriaco, Hubertus Czernin y Eric Randol Schoenberg, un joven abogado descendiente del compositor Arnold Schoenberg. El gobierno de Austria no se lo puso fácil pero María no se rindió y terminó llevando a su país de origen a los tribunales de los Estados Unidos.
Finalmente, consiguió un arbitraje y el 16 de enero de 2006 tres jueces austriacos sentenciaron que el gobierno austriaco debía devolver las obras a quien consideraban su legítima heredera, María Altmann.
En total, las obras recuperadas de la familia Bloch-Bauer tenían un valor de al menos 150 millones de dólares. En la actualidad, el famoso cuadro de Adele Bloch-Bauer se encuentra en la Neue Galerie de Nueva York. Con el dinero que Maria recaudó de la venta de las obras de arte creó la Fundación María Altmann para ayudar a distintas organizaciones, entre ellas, el Museo del Holocausto de Los Ángeles.
Altamnn Murió el 7 de febrero de 2011.
– La pintora neoclásica, Marie-Guillemine Benoist (1768-1826)

Aprendió de la mano de los grandes artistas de su tiempo y llegó a ser pintora de personalidades como Napoleón.
Obras mitológicas y retratos centraron la obra pictórica de Marie-Guillermine Benoist, de estilo neoclásico.
Entre sus lienzos, el que la hizo famosa, uno muy poco convencional.
El retrato de una mujer negra, antigua esclava, ponía sobre la mesa la existencia de esas personas que durante siglos habían vivido oprimidas e invisibilizadas. Ella las elevó a la categoría de arte.
Un arte que se vio truncado por el éxito de un marido que la «invitó» a abandonar su brillante carrera artística en pos de la suya propio como alto funcionario del estado.
Marie-Guillemine de Laville-Leroux nació el 18 de diciembre de 1768 en París en el seno de una familia acomodada de la Francia pre-revolucionaria. Su padre, René Delaville-Leroulx, fue durante un tiempo, funcionario real. Desde pequeña, Marie-Guillemine demostró un destacado talento para la pintura, algo que su padre quiso potenciar.
En 1783, ella y su hermana empezaron a tomar clases de arte de la mano de una de las artistas más importantes del momento, Élisabeth Vigée-Lebrun, pintora de cámara de la reina María Antonieta. Años después, también recibió clases de otro grande del momento, Jacques-Louis David.
En 1791, presentó su primer cuadro en el Salón de París, Psique despidiéndose de su familia. En aquella misma época, pintó otra obra en la que ya empezó a plasmar su personal visión del mundo. En La inocencia entre la virtud y el vicio, en vez de representar el vicio como una figura femenina, lo hizo plasmándolo en la figura de un hombre, algo muy poco habitual.

Retrato de una negra. Museo del Louvre.
En aquella época, Marie-Guillermine se había convertido en una pintora famosa. En 1793 se casaba con un abogado, Pierre-Vincent Benoist, con el que llegó a tener tres hijos. Los primeros años de matrimonio, Marie-Guillermine compaginó su vida de casada con su carrera profesional.
Llegó incluso a colaborar con su marido en la edición de obras literarias que ilustraba con su arte. De ellas, destaca la novela Marie, de Mary Wollstonecraft.
En 1800, presentó en el Salón parisino una obra poco convencional. En Retrato de una negra, Marie-Guillermine inmortalizó a una antigua esclava, criada de su cuñado. Con esta obra, visibilizaba a dos colectivos, las mujeres y las personas de color. A pesar de que la Francia colonial había abolido la esclavitud seis años antes, la condición social de los negros no había mejorado sustancialmente.
La de las mujeres tampoco Es muy probable que la pintora realizara esta obra con la intención de reivindicar la dignidad de todas ellas.
Marie-Guillermine siguió pintando retratos de personas ilustres como Teresa Cabarrús. Con el cambio de siglo, terminada la revolución, un Napoleón convertido en Primer Cónsul, le pidió que lo retratara a él y, posteriormente a sus sucesivas esposas.

Retrato de Paulina Bonaparte. Palacio de Fontainebleau.
Marie-Guillermine disfrutaba de su éxito como pintora de grandes personalidades. Además de recibir una medalla de oro del Salón y una pensión oficial, abrió su propio taller de pintura. Un éxito y una carrera prometedora que se truncó cuando su marido fue elevado a miembro del Consejo de Estado tras la Restauración Borbónica de 1814.
Que un alto cargo del estado tuviera una esposa tan famosa, que pudiera hacer sombra a su marido era inconcebible. Marie-Guillermine fue invitada sutilmente a abandonar su carrera. Desde entonces y hasta el final de sus días, apenas pintó un puñado de cuadros. Marie-Guillemine Benoist falleció el 8 de octubre de 1826.
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