Las «mujeres de confort» del ejército imperial japonés…

Mujeres y niñas de origen chino y malayo esclavizadas por los japoneses en Penang durante 1945.
National Geographic(J.M.Sadurni)/Descifrando la Guerra(A.Garcia)/Historia de INDAI SAJOR
Escrito por LOLA TUDING(Traducido del inglés por Paquita Cruz) — Con la promesa de una vida mejor, el Ejército Imperial Japonés empezó a reclutar mujeres, principalmente chinas y coreanas, prometiéndoles trabajo y bienestar, para convertirlas más tarde en esclavas sexuales, algo que alcanzó cotas inimaginables durante la Segunda Guerra Mundial.
La mayoría murió en sórdidos prostíbulos tras sufrir todo tipo de vejaciones a manos de sus secuestradores o víctimas del suicidio para evitar tanto dolor.
Por desgracia, muchos fueron los crímenes cometidos por ambos bandos en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, pero también es cierto que algunos de ellos destacan por su grado de brutalidad extrema.
Ese es el caso de los abusos cometidos por el ejército Imperial japonés contra las mujeres de los países ocupados, muchas de las cuales fueron víctimas de maltrato y vejaciones cometidos contra su dignidad e incluso su humanidad.
Estas mujeres fueron definidas por los nipones como ianfu, palabra que significa «mujeres de confort» (el término coreano para referirse a ellas es eianbu). De hecho, miles de mujeres y niñas procedentes de numerosos países asiáticos, como Corea, China y el propio Japón, fueron secuestradas y obligadas a actuar como esclavas sexuales en prostíbulos militares japoneses durante toda la contienda.

Anuncio de la prensa japonesa, publicado en el año 1944, en el que se solicitaban «mujeres de confort».
Un engaño a gran escala
Pero la figura de las llamadas «mujeres de confort o de consuelo» surgió mucho antes de que Japón participase en la Segunda Guerra Mundial.
En el país, esta práctica se llevaba a cabo desde la Edad Media como una medida implantada para impedir que los soldados, en el transcurso de operaciones de conquista y asalto, violaran sistemáticamente a la población civil femenina.
Lo habitual era que fueran las propias autoridades de las poblaciones ocupadas las que se encargasen de organizar servicios sexuales con prostitutas profesionales (karayuki-san) como medida de protección hacia el resto de mujeres.
Aunque, de hecho, el tráfico organizado de mujeres en el continente asiático empezó alrededor de 1870, no sería hasta 1919 cuando, tras la abolición de la prostitución por parte del gobierno japonés, la práctica del trafico de mujeres para ejercerla se convirtió en una autentica lacra para el país.
(Grilletes procedentes de uno de los centros de reclusión.)
El historiador alemán Bernd Stöver, especialista en temas de la Segunda Guerra Mundial, cree que el número de mujeres secuestradas para estos fines antes del conflicto pudo ser de 200.000, pero después ese número pudo haberse incrementado hasta alcanzar las 400.000.
Las víctimas de este horrendo tráfico eran sobre todo mujeres y niñas de entre doce y veinte años procedentes de Vietnam, Taiwán, China, Malasia, Filipinas y Corea, que, engañadas con falsas promesas, eran subidas a barcos mercantes para acabar hacinadas en burdeles denominados eufemísticamente «estaciones de consuelo» o «centros de solaz».
Tras la salvaje actuación del ejercito imperial japonés durante la masacre de Nanking en 1937, donde miles de muchachas de todas las edades fueron violadas y torturadas, el mando militar japonés decidió traer desde Japón a profesionales del sexo para intentar poner freno a la brutalidad de los soldados con las civiles chinas.
Pero descontentos por no poder excederse con las mujeres traídas desde Japón, los soldados japoneses decidieron no acudir a estos prostíbulos «oficiales» y prefirieron salir de nuevo a la calle a seguir violando a mujeres chinas a cambio de perdonarles la vida.

Contrato de reclutamiento para «mujeres de confort» emitido el 4 de marzo de 1938.
Prostituirse o morir
Con la situación desbordada y el prestigio del ejercito japonés seriamente dañado, el alto mando decidió tomar una decisión que afectaría gravemente a los derechos más elementales de las mujeres de los países ocupados: convertir a miles de ellas en esclavas sexuales.
Estas mujeres, obligadas a ejercer la prostitución contra su voluntad, y cuyas vidas se vieron completamente destruidas, tuvieron que soportar además insultos y vejaciones por parte de los militares japoneses que las calificaron de «retretes públicos».
De todos los países afectados, China fue el país ocupado que más sufrió la política de las «mujeres de confort». En el gigante asiático se sucedieron secuestros y amenazas de muerte a los familiares de las jóvenes.
Muchas eran seleccionadas tras la masacre de alguna de aldea, y sus condiciones de vida eran absolutamente infernales. Además de verse sometidas a actos sexuales ignominiosos y vejatorios, eran torturadas hasta extremos absolutamente inhumanos.

Entrada de uno de los burdeles donde ejercían la prostitución contra su voluntad las «mujeres de confort».
También Indonesia, tras su ocupación en el año 1942, se vio seriamente afectada por la prostitución forzosa. La población femenina del archipiélago sufrió, así, la misma espantosa suerte que la de otros países conquistados por los japoneses.
Fueron numerosos los burdeles distribuidos por todo el país, algunos ubicados en hoteles de lujo y clubes nocturnos, e incluso hubo uno, el prostíbulo de Kalijati, camuflado en un aeródromo.
Muchos de estos prostíbulos fueron regentados por hombres de negocios occidentales, que vieron en estos establecimientos una oportunidad de oro para enriquecerse.
Debido a la alta tasa de mortalidad causada por la malaria en Indonesia, cada soldado japonés destinado en el archipiélago recibía un manual titulado Libro de bolsillo de higiene de áreas tropicales en el que se explicaba cuál era la mejor manera de no enfermar y de escoger a una prostituta.
Ninguna mujer estaba exenta
Tampoco las mujeres europeas que vivían en las áreas ocupadas por el ejército imperial japonés estuvieron exentas de tales vejaciones.
Por ejemplo, los japoneses quedaron fascinados con las mujeres holandesas que vivían en Indonesia, muchas de ellas rubias y con los ojos azules, a las que consideraron sumamente exóticas. Por este motivo algunas recibieron un trato especial y fueron consideradas «prostitutas de lujo», lo que conllevó un mejor trato: comida más abundante y baños con agua caliente. Pero no todas recibieron ese trato.
Muchas eran deportadas a campos como los de de Ambarawa y Semarangm, al norte de Java, donde se las obligaba a ejercer la prostitución, y en muchos casos eran violadas y asesinadas. La mayoría de mujeres que fueron forzadas a prostituirse no vivieron para contarlo.
Muchas de ellas fueron asesinadas por sus captores, e incluso llegaron a suicidarse para dejar de sufrir. Una mujer que tuvo la suerte de salir con vida de aquel infierno fue la coreana Ok-Seon Lee, quien quiso narrar su historia para dar visibilidad a las atrocidades sufridas por mujeres como ella.
Tras ser secuestrada por dos hombres mientras iba por la calle, Ok-Seon pasó toda la guerra de prostíbulo en prostíbulo viviendo en condiciones infrahumanas. La superviviente de aquel horror dijo de aquellos centros que «no eran un lugar para humanos, eran un matadero».

Un grupo de «mujeres de confort» son liberadas por el ejercito norteamericano en Okinawa.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, aquel terrible capitulo de la historia fue uno de los que fueron juzgados por los tribunales en el conocido como Juicio de Tokio, y décadas más tarde fue denunciado por numerosas organizaciones defensoras de los derechos humanos.
Pero aun a día de hoy se desconoce el número real de mujeres que sufrieron aquellas humillaciones. La principal razón de este desconocimiento se debe a que, ante la inminencia de la derrota, el ministro de guerra japonés ordenó quemar cualquier documento que pudiese resultar incriminatorio para su país.
Con ese objetivo, el 14 de agosto de 1945, el comandante del Kempentai, la policía militar japonesa, envió las instrucciones pertinentes para que se procediera a la destrucción de cualquier documentación que pudiera involucrarles en esos casos.

Un oficial del ejercito británico entrevista a una niña china tras su liberación de un prostíbulo.
Una disculpa que no llega
El 28 de diciembre de 2015, los ministros de Relaciones Exteriores de Japón, Fumio Kishida, y su homólogo coreano, Yun Byung-se, alcanzaron un acuerdo mediante el cual Japón se comprometía a entregar mil millones de yenes (unos 7,5 millones de euros aproximadamente) al gobierno de Corea del Sur, una suma que debería servir para la creación de un fondo de ayuda para las mujeres víctimas de la esclavitud sexual durante la guerra.
Pero este acuerdo no satisfizo a todo el mundo. Según el Consejo Coreano de las Mujeres Reclutadas para la Esclavitud Sexual del Ejército, «Corea del Sur y Japón firmaron un acuerdo que carece de las apropiadas disculpas y compensaciones.
Al fin y al cabo, este acuerdo es simplemente económico y solo sirve como soborno para que el gobierno coreano silencie el tema. Japón ni siquiera ha pedido disculpas a las víctimas».

Retrato de una «mujer de confort» de Indonesia, llamada Jan O’Herne, tomado en Bandoengan, Java, poco antes de ser internada junto a su madre y sus dos hermanas en un prostíbulo de Java el 8 de marzo de 1942.
En la actualidad existe en Japón una corriente de pensamiento, que algunos ha llegado a calificar de «revisionista», que trata de desmentir cualquier acusación vertida contra la actuación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial.
En su mayoría, esta corriente es seguida por jóvenes japoneses que dicen estar cansados de tener que pedir perdón a China y a Corea por todo lo que sucedió en el transcurso de la guerra.
Incluso políticos como Shinzo Abe (primer ministro japonés hasta septiembre de 2020) han negado tanto la existencia de esos centros como el hecho de que miles de mujeres fueran obligadas a mantener relaciones sexuales en contra de su voluntad.
Por su parte el gobernador de Osaka, Toru Hashimoto, sin negar la existencia de esos centros de prostitución forzosa, dijo en 2007 que fueron necesarios para que mantener la disciplina de los soldados, y el exjefe de las fuerzas aéreas de Japón, Toshio Tamogami, afirmó en su momento que las atrocidades cometidas por las tropas niponas solo son «mentiras e invenciones». Es evidente que no siempre resulta fácil reconocer el pasado.

Estatuas conmemorativas en Hong Kong dedicadas a las miles de mujeres que fueron esclavizadas sexualmente durante la Segunda Guerra Mundial.
“Mujeres de consuelo”: historias
“Tenía 16 años. Una tarde, después de trabajar en el campo, cogí el camino de vuelta a casa. Tres soldados japoneses me cortaron el paso y, a golpes, me forzaron a ir con ellos”, así comenzó el calvario de Hilaria Bustamante, una mujer filipina que en 2018 a sus 92 años contó su testimonio a Ismael Arana, periodista de La Vanguardia.
“De día, teníamos que lavar su ropa, limpiar y cocinar para ellos. De noche, venían a violarnos. No había escapatoria”. Situación que tuvo que soportar durante 15 meses.
Lee Ok-seon, natural de Busan, actual ciudad de Corea del Sur, estaba haciendo unos recados para sus padres cuando un grupo de uniformados japoneses salieron de un coche, la asaltaron y la metieron en el vehículo.
Lee tenía tan solo 14 años cuando fue llevada a una de las denominadas “estaciones de confort”, en la China ocupada por los japoneses. Allí se convirtió en una de las miles de mujeres sometidas a la prostitución por ejército imperial japonés entre 1932 y 1945.
Hilaria y Lee fueron lo que se denominó con el eufemismo de “mujeres de consuelo” para referirse a las esclavas sexuales que el ejército imperial japonés utilizó entre 1932 y 1945 para satisfacer los deseos sexuales de sus soldados, tanto en los países ocupados como en Japón.

Se desconoce la cifra exacta de mujeres que fueron convertidas en esclavas sexuales pero hay consenso entre los historiadores en torno a la cifra de 200.000.
Los registros son escasos, y cada vez quedan menos testimonios debido a la avanzada edad que las mujeres tienen en la actualidad.
Además, muchas de ellas ni siquiera sobrevivieron a la guerra, se estima que un 90% murió.
Y las que lo hicieron tardaron bastante tiempo en quitarse un sentimiento de vergüenza acrecentado por el machismo de la sociedad que les hizo sentirse culpables y avergonzadas por lo que habían vivido, lo que les llevó a guardar silencio durante décadas.
Los primeros burdeles militares del ejército japonés datan de 1932, pero no se expandieron hasta después de 1937. El 13 de diciembre de aquel año tuvo lugar en la ciudad china de Nanking uno de los episodios más oscuros de la ocupación japonesa.
Las tropas imperiales asesinaron brutalmente a miles de soldados y civiles y abusaron sexualmente de entre 20.000 y 80.000 mujeres chinas. Este hecho se conoce como la Violación de Nanking.
Las violaciones masivas estremecieron al mundo por lo que las autoridades japonesas, preocupadas por la imagen del país, optaron por ocultarlas mediante la construcción de nuevos prostíbulos militares, también llamados “centros de solaz” o “estaciones de consuelo”.
Con la expansión de la red de prostíbulos también buscaron garantizar un núcleo fijo de mujeres aisladas para así reducir las enfermedades de transmisión sexual.
Un testimonio paradigmático de lo que sucedió es el de Kim Bok Dong, recogido por el canal de Youtube Asian. Esta mujer de la ciudad de Yangsan (Corea del Sur), fue “reclutada” a sus 14 años cuando varios soldados japoneses les dijeron a sus padres que debían llevársela a una fábrica de uniformes ante la falta de empleados.
De no hacerlo, les amenazaron con exiliarles de Corea. Primero fue llevada al puerto de Busán, donde se reunió con una treintena de mujeres más, con edades de entre 18 y 20 años.
Desde allí un barco les trasladó a Taiwán, donde esperaron un segundo barco que les llevó a la ciudad china de Cantón, donde nada más bajar del barco fueron sometidas a una revisión médica y encerradas en la “estación de consuelo”.

“La primera vez me arrastraron a uno de los cuartos y me golpearon un poco. Así tuve que obedecer (…)
Cuando el hombre terminó estaba sangrando porque era mi primera vez.
La sabana estaba empapada de sangre”, recordó Kim Bok Dong, que poco tiempo después intentó suicidarse junto a dos chicas más, mediante el consumo excesivo de vino Kaoliang, un alcohol extremadamente fuerte que consiguieron dando el poco dinero que llevaba encima a una mujer que limpiaba las instalaciones.
Cayeron inconscientes al borde de la muerte, pero las encontraron y el personal médico les hizo un lavado de estómago.
“Los sábados empezaba desde el mediodía hasta las seis de la tarde. Formaban filas. Era uno detrás de otro (…) Lo hice tantas veces en un día que perdí la cuenta (…) Los domingos empezaba desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde”, contó la mujer surcoreana.
Al finalizar el día, los médicos procedían a administrarle medicamentos y curarle las heridas para que pudiera seguir al día siguiente.
Tiempo después fue trasladada a Hong Kong, Malasia, Indonesia y Singapur. En esta última ciudad vivió la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Para ocultar las “estaciones de consuelo” los soldados japoneses llevaron a las esclavas sexuales a los hospitales militares para que trabajaran como enfermeras.
Después de desempeñarse un año como enfermera y de la rendición del destacamento nipón en Singapur, Kim Bok Dong fue puesta en libertad y regresó a Corea donde se reunió con sus padres.
Regresó con 21 años después de haber sido esclavizada sexualmente durante ocho años. Al principio decidió no contarle nada a su familia. A su madre simplemente le dijo que no quería casarse, pero tras ser presionada por su progenitora terminó por contar el horror que había vivido aquellos años.
Su madre, que falleció de un paro cardiaco inmediatamente, fue la única persona a la que se lo contó hasta que cumplió 60 años y decidió hacer público su testimonio. “Estaba enfadada y resentida. Pensé que las cosas solo podrían resolverse si decía la verdad”.
“No hubo descanso. Tenían sexo conmigo cada minuto”, contó María Rosa Henson, una mujer filipina obligada a prostituirse en 1943, a Deutsche Welle. Las violaciones multitudinarias eran diarias, y con mayor intensidad antes de las batallas.
“Algunos soldados eran buenos; otros eran perversos. Algunos me daban patadas y puñetazos en la cara.
Me daban patadas en la vagina y, cuando me negaba a servir a los soldados, me pegaba mi jefe. Trabajaba de nueve de la mañana a cuatro de la tarde “sirviendo” a soldados. Siempre había una cola muy larga.
Los soldados que esperaban gritaban “haiyaku, haiyaku”, que significa “rápido, rápido”. El segundo turno comenzaba a las cinco de la tarde y terminaba a las ocho de la mañana. Este turno estaba reservado para oficiales de algo rango que pagaban más y que podían pasar la noche con mujeres. (…)
Tenía dolores fortísimos todo el tiempo; sentía como fuego en la vagina”, relató Choi Gap-soon, una mujer coreana que también participó en el informe de Amnistía Internacional mencionado, y que fue llevada a Manchuria cuando tenía 14 años, permaneciendo esclavizada durante 12.
La primera mujer en testificar públicamente fue la surcoreana Kim Hak-soon, en agosto de 1991 con 74 años, tras más de 50 años de silencio. Kim Hak-soon explicó que había tomado la decisión porque ya no tenía parientes cercanos vivos que pudieran avergonzarse de su pasado.
Su testimonio abrió la puerta a que mujeres de su país y también de otros lugares de Asia empezaran a contar sus casos. En Filipinas, Lola Rosa Henson contó su historia en 1992 en la radio y la televisión nacional, y animó a las supervivientes a dejar atrás el sentimiento de vergüenza y a exigir justicia.
Ese mismo año la neerlandesa Jan Ruff O’Herne compareció como testigo en una audiencia pública sobre crímenes de guerra japoneses. Poco a poco más mujeres siguieron sus pasos.
“A veces quisiera volver a nacer, reencarnarme en una mujer y tener un hijo y una vida feliz. Siempre que veo que otras personas reciben visitas de sus nietas y nietos, desearía tenerlos yo también, siento envidia de esas personas (…) Me siento sola”, es el testimonio de Lee Ki-sun recogido en 2005. Una de las muchas mujeres que fallecieron sin encontrar consuelo.
Leanne, déjame contarte una historia
Esta carta fue escrita por una antigua «mujer confort» filipina, de setenta y nueva años de edad, a una niña de diez, hija de una mujer cuyo trabajo –en el campo de la violencia contra las mujeres en situaciones de guerra y conflicto armado –exige frecuentes viajes.
Leanne es la hija menor de Indai Lourdes Sajor, Directora Ejecutiva del “Asian Center for Women’s Human Rights” (ASCENT). En 1993, Indai Sajor entabló un juicio en un tribunal de un distrito de Tokio a favor de cuarenta y seis demandantes filipinas, todas sobrevivientes de la esclavitud sexual militar por el Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
Gertrude Balisalisa, o Lola Tuding, como se le llama con cariño, es la segunda mujer confort filipina en salir a la luz pública, en 1992, para hablar de las atrocidades sufridas por ella en manos del Ejército Imperial Japonés.
Ella entabló el juicio en Tokio con las otras mujeres confort filipinas. Tiene setenta y seis años y vive sola, medio tullida, en una pequeña casita. Su ambición en la vida era ser abogada. La historia de Lola Gertrude
Balisalisa, o Lola Tuding, ha sido documentada por la NBC, en Estados Unidos, y por NHK, en Japón.
Desde la edad de cuatro años, Leanne asistía con su madre a innumerables acontecimientos de apoyo al caso de las mujeres confort filipinas. Por esto, las Lolas (abuelas) han llegado a considerarla como una nieta. Sus historias durante la guerra son bien conocidas por Leanne. Hoy ella tiene diez años y continúa visitando, con su madre, a las Lolas.

“No podía quedarme embarazada. No podía ni pensar en tener un bebe; tenía enfermedades que afectaban a mi capacidad para tener hijos”, Lee Ok-sun, de 89 años.
La demanda por compensación y reparación por los crímenes de guerra contra el gobierno japonés fue declarada sin lugar por el tribunal de distrito de Tokio el pasado 9 de octubre de 1998. El juez que presidía rehusó aceptar y analizar el caso, a pesar de seis años de audiencias, testimonios y opiniones de personas expertas en Derecho, afirmando que no existía base legal para las demandas de las víctimas, aún
bajo la legislación internacional humanitaria.
Las demandantes desde entonces llevaron el caso a la Alta Corte de Justicia de Tokio. Este revés no ha desanimado a las mujeres de continuar. En agosto de 1996, en Pampanga (al norte de Filipinas), Indai, por medio de ASCENT, encabezó la investigación y documentación de los testimonios de 80 mujeres, víctimas de violación de grupo y esclavitud sexual militar del Japón durante la Segunda Guerra Mundial. ASCENT las organizó, bajo el nombre de las Lolas de Malaya, y demanda justicia, reparos legales, rendición de cuentas del Estado y compensación legal a su favor.
La presidenta de este grupo es Lola Tuding. Recientemente se han descubierto investigaciones y documentos de guerra que detallan el involucramiento de Japón en las violaciones tumultuarias de la mujeres en Mapanique.
13 de julio, 1999
Querida Leanne,
Desde la última vez que te ví, he estado pensando en cómo pasas el tiempo después de tus actividades diarias, cuando por fin estás sola y tu madre se encuentra lejos, en lugar de estar contigo, escuchándote contar tus actividades y problemas del día. Habrás imaginado cómo te podría ella haber ayudado a sobrepasar las dificultades, y cómo ambas podrían reirse de tus historias divertidas, o llorar de lo triste; y cómo juntas podrían haber pasado tantas horas de alegría y satisfacción la una en brazos de la otra.
Ay Leanne, yo he experimentado la misma soledad, la misma sensación de tristeza, darme cuenta que quizá nunca vea a mi familia otra vez. Déjame contarte una historia, Leanne. Justo antes de la Segunda Guerra, yo estaba casada con un ingeniero civil y vivíamos en Manila. Teníamos dos hijos y yo creía que siempre sería feliz con mi familia.
En 1944, mi marido fue asignado Ingeniero de Distrito en Camarines Sur, una provincia grande en la Región Bicol. Nos fuimos de Manila con él. Poco tiempo después, una unidad del Ejército Japonés aterrizó en la capital, Naga.
No pudieron entrar a sus cuarteles ya que el más largo puente de la región, que tenían que cruzar, había sido bombardeado por las guerrillas locales. Inmediatamente a mi marido el comandante le encargó reparar el puente. Después de varios meses estuvo terminado, pero el comandante dudaba de su fuerza. Ordenó traerme a mí y se nos obligó a pasar el puente muchas veces antes de que el comandante estuviera satisfecho.
Ese incidente llevó a mi captura. Esa fue la primera vez que el comandante me vió. Después de varios días, cuando me quedé sola en la casa con mis hijos y su nana, el comandante japonés llegó y sin mucho rodeo, me ordenó irme con él. En ese tiempo, nadie podía rechazar a un japonés. Aunque yo no quería dejar a mis niños, no tuve otra opción.

“Un noche me violaron cinco hombres. Los soldados se alternaban, así que eran hombres distintos cada noche […] Si me negaba, me daban bofetadas y golpes.” Lola Pilar, de 79 años (en 2005).
Primero me llevaron a un lugar en Albay, llamado los Cuarteles de Regan, el campamento militar de la región Bicol; luego, pasada la medianoche, nos fuimos a una zona boscosa hacia Camarines Sur, en dónde el comandante japonés tenía su unidad, la cual me parecía un centro de mensajes.
Me informó que yo sería su mujer confort personal, pero que si durante la semana él tenía visitantes, oficiales de otras unidades, también tendría que servirles a ellos como tal. Las lágrimas y las súplicas no lo conmovieron. Más bien, me pegó con fuerza. Yo me sentía muy sola, especialmente en las noches. Lloraba y extrañaba a mis hijos.
Extrañaba tanto a mi familia! Dejé de comer y de hacer lo que se me ordenaba en protesta. Como respuesta, recibí torturas mentales y físicas. Mi único recurso era la oración. Me obligué a comer comida medio cocinada para sobrevivir.
La tortura física no la recibía sólo del comandante, sino también de sus visitantes cuando estaban disgustados conmigo. Uno de ellos me dio una fuerte patada con sus botas cuando una vez me vio llorando. Me dio en la columna vertebral, y hasta este día, estoy parcialmente discapacitada y padezco dolores físicos.
A una de las mujeres confort del campo la mataron a sangre fría cuando trató de llamar la atención de la guerrilla que pasaba. Esto me hizo abandonar mi idea de escapar. Este tipo de prisión continuó por más de un año. Después de cinco meses más de vida tortuosa en el campo, escuché un día el sonido de aviones sobrevolando el campo.
Cuando me asomé a la ventana ví cómo caían muertos soldados japoneses. Luego, el comandante recogió a toda carrera los papeles de su escritorio sin siquiera mirar atrás, salió y se montó en su camión y huyó despavorido del campo. A estas alturas ya no quedaban soldados. Las otras chicas salieron de sus chozas. Juntas corrimos hacia el camino que llevaba al pueblo. Me separaron de las otras chicas. Cerca del camino, oí que se aproximaban motores pesados.

“Después del primer soldado vinieron dos más. No me daba ya cuenta de lo que pasaba; estaba muy débil […] entones no tenía aún la menstruación.” Fidencia David (Lola Piding), de 77 años (en 2005), Manila, Filipinas.
Al acercarse, vi que eran vehículos americanos, la primera vez en mi vida que yo veía jeeps. Uno se detuvo. Después de explicar mi situación al oficial a cargo, me dejó ir con él a los cuarteles Regan que los americanos habían recuperado. Ahí me dieron otra muda, tratamiento médico y me alimentaron. Después de más o menos una semana, le rogué al comandante que me llevara a casa.
Estuvo de acuerdo y me mandó con dos soldados a mi hogar en Naga, Camarines Sur.
Cuando llegué, mi marido estaba ahí. En frente de los soldados americanos me dió una cálida bienvenida. Cuando ellos se fueron, se volvió hacia mí fríamente, me enseñó un cuarto separado y sin ninguna expresión en su rostro, me dijo que ya no podría vivir conmigo igual que antes porque el no quería obras del ejército Japonés.
Prohibió a mis hijos venir a verme. Fue muy cruel. Me silenció, me sacó como un mueble. Pero cuando tenía necesidad de mí, entraba por la noche a mi cuarto y, de nuevo, yo era una mujer confort. Esta vez para mi propio marido.
De esta manera, tuve dos hijos más. Poco después que mi cuarto niño nació, a mi esposo lo asignaron ingeniero de distrito en Davao. Nos llevó a todos allá, en dónde tenía un hermano abogado a quién yo todavía no había conocido.
Después de varios meses en Davao, me espanté un día al regresar a casa del mercado, pues encontré mi casa vacía y en desorden. Mis cuatro hijos no estaban, y sólo estaba mi marido. Me informó que por fin, los había separado de mí.
(Gertrude Balisalisa, o Lola Tuding)
Dijo que yo no era una buena madre para ellos. Me dió cincuenta pesos y se fue sin más.
Busqué ayuda de la policía, sin éxito.
Solicité a una trabajadora social que me devolviera a Manila.
Cuando llegué allá, el Alcalde, quien entonces era el Alcalde Villegas, me empleó como trabajadora social en el ayuntamiento.
Cuando su período expiró, lo mismo sucedió con mi contrato. Opté por dar lecciones privadas para mantenerme.
Esta fue mi vida durante varios años, hasta que una noche, antes de dormirme, eschuché una voz femenina en la radio, avisando a las escuchas que si ellas o alguna conocida habían sido víctimas de las Fuerzas Armadas Japonesas durante la guerra, nos presentáramos en la oficina que se había establecido para ayudar a las sobrevivientes de esclavitud sexual de las milicias japonesas.
La voz era de Lola Rosa Henson, la primera mujer confort filipina en salir a contar su historia. Respondí a su llamado y me presenté en la Oficina de Fuerza para las Mujeres Confort Filipinas. Ahí fue en dónde conocí a tu madre, Leanne, y a través de ella me enteré de que yo era la segunda sobreviviente con valor
suficiente de salir a la luz pública.
Fue por ella que logré ese valor, y desde entonces mi vida ha cambiado. Ahora empiezo a tener esperanzas de una justicia tardía, ahora sueño que algún día muchas personas, en especial mis hijos, se darán cuenta de que lo que nos sucedió en el pasado no fue nuestra culpa, sino que la Segunda Guerra destrozó la vida de millones de personas, entre ellas la mía.
Fue tu madre, Leanne, quien me inspiró para tener esperanza. Como miembra de la Oficina de Fuerza de las Mujeres Confort Filipinas llegué a entablar un juicio contra el gobierno japonés. Conocí a personas que están en los grupos japoneses de solidaridad con las mujeres confort, quienes también son buenas y sinceras en su intención de ayudarnos y reparar los crímenes cometidos por sus gobiernos.

Virginia Bangit (izquierda), de 81 años (en 2005), una de las Malaya Lolas (“Abuelas de la Libertad”) de Mapanique, Filipinas.
Más adelante, junto con tu madre Indai, fundamos las Lolas Malayas. Todo esto me llevó a conocer a tu madre, y luego a tí, Leanne.
Hasta el día de hoy extraño profundamente a mis hijos. No los culpo. Su padre los hizo odiarme. Como él lo dijo, fuí deshechada como una sobra del gobierno japonés. Ahora vivo sola. Cada vez que te veo, Leanne, siento el raro gozo de tener una niña que escuche mis historias, que ría y llore conmigo. Esta experiencia me fue robada para siempre por los soldados japoneses, por mi propio esposo y mis propios hijos.
Pero tu me haces recordar. Así que recuerda, Leanne, no eres la única que ha sufrido momentos de dolor cuando añoras la compañía de tu madre. Recuerda que alguien más siente lo mismo, aún ahora en sus fantasías.
Ella sabe lo que es extrañar a sus seres amados a quienes tuvo en los brazos hace mucho mucho tiempo, y a quienes extrañará en cada momento del resto de su vida.
Gracias, querida Leanne, por reparar la falta de mis niños en todas las maneras tan dulces en que lo haces. Que dios te bendiga por esto.
Con mucho amor,
Lola Tuding
El negacionismo de Japón
Durante décadas Tokio ha rechazado reconocer la existencia de las “mujeres de consuelo”. Su postura es que eran prostitutas por voluntad propia o de la mano de traficantes, pero en cualquier caso algo ajeno al ejército japonés. Además, defendían que cobraban por sus servicios.
En 1993, por primera vez el gobierno japonés reconoció que miles de mujeres asiáticas y también europeas (ciudadanas de las colonias), habían sido esclavizadas sexualmente y pidió perdón por las atrocidades cometidas, en la denominada Declaración Kono. El país nipón reconoció los hechos a regañadientes cuando las pruebas eran irrefutables.
Sin embargo, no fue hasta 2015 que accedió a pagar indemnizaciones a parte de las víctimas, en el marco del acuerdo alcanzado con Corea del Sur. Por entonces se comprometieron a ingresar 8,3 millones de dólares en un fondo de compensación. No obstante, el acuerdo no contentó a las víctimas, a las que ni siquiera se les permitió participar. Cuando el liberal Moon Jae-in llegó a la presidencia de Corea del Sur, canceló el acuerdo, que había sido firmado por su predecesora, la conservadora Park Geun-hye.

Lee Ok-sun (izquierda), de 89 años, con otras mujeres en House of Sharing, Corea del Sur .
Por su parte el gobierno chino ha sido beligerante con Japón por esta cuestión y ha llegado a convertirse en uno de los puntos fundamentales en su relación con el país vecino.
En el otro lado está Filipinas, cuyo gobierno, encabezado por Rodrigo Duterte, se ha plegado a las presiones de Tokio e incluso ordenó la retirada de una estatua en honor a las “Lolas”, como se conoce a las “mujeres de consuelo” filipinas.
El país asiático ha preferido priorizar la estrecha relación comercial con Tokio, así como no poner en peligro la recepción de fondos en ayuda al desarrollo que percibe de Japón.
Secuelas de por vida
Enfermedades, lesiones físicas y un daño psicológico irreparable son algunas de las secuelas que les quedaron a las mujeres supervivientes secuestradas por el ejército japonés.
El ostracismo social fue otra de ellas.
Las normas culturales patriarcales de las sociedades de las que provenían las marcaron como mujeres no “virtuosas” al haber sido violadas, y por lo tanto no aptas para el matrimonio.
Además, no siempre eran capaces de tener hijos debido a las lesiones internas causadas por las violaciones masivas y a las ETS contraídas.
A la terrible experiencia vivida se sumaba el rechazo de su familia y amigos. Muchas vivieron el trauma en silencio durante prácticamente toda su vida para evitar el escarnio social. Durante gran parte de su vida las víctimas han vivido con un sentimiento de culpa y vergüenza.
“Lo único que hacía era llorar… Mis primas me ayudaron a recuperarme poco a poco. Sentía mucha vergüenza por lo que había ocurrido. Estaba asustada. Si la gente se reía, pensaba que se reía de mí”, contó Lola Belan, superviviente filipina.
El miedo a mantener relaciones con hombres también es común entre estas mujeres, así como la animadversión a tener sexo. Algunas de las que lo intentaron mantuvieron relaciones donde el abuso y la violencia también era la norma.
Muchas de estas mujeres no llegaron a ver hacer justicia, y las que todavía viven quizá no puedan ver tampoco ese día. Desde ya, en su momento, han conseguido algo impresionante al seguir enfrentándose al gobierno japonés a pesar de las mentiras y las negativas
La lucha por la justicia ha fortalecido la voz de las mujeres de todo el mundo. La voz de estas supervivientes ha dado impulso a un movimiento global que exige que se aborden los delitos de violencia sexual.
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