¿Por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas? …

ElPaís(J.Jones/TheGuardian)/LaNación(F.Kukso) – ¿Por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas? Tal y como los usuarios que le hacen esa pregunta a Google han podido comprobar con exactitud, existe una lúgubre ausencia de sonrisas en las primeras fotografías de la historia. Los retratos fueron uno de los principales atractivos de la fotografía desde su invención. En 1852, por ejemplo, una chica posó para un daguerrotipo con la cabeza ligeramente girada, lanzando al objetivo una mirada firme y segura, y sin sonreír. Así, queda conservada para siempre como una joven de lo más severo.
Esa severidad aparece por doquier en las fotografías victorianas. Charles Darwin, que según todas las fuentes era un hombre afable y un padre cariñoso y bromista, parece congelado en la melancolía en todas sus fotos. En el gran retrato del astrónomo John Frederick William Herschel realizado en 1867 por Julia Margaret (ver más abajo), su profunda introspección taciturna y su pelo enmarañado, bañado por la luz, le daban el aire de un rey Lear trágico. ¿Por qué nuestros ancestros, desde los desconocidos que posaban para retratos familiares a los personajes famosos y de renombre, se ponían tan sumamente tristes delante del objetivo?

No hay fotos de Marie Curie sonriendo. En sus retratos, la radiactiva científica polaca aparece siempre seria, ensimismada, cansada. No es enojo ni indiferencia, sino algo parecido a lo que los franceses llaman ennui -es decir, una suerte de aburrimiento crónico-, como si con en ese gesto buscara tapiar, bloquearle a los curiosos el acceso a su insondable mundo interior.
No es, por supuesto, la única. Ahora lo olvidamos, pero sonreír en las fotografías recién se convirtió en una práctica habitual a fines de la década de 1930, casi un siglo después de la invención de esta tecnología.
La gente del pasado no era necesariamente más pesimista que nosotros; las personas no deambulaban por el mundo en un estado de tristeza perpetua, aunque, de haberlo hecho, estarían justificados, al vivir en un mundo con altísimas tasas de mortalidad en comparación con el Occidente actual, con una medicina del todo deficiente para nuestros estándares. De hecho, los victorianos se tomaban con humor incluso los aspectos más lúgubres de su sociedad. Ahí estaba Chaucer escribiendo Los cuentos de Canterbury, que aún arrancan carcajadas, en el siglo de la peste negra. O Jane Austen, que encontró cantidad de elementos tronchantes en la época de las guerras napoleónicas.
La risa y el regocijo no solo eran habituales en el pasado, sino que estaban mucho más institucionalizados que hoy en día: desde los carnavales medievales, donde comunidades enteras disfrutaban con payasadas y extravagancias cómicas desenfrenadas, hasta las imprentas georgianas, donde la gente se reunía para enterarse de los últimos chistes. Lejos de reprimir los festivales y la diversión, los victorianos, que inventaron la fotografía, también confirieron a la Navidad el carácter de fiesta laica que tiene en la actualidad.
Así las cosas, la seriedad de la gente en las fotografías del siglo XIX no puede ser prueba de una tristeza y depresión generalizada. No se trataba de una sociedad que vivía en una desesperanza perenne. Más bien, la verdadera respuesta tiene que ver con la actitud hacia el retrato en sí.
Las personas que posaban para las primeras fotografías, desde las severas familias de clase media que dejaban constancia de su estatus hasta los famosos captados por el objetivo, las concebían como un momento significativo. La fotografía aún era muy poco corriente y hacerse una foto no era algo que ocurriera todos los días. Para mucha gente, podía tratarse de una experiencia única en la vida.
Algunos dicen que la falta casi total de registros de sonrisas durante aquellos cien años se debe a que hasta entonces, cuando las cámaras eran artefactos incómodos, caros y solo podían ser operadas por inventores y entusiastas, tomaba tanto tiempo capturar una imagen que la gente renunciaba a mantener una sonrisa el tiempo suficiente. Además, sonreír era una ofensa: la fotografía, como por entonces «novedad tecnológica», seguía los cánones de la pintura donde las sonrisas eran mal vistas pues, como indica el historiador australiano Angus Trumble en A Brief History of the Smile, hasta entonces se las solía asociar con la locura, con los lascivos, pobres e indecentes. De ahí la revolución del sutil arqueo labial de La Mona Lisa: hipnotizaba por su rareza, atraía por su burla a la tradición.

Antes de su democratización como ritual, sacarse una foto era un sufrimiento. Un daguerrotipo, por ejemplo, tenía un tiempo de exposición a la luz de 15 minutos. Los retratos por entonces no eran tanto un registro de una persona, sino un ideal formalizado. Y nadie quería ser inmortalizado como un demente.
Varios historiadores consideran que la imposición de la sonrisa como un reflejo cultural y social de nuestro tiempo se debió tanto a una silenciosa transformación cultural como a un viraje técnico.
Como gancho publicitario y el objetivo de crear un mercado, la compañía Eastman Kodak (más conocida simplemente como Kodak) a partir de 1913 buscó asociar a través de omnipresentes avisos sus productos a experiencias positivas como celebraciones y momentos de diversión, instalando así una norma, cómo deberíamos vernos. » Kodak creó no solo un producto sino también una cultura», dice el historiador Douglas R. Nickel en su libro Snapshots: The Photography of Everyday Life.
De hecho, la pregunta podría reformularse: ¿por qué las fotografías antiguas son mucho más conmovedoras que las modernas?
Lo cierto es que la grandeza existencial de los retratos tradicionales, la gravedad de Rembrandt, aún sobrevive en la fotografía victoriana. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda. Las fotos representan la sociabilidad: queremos transmitir que somos gente sociable y feliz. Así que sonreímos, nos reímos y hacemos el tonto en selfis infinitos, infinitamente compartidos.
Un selfi risueño es la antítesis de un retrato solemne, una mera representación momentánea de la felicidad. No tiene ninguna profundidad, y por ende ningún valor artístico. Como documento humano resulta inquietantemente desechable.
Sonreír ante la cámara, así, se volvió un reflejo automático, el gesto cultural imperante del siglo XX (y de lo que va del XXI). De signo de obscenidad, en solo algunas décadas se transformó en un profundo acto de comunicación no verbal congelado para la eternidad por la cámara: señal física de calidez, disfrute o incluso de felicidad. Genuino o no, el acto de sonreír ampliamente exhibe seguridad, autoconfianza.

Y, como demuestra nuestra actual cultura instagrameable e instagramizada, también las sonrisas son súplicas de atención. Hay estudios que indican que las fotos con caras y sonrisas obtienen un 38 por ciento más de likes. «Nos atraen naturalmente las caras», dice la investigadora Saeideh Bakhshi del Instituto de Tecnología de Georgia, autora de la investigación. «Somos animales sociales y queremos ver a otras personas; las sonrisas y rostros nos reconforta y nos hace sentir seguros. Esto está grabado en nosotros desde muy temprana edad, cuando los bebés buscan el apoyo de sus padres».
Las sonrisas son adictivas: investigaciones recientes muestran que cuando uno le sonríe a una persona, su cerebro la alienta a devolver el favor, creando así una relación simbiótica que les permite a ambos liberar sustancias químicas placenteras.
Mientras en casi todas las demás especies, desnudar los dientes es una amenaza o una demostración de fuerza, los humanos estamos evolutivamente adaptados para detectarlas a la distancia como signo de amistad. Es decir, la sonrisa es una herramienta de supervivencia social que conecta y nos permite diferenciar entre amigo o amenaza. «Lo curioso es que es un comportamiento preprogramado -dice el psicólogo Frank McAndrew-. Los niños que nacen ciegos nunca ven a nadie sonreír, pero muestran los mismos tipos de sonrisas en las mismas situaciones que las personas videntes».
Qué hermosas y cautivadoras son las fotografías antiguas en comparación con nuestros ridículos selfis. Probablemente aquella gente seria se divertía tanto como nosotros, si no más. Pero no tenían la necesidad histérica de demostrarlo con fotos. Al contrario, cuando posaban para una fotografía pensaban en el tiempo, la muerte y la memoria. La presencia de esas realidades solemnes en las fotografías del pasado las hace mucho más valiosas que las instantáneas con una felicidad tonta colgadas en Instagram. A lo mejor, nosotros también deberíamos dejar de sonreír a veces.
Deja un comentario