Sucesos e historias de la Segunda Guerra Mundial…

Soldados georgianos heridos en Texel
– El levantamiento de Texel, la última batalla de la Segunda Guerra Mundial en Europa
L.B.V.(J.Álvarez) — La Segunda Guerra Mundial fue terminando poco a poco en Europa en la primavera de 1945 (en al Pacífico se prolongó hasta finales del verano). Después de la muerte de Hitler el 30 de abril, el almirante Dönitz le sustituyó al frente del gobierno alemán y el 2 de mayo rindió Berlín a los soviéticos, el mismo día que la mayor parte de la Wehrmacht arrojaba las armas.
La rendición definitiva e incondicional fue el 7 de ese mes, aunque todavía se libraron algunos combates póstumos. El que se considera último no concluyó hasta el día 20 de mayo y revistió unas características bastante peculiares; fue lo que se conoce como Revuelta Georgiana de Texel.
Texel es una isla, la más grande del Archipiélago Frisio, que pertenece a los Países Bajos y está situada entre Den Helder (con la que se une cada 15 minutos por ferry), Noorderhaaks y Vlieland. Tiene una superficie de 585,96 kilómetros cuadrados (una veintena de longitud por unos 8 de ancho), siendo buena parte de agua.
De hecho, en realidad se trata de dos islas, Eierland y Texel propiamente dicha, que se unieron en 1630 gracias a la construcción de un dique que dejó el estrecho que las separaba convertido en un pólder con su pueblo y todo: De Cocksdorpo (originalmente Nieuwdorp).
El 31 de agosto de 1940 ese lugar fue el escenario de una batalla naval entre Aliados y alemanes. O, para ser exactos, del hundimiento de dos destructores de la Royal Navy de una flotilla cuando avistaron lo que tomaron por una fuerza naval de invasión -no era tal- y, al salir a interceptarla, chocaron con sendas minas; un tercer destructor que acudió en su auxilió también resultó dañado, aunque logró salvarse.
El Desastre de Texel, como se lo bautizó, originó el rumor de que se había podido rechazar a los alemanes quemando petróleo sobre el mar; nada más lejos de la realidad porque, como en el resto de territorio holandés, la bandera de la esvástica ondearía allí durante el resto de la contienda.

El incidente de los destructores costó 300 vidas y un centenar de prisioneros pero aquella isla todavía se iba a cobrar un tributo aún mayor, con la trágica ironía de que lo haría con la guerra ya terminada.
Como decíamos antes, todo empezó a medianoche del 5 de abril de 1945, mientras el 1º y 9º ejércitos del general estadounidense Omar Bradley remataban el cerco de la cuenca del Ruhr, apresando a cerca de 300.000 soldados germanos, antes de girar hacia el este para entablar contacto con el Ejército Rojo en el Elba, cosa que lograrían a mediados de mes.
Era aproximadamente la una de la madrugada cuando los miembros georgianos del 882º Batallón Königin Tamara, una unidad que llevaba el nombre de una reina georgiana del siglo XII y estaba formada por combatientes ex-soviéticos capturados, a los que se ofreció alistarse en las filas alemanas y destinados precisamente a Texel, protagonizaron una inesperada insurrección que les dio el control de casi toda la isla, con la esperanza de ser auxiliados por paracaidistas Aliados cuya llegada se rumoreaba que sería inminente, dado el curso de la guerra y que así lo había pedido la resistencia holandesa.
Aquellos georgianos que habían caído prisioneros en el frente ruso tuvieron que enfrentarse a una grave disyuntiva: ser internados en campos de concentración o aceptar la oferta de pasarse al bando contrario como tropas auxiliares junto a sus compañeros voluntarios. Había ya unas cuantas unidades de la Wehrmacht integradas por extranjeros, muchas de ellas de carácter abiertamente anticomunista, y la Legión Georgiana, de la que formaba parte la unidad, recibía por eso un trato preferente; al fin y al cabo, los georgianos eran considerados arios (algunos incluso fueron asesores de Alfred Rosenberg, caso de Alexander Nicuradse o Michael Achmeteli) y contaban con ellos para controlar una hipotética Georgia independiente de la Unión Soviética.
Teniendo en cuenta que aceptar ir a un campo equivalía a la muerte con casi total seguridad, la mayoría eligió vestir el uniforme alemán; a despecho de Hitler, por cierto, que no acababa de fiarse de ellos porque sólo tenían un pequeño porcentaje de sangre nórdica. Sin embargo, la Wehrmacht no consiguió ocupar Georgia y la Legión operaría en su mayor parte en Ucrania. Eso sí, hubo excepciones porque se llegaron a formar trece batallones de cinco compañías cada uno y algunos, fruto del mencionado recelo del Führer, irían al otro extremo de Europa para luchar en el frente occidental.

Búnker alemán en una playa de Texel
En junio de 1943, reunido ya un número considerable de hombres, fueron enviados a Kruszyna, un pueblo de Mazovia (región del centro-este de Polonia), no lejos de la ciudad industrial de Radom, para formar el batallón. El número de efectivos ascendía a 800 soldados georgianos más 400 alemanes, siendo la mayor parte de estos últimos los oficiales y suboficiales. Como era habitual, esa fuerza se empleó sobre todo en la lucha anti-guerrillera; al menos en principio, pues en agosto recibió la orden de relevar a la Indische Freiwilligen Legion (un regimiento de las Waffen SS compuesto por voluntarios y prisioneros de guerra indios), destinada en Zelanda como parte del Muro Atlántico.
El 1º Batallón indio estaba acantonado en Zandvoort desde mayo y el 2º en Texel. Los georgianos llegaron a la primera localidad el 30 de agosto y allí se acuartelaron hasta febrero de 1945, mientras se decidía si cambiar de nombre a su unidad para rebautizarla IV. Battalion Jäger-Regiment 32 e integrarla en la 16ª División de Campaña de la Luftwaffe. Al final conservó la denominación original y el día 6 fueron trasladados a la isla, dado que se cernía sobre el país la amenaza de una invasión Aliada. Ese rumor fue, paradójicamente, el que incitó a los georgianos a rebelarse; al fin y al cabo, no tenían nada que perder.

(Cementerio de los soldados georgianos en Texel )
La citada noche del 5 de abril, previo acuerdo, los georgianos se deshicieron de los oficiales alemanes mientras dormían y consiguieron el control de la mayor parte de la isla.
Solamente lograron resistir las baterías costeras de los litorales norte y sur, que sirvieron de cabeza de puente para los refuerzos que llegaron rápidamente del continente: 2.000 hombres del 163º Marine-Schützenregiment (marinos sobrantes reconvertidos en soldados de infantería) que, con apoyo artillero, en apenas un par de semanas recuperaron el dominio insular derrotando a los sublevados, mientras éstos esperaban en vano la ayuda Aliada; únicamente habían obtenido la de la resistencia holandesa y la de algunos vecinos del lugar y, quienes pagaron un elevado precio de más de un centenar de muertos.
Como los germanos fallecidos fueron unos 400, a los que hubo que sumar otros tantos en los combates posteriores (el número es incierto y hay fuentes que lo aumentan a dos millares), y los georgianos también sufrieron una ostensible cantidad de bajas, 565 (entre ellos su líder, Shalva Loladze), queda patente que aquellos combates fueron agónicos y descarnados. Pero, claro, sin auxilio exterior sólo podía esperarse el final que tuvo.
Los marines alemanes barrieron el terreno casa por casa, apresando a la mayoría de los georgianos, a los que consideraron traidores y fusilaron sumariamente tras obligarles a cavar sus propias fosas y despojarse de sus uniformes.
228 georgianos supervivientes trataron de esconderse como pudieron, unos ocultados por la población local y otros, a la desesperada, en campos de minas o varas de heno. La trágica ironía fue que un mes después Alemania se rendiría, pero en Texel continuaron las hostilidades porque el comandante alemán (que se había librado al pasar la noche en tierra firme con su amante) no consideraba a sus adversarios más que como simples traidores y por eso desoyó las instrucciones a tal efecto que enviaba el teniente general Guy Simonds, del II Cuerpo Canadiense, que había ocupado Holanda.
Así fue hasta el 20 de mayo, cuando esas tropas, al mando del teniente coronel Kirk, tuvieron que desembarcar allí y poner fin a la que fue la última batalla de la Segunda Guerra Mundial en suelo europeo. La pesadilla parecía haber acabado felizmente; sin embargo, faltaba un siniestro epílogo.
Pese a la intercesión canadiense, lo estipulado en la Conferencia de Yalta obligaba a repatriar a todos los soviéticos en poder de las potencias del Eje, por lo que los georgianos fueron enviados a la Unión Soviética.

Allí, aunque el diario Pravda los elogió como patriotas en un primer momento, descubrieron que luego no se les trataba como a héroes sino que se les acusaba de traición, por haber aceptado unirse a la Wehrmacht.
El intento de cuatro de ellos de escapar en bote hacia Inglaterra para prometer fidelidad a los Aliados no había dado fruto.
Su revuelta postrera les sirvió para evitar el juicio pero no para que una parte del grupo principal acabara en gulags, ya que Stalin había considerado merecedor de castigo a cualquiera que se dejase capturar por el enemigo.
A partir de 1956, con la desestanilización, se empezó a liberar a los que aún vivían. Es curioso que, entonces sí, se les reconociera el mérito negado antes.
El embajador soviético en Holanda visitó cada año (hasta la caída del régimen comunista en 1991) el cementerio de Hogeberg, en Texel, donde se enterró a la mayoría de los caídos; en 2005 fue el presidente de Georgia, Mijeil Saakashvili, quien pasó por allí para rendir honores con una ceremonia en la que esparció tierra georgiana sobre las tumbas.
Por su parte, los restos mortales de los caídos alemanes descansan en el camposanto militar de Ysselsteyn (Limburgo), a donde fueron trasladados en 1949 desde Den Burg, la capital insular, en cuyo aeropuerto hay un Museo de la Aviación que incluye una exposición permanente sobre estos hechos.
– «Todavía en patrulla», la calificación que la US Navy da a los submarinos y aviones desaparecidos
Placa en recuerdo de los submarinos desaparecidos
Hay unos cuantos mitos que giran en torno a un personaje o varios condenados a hacer algo eternamente. No hace falta exprimir mucho la memoria para que se nos vengan a la cabeza Sísifo y la enorme roca que Zeus le obligaba a empujar hasta la cima de una colina, rodando ladera abajo en el último momento y teniendo que volver a empezar una y otra vez.
O la leyenda del Holandés Errante, el barco que debía vagar para siempre por los mares sin tocar tierra nunca como castigo divino por haber hecho un pacto con el diablo para no naufragar. El del Holandés viene bien para este artículo, pues resulta que en la US Navy algunos submarinos llevan toda la vida de patrulla sin regresar a puerto. Veamos cómo es posible.
Ante todo es necesario aclarar que existe una diferencia fundamental con los mitos reseñados antes: en este caso no se trata de una maldición ni de una implacable sentencia sino de todo lo contrario; una bonita forma de honrar la memoria de las tripulaciones. La memoria, sí, porque en realidad se refiere a los submarinos que no regresaron jamás de sus misiones pero cuyo destino se desconoce.
Es evidente que estarán reposando eternamente en el fondo del mar tras haber sido hundidos por el enemigo, o bien sufrieron algún tipo de accidente que les supuso un final trágico. Pero como no se sabe, se adoptó la original costumbre de considerarlos Still on patrol, es decir, «Todavía de patrulla».

El Holandés Errante (Albert Pinkham Ryder)
Los marineros en servicio activo nunca se plantearían siquiera la posibilidad de dejar atrás a sus compañeros. Es una idea común en las fuerzas armadas no abandonar a nadie en el campo de batalla, entre otras razones porque se considera humillante para la unidad. De hecho, en las maniobras y entrenamientos se practica la retirada en la que unos llevan a otros a cuestas como si fueran heridos.
El problema es que eso resulta imposible en la mar, máxime si hablamos de submarinos, naves que normalmente operan en solitario -no en vano se las apoda lobos solitarios– y a menudo deben guardar silencio para no delatar su posición.
Otra cosa son los submarinos que se van a pique en sitios localizados, para los cuales se organizan aparatosos rescates, unas veces con éxito y otras no. Son famosos dos casos ocurridos en la Marina estadounidense. Uno tuvo lugar en 1927, cuando el S-4 se hundió en Cape Cod tras chocar con un destructor de la Guardia Costera cerca de Massachussets y en cuyo interior sobrevivieron varios marineros durante tres días en el fondo sin que nadie fuera capaz de sacarlos.
El otro, en 1939, fue el del USS Squalus, que se inundó en New Hampshire durante la inmersión de prueba y quedó inmovilizado a 74 metros de profundidad, aunque se pudo sacar a 33 de los 59 tripulantes. Pero ambos estaban cerca de la costa y en tiempos de paz; las circunstancias bélicas cambian totalmente la situación.

El USS Squalus fue reflotado y rebautizado USS Sailfish
Por tanto, esos sumergibles que desaparecen sin dejar rastro reciben la citada consideración de Still on patrol y cada año, al llegar las fiestas navideñas, los compañeros de comunicaciones en tierra envían la correspondiente felicitación por radio, aunque saben que esas ondas nunca serán oídas por sus destinatarios.
A veces, pasados los años o las décadas, se localiza el pecio donde descansan algunos de ellos y el submarino cambia entonces de categoría.
Lo mismo ocurre, por cierto, con los aviones de combate. Si bien a éstos suele resultar más fácil encontrarlos, a veces los hay que desaparecen para siempre. Por ejemplo, los cinco bombarderos TBM Avenger cuyo rastro se perdió cuando sobrevolaban el Caribe en medio de una tormenta en 1945.
El caso se achacó popularmente al famoso -y refutado- Triángulo de las Bermudas, aunque los informes técnicos concluyen que el comandante se desorientó en medio de la tempestad y guió a los demás mar adentro hasta que agotaron el combustible; oficialmente, siguen Still on patrol.

Una escuadrilla de TBM Avengers como la desaparecida en 1945
Volviendo a los submarinos, son los que tienen mayor número de pérdidas y resulta impresionante la lista, que incluye los hundidos en acción ante el enemigo, los alcanzados por fuego amigo (o incluso propio), los que naufragaron por colisión, los que sufrieron los embates marinos o los que embarrancaron por accidente.
Durante la Primera Guerra Mundial se registraron dos hundimientos y en el período de entreguerras, nueve. En la Segunda Guerra Mundial la cifra se elevó dramáticamente a 52, de manera que ese arma fue la que mayor porcentaje de bajas registró, uno de cada cinco marineros. Después de esa contienda, se sumaron otros cuatro.
Cabe añadir, como curiosidad, los dos anteriores al siglo XX: en 1776 el Turtle, hundido en Nueva Jersey, durante la revolución, al intentar atacar un navío británico; y en 1862 el Alligator, que se fue a pique cuando era remolcado en medio de una tormenta en plena Guerra de Secesión.
En ese conflicto también operó el H.L. Hunley, que desapareció en 1865 tras destruir un barco de la Unión -el primero de la historia en ser víctima de un submarino- pero el pecio fue encontrado en el año 2000.

El Hunley pintado por Conrad Wise Chapman en 1863
Los que continúan aún «en patrulla» son varios y todos en el contexto de la campaña del Pacífico, luchando contra los japoneses. Eso sí, hay que tener en cuenta que las listas varían según el criterio que se aplique, pues algunas incluyen aquellos de los que se sospecha la causa de su desaparición mientras que otras se limitan sólo a los que se esfumaron sin más, siendo la hipótesis más probable para ello el haberse topado con una mina o sido embestidos.
En cualquier caso, se puede decir que los de destino completamente incierto son los siguientes: Capelin (perdido en el Mar de Célebes), Escolar (en el Mar Amarillo), Grayling (en el golfo filipino de Lingayen), Growler (en Filipinas), Gudgeon (en Iwo Jima), Kete (en las japonesas Islas Ryukyu), Pompano (en Honshu), R-12 (en Key West, Florida), Runner (en Hokkaido), Scorpion (en el Mar Oriental de China), Shark (Mar de las Molucas), Snook (en el Mar del Sur de China) y Swordfish (en las Islas Ryukyu). En realidad hay más que podrían figurar, como puede apreciarse en la placa de la fotografía adjunta, que se encuentra en el Independence Seaport Museum de Filadelfia.
Ese monumento tendrá que ser retocado porque ya se pueden quitar dos nombres. En 2019 se localizó el pecio del USS Robalo cerca de la isla de Balabac; curiosamente, cuatro de sus tripulantes sobrevivieron pero fallecieron en cautiverio sin que se tuviera noticia de su estado. En noviembre de ese mismo año también fueron encontrados los restos del USS Grayback frente a Okinawa. Los demás siguen still on patrol, cumpliendo póstumamente con su deber.
– Merci Train, el tren cargado de regalos que Francia envió a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial

Uno de los vagones del Merci Train ya en Estados Unidos
Dice el refrán que es de bien nacidos el ser agradecidos y en 1949 Europa decidió llevarlo a la práctica con Estados Unidos en reconocimiento del Friendship Train (Tren de la Amistad), un convoy que el gobierno de Washington había organizado dos años antes para llevar alimentos donados por los estadounidenses a países como Francia e Italia, arrasados durante la Segunda Guerra Mundial y que en la posguerra estaban pasando serias necesidades.
Pasado el período crítico, llegó el turno de devolver el favor y atravesó el Atlántico, en dirección contraria, el llamado Train de la reconnaissance française; o, más popularmente, Merci Train (Tren de la Gratitud).
El Friendship Train había sido impulsado por Drew Pearson, un prestigioso periodista cuáquero que en su célebre columna diaria del Washington Merry-Go-Round se hizo eco de una propuesta de la que se empezaba a hablar: recoger donaciones de alimentos, medicinas y suministros diversos (ropa, combustible…) para enviar a los depauperados europeos.
Así fue cómo se reunieron provisiones por valor de cuarenta millones de dólares que se iban cargando en un tren, el cual partió de Los Ángeles el 7 de noviembre de 1947 y recorrió el país atravesando decenas de ciudades. Bautizado The United States Lines’ American Leader, once días después llegó a Nueva York, donde se unió a otro organizado en ese estado, sumando en total unos setecientos vagones, bastantes más que los ochenta previstos originalmente.

Emblema del Train de la reconnaissance française
Entonces se le cambió el nombre al reseñado antes y su mercancía empezó el viaje intercontinental por vía marítima, desembarcando sus dieciséis mil toneladas en el puerto francés de Le Havre.
En realidad, aunque movilizó a muchos ciudadanos estadounidenses -hasta los estudiantes recolectaban latas de conservas y leche en polvo-, se trataba más que nada de una iniciativa simbólica cuya finalidad, en parte, era propagandística: hacer frente a la penetración ideológica de la Unión Soviética, en lo que ya era abiertamente la Guerra Fría.
Y es que, a pesar de la entusiasta colaboración de la gente, el Friendship Train resultaba escaso para un objetivo tan grande y la verdadera ayuda se desarrolló de forma simultánea a través del Plan Marshall. Sin embargo, el noble gesto conmovió a muchos y no caería en el olvido.
La oportunidad de consumar el quid pro quo llegó, como decíamos al comienzo, dos años más tarde, una vez que la situación se estabilizó y quedaron atrás los peores momentos.
En esta ocasión fue un trabajador ferroviario llamado André Picard, ex-soldado, quien propuso a la Asociación de Veteranos la idea de demostrar el agradecimiento hacia Estados Unidos organizando una campaña similar a la suya , sólo que a la inversa.
Seis millones de franceses se apuntaron donando todo tipo de cosas, desde comida hasta juguetes, pasando por muebles, obras de arte e incluso, cosas tan peculiares como una medalla de la Legión de Honor que había pertenecido a Napoleón (la Legión de Honor es la más alta orden de mérito que se concede en Francia y fue creada por el propio Bonaparte) o el clarín con que se anunció a los soldados el final de la Primera Guerra Mundial.
Al igual que en el caso anterior, un tren se encargó de ir reuniendo la mercancía por todo el país. Aunque se denominó Train de la reconnaissance française o Merci Train, también era conocido como los Cuarenta y Ocho, en alusión a los vagones que lo componían. Pero no por su número sino porque se trataba de un tipo de coches de cuatro ruedas, diseñados originalmente en 1870 pero fabricados entre 1885 y 1901 para transporte de mercancías, aunque adaptados luego para uso militar y con capacidad para cuarenta soldados y ocho caballos.
Además tenía un componente sentimental, ya que muchos combatientes norteamericanos habían viajado en él a los puertos para reembarcar a sus hogares tras las dos guerras mundiales. Ahora, en 1949, tenían una nueva y definitiva misión, llevando cada vagón cinco toneladas.

Uno de los vagones del Merci Train se conserva en el Utah State Railway Museum
El tren se trasladó desde la estación parisina de Batignoles a El Havre y se embarcó con todo su cargamento (cincuenta y dos mil objetos) en la bodega del buque Le Magellan, que llevaba pintado en su casco, con letras de tres metros de altura, MERCI AMERICA. El 14 de enero de 1949 zarpó para atravesar el océano y echó el ancla en Nueva York el 3 de febrero, recibido en el puerto por más de doscientos mil espectadores.
Una vez desembarcado, el convoy se engalanó con la bandera francesa, que se unió así a la escarapela oficial con el logotipo diseñado ad hoc que llevaba cada vagón: una vista frontal de la locomotora -de vapor tipo 141 R- junto a tres flores diferentes (aciano, margarita y amapola) que simbolizaban los campos de Flandes, en los que cayeron muchos doughboys, los soldados norteamericanos que participaron en la Primera Guerra Mundial.
Se procedió entonces a distribuir los vagones por todo el país, tal como estaba previsto, pues había cuarenta y nueve, uno por cada estado (más un quincuagésimo que compartirían Hawai y Washington DC), siendo recibidos en todas partes con desfiles y ceremonias festivas.
Muchos de ellos se abrieron al público, de modo que los curiosos podían visitarlos, gracias a lo cual la mayoría todavía se pueden ver hoy expuestos, bien en parques, bien en museos, bien en centros de veteranos de guerra. Sólo se han perdido seis: los de Massachusetts, Illinois, Nebraska, Connecticut y Nueva Jersey, que fueron desguazados, y el de Colorado, cuyo destino es un misterio.
Lo cierto es que se conservan muestras de gratitud de otros países beneficiados del Friendship Train, aunque completamente distintas en concepto. En los extremos de los puentes Arlington Memorial y Theodor Roosevelt, en Washington DC, hay colocadas cuatro grandes estatuas de bronce enviadas por Italia para homenajear la colaboración estadounidense en el derrocamiento de Mussolini y la ayuda posterior.
Además, una productora italiana hizo un documental sobre la distribución a indigentes de los víveres estadounidenses que luego remitió a Estados Unidos para su distribución en cines. Asimismo, Holanda regaló un carillón de considerable tamaño que se ubicó cerca del monumento a la Marina, también en Arlington.
– La historia de los misteriosos cubos de uranio del proyecto atómico nazi

En el verano de 2013, el profesor Timothy Koeth, de la Universidad de Maryland, recibió un inaudito regalo de cumpleaños: un paquete que contenía un pequeño cubo negro de aproximadamente cinco centímetros de lado y un peso de unos dos kilos y cuarto.
Una nota adjunta explicaba tan sucinta como enigmáticamente: «Tomado del reactor que Hitler intentó construir. Regalo de Ninninger».
El cubo en cuestión era de uranio, uno de los que formaron parte del intento del régimen nazi de fabricar un reactor nuclear durante la Segunda Guerra Mundial.
A finales de 1938, los físicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann lograron obtener bario después de bombardear uranio con neutrones en lo que se considera la primera prueba de fisión nuclear, tal como la bautizó otro científico, Otto Robert Frisch, tras confirmarlo experimentalmente unas semanas más tarde.
Los siguientes meses fueron febriles al desatarse las especulaciones sobre las posibilidades que se abrían, formándose un equipo de físicos al que se llamó oficialmente Arbeitsgemeinschaft für Kernphysik pero al que se conocía de forma popular como Uranprojekt o Proyecto Uranio (en la versión inglesa, Uranvein).
Poco después se organizó un segundo equipo y se orientó el trabajo hacia la aplicación militar, para lo cual era necesario hacer un reactor. Ése fue siempre el objetivo, pues Hitler nunca fue capaz de entender el mundo del átomo y, por tanto, únicamente le expusieron un breve esbozo del potencial que alcanzaría una bomba, por la que no se interesó demasiado.
El problema era el tiempo, pues se calculaba que no habría forma de conseguir un reactor antes de cinco años y el estallido de la guerra parecía cada vez más inminente.

(Otto Hahn)
Una vez empezada la contienda, los científicos tenían claro que no alcanzarían el éxito a corto plazo y por eso el trabajo se repartió entre nueve institutos: éstos se dedicaban a conseguir uranio, aquellos a fabricar agua pesada (en Noruega se hacían unas cinco toneladas al año), unos a separar los isótopos y otros a construir el reactor.
Sumaban en total una setentena de especialistas con Hermann Göring al mando supremo del proyecto.
Sin embargo, la marcha de la guerra obligó a primar los recursos en el esfuerzo bélico, por lo que en el otoño de 1942 hubo un parón.
Para entonces se calculaba que no se podría fabricar una bomba atómica antes de 1947, así que se propusieron alternativas como desarrollar un motor de uranio para la Kriegsmarine.
Pero al verano siguiente Albert Speer consiguió que se retomara el trabajo y ordenó emplear todo el uranio disponible (unas mil doscientas toneladas) en los trabajos.
Lo que pasa es que el Uranprojekt ya tenía un competidor en EEUU, el Proyecto Manhattan, que terminaría por adelantarse pese a empezar dos años más tarde. Según los expertos, ello se debió a que -superioridad de medios aparte- los participantes trabajaron juntos en la misma dirección en vez de disgregar esfuerzos como los germanos, que se distribuyeron en tres grupos trabajando por separado en tres ciudades (Berlín, Leipzig y Gottow) y rivalizando por los recursos. Así se confirmaría, como veremos.
Volvamos ahora a la Universidad de Maryland, donde el profesor Timothy Koeth se puso a investigar el origen del peculiar paquete recibido. La nota hablaba del reactor proyectado por Hitler, que en el invierno de 1944, con los Aliados ya entrando en Alemania, sí parecía un logro alcanzable frente a la frustrada bomba. Koeth, que ya había comprobado la autenticidad del cubo, recordó un nombre: Werner Heisenberg.
Era el director del Kaiser Wilhelm Institute y probablemente el físico más notable de cuantos tomaban parte en el Uranprojekt, de ahí que se le otorgara la dirección, si bien siempre sostuvo que él y su equipo centraron sus esfuerzos en hacer un reactor y desatendieron la cuestión de la bomba por escrúpulos éticos.

Réplica del reactor alemán exhibida en el Atomkeller Museum de Haigerloch
El caso es que, estando el enemigo ya en suelo alemán, se ordenó trasladar los trabajos de Berlín a Haigerloch, una pequeña ciudad del suroeste del país, instalándose en el castillo local, donde actualmente se ubica el Atomkeller Museum.
Allí realizaron el experimento B-VIII (la B era la referencia a Berlín), descrito por Heisenberg en una obra que publicaría en 1953, Física nuclear.
En ella contaba que disponían de seiscientos sesenta y cuatro cubos de uranio, cada uno de unos dos kilos y cuarto de peso, que se sumergían en un tanque lleno de agua pesada enlazados entre sí mediante cables que colgaban en ristras de la tapa.
Una pared de grafito rodeaba el conjunto. Era el reactor en cuestión, que nunca llegó a funcionar por no tener suficiente uranio; hubiera necesitado un 50% más, lo que implicaba también una mayor cantidad de agua pesada.

Entrada al actual Atomkeller Museum de Haigerloch, donde estaban las instalaciones del Proyecto Uranio
El cubo recibido en Maryland era uno de aquéllos, como demuestran sus medidas, peso y aspecto (cada cara presenta una superficie con los huecos que dejaron las burbujas durante el proceso de fundición en bruto, el tipo de procesamiento previo de la época).
Además, se aprecian en él las muescas practicadas para pasar el cable y un análisis con espectroscopio de rayos gamma de alta resolución reveló que la composición es de uranio natural, ni enriquecido ni empobrecido.
Asimismo, -y esto es importante-, tampoco tiene productos resultantes de una fisión (cesio 137, por ejemplo), lo que permite confirmar que el reactor no funcionó. Otra posibilidad es que por alguna razón no se utilizase ese cubo concreto pero, en cualquier caso, sí está claro que se trata de uno de los del Uranprojekt.
La gran pregunta era cómo llegó el cubo a EEUU y la respuesta estaba en la Operación ALSOS. Fue encargada por Leslie Groves, el general al mando del Proyecto Manhattan, y consistía en el envío de una unidad de militares y científicos a primera línea para recopilar información sobre el programa atómico alemán en todos sus campos.
A medida que los Aliados avanzaban hacia Haigerloch, a los germanos les quedó claro que ya no tenían tiempo de seguir sus investigaciones y se les ordenó hacer desaparecer todo el equipo.
La documentación se escondió en una letrina, el agua pesada se vertió en barriles y los cubos de uranio fueron enterrados en un campo cercano.
Cuando la gente de ALSOS llegó a la ciudad a finales de abril de 1945, arrestó a los físicos germanos pero no a todos; Heisenberg había logrado huir de noche, en bicicleta, llevando consigo varios de los cubos.

(Werner Heisenberg en 1933)
Los Aliados no tardaron en encontrar los documentos y el agua, además de desenterrar los cubos inhumados.
Todo ello fue enviado a París y de allí a EEUU bajo el control de la CDT (Combined Development Trust), una entidad anglo-americana creada para evitar que la Unión Soviética se hiciera con material de ese tipo.
Se supone que los cubos se destinaron al ORNL (Oak Ridge National Laboratory), el centro creado para albergar la masivas instalaciones y plantilla del Proyecto Manhattan, que inicialmente iba a continuar los experimentos en armamento nuclear (luego se reorientó a ciencia y medicina); pero, al parecer, no todos llegaron.
Las pesquisas de Timothy Koech le llevaron a descubrir una caja guardada en los Archivos Nacionales y etiquetada con el epígrafe Uranio alemán.
Contenía cientos de documentos recientemente desclasificados que revelaban que, además de los cubos de Haigerloch, en Alemania hubo otros cuatrocientos; concretamente en Gottow, donde el doctor Kurt Diebner intentaba desarrollar otro reactor.
Eso significa que si los equipos de Gottow y Berlín hubieran trabajado juntos, habrían tenido uranio suficiente y seguramente habrían conseguido un reactor que funcionara antes de acabar la guerra.
Todos esos cubos, desconocidos hasta entonces, fueron vendidos en Europa del Este por una banda de contrabandistas que aprovechó la creciente demanda de uranio en el mercado negro durante la posguerra.
De hecho, también intentaron vender esa singular mercancía a los países occidentales por valor de cientos de miles de dólares cada unidad, aunque no lo lograron porque a EEUU le sobraba uranio y sólo aceptaba comprarlo al precio de mercado, que era de unos doce dólares por kilo.
Pero seguían llegando ofertas esporádicas y en 1952 dos alemanes fueron detenidos y condenados a cadena perpetua por posesión de uno de esos cubos, lo que demostraba la existencia de la trama.
No obstante, la mayoría de las unidades terminaron en la URSS… y ahí termina el rastro, aunque recientemente se descubrió un boceto de una bomba atómica alemana en los archivos soviéticos.

(El boceto de una bomba atómica alemana encontrada en los archivos soviéticos)
Sólo falta retomar la pregunta anterior: ¿cómo llegó el cubo de Maryland a América?
Timothy Koeth estaba buscando bibliografía sobre el tema en una librería cuando encontró una obra de 1954 titulada Minerales para Energía Atómica.
Su autor se llamaba Robert D. Nininger, el mismo apellido que figuraba en la nota misteriosa sólo que con una ene menos.
Parecía demasiada casualidad, así que siguió la pista y mediante una llamada telefónica averiguó que el individuo en cuestión había fallecido en 2004… en Rockville, Maryland.
Resultó que Nininger había trabajado en la sección de adquisición de uranio del Proyecto Manhattan y, por tanto, era el encargado de recibir los cubos que se mandaban desde Europa.
Su viuda le contó que había tenido el cubo todo ese tiempo pero luego cambió de manos varias veces antes de llegar a la universidad.
Esta fascinante historia no fue un caso único porque al menos hay otros diez cubos en colecciones privadas y públicas estadounidenses (el Smithsonian Institute, la Universidad de Harvard, etc.), se supone que cada uno con su propia e interesante historia.
En cuanto a Heisenberg, finalmente fue capturado e internado, junto a otros científicos como Otto Hahn, en un campo de concentración inglés.
Allí oyó por radio la noticia de la explosión de la bomba atómica de Hiroshima y pasó los dos días siguientes haciendo cálculos de la masa crítica y la cantidad de uranio necesaria para ello; resultaron tan aproximados que parece probable que, a poco que hubieran cambiado las circunstancias y la voluntad, él y los suyos pudieran haberlo conseguido antes.
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