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Del Gijón al María Pandora: la memoria heredada de los cafés de tertulia …


Imagen del interior del Café Gijón en la actualidad. 

Mercurio(L.M.Santamarina) Los cafés de tertulia del siglo XIX marcaron durante décadas el camino de la vanguardia cultural.

Hoy muchos están cerrados, otros se han reconvertido para adaptarse a la era de la modernidad.

En paralelo, nuevas propuestas sobresalen para coger el relevo de estos clásicos y reinventar el espacio cultural.

Madrid fue la primera ciudad española que comercializó el café en el siglo XVIII.

Esta bebida estimulante fue todo un éxito en los locales de moda, donde los vecinos de la capital se refugiaban, bebían ungüentos y pasaban el tiempo de las tardes. Los nuevos negocios del siglo XIX tomaron el modelo de los salones burgueses y aristocráticos franceses, donde se aglutinaron las novedades culturales y el debate político.

A la luz de candelabros, comenzaron a darse cita personas de todo tipo e hicieron del espacio una sala de reunión, una tribuna, un escenario, un teatro y, sobre todo, un escaparate de la esfera pública durante un par de siglos. Madrid albergó en sus calles una pluralidad de estos singulares establecimientos que fueron la meca de las personalidades más renombradas del siglo XIX y XX, y cuyo legado ha sido heredado por nuevas generaciones para adaptarse a la modernidad.

La ubicación céntrica no es casualidad. En la conocida como almendra madrileña convive gente muy plural que transita de un lado para otro con diferentes inquietudes y proyectos, buscando un lugar en el que exponer sus ideas. Así lo hizo la bohemia madrileña, que encontró en mesas de mármol y divanes de terciopelo rojo el lugar al que acudirían cada tarde, a la misma hora.

Café Gijón, Café de Pombo, Café Iberia, Café Comercial y Café Suizo son tan solo algunos nombres de estas emblemáticas casas de tertulias que descansan en el imaginario colectivo de la capital y por las que pasaron políticos, poetas, pintores, escritores, toreros, artistas y gente corriente.

Calificados como históricos, rinden homenaje a este título. Las ideas que allí nacieron se materializaron en hechos, y vieron la luz proyectos tan importantes para la cultura española como la Revista de Occidente, cultivada en La Granja del Henar por Ortega y Gasset y sus amigos.

«El café es una cosa, tan grata y divertida, que en él se pasa uno las horas sin sentirlas […]. Leyendo algún periódico, hablando de política, repasando la crónica variada y entretenida del contenido del escándalo y de la chismografía […]»

(fragmento de «A Caféfila», de Antonio de Trueba)

José Bárcena ha sido empleado durante 50 años en el catálogo de tertulias por excelencia, el Gijón, fundado en 1888 por un asturiano nostálgico de su tierra. Cuando Bárcena comenzó a trabajar como camarero el 1 de mayo de 1974, el Café ya era histórico y continuaba cobijando momentos y personalidades fascinantes a quienes conoce bien y, a otras que pasaron antes por allí, admira. Cuando el poeta Paco Umbral llegaba al Café, decía que en el ambiente estaba el artículo.

«En este lugar mágico están las palabras para que yo las escoja», recuerda José Bárcena las declaraciones del escritor. Sus palabras traen a colación a Ramón Gómez de la Serna, quien tiempo atrás decía que «Pombo es el archivo, además del Café». La estancia prolongada en estos lugares dio como resultado largas conversaciones dedicadas a lo terrenal y a lo divino.

En el argot castizo de la época, los miembros de estas reuniones fueron bautizados como pierdetiempistas, convirtiéndose poco después en los precursores de las alabadas tertulias. «Veías a quien menos te esperabas», afirma José. La tertulia de los cómicos se celebraba por la mañana, por la noche era el turno de los escritores.

Por la tarde, Gerardo Diego y los mejores poetas. Todo el centro del local estaba ocupado por figuras gallegas. El resto eran pintores y del mundo del espectáculo. Los cineastas arriba, los del teatro abajo.

Ambiente del Café Gijón en el siglo XX.

El periodista Matías Antolín siempre decía que «es más prestigioso para un autor tener una silla en el Café Gijón que en la Real Academia de la Lengua», rememora Bárcena mientras descansa sobre una de esas sillas emblemáticas. Los tertulianos, fieles a sus locales, peregrinaban normalmente a su lugar de origen.

Otros, los menos, eran nómadas que andaban de café en café participando en conversaciones de temáticas variadas, hablando de aquello que uno evitaba por pudor sobre el papel, pero que en la tertulia era el tema principal. Bárcena recuerda la picaresca de quienes participaban, y afirma que en estas conversaciones se iba a mentir, pero también a no dejarse engañar.

«Una de las máximas de la tertulia es que no se impone, se expone», dice José. La autoridad que uno adquiere en ella tiene un carácter provisional, depende del tiempo acumulado en posesión de la palabra, empleada como arma para generar nuevos lenguajes.

Situado en la Glorieta de Bilbao y famoso por tener en su lista al buen comensal, Miguel Fleta y su tortilla de patatas, solo puede ser el Café Comercial. Tras su puerta giratoria y una vez esquivada su célebre barra de bar, el aclamado director y guionista Luis García Berlanga encabezó una de las más afamadas tertulias junto con el dibujante Antonio Mingote y el periodista Jaime Campmany.

El Comercial heredó esta actividad tras el cierre provisional del Café Gijón por una obligada reforma, y fue uno de los primeros locales en contratar a mujeres como camareras, un hecho excepcional ya que estaba mal visto. Quizás fuese por su prematura modernidad, quizás fuese por azar, será uno de los pocos afortunados que asista al nacimiento del siglo XXI.

Las conversaciones culturales se extendían por todos los divanes rojos de la ciudad aunque, con el tiempo, se han convertido tan solo en un valioso recuerdo. Melquiades Álvarez, gerente del Café Varela desde el año 79, cuenta que las tertulias se fueron marchitando hasta que finalmente, desaparecieron, pero deposita toda su confianza en un futuro prometedor para estos locales.

«Tertuliar es innato en el ser humano», afirma Álvarez, y añade: «La gente necesita lugares donde tener calor humano y eso en las redes sociales no se consigue».

Algunas obras y escritos que se conservan en el Café Comercial.
  • El valor de los cafés

Hoy, 177 años después de la apertura del Café Suizo, puntero en la ciudad, los artistas continúan acudiendo a nuevos espacios en los que acompañar con un café la actividad de interés. La pérdida de estos locales no es solo una cuestión económica, es una pérdida patrimonial, social y de desarrollo del conocimiento.

Entre Miguel de UnamunoRafael AlbertiRicardo CalvoBenavente y otros, también se sentaban estudiantes de la Universidad Central de la calle San Bernardo. Todos ellos acudían a las tertulias y a las veladas poéticas, donde los autores daban a conocer sus obras en los llamados «Versos a medianoche».

Álvarez recupera la historia de esta famosa esquina de la calle Preciados y rescata del recuerdo lo que se perdió con el tiempo. La propiedad y dirección del Varela pasó de mano en mano hasta que perdió no solo su esencia, sino también su estructura. «Cuando el Café llegó a nuestras manos, existía el letrero», cuenta Álvarez.

La noticia de su cierre en 1944 corrió por todas las calles de Madrid. Se trató de recuperar bajo el nombre de Nuevo Varela, pero nunca llegó a ser el mismo.

«Café Varela, tu muerte
nos sorprende anonadados
quizá porque, descuidados,
no atisbamos tu suerte.

Café Varela, ¿moriste
o fue que asesinamos?»

(extracto del cupletista El Cipri)

Álvarez afirma que estos lugares se convirtieron en un talismán para los autores y artistas del mundo de las letras y de la farándula, como si se hubiera creado una especie de ley de atracción entre la forma y el fondo. «Piensa que la gente que recitaba bien tenía derecho a una mesa y a un vaso de agua», cuenta el gerente.

Los más devotos de la tertulia no aspiraban a que sus palabras habitaran eternamente en el café, sino que en ella residía la esperanza de marcar la historia cultural del país, además de crear importantes conexiones con las novedades culturales que se desarrollaban fuera de las fronteras españolas.

Fachada del Café Varela en la calle de Preciados.

La transnacionalidad que consiguieron estos espacios de tradición, gloria y fama sigue siendo una realidad que hace posible crear puentes entre culturas de todo el mundo. Así sucedió, un día sin más, en el María Pandora — Cava y Poesía, cuando se sentaron una pareja de rusos en el café.

En ese momento ninguno de los camareros que trabajaban hablaba inglés, y Eva Contreras, responsable de la revista cultural Babab y al mando del café desde 1995, se acercó a preguntar. Resultó que eran actores miembros de una compañía teatral y venían a España a promocionar sus obras para los rusos y las rusas que viven en Madrid.

Cada año celebran este acercamiento cultural en España y, por casualidad, esta vez terminaron en el Pandora. Movidos por la atmósfera que se crea en el lugar, entraron por curiosidad y acabaron haciendo una representación teatral de las suyas. «Son cosas muy bonitas que pasan sin ser esperadas», dice Contreras. Un recuerdo que merece la pena rescatar.

  • Puertas abiertas a la expresión cultural en todas sus versiones

Las luces se apagan, las personas que toman algo en el María Pandora, ya de madrugada, quedan iluminadas tan solo por las farolas de la plaza Gabriel Miró. Nadie sabe lo que está sucediendo, se miran, hablan, preguntan. De repente, se encienden las luces y, como por arte de magia, hay un hombre desnudo tumbado en el suelo.

Ninguno puede llegar a imaginar que va a presenciar un precioso monólogo de la novela titulada Pedro Páramo, primera del escritor mexicano Juan Rulfo. El espectáculo corre a cargo de Alberto García, artista y fundador de la compañía teatral DT Espacio Escénico y amigo íntimo de Eva Contreras.

Es ella la que recupera ese recuerdo con especial cariño y con los pelos de punta. Esto tan solo es un ejemplo de una noche en el Pandora, un lugar donde, en palabras de su propietaria, «todo puede pasar y queremos que pase». Cualquiera que cruce la puerta tiene la oportunidad de hacer suyo el espacio y presentar su trabajo sin cobrar a nadie por ello.

«Creo que el café sirve para dar un empujoncito a estos artistas y ponerselo un poco más fácil», cuenta Contreras. El proyecto nació de la mano de Luis Miguel Madrid, hace más de dos décadas. Teniendo un poeta al mando, este género literario siempre es bien recibido para ser el protagonista del singular micromundo de Las Vistillas.

Pequeñas editoriales como Los libros del Mississippi, El sastre de Apollinaire y Ultramarina, entre otras muchas, eligen las tardes del Pandora para presentar sus obras.

La librería Tipos Infames — Libros y Vinos.

Como parece, no hay nada imposible, y la actividad «Librera por un día» concede el privilegio a los autores de recomendar sus lecturas favoritas. Rodrigo Fresán, escritor y traductor, se convierte en librero por tiempo limitado gracias a la iniciativa cultural celebrada por un espacio clave de ocio en Madrid. Infame es el gentilicio para los nómadas de la calle San Joaquín, 3. 

Gonzalo QueipoAlfonso TordesillasFrancisco Llorca y muchos amigos más que se han ido sumando son hoy las piezas que construyen Tipos Infames — Libros y Vinos. «Para bien y para mal, es una librería muy característica de nuestros gustos e inquietudes. Dejamos fuera las fobias e introducimos algunas filias», cuenta Gonzalo Queipo.

Apuestan por la parte literaria de la que tanto disfrutaban cuando eran estudiantes y la aúnan con una pequeña cafetería dentro del mismo espacio. Un proyecto que arranca en 2010, en el barrio de Malasaña, buscando a aquellos que quisieran embarcarse en el viaje de creación de un proyecto diferente.

«Nosotros quedábamos en librerías, aunque no tuvieran cafetería. Encontrarse aquí es fácil», afirma el Infame. Este espacio de base cultural lo habitan por un día Popy Blasco presentando Cine CrushNatalia García Freire hablando de Trajiste contigo el viento o el autor novel Manuel Pacheco con Las mejores condiciones, acompañado por el director de cine Jonás Trueba y la escritora Mercedes Cebrián.

La programación del espacio se vertebra en presentaciones literarias sobre temas que no son necesariamente novedad. Indagan y ofrecen una actividad profunda y completa, cuidando a su modo todo el proceso.

«En Madrid tienes que aprender a convivir entre lo que querrías hacer y lo que puedes hacer», declara el poeta Escandar Algeet, de madre española y padre sirio, fundador de Aleatorio Bar, situado en la calle Ruiz, una de las arterias de Malasaña que desemboca en la plaza Dos de Mayo.

En la fachada, un espejo opaco que apela a todo aquel que lo lea: «Buenas noches familia, ¡la vida es buena!», y es que en Aleatorio se mira la vida con otros ojos. Un pequeño escenario preside el local donde descansa un micrófono, un taburete y un atril esperando a que alguien les dé vida.

«La única condición que ponemos para los eventos es que la entrada sea libre. La filosofía se puede resumir en que la puerta está abierta a todo aquel que no la cierre», comenta Algeet, quien persigue el objetivo de crear un espacio de expresión, debate, confrontación, diálogo y, por qué no, de fiesta. Estos nuevos espacios promueven la cultura de la ciudad donde se da la oportunidad a nuevas voces de hacerse oír y a las de siempre, de seguir avanzando.

Ambiente y molduras originales del Café Barbieri. 

En su obra La producción del espacioHenri Lefebvre reflexiona sobre lo que él califica como «espacio vivido», esto es, una suma de conceptos simbólicos de la historia compartida y de las expectativas que se instalan en el individuo referidas a un lugar concreto.

Lo cierto es que el sitio donde uno va a peregrinar ha de poseer ciertas cualidades para que se regrese una y otra vez.

Los históricos cafés son, como bien decimos, históricos, pero por el paso del tiempo, muchos han llegado a manos de directivos que no supieron cuidar este patrimonio y durante un largo periodo hicieron desaparecer su memoria; el espacio había cambiado y, con ello, todo lo que un día fue.

De esto sabe bien Paul Torriglia, actual propietario del emblemático Café Barbieri, un joven que se hizo con el corazón del barrio más castizo de Madrid en octubre del 2021. Para su sorpresa, el Barbieri, como tantos otros, había sido víctima de modelos de negocio que no cuidaron el alma del lugar.

Un local de 1902, situado en la calle Ave María, cercano al antiguo Teatro Madrid que un día se quemó y al que acudía Alfonso XII, quien, finalizada la función, se dirigía al Café, refugio para él y sus amantes. Tal era su afluencia que mandó construir pasadizos subterráneos que conectaran directamente la salida del teatro con este deseado espacio.

Una de las particularidades del café, que toma nombre del compositor y musicólogo Asenjo Barbieri, es la restauración del mobiliario original. Paul ha tratado de recuperar la esencia de los mejores años del lugar y de potenciar sus características arquitectónicas y mobiliarias. Por ejemplo, bajo el mármol blanco de las mesas hay un tablón de madera que simula una especie de pupitre.

En esta parte inferior era donde los artistas dejaban sus materiales de trabajo cuando reposaban en el café, y así podían seguir disfrutando de la bebida. Por su edad temprana, Torriglia no tendría por qué conocer, a priori, lo vivido en estos lugares, pero la intención que tiene es rescatar el pasado y hoy cree que ese objetivo está cumplido.

En términos arquitectónicos y decorativos no se ha cambiado nada: cuando estaban haciendo la reforma, mucha gente llegaba y pedía que, por favor, se mantuviera la apariencia del local tal y como ellos lo conocían. Es muy importante sentirse como antes y poder hacer un viaje en el tiempo dentro de estas paredes.

Incluso se puede vislumbrar la influencia de los primeros locales aburguesados franceses en los techos y molduras del Barbieri. En 1900, la arquitectura parisina se extiende por la República Checa y por Suiza, alcanzando una relevancia de tal envergadura que hoy podemos observar esta pieza en Madrid.

Pero si hablamos de mesas, no las hay más emblemáticas que las del Café Comercial. Sobre este mármol negro con vetas blancas, que hoy son patrimonio de la ciudad de Madrid, se sentaron personalidades como Pérez GaldósTierno Galván o Ignacio Aldecoa. Se hizo una reforma del interior en 1953, pero se supo mantener y cuidar el espacio que perdura hasta nuestros días.

Los espejos son un elemento común en los cafés de tertulia y bañan la mayoría de sus paredes. Paul Torriglia cuenta cómo estos elementos son un precioso reflejo del paso del tiempo. En el cuerpo de los mismos se puede apreciar el grafeno, de aspecto fragmentario y color negro, una sustancia que antiguamente se utilizaba para la construcción de estos objetos y que ya se ha perdido.

En el espejo del café de Lavapiés, completamente originario del lugar, está grabada la diosa de la poesía y la lírica, Erató, quien ha visto y escuchado todo lo que ha pasado por allí, desde el citado Alfonso XII hasta cualquier escritor que uno se imagine. «Ha escuchado conversaciones románticas, políticas, de todo tipo de índole, e incluso la tuya y la mía ahora mismo», descubre Torriglia.

Evento en el María Pandora.

Pero para que un espacio posea un valor incalculable no hace falta que sea declarado patrimonio nacional. La propietaria del María Pandora afirma que, cuando se crea un local, se empieza a construir un ambiente que atrae a un tipo de público concreto. «No sé exactamente cómo sucede, pero sucede», dice Eva Contreras.

El Pandora es un espacio que, cuanto menos, llama la atención. Uno puede entretenerse largo rato en observar con detalle cada objeto que reposa sobre las estanterías, los carteles de las películas que, o bien guardan relación con el lugar, o son del gusto de quien lo regenta, y una mención especial a su particular altar de fotos de comunión.

Por muy variopinto que resulte, este café es una extensión de los gustos de su creador, Luis Miguel Madrid, la segunda casa de Eva y muchos cachitos de las personas que van pasando por allí y dejan un pequeño recuerdo. Como resultado de la acumulación de cosas de aquí y de allá nace este espacio en el que llegan a tocar miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional.

«El Pandora es vida, todo tiene un significado aunque no lo parezca, tiene ese puntillo distinto, qué sé yo», dice su propietaria.

  • Programación cultural y nuevas iniciativas.

Una de las claves de la lectura es que, cuando se abre un libro, uno nunca sabe lo que encontrará en el mar de sus páginas. Y así es Tipos Infames. «Puedes venir intencionadamente porque sepas que hay una actividad en particular o simplemente porque llegas y está, es una parte muy interesante de todo esto», reconoce Gonzalo Queipo.

Hay un gran espacio para los eventos culturales que tienen programados, pero siempre queda hueco para nuevas propuestas que, en un principio, no están contempladas pero pueden llegar a sorprender, y esta vez, es cometido de la persona ajena al café, el que se interesa por reservar una mesa, pero no solo para tomarse un tentempié.

El vínculo que se ha ido forjando entre los cafés y el público es bilateral, la gente acude con nuevas propuestas y muchas ganas de darse a conocer. «Intentar que la gente se sienta como en casa es lo más importante», reconoce Eva Contreras, y añade: «No somos de poner reglas superestrictas en lo que a propuestas artísticas se refiere; también por eso la gente se siente a gusto, esta es su casa y aquí somos todos iguales».

Aleatorio Bar tampoco entiende de líneas rectas. Abre las puertas de su local a todas las propuestas de carácter cultural que se les planteen, siempre que entren dentro de la legalidad. Las raíces de su programación son literarias, con la jam session de los miércoles además de toda una serie de presentaciones, recitales y lecturas, junto con un stand-up de comedia, microteatro, proyecciones, tertulias, conciertos sin enchufar y hasta exposiciones de arte. 

Escandar Algeet no solo regenta un espacio cultural sino que su primer flechazo profesional fue la dirección cinematográfica, que aunaba con una pasión desbocada por la escritura basada en la libertad. Se dirigió a Madrid con una hoja de ruta, pero la capital no entiende de planes, cuenta Algeet en su libro Hogaritos.

De cine saben mucho en la calle Martín de los Heros, conocida como «el paseo de la fama» y rodeada de las exhibidoras más emblemáticas de la ciudad, como los cines Renoir y los Golem. Allí está Ocho y Medio Libros de Cine, un negocio que promueve el séptimo arte de forma especial. Esta librería-cafetería celebra el arte de hacer cine cada día. María Sylvero, propietaria de este tesoro literario que nació hace 27 años, concede la oportunidad de tomarse un café en un espacio que bien podría ser un museo cinematográfico.

Interior de Ocho y Medio Libros de Cine.

No importa donde fijes la mirada en Ocho y Medio porque siempre hay algo que ver, como los carteles originales de las películas más taquilleras con la correspondiente firma del famoso elenco, atrezo original de los rodajes, fotografías, material de iluminación, material de sonido y un largo etcétera que convierten a esta librería en un almacén de objetos valiosos para la memoria cinematográfica de nuestro país; en vez de guardarlos en un trastero, hoy tienen una segunda vida como piezas de exhibición.

La librería fundada por Jesús Robles se especializa en el género que bautiza el local y acoge, entre tanto arte, una pequeña cafetería. «Realmente el café es completamente independiente, casi de ambiente», cuenta Sylvero. Convocan presentaciones de obras y charlas con escritores que giran en torno a la industria del cine en cualquiera de sus versiones, convirtiendo a Ocho y Medio en un punto de encuentro.

Sylvero no puede quedarse con un evento en concreto y asegura que «todos los encuentros son decine,valga la expresión». En su mayoría, trabajan con obras académicas, pero también memorias o de cualquier otro género. Estos momentos dan pie al desarrollo de un foro plural e interesante en el que el público participa y donde se genera todo un universo de conocimiento.

Aunque los cafés centenarios hayan perdido a sus ilustres clientes, otros nuevos oxigenan el espacio y sostienen esa corriente bohemia y culturetaque los mantiene vivos. Paul Torriglia es consciente de que el barrio de Lavapiés está gentrificado y es de interés social, por lo que busca que perduren las tradiciones de la zona a pesar del cambio urbanístico y de las personas que vienen y van.

Su equipo no tiene entre manos una agenda cultural concreta como puede ser la del Café Comercial, pero trabajan poco a poco en puntos de interés que encajen con las previsiones de ocio de los madrileños. «Me gustaría que viniera al Barbieri la gente más intelectual, bohemia, sensible y curiosa», reconoce.

Como trae Torriglia a colación, la agenda del Comercial es muy conocida por su singularidad. Los lunes son literarios y los miércoles son de «cine + cena», el late night show «Y de beber, albóndigas» presentado por Santi Alverú, donde las risas nunca faltan, y los conciertos como plato estrella. Una extensa lista de artistas tocan sus canciones en el segundo piso del Comercial día sí, día también, ofreciendo un non-stop de iniciativas artísticas de corte moderno.

El Café Gijón trata de revivir el clima propicio para hacer despegar, de nuevo, esa forma de vida gracias a la celebración de monólogos, recitales y veladas poéticas, aunque con bastante menos asiduidad que en su origen. Con especial cariño, José Bárcena habla de Abanico, una actividad que presenta y organiza donde se rinde homenaje a una persona conocida y esta misma expone lo que guste. En el Café Varela también se suman al ciclo de homenajes, este año dedicado al director de cine David Trueba.

  • Renovarse o morir: el presente de un pasado histórico

El tiempo ha ido rayendo estos cafés, reflejo de una vida pasada, legado para sus herederos y recuerdo para sus adeptos. Algunos de ellos cerraron hace ya mucho tiempo, como la criptadel Pombo, conocido como «el café de los cagones», que la modernidad se llevó por delante en 1942, dejando a los pomborianos huérfanos de cobijo. Madrid también perdió el Levante, el Universal o el Lorenzini.

Tal fue el amor por ellos, que emblemáticos escritores y clientes de los mismos dedicaron unas palabras a los que fueron, durante tanto tiempo, su segunda casa. Olga María Ramos, escritora y cantante, se despide así de estos establecimientos que hacían latir el corazón de Madrid:» Aquel café / de la Puerta del Sol / refugio fue / de mi primer amor. Aquel café / de mi viejo Madrid / aquel café / donde fui tan feliz». Lo que hoy se respira sobre las mismas mesas de mármol en las que Benito Pérez Galdós se sentaba con sus bigotes —y con sus amantes— es el desajuste sentimental entre lo que somos y lo que fuimos en un mismo espacio.

«Hay muchas personas que no vienen al café porque el recuerdo es doloroso. Los amigos íntimos que estaban todas, todas, todas las tardes y que ya no», dice Bárcena.

Interior del antiguo Café Varela.

Estos espacios madrileños continúan viviendo en la memoria de sus queridos cafeteros, quienes pueden hablar con certeza y contar maravillosas anécdotas que no todo el mundo puede llegar a imaginar. A Paul Torriglia le resultan interesantes las confesiones que le hacen los clientes. Un señor le comentó que él era camarero en el Barbieri cuando estaba estudiando.

Otro le dijo que la gran mesa que hay en la planta superior del local era la mesa de la cigarrera, una mujer que vendía tabaco cada tarde; el hombre no recordaba exactamente de cuándo databa dicha historia, pero lo que sí dijo fue que la cigarrera llegó antes de los años 60.

Con este intercambio de confesiones se siente el apego a los espacios de los que las personas conservan un recuerdo muy fuerte. «Quiero que guarde ese lado bohemio y cultural: Pedro Almodóvar ahí, y en el otro sillón una figura similar», declara el dueño del Barbieri.

Bien es cierto que la modernidad y la irrupción de las redes sociales ahogaron definitivamente estos puntos de encuentro, despojándolos de esa faceta —casi fundamental— que los hacía funcionar, pero el poso que dejaron en la memoria resiste en quienes los amaron, y también en los herederos de esa pasión.

Así, Melquiades Álvarez comenta que el hijo del pintor Pedro Gross lo llamó hace un par de días para comentarle que tenía idea de hacer una exposición de arte y que, entre las obras, iban a estar los cuadros que Gross dedicó al Varela. Como su pintura más afamada: Los 79 poetas del Café Varela, de 1957. Una copia de esta obra puede verse en el interior del café, que le rinde homenaje y mantiene viva la estampa.

La visibilidad del establecimiento crece día a día y su esquina es una de las más fotografiadas por la gente de dentro y de fuera. Con una decoración y un mobiliario completamente nuevos, a día de hoy esta casa de tertulias pertenece al Hotel Preciados, que se encuentra en el mismo edificio, aunque con un funcionamiento independiente.

El Varela también murió, pero gracias a un lavado de cara y a las manos adecuadas, hoy puede decirse que los artistas siguen compartiendo mesa en la Calle Preciados número 37 y que ese cuadro podría volver a pintarse, aunque reflejaría nuevos rostros.

Letrero con la cita de Rafael Soler en el Café Comercial.

El Café Comercial cerró en 2015. El vecindario, conmovido, dedicó durante semanas recuerdos, palabras y mensajes escritos en pósits pegados en sus grandes ventanales, pero esta vez tenían las persianas bajadas. Durante dos años en los que no se supo mucho más que el Comercial había echado el cierre definitivamente, un día su puerta volvió a girar. 

Manuel García Tena es el responsable de márketing y comunicación del establecimiento desde su reapertura bajo la directiva del grupo de restauración El Escondite. Ahora no solo es cafetería, sino también restaurante, un nuevo modelo de negocio que convive con la programación cultural.

Desde el comienzo de esta nueva etapa, la vida ha regresado al Comercial para rendir homenaje a la frase del poeta Rafael Soler que se puede leer en el interior del Café: «Bibir es beber con los que viven»Y es que, como decía Gil de Biedma: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos / aunque a veces nos guste una canción».

Todos los cafés coinciden en una cosa: Hay que renovarse, pero la esencia nunca se pierde.

nuestras charlas nocturnas.

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