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Milei, hora cero: el fantasma de la libertad …


JotDown(Quintin) Aunque su triunfo electoral haya sido de una amplitud espectacular, no parece haber razones para pronosticarle a Javier Milei una buena presidencia.

No solo sus predecesores fracasaron, tanto los reiterados kirchneristas como el aislado intento de Macri, sino que es una ley de la época que los presidentes fracasen en todas partes más allá de que se mantengan o no en el poder.

Milei no tiene un partido importante ni una coalición que lo respalde, su experiencia política es mínima (fue diputado durante dos años) y el colorido personaje que llegó de la televisión al poder es una maraña de contradicciones apenas oculta por sus enunciados hiperbólicos. Por lo demás, la situación de la Argentina es mala en todos los terrenos que una administración puede mejorar.

La imagen de la motosierra que llegó para terminar con la casta política fue ciertamente una metáfora que irritó a sus rivales y enamoró a una pléyade de jóvenes apaleados, entre otras calamidades, por una inflación indomable.

Esa brillante idea publicitaria que atravesó las clases sociales hasta alcanzar a los menos favorecidos, esos eternos clientes del peronismo, tiene todas las probabilidades de convertirse en un suvenir de la campaña, junto con las declaraciones de que el candidato estaba a favor de la venta de órganos y de la libre portación de armas hasta que comprendió que no debía excederse en algunos rubros. Y sin embargo…

A pocas horas de asumir, es difícil decir quién es Javier Milei, más allá de su adscripción al liberalismo libertario y a la economía de la escuela austríaca con su énfasis en el carácter pernicioso de cualquier intervención del Estado. Milei es un lector de Ayn Rand, un anticomunista ferviente y un devoto del Rebe de Lubavitch, cuya tumba visitó en Nueva York antes de asumir.

Este católico de nacimiento que se siente judío y tiene un rabino como referencia, es un excéntrico que habla con su perro muerto y tiene como principal consejera política a su hermana astróloga.

Pero no es un nazi ni un defensor de la dictadura militar, como sostiene el coro de intelectuales, artistas y figuras mediáticas (cuyo antisemitismo se expresa en estos días en el apoyo a Hamás), que llamaron a votar a Massa convencidos de que Milei era un Cuco de la ultraderecha que amenazaba la democracia, aunque a esos mismos agentes no les molesten los gobiernos de Cuba, Venezuela o Nicaragua (a cuyos líderes Milei no invitó a la ceremonia de asunción) ni el abuso de poder practicado por su rival, un candidato que repartía plata emitiendo moneda y actuaba como un presidente en ejercicio.

Para poner en contexto esos calificativos sobre el nuevo presidente, se podría citar a David Rieff: «el sesgo izquierdista de la clase cultivada en la Argentina sería considerado extremo aun bajo los estándares de los departamentos de humanidades de las universidades norteamericanas».

En cambio, la ubicación en la derecha tradicional argentina, católica, cercana a los militares y opositora al aborto y al matrimonio gay le cabe más a la vicepresidente electa Victoria Villarruel, que parece tener una agenda distinta a la de La Libertad Avanza, el partido fundado por Milei.

Contra ese consenso endogámico de la izquierda radical que en la Argentina terminó cooptando al peronismo, Milei libra una batalla cultural cuyo símbolo más transparente sea acaso su negativa a usar el lenguaje inclusivo. Cuando en la noche de la victoria se dirigió a sus seguidores, inició el discurso diciendo «Buenas noches a todos», después de que los años del kirchnerismo hicieran obligatoria la fórmula impuesta por Cristina Kirchner: «Buenas noches a todas y  todos» (en algunos casos se usaba también «a todos, todas y todes» como para no dejar ningún género afuera).

Un gesto mínimo que provocó un suspiro de alivio entre quienes temían que la lengua española hubiera sido secuestrada definitivamente por el mundo woke

Hubo pocas excepciones a la desconfianza y aun la hostilidad preventiva que manifestaron los opinadores internacionales frente al triunfo de Milei. No fueron pocos los mensajes de solidaridad, casi de pésame, que escritores y cineastas recibieron de sus colegas en el exterior. Una excepción interesante fue la de Garry Kasparov, quien tuiteó lo siguiente: «Un líder latinoamericano que está a favor de Ucrania e Israel y en contra de China y de Rusia, merece de mi parte al menos el beneficio de la duda».

Opinar contra los dictadores y las dictaduras y defender a los países atacados por distintas formas de terrorismo no suele considerarse un mérito. Solo un liberal clásico como Kasparov (que no es un libertario ni un reaccionario) parece dispuesto a mirar a Milei con otros ojos. Al mismo tiempo en que Milei era electo presidente, Geert Wilders, racista y xenófobo, resultaba el candidato más votado en los Países Bajos. Kasparov lo describía como un populista extremista. Para Kasparov la diferencia entre ambos líderes es clara. Para la izquierda, son la misma cosa. 

Claro que Milei no disipa las dudas. Es amigo de Bolsonaro y está cerca de otros líderes de la derecha como Trump, pero también de Víktor Orban, el húngaro que intenta desbaratar el apoyo de la UE a Ucrania con el beneplácito de Putin. Orban es uno de los dos jefes de Estado europeos que se harán presentes el domingo en Buenos Aires.

El otro es el premier armenio pero, a último momento, circuló el rumor de que un tercero se agregaría a la breve lista: Volodimir Zelenski. Orban y Zelenski son casi irreconciliables pero, en su oscuro sistema de alianzas geopolíticas, a Milei no le parece incompatible el apoyo a Ucrania con la amistad con Orban. Acaso una expresión de pragmatismo, cuyo correlato en el plano doméstico sería construir una alianza lo más amplia posible.

Prueba de ello es la integración de su gabinete, que lejos de ser una coalición con el PRO de Macri que lo apoyó en la segunda vuelta cuando su candidata Patricia Bullrich quedó afuera del balotaje, es un mosaico que incluye a Bullrich pero no excluye al peronismo. Milei eligió para presidir la Cámara de Diputados a Martín Menem, el joven e inexperto sobrino de Carlos Menem, el presidente peronista que introdujo reformas económicas liberales y antiestatistas. 

Es que los liberales no vienen de la nada, en particular en la Argentina. Basta recordar que el himno nacional empieza así: «Oíd mortales el grito sagrado / Libertad, libertad, libertad». A su vez, cada discurso de Milei termina con la consigna: «¡Viva la libertad, carajo!». Desde luego, los versos de Vicente López y Planes tenían un sentido en 1812 que se ha modificado en 2023. También está claro que el grito de guerra de Milei es profundamente ambiguo.

Pero no es menos cierto que la idea de la libertad atraviesa la historia argentina.

Comienza en el clamor por la independencia y pasa por el pensamiento de Juan Bautista Alberdi, el inspirador de la Constitución a quien Milei suele citar.

La palabra aparece incluso como centro de la Revolución Libertadora, un hecho hoy maldito por el consenso histórico en el que tanto trabajó el peronismo de izquierda.

Fue el movimiento militar que derrocó a Perón, de cuya presencia en el poder una buena parte de la sociedad estaba harta en 1955.

Una variante de ese hartazgo es la que inspira a Milei y lo lleva al triunfo en las elecciones, ese hartazgo que resuena en el tercer verso de Himno: «Oíd el ruido de rotas cadenas».

Desde esa perspectiva, Milei es menos un político que viene a enderezar el rumbo del país y a recuperarlo del atraso y la decadencia orientando la economía según los lineamientos de la doctrina anarcocapitalista, que a terminar con una situación insoportable de opresión provocada por la famosa casta (un término acuñado por la izquierda radical española), con su soberbia y sus privilegios cada vez más obscenos.

El domingo, Milei no dió su discurso inaugural en el parlamento, sino de espaldas al Congreso como símbolo de que piensa gobernar en contra de la maquinaria política entre la que su partido está en franca minoría. 

Es que la retórica de los actos de Milei no gira en torno al cambio, palabra clave de la coalición opositora que parecía destinada a derrotar al kirchnerismo antes de que el candidato inesperado hiciera su irrupción en la escena. En el fondo, Milei no está hablando de un cambio sino de una revolución, de un sistema de gobierno que viene a reemplazar a otro.

Esa interpretación de su proyecto permite entender la adhesión profunda que logró despertar en una generación que no quiere continuar viviendo en la insatisfacción que la vida contemporánea produce en la gran mayoría de sus habitantes. Esa generación intuye que no le interesa otro gobierno fracasado surgido de un mecanismo que solo engendra fracasos.

De ahí que la radicalidad de algunas de las propuestas de Milei como un recorte brutal en el gasto público o el anuncio de que vienen tiempos terribles sean digeridos cuando en otro momento político serían inaceptables.

Antes de que los detalles de la sordidez cotidiana de la política devoren todo, cuando todavía el futuro no empezó a rodar hacia un destino que tiene pocas probabilidades de ser feliz, conviene detenerse en la hora cero de Milei para advertir que su aparición plantea otros problemas y convoca a batallas nuevas, entre ellas la de alzarse contra las dictaduras y el terrorismo hoy apañados por la comodidad ideológica de una burguesía que no dice su nombre.

Acaso el mayor acierto de Milei haya sido entender que ser original no es una elección sino una necesidad que va más allá de la comunicación y la seducción. Porque ser original obliga a replantear muchas cosas, a sacudir lugares comunes. El liberalismo fue hasta ahora una idea reactiva, inarticulada y preventiva, una defensa por omisión contra el abuso.

Al proponer su contraofensiva liberal, acaso sin advertirlo, Milei excede las particularidades autóctonas, trasciende las fronteras y se relaciona de un modo que podría llamarse espiritual con una demanda novedosa a escala planetaria: no la de una sociedad mejor según el mito socialista, sino la de una sociedad que rompe las cadenas impuestas por la tiranía de lo innecesario. Tal vez ese sea el nuevo fantasma que recorre el mundo. 

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