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Blancanieves (¿la gran locura de Disney o la idea de un visionario?) …


L.M.D´Espósito — Uno de los momentos más importantes en la historia del cine es el estreno de Blancanieves y los siete enanos, el primer largo producido por Walt Disney.

Más allá de lo que el espectador o el cinéfilo puedan pensar del tío Walt y su obra, resulta una película tan importante como satisfactoria: incluso en estos tiempos de efectos increíbles y sonidos envolventes, sigue manteniendo intacta su potencia como relato y su capacidad como entretenimiento.

Es una gran noticia la restauración del film original, que es lo que se lanza en DVD esta semana en edición doble.

La historia de la película merecería otra película.

En 1935, Disney estaba en un dilema. Se había transformado en un gran productor gracias a la disciplina con la que manejaba su estudio y la calidad de sus cortos. Había creado a Mickey Mouse, quizás el primer gran icono global, y los distribuidores obtenían grandes ganancias gracias a esos films.

Pero estaba convencido de que era hora de saltar al largometraje. Disney creía que el dibujo animado estaba condenado a ser un género marginal a menos que pasara al gran formato. Había muy pocos antecedentes: el primer largo animado había sido El apóstol, del italiano Quirino Cristiani, realizado en la Argentina en 1917 y sátira del gobierno de Hipólito Yrigoyen; más tarde, la alemana Lotte Reininger había creado Las aventuras del príncipe Achmed con animación de papeles recortados.

Ninguna de esas dos películas había sido demasiado exitosa más allá de sus mercados de origen. Los hermanos Fleischer, entonces productores de Betty Boop y Popeye, pensaban en adaptar Los viajes de Gulliver. El problema de Disney era financiero: no tenía el capital para comenzar la empresa y nadie quería arriesgarse.

Además, Disney quería realismo. Su estilo siempre tendió a un fantástico que no fuera ni deliberadamente caricaturesco ni deliberadamente igual a la realidad. Para eso, pensaba en una sensación de profundidad que los dibujos animados, bidimensionales por definición, no lograban transmitir.

Con todo esto en la cabeza, y con Blancanieves en mente desde hacía tiempo, llegó el momento de renegociar el trato de distribución con la RKO. Disney pretendía conseguir un par de millones de dólares de adelanto con el fin de construir una nueva cámara que revolucionaría la realización de dibujos.

Renegoció el contrato con un porcentaje menor para sí y mayor para la RKO, de modo que le adelantaran ese dinero. Pero, además, incluyó dos cláusulas geniales: que los derechos de los personajes de todos sus films le pertenecían y que eran suyos los derechos de films y personajes para televisión y cualquier otro medio.

Esto sucedió en 1935, cuando la TV era sólo ese medio que experimentó Hitler en la apertura de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1933. La RKO (que hoy ya no existe, mientras la Disney es la mayor empresa de entretenimientos del mundo) firmó sin problemas.

Con ese dinero, Disney desarrolló la cámara multiplano: un túnel donde se superponían varias capas de vidrio, cada una con detalles de fondos o primeros planos, que permitía a la cámara de animación el movimiento de adelante hacia atrás que la tradicional mesa plana de animación.

El primer film realizado con esta técnica, todavía poco depurada, fue El viejo molino (1937), donde por primera vez la cámara se “metía” en el plano e iba generando una verdadera sensación de mundo tridimensional. Fue el campo de experimentación de Blancanieves, que hace un uso intensivo de esa técnica, especialmente en la secuencia de la huida de la protagonista por el bosque. De paso: no había computadoras.

Disney tenía otro desafío además del técnico: establecer definitivamente el color como un atractivo para la taquilla. Para Disney, no había mayor realismo que incluir el color en las películas –y el realismo, o la fantasía realista, era su norte estético–. Pero no sólo no era la elección estándar, sino que además resultaba muy costoso y no permitía demasiados movimientos de cámara: el proceso Technicolor requería un aparato voluminoso con tres películas diferentes (una por color primario) del que luego se sacaba el positivo proyectable.

Pero en la animación, donde la cámara en realidad no se mueve más que una centésima de milímetro por fotograma, no había problemas. De hecho, los dos primeros grandes éxitos del cine en colores fueron Blancanieves y Las aventuras de Robin Hood (Michael Curtiz), ambos estrenados con pocas semanas de diferencia.

Ahora bien, ¿por qué Disney elige un cuento de hadas para iniciarse en el largometraje? Hay un gran equívoco en identificar “dibujos animados” con “cine infantil”. En realidad, el productor había descubierto que no había nada mejor que hacer films para todo público –lo que incluía a los niños, claramente–.

Sus fábulas animadas de corto metraje, además, habían “provisto de fantasías a las masas dolientes por la Depresión”, según expresó su admirador Sergei Eisenstein. Por otro lado, Disney comprendió –en su paso por Europa como conductor de ambulancias al final de la Primera Guerra Mundial– que las verdaderas raíces de la fantasía estadounidense estaban en el Viejo Continente.

Marge Champion, modelo del personaje.

Que, después de todo, los Estados Unidos eran un país de inmigrantes. Por eso la recurrencia a los mitos y fantasías de los cuentos de hadas, a los que además dio un toque totalmente estadounidense a través del uso del color, del ritmo narrativo y de la música.

Pero lo más impresionante de Blancanieves es que, por primera vez, adaptaba la gramática de narración cinematográfica que había creado D. W. Griffith a la animación.

La idea de Disney consistía en que el espectador no pudiera encontrar diferencias entre el relato animado y el cine convencional.

Tenía que creer absolutamente en el dibujo: de allí el extremado realismo, el “movimiento” natural de las cámaras, el uso de la luz (ver la primera aparición del Príncipe, cuando su caballo entra en el cono de sombra de una pared) y, también, la caracterización humorística de los personajes, principalmente los enanos.

Disney, para el film, abrevó de toda fuente posible.

No sólo las diferentes adaptaciones al cine mudo (por lo menos tres) del cuento, sino también en el cine de terror de la época. Títulos como Drácula o Frankenstein, iluminados por técnicos alemanes que habían huido de la Alemania nazi, habían creado todo un estilo para lo oscuro y lo temible.

Todos los fondos del castillo, el laboratorio de la reina bruja y sus mazmorras abrevaron de ese imaginario y todavía conservan su potencia. Por cierto, en una secuencia la reina patea la calavera de un esqueleto. Esa secuencia, considerada demasiado terrorífica, fue cortada en las copias que circularon entre 1950 y los 70, años donde se creía de buen tino ahorrarles espantos a los niños.

La copia que se pone a la venta en DVD y blu-ray recupera todos los colores del original y se ve, realmente, como nunca. La paleta de los artistas de Disney, con sus matices aterciopelados muy precisos y los sutiles cambios de tono para simular efectos de luz, están perfectamente restaurados a partir del material original.

Disney, por lo demás, fue pionero en conservar todos y cada uno de los elementos con los que se hacía el film, desde los primeros bocetos hasta las celdas animadas finales. De allí que no sólo sea perfectamente factible reconstruir el film tal cual se estrenó, sino también recuperar secuencias que quedaron fuera del montaje final (ver recuadro).

Los documentales que acompañan la edición, por otra parte, incrementan la información sobre un film que, guste o no, fue un hito en la historia del cine. Su éxito no sólo creó, literalmente, la fortuna de Disney y lo estableció como el único grande del largo animado, sino que le dio cartas de ciudadanía a ese género marginal, relegado al corto y a completar programas, que es el arte de darles vida a los dibujos. Blancanieves, además, sigue siendo hoy uno de los films fantásticos más potentes (encantador y terrorífico al mismo tiempo) de la historia.

  • Los enanos que se fueron del film

Blancanieves implicó, además, la entrada a los Estudios Disney de una nueva camada de animadores. Entre ellos, se encontraba un genio del humor y la caricatura llamado Ward Kimball. Kimball trabajó, durante ocho meses, una breve secuencia humorística con los enanos.

Cuando terminó de animarla, y antes de pasar del papel al acetato definitivo, Disney la vio, llamó a Kimball y le dijo que la secuencia era muy cómica, que estaba perfecta… pero que no iba a formar parte de la película porque detenía el relato. Kimball, pues, trabajó ocho meses para nada; luego creó para Pinocho a quien por años sería la mascota de los estudios, Pepe Grillo. En los extras de esta edición se muestra cómo habría sido la secuencia.

  • El maestro de los cuentos

Cuenta la leyenda que Disney, que pasaba de estados depresivos a momentos de enorme euforia, llamó a todos sus colaboradores y empleados a una reunión urgente en el anfiteatro del estudio. Era más o menos la una de la mañana y todos, absolutamente todos, dejaron sus casas corriendo ante el llamado del jefe.

Cuenta la leyenda, también, que Disney les contó que iban a hacer Blancanieves y que actuó, con todas las voces, personaje por personaje, la película entera. Todo el film estaba en su cabeza, antes de que alguien trazara la primera línea sobre
un papel.

  • El cuento de hadas que combatió la depresión económica

Los fanáticos de la animación deben pelear constantemente contra quienes dicen que “es sólo para chicos” o que “Disney era cruel”. Respecto de lo primero, sólo una parte muy reducida (desgraciadamente la más conocida) de la animación se vende para chicos. E incluso Disney no pensó en los niños hasta que descubrió que eran quienes mejor respondían al espíritu de juego de sus dibujos: al principio, Mickey Mouse era sólo un personaje humorístico (y bastante adulto, si uno ve sus primeros cortos llenos de bromas soeces).

Respecto de lo segundo, Disney pensaba en el realismo, en la aventura y el suspenso como sostén del relato; nunca se podía trocar efectividad narrativa por corrección política. En los tiempos de Blancanieves no había en los Estados Unidos –ni en gran parte del mundo– restricciones por edad para las películas: cualquiera podía ver cualquier cosa. Blancanieves prueba de que no se trataba de algo únicamente infantil: sus crueldades, sus aventuras, sus oscuridades y su romance sintonizaban perfectamente con el arte popular de su época.

Hay que pensar a veces estas películas en su contexto. Lo mismo para cierto feminismo que condenaba el rol “sumiso” de Blancanieves, mientras la reina se condenaba por su propia belleza. Eran los años del New Deal, de la post depresión, cuando reencontrar el núcleo familiar –ese que simbolizaban la princesa y los enanos– era un imperativo en una sociedad disgregada por la miseria.

Hoy quizás suene o se vea “poco moderno”, pero en su época tenía un sentido. Como sea, incluso si se rechaza su “mensaje”, su belleza y su rigor como cine y cuento perduran.

  • 21 de diciembre de 1937.

Las grandes estrellas, entre las que estaban Charles Chaplin y Marlene Dietrich, se visten de largo para asistir a una cita que marcará la historia de la animación.

El Carthey Circle de Los Ángeles, un cine que ya no existe del Hollywood mítico, estrenaba ‘Blancanieves y los siete enanitos’, la gran excentricidad de Walt Disney.

Locura porque, como decían los noticiarios de la época, el visionario presentaba dibujos animados «como si fueran una película».

Ochenta y tres minutos en la pantalla. Millón y medio de dólares de la época, en plena Gran Depresión. El fracaso era la ruina.

Tres meses más tarde, unas 20 millones de personas habían pasado por taquilla y la película se convirtió en todo un acierto. Comercialmente, fue la más vista hasta que la desbancó ‘Lo que el viento se llevó’ (1939).

Artísticamente, está considerada toda una obra maestra y, además de formar parte de la infancia de tantas generaciones, fue elegida por la Biblioteca del Congreso de EEUU como uno de los 25 filmes imprescindibles de preservar. Para el recuerdo queda también el Oscar especial que la niña prodigio Shirley Temple entregó a Walt Disney en 1939: una estatuilla acompañada de siete más en versión ‘enano’.

La primera princesa Disney —una franquicia que genera cada año beneficios astronómicos— necesitó del trabajo de más de 750 personas, incluidos 32 animadores, el desarrollo de la cámara Multiplane, una patente de la casa que se utilizó hasta las primeras pruebas de ‘La Sirenita’ (1989) y que supuso toda una revolución. Y, por supuesto, muchas horas invertidas dentro de los históricos estudios Hyperion, la primera ‘casa’ de Mickey y compañía, de los que sólo se conserva un ‘bungalow’ en las instalaciones a las que se trasladaron poco después.

De aquellos momentos guarda un recuerdo muy especial Marge Champion. A punto de cumplir 90 años, aún pueden verse sus movimientos en la grácil Blancanieves. Fue la modelo que inspiró al personaje animado: «Crecí en Hollywood, mi padre era profesor de danza».

Era una adolescente, después llegó a ser una bailarina famosa en EEUU, pero lo rememora como si fuera ayer en los estudios que la vieron nacer como artista: «Éramos jóvenes y divertidos, íbamos a comer con nuestras bolsas marrones en el Hyperion Studio», explica, «y podíamos ver cómo trabajaban los animadores. Todo el mundo se conocía».

«Es todo parte de mi vida, como bailarina, como actriz, como actriz musical, como directora, tuvo mucha influencia en toda mi vida, fue como ir a la universidad», asegura.

El rédito de aquella aventura es casi infinito (es la película de animación que más dinero ha recaudado). Además de haberse estrenado en nueve ocasiones en los cines y haber aparecido en casi todas las versiones de cine en casa, ahora se sube al carro del Blu-Ray. El negativo original, de nitrato, ha sido restaurado palmo a palmo para poder exhibirse con la calidad de imagen y sonido actual. Pero sin perder el encanto de entonces.

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