El entorno de Los Beatles (algunas historias)…
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Paul McCartney, John Lennon, Pete Best y George Harrison, juntos antes de la llegada de Ringo Starr
– La increíble historia de Pete Best, el Beatle que no fue y se quedó sin la gloria
Infobae(M.Bauso/P.Andisco) — La ucronía es un gran pero poco frecuentado género literario. Responde a la pregunta «¿Qué hubiera pasado si…?». Una realidad alternativa que no sucedió. Cuando esa pregunta se instala en una persona en el centro de su existencia casi nunca tiene una respuesta unívoca.
Son muchos los factores que determinan un éxito, son demasiadas las pequeñas circunstancias que se alínean o que conspiran para que algo suceda. Muchas personas creen saber que de haber tomado determinada decisión (quedarse ese día en su casa, no dejar a una pareja, llegar a tiempo a subirse a un micro de larga distancia) toda su vida pudo haber sido distinta. Para bien o para mal.
Sin embargo, hay una sola persona a la que la respuesta de la ucronía, de su ucronía personal, no le abre más posibilidades que una respuesta contundente. Esa persona se llama Pete Best y sabe que en estos días se cumplió un nuevo aniversario (ya son 57 años) de aquellos minutos que le cambiaron a vida (para mal).
Pete Best fue baterista de los Beatles hasta que en agosto de 1962 fue reemplazado por Ringo Starr. Luego llegarían los éxitos del grupo de Liverpool, la fama mundial, la Beatlemanía, los discos. Y también la fama, los privilegios, los millones, las mujeres, los triunfos profesionales.
Todas cuestiones a las que Pete Best no tuvo acceso.

Muchas veces se habló del «Quinto Beatle». Algunos dijeron que al principio ese quinto elemento fue Brian Epstein, su representante. También le dieron el mote a George Martin, el legendario productor. Otros, ya al final, al borde de la disolución, a Billy Preston que tocó con ellos. Y otros, erróneamente, incluyeron en ese grupo a Pete Best, el baterista que fue echado del grupo antes de que alcanzaran la fama.
Los demás fueron personas que acompañaron los Beatles en algún momento y que hicieron aportes importantes. Pero no integraron el grupo. Best, en cambio, fue un Beatle por derecho propio. Pero se perdió todo lo bueno de serlo. A él sólo le tocaría la oscuridad, el recelo, el dolor y la nostalgia por lo que no sucedió.
En agosto de 1960 John Lennon, Paul McCartney y George Harrison fueron contratados para actuar en Alemania pero la condición era que debían conseguir un baterista. Le propusieron el trabajo a Pete Best. Lo hicieron sin demasiado énfasis, asegurándole que él sería uno de los muchos que audicionarían por el lugar: no querían que Pete supiera que él era su única opción para el puesto. Dejaron pasar unas horas hasta decirle que había sido tomado.
Los músicos se habían conocido unos meses antes. Los Quarrymen -un cuarteto que integraban John, Paul, George y el bajista Stuart Sutcliffe– tocaban en el Casbah Café, un sótano que era propiedad de Mona Best, la madre de Pete. Como dueño de casa, Pete acompañó al grupo antes de que fueran los Beatles en algunas ocasiones.
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En Hamburgo los cinco actuaron noche tras noche. Luego regresaron a Inglaterra y volvieron a partir hacia Alemania. Los horas sobre el escenario se acumulaban. Stu dejó la banda que ya se llamaba The Beatles.
Pete con un trabajado jopo, un peinado elaborado y aéreo, era el que más atracción generaba en las chicas. Su belleza respondía con más claridad, encajaba en los cánones de fines de los 50. Un belleza fría y algo engolada.
De pronto les llegó la oportunidad para grabar. Primero como banda de apoyo de Tony Sheridan; luego el recién llegado Brian Epstein, manager flamante del grupo, les consiguió una audición en Decca.
Grabaron 15 canciones – casi todos covers y tres originales de Lennon y McCartney- pero a Decca no le interesó el grupo. Prefirió contratar a Brian Poole y los Tremeloes. Muy posiblemente la peor decisión individual de los últimos setenta años de historia.
Pero Epstein era joven, decidido y ambicioso. No se detenía. Poco después les consiguió otra audición. Y allí comenzaría todo.
Grabaron algunas de sus canciones y conocieron a George Martin, que se convertiría en su inseparable productor. Martín sentenció a Pete. Les informó que para la grabación oficial contrataría a un baterista profesional. Los Beatles, los otros tres, charlaron entre sí y decidieron despedir a Pete.
El 16 de agosto de 1962, dos años después de su ingreso al grupo, Pete Best fue dejado de lado.
Esa mañana Brian Epstein lo citó en su oficina de la casa de electrodomésticos que manejaba. Cuando el joven baterista se sentó frente a él, dio algunos rodeos, habló del clima y de otras cuestiones menores hasta que sonó el teléfono. Del otro lado de la línea estaba Paul McCartney que le preguntaba a Epstein si ya le había comunicado las malas noticias a Best. «No puedo hablar ahora, Paul. Tengo a Pete en mi oficina», dijo Epstein antes de cortar, mirar a los ojos a Pete Best y comunicarle que el grupo había decidido prescindir de él.
Una oleada de ira lo atravesó pero su orgullo le indicó que debía aparentar que había comprendido la situación, que la aceptaba. Cuando se levantó de su silla, Epstein le hizo una última pregunta: «¿Tenemos dos fechas en estos días? ¿Las podés cubrir? Serían las últimas dos».
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Los Beatles ya tenían su reemplazante. Ringo Starr. Un histriónico baterista que ya había tocado con ellos en varias ocasiones para tocar en lugar Pete en alguna de sus ausencias. A Best le endilgaban no sólo la falta de ritmo (pecado capital en un baterista), también decían que no cuajaba con el espíritu del grupo con su aire indiferente, llegadas tarde (otra vez problemas con el tiempo) y que faltaba más de la cuenta.
Años después tanto Paul como John reconocieron públicamente que deberían haber sido ellos los que le comunicaran a su amigo lo que habían decidido.
En el momento de su expulsión, Best desechó una oferta de Epstein, impulsada por la culpa, de crearle un nuevo grupo alrededor de su figura.
Creía que las posibilidades le lloverían a partir de ese momento. Que si bien los otros tres tenían ya un contrato musical, a él también le sucedería lo mismo. Las chicas lo seguían, era el que más demostraciones de afecto despertaba. Los Beatles hasta tuvieron que soportar algunos gritos en contra de su ausencia la primera vez que se presentaron con Ringo como miembro estable.
La capacidad de seducción de Pete fue esgrimida alguna vez como uno de los motivos por los cuales Paul, movido por los celos, accionó para alejarlo. No parece ser cierto.
Luego llegó la explosión. Una conmoción mundial como nunca se había visto hasta entonces. La Beatlemanía. Mientras el mundo enloquecía y bailaba al compás de los cuatro de Liverpool, en un rincón de su casa Pete Best se retorcía del dolor y la frustración.
Una amarga desolación lo dominaba cada vez que escuchaba hablar de los Beatles. Y eso en esos años se daba con una frecuencia desesperante. Todo el mundo todo el tiempo hablaba de los Beatles. Un dolor en el esternón que lo acompañó durante años. Él era al que habían bajado del tren horas antes del viaje triunfal.

En 1965, Pete intentó suicidarse.
Los periodistas lo acechaban, querían conocer la historia del perdedor.
Lo que no podía manejar no era su fracaso sino el éxito ajeno pero que pudo ser propio.
Él no había fracasado, ni siquiera había podido empezar a jugar.
La sombre, enorme y eterna, de los Beatles lo envolvió.
En unas pocos ocasiones sacó provecho de la situación desventajosa.
En 1965 en una entrevista, John dijo que lo reemplazaron porque Pete, debido a algunas enfermedades, tomaba pastillas que le hacían mal y provocaban sus ausencias en los shows.
Best le hizo juicio por difamación y obtuvo una buena suma de dinero en compensación. Por esos meses hizo otra simpática movida comercial. Editó un disco con varios sesionistas. Era su disco, él era el líder. El título del disco tenía su ingenio: Best of the Beatles. No mentía. Él era Best y había integrado los Beatles.
Muchos incautos cayeron en la trampa y compraron el LP pensando que compilaba las mejores canciones de los Fab Four. Algunos le iniciaron acciones legales por fraude pero no prosperaron.
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Luego, Pete se dio por vencido y no insistió con la música. Trató de olvidar la oportunidad desaprovechada, trató de no pensar más en el grupo más famoso de la historia. Se casó, tuvo hijos y trabajó como empleado estatal durante dos décadas.
Recién en 1988 volvió a tocar profesionalmente y a salir de gira por todo el mundo ya (más) reconciliado con el pasado.
Con la publicación del documental y los discos Anthology su suerte cambió. Como allí se incluían algunos de los temas grabados por Decca, cobró en concepto de regalías alrededor de seis millones de dólares.
Por fin, los Beatles convirtieron a Pete Best en millonario.
A sus 77 años, Pete sigue tocando de vez en cuando. Dándose el gusto. Responde las consultas de periodistas y recuerda sus años de Beatle sin rencores evidentes a pesar de que no pueda ocultar una mueca de fastidio cuando le recuerdan que la fortuna de Ringo se calcula que ronda los 400 millones de dólares.
Cada vez responde lo mismo: «Siempre lo he dicho y siempre lo diré. Llámalo orgullo de baterista o lo que sea, pero Ringo solo lleva el compás. Yo, en cambio, soy un verdadero baterista. No hay duda: soy mejor que Ringo».
Pete Best parece reconciliado con su existencia y con el hecho de no haber sido un gran protagonista de la historia. Sabe y asume que su lugar es el de una nota al pie y no mucho más.
Lleva una vida apacible. Su credo se define en una frase: «Soy un tipo común. A la noche cuando me voy a acostar tengo una sola pretensión: levantarme a la mañana siguiente. Y espero que eso siga sucediendo por un largo tiempo».
– Cautivó a Lennon, impuso el look y el nombre del grupo, pero dejó todo por amor: la temprana muerte de Stu Sutcliffe, el artista que no quiso ser Beatle
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The Beatles in Hamburg in 1961.(L to R) Pete Best, George Harrison, John Lennon, Paul McCartney and Stuart Sutcliffe
Entre las tantas leyendas que orbitan la vida de Los Beatles, hay por lo menos dos que se le atribuyen a Stuart Sutcliffe. Suerte de héroe anónimo o enviado divino, el escocés tiene que ver con el nombre del grupo y con la estética de sus primeros años, ni más ni menos que eso.
Imposible imaginar hoy a The Beatles con otro nombre que ese y con otro look que no fuera el de los flequillos, y en el origen de cada caso estuvo Stu. Su voracidad lectora, su capacidad de atar diferentes cabos sueltos en el panorama artístico, su inquietud estética y su corazón dispuesto a todo ayudaron a formatear la génesis del grupo que cambió la música del siglo XX.
Stuart Sutcliffe nació en Edimburgo el 23 de septiembre de 1940, en una Europa en guerra que llevó a la familia a instalarse en Liverpool antes que el niño cumpla tres años. Su padre Charles era ingeniero naval y su madre Martha era maestra de escuela, y el niño creció en un hogar disfuncional, entra los prolongados viajes del padre y los maltratos y las discusiones que escuchaba a su regreso.
El arte fue su refugio y no tardó en mostrar talento para el dibujo que lo llevaron a anotarse en el Liverpool College of Art. Allí sobresalieron sus dotes para la pintura, donde se convirtió en uno de los preferidos de profesores, y su carisma y atracción irresistibles que lo hicieron popular entre los alumnos. Su amigo Bill Harry, periodista y agitador clave en la movida merseybeat, le presentó a otro estudiante, igualmente inquieto pero con otros horizontes, que le iba a cambiar la vida para siempre.
El conflictuado John Lennon encontró en Stuart un compañero con el que poder llevar un paso más allá sus inquietudes y quien iba a terminar moldeando su personalidad de Teddy Boy. Si con Paul McCartney intercambiaban sus talentos musicales en la casa de su tía Mimi, no iba a tardar en mudarse con Stu para divagar sobre pintores existencialistas y escritores beatniks.
Los estudiantes se hicieron amigos y no tardaron en volverse compinches, en una relación basada en un improvisado y abrumador trueque artístico, en el que Stu ofrecía técnicas sobre cómo componer un cuadro o planificar una obra, mientras que John le mostraba en su guitarra cómo sabía tocar los nuevos sonidos del rock and roll. Esto provocó el primer cortocircuito entre Lennon y McCartney, otro ingrediente clave en el mundo beatle que podemos atribuir a Stu, ya que en él, Paul veía un competidor en la atención del por entonces líder indiscutible de un grupo al que le faltaban unas cuantas cosas por definir.
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Stu con sus clásicos lentes oscuros
Sin el menor interés en convertirse en músico, Stuart fue cayendo de a poco en la trampa del destino. Cautivó a los muchachos por su porte de artista y por su onda de vanguardia, en una Londres que empezaba a dejar atrás su estela gris de la guerra y se preparaba para brillar en colores a mitad de la década. Corría 1959 y Lennon, McCartney y George Harrison eran tres guitarristas enloquecidos con los sonidos del rock and roll que llegaban del otro lado del Atlántico.
Se hacían llamar Johnny and the Moondogs pero no les convencía del todo, mientras buscaban resolver el recurrente asunto del baterista. Otro casillero a llenar era el del bajista, del que nadie quería hacerse cargo y para el que convencieron a Stu. Más que un instrumentista, la banda soñaba con un instrumento, un bajo Höfner President 500/5 que costaba un dineral y que solo podía solventar él gracias al dinero que había obtenido en la subasta de una de sus obras.
Su ascendencia sobre Lennon y la química de la relación entre ambos quedó plasmada en la versión oficial sobre el origen del nombre que fue leyenda. Atrás había quedado The Quarrymen y Johnny and the Moondogs tenía los días contados. Una noche de habitación, en esas charlas de adolescentes llenas de sueños y delirios, conversaban sobre su admiración por The Crickets, el grupo que lideraba Buddy Holly, y de quienes tocaban temas como “That’ll be the day” desde las épocas de los Quarrymen.
En ese brainstorming improvisado, Stu propuso seguir en la línea de los insectos y propuso los beetles (escarabajos) como homenaje a los crickets (grillos). El resto es historia conocida.
Aunque la música no era un terreno desconocido para él y había tomado clases de piano y guitarra durante su infancia, Stu tenía claro que quería ser pintor. Y era bueno en eso, disciplinado y prolífico, según dieron cuenta compañeros y profesores del instituto. Pero la relación simbiótica con Lennon lo fue empujando hacia una escena que estaba a punto de explotar y a comienzos de los ‘60 ya era parte del grupo.
Con ellos se fue de gira a Escocia, como backing band de Johnny Gentle y bajo el pseudónimo de Stuart de Sael. Al regresar, firmaron un contrato que iba a cambiar sus vidas.
– De puerto en puerto
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Allan and Beryl Williams, Lord Woodbine, Stuart Sutcliffe, Paul Mccartney, George Harrison and Pete Best at the Arnhem War Memorial – 1961 The Beatles
Su manager de entonces, Allan Williams, les puso en contacto con Bruno Koschmider que manejaba parte de la movida rockera de Hamburgo y necesitaba una formación buena y barata. Ya con Pete Best en la batería, sumado de urgencia para emprender la aventura, se embarcaron rumbo a Hamburgo el 16 de agosto de 1960, donde al día siguiente debutaron en el Indra, ante un público hostil que prefería ver los habituales espectáculos de striptease antes que a cinco británicos tocando rock and roll.
Los Beatles llegaron a una ciudad que estaba lejos del puerto floreciente de antaño. La guerra había dejado su huella y la ciudad se reconstruyó en torno a los tugurios, los cabarets, la marginalidad que suele asociarse a los ambientes portuarios absolutamente exacerbada. Si esto podía ser un impedimento para los jóvenes músicos, y sobre todo para sus familiares que trataron de disuadirlos de todas las maneras, el temor desapareció a la hora de escuchar la paga. 100 libras por semana, mucho más que la plata que podían ver en Liverpool.
Lejos de cualquier lujo, dormían en la trastienda de un cine, cerca de los baños, y comían en los buffets baratos. A cada paso, todo lo que veían les recordaba a la guerra. Las tumbas, los edificios destrozados, los mutilados. Entre ellos, su nuevo jefe, que había quedado maltrecho y se ganaba la vida regenteando un par de clubs nocturnos. En el Indra la experiencia no fue la mejor, y entre el poco público que asistía y las denuncias por ruidos molestos, el manager los llevó con la música a otra parte.
En el Kaiserkeller la cosa cambió definitivamente de color. Allí tocaban hasta seis horas por noche, y lo duplicaban los fines de semana. Su repertorio era el de sus héroes del rock and roll: Buddy Holly, Little Richard, Chuck Berry, Fats Domino y Elvis Presley, de quien Stu solía interpretar “Love me tender” en sus escasas aproximaciones al micrófono. Versiones kilométricas y zigzagueantes, matizadas con improvisados números de comedia, que los hicieron crecer a los golpes, y que lograban sostener gracias al consumo de alcohol y anfetaminas.
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Stuart Sutcliffe en The Beatles
El público iba un poco a beber y mucho a pelear y las esquirlas de la guerra todavía estaban presentes, incluso en algunos alegatos provocadores de Lennon: “En Hamburgo aprendimos muchas cosas. Llegamos siendo unos chicos y regresamos siendo…unos chicos maduros”, resumió Paul McCartney. En esta fauna, el pintor devenido en bajista se contagió de sus compañeros. Se dejó llevar por esos días alocados, de sexo, droga y rock and roll en los que sangraban las manos por tocar durante horas y horas; sí, esas manos que habían nacido para otro arte. Algo que nunca se le fue de la cabeza.
– Love me tender
Klaus Voormann era un joven alemán con inquietudes artísticas, muy diferente a la media que asistía al Kaiserkeller.
Pero una vez que entró, quedó tan fascinado con lo que había visto en escena, que les insistió a su novia Astrid Kirchherr y su amigo Jurgen Vollmer para que lo acompañaran.
Los tres se hicieron habitués, atraídos más con el concepto y con la estética que con la música y quizás por eso pusieron sus ojos en Stu, seductor nato, casi inconsciente; con un desdén en parte genuino por estar parado sobre un escenario sin saber bien todavía por qué.
El resto de los Beatles tomaron con recelo la avanzada alemana.
Apenas podían con los marineros y los criminales, y se presentaban estos tres personajes con sus vestimentas siempre negras, sus peinados de avanzada y su abrumadora verborragia.
“Los exis”, fue el apodo despectivo con el que los referían.
Pero no era más que una postura adolescente y necesariamente pendenciera.
De fondo había una atracción natural y mutua que era innecesario reprimir. Al fin y al cabo, unos y otros eran artistas.
Con el bajista como punta de lanza, los muchachos de Liverpool se entregaron visualmente a la vanguardia alemana. Adoptaron para siempre el negro como dress code y se dejaron llevar ante la cámara de Astrid para tomar algunas de sus fotos más icónicas.

Ella los hizo posar en un parque de diversiones en una improvisada sesión que terminó con los músicos conociendo su casa.
Stu iba más allá, y mientras captaba cada detalle estético que andaba dando vueltas, se enamoraba casi sin darse cuenta de esa joven alemana, que pronto iba a romper con Klaus para vivir con el escocés un cuento de hadas en medio de toda esa locura.
Siempre atento a captar las señales, Stu también le había echado el ojo al peinado de Klaus.
Estaba cansado de ese jopo engominado, que había pasado de vanguardia a demodée en tiempo récord.
Astrid tomó las tijeras y moldeó su cabellera, dejando caer el pelo sobre la frente y sosteniéndolo abultado en la cima de la cabeza.
Esa noche, cuando lo vieron llegar para el show, Lennon no pudo con su genio y se burló a más no poder del look de su amigo.
Pero a los pocos días, George le pidió a Astrid si le podía hacer el mismo corte.
Y tiempo después, John y Paul se encontraron en París con Jurgen y se rindieron a la tentación.
Stu empezó a pasar cada vez más tiempo en la casa de Astrid, y la mímesis fue en aumento. Aprovechando que la talla coincidía, empezó a usarle la ropa, con debilidad especial por los pantalones de cuero y la ropa de corderoy. Pero mientras ellos vivían su historia de amor, las cosas se empezaron a complicar para el grupo, que entró en crisis con el promotor y se quiso ir a un lugar con mejor paga.
La venganza fue revisar el documento de Harrison y como era menor de edad, lo deportaron. El contraataque fue una travesura que casi se vuelve tragedia, cuando prendieron fuego un preservativo y por poco incendian el local. La denuncia policial los devolvió a Liverpool. Pero uno de ellos eligió quedarse en Hamburgo.
Siempre adelantado a su tiempo, con la velocidad con la que se iba a vivir en la década, Stu y Astrid se comprometieron a finales del ‘60. Durante un tiempo, el joven fue y vino de puerto en puerto, tocando con los Beatles y visitando a su novia, con la que mantenía el contacto por correspondencia.
En enero de 1961, en el Lathom Hall, se produjo una de las tantas peleas que ocurrían a las salida de sus conciertos y Stu se trenzó en un combate. Era común que lo provocaran y en una situación confusa, le habrían golpeado la cabeza contra la pared, hasta que Lennon y Best acudieron en su ayuda. Los estudios no mostraron motivos para preocuparse y volvió a las andadas hasta que tomó una decisión que venía postergando.
En junio de ese año, se inscribió Hamburg College of Art como paso decisivo para instalarse en la ciudad alemana. Poco tiempo después, puso fin formalmente a su relación con Los Beatles luego de un año. Paul McCartney pasaría a tocar el bajo, su bajo Hofner que había significado su pasaporte al grupo. Stuart se adaptó de lleno a la vida de Hamburgo, tanto en la relación con Astrid y su familia como en los estudios.
Se puso bajo las órdenes de Eduardo Paolozzi y mostró que su talento no había perdido pulso. En esos meses que parecieron siglos, Astrid viajó a Liverpool para conocer a la familia de su prometido. Todo marchaba según el guion del cuento de hadas. Pero algunos indicios sobre salud empezaron a preocuparlo y torcieron la trama hasta volverla tragedia.
Mientras pasaba horas y horas enfrascado en su creación artística, el joven empezó a notar una persistente sensibilidad a la luz, que le provocaba dolores de cabeza cada vez más frecuentes. Al principio no le dio mayor importancia, pero lejos de irse, aumentaban al punto de tener que abandonar todo lo que estuviera haciendo para caer rendido en la cama.
En febrero de 1962 colapsó durante una clase en el instituto. Los doctores nunca pudieron determinar la causa, y le sugirieron tratarse en Liverpool. Pero allí tampoco lograron diagnosticarlo y él no quería saber nada con estar lejos de su vida en Alemania.
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Stu en la icónica tapa de del disco «Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.» de 1967. Es el primero desde la izquierda en la tercera fila
A su regreso, continuaron las molestias y el 10 de abril volvió a descompensarse, esta vez en la casa familiar de Astrid. Su novia lo llevó al hospital, pero falleció antes que los médicos pudieran atenderlo. La letra fría marcó muerte por una hemorragia cerebral. Nunca se supieron los motivos de los dolores, aunque muchas teorías apuntaron a aquella pelea después de un concierto en el que unos matones golpearon su cabeza contra una pared.
El destino quiso que tres días después, Los Beatles llegaban a Hamburgo para realizar su tercera gira. Primero arribaron Paul y George y se sorprendieron al ver a Astrid con la mirada desencajada. Así se enteraron de la noticia que nunca hubieran querido escuchar y que afectó notablemente a John.
Al día siguiente, Martha fue a buscar el cuerpo de su hijo, en un amargo viaje que compartió con Harrison y el manager Brian Epstein, ya a cargo de los Fab Four. Charles recién lo supo semanas más tardes, cuando el barco en el que trabajaba amarró en Buenos Aires. En una carta, Astrid le explicó a Martha que estaba tan destrozada como para asistir al entierro, y exculpó a su amigo: “John no se puede creer que nuestro querido Stuart nunca vaya a regresar. Sencillamente no deja de llorar”.
Astrid siguió ligada al grupo durante un tiempo y documentó su experiencia en un libro. Para los Sutcliffe no hubo consuelo y durante mucho tiempo Pauline, hermana de Stu, repitió que de no haberse unido a los Beatles, su hermano estaría vivo
Imposible saber qué hubiera elegido Stu de haber visto su propia película. ¿Resignaría el amor intenso y fugaz que vivió con Astrid por una prometedora carrera como artista plástico en Liverpool? De la misma manera, no se puede imaginar qué hubiera sido del grupo si no hubieran existido ni ese falso bajista inquieto y voraz ni la experiencia de Hamburgo, clave en todo lo que vendría después.
Lo cierto es que aun en los márgenes de cierta retrospectiva, Stuart Sutcliffe fue un personaje decisivo en la historia musical más fascinante de la música moderna. El nombre, la estética y esa búsqueda que siempre fue más allá de letras, melodías y canciones tienen su sello inconfundible. Cinco años después de su muerte, su imagen apareció en la galería de personajes de la icónica portada del Sgt. Pepper.
– Fotos, amor, drogas y cortes de pelo: Astrid Kirchherr, la mujer más influyente en la historia de los Beatles
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El tuit del periodista británico Mark Lewisohn, exhaustivo biógrafo de los Beatles, cuando anunció la muerte de la fotógrafa de los Beatles
Aunque siempre se hable de Yoko Ono, y se la culpe de la separación de los Beatles, es muy probable que no haya sido ella la mujer más influyente en la historia de los de Liverpool. Ayer por la tarde a través de un tuit del periodista británico Mark Lewisohn, exhaustivo biógrafo de los Fab Four, el mundo conoció la noticia de que, dos días antes, había muerto Astrid Kirchherr, a los 81 años. Astrid fue la primera que los fotografió y, posiblemente, con su presencia, sus ideas y su tijera moldeó a los Beatles tal como el mundo los conoció.
Astrid había nacido en Hamburgo en 1938. Su padre era un alto ejecutivo de la Ford y en medio de la Segunda Guerra Mundial, gracias a su dinero y contactos, consiguió sacar a su familia de Alemania. La destrucción los encontró en otro lado. Años después Astrid volvió con su madre a Hamburgo. Al egresar del secundario estudió diseño de moda, aunque muy prontamente se pasó a fotografía gracias a la sugerencia de un profesor que quedó deslumbrado con sus fotos. La sugerencia de cambio de carrera incluía hasta una oferta de trabajó como asistente de un importante fotógrafo profesional.
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El recuerdo a la gran fotógrafa y su trágico amor por Stu, el quinto beatle
A principios de la década del 60 Astrid estaba de novia con Klaus Voormann, un excéntrico compañero de estudio. La pareja y el gran fotógrafo Jürgen Vollmer solían andar juntos y compartir lecturas y aficiones culturales.
Luego de una típica pelea entre novios adolescentes, Voorman salió a caminar en medio de la noche por Hamburgo. Casi sin darse cuenta llegó al Reeperbahn, uno de los barrios menos tranquilos de la ciudad, con una nutrida vida nocturna. De un bar escuchó salir una música que lo intrigó: lo atrajo lo desconocido. Ingresó y estaba tocando Rory Storm and The Hurricanes, un grupo inglés. Cuando ese grupo abandonó el estrecho escenario aparecieron 5 jovencitos, también ingleses, con camperas de cuero y jopos, que tocaron una música rápida y seductora. Voorman quedó deslumbrado. Al día siguiente arrastró a Astrid, su novia, y a Völlmer al Keisserkeller Club. Ninguno de los tres habían escuchado nada igual. No conocían el rock. Alemania estaba saliendo de la depresión de posguerra, estaba en ciernes El Milagro Alemán. La música anglosajona que conocían era el jazz ya clásico a esa altura (el swing) y los grupos vocales de los 50 como Los Plateros.
El trío comenzó a ir cada noche al Keisserkeller a escuchar a esos 5 jovencitos de Liverpool. Sí, cinco. Porque hubo un tiempo en que los Fabulosos Cuatro no eran ni fabulosos ni cuatro. Estaban John Lennon, Paul McCartney y George Harrison, pero el baterista era Pete Best y Stu Sutcliffe, el bajista. “La primera vez que vi a los Beatles de inmediato tuve claro que eran algo muy especial. Aunque, por supuesto, nunca me imaginé que un par de años después se convertirían en la banda más importante de todas las épocas”, contó Astrid.
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Los tres alemanes trataron de acercarse a la banda pero chocaron con el desdén de Lennon que los llamaba los “exis”. Pese al deslumbramiento había recelo desde los dos lados según contó Astrid años después: “La guerra había terminado hacía pocos años y nuestros países habían estado enfrentados por lo que en el aire flotaban preconceptos y miradas erróneas”.
Pero todos los prejuicios cayeron, unos días después cuando Stu habló con ellos. Le parecían interesantes. Había un halo misterioso en el trío que vestía de negro, que traían libros bajo sus brazos y que tenían peinados estrambóticos para el momento. La belleza de Astrid era evidente. Ojos claros, un rostro que parecía tallado, el pelo corto que resaltaba cada una de sus facciones clásicas y simétricas.
“En esa época éramos tan chicos que no teníamos idea de quién era Jean Paul Sartre. Nos llamábamos a nosotros mismos existencialistas porque nos gustaba el misterio que rodeaba a esa imagen. Vestíamos de negro y acarreábamos siempre una mirada sombría con gesto grave. Queríamos copiar los franceses porque eran los que teníamos más mano, lo más cercanos”, explicó la fotógrafa. Sin embargo tenían muchos cosas en común. Los Beatles se habían conocido en una escuela de arte parecido a la que iban Voorman y Astrid. Las charlas sobre literatura, arte, cine y música se multiplicaron.
Pero si uno ve fotos de esos años del trío de amigos alemanes sin referencia alguna puede pensar que se trata de un grupo de New Romantics de los 80. La vestimenta que ellos usaban se popularizó casi dos décadas después. Tan adelantados iban a su tiempo.
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La foto de John; Paul; George y Ringo en la tapa del libro de Astrid
El mundo de estos tres alemanes comenzó a converger con el de los músicos ingleses. Se mostraban nuevas realidades y se influenciaban mutuamente.
Stu empezó a vestirse con la ropa de Astrid. Pantalones ajustados de cuero, ropa de corderoy. Lo que al principio motivó la burla de sus compañeros, luego fue emulado por ellos.
Astrid y Stu se enamoraron, aunque Voormann siguió siendo amigo de ellos.
Una tarde, Astrid le cortó el pelo a su nuevo novio. Estaba cansada de ese jopo presuntuoso, ahogado de gel, típico de los jóvenes ingleses de esos años. Cortó poco, pero moldeó la cabellera de otra forma. El pelo abundante sobre la frente y abultado en la cima de la cabeza. Esa noche, cuando el bajista se juntó con sus amigos para los shows, John hizo un sinfín de chistes con el nuevo corte de Stu. Pero a los pocos días George le pidió a Astrid que le hiciera el mismo corte; John y Paul siguieron ese camino no días después (el peluquero en esos caso fue Völlmer). Cuando explotó la Beatlemanía el corte pasó a tener nombre (moptops por su parecido con un trapeador o mopa) y millones de jóvenes que lo emularon.
Ella con gran elegancia siempre rechazó tener un papel importante en la formación del carácter y de la imagen de los Beatles. Ni siquiera se atribuyó los méritos de ese corte de pelo inicial, del que marcó el camino al resto. «Son estupideces eso que dicen que yo inventé el corte de pelo de los Beatles. Klaus Voormann ya lo usaba así y varios de nuestros compañeros en la escuela de arte también lo hacían».
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Todos eran jóvenes y tenían sueños. Stu Sutcliffe quería ser artista por eso abandonó la banda y se quedó a estudiar en Alemania al tiempo que se comprometía con Astrid. Los otros querían triunfar en la música. George pretendía llegar a ser como los Shadows para poder comprarle una casa a su padre. John, en cambio, anhelaba ser más grande que Elvis.
Astrid Kirchherr les propuso sacarles algunas fotos con su Rolleicord. Esas imágenes en blanco y negro se han convertido en icónicas y grafican a la perfección la prehistoria del grupo. En una, contra un vagón de tren, se los ve a los cinco todavía con sus peinados originales.
Ayer Pete Best, el baterista desplazado, le envió vía Twitter un saludo de cumpleaños a Astrid. En él afirmaba que esa foto, la de los cinco contra el vagón, es su foto favorita de toda la historia del rock. Pero Pete, con su pertinaz falta de timing, confundió la fecha de cumpleaños (era el 20). Y no podía saber que había Kirchherr muerto un día antes de su saludo.
Klaus Voormann siguió ligado a los Beatles durante muchos años. Hizo la tapa de Revolver, tocó con la mayoría de ellos en sus discos solistas (participó en el Concierto para Bangladesh, en la Lennon Ono Band y en los éxitos solistas de Ringo). El tercer integrante, Jürgen Völlmer, tambien fotógrafo, es el autor de la imagen que John Lennon utilizó en la tapa de su disco de covers Rock and Roll.
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Las fotos de Astrid con los genios de Liverpool en otro tweet de uno de sus fans
Luego de la sesión de fotos en la que Astrid obtuvo esas imágenes icónicas, invitó a los músicos a su casa. Su habitación era completamente negra, también los muebles. En la pared había sectores recubiertos de papel de aluminio y el techo estaba atravesado por una gran rama de árbol. Los Beatles nunca habían visto un cuarto decorado de esa manera. Pero no fue el único aporte de Astrid. Ella, a través de su madre, les facilitó Preludin, una droga que los estimulaba y les permitía aguantar las largas jornadas sobre el escenario.
Unos años después, el grupo le permitió sacar fotos en el backstage de la filmación de A Hard day’s night. Otra galería de imágenes bellas y clásicas. En 1968, George Harrison le encargó las imágenes del sobre interno de su trabajo solista Wonderwall.
Los Beatles luego de la temporada en Hamburgo volvieron a Inglaterra siendo cuatro, con nuevos peinados, cientos de horas de rodaje sobre el escenario, con un bagaje cultural más expandido, habían utilizado drogas y con Paul en el bajo. La transformación había sido evidente.
Stu permaneció en Hamburgo junto a Astrid. Obtuvo una beca para estudiar con un reconocido artista italiano. La relación proseguía. Ya habían puesto fecha de casamiento. Convivían en la casa de la madre de ella. Hasta hicieron un viaje a Liverpool para que Astrid conociera a la familia de él. Pero el 10 de abril de 1962, un terrible dolor de cabeza hizo que lo internaran. Murió unas pocas horas después de ingresar al hospital debido a una hemorragia cerebral.
Los Beatles volvieron a Hamburgo tres días después de la muerte de su amigo. Astrid los esperaba en el aeropuerto para darle la noticia a John y a Paul. George y Brian Epstein, el manager, llegaban un día después y se enteraron en el avión porque compartieron viaje con la madre de Stu que iba a buscar el cuerpo de su hijo. El padre de Stu se enteró tres semanas después. Como era marino mercante recién supo la trágica noticia en el puerto de Buenos Aires.
En 1994, la pelicula Backbeat cuenta la historia de amor de Stu y Astrid (interpretada por Sheryl Lee) al tiempo que narra los días de los jóvenes Beatles en Hamburgo.
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El biógrafo escribió que Astrid era inspiradora, inteligente, innovadora, atrevida, artística, despierta, con consciencia, hermosa, elegante, amorosa y amiga leal, y que su aporte a los Beatles se hace difícil de calcular
Hace unos años, Astrid escribió el prólogo de Read The Beatles, una excelente recopilación de textos sobre el grupo editada por Penguin. Allí, una vez más, minimiza su influencia y se dedica a explicitar cuál fue el mayor legado de los Beatles en la juventud: “Hicieron que la juventud adquiere confianza en sí misma y les mostraron de qué manera se podía ser más crítico, menos complaciente. Enseñaron, cada uno con su cautivante personalidad, cómo ser diferentes, cómo diferenciarse de la multitud, cómo experimentar y todo eso haciéndolo con humor, inteligencia y tolerancia”. En algunas líneas hasta parece que está hablando de ella misma.
Volvamos al tuit de Mark Lewinsohn que anunció la muerte de Kirchherr. En él, el biógrafo escribió que Astrid era inspiradora, inteligente, innovadora, atrevida, artística, despierta, con consciencia, hermosa, elegante, amorosa y amiga leal, y que su aporte a los Beatles se hace difícil de calcular. Una vez que se conoce la historia de Astrid Kirchherr no se puede dejar de coincidir con él.
– La secreta vida del Quinto Beatle: su papel clave en la historia del grupo, los temas que cambió y las críticas de Lennon
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Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr y John Lennon reciben el disco de plata entregado por George Martin en 1963
“Caballeros, acaban de grabar su primer número uno”, dijo la voz metálica que salía desde la consola hacia la sala de grabación. Los cuatro chicos se rieron, satisfechos. Lo tomaron como un halago. Ninguno pensó que esa frase podía tener algo de profecía. Era recién su segunda sesión profesional. Pero el hombre que estaba al comando sabía lo que decía. Cuando Please, Please Me apareció se convirtió en un éxito inmediato. Los Beatles se daban a conocer. Y ya nada sería lo mismo.
George Martin tenía 36 años. Pero parecía de más edad. El pelo prolijo, la cara alargada, la vestimenta siempre formal, los gestos serenos. Desde hacía más de cinco años manejaba Parlophone. Había heredado el sello, luego de la jubilación de su anterior jefe. Era una división de EMI que no tenía demasiado trabajo; su producción no estaba orientaba a las ventas masivas. Sus géneros eran, por lo general, marginales y escasamente masivos.
En su infancia tuvo su primer contacto con la música. Martin tenía una hermana mayor que tomaba clases de piano. Como no había plata para que la profesora le enseñara a los dos hijos, George se sentaba en un rincón de la habitación y trataba de copiar lo que hacía su hermana. Apenas la profesora se retiraba, él repetía, recreaba lo que había sucedido en la clase. Un poco más grande estudió piano y oboe formalmente.
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George Martin tenía 36 años cuando conoció a Los Beatles. Pero parecía de más edad. El pelo prolijo, la cara alargada, la vestimenta siempre formal, los gestos serenos
En ese sello grabó artistas clásicos pero su zona principal de trabajo era la de los discos de comediantes. Hizo los discos de los mayores cómicos ingleses de la época. Los protagonistas de The Goon Show, entre ellos Peter Sellers, eran los artistas que más vendían en el rubro. En 1962, el mundo de la música estaba cambiando. George Martin supo que debía encontrar él también algún artista de rock que sedujera al público juvenil que era quien más discos compraba.
Alguien le habló de Brian Epstein, un joven dueño de un negocio de electrodomésticos, que estaba intentando que una banda que manejaba llegara a grabar un disco. Hasta el momento no había tenido suerte. Los había rechazado de todas las discográficas. La última negativa la había brindado Decca. Epstein y Martin se reunieron en febrero de 1962.
Unos meses después hubo otra reunión en la que Martin escuchó un demo que lo dejó impasible pero lo que sí lo sorprendió fue el entusiasmo y la confianza de Epstein. Decidió firmar al grupo. No tenía nada que perder. Sin anticipos, las regalías de la banda quedaron fijadas en un penique por cada disco vendido. Una miseria que luego debía ser dividida en cuatro. Pero a los Beatles no les importó. Ellos querían grabar.

El primer gran aporte de Martin a la banda fue su confianza. De entrada, no le gustaron los temas ni la manera de tocar de los cuatro jóvenes, pero escuchó algo especial en las voces de John Lennon y de Paul McCartney. Creyó que valía la pena invertir algo de tiempo en ese par de buenos cantantes. Además no tenía muchas opciones más. Necesitaba algún artista de rock, de música joven. Y estos cuatro muchachos de Liverpool era lo mejor (o al menos lo más potable) que había encontrado hasta el momento.
La primera sesión de grabación fue el 6 de junio de 1962. Martin no la presenció. Al termino de la sesión escuchó los cuatro temas registrados. Una vez más, no encontró un hit, ni siquiera creía que le grupo podía a llegar a encabezar los charts. Pero su oído de productor volvió a ser influyente. Exigió que cambiaran al baterista. Fue casi la única condición que puso para trabajar con ellos. Con trabajo y un buen ritmo de base algo podía suceder.
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Cuando llegó al estudio, Please Please Me era una balada. George Martin la escuchó con su gesto serio. Al terminar les dijo: “Está bien, pero dóblenle la velocidad”. Los jóvenes músicos no supieron si era una broma o si hablaba en serio. Por las dudas le hicieron caso
Paul y John querían grabar sus temas, pero Martin no estaba tan convencido. Prefería que hicieran covers. Ellos insistieron y lograron que Love Me Do saliera como el primer single. Pero, antes, George Martin volvió a rechazar al baterista, en este caso al nuevo, a Ringo Starr y contrató a un sesionista. El single llegó al puesto 17 de los charts, nada mal para unos debutantes. Eso hizo que volvieran a entrar al estudio.
George Martin había querido que su primer single fuera How Do You Do It, pero John y Paul se negaron. Martin parecía ir tomándole el pulso al mercado: esa canción llegó a la cima de los charts interpretado por Gerry and the Pacemakers. Los Beatles se dieron cuenta que ese adulto que tenían enfrente sabía de qué hablaba. Tal vez, valía la pena escucharlo.
Cuando llegó al estudio, Please Please Me era una balada. George Martin la escuchó con su gesto serio, reconcentrado. Al terminar les dijo: “Está bien, pero dóblenle la velocidad”. Los jóvenes músicos no supieron si era una broma o si hablaba en serio. Por las dudas le hicieron caso. Cuando terminaron la primera toma, escucharon hablar a su productor desde el control. Les anunciaba, les avisaba- que ese sería su primer número uno.

El tercer tema fue From me to You. George Martin intercedió, sin que ellos lo pidieran, por los Beatles ante las autoridades de la discográfica. Pidió que les duplicaron los magros royalties convenidos. A los ejecutivos no les agradó el gesto, ni siquiera pensaron en la justicia del reclamo. El contrato, aún con el aumento, seguía siendo leonino. Pero a Martin lo trataron de traidor por ponerse del lado de los músicos cuando él representaba los intereses de la discográfica.
Cuando finalizó la primera sesión de grabación de los Beatles, esa en la que Martin no participó, luego de escuchar las canciones, el productor entró en la sala y saludó a los músicos. Les preguntó si estaban cómodos, los autorizó para decirle si había algo que no les gustaba. George Harrison, el más joven de los cuatro, fue el que rompió el hielo: “Esa corbata horrible que llevás”. dijo.
Y todos rieron. John y Paul se sintieron autorizados para desplegar sus bromas. George Martin contó, años después, que en ese momento se dio cuenta que él tenía ganas de trabajar con esos chicos, que eran inteligentes y con sentido del humor.
En esas primeras semanas de trabajo fueron muchos los gestos de George Martin que los Beatles valoraron. Los había defendido ante la discográfica, el cambio de tiempo de su tema lo había convertido en un éxito, sabía tocar el piano, los escuchaba, aceptaba su sentido del humor y se desvivía para que en el estudio siempre existiera un buen clima. Habían encontrado en quien confiar, quien los podía mejorar.
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George Martin y Paul McCartney. Cuando el productor lo conoció supo que estaba frente a un genio
Es un lugar común. Hubo muchos que, con mayor o menor justicia, aspiraron al mote de Quinto Beatle. Una contienda estéril. Ellos fueron cuatro. Y nada más. Pero Stu Sutcliffe, Pete Best, Brian Epstein, Klaus Voorman o Billy Preston (también George Best pero por su impacto cultural) aspiraron al honor. Los especialistas coinciden que el único que cabalmente puede ser llamado así, el único Quinto Beatle fue George Martin.
El no lucía moptops, no fue ídolo juvenil, no salía en las revistas, ni siquiera tenía buena voz. Podía caminar por las calles con cierta libertad, las adolescentes no se desmayaban a su paso y sus composiciones no encabezaron los charts. Pero los Beatles no hubieran alcanzado esas alturas estratosféricas, no hubieran cambiado el rumbo de la música popular moderna de no haberse cruzado en su camino con George Martin.
Él, a diferencia de los Beatles -de al menos tres de los cuatro-, no era un genio. Pero era un artesano, alguien con un oficio bien conocido, con experiencia, visión y voluntad. No lo dominaba la pereza. Sacaba recursos de caja de herramientas, de sus años en el negocio, de sus estudios. Y nunca se daba por vencido.
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George Harrison fue el primero en introducir un humor ácido en las sesiones del grupo. George entendió que así iban a funcionar mejor
A aquellos que lo señalaban como una figura paternal, él respondía que a lo sumo podía oficiar de hermano mayor. Él tenía alrededor de 15 años más que los músicos. Ellos no necesitaban confianza, eso les sobraba. Pero sí, una guía, alguien que los interpretara, que oficiara de medium para que sus ideas voluptuosas se transformaran en sonidos. George Martin fue el encargado de corporizar algunas ideas abstractas de John y Paul.
Cuando Paul llevo al estudio Yesterday, todos reconocieron que se trataba de una obra maestra. Pero se instaló una sensación de incomodidad evidente: ¿qué harían los otros tres? Era la primera vez que pasaba que los demás no tenían espacio. Tampoco era cuestión de arruinar lo que ya estaba bien. Martin propuso un cuarteto de cuerdas. Paul, al principio, se negó. No quería esos pastiches que había en el pop. melosos, pegajosos.
Lo que George Martin proponía era algo distinto. Fue con sus conocimientos de música clásica, de orquestación el primero en integrar orquestas e instrumentos de la música culta al pop. Después lo haría muchas veces y hasta sería el que lograra integrar las ideas hindúes de George.

Otra de sus proezas fue Strawberry Fields. Había dos grabaciones en dos registros y en dos tiempos distintos. No sabían con cuál quedarse, hasta que alguien, con sensatez, sugirió que lo ideal sería una mixtura de ambas. “Qué lástima que eso es imposible”, dijo otro. John Lennon miró a George Martin y le pidió: “Hacelo”.
Martin junto al ingeniero de sonido Geoff Emmerick lo hizo. Fue una proeza, que parecía inconseguible con los medios técnicos de la época. Posiblemente uno de los grandes hitos de la edición moderna. Entre esos hitos, esos actos de magia que superaron las limitaciones tecnológicas de esos años, que expandieron horizontes se pueden agregar el tsunami orquestal de A Day in the Life o el ambiente circense de Being For The Beneffit of Mr. Kite!
Hasta la aparición de George Martin los productores musicales no eran magos de estudio. Oficiaban de managers. Conseguían oportunidades, se encargaban de la logística de la grabación y no mucho más. No diseñaban el sonido de un artista como sí lo hizo George Martin. Es uno de esos contados personajes que tras su tarea, reconfigura su profesión. Sus habilidades ingresan en la definición obligatoria de su oficio.
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Brian Epstein, George Martin y Geoff Emerick en los estudios de Abbey Road en 1967
Otro de sus méritos fue que nunca buscó ocupar roles centrales, nunca pretendió robar algo del merecido protagonismo de los Beatles. Supo, desde un principio, que su papel era secundario, que un productor musical como un buen editor literario deben tener una cualidad ineludible: aspirar a la invisibilidad. La otra, trabajar la obra ajena como si fuera propia pero sin quitarle fuerza a la voz del autor, sino potenciándola. El objetivo es el de los buenos directores técnicos de fútbol: sacar lo mejor de sus dirigidos, que ellos alcancen el pico de rendimiento bajo su dirección.
George Martin logró crear un ambiente fértil para que la genialidad de los Beatles pudiera desplegarse.
Sus colegas y los especialistas suelen reconocer el papel vital de George Martin en los Beatles, y por ende en la música moderna. Los elogios suelen ser unánimes. Una sociedad improbable pero invencible.
John con su estilo cáustico, inconformista y desdeñoso, tras la separación del grupo, mientras daba a conocer sus primeros trabajos solistas y se alejaba estilísticamente y hasta en sus declaraciones de su pasado, cuando un periodista le pidió una opinión sobre el trabajo de George Martin, preguntó: “¿Conoce muchas canciones suyas, se venden muchos discos de su autoría o en los que él toca?”. Tiempo después se arrepintió de haber menospreciado el aporte del productor.
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George Martin, Olivia Harrison, Ringo Starr y Barbara Bach en el Chelsea Flower Show 2008
George Martin tenía sus preferidos entre los discos de los Beatles. Rubber Soul y Revolver. Porque esos, los del cambio estilístico abismal, los de la evolución, los de los milagros en los estudios, los saltos al vacío inesperados en vez del regodeo en el éxito seguro. El otro al que él le tenía enorme cariño era Abbey Road, el canto del cisne, la última grabación juntos. Ese lado B glorioso en el que encadenaban los temas, de manera sutil, la innovación hasta último momento, nunca quedarse en lo seguro.
Después de los Beatles, George Martin grabó con decenas de grandes artistas. Paul trabajó con él en Live and Let Die. Martin participó en otros dos proyectos Bond. También compuso música de películas, grabó con América, Sarah Vaughn o Elton John.
Participó del proyecto de Anthology pero se negó a mezclar los dos inéditos de Lennon, Free as a Bird y Real Love, para que se convirtieran en canciones Beatles. Estaba perdiendo la audición.
Murió el 8 de marzo de 2016, mientras dormía. Tenía 90 años y hacía más de medio siglo, contra todo pronóstico, había tenido participación fundamental en una revolución, la que cambió para siempre la música y la cultura modernas.
– Los shows más recordados de los Beatles en The Cavern: el sótano angosto en el que empezó la revolución
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Cuatro años después de su inauguración, The Cavern recibió a un grupo que lograría inmortalizar el club, como si todo lo que hubiera sucedido antes no importara. El 9 de febrero de 1961, al mediodía, en algo que se llamaban las Lunch Sessions (Las Sesiones del Almuerzo) se presentaron por primera vez los Beatles
¿Quiénes habrán ido a almorzar a ese sótano de Liverpool ese mediodía? Algunos amigos de los músicos, varios habitués que disfrutaban de comer o tomar algo mientras escuchaban canciones, algún distraído que no sabía bien qué hacer con su tiempo y de casualidad, sin proponérselo y sin advertirlo hasta varios años después, presenció un hecho histórico.
Cuatro años después de su inauguración, The Cavern recibió a un grupo que lograría inmortalizar el club, como si todo lo que hubiera sucedido antes no importara. El 9 de febrero de 1961, al mediodía, en algo que se llamaban las Lunch Sessions (Las Sesiones del Almuerzo) se presentaron por primera vez los Beatles.
Paul, John, George y Pete Best. En la batería todavía no estaba Ringo, faltaba bastante para eso. Tampoco usaban esos trajes entallados con los que se hicieron famosos, ni el moptop como peinado.
Camperas de cuero y pantalones negros o jeans. El pelo un poco más largo que lo habitual y despeinado pero nada que pudiera interpretarse como un look urdido. La paga era escasa: 5 libras esterlinas por función. Pero a ellos no les importaba. Querían tocar, darse a conocer en su ciudad y aceptaban cada presentación que les ofrecían. Venían de tocar en Hamburgo y de incorporar centenares de horas de escenario.

Diez días después, los Beatles volvieron a tocar en The Cavern y ya se instalaron en el lugar. Por un par de años se convirtió en una especie de sede de su música y de la música joven británica. Y ese escenario pequeño fue el laboratorio en el que se forjó la banda que cambiaría la música (y hasta la vida) moderna.
Cuando vio el local, ese sótano arrumbado del número 10 de la Mathew Street, con paredes de ladrillos y piso desparejo, Alan Sytner supo que ahí pondría su tercer club de música. El nombre no lo tuvo que pensar. Sólo lo tradujo del francés. Replicaría en Liverpool ese club de jazz que lo había fascinado en París. Le Caveau se transformó, entonces, en The Cavern.
Abrió a principios de 1957. Y en agosto de ese año, entre otros grupos, se presentaron los Quarrymen, unos adolescentes de la ciudad. En el grupo estaba John Lennon y unas semanas después se incorporaría Paul McCartney. El dueño del lugar, Alan Sytner, al principio, se engañó a sí mismo, sosteniendo que el skiffle, el estilo de los Quarrymen era un derivado del jazz, por lo que no estaba traicionando su idea inicial.
En una de esas primeras actuaciones, Lennon arrancó de sorpresa con un cover de Don’t be Cruel de Elvis Presley. Sytner corrió al pie del escenario para pedirle que interrumpieran esa especie de sacrilegio. Los números no cerraban, la oferta musical no era tan nutrida y los jóvenes que se dedicaban a esa nueva música llamada rock cada día eran más y querían ser escuchados. En 1959 Sytner vendió el lugar a Ray McFall.

El nuevo propietario tenía miras más amplias. La idea de que The Cavern se dedicara sólo al jazz cambió con velocidad. Reconoció la realidad y aceptó a los grupos que hacían otro tipo de música. Esa política de apertura fue la que consiguió que con los años The Cavern se convirtiera en un lugar clave en el germen de la escena beat inglesa.
No se conoce el número exacto de veces que los Beatles tocaron en The Cavern. Pero el número se acera a las 300 (algunos dicen que fueron 292 shows).
El primer mediodía, el del día del debut, George fue detenido en la puerta. El portero no quería dejarlo pasar. Llevaba jeans y la política de admisión de la casa era muy estricta en esa cuestión. Nadie podía pasar sin respetar las normas de etiqueta del sitio. Harrison ingresó cuando lograron convencer que de otra manera no iban a poder tocar. La gimnasia escénica que habían adquirido en Alemania servía para que los Beatles sonaran con contundencia; no eran unos improvisados, el entendimiento entre ellos era evidente y habían desarrollado un sonido propio.
El lugar era angosto. Sobre el final, bajo el techo abovedado, casi como encajado contra la pared de ladrillos, estaba el escenario breve en el que los cuatro se amontonaban. En el medio Paul. La primera línea la completaban John y George. Y bastante más atrás, casi como si se apoyaran contra la pared, Pete y su batería. La gente estaba cerca del escenario. Podían hablar con los músicos. El humo de los cigarrillos subía y se amuchaba contra el techo formando nubes que parecían sólidas. El olor era una rara mezcla de transpiración, humedad, desinfectante y las frutas podridas del mercado de la calle de enfrente.
– Brian Epstein conoce a los Beatles
El 9 de noviembre de 1961, en una de esas funciones del mediodía en The Cavern, entre el público había un hombre serio, con un traje elegante de tres piezas que aparentaba más edad de la que tenía. Alguien podría haber pensado que era un ejecutivo que se había equivocado de lugar para su almuerzo. Pero Brian Epstein había decidido ver en persona quienes eran los Beatles.

Había descubierto los afiches de sus actuaciones pegados en las paredes de Liverpool, leía sobre ellos en la revista Mersey Beat y algunos de sus clientes le habían hablado de esos cuatro jóvenes.
Epstein tenía un local de electrodomésticos y de venta de discos, NEMS. “Quedé impactado con su música, con la manera de moverse en el escenario y su sentido del humor.
Después cuando los saludé al terminar el show me sedujeron con su encanto único.
Me deslumbraron”, escribió (a través de un ghost writer) tiempo después. Concurrió varias veces más y un mes después, en diciembre de 1961, les propuso ser su manager.
Freda Kelly tenía 16 años cuando abandonó el colegio. Estudió mecanografía para poder trabajar como secretaria. En el curso alguien le dijo que durante el almuerzo debía ir a The Cavern a escuchar a un cuarteto de chicos jóvenes que tocaban una música nueva, algo distinto a todo lo demás. La joven caminó la decena de cuadras que la separaban del lugar sin demasiadas expectativas. Cuando descendió al sótano y los escuchó (y los vio) quedó prendada.
Empezó a ir cada vez que esos cuatro muchachos tocaban. “No era sólo la música, era todo. La forma en que se movían, la conexión entre ellos, la actitud. En esos días nadie se vestía con cuero. Los Beatles, sí”, contó Freda en el documental Good Ol Freda en la que da cuenta de sus días cerca de los Fab Four. Freda cree que los vio al menos 190 veces en The Cavern.
En una de esas noches, otro de los que concurría con asiduidad se acercó a la joven y le ofreció un trabajo. Brian Epstein creía en el potencial de la banda y les tramitó oportunidades para grabar. Para ayudarlo a manejar los asuntos del grupo contrató a esa chica que iba a todos los shows. Así Freda se convirtió en la secretaria de Epstein y en la de los Beatles.
Su primer trabajo fue llevar adelante las relaciones con el club de fans y responder a las demandas del público. Cuando salió Please, Please me, el segundo simple y llegó al número uno, todo explotó. Freda vio multiplicado su trabajo. Debía lidiar con alrededor de 800 cartas diarias.
– El día que noquearon a Harrison
En otra velada histórica de los Beatles en The Cavern, George protagonizó un incidente a pesar de que esa noche él no era el protagonista principal. El 19 de agosto de 1962 los Beatles se presentaron ante su público con un cambio importante. En la batería ya no estaba el carilindo pero poco rítmico Pete Best: había llegado Ringo Starr.

Las chicas clamaban por Pete. También los varones.
Algunos cantaban “¡Que se vaya Ringo! ¡Que vuelva Pete!” y hasta abuchearon la primera canción de la noche.
Aunque ya había reemplazado a Pete en algunas de sus ausencias, este era el debut de Ringo en el grupo ante el público como miembro oficial.
Ringo ya tenía experiencia, hacía años que tocaba por todos lados.
Sonrió y le dio más duro a los parches. Los otros tres reaccionaron de manera diferente, de acuerdo a sus personalidades. John ignoró los reclamos, hizo como si no escuchara nada de lo que pasaba.
Paul se mostró amable e intentó hacerse entender, tratando de conciliar con los fans enojados. George, por su parte, deslizó varias ironías a lo largo del show.
Las discusiones seguían y cada vez el nivel de tensión era mayor. En el momento en que bajaron del escenario y recorrían el pasillo para ir a los precarios camarines, George quiso hacer entrar en razones a uno de los fans más alterados. Sus argumentos sarcásticos fueron respondidos con un contundente cabezazo que lo derribó y le dejó un ojo negro.
El debut de Ringo no fue demasiado promisorio. Algunos hasta se preguntaron si la buena estrella de los Beatles se había terminado, si con este cambio, poco popular, su ascenso se había detenido de manera definitiva.
El 3 de agosto de 1963, cuando faltaban pocos shows para llegar a los 300, los Beatles tocaron por última vez en The Cavern. Ya eran una sensación en Inglaterra. Hacía un mes habían grabado She Loves You. Ahora cobraban 300 libras por show y mucha gente se quedaba fuera de la sala.
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Adolescentes bailan en The Cavern en 1961, año del debut en el bar de los Beatles
Brian Epstein limitó la cantidad de público. Sólo podían entrar quinientos espectadores que estaban abarrotados pero los dueños hubieran metido más de no haber sido por la restricción del manager que temía por la seguridad de su banda.
El programa empezaba a las 6.30 pm y terminaba a medianoche. Antes del número principal tocaban otros grupos: The Escorts, The Merseybeats, The Road Runners, Johnny Ringo and the Colts, and Faron’s Flamingos. Nadie sabía en ese momento que ese sería el show final de los Beatles en The Cavern, pero en todos convivía la sensación de que ese sitio ya les quedaba muy chico. Faltaban apenas seis meses para que viajaran a Estados Unidos y explotara la Beatlemanía. Ya nada sería igual ni para ellos ni para el resto del mundo.
The Cavern cambió de dueño en varias oportunidades. En 1973 fue cerrado. Los almacenes de los que el local musical era el sótano fueron expropiados por la empresa que manejaba los subtes de la ciudad para construir un sistema de ventilación e instalaciones secundarias. Parte de la propiedad fue demolida a tal efecto pero la obra nunca se llevó a cabo. Pasados unos años se rehabilitó como un garage.
– Los ladrillos de The Cavern
En 1982 se intentó reabrir The Cavern. Pero al realizar las primeras excavaciones se comprobó que la demolición había afectado de manera irreversible algunas estructuras. El plan que se montó fue muy original. Se extrajeron 5 mil ladrillos originales y se los puso en venta a 5 libras cada uno. Se agotaron en pocos días. Eran ladrillos que habían presenciado los primeros pasos de los Beatles. Otros 15 mil fueron reutilizados en la reconstrucción del lugar. Ese que los turistas visitaron en las últimas décadas es un sitio nuevo que ocupa un 70% de la construcción original.
En 1999, Paul McCartney volvió a tocar en The Cavern como parte del lanzamiento de Run Devil Run.
La pandemia también afectó a este sitio histórico. Los dueños no podían afrontar los gastos y pensaron seriamente en cerrarlo. En esos meses despidieron a la mitad de su personal, 20 personas. Cuando las actividades se retomaron y el temor de la gente pasó, el sitio recuperó el flujo de visitantes que acuden imantados por la leyenda Beatle, que necesitan recorrer el lugar en el que empezó todo.
The Cavern es una de las catedrales de la cultura popular moderna. Un sótano que de manera impensada se convirtió en fundamental para la educación sentimental de varias generaciones.
– Famosos rechazados y espíritus que se aparecen: la sorprendente historia del Dakota, el edificio donde asesinaron a Lennon
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John Lennon y Yoko Ono vivían en el Dakota, el mítico edificio frente al Central Park cuando el genial músico fue asesinado por Mark Chapman
El 8 de diciembre de 1980, John Lennon fue asesinado cuando ingresaba al edificio en el que vivía. Todo el mundo sabía dónde quedaba el departamento de John. El Dakota, el mítico edificio de la calle 72 frente al Central Park, estaba por cumplir un siglo de vida. Y además de millonarios, empresarios, celebridades y artistas albergaba (y lo sigue haciendo) cientos de historias extraordinarias. El Dakota, quizá, sea el edificio más conocido de la ciudad.
Un terreno enorme al costado del Central Park, en la parte Oeste de Manhattan. En ese tiempo, en octubre de 1880, era una zona completamente deshabitada de la ciudad. Allí Edward Cabot Clark decidió construir un imponente edificio de nueve pisos. Era una idea que traía de uno de sus viajes por Francia. Los edificios de departamentos. Le encomendó el diseño a Henry Janeway Hardenbergh, el arquitecto más afamado del momento especializado en un rubro que estaba ganando importancia: los edificios de departamentos y los grandes hoteles (suyo era el diseño del Plaza Hotel, también).
Los otros millonarios norteamericanos construían monstruosas mansiones en las grandes ciudades. Los apellidos todavía son reconocibles: Frick, Vanderbilt, Rockefeller.
Edward Clark era uno de los fundadores de la empresa Singer de máquinas de coser. Su proyecto era ambicioso. Crear el mejor edificio posible, con las mayores comodidades y los detalles más sofisticados posibles. Quería darles el mismo confort de una casa -por eso algunos tenían hasta dos decenas de habitaciones- más las ventajas de servicios centrales y compartidos.
Lo único que se sabe con certeza sobre su denominación es que el nombre fue puesto por Clark. Con los años se asentó la creencia que lo bautizó de esa manera por su afición a las historias del Oeste y porque el terreno estaba ubicado en esa zona de Manhattan y en un lugar inhóspito y casi sin movimiento alguno.
La construcción tomó cuatro años. La venta resultó un gran éxito. Las unidades se agotaron de inmediato. Pero no era cuestión de apurarse. Esa carrera no la ganaba el que llegaba primero. Los candidatos eran elegidos cuidadosamente. Esa criba inicial, exigente y lenta, no parece haber estado errada. Durante 45 años no hubo cambio en la lista de propietarios. Nadie vendió su departamento, en un caso de estabilidad consorcial único.
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Frente al Central Park, en la parte Oeste de Manhattan, en octubre de 1880, era una zona completamente deshabitada de la ciudad. Allí Edward Cabot Clark decidió construir un imponente edificio de nueve pisos: el Dakota
Eran departamentos altos, enormes y lujosos. Ninguno era igual al otro. 65 viviendas, literalmente, únicas. Algunas tenían cuatro dormitorios y otros veinte ambientes. La distribución estaba tomada también de la arquitectura francesa. Puertas alineadas que conectaban un ambiente con el otro, con un gran hall central y doble circulación. Los dormitorios principales estaban orientados hacia la ciudad mientras que los salones y el comedor tenían la vista del gran patio interno.
La entrada principal, fácilmente reconocible por haber sido el lugar del asesinato de John Lennon, es de una gran amplitud. La explicación no sólo está en la opulencia del proyecto sino que estaba pensada para que el medio de transporte de la época pudiera moverse con comodidad. Por ese imponente pórtico entraban y salían los carruajes tirados por caballos.
El edificio siempre se distinguió por los servicios centrales y las comodidades que brindaba en sus zonas comunes. Salones de fiestas, un amplio comedor, los primeros ascensores de la ciudad, monta platos, gimnasio, cocinas comunes, peluquería y habitaciones para el personal doméstico. Fue el primer edificio en tener calefacción central y un sistema de energía propio.
El extremo conservadurismo de la Junta quedó expresado cuando llegó el boom del aire acondicionado. Mientras todas las viviendas lujosas de Nueva York lo habían incorporado, en el Dakota seguían padeciendo el calor. La Junta no aceptaba esos aparatos colgando de sus ventanas que afearían la fachada.
Tampoco los sistemas centrales porque obligaban a bajar los techo. El director de la Junta durante años respondía que a él no le importaba porque no sufría el calor. A fines de los años sesenta debieron ceder ante las quejas y a devaluación de las propiedades por semejante incomodidad.
Con el tiempo, otros servicios forzosamente debieron modernizarse. Y la gran mayoría de los sectores comunes fueron vendidos como viviendas.
El éxito del modelo del Dakota se trasladó al resto de la ciudad. Fue copiado por varios potentados que pusieron en marcha sus propios proyectos inmobiliarios. Pero pocos edificios conservaron el aura, el prestigio y las historias míticas como el Dakota.
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Cuando Lennon y Yoko Ono mostraron interés en el Dakota se pensó que ellos serían dos nombres más en la lista de rechazos célebres. Pero el matrimonio fue aprobado por la Junta y nunca causó problemas
¿Qué tienen en común Antonio Banderas, Melanie Griffith, Billy Joel, Madonna, el beisbolista Alex Rodríguez, el Kiss Gene Simmons y Carly Simon? Todos fueron rechazados por la Junta Directiva del Dakota. Los requisitos para obtener algunos de los departamentos son muy complejos y variados.
El primero elimina a la casi totalidad de la población mundial. Hay que disponer de varios millones de dólares para comprar una unidad (la venta más cara fue la del departamento que pertenecía a Leonard Bernstein por el que se pagaron más de 25 millones de dólares). Pero una vez mostrada la capacidad adquisitiva, también hay que demostrarle a la Junta que se dispone de solidez como para afrontar los gastos mensuales. Así cada candidato debe presentar una ingente cantidad de información sobre su pasado y presente financiero. Declaraciones de impuestos, antecedentes en sus anteriores consorcios, flujo de sus actividades económicas. Porque conservadores como son, no ven con buenos ojos los cambios de propietarios. Prefieren que cada uno que compra permanezca en la unidad el mayor tiempo posible. Lo mismo sucede con los alquileres: los inquilinos son inspeccionados aún con más rigor que los que compran.
Lo que desean evitar es que alguien con un muy buen presente pueda pagar decenas de millones por un departamento exclusivo pero que pasado un cierto tiempo no pueda afrontar los gastos mensuales que requiere el consorcio.
Pero gozar de poderío económico no asegura nada. La Junta aprueba o rechaza solicitudes según su parecer. Enconos antiguos, disputas políticas, alguna deuda pendiente, y hasta meros caprichos hacen que los miembros del órgano rector del edificio decidan quién puede compartir el Dakota con ellos.
Se sospecha que hay un placer oculto ante cada celebridad que es rechazada, como si ellos les dijeron, que el Dakota, su Dakota, sigue siendo un terreno inconquistable. En los últimos años, la Junta ha recibido denuncias por discriminación racial y hasta por antisemitismo. Las denuncias no prosperaron en la justicia.
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El edificio con su centenaria historia tiene también leyendas que rozan lo sobrenatural. En él, inevitablemente, hubo muertes, tragedias y desgracias varias. Así que las leyendas sobre fantasmas, espíritus y apariciones son múltiples
Por eso fue que cuando Lennon y Yoko Ono mostraron interés en el Dakota se pensó que ellos serían dos nombres más en la lista de rechazos célebres. En ese tiempo, apenas iniciada la década del setenta, John tenía problemas serios con el gobierno de Richard Nixon que quería expulsarlo de Estados Unidos.
También estaban sus antecedentes de problemas legales con las drogas. Y su profusa actividad pública, su vida de músico y súper estrella (posiblemente la más importante del mundo) hacían prever que todas las noches habría ruido, fiestas populosas, indeseables caminando por los pasillos del Dakota y hasta había quienes imaginaban concurridas orgías.
Pero el matrimonio no causó ningún problema. John además tenía un estudio en planta baja. Lennon adoptó el departamento como sede para su reclusión de la vida pública.
Los otros habitantes del Dakota veían cómo la pareja salía disfrazada para que no los reconocieran en la calle; esa era la única manera en la que podían caminar tranquilos. Los otros inconvenientes que producía Lennon eran las decenas de llamados diarios de fans a la recepción; eran muchos los que anhelaban cruzar una palabras con John. También varias veces por día se agolpaban curiosos en la vereda con la ilusión de cruzarse con el ex Beatle.
El portero, cuando la gente era demasiada, avisaba a John que utilizaba una puerta de servicio ubicada en el sótano para escapar del asedio.
El otro inconveniente práctico es que en el mostrador de entrada se amontonaban los regalos para el músico dejados por sus admiradores. El caso más extremo, quizá, haya sido el de un joven que dejó una pequeña bolsa con un polvo blanco para John con una tarjeta que decía algo así como “En muestra de mi admiración”. A partir de ese momento, Lennon pidió que ese tipo de regalos de desconocidos fueran directamente tirados a la basura.
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Yoko Ono antes de mudarse llevó a una medium para realizar una limpieza espiritual del lugar. La medium le informó que el espíritu de la esposa del actor Robert Ryan, Jessie, que había muerto allí, seguía en el lugar y no estaba dispuesta a abandonar el departamento
En algún momento se hizo correr el rumor que John y Yoko querían comprar el edificio entero. Lo cierto es que muchas de las pequeñas unidades que fueron puestas en venta las compro Yoko. Además del estudio de John, había un atelier, un departamento para estar sola, y otras unidades adquiridas como inversión.
Cuando una propiedad está disponible los copropietarios tienen preferencia para su adquisición. Hasta mediados de los setenta, los departamentos, aunque caros, eran accesibles. Luego el valor se fue incrementando anualmente hasta los precios siderales de los últimos años.
El edificio con su centenaria historia tiene también leyendas que rozan lo sobrenatural. En él, inevitablemente, hubo muertes, tragedias y desgracias varias. Así que las leyendas sobre fantasmas, espíritus y apariciones son múltiples.
Una de ellas involucra a Yoko Ono y a John Lennon pero es previa al asesinato de hace cuarenta años. La pareja le compró el departamento al actor Robert Ryan. Su esposa Jessie había muerto de cáncer y él, aplastado por la tristeza, no pudo seguir viviendo en el departamento en el que ambos habían sido tan felices.
Yoko Ono antes de mudarse llevó a una medium para realizar una limpieza espiritual del lugar. La medium le informó que Jessie Ryan, su espíritu, seguía en el lugar y no estaba dispuesta a abandonar su casa. Según la espiritista, Jessie les dijo que ella no iba a molestar para nada pero que no se iría. Yoko Ono creyó que la compañía no les iba a molestar pero sintió la obligación de avisarle a la hija de los Ryan. Lisa Ryan no se tomó demasiado bien lo que Yoko creía sobre el destino de su madre. “No se preocupe. Si mi mamá sigue dando vueltas por ahí, estará dónde estoy yo y el resto de su gente querida”, respondió la joven.
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Yoko Ono ha dicho que el espíritu de John recorre el Dakota y que hay noches que lo escucha tocar el piano
Yoko Ono, luego del asesinato de John, no se privó de contar que el fantasma de su marido se aparece por las noches y toca el piano blanco del enorme living.
Se dijo también que un antiguo dueño de ese departamento del séptimo piso había escondido debajo del trabajado piso de madera del dormitorio principal 30.000 dólares en algún momento de la década del veinte. Pero John y Yoko no quisieron comprobar nunca si la historia era una invención o era cierta. La operación de remoción del piso y su restauración iba a salir más cara que el supuesto tesoro.
La discreción del edificio era tan profunda que hubo casos de familiares y de ex esposos que vivieron en el Dakota simultáneamente, pero al no compartir el mismo sistema de ascensores (hay cuatro diferentes), nunca se cruzaron ni supieron que el otro vivía tan cerca de ellos.
Si los rechazados fueron muchos y muy famosos, también hubo grandes celebridades y personajes muy influyentes que habitaron el edificio. Lauren Bacall, Leonard Bernstein, Roberta Flack, Judy Garland, Lilian Gish, Boris Karloff, José Ferrer, el documentalista Albert Maysles, Rudolf Nureyev, el jugador de fútbol americano Joe Namath y Rosie O’Donnell entre otros.
El Dakota fue conocido por primera vez en el mundo entero gracias a El Bebe de Rosemary, la película de Roman Polanski interpretada por Mia Farrow. En ese film aparecen su entrada y su fachada. Luego fue John Lennon el que le dio la resonancia internacional definitiva.
El edificio ya era un ícono, una leyenda de Nueva York. Pero toda su historia, todas sus historias, todos los influyentes que pasaron por sus departamentos, las celebridades que lo habitaron, los famosos que fueron rechazados, quedaran opacados siempre por el hecho de haberse convertido en el lugar en que John Lennon fue asesinado.
– Los 80 de Paul McCartney: del niño que rechazó el coro de la iglesia al genio que escucharon desde el espacio

Hace 80 años, cuando en Liverpool nació ese bebé con cachetes esponjosos, en una casa de trabajadores típica de la época, nadie pudo imaginar que el mundo estaba viendo por primera vez a un genio.
Muerto Steve Jobs, y tal vez junto a Bill Gates, Paul McCartney es la persona viva que más y mejor ha influido en la vida de las personas.
Casi nada de lo que ocurrió en la cultura popular en los últimos sesenta años –que es lo mismo que decir: en nuestro discurrir cotidiano- podría explicarse sin los Beatles y sin sus canciones.
Paul cumple 80. Y todos un poco estamos de festejo. Él compuso y cantó muchas de las canciones que integran la banda de sonido de la vida de varias generaciones. Porque a nadie le puede caber dudas que lo suyo no sólo fueron tontas canciones de amor.
Su padre era músico de jazz y su madre partera. Él, desde chico, se sintió atraído por la música. Tocaba el piano. El padre le propuso tomar clases formales pero Paul prefería tocar de oído. El coro de la Catedral de Liverpool lo rechazó, alguien creyó que no cantaba lo suficientemente bien para estar con ellos. Su madre murió cuando él tenía 14 años. El padre le regaló una trompeta pero el chico la cambió por una guitarra acústica.
No lograba dominarla con la mano derecha. Se convenció de que iba a ser imposible para él tocar hasta que un día, una foto de Slim Whitman, un músico norteamericano de country, le llamó la atención: tocaba como zurdo. En ese momento invirtió las cuerdas y comenzó a dominar el instrumento. Tocaba en su cuarto canciones de Chuck Berry.

A los 15 fue a ver a los Quarrymen, un grupo que tocaba rock y skiffle. Allí conoció a John Lennon. Al poco tiempo lo invitaron a sumarse, sería la guitarra rítmica. Con John se hicieron muy amigos. Al poco tiempo, Paul sumó a la banda a un guitarrista más joven que él al que había conocido en el colectivo que los llevaba al colegio. Se llamaba George Harrison.
La banda se completó con Stu Sutcliffe al bajo, otro estudiante de arte. Empezaron a tocar en algunos lugares de su ciudad hasta que consiguieron un contrato para presentarse en Hamburgo. Ya eran cinco porque incorporaron a Pete Best como baterista. La residencia en Hamburgo les dio un entrenamiento diario fenomenal.
Tocaban cada noche durante horas. Aprovecharon esas horas de vuelo para conocerse, para desarrollar complicidades. Después de haber sido Johnny and the Moondogs, Beatals y The Silver Beetles ya habían adoptado, para ese momento, su nombre definitivo: The Beatles.
El resto es historia. Stu abandona la banda (y después muere) y Paul toma el bajo. Tony Sheridan, Decca, The Cavern, las primeras grabaciones, Brian Epstein, George Martin, el cambio de Ringo por Pete Best y la explosión inglesa de Love Me Do en octubre de 1963.
Unos meses después la Beatlemanía, un fenómeno nunca visto. Muchos apostaron a que luego del furor, de las giras repletas de alaridos, de las corridas por las calles, de la histeria de las fans, de las películas y de los millones de copias vendidos, el furor pasaría. Que el grupo perdería su influencia, su predominancia. Debió tratarse de una de las profecías más erradas de la historia.
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Paul y George tocando en Inglaterra con sus típicos trajes y sus moptops. Finalizaba 1963: los Beatles estaban por maravillar al mundo
Junto a Lennon se convirtieron en el dúo de compositores más reconocido y exitoso de la era moderna. Lograron meter sus creaciones en los cancioneros universales. Componían temas actuales pero que al mismo tiempo, casi de inmediato, se convertían en standards. En 1965 él sólo, sin los otros tres, y una orquesta de cuerdas grabó Yesterday, un clásico instantáneo que compuso durante un sueño.
Los Beatles de la mano de John y de Paul se sumergieron en la experimentación. Paul, influido por Stockhausen fue el que inició el movimiento hacia otro lado. Ya nada sería lo mismo. Revolver y Rubber Soul ya lo habían demostrado. Aunque fue Sgt Pepper el álbum que provocó el quiebre definitivo. La idea surgió de Paul, en busca de salir de esa olla presión en que se había convertido la fama extrema.
Trajes de colores, bigotes tupidos y algo estrafalarios y alter egos para los cuatro, para esconderse detrás de ellos y liberarse. Después vendrían el Álbum Blanco, las sesiones de Let it Be y el gran final con Abbey Road y ese lado B de temas encadenados.
Las presiones, las drogas, el hastío, los nuevos amores, la desidia de John y los negocios (fallidos) de Apple estaban dinamitando el grupo. Hasta esos años la conducción artística estaba a cargo de Lennon y McCartney y la dinámica grupal era liderada por John y su determinación.
Cuando Paul vio que los Beatles se desmoronaban tomó las riendas. Empujaba al resto, traía nuevas ideas, pensaba proyectos, los metía en el estudio. El estilo de conducción se fue tornando despótico. Primero fue Ringo, después George, por último John. Las renuncias llegaban de a una, aunque luego se arrepintieran. Pero el final era inminente. El empujón final lo dio el villano perfecto: Allen Klein, el manager que reemplazó a Brian Epstein.
Lo acercó John. Firmaron todos con él menos Paul. Hubo tironeos. McCartney sentó en la mesa a su suegro y a su cuñado, abogados de celebridades. Hubo acusaciones y presentaciones judiciales cruzadas. La historia culpó a Yoko de la separación del grupo pero Klein fue el que más hizo por la causa.
Con el final de los Beatles ya decidido, Paul se apresuró a anunciarlo aun contraviniendo lo que los cuatro habían acordado. Estaba lanzando McCartney, su primer disco. Fue una buena promoción. Pero hirió de muerte su relación con el resto. George le reprochaba el desdén con el que había sido tratado y se vengaba llevando su disco triple a la cima: el primer Beatle en triunfar como solista.
Ringo era más amigo de los otros dos aunque nunca perdió contacto con él. John lo peleó a través de cada entrevista y aparición pública posible. Hasta compuso un tema para denostarlo sin disimulo alguno: “How Do You Sleep?” (”¿Cómo podés dormir?”)
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John Lennon y Paul McCartney formaron la más extarodinaria dupla compositiva del último medio siglo. Sus canciones se convirtieron en clásicos instantáneos. Las relaciones entre ellos fueron convulsionadas y pasaron por diferentes estadios en especial durante los setenta.
Con el correr del tiempo, del cambio de humor de época y de la interpretación de situaciones coyunturales, y según las distintas personas, Paul pudo ser el Beatle que escribió grandes canciones de amor, el organizador, el déspota, el Beatle ñoño, el que traicionó al resto anunciando la separación para promocionar su disco solista. A él no le importó demasiado. O sí.
En realidad le importó la manera en que era mirado y muchas veces menospreciado. Le dolían los embates públicos de John, las comparaciones con Lennon, el enojo retrospectivo transformado en prudente distancia de George, la obligación de estar a la altura de su obra anterior, los cuestionamientos por tocar con su esposa. Pero nada lo detuvo.
No se conformó con haber llegado a un lugar al que nunca nadie había accedido: era cierto eso que decía John de que los Beatles eran más famosos que Jesús y también era cierto lo que Ringo afirmó sobre que sólo ellos y los astronautas que habían alunizado sabían qué sentía al haber arribado a lugares a los que los demás nunca alcanzarían.
Siguió trabajando, componiendo, grabando y presentándose en público. No vivió de recuerdos. Siempre puso la corona en juego. Sus recitales son deslumbrantes. Un octogenario imantando a una multitud durante tres horas con un repertorio invencible.
Paul fue durante décadas el único Beatle que pudo ser odiado. Ringo y su simpatía lo impedían. Con George maravillaba cómo había superado el ninguneo de la dupla principal y con perfil bajo había logrado crear varias obras maestras. John era el desparpajo, el gesto estentóreo, la furia y también los grandes himnos; luego su muerte prematura lo cristalizó y lo convirtió en inexpugnable.
Con Paul era distinto. Estaba ahí, presente, moviéndose, dando la cara, probando cosas, mirando hacia adelante sin renegar de su pasado glorioso.
El periodista norteamericano Rob Sheffield sostiene que Paul es el más Beatle de los Beatles, el que los representa mejor. Si te gusta Paul, te gustan los Beatles.

En 1969 se casó con Linda Eastman después de haber roto su compromiso con Jane Asher, una actriz británica y novia suya durante toda la primera etapa Beatle.
Paul parecía tener todo. Juventud, fama, prestigio, dinero, una hermosa familia, una actividad que lo gratificaba y lo realizaba.
Sin embargo, luego de la separación de los Beatles entró un profundo estado depresivo.
Linda, con dos hijas (ya había nacido Mary), a menos de un año de haberse casado, lo sostuvo y le dio el impulso para salir adelante.
Le mostró que había vida más allá de los Beatles. En esos doce meses pasó de casarse con un joven en la cima del mundo a convivir con un hombre emocionalmente roto y perdido. Ella pudo lidiar con la situación. Paul se lo reconoció públicamente: “Linda me rescató y me salvó”.
La primera medida que tomaron para alejarse de los ecos de las ondas expansivas de ser un Beatle (ninguno de los cuatro dejará de serlo nunca: esa condición, una condición excepcional, los acompañará eternamente) fue irse a vivir lejos de la ciudad, lejos de las groupies, los pedidos de autógrafos, la histeria.
En cierto modo, Paul eligió para su música el mismo camino. Eliminar la sofisticación, volver a las fuentes, evitar la grandilocuencia. Ese movimiento no fue bien recibido ni por la crítica ni por el público. Acaso el éxito temprano de George Harrison tras la separación del grupo se deba (más allá de sus grandes canciones) a la misma lógica.
Los Beatles habían acostumbrado a su público -habían conseguido la hazaña que “su público” fuera casi tan extenso como todo el mundo- a grandes obras. Innovación permanente, orquestaciones trabajadas, nuevos sonidos, grandilocuencia y revolución. El disco triple de Harrison con el Wall of Sound de Phil Spector iba en ese sentido. Lo mismo que los himnos políticos y aspiracionales de Lennon. Nadie esperaba algo en tono bajo, artesanal, casi sin ambición como el primer trabajo solista de Paul. Él tocaba todos los instrumentos. La única canción con producción fue, nada menos, que Maybe I´m Amazed.
Esos primeros años post Beatles fueron, al mismo tiempo, de búsqueda y de fuga para McCartney. Una búsqueda que se transformó en música menos convencional de lo que el público cree recordar y un escape vitalicio de la gigantesca sombra de su ex grupo.
Enseguida Paul quiso formar otro grupo. Los Beatles eran pasado. Estaban, además, en medio de una lucha jurídica encarnizada. El instinto lo llevó de inmediato a considerar otro súper grupo: Eric Clapton, Billy Preston y John Boham.
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Wings en una de sus primeras giras. Los McCartneys viajaban por el mundo con sus hijos. Daban una imagen familiar en un ambiente que no estaba acostumbrado a ello
Linda le recordó que los Beatles cuando empezaron eran desconocidos y sólo tenían sus ganas y su talento. Lo cierto es que también deben haber pesado las pocas ganas de Paul de tener una relación horizontal con sus compañeros. En los últimos tiempos en los Beatles sus ansias de control y de dirección habían entorpecido la relación con los otros tres.
En un sueño encontró el nombre del grupo: Wings. La siguiente decisión fue mucho más polémica. Le ofreció a Linda, que no contaba con el más mínimo conocimiento musical, hacerse cargo de los teclados. Ella al principio se resistió. Pero él la convenció. Paul era un pésimo profesor, carecía de toda paciencia. Linda procuró aprender por su cuenta. Esa primera formación de Wings se completó con músicos profesionales: el baterista sin demasiados laureles anteriores Denny Seiwell y el guitarrista Denny Laine, ex Moody Blues.
Wings empezó de abajo. Tocando en pequeños lugares, sin publicidad previa, saliendo de gira en caravanas nada fastuosas. Un pequeño equipo, los músicos y la familia McCartney en pleno. Allí dónde iban Paul y Linda iban los chicos. La familia rodante. El lugar de Linda en el grupo provocó polémicas. Decían que su habilidad con los teclados era nula y que desafinaba en cada intervención vocal. Era cierto.
En una época circuló (todavía se puede escuchar en internet) una grabación que aislaba la interpretación en vivo de Linda durante una versión de Hey Jude. Se puede afirmar que esa noche sus capacidades vocales se encontraban en un punto muy bajo. Luego de Wings, Linda siguió integrando las distintas formaciones que acompañaron a Paul por todo el mundo.
Una nueva polémica se produjo con el matrimonio. Empezaron a firmar juntos las canciones. Ya no era Lennon-McCartney sino McCartney-Eastman. Esto produjo otra ola de burlas. Nadie creía en el aporte autoral de Linda.
Paul se limitó a recordar que pasaban todo el día juntos y agregó: “Si estoy en el estudio y mi esposa me sugiere agregar una línea o cambiar determinado acorde, eso mejora la canción y ella merece el crédito”.
Detrás de esta cuestión subyacía otra disputa. Northern Songs, la compañía que poseía los derechos de las canciones de los Beatles, sostenía que a ella le correspondían los derechos de las composiciones de los cuatro aún en sus carreras solistas. De este modo, mientras la situación se aclaraba, poniendo en los créditos a Linda, Paul lograba quedarse al menos con el 50% de los derechos de cada canción.
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Paul y Linda de gira en 1972 con los Wings. Paul formó una banda e incluyó a su esposa pese a las quejas de los críticos.
Las sospechas pueden permanecer y los críticos pueden seguir burlándose pero Linda ostenta como coautora cinco canciones que encabezaron los charts: Uncle Albert/Admiral Halsey, My love, Band on the run, Listen to what the man said y Silly love songs. Además de una nominación al Oscar por Live and Let die, tema de la película de James Bond.
El otro inconveniente que Paul y su grupo debieron enfrentar en esos primeros tiempos fue que el músico se negaba a hacer en vivo canciones de los Beatles, lo que generaba una enorme decepción en los espectadores.
Esos primeros años del Paul fuera de los Fabulosos Cuatro se suelen menospreciar pero en un repaso rápido de los tres primeros años de los setenta encontramos discos como Ram o Band on The Run y canciones como Maybe I´m Amazed, Live and Let Die (su tema Bond, tal vez el tema Bond definitivo), Jet, Junk, Uncle Albert/Admiral Halsey, Another Day o Hi Hi Hi. Temas que nadie puede pasar por alto, que integrarían cualquier antología, que sólo pueden empalidecer ante la obra de alguien que compuso Yesterday, Blackbird, The Long and Winding Road o Hey Jude, entre muchas otras.
Sin menospreciar su capacidad como bajista o guitarrista, ni mucho menos sus dotes de cantante y su destreza para las armonías, detengámonos en su súper poder. A mediados de las setenta fue a grabar un disco a Jamaica (Band on The Run lo grabó en Lagos, Nigeria, provocando que Fela Kuti prócer musical local lo acusara sin fundamentos que iba a robarse la música de su pueblo: terminaron amigos, abrazados y fumando los porros más potentes que Paul ha probado).
Allí, en Jamaica, se estaba filmando Papillon, la película protagonizada por Steve McQueen y Dustin Hoffman. Con esa familiaridad que tienen los famosos, se contactó con Dustin Hoffman y lo invitó a comer junto a su esposa. Se hicieron amigos muy rápidamente. Hablaban sobre los procesos creativos y de las diferencias entre el oficio de cada uno. En uno de esos encuentros, Dustin Hoffman le comentó algo que había leído en la revista Time en el obituario de Picasso.
El pintor español en una cena le dijo a quienes estaban con él: “Beban por mí, beban por mi salud. Ustedes que pueden, ya saben que yo no puedo hacerlo más”; después se fue a pintar unas horas hasta las 3 de la mañana cuando se acostó satisfecho. A la mañana siguiente ya no despertó.
Dustin Hoffman le dijo a Paul que era una escena de una belleza triste. McCartney tomó la guitarra y entre rasgueos fue repitiendo las últimas palabras de Picasso. En pocos minutos la canción empezó a tomar forma. Hoffman empezó a saltar y a gritar. Llamaba con desesperación a su mujer: “¡Annie! ¡Vení! ¡La está haciendo! ¡Lo está haciendo, Annie!”.
El actor no podía creer su privilegio, presenciar, ser testigo de la composición de una canción de McCartney. El año pasado gracias al documental Get Back estrenado por streaming en el que Peter Jackson trabajó con todo el metraje obtenido en las sesiones de Let It Be, millones de espectadores pudieron atestiguar ese acto milagroso en la escena en la que Paul con George y Ringo de laderos rasguea su bajo y de a poco va surgiendo Get Back.
Es un momento único, casi sobrenatural, como si estuviéramos viendo –en tiempo récord- a un escultor extraer belleza de una piedra cuadrada. Un don (sobrenatural) se pone en marcha y crea un clásico. Todos nos convertimos, por unos minutos, en Dustin Hoffman.
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Paul con Heather Mills, su segunda esposa y con quien tuvieron una hija. El matrimonio terminó en escándalo y con un litigio judicial que terminó con un acuerdo millonario
Wings obtuvo el reconocimiento masivo y se convirtió en una banda de estadios con un gran disco en vivo incluido. Mientras tanto su relación con John oscilaba. Devolvía algún embate y se veían muy de vez en cuando. En 1976 estuvieron a punto de presentarse de sorpresa en Saturday Night Live. Rechazaron varias ofertas millonarias para reunirse.
Una canción suya, escuchada por Lennon en la realidad, hizo que John volviera a tener ganas de grabar después de sus cinco años de ostracismo criando a Sean, de su retiro forzado tras el Lost Weekend. Coming Up fue el disparador que movilizó a John.
Pero el 8 de diciembre de 1980 todo volvió a cambiar. El asesinato de John produjo dolor y temor en los tres Beatles sobrevivientes. Pero además a Paul le cargó una sombra que ya no podría quitarse de encima. Sería para siempre comparado con una especie de mártir. Un par de años después compuso en su honor Here, Today. Hace poco, haciendo las paces con su pasado, con su amigo y con la obra de ambos, declaró: “Si alguien me preguntara qué hice en la vida, le diría que compuse canciones con John Lennon. Ese fue mi gran logro. Y no creo que sea poco cosa”.
Después en plena explosión pop y con un negocio que se estaba transformando para siempre, logró otro éxito con Pipes of Peace. Paul no se detuvo nunca. Siguió probando, editando, grabando, viviendo con pasión la música. Más adelante llegaron los grandes conciertos (en el 2005 un recital suyo en Anaheim, California, se transmitió al espacio y fue visto en la Estación Espacial Internacional por un astronauta norteamericano y uno ruso), la reconciliación con su pasado Beatle, fiestas repletas de canciones que sabemos todos. Él será un Beatle hasta el último día pero no es lo único que tiene para ofrecer. Su espíritu inquieto no le permite estancarse.
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Michael Jackson y Paul McCartney grabaron dos temas juntos a inicios de la década del 80. Publicaron uno cada uno en sus álbums solistas. Después Michael Jackson compraría los derechos de las canciones de los Beatles
Recibió reconocimientos y homenajes. Grabó con Michael Jackson, Stevie Wonder y Elvis Costello entre otros. Sus discos salieron con persistencia. Su nivel y éxito comercial fue dispar pero eso nunca lo desalentó.
Superó la muerte de Linda en 1998 después de tres años de enfermedad. Se volvió a casar con Heather Mills y padeció un divorcio escandaloso y millonario. Hace una década su tercer matrimonio, con Nancy Shevell con quien permanece hasta la actualidad. Es un fuerte impulsor del veganismo y de varias causas humanitarias. Se calcula que su fortuna se acerca a los 1.000 millones de dólares.
Lo dicho: Paul McCartney cumple 80. Ya pasaron las tormentas, las polémicas, las comparaciones. Queda la obra, las alegrías que nos deparó y nos depara. El día de su cumpleaños debiera decretarse un feriado mundial. No es tan usual ser contemporáneos de un genio. Disfrutémoslo.
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