Ensayo/Opinión: Los españoles y el inglés …
Jot Down(A.de Prado)/brainlang.com/eleconomista.es(C.Gallegos)/elindependiente.com( — Paseo sin prisa por una carretera rural encajada entre muros de sillería tosca de granito cubiertos de verdín y mohos. El vial es tan estrecho que no hay aceras ni arcenes, apenas cabe un vehículo y las entradas a las fincas hacen de apartaderos oportunos para los encuentros que se producen ocasionalmente.
Las lluvias de los últimos días se han llevado el petricor que trajeron las primeras gotas tras varias semanas de sequía, pero no han conseguido anular el olor a estiércol de estos pagos.
Aunque el calendario nos dice que ya estamos en plena canícula, por aquí la vegetación no llega a agostarse de verdad, de manera que hasta donde alcanza la vista la gama cromática abarca todos los verdes imaginables —musgo, prados, robles, castaños, pinos, tojos, mimosas—, salpicada solo por los grises de cielo, muros y viviendas.
Pero de repente, tras una de tantas curvas, surge en medio del océano verde un reflejo fucsia. Me acerco con parsimonia, centrándome en el color intruso, intentando descifrar con mi vista cansada el elemento extraño. Es un cartel de metacrilato, de tipografía y diseño pulcros, cuidados hasta el último detalle, en el que destacan dos palabras: un apellido inequívocamente aborigen y el término hairdressing.
Con caracteres de menor tamaño se indica que el negocio se encuentra a cincuenta metros. No puedo evitar preguntarme por qué, ya puestos, no dicen que está a cincuenta y cinco yardas. Sigo mi paseo rumiando y me pregunto cuántos de los clientes de esa peluquería serán hablantes nativos de inglés o, simplemente, cuántos podrían chapurrear alguna palabra de modo más o menos coherente —ya no pido ni corrección— en el idioma de Samuel Johnson.
No puedo dejar de contrariarme al pensar que de encontrarme con un establecimiento de ese gremio en Oklahoma o en Essex muy probablemente no vería hairdressing, sino hairdresser’s.
Incomodado por esta elección lingüística, doy media vuelta, preguntándome qué habrá podido llevar a sus propietarios —de apellido autóctono, recordemos— a rotular en un idioma ajeno un negocio situado a solo unos treinta kilómetros del lugar donde el insigne lexicógrafo José Martínez de Sousa, autoridad patria indiscutible en su campo, nació y pastoreaba vacas.
Me consuelo pensando que son los tiempos y las modas, y que de haberme topado con ese cartel en otro siglo acaso habría leído coiffure en lugar de hairdressing. Debe de ser nuestra naturaleza, como describió muy acertadamente ya en el siglo XVIII José Francisco de Isla en su Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes:
«La que nació en Castilla, aunque sea la nona maravilla, no se tiene por bella mientras no hable como hablan en Marsella; la manchega, extremeña o campesina afecta ser de Orleáns; la vizcaína, entre su Jaincoa y Echeco Andrea, nos encaja un monsieur de Goicochea, muy preciadas de hablar a lo extranjero, y no saben su idioma verdadero».
Tal vez, dentro de un tiempo, ese rótulo estará en chino, quién sabe. Llego a casa, abro el buzón y el correo comercial me anuncia que «estás a un minuto de vivir tu lado one»: en breve un nuevo gimnasio abrirá en el barrio y me hacen llegar unos pases VIP para que disfrute la experiencia por un día. El gimnasio está rodeado de topónimos como «xuncal», «muíño», «outeiro» o «caeiro», pero sus propietarios han preferido recurrir al inglés para darle nombre.

Salgo a cenar a una tapería cercana y en la mesa contigua un padre de familia sienta cátedra a voz en cuello —como suelen pontificar los menos y peor informados— aseverando que practising en inglés se pronuncia «practáising» y que la «s» del genitivo sajón se puede eliminar conservando el apóstrofe —sí, ha dicho «apóstrofe» y no «apóstrofo»— siempre que la siguiente palabra empiece por «s-».
Sus dos hijos, aunque ya tienen edad para rebatir sus argumentos —los conocimientos, como el valor en el servicio militar, se les suponen—, optan por callar y centrarse, con toda la razón del mundo, en las almejas y el pulpo…
Pero ¿qué nos pasa con el inglés? ¿Qué obsesión tenemos con él? ¿A qué viene esta claudicación cada vez más generalizada, esta renuncia y desprecio gregarios por las raíces propias? ¿De dónde sale esta vergüenza de nuestro origen y de lo que somos, este complejo de inferioridad pueblerino?
Esa falta de autoestima diglósica, que se extiende a algunas otras lenguas peninsulares, nos lleva a casos como el del padre que abomina en público y por escrito de las comunicaciones que en gallego le remite el IES en que tiene escolarizados a sus hijos mientras, simultáneamente, los matricula en portugués por los vínculos empresariales que mantiene con Brasil. Y sí, por si lo está pensando, estimado lector, soy muy consciente del nombre de la publicación que airea estas líneas.
Queremos parecer cosmopolitas, «ciudadanos del mundo», sin lograrlo y con frecuencia caemos en el ridículo más espantoso, porque, como dicen las malas lenguas, es el españolito un individuo que está siempre intentando aprender inglés, con los dos picos anuales que imponen la venta de fascículos y los biorritmos de los buenas intenciones de «curso (o año) nuevo, vida nueva»: enero y septiembre; insisten las mismas malas lenguas —que son las que nos suelen cantar las verdades, para qué engañarnos— que estos propósitos bienintencionados serán tan infructuosos como los euros que tirará el indígena carpetovetónico en esa cuota de gimnasio por el que solo pasará cuatro veces el primer mes, dos el segundo y nunca más a partir del tercero.
¿Cuál es el origen de este fracaso nuestro con el inglés? Ay, si yo tuviese la solución, estaría ocupando un puesto importante del Ministerio de Educación, pero hay ciertos extremos que deberían quedarnos claros y, antes de nada, hay que decir que el futuro es halagüeño —entre otras cosas, porque más bajo ya no podíamos caer—: falta relativamente poco para que al mercado laboral empiecen a llegar las primeras generaciones que han recibido clases de inglés desde la etapa infantil.
Como poco ya tendrán más horas de vuelo que los cuarentones y cincuentones que ocupamos puestos directivos públicos y privados, y que empezamos a recibir nuestras primeras nociones de inglés dentro de la enseñanza reglada como muy temprano a los once años, con el armario empotrado de nuestro cerebro con sus divisiones y cajoneras bastante bien fraguadas y poco maleables.
Cuando estas nuevas generaciones nos releven, pocos Rajoys quedarán ya que tengan que recurrir a la traducción simultánea o que se tengan que quedar, tristes, solos y abandonados para rechifla y escarnio patrios, en la mesa durante el recreo, mientras sus colegas europeos departen con la sonrisa en la boca y la guadaña en la mano, y aún menos Botellas nos provocarán la más escandalosa vergüenza ajena por mor de su acento y su retintín impostado, aunque la mayoría de los que los señalan con índice acusador no sabrían hacerlo mejor.
Tradición de doblaje de cine y televisión aparte, que siempre carga con las primeras culpas cuando se trata de encontrarle explicación a nuestra impericia con el inglés, en primer lugar debe quedar rotundamente claro que alcanzar con tres o cuatro periodos de clase a la semana en aulas compuestas por alumnos de nivel muy dispar ese nivel que envidiamos de otros países europeos es una utopía.
Traigan la reforma educativa que traigan, porque en esos países europeos se distribuye al alumnado por niveles de competencia —no solo para la enseñanza de lenguas—, como se hace aquí en academias privadas de idiomas, EOI y facultades universitarias. Pero, ay, díganles ustedes a unos españolitos que entre dos o tres agrupamientos en la enseñanza obligatoria su hijo no figurará en el de mayor nivel.
¿Quién es el valiente? ¿Pero no habíamos quedado en que había que personalizar la enseñanza, adaptarse al educando y a su nivel de competencia para a partir de ahí ir sembrando? Continuemos pues con el café para todos, la igualdad en la mediocridad, y podremos seguir lamentando nuestra torpeza y a la vez regodearnos en ella.
De la ratio de alumnos por docente ya, mejor, ni hablemos, ni del nivel y preparación del profesorado, otra de las madres del cordero: simplemente echemos un ojo a nuestra idolatrada Finlandia.
En segundo lugar, debemos desprendernos de ciertos complejos y dejar de mirar con envidia a esos países germánicos y escandinavos que tan bien hablan inglés. Simplificando se podría decir que sus idiomas son primos hermanos del inglés, o que este es una versión para torpes de aquellos.
Aquí entra en juego la explicación más pintoresca que me he topado para justificar nuestra torpeza a la hora de aprender idiomas extranjeros: la que alude a nuestro pasado imperial. Nuestro inconsciente colectivo de potencia mundial en la que no se ponía el sol nos dificultaría el aprendizaje, convencidos de que con nuestra lengua materna, la segunda con más hablantes, vamos sobrados.
Como ejemplo ponen a los británicos —y, por extensión, a los anglosajones en general— y a los rusos, dos pueblos tradicionalmente poco inclinados a aprender idiomas extranjeros.
De hecho, no dejan de ser llamativos los aires de superioridad del anglosajón que va por el mundo exigiendo, que no preguntando, vehementemente «Do you speak my language? Do you speak my language? », por no hablar de aquellos afincados en nuestras costas e islas que afirman rotundamente que el personal sanitario del centro de salud se ha dirigido a ellos en español «por joder»… Sí, lo que les cuento es verídico.
Simplificando de nuevo, se podría decir que la necesidad es fuerza mayor y que si hasta ahora no hemos aprendido inglés proficientemente es porque no nos hemos visto obligados; véase si no cómo, mal que bien, cualquier emigrante, incluso el que jamás haya pisado un aula, acaba entendiendo y haciéndose entender en la lengua del país que lo acoja.
Quizá, ahora que vamos perdiendo por goleada la Tercera Guerra Mundial a manos de —aunque a lo peor lo más apropiado sería decir «a pies de»— Frau Merkel, la troika y sus bárbaras hordas bárbaras, acabaremos aprendiendo todos nosotros, camareros y personal de servicio de las razas arias, parece ser que ubérrimas en lo económico gracias a su productividad y laboriosidad legendarias, inglés a toda velocidad.
Disfrutan además muchos de esos idiomas de unos sistemas vocálicos amplísimos que les facilitan —y aquí tengo que volver a referirme a nuestro fortísimo acento y a nuestra organización mental— la asimilación de los doce fonemas vocálicos ingleses.
Lo de los diptongos lo dejaremos para mejor ocasión: téngalo claro, lector, el español es también ese individuo al que se detecta fácilmente cuando habla un idioma extranjero por su acento indisimulable, porque lo primero que distingue al hispano/españolito al abrir la boca no es el elevadísimo volumen al que habla, no, sino la reducción vocálica a la que le condena la organización de la zona que hemos reservado al lenguaje en nuestro lóbulo temporal.
Nacemos con el cerebro casi en blanco. Es un disco duro por formatear en el que solamente se ha consumido el espacio imprescindible para el sistema operativo, un armario empotrado por dividir.
Como nuestro idioma cuenta con solo cinco sonidos vocálicos, cinco son los anaqueles que les reservamos para exhibir clara e inequívocamente nuestras a-e-i-o-u; en principio esos anaqueles tienen la frágil consistencia del yeso, lo cual no es un perjuicio, sino toda una ventaja, de ahí la importancia de que el aprendizaje de un idioma se inicie a la menor edad posible.
Poco a poco nos vamos asentando en nuestros esquemas y, al tiempo que lo nuevo deja de llamarnos la atención y perdemos capacidad de asombro y por tanto de aprendizaje, los materiales en los que hemos depositado las vocales se van endureciendo: del yeso pasamos al adobe, de este a la madera y de aquí al hormigón armado más tenaz.
A todo esto hay que añadir nuestra proverbial vagancia para pronunciar el último sonido consonántico de cualquier palabra —siempre estamos tan «cansaos pa’ pronunciar esos complicaos» sonidos consonánticos— y nuestra incompetencia para distinguir entre la «b» y la «v», que ya llevó a que hace dos mil años los legionarios romanos que nos conquistaron ataviados con faldita y sandalias se mofasen de nosotros diciendo «Beati hispani quibus vivere est bibere».
No hace falta leer a Chomsky para darse cuenta de que el hispanohablante de alrededor de diez años de edad —cuanto mayor, peor— que se enfrente por primera vez al inglés tendrá unas dificultades tremendas para hacer encajar doce sonidos —al menos la mitad de ellos completamente nuevos y ajenos— en únicamente cinco baldas.
¿Cómo que hay dos íes? ¿Qué me quiere usted decir? ¡Pero si i solo hay una! ¿Y la «b» y la «v» no se pronuncian igual? ¿Y tres aes, dice usted? Venga, venga, venga, por favor, con una me basta para arreglármelas. ¡A relaxin cap of ti, plis, que is beri díficul todo esto!
– El inglés en España: 8 razones por las que a los españoles nos cuesta hablar inglés
¿Qué pasa con el inglés en España? ¿Por qué los españoles hablamos tan mal inglés? Hay muchos ejemplos ahí fuera. En nuestra clase política pero también en tu entorno inmediato.
Aquí todo el mundo sabe de todo hasta que llega la hora de la verdad, pero más allá de pedir un café, dar una dirección o presentarse a alguien, ¿sabemos hablar realmente inglés? La respuesta es no. Pavonearse, sabemos; hablar inglés, no tanto. Está claro, el inglés es nuestra asignatura pendiente pero…¡tenemos excusa!
- Los españoles destinan, de media, 10 años al estudio del inglés, y, sin embargo, un 70% reconoce que afirma no hablar inglés en absoluto.
- Los españoles siguen a la cola de Europa, ya que encuestas de Eurostat or Education First sitúan al país en los últimos puestos del continente. Los que mejor hablan inglés son los vascos y los peores, los extremeños, pero en general, casi el 50% de los españoles de 25 a 64 años no conoce ninguna lengua extranjera.
- A diferencia de otros países, España apenas ha mejorado en la última década. Y su población de 25 a 34 años se ha quedado muy retrasada respecto al nivel alcanzado por los jóvenes de países cuya población general presentaba hace 10 años tasas de conocimiento similares a la española, como Portugal, Grecia e Italia. Es decir, España perpetúa su mal nivel de inglés mientras otros países lo mejoran.
- Nos quedamos en el eterno inglés de nivel intermedio. España se sitúa a nivel medio del dominio de inglés. Las tres calificaciones registradas en España (bajo, alto y, sobre todo, moderado) pueden incluirse en el nivel B1 del Marco Común Europeo de Referencia para las lenguas.
- Se trata del primero de los dos niveles de inglés intermedio, lo cual significa que podemos entender las letras de las canciones, escribir mensajes de correo profesionales sobre temas conocidos o incluso participar en reuniones en el área de conocimiento que nos es conocida. Pero ya está, que no pidan más.
- «Ni encontrar el amor ni ganar más dinero, quiero mejorar mi nivel de inglés». Según un reciente estudio sobre La importancia del inglés en 2020 realizado por ABA English, aprender un nuevo idioma es el principal propósito de este nuevo año según el 25% de los españoles, por delante de otros deseos como viajar más (18%), vivir una vida más saludable (14%), pasar más tiempo con familia y amigos (12%), ahorrar dinero (10%) o cambiar de empleo (7%). Por detrás, se encuentran propósitos como el de aprender una nueva habilidad (4%), hacer nuevos amigos (4%), realizar un voluntariado (3%) y enamorarse (1%), entre otros (2%).
- Los cursos online no funcionan. Los españoles intentaron mejorar su inglés pero no lo lograron.Hasta un 62% de los encuestados reconoce que cerró el 2019 con un nivel de inglés Intermedio; mientras que un 30% lo hizo con un nivel Principiante, y sólo un 8% con un nivel Avanzado.El 57% de los españoles realizó un curso de inglés online para intentar mejorar su nivel de inglés durante el 2019, pero seguramente no sabían que el mejor curso de inglés online no es ningún curso.

– Razones por las que se nos atraganta el inglés en España
. El español es un idioma muy potente
Según el informe del Instituto Cervantes, el castellano es el cuarto idioma más potente del mundo. Una lengua global que hablan, con distinto grado de dominio, 580 millones de personas. Cuánto más fuerte es un idioma, peores hablantes de segunda lengua son sus nativos. Así de fácil. De hecho con el español se puede ir cada vez a más sitios sin ni tan siquiera pasarse al inglés.
Los franceses, los italianos y los rusos tienen problemas parecidos, mientras que los holandeses, los griegos o los daneses no tienen tantos problemas con el inglés porque su lengua materna no es tan hablada. Ser hablante de español es genial porque te abre puertas pero sí, por lo visto también tiene un lado oscuro.…
. No vemos cine en versión original
Como consecuencia de ser un idioma potente, nos beneficiamos de una amplia industria editorial, audiovisual, de traducción y doblaje. Eso es algo que no existe en otros países, donde la gente se ve obligada de forma natural a ver por ejemplo más cine y televisión en versión original subtitulada.
Cabe decir que es una razón a medias, ya que ver contenidos en inglés cuyo nivel sea muy superior al tuyo no hará que mejores en absoluto: seguirás entendiendo demasiado poco. Sin embargo, el caso de Portugal es pragmático: nuestros vecinos también tienen una lengua materna fuerte y sin embargo, su nivel de inglés es mucho mejor que el nuestro gracias a que se subtitula todo (la relación de Portugal con el doblaje, por cierto, tiene un origen algo oscuro y bastante curioso).
. El tamaño importa
Según Antonio Cabrales, profesor en el University College de Londres, las estadísticas no nos benefician y una de las causas fundamentales es la riqueza y el tamaño de nuestro país. En el conocimiento de idiomas, igual que en el resto de resultados educativos, el nivel socio económico influye, y España no deja de ser un país relativamente pobre en Europa, pero el factor que pesa es su tamaño.
Al comparar países de renta equivalente, lo normal es que los grandes tengan un desempeño peor. Los pequeños suelen estar más abiertos al exterior, y sus ciudadanos ven más oportunidades laborales y de otro tipo en el conocimiento de lenguas extranjeras. Los grandes tienen un mercado interior mayor y esto no les preocupa tanto.
. No nos hace falta irnos de vacaciones fuera
Puede que por aislamiento político, los españoles hayamos descubierto demasiado tarde el turismo internacional, pero también es cierto que, desde el País Vasco a Andalucía y desde Galicia a Barcelona, aquí tenemos todo tipo de paisajes y de planes de vacaciones… y sin necesidad de pronunciar una sola palabra en inglés. No hace falta salir de España para encontrar pistas de esquí de primer orden mundial o playas paradisíacas.
. Somos algo «cabrones»
No es que seamos mala gente, es que somos una «cultura muy exigente«. En inglés somos el último de la clase pero luego somos los primeros en criticar a Guillermo Amor o a Ana Botella si hablan mal en inglés. Cierto es que alguien con proyección internacional y buen sueldo debería tener un dominio solvente del inglés, pero tendemos a ridiculizar a todo el mundo: nos reímos de quien habla mal y hasta de quien habla demasiado bien, ridiculizando su pronunciación.
Quizá este entorno no ayuda demasiado a que los practicantes de inglés se atrevan con ello por vergüenza o temor a ser criticados. De hecho, suele decirse que los españoles «sabemos más inglés del que creemos pero nos cuesta soltarnos.
. Odiar lo inglés y lo americano nunca pasa de moda
Eso no es exactamente cierto pero este patrón de conversación te sonará seguro: alguien afirma que tiene pensado aprovechar las ofertas del Black Friday y otra persona le critica que “eso es un invento americano”, al igual que Halloween o Papá Noel. Cantidad de cosas que comemos, bebemos y disfrutamos tienen un origen extranjero sin que eso sea un problema.
De acuerdo que en muchos aspectos aquí se vive mejor que en el Reino Unido o en EE.UU y que siempre está bien cuidar nuestras propias costumbres. Sin embargo, no tiene ningún sentido cerrarse al inglés por convicción, aunque no sepamos exactamente de qué están tan convencidos.
– El inglés en España…¿Qué hacemos mal?
. Los profesores no pueden con su vida
El modelo bilingüe se pone en duda. Las opiniones en torno al resultado de las escuelas bilingües en inglés, que en algunas comunidades representan ya más de la mitad del total, están muy divididas. Mientras que unos creen que enseñar el idioma a través de otras asignaturas ha mejorado mucho el dominio del inglés por parte de los alumnos, otros critican que es un modelo segregador que sacrifica los contenidos de otras materias, siendo apto únicamente para los que reciben refuerzo extraescolar y penalizando de forma adicional a los alumnos con dificultades de aprendizaje.
Independientemente, decenas de profesores han coincidido en señalar el bajo nivel de inglés oral en las clases como causa de que no se aprenda bien en España. ¡Y eso que es la vía natural para conocer una lengua! Un idioma se aprende con el uso y la exposición, pero en España, más que practicar el Listening o el Speaking, los docentes tienden a utilizar más las actividades escritas en la enseñanza del inglés. ¿El motivo? Es una herramienta más práctica para manejar a grupos de 25 o 30 estudiantes…
. Se nos ha enseñado a «estudiar inglés»
Si tenemos en cuenta que en España se “estudia” el inglés desde el colegio, generalmente a partir de los 3 años (2 años antes que otros países de la UE como Italia, Luxemburgo, Austria o Portugal, donde los niños empiezan a estudiar inglés a los seis años de edad) y que, durante la educación secundaria el porcentaje de alumnos que lo estudia roza el 100%, tenemos muchos motivos para preguntarnos qué está fallando.
Seguramente la razón más importante de todas es que se nos enseña inglés igual que se nos enseña historia o biología: como un conjunto de conocimientos a memorizar, cuando en realidad el inglés es más bien una herramienta que hay que saber usar. Al fin y al cabo, las lenguas sirven para comunicarse. Comprender la gramática pero no entender y hablar una lengua es un contrasentido.
Si cuando eras un bebé no aprendiste tu lengua materna estudiando gramática o rellenando ejercicios sino simplemente escuchando, ¿por qué vas a aprender ahora así una segunda lengua? ¿No tiene sentido, verdad? El lenguaje es una habilidad y no un conocimiento. Desde la prehistoria, cuando no había escritura, ni academias, ni profesores nativos, los seres humanos hemos adquirido el lenguaje de la misma forma que aprendemos a andar. Y es que el inglés no se estudia, se entrena.
Nuestra metodología Visual Listening para aprender inglés online está basada en la teoría de adquisición de segundas lenguas de Stephen Krashen, famoso lingüista e investigador educativo. Según esta teoría, el cerebro está preparado para adquirir el lenguaje de forma natural, captándolo de manera subconsciente al escuchar y comprender mensajes como en la lengua materna, por lo que aprender un idioma debe hacerse de forma natural e inconsciente.
La teoría también demuestra que el aprendizaje mediante listening debe producirse con un orden natural, sin estructuras o un programa establecido, en un entorno relajado, sin presiones ni estrés.
– Así hablamos inglés en España: penúltimos de la UE
Sin lugar a dudas el inglés es el idioma universal por excelencia. Ya sea para entender un contenido global de una página web, para hacer negocios o para comunicarnos en lugares donde incluso no se hable inglés, pero se aplica como último recurso idiomático.
En nuestro país, sin embargo, el tema de hablar inglés es una asignatura pendiente. Resulta «raro» este fenómeno por tener dos ciudades altamente cosmopolitas como Barcelona y Madrid, por el alto flujo de turistas internacionales y por su cercanía e intercambio con países como Reino Unido e Irlanda.
En este contexto, los españoles destinan, de media, 10 años al estudio del inglés, y, sin embargo, un alto número de ciudadanos reconoce no hablar inglés en absoluto.
Así, lo demuestra el mapa elaborado por el experto lingüista Jakub Marian el cual evidencia los porcentajes de personas que son capaces de mantener una conversación en inglés, por país en Europa. Y sí, España es penúltimo en la región con un 22% de habitantes que reconocen dominar el idioma anglo.
Los resultados del mapa se basan en los datos contenidos en el «Eurobarómetro especial 386? (y los datos de Croacia del «Eurobarómetro 243»).
– Vínculo del ciudadano español con su lengua
Por otra parte, según el último informe del Instituto Cervantes, el español es el tercer idioma más potente del mundo. Una lengua global que hablan, con distinto grado de dominio, 591 millones de personas. En esta línea, el portal de idiomas BrainLang señala que «cuánto más fuerte es un idioma, peores hablantes de segunda lengua son sus nativos».
Es tal el vínculo con nuestra lengua, que incluso en España los anglicismos se adaptan para incorporarse al español desde la fonética (lo que no hace a los españoles peores hablantes del inglés). De esta forma, la pronunciación ortográfica trata de leer el vocablo de la misma forma que se escribe, como es el caso de iceberg (la grafía inglesa se pronuncia a la española: izebérg o, en zonas de seseo, isebérg. En cambio, en el español de América está consolidada la pronunciación inglesa: áisberg).
– El porcentaje de personas que hablan inglés en la Unión Europea:
– Irlanda 97% – Reino Unido 97% – Países Bajos 90% – Malta 89% – Suecia 86% – Dinamarca 86% – Chipre 73% – Austria 73%
– Finlandia 70% – Eslovenia 59% – Luxemburgo 56% – Alemania 56% – Bélgica 52% – Grecia 51% – Estonia 50% – Croacia 49%
– Letonia 46% – Francia 39% – Lituania 38% – Italia 34% – Polonia 34% – Rumanía 31% – Portugal 27% – República Checa 27%
– Eslovaquia 26% – Bulgaria 25% – España 22% – Hungría 20%
– ¿Cuántos españoles saben hablar inglés?
Han pasado más de diez años desde que Mariano Rajoy dijera aquello de «It’s very difficult todo esto» durante una cumbre presupuestaria celebrada en Bruselas en 2012. Esta misma semana el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, ha reconocido que tiene «un problema» con el inglés, y el PSOE no ha tardado en mofarse del político en un vídeo.
No es la primera vez que un político español es motivo de chanza por su nivel con el idioma de Shakespeare, y tampoco es algo exclusivo de los líderes populares. De hecho, Pedro Sánchez es la excepción que confirma la regla en lo que se refiere al conocimiento de esta lengua por parte de los presidentes del Gobierno. Un fiel reflejo de lo que sucede en el conjunto de la sociedad española.
El inglés sigue siendo una asignatura pendiente en nuestro país. Según los datos de la última Encuesta de Características Esenciales de la Población y Viviendas del Instituto Nacional de Estadística (INE), solo el 15% de la población en España habla «bien» inglés. De hecho, el porcentaje es parecido al que domina el catalán (14,2%). Un 10% se expresa con dificultades, mientras que un 75% reconoce no saber hacerlo.
. Madrid, a la cabeza
Madrid es la comunidad donde mejor se habla inglés (22,7%), seguida de Baleares (19,8%), Canarias (17,6%), Cataluña (16,3%) y Navarra (16,1%). En el otro lado del tablero se encuentra Melilla, en la que apenas el 6,5% de su población domina el idioma. Le sigue Ceuta (8,3%), Extremadura (8,8%), Galicia (8,9%) y Castilla La-Mancha (9,9%).
Los jóvenes son los que más conocimiento tienen de esta lengua. De hecho, a medida que aumenta la edad disminuye el nivel y el grado de implantación del idioma. Entre la población de 10 a 19 años el 28,5% habla bien inglés y entre los que tienen 20 y 29 años el porcentaje aumenta al 32%. Pero si nos fijamos en los mayores los datos son más desalentadores.
La población de entre 40 y 49 años que habla bien inglés es del 15,5%. Por no hablar de los mayores de 50 años: más del 80% no habla el idioma. En la franja de edad a la que pertenece Núñez Feijóo –entre 60 y 69 años–, solo el 5,4% lo hablan «muy bien» y el 5,2% «con dificultad».
Mientras las lenguas cooficiales acaparan el uso familiar en sus respectivos territorios, el inglés se utiliza más en el trabajo, aunque el porcentaje no sea muy alto: el 17,7% de la población usa el inglés a veces, frecuentemente o siempre en su desempeño laboral. Entre los amigos apenas se habla un 11,3%, y en los núcleos familiares el porcentaje baja al 7,7%.
. A la cola de Europa
A pesar de que se habla en prácticamente todo el mundo, el nivel de inglés de los españoles continúa a la cola de Europa. Concretamente en la posición 25, según el ranking de EF Education First EF EPI 2022.
Desde hace años el nivel de inglés de España está estancado. Este último año ha mejorado 5 puntos respecto a 2021, y es la primera vez desde 2014 que no presenta una tendencia a la baja, pero aun así los españoles no tienen un buen nivel de inglés. Los datos hablan. Y es que se encuentra en la posición 33 del listado a nivel mundial por detrás de Italia o Francia.
La mayoría de españoles hablan una sola lengua (57,1%). Catorce millones de personas se defienden en dos idiomas (31,9%), mientras que cuatro millones (8,9%) controlan tres o más. Además de las lenguas cooficiales, entre las que destaca el catalán y el valenciano, las lenguas extranjeras que más se hablan en España son el inglés (14,7%), el francés (3,7 %), el árabe (1,6 %), el rumano (1,1 %) y el italiano (1 %).



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