De árboles …

– El gran Yggdrasil Escandinavo
Esas Cosas — Yggdrasil es un fresno, no es cualquier árbol de fresno, él es el mayor y mejor de todos los árboles: sus ramas se extienden por todos los mundos y llegan más allá del cielo.
Tiene tres grandes raíces, una llega donde viven los Ases (o Aesires, una de las razas de los dioses, la otra es Vanir), otra raíz llega donde viven los gigantes del hielo, el lugar donde estaba el Ginnungagap (el espacio cósmico lleno de fuerza mágica), y la tercera raíz está sobre el Niflheim, y bajo esta raíz está Hvergelmir; Nídhögg (el monstruo que vive en Hel) mordisquea las raíces.
Bajo la raíz que va donde están los gigantes de hielo está la fuente de Mímir, allí está oculta la sabiduría y el conocimiento.
Un águila se sienta sobre las ramas del fresno, y es muy sabia; entre sus ojos se sienta un halcón que se llama Vedrfölnir.
Una ardilla, que se llama Ratastok (diente roedor) corre por todo el árbol y les cuenta habladurías al águila y a Nidhögg.
Hay cuatro ciervos que corren por sus ramas y las roen , ellos se llaman asi: Dáinn, Dvalinn, Duneyr, Durathrór.
En la mitología escandinava, fresno perenne cuyas raíces y ramas mantienen unidos los diferentes mundos: el Asgard, el Midgard, el Utgard y Hel. De su raíz mana la fuente que llena el pozo del conocimiento, custodiado por Mimir.
A los pies del árbol se encuentra el dios Heimdall que es el encargado de protegerlo de los ataques del dragón Hvergelmir y de una multitud de gusanos que trataban de corroer sus raíces y derrocar a los dioses a los que este representaba. Pero también contaba con la ayuda de las hadas que lo cuidaban regándolo con las aguas de la fuente de Urdar, la de Asgard. Un puente unía el Yggdrasil con la morada de los dioses, el Bifröst, el arco iris, todos los dioses cruzaban por el para entrar en el Midgard.
Yggdrasil rezuma miel y cobija a un águila que entre sus ojos tiene un halcón que se llama Vedrfölnir, a una ardilla llamada Ratatösk y a cuatro ciervos. Cerca de sus raíces habitan las nornas.
Su etimología es incierta pero se cree que Yggdrasil puede significar en escandinavo antiguo el caballo de Odín, siendo uggr, temible, uno de los apelativos del dios y drasill caballo.
El poeta y escritor sueco Alf Henrikson (1905-1995) publicó en 1981 una hermosa narración basada en los relatos fantásticos de la antigua mitología nórdica. Puso en el centro de su historia al mítico árbol Yggdrasil, un inmenso fresno que, según las viejas leyendas escandinavas, fue el árbol del mundo, es decir, fue el mundo mismo antes de que la tierra se volviera redonda y comenzara a girar alrededor del sol.
En las tres raíces de ese árbol cósmico estaban las fuentes del destino, el tiempo y la muerte. En su gigantesco follaje vivían y luchaban los seres prodigiosos que dieron origen y sentido a los pueblos nórdicos: dioses y gigantes, seres humanos y animales fantásticos, hadas, gnomos, dragones, en un torbellino de luchas y encuentros en que lo real y lo mágico se confundían sin que a nadie le importara un comino saber qué era lo real y qué era lo mágico.
El árbol Yggdrasil era el Padre-Madre original, el escenario majestuoso de la vida, el tronco primordial, el eje de la existencia. Sus ramas, que abarcaban los confines del universo, fueron la morada de los dioses, los animales y los seres humanos. A la sombra de sus hojas innumerables nacieron el día y la noche, fue creado el calendario y los humanos aprendieron el rito mágico de la escritura. El árbol Yggdrasil fue, pues, el centro y el origen de la historia.
Al escribir su relato, Alf Henrikson escogió el camino del creador. No repitió punto por punto las antiguas leyendas ni se ajustó, como lo haría un etnógrafo, a la exactitud de la reproducción del mito. Pensando en los lectores modernos, elaboró de nuevo las figuras, los tiempos y las situaciones para ofrecer una narración de aventuras, magia, ironía y humor. No se detuvo en discusiones académicas en torno a las múltiples interpretaciones que hoy se ofrecen sobre el símbolo del árbol Yggdrasil.
Tampoco intentó alimentar el sentimiento heroico con la apología de dioses y guerreros más o menos brutales y casi siempre estúpidos, como ha sido la costumbre de los facistoles en todo tiempo y lugar. No hizo de su relato una expresión de culto a la fuerza, al coraje o a la capacidad de combate. Se limitó a contar hechos, luchas, conflictos, grandezas y pequeñeces de dioses, humanos y animales. El resultado fue una obra admirable.
Ahora, gracias a los traductores Ramón Latorre y Víctor Rojas, podemos disfrutar el relato de Alf Henrikson en español. La versión que nos ofrecen Latorre y Rojas es algo más que una traducción correcta: es una obra de indudable valor literario, en la cual se ha logrado transferir la maestría narrativa de Henrikson a un español bien cuidado, de gran exactitud y transparencia expresiva.
La edición (Simon Editor, Jonköping, 2003), tiene además el mérito de respetar el formato del original, e incluye los dibujos excelentes de Edward Lindahl (1907-1986) que ilustraron la edición sueca y dieron vida a las situaciones descritas en el texto.
Particularmente bien descritas son las aventuras de Odín, el dios escandinavo que se construyó una fortaleza en la copa del árbol Yggdrasil.
La llamó Valhalla y tenía quinientas cuarenta puertas, y cada puerta era tan grande que ochocientas personas podían entrar o salir al mismo tiempo por ella. Después de construir su casita, Odín decidió que necesitaba una mujer. Echó una ojeada hacia las ramas de abajo, donde vivían los gigantes con sus mujeres e hijos, y cuando vio a la mujer que le pareció apropiada, lanzó un silbido, y la muchacha entendió de inmediato de qué se trataba.
Ella subió volando hasta donde estaba Odín y se unió a él. Se llamaba Frigg y fue muy feliz con Odín, dándole muchos hijos con el correr de los años. Aunque no les voy a contar toda la historia, no puedo resistir la tentación de mencionar a las criadas de Odín, Rista y Mista, al parecer muy bonitas y, además, a los animalitos que Odín tenía en su casita: los cuervos Hugin y Munin, los lobos Geri y Freki, y el caballito Sléipnir, que solamente tenía ocho patas.
- Otras leyendas dicen que:
Una de las primeras razas que habitaron Escandinavia fueron los denominados los ases, dicen que son de origen divino. Fueron formados por su dios Odín, de dos deformes troncos de árbol, el uno de un fresno, y de un olmo el otro. Al del fresno lo convirtió en hom¬bre, y al del olmo en mujer; de ellos proviene la actual huma¬nidad, que tuvo en primer lugar el alma y la vida; en segundo, la inteligencia y el movimiento; en tercero, la palabra, el oído y la vista; dándoles Odín al hombre y a la mujer un sitio ex¬cepcional como morada (una especie de paraíso.
- Una parte de sus leyendas dice:
…………Ningún hombre otorgará el perdón a otro, hasta que el mundo sea destruido. Con él jugarán entonces las olas del mar, que quedarán libres, porque la gran serpiente que rodea a toda la tierra sentirá la furia de los gigantes, y las empujará. El árbol del mundo (El inmenso, famoso fresno sobre el que descansa, dotado de maravilloso poder) quedará abrasado por el fuego del gran dios Surtur, que aparecerá entonces. Las águilas, con su torvo pico, cebaránse en los cadáveres; la barca en que son transportados los muertos será puesta a flote.» (¿Y no piensa ahora el lector en la barca de Aqueronte, entre los griegos?)
«Surtur, el dios supremo, el oscuro, el para todos velado, que destruye y renueva el mundo, viene del Mediodía, echando llamas su mortífera espada; las rocas se quiebran; los gigantes reaparecen y andan errantes; ábrese el cielo; los genios de la naturaleza, como son los ases y los elfos, tiemblan impotentes; el sol y las estrellas se obscurecen; el Universo está ardiendo…..
Pero de pronto surge del mar una nueva tierra, cubierta de verdor; precipítanse como antes las cascadas; ciérnense en los aires las águilas, aunque su caza serán sólo los peces, al revés de ahora; el mundo se renueva; será una edad de oro en que las mieses crecerán y madurarán sin necesidad de ser sembradas; y en medio de la universal armonía, porque los poderes del mal habrán sido destruidos, Odín, desde su nuevo palacio celeste, presidirá la perpetua felicidad……..
En Hvergelmir hay tantas serpientes que no se pueden contar
Tres las raíces que en tres direcciones del fresno Yggdrasil arrancan: la primera a Hel, la segunda a los ogros, la tercera a los hombres cobija.
En las ramas del fresno un águila está; sabedora de mucho es ella; hay un azor (Vedrfólnir se llama) que está entre sus ojos puesto.
Ratastok se llama la ardilla que corre por el fresno Yggdrasil: a Nídhogg abajo llevarle debe las palabras del águila arriba.
Cuatro los ciervos que vueltos de cuello, en lo alto del árbol muerden: Dain y Dvalin, Dúneyr y Dúratror.
Más serpientes anidan bajo el fresno Yggdrasil que mico ignorante piensa: Goin y Moin _de Grafvítnir hijos_,
Grábak, Grafvóllud, Ófnir y Sváfnir siempre del árbol las ramas royendo están.
El fresno Yggdrasil penas soporta más que los hombres creen: muerde el ciervo arriba, sus lados se pudren, abajo lo masca Nídhogg…..
“El canto de grímnir” Edda Mayor
En la “visión de la adivina” o Völuspá también encontramos en los versos 19 y 20 a Yggrdrasil: Yo sé que se riega un fresno sagrado,
el alto Yggdrasil, con blanco limo; eso es el rocío que baja del valle; junto al pozo de Urd siempre verde se yergue.
Vienen de allá muy sabias mujeres, tres, de las aguas que están bajo el árbol; una Urd se llamaba, la otra Verdandi, (su tabla escribían) Skuld la tercera; los destinos regían, les daban sus vidas a los seres humanos, su suerte a los hombres…
En estos versos, la adivina está contando como estas tres gigantas, llamadas Nornas riegan el árbol, y también nos dice sobre el pozo de Urd que es fuente de sabiduría, ellas toman esa agua y el lodo que hay en torno a la fuente y rocían el fresno para que no se seque o se pudran sus ramas. El agua de Urd es tan sagrada que todo aquello que llega a la fuente se vuelve blanco.
El rocío que cae de él sobre la tierra los hombres lo llaman rocío de miel, y de él se alimentan las abejas. Dos cisnes se alimentan de la fuente de Urd y de estas nace la especie de los cisnes.
También el Padre de todo Odín cuenta en Hávamál que colgado de Yggdrasil en sacrificio recibió el conocimiento además de las runas. Fue un sacrificio si lo pensamos, chamánico donde Odín atraviesa los 9 mundos hasta Hel (las tinieblas, la muerte) recibe el conocimiento de las sabias runas que quedan grabadas en su ser como un código encriptado.
Sé que pendí nueve noches enteras del árbol que mece el viento; herido de lanza y a Odín ofrecido (yo mismo ofrecido a mí mismo)
del árbol colgué del que nadie sabe de cuáles raíces arranca.
– El sicomoro (Egipto)
Desde los tiempos más antiguos, en Egipto los árboles son objeto de veneración divina, tal vez también porque eran muy escasos.
Al este del cielo se encuentra el alto sicomoro, un Árbol Cósmico sobre el cual los dioses están sentados.
Al frente, al oeste, en la frontera del desierto, vivía la “Señora del Sicomoro”, la diosa vaca Hathor, la que ha creado el mundo y todo lo que allí hay.
Lleno de compasión, el sicomoro hace descender su follaje, saluda a los recién muertos y les da la bienvenida con agua y pan.
Con ello les alcanza el alimento y la bebida, con lo que les asegura la vida después de la muerte.
Sobre las ramas del sicomoro se sientan las almas de los muertos en forma de pájaro. Gracias a la ayuda del árbol sagrado las almas regresan al seno del mundo divino, de los seres eternos, que simplemente habían abandonado por la duración de una vida humana.
En las representaciones egipcias se encuentra frecuentemente el motivo del Árbol de la Vida, del cual nacen brazos divinos que están llenos de regalos y que riegan el Agua de la Vida de un recipiente.
El sicómoro empieza a mencionarse en épocas predinásticas en el Antiguo Egipto.
En algunas ocasiones se menciona a Egipto como el “País de los sicomoros”, y al árbol se le llamaba falsa higuera o higuera egipcia. Según Zohay y Hopf, los egipcios eran los únicos que cultivaban este árbol, muy fácil de reproducir mediante esquejes.
Debido a su madera incorruptible, los egipcios lo relacionaron rápidamente con la muerte y la resurrección; de ahí que se plantaran cerca de las tumbas y que los ataúdes se construyeran cuando era posible con su madera blanda y ligera.
También se hacían amuletos con la forma de sus hojas.
Al principio, la tapa del ataúd se identificaba con la diosa del cielo Nut, aunque, con el tiempo, el árbol acabó identificándose también con Hathor y con Isis, las tres señoras del sicómoro.
Es normal encontrar representaciones en las que aparecen Hathor o Nut subidas a un sicómoro dando de comer o de beber al ba del difunto.
Nut adopta entonces el papel protector y compasivo de Hathor.
Como árbol del viajero, era Hathor quien ofrecía sus higos a los viajeros que se encontraban con uno de estos árboles en el camino.
Hathor aparece a veces con la mención de “Dama del sicómoro del Sur”, refiriéndose al árbol que crece en Menfis, ya que el sicómoro de Norte crecía en Heliópolis.
El ataúd de Osiris estaba construido con madera de sicomoro y recibía la sombra del mismo árbol. Ser enterrado en un ataúd de esa madera significaba ser acogido por el abrazo de la gran madre en forma de Isis, Hathor o Nut.
Un jeroglífico muestra dos sicómoros iguales en el horizonte del este como las puertas del cielo por las que emerge cada día el sol, de ahí que también se le conozca como “El gran árbol de horizonte oriental”.
La diosa Isis, en forma de sagrado sicómoro, amamantando al faraón Tutmosis III. Dibujo en la tumba del rey, la KV34.
– Jardín de las Hespérides

Emplazamiento imaginario que la mitología griega localizaba en el lugar donde el sol se pone, en los límites del Océano.
Las Hespérides (las “Vespertinas” o “las Occidentales”) eran hijas de la Noche según Hesíodo y moraban en un hermoso jardín de árboles de frutos de oro que vigilaba una enorme serpiente (en griego drákon) y entre sus vecinos se contaban Atlas y también las Gorgonas.
Estesícoro, al narrar el robo de los bueyes de Gerión por Heracles, dice que las Hespérides “tenían su casa de oro en la hermosa isla de los dioses”.
Esta caracterización sobrenatural y bienaventurada del lugar tiene quizá su exponente más claro en Eurípides, que en el Hipólito, ubica el jardín en los límites cósmicos, allí donde acaban las rutas del mar y se halla el límite del cielo: se trata de “una tierra maravillosa donde las fuentes destilan ambrosía” (el alimento de los dioses).
El episodio principal que se desarrolla en el jardín lo protagoniza Heracles. En su último trabajo, el héroe tiene que apoderarse de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Dos versiones literarias principales diferentes narran la hazaña.
La que transmite Ferécides cuenta que Heracles no roba personalmente las manzanas, sino que tras un viaje que le llevara desde el extremo Oriente a los límites de Occidente consigue que sea Atlas el que se haga con los frutos mientras él sostiene la bóveda del firmamento.
La versión que conocemos por Paniasis no habla de Atlas y es el propio Heracles el que, penetrando en el jardín y tras dar muerte a la serpiente guardiana, consigue los frutos de oro.
La iconografía ilustra versiones diferentes que quizá tuvieran una testificación literaria que se ha perdido.
Así en buen número de vasos (algunos significativamente encontrados en la cirenaica, territorio colonizado por los griegos en el norte de África) Heracles se adentra en un jardín en el que cualquier signo de violencia ha desaparecido: las Hespérides reciben al héroe, le ayudan a recolectar las manzanas, entretienen a la serpiente, incluso Eros revolotea marcando que Heracles ha vencido la prueba con las armas del amor.
Los últimos trabajos de Heracles cobran un nuevo significado simbólico gracias a esta caracterización del jardín que ilustra de modo tan claro la iconografía, tras el extremo occidente (episodio de Gerión) y el Inframundo (descenso para capturar a Cerbero) el jardín es el paso definitivo en la progresiva penetración en la alteridad que transforma a Heracles de hombre en dios (y que culmina en su apoteosis); el Jardín de las Hespérides se figura como lugar de delicias, antesala del bienaventurado reino de los dioses.
No es de extrañar que los griegos africanos de Cirene, desde antiguo, defendiesen que en su tierra se localizaba el jardín: en una moneda fechable en el 500 a. e. ya figuraron a Heracles ante una Hespéride de un modo que la violencia no se contemplaba o también nombraron Euespérides a la ciudad que fundaron en la parte más occidental de su territorio a comienzos del siglo VI a.e.; la cirenaica, zona marginal en la expansión griega se convertía así gracias al mito en el punto más cercano al reino de los dioses, en un lugar bienaventurado.
La caracterización maravillosa e insular que tiene en algunos relatos griegos (aunque no en todos) el Jardín de las Hespérides y su relación de proximidad con Atlas llevó a que, tras la inclusión de las Islas Canarias en la órbita europea a partir de la Baja Edad Media, se especulase con diferentes ubicaciones para el jardín en el archipiélago.
Núñez de la Peña es un ejemplo extremo de este afán de identificación: pensaba que el valle de la Orotava, Ta-oro que en su etimología particular traducía como “de tanto oro” porque producía unas magníficas manzanas de color dorado, era el Jardín de las Hespérides cercado de dragos (el drákon griego), presidido por un Teide convertido en Atlas.
Ya Viera criticó esta ubicación, aunque tantos otros (Viana, Cairasco, Pérez del Cristo) creían encontrar en las Canarias indicios suficientes para defender que había sido el Jardín de las Hespérides.
El mito griego, gracias a estos autores mantiene entre nosotros una fascinación a la que tampoco es ajena la significativa carga simbólica de los elementos que combina (el árbol, la manzana, la serpiente, el héroe y las mujeres de estirpe divina); no es de extrañar que otros autores hermanasen el episodio con el relato bíblico del Jardín de Edén.
– Kiskanu (Mesopotamia y Babilonia)
Las tradiciones babilónicas nos hablan de un árbol en el centro del mundo, el cual ya conocían los sumerios.
“En Eridu ha crecido un Kiskanu negro, creado en un lugar sagrado; su brillo es como los rayos de lapislázuli, y se extiende hacia el Apsu. Este es el sitio donde Ea deambulaba en el Eridu exuberante, su domicilio es un lugar de reposo para Bau…”.
Kiskanu reúne todas las condiciones del Árbol Cósmico: se levanta en el centro, en un lugar sagrado.
Eridu era la ciudad sagrada del dios Ea.
El brillante azul profundo –como el lapislázuli– indica en todo caso su función cósmica: él representa el espacio cósmico, la noche estrellada. Además de eso, se expande hacia Apsu, el mundo subterráneo, el abismo primordial.
Esto significa que es un “arbor inversa”, un árbol invertido, enraizado en el cielo y extendiendo sus ramas sobre la tierra. Además, Kiskanu nos muestra su función como Árbol de la Vida, porque es el domicilio de los dioses de la fecundidad y de la formación (artes, agricultura, escritura, etc.) y el lugar de reposo de la madre de Ea, la diosa Bau, que es una divinidad de la abundancia, de los rebaños y de la agricultura.
En las representaciones del viejo Oriente, el Kiskanu es el prototipo de los árboles sagrados babilónicos. Está acompañado siempre de los diferentes símbolos, emblemas o animales heráldicos, lo que señala su papel cosmológico exacto.
En algunas representaciones las estrellas también se encuentran agrupadas junto a él. Una imagen del Árbol Primordial fue también hallada en Mohenjo-Daro, la capital de la civilización del gran río Indus.
El Kiskanu es representado como una palmera de dátiles, de lo cual se trasluce su papel directo como Árbol de la Vida: el dátil era el alimento básico más importante.
En caso del mito sumerio de “Inanna y su descenso a los infiernos”, Inanna volvió a la vida por intermediación de Enki que para la ocasión moldeó dos criaturas Lugarru y Kalatarru a los que posteriormente envió al “mundo de las tinieblas” con “el agua de la vida” y “los frutos de la vida” para rociarla y frotarla con ellos, para revivírla.
En otro mito que tiene como protagonistas a Adapa, Tammuz y Ningishzida, estos dioses son representados como los custodios de las puertas del cielo, y se matiza que Tammuz y Shamash afirman ser los guardianes del árbol de lapislázuli “Kiskanu” en Eridú.
“Eridú, donde la raza humana ha sido bendecida por el dios de los cielos Anú y propiciados en el verdor de la vida por Enki, señor de la aguas profundas, cuyo templo “La casa del buen consejo” fué allí levantado y en su jardín se guarda el sagrado árbol Kiskanu “El árbol de la vida” (posteriormente se asimiló al pino negro del Paraíso babilónico…) de donde mana un agua vitalizadora y cuya vitalidad se materializa en sus frutos”
Él árbol “Kiskanu”, por tanto, combina los poderes del cielo y de la tierra, ya que se erige sobre la Tierra, Ki, se alza hacia el Cielo, An/Anu, y hunde sus raíces en las profundidades del Kur.
– La Higuera india

La flora, en general desempeña un papel central en la cultura de la India, que tiene una gran tradición vegetariana.
El simbolismo del árbol es mencionado en un himno del Rig-veda, y en el Bhagavad-guitá .
Dos variedades de la higuera (llamada ashuatta en sánscrito), la higuera de Bengala y el pipal son los más venerados en la tradición hindú, y ambos son considerados como árboles de la vida.
La primera simboliza la fertilidad, según el Agní-purana, y es adorada por aquellos que desean tener hijos.
También es conocida como el árbol de la inmortalidad en muchos escritos hindúes. Se creía que esta higuera había alimentado a la humanidad con su “leche” antes de la aparición de granos y otros alimentos.
La higuera juega un papel de jugador u observador en varios escritos del hinduismo. Los sabios y los videntes se sientan bajo la sombra de la higuera para buscar la iluminación, mantener discursos y llevar a cabo rituales védicos. El árbol de Bodhi bajo el cual Buda alcanzó la iluminación es un árbol pipal.
La higuera cobra especial importancia en la tradición de la India, debido principalmente a su “crecimiento en dos formas” (raíces ‘aéreas’ que crecen hacia abajo).




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