Galípoli, engaño y espantada …

Jot Down(J.G.Cotta) — Entre los Dardanelos y el mar Egeo, no muy lejos de las míticas ruinas de Troya, la península de Galípoli —Çanakkale para los turcos— se convirtió en escenario de uno de los más épicos dramas sucedidos en la Primera Guerra Mundial. La sangría discurrió entre marzo de 1915 y enero de 1916.
Hoy por hoy, pasado más de un siglo de todo aquello, monolitos y cementerios ajardinados y distribuidos por toda la península recuerdan, junto al azul del mar, que Galípoli no ha dejado de ser desde entonces una inmensa tumba: 86 500 soldados turcos muertos, 14 000 franceses y 42 000 británicos, australianos y neozelandeses. De los 800 000 soldados que combatieron en la brecha de los Dardanelos, casi medio millón resultó herido, muerto, desaparecido o hecho prisionero.
Grosso modo, la batalla de Galípoli discurrió como en el viejo cine de antaño: en sesión continua. El ejército turco otomano, asesorado por intendentes alemanes, logró resistir, por un lado, el intento de forzar los Dardanelos por parte de buques franceses y navíos de la Royal Navy británica.
El plan, concebido por entonces por un jovencísimo Winston Churchill, acabó en fiasco. La mácula de Galípoli lo perseguirá durante toda su carrera política. El 18 de marzo de 1915 los aliados fracasaron en el intento por la vía naval. Los Dardanelos no fueron forzados y no pudo abrirse la ansiada brecha que habría de aliviar la carnicería del frente occidental en los cenagales de Bélgica y Francia.
Tras este primer fracaso (la Royal Navy quedó mancillada en su orgullo), se ideó una invasión terrestre por distintas playas de Galípoli. El desembarco por parte de británicos, franceses y aventureras tropas del ANZAC (Australian and New Zeland Army Corps) comenzó el 25 de abril de 1915.
Tras casi nueve meses de trabados combates, Galípoli y sus tres cabezas de puente (bahía de Suvla, cala de Anzac y cabo Helles) se convertirán en una odiosa trampa y, al cabo, en un increíble moridero asomado al azul turquesa del mar Egeo. Ninguna playa resultó accesible y diáfana para un desembarco. Los aliados evacuarán Galípoli tras meses de sangrientas refriegas. Todas ellas inútiles.
Los turcos, entre los cuales brillará el aura de un tal Mustafa Kemal (el futuro Atatürk, padre fundador de la moderna Turquía), lograron resistir al enemigo con su extraordinaria capacidad de combate. Muchos de ellos lucharon con alpargatas y uniformes remendados.
Cuando al fin pudo ponerse fin a la desastrosa campaña, desde Londres, el War Cabinet hablará de «éxito total». Toda una ironía mayúscula. La evacuación de sus tropas se pudo llevar a cabo en secreto tras una vasta operación de repliegue. La derrota aliada en Galípoli pasará a los anales también por ser una de las tretas más asombrosas producidas en la historia militar.
Es, pues, lo que aquí nos concita: el arte del engaño que hizo posible que miles y miles de hombres pudieran abandonar Galípoli bajo el sigilo de la noche, sin que los turcos lo advirtieran desde los nidos altos de sus trincheras. Por todo ello, el gran fiasco se revistió de éxito al culminar el operativo.
Pero atrás quedaron miles y miles de caídos, que fueron enterrados en cementerios aledaños a las trincheras (muchos otros quedaron inermes en tierra de nadie). Las tumbas fueron señaladas con cruces de palo y lajas traídas de las playas. Por su parte, algo faltos de delicadeza, los turcos inhumarán a sus muertos a través de grandes zanjas y fosas.
– El arte del fusil fantasma
La película Gallipoli, de Peter Weir (1981), protagonizada por Mark Lee y un jovenzuelo Mel Gibson, recrea con fidelidad lo que fue aquella carnicería. Buena parte de aquel estúpido horror, propiciado por el error táctico de los mandos, se concitó en la llamada cala de Anzac (una de las cabezas de puente del desembarco junto con la del cabo Helles y, más tardíamente, la de la bahía de Suvla).
A orillas del mar, australianos y neozelandeses tuvieron que sobrevivir largos meses en trincheras infames, excavadas sobre empinadas escarpas y terroneras de arcilla. Muchas de ellas se establecieron a escasísimos metros de las posiciones turcas, señalando lo que el tiempo convertirá en un lúgubre directorio del frente (Lone Pine, Courtney’s and Steele’s Post, The Nek, Quinn’s Post, Walker’s Ridge, etc.).
Sin embargo, el gran engaño que hará posible la evacuación de miles de soldados de Galípoli se muestra al inicio de otra película, El maestro del agua, dirigida y protagonizada por Russell Crowe. Tras arengar a sus hombres con gritos de «Alá es grande», el mayor turco Hasan ordena cargar a sus molidos soldados contra el enemigo.
Muchos saben que morirán inútilmente, como viene ocurriendo desde hace meses. Pero, tras lanzarse a la carga entre la gritería y la ceguera del suicidio, los turcos descubren que las trincheras australianas se hallan increíblemente vacías.

Tras la sorpresa, observando los parapetos del enemigo, un avezado sargento repara entonces en un curioso artilugio: un fusil fantasma.
Ordena retirarse de alrededor a todo el mundo.
Podría tratarse de una trampa. Entonces comprueba de cerca el misterioso artilugio y hace disparar el fusil como prueba.
«Malditos infieles», musita con irónica sonrisa de admiración.
Todo tenía su explicación. Como veremos, durante el mes de diciembre de 1915, las tropas del ANZAC que evacuaron el frente usaron todo tipo de simulacros y tretas para engañar al enemigo.
Había que simular que desde sus trincheras aún se disparaba contra Abdul, el apodo que los australianos dieron a los turcos. Estos disparos a la nada obedecían al ingenio: fusiles Lee-Enfield dotados de caserísimos temporizadores. A cada fusil se le endosó un par de latas con agua.
Por el agujerillo inferior de la primera lata caía el agua en forma de gota malaya hasta que se rellenaba la segunda lata. El contrapeso permitía accionar el gatillo a través de un cordelito. Otra variante hacía posible los disparos fantasma a través de mechas y velas: quemado el mismo cordelito, el peso recaía sobre el gatillo y hacía disparar el fusil.
El asombrado sargento turco, como todos los demás, contempla poco después sobre el mar Egeo cómo los buques de la Royal Navy y todo tipo de navíos menores abandonan Galípoli rumbo a la isla base de Lemnos. El enemigo por fin se marchaba. Habían vencido. De inmediato prende el entusiasmo.
Se agitan banderas turcas, se baila en corro y suenan trombones, tambores y platillos de la Mehter, la banda militar que el ejército turco usaba pintorescamente en campaña en ciertas ocasiones.
El fotograma que ilustra la huida de los buques de guerra es en buena parte una licencia del guion. Los hechos no discurrieron así estrictamente, al menos con las claras del día, a la vista del ejército otomano. Pero el detalle del fusil fantasma sí que está sacado fielmente de una de las decenas de artimañas que usaron los aliados para evacuar Galípoli a lo largo de diciembre de 1915 y los primeros días de enero de 1916.
Por otra parte, El maestro del agua responde a una historia real. Al término de la contienda, derrotado ya el Imperio otomano en la Gran Guerra, un padre australiano viajó a Estambul y a Galípoli, de acceso prohibido, para buscar a tres de sus hijos muertos en el enclave de Lone Pine (hoy por hoy convertido, como apreciará el visitante, en una enorme pradería de lápidas). Solo uno sobrevivió, pero se hallaba desaparecido.
La película resulta deficiente. Russell Crowe y Olga Kurylenko lucen sus bonitos perfiles para realzar un empalagoso romance (a ratos sonrojante). Pero sí hay pasajes y escenas que se acercan de forma fidedigna al drama de Galípoli.
Casi toda la película discurre en 1919, cuando británicos y tropas del ANZAC, a través de una comisión de tumbas de la Commonwealth, deciden volver a Galípoli para desenterrar a sus muertos y darles digna sepultura en los distintos camposantos.
Es la primera vez que un ejército se entregaba a la tarea policial y forense de reconocer huesos y calaveras a fin de dar nombre a sus caídos y honrarlos en el recuerdo. Si de la península de Galípoli los aliados salieron honrosamente con el rabo entre las piernas, es porque hubo un día en que se propusieron invadirla y hacerla suya para apoderarse del nudo de los Dardanelos.

El desembarco en la estrecha y mostrenca cala de Anzac tuvo lugar el citado 25 de abril.
Tras meses en los que esta cabeza de puente, junto con la del cabo Helles, se encuentra en punto muerto, el 6 agosto de 1915 se producirá un tercer desembarco aliado, esta vez al noroeste de la península, por la bahía de Suvla, el llamado Lago Salado y la llanura de Anafarta.
Será, en consecuencia, el tercer fracaso, atajado en gran parte, una vez más, por la pericia militar de Mustafa Kemal.
De abril a bien entrado el otoño, Galípoli es una continua sucesión de ataques y contraataques funestos en todos y cada uno de sus frentes. En la zona de Anzac, el pico del desastre tiene lugar en el tórrido verano, tras el intento frustrado de tomar la cima de Chunuk Bair.
Episodios cruentos como los producidos, entre otros, en Lone Pine, Walker’s Ridge o The Nek se suceden con su habitual saldo de muertos y heridos (en el ataque suicida realizado en The Nek, la música electrónica de Jean-Michel Jarre en la película de Peter Weir sirve de fondo al auto de fe de los soldados australianos).
Por su parte, en la zona más llana de Suvla, los combates por parte del ejército británico tampoco avanzarán. El infortunio y, de nuevo, la impericia de los mandos convertirán a este tercer y último frente en otra ratonera.
Las playas en Suvla se transformaron poco a poco en fondeaderos, pantalanes y almacenes portuarios. La disentería, de inicio a fin, causará estragos.
Tras meses de combates, los nuevos soldados que llegaban en barcas a Galípoli desde islas próximas intuían ya de lejos cómo la península se hallaba cubierta por una especie de fosfón amarillento. Era como una capa tumefacta, a causa de los estragos de los combates y el aire a devastación que envolvía a lo que los periódicos australianos llamaban como «la más sagrada esquina de Australia».
– Comienza el teatro
A finales de septiembre, la luz de los días va decreciendo. El otoño insinúa que se ha llegado a una situación de acabose. Hay que desmantelar Galípoli. El general Monro, que ha sustituido a sir Ian Hamilton al frente de la Mediterranean Expeditionary Force (MEF), apremia a abandonar este maloliente frente de guerra.
Pero ¿cómo hacerlo con garantías? El icónico secretario de Estado para la Guerra, lord Kitchener (su rostro aparecía en el famoso cartel de Alfred Leete con el lema «Your country needs you»), ha viajado a los Dardanelos para comprobar in situ la situación. El 22 de noviembre comunica a Londres su veredicto: Suvla y Anzac deben ser evacuados, pero el cabo Helles aún puede aguantar algo más.
El 27 de noviembre cae sobre Galípoli una furibunda tormenta. Trincheras y primeras líneas del frente se anegan. Las escorrentías de agua arrastran soldados ahogados y cadáveres que yacían insepultos en tierra de nadie. En las playas la logística militar queda destrozada. El panorama había cambiado como paisaje del horror.
Muchos de los combates acaecidos en la península tuvieron lugar bajo el calor y la sudada. Pero ahora, en el preámbulo de la gran evacuación, todo el frente se cubre del color uniforme del lodo.
La lluvia deja paso a continuación al blanco fraterno de la nieve. Soldados australianos y partidas de gurkhas de la India, entre otras tropas exóticas, contemplan la nieve por vez primera en su vida. Pero Galípoli permite poco embeleso ante el blanco. De hecho, los fusiles se encasquillan por el frío. Crecen marquesinas de carámbanos en las trincheras. Algunos hombres perecen por congelación.

A inicios de diciembre, el War Cabinet tiene ya casi decidida la evacuación.
Se estima que en dicha fecha hay un total de entre 77 000 y 83 000 soldados reunidos en Suvla y Anzac (sin contar el cabo Helles).
Al bulto del ejército hay que sumar 5000 cabezas de ganado, 2000 vehículos, 200 cañones y toneladas de suministros.
A mediados de mes, en la antesala de la Navidad, la meteorología discurre afectuosa.
El operativo del engaño cobra entonces todo su dinamismo.
El 12 de diciembre los mandos comunican a sus hombres que hay que poner pies en polvorosa.
Entre la tropa surge el alivio, pero también el disgusto y no poco reconcomio en quien siente herido su orgullo. Pero lo cierto es que la primera parte de la gran farsa comienza a desarrollarse.
Al caer la noche, cañones, recuas de animales, víveres y soldados (primero los heridos y prisioneros) abandonan la cabeza de puente en Anzac. Los soldados dejan las trincheras en silencio. Envuelven sus botas en telas de arpillera a fin de amortiguar el ruido de las delatoras pisadas. Los muelles y pantalanes en la costa también se alfombran con mantas, frazadas y telas de sacos. El silencio oscuro de la noche hace el resto.
Eso sí, en cuanto amanece, los todavía invasores simulan un falso y rutinario trasiego. Partidas de soldados se mueven insinuando que van o vienen de las trincheras. Las mulas solo portan cajas vacías. Los artilleros aún disponibles lanzan sus obuses para ahondar en la sensación de rutina.
Cuando vuelve a llegar la noche, los barcos repletos de hombres van y vienen hacia las islas de Imbros y Lemnos. En las playas se van amontonando ingentes montañas de pertrechos y víveres (uniformes, tabardos, botas, mantas, las odiosas latas de carne y mermelada, incluso biciclos y motocicletas).
Los días de diciembre se suceden bajo el discurso escénico de esta pantomima. Las trincheras se despueblan, pero hay que simular que hasta en la retaguardia el ocio de los soldados continúa. Junto al actual cementerio de Shell Green, algunos muchachos juegan al críquet mientras ocasionales obuses estallan por los poco idílicos alrededores.
Este partido de críquet tiene lugar el 17 de diciembre. El 18, el alto mando hace un primer recuento: cuarenta mil hombres han sido ya evacuados. Los últimos veinte mil se confían a la suerte de la que llamarán la Noche Z.
En la zona de Anzac, en los puntos más descolgados del frente, australianos y neozelandeses siembran de minas y explosivos las simientes de Chunuk Bair (el objetivo nunca alcanzado). Blancos regueros de harina, sal y azúcar indican los caminillos por donde deberán bajar bajo la oscuridad los últimos hombres apostados en las trincheras.
Como queda dicho, algunos enclaves se hallan a solo unos pocos metros de las líneas turcas. Un silbido o un ronquido puede escucharse perfectamente de parapeto a parapeto. Pero el teatro de la desaparición continúa bajo un halo de pericia y fortuna. El simulacro de los fusiles Lee-Enfield cobra ahora especial importancia, sobre todo en las colinas más expuestas. Disparos y más disparos salteados en la noche.
Entre el 19 y el 20 de diciembre dejan Galípoli los últimos soldados de la zona de Anzac y de Suvla. Ignorantes de lo que sucede, los turcos envían en la misma mañana del día 20 una fuerte andanada de bombardeos. La tensión envuelve a quienes aún no han sido evacuados y temen convertirse en mártires de toda aquella operación de ficción guerrera.
Algunos soldados acuden por última vez a despedirse de los amigos y camaradas que reposan en las tumbas. En las playas se produce una escena espantosa: grandes partidas de mulas y caballos que no pueden ser embarcadas son sacrificadas de un tajo en el pescuezo (se les colocan caperuzas en las cabezas para amortiguar sus horribles relinchos). Casi cinco millones de balas son arrojadas al fondo del mar junto a la orilla.
Los últimos hombres que abandonan sus puestos encienden las mechas que hacen estallar las muchas minas ocultas bajo tierra. En la orilla se prende fuego al patrimonio de víveres y pertrechos que el ejército deja en tierra. Mientras los últimos cinco mil abandonan la «más sagrada esquina de Australia», por las faldas de Chunuk Bair nuevas minas estallan con toda su fuerza, produciendo un fulgor de cosmogonía que aterra a los turcos. Sus unidades responden con salvas de fusilería y obuses. Pero todo cae ya sobre un diorama de trincheras vacías.
En la parte de Suvla, que carece del glamur fatídico que sí ha tenido la zona de Anzac, el guion de la gran desbandada se ha cumplido por igual. A las cinco y diez de la mañana del 20 de diciembre, el último paquebote con soldados a bordo parte de West Beach. La providencia, tan esquiva hasta entonces, también ha sonreído a los británicos apostados en Suvla y Anafarta.
Es entonces, hacia el día 21, cuando algunas partidas del ejército turco comienzan a darse cuenta de lo que sucede. Hay quienes bajan en reguerillos excitados hasta las playas. Pero el servicio de inteligencia del alto mando otomano no se fía de todo lo que parece estar aconteciendo. Podría tratarse de una monumental estrategia de distracción.
El paso de las horas evidenciará que en Anzac y Suvla se ha producido la gran desbandada. Es el momento en el que los turcos, el caso del sargento de la película, reparan en las triquiñuelas de las falsos fusiles. En las playas, los acopios que no han sido quemados ni destruidos por los invasores se convierten en un delirante botín.
Se reproducen escenas de manicomio. Hay soldados que se disfrazan con estrambóticos atuendos y aderezos. Algunos se tocan con el clásico sombrero gacho del ejército australiano (el envereh era el clásico casco entelado de los otomanos). Se ve a más de uno portando pantalones cortos de color caqui, o bien envuelto entre telas de loneta y remiendos de la bandera de la Union Jack.
En la metrópolis, desde Londres, los principales rotativos de la prensa refutan la versión del War Cabinet, que habla de «éxito absoluto» en la operación de repliegue en los Dardanelos. Resulta atrevido, hasta casi inhumano, hablar en tales términos, cuando todavía queda por desmantelar la última cabeza de puente en el cabo Helles, la que se halla situada justo en la bocana de los Dardanelos.
– Desciende el telón, adiós a la pesadilla

Abandonado gran parte del frente, ahora las miras caen a plomo sobre el gigantesco andamiaje que aún queda por desmantelar en el cabo Helles.
La invasión del pasado 25 de abril por toda la punta sur de la península de Galípoli, llevada a cabo por soldados británicos y franceses, tuvo lugar a través de cinco playas, todas ellas distintas y distantes entre sí.
Cada una recibió el nombre de una letra en clave: tres en los Dardanelos (S, V y W) y, otras tres, por el litoral del mar Egeo (X e Y).
Cada desembarco discurrió con su propio y trágico pormenor (la zona de Lancashire Landing, la playa V junto a la vetusta fortaleza otomana de Seddülbahir, la garganta sangrienta en Gully Ravine, el enclave del hoy llamado cementerio de Pink Farm, etc.).
Las cinco pinzas del cabo Helles acabaron convertidas en otros cinco frentes bloqueados, sin esperanza de ganar terreno a los turcos.
De ahí que, decidida al final la evacuación también en Helles, la logística del engaño resulte aún más peligrosa en este punto que la que previamente se ha desarrollado con éxito en Suvla y Anzac.
La campaña de Galípoli vive, pues, un momento de siniestra interinidad. El ejército británico y parte del cuerpo de franceses desplegados en Helles sentirán miedo y presión al saberse solos en tierra firme. Solo tienen por compañía a los navíos británicos que permanecen en la entrada a los Dardanelos para ofrecerles fuego de cobertura.
El día de Nochebuena el War Cabinet da la orden de abandonar todas las operaciones militares en Helles. El general Monro había apremiado a Londres para llevar a cabo la evacuación.
Y, entre tanto, ¿qué estaban pensando los turcos? El alto mando otomano, a través del comandante en jefe de Galípoli, Liman von Sanders, asistía con desconfianza al extraño cariz que estaba cobrando la campaña. No había que fiarse de estos movimientos del enemigo. Podría tratarse de una colosal maniobra de distracción.
Por todo ello, el ejército turco decidió concentrar veintiuna divisiones sobre el cabo Helles, frente a las únicas cuatro divisiones con las que contaban británicos y franceses (estos últimos establecidos en la bahía de Morto).
Escapar del último gran incordio en Helles suponía enfrentarse a cifras abrumadoras. Había que evacuar a un ejército de treinta y cinco mil hombres, más cuatro mil cabezas de ganado —muchas de ellas serán también sacrificadas— y el ingente número de suministros y cañones (solo las baterías artilleras apostadas en Helles equivalían a todas las que hubo dispuestas en Suvla y Anzac).
Los primeros en evacuar la cabeza de puente serán los soldados del uniforme color azul horizonte: los franceses. De su sacrificio en Galípoli dejará constancia el hermoso cementerio francés que hoy se alza sobre la plácida bahía de Morto. Efectivos de la 29.ª división británica ocupan momentáneamente el puesto que dejan los galos.
El plan de huida en Helles, que discurre como el tercer arte del engaño, no puede soslayar alguna que otra estampa paisajística, no poco simbólica, lo que convertía a esta línea del frente en una especie de grabado para la memoria venidera. A la vista sigue quedando, entre otras estampas, el River Clyde, el buque carbonero que continuaba a medio encallar junto a la costa, en recuerdo del desastre que remitía al sangriento desembarco de abril en la zona de la playa V.
Entre el 7 y el 9 de enero de 1916 todas las tropas abandonarán Galípoli bajo el mismo guion precedente: el silencio de la noche, la cautela, el miedo a ser sorprendidos, la teatralidad de mantener de día la rutina de la guerra.
El mismo día 7 la guarnición británica se resume en diecinueve mil hombres. Tras varios retrasos, causados por la burocracia militar, los turcos deciden aprisionar el enclave enemigo con una gran demostración de fuerza. Sus baterías artilleras lanzan entonces una monstruosa barrera contra las posiciones británicas. Pero, hasta el final, la campaña de Galípoli vuelve a demostrar su carácter tornadizo, escasamente sujeto a los cánones de la guerra.
Al atardecer de este mismo día 7 se ejecuta el esperado y temible arreón definitivo por parte de la infantería otomana. Pero las posiciones británicas, aun debilitadas, resisten el empellón con diligencia. Tanto es así que los turcos caen incomprensiblemente como conejos en su alocada carrera contra las trincheras enemigas. El mando otomano, a instancias de Liman von Sanders, decide suspender un nuevo ataque a gran escala. Piensa el alemán que los británicos han decidido hacer de Helles una plaza fuerte perdurable en el tiempo.
Tan pronto se dibuja el ocaso, el día 8 de enero continúa con la evacuación nocturna. En las cinco playas del frente quedan ahora diecisiete mil hombres. La mayoría de los soldados se enfrenta a la dificultad añadida de dejar sus posiciones en primera línea y tener que andar a pie largas distancias hasta dar con las playas, donde les aguardan los paquebotes que los sacarán de tierra firme.
Irán dejando atrás distintos regueros de trincheras, que han quedado convertidos en un particular callejero de guerra: Clapham Junction, Picadilly Circus, The Vineyard, Hyde Park Corner, Worcester Barricade…
La meteorología no contribuye a que el teatral operativo discurra como estaba previsto. El tiempo empeora justo al anochecer del mismo día 8. El viento dificulta el operativo a los ingenieros del ejército. Aun así, de tres mil en tres mil hombres, el ejército va dejando Helles desde los precarios pontones que el agitado mar amenaza con desguazar.
El tiempo es oro. Hacia las dos de la madrugada del 9 de enero solo queda en tierra una última guarnición de infelices: tres mil doscientos hombres. La fatalidad se cierne con unos doscientos soldados que se hallan a las faldas de Gully Ravine. La barcaza que ha de sacarlos de allí ha embarrancado contra unos arrecifes y han de ir andando peligrosamente hasta el punto asignado en la vecina playa W. Embarcan por fin desde aquí hacia las cuatro menos cuarto de la madrugada.
Poco después, igual que ocurrió en Anzac y Suvla, todo el frente de Helles empieza a estallar con fuegos artificiales que obedecen a la voladura de todos los depósitos de municiones. El rugido incluso llega a remover las ocultas simientes de la cercana Troya. Desde la zona alta de Alçitepe (el objetivo fallido para los aliados), los turcos responden con su correspondiente andanada contra posiciones enemigas. Pero la postrera y gran tramoya de Galípoli se halla asombrosamente vacía.
Cuando se dan cuenta de lo que ha ocurrido, los turcos se lanzan a por el botín que el enemigo ha dejado sin destruir. En la fría mañana del 9 de enero de 1916, Liman von Sanders envía desde su cuartel general el más esperado cable dirigido a Enver Pachá, cabeza del Gobierno y ministro otomano de la Guerra. La buena nueva contiene quince palabras: «Gracias a Dios, la totalidad de la península de Çanakkale ha quedado limpia de enemigos».
Es cierto, pero solo en parte. Por todo el lugar yacen sepulturas de soldados enemigos (muchos cuerpos aún se hallan insepultos). La postal que ofrecen los míticos Dardanelos de Leandro y Jerjes el Persa es la de un inmenso obituario. Del 25 de abril de 1915 al 9 de enero de 1916, discurre un total de 259 días de trabados combates.
Casi medio millón de tropas aliadas había sido enviado a la brecha de los estrechos turcos durante los algo más de ocho meses que dura la contienda (410 000 soldados, entre británicos, coloniales y tropas del ANZAC de los Dominios, más 79 000 franceses). El bulto máximo del V ejército otomano reunido en Çanakkale alcanzó los 310 000 efectivos.
La victoria turca en Galípoli, que los aliados venden con absurdo eufemismo como maniobra de repliegue (lo hemos venido repitiendo varias veces), produce en Estambul y en toda Anatolia —salvo para las minorías cristianas— una alegría incontenible. Estalla, pues, como una especie de gran fiesta de Bayram.
El gran engaño que posibilitó la novelesca evacuación de los invasores no pudo ocultar la realidad: Galípoli significó una monumental derrota para Inglaterra y Francia. La hazaña de los turcos alargará de hecho en el tiempo la locura de la Gran Guerra.
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