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Relato: The Beatles (Su historia) 2da. Parte …


En octubre de 1963 comenzaba la Beatlemanía.

Dejará a los cuatros de Liverpool agostados en 1967.

Brian Epstein quería llegar más alto que Elvis.

Pues ya habían llegado.

Tony Barrow, jefe de prensa de los Beatles entre 1962 y 1968, fue el hombre que creó la expresión The Fab Four.

Fabulosos. Nunca hubo expresión que no hiciera más honor a su nombre.

Él también era de Liverpool.

– Beatlemanía

Tony Barrow fue su compañero de giras durante toda la Beatlemanía, enfrentándose a fans histéricas y a ruedas de prensa estresantes.

Su trabajo sufrió una transformación en el 63 cuando la locura se extendió desde las Islas Británicas al planeta entero. Como u n vuelo de coleópteros, de élitros córneos bañados en oro. Hasta entonces, Tony, procedente de Decca, la famosa discográfica que no ficho a los Beatles, y redactor freelance del Liverpool Echo, se esforzaba en que los periódicos de poca monta hablasen de los cuatro chicos.

Les pasaba información a los periodistas perezosos para que la copiasen en sus periodicuchos cuando no había que lamentar el tropello de algún perro en las calles de Londres.

A finales del 63, el trabajo de Tony Barrow pasó a consistir en elegir las solicitudes de entrevistas y de apariciones en la tele. Se inspiro en el servicio de relaciones públicas de Su Majestad para gestionar la relación del grupo con los fans.

Los Fab Four trabajan como estajanovistas. Los conciertos en estadios aun no existen, y las salas son demasiado pequeñas, por no hablar de los aeropuertos. El fenomeno conmociona a los gobiernos, que se preocupan por las alteraciones del orden público provocadas por la marea de fans.

De todas las edades, de todos los sexos, de toda condición, la gente parece afectada en masa por el fuego de San Antón, la intoxicación provocada por el cornezuelo del centeno, que sumía a pueblos enteros en alucinaciones cercanas a las del LSD.

Las autoridades religiosas ven al Maligno y su rictus en forma de falo cubrir la Creación con su sombra gigantesca. Los chalados empiezan a comparar a los Beatles con los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Algunos psicoanalistas hablan de impulsos sexuales liberados, y algunos médicos algo viciosos afirman que las jovencitas tienen orgasmos en pleno concierto.

Brian Epstein teme que aquella locura acabe por saturar a la presa, cansar a la gente y precipitar a los Beatles a una caída en barrena.

Pero al parecer tenían a Dios por copiloto.

Los Fab Four siguen siendo los mismos de siempre.

Los periodistas les hacen siempre las mismas preguntas estúpidas, y ellos dan cada vez una respuesta diferente. Siempre ingeniosa.

El fervor de los fans es inmenso.

Se congregan por cientos de miles por el simple placer de verlos meterse corriendo en una limusina de cristales ahumados.

En 1964, en Australia, se agolpan 30.000 fans entre el aeropuerto y Adelaida.

Desde los años de Hamburgo, John recurre a menudo a un sarcasmo digno del mal bicho que debió de ser al haber crecido lejos de sus padres, en compañía de su tía Mimí, a quien no le gustaba lo relacionado con la música y el roc´n roll. John, desde los tiempos del Kaiserkeller de Hamburgo, hará varias veces el saludo nazi ante su público. Para complicar las cosas, se pone un peine negro gajo la nariz para imitar el bigote de Hitler.

En Australia, asomados a un balcón sobre miles de fans apretujados bajo las ventanas de su hotel, John y Paul saludan a la multitud levantando el brazo en un gesto que no deja lugar a la ambigüedad. John pone los dedos imitando un pequeño bigote. El gesto es impactante. ¿No se referiría John al malestar creciente que provocaba aquella Beatlemanía?

No era raro que Lennon hablase de su “Hitler rutina” cuando se trataba de calmar a los fans que exigían su aparición. A veces imitaba a Hitler poniendo los ojos en blanco y escupiendo un raudal de palabras inteligibles, John y Paul no eran nazis, eso está claro, pero ¿y la Beatle manía?

El 5 de marzo de 1964, los Beatles prestaron su imagen, como se suele decir en el show-biz, a la venerable Oxfam. El Oxford Commitee for Famine Relief celebraba su vigésimo primer aniversario con los antiguos alumnos del Brasenose College, de la Universidad de Oxford (Oxfam se creó en 1942 para suministrar una ayuda alimentaria a la población hambrienta por la ocupación nazi de Grecia).

El tipo que está junto a los Fab Four es Jeffrey Archer, escritor y antiguo diputado inglés implicado en varios escándalos, de los cuales uno lo lleva la cárcel. Su golpe maestro, en el 64, fue conseguir a los Beatles para una cena benéfica.

Los chicos de Liverpool no actuaron, bastó con su sola presencia para la foto.

El escritor inglés Sheridan Morley también estaba allí aquel día de marzo. Bueno, en realidad estaba en los aseos, meando al lado de Ringo.

Esto es lo que cuenta: “Durante el intermedio, fui a los aseos. A mi lado estaba Ringo Starr. Me preguntó si conocía al tal Jeffrey Archer. Le contesté que en Oxford todo el mundo se preguntaba qué clase de persona era exactamente, a lo que Ringo respondió que a él le había parecido un tipo correcto, pero que era la clase de persona que embotellaría tu orina para revendértela”.

Eso fue algo que los Beatles nunca hicieron.

Que hay más envidiable y más preciado que “las viñas de Francia y la leche de Borgoña”, pre pregunta Lear a su hija Cordelia.

La chica está muy apegada a su papa.

Como Marilyn, dice: “And…I’m not supposed to…play whith boys! Mon coeur est à papa. You know le pwopwiétair”. («Y se supone que no debo jugar con niños»… «mi corazón está con papá» ¿Conoces al propietario?)

– Olympia 

¿Oiga? ¿Señor Freud? Cualquiera diría que en 1964 todas las francesitas se llaman Cordelia o Marilyn. Nada de orgasmos colectivos en el Olympia. El artículo de lencería escapará a la Beatlemanía entre el 15 de enero al 4 de febrero. Ni en el preestreno en el cine Cyrano de Versalles, el día 15, ni después en el Olympia. Las francesitas podrían haber elegido entre los 41 conciertos para conocer el éxtasis inglés, pero son los chicos quienes acuden mayoritariamente al local de Coquatrix.

De vuelta en el Reino Unido, Paul reflexionará sobre el tema en una rueda de prensa. La escucha respetuosa de una juventud que se conocía todas sus canciones, aplausos en lugar de gritos… todo eso alejará a John y a Paul de su “Hitler routine”.

Los únicos síntomas de Beatlemanía fueron algunos periodistas y fotógrafos que los asediaban en los camerinos. Frente a ellos, algunos policías y operarios. Estamos en 1964, en la Francia de De Gaulle y Pompidou.

Bruno Coquatrix, propietario de la sala bulevar de los Capuchinos, había acordado con Brian Epstein que sus cuatro chicos actuarían tres semanas seguidas (entre dos y tres conciertos diarios) a cambio de 3.000 libras esterlinas.

Los Beatles nunca han tocado tanto tiempo en un único local, salvo en Hamburgo y en el Cavern Club. Firman el contrato el 17 de julio de 1963, y en Francia nadie cree que los Escarabeats sean capaces de llenar el Olympia ellos solos. Es el problema de preparar las cosas con un año de adelanto. Añaden al cartel a Sylvie Vartan y a Trini López.

Trini es un tipo que surfea sobre el escenario al cantar “La Bamba” y “if I had a hammer”, una canción conocida en Francia por la versión de Claude François. Sylvie es una chica simpática que acaba de volver de Nashville, pero que canta “La plus belle pour aller danser”. Se han esmerado en escribir los nombres de las tres estrellas al mismo tamaño.

Pero muy pronto los Beatles pasaran a actuar los últimos, y Trini y Silvie tendrán que contentarse con ser los teloneros. Algunos días, los espectadores (después de que Europe nº 1 emita el 29 de enero una grabación del 16) llegaran a lanzarle verduras a la simpática Silvie.

No obstante, a comienzos de los sesenta Francia no es un páramo. La treintena gloriosa rebosa de frigoríficos, lavadoras, transistores, televisores, Dauphines… en “Al final de la escapada”, de Godard, Jean Seberg vende el Herald Tribune en los Campos Eliseos. Belmondo, al volante de un De Soto descapotable robado, le dice al espectador que se vaya a tomar viento.

La Nouvelle Vague ya ha pasado por allí.

El existencialismo vuelve a gozar de aceptación entre una juventud que solo quiere quemar gasolina como forma de vida.

En Hamburgo, el espíritu de Saint-Germain-des-Prés animaba a Astrid Kirchherr y sus amigos, a quienes los Beatles llamaban los “exi”, en referencia a ese tal Sartre al que cualquier joven intelectual algo espabilado debía citar para impresionar a las chicas.

El famoso corte de pelo de los Beatles era conocido en Alemania como “corte Francés”.

En resumen, la Francia que descubren los Beatles en el 61 y el 64 no es lo que podríamos llamar un pueblucho perdido.

Solo hay un problemilla: la música beat se aclimata mal al país de los gabachos. Elvis reina en el plantea rock, y solo los ingleses, con dificultad al principio, conseguirán competir con el gigante americano. La lengua de Molère tendrá el rock que se merece: Johnny Hallyday y Dick Rivers.

La excepción francesa, que gracia. La línea Maginot no consiguió rechazar la invasión alemana. Veinte años después, su réplica yeyé conseguirá mantener a los Beatles y al pop anglosajón fuera de sus fronteras (reaparecerá en 1986 para detener la nube de Chernóbil).

En fin, la transformación del oro en plomo. La línea Marginot yeyé fue la responsable de una plétora de adaptaciones no demasiado logradas de canciones de los Beatles.

“love me do” se convirtió en “J’en suis fou” en 1962 en boca de Dick Rivers, que reincidió en el 63 y el 64 con “Je l’ai vue devant moi” (I saw her standing there) y “Ces mots qu’on oublie u n jour” (Things we said today).

Dos años después de la estancia de los Fab Four en el Olympia, Johnny, a quien no le faltan agallas, saca un “je veux te graver dans ma vie” (got to get you into my life).

Cualquiera diría que los mandamases de las discográficas de los años 50-60 tomaban a la gente por tonta, en plan “los franceses no van a entender nada, el ingles es un idioma sin futuro”. En Francia, unas pálidas copias agabachadas de los éxitos de los Beatles sirven de barrera a las versiones originales.

Son los mismos que hoy en día deciden producir Julie Lescaut y Plus Belle la vie, mientras los americanos hacen Los soprano y A dos metros bajo tierra…

El 26 de setiembre de 1960, 70 millones de telespectadores estadounidenses ven al atractivo senador Jack Kennedy y al mal afeitado Dick Nixon.

Era el primer debate presidencial televisado de la historia.

Los sesenta son una pista de despegue para la pequeña pantalla.

Los hogares se equiparan en masa.

El 9 de setiembre, el 28 de octubre de 1956 y el 6 de enero de 1957, Elvis Presley actúa en el Ed Sullivan Show.

– Ed Sullivan Show

Más de 60 millones de estadounidenses ven al Rey. El número de televisores es tres veces menor al que habrá cuatro años más tarde, durante el debate entre Kennedy y Nixon. El tubo catódico le impone su ley al mundo. Ed Sullivan y la cadena CBS se llevan la mejor parte.

Edward Vincent Sullivan se dirigirá a EE.UU. del 20 de junio de 1948 al 30 de mayo de 1971 todos los domingo por la noche, entre las ocho y las nueve. Todo un record de longevidad. Cuando los telespectadores estadounidenses descubran a los cuatro de Liverpool, su presidente acabara de ser asesinado el 22 de noviembre de 1963. Kennedy aspiraba a un segundo mandato.

La tele se fundirá, por primera vez, con un país entero en estado de shock. La CBS da la noticia en directo, interrumpiendo su programación: “En Dallas, Texas, alguien ha disparado tres veces sobre la comitiva del presidente Kennedy en el centro de la ciudad…”

Por su actuación en el Ed Sullivan Show, los Beatles reciben 25000 dólares, la mitad que Elvis ocho años antes. La imagen es en blanco y negro. Llevan traje con corbata, muy elegantes con sus pantalones de pitillo y sus flequillos.

Parecen contentos de estar ahí, El público de las primeras filas se compone de muchachas con collares de perlas, mujeres maduras y señores gordos, lo cual contrasta con los cientos de chiquillas que gritan agarrándose la cabeza con las dos manos.

Orgásmico. Ed presenta a los cuatro de Liverpool. Acento neoyorquino, boca torcida y pelo engominado.

Empiezan por “All my loving”. Ringo tendrá el honor de ser el primero en aparecer en primer plano. Los aullidos de las chiquillas le divierten. Paul, con la voz algo cansada, sonríe tras su micro, mientras que George y John hacen los coros. Desconcierta ver a John aceptando las reglas. En la segunda canción, “Till There was you”, la cámara enfoca a los Beatles uno por uno.

Comienzan las presentaciones oficiales del tío de América. Aparecen unas letras blancas superpuestas: PAUL. Después, RINGO. Después, GEORGE. Y al final JOHN. Está como ausente. Muy profesional. Las letras blancas dicen: JOHN. Y después, por debajo, en letra más pequeña: SORRY GIIRLS, HE’S MARRIED.

Tras las presentaciones, los Beatles prosiguen con “She loves you”.

Millones de telespectadores se sienten ridículos con sus bermudas y su pelo cortado a cepilla.

¿Cómo? ¡El Rock’n’roll ya no se alimenta de mantequilla con cacahuete!

Primer navajazo al contrato tácito que unía a la juventud americana con el Rey Presley.

Hay que reaccionar, se dice el gordo coronel Tom Parker, el manager de los dientes largos.

Estos Hooligans se van a merendar a mi Elvis. Hay que hacer algo. Al final de “She loves you”, Ed Sullivan anuncia que acaba de llegar un telegrama firmado por Elvis Presley y Tom Parker. Para los Beatles, Elvis sigue siendo una referencia inevitable.

Pero para Elvis y una parte de América conservadora, ese cortes mensaje de bienvenida es una advertencia: sois muy simpáticos, inglesitos pero queremos que os apalanquéis aquí.

Dos días después de su primera aparición en The Ed Sullivan Show, los Fab Four acudirán a una recepción en la embajada británica en Washington. El presidente Lyndon Johnson le dirá al antiguo Primer ministro británico:”Me gusta su equipo de vanguardia, pero necesita un corte de pelo”, palabras que vistas desde aquí parecen inocentes, pero para un tipo de Texas como Johnson podrían servir de introducción a un baile del Ku Klux Klan.

Los Beatles harán apariciones en la emisión nacional de la CBS. La primera será en Nueva York y en directo, el 9 de febrero de 1964. La segunda, en directo desde el Deauville Hotel de Miami, el 16 de febrero. La tercera, pregrabada y emitida el 23 de febrero. Los Beatles aterrizan el día 12 en Miami.

4000 fans echan abajo las puertas del aeropuerto, hacen picadillo a los policías y profieren gritos estridentes. 70 millones de americanos los esperan en un salón, ante la pequeña pantalla.

Pero en febrero del 64, bajo el sol de Miami se prepara otro encuentro histórico. Sonny Liston, con las manos como parachoques de camioneta, alcohólico, campeón del mundo de los pesos pesados desde 1962, se juega el titulo contra Cassius Clay.

Cassius aun no se llama Muhammad Ali, es campeón olímpico de los pesos medios y la América de corte de pelo a cepillo espera para escupirle a la cara con su racismo ancestral. El 18 de febrero, los Fab Four visitan a Cassius, que les dice: “¡Al suelo, gusanos!”, y los fotógrafos hacen su trabajo. Cassius añade: “No sois tan tontos como parecéis”, y John le responde: “No, pero tú sí”.

Todo el mundo se alegra y los Beatles se largan, encantados. Cassius dice: “¿Quiénes son estos maricas?”

Fue entonces cuando las cosas dieron un giro colosal.

El objetivo era gritar más alto que la música.

Eso había empezado mucho antes del Shea Stadium, pero el 15 de agosto de 1965 y el 23 de agosto de1966, en la guarida de los Mets de Nueva York, en Queens, a tiro de piedra del aeropuerto de La Guardia y de Flushing Meadows, los decibelios alcanzaron máximos históricos.

– Shea stadium

Los Mets son jugadores de beisbol, una especie de cricket en versión yanqui. A los cubanos y a los japoneses también se des da muy bien ese deporte. Al beisbol se juega con un bate y gruesos guantes de cuero.

Cuando el bate no sirve para hundirles el cráneo a los ladronzuelos que quieren robar de la caja registradora de la tienda de bebidas alcohólicas, sirve para golpear una bola dura como una castaña en encías aftosas.

El Shea Stadium cuenta con 55.601 localidades, y todas se vendieron a hordas de fans gritonas y temblorosas. Era la primera vez que un estadio deportivo servía para la actuación de un grupo de música para jóvenes.

El organizador del concierto del Shea Stadium se llama Sid Bernstein. Aunque fuese estadounidense, en 1962 leía la prensa británica. Sin haber oído nunca una sola nota de esos británicos que causaban la histeria en la vieja Inglaterra, se dijo:”Quiero a esos chicos”.

Los 56.000 fans del Shea Stadium están en trance. El estadio no está equipado para la organización de conciertos. Enchufan los amplificadores de los Beatles al altavoz del presentador que comenta los partidos. Ni siquiera los romanos habían visto algo así cuando se deleitaban con el espectáculo de los leones dándose un festín de cristianos.

En el escenario, los Beatles no se oyen tocar. No pasa nada, porque los fans tampoco oyen nada. Pero todo el mundo está contento. A partir de entonces, Lennon se divertirá haciendo tonterías en el escenario, tocando como un niño el teclado de un piano desafinado. Con los codos. Y delante del micro suelta un galimatías.

La sola presencia de las estrellas basta para colmar al público. Nos da igual, tenemos los discos en casa. Por no hablar de que aun no había pantallas gigantes. Los Beatles, vistos desde el público, no son más grandes que un cuarteto de escarabajos retozando sobre una boñiga de búfalo. Pero las chicas están como locas. Era la Britsh Invasión. Los Beatles monopolizaban las listas americanas y arramblaban con todo el vinilo para imprimir sus discos.

Antes de subir al escenario, Sid Bernstein hizo que en la pantalla luminosa del estadio escribieran “The Rascals are coming” (Ya llegan los granujas).

Esto sucedió el 28 de agosto del 64 en el hotel Delmonico, en Park Avenue, Manhattan, después de un concierto en el Forest Hills Tennis Stadium.

El periodista Al Aronowitz hizo de intermediario. Dylan visita a los Beatles. Cuando se abre la puerta del ascensor, Dylan y Aronowitz ven a un ejército de policías y a otra gente empinando el codo. Conducen a Dylan rápidamente a la suite de los Beatles.

Allí, Brian Epstein, Mal Evans, su asistente en gira, y los cuatro acababan de picotear alrededor de la gran mesa. Dylan cruza el umbral. Es tan bajito como suponían los Beatles, y tiene la nariz ganchuda y los ojos muy vivos. Brian hace las presentaciones, tímidamente. Todos están cortados. Brian se lleva a Bob a la salita, empeñado en que el encuentro no degenere en un mal viaje.

Brian le pregunta:” ¿Quieres beber algo?” Bob le responde: “Si, vino peleón”. Brian lo siente mucho, pero solo hay champan, vino francés del bueno, whisky y refrescos. Envían a Mal a buscar el vino de mesa favorito de Dylan a la tienda de la esquina. Los Beatles le ofrecen una pastilla de speed. “¿De qué vais? Nada químico.”, les contesta Bob. “Pero tengo hierba”…

Brian Epstein le confiesa a Dylan que nunca han probado los porros. Incrédulo, Bob regaña a los Esacarabeats. “¿No habláis de esa en una de vuestras canciones? ¿En esa en la que planeáis lo que vais a hacer?” John le pregunta a que canción se refiere. “Eh…ya sabes, esa en la que decís And when I touch you I get high, I get high…”. John se pone rojo como un tomate y contesta: La letra dice I can’t hide, I can’t hide”.
Fumar droga está mal, aunque sea la marihuana de los bolsillos de Bob Dylan. A Dylan le da igual, y lía un canuto. Se lo pasa a John quien, desconfiado, se lo da a Ringo. “Mi degustador oficial”, dice Lennon. Ringo le pega al porro mientras Dylan y Al lían media docena más.

Al cabo de un rato se cachondean de Brian, que no para de decir: I’m so high, I’m on the celling, I’m up the celling”. Vuelo tan alto chicos, que voy a echar abajo el techo. John exclama “¡Estoy pensado por primera vez en mi vida! Pienso DE VERDAD”.

Está convencido de que las palabras que salen por su boca son píldoras de sabiduría. Exige que lo anoten todo para la posteridad. Mal Evans corre detrás de él, tomando nota de todo.

Entre Dylan y los Beatles comienza una larga, aunque episódica, relación de amistad.

Huevos revueltos.

Parece una tontería, pero es todo un plato.

No basta con saber cascar los huevos para hacer una tortilla.

No, no.

El truco consiste en remover bien los huevos (revueltos) mientras se cuecen suavemente al baño María.

Yo los hago axial.

Eso evita que se peguen en el fondo.

La nata batida hay que añadirla poco a poco.

Te lo advierto, no es algo que prepare todas las mañanas.

– Yesterday

Paúl McCartney tampoco. Pero para un ingles, comer huevos revueltos por la mañana es algo normal. Entre nosotros, es menos repugnante que echarse al coleto las dichosas alubias en salsa de tomate con una salchicha llena de crema solar.

Según la leyenda, la creación del éxito planetario hoy conocido como “Yesterday” sucedió en este orden más o menos. Porque ayer, en el desayuno, Paúl quería llamarla “huevos revueltos”. Estamos hablando de un primer plato. ¿Te imaginas el bote de mayonesa? …”Scrambled eggs, o you’ve got such lovely legs”. (Huevos revueltos, que piernas tan bonitas tienes). Porqué no OH OH bonita muñeca encima de mi dedo cortado….Paúl, deja ya la marihuana.

Pues no sé, llámala…eh…”Yesterday”. Queda nostálgico. Scrambled eggs, no. De ninguna manera.

En 1797, Samuel Taylor Coleridge tuvo un sueño. Por la mañana escribe los versos de un poema alucinado: Kublai Kan. Su subtitulo dice: “Una visión en un sueño. Fragmento”. Coleridge es uno de los mejores poetas ingleses. En su texto describe Xanadú, el palacio de verano del emperador mongol Kublai Kan. Coleridge tomaba opio, y su paraíso artificial le regalaba una visión.

Sin embargo, no era un hippie, uno de esos melenudos con chaquetas de forro de lana de borrego y barbas enmarañadas. Qué más da. Aquella mañana de 1965 Paúl camina pisando al mismo tiempo huevos y las huellas de un poeta importante. En Inglaterra, los profes lo transforman en un arma para aburrir a los alumnos. Es decir, robándole a veces a los frutos sabrosos el sabor del placer.

Decir que Paúl se inscribe en una tradición literaria quizás seria hablar un poco a la ligera, pero me juego un penique a que frente a sus gachas debió de pensar en el bueno de Coleridge. No da crédito a lo que ven sus ojos revueltos al haberle devuelto a la flor su antiguo perfume.

¿No seria acaso una melodía olvidad, una burbuja subiendo a la superficie del agua?

En todo caso, es un milagro.

Tanto si la historia del sueño es cierta como si la hubiese soñado para vender mejor la historia, “Yestedeay” les dice algo a miles de millones de seres humanos.

Simultáneamente. “Yesterday” es una canción premonitoria. Now I need a place to hide away (Necesito un lugar para aislarme)

Los Beatles ya han cumplido cinco años de vida. Un lustro. Sin contra con los años del instituto. Después de A hard day’s night, el grupo rueda la película Help.

Los Fab. Four siguen igual de unidos, felices de crear juntos, pero los momentos para tocar en solitario empiezan a resultar apetecibles.

Al menos para Lennon y McCartney. John ha escrito el libro In His Own Wirte, una divertida selección de relatos relámpago y de reflexiones metafísico-alocadas que los críticos no dudaron en comparar con James Joyce (a quien John declara no haber leído hasta la aparición de su libro).

Con “Yesterday”, Paúl descubre el también los placeres solitarios. De no ser por la colaboración artística de George Martín para los arreglos musicales, Paúl compone, escribe y canta en solitario. George Martín sugiere registrar la canción solo a nombre de Paúl.

Pero eso seria romper el viejo acuerdo que une a Los Beatles: todas las canciones de uno u otro serán acreditadas a Lennon/McCartney. Siempre en ese orden, el alfabético. Eses es el pacto. Mas adelante cuando John haya muerto, Paúl querrá quitar a Lennon de los créditos. Yoko dirá ¡“OH NO”!

“Yesterday” es también la primera canción de la historia del pop con una instrumentación clásica. Un cuarteto de cuerdas. Un cuarteto, que gracia. Normalmente, un cuarteto se utiliza en la música de cámara, lo cual no quiere decir que se toque en ninguna cámara. Menuda tontería. Aunque en realidad «Yesterday”, fue compuesta en un cuarto.

Un cuarteto suele estar formado por dos violines, una viola y un violonchelo. Parece que es Beethoven el tipo que debería venirnos a la cabeza al hablar de cuartetos de cuerda. Beethoven, caray. Paúl les decía a los músicos clásicos: ”Nada de vibrato, chicos. ¡Eh ¡ ¡Usted, el del frac, he dicho que nada de vibrato!”. Es verdad, al final los vibratos resultan penosos.

Parecen manatíes lamentándose ante el espejo: “OH Dios mío. La cola me ha vuelto a engordar dos kilos”. Que pesadez, un poco como Paul con la música de sus sueños, pensaban los otros al final. Durante las cuatro semanas de rodaje de Help, dirigida por Richard Léster, Paúl no paro de toquetear el piano de cola del estudio con su melodía de los huevos revueltos.

Todo el mundo estaba harto, hasta tal punto que Lester fue a ver a Paúl y le dijo: ”Deja ya de tocarla o te tiro el piano ¿entendido?”

Elvis tenía una bicoca en Bel Air, en el 525 de Perugia Way, Los Ángeles.

En agosto de 1965, el Rey estaba en California para rodar un churro titulado PARADISE, HAWWAIIAN STYLE, de Michael D. Moore, con Suzanne Leigh.

Elvis interpretaba a Rick Richards un antiguo piloto de línea que se introduce en el negocio de los helicópteros para turistas en Hawai.

– Escalera de color

Los años sesenta fueron una mala época para Presley. Su manager, Tom Parker, lo mantiene en los chanchullos de Hollywood. Encadena un churro tras otro y los fans se abalanzan por millones para verle hacer su numerito en la pantalla.

Para llegar al 525 de Perugia Way hay que ir por Sunset boulevard, tomar Bellagio Road y dejar atrás las enormes mansiones que rodean el campo de golf, las mas caras de este barrio millonario de las colinas de LA.

En teoría, el encuentro del mes de agosto del 65 iba a ser el mas extraordinario de toda la historia del rock and roll. Sobre el papel. Y un papel es lo único que nos queda hoy de aquel encuentro. Jerry Schelling, un tipo de la Memphis Mafia, la banda de Elvis, recogió los autógrafos de los Fab. Four en una hoja con el encabezamiento “Elvis”.

Los cuatro firmaron amablemente el papel, que se vendió en una casa de subastas estadounidense el 7 de abril de 2008 por 59.450 dólares.

Elvis nació en Tupelo, Missisipi, el 8 de enero de 1935. Saco su primer disco, THAT’S ALL RIGHT (MAMA), en Memphis, Tennessee, en 1954. Es la partida de nacimiento oficial del rock and roll en su versión rockabilly. Cuando los Beatles comienzan a ser los Beatles, el Rey ya lo ha inventado todo y el rock ya esta muerto.

Pero la adolescencia de los cuatro de Liverpool se vio profundamente marcada por la música del Rey. Elvis era todo lo que ellos querían ser, el listón insuperable, el santo Grial, el alfa y el omega.

Por eso, cuando Brian Epstein les ofrece conocer a Elvis, para los Escarabeats es un sueño hecho realidad. Para el coronel Parker, aquel encuentro era puramente estratégico. El personaje no es nada sentimental, y detesta ese género de música. A él, lo que mas le gusta son las canciones de Navidad. Pero sabe que los Beatles pueden distraer a la juventud estadounidense de su ídolo legitimo y, de paso, privarlo a él de su gallina de huevos de oro: Elvis the Pelvis.

Enseñándole a todo el mundo que los Beatles han acudido a Bel Air (y no a Graceland, Memphis), al lugar de rodaje hollywoodiense, ese coronel canalla intenta demostrar que los chicos de moda le han jurado lealtad al Rey.

Confía así en conservar a sus fans histórico y recuperar a los de los Beatles, más jóvenes

¿Qué otra cosa podía pasar? Elvis Presley tenia treinta años, los Fab. Four tienen entre veintidós y veinticinco, pero todos han vivido ya varias vidas.

Tengo más recuerdos que si tuviese mil años, que decía Baudelaire. Han ido mas lejos de lo que cualquier hombre llegara jamás. Ni siquiera Alejandro Magno, Gengis Kan, Napoleón o Hitler.

Todo el planeta los aclama, los reclama, los diviniza. Son el vellocino de oro. Solo con verlos, millones de chicas desfallecen, se convulsionan, se retuercen, explotan sus cuerpos, sus gritos devoran la capa de ozono y sus ojos penetran en la Vía Láctea, con miles de millones de estrellas.

En 1965, todos los novios del mundo son unos cornudos, pues todas las chicas los engañan de pensamiento con uno u otro de aquellos cuatro jovencitos presentes en Bel Air el 27 de agosto de 1965. Es la escalera de color más erótica de todos los tiempos. Parece que quien ve a Dios muere en el acto.

Imagina que una groupies se hubiese colado aquel día en aquella casa de Perugia Way. Hubiese muerto en el acto, fulminada por un orgasmo aun mas violento que los de Santa Bernadette Soubirous. Nada volverá a ser como antes, eso seguro. La tierra volverá a su edad de oro y sobre el horizonte veremos alzarse al poderoso astro del pop-rock resucitado. Como mola.

No paso nada. Absolutamente nada. En 1965, el mundo tiene otras preocupaciones. En febrero, Malcolm X es asesinado, y la America blanca les niega los derechos civiles a los negros. A finales de agosto, en Los Ángeles aun resuenan los disturbios de Watts.

Diez días antes del encuentro de Bel Air, el barrio negro de Los Ángeles presencia uno de los más importantes y violentos movimientos de colera racial de su historia. En el centro-sur de LA., el 11 de agosto de 1965, o sea dos semanas antes del no-acontecimiento de Bel Air, la policía maltrata a una madre y a su hijo. El gueto explota. Cuarenta mil negros toman las calles.

La Guardia Nacional acude al rescate de la policía. Quince mil policías y militares peinan el gueto y acosan a los negros. Durante seis días, Watts será arrasado por el fuego y la sangre. El balance será de treinta y cuatro muertos, mil heridos y cuatro mil detenidos.

Cuando los Beatles se dirigen a casa de Elvis, las cenizas aun están calientes, y del asfalto aun no se ha secado la sangre de los inocentes. Con la graciosa ayuda del coronel Parker y de vario s periodistas elegidos a dedo, la America racista había encontrado el mas bonito de los carteles para tapar encharco de sangre de Watts.

Nada paso en el 525 de Perugia Way. En Los Ángeles no viste nada.

Pattie boyd es una chica guapa.

Le encantan los guitarristas.

En A Hard Day’snight, interpreta a una estudiante de instituto.

Las inglecitas están muy sexys con sus falditas negras, sus blusas blancas y sus corbatas a rayas.

Pattie se llama en realidad Patricia Anne, y había nacido el 17 de marzo de 1944.

Tiene 19 años en la época del rodaje de la película, que costara 500.000 dólares y obtendrá unos beneficios de mas de seis millones.

– A hard day´s night

La película es divertida. Vemos a los cuatro chicos perseguidos por hordas de chicas locas por ellos, como al final del Show de Benny Hill. Ringo se ha comprado una cámara estupenda y resulta que la fotografía se le da tan bien como las frases graciosas. El actor Wilfrid Brambell, un habitual de la BBC a pesar de ser irlandés, interpreta a un abuelo como Dios manda que hace muchas tonterías.

Durante el Rodaje, Pattie Boyd deja a su novio y empieza a salir con George. Que sexys son los guitarristas. Podemos comprobarlo en los conciertos: un tío se pasea con una guitarra y se liga todo lo que lleve rimel. George y Pattie se casan el 21 de junio de 1966. Pattie le enseña a George el camino del Maharishi Mahesh Yogi, y George le compone “Something”. Se divorciaran en 1973.

Pattie tiene una relación con Ronnie Wood, el guitarrista de los Stones. Mas tarde se casara con Eric Clapton que había compuesto Layla y Bell Bottom Blues, pensando en su….eh…

En 1965. Los Beatles están en lo más alto. El grupo de colegas del instituto es un recuerdo muy lejano. Adiós, Hamburgo. Ciao al Cavern. Todo a la chita callando, rodeados de histerismo y de flujos vaginales.

Los clubs llenos de humo con el suelo pegajosos de cerveza y de ceniceros volcados dan paso en menos que canta un gallo a los estadios totalitarios, a la sonoridad pegajosa y a las barreras volcadas. En lo que dura el aleteo de un escarabajo. Entre A Hard Day’s night y Help.

Encerrados en el tren del éxito, la estación se aleja como un conejo. En los andenes atestados de gente, la realidad te dice adiós. Cuando John abre los ojos, la luz le hace daño. Los otros tres saldrán mejor parados. Paúl frecuenta el Swinging London y esta en la onda. Ringo se dedica a la fotografía y George es un play boy que se desprende de las chicas como un abeto de sus agujas.

En enero John atrapado entre los porros de maria, el LSD y su vida tranquila y burguesa junto a su mujer Cynthia y su hijo Julián, esta en plena crisis existencial. La rivalidad con Paúl alcanza su paroxismo creativo. Los dos intentan superarse entre si, creando una emulación artística sin precedentes. En navidad de 1965 editan el single “Day Tripper/We can work it out”. El primer disco con dos caras A .

Ni Paúl ni John quieren difuminarse en la cara B.

El auto de fe es la ocupación favorita de los idiotas.

En las cajas de cerillas hay gente prudente que ha escrito “guardar en lugar seco y fuera del alcance de los niños”, pero parece que a esa gente prudente se le olvido mencionar “no poner en manos de imbéciles que toman a Dios por un psicópata.

– Más famosos que Jesucristo

Mira que habrán quemado a gente, libros, animales y tantas otras cosas a lo largo de la historia solo porque un puñado de pervertidos vestidos de armiño, púrpura, sayal, capirote o traje y corbata tenían un grave problema con su polla.

Y todo en nombre de Dios, el pobre. Si existe el infierno, seguro que lo acondicionaron para esa pandilla de chalados.

A Dios se le deben de remover las tripas al verlos. La prueba de que el auto de fe es una ocupación de pervertidos la tenemos en que los nazi se entregaron a el con desenfreno. Por lo que respecta al cristianismo, actualmente los estadounidense son los mas perturbados del Señor.

En Europa, a nosotros tampoco se nos dio nada mal la Santa Inquisición, pero los estadounidenses están a punto de superarnos. Quemar los discos de los Beatles en 1966 quizá fue el episodio precursor de la Cruzada americana de Bush padre, hijo y espíritu tonto. Si no estuviese atado de manos, Jesús les haría un corte de mangas.

John Lennon era un tipo ingenioso, pero desde lo mas alto de la montaña de los Beatles algunas palabras resuenan como los truenos de Zeus en el mundillo mediatico. No es como una conversación en un bar, después de dos o tres pintas de cervezas. Sobres todo si uno es mas famoso que Jesucristo.

Cuando la prensa se interesaba por los cortes de pelo, la ropa y las novias de los chicos de Liverpool, todo era mas fácil. Todo iba a mejor en el mejor de los mundos capitalistas. Solo había un puñado de amargados que destilaban hiel. Pero a mediados de los años 60, la juventud empieza a preguntarse muy seriamente adonde lleva el consumismo desenfrenado, y aboga por el sentido común. Las estrellas del pop piensan que hay que aliñar la sopa. Hasta entonces, la política, las ideas y los programas eran cosa de los tipos de gris y de los locos.

Pero en 1966 la sociedad de consumo avanza a toda marcha. Las técnicas, la industria… todo se mueve a una velocidad de vértigo. Una misma generación ha pasado de las lamparas de petróleo a la luz eléctrica, del orinal al agua corriente, del lavadero a la lavadora. Y todo eso, ¿para que? ¿Para que haya guerra en Vietnam?

Cuando Maureen Cleave entrevista a Lennon, este acaba de publicar su ultimo libro : A Spaniard in the works.

Los textos los escribió a borde de un velero durante sus vacaciones en Tahití bien aromatizadas con whisky, y están llenos de los juegos de palabras que uno podría esperar de un buen liverpuliano.

John esta pasando una mala racha.

La Beatlemania le repugna.

Quiere acabar con el icono, pero el icono se le escapa entre los dedos. Su vida familiar le aburre. Grita “Help”.

Varios meses después de la dichosa entrevista que jamas debería haber pasado de pálida diatriba de bar, Lennon aprovecha una oportunidad. Se va a rodar Como gane la guerra, otra película de Richard Lester. Interpreta un papel secundario pero aprovecha su estancia en Andalucía para componer “Strawberry Fields Forever”.

Perpleja en un principio, la opinión publica sospecha que, efectivamente, Jesucristo tiene unos serios competidores en los Beatles. Estos comienzan a incorporar instrumentos indios y distorsiones psicodélicas. George Martin, a petición de Lennon, pone dos versiones diferentes del tema, una a continuación de la otra.

La voz de Lennon parece sobrevolar un abismo místico. El tema inaugura un nuevo periodo, periodo que ya no será compatible con los conciertos y los gritos histéricos de las fans. Demasiado peligroso, también.

El 3 de julio de 1966 los Beatles aterrizan en Filipinas, y el New York Times publica la entrevista de Maureen Cleave. Filipinas es mayoritariamente católica., pero no es el curso de teologia de John lo que desencadena los acontecimientos en Manila. Para los Fab Four, los dos conciertos en el Araneta colliseum no tienen mayor importancia. Las chicas gritan mas alto que los amplificadores; lo de siempre.

Al día siguiente, Imelda Marcos invita a los chicos a un guateque en el palacio presidencial. Los Marcos son una pareja de dictadores que se han apropiado de miles de millones de dólares de las arcas del Estado filipino. Algo maleducados, los Beatles le dicen que no a la señora Marcos. Al fin y al cabo, los Beatles estaban concienciados políticamente; en Estados Unidos se niegan a actuar en las salas que practican la segregación racial.

Pero volvamos a Manila. El día 5 quieren tomar el avión para volver a casa, pero mira por donde, la mama Marcos ha ido llorándole a todo el mundo que los Beatles se han portado mal con ella. Les retiran la escolta policial y le sugieren al gentío que los linche. Así de sencillo.

Brian Epstein y los Fab Four solo cogerán el vuelo de KLM 862 a Nueva Delhi tras haber sido despojados del cheque que habían cobrado por los conciertos.

En el argot americano de los fumadores de hierba y otras especialidades psicodélicas, “rubber” significa condón.

Pero no para el viejo diccionario de Oxford.

Para su “Rubber Soul”, o “alma de goma” en ingles políticamente correcto, los Beatles van a recurrir a una de las hermenéuticas típicamente escara Beats.

Como suelen hacer ante los periodistas.

– Rubber Soul – Revolver

O sea, diciendo lo primero que se les ocurre: el nombre del álbum podría venir de un juego de palabras alrededor de “rubber sole” (suela de goma) y de “plastic soul”, igual que podríamos decir bufón, veleta o cabeza blanda. Pero si te fijas en la portada, lo entenderás. Es como cuando tomas algo sospechoso. Como si te hubieran puesto droga en la gaseosa.

Los tíos tienen la cabeza de goma. Como si estuvieras tirado por el suelo y te mirasen diciendo: “creo que esta colocado”.
Y tu alma levanta el vuelo hacia un jardín ingles, el jardín de la casa de John Lennon y señora en Weybridge, Surrey.
Es muy elegante, les ha costado 60.000 libras y tiene piscina y demás comodidades.

Todo para que John, Cyn y Julián, su hijo, vivan al final como cualquier familia inglesa de clase media, exceptuando unas facturas dignas de una producción h hollywoodiense. Alma de Condón.

La dietilamina de acido lisérgico, o lysergesäurediethylamid en alemán, o LSD si tomamos la palabra alemana y la reducimos a tres letras, es un psicotrópico, es decir, una sustancia química que, al estar dirigida al sistema nervioso central, actúa sobre la actividad mental del sujeto que la absorbe y crea estados modificados de conciencia.

Menudos son estos alemanes. Fue el químico Albert Hofmann, de los laboratorios Sandoz, quien invento el producto.
Quería sintetizar la molécula del cornezuelo de centeno. La sustancia era legal en Estados Unidos hasta 1966, y a nivel mundial hasta 1971. El dúo Lennon/McCartney la consumía, pero nunca durante las sesiones de grabación, que también eran sesiones de escritura. Uno llegaba con una idea que el otro mejoraba.

Pero los estados modificados de conciencia entre las sesiones de grabación eran grandes proveedores de ideas. Una de las ideas mas psicodélicas del álbum fue la del famoso asunto de la Butcher cover. El fotógrafo Robert Whitaker, inspirándose probablemente en la iconografía medieval y en la martirologio cristiana, quería representar a través de los cuerpos de celuloide y los trozos de carne a los Beatles desmembrando a sus fans.

El 29 de agosto de 1966 los Beatles ofrecían en San Francisco su ultimo concierto, cerrando así su ultima gira americana, San Francisco, la cuna de la Generación Beats.

Pero después de San Francisco, los fans quedaban simbólicamente desmembrados.


Sus gritos estridentes ya no perturbaran el sonido. Las minúsculas cabezas de alfiler del escenario recuperan su dimensión humana en Abbey Road.

Liberados, los Beatles se lanzan a un nuevo viaje. Se acabo la música Beats a base de guitarra, bajo y batería. Los chicos se abren a los estados modificados de conciencias musicales. Los medios tecnológicos no eran los de hoy en día, pero exploraran a fondo los arreglos y algunas felices casualidades.

La imaginación al poder. Los álbumes Rubber Soul y Revolver, separados por muy poco tiempo, marcan la transición hacia otro lugar, psicodélico y experimental. Dicha evolución se la debemos en buena medida a Paúl, quien se interesa por la cultura underground que influye en el swinging London.

Paúl frecuenta la contracultura hippie. De la música Beats a la generación Beats de Allen Grinsberg, William Burroughs, Gregory Corso, Jack Kerouac y compañía. La generación Beats tiene ya quince años de antigüedad, por sus enseñanzas inspiran a los años sesenta.

Entre Rubber Soul y Revolver nos encontramos con el single “Paperback Writer/Rain”. Los tres discos forman un tríptico que documenta la revolución de los Beatles. Con Rubber Soul y Paperback, los Fab. Four aun actúan en publico, pero ya no les interesa. Las canciones exigen instrumentaciones que no pueden reproducirse en un escenario.

Revolver será la culminación de la metamorfosis que los transformara en aves de estudio, en cosmonautas de la conciencia.
Es la nueva frontera del pop. Las canciones rock penetran en la técnica, se vuelven del revés y se retuercen como serpientes sin fin en un sotobosque de espejos deformantes.

La portada de Revolver es obra de su colega de Hamburgo Klaus Voormann, el amigo de Astrid Kirchher. Klaus sigue las huellas del difunto Beatles Stuart Sutcliffe, y el también tocara el bajo en el grupo Manfred Mann. La portada es un corte de mangas al ambiente technicolor de la psicodélica del momento. Es en blanco y negro y esta compuesta por un collage superpuesto a un dibujo de Voorman.

Una foto de Voorman acabara pegada sobre la melena de George Harrison junto a su firma. Es la primera vez que en una portada de los Fab. Four aparece alguien que no es miembro de los Beatles.

Su próximo trabajo, Sergeant Pepper’s, explotara esa clase de insertos exógenos

– Continúa 

nuestras charlas nocturnas.

 


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