Latinoamérica redonda: el poder del balón …
Jot Down(A.Lezcano) — Siempre existe el debate sobre fútbol y política. Para algunos es un cóctel innecesario. Para otros, son harina del mismo costal. Echando un ojo a la historia del último siglo y medio, desde que se inventó este deporte, no parece haber lugar a disputa. Desde su mismo nacimiento el fútbol se convirtió en fenómeno de masas, y por lo tanto en arma política.
Un gráfico ejemplo es Latinoamérica, una entidad más o menos algodonosa que comparte el amor por el fútbol —salvo en el Caribe, adscrito al béisbol, y aun así— y también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX, a la par que se desarrollaba el llamado deporte rey.
A veces herramienta contestataria, casi siempre instrumento interesado del poder, el fútbol siempre ha sido un actor a tener en cuenta.
Tan redituable es para la política que su nombre llegó a invocarse para bautizar una guerra. Fue Ryszard Kapuściński quien tituló «La guerra del fútbol» a una crónica sobre el conflicto entre Honduras y El Salvador en 1969. En realidad él mismo explica en el texto que la causa real no fue el fútbol, sino problemas de otro calibre: una disputa demográfica y económica. Pero una eliminatoria premundialista sirvió para tensar más los ánimos y empujarse al enfrentamiento. Debía haberse llamado guerra de las Cien Horas, que es lo que duró; sin embargo, para la posteridad quedó como la guerra del Fútbol, señal de que hay algo más en ese deporte que humanos corriendo tras una pelota en un prado. Quizás un solteros contra casados, y ni siquiera. El fútbol sin contexto es como un partido sin balón, y su frontera con la política termina siendo más borrosa que el pasado de Zozulya. Estos otros cuatro episodios latinoamericanos así lo atestiguan.
- 1. De negros y anarquistas
Cuando los ingleses, después de dejar la pelota y el reglamento, subieron al barco y se fueron de vuelta a sus frías tierras, no sabían que con su invento deportivo acababan de aportar un elemento importante al activo laboratorio social que era la América de aquella época. En cada país, la construcción de su fútbol retrata a su sociedad.
En Brasil, por ejemplo, a la élite blanca se le ocurrió aplicar sus patrones habituales y le quiso poner puertas al campo: prohibieron alinear negros. Aunque parezca increíble, hasta la década de 1920. Arthur Friedenreich fue el mayor goleador de la historia. Era nieto de alemán y brasileña, mulato de ojos verdes y pelo rizado, y para jugar escondía, a duras penas, su mezcla natural.
Se cuenta que tardaba un mundo en salir al campo porque se alisaba el pelo y se ponía una redecilla en la cabeza. Su negritud disfrazada le permitió jugar en la selección de Brasil, y en 1919 un gol suyo le dio el primer título a la verde-amarela, el Sudamericano.
En aquella época, el club Fluminense empezó a ser apodado Pó de Arroz por el talco que otro crack mulato, Carlos Alberto, usaba para blanquearse la cara (el club sostiene que en realidad lo usaba como after shave).
Aún hoy la hinchada de Flu saluda la entrada de su equipo en el campo con una nube gigante de pó de arroz.
Unos años después, otro club de Río, Vasco Da Gama, revolucionó el fútbol brasileño al aceptar oficialmente a negros en sus filas.
Fue el primer gran club que lo hacía y obligó a que poco más de un año después se eliminaran las restricciones raciales en Brasil.
Era 1925 y todo estaba, en el país y en el campo, por hacer.
En Argentina el fútbol se instaló con fuerza en la década de 1880 de la mano de los ingleses, con sus navieras, ferrocarriles y talleres (no hay más que echar mano del nomenclátor de clubs argentinos para comprobarlo).
En un principio coto exclusivo de escuelas británicas y recoletos reductos poscoloniales, enseguida el deporte sirvió para agitar las estructuras de un país tan floreciente como desigual.
Osvaldo Bayer, escritor e historiador, glosa en Fútbol argentino el poder del anarquismo (y el socialismo) en los orígenes del fútbol austral. A inicios del siglo XX se popularizó una frase con sello ácrata: «Misa y pelota: la peor droga para los pueblos». Frente al opio redondo, intelectuales de izquierda y asociaciones obreras resolvieron fundar sus propios clubs y cambiar la cultura de un deporte que había sido hasta entonces cosa de señoritos.
Así nació en Buenos Aires Mártires de Chicago, fundado por socialistas y anarquistas como tributo a los obreros cuya muerte se conmemora hoy cada primero de mayo. Poco duró el nombre, pues enseguida se impuso otro, hoy conocido por todos: Argentinos Juniors.
Chacarita, otro club de la capital, fue fundado en una sede socialista del barrio. Un primero de mayo, claro. Independiente de Avellaneda, uno de los clubs más laureados del continente, también fue fundado por obreros de una fábrica —independientes del patrón—. Otros ejemplos como Libertarios Unidos —gráfico nombre, hoy llamado Colegiales—, El Porvenir o el Progreso de Montevideo dejaron patente un origen político explícito en la efervescente Sudamérica futbolística.
En los años treinta llegó el profesionalismo, en parte una solución a las huelgas de los futbolistas que denunciaban ser tratados como mercancía humana, y después el deporte, ya negocio, se precipitó hacia lo que todos sabemos.
Hoy aquellos clubs argentinos, instituciones sin ánimo de lucro que aglutinan barrios o ciudades en torno a la actividad deportiva, pueden convertirse en sociedades anónimas deportivas, en una iniciativa alentada por aquel que fue presidente de Boca Juniors y hoy lo es del país, Mauricio Macri.
Algunos clubs y una coordinadora de hinchas tratan de frenar al llamado Fútbol S. A., tan lejos de aquellos pioneros.
- 2. Paripé a puerta vacía
21 de noviembre de 1973. Comienza el partido en Santiago. Chile saca de centro y sus jugadores empiezan a pasarse la bola mientras avanzan en cohorte hacia el área de la URSS. Hasta cuatro jugadores la tocan en un tuya-mía dentro del área rival, hasta que Chamaco Valdés, capitán, remacha a gol sin oposición, a puerta vacía. 1-0 y Chile logra la clasificación para el Mundial de Alemania 1974.
Fin del encuentro, si es que se puede llamar así, porque el rival no se ha presentado al partido y el equipo local ha jugado sin oponente durante quince segundos, en una pantomima que parece sacada de los Monty Python, si no fuera por lo trágico del trasfondo.
Para entender el paripé hay que ir un par de meses hacia atrás. El 11 de septiembre los internacionales chilenos debían ir a la ciudad deportiva de la selección para probarse ropa, pues se iban al día siguiente a Moscú a jugar la ida de la repesca para alcanzar el Mundial. Al llegar, les avisaron de que acababa de producirse un golpe de Estado.
Les sorprendió, pero no les sonó a chino: Chile vivía una tensión política insoportable y algunos de ellos, por su filiación política, lo sabían de primera mano.
Ese 1973 fue el año del Colo-Colo.
Su base era la de la selección, y en ella jugaba un delantero, llamado Carlos Caszely, que atraía la atención de todos, un fuera de serie de cuerpo rechoncho, desgreñado, mofletudo y bigotón, con regate de pellizco y remate de dinamita.
Caszely marcaba chicharros a puñados a la vez que mostraba sin tapujos su ideario, próximo al del Gobierno de Allende.
Él y sus amigos jugaban como los ángeles y estuvieron a punto de ganar la Copa Libertadores, lo que mantenía de algún modo pendiente, si no unido, a un país fracturado.
Pero perdieron en la prórroga del partido de desempate contra Independiente de Avellaneda.
Según algunas tesis —la de Luis Urrutia y su libro Colo-Colo 73, el equipo que retrasó el golpe—, una vez tumbado el club que daba alegría al pueblo, no había razones para demorar lo que se barruntaba hacía meses: un pronunciamiento contra el Gobierno.
Con Allende muerto, la eliminatoria contra la URSS cobraba otra dimensión: levantó un telón de acero particular y puso en duda incluso el concurso de Chile, como sopesó el propio Augusto Pinochet. Finalmente viajaron a Moscú. La recepción fue fría, amarga, tiesa como el cemento del Estadio Lenin.
Por unos días la política cambió radicalmente el contexto del partido, que se disputó el 26 de septiembre. Las pocas fotos disponibles descubren gradas atestadas. No se puede comprobar en vídeo porque nunca se divulgó. Parece, eso sí, que Figueroa, central rocoso, anuló a Blojín y Chile se llevó un valioso 0-0 a casa. Un empate con sabor a victoria en plena guerra fría.
Cuando regresaron a Santiago se encontraron un país en pedazos. El ejército en el Gobierno, la represión en la calle y el horror en el Estadio Nacional, convertido en uno de los mayores centros de detención de la dictadura, por donde entraron miles de obreros, activistas y estudiantes en las semanas siguientes al golpe militar. De día, sentados en las gradas. De noche, bajo los tablones, en las escotillas, donde eran torturados.
Y allí era, justamente, donde debía disputarse la vuelta dos meses después. En repudio a la nueva situación, la URSS se negó a jugar en Santiago. La FIFA de Stanley Rous anunció un viaje para «inspeccionar» el campo. El 24 de octubre una delegación de encorbatados entraron al césped junto a gerifaltes del ejército, esto es, del Gobierno.
Diez minutos y un par de posados después, se fueron a los vestuarios. Había agua en las duchas y estaban limpios. Nada que objetar. Ni el ahogo de las voces ni las cadenas ni las picanas eléctricas se escucharon en aquella visita, pese a que hay constancia de que hubo detenidos hasta noviembre, y se dio por buena la celebración del partido.
Pese a todo, los soviéticos se negaron a viajar. Eso le daba la clasificación inmediata a Chile, pero los ideólogos del régimen tuvieron la idea de montar una tramoya en el estadio, en el que la selección le pisaría la cabeza al comunismo.
Diecisiete mil personas vitorearon la jugada, quince segundos ridículos que aún hoy hacen taparse la cara a jugadores que declararon sentirse como marionetas.
Caszely siguió su carrera en España —jugó en el Levante y el Espanyol—, pero en Chile fue marcado por el Gobierno y él respondió con audacia: en el besamanos tras la clasificación se negó a darle la mano a Pinochet.
Más tarde sería vetado para la clasificación al mundial 78 por el presidente de la federación chilena, a la postre general y subdirector de los carabineros, una evidencia de que el fútbol es un arma más efectiva que las balas o los camiones de agua. Como pasaría poco después con Argentina, la mejor muestra de normalidad era ofrecer al mundo un partido de fútbol y ganarlo. Aun sin oponente.
- 3. Al otro lado de la barbarie

Cambiaba la FIFA de manos pero las costumbres continuaban. En la inauguración del mundial del 78, João Havelange, presidente del ente mundial, era condecorado por Jorge Rafael Videla en el Estadio Monumental de Buenos Aires, vecino de la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba un centro clandestino de detención, agujero de la muerte.
En los últimos años saltaron a las imprentas y las pantallas relatos de futbolistas que sufrieron la represión en sus carnes, como Claudio Tamburrini, el portero del club Almagro al que chuparon y encerraron en otro centro de detención, la Mansión Seré, de la que escapó y huyó. Pero existen otras historias, las del otro lado de la barbarie, consumadas en nombre del Estado por hombres de fútbol.
Edgardo «el Gato» Andrada pasó a la historia como uno de los grandes porteros del fútbol argentino. Internacional e ídolo de Rosario Central de los años sesenta, jugó también en el Vasco da Gama brasileño. Él estaba bajo palos en el penalti que supuso el gol número mil de Pelé.
En 1976, año en que se inició la dictadura, regresó a Argentina. A finales de los noventa se recibió en un juzgado una denuncia anónima sobre Andrada. Años más tarde se desclasificaron los archivos del llamado Personal Civil de Inteligencia de la dictadura.
Entre los más de cuatro mil agentes aparece su nombre. Andrada se dedicaba a recabar información y la soplaba al ejército, según las investigaciones que detalla el periodista Gustavo Veiga en Deporte, desaparecidos y dictadura.
Las cosas se complicaron más cuando un exmilitar y la propia fiscalía lo acusaron de formar parte del grupo que había secuestrado y asesinado a dos militantes peronistas en 1983. Andrada lo negó siempre y fue absuelto por falta de pruebas en 2012. Pese a ello y a la presunción de inocencia, fue expulsado de Rosario Central, donde trabajaba con las categorías inferiores.
A Juan de la Cruz Kairuz no lo llevaron a juicio, pero él sí a un abogado por calumnias, después de que este lo acusara de haber encabezado un secuestro junto a otros miembros de la policía. Él, Kairuz, reconoció formar parte de esa fuerza, pero dijo que no iba a trabajar, porque él era entrenador de fútbol. Kairuz jugó en Primera (Newell’s Old Boys) y a esas alturas era técnico en Jujuy. Treinta años después, mientras entrenaba al Gimnasia y Tiro de Salta, dimitió por la acusación presentada ante el club. El juicio por calumnias lo perdió.
Hay casos más cinematográficos recogidos por Veiga: un árbitro, Francisco Bujedo, y su juez de línea, Ángel Racedo, dirigían los partidos en fin de semana y por la semana participaban en operativos clandestinos en Mar del Plata, ciudad donde desaparecieron trescientas personas en los dos primeros años de la dictadura.
Ocurría que en las sombras de la noche la jerarquía se invertía y el linier pasaba a ser jefe del árbitro.
En cierta ocasión ni les hizo falta quitarse el traje de árbitros: descubrieron a un militante en uno de los equipos y se lo llevaron desde el propio campo.
Ambos fueron condenados en 2013. Racedo murió dos años después. Bucedo fue condenado en 2016 a ocho años.
En el juicio se le vio con los ojos cerrados y la cara tapada.
Y no podía faltar la figura del directivo vinculado estrechamente a la dictadura.
Guillermo Suárez Mason fue jefe del I Cuerpo del Ejército y jefe del Estado Mayor.
Además, era el hombre fuerte de Argentinos Juniors. Con el traje de represor cometió todo tipo de tropelías, según quedó determinado por la justicia. De civil, dominó el club y llegó a negociar el traspaso a Boca Juniors de aquel chico llamado Diego Armando Maradona.
Suárez Mason murió en 2005, pero futbolísticamente se le acabó la peseta seis años antes, cuando lo expulsaron como socio de Argentinos. El mismo club que había sido fundado, recordemos, en honor a los Mártires de Chicago. El círculo cerrado.
- 4. Socráticos y democráticos
Igual que Argentina, Brasil ganó un Mundial durante su propia dictadura, y lo hizo con el mejor fútbol que se recuerda. Fue en México 1970, en lo más crudo del régimen, mientras en los sótanos se agolpaban los militantes de izquierdas que —aun así— festejaban los goles de la selección.
Después de esa cita Brasil bajó el nivel futbolístico, coincidiendo con el ocaso de Pelé. Y solo lo elevó con la nueva década con un grupo de jugadores que más parecían hacer ballet que jugar con una pelota.
Era el Brasil del 82 y estaba comandado por un capitán que era un joven veterano, de planta inopinada y visión periscópica del juego. Medía 1,91 m, pero calzaba un 37 y jugaba, siempre que podía, de tacón. Era médico de formación. Se llamaba Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira.
Difícilmente haya habido personaje en el fútbol más identificado con la izquierda que Sócrates, o en todo caso que lo haya expresado con más determinación: cada gol lo celebraba puño derecho en alto, mirando a la grada.
1982 era el año de su Mundial —que no lo fue por la «tragedia de Sarrià»—, pero también el de Corinthians.
Allí, en el club más popular de São Paulo, Sócrates triunfó.
Pero no solo en el campo.
Como en una alineación de astros, un plantel liderado por tres futbolistas —Wladimir, el obrero del balón, Casagrande, el joven rebelde, y por supuesto Sócrates, el líder natural— consiguió hacer una revolución pacífica desde donde más les dolía a los militares.
Como suele ocurrir, una cadena de circunstancias y casualidades se aliaron, entre ellas la de fichar a un director deportivo —el sociólogo Adílson Monteiro— que no sabía nada de fútbol, pero que dio una libertad nunca vista en un club brasileño.
Sócrates y compañía comenzaron a votar todas las decisiones del plantel, desde un fichaje a la concentración previa a los partidos, pasando por los esquemas tácticos. «Un sistema de democracia perfecta», según dijo el propio Sócrates.
«Votábamos hasta para decidir si el bus tenía que parar para que alguien bajara a mear». Y todos votaban, de la estrella del equipo a la encargada de la lavandería.
Porque, antes de nada, se trataba de mejorar las condiciones de trabajo en un medio en el que el futbolista era tratado como un cacho de carne. Paralelamente a la autogestión, el grupo de barbudos y melenudos empezó a hacer propaganda antidictadura, sin ambages. De algún modo predicaban con el ejemplo.
La democracia era posible, solo había que mirar al Corinthians, que, casualidad o no, ganó así un bicampeonato por primera vez en treinta años. Con el impulso se vinieron arriba. Monteiro contrató a Washington Olivetto, publicitario top de São Paulo, que creó la frase «Democracia Corinthiana» y la estampó sobre el dorsal 9 de Casagrande en la camiseta blanca del Timão, en una foto icónica del fútbol mundial.
El poder del símbolo —se parecía sospechosamente al logo de Coca-Cola— traspasó cualquier límite esperado. No había redes ni internet, pero el Corinthians era el fenómeno que podía minar los cimientos de la dictadura.
No se detuvieron en su apuesta. Al no tener patrocinador en la espalda, arriesgaron y serigrafiaron su causa: «Día 15 Vote», porque la dictadura había permitido elecciones regionales.
Aquello fue un disparador, el antídoto contra la alienación del supuesto hincha adormecido. «Lo más importante fue discutir política con lenguaje del fútbol en un país de gente sin educación. El fútbol es lo universal en este país, lo que nos unifica porque todos lo entienden», dijo Sócrates.
Dio en la clave mucho antes de sesudos análisis sobre política y deporte. La camiseta fue vetada por la censura. Pero ellos siguieron, mientras se proclamaban campeones del campeonato paulista. Llegó 1983 y también llegaron a la final a doble partido. En el partido definitivo aquel día el eslogan cambió.
Y la puesta en escena significó el culmen del movimiento. Al Estadio Morumbi salieron con una pancarta larguísima con la que posaron frente a los fotógrafos y las cámaras de televisión: «Ganar o perder, pero siempre con democracia». Ganaron.
En abril del 84 se vivió el epílogo del movimiento. En el centro de São Paulo se celebró un mitin que pedía elecciones directas, en el que hablaron las cabezas visibles de Corinthians frente a un millón y medio de personas. Sócrates tiró el órdago futbolístico, hoy dirían populista: «Si finalmente se aprueban las elecciones directas, no me voy del país».
Se refería a que no ficharía por el fútbol italiano, que lo cortejaba desde hacía meses. En el colmo del anticlímax, no se aprobaron las elecciones y Sócrates se fue a la Fiorentina, donde duró un año, lo mismo que la dictadura tardó en darse por vencida. Por cierto, en la Fiore fue hostigado por la directiva del club, presidida por un aristócrata y senador democristiano que no toleraba bien las ideas izquierdistas del brasileño, hasta que se fue. No suena tan desconocida esa historia.
– Vírgenes, cábalas y macumba
La iconografía del descubrimiento de América retrata el desembarco de españoles (y más tarde, portugueses) hincando la rodilla en una playa, espada en mano, pendón en la cara y la cruz sobre sus cabezas: a Dios rogando y con el mazo dando.
La llegada a terra incognita comportaba la conquista espiritual, como quedó fijado por real instrucción a Colón, y también por eso lo primero que hicieron los portugueses al llegar a Brasil fue celebrar una misa, aunque no supieran ni dónde estaban.
Más allá del estereotipo y sus interpretaciones, el vínculo inextricable entre religión y poder explica bastantes cosas del modelo político y la organización social que se fue formando en lo que hoy conocemos como América Latina.
Se da la circunstancia de que el continente ya lo poblaban millones de personas, con sus creencias autóctonas, y que más tarde el hombre blanco llevó como esclavos a otros millones de africanos, que también tenían las suyas, a pesar de que a unos y otros se les pasó el rodillo adoctrinador católico. La llegada posterior de otros inmigrantes europeos y de Oriente Próximo añadió hielo y limón a la coctelera.
Entre todos impregnaron Latinoamérica de una religiosidad distintiva y vertebradora pese a las diferencias nacionales. En esa articulación regional ningún actor social ha mezclado tan bien con la religión como el fútbol. Si este es la puerta de entrada a la cultura latinoamericana, aquella es el pilar central de la casa.
No hay un pueblo, de Tijuana a la Patagonia, donde falte la cancha y la iglesia, cada cosa en su sitio y, a veces, todo junto, hasta llegar a tener un papa futbolero. Y es esa espiritualidad la que ha abonado el inagotable folclore futbolístico latinoamericano hasta dotarlo de un relato que ilustra a fogonazos la propia historia del continente.
- 1. El fútbol es un estado confesional
A mitad de camino entre Río de Janeiro y Sao Paulo se levanta un Maracaná de la fe: la Basílica de Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, tiene capacidad para cuarenta mil personas en su interior y más de doscientas mil en la explanada externa.
Su lugar más visitado, después del altar mayor, es la Sala de las Promesas (o Sala de los Milagros) un recinto lleno de figuras de piernas, brazos, corazones, pulmones y un sinfín de vísceras hechas de cera, yeso o madera. Son exvotos, ofrendas que los romeros dejan en pago de una promesa hecha a la Virgen, una retribución por los favores recibidos.
Entre el bazar de objetos resaltan los relacionados con el fútbol: pósteres de todo tipo de equipos, réplicas de copas y camisetas oficiales, también de futbolistas profesionales. Es el caso de Ronaldo. Con la rodilla derecha machacada, operada y remendada, el Fenómeno apostó a la Virgen de Aparecida para que le fuese bien en el Mundial de Japón 2002.
Poco antes de viajar fue a Aparecida, encendió unas velas, rezó y prometió volver si su rodilla aguantaba. Vaya si lo hizo: Brasil ganó el Mundial y Ronaldo fue Bota de Oro con ocho goles, dos de ellos en la final. A continuación fue traspasado al Real Madrid y ganó el Balón de Oro, todo ese mismo año.
A la vuelta de Yokohama regresó al santuario y dejó un balón y una camiseta autografiada como si fuera a un fan («En agradecimiento a la gracia recibida por Nuestra Señora de Aparecida»). Y también dejó, claro, una rodilla de cera. Aún hoy se expone todo el ajuar en una vitrina de este particular museo futbolístico.
Pero Ronaldo no fue el primero. Cuenta Alex Bellos en su monumental Brasil: futebol em campo, la célebre historia de Didí, el astro de los años cincuenta, el inventor de la folha seca, ídolo de Botafogo y con breve paso por el Real Madrid. Didí prometió al Señor de Bonfim que si su club ganaba el campeonato carioca caminaría vestido de corto los ocho kilómetros que separan Maracaná de la sede de Botafogo. Didí cumplió, pero no lo hizo solo: en su romería le acompañaron cinco mil hinchas.
Del otro lado de Río de Janeiro está el Vasco da Gama, el club de los emigrantes portugueses, que en 1955 decidió erigir una capilla —convenientemente llamada Nuestra Señora de las Victorias— tras una de las porterías de su estadio. Sao Januario solo tiene tres gradas y siempre las tendrá: varios planes de ampliación se han tumbado antes de presentarlos por obra y gracia de la Virgen de las Victorias.
Con el contraste habitual en la mixtura religiosa brasileña, en el Vasco las ruedas de prensa se siguen dando frente a una imagen de Nuestra Señora de Aparecida, aunque con el paso de los años un creciente número de futbolistas haya cambiado de acera para abrazar la fe evangélica.
En 1940 la práctica totalidad de los brasileños se declaraba católico. Hoy no llegan a un sesenta por ciento. Los evangélicos, mientras, no paran de aumentar, especialmente entre las clases más humildes y suburbanas, de donde proceden la mayoría de futbolistas. Cualquiera recordará, por ejemplo, a Kaká y sus camisetas con la leyenda «I belong to Jesus», por ejemplo, una imagen que en pantalla aporta más a la causa que mil misioneros.
En la profesión de fe evangélica también hubo pioneros. Hace treinta y cinco años un grupo de futbolistas se reunió bajo el nombre de Atletas de Cristo, un movimiento que parecía exótico en países como España, donde jugaba uno de sus líderes, Baltazar. Extrañaban aquellas celebraciones mirando al cielo o las camisetas con leyendas religiosas.
Hoy hay siete mil Atletas de Cristo en Brasil y tienen un programa de televisión, radio y periódico, y la estrategia proselitista ya tiene amplia historia en Europa —recordemos a Donato y su Fuerza para vivir—. La sobreexposición de la fe amplifica a las iglesias emergentes aun a riesgo de saltarse los reglamentos: en 2009 la CBF multó a la selección brasileña por arrodillarse y rezar formando un círculo tras ganar la Copa Confederaciones de Sudáfrica.
En junio de 2015, en Berlín, Neymar marcó un gol en el último segundo de la final de Champions y acto seguido se colocó en la frente una cinta que luce desde niño cada vez que gana un título: «100% Jesús», rezaba el pañuelo. Cuando la prensa española indagó, le dedicó fotos y titulares al Neymar evangélico.
No sorprendió en Brasil, donde en cambio criticaron duramente al COI cuando presentó una queja contra el futbolista en Río 2016, al colocarse la famosa cinta tras ganar la medalla de oro, en la enésima muestra de que para muchos brasileños y latinoamericanos, el fútbol es un estado —con mayúscula o sin ella—confesional.
- 2. Los dioses personales
El fútbol conforma un universo sensorial común: adoramos el olor de la hierba cortada y regada, admiramos la grada llena y colorida, esperamos el saludo del portero, ansiamos la celebración del gol, y al salir del campo rumiamos juntos el pesar de la derrota y disfrutamos la euforia del triunfo. Todo comporta un estado de ánimo, una sensación alejada de la razón, por más cartesiano que sea el hincha el resto de la semana.
En el reino de la irracionalidad comunitaria, muchos aficionados se comportan como fieles de un credo secreto, y son capaces de meterse en una espiral de tics supersticiosos con tal de que su equipo gane. A eso en el Río de la Plata le llaman cábala. En Argentina, también en Uruguay, se juega un partido paralelo al del campo. Todos —hincha, jugador, entrenador— encuentran una razón para darle a lo sobrenatural un papel preponderante, da igual que su camiseta la defienda Messi o Maradona.
El hincha necesita su colección de demonios y santos, dioses de las pequeñas cosas que no se pueden dejar de atender ni un segundo. Cualquier futbolero del mundo puede verse representado en aquel aficionado que va al fútbol con el mismo abrigo todo el año, aunque sea pleno verano, que bebe una caña a la misma hora en el mismo bar antes del partido, que va por el mismo camino al estadio, entra por la misma puerta y mea en el mismo baño antes del pitido inicial.
En Argentina esos hábitos se llevan al extremo e incluso se hace literatura de ello. Roberto Fontanarrosa llegó a la cumbre de la narrativa futbolística con un cuento sobre la cábala.
En 19 de diciembre de 1971 un grupo hinchas de Rosario Central secuestran al Viejo Casale, un señor famoso en el barrio porque nunca había visto perder a su equipo frente a Newell’s Old Boys, el clásico de Rosario.
En aquel partido fundamental (que existió de verdad en la fecha que titula el cuento), los hinchas se lo llevan a la cancha y allí, cuando Aldo Pedro Poy marca el gol de la victoria, (spoiler), el viejo Casale muere en la misma celebración.
El cuento se cierra con la alegría de los hinchas-secuestradores: no solo habían ganado gracias a la cábala de Casale; al viejo también le proporcionaron la muerte soñada.
Más allá del hincha y del propio jugador —un saco de cábalas en sí mismo— cabe detenerse en la figura del entrenador, el pastor del rebaño, que en los banquillos argentinos, además, es el rey de la superstición. De una cábala casi infantil, —echar los cuernitos con la mano izquierda cada vez que atacaba el rival—, salió una estatua: la de Reinaldo «Mostaza» Merlo, el entrenador que sacó campeón a Racing de Avellaneda después de treinta y cinco años.
A Mostaza le levantaron un monumento en su habitual postura cuernil, pero podía haber sido por cualquier otra de sus muchas supersticiones. En un momento dado, y porque frente a una cábala siempre hay una contracábala, alguien descubrió el antídoto contra Mostaza y sus tretas: arrojarle flores. Y así empezaron a lloverle ramos en cada cancha para contrarrestar sus poderes.
Un amigo suyo, supersticioso como él, es Alfio «el Coco» Basile, siempre escoltado por su escudero, Rubén «Panadero» Díaz. Durante su ciclo en Boca Juniors, la espalda del Coco aparecía, partido tras partido, llena de polvo blanco. Le preguntaron qué era: «Pregúntenle a Panadero», dijo.
No hizo falta: las cámaras descubrieron un vivero de talco en el bolsillo izquierdo del asistente. De vez en cuando, cuando el partido lo requería, Basile metía la mano en el pantalón de Panadero, como en un caldero de agua bendita, y amasaba el polvo, se tocaba la cara, la manga. El otro, por si acaso, también le tocaba la espalda con la mano blanca. Boca ganó cinco títulos en dos años.
Ahora bien, como Carlos Salvador Bilardo no hay ni habrá ninguno. De la exageración hizo un arte. Del histrionismo, una marca registrada. Aquellas locuras de echar sal en el banquillo o en el suelo de vestuario («No se podía andar de tanta sal que había», dijo una vez Ruggeri) o de mandar a su equipo a cruzarse con el rival cuando este salía al campo, como una manada de gatos negros, se quedan pálidas al lado de las que desarrolló en la selección.
Él las llama «costumbres» y llegaron al límite en el Mundial de 1986, que precisamente ganó. En México Bilardo comandó una selección que era una «cábala ambulante», como escribió Andrés Burgo en su brillante obra sobre el Argentina-Inglaterra titulada El partido.
En el libro Burgo cuenta el carrusel de supersticiones que seguía la selección los días de partido, «en el que se evita hasta la psicosis cualquier vínculo con el infortunio». Por ejemplo, erradicando la habitación número 13. O haciendo que un jugador, el Chino Tapia, se afeitase aunque no lo necesitara.
El día del choque contra Inglaterra el lugar de concentración de Argentina parecía, directamente, un frenopático: «Todo está sincronizado en la mañana del 22 de junio de 1986: Tapia debe esperar la llegada de Pumpido y el arquero pedirle la crema, mientras en simultáneo Bilardo visita a Brown y le toma prestada la pasta para cepillarse los dientes.
Como hasta Maradona necesita el poder sobrenatural de esa liturgia —o se presta a ese juego—, camina hasta el vestuario principal del América, se baña primero, se afeita después y recién entonces —un plan meticuloso— se encuentra con Valdano. En verdad, la clonación de dichos y hechos había afectado a todos los jugadores durante toda la semana.», cuenta Burgo.
El camino al estadio también era un rosario de rituales. Bilardo obligaba a escuchar en el autocar (donde por supuesto todos se sentaban en el mismo sitio) un tema del músico argentino Sergio Denis y, a continuación, «Eye of the Tiger». Solo cuando terminaba la canción de Rocky III podían salir.
Si iba muy rápido el bus, mandaba rebajar la velocidad. Delante del vehículo iba la escolta, formada habitualmente por dos motocicletas. Cuando en la final le pusieron una tropa de motos camino del Azteca los mandó parar: solo quería por delante a los dos de siempre, que ya conocía por su nombre, Tobías y Jesús, y el resto detrás. «Costumbres», insistía Bilardo.
Ya en el estadio el mundo oculto se complicaba. Según cuentan los protagonistas, en el vestuario Maradona tenía que dibujar su silueta en el suelo formada por su propia ropa, y nadie la podía pisar. Sucedió que en el primer partido sonó un teléfono en el vestuario y contestó el Tata Brown. Como no se escuchaba nada del otro lado, colgó soltando una frase: «Andá a la puta que te parió».
Como Argentina ganó, Bilardo hizo repetir la misma liturgia: mandaba llamar a alguien desde la AFA y Brown tenía que contestar y volver a mandar a la puta que lo parió al viento. Además, antes de los partidos solo se podía comer carne de vaca traída por pilotos argentinos la noche anterior.
Bilardo no dejaba comer pollo antes de jugar, pero en cambio esa era la comida oficial del postpartido. Lo curioso es que en ese juego también se incluye la negación de las creencias sobrenaturales, una suerte de metacábala. A las preguntas de los periodistas si tal o cual cosa se debe a una superstición, los entrenadores dan evasivas o ríen. Por favor, no me pregunten si esto forma parte de nuestra preparación científica profesional. Pero tampoco descuidemos esos detalles que, a todas luces, ayudan, parecen decir.
- 3. La mano negra
«Si la macumba ganase partidos, el campeonato bahiano acabaría siempre en empate», reza un dicho brasileño. Bahía es el estado de mayor herencia africana del país, el lugar donde está más presente el sincretismo religioso, donde hay más terreiros de candomblé, la religión de matriz africana que se funde con el catolicismo.
La macumba es el rito, la expresión más visible del candomblé y de la umbanda, otra rama religiosa, aunque también se ha equiparado, equivocadamente para los seguidores de las religiones afrobrasileiras, a la hechicería: magia negra. Y en el fútbol brasileño ha estado siempre presente, de ahí el dicho.
En los despachos, rituales de macumba, se hacen ofrendas a Exu, una de las divinidades de la naturaleza, los llamados orixás. En la reveladora obra de los años cincuenta Negro, macumba e futebol, del ensayista Anatol Rosenfeld, se repasan los refugios místicos de los futbolistas para buscar una «estimulación benévola». Cuenta Rosenfeld que los jugadores combinan la señal de la cruz con actos como empapar las botas en agua —«para calmar la sed de su santo»—, lavarse los pies con baños de hierbas y tirar agua sucia al campo de los rivales.
No es para tanto, dirán algunos. En los campos gallegos, por ejemplo, hemos visto cómo los balones hacían los extraños más extraños al rebotar en las decenas de cabezas de ajo que se tiraban desde la grada, por poner un ejemplo básico y cercano. Pero en Brasil la cosa se complica porque entran en acción los propios clubes.
Cuenta Rosenfeld que una vez el América de Río fue, con jugadores y directivos incluidos, a hacer un despacho para ofrecer a los orixás en una encrucijada cerca de la sede de Vasco Da Gama, contra quien jugaban un partido definitorio: en él colocaron un plato de yuca frita, aceite de palma, tres cigarros puros, tres monedas, un gallo negro, un puñadito de sal y tres velas.
En otra historia llegada de Bahía, el preparador físico de Brasil en los mundiales del 58 y el 62, Paulo Amaral, recordó que en una final del campeonato bahiano los jugadores se colocaron en las cuatro esquinas del campo con agua en la boca y, a la señal de ahora, escupieron el líquido y con él un trozo de comida que llevaban en las manos.
Algunos clubs encargaban la tarea a profesionales: los pais de santo o babalorixá. El Pai Edu, de Pernambuco, trabajó durante décadas para el Náutico de Recife. Era una eminencia y le hacían entrevistas previas a los mundiales. La revista Placar dedicó un reportaje el 2 de julio de 1982 a los babalorixás que debían pronosticar (o no) una victoria de Brasil en España 82.
Pai Edu no se atrevió a hacerlo campeón, pero sí habló sobre ciertos influjos.
«Habrá mucha macumba internacional», decía Pai Edu.
Con él coincidía otro pai de santo famoso, Eduardo Santana: «Si se enfrentan Alemania y Brasil hay que tener ojo con Hansi Muller, muy fuerte espiritualmente. Pero nosotros tenemos a Toninho Cerezo, que es un médium imbatible».
Brasil no llegó a enfrentarse a Alemania pero sí a Italia, tres días después de publicarse la revista. No contaban con Paolo Rossi y la tragedia de Sarrià.
Cabe detenerse en el pai Eduardo Santana: era masajista (lo fue de la selección en 1962 y 66) y paralelamente trabajaba para mantener contentos a los orixás. En realidad, no era el único: la figura del masajista muchas veces estaba asociada a la de encargado espiritual del club. Cuenta Alex Bellos en su libro que Santana fue fichado como masajista de la selección de Kuwait y que allí se convirtió, sin reparos, al Islam.
Después regresó a su club de siempre, a la institución a la que prestó servicios durante cincuenta años. Durante décadas repitió el ritual de entrar al campo vestido de frac blanco y besar una bandera del club sobre el césped, hasta su fallecimiento, en 2011. Ese campo en cuestión se llama Sao Januario y el club era el Vasco da Gama. Sí, el mismo club católico devoto de la virgen, el de la capilla católica en pleno estadio. Pese a la doble protección, aunque ganó una Libertadores y cuatro ligas, en la última década descendió tres veces.
- 4. Un dios en el santoral pagano
Quien va a Argentina y se topa con un altar con cintas rojas junto a un árbol, en una carretera o en una esquina de ciudad, puede pensar que se trata de una expresión católica. No lo es. Se elevan en honor al Gauchito Gil, un personaje popular devenido santo pagano que es venerado de manera creciente, como lo es Malverde en México, conocido como el santo de los narcos, y cuyo origen lo ubica como un Robin Hood a la mexicana.
Como el Gauchito, en él reside el espíritu del rebelde y aquellos que viven al margen de la ley se ven representados. Ahí está el gaucho con su pañuelo, ahí está Malverde con su traje y su bigotón y su parecido al cantante y actor Pedro Infante. En su inagotable mundo espiritual, los mexicanos van más allá con la veneración de la Santa Muerte, un esqueleto vestido con manto y corona que atiende a los descarriados y que según sus fieles obra milagros, devuelve trabajos, cura enfermedades, reúne familias.
Cumple. Y lo que es más importante, como ocurre con el resto de santos paganos, el devoto se reconoce en ella. En ese plano de idolatría terrenal y devoción religiosa se ubica también un futbolista. A Diego Armando Maradona lo veneran como un santo católico en Nápoles, idealizado con una mirada celestial dentro de su hornacina, pero en Argentina va más allá.
Ocurrió que en 1998 en Rosario —tierra fértil en todo lo referido al balón— un grupo de hinchas erigió la Iglesia Maradoniana, un invento estrambótico que parecía una parodia sin más, pero que fue ganando notoriedad —mediática sobre todo— cuando hizo varias reuniones de fanáticos del Diego y llegó a celebrar bodas, discurrir oraciones y redactar mandamientos en honor a Maradona.
Quítame allá esos pecadillos personales, a Maradona le atribuyen milagros (un Mundial) e incluso martirios (a manos de la Fifa de Havelange). Será un chiste, pero cuando llega el momento en que marca con la mano el gol a Inglaterra y él declara a la prensa que fue «la mano de Dios», al resto no le queda más que recurrir a lo que tienen interiorizado desde hace generaciones, lo que condiciona la existencia y la manera de pensar y las fórmulas sociales, y entonces la ecuación se resuelve sola. Por lógica aplastante, si fue la mano de Dios, entonces él es Dios.
– Barras bravas, el negocio del sentimiento
Todo comenzó con un ruido seco y ahogado, reconocible a la primera para quien vive en una gran ciudad latinoamericana: un disparo. A ese le siguió otro, y otro, y después un crash de botellas rotas. Y entonces vimos entrar por un portalón a una marabunta al galope.
—¡Corran, la concha de su madre!
Pero nadie movió un pelo.
Acabábamos de llegar al campo de fútbol del histórico club San Telmo de Buenos Aires, en la Isla Maciel, un barrio marginal a escasos quince minutos del centro de la capital argentina. Envuelta por el Riachuelo, una lengua de aguas pestilentes que desemboca en el Río de la Plata, la Isla no es tal, pero a ella se sigue accediendo por balsa desde el vecino barrio de La Boca.
Sus casas, de chapa y madera, podrían ser una postal turística, como Caminito, pero están sin pintar, y abrigan historias de desigualdad y decadencia. Siempre ha sido un lugar temido para los hinchas visitantes. Pero aquella tarde hirviente de febrero de 2006 empezó demasiado fuerte, entre los humos de la hamburguesa y el choripán, la garrapiñada y la marihuana, olores clásicos de las canchas argentinas.
En menos de una hora se iban a enfrentar San Telmo y Talleres de Remedios de Escalada, de Primera B Metropolitana, equivalente a Segunda B. El robo de unas pancartas en un partido previo provocó que la hinchada local recibiese con una emboscada a los valientes que iban a acompañar a su equipo en tierra hostil.
Primero fueron unos tiros al aire, luego varios cócteles molotov (uno de los cuales le quemó medio cuerpo a un aficionado rival) y, finalmente, carreras sin fin. Eso es lo que escuchamos del otro lado del campo de fútbol —dos gradas, una tercera de apenas tres tablones y un cuarto lado, tras la portería, convertido en aparcamiento—.
Se nos decía que corriéramos, no sabíamos si para involucrarnos en las peleas o para escapar, pero allí nadie hacía ademán de nada, como si hubiera que esperar algo más.
Ante el recibimiento de los de San Telmo, los de Talleres de Escalada respondieron como mandan los cánones de la batalla: contragolpeando. Una turba entró por una esquina, a empellones, al aparcamiento donde habíamos dejado el coche. Sin poder hacer nada, vimos como destrozaban en dos minutos la mayoría de coches con varas y trancas, saltaban encima de ellos, lanzaban patadas voladoras a los retrovisores, abollaban los capós.
La jauría hambrienta intentó entonces romper la reja que los separaba de la hinchada local. Y estos respondieron enzarzándose a puñetazos, patadas y palazos. A simple vista parecía un sálvese quien pueda. Pero para nuestros colegas, cincuentones imperturbables de ceja caída, parecía ser un domingo más.
Apareció entonces, campo a través, la policía: cuatro obesos manifiestamente mal pertrechados, tres con escudos y porras, uno con una escopeta de balas de goma. Para completar la escena, y mientras se molían a palos, entraron en el campo los jugadores locales a calentar junto a la terna arbitral. Viendo el chaparrón, volvieron al vestuario.
Veinte minutos después, el colegiado decidió suspender el partido, llegaron refuerzos policiales y todo pareció volver a la calma. Nada más lejos. Cuando los hinchas locales consiguieron devolver a la visitante a sus buses, se dirigieron a la tribuna principal y allí le abrieron la cabeza de una pedrada a un futbolista visitante que no estaba convocado. Luego corrió la versión de que lo habían arrojado al vacío desde la grada. Más caos, más ambulancias.
Pero ni un detenido. Eso sí, el estadio fue clausurado durante cinco años, lo que alimentó las teorías de los locales de que aquello había sido montado para perjudicarlos.
Fue, en cualquier caso, un episodio clásico de violencia en el fútbol latinoamericano: barrio contra barrio, violencia desmedida y un vacío social evidente disfrazado de pasión. Aquello que nosotros habíamos vivido como el desembarco de Normandía era un día más entre barras bravas, grupos organizados de fanáticos de un club de fútbol que han ido mutando su definición hasta convertirse en algo así como el brazo armado de las directivas de los clubes y de otros actores de la sociedad y la política.
Por su origen y conformación es un fenómeno relativamente tolerado dentro del mundo del fútbol, si bien su deriva lo ha llevado a ser incluido en los diagramas de los mayores grupos delictivos del continente (especialmente en Argentina, Uruguay y Brasil, pero también Colombia, Chile, Perú o Paraguay, que han ido replicando el esquema por imitación desde los años ochenta).
Las barras son hoy un negocio sucio con una camiseta puesta, un elemento mafioso que pasó de ser algo lateral a instalarse en los intestinos mismos del fútbol, al mismo tiempo que el propio deporte se convertía en negocio multimillonario. Pero no siempre fue así.
- La cultura del aguante
Se llamaba Prudencio Miguel Reyes, era uruguayo y fue el primer hincha de la historia. En los primeros años del siglo XX, cuando las costuras de los balones se cerraban con una tira de cuero enhebrado, se hacía indispensable la acción de un talabartero, un artesano del género, para montarlos e inflarlos a pulmón.
Prudencio se metía en el papel y daba rienda suelta a su pasión por ese deporte que había llegado hacía poco a Montevideo, su ciudad. En el Parque Central jugaba su amado Nacional. Y por él se dejaba la garganta, el pecho y el mostacho, inflando los balones y también gritando y animando como nadie lo había hecho hasta la fecha. T
anto se hacía notar que en el estadio se empezaron a preguntar: ¿Quién grita tanto? «Es el hinchador», respondían. «El hincha».
Se llamaba Pedro Demby, también era uruguayo y fue la primera víctima de la violencia en el fútbol sudamericano. Su muerte ocurrió en 1924, tras un clásico del Río de la Plata en Montevideo, cuando a un grupo de uruguayos no se le ocurrió otra cosa que celebrarlo frente al hotel de los argentinos. Un «allegado» a la delegación visitante lo mató de un balazo para que se callara. Según las crónicas, futbolistas y directivos trataron de encubrir el crimen llevándose al autor a Buenos Aires en su barco.
Reyes y Demby inauguran la historia de una arista que marca el carácter de los países sudamericanos, especialmente en Uruguay y Argentina: la cultura del aguante, una manera de defender unos colores al extremo, una incondicionalidad a una camiseta, un escudo, al barrio, a la ciudad, al país o a lo que se pase por delante.
Se dice que el aguante consiste en encontrar algo por lo que vivir más allá de la cotidianeidad. Y eso puede ser el fútbol, la política o una asociación de filatelia, es un decir. En el fútbol solo hay que remitirse al cancionero de la grada para definirlo: te sigo a todas partes, de local o visitante, desde la cuna hasta el cajón, nunca abandono, estoy en las buenas y en las malas, y todo para ser campeón.
Pero el aguante también implica, según las canciones, pegar, quemar, y, al final, matar. Es violencia verbal, pero todos cantan. Porque cuando se tiene delante al eterno rival y se le gana en el minuto noventa y mil, da igual todo y lo grita la señora, el niño a hombros del padre o el abuelo que vio jugar a Di Stéfano y Pelé.
La violencia está ahí, latente, digamos que a un nivel muy parecido al que se vive en el día a día en una gran ciudad latinoamericana. En una sociedad marcada por una injusticia rampante y una tensión permanente, el individuo recoge el estrés de la semana y lo repercute el domingo, adobado con un sentimiento de pertenencia intransferible: yo contra el resto.
En ese contexto, el autodenominado hincha común va al campo y viaja para ver a su equipo. Canta contra el rival, pero no arriesga la vida. Eso ya lo hacen aquellos dispuestos a transgredir los límites. Eso que llaman hinchada, la que enciende nitratos y bengalas, tira millones de papelitos y estira las pancartas y empieza los cánticos a golpe de bombo.
Y por eso se tolera, porque además de todo eso, se pelean, aguantan. Y entonces el hincha recuerda aquella vez que lo salvaron de la muerte en tal estadio o en tal ciudad. ¿Violencia? Es folclore, dicen, O decían. Porque una cosa es pegarse «por unos colores» y otra hacer negocio con ello. Entonces hablamos de barra brava.
- La mercantilización de la violencia
El plan era sencillo: queríamos ver el partido final de un campeonato argentino. Faltaba un detalle: no teníamos entradas. «Tranquilos, las conseguimos», dijeron los amigos porteños. Al llegar cerca del estadio, en el aparcamiento de un hipermercado, esperamos hasta que apareció un grupo de tipos con cara de malos.
Grandes y gordos todos, menos uno, el que mandaba, uno sesenta escaso, pelo largo y gorrito de ala entera. Nos dio a todos el protocolario beso con el que se saluda en Argentina y dijo: «¿Cuántos son?». Y acto seguido sacó de la cazadora sacó un fajo de relucientes entradas, extendió unas cuantas, sin contarlas, y se fue para siempre. Sin cobrar. Cándido de mí, pregunté si era un reventa. «No, no. Es uno de los jefes de la barra, amigo de un amigo».
El negocio de las entradas —cuando se venden, no como en este caso— representa una entrada de dinero fijo y jugoso en las barras bravas. Y es, además, el más tradicional en varios países. Es fácil para todos los actores implicados y por eso funciona en todos lados: dirigentes que dan entradas (pongamos, un tercio de las que se entregan) cuando el equipo es visitante para asegurarle un dinero que deje contentos a los barras, que a su vez le dan el apoyo necesario para dirigir el club.
Así fue durante muchos años y nadie lo cuestionó. Por ahí comenzó la proverbial condescendencia hacia un negocio de por sí fraudulento. Empezó, al menos tímidamente, en la época en que el diario La Razón de Buenos Aires llamó «barras fuertes» a aquellas bandas de hinchas cada vez más intimidatorias.
Era 1958 y Argentina vivía momentos de zozobra política que no se fueron por mucho tiempo. Y en el fútbol se daban los primeros pasos de violencia sin patrón. En los sesenta se produjeron varios asesinatos y la tragedia de la Puerta 12 del estadio Monumental, donde murieron setenta y un hinchas de Boca aplastados por una avalancha.
Fue en los setenta cuando se profesionalizó la violencia, cuando esta pasó de espontánea a racional. Las barras se hacían mayores. Se les ponía nombre como paraguas donde recoger la lógica tribal del grupo. Dice el periodista Amílcar Romero, autor de Muerte en la cancha, que la violencia creció con la sociedad de consumo y el retiro paulatino de la clase obrera, de algún modo semejante a sus primos hermanos de Inglaterra, que multiplicaron su virulencia en los años de vaciamiento industrial de Thatcher.
Pero enseguida se verá que no basta el discurso que se basa en la imagen de las clases populares dándose mamporros para liberar endorfinas. Hacía tiempo que ya excedía todo eso, porque comienza a ser un negocio, en un círculo vicioso alimentado por las directivas que necesitan el apoyo de un ejército a cambio de favores que agradecen con su apoyo instrumental: entradas, material deportivo, viajes y entrada en el vestuario.
Por entonces ya se habla de los acuerdos con la policía —«la barra uniformada»—, que hacía su propio negocio en los dispositivos de seguridad o en el reparto de otro negocio ya clásico de las barras: el control de los aparcamientos y la seguridad en las puertas de los conciertos en los grandes estadios de Buenos Aires.
Con la llegada de la democracia, en los ochenta, se amplían miras. Sindicalistas y partidos, principales patas del imbricado panorama político, los usan como fuerza de choque, sin que a las hinchadas les importe a quién se apoya, mercenarios sin cargo de conciencia. Las barras de River y Boca, por ejemplo, llegaron a sacar en los partidos pancartas pagadas por candidatos peronistas rivales.

Y en 2009 ambas hinchadas acabaron por desvirtuar una rivalidad devenida negocio. Gracias al dinero por primera vez parecían estar de acuerdo en algo: durante un superclásico en la Bombonera, ambas sacaron sendos grandes banderones con mensajes contra el grupo Clarín, el grupo mediático más importante de Argentina, en aquella época enfrentado al Gobierno.
La connivencia con el poder queda claro en cada detalle. Recordemos aquí al Gusano, el jefe de la barra del club Nueva Chicago que la AFA puso como guardaespaldas de Messi. Pero la bestia seguía y había que alimentarla. Se supo, gracias a la pelea a navajazos entre varios barras de River, que Los Borrachos del Tablón, así se llaman, sacaron un porcentaje por la venta de Higuaín al Real Madrid. Y no es un caso único, desde luego.
A la barra de Rosario Central se le atribuye algo parecido con el pase de Di María al Benfica, pero van más allá, con publicaciones que aportan pruebas a las sospechas de que las dos grandes barras de Rosario, la de Central y la de Newell’s Old Boys, tienen lazos con el narcotráfico, muy presente en la ciudad.
El Ministerio de Justicia, incluso, asegura que el líder de la de Central maneja también la barra rival con la tutela de la mayor banda narco de la ciudad. Siempre con la pantalla del fútbol por delante y pasando olímpicamente del qué dirán. La lógica aplastante es la siguiente: «Si el fútbol es un negocio, ¿por qué no nos vamos a lucrar también?».
Un ejército de matrioskas
Un perfil interminable de brazos acompasados al ritmo de bombos, tambores y platillos reverberan en la grada. Va a empezar el partido, un clásico, y la coreografía es perfecta. Solo queda, en el centro de la tribuna, un vacío perfecto, un círculo de cemento donde en breve su ubicará la barra brava tras su entrada triunfal en el estadio.
En ese vacío se ven, cada pocos metros, unas estructuras metálicas normalmente usadas para evitar caídas en una repleta grada de pie. Eso se llama en Argentina paravalanchas y vale más dinero que cualquier otra cosa en el estadio, contando los sueldos de los futbolistas.
Porque el paravalanchas se usa como símbolo de estatus, el trono del campo de batalla, el altar de un torneo medieval. A ellos se suben los barras en orden jerárquico, un verdadero ejército que entrará desde el vomitorio a golpe de bombo y en formación. Y lo harán, incluso, con el partido empezado, como verdaderas estrellas, con el resto de la grada volviendo el cogote hacia ellos, hinchas de su propia hinchada.
Primero entran los portadores de la larga pancarta que se superpone a los tirantes de tela de los que se cuelgan encima de los paravalanchas. Detrás, los bombos y tambores redoblantes. Luego, paraguas, banderas, banderones. Y después el grupo que arrastra a su paso hasta ocupar el centro de la escena.
En esta cohorte van haciéndose a un lado las capas, como una cebolla, desde la última línea de soldados hasta los capos, en el centro mismo, en una liturgia casi geométrica que acaba cuando los jefes y sus laderos copan el paravalanchas principal. Eso si la casa está en paz, claro. Y últimamente casi nunca es así.
Una barra hoy es un ejército de matrioskas, muñecas rusas, que van saliendo una de dentro de otra en un movimiento sin fin.
Caen unos, pero hay otros dentro, en una regeneración interminable.
Tienen todas las trazas de las organizaciones mafiosas, que se pone especialmente de manifiesto a la hora de las sucesiones.
Porque, como se puede suponer, los cambios de líderes no se votan precisamente en asamblea y a mano alzada, sino que se decantan por enfrentamientos, trufados de traiciones y alianzas espurias, que normalmente acaban en prisión o muerte.
Y así llega el siguiente, y el siguiente, ad infinitum.
- Los adaptados de siempre
Entrar a un estadio latinoamericano es gracioso para el turista, curioso para el que va una vez al año e insoportable para el que lleva toda la vida aguantando un filtro de seguridad que no sirve para nada. El hincha siente al llegar cerca de la cancha que es un borrego maltratado. A doscientos metros hay un primer control.
A la vuelta de la esquina, el primer cacheo. A salir de él, cámaras policiales graban a los hinchas. Más adelante, señores haciendo soplar aleatoriamente un test de alcoholemia y drogas.
Cuando después de haber pasado por todo esto, con el ruido incesante de un helicóptero encima, los ladridos de los perros policía, las cagadas de caballo de la montada, el aficionado cree que ha tirado una hora de tu vida a la basura, sobreviene la ridícula realidad: cuando va a colocar, por fin, su entrada en el láser y atravesar el torno, un policía le hace atrás con la mano en el pecho.
Sus compañeros uniformados hacen un pasillo de honor y entonces piensa que va a aparecer la reina británica. Pero quien surge, en cambio, es la barra, un tropel de búfalos a los que se le abren las puertas de par en par, con los bolsos gigantes guardando pancartas y quién sabe qué más, mientras los policías solo aciertan a calarse la gorra y mirar hacia un lado por si algún hincha normal tiene la imperdonable intención de entrar con un mechero o incluso unas llaves.
Pero a la barra, angelitos, ni cacheo ni test de alcoholemia ni vídeo ni mucho menos un control de entrada.
En los grandes países de Latinoamérica se intenta atajar la violencia matando moscas a cañonazos, frivolidades que serían cómicas si no fueran trágicas. En los noventa, mientras se mataban las barras, un juez argentino ordenaba prohibir las banderas de más de 2×1 metros, una arbitrariedad de bombero: destruyen la cultura futbolística criminalizando hasta las pancartas —como se empieza a ver hoy en España— pero la víscera no la tocan, y los crímenes y sus autores siguen impunes.
Hoy, en Argentina, con otra de esas medidas surrealistas, los visitantes no pueden viajar en el campeonato pero sí en la Copa. Vaya usted a saber por qué. En Brasil optaron por algo más sutil que recuerda a Inglaterra, que optó por subir el precio de las entradas de forma drástica como una forma de elitizar el fútbol y ello, unido a reglamentos severos, permitió rebajar los niveles de violencia.
En Brasil saben la teoría (encarecer las entradas) pero hecha la ley, hecha la trampa, como se ha demostrado en partidos recientes, porque las barras —torcidas organizadas— siguen consiguiendo entradas baratas o gratis por el lado que todos sabemos. Si la impunidad existe en Argentina, Brasil la supera.
Y ni cuenta los muertos como propios del fútbol, en ocasiones, como ocurrió hace meses con una carnicería en la que mataron a ocho miembros de una torcida de Corinthians. Porque se da por hecho que son ajustes de cuentas, y tan diversificado está el fenómeno —la torcida Gavioes da Fiel tiene una de las más famosos escolas de Samba de Sao Paulo— que ya no se le suma los muertos al fútbol.
Hay una frase hecha que se repite en los medios de comunicación de Argentina, los mismos que se regocijan por el espectáculo de las gradas y un minuto después reniegan de sí mismos por la vergüenza de las barras, sin solución de continuidad. La frase más repetida es la que les llama «los inadaptados de siempre». Pero no hace falta analizar demasiado las cosas para darse cuenta que ellos, los barrabravas, cebados por el poder y la política, son los más adaptados de todos.

















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