El peor concierto de sus vidas …
JotDown(D.Cuevas) — Viernes, 23 de julio de 1976. En el Shea Stadium neoyorquino cincuenta mil personas se apretujan para ver en directo a Jethro Tull. El escocés Ian Anderson, cabecilla de la formación, está a punto de participar en lo que más tarde calificaría como el peor concierto de su vida. Y aquellas eran palabras mayores en la carrera de un tipo que tocó con su banda en Denver mientras la policía dispersaba a la audiencia con granadas de gas, o que actuó frente a una multitud entre la que se escuchaban disparos de armas de fuego.
Alguien que sobre los escenarios había recibido el impacto de cosas tan agradables como una pelota de béisbol o un tampón usado. El Shea Stadium tampoco era la ubicación ideal para un buen bolo. La acústica del lugar era deficiente, y el zumbido de los aviones sumado a los fuegos artificiales y celebraciones de la zona circundante apagaban por completo cualquier posibilidad de ofrecer un concierto decente. Pero el sonido iba a ser la menor preocupación del músico en aquella noche.
Justo antes de salir a escena, con Anderson fresco como una rosa y con ropa recién lavada para afrontar el show, la cosa no empezó bien: desde la grada situada sobre la entrada de los artistas alguien derramó sobre el impoluto Anderson un vaso de cerveza caliente con una precisión fabulosa.
El hombre, fastidiado, remojado y sin tiempo para ir a cambiarse, caminó hacia el escenario, agarró su guitarra y comenzó a entonar los versos de «Thick as a Brick». Y entonces lo olió. Y se dio cuenta. Es cierto que la lluvia dorada es lo que una estrella de rock entiende por un lunes aburrido, pero cuando no existe el consentimiento previo la cosa toma una senda mucho menos festiva.
A Anderson le habían meado desde arriba, «un bautismo impío desde las alturas» como apuntaría el músico. Diligentemente, el caballero no detuvo el espectáculo y se tiró el concierto entero con toda aquella orina ajena por encima. Y odiando mucho a la raza humana.
Tener un mal día en el trabajo es algo normal para cualquiera. El problema en el caso de los músicos es que una jornada torcida puede acabar degenerando en algo muy anormal para el ciudadano medio: en un desastre presenciado por cientos, miles o millones de personas. Es lo que tiene la vida del artisteo.
Un día se te escapan los gallos del corral para destrozar el estribillo y otro patinas en una nota, falla el equipamiento, te riegan con orines, se desata una batalla campal en las gradas o te secuestran en Indonesia para obligarte a tocar a punta de pistola mientras tu mánager está encerrado en prisión acusado de asesinato.
Lo típico. El drama bajo los focos, el directo abyecto, el desastre de función. Lo que va a ocurrir en estos artículos es, en el fondo, bastante rastrero e infame, pero históricamente curioso. Una recapitulación del fracasar mejor, que decía Petróleo. Accidentes ante micrófonos, tensiones entre los músicos, playbacks humillantes, Ángeles del infierno homicidas y un rapero con buen tránsito intestinal.
Los peores conciertos de sus vidas.
- Ready? Fight!
Las grescas en las gradas durante los actos musicales no son, ni de lejos, un fenómeno reciente. 31 de marzo de 1913, Austria. En la sala más opulenta del Musikverein vienés se organiza una función bautizada como Skandalkonzert («Concierto escándalo»). O el acto donde la batuta de Arnold Schoenberg se encargará de dirigir un repaso a las obras de diferentes compositores de la Moderna Escuela de Música de Viena.
Un repertorio conformado por piezas de Anton Webern, Alexander von Zemlinsky, Gustav Mahler, Alban Berg y del propio Schoenberg. Obras cuidadosamente seleccionadas para ser interpretadas durante un evento que no pasaría a la historia precisamente por su elegancia.
Lo cierto es que los polvos que desembocarían en aquellos lodos habían sido sembrados un mes antes. En el mismo Musikverein, Franz Schreker había dirigido en febrero una composición de Schoenberg que fue recibida con entusiasmo y aplausos.
Alabanzas que el propio Schoenberg rechazó públicamente con mucho desprecio, al considerar al público vienés como un rebaño de conservadores apolillados. Y, quieras que no, aquello no sentó bien entre los habituales de la sala, gente que le puso una cruz al músico y juró vengarse en un futuro cercano.
El Skandalkonzert fue el momento ideal para resarcirse. La audiencia rencorosa no dejó de tocar los huevos durante toda la ceremonia, alegando que tanto expresionismo y experimentación eran una atentado contra el buen gusto. Los ofendidos comenzaron a increpar a los seguidores de Schoenberg, presentes en la sala, y aquellos entraron al trapo.
La cosa degeneró en una tumultuosa pelea donde, además de partirse los morros, los finolis vieneses también arrojaron todo tipo de objetos por los aires y destrozaron el mobiliario de la sala. En un momento dado, el organizador del concierto, Erhard Buschbec, se aproximó a uno de los asistentes más tensos y le proporcionó una bofetada tan potente que le cambió el apellido.
Aquella espléndida torta acabaría provocando una demanda contra Buschbec y el evento sería rebautizado popularmente como Watschenkonzert («Concierto bofetada»). Durante el juicio posterior, el compositor Oscar Straus sería convocado como testigo, y declararía de una manera exquisita que la hostia a mano abierta había sido «el sonido más armonioso de toda la velada».
A finales de los sesenta, las actuaciones de rock en Escocia proporcionaban cheques más jugosos a los artistas que aquellas concertadas en el resto del Reino Unido. Pero eso no se debía a que los norteños fueran más generosos a la hora de valorar la música. Sino a que actuar ante escoceses alcoholizados suponía un mayor peligro para la integridad física, por lo que era necesario ofrecer un bonus de pasta para atraer a las bandas. Aún a sabiendas de ello, en 1969, Status Quo se aventuró a fijar un concierto en Dundee.
Inicialmente, el curro no pintaba mal, ofrecer un show en un local nuevo de cierto lustre para unas mil quinientas personas. Pero pronto quedó bastante claro que el verdadero espectáculo lo darían los congregados en calidad de público: las hostilidades entre los asistentes crecieron hasta degenerar en un combate multitudinario donde, eso sí, imperaba un hermoso sentimiento de igualdad entre géneros, hombres pegando a hombres, hombres pegando a mujeres, mujeres pegando a hombres, mujeres pegando a mujeres.
Aquello era como el salvaje Oeste», recordaría Francis Rossi, «la gente se reventaba botellas en el cuello, los vasos volaban […] Afortunadamente, alguien nos dijo «Coged vuestras cosas, largaos y volved por la mañana». Y no discutimos, empaquetamos todo y nos fuimos de allí».
A la mañana siguiente, el grupo se presentó de nuevo en el local y se encontró con otra estampa muy diferente a la de la noche anterior: una veintena de limpiadoras esparcidas por el lugar, frotando con fuerza las manchas de sangre de «aquel encantador parqué recién estrenado».
Toronto, 1973, algún programador con muy poca vista consideró que sería buena idea organizar en el Massie Hall un concierto doble de Genesis y Lou Reed sin tener en cuenta que quizás los equivalentes líquidos más inmediatos de ambos serían el agua y el aceite.
Antes de iniciarse el evento, la división demográfica de la platea ya daba pistas de que aquello no podía salir bien: los fans del grupo inglés miraban de reojo a los seguidores del excabecilla de The Velvet Underground, temiendo que aquellos les fueran a morder en algún momento.
A Genesis le tocó abrir el acto y la cosa no pudo arrancar de manera más prometedora: cuando Tony Banks comenzó a tocar en su mellotron la intro de «Watcher of the Skies», algún miembro del Team Reed gritó «¡Eso suena como el puto Beethoven!».
A lo largo del recital sucedió lo inevitable y las hostias comenzaron a volar entre los dos bandos del público. Steve Hackett, presente en el lugar para acompañar al músico americano, resumió el acto de la manera más acertada posible: «Aquello se transformó en un intercambio de puñetazos entre los fans de Reed, gente que le daba a las drogas y los fans de Genesis, que eran más propensos a darle al té earl grey».
A principios de los ochenta, Zimbabue logró independizarse de los británicos y las autoridades del país invitaron a tocar durante las ceremonias oficiales a un Bob Marley que siempre se había mostrado defensor de la causa. «Me huelo que la independencia de Zimbabue está cerca», había declarado unos meses antes el cantante de reggae.
Y eso es importante, porque para que Marley oliera algo aquello tenía que oler muy fuerte. El músico no solo aceptó la invitación, sino que además se dejó sus buenos cuartos costeando un ejercicio de logística carísimo, al trasladar en avión veintiún toneladas del mejor equipamiento musical que tenía a mano, con el fin de ofrecer un concierto a la altura.
La actuación tuvo lugar en el estadio Rufaro, en Hanare, ante una festiva masa compuesta por cuarenta mil personas. Entre tanto asistente, se encontraban personalidades gubernamentales, dignatarios de diversas partes del globo, la primera ministra de la India, Indira Gandhi, o un príncipe Carlos que había acudido a Zimbabue para ponerse en pie con gestito solemne cuando los lugareños descolgasen la bandera británica de los postes oficiales.
El problema es que a las puertas del estadio, y por cosas del aforo limitado, se apelotonaban otros miles de seres humanos con ganas de contemplar el recital. Marley comenzó a tocar, avivando el ambiente con gritos de «¡Viva Zimbabue!» [sic] entre canción y canción.
La peña se vino muy arriba, y los que se habían quedado fuera también trataron de venirse muy adentro, intentando colarse en el recinto, provocando tumultos, empujones y un descontrol generalizado entre el apretujado público.
Ante el barullo, la policía se empezó a poner bastante nerviosa y, al no tener muy claro cómo reaccionar, ejecutó el protocolo policial universal de emergencia: lanzar gases lacrimógenos contra la peñita. La humareda tóxica irrespirable no solo causó pánico entre el público, sino que también espantó a los miembros de la banda que estaban tocando.
Las vocalistas Marcia Griffiths y Rita Marley, esposa de Bob, fueron las primeras en huir al backstage con los ojos llorosos.
Cuando se despejó el ambiente, los músicos volvieron al escenario y descubrieron que Bob Marley no se había movido del sitio y seguía cantando a su bola como si nada.
El equipo ocupó de nuevo sus puestos y reanudó sus labores musicales junto al jefe. Y esta anécdota no es tanto la de una función accidentada como la evidencia de una realidad: la de que Marley, un tío que se había tirado las horas previas al concierto visitando granjas de marihuana cercanas para catar los cultivos, fue un hombre dotado del superpoder de ser inmune a cualquier tipo de humaredas o fumigaciones.
En 1981, en un bareto de Colwyn Bay, una pequeña localidad de Gales, se celebró un pequeño evento reuniendo bandas guitarreras de la época. Entre ellas, se encontraba Black Flag, una pandilla de punkis de la Costa Oeste norteamericana, cuyos conciertos eran muy populares por degenerar siempre en un battle royale sobre la pista de baile.
Unos meses antes, el cantante Ron Reyes, había abandonado a Black Flag en mitad de un concierto en Redondo Beach, porque estaba hasta las pelotas de lo violentas que eran las parrandas que aquellos invocaban.
En aquella ocasión el grupo decidió seguir adelante con el bolo sin el vocalista, tocando una y otra vez una versión de «Louie Louie» y rulando el micrófono entre los espectadores para que aquellos la (des)entonasen entre una hostia y otra.
El acto de Cowlyn Bay suponía el debut en tierras galesas de Black Flag, pero los espectadores no tenían demasiado claro cómo afrontarlo.
Una parte del público desconocía el repertorio y otra los consideraban demasiado hardcores, así que la audiencia se dedicó a lidiar con el recital utilizando el comodín punk: partiéndose los dientes haciendo pogos, y arrojando contra el grupo todo lo que tenían a mano, en un evidente gesto de agradecimiento por las melodías que aquellos trovadores entonaban durante aquella hermosa velada. Mientras las salvajes galletas volaban entre la concurrencia, a un chaval se le rompió un cinturón de balas, desperdigando todos los proyectiles ornamentales por el suelo.
Y a otros adolescentes se les ocurrió la estupenda idea de recoger la munición del suelo, para lanzarla contra los chicos de Black Flag. Una de esas balas aterrizó con contundencia en la cabeza del guitarra Greg Ginn cuando aquel interpretaba «Padded Cell», abriéndole una brecha de la que comenzó a brotar un hilo de sangre que lo cegó momentáneamente.
El guitarrista correspondió la ofrenda arrojando una silla plegable contra el público antes de darse el piro junto a su banda.
Poco después, regresó ante el micrófono sujetando la bala entre los dedos y berreando a los presentes «Uno de vosotros, cabrones, ha lanzado esto y acaba de joderlo todo. ¡Buenas putas noches!».
La gira internacional de la que formaba parte aquel concierto estuvo repleta de reyertas similares, pero acabó siendo un tremendo éxito de imagen y de popularidad para la banda.
- Break stuff in Woodstock
Limp Bizkit es una de esas cosas que han envejecido de la peor manera posible. A finales de los noventa y principios de los dos mil, ellos eran el reflejo de la ira adolescente norteamericana, pero lo que tienen esas edades es que con el tiempo dan más pena que otra cosa. «Rap rock» decían que era eso, lo que nos faltaba, y además, a diferencia de Hannah Montana, sin saber aprovechar lo mejor de los dos mundos porque iban justitos de rap y cortos de rock.
Lo curioso es que el propio líder de la tropa, Fred Durst, tampoco sentía mucho afecto por todos sus seguidores: «Durante años, miraba a los fans y veía entre ellos a un montón de los matones y gilipollas que me hicieron bullying y arruinaron mi vida», explicaba Durst a la revista Rolling Stone en 2009:
«esos tíos de repente usaban mi música como combustible para torturar a otras personas, e incluso se vestían como yo. La música estaba siendo malinterpretada y la ironía del asunto me afectó […] Ni siquiera escucho ya a bandas parecidas a Limp Bizkit, lo que me gusta es el jazz y las canciones tristes».
Durst había crecido siendo fan de The Cure, The Smiths o Bauhaus, y aseguraba que por eso mismo fue víctima de bullying. Aunque lo de tener esa base musical y acabar haciendo rap rock sería un poco para hacérselo mirar, eh. En el fondo, lo mejor y más gracioso que nos ha dado Limp Bizkit es al guitarrista Wes Borland.
Porque ese es el tío que, a base de vestuario retorcido y body painting malrollero, siempre parece estar en una banda completamente distinta a la de sus compañeros de formación. El despistado que se presenta en una fiesta pensando que la celebración es de disfraces pero, cuando se da cuenta de que no es así, decide seguir adelante con todo. Bien por él, joder, no vas a ser guitarrista y vestir con gorra p’atrás y camiseta XXXL.
En 1999, Limp Bizkit lanzó el single «Break Stuff» acompañado de un videoclip con cameos de estrellas del momento: Eminem, Snoop Dogg, Jonathan Davis de Korn, la modelo Lily Aldridge, Dr. Dre y un Pauly Shore que por aquel entonces ya debía de estar viviendo debajo de un puente y utilizando como espejo un charco para peinarse.
Ese mismo año, la banda también se sumó al cartel de una nueva edición del festival Woodstock que se celebraría a finales de julio.
O el tercer intento de revivir el evento de la paz y el amor tras un Woodstock ’94 que había sido rebautizado popularmente como «Mudstock» al convertirse en un gigantesco y caótico barrizal donde todo el mundo, artistas incluidos, acabó rebozado en lodo. Desgraciadamente, Woodstock ’99, en lugar de arreglar las cosas, terminó enterrando para siempre el evento al degenerar en una catástrofe colosal, donde muchos acusaron a Limp Bizkit de ser responsables.
El macrofestival Woodstock ’99 fue un auténtico despropósito en todos los sentidos: cuatrocientas mil personas, temperaturas cercanas a los cuarenta grados en una explanada de cemento, un equipo de seguridad ineficiente formado por chavales sin experiencia que se dedicaban a robar enseres y emborracharse con las bebidas confiscadas, precios disparatadísimos en los puestos de comida y bebida, dos escenarios principales separados por tres kilómetros de distancia, fuentes con agua contaminada y lavabos insuficientes que no tardaron en reventar para convertirse en surtidores de heces.
Géiseres de mierda que enfangaron el lugar mientras los asistentes se daban baños de barro sin saber que se estaban rebozando en caca. Los más amables definieron la zona como un «campo de concentración».
Y la música se convirtió en algo que sonaba de fondo durante la tragedia cuando la peña asistente comenzó a asalvajarse. Dexter Holland, de The Offspring, tuvo que llamar a la calma cuando vio que había cavernícolas entre el público propasándose con las mujeres. The Tragical Hip fueron recibidos con una lluvia de botellas.
Los miembros de Guster tocaron sintiéndose realmente incómodos ante la violencia reinante. Alanis Morissette cantó entre abucheos. A Sheryl Crow las multitudes la trataron de manera lamentable, e incluso llegaron a arrojarle heces al escenario. Según la cantante, aquel fue el peor concierto de su carrera.
El sábado 24 de julio, el tercer día del evento, todo estalló definitivamente. Limp Bizkit salió a escena ante una audiencia muy encabronada. Tras tocar durante un rato, los organizadores rogaron a la banda que tratase de calmar las aguas entre sus fans.
Durst lo intentó, pero de mala manera:
«Nos comentan que os pidamos que os relajéis un poco», le dijo a los presentes, «dicen que mucha gente está resultando herida. No permitáis que nadie salga herido, aunque no creo que tengáis que relajaros. ¿Relajaros? eso es lo que ha logrado hacer con vosotros Alanis Morissette, cabrones. Si alguien se cae, ayudadle a levantarse».
El set continuó hasta que la cosa se salió de madre durante la interpretación de «Break Stuff». A media canción, Durst animó a los cientos de miles de presentes a dejar salir todo el odio y la negatividad allí mismo. Y el público cumplió la orden comportándose de manera mucho más violenta, peleándose agresivamente, arrancando planchas de contrachapado de las estructuras cercanas para surfear sobre los festivaleros, y en general haciendo lo que rezaba el título de la canción.
A lo largo de las horas posteriores, Woodstock ’99 se convirtió en una guerra de descerebrados, agresiones sexuales, mierda a paladas, peleas constantes y destrozos generalizados. Al día siguiente, la organización decidió repartir diez mil velitas entre la audiencia para que fueran encendidas cuando los Red Hot Chili Peppers interpretasen «Under the Bridge», en recuerdo de las víctimas de la masacre de Columbine, sucedida tres meses atrás.
Por alguna razón, lo de repartir material inflamable entre cientos de tarados, que ya habían comenzado a prender y avivar hogueras antes de tener velas a mano, no fue la mejor de las ideas. Cuando los Red Hot Chili Peppers comenzaron a tocar una versión del «Fire» de Jimi Hendrix, la gente se vino mucho más arriba y las llamas comenzaron a aflorar por todo Woodstock.
Los festivaleros alimentaron las hogueras con las planchas de madera contrachapada que habían arrancado de las estructuras, con la basura cercana y con las vallas de seguridad que rodeaban el recinto. En cierto momento, una torre de sonido en llamas se vino abajo de manera muy aparatosa cuando el público, que a aquellas alturas parecía estar formado exclusivamente por mandriles, comenzó a trepar alegremente por su base mientras la cosa ardía.
Tras el concierto de los Red Hot Chili Peppers, Anthony Kiedis se asomó al escenario y evaluó la situación con un muy sereno «¡Hostia puta! ¡Lo de ahí fuera es Apocalypse Now!».
Woodstock ’99 se saldó con tres muertes (una como consecuencia del calor, otra por un paro cardiaco, y la última por un atropello en el parking), centenares de agresiones sexuales de todo tipo, miles de heridos, toneladas de basura y unas instalaciones completamente destrozadas y calcinadas.
Lo más espantoso es reconocer que el número de víctimas en este dantesco recuento casi parece un milagro. Porque, teniendo en cuenta el salvajismo imperante entre las cuatrocientas mil personas, las bajas podrían haber sido muchísimo más elevadas con bastante facilidad.
En los días posteriores, se acusó a Limp Bizkit de ser los detonadores de la catástrofe en Woodstock al haber hostigado a las multitudes. El cantante Jonathan Davis, aquel que aparecía bailando en el videoclip de «Break Stuff», culpó en un principio a su colega Durst de «haberlo jodido todo» conscientemente, pero después, y ya en frío, recularía dicha afirmación. John Scher, coproductor y responsable del evento, delegó toda la responsabilidad del desastre en la actuación de Limp Bizkit.
Y aunque aquí no le tenemos mucho aprecio a Fred Durst, y estamos de acuerdo en que lo de azuzar al público fue deleznable, sí que tenemos claro que a Limp Bizkit se les utilizó vilmente como cabeza de turco.
Y que el cabrón de Scher es un psicópata avaricioso que a lo mejor debería de estar encerrado. A día de hoy, Fred Durst se ha convertido en tu abuelo después de los vinos, y gusta de anunciar que va a canturrear «Break Stuff» con un «Quiero dejar esto claro: esto no es Woodstock ’99. A tomar por el culo con toda esa mierda».
- Secuestro
En 1975, Deep Purple se encontraban de gira y dispuestos a realizar el trayecto entre Australia y Japón cuando al mánager del tour, Rob Cooksey, se le ofreció la posibilidad de pactar un concierto por el camino, en Indonesia. Asumiendo lo que parecía un trabajo fácil con el que sacar unos billetes extra, y aprovechando que la banda utilizaba un avión privado, Deep Purple aceptó el nuevo bolo sin llegar a imaginar que aquello acabaría convirtiéndose en una pesadilla chunguísima para todos.
Las cosas comenzaron a pintar mal nada más aterrizar en Yakarta, lugar del concierto. Indonesia en aquellos años vivía bajo una hermosa dictadura militar, y aquello provocaba que las cosas no funcionasen por esas tierras como lo harían en cualquier país civilizado.
Al llegar, Deep Purple y su equipo fueron recibidos con alegría en el aeropuerto y escoltados hasta el hotel por el ejército del país, cuyos soldados parecían trabajar a las órdenes de los responsables indonesios del evento. Los miembros de la banda reconocían que era una situación muy extraña: un desfile de coches militares y un par de tanques los pasearon solemnemente por las calles de una Yakarta donde se agolpaban miles de personas para ver a los exóticos británicos.
Entretanto, Cooksey decidió inspeccionar el local donde iba a realizarse el concierto. Y en lugar de encontrarse con un teatro para siete mil personas, como estaba pactado, descubrió que lo que las autoridades habían montado era un escenario, construido con cajas de frutas, en un emplazamiento para ciento veinticinco mil asistentes.
Además, se le informó de que los chicos de Deep Purple estaban obligados a ofrecer dos funciones, en vez de un solo concierto como se había acordado, en dos días seguidos. Cabreadísimo, Cooksey concertó una reunión con los responsables para renegociar el contrato, en el hotel donde se alojaba el grupo y una vez finalizado el primer concierto.
El encuentro comenzó de buenas, pero degeneró en gritos, desplantes y las pelotas muy hinchadas de un Cooksey al que tan solo le habían pagado siete mil pavos por un macroconcierto que, calculaba, debería de haber generado más de setecientos mil dólares en concepto de honorarios para el grupo. Los promotores decidieron ignorar a mánager, se levantaron y se fueron sin llegar a un acuerdo.
Poco después de la reunión infructuosa comenzó el infierno: uno de los guardaespaldas de la gira, Patsy Collins, se cayó de manera inexplicable, y muy sospechosa, desde una altura de seis pisos y a través del hueco de un ascensor, falleciendo como consecuencia de las heridas antes de poder ser trasladado a un hospital.
Durante la madrugada, la policía irrumpió en el hotel para llevarse a Cooksey, a Glenn Hughes y al segundo guardaespaldas, Paddy the Plank, a la prisión de una comisaría, acusándolos del asesinato de Collins. «En mi opinión fue todo un montaje para quitarme de en medio», explicaría Cooksey, «el grupo tenía que actuar de nuevo esa noche y fueron obligados a ir del hotel hasta el escenario a punta de pistola, literalmente.
Dejaron salir a Glenn de la cárcel para que tocase junto a los otros miembros, pero el show no duró demasiado: a los veinte minutos de concierto el público inició una revuelta y la policía comenzó a cargar y a soltar los perros contra los espectadores». Mientras tanto, sobre las tablas, los miembros del grupo miraban al suelo sin atreverse a moverse mucho o abrir la boca.
Al día siguiente, Cooksey, Hughes y Paddy fueron juzgados en un acto que más que un evento oficial parecía una escena de una peli de serie B: «El juez era un militar al estilo Idi Amin, recubierto de medallas», recordaría el mánager, «se pasó todo el proceso jugando con una pistola, poniendo balas en ella y haciendo girar el tambor.
Al final, dijo que en su opinión todo aquello era un «trágico accidente», y sentenció que antes de dejarnos libres tendrían que pasar por la formalidad de hacer una copia de nuestros pasaportes. En resumen, tuvimos que pagar dos mil dólares para recuperar los pasaportes».
Pero los problemas no terminaron ahí: el trío fue escoltado desde el juzgado hasta el aeropuerto, donde les esperaba el resto del equipo, y al llegar descubrieron que alguien había pinchado una de las ruedas de su avión. «Para arreglarlo teníamos que pagar diez mil dólares para hacer uso de un gato y una llave especial, que nadie allí parecía saber usar.
Los roadies Ozzie Hoppe, Baz Marshall, el ingeniero del avión y yo mismo tuvimos que ocuparnos de cambiar una rueda… de un Boeing 707.
La cosa estaba tan tensa que el equipo comenzó a trazar un plan para agarrar a alguno de aquellos oficiales indonesios, secuestrarlo y arrojarlo al océano de camino a Japón. Pero me enteré a tiempo y les convencí de olvidar el tema».
Cuando la banda por fin pudo escapar de aquella locura, su abogado aterrizó en Indonesia solicitando una reunión con los promotores para exigir explicaciones. «Le persiguieron por la habitación con un machete. Se vino a Tokio y nos dijo «olvidadlo»».
- The Milli Vanilli way of life
Milli Vanilli es uno de los grupos más famosos de la historia del pop, pero por todas las razones equivocadas. Un dúo germano-francés compuesto por Fab Morvan y Rob Pilatus, dos modelos, bailarines y cantantes que fueron reclutados a finales de los ochenta por el productor alemán Frank Farian.
En aquellos años, su disco de debut All or Nothing los catapultó a la fama en Europa, y una reedición del álbum para el mercado norteamericano, tuneada y retitulada Girl You Known it’s True, los convirtió en estrellas. De aquel trabajo salieron cinco singles que se colaron en las primeras posiciones de las listas estadounidenses, tres de ellos llegando a conquistar el número uno. Vendieron millones de discos, ganaron un Grammy y comenzaron a girar por el globo.
Pero toda la industria musical los miraba con los ojillos entrecerrados y un zumbido gordo detrás de la oreja: se rumoreaba que siempre actuaban cantando en playback y, durante las entrevistas promocionales resultaba evidente que tanto Morvan como Pilatus tenían serias dificultades para hablar en inglés, algo sospechoso para un grupo que componía y cantaba exclusivamente en ese idioma.
En 1989, durante una actuación en un parque de atracciones como parte de una gira organizada por la MTV, la carrera de Milli Vanilli comenzó a desmoronarse.
En aquel show, mientras la pareja bailoteaba y (simulaba que) cantaba «Girl You Known it’s True», un fallo técnico del disco duro donde se reproducía el playback provocó que la grabación se encasquillase, repitiendo en bucle parte del estribillo de la canción a modo de mantra loco («Girl you known its girl you known its girl you known its…»).
Pilatus intentó continuar haciendo el mimo ante aquel loop rayado durante unos segundos, pero acabó entrando en pánico y huyendo tras el escenario para gritarle a todo el mundo que se retiraba del negocio musical porque ya no aguantaba más aquella farsa.
Downtown Julie Brown, presentadora del evento, lo interceptó y, tras pegarle cuatro berridos y cinco palabrotas, terminó convenciéndolo para regresar a escena. Según ella, el público no se enteró de nada porque en realidad a la chavalada presente le daba lo mismo.
En aquella gira de la MTV, donde los Vanilli compartían escenario con Tone Loc y Paula Abdul, todos los artistas cantaban en playback, y en lugar de conciertos lo que realizaban eran teatrillos. Pero incluso así, aquel tropezón de Milli Vanilli fue tan destacado y absurdo como para convertir al dúo musical en objeto de mofas. Y en dos tipos mucho más sospechosos de estar ocultando algo.
A pesar del despropósito en la MTV, Milli Vanilli continuó actuando y promocionando sus temas durante cierto tiempo. Hasta que el productor confesó el timo en 1990: aquellos dos chavales no cantaban realmente ninguna de sus canciones.
Farian había fichado a Fab y Rob solo por ser guapetes y estar buenorros. Pero, tras llevarlos al estudio y descubrir que eran un desastre para el cante, había contratado a otra pandilla de intérpretes más afinados, y menos fotogénicos, para grabar las canciones que el propio productor componía.
Los chicos eran tan solo dos maniquíes bailongos, y sus voces no se escuchaban ni de refilón en los temas de sus discos. En realidad, tras el proyecto había mucho drama porque Morvan y Pilatus se sentían engañados y ninguneados por el productor.
Firmaron un contrato sin saber siquiera qué ponía en el mismo, y al descubrir el pastel aceptaron participar en aquella fantochada porque necesitaban el dinero. Cuando se convirtieron en superestrellas y la patraña creció hasta alturas colosales, la cosa ya no les hacía tanta gracia, pero ninguno de ellos tenía claro cómo escapar de ahí.
Por el camino, uno de los verdaderos cantantes detrás de la fachada de Milli Vanilli intentó confesar el engaño a la prensa, y acabó cerrando el pico con fuerza gracias a un oportuno soborno del productor. Tras el desenmascaramiento de la treta, Girl You Known it’s True se retiró de las tiendas, las grabaciones se escondieron en un armario y a Milli Vanilli se le anuló el Grammy otorgado previamente.
Poco después, los verdaderos cantantes de Milli Vanilli sacaron un disco bajo el nombre The Real Milli Vanilli, mientras la pareja de modelos se dedicaba a parir un álbum propio luciendo abdominales y cantando de verdad como Rob y Fab. Pero aquellos elepés no los compraron ni las abuelas de los artistas implicados.
En 1998, los fake Vanilli planearon un nuevo contraataque grabando un álbum de regreso titulado Back and in Attack. Un trabajo que nunca llegaría a ver la luz por culpa del repentino fallecimiento de un Pilatus que ya llevaba varios años perdido por la vida.
El caso de Milli Vanilli es excepcional por incluir un timo gordo. Pero el playback televisivo es un temita en sí mismo. ¿Qué sentido tiene simular que estás tocando y cantando? Los artistas que son exclusivamente un producto pop prefabricado lo llevan mejor, porque en el fondo están acostumbrados a ser marionetas.
Pero los músicos con amor propio no siempre atraviesan el aro. Y a veces incluso ofrecen actos realmente descacharrantes cuando se rebelan ante el oficio de mimo. Por aquí ya comentamos que en Italia los componentes de Muse trolearon a un programa de televisión cuando, cabreados por tener que tocar en playback, decidieron intercambiarse los instrumentos y hacer el ganso.
Iron Maiden también convirtió una intervención ochentera en la televisión germana en un patio de recreo muy cachondo, donde dejaban bien claro que ninguno estaban tocando en directo.
Y a finales de los noventa, la boyband coreana Sechs Kies decidió acallar los rumores que circulaban sobre su dependencia del playback de la manera más impactante y delirante posible. Gritando, durante una actuación televisada, una auténtica burrada ante el micro para demostrar que la voz era en directo: «Hey, escuchadme: ¡la puta polla está en tu coño!».
Probablemente, uno de los ejemplos más cachondos de este tipo de rebeldía lo ofrecieron los amigazos de la formación italiana Elio e le Storie Tese. Al ser obligados a realizar un playback a la fuerza para la televisión, aquellos tipos salieron al escenario y comenzaron a ofrecer su número con total normalidad.
Hasta que, a mitad de la canción, ejecutaron un mannequin challenge inesperado y se quedaron congelados por completo, mientras la música continuaba sonando y un figurante, cuyo vestuario evocaba espiritualmente el mono de esquiar de Ned Flanders, hacía el canelo frotándose el apio contra una barra. Al terminar la función, un grupo de personas apareció en el plató para llevarse a los músicos como si fueran muñecos inertes.
Lamentablemente, ese tipo de casos son las excepciones, porque muchos intérpretes se han dejado arrastrar por el camino fácil de la pista pregrabada, proporcionando al hacerlo dolorosas cantidades de vergüenza ajena como resultado.
En 2004, Lindsey Lohan canturreó en Good Morning America su single «Rumors» sobre un playback evidente que ella negaría que había ocurrido.
En 2007, una Britney Spears en un momento muy delicado actuó en los MTV Video Music Awards sin ser capaz de disimular ni el playback, ni que ella no quería estar ahí.
En 2013, en la gala francesa de los NRJ Music Awards, la diva divina de Katy Perry sale a escena a cantar «Roar» con el GPS de un octópodo en un garaje. No solo no es capaz de sincronizar el movimiento de los labios con la pista de audio de su voz, sino que además se pierde completamente en la canción, evidenciando que no sabe cómo arreglar el desatino.
Y entonces sucede algo inaudito, el presentador del programa se presenta en el escenario e interrumpe la canción para decirle «Si no te importa, podemos empezar de nuevo. Hemos tenido un pequeño problema». La desubicada cantante acepta, el presentador se disculpa por haber detenido de golpe una actuación con tanta energía desenfrenada y todos vuelven a sus puestos para reinterpretar «Roar» de nuevo.
Eso sí, con una diferencia importante: en aquel segundo asalto ya no había playback a la vista y Perry cantaba en evidente directo. El remiendo funcionó a medias, porque el público recibió la nueva oportunidad concedida a Perry entre aplausos y abucheos de todo tipo.
Dos años más tarde, en el mismo evento, nuestro Enrique Iglesias se convirtió en objeto de mofa para media Francia al interpretar «Duele el corazón» y demostrar que no le hacía falta tener el micrófono cerca de la boca para que se escuchase bien la canción.
Y, oye, casi que mejor que tenga las cuerdas vocales alejadas de cualquier megáfono, sobre todo teniendo en cuenta aquella filtración sonora ocurrida a principios de los dos miles que evidenciaba cómo suena el hombre a capela: como si estuvieran sacrificando a un gorrino.
Funfact: En su momento, la guasa con la filtración de la voz de Enrique Iglesias fue un asunto con repercusión internacional. La grabación llegó a manos del popular, y bastante cafre, presentador radiofónico neoyorquino Howard Stern. Y el hombre se dedicó a pinchar el corte diariamente durante una semana entera para que nadie se olvidase de ello.
La cosa acabó bien para todos: Stern invitó a Iglesias su programa de radio para hablar de lo mucho que follaba el padre de aquel, y también para que el chaval demostrase en directo que sí que podía cantar. Enrique tuvo el detalle de interpretar «Rhythm Divine» de dos maneras diferentes: una entonando bien, y otra imitando el modo en el que sonaba en el famoso mp3 filtrado.
En internet, alguien ha subido a YouTube una grabación, capturada en la cinta de VHS más rayada de la historia, del encuentro en The Howard Stern show.
Lo de la estadounidense Ashlee Simpson es un curioso caso de Efecto Mandela inverso. Una popstar de los primeros dos miles, hermana de la famosa Jessica Simpson, cuyo debut discográfico, Autobiography (2004), despachó más de cinco millones de copias en todo el mundo, encaramándose en su país al trono de cantante femenina más vendida del año.
La joven también actuó en series, películas e incluso protagonizó su propio reality show. Pero, a día de hoy, su existencia da la impresión de haberse borrado por completo de la memoria colectiva, y nadie parece capaz de rememorar siquiera la melodía de su megahit «Pieces of Me».
El recuerdo únicamente se aviva cuando alguien apunta que se trata de aquella chica que solo necesitó unos segundos en el programa Saturday Night Live para dilapidar para siempre toda su carrera musical.
Porque en el caso de Ashlee el descalabro no se cocinó a lo largo de un concierto desastroso, sino durante una brevísima actuación televisiva. Concretamente, la del veintitrés de octubre del 2004 en el popular programa de sketches de humor Saturday Night Live presentado aquella noche por Jude Law.
Ashlee era la artista invitada para interpretar un par de temas en directo durante el episodio, una oportunidad enorme para cualquier músico en auge teniendo en cuenta las bestiales audiencias que manejaba el programa. Su primera intervención, el tema «Pieces of Me», salió bien.
Pero cuando volvió a colocarse ante las cámaras para cantar otro tema («Autobiography») se lio una buena: su banda comenzó a tocar los acordes de la pieza mientras ella bailaba de espaldas al público, con el micrófono a la altura de la cintura, cuando, de repente, empezó a escucharse la voz de Ashlee entonando «Pieces of Me» de nuevo.
O lo que se conoce universalmente como hacer un Milli Vanilli. Un error técnico muy oportuno había destapado que la popstar estaba engañando a la audiencia tirando de playback: en la sala de sonido alguien había metido el audio de la canción equivocada y desvelado toda la farsa sin querer.
Ashlee, desconcertada y sin saber muy bien qué hacer, ni siquiera se molestó en simular que estaba cantando cuando comenzó a sonar su voz pregrabada. En lugar de eso, ejecutó un baile tontuno durante unos segundos antes de mirar a su alrededor y abandonar el escenario. Entretanto, el resto de su banda se puso a tocar de nuevo «Pieces of Me» sin la cantante a la vista, hasta que los responsables del show decidieron cortar la emisión y dar paso a los anuncios.
Ashlee se disculpó a la vuelta de publicidad, en algo que parecía un gag del propio Saturday Night Live, y aunque alegaría más tarde que un problema con su voz la había obligado a optar por el playback, algo que era cierto e incluso estaba documentado en vídeo, no logró sacudirse de encima ni el sambenito de timadora, ni el rechazó de la opinión pública.
En cuestión de segundos, la pequeña Simpson se había convertido en el chiste de Estados Unidos, y en una diana para parodias como Esta que le dedicaron con muy mala leche en Mad TV. La joven intentó limpiar su imagen concertando una multitudinaria actuación poco después, durante el descanso del Orange Bowl, con intención de demostrar que era capaz de cantar en vivo.
Pero el remedio resultó ser un disparo por la culata que la dejó con el culo mucho más al aire. Durante aquel número, Ashlee chilló los versos en lugar de cantarlos, liberó una conga de gallos y no fue consciente hasta el último momento, cuando comenzó a escuchar los abucheos generalizados, de que su actuación había sido espantosa.
Verlo da hasta un poco de pena. Después de aquello, y a pesar que ella lo ha seguido intentando, la carrera musical de Ashlee se desintegró por completo con una rapidez insólita.
- Accidente
La ocurrencia de Rob Halford, de Judas Priest, de entrar a escena en los conciertos conduciendo su moto sonaba espectacular. Pero en 1991 a lo que sonó fue a roto cuando el hombre entró cabalgando la burra metálica y se estrelló contra la utilería del escenario, provocando un aparatoso accidente que lo dejó tumbado e inconsciente sobre el suelo.
Tras regresar a nuestro planeta, el tío se marcó un show must go on y, a pesar de que se estaba muriendo de dolor, siguió con el setlist acordado hasta el final. Halford solo se encaminó hacia el hospital cuando finiquitó por completo el concierto.
El verano de 1992, un póster anunciaba orgulloso la gira a pachas por diferentes estadios de las bandas Metallica y Guns N’ Roses bajo el lema «Dijeron que nunca ocurriría». El 8 de agosto, en Montreal, los cincuenta mil asistentes a ese multiconcierto (donde Faith No More oficiaban como teloneros) desearon que realmente aquello no hubiese ocurrido nunca.
Las cosas empezaron de la peor manera con la actuación de Metallica. Tras ocho canciones, y un par de solos de guitarra y batería, comenzaron a sonar los acordes de «Fade to Black» y el pirotécnico del equipo activó, como estaba acordado, una ola de llamaradas de fuego sobre el escenario para darle épica al directo.
Desgraciadamente, aquel técnico no se percató de que un despistado James Hetfield, cantante de la formación, estaba justo en ese momento colocado sobre uno de los cañones de fuegos artificiales.
El fogonazo degeneró en receta instantánea de frontman a la parrilla: el público escuchó la guitarra caer sobre las tablas, Hetfield rodó por el suelo para intentar apagar las llamas de su cuerpo, la banda dejó de tocar sin tener muy claro que estaba pasando y Kirk Hammett, guitarra, se abalanzó sobre el cantante para descubrir horrorizado que al pobre hombre le estaba burbujeando la piel.
Hetfield fue trasladado al hospital con quemaduras de segundo y tercer grado mientras los restantes miembros de Metallica se dirigían a la audiencia para explicar lo ocurrido y anunciar la cancelación del concierto. Jason Newsted, bajista, diría más tarde que a Hetfield se le había quedado la cara como al Vengador Tóxico.
Tras la inesperada barbacoa. A Guns N’ Roses le tocaba la papeleta de arreglar la noche.
Pero Axl Rose no andaba por la labor: salió al ruedo con desgana, de malas y después de más de dos horas de retraso; murmuró las letras de las canciones durante toda su actuación; se movió menos sobre el escenario que Ariadna de Los Punsetes; a la altura del octavo tema anunció «En caso de que os lo esteis preguntado: sí, este va a ser nuestro último puto show durante un largo periodo de tiempo»; y cuando vio que llevaba cuarenta y cinco minutos haciendo algo parecido a cantar (el mínimo que se le exigía por contrato), sentenció «Os devolverán el dinero. Nos largamos» antes de abandonar los focos, seguido del resto de desconcertados miembros de su banda.
Entre el público, que tras varias horas solo había presenciado un concierto normal con la actuación de los teloneros, aquel desplante sentó regular.
Los asistentes entraron en modo psycho y comenzaron a destrozarlo todo, avivar hogueras, prender fuego a los puestos de camisetas y volcar los coches de la policía que intentaba controlar a las masas.
La gira se reanudaría semanas más tarde, con Hetfield limitándose a cantar, al encontrarse impedido para tocar la guitarra, y Faith No More bajándose del carro al no soportar las tonterías de Axl.
Slash confesaría que la mayor parte de los ingresos del tour obtenidos por Guns N’ Roses se utilizaron para costear las extravagantes fiestas de Axl y las multas por los incumplimientos contractuales.
En junio de 2015, Dave Grohl se rompió una pierna y descuajeringó el tobillo al escoñarse en el inicio de uno de los bolos de su banda, Foo Fighters, por tierras suecas.
Pero eso no supuso el final de la farra, sino el comienzo de la leyenda:
«Cuando ocurrió, no sentí nada. Traté de levantarme para caminar y mi tobillo cedió bajo el peso. Me desplomé en el suelo, miré a mi equipo y dije: «Está roto, se ha ido». La banda no sabía lo que estaba pasando, así que siguieron tocando. Miré mi pie, estaba colgando dislocado y mi pierna estaba rota.
Pero aún no me dolía. Uno a uno, los chicos de la banda dejaron de tocar y se asomaron por el borde del escenario. Y yo me estaba riendo. […] Lo peor es que íbamos solo por la segunda canción. Se suponía que nuestro setlist era de veintiséis canciones, teníamos una bonita noche y había cincuenta y dos mil personas esperando, así que agarré un micrófono y les dije a todos que lo arreglaría y volvería. […]
Me llevaron a un lado del escenario y el médico dijo: “Tu tobillo está dislocado y tengo que volver a colocarlo en su lugar ahora mismo”. Me pusieron un rollo de gasa en la boca, lo mordí, me pusieron el tobillo en su lugar, grité, y luego todos se quedaron callados por un minuto.
El resto de Foo Fighters estaban en el escenario tocando una canción de Queen o algo así, y yo me miré el pie y dije: “Vale, ¿puedo volver al escenario ahora?”. Porque no me dolía. Mi médico dijo: “Tengo que mantener tu tobillo en su lugar”, y le dije: “Bueno, entonces vas a subir al puto escenario conmigo ahora mismo”. Y lo hizo.
No sentí ninguna molestia hasta que estuve en el sofá de mi hotel, con una cerveza en la mano».
Grohl despachó el resto del concierto con el paramédico a su(s) pie(s) y se tiró las semanas posteriores muriéndose de dolor y engullendo antiinflamatorios.
Pero a la altura del 4 de julio, cuando el hombre todavía no estaba recuperado del todo, los chicos de Foo Fighters decidieron volver a dar guerra: le construyeron un trono übermolón al cantante para que actuase sentadito y con el pie en alto en el concierto de celebración del vigésimo aniversario de la banda.
Y el recital salió tan redondo como para que los Foo Fighters decidieran continuar de aquel modo con la gira. A la larga, la comodidad y el estilazo del trono convencieron tanto al cantante como para seguir usándolo en sus actuaciones incluso cuando ya estaba recuperado del todo.
El incidente de los Foo Fighters y la pierna rota de Grohl es excepcional, porque los tíos fueron capaces de transformar el que debería de haber sido el peor concierto de sus vidas en la excusa perfecta para construirse la poltrona más molona del mundo del rock.
- Un público difícil
En mayo de 1968, la tropa de The Beach Boys decidieron rediseñar su espectáculo en directo tras una gira fallida, y optaron por hacerlo con la que podría ser la peor decisión posible tomada por una banda de rock: convertir sus conciertos en actos donde la banda se dedicaba tocar solo medio setlist, y dejar el resto show en manos del gurú indio Maharishi Mahesh Yogi para que ofreciera una charla espiritual a los asistentes.
En los sesenta la peña era bastante hippie, pero todo tiene un límite y las turras sobre meditación del hombre fueron recibidas con abucheos, espantadas y, finalmente, la cancelación total de las funciones. Los chicos de la playa se lo tomaron fatal, pero qué se puede esperar de unos tíos cuyo disco más loado tiene una portada con la banda de visita a una granja escuela, y un repertorio de melodías ideal para pinchar en un entierro, por lo cerca que cabalgan de la muerte cerebral.

Andy Summers, miembro de The Police, explicaba que el peor concierto del grupo tuvo lugar durante los primeros años de rodaje, cuando sus directos tan solo acumulaban un centenar de personas. Ocurrió en una pequeña sala de Oxford en algún momento de 1978.
Sting, Steward Copeland y Summers estaban tocando tranquilamente cuando «a mitad del repertorio, treinta skinheads se presentaron en la sala vestidos de cuero, con botas de suela gruesa y luciendo tatuajes de esvásticas. Y todos pensamos «Mierda».
Los recién llegados se colocaron en primera fila y, tras unos minutos, comenzaron a corear un «¡Sieg heil, sieg heil, sieg heil!» dirigiéndose a nosotros. Ninguno sabíamos cómo iba a terminar aquello».
Con el auditorio bastante tenso, y los músicos algo nerviosos, Sting decidió que para calmar el ambiente lo mejor era invitar a los adorables visitantes a subir al escenario.
Los treinta rapados brincaron con ilusión sobre las tablas y comenzaron a hacer pogos y golpearse alrededor de una banda que no había dejado de tocar en ningún momento. De repente, el evento se había convertido en una actuación con obstáculos en forma de nazirulos gañanes.
Los organizadores decidieron que aquello era un circo poco elegante y optaron por cerrar las cortinas del escenario, dejando al público de un lado y a los skins y The Police del otro. «Así que nos vimos encerrados en un pequeño espacio con ellos. Saltaban unos contra otros de manera bastante violenta, golpeando la batería y los amplificadores. La situación era bastante intensa, pero Sting, siendo de Newcastle, ya estaba curtido en esto. Él tomó el control, dejó que uno de ellos cantase un rato en el micrófono y luego los mandó a todos a tomar por el culo. Los skinheads le hicieron caso y se fueron del teatro». La anécdota incluía un epílogo feliz: «El promotor del evento era un tío duro del East End londinense. Así que a la semana siguiente se presentó en Oxford con unos amigos en busca de los skinheads para proporcionarles un castigo divino. «No me van a joder mis shows«, nos dijo».
Ed Sheeran explicaba que siendo adolescente ofreció un concierto en un local donde el único público presente eran los camareros y el dueño del bar. El patrón del pub acabó echándole del lugar, pero no por su nula capacidad para congregar gente, sino por hacer un estruendo insoportable.
Lo gracioso es que el pobre chaval estaba dando un concierto acústico con una guitarra. En 2002, Will Young, tras ganar la primera edición de Pop Idol, firmar un contrato discográfico y participar en las fanfarrias del jubileo de la reina, se encontró, sin tener muy claro cómo, en un lugar extraño: actuando en un restaurante español de Suiza para treinta personas que estaban allí zampando alegremente.
Una situación no demasiado alejada de ser contratado para animar bodas o comuniones. El drama no fue tanto el ambiente, aseguraría que todos fueron majísimos, como el saldar cuentas: al tío le pagaron con chorizo (bien) y cervezas San Miguel (mal).
En 2006, la banda Stornoway ofreció un concierto en Oxford para exactamente dos personas. Aun así, decidieron darlo todo durante el par de horas que duró la empresa porque uno de aquellos espectadores era Tim Bearder, DJ de la radio local de la BBC.
Los chicos dejaron una buena impronta, eso sí: a Bearder lo echarían de la radio poco después, tras pasarse una hora entera pinchando las demos de Stornoway en su programa mañanero. Scissor Sisters firmaron para tocar en una gala de moda en Italia, y se sintieron bastante ninguneados al descubrir que ninguno de los congregados en aquella reunión les prestaba la más mínima atención.
Porque, como buenos italianos, los allí reunidos andaban más pendientes de lucir lo que llevaban puesto que de escuchar al grupo. «Toqué a un chico en el hombro mientras cantaba», recordaba Ana Matronic, «y me hizo el típico gesto de «Ahora no puedo, estoy ocupado, hablamos luego»».
Los desplantes del público a Nickelback la verdad es que dan un poco de pena, porque los pobres ya tienen bastante con, bueno, con ser Nickelback.
En Portugal, en 2002, a estos canadienses se les ocurrió participar en un festival metalero, por lo que, de entrada, tampoco sería muy desacertado decir que ellos ya iban provocando. A la hora de tocar, la banda fue recibida sobre las tablas con una incesante lluvia de piedras por parte de un público que estaba allí para escuchar a otros grupos más cañeros.
A la segunda canción del setlist, y ante tanto canto rodado contra el cantante, Chad Kroeger, no aguantó más. El líder de Nickelback soltó la guitarra cabreado y agarró el micrófono para preguntar si había algún fan de Nickelback presente o qué coño.
Pero solo obtuvo una respuesta tibia por parte de la masa de espectadores, seguida del impacto contundente de una botella de plástico en la nuca. Y eso le hizo sospechar que a lo mejor no pintaban nada allí. Kroeger salió del escenario, junto al resto de sus compañeros, levantando el dedo corazón al queridísimo público portugués.
- Amar el conflicto
Otro de los grandes momentos musicales de Saturday Night Live fue la extraña actuación en directo de los amigos de Red Hot Chili Peppers el 22 de febrero de 1992. Pero para entender lo que ocurrió allí hay que recapitular un poco. En aquella época la banda estaba formada por Anthony Kiedis, cantante, Flea, bajista, Chad Smith, batería, y John Frusciante, guitarrista.
Este último era un chico que había sido reclutado por los Red Hot Chili Peppers en 1988, tras la muerte por sobredosis de heroína de Hillel Slovak, y que tenía muy endiosados a Kiedis y a Flea. Hasta el punto de considerar a ambos un ejemplo a seguir, y dedicarse a tratar de ganar su admiración y respeto.
El problema es que no tuvo mucha fortuna al acercarse al cantante. Dentro de la formación, Kiedis fue estrechando lazos con Flea mientras dejaba al pobre Frusciante de lado.
Y en algunas entrevistas ofrecidas por el grupo durante aquellos años resultaba evidente que el cantante le metía caña al sumiso guitarrista de manera injusta: bromeando sobre él, asegurando que el guitarra basaba la mitad de su vida en tratar de imitarlo, o incluso comentando a los periodistas que cuando lo ficharon el tío era poco más que «una cucaracha viviendo en un vertedero».
Frusciante no solo comenzó a estar muy desencantado con aquel hombre al que admiraba, sino que además comenzó a cabalgar la heroína en secreto, y a sentir mucho asco por la tremenda popularidad que cosecharon los Red Hot Chili Peppers tras el éxito de Mother’s Milk (1989) y Blood Sugar Sex Magik (1991).
Y llegamos a la noche de la participación en el Saturday Night Live. Ante las cámaras tenemos a un John Frusciante con serios problemas de drogas, renegando del mundo de la fama y muy cabreado con su ídolo y compañero de grupo.
Minutos antes de ser presentados en antena, el hombre se había encarado con Kiedis, y aquel le había propinado una patada que al guitarrista le sentó especialmente mal.
Cuando los presentadores les dieron paso, Frusciante decidió vengarse en directo y comenzó a tocar «Under the Bridge» a un ritmo más lento, salpicando la melodía con improvisaciones marcianas a las cuerdas.
Kiedis contempló el percal durante unos instantes y le quedó claro que su compañero estaba intentando sabotear el número el directo. Pero el cantante decidió tirar para adelante e interpretar el tema a la extraña velocidad marcada por la guitarra. Entretanto, Smith y Flea se subieron al tren en marcha al mismo ritmo que marcaban las notas enajenadas de Frusciante.
El resultado no fue tan solo una versión de «Under the Bridge» muy poco memorable, sino algo mucho más interesante de lo que los espectadores no eran conscientes en aquel momento: una batalla, un duelo de egos televisado.
A principios de los dos miles, Creed, la segunda agrupación rockera con más haters después de Nickelback, andaba saboreando la fama tras tres discos superventas y montando unos shows competentes ante el público. Pero, entre las bambalinas, los chicos andaban muy peleados y los ánimos se encontraban especialmente tensos.
Hasta el punto de que el guitarrista Mark Tremonti hizo reinstalar sus enseres sobre el escenario solamente para estar más lejos del cantante, Scott Stapp, durante los directos. El asunto reventó del todo en diciembre de 2002, con un recital en Chicago donde Stapp se presentó bastante intoxicado por culpa de un bonito combo de medicamentos y alcohol.
A media función, el caballero comenzó a despotricar sobre sus compañeros, ausentarse durante varios minutos de su puesto, rodar por el suelo, croar las letras de los temas, y pasar tanto de cantar como para que existan testigos que afirman que el tío llegó a echarse una siesta allí mismo.
Tras el lamentable show, un grupo de fans demandó a la banda por fraude, y aunque aquello no llegó a nada, los de Creed emitieron un comunicado oficial para disculparse con los demandantes. Y de paso comentarles que esperaban que al menos «os consuele el hecho de que definitivamente experimentasteis el más singular de todos los espectáculos de Creed, aquel que podría convertiros en parte de la historia más inusual del mundo del rock and roll».
Bubba Spraxxx, el rapero de Georgia cuyo apellido artístico es una de esas cosas que sabes cómo empezar a escribir pero no cuándo dejar de hacerlo, ya tenía fama de ser un ser humano bastante abyecto antes de presentarse oficialmente en las salas del Reino Unido.
Pero en 2006 decidió dejar las cosas claras con su primera actuación en tierras inglesas en el Astoria de Londres. Se presentó en el lugar cuarenta minutos tarde, ante una audiencia de hipsters londinenses curiosos por contemplar al tío que la prensa vendía como la respuesta macarra a Eminem.
Tras escupir tres temas, decidió hacer una pausa en el concierto enunciando la única frase que jamás ha sido replicada o debatida en toda la historia de la humanidad: «Me voy a cagar». Y para calmar los ánimos ante la solemne declaración de urgencia intestinal, Sparxxx añadió un «Será rápido, ni siquiera me limpiaré».
Tras abrir su corazón a los presentes con tanta ternura, el rapero se ausentó durante unos minutos para abrir otros órganos en el trono de cerámica del backstage. Al volver a escena, presuntamente más delgado, tuvo a bien compartir otro momento íntimo con los congregados bajándose los pantalones y exponiendo orgulloso su voluptuosas nalgas.
Pero a esas alturas, el público presente ya comenzaba a mostrarse, vete tú a saber por qué, algo menos entusiasmado por el espectáculo. Sparxxx cantó dos piezas más y dio por finiquitado el concierto tras veinte minutos y un receso para hacer caca. Abandonó el escenario entre una lluvia de vasos y latas de cerveza, y más o menos desde ese momento los ingleses lo ignoraron con elegancia.
- Tragedia
El Altamont Speedway Free Festival de 1969. O lo que inicialmente se planteó como el Woodstock de la Costa Oeste y acabó pasando a la historia como el momento en el que el amor libre y el buen rolllito hippie murieron definitivamente.
Ideado por los Grateful Dead como un macroevento gratuito, el Altamont se presentó con un cartelazo donde, además de los californianos, figuraban Santana, Jefferson Airplane, The Flying Burrito Brothers, Crosby, Still, Nash & Young y los Rolling Stones como gran fin de fiesta.
Estos últimos se habían subido al carro para limpiar su satánica imagen tras recibir muchísimas críticas sobre lo caras y elitistas que resultaban las entradas a sus conciertos. Mick Jagger y compañía dedujeron que participar en un espectáculo gratuito los reconciliaría con las gentes.
Las cosas ya salieron mal desde el principio. El festival pretendía celebrarse en el Golden Gate Park de San Francisco, pero la policía lo impidió alegando que ya estaba harta de pelearse contra los flower powers y de recoger lo que iban dejando tirado por ahí los hippies tras sus farras, es decir, basura, flores y a otros hippies colocados. Se decidió entonces reubicar el tinglado en el Sears Point Raceway de Sonoma, a cuarenta y cinco kilómetros de San Francisco.
Y cuando estaba casi todo listo, los dueños de las instalaciones subieron el precio y los artistas decidieron irse con las melodías a otra parte.
En el último momento, el propietario del Altamont Speedway apareció ofreciendo sus instalaciones y el evento se recolocó con muchas prisas: llevando al lugar un escenario diseñado y construido para el Sears Point, que tenía una orografía distinta a la del Alamont, y sin tiempo para instalar la cantidad necesaria de lavabos y tiendas de primeros auxilios.
Ante tanto apuro, Paul Kantne y Grace Slick, ambos de Jefferson Airplane, no las tenían todas consigo. El primero declararía que no existió supervisión, orden o control alguno al haberse organizado todo a la carrera. La segunda reconocería que al llegar a Alamont ya sentía interferencias en el aura:
«Las vibras eran malas. Algo era muy peculiar, no particularmente malo, simplemente muy peculiar. Una especie de día brumoso, abrasivo e inseguro. Esperaba las vibraciones amorosas de Woodstock, pero no me llegaban. Esto era una cosa completamente diferente».
Pero el verdadero derrape de la organización fue la ocurrencia, por parte de Grateful Dead o del mánager de los Stones, dependiendo de a quién se pregunte, de contratar como equipo de seguridad a los moteros de los Ángeles del Infierno.
En principio no era algo tan descabellado, porque algunas pandillas de Ángeles del Infierno ya habían ejercido con bastante eficiencia como improvisados seguratas en otros conciertos, incluso para los propios Grateful Dead.
El problema es que quienes habían sido fichados anteriormente era la facción de Ángeles de San Francisco, y en este caso se recurrió a la tropa de motoristas de Oakland.
Un grupete de cabestros que eran mucho más violentos, y mucho menos amigos de la música, que sus hermanos de ruedas de SanFran. El trato al que se llegó con los Ángeles no tenía mucha letra pequeña: se les comentó que todo lo que tenían que hacer era sentarse en el borde del escenario, que al haber sido diseñado para otro emplazamiento estaba peligrosamente colocado muy muy cerca del público, y evitar que nadie se subiera a él.
Y el pago acordado por los servicios de vigilancia ya olía a catástrofe empapada en cebada: los Ángeles del Infierno cobrarían el trabajo en cervezas, que tendrían permitido beber mientras trabajaban conteniendo a las masas.
Visto desde la distancia, y si nos ponemos tiquismiquis, se podría apuntar que a lo mejor no sonaba tan estupendo lo de contratar a cien putos cafres ebrios como equipo de seguridad para controlar a trescientas mil personas.
El arranque del festival no defraudó las expectativas. El público se presentó en masa en el lugar con mucha ilusión, pero también con muchas drogas y alcoholes en el cuerpo. Los Ángeles del Infierno se instalaron, birras en mano, en la frontera del escenario.
Tras la actuación de Santana, las cosas se complicaron rápidamente, y lo que debía de ser una alegre fiesta degeneró en una batalla continua entre todos los presentes. En cierto momento, alguien volcó una de las motos de los Ángeles por accidente, y la situación, que ya era bastante preocupante, se tensó un poquillo más.
Los testigos de las primeras filas afirmaron que los moteros se esforzaron mucho en repartir puñetazos, arrastrar a los colgados del pelo, e ignorar estoicamente a todo aquel que solicitaba auxilio. La cosa se relajó ligeramente durante el concierto de Flying Burrito Brothers, porque eso es lo que tiene el rock country, que agilipolla a cualquiera. P
ara cuando el barullo comenzó a desatarse de nuevo, los Ángeles optaron por armarse con unas cadenas, unos cuchillos y unos palos de billar serrados que en su mente estaban considerados como el instrumental reglamentario para cumplir las labores de vigilancia.
Denise Kaufman, de Ace of Cups, se encontraba entre el público, embarazadísima y junto a su marido, cuando recibió un botellazo en la cabeza que le produjo una fractura importante en el cráneo.
A Stephen Stills, un ángel muy drogado lo apuñaló en la pierna con el radio de una moto.
Marty Balin, de Jefferson Airplane, trató de evitar una pelea entre la audiencia y fue noqueado de un puñetazo por otro motero del averno.
Su compañero Kantne agarró el micrófono para agradecer sarcásticamente a los Ángeles que hubiesen dejado KO al cantante de su banda, y acabó discutiendo a gritos con otro motociclista borracho. Los Grateful Dead, al contemplar el desmadre general decidieron no salir a tocar, y se largaron de su propio evento.
The Rolling Stones conformaban el acto final del festival. Pero Mick Jagger ya comenzó a albergar la ligera sospecha de que algo no iba bien cuando, segundos después de bajarse del helicóptero que le había acercado a la zona, un asistente random del festival le dio la bienvenida al evento propinándole un puñetazo en la cabeza.
Los Stones esperaron hasta el atardecer para empezar a tocar, y cuando iban por la tercera canción de su repertorio, «Sympathy for the Devil», se vieron obligados a detener la ceremonia por completo ante la tremenda colección de hostias que se estaban repartiendo los espectadores entre sí.
Tras esperar un rato, llamar a la calma y reanudar la actuación, la cosa continuó más o menos bien hasta que, cuando comenzaron a sonar los acordes de «Under My Thumb», un chico de dieciocho años llamado Meredith Curly Hunter Jr trató de escalar al escenario puesto hasta arriba de metanfetaminas y acabó siendo golpeado de manera bastante violenta por uno de los Ángeles del Infierno.
Tras esconderse entre la multitud durante unos instantes, Hunter reapareció en la primera fila y sacó de su chaqueta un revólver de cañón largo y calibre 22. Al verlo, otro ángel llamado Alan Passaro se abalanzó sobre el muchacho y lo apuñaló varias veces con una navaja.
La novia del agredido, Patty Bredehoft, y otros espectadores trataron de auxiliar a Hunter. Pero, por culpa del caos reinante y de la actitud de los moteros, fueron incapaces de sacarle a tiempo del lugar, o tan siquiera de alertar a unos Stones que continuaron tocando sin saber lo que había ocurrido.
Hunter falleció como consecuencia de las cuchilladas y el testimonio de uno de los testigos que trató de ayudar al chico no solo es bastante aterrador, sino que además contradice ligeramente a la versión oficial. Passaro fue juzgado por asesinato, pero se libró de la condenado al considerarse que, a la vista del arma, había actuado en defensa propia.
Una de las pruebas del juicio fue el metraje del documental Gimme Shelter (1970) que Charlotte Zwerin y los hermanos Albert y David Maysles se encontraban rodando en aquel momento. O la película que nació como reportaje musical pero acabaría convirtiéndose en testimonio de una horrible tragedia.
Hunter ni siquiera fuera la única víctima mortal de aquella jornada de conciertos: dos personas más murieron atropelladas por un conductor que se dio a la fuga, y otro muchacho se ahogó en una zanja de riego tras caerse en ella colocadísimo de LSD.
El Altamont Speedway Free Festival fue uno de los mayores desastres de la historia de la música. Una reunión multitudinaria que intentó convertirse en el contenedor de una época, pero que solo sirvió para demostrar que quien iba a acabar con el sentimiento contracultural de los sesenta sería la propia contracultura sesentera.























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